Pedro arqueó una ceja y se alegró de ser capaz de centrarse en el presente de nuevo.
-¿Clientes?
-Trabajaba en un bar en una zona humilde de la ciudad. Era algo temporal.
Una vez más Pedro sintió que una furia imparable crecía en su interior. Podía imaginarse fácilmente a todos esos hombres que habrían querido domar esa rebeldía desafiante que ella desprendía. De repente, un impulso fiero y arrollador se apoderó de él. Deseó someterla, verla dócil y obediente, a sus pies. Quería ser él el que la domara. Antes de perder la compostura, dió un paso adelante y se detuvo frente a ella, como si quisiera demostrarse a sí mismo que podía tenerla cara a cara sin abalanzarse sobre ella como un cavernícola. Las extrañas circunstancias en las que se habían conocido y su conexión con Gonzalo Schulz estaban causando esa respuesta tan singular en él. Eso era todo.
-No vas a salir de este departamento hasta que tu hermano. -se detuvo y masculló un juramento-. Si es que es tu hermano. No vas a salir hasta que aparezca y responda ante la justicia. Ahora dame el recibo de tus maletas y yo mandaré a alguien a recogerlas.
Unos minutos más tarde Paula estaba en una habitación de huéspedes decorada a todo lujo. Todavía no sabía muy bien cómo se había dejado someter de esa manera, pero en el fondo se sentía tan casada, que no había podido hacer más que tirar la toalla.
-Hay un cuarto de baño por ahí. Cuando lleguen tus maletas te las traeré - Pedro dió media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
Paula miró a su alrededor. Tenía los ojos cansados. Suspiró. Ya era demasiado tarde para arrepentirse. Al llegar a la puerta Pedro se volvió.
-Ya hablaremos por la mañana.
-Me dejarás marchar. Porque si no lo haces. -le dijo, volviendo a ser la luchadora de siempre.
-¿Qué? ¿Vas a llamar a la policía? -sacudió la cabeza y sonrió con frialdad-. No. No lo creo. Estoy seguro de que no quieres tener a la policía husmeando y preguntando por tu hermano.
Se hizo el silencio, pesado y profundo. ¿Qué podía decirle para refutar sus palabras? Nada. Él tenía razón.
-Hasta mañana, señorita Chaves.
La puerta se cerró suavemente. Paula casi esperó oír el ruido de una llave al girar en la cerradura. Fue hacia la puerta, la abrió con cuidado. Casi dió un salto al ver a Pedro, apoyado contra la pared opuesta.
-No me hagas cerrar con llave, porque lo haré si es preciso.
Paula cerró la puerta de nuevo rápidamente. Fue hacia la ventana. Unas vistas espectaculares se extendían ante ella, pero sus ojos no vieron nada. La batalla que libraba en su interior la absorbía por completo. Siempre habían sido Gonzalo y ella, incluso cuando su madre estaba con ellos. Y después, en el centro de acogida. Los lazos de hermanos nunca habían dejado de fortalecerse. Una noche, cuando su madre la había mandado a la cama sin cenar por alguna travesura sin importancia, Gonzalo se había metido en su cama a escondidas y le había dado algo de comer. Tenían cuatro años de edad. Siempre había sido el juguete favorito de los abusones del colegio. Era tan delgado, con esas gafas de cristales gruesos. Se había tenido que acostumbrar a apretar bien los puños para sacarle de los líos en los que se metía. Era muy listo, y seguramente hubiera podido estudiar en un colegio para superdotados si sus circunstancias hubieran sido otras. Siempre iba por delante de la clase y la ayudaba con paciencia con las matemáticas y las ciencias. Gracias a él había conseguido entrar en la Facultad de Bellas Artes. Incluso enganchado a las drogas, tras dejar los estudios, su hermano había sido capaz de echarle una mano con sus exámenes. El estómago se le agarrotaba cada vez que pensaba en lo mucho que la había protegido, de cosas mucho peores que las matemáticas. Apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana. Aunque la preocupación por su hermano no la dejara pensar con claridad, había otro rostro que no podía sacarse de la cabeza.
Pedro miró las dos bolsas destartaladas que le habían entregado un momento antes. Una de ellas era una mochila y la otra era una maleta vieja, la clase de maleta que se veía en una vieja película sobre inmigrantes que cruzaban el Atlántico en busca del sueño americano. Sacudió la cabeza y recogió los bultos. Hacía mucho tiempo que había abandonado la idea de dormir un poco esa noche. Abrió la puerta de la habitación de huéspedes silenciosamente. Casi esperaba ver a Paula al otro lado, tan obstinada y desafiante como al principio, pero no estaba allí. En la penumbra pudo distinguir una silueta sobre la cama. Se quedó quieto un momento. Ella estaba profundamente dormida. Dejó las maletas y se acercó un poco. Paula estaba tumbaba encima de las mantas, con un albornoz blanco puesto. Estaba hecha un ovillo, con las piernas dobladas y las manos bajo la barbilla. El cabello le flotaba alrededor de la cara como si acabara de salir de un cuadro de los Prerrafaelistas. Sus rizos eran largos y rebeldes. Él se quedó totalmente inmóvil al verla mover la cabeza.
martes, 14 de abril de 2020
Pasión: Capítulo 9
Paula se molestó al ver la condescendencia de Pedro Alfonso. Levantó la barbilla y trató de ignorar el olor tentador de la comida. Estaba muerta de hambre.
-¿Vas a dejarla ahí hasta que me la coma? ¿Como un padre testarudo? -le tuteó por primera vez.
Pedro se inclinó hacia delante desde el otro lado de la encimera. Paula hizo un esfuerzo para no retroceder.
-Yo no soy padre y no soy testarudo. Come.
Paula bajó la vista para no sentir esa mirada abrasadora y se encontró con un puré de patatas delicioso y un guiso de vegetales. Su estómago rugió. Desafiante hasta el final, se rindió en el último momento. Quitó la tapa del plato.
-Podría haber sido vegetariana, ¿Sabes? -empezó a servirse.
No quería sentirse observada, pero tenía demasiada hambre como para parar.
-Disculpa que no te haya preguntado antes -le dijo él un momento después.
Ella le lanzó una mirada rápida y el corazón se le cayó a los pies. Se estaba riendo de ella. Apartó la vista de nuevo rápidamente y se concentró en la comida. En cuanto sintió en la boca el primer bocado de aquella cena suculenta, supo que estaba perdida y lo devoró todo como un pobre hambriento que llevara semanas sin comer. Como salidos de la nada, un vaso de agua y una servilleta aparecieron a su lado. Paula se limpió la boca y bebió un buen trago. Solo entonces se atrevió a mirar de nuevo a Pedro. Él la miraba fijamente, la observaba. Ella sintió vergüenza rápidamente y se limpió la boca.
-¿Qué? ¿Me he manchado?
-¿Cuándo fue la última vez que comiste? -él sacudió la cabeza. Su voz sonaba dura.
Por un momento, Paula no pudo recordarlo. Jugueteó un poco con el plato y murmuró algo.
-Ayer. A la hora de comer -le dijo, aunque en rea lidad sabía que llevaba días sin comer bien.
-¿Dónde vives?
De repente la cruda realidad la golpeó de lleno. Se sonrojó y rehuyó su mirada.
-Paula. -le dijo él en un tono de advertencia.
Ella sintió que el estómago le daba un vuelco al oírle pronunciar su nombre. Era tan íntimo. Lo miró a los ojos y se puso erguida. No podía caer más bajo. A lo mejor si sabía lo inofensiva que era en realidad, la dejaba marchar sin más.
-Vivía en Bethnal Green hasta esta mañana. Pero perdí mi trabajo hace dos días y no quisieron pagarme lo que me debían. Hoy no pude pagarle el alquiler a mi casero, así que me sugirió que se lo pagara de otra manera.
Paula tembló al recordar aquella cara sudorosa, esas manos que la agarraban, el aliento pestilente. Antes de que pudiera reaccionar, Pedro se había movido hacia ella. Sintió que le agarraba la mano derecha. Empezó a examinar sus nudillos enrojecidos e irritados. Ella lo había olvidado. Al sentir el roce de sus dedos, hizo una mueca. Todavía le dolía mucho.
-¿Le golpeaste? -le preguntó él de repente, mirándola.
Ella se encogió de hombros, molesta consigo misma.
-Me estaba acorralando en un rincón. No tenía escapatoria.
-Supongo que tengo suerte de que no me hayas asestado un puñetazo a mí también.
Ella apartó la mano rápidamente. Empezaba a sentir un cosquilleo intenso.
-Dejé las maletas en la estación de Victoria. Debería ir a recogerlas y buscar un sitio para pasar la noche.
Se bajó del taburete y echó a andar, como si hubiera olvidado por qué estaba allí. Él siguió observándola con los brazos cruzados.
-Ya te dije antes que ni siquiera llegarás al piso de abajo si intentas escapar.
-No puedes retenerme aquí. Eso sería secuestro. Solo vine al despacho de Gonzalo para intentar encontrarle. Eso es todo. De verdad que no tengo ningún motivo oculto. No me llevo nada y no sabía nada del dinero.
Pedro miró a la mujer que tenía delante. El mundo entero había empezado a girar alrededor de ella desde el momento en que la había visto en el ascensor. Un momento antes, cuando le había agarrado la mano y había visto esos nudillos machacados, había sentido una rabia incontenible al imaginarse a ese hombre sin rostro que la había amenazado.
-¿Por qué perdiste tu trabajo? -le preguntó, para ahuyentar esos pensamientos tan peligrosos.
-Tuve algún problema que otro con unos clientes -ella cerró los puños.
-¿Vas a dejarla ahí hasta que me la coma? ¿Como un padre testarudo? -le tuteó por primera vez.
Pedro se inclinó hacia delante desde el otro lado de la encimera. Paula hizo un esfuerzo para no retroceder.
-Yo no soy padre y no soy testarudo. Come.
Paula bajó la vista para no sentir esa mirada abrasadora y se encontró con un puré de patatas delicioso y un guiso de vegetales. Su estómago rugió. Desafiante hasta el final, se rindió en el último momento. Quitó la tapa del plato.
-Podría haber sido vegetariana, ¿Sabes? -empezó a servirse.
No quería sentirse observada, pero tenía demasiada hambre como para parar.
-Disculpa que no te haya preguntado antes -le dijo él un momento después.
Ella le lanzó una mirada rápida y el corazón se le cayó a los pies. Se estaba riendo de ella. Apartó la vista de nuevo rápidamente y se concentró en la comida. En cuanto sintió en la boca el primer bocado de aquella cena suculenta, supo que estaba perdida y lo devoró todo como un pobre hambriento que llevara semanas sin comer. Como salidos de la nada, un vaso de agua y una servilleta aparecieron a su lado. Paula se limpió la boca y bebió un buen trago. Solo entonces se atrevió a mirar de nuevo a Pedro. Él la miraba fijamente, la observaba. Ella sintió vergüenza rápidamente y se limpió la boca.
-¿Qué? ¿Me he manchado?
-¿Cuándo fue la última vez que comiste? -él sacudió la cabeza. Su voz sonaba dura.
Por un momento, Paula no pudo recordarlo. Jugueteó un poco con el plato y murmuró algo.
-Ayer. A la hora de comer -le dijo, aunque en rea lidad sabía que llevaba días sin comer bien.
-¿Dónde vives?
De repente la cruda realidad la golpeó de lleno. Se sonrojó y rehuyó su mirada.
-Paula. -le dijo él en un tono de advertencia.
Ella sintió que el estómago le daba un vuelco al oírle pronunciar su nombre. Era tan íntimo. Lo miró a los ojos y se puso erguida. No podía caer más bajo. A lo mejor si sabía lo inofensiva que era en realidad, la dejaba marchar sin más.
-Vivía en Bethnal Green hasta esta mañana. Pero perdí mi trabajo hace dos días y no quisieron pagarme lo que me debían. Hoy no pude pagarle el alquiler a mi casero, así que me sugirió que se lo pagara de otra manera.
Paula tembló al recordar aquella cara sudorosa, esas manos que la agarraban, el aliento pestilente. Antes de que pudiera reaccionar, Pedro se había movido hacia ella. Sintió que le agarraba la mano derecha. Empezó a examinar sus nudillos enrojecidos e irritados. Ella lo había olvidado. Al sentir el roce de sus dedos, hizo una mueca. Todavía le dolía mucho.
-¿Le golpeaste? -le preguntó él de repente, mirándola.
Ella se encogió de hombros, molesta consigo misma.
-Me estaba acorralando en un rincón. No tenía escapatoria.
-Supongo que tengo suerte de que no me hayas asestado un puñetazo a mí también.
Ella apartó la mano rápidamente. Empezaba a sentir un cosquilleo intenso.
-Dejé las maletas en la estación de Victoria. Debería ir a recogerlas y buscar un sitio para pasar la noche.
Se bajó del taburete y echó a andar, como si hubiera olvidado por qué estaba allí. Él siguió observándola con los brazos cruzados.
-Ya te dije antes que ni siquiera llegarás al piso de abajo si intentas escapar.
-No puedes retenerme aquí. Eso sería secuestro. Solo vine al despacho de Gonzalo para intentar encontrarle. Eso es todo. De verdad que no tengo ningún motivo oculto. No me llevo nada y no sabía nada del dinero.
Pedro miró a la mujer que tenía delante. El mundo entero había empezado a girar alrededor de ella desde el momento en que la había visto en el ascensor. Un momento antes, cuando le había agarrado la mano y había visto esos nudillos machacados, había sentido una rabia incontenible al imaginarse a ese hombre sin rostro que la había amenazado.
-¿Por qué perdiste tu trabajo? -le preguntó, para ahuyentar esos pensamientos tan peligrosos.
-Tuve algún problema que otro con unos clientes -ella cerró los puños.
jueves, 9 de abril de 2020
Pasión: Capítulo 8
Pedro apretó la mandíbula y guardó silencio un momento.
-¿Esperas que me lo crea? ¿Después de todo lo que he visto? ¿Después de haberte visto en la fiesta la semana pasada? Los dos tramaron esto juntos.
-No -dijo Paula, sacudiendo la cabeza-. No fueron así las cosas. Se lo juro. Fui con Gonzalo porque. -se detuvo.
No podía hablar de la inseguridad de su hermano. De repente había comprendido por qué parecía tan nervioso en las últimas semanas.
-Porque tenían un plan maestro para llevaros un millón de euros -soltó una risita sarcástica-. Por Dios, ¡Pero si ni siquiera pudiste resistirte a robar comida del bufé!
Paula se sonrojó hasta la médula.
-Tomé esa comida para mi vecina. Es muy mayor, polaca. Siempre me habla de cuando era rica y asistía a bailes en Polonia. Solo quería llevarle algo que le hiciera ilusión. Eso es todo.
Esa vez Pedro sí que se echó a reír abiertamente. Paula sintió una profunda vergüenza. Cuando por fin dejó de reír, la atravesó con una mirada de acero. Ella hizo todo lo posible por no dejarse intimidar. Después de toda una infancia de orfandad, muy poca gente lo conseguía, pero él sabía dónde clavar el cuchillo. Desesperada, levantó una mano.
-Terminé el bachillerato por los pelos. Y las matemáticas nunca se me dieron bien. No sé ni qué es la Bolsa, ni las acciones. Gonzalo fue el que salió inteligente.
-Y sin embargo. -Pedro siguió adelante, tan incisivo como siempre-. Estabas con él la semana pasada, exhibiéndote ante mí. Sabías muy bien quién era yo.
-No me estaba exhibiendo delante de usted. Fue usted quien se acercó.
Pedro Alfonso se sonrojó. Por primera vez Paula sintió que se había anotado un tanto. Sin embargo, la sensación de victoria no le duró mucho. Él no tardó en ponerse serio y su rostro volvió a convertirse en una máscara impenetrable.
-Fui con Gonzalo para acompañarle. No quería ir solo.
-Ni siquiera me creo todavía que seas la hermana de Gonzalo Schulz-dijo Pedro, esbozando una media sonrisa-. ¿Por qué tiene otro apellido?
Paula bajó la vista. Sin duda debía de parecer muy culpable.
-Porque. Porque se peleó con nuestro padre y se puso el apellido de soltera de nuestra madre -aquello no era del todo falso.
-Además, no te pareces en nada a él.
Paula levantó la vista y se encontró con el intenso escrutinio de Pedro. La miraba de arriba abajo, sin disimular en lo más mínimo.
-No -le dijo con contundencia-. Ya lo sé. Pero no todos. -se detuvo abruptamente. Había estado a punto de mencionar la palabra «mellizos». Lo arregló como pudo-. No todos los miembros de una familia se parecen. Él se parece mucho a mi madre y yo me parezco a mi padre.
Cruzó los brazos. De repente se sentía a la defensiva. A lo mejor su madre la habría querido tanto como a su hermano si se hubiera parecido más a ella. ¿Se hubiera quedado de haber sido así? Empezó a sentirse algo mareada. La vista se le estaba nublando. Justo cuando empezaba a castigarse por su propia debilidad, Pedro masculló algo ininteligible, fue hacia ella y le puso una mano sobre el brazo. Ella se puso rígida al sentir el tacto de su mano. Odiaba ese efecto incendiario que ejercía sobre ella. Trató de apartarse, pero no pudo.
-¿Cuándo has comido por última vez, mujer tonta?
Esa vez Paula sí que logró soltarse y le fulminó con la mirada de nuevo.
-No soy una mujer tonta. Solo estaba preocupada. No tenía tiempo de pensar en comer.
-Parece que no sueles pensar en ello muy a menudo -Pedro la miró de arriba abajo y esbozó una media sonrisa.
Echó a andar. Paula le siguió con la mirada.
-Hay comida preparada en la nevera -le dijo por encima del hombro-. Ven conmigo.
Paula empezó a sentirse verdaderamente mal en ese momento. ¿Pedro Alfonso acababa de ofrecerle. comida? Miró hacia la puerta del apartamento. Más allá estaba la puerta del ascensor privado. De repente le pareció que la libertad estaba muy cerca. Casi como si pudiera leerle la mente, él apareció a unos metros de distancia, las manos en las caderas.
-Ni se te ocurra. No llegarías ni al piso de abajo y te traerían de vuelta enseguida.
-Pero. No he visto a nadie.
Pedro le guiñó un ojo.
-¿Es que no has visto las películas italianas? Mis hombres están en todas partes.
Paula quiso pensar que estaba de broma, pero algo le decía que debía andarse con cuidado. Conocía bien las calles; sabía cuando alguien hablaba en serio. Y Pedro Alfonso hablaba en serio. Era su prisionera, como si la hubiera atado a una silla. Él dió media vuelta y siguió adelante. Ella, temerosa y expectante, no tuvo más remedio que ir tras él.
-¿Esperas que me lo crea? ¿Después de todo lo que he visto? ¿Después de haberte visto en la fiesta la semana pasada? Los dos tramaron esto juntos.
-No -dijo Paula, sacudiendo la cabeza-. No fueron así las cosas. Se lo juro. Fui con Gonzalo porque. -se detuvo.
No podía hablar de la inseguridad de su hermano. De repente había comprendido por qué parecía tan nervioso en las últimas semanas.
-Porque tenían un plan maestro para llevaros un millón de euros -soltó una risita sarcástica-. Por Dios, ¡Pero si ni siquiera pudiste resistirte a robar comida del bufé!
Paula se sonrojó hasta la médula.
-Tomé esa comida para mi vecina. Es muy mayor, polaca. Siempre me habla de cuando era rica y asistía a bailes en Polonia. Solo quería llevarle algo que le hiciera ilusión. Eso es todo.
Esa vez Pedro sí que se echó a reír abiertamente. Paula sintió una profunda vergüenza. Cuando por fin dejó de reír, la atravesó con una mirada de acero. Ella hizo todo lo posible por no dejarse intimidar. Después de toda una infancia de orfandad, muy poca gente lo conseguía, pero él sabía dónde clavar el cuchillo. Desesperada, levantó una mano.
-Terminé el bachillerato por los pelos. Y las matemáticas nunca se me dieron bien. No sé ni qué es la Bolsa, ni las acciones. Gonzalo fue el que salió inteligente.
-Y sin embargo. -Pedro siguió adelante, tan incisivo como siempre-. Estabas con él la semana pasada, exhibiéndote ante mí. Sabías muy bien quién era yo.
-No me estaba exhibiendo delante de usted. Fue usted quien se acercó.
Pedro Alfonso se sonrojó. Por primera vez Paula sintió que se había anotado un tanto. Sin embargo, la sensación de victoria no le duró mucho. Él no tardó en ponerse serio y su rostro volvió a convertirse en una máscara impenetrable.
-Fui con Gonzalo para acompañarle. No quería ir solo.
-Ni siquiera me creo todavía que seas la hermana de Gonzalo Schulz-dijo Pedro, esbozando una media sonrisa-. ¿Por qué tiene otro apellido?
Paula bajó la vista. Sin duda debía de parecer muy culpable.
-Porque. Porque se peleó con nuestro padre y se puso el apellido de soltera de nuestra madre -aquello no era del todo falso.
-Además, no te pareces en nada a él.
Paula levantó la vista y se encontró con el intenso escrutinio de Pedro. La miraba de arriba abajo, sin disimular en lo más mínimo.
-No -le dijo con contundencia-. Ya lo sé. Pero no todos. -se detuvo abruptamente. Había estado a punto de mencionar la palabra «mellizos». Lo arregló como pudo-. No todos los miembros de una familia se parecen. Él se parece mucho a mi madre y yo me parezco a mi padre.
Cruzó los brazos. De repente se sentía a la defensiva. A lo mejor su madre la habría querido tanto como a su hermano si se hubiera parecido más a ella. ¿Se hubiera quedado de haber sido así? Empezó a sentirse algo mareada. La vista se le estaba nublando. Justo cuando empezaba a castigarse por su propia debilidad, Pedro masculló algo ininteligible, fue hacia ella y le puso una mano sobre el brazo. Ella se puso rígida al sentir el tacto de su mano. Odiaba ese efecto incendiario que ejercía sobre ella. Trató de apartarse, pero no pudo.
-¿Cuándo has comido por última vez, mujer tonta?
Esa vez Paula sí que logró soltarse y le fulminó con la mirada de nuevo.
-No soy una mujer tonta. Solo estaba preocupada. No tenía tiempo de pensar en comer.
-Parece que no sueles pensar en ello muy a menudo -Pedro la miró de arriba abajo y esbozó una media sonrisa.
Echó a andar. Paula le siguió con la mirada.
-Hay comida preparada en la nevera -le dijo por encima del hombro-. Ven conmigo.
Paula empezó a sentirse verdaderamente mal en ese momento. ¿Pedro Alfonso acababa de ofrecerle. comida? Miró hacia la puerta del apartamento. Más allá estaba la puerta del ascensor privado. De repente le pareció que la libertad estaba muy cerca. Casi como si pudiera leerle la mente, él apareció a unos metros de distancia, las manos en las caderas.
-Ni se te ocurra. No llegarías ni al piso de abajo y te traerían de vuelta enseguida.
-Pero. No he visto a nadie.
Pedro le guiñó un ojo.
-¿Es que no has visto las películas italianas? Mis hombres están en todas partes.
Paula quiso pensar que estaba de broma, pero algo le decía que debía andarse con cuidado. Conocía bien las calles; sabía cuando alguien hablaba en serio. Y Pedro Alfonso hablaba en serio. Era su prisionera, como si la hubiera atado a una silla. Él dió media vuelta y siguió adelante. Ella, temerosa y expectante, no tuvo más remedio que ir tras él.
Pasión: Capítulo 7
-Eso es todo lo que es. Un viejo amigo. Nos conocemos. desde hace mucho tiempo.
-Ya. Seguramente os conocéis desde aquel día en la fiesta. - Pedro esbozó una sonrisa sarcástica.
-No. No. De verdad, no son así las cosas -casi se había levantado de la silla y había estirado el brazo, como si así pudiera darle más énfasis a sus palabras.
Volvió a sentarse inmediatamente. Pedro cruzó los brazos sobre el pecho. Paula no pudo evitar fijarse en la fuerza descomunal que debían de tener esos músculos. De repente se sintió mareada y lo achacó todo al hecho de que no había comido nada en todo el día.
-Yo te cuento cómo fue, ¿de acuerdo? -Pedro no le dió tiempo a contestar-. Eres cómplice de Gonzalo Schulz, y los dos fueron lo bastante estúpidos como para creer que podían volver a la escena del crimen así como así, para recuperar algo importante.
¿Qué era? ¿Una memoria USB? Es la única cosa lo bastante pequeña y difícil de encontrar.
Antes de que Paula supiera lo que estaba ocurriendo, Pedro estaba a su lado, agarrándola y levantándola de la silla. En medio de aquella confusión, ella se dió cuenta de que el tacto de sus manos era sutil, ligero, casi una caricia. La situación era muy confusa. De pronto, él se agachó delante de ella y empezó a tocarle las piernas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que la estaba cacheando. La estaba tocando por la cara interna de las piernas, y subiendo. Reaccionó con brusquedad. Se apartó y empezó a darle manotazos, en la cabeza. Él masculló un juramento y la agarró de los brazos de nuevo. Esa vez sus manos no le hicieron una caricia.
-Pero si tenemos una pequeña gata salvaje por aquí. Quieta.
Sujetándole ambos brazos con una mano, le metió la otra mano en los bolsillos y los vació. Se movía tan rápido que Paula sintió mareos. En cuestión de unos segundos, se encontró con los bolsillos vacíos, el forro por fuera. Se soltó de un tirón. Él la dejó escapar.
-Usted. -dió un traspié-. Prefiero que me lleve la policía antes que verme manoseada -le espetó-. ¿Ha llamado a la policía? - añadió al darse cuenta.
Pedro retrocedió un poco. Tenía la cara roja, de pura rabia. Sacudió la cabeza lentamente.
-No he llamado a la policía -admitió, no sin reticencia-. Porque no quiero que los medios aparezcan por aquí. Eso nunca es bueno para el negocio.
Paula sintió un gran alivio, pero la sonrisa cruel de Pedro la hizo volver a la realidad.
-Pero no te vayas a creer que tu novio se va a ir de rositas. ¿Crees que la policía se va a molestar en buscar a un granuja de poca monta? -sacudió la cabeza y cruzó los brazos-. Ya tengo a gente que le está buscando, gente que tiene medios mucho más sofisticados que los de la policía. Solo es cuestión de tiempo.
-¿Y qué le va a pasar? -le preguntó Paula, aterrorizada.
-¿Una vez haya devuelto hasta el último céntimo? Bueno, pasará a formar parte de mi lista negra y no podrá volver a trabajar en ninguna financiera del mundo. Le entregaré a la policía y lo acusaré de fraude. Podrían caerle diez años. He tenido que cubrir el fraude yo mismo, con mi propio dinero. Ahora es una deuda personal.
Paula sintió que le temblaban las rodillas. Intentó encontrar la silla que tenía detrás y se dejó caer en ella. Su hermano no sobreviviría ni un día más en la cárcel. Al salir le había dicho que prefería morir antes que tener que volver allí.
Pedro frunció el ceño. Por primera vez en toda la tarde, estaba seguro de que la mujer que tenía delante no estaba fingiendo. Parecía completamente desconsolada; tanto así, que casi sintió ganas de ofrecerle algo de beber. Tenía la vista fija en el suelo y guardaba silencio. Quería ir hacia ella y levantarle la barbilla con un dedo. No le gustaba sentirse tan desconcertado, tan nervioso. Apenas podía mirarla a los ojos. Pero entonces ella levantó la vista, y sus ojos resultaron ser como dos lagunas negras, todavía más acentuados por la extrema palidez de su piel. Ella abrió la boca. Pedro podía ver cómo se movía su garganta.
-No puedo. -dijo por fin, sacudiendo la cabeza-. No puedo mentirte. Esto es demasiado serio. No le he dicho la verdad sobre Gonzalo.
Pedro se puso tenso, furioso.
-Pues ya empiezo a aburrirme de tanto esperar. Tienes un minuto para hablar o te entrego a la policía.
-¡Paula!
La joven levantó la vista hacia Pedro Alfonso. Oírle decir su propio nombre era extraño. Respirando profundamente, se puso en pie. Las piernas le temblaban.
-Gonzalo no es mi novio y no soy su cómplice. Es mi hermano.
-Sigue.
-Eso es todo -Paula se encogió de hombros-. Es mi hermano y estoy preocupada por él. Le estoy buscando.
-Ya. Seguramente os conocéis desde aquel día en la fiesta. - Pedro esbozó una sonrisa sarcástica.
-No. No. De verdad, no son así las cosas -casi se había levantado de la silla y había estirado el brazo, como si así pudiera darle más énfasis a sus palabras.
Volvió a sentarse inmediatamente. Pedro cruzó los brazos sobre el pecho. Paula no pudo evitar fijarse en la fuerza descomunal que debían de tener esos músculos. De repente se sintió mareada y lo achacó todo al hecho de que no había comido nada en todo el día.
-Yo te cuento cómo fue, ¿de acuerdo? -Pedro no le dió tiempo a contestar-. Eres cómplice de Gonzalo Schulz, y los dos fueron lo bastante estúpidos como para creer que podían volver a la escena del crimen así como así, para recuperar algo importante.
¿Qué era? ¿Una memoria USB? Es la única cosa lo bastante pequeña y difícil de encontrar.
Antes de que Paula supiera lo que estaba ocurriendo, Pedro estaba a su lado, agarrándola y levantándola de la silla. En medio de aquella confusión, ella se dió cuenta de que el tacto de sus manos era sutil, ligero, casi una caricia. La situación era muy confusa. De pronto, él se agachó delante de ella y empezó a tocarle las piernas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que la estaba cacheando. La estaba tocando por la cara interna de las piernas, y subiendo. Reaccionó con brusquedad. Se apartó y empezó a darle manotazos, en la cabeza. Él masculló un juramento y la agarró de los brazos de nuevo. Esa vez sus manos no le hicieron una caricia.
-Pero si tenemos una pequeña gata salvaje por aquí. Quieta.
Sujetándole ambos brazos con una mano, le metió la otra mano en los bolsillos y los vació. Se movía tan rápido que Paula sintió mareos. En cuestión de unos segundos, se encontró con los bolsillos vacíos, el forro por fuera. Se soltó de un tirón. Él la dejó escapar.
-Usted. -dió un traspié-. Prefiero que me lleve la policía antes que verme manoseada -le espetó-. ¿Ha llamado a la policía? - añadió al darse cuenta.
Pedro retrocedió un poco. Tenía la cara roja, de pura rabia. Sacudió la cabeza lentamente.
-No he llamado a la policía -admitió, no sin reticencia-. Porque no quiero que los medios aparezcan por aquí. Eso nunca es bueno para el negocio.
Paula sintió un gran alivio, pero la sonrisa cruel de Pedro la hizo volver a la realidad.
-Pero no te vayas a creer que tu novio se va a ir de rositas. ¿Crees que la policía se va a molestar en buscar a un granuja de poca monta? -sacudió la cabeza y cruzó los brazos-. Ya tengo a gente que le está buscando, gente que tiene medios mucho más sofisticados que los de la policía. Solo es cuestión de tiempo.
-¿Y qué le va a pasar? -le preguntó Paula, aterrorizada.
-¿Una vez haya devuelto hasta el último céntimo? Bueno, pasará a formar parte de mi lista negra y no podrá volver a trabajar en ninguna financiera del mundo. Le entregaré a la policía y lo acusaré de fraude. Podrían caerle diez años. He tenido que cubrir el fraude yo mismo, con mi propio dinero. Ahora es una deuda personal.
Paula sintió que le temblaban las rodillas. Intentó encontrar la silla que tenía detrás y se dejó caer en ella. Su hermano no sobreviviría ni un día más en la cárcel. Al salir le había dicho que prefería morir antes que tener que volver allí.
Pedro frunció el ceño. Por primera vez en toda la tarde, estaba seguro de que la mujer que tenía delante no estaba fingiendo. Parecía completamente desconsolada; tanto así, que casi sintió ganas de ofrecerle algo de beber. Tenía la vista fija en el suelo y guardaba silencio. Quería ir hacia ella y levantarle la barbilla con un dedo. No le gustaba sentirse tan desconcertado, tan nervioso. Apenas podía mirarla a los ojos. Pero entonces ella levantó la vista, y sus ojos resultaron ser como dos lagunas negras, todavía más acentuados por la extrema palidez de su piel. Ella abrió la boca. Pedro podía ver cómo se movía su garganta.
-No puedo. -dijo por fin, sacudiendo la cabeza-. No puedo mentirte. Esto es demasiado serio. No le he dicho la verdad sobre Gonzalo.
Pedro se puso tenso, furioso.
-Pues ya empiezo a aburrirme de tanto esperar. Tienes un minuto para hablar o te entrego a la policía.
-¡Paula!
La joven levantó la vista hacia Pedro Alfonso. Oírle decir su propio nombre era extraño. Respirando profundamente, se puso en pie. Las piernas le temblaban.
-Gonzalo no es mi novio y no soy su cómplice. Es mi hermano.
-Sigue.
-Eso es todo -Paula se encogió de hombros-. Es mi hermano y estoy preocupada por él. Le estoy buscando.
Pasión: Capítulo 6
Paula se había aferrado al teléfono con las manos sudorosas.
-Gonza, espera. ¿Qué pasa? A lo mejor puedo ayudarte.
-No. No voy a seguir haciéndote esto una y otra vez. Ya has hecho bastante. No es tu problema. Es el mío.
-¿Es...? ¿Son las drogas de nuevo? -le había preguntado, aterrorizada.
Gonzalo se había echado a reír y su risa había sonado un tanto frenética.
-No. No son drogas, Pau. Si te soy sincero, quizá sería mejor si lo fuera. Se trata del trabajo, algo que tiene que ver con el trabajo.
Antes de que pudiera preguntarle nada más, se había despedido de ella rápidamente y la había dejado con la palabra en la boca. Había intentando llamarlo varias veces, pero el móvil había sido desconectado. Después había ido al pequeño estudio donde vivía y del que estaba tan orgulloso, pero se lo había encontrado patas arriba. Sus cosas estaban revueltas, por todas partes.
Las puertas del ascensor se abrieron. Pedro Alfonso la condujo hacia una especie de ático. Las extraordinarias vistas de Londres al atardecer daban un toque aún más surrealista a la situación. Una enorme luna brillaba en el cielo color violáceo. Pedro la soltó por fin y encendió varias luces. Paula se estremeció y se frotó los brazos. La descarga de adrenalina y la sensación de sorpresa se habían desvanecido. Se sentía vacía. Miró a su alrededor. El apartamento estaba decorado exquisitamente. La artista que había en ella admiraba esa opulencia discreta, pero contundente. Sus ojos fueron a parar a él de nuevo. Sintió un vuelco en el estómago. ¿A quién quería engañar? Su interés en ese hombre era mucho más que una inquietud estética.
Pedro contempló a esa mujer menuda que estaba en su departamento. La mirada desesperada con la que había echado a correr hacia la puerta de emergencia estaba grabada con fuego en su memoria. Le había llegado muy adentro, había revivido un recuerdo del pasado. No era como esas bellezas sublimes en las que solía fijarse; mujeres de alta cuna, hermosas, inteligentes, discretas. Mujeres que jamás le hubieran dejado ponerles una mano encima de haber sabido en qué mundo había nacido.
-Me lo vas a contar todo ahora mismo. Aquí y ahora -le dijo, furioso consigo mismo por la reacción impulsiva que había tenido.
Ella se encogió, como si acabara de golpearla. Pero Pedro no se ablandó. Reprimió ese latigazo de remordimiento que acababa de sentir. De repente ella estaba muy pálida, vulnerable. Pero no podía dejarse engañar. Había una fuerza en ella inconfundible, la fuerza de las calles. Él la reconocía bien, y no le gustaba que se la recordaran. Sacó una silla cercana y la obligó a sentarse. Ella lo miró con esos enormes ojos marrones, esos labios carnosos y pálidos. Había una inocencia calculada en ella que resultaba terriblemente tentadora. Se produjo un silencio tenso y Rocco trató de averiguar qué estaba pasando detrás de aquellos ojos tan grandes y expresivos. Y entonces pareció que ella se preparaba para recibir un duro golpe.
-¿Qué quería decir con eso de que Gonzalo robó un millón de euros?
Pedro abrió la boca para decir algo y entonces se detuvo.
-¿Pero te atreves a seguir fingiendo? -le preguntó él en un tono de incredulidad.
Ella apretó los puños sobre el regazo. Él recordaba muy bien lo nerviosa que estaba aquel día en la fiesta; recordaba la intriga que había despertado en él. Recordaba haberle dado un beso en el dorso de la mano, el tacto áspero de las palmas de sus manos pequeñas, nada que ver con la piel aterciopelada de esas mujeres con las que solía salir. Ella tenía que saber exactamente quién era él. Seguramente su hermano y ella llevaban toda la semana riéndose de él. Pedro sintió que ardía por dentro. No se había sentido tan humillado en muchos años. Ella le había visto en un momento de debilidad, y eso no era nada bueno. Nada bueno. No recordaba haber sentido debilidad alguna desde su salida de Italia, muchos años antes. Atrás habían quedado esos barrios marginales y apestosos. Pensar en aquella época le hizo recuperar el control.
-¿Quién eres y de qué conoces a Gonzalo? -le preguntó con una claridad diáfana.
Paula fulminó con la mirada a Pedro. Él tenía la extraordinaria habilidad de hacerla sentir como si no tuviera opción alguna excepto obedecerle. Era tan incisivo y preciso como un láser.
-¿Y bien?
La palabra estaba llena de frustración y rabia.
-Soy Paula. Paula Chaves-dijo ella casi sin pensar.
-¿Y? -dijo él, haciendo un gesto a medio camino entre una mueca y una sonrisa-. ¿Qué tienes que ver con Gonzalo Schulz?
-Es. es un viejo amigo.
-Mentirosa -dijo Pedro en un tono burlón.
-Gonza, espera. ¿Qué pasa? A lo mejor puedo ayudarte.
-No. No voy a seguir haciéndote esto una y otra vez. Ya has hecho bastante. No es tu problema. Es el mío.
-¿Es...? ¿Son las drogas de nuevo? -le había preguntado, aterrorizada.
Gonzalo se había echado a reír y su risa había sonado un tanto frenética.
-No. No son drogas, Pau. Si te soy sincero, quizá sería mejor si lo fuera. Se trata del trabajo, algo que tiene que ver con el trabajo.
Antes de que pudiera preguntarle nada más, se había despedido de ella rápidamente y la había dejado con la palabra en la boca. Había intentando llamarlo varias veces, pero el móvil había sido desconectado. Después había ido al pequeño estudio donde vivía y del que estaba tan orgulloso, pero se lo había encontrado patas arriba. Sus cosas estaban revueltas, por todas partes.
Las puertas del ascensor se abrieron. Pedro Alfonso la condujo hacia una especie de ático. Las extraordinarias vistas de Londres al atardecer daban un toque aún más surrealista a la situación. Una enorme luna brillaba en el cielo color violáceo. Pedro la soltó por fin y encendió varias luces. Paula se estremeció y se frotó los brazos. La descarga de adrenalina y la sensación de sorpresa se habían desvanecido. Se sentía vacía. Miró a su alrededor. El apartamento estaba decorado exquisitamente. La artista que había en ella admiraba esa opulencia discreta, pero contundente. Sus ojos fueron a parar a él de nuevo. Sintió un vuelco en el estómago. ¿A quién quería engañar? Su interés en ese hombre era mucho más que una inquietud estética.
Pedro contempló a esa mujer menuda que estaba en su departamento. La mirada desesperada con la que había echado a correr hacia la puerta de emergencia estaba grabada con fuego en su memoria. Le había llegado muy adentro, había revivido un recuerdo del pasado. No era como esas bellezas sublimes en las que solía fijarse; mujeres de alta cuna, hermosas, inteligentes, discretas. Mujeres que jamás le hubieran dejado ponerles una mano encima de haber sabido en qué mundo había nacido.
-Me lo vas a contar todo ahora mismo. Aquí y ahora -le dijo, furioso consigo mismo por la reacción impulsiva que había tenido.
Ella se encogió, como si acabara de golpearla. Pero Pedro no se ablandó. Reprimió ese latigazo de remordimiento que acababa de sentir. De repente ella estaba muy pálida, vulnerable. Pero no podía dejarse engañar. Había una fuerza en ella inconfundible, la fuerza de las calles. Él la reconocía bien, y no le gustaba que se la recordaran. Sacó una silla cercana y la obligó a sentarse. Ella lo miró con esos enormes ojos marrones, esos labios carnosos y pálidos. Había una inocencia calculada en ella que resultaba terriblemente tentadora. Se produjo un silencio tenso y Rocco trató de averiguar qué estaba pasando detrás de aquellos ojos tan grandes y expresivos. Y entonces pareció que ella se preparaba para recibir un duro golpe.
-¿Qué quería decir con eso de que Gonzalo robó un millón de euros?
Pedro abrió la boca para decir algo y entonces se detuvo.
-¿Pero te atreves a seguir fingiendo? -le preguntó él en un tono de incredulidad.
Ella apretó los puños sobre el regazo. Él recordaba muy bien lo nerviosa que estaba aquel día en la fiesta; recordaba la intriga que había despertado en él. Recordaba haberle dado un beso en el dorso de la mano, el tacto áspero de las palmas de sus manos pequeñas, nada que ver con la piel aterciopelada de esas mujeres con las que solía salir. Ella tenía que saber exactamente quién era él. Seguramente su hermano y ella llevaban toda la semana riéndose de él. Pedro sintió que ardía por dentro. No se había sentido tan humillado en muchos años. Ella le había visto en un momento de debilidad, y eso no era nada bueno. Nada bueno. No recordaba haber sentido debilidad alguna desde su salida de Italia, muchos años antes. Atrás habían quedado esos barrios marginales y apestosos. Pensar en aquella época le hizo recuperar el control.
-¿Quién eres y de qué conoces a Gonzalo? -le preguntó con una claridad diáfana.
Paula fulminó con la mirada a Pedro. Él tenía la extraordinaria habilidad de hacerla sentir como si no tuviera opción alguna excepto obedecerle. Era tan incisivo y preciso como un láser.
-¿Y bien?
La palabra estaba llena de frustración y rabia.
-Soy Paula. Paula Chaves-dijo ella casi sin pensar.
-¿Y? -dijo él, haciendo un gesto a medio camino entre una mueca y una sonrisa-. ¿Qué tienes que ver con Gonzalo Schulz?
-Es. es un viejo amigo.
-Mentirosa -dijo Pedro en un tono burlón.
Pasión: Capítulo 5
Pedro le dió la espalda a la ventana y agarró la chaqueta. El crepúsculo se cernía sobre la ciudad y todos los despachos estaban vacíos ya. Normalmente ese era su momento preferido para trabajar, cuando todo el mundo se había marchado ya. Le gustaba oír el silencio. Era reconfortante. Era algo tan distinto a esa ensordecedora cacofonía de la juventud. Justo cuando iba a salir del despacho, sonó el teléfono. Dió media vuelta y contestó. Escuchó lo que le decía la persona que estaba al otro lado de la línea y su cuerpo se tensó de inmediato.
-Que la traigan aquí -dijo, casi escupiendo las palabras.
Fue hacia el ascensor y vio cómo se iluminaban los números de las plantas. Alguien preguntaba por Gonzalo Schulz. Hubo una pausa cuando el ascensor se detuvo y, justo antes de que se abrieran las puertas, Pedro sintió que el corazón le daba un vuelco, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir. Las puertas se abrieron por fin. Ante él apareció una joven menuda vestida con una camiseta gris, unos vaqueros viejos y una especie de rebeca atada a la cintura. Una mata de pelo rojo recogido en una coleta le caía sobre un hombro, llegando casi hasta sus pechos. Tenía la cara pálida, con forma de corazón. Las pecas se le veían más que nunca. Sus ojos, enormes y marrones, tenían reflejos dorados y verdes. No tardó ni una fracción de segundo en reconocerla. Sin saber muy bien lo que hacía, la agarró de los brazos y tiró de ella.
-¡Tú!
-Tú. -repitió Paula con un hilo de voz-. ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó, anonadada.
Pedro tiró de ella y la sacó del ascensor. El corazón se le salía del pecho. Sus manos fuertes eran como cepos sobre sus pequeños brazos.
-Este edificio es mío -masculló él, taladrándola con la mirada-. Creo que la pregunta adecuada es por qué estás tú aquí. ¿Por qué buscas a Gonzalo Schulz?
Paula se dió cuenta de que él se acordaba perfectamente de ella. Un chorro de adrenalina corrió por sus venas al ver la cara de Pedro Alfonso. Gonzalo debía de estar muy lejos de allí, y debía de tener graves problemas. No podía hablar. Solo podía mirar embelesada al hombre más apuesto que jamás había visto, por segunda vez en menos de una semana. Él la agarró con más fuerza, clavándole las yemas de los dedos en la piel.
-¿Qué haces aquí?
-Yo. Pensé que podría estar aquí. Quería encontrarle.
-Creo que podemos estar seguros de que Gonzalo Schulz puede estar en cualquier parte, bien lejos de aquí, si es que tiene media neurona por lo menos. Ha hecho lo que hacen todos los delincuentes, salir huyendo y esconderse.
El corazón de Paula dió un salto. Sus sospechas acababan de confirmarse de la peor manera posible, pero su espíritu protector salió en defensa de su hermano, aunque su conciencia le dijera otra cosa.
-No es un delincuente.
-¿No? -Pedro arqueó una ceja-. ¿Y cómo llamarías a alguien que roba un millón de euros? ¿Qué relación tiene contigo? ¿Es tu amante? -le preguntó en un tono agresivo.
Paula sacudió la cabeza y trató de apartarse; un movimiento inútil. Tenía que proteger a Gonzalo a toda costa.
-Solo estoy preocupada por él. Pensé que podría estar aquí.
-No es muy probable que vuelva a la escena del crimen. No creo que sea tan estúpido como para intentar robar otro millón de euros en el mismo sitio.
Paula se sintió atrapada, claustrofóbica, pero un fuego repentino subió por su garganta.
-¡No es ningún estúpido!
Logró liberarse y dio media vuelta, buscando una vía de escape desesperadamente. Vio la salida de emergencia a lo lejos y echó a correr. Pedro masculló un juramento a sus espaldas. Justo cuando estaba a punto de tocar la barra de la puerta, alguien la agarró de los hombros y la hizo darse la vuelta con violencia. Él acababa de acorralarla contra la puerta y la fulminaba con la mirada. Tenía las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza. No había escapatoria posible.
-Es evidente que tú también estás en esto, hasta el cuello. La cuestión es. ¿Por qué has vuelto aquí? Debe de haber sido para buscar algo importante.
Ella sacudió la cabeza y su rabia se desvaneció tan rápido como había surgido. De repente se sentía mareada.
-Señor Alfonso, le juro que no estoy involucrada en nada. Solo estoy preocupada. Vine porque pensé que Gonzalo podría estar aquí. No sé nada más.
-Ya sabías quién era la semana pasada cuando nos conocimos -el rostro de Pedro se endureció aún más.
-No. No lo sabía. No tenía ni idea. Hasta que llegó ese hombre y mencionó su nombre.
-Estabas allí con Chaves. Eras su cómplice -le dijo Pedro, como si no la estuviera escuchando-. Han hecho esto juntos.
Paula volvió a negarlo todo con un gesto. La cabeza le retumbaba. Pedro volvió a mirarla fijamente. Se puso erguido y la agarró del brazo con brusquedad. Ella empezó a forcejear.
-Espere. Mire, por favor, señor Alfonso. Puedo explicarle.
-Eso es exactamente lo que vas a hacer -dijo él, lanzándole una mirada siniestra y apretó un botón del ascensor.
Un miedo atroz la hizo callar. Él la metió en el ascensor de un empujón y entró detrás de ella, sin soltarla. El silencio, espeso y tenso, pesaba a su alrededor. No quedaba ni rastro de ese hombre amable y seductor al que había conocido unos días antes. «Oh, Gonzalo. ¿Por qué has hecho esto?», pensó para sí, asustada. Su hermano la había llamado un rato antes.
-Paula, no me preguntes nada. Solo escucha. Ha pasado algo. Algo muy malo. Estoy en un buen lío, así que tengo que irme.
Había oído ruidos extraños por el teléfono, y Gonzalo parecía distraído.
-Mira, me voy y no sé cuándo podré volver a ponerme en contacto contigo, así que no intentes llamarme, ¿De acuerdo? Te mandaré un correo electrónico o algo cuando pueda.
-Que la traigan aquí -dijo, casi escupiendo las palabras.
Fue hacia el ascensor y vio cómo se iluminaban los números de las plantas. Alguien preguntaba por Gonzalo Schulz. Hubo una pausa cuando el ascensor se detuvo y, justo antes de que se abrieran las puertas, Pedro sintió que el corazón le daba un vuelco, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir. Las puertas se abrieron por fin. Ante él apareció una joven menuda vestida con una camiseta gris, unos vaqueros viejos y una especie de rebeca atada a la cintura. Una mata de pelo rojo recogido en una coleta le caía sobre un hombro, llegando casi hasta sus pechos. Tenía la cara pálida, con forma de corazón. Las pecas se le veían más que nunca. Sus ojos, enormes y marrones, tenían reflejos dorados y verdes. No tardó ni una fracción de segundo en reconocerla. Sin saber muy bien lo que hacía, la agarró de los brazos y tiró de ella.
-¡Tú!
-Tú. -repitió Paula con un hilo de voz-. ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó, anonadada.
Pedro tiró de ella y la sacó del ascensor. El corazón se le salía del pecho. Sus manos fuertes eran como cepos sobre sus pequeños brazos.
-Este edificio es mío -masculló él, taladrándola con la mirada-. Creo que la pregunta adecuada es por qué estás tú aquí. ¿Por qué buscas a Gonzalo Schulz?
Paula se dió cuenta de que él se acordaba perfectamente de ella. Un chorro de adrenalina corrió por sus venas al ver la cara de Pedro Alfonso. Gonzalo debía de estar muy lejos de allí, y debía de tener graves problemas. No podía hablar. Solo podía mirar embelesada al hombre más apuesto que jamás había visto, por segunda vez en menos de una semana. Él la agarró con más fuerza, clavándole las yemas de los dedos en la piel.
-¿Qué haces aquí?
-Yo. Pensé que podría estar aquí. Quería encontrarle.
-Creo que podemos estar seguros de que Gonzalo Schulz puede estar en cualquier parte, bien lejos de aquí, si es que tiene media neurona por lo menos. Ha hecho lo que hacen todos los delincuentes, salir huyendo y esconderse.
El corazón de Paula dió un salto. Sus sospechas acababan de confirmarse de la peor manera posible, pero su espíritu protector salió en defensa de su hermano, aunque su conciencia le dijera otra cosa.
-No es un delincuente.
-¿No? -Pedro arqueó una ceja-. ¿Y cómo llamarías a alguien que roba un millón de euros? ¿Qué relación tiene contigo? ¿Es tu amante? -le preguntó en un tono agresivo.
Paula sacudió la cabeza y trató de apartarse; un movimiento inútil. Tenía que proteger a Gonzalo a toda costa.
-Solo estoy preocupada por él. Pensé que podría estar aquí.
-No es muy probable que vuelva a la escena del crimen. No creo que sea tan estúpido como para intentar robar otro millón de euros en el mismo sitio.
Paula se sintió atrapada, claustrofóbica, pero un fuego repentino subió por su garganta.
-¡No es ningún estúpido!
Logró liberarse y dio media vuelta, buscando una vía de escape desesperadamente. Vio la salida de emergencia a lo lejos y echó a correr. Pedro masculló un juramento a sus espaldas. Justo cuando estaba a punto de tocar la barra de la puerta, alguien la agarró de los hombros y la hizo darse la vuelta con violencia. Él acababa de acorralarla contra la puerta y la fulminaba con la mirada. Tenía las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza. No había escapatoria posible.
-Es evidente que tú también estás en esto, hasta el cuello. La cuestión es. ¿Por qué has vuelto aquí? Debe de haber sido para buscar algo importante.
Ella sacudió la cabeza y su rabia se desvaneció tan rápido como había surgido. De repente se sentía mareada.
-Señor Alfonso, le juro que no estoy involucrada en nada. Solo estoy preocupada. Vine porque pensé que Gonzalo podría estar aquí. No sé nada más.
-Ya sabías quién era la semana pasada cuando nos conocimos -el rostro de Pedro se endureció aún más.
-No. No lo sabía. No tenía ni idea. Hasta que llegó ese hombre y mencionó su nombre.
-Estabas allí con Chaves. Eras su cómplice -le dijo Pedro, como si no la estuviera escuchando-. Han hecho esto juntos.
Paula volvió a negarlo todo con un gesto. La cabeza le retumbaba. Pedro volvió a mirarla fijamente. Se puso erguido y la agarró del brazo con brusquedad. Ella empezó a forcejear.
-Espere. Mire, por favor, señor Alfonso. Puedo explicarle.
-Eso es exactamente lo que vas a hacer -dijo él, lanzándole una mirada siniestra y apretó un botón del ascensor.
Un miedo atroz la hizo callar. Él la metió en el ascensor de un empujón y entró detrás de ella, sin soltarla. El silencio, espeso y tenso, pesaba a su alrededor. No quedaba ni rastro de ese hombre amable y seductor al que había conocido unos días antes. «Oh, Gonzalo. ¿Por qué has hecho esto?», pensó para sí, asustada. Su hermano la había llamado un rato antes.
-Paula, no me preguntes nada. Solo escucha. Ha pasado algo. Algo muy malo. Estoy en un buen lío, así que tengo que irme.
Había oído ruidos extraños por el teléfono, y Gonzalo parecía distraído.
-Mira, me voy y no sé cuándo podré volver a ponerme en contacto contigo, así que no intentes llamarme, ¿De acuerdo? Te mandaré un correo electrónico o algo cuando pueda.
martes, 7 de abril de 2020
Pasión: Capítulo 4
Pedro Alfonso examinó el artículo que le habían dedicado en el suplemento de economía del periódico e hizo una mueca. La caricatura de su cara le hacía más masculino y siniestro. Pero cuando vió su foto junto a la bellísima Micaela Winthrop, sintió una descarga de satisfacción. Sabía que hacían buena pareja, blanco y negro. La instantánea había sido tomada en la fiesta benéfica organizada por su empresa en el London Museum, la semana anterior. Aquella noche se había embarcado en una campaña con la que pretendía consagrar su lugar en la alta sociedad de forma permanente. Y eso solo se conseguía a base de seducción. Su sonrisa se volvió dura y despiadada al recordar el entusiasmo de la señorita Winthrop; fácilmente hubiera podido llevársela a la cama. Pero hasta ese momento se había resistido a sus encantos. Esa noche había decidido que su objetivo sería casarse con ella y el sexo no podía arruinarle el plan. Su sonrisa se desvaneció cuando reconoció que no le había costado mucho esfuerzo resistírsele. De repente, el recuerdo de una pelirroja pequeña y pizpireta se presentó en su memoria. La imagen fue tan vívida que le hizo levantarse de la silla en la que estaba sentado. Se detuvo frente a la ventana panorámica de su despacho, que ofrecía las mejores vistas de Londres. Apretó la mandíbula, rechazando el recuerdo con contundencia. Después de dar aquel discurso, en vez de dirigirse hacia Micaela, se había ido a buscar a aquella joven misteriosa directamente, pero ella había desaparecido. Todavía podía recordar lo mucho que se había sorprendido, indignado. Nadie, y mucho menos una mujer, huía de él de esa manera. En los quince años que llevaba fuera de Italia, jamás se había desviado de sus planes, siempre cuidadosamente forjados. Jamás. hasta ese día. Y ella ni siquiera era hermosa, pero tenía algo. Algo en ella había apelado a sus instintos más primarios. Se había pasado casi toda la velada buscándola, sin dejar de pensar en ese encuentro fortuito. A esas alturas tendría que haber estado a años luz de aquella vida del pasado. Estaba a punto de subir el peldaño decisivo, el que le llevaría a la esfera más alta, al estrato más elitista, lejos del pasado.
Un tanto agobiado, Pedro se frotó la nuca. Ese momento de introspección tan intenso se debía al problema de seguridad que había habido recientemente en su empresa. Se había descubierto rápido, pero le había hecho abrir los ojos, le había hecho darse cuenta de lo peligrosamente complaciente que se estaba volviendo. Había contratado a Gonzalo Schulz un mes antes, simplemente porque le había dado buenas vibraciones, lo cual no era una práctica habitual en él. Pero se había dejado impresionar por las ganas y la inteligencia del muchacho. Y algo en él le había recordado a ese joven emprendedor y luchador que una vez había sido. Su currículum no decía mucho, pero había decidido darle una oportunidad de todos modos. Y Gonzalo Schulz se lo había pagado transfiriendo un millón de euros a una cuenta ilocalizable y se había esfumado de la faz de la Tierra. Solo habían pasado siete días desde la fiesta de la empresa. Fue como una bofetada en la cara, y le recordó que no podía permitirse bajar la guardia ni por un segundo.
Todos le darían la espalda si se mostraba como un empresario débil y vulnerable. Y si eso llegaba a ocurrir, Micaela Winthrop lo miraría con desprecio y jamás aceptaría una proposición de matrimonio. Llevaba mucho tiempo teniendo el control absoluto y de repente le había dado por seducir a mujeres con vestidos de saldo y contratar a empleados por instinto. Estaba poniendo en peligro todo aquello por lo que tanto había luchado. El dinero le hacía poderoso, pero la aceptación social era lo único que podía mantenerle en el poder para siempre. Esa pequeña grieta que había aparecido en su armadura de hierro le preocupaba mucho. La gente ya empezaba a sentir curiosidad acerca de su pasado, y no quería darle ningún motivo a la prensa sensacionalista para que ahondaran un poco más en su pasado. Su equipo de seguridad no había logrado encontrar a Gonzalo Schulz. Pero no descansaría hasta que dieran con él para darle su merecido.
Un tanto agobiado, Pedro se frotó la nuca. Ese momento de introspección tan intenso se debía al problema de seguridad que había habido recientemente en su empresa. Se había descubierto rápido, pero le había hecho abrir los ojos, le había hecho darse cuenta de lo peligrosamente complaciente que se estaba volviendo. Había contratado a Gonzalo Schulz un mes antes, simplemente porque le había dado buenas vibraciones, lo cual no era una práctica habitual en él. Pero se había dejado impresionar por las ganas y la inteligencia del muchacho. Y algo en él le había recordado a ese joven emprendedor y luchador que una vez había sido. Su currículum no decía mucho, pero había decidido darle una oportunidad de todos modos. Y Gonzalo Schulz se lo había pagado transfiriendo un millón de euros a una cuenta ilocalizable y se había esfumado de la faz de la Tierra. Solo habían pasado siete días desde la fiesta de la empresa. Fue como una bofetada en la cara, y le recordó que no podía permitirse bajar la guardia ni por un segundo.
Todos le darían la espalda si se mostraba como un empresario débil y vulnerable. Y si eso llegaba a ocurrir, Micaela Winthrop lo miraría con desprecio y jamás aceptaría una proposición de matrimonio. Llevaba mucho tiempo teniendo el control absoluto y de repente le había dado por seducir a mujeres con vestidos de saldo y contratar a empleados por instinto. Estaba poniendo en peligro todo aquello por lo que tanto había luchado. El dinero le hacía poderoso, pero la aceptación social era lo único que podía mantenerle en el poder para siempre. Esa pequeña grieta que había aparecido en su armadura de hierro le preocupaba mucho. La gente ya empezaba a sentir curiosidad acerca de su pasado, y no quería darle ningún motivo a la prensa sensacionalista para que ahondaran un poco más en su pasado. Su equipo de seguridad no había logrado encontrar a Gonzalo Schulz. Pero no descansaría hasta que dieran con él para darle su merecido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)