–Señorita Chaves, soy Luciana.–se presentó. Llevaba una chaqueta rosa sobre una camiseta blanca y vaqueros, cómoda pero chic a la vez.
–Yo soy Paula.
En cuanto tocó su mano, Paula sintió alegría, esperanza y miedo; emociones que la mujer ocultaba bajo una fachada de serenidad.
–Siento llegar tarde.
Recuperó su mano en cuanto pudo, como hacía siempre, pero en esos segundos había descubierto que Luciana estaba embarazada… y la ansiedad de una madre temiendo perder otro hijo. Raramente se permitía la intimidad de un contacto piel con piel para prevenir tales intrusiones, pero había ocurrido sin que pudiera evitarlo. Además, unas personas emitían más vibraciones que otras.
–¿Señorita Chaves? ¿Paula? –la llamó Luciana, evidentemente no por primera vez.
–Este sitio es estupendo –dijo ella rápidamente, como si la distracción fuera a causa de la casa y no porque acababa de descubrir que aquella mujer tenía un problema.
No le gustaba que pasara eso. Porque ahora no sabía si olvidar lo que había visto o decirle algo.
–Tiene todo lo que necesitas: un pequeño jardín delantero, un jardín trasero, una cocina más o menos grande, dos baños y un aseo. Sólo tiene dos dormitorios, pero los dos son grandes, con baño incorporado y vestidor.
–¿Vestidor? –repitió Paula. Demonios, aquello casi era suficiente para hacer que se olvidase de la carretera.
–Por aquí, por aquí –dijo la niña, llevándola hacia el pasillo.
–Es una monada –sonrió Paula–. Y parece muy lista.
–Desde luego que sí –se rió Luciana–. Es listísima, pero sólo me la han dejado prestada. Es mi sobrina, estoy cuidándola por mi hermano. Mi marido y yo aún no tenemos hijos.
Paula leyó el anhelo que había en su voz. Sabía que podía darle una alegría, pero decidió esperar.
Dos horas más tarde, cuando estaban de vuelta en la casa amarilla, había tomado una decisión: quería comprar aquella casa, quería vivir allí. Pero sabía que no debía mostrarse muy ilusionada. Aquélla era una decisión importante y no iba a tomarla ella sola. Lo pensaría por la noche y llamaría a su abuela por la mañana. Pero todo eso era una formalidad. Porque aquélla sería la nueva casa de su abuela.
–Gracias por todo. Has sido de gran ayuda.
–Para eso me pagan –sonrió Carla–. Además, veo que te gusta esta casa y me alegro –dijo, ofreciéndole las llaves–. Si tú abres la puerta, yo me encargo de la Bella Durmiente.
Mientras estaban viendo casas, Camila se había quedado dormida en brazos de su tía. Ahora estaba dormidita sobre el asiento de la ventana, mientras Paula le decía a Luciana que le gustaría pensárselo unos días. Como profesional que era, ella asintió sin protestar.
–Si quieres seguir mirando casas, dímelo.
–Lo haré –sonrió Cherry. Pero en lugar de tomar su bolso, tomó la mano de Luciana–. Tú me has ayudado y ahora yo quiero ayudarte a ti. Verás, yo tengo un don para… ver la dirección en la que va el futuro de la gente. No es algo completamente seguro al cien por cien, pero sí lo que puede pasar si tu vida sigue yendo en la misma dirección. ¿Me permites que te lea la mano?
Carla la miró, sorprendida.
–Tú eres Lady Pandora, ¿verdad?
–Sí, ése es mi nombre profesional.
–Tú ganaste ayer la rifa del niño de Tamara… bueno, de la niña. Pero le has dado el dinero a ella. Eso ha sido muy generoso por tu parte.
Paula se encogió de hombros modestamente.
–Tengo un don para adivinar cosas. Por ejemplo, sé que tú esperas un niño.
Luciana parpadeó.
–Sí, es verdad. Pero aún no se lo he contado a nadie.
–Tienes miedo de perderlo.
La joven se puso pálida.
–Sí. He sufrido dos abortos espontáneos y no podría soportar… Dime la verdad, ¿Mi hijo nacerá esta vez?
–Recuerda –le advirtió Paula–. Lo que yo veo es un posible futuro, pero si sigues las indicaciones de tu médico, yo diría que sí.
–¿Qué cuernos está pasando aquí? –oyeron entonces una voz masculina.
Muy airada, además.
Paula hizo una mueca.
–¿Conoces al alcalde?
–Claro que lo conozco, es mi hermano –contestó Luciana.
–Oh, no.
Paula maldijo el don que servía para ayudar a los demás, pero nunca le advertía cuando estaba pisando una trampa.
martes, 10 de marzo de 2020
La Adivina: Capítulo 13
–Bianca no quiere que haya feria y punto –dijo Beatríz entonces–. Lo hace con buena intención, pero a veces se pasa.
Paula decidió terminar con aquello antes de que la discusión aumentase de tono.
–No hay por qué ponerse dramático. Como tengo intención de cooperar, estoy dispuesta a compartir esta información… la pancarta está en el cenador.
–¿En el cenador? –repitió Beatríz, confusa.
–Hay un pequeño almacén en la base –dijo el empleado–. Pero ya he mirado allí.
–Pues tendrá que volver a mirar –sonrió Paula–. A la izquierda. Está doblada y apoyada en la pared.
El hombre la miró un momento y luego miró a Pedro, como esperando indicaciones.
–Ve a ver –dijo el alcalde.
–Dame las llaves –sonrió Beatríz, bajando los escalones con expresión victoriosa. El empleado fue trotando tras ella.
Pedro clavó los ojos en Paula.
–No entiendo por qué insistes en enfrentarte al fracaso delante de la gente.
–Y yo no entiendo por qué tú no tienes más fe en mí.
–Porque no puedes acertar siempre.
–No, es verdad –respondió ella honestamente–. Conozco mis limitaciones. Y eso significa que si hago algo en público, deberías confiar en mí.
Pedro suspiró, incrédulo y enfadado. Pobre hombre. La verdad era que estaba fuera de su elemento en lo que concernía al mundo de la adivinación. Mejor. Necesitaba toda la ventaja posible para luchar contra él. Pero, sintiéndose con ventaja, Paula bajó los escalones moviendo las caderas de manera provocativa.
–Esto ha sido de regalo.
Paula fue prácticamente dando saltos por la acera hacia la casa amarilla, la tercera desde la esquina en la calle Cypress. Esperaba que la agente inmobiliaria la hubiese esperado porque tenían que ver tres casas aquella mañana. Su abuela había hecho tres demandas para su nuevo hogar: que tuviera jardín, una cocina grande y dos cuartos de baño. Se había pasado los últimos cincuenta años de su vida compartiendo una roulotte y no pensaba compartir baño otra vez. Ella estaba de acuerdo. El jardín fue lo primero que llamó su atención. Una alfombra de hierbaverde que iba desde los macizos de flores del porche hasta la acera. Su abuela había mencionado también las rosas, pero imaginaba que podrían plantarlas. Contenta con esa primera impresión, empujó la verja de entrada y se dirigió hacia el porche por el caminito de ladrillo. La puerta se abrió entonces y una cosita morena de ojos azules salió corriendo a recibirla.
–Hola –la saludó, inclinando a un lado la cabeza–. ¿Tú eres el helado?
–Hola –respondió Paula–. ¿Cómo te llamas?
–Camila –contestó la niña, haciendo una pirueta para que viese su tutú rosa–. Mi cumpleaños es dentro de muchos días. Cumplo tres años –añadió, levantando tres deditos.
Paula sonrió. Era una monada de niña.
–¿Tú vives aquí?
–No –contestó la cría–. ¿Tú eres el helado? –volvió a preguntarle.
¿El helado? Ah, ya.
–Sí, bueno, me llamo Paula.
–¡Ya está aquí, ya está aquí! –gritó la niña entonces, corriendo hacia el interior de la casa.
Paula entró tras ella.
–¿Hola?
–¡Estoy aquí! –oyó una voz femenina.
Tomándose su tiempo para echar un vistazo, Paula atravesó el salón, que era bastante grande y estaba lleno de luz. La cocina no era muy amplia pero, además de un gran ventanal con asiento, que podría convertirse en la zona de desayuno, tenía una puerta corredera que daba a un pequeño jardín. Las paredes estaban pintadas en un tono amarillo muy alegre. Los electrodomésticos, la encimera y los armarios eran blancos, como la cenefa que había alrededor de la ventana. Muy bien, no era una cocina demasiado grande, como había estipulado su abuela, pero el asiento en la ventana le daba amplitud. Además, cuando una estaba acostumbrada a una cocina del tamaño de un sello, el adjetivo «grande» era más bien relativo. Camila bailoteaba alrededor de una mujer alta y delgada, con el cabello de color caramelo, que estaba inclinada sobre la encimera mirando un montón de papeles. La mujer levantó la cabeza y Paula se percató de que tenía los mismos ojos azules que la niña.
Paula decidió terminar con aquello antes de que la discusión aumentase de tono.
–No hay por qué ponerse dramático. Como tengo intención de cooperar, estoy dispuesta a compartir esta información… la pancarta está en el cenador.
–¿En el cenador? –repitió Beatríz, confusa.
–Hay un pequeño almacén en la base –dijo el empleado–. Pero ya he mirado allí.
–Pues tendrá que volver a mirar –sonrió Paula–. A la izquierda. Está doblada y apoyada en la pared.
El hombre la miró un momento y luego miró a Pedro, como esperando indicaciones.
–Ve a ver –dijo el alcalde.
–Dame las llaves –sonrió Beatríz, bajando los escalones con expresión victoriosa. El empleado fue trotando tras ella.
Pedro clavó los ojos en Paula.
–No entiendo por qué insistes en enfrentarte al fracaso delante de la gente.
–Y yo no entiendo por qué tú no tienes más fe en mí.
–Porque no puedes acertar siempre.
–No, es verdad –respondió ella honestamente–. Conozco mis limitaciones. Y eso significa que si hago algo en público, deberías confiar en mí.
Pedro suspiró, incrédulo y enfadado. Pobre hombre. La verdad era que estaba fuera de su elemento en lo que concernía al mundo de la adivinación. Mejor. Necesitaba toda la ventaja posible para luchar contra él. Pero, sintiéndose con ventaja, Paula bajó los escalones moviendo las caderas de manera provocativa.
–Esto ha sido de regalo.
Paula fue prácticamente dando saltos por la acera hacia la casa amarilla, la tercera desde la esquina en la calle Cypress. Esperaba que la agente inmobiliaria la hubiese esperado porque tenían que ver tres casas aquella mañana. Su abuela había hecho tres demandas para su nuevo hogar: que tuviera jardín, una cocina grande y dos cuartos de baño. Se había pasado los últimos cincuenta años de su vida compartiendo una roulotte y no pensaba compartir baño otra vez. Ella estaba de acuerdo. El jardín fue lo primero que llamó su atención. Una alfombra de hierbaverde que iba desde los macizos de flores del porche hasta la acera. Su abuela había mencionado también las rosas, pero imaginaba que podrían plantarlas. Contenta con esa primera impresión, empujó la verja de entrada y se dirigió hacia el porche por el caminito de ladrillo. La puerta se abrió entonces y una cosita morena de ojos azules salió corriendo a recibirla.
–Hola –la saludó, inclinando a un lado la cabeza–. ¿Tú eres el helado?
–Hola –respondió Paula–. ¿Cómo te llamas?
–Camila –contestó la niña, haciendo una pirueta para que viese su tutú rosa–. Mi cumpleaños es dentro de muchos días. Cumplo tres años –añadió, levantando tres deditos.
Paula sonrió. Era una monada de niña.
–¿Tú vives aquí?
–No –contestó la cría–. ¿Tú eres el helado? –volvió a preguntarle.
¿El helado? Ah, ya.
–Sí, bueno, me llamo Paula.
–¡Ya está aquí, ya está aquí! –gritó la niña entonces, corriendo hacia el interior de la casa.
Paula entró tras ella.
–¿Hola?
–¡Estoy aquí! –oyó una voz femenina.
Tomándose su tiempo para echar un vistazo, Paula atravesó el salón, que era bastante grande y estaba lleno de luz. La cocina no era muy amplia pero, además de un gran ventanal con asiento, que podría convertirse en la zona de desayuno, tenía una puerta corredera que daba a un pequeño jardín. Las paredes estaban pintadas en un tono amarillo muy alegre. Los electrodomésticos, la encimera y los armarios eran blancos, como la cenefa que había alrededor de la ventana. Muy bien, no era una cocina demasiado grande, como había estipulado su abuela, pero el asiento en la ventana le daba amplitud. Además, cuando una estaba acostumbrada a una cocina del tamaño de un sello, el adjetivo «grande» era más bien relativo. Camila bailoteaba alrededor de una mujer alta y delgada, con el cabello de color caramelo, que estaba inclinada sobre la encimera mirando un montón de papeles. La mujer levantó la cabeza y Paula se percató de que tenía los mismos ojos azules que la niña.
jueves, 5 de marzo de 2020
La Adivina: Capítulo 12
–¡Qué buena idea! –exclamó, sin embargo, Beatríz Dressler, que acababa de acercarse al grupo–. Deberías haberlo pensado antes. Lady Pandora, ¿se acuerda de mí? Nos conocimos en el salón de belleza. Y estaba en el BeeHive antes, cuando encontró las gafas de Carlos. Soy del Comité organizador de la feria, la responsable de publicidad. Y le estaría muy agradecida si nos ayudase a encontrar la pancarta.
–Beatríz… –empezó a protestar Pedro–. Encontraremos la pancarta. No necesitamos ayuda.
Beatríz puso las manos en sus amplias caderas y se enfrentó con Su Excelencia.
–Llevamos un mes buscándola. Y si no la hemos encontrado hasta ahora, no vamos a encontrarla –le dijo, volviéndose luego hacia Paula–. Venga, cariño, búsquela por nosotros.
Pedro se cruzó de brazos y esperó mientras Paula sonreía ante la expresión airada del alcalde. Iba a tener que echar mano de toda su profesionalidad.
–Normalmente trabajo con la persona que ha perdido el objeto, pero veremos qué puedo hacer. Aunque necesitaré su ayuda.
Paula subió un escalón y le pidió a Beatríz que se colocara delante de ella, un poco a la derecha. Pedro, a regañadientes, se colocó a la izquierda y el empleado un poco más atrás.
–Ahora necesito que imaginen la pancarta mientras yo me concentro.
Paula cerró los ojos y, de inmediato, respiró el aroma de Pedro, un olor masculino que cosquilleaba sus sentidos. Sin duda, aquel hombre era un bombón. Intentando olvidar esa reacción física, abrió su mente buscando una visión de la pancarta perdida… sentía que la energía iba creciendo, conectándolos. Pero el alcalde era como una pared. Respiró profundamente y vió la pancarta colgando sobre el cenador. Se concentró de nuevo, pero su mente seguía sobre el cenador. Entonces abrió los ojos. Beatríz estaba delante de ella, con los ojos cerrados y las palmas hacia arriba, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a los dioses. El empleado tenía los ojos cerrados y la cabeza baja. No hacía falta ser adivino para saber que le gustaría estar en cualquier otro sitio. Pedro tenía los ojos abiertos, los pies separados y los brazos cruzados sobre el pecho, en posición de combate. Paula le guiñó un ojo.
–¿Has terminado? –le espetó él.
Beatríz abrió los ojos entonces.
–¿Y bien?
Paula miró al alcalde.
–Si acierto, ¿Consigo una caseta en la feria?
–Sí –contestó Beatríz.
–No –dijo Pedro, fulminando a la mujer con la mirada–. Primero, aún no ha hecho nada. Segundo, tú no tienes autoridad para decidir eso.
Beatríz le devolvió la mirada retadora.
–Tengo autoridad para llevarlo a la próxima reunión. Si el Comité lo aprueba, sólo tú estarás en contra. Y necesitamos esa pancarta, Pedro.
–No me gustan los chantajes. Además, ¿Qué pasa con tu amiga Bianca? Al Comité de Comportamiento Ético no le gustará que haya una echadora de cartas en la feria.
¿El Comité de Comportamiento Ético? Eso no sonaba nada bien. Y, por su expresión, Beatríz parecía pensar lo mismo. El empleado se había puesto pálido. ¿Sería el mismo Comité que intentaba echar del parque a Darío y Bernardo? A Paula no le gustaba nada cómo sonaba eso.
–Beatríz… –empezó a protestar Pedro–. Encontraremos la pancarta. No necesitamos ayuda.
Beatríz puso las manos en sus amplias caderas y se enfrentó con Su Excelencia.
–Llevamos un mes buscándola. Y si no la hemos encontrado hasta ahora, no vamos a encontrarla –le dijo, volviéndose luego hacia Paula–. Venga, cariño, búsquela por nosotros.
Pedro se cruzó de brazos y esperó mientras Paula sonreía ante la expresión airada del alcalde. Iba a tener que echar mano de toda su profesionalidad.
–Normalmente trabajo con la persona que ha perdido el objeto, pero veremos qué puedo hacer. Aunque necesitaré su ayuda.
Paula subió un escalón y le pidió a Beatríz que se colocara delante de ella, un poco a la derecha. Pedro, a regañadientes, se colocó a la izquierda y el empleado un poco más atrás.
–Ahora necesito que imaginen la pancarta mientras yo me concentro.
Paula cerró los ojos y, de inmediato, respiró el aroma de Pedro, un olor masculino que cosquilleaba sus sentidos. Sin duda, aquel hombre era un bombón. Intentando olvidar esa reacción física, abrió su mente buscando una visión de la pancarta perdida… sentía que la energía iba creciendo, conectándolos. Pero el alcalde era como una pared. Respiró profundamente y vió la pancarta colgando sobre el cenador. Se concentró de nuevo, pero su mente seguía sobre el cenador. Entonces abrió los ojos. Beatríz estaba delante de ella, con los ojos cerrados y las palmas hacia arriba, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a los dioses. El empleado tenía los ojos cerrados y la cabeza baja. No hacía falta ser adivino para saber que le gustaría estar en cualquier otro sitio. Pedro tenía los ojos abiertos, los pies separados y los brazos cruzados sobre el pecho, en posición de combate. Paula le guiñó un ojo.
–¿Has terminado? –le espetó él.
Beatríz abrió los ojos entonces.
–¿Y bien?
Paula miró al alcalde.
–Si acierto, ¿Consigo una caseta en la feria?
–Sí –contestó Beatríz.
–No –dijo Pedro, fulminando a la mujer con la mirada–. Primero, aún no ha hecho nada. Segundo, tú no tienes autoridad para decidir eso.
Beatríz le devolvió la mirada retadora.
–Tengo autoridad para llevarlo a la próxima reunión. Si el Comité lo aprueba, sólo tú estarás en contra. Y necesitamos esa pancarta, Pedro.
–No me gustan los chantajes. Además, ¿Qué pasa con tu amiga Bianca? Al Comité de Comportamiento Ético no le gustará que haya una echadora de cartas en la feria.
¿El Comité de Comportamiento Ético? Eso no sonaba nada bien. Y, por su expresión, Beatríz parecía pensar lo mismo. El empleado se había puesto pálido. ¿Sería el mismo Comité que intentaba echar del parque a Darío y Bernardo? A Paula no le gustaba nada cómo sonaba eso.
La Adivina: Capítulo 11
Paula miró su reloj discretamente. Aún tenía tiempo, pero se había citado con la agente inmobiliaria en media hora, de modo que salió temprano del hostal para desayunar en el BeeHive y luego dar un paseo por el parque. Había ganado la rifa del bebé el día anterior.
–Señoras, muchas gracias por su apoyo. Por favor, díganle al alcalde lo que piensan y yo les daré hora en mi caseta de la feria –se despidió de la señora White y la señora Davis, que le habían dado la noticia.
¿Para qué servía remover las aguas si uno no las removía en el sentido que más le convenía? Hacía un bonito día. El cielo azul, la hierba recién cortada y una agradable brisa que levantaba el bajo de su falda azul turquesa la hacían pensar que aquél podría ser su hogar. Una reacción extraña, ya que el único hogar que había conocido en toda su vida era una roulotte. Quizá estaba disfrutando demasiado de aquellos días en Blossom. El lugar, la gente, estaban empezando a gustarle demasiado.
–¡Señorita, aquí! ¡Señorita! –la llamó alguien entonces.
Era un hombre mayor, sentado en un banco del parque con un amigo de su misma edad. Los dos llevaban petos vaqueros y frente a ellos, en el suelo, había una lata de café a la que golpeaban con el pie. Mientras se acercaba, Paula vió que tenían un brillo travieso en los ojos. Esos dos se habían metido en más de un lío cuando eran jóvenes, pensó.
–Usted es de la feria, ¿Verdad? ¿La echadora de cartas?
–Así es.
–Pues queremos que nos lea el futuro. Yo soy Darío, él es Bernardo.
Con los brazos en jarras, Cherry Paula de uno a otro.
–Sí, muy bien. Pues predigo una nueva lata de café en su futuro.
-Vaya, menuda noticia –dijo Bernardo, escéptico–. Graciela, del BeeHive, nos da una lata nueva todas las semanas.
–Oye, espera. Ella no tenía por qué saber eso. Yo creo que es adivina de verdad –Darío se frotó las manos–. Venga, léanos el futuro.
Paula tuvo que disimular una risita.
–Señores, ¿Qué es lo que quieren saber exactamente?
Los dos hombres miraron primero a la derecha y luego a la izquierda.
–Hay una conspiración contra nosotros.
–¿En serio?
–Quieren que nos vayamos del parque. Esos idiotas de la moral –dijo Darío–. Llevamos en este banco más tiempo que cualquiera de ellos en Blossom. No tienen por qué decirnos dónde podemos o no podemos sentarnos.
–Desde luego que no –asintió Bernardo.
–Lo que queremos, señorita, es que mire en su bola de cristal y nos diga cómo quitarnos de encima al Comité ése de las narices.
Paula no sabía de qué Comité hablaba, pero suponía que tendría algo que ver con el Ayuntamiento.
–Bueno, vamos a ver. No he traído conmigo la bola de cristal, pero veremos lo que puedo hacer.
Luego, ceremoniosamente, rodeó el banco tres veces.
–Me estoy mareando, señorita –protestó Darío–. ¿Tiene algo que decirnos o no?
Nada especial ocurrió mientras estaba rodeando el banco, pero le dió tiempo a pensar. Desgraciadamente, los dos hombres habían levantado demasiados escudos protectores durante sus años de vida como para que pudiera leerlos. De modo que debía fiarse del lenguaje corporal y del sentido común. ¿Qué daño podían hacer aquellos dos viejos?
–Darío, Bernardo –Paula hizo una pausa dramática–. Por lo que yo veo, nadie va a poder sacarlos de aquí.
–¡Ji, ji! –se rió Darío, golpeándose la rodilla con la mano–. ¿No te había dicho que esta chica sabía lo que se hacía?
–Desde luego que sí –Buster se partía de risa. Un sonido inquietante, desde luego.
Paula sentía pena por ese Comité. Sonriendo para sí misma, les deseó un buen día y siguió adelante. Pero no había caminado mucho cuando sintió que alguien estaba mirándola. Siempre sabía cuándo Pedro Alfonso estaba cerca. Su mirada la envolvía como una mano, tan intensa como un beso. Pero enseguida se espabiló al recordar que Pedro representaba todo lo que ella no sería nunca: una vida conservadora, estable, asentada. También era un hombre decidido, protector y que se movía por el sentido del deber. Todas cualidades admirables… salvo que a ella la dejaban fuera dela feria. Se dió la vuelta y miró alrededor. Ah, allí estaba. En los escalones del ayuntamiento, hablando con un empleado del parque. Pero estaba mirándola a ella. Se dirigió hacia él, moviendo las caderas.
–Haz lo que puedas –le estaba diciendo Pedro al empleado–. Y busca la pancarta de la feria donde haga falta. Quiero que esté colgada al final del día.
–Jo, Pedro, no sé si podremos hacerlo –protestó el hombre–. Hemos buscado por todas partes y nadie la encuentra.
–Vuelvan a buscar.
–¿Ha perdido algo, alcalde? –preguntó Paula, toda inocencia–. Ya sabe que se me da muy bien encontrar cosas.
–No, gracias –contestó él.
–Señoras, muchas gracias por su apoyo. Por favor, díganle al alcalde lo que piensan y yo les daré hora en mi caseta de la feria –se despidió de la señora White y la señora Davis, que le habían dado la noticia.
¿Para qué servía remover las aguas si uno no las removía en el sentido que más le convenía? Hacía un bonito día. El cielo azul, la hierba recién cortada y una agradable brisa que levantaba el bajo de su falda azul turquesa la hacían pensar que aquél podría ser su hogar. Una reacción extraña, ya que el único hogar que había conocido en toda su vida era una roulotte. Quizá estaba disfrutando demasiado de aquellos días en Blossom. El lugar, la gente, estaban empezando a gustarle demasiado.
–¡Señorita, aquí! ¡Señorita! –la llamó alguien entonces.
Era un hombre mayor, sentado en un banco del parque con un amigo de su misma edad. Los dos llevaban petos vaqueros y frente a ellos, en el suelo, había una lata de café a la que golpeaban con el pie. Mientras se acercaba, Paula vió que tenían un brillo travieso en los ojos. Esos dos se habían metido en más de un lío cuando eran jóvenes, pensó.
–Usted es de la feria, ¿Verdad? ¿La echadora de cartas?
–Así es.
–Pues queremos que nos lea el futuro. Yo soy Darío, él es Bernardo.
Con los brazos en jarras, Cherry Paula de uno a otro.
–Sí, muy bien. Pues predigo una nueva lata de café en su futuro.
-Vaya, menuda noticia –dijo Bernardo, escéptico–. Graciela, del BeeHive, nos da una lata nueva todas las semanas.
–Oye, espera. Ella no tenía por qué saber eso. Yo creo que es adivina de verdad –Darío se frotó las manos–. Venga, léanos el futuro.
Paula tuvo que disimular una risita.
–Señores, ¿Qué es lo que quieren saber exactamente?
Los dos hombres miraron primero a la derecha y luego a la izquierda.
–Hay una conspiración contra nosotros.
–¿En serio?
–Quieren que nos vayamos del parque. Esos idiotas de la moral –dijo Darío–. Llevamos en este banco más tiempo que cualquiera de ellos en Blossom. No tienen por qué decirnos dónde podemos o no podemos sentarnos.
–Desde luego que no –asintió Bernardo.
–Lo que queremos, señorita, es que mire en su bola de cristal y nos diga cómo quitarnos de encima al Comité ése de las narices.
Paula no sabía de qué Comité hablaba, pero suponía que tendría algo que ver con el Ayuntamiento.
–Bueno, vamos a ver. No he traído conmigo la bola de cristal, pero veremos lo que puedo hacer.
Luego, ceremoniosamente, rodeó el banco tres veces.
–Me estoy mareando, señorita –protestó Darío–. ¿Tiene algo que decirnos o no?
Nada especial ocurrió mientras estaba rodeando el banco, pero le dió tiempo a pensar. Desgraciadamente, los dos hombres habían levantado demasiados escudos protectores durante sus años de vida como para que pudiera leerlos. De modo que debía fiarse del lenguaje corporal y del sentido común. ¿Qué daño podían hacer aquellos dos viejos?
–Darío, Bernardo –Paula hizo una pausa dramática–. Por lo que yo veo, nadie va a poder sacarlos de aquí.
–¡Ji, ji! –se rió Darío, golpeándose la rodilla con la mano–. ¿No te había dicho que esta chica sabía lo que se hacía?
–Desde luego que sí –Buster se partía de risa. Un sonido inquietante, desde luego.
Paula sentía pena por ese Comité. Sonriendo para sí misma, les deseó un buen día y siguió adelante. Pero no había caminado mucho cuando sintió que alguien estaba mirándola. Siempre sabía cuándo Pedro Alfonso estaba cerca. Su mirada la envolvía como una mano, tan intensa como un beso. Pero enseguida se espabiló al recordar que Pedro representaba todo lo que ella no sería nunca: una vida conservadora, estable, asentada. También era un hombre decidido, protector y que se movía por el sentido del deber. Todas cualidades admirables… salvo que a ella la dejaban fuera dela feria. Se dió la vuelta y miró alrededor. Ah, allí estaba. En los escalones del ayuntamiento, hablando con un empleado del parque. Pero estaba mirándola a ella. Se dirigió hacia él, moviendo las caderas.
–Haz lo que puedas –le estaba diciendo Pedro al empleado–. Y busca la pancarta de la feria donde haga falta. Quiero que esté colgada al final del día.
–Jo, Pedro, no sé si podremos hacerlo –protestó el hombre–. Hemos buscado por todas partes y nadie la encuentra.
–Vuelvan a buscar.
–¿Ha perdido algo, alcalde? –preguntó Paula, toda inocencia–. Ya sabe que se me da muy bien encontrar cosas.
–No, gracias –contestó él.
La Adivina: Capítulo 10
–Está usted causando problemas en mi pueblo, señorita Chaves.
–Ya que estamos solos –sonrió ella, tomando una patata–, llámame Paula.
–Paula. Es un nombre poco usual.
–Desde luego.
–Especialmente porque tu verdadero nombre es Blossom.
Ella se aclaró la garganta.
–Mi madre me puso el nombre del pueblo porque nací aquí… y para que pudiera encontrar el camino de vuelta hacia ella. Murió mientras daba a luz.
–Lo sé.
Paula se quedó pensativa.
–Yo tenía el pelo rojo cuando nací, y mi abuela empezó a llamarme Paula. Y con ese nombre me quedé.
–Muy bien, Paula –suspiró Pedro. El placer que le daba pronunciar ese nombre seguramente no era buena señal–. Pero estás causando problemas en mi pueblo.
–Y tú puedes cambiar eso.
–Estás jugando con fuego. Esta gente fue estafada una vez y no sé cómo reaccionarían si volviera a pasar…
–Alcalde…
–Pedro –la interrumpió él–. Llámame Pedro.
–Pedro, ¿Se puede saber qué pasa? ¿Tienes miedo de que demuestre que digo la verdad?
–Lo que me da miedo es que te hagan daño.
Y era la verdad. ¿Cuándo se había puesto de su lado? No, eso no era cierto. Él no estaba poniéndose del lado de nadie. Estaba intentando conservar la paz en Blossom, nada más.
–¿Qué pasará cuando nazca el niño? Vas a quedar como una tonta. O peor, los vecinos de Blossom se acordarán del tipo que los engañó y se pondrán furiosos contigo.
–Eso no es un problema. Porque voy a ganar, va a ser una niña.
Pedro pensó en su alianza, que había encontrado debajo de la mesilla, como ella le había dicho. Quizá podría ganar la rifa.
–Ganar podría ser para tí peor que perder.
–¿Y eso?
–Porque entonces serás otra estafadora que se lleva su dinero. Te lo digo en serio, no puedes ganar.
Un adolescente con un infortunado caso de acné llevó la hamburguesa de Pedro.
–Quédate con el cambio, Leandro.
–Gracias, alcalde.
Paula esperó hasta que se quedaron solos para contestar:
–Sé lo que estoy haciendo.
–¿Estás segura? ¿Te has visto alguna vez enfrentada a una multitud enfurecida? Te aseguro que no tiene ninguna gracia.
–Eso no va a pasar.
–No lo sabes –replicó Pedro, mordiendo su hamburguesa.
Ella simplemente lo miró, con esos fabulosos ojos suyos. Y Pedro tuvo que apretar los dientes, frustrado. No había que ser adivino para darse cuenta de que no iba a convencerla.
–¿Dónde está tu abuela? Tengo entendido que siempre viaja contigo.
Paula lo miró, sorprendida.
–Sí, normalmente así es.
–¿Se reunirá pronto contigo?
–No.
No dijo nada más.
–¿Sabes una cosa? Para ser una mujer que se gana la vida hablando con la gente, no eres muy comunicativa.
Ella se echó hacia delante, inclinando sin darse cuenta el plato de patatas con los antebrazos.
–¿Quieres que te lea la mano?
¿Quería intimidarlo? Pedro se inclinó a su vez hacia delante para demostrarle que no le tenía miedo.
–¿Es así como te acercas a la gente? ¿Leyéndoles la mano?
–No me acerco demasiado para hacerlo.
–¿Y a quién te acercas entonces?
¿Por qué le había preguntado eso? ¿No acababa de darse una charla a sí mismo sobre el peligro de sentirse atraído por aquella chica?
Sin embargo, ella no contestó.
–No tienes una respuesta para eso.
Paula se encogió de hombros.
–Mis amigos son los feriantes. Supongo que ellos son los que están más cerca de mí.
No podía estar más claro dónde estaban sus lealtades.
–Entonces, ¿Lo de hacerte amiga de la gente del pueblo no es más que una farsa? ¿Un medio para llegar a un fin? Lo importante es el dinero, ¿No? ¿Y luego te sorprende que no te quiera en la feria?
–A mí no me sorprende nada –contestó Paula, tomando la novela y el bolso–. Está claro que tú ya te has hecho una idea sobre mí y no vas a cambiar de opinión. Pues yo no pienso disculparme por mi profesión, alcalde. Sí, acepto dinero por mis servicios, como hace todo el mundo. Y la gente recibe algo a cambio.
–Ya.
–No voy a marcharme de Blossom, Pedro. Y si te niegas a darme una caseta en la feria, será mejor que te prepares para las consecuencias.
Paula se levantó de la silla, pero él la sujetó por la manga de la blusa.
–¿Qué significa eso?
–Significa que hay un local en alquiler en la calle Mayor –contestó ella, soltándose.
Aquello sí que era un problema. No porque le hubiese amenazado con abrir un local, sino porque él admiraba a las personas con coraje.
–Ya que estamos solos –sonrió ella, tomando una patata–, llámame Paula.
–Paula. Es un nombre poco usual.
–Desde luego.
–Especialmente porque tu verdadero nombre es Blossom.
Ella se aclaró la garganta.
–Mi madre me puso el nombre del pueblo porque nací aquí… y para que pudiera encontrar el camino de vuelta hacia ella. Murió mientras daba a luz.
–Lo sé.
Paula se quedó pensativa.
–Yo tenía el pelo rojo cuando nací, y mi abuela empezó a llamarme Paula. Y con ese nombre me quedé.
–Muy bien, Paula –suspiró Pedro. El placer que le daba pronunciar ese nombre seguramente no era buena señal–. Pero estás causando problemas en mi pueblo.
–Y tú puedes cambiar eso.
–Estás jugando con fuego. Esta gente fue estafada una vez y no sé cómo reaccionarían si volviera a pasar…
–Alcalde…
–Pedro –la interrumpió él–. Llámame Pedro.
–Pedro, ¿Se puede saber qué pasa? ¿Tienes miedo de que demuestre que digo la verdad?
–Lo que me da miedo es que te hagan daño.
Y era la verdad. ¿Cuándo se había puesto de su lado? No, eso no era cierto. Él no estaba poniéndose del lado de nadie. Estaba intentando conservar la paz en Blossom, nada más.
–¿Qué pasará cuando nazca el niño? Vas a quedar como una tonta. O peor, los vecinos de Blossom se acordarán del tipo que los engañó y se pondrán furiosos contigo.
–Eso no es un problema. Porque voy a ganar, va a ser una niña.
Pedro pensó en su alianza, que había encontrado debajo de la mesilla, como ella le había dicho. Quizá podría ganar la rifa.
–Ganar podría ser para tí peor que perder.
–¿Y eso?
–Porque entonces serás otra estafadora que se lleva su dinero. Te lo digo en serio, no puedes ganar.
Un adolescente con un infortunado caso de acné llevó la hamburguesa de Pedro.
–Quédate con el cambio, Leandro.
–Gracias, alcalde.
Paula esperó hasta que se quedaron solos para contestar:
–Sé lo que estoy haciendo.
–¿Estás segura? ¿Te has visto alguna vez enfrentada a una multitud enfurecida? Te aseguro que no tiene ninguna gracia.
–Eso no va a pasar.
–No lo sabes –replicó Pedro, mordiendo su hamburguesa.
Ella simplemente lo miró, con esos fabulosos ojos suyos. Y Pedro tuvo que apretar los dientes, frustrado. No había que ser adivino para darse cuenta de que no iba a convencerla.
–¿Dónde está tu abuela? Tengo entendido que siempre viaja contigo.
Paula lo miró, sorprendida.
–Sí, normalmente así es.
–¿Se reunirá pronto contigo?
–No.
No dijo nada más.
–¿Sabes una cosa? Para ser una mujer que se gana la vida hablando con la gente, no eres muy comunicativa.
Ella se echó hacia delante, inclinando sin darse cuenta el plato de patatas con los antebrazos.
–¿Quieres que te lea la mano?
¿Quería intimidarlo? Pedro se inclinó a su vez hacia delante para demostrarle que no le tenía miedo.
–¿Es así como te acercas a la gente? ¿Leyéndoles la mano?
–No me acerco demasiado para hacerlo.
–¿Y a quién te acercas entonces?
¿Por qué le había preguntado eso? ¿No acababa de darse una charla a sí mismo sobre el peligro de sentirse atraído por aquella chica?
Sin embargo, ella no contestó.
–No tienes una respuesta para eso.
Paula se encogió de hombros.
–Mis amigos son los feriantes. Supongo que ellos son los que están más cerca de mí.
No podía estar más claro dónde estaban sus lealtades.
–Entonces, ¿Lo de hacerte amiga de la gente del pueblo no es más que una farsa? ¿Un medio para llegar a un fin? Lo importante es el dinero, ¿No? ¿Y luego te sorprende que no te quiera en la feria?
–A mí no me sorprende nada –contestó Paula, tomando la novela y el bolso–. Está claro que tú ya te has hecho una idea sobre mí y no vas a cambiar de opinión. Pues yo no pienso disculparme por mi profesión, alcalde. Sí, acepto dinero por mis servicios, como hace todo el mundo. Y la gente recibe algo a cambio.
–Ya.
–No voy a marcharme de Blossom, Pedro. Y si te niegas a darme una caseta en la feria, será mejor que te prepares para las consecuencias.
Paula se levantó de la silla, pero él la sujetó por la manga de la blusa.
–¿Qué significa eso?
–Significa que hay un local en alquiler en la calle Mayor –contestó ella, soltándose.
Aquello sí que era un problema. No porque le hubiese amenazado con abrir un local, sino porque él admiraba a las personas con coraje.
La Adivina: Capítulo 9
–Será mejor que haga la maleta cuando llegue a casa, porque tendrá que ingresar en el hospital esta misma noche.
El anuncio hizo que todas las mujeres empezasen a hablar a la vez.
–Paula, tienes que poner dinero para la rifa del bebé –dijo una de ellas, tuteándola.
–¿Una rifa?
–Sí, ponemos dinero y la que gana se lo lleva todo.
–¿Pero cuál es la apuesta?
–Doscientos veintidós dólares. Dos dólares por cabeza. Tamara sabe que es otro niño, así que sólo hay que acertar el día, la hora, el peso y la estatura.
Ella no solía usar su don para el juego, pero si ganaba, el asunto iría de boca en boca y eso la ayudaría mucho… Un momento. ¿Había dicho «otro niño»? Pero no… eso no podía ser. Media hora después, Paula Chaves se convirtió en una participante más dela rifa. El hijo de Tamara nacería al día siguiente, a las 6:58 de la madrugada. Tendría un bebé de tres kilos cien gramos que mediría cuarenta y dos centímetros. Y sería una niña. La noticia se extendió por la localidad como la pólvora. La echadora de cartas había instigado una revuelta en el salón de belleza. Por lo visto, había predicho que Tamara Wright iba a tener una niña, cuando el médico había dejado claro que sería otro niño.
Paula le había dicho que llevaría su caso ante el pueblo y Pedro entendía ahora lo que había querido decir con eso. Desde luego, tenía talento parallamar la atención. Y para hacerle la vida imposible a él. Tenía que pararla como fuera. La encontró en una hamburguesería que tenía el techo pintado de estrellas y que era la favorita de Camila. A su hija le gustaba particularmente el brillo de esas estrellas porque el techo estaba pintado de negro. Paula estaba sentada leyendo una novela… de amor a juzgar por la portada. Llevaba vaqueros y una blusa blanca de estilo campesino que resbalaba por sus hombros. Sus rizos oscuros estaban sujetos en una coleta. ¿Aquella chica no entendía que estaba arriesgándose a que la gente acabara poniéndose en su contra? Él había tenido que vérselas con multitudes enfurecidas más de una vez y la idea de que Paula Chaves tuviera que enfrentarse con algo así hacía que se le helara la sangre en las venas. Actuaba como si fuera una persona fuerte, pero podría envolver su cintura con las dos manos y su largo cuello, al descubierto por el escote de la blusa, parecía muy delicado. Pedro se sentó frente a ella, estirando las piernas, y Paula le sonrió. Y menuda sonrisa. Él recibió el impacto en las entrañas. Qué preciosa era. En el segundo siguiente, Paula marcó la página que estaba leyendo, dejó la novela sobre la mesa y colocó las piernas sobre la silla, al estilo hindú. Cuando volvió a mirarlo, la intensidad de su sonrisa había disminuido.
–Buenas tardes, alcalde –dijo, empujando el plato de patatas fritas hacia él–. Tiene cara de querer comerse a alguien. Pruebe con esto.
–No he venido a comérmela a usted –suspiró él, tomando una patata. Aunque tampoco sería mala idea–. ¡Oye, Sergio, tráeme una hamburguesa,anda!
Sergio, el propietario, le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mientras Pedro sacaba un billete de cinco dólares de la cartera.
–Bueno, veo que ha estado moviéndose por ahí.
Paula se encogió de hombros y la manga de la blusa se deslizó un poco más. Pedro intentó no mirar, no desearla. Tenía a su hija, a su madre y a su hermana por compañía y al pueblo de Blossom para mantenerse ocupado. Eso era todo lo que necesitaba y todo lo que podía manejar. Su aburrida vida le parecía muy bien. De hecho, había trabajado mucho para conseguir eso. Perder a su esposa había sido un golpe brutal. Levantarse solo cada mañana era difícil, criar a su hija solo era duro. De modo que sí, a él le gustaba vivir en paz. Dejarse llevar por la atracción que sentía por aquella chica amenazaba el equilibrio que tanto había luchado por conseguir.
El anuncio hizo que todas las mujeres empezasen a hablar a la vez.
–Paula, tienes que poner dinero para la rifa del bebé –dijo una de ellas, tuteándola.
–¿Una rifa?
–Sí, ponemos dinero y la que gana se lo lleva todo.
–¿Pero cuál es la apuesta?
–Doscientos veintidós dólares. Dos dólares por cabeza. Tamara sabe que es otro niño, así que sólo hay que acertar el día, la hora, el peso y la estatura.
Ella no solía usar su don para el juego, pero si ganaba, el asunto iría de boca en boca y eso la ayudaría mucho… Un momento. ¿Había dicho «otro niño»? Pero no… eso no podía ser. Media hora después, Paula Chaves se convirtió en una participante más dela rifa. El hijo de Tamara nacería al día siguiente, a las 6:58 de la madrugada. Tendría un bebé de tres kilos cien gramos que mediría cuarenta y dos centímetros. Y sería una niña. La noticia se extendió por la localidad como la pólvora. La echadora de cartas había instigado una revuelta en el salón de belleza. Por lo visto, había predicho que Tamara Wright iba a tener una niña, cuando el médico había dejado claro que sería otro niño.
Paula le había dicho que llevaría su caso ante el pueblo y Pedro entendía ahora lo que había querido decir con eso. Desde luego, tenía talento parallamar la atención. Y para hacerle la vida imposible a él. Tenía que pararla como fuera. La encontró en una hamburguesería que tenía el techo pintado de estrellas y que era la favorita de Camila. A su hija le gustaba particularmente el brillo de esas estrellas porque el techo estaba pintado de negro. Paula estaba sentada leyendo una novela… de amor a juzgar por la portada. Llevaba vaqueros y una blusa blanca de estilo campesino que resbalaba por sus hombros. Sus rizos oscuros estaban sujetos en una coleta. ¿Aquella chica no entendía que estaba arriesgándose a que la gente acabara poniéndose en su contra? Él había tenido que vérselas con multitudes enfurecidas más de una vez y la idea de que Paula Chaves tuviera que enfrentarse con algo así hacía que se le helara la sangre en las venas. Actuaba como si fuera una persona fuerte, pero podría envolver su cintura con las dos manos y su largo cuello, al descubierto por el escote de la blusa, parecía muy delicado. Pedro se sentó frente a ella, estirando las piernas, y Paula le sonrió. Y menuda sonrisa. Él recibió el impacto en las entrañas. Qué preciosa era. En el segundo siguiente, Paula marcó la página que estaba leyendo, dejó la novela sobre la mesa y colocó las piernas sobre la silla, al estilo hindú. Cuando volvió a mirarlo, la intensidad de su sonrisa había disminuido.
–Buenas tardes, alcalde –dijo, empujando el plato de patatas fritas hacia él–. Tiene cara de querer comerse a alguien. Pruebe con esto.
–No he venido a comérmela a usted –suspiró él, tomando una patata. Aunque tampoco sería mala idea–. ¡Oye, Sergio, tráeme una hamburguesa,anda!
Sergio, el propietario, le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mientras Pedro sacaba un billete de cinco dólares de la cartera.
–Bueno, veo que ha estado moviéndose por ahí.
Paula se encogió de hombros y la manga de la blusa se deslizó un poco más. Pedro intentó no mirar, no desearla. Tenía a su hija, a su madre y a su hermana por compañía y al pueblo de Blossom para mantenerse ocupado. Eso era todo lo que necesitaba y todo lo que podía manejar. Su aburrida vida le parecía muy bien. De hecho, había trabajado mucho para conseguir eso. Perder a su esposa había sido un golpe brutal. Levantarse solo cada mañana era difícil, criar a su hija solo era duro. De modo que sí, a él le gustaba vivir en paz. Dejarse llevar por la atracción que sentía por aquella chica amenazaba el equilibrio que tanto había luchado por conseguir.
martes, 3 de marzo de 2020
La Adivina: Capítulo 8
Dos días más tarde, después de hablar con Carlos Fuentes para comprobar que iría a Blossom con el resto de los feriantes, Paula entró en el salón de belleza del pueblo. No había sitio mejor para enterarse de todo que en un salón de belleza. La campanita de la puerta tintineó, anunciando su entrada. Los tonos naranja, amarillo y un rosa tan fuerte como para ponerse gafas de sol la recibieron, junto con el saludo de una mujer diminuta que tenía el pelo del mismo naranja que los sillones.
–Bienvenida a Súper Rizos, yo soy Mónica Mae –un golpe de laca acompañó a sus palabras.
–¿Puede atenderme sin que haya pedido cita? –preguntó Paula. Como esperaba, el salón estaba lleno de mujeres.
–Claro que sí. Espere un momento, por favor.
Paula miró alrededor. Además de Mónica Mae, había dos peluqueras y una esteticista que hacía las uñas. En la pared había un cartel anunciando de todo, desde peluquería a servicios de depilación o tatuaje. ¿Tatuaje? Vaya, vaya, qué moderno se había vuelto Blossom. Mónica Mae le quitó la capita a su clienta, una mujer mayor con el pelo de color rosa formando una especie de casco.
–Ya está, señorita Sara. Esta noche en el bingo, seguro que Alfredo le echa un ojo.
La mujer, que debía de tener unos ochenta años, se puso colorada como una adolescente.
–¿Tienes ese pintalabios rosa que tanto me gusta? El color rosa es el favorito de Alfredo.
–Claro que sí –Mónica Mae llamó a la chica que hacía las uñas y le dio una palmadita en la espalda a la señorita Sara–. Practique el sexo seguro, ¿Me oye?
Muy moderno, desde luego. Paula disimuló una sonrisa mientras pedía un servicio de pedicura. Mónica Mae le advirtió que tendría que esperar un poco y luego le indicó que se sentara en la camilla de masaje. No le importaba esperar. Así tendría oportunidad de observar a la gente de Blossom. Sonriendo, se presentó como Lady Pandora a la mujer que estaba a su lado: Beatríz Dressler, una mujer gordita de más de sesenta años, que llevaba rulos calientes en el pelo. Estuvieron charlando un rato y Paula le dijo cómo le entristecía no poder actuar en la feria. Luego abrió una revista de moda, echando un vistazo por encima de vez en cuando. Veía miradas suspicaces, como había esperado, pero también curiosidad e interés.
Veinte minutos después, los susurros sobre la recién llegada habían terminado. La puerta se abrió, la campanita tintineó de nuevo y una rubia embarazada entró en el salón con un niño muy enfadado de la mano. Todas las mujeres se acercaron a ella enseguida, con rulos y sin ellos. La futura mamá, Tamara, recibió todo tipo de atenciones. Una señora le quitó al niño de la mano, otras la ayudaron a sentarse y a levantar los pies… El niño se calmó de momento, pero cuando empezaron a pasarlo de manoen mano de nuevo volvió a llorar. Pobre Joaquín. Entre la gente de la feria, Paula era conocida por tener muy buena mano con los niños y la verdad era que solía intuir si estaban tristes, enfermos… Le encantaría ser comadrona algún día, pero no había hablado de ese sueño en algún tiempo. A su abuela no le gustaba que dejase de estudiar por su culpa pero, en realidad, su abuela sólo era parte del problema. Era más bien una cuestión de cobardía. Prefería no pensar en ello, de todas formas. Le gustaría tomar a Joaquín en brazos para calmarlo, pero le pareció que eso sería forzar la suerte. Sin embargo, él parecía tener otras ideas. El niño la miraba con sus ojitos marrones llenos de lágrimas y, cuando le sonrió, se bajó del regazo en el que estaba sentado para acercarse.
–Hola –lo saludó ella. Era una monada, no podía tener más de dieciocho meses–. Me llamo Paula.
–Guapa –dijo el niño, tocando uno de sus rizos.
–Gracias –sonrió ella, apartando el rizo de las regordetas manitas. Por si acaso.
–Sube –dijo Joaquín entonces, levantando los brazos.
A Paula se le encogió el corazón.
–¿Puedo? –preguntó, mirando a su madre–. Se me dan bien los niños y me gustaría echar una mano.
Tamara Wright la estudió un momento y luego asintió con la cabeza. Sonriendo, Paula sentó al niño sobre sus rodillas y él, inmediatamente, se puso a explorar. Tiró de sus pendientes, jugó con su reloj y con sus pulseras… Por fin, apoyó la cabeza en su hombro y se quedó dormido.
–Pobrecito, está agotado –suspiró Mónica Mae, echando agua en la palangana–. ¿Quiere que le dé un masaje? Yo le recomiendo el nivel tres. Lo llamamos «la zona erógena».
Eso sonaba tentador. Sus zonas erógenas necesitaban un poco de atención,desde luego. ¿Por qué eso la había hecho pensar en el pelo oscuro y los ojos grises de Pedro Alfonso?, se preguntó entonces.
–No, mejor no. No quiero despertar a Joaquín.
–No, no, por favor, dese el masaje –dijo Tamara, levantándose.
Cuando estaba cerca, Paula sintió su tensión, su dolor, su agotamiento. Incluso notó que su hijo estaba a punto de nacer. Al día siguiente por la mañana, Tamara tendría a su niña en brazos.
–Me alegro de que haya podido dormir un ratito –siguió la madre de Joaquín.
Paula hizo un gesto con la mano.
–Estoy bien, de verdad. Deje que siga durmiendo. Pasará algún tiempo hasta que tenga usted otra oportunidad de descansar.
Tamara y Mónica Mae miraron a Paula con una expresión de curiosidad. Ella sonrió, serenamente.
–Cuando se trata de predecir nacimientos, nunca fallo.
Siempre sabía cuándo una mujer embarazada iba a tener a su hijo. Y aunque apreciaba el don, reconocía la broma cósmica del asunto. Ella había perdido a su madre porque se puso de parto en medio de ninguna parte. Paula no había llegado al mundo con facilidad, no. Cuando llegaron a Blossom, era demasiado tarde para salvar a su madre. Pero su hija tenía el don de intuir los partos, de modo que eso no iba a pasarle a nadie que ella conociera.
–Bienvenida a Súper Rizos, yo soy Mónica Mae –un golpe de laca acompañó a sus palabras.
–¿Puede atenderme sin que haya pedido cita? –preguntó Paula. Como esperaba, el salón estaba lleno de mujeres.
–Claro que sí. Espere un momento, por favor.
Paula miró alrededor. Además de Mónica Mae, había dos peluqueras y una esteticista que hacía las uñas. En la pared había un cartel anunciando de todo, desde peluquería a servicios de depilación o tatuaje. ¿Tatuaje? Vaya, vaya, qué moderno se había vuelto Blossom. Mónica Mae le quitó la capita a su clienta, una mujer mayor con el pelo de color rosa formando una especie de casco.
–Ya está, señorita Sara. Esta noche en el bingo, seguro que Alfredo le echa un ojo.
La mujer, que debía de tener unos ochenta años, se puso colorada como una adolescente.
–¿Tienes ese pintalabios rosa que tanto me gusta? El color rosa es el favorito de Alfredo.
–Claro que sí –Mónica Mae llamó a la chica que hacía las uñas y le dio una palmadita en la espalda a la señorita Sara–. Practique el sexo seguro, ¿Me oye?
Muy moderno, desde luego. Paula disimuló una sonrisa mientras pedía un servicio de pedicura. Mónica Mae le advirtió que tendría que esperar un poco y luego le indicó que se sentara en la camilla de masaje. No le importaba esperar. Así tendría oportunidad de observar a la gente de Blossom. Sonriendo, se presentó como Lady Pandora a la mujer que estaba a su lado: Beatríz Dressler, una mujer gordita de más de sesenta años, que llevaba rulos calientes en el pelo. Estuvieron charlando un rato y Paula le dijo cómo le entristecía no poder actuar en la feria. Luego abrió una revista de moda, echando un vistazo por encima de vez en cuando. Veía miradas suspicaces, como había esperado, pero también curiosidad e interés.
Veinte minutos después, los susurros sobre la recién llegada habían terminado. La puerta se abrió, la campanita tintineó de nuevo y una rubia embarazada entró en el salón con un niño muy enfadado de la mano. Todas las mujeres se acercaron a ella enseguida, con rulos y sin ellos. La futura mamá, Tamara, recibió todo tipo de atenciones. Una señora le quitó al niño de la mano, otras la ayudaron a sentarse y a levantar los pies… El niño se calmó de momento, pero cuando empezaron a pasarlo de manoen mano de nuevo volvió a llorar. Pobre Joaquín. Entre la gente de la feria, Paula era conocida por tener muy buena mano con los niños y la verdad era que solía intuir si estaban tristes, enfermos… Le encantaría ser comadrona algún día, pero no había hablado de ese sueño en algún tiempo. A su abuela no le gustaba que dejase de estudiar por su culpa pero, en realidad, su abuela sólo era parte del problema. Era más bien una cuestión de cobardía. Prefería no pensar en ello, de todas formas. Le gustaría tomar a Joaquín en brazos para calmarlo, pero le pareció que eso sería forzar la suerte. Sin embargo, él parecía tener otras ideas. El niño la miraba con sus ojitos marrones llenos de lágrimas y, cuando le sonrió, se bajó del regazo en el que estaba sentado para acercarse.
–Hola –lo saludó ella. Era una monada, no podía tener más de dieciocho meses–. Me llamo Paula.
–Guapa –dijo el niño, tocando uno de sus rizos.
–Gracias –sonrió ella, apartando el rizo de las regordetas manitas. Por si acaso.
–Sube –dijo Joaquín entonces, levantando los brazos.
A Paula se le encogió el corazón.
–¿Puedo? –preguntó, mirando a su madre–. Se me dan bien los niños y me gustaría echar una mano.
Tamara Wright la estudió un momento y luego asintió con la cabeza. Sonriendo, Paula sentó al niño sobre sus rodillas y él, inmediatamente, se puso a explorar. Tiró de sus pendientes, jugó con su reloj y con sus pulseras… Por fin, apoyó la cabeza en su hombro y se quedó dormido.
–Pobrecito, está agotado –suspiró Mónica Mae, echando agua en la palangana–. ¿Quiere que le dé un masaje? Yo le recomiendo el nivel tres. Lo llamamos «la zona erógena».
Eso sonaba tentador. Sus zonas erógenas necesitaban un poco de atención,desde luego. ¿Por qué eso la había hecho pensar en el pelo oscuro y los ojos grises de Pedro Alfonso?, se preguntó entonces.
–No, mejor no. No quiero despertar a Joaquín.
–No, no, por favor, dese el masaje –dijo Tamara, levantándose.
Cuando estaba cerca, Paula sintió su tensión, su dolor, su agotamiento. Incluso notó que su hijo estaba a punto de nacer. Al día siguiente por la mañana, Tamara tendría a su niña en brazos.
–Me alegro de que haya podido dormir un ratito –siguió la madre de Joaquín.
Paula hizo un gesto con la mano.
–Estoy bien, de verdad. Deje que siga durmiendo. Pasará algún tiempo hasta que tenga usted otra oportunidad de descansar.
Tamara y Mónica Mae miraron a Paula con una expresión de curiosidad. Ella sonrió, serenamente.
–Cuando se trata de predecir nacimientos, nunca fallo.
Siempre sabía cuándo una mujer embarazada iba a tener a su hijo. Y aunque apreciaba el don, reconocía la broma cósmica del asunto. Ella había perdido a su madre porque se puso de parto en medio de ninguna parte. Paula no había llegado al mundo con facilidad, no. Cuando llegaron a Blossom, era demasiado tarde para salvar a su madre. Pero su hija tenía el don de intuir los partos, de modo que eso no iba a pasarle a nadie que ella conociera.
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