martes, 11 de febrero de 2020

Venganza: Capítulo 31

Paula estaba teniendo una pesadilla. Cuando finalmente logró despertar de ella, se sentó en la cama con un terrible dolor en el abdomen y sudor por toda la espalda. Gritaba por la intensidad del dolor y no podía contenerlo.

—¿Paula? ¿Qué pasa? —preguntó Pedro desde el otro lado de la puerta.

Intentó hablar, pero otra ráfaga de dolor la recorrió.

—No puedo… no sé qué… oh…

Otra punzada de dolor la hizo caer sobre la cama y fue entonces cuando sintió la humedad entre las piernas. Levantó las colchas y miró. Incluso en la oscuridad pudo ver la oscura mancha de sangre. ¡El bebé!

—Paula, abre la puerta, maldita sea. ¿Por qué demonios te has cerrado con llave?

Paula intentó sacar las piernas de la cama, sabiendo que era importante que llegara a la puerta para abrirla. Pero cuando se disponía a levantarse, la habitación comenzó a darle vueltas y cayó en una oscuridad donde no había dolor y Pedro no le estaba gritando.



—Me temo que no servirá de consuelo, pero es bastante común, sobre todo en las primeras semanas de gestación, como era el caso de su esposa.

Oír al médico decir «Su esposa», le caló hondo. Intentó calmarse después del miedo que había pasado cuando, al tirar la puerta abajo, la había visto tendida en el suelo. Ese momento casi había eclipsado lo que tuvo que soportar al identificar el cuerpo de Malena.

—¿Está seguro de que está bien? Quiero decir, ¿No le pasa nada?

—Nada en absoluto. Físicamente está tan bien como usted o como yo, pero psicológicamente le llevará algo de tiempo recuperarse. Nunca es fácil superar un aborto.

Una oscura emoción atravesó a Pedro.

—¿Cómo…? ¿Por qué…?

El doctor sonrió amablemente.

—¿Por qué ha pasado esto? —se encogió de hombros—. Hay muchas razones y es mucho más común de lo que pueda pensar. Es un mito que tener relaciones sexuales pueda provocar un aborto, así que no se castiguen con eso —el doctor sonrió, haciendo que Pedro se sintiera como un verdadero fraude—. Sé que están recién casados… imagino que ha debido de estar bajo mucho estrés para que haya sucedido esto…

Paula abrió los ojos lentamente, pero la luz le hizo volver a cerrarlos bruscamente. Oyó un movimiento junto a la cama e intentó abrirlos de nuevo.

—¿Paula? ¿Cómo te sientes?

Esa voz. La voz de Pedro. Pero no era como estaba acostumbrada a oírla, sonó casi como si fuera agradable.

—¿Por qué de pronto estás tan simpático? —le preguntó con voz adormilada antes de ver sólo oscuridad.

Cuando volvió a despertar mucho rato después, lo hizo bastante más despejada. Recordaba que Pedro le había gritado que abriera la puerta… Abrió los ojos en un instante y al mismo tiempo posó las manos sobre su vientre.

—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando él se acercó y apoyó las manos en la cama. Sentía una extraña sensación de vacío.

—¿No recuerdas lo de anoche? —le preguntó, sin mofa ni brusquedad.

Paula negó con la cabeza y se encogió de hombros.

—Recuerdo unos calambres… y después recuerdo haberme despertado y verte… —se detuvo al recordar la sangre. Volvió a centrar la mirada en Pedro —. El bebé… —susurró.

—Hemos perdido al bebé, Paula. Lo siento.

«Hemos». Su rostro estaba carente de toda expresión, aunque había dicho «Hemos». Que hubiera empleado esa palabra indicaba claramente que había aceptado al bebé como si fuera suyo, pero aun así. Paula sentía una soledad y una tristeza tan profundas que pensaba que no podría resistirlo.

—Vete, Pedro. Vete —le dijo con voz temblorosa.

—Paula…

Venganza: Capítulo 30

—Shhh, pequeña. Fue un accidente terrible —le dijo con un marcado acento—. Perdimos a nuestra bella Malena, que estaba tan llena de vida.

Paula le dio la mano y él le indicó que se levantara. Después, y sujetándole una mano a cada uno, los miró a los dos antes de decir:

—Los dos se han unido para hacer algo maravilloso: casarse y tener un hijo. Eso me llena de alegría —les apretó las manos con fuerza y se las soltó al decir con tono jovial—: Ahora, ¡Vamos a comer!

Las palabras del señor Alfonso no dejaron de darle vueltas por la cabeza durante la cena y la afectaron más de lo que había pensado. Se había esperado que el hombre fuera como su hijo, frío, cínico y desconfiado, pero no lo era, y tenía que admitir que ya había empezado a apreciarlo y que odiaría que le hicieran daño. Cuando estaban terminando de tomarse el café, el señor Alfonso dijo siguiendo algo que Paula había comentado:

—Ya basta de formalidades. Tienes que llamarme Horacio. Y también tienes que disculparme porque me temo que desde mi infarto me canso con demasiada facilidad.

Paula hizo intención de levantarse, pero él le indicó con la mano que no se moviera. Pedro se levantó para ayudar a su padre y una enfermera apareció en la puerta para llevarse a Horacio. Cuando se fueron, Pedro volvió a sentarse en la silla y dijo:

—Le has causado muy buena impresión. Es increíble verte en acción. Pero bueno, eso yo ya lo he vivido de primera mano, ¿No crees?

—A diferencia de tí, tu padre es un caballero. Es fácil apreciarlo.

—Ya has visto cómo es. A pesar de sus experiencias, es un viejo romántico y muy sentimental, pero siempre le he dejado claro que no espere eso de mí. Malena iba a desempeñar ese papel en la familia, era ella la que iba a casarse y a tener hijos. Si tu hermano se hubiera salido con la suya, habría vuelto aquí con los sueños rotos y un divorcio amargo, y sin su herencia. Si intentas aprovecharte de su buen corazón, te hundiré.

—¿Más todavía? —gritó Paula.

—¿Con todo este lujo que te rodea? Tu embarazo es la única razón por la que estás aquí, disfrútalo.

—Ya te dije que yo no tuve nada que ver en la vida de Ariel —dijo con voz temblorosa.

—Tú misma dijiste que sabías qué planes tenía con respecto a Malena. ¿De verdad esperas que crea que no te utilizó para que fueras su confidente? ¿Para calmar sus dudas y temores? ¿Para animarla a que confiara en él?

—Te juro que apenas conocí a tu hermana.

—Según mis informes, ella pasaba tiempo en el departamento de Ariel. Iba a ese club prácticamente todas las noches, el mismo que tú dijiste que era como tu segunda casa. Así que, por favor, no digas que no la conocías bien. ¿Ni siquiera puedes admitirlo? —le preguntó furioso.

De pronto Paula empezó a encontrarse mal, tenía un sudor frío por todo el cuerpo. Se levantó y dejó la servilleta sobre la mesa.

—No sé cómo decirte cuánto siento lo de tu hermana. Y al contrario de lo que puedas pensar, tu maravilloso informe te mostró sólo los aspectos más superficiales de mi vida. La vida social de Ariel y Malena no me incluía a mí. Mi realidad era muy diferente a la suya —estaba temblando por dentro—. Ahora, si me disculpas, me voy a la cama. Ha sido un día largo.

Se fue a su dormitorio y cerró la puerta con llave. Se duchó, se cambió y se metió en la cama y, justo antes de dormirse, se juró que haría todo lo que pudiera por mostrarle a Pedro lo muy equivocado que estaba con ella. Sabía que no sería capaz de aguantar todo su embarazo con su desconfianza y su repulsa.

Venganza: Capítulo 29

—Ahórrate tu preocupación fingida. Seguro que te alegrarías si me achicharrara viva.

Pedro le lanzó una fría mirada antes de dar un paso atrás e indicarle que fuera entrando en la villa.


Lucía, la sonriente ama de llaves de Pedro y esposa de Tomás, la llevó hasta un lujoso dormitorio. La barrera idiomática hizo que Paula se limitara simplemente a sonreírle para darle las gracias e indicarle mediante gestos que ella misma desharía su equipaje. La casa por dentro era blanca y luminosa, llena de espacios abiertos y muy acogedora. Había visto un gran salón con una enorme televisión de plasma y estanterías cargadas de libros. También había visto un comedor con una gran mesa blanca y veinte sillas a juego y un jarrón con unas exóticas flores rojas en el centro. Su nuevo dormitorio también era blanco y había sido un alivio ver que, aparentemente, no era el dormitorio de Vicenzo. Era demasiado femenino. Verse forzada a compartir una cama con él sería demasiado y sabía que no podría soportarlo. Las puertas del patio se abrían hacia un gran jardín interior con columnas de piedra sobre las que se sostenía una pasarela que conectaba la sección interior de esa parte de la villa. Había vasijas con flores por todas partes que creaban un ambiente lleno de encanto. La tranquilidad y la paz de ese lugar le aliviaron un poco el alma. Alguien llamó a la puerta y ella la abrió con cautela para encontrarse allí a Pedro, guapísimo con unos pantalones chinos y una camisa lisa blanca. ¡Maldito sea por hacerla sentir así cuando lo odiaba tanto!

—Vendré a buscarte a las ocho para cenar.

—Ya he visto dónde está el comedor. Puedo encontrarlo…

—Iremos juntos. Mi padre utiliza otra parte de la villa, pero no hay duda de que esperará que compartamos la cama de matrimonio —se acercó, y Paula retrocedió automáticamente y con el corazón acelerado. Pedro sonrió—. Y como tendremos que dormir juntos. Paula, estoy seguro de que apreciarás que no quiera compartir una cama contigo más tiempo del necesario.

Paula sintió pánico; esa sensación ya estaba empezando a ser demasiado habitual.

—Si no te importa, estás bloqueando la puerta.

Con una última sonrisa burlona que ella deseó poder borrarle de la cara de un bofetón, Pedro dió un paso atrás y Paula tuvo que controlarse para no cerrar de un portazo.


A las ocho de esa noche los dos estaban en la puerta del comedor. A Paula se le encogió el estómago y unas gotas de sudor le cubrieron la frente. Llevaba un vestido negro de cuello alto y por las rodillas, lo más inofensivo que había encontrado para conocer al padre de Pedro. Era bien consciente del dolor por el que debía de haber pasado el hombre y se sentía culpable en nombre de su hermano, por la estela de destrucción que había dejado tras él. Pedro la agarró del codo, la metió en el comedor y le presentó a su padre. Ella vio un viejo rostro marcado por las arrugas y oscurecido por el sol, un cabello plateado y unos ojos sorprendentemente brillantes. Tuvo la inmediata impresión de que era un hombre bueno y amable. Bueno, pero hundido. ¡Dios! No tenía duda de que Pedro iba a disfrutar cada minuto. No tenía duda de que eso era parte de su plan: haberla llevado allí para verse cara a cara con la devastación causada por los actos de su hermano. A medida que se acercaba, también se dió cuenta de que el hombre estaba sentado en una silla de ruedas. Se detuvo ante él e hizo algo completamente instintivo. Se agachó para quedar a su misma altura y, embargada por la emoción, le dijo:

—Signore Alfonso, lamento mucho su pérdida, y…

jueves, 6 de febrero de 2020

Venganza: Capítulo 28

Paula había contemplado la sombra del pequeño avión danzando sobre el resplandeciente Mediterráneo antes de aterrizar en la isla de Sardinia, en el aeropuerto de Alghero. Un todoterreno y un conductor los esperaban allí y el sol de la tarde cata sobre ellos. Después de conducir durante cuarenta minutos, el conductor, Tomás, giró en una carretera estrecha con altos árboles a cada lado que hacía que el camino se volviera sombreado y misterioso. Después, giraron a la derecha, hacia la costa, hasta que apareció un juego de enormes puertas de hierro y se abrieron suavemente como por arte de magia, casi ocultas por el denso follaje y la colorida buganvilla. Atravesaron una zona de ramas bajas para salir a un enorme patio con una fuente cuya agua caía en una alberca. Unas flores de loto flotaban sobre el agua. Entonces apareció la casa, sorprendiendola con su discreta elegancia. El coche se detuvo y ella bajó antes de que Pedro pudiera abrirle la puerta; se había mostrado asustadiza ante él durante todo el día, sobresaltándose si se le acercaba demasiado. La casa era una clásica villa mediterránea con tejados en color terracota combinada con otro seductor estilo. Tenía enormes ventanas que iban del techo al suelo, con cortinas blancas que se sacudían suavemente con la cálida brisa. Una delicada veranda rodeaba el exterior y Paula vió jardines a ambos lados que se extendían hasta donde imagina que estaba el mar. Podía oír olas rompiendo suavemente cerca y el sonido la llenó de emoción. Era una de las cosas que había echado de menos al vivir en Londres. La casa de su familia en Dublín estaba en el sur de la ciudad, en la costa, pero Ariel no había perdido el tiempo para venderla cuando sus padres murieron. Había crecido con el sonido del mar y había pasado tanto tiempo desde que lo había oído de ese modo que una nostalgia agridulce se apoderó de ella.

Pedro vió cómo lo observaba todo, pero ella evadía su mirada y estaba comportándose como una testaruda. Estaba furioso porque había estado evitándolo todo el día, y no estaba acostumbrado a que las mujeres lo ignoraran. Su camiseta gris y sus pantalones cortos negros también lo enfurecían intensamente. La vió agarrarse con fuerza a la puerta del todoterreno, vió cómo apretaba la mandíbula y supo que Paula estaba dándose cuenta de lo alejada que estaría de la civilización. Sintió una gran satisfacción… hasta que de pronto la atención de ambos fue dirigida a un enorme perro pastor blanco. Ella, encantada, se arrodilló y llamó al perro, al que acarició efusivamente sin poder borrar la sonrisa de su cara.

—¿Pero quién eres tú, precioso?

—Se llama Bobby. Era el perro de Malena y, por lo general, no le gustan los extraños.

Oírle mencionar a Malena le provocó un fuerte dolor de corazón. Estaba claro que le había molestado que el perro la hubiera recibido bien… tal vez habría preferido que Bobby la hubiera arrancado los miembros uno a uno. En silencio, le dió las gracias al perro por haberla aceptado.

—Ciao, Bobby. Creo que tú y yo vamos a ser buenos amigos.

Pedro la observaba. Paula Chaves estaba generando demasiadas contradicciones para su gusto y, cuanto antes supiera qué esperar de ella, mejor.

—Conocerás a mi padre durante la cena. Le he dicho que nos conocimos en Londres gracias a Malena… lo cual, en cierto modo, es verdad. También le he dicho que nuestra relación fue muy precipitada y que no habíamos planeado que te quedaras embarazada tan pronto. No esperará que nos comportemos como unos recién casados enamoradísimos, pero aun así, tendremos que actuar un poco. No sabe la relación que tenía tu hermano con Malena. No quiero que se disguste por nada. Ya ha pasado demasiado desde el funeral y el infarto.

—Eso es lo último que quiero.

Él le miró los brazos y deslizó un dedo sobre uno de ellos.

—Tu piel es tan pálida que parece que nunca te ha dado el sol.

¡Y así era! Aunque eso seguro que no encajaría con la imagen que él se había formado de ella como la hermana de un millonario corrupto y egoísta. Paula reunió fuerzas para apartarse. Pedro simplemente estaba jugando con ella.

Venganza: Capítulo 27

Pedro, sin dejar de mirarla, le apartó la mano de su sexo, y con unas delicadas caricias, encontró el centro de su deseo, buscó ese lugar donde parecía confluir todas sus terminaciones nerviosas mientras ella, con la respiración entrecortada, se aferraba a sus hombros. Pero él apartó la mano y al instante Paula lo sintió adentrándose en ella; esa intrusión aún ligeramente desconocida, pero deliciosamente familiar a la vez. Tenía tan poca experiencia… Pedro no podía creer que no se hubiera dado cuenta aquella primera vez.

Los pechos de Paula se movían arriba y abajo contra su torso acompañados de una agitada respiración. Cuando se deslizó más adentro, la sintió acomodándose a su miembro con una serie de movimientos convulsos y giros de cadera. Eso era lo que lo había cautivado la primera vez, lo que le había hecho pensar que era una amante experimentada, pero ahora podía notar la naturaleza no instruida de sus movimientos. Se había equivocado con ella, pero no podía pensar en eso ahora porque estaba embrujándolo otra vez. Agachó la cabeza y la besó intensamente mientras se hundía completamente en su interior. Ella, con los brazos apretados alrededor de su cuello, le mordisqueaba el labio inferior y cuando él comenzó a moverse adentro y afuera, el mundo quedó reducido a ese dormitorio, a ese momento, a esa mujer y a la explosión que estaba aproximándose más y más rápido a cada movimiento de sus caderas. Se tambalearon juntos en el precipicio del éxtasis y después, con un último gemido.

 Paula cayó en una vorágine de placer tan devoradora que temió que la hubiera arrastrado para siempre, de no haber estado aferrada a Pedro. Cuando finalmente volvió a la tierra y a la realidad de lo que había sucedido, se apartó del abrazo de Pedro. Se puso la ropa y se sentó en una silla situada en una esquina del dormitorio, en la oscuridad. Se quedó mirándolo mientras dormía, como si eso pudiera ayudarla a ponerle algo de sentido a la situación. Aún no podía creerse lo que había ocurrido y estaba enfadada consigo misma; su patético intento de resistirse a su beso no había durado ni diez segundos. Intentó desesperadamente justificar sus actos: vivía un difícil momento emocional y no había tenido las defensas suficientes para hacerle frente a Pedro. Sin embargo, sabía que se estaba mintiendo a sí misma. Había dicho que jamás se acostaría con él, pero prácticamente le había dado envuelto su regalo de boda al no haber opuesto resistencia. El recuerdo de ese incendiario beso la asaltó. No era posible que un beso significara tanto… Se tocó los labios. Estaban algo hinchados. Sensibles. Había sido maravilloso besarlo y ser besada por él. Se levantó asustada por lo que estaba sintiendo y salió en silencio de la habitación para ir a recoger la cocina. Vió las gotas de sangre de su pie y tembló mientras las limpiaba. ¿Había cedido ante él  porque había estado buscando otra vez esa conexión? ¿La conexión que jamás había existido? Oyó una tos desde la puerta y alzó la vista. Pedro estaba allí, vestido únicamente con los pantalones cuyo botón estaba abierto y con los brazos cruzados sobre ese formidable pecho. El rostro de Paula se sonrojó y su cuerpo se llenó de unrenovado deseo. Él enarcó una ceja.

—¿No querríamos repetir lo que ha pasado, verdad?

Ella se enfureció. Se sentía expuesta y vulnerable, y su cuerpo aún palpitaba ligeramente.

—No —respondió ella evitando su mirada mientras limpiaba el suelo—. No nos gustaría.

Al instante él estaba a su lado, y la levantó del suelo tirándole del brazo.

—Estaba hablando de la jarra que se ha caído, no de lo que ha pasado después.

—Y tú sabes perfectamente bien de lo que estoy hablando yo.

—Eso ha sido un ejercicio para demostrar la facilidad con la que caerás en mi cama. Así que, sí, Paula, con esa clase de química habrá muchas repeticiones.

Ella intentó soltarse, pero él le agarró el brazo con más fuerza cuando vio algo por detrás de su cabeza y alargó la mano para recogerlo. Era el anillo de boda.

—No quiero verte sin este anillo, Paula—le dijo poniéndoselo en la mano.

En lugar de decirle que se lo había quitado mientras cocinaba, le respondió simplemente:

—Sí, señor.

Pedro le apretó la mano y ella seguía evitando su penetrante mirada.

—Juega conmigo. Eso ayudará a animar las cosas. Y cuando esté listo para dejarte marchar, cuando haya nacido mi heredero, entonces podrás quitarte el anillo y arrojarlo al mar, si eso es lo que quieres.

—Eso no sucederá porque no voy a abandonar a mi hijo —dijo temblorosa y mirándolo finalmente. La mirada de Pedro era tan fría que la recorrió un escalofrío.

—¿No? He visto de primera mano lo fácil que es para una mujer abandonar a su familia, así que no creo en los vínculos maternales. Te marcharás con un buen incentivo en el bolsillo.

Esas brutales palabras la atravesaron confirmándole la falta de confianza que Pedro tenía en ella y generaron varias preguntas: ¿De quién estaba hablando? ¿De su madre? Sin embargo, su corazón no quería saber nada… nada que la hiciera sentir algo por él.

—Piensa lo que quieras, Pedro. Ya lo verás cuando llegue el momento.

Finalmente le apartó la mano y fue hacia la puerta.

—Me voy a la cama. Sola.

—Ya sabes dónde estoy cuando te despiertes llena de deseo en mitad de la noche, Paula—esas palabras resonaron dentro de ella, pero a pesar de su crueldad y de lo que acababa de suceder, deseaba algo; no sólo sus besos, sino el derecho a saber qué era eso que lo hacía tan desconfiado.

Paula fue a su dormitorio, había perdido el apetito. Pedro apoyó las manos sobre la encimera donde hacía un momento había curado el pie de ella. Donde habían ardido por un beso. Se maldijo por dejar que lo provocara y acabar diciendo lo que había dicho. Era gracioso que la hubiera atacado con el comentario de despertarse con deseo por la noche, porque él ya estaba ansioso por sentirla bajo su cuerpo otra vez.

Venganza: Capítulo 26

Pedro alzó la cabeza. ¿Era emoción eso que había oído en su voz? La había visto desde la puerta, moviéndose por la cocina, con una sencilla camiseta negra y una falda negra, y el color negro lo había enfurecido. Suponía que debía de estar enfadada porque ahora sabía que estaba verdaderamente atrapada; había firmado el acuerdo prenupcial esa mañana y aunque no lo había mostrado, no debía de haber sido fácil para ella renunciar a la fortuna que podría haberle reclamado de no haber habido acuerdo. Él se lo había puesto muy fácil y lo había dejado claro: si se marchaba y renunciaba al niño, sería bien recompensada. No dudaba ni por un segundo que ella fuera a tomar esa opción. Sin embargo, tenía que admitir que la noche anterior casi había esperado que Paula lo sedujera para intentar asegurarse más dinero…, pero no lo había hecho. Había sido él el que se había abalanzado sobre ella. Se centró en extraer el sorprendentemente grande cristal y la oyó gemir de dolor al hacerlo; después buscó algo para limpiar la herida. Oír ese sonido de dolor lo había afectado más de lo que quería admitir. Le levantó la cara, pero sus ojos estaban cerrados y tenía la boca apretada formando una fina línea. Pudo ver una lágrima cayéndole por la mejilla. Se sintió conmovido de algún modo e instintivamente le secó la lágrima con su pulgar.

—Ya te he quitado el cristal.

A Pedro le ardía la sangre, no podía evitar hacer lo que había estado queriendo hacer desde aquella noche en Londres, lo que ella le había impedido hacer antes… la besó. Le rodeó la cara con las manos y le soltó el cabello para que le cayera sobre la espalda. Paula sabía que debía rebelarse, aunque apenas podía respirar al sentir la boca de él ejerciendo una cálida y embriagadora presión sobre sus labios. Pero el dolor seguía ahí, su rechazo seguía vivo y no podía creer que le hubiera dejado verla llorar. Estaba hecha un lío; allí estaba, con su enemigo mortal, un hombre que la había hecho un daño inmenso, y aun así lo único que quería era perderse en su abrazo. Todo era como aquella primera noche: el intenso deseo tomando forma en su interior y borrando sus preocupaciones, las razones por las que no debería estar haciendo eso… La lengua de Pedro recorría sus labios con más intensidad, pero ella seguía sin ceder. Sin embargo, su traicionero corazón había comenzado a latir de nuevo y en ese instante supo que estaba perdiendo fuerza. No podía vencerlo. Y así, con un diminuto gemido de frustración. Paula dejó de apretar los labios. Pedro le sujetó la cabeza con más fuerza y se situó entre sus piernas, encendiendo un fuego dentro de ella; y después, con una finura devastadora, la besó hasta que ella no pudo resistirse más y abrió la boca, aceptando la invasión de la lengua de Pedro, permitiéndole saborearla exactamente como ella había deseado que hiciera aquella noche en Londres. La mezcla de alivio y deseo la estaba mareando mientras se aferraba a sus fuertes hombros en esa vorágine de sensaciones.

—Rodéame con tus piernas —le dijo él con una voz grave e intensa.

Y ella lo hizo automáticamente. Pedro posó una mano sobre su trasero y la sacó de la cocina. Ella deseaba que la besara otra vez y que nunca dejara de hacerlo. Deseaba que le hiciera olvidar, como lo había hecho antes. Pero, ante todo, lo deseaba a él. Lo besaba por el cuello, por la mandíbula, por todos los lugares adonde alcanzaba. El sabor de su piel bajo su boca estaba haciendo que su sangre y su vientre ardieran. Cuando él la tendió sobre la cama de su dormitorio, se desnudó con impaciencia y con su gloriosa desnudez, se tumbó a su lado. Le quitó la camiseta y el sujetador y, al deslizar una mano sobre uno de sus tersos y sensibles pechos, ella arqueó la espalda y cerró los ojos mientras se mordía el labio. Pedro le bajó la falda y durante un instante se quedaron mirándose fijamente a los ojos. Después, él agachó la cabeza y tomó su boca en un largo beso. Paula había temido que no volviera a besarla, pero ahora sus lenguas se enredaban acaloradamente. Ella se arqueó contra él, para sentir el roce de sus pechos contra su torso. Tras recorrerle la espalda con una mano, dejando una línea de fuego a su paso, Pedro cubrió una de sus nalgas y le quitó las braguitas. Ella podía sentir ese familiar deseo en su interior, esa humedad entre sus piernas… y con un movimiento instintivo, lo rodeó con una pierna y ese gesto hizo que él gimiera con intensidad. Paula deslizó una mano para acariciar su sedosa erección, que parecía acero cubierto de terciopelo. Él se tensó y ella lo miró a los ojos. Había soñado con ese momento todas las noches desde lo que sucedió en Londres… por mucho que odiara admitirlo.

Venganza: Capítulo 25

La noche siguiente, mientras preparaba la cena. Paula se sentía entumecida por dentro y por todo el cuerpo. Se había casado con Pedro Alfonso. Algo resplandeció cuando movió la mano para agarrar una olla y miró la sencilla alianza de platino que tenía en el dedo. Se estremeció. Era bonito y le sentaba bien a su pálida y estilizada mano. Bruscamente se lo quitó y lo dejó sobre la encimera de mármol. Se mantuvo ocupada cocinando e intentó, sin llegar a lograrlo, no pensar en lo sucedido durante el día. Cuando había salido de su dormitorio esa mañana con un sencillo vestido gris, Pedro la había metido de nuevo en la habitación y había abierto su armario. Al no ver nada más que tonos negros, grises y azules oscuros, le había dicho:

—¿A qué demonios crees que estás jugando?

—Por si te has olvidado, los dos estamos de luto. No voy a hacer el papel de una novia ingenua y feliz y convertir este matrimonio en una farsa mayor de lo que ya es.

Él se la había quedado mirando un momento con un brillo de sospecha en los ojos antes de sacarla del dormitorio con la orden de que estuviera lista en cinco minutos. A la ceremonia celebrada en el registro habían acudido sólo dos colegas de Pedro. Probablemente fue la ceremonia celebrada allí en la que había habido menos amor. Paula se había asegurado de que la boca de Pedro no se posara en sus labios en el momento del beso y él le había susurrado:

—Cuidado, Paula.

—Eres el último hombre al que quiero besar —le había respondido ella.

Una vez fuera, sobre las escaleras del edificio y mientras posaban para los paparazzis, él le había agarrado la mano con fuerza y ella se había sentido consternada al darse cuenta de que había necesitado su apoyo ante tanta expectación mediática. Pedro había hablado en inglés y en italiano, soltando mentiras por la boca mientras les contaba a todos que había estado tan impaciente por casarse con su prometida que había renunciado a la celebración en Roma. Todo se celebraría en Sardinia, en la villa familiar. La prensa se había deleitado con la historia de ese vividor que se había dejado enamorar por una chica pálida, desconocida y poco interesante. Y entonces Pedro la había dejado en el ático, diciéndole que tenía asuntos que atender en la oficina durante el resto del día con el fin de dejarlo todo en orden antes de marcharse a Sardinia. Ella había firmado el acuerdo prenupcial después de haber leído que él no le ofrecería nada si insistía en quedarse allí cuando el bebé naciera y le ofrecería una pequeña fortuna si decidía marcharse. Paula no había tenido ningún problema para firmar ya que no deseaba su dinero y no tenía la más mínima intención de abandonar a su bebé. Mientras intentaba calmar, cocinando, su frustración por sentirse tan sola, ignoró que Pedro estaba de pie junto a la puerta, observándola. Abrió la nevera y sacó una jarra de pesto.

—Qué bonito. Estás haciéndonos la cena como una buena esposa.

Paula se giró y la jarra de pesto se le cayó de las manos para ir a parar sobre el inmaculado suelo. En un instante Pedro estaba a su lado, agachado para recoger los pedazos de cristal, pero la salsa gris moteada con albahaca estaba derramada por todas partes. A ella seguía latiéndole el corazón cuando miró abajo y vio su brillante cabello negro. Enseguida se movió para ayudarlo, pero dió un grito ahogado de dolor cuando un cristal se clavó en su pie desnudo. Pedro se levantó y la tomó en brazos como si fuera una pluma para sentarla sobre la isla en medio de la cocina. Se agachó para examinarle el pie.

—Lo siento. Me has asustado.

—No deberías haberte movido —respondió él mientras le sostenía el pie entre sus cálidas manos y lo miraba detenidamente.

De pronto Paula sintió una gran emoción dentro de ella por el modo tan delicado en que la estaba tratando, tan opuesto a su frialdad habitual. Era casi como si con ese gesto Pedro estuviera derritiendo la capa de hielo con la que ella había cubierto su corazón para poder superar ese día. Pero ahora todo amenazaba con abrumarla…

—Lo siento. Ha sido un accidente.