martes, 10 de diciembre de 2019

A Su Merced: Capítulo 10

Paula miró parpadeando aquellos brillantes ojos negros. Estaba tan cerca, que podía ver su piel suave pero con una ligera sombra a lo largo de la mandíbula. Resopló como respuesta instintiva a su olor: cálido y almizclado. Mil por cien feromonas masculinas.

—Basta —dijo él de nuevo en un tono áspero.

Durante un espacio de tiempo interminable se sostuvieron las miradas mientras latía un indefinible calor en medio del quebradizo silencio. Si hubiera sido capaz de soltarse de él, se habría alejado un poco y puesto algo de distancia entre ambos para volverse a sentir segura.

—Discúlpame —dijo él finalmente sacudiendo la cabeza mientras hablaba—. He llegado a conclusiones erróneas por lo extremo de la situación. He interpretado mal tu silencio —hizo una pausa y respiró tan hondo, que el pecho casi llegó a rozarla—. Estoy acostumbrado a tratar con gente que no es tan... tan poco impresionable por la riqueza como tú —sus ojos, hipnotizadores, miraban los de ella—. Siento mucho la ofensa que mis palabras te han causado.

Su corazón latía bajo los dedos de Paula. Sus ojos parecían bucear en el alma de ella. Paula habría apartado la vista si hubiera podido, pero la intensidad de su escrutinio la tenía paralizada, como atada a él. Aquello era peligroso. Tenía que acabar con ello. Ya.

—Acepto tus disculpas —dijo, estremeciéndose por lo forzado del sonido de su voz—. Duele que creas... —sacudió la cabeza, ¿Qué importaba?—. Ha sido un malentendido —dijo tan elegante como pudo.

—Gracias, Paula —su voz era un zumbido grave que acariciaba la piel.

Y entonces, él hizo algo completamente inesperado. Alzó su mano, se la llevó a los labios y, mientras seguía mirándola, la besó suavemente en el dorso. Una sensacional sacudida le recorrió el cuerpo mientras abría los ojos de par en par. Por un momento pudo ver el reflejo de su conmoción en los oscuros ojos. Oleadas de deseo recorrieron su cuerpo haciendo que sensaciones dormidas volvieran a la vida. Eso la asustó. Tiró de la mano y se la frotó con el pulgar de la otra como si quisiera borrar la ardiente sensación de sus labios en la piel. Dió un paso atrás y soltó el aire que no era consciente de haber estado reteniendo. Por primera vez miró de verdad a Pedro Alfonso tratando de ver algo más allá del estereotipo que le había asignado. Era algo más que el epítome del machismo rampante que había pensado la primera vez que lo había visto. Algo más que un padre luchando por la vida de su hija. Evidentemente estaba acostumbrado a tratar con la riqueza y el poder y, por lo que había dicho, con el tipo de gente que ella siempre había evitado. ¿El gesto severo de su rostro no era simplemente la forma de ocultar la desesperación de un hombre que protege a su familia del peor de los males? Y había más aspectos que sopesar. Tenía una chispa de energía sexual que hacía saltar todas las señales de alarma en su cabeza. Pero no podía sencillamente huir de él. No, sabiendo por qué estaba allí.

Paula respiró profundamente al ser consciente de que se encontraba metida en un lío. Algo había sucedido en aquella breve tormenta de emociones. Alguna barrera se había caído, alguna barricada interna se había apartado dejando sus sentimientos sin defensas. No sabía por qué, pero en vez de sentir dolor por su pérdida y furia al pensar en su abuelo, notaba una mezcla de sentimientos en su interior. Había conseguido escapar al férreo control que le había permitido salir adelante las últimas semanas. Algo de ese hombre, de ese extraño, había entrado dentro de ella, desasosegándola de un modo que no entendía. No era su tipo. En absoluto. Entonces, ¿Cómo podía explicar esa sensación de conexión, de vínculo entre ellos? No podía.

—Ahora nos entendemos —dijo él con una voz grave cuya sola vibración despertó en ella el deseo.

Ella asintió en silencio.

—¿Ayudarás? —había una indudable urgencia en el tono controlado.

—Por supuesto, haré lo que pueda —dijo ella—. No puedo ignorar la situación de tu hija.

La sonrisa de él fue tensa, superficial. Ya estaba planeando su siguiente movimiento, pudo verlo en sus ojos. Seguramente estaría pensando en cuál sería la mejor forma de organizar el aspecto logístico del análisis.

—Pero no lo olvides —advirtió ella—, no hay ninguna garantía de que funcione.

—Tiene que funcionar, no hay otra posibilidad.

Hacía que pareciera sencillo. Como si el resultado estuviera asegurado. Paula sintió un escalofrío. La terrible realidad era que probablemente ella no pudiera ayudar a la niña, pero no volvió a decir nada en voz alta. Entendía demasiado bien la desesperación de ver morir a alguien a quien amas. Ella había pasado por lo mismo mientras su madre estaba en el hospital incapaz de luchar contra la enfermedad que le robaba la vida demasiado pronto. Pedro podía parecer duro. De hecho, estaba segura de que lo sería, pero las arrugas que le rodeaban los ojos, las líneas que enmarcaban su boca, mostraban un dolor que no era menos real por ser salvajemente ocultado tras unos nervios de acero. Ésa debía de ser la razón por la que sentía aquella increíble conexión con él. Como si hubiera mucho más que su relación de primos políticos. Paula suspiró con alivio. Eso era. Había una explicación racional. Un sentimiento de camaradería con alguien que estaba pasando por lo mismo que ella había pasado. Lo miró a la cara y se dijo que todo iba bien. No tenía que preocuparse más por la fusión de deseo y miedo que provocaba en ella. Había una explicación después de todo.

—Arreglaré todo —dijo él y, por primera vez, su mirada fue cálida—. ¿Puedes estar lista mañana? —preguntó.

—Claro, cuanto antes, mejor.

—Bien —la agarró del codo y se dirigieron hacia la casa.

Notaba el calor de la mano a través de la manga de la camisa. Sentía los pulmones vacíos, como si alguien hubiera sacado todo el aire de ellos.

—Organizaré el vuelo para mañana —dijo él.

Paula se paró en seco.

—¿Perdón?

—Nuestro vuelo —le dedicó una mirada de impaciencia y echó a andar de nuevo llevándola tras de él—. Te llamaré con los detalles y te llevaré al aeropuerto.

—No entiendo —dijo frunciendo el ceño—. Es sólo un análisis, ¿Verdad? Un simple análisis de sangre, ¿No?

—Así es —dijo él—. Un análisis de sangre y, si es compatible, el médico sacará una muestra de médula.

—¡Espera! —se detuvo con las piernas abiertas para que tuviera que pararse y mirarla—. ¿Qué es eso del vuelo? Seguro que el análisis se puede hacer en Sidney.

Pedro levantó las oscuras cejas formando una «v».

—Puede hacerse en cualquier sitio, pero de este modo tú estarás a mano si el médico dice que adelante con el trasplante.

De nuevo Paula sintió esa punzada de inquietud por su presunción de que aquello iba a funcionar. Que ella iba a ser la donante de Camila.

A Su Merced: Capítulo 9

Pedro se obligó a mostrar un rostro de paciente espera mientras la chica digería la noticia. Admitir que las posibilidades de éxito eran escasas había hecho resurgir el miedo. Era una verdad indiscutible que aquello era algo para lo que no valía todo su poder y autoridad. Habría dado cualquier cosa por salvar a su hija. Hecho cualquier cosa. No hubiera dudado ni un segundo en quedarse él con la enfermedad si fuera posible, pero en lugar de eso se había visto obligado a desempeñar un papel de absoluta impotencia. Había exigido la mejor atención médica, implicado a los mejores profesionales y presionado hasta a los parientes lejanos de Camila a probar si eran compatibles como donantes. Todo para nada. Si tenía que creer a los médicos, aquella chica que estaba sentada a su lado, era la última esperanza. Era la más pequeña de las oportunidades, pero esperanza era todo lo que le quedaba a Eleni. Habría regateado con Dios y se habría enfrentado al diablo si hubiera pensado que alguno podía curar la enfermedad. ¿Por qué no decía nada Paula? ¿Por qué no respondía a su pregunta no planteada? Apretó tan fuerte los puños, que se hizo daño. Deseaba obligarle a hablar, gritarle que era la última esperanza, que tenía que hacerse la prueba. ¿En qué estaba pensando Paula? Recordó los datos sobre ella y su madre que la agencia de investigación privada le había dado por teléfono. Una lástima que no se los hubieran dado antes de presentarse en su casa. Hizo un gesto de dolor al recordar su exigencia de ver a Alejandra Schulz.

Paula Chaves tenía veintitrés años, acababa de terminar sus estudios de logopedia. Hija única. Su padre había muerto en un accidente laboral cuando tenía cinco años. Su madre había trabajado de limpiadora para sacarla adelante. Se preguntó cómo se sentiría Luis Schulz si supiera que su una vez amada hija había pasado años trabajando a doble jornada para llevar comida a la mesa. Había trabajado de camarera a media jornada mientras estudiaba. Era extrovertida y muy popular, sobre todo entre los jóvenes. ¿Por qué no decía nada? ¿No era evidente lo que quería de ella? ¿O estaba esperando a que la convenciera? Le lanzó una mirada. Seguro que no. No parecía de esa clase. Incapaz de contener la urgente necesidad de dar una salida física a su tensión, se puso de pie. Apretó los puños dentro de los bolsillos. Por un instante, sus ojos se encontraron. Inmediatamente, ella desvió la mirada.

—Si es dinero lo que quieres, puedo dártelo.

Ella volvió la cabeza y lo miró fijamente con las cejas arqueadas. Como si no hubiera sabido lo rica que era la familia Schulz. Y su riqueza no era nada comparada con la de él. ¿Haría lo que él quería por dinero? Había conocido mucha gente, incluidas hermosas mujeres, que habrían vendido su integridad, cuanto más su médula ósea, por una minúscula porción de toda su riqueza. Y ella era una Schulz. Sabía perfectamente de lo que era capaz esa familia. Aun así, la idea de poderla comprar lo ponía enfermo. Tragó con dificultad y se apartó de ella.

—Tu abuelo ha dejado un legado para Camila. Dinero y participaciones en empresas —el tono era cortante. Apreció algunos movimientos involuntarios en ella y supo que había logrado su atención—. Si el médico dice que eres compatible y sigues adelante con el procedimiento —continuó— arreglaré que el legado pase a ser tuyo. Tu abuelo no discutirá la decisión, te lo garantizo —hizo una pausa para que considerara la propuesta—. No lo he valorado en metálico, pero te garantizo que el total está dentro de las siete cifras.

Silencio. Sin duda ella estaba pensando qué podría hacer con varios millones de dólares. Teniendo deudas, estaría ansiosa por aceptar la oferta.

—¿Eso es todo?

—¿Qué? —dijo él volviéndose.

Estaba de pie a su lado. El color le teñía las mejillas y el cuello. De nuevo sintió ese golpe de deseo en la parte baja de su vientre. Pero en esa ocasión se sintió contaminado por ello. Incluso en temas relacionados con la lujuria, solía tener un gusto más refinado. Las cazafortunas nunca habían despertado su apetito.

—¿Es tu última oferta? —preguntó ella.

Ignoró su pregunta y fue al grano.

—¿Aceptas hacerte las pruebas en esas condiciones?

—No acepto nada, arrogante matón.

Bajó la vista al comprobar que el brillo de la avaricia en sus ojos no era más que furia salvaje. Ni pizca de avaricia. Parecía como si le hubiera gustado sacarle los ojos. ¿Había calculado mal?

—Debes de creerte un gran hombre, pero eres sólo apariencia —se sacudió el pelo hacia atrás y se plantó delante de él. La cabeza apenas le llegaba a los hombros de él—. ¿Qué te da derecho a pensar que soy una especie de arpía avariciosa y sin corazón? —dijo golpeándolo en el pecho con el dedo índice—. ¿Quién aceptaría dinero por ayudar a una niña enferma? —otro golpe y se dió la vuelta—. Seguro que no hiciste una propuesta así a ninguno de tus parientes en Grecia, ¿Verdad?

Pedro abrió la boca pare responderle, pero ella tenía razón, eran familia. Se hubieran sentido mortalmente ofendidos sólo con la idea, pero Paula Chaves... Era de la familia de Camila, aunque fuera una desconocida.

—Seguro que no lo hiciste —casi lo regañó—, nunca habrías ofendido a la auténtica familia de tu hija —de nuevo el golpe en el pecho—, pero nosotros, los australianos.... Esperarías lo peor de nosotros.

Su voz fue elevándose hasta convertirse en una estridente acusación aunque podía ver en sus ojos lágrimas contenidas. Le tembló la boca y se mordió el labio tan fuerte, que Pedro temió que se hiciera sangre. Una quemazón de vergüenza empezó a extenderse por su cuerpo partiendo desde el punto donde ella lo golpeaba con el dedo. No era un sentimiento al que estuviera acostumbrado. Y no le gustaba una pizca el sentimiento de culpabilidad.

—Basta —gritó él, agarrándola de la mano y apretando la palma contra su camisa.

El corazón le dió un brinco al sentir el contacto y tubo que controlarse para no arrastrarla hacia él y cerrarle la boca con la suya. Sus exuberantes labios estaban abiertos formando un círculo de sorpresa que hacía que deseara descubrir su sabor con la lengua. Sería tan dulce como la miel. Ira. Culpabilidad. Deseo. Lo iban llenando en un remolino febril que se iba convirtiendo en un deseo salvaje. Tan salvaje, que casi le hacía tambalearse. Consiguió hacer llegar oxígeno a sus pulmones y mirarla admirado. Conocía el deseo y no tenía ningún problema en aplacarlo. Pero nunca antes había sentido nada así.

jueves, 5 de diciembre de 2019

A Su Merced: Capítulo 8

Paula estaba sorprendida al sentir una punzada de culpabilidad por oír esas palabras. ¿Podría ser pena? ¿Pena por un hombre que se había vuelto contra su madre hacía tantos años? No podía permitirse sentir eso por él. No se lo merecía.

—¿Entiendes? —pregunto Pedro.

—Claro que entiendo —dijo ella—. ¿Qué quieres que haga? ¿Volar a Grecia y tomarlo de la mano?

Se volvió para mirarlo, toda la furia reprimida las últimas semanas atizaba su pasión.

—Sería más de lo que él hizo por mi madre. Durante veinticinco años pretendió que ella ni existía. ¡Todo porque tuvo la temeridad de casarse por amor y no realizar un anticuado matrimonio arreglado! ¿Puedes creerlo? —lo miró retadora—. La sacó de su vida por completo. Ni siquiera se apaciguó cuando se enteró de que se había casado. No le importó tener una nieta. Estaría disgustado seguramente porque era una niña —suspiró con aspereza—. Y cuando ella se estaba muriendo, no la llamó para hablar con ella —su voz se quebró, se dió la vuelta para evitar la penetrante mirada, sacó un pañuelo de papel del bolsillo trasero y se sonó la nariz—. ¿Tienes idea de lo que hubiera sido para mi madre reconciliarse con él? ¿Ser perdonada? — guardó el pañuelo y parpadeó desesperadamente para aclararse la vista—. Como si hubiera sido ella la que hubiera cometido un crimen.

—Tu abuelo es muy conservador —dijo Pedro—, cree en los viejos modos: la absoluta autoridad del cabeza de familia, la importancia de los hijos obedientes, los beneficios de un matrimonio aprobado por las dos familias.

Lo miró a los indescifrables ojos y se imaginó que las cosas no habían cambiado mucho. Pedro Alfonso era un hombre que utilizaba su autoridad como una seña de identidad.

—¿Fue así como te casaste tú con una Schulz? —preguntó tratando de parecer brusca—. ¿Los clanes Alfonso y Schulz pensaron que era beneficiosa la fusión?

De los ojos de Pedro salía fuego y, por un momento, Paula pensó que había saltado al vacío sin cuerda de seguridad. Tuvo un escalofrío debido a su bravuconada y al atávico temor ante la idea de enfadar a un hombre como ése.

—El matrimonio tuvo la bendición de las dos familias —dijo sin entonación—. No fue una fuga.

Lo que no respondía a su pregunta. Paula lo miró a los ojos y vio los signos de un hombre fuerte manteniendo su temperamento bajo control. Era respuesta suficiente, pensó mirándolo. Pedro Alfonso no se contentaría con cualquier cosa, especialmente una esposa, que no deseara. Siempre había conseguido lo que quería y asumido las consecuencias. La idea de alguien así necesitando ayuda para casarse provocaba la risa. Hubiera apostado a que su prima había sido encantadora, guapa y había quedado cautivada por el descaro de su masculino marido. No había ninguna duda de que había estado a su disposición como una buena y tradicional esposa griega.

—Gracias por hacer todo este viaje con esas noticias —dijo finalmente—, pero como puedes ver...

¿Qué? ¿No le importaban? No, no podía mentir. Había una parte de ella que sentía lástima del dolor del anciano. Una brizna de simpatía por él, moribundo y decidiendo, demasiado tarde, que se había equivocado con su hija. Darse cuenta de eso la hizo sentirse como una traidora.

—Es demasiado tarde para tender puentes —dijo deprisa—. Nunca he sido parte de la familia Schulz y no tiene sentido pretender ahora que lo sea.

Era ella misma, Paula Chaves, fuerte, capaz, independiente. No necesitaba ninguna familia perdida en Grecia. Tenía amigos, una agenda llena. Y tenía una carrera por delante, una vida que vivir. Aunque en ese momento no deseara otra cosa que apoyarse en aquel extraño y llorar hasta que algo del dolor que sentía desapareciera. Pero esa debilidad pasaría. Tenía que hacerlo, decidió mientras se mordía el tembloroso labio inferior.

—Has dejado tus sentimientos meridianamente claros —la profunda voz la recorrió haciendo que sus nervios se estremecieran—. Pero no es tan sencillo desconectar de la familia.

—¿Qué quieres decir? —se acercó a él, pero rápidamente se apartó al ser consciente de lo poco que lo conocía.

—No pasa nada —gruñó—. No muerdo.

Se estremeció al pensar en aquellos dientes blancos mordiéndola en la piel sensible del cuello. Se le aceleró la respiración y el corazón le estallaba en el pecho. Se volvió de repente horrorizada de pensar que se hubiera dado cuenta del ataque de deseo que había sufrido. Se frotó los ojos. Estaba desequilibrada. El funeral, la falta de sueño le estaban pasando factura.

—Paola...

—Paula —corrigió de modo automático. Había rechazado la versión original de su nombre en cuanto había sido lo bastante mayor para darse cuenta de que pertenecía al mundo de la lejana familia que había tratado tan mal a su madre.

—Paula —se detuvo y ella se preguntó qué seguiría a continuación—. Había venido a buscar a tu madre porque parece que es la única persona que podría ayudar...

—¿Por qué ella?

—Porque es de la familia —dijo mientras se alisaba el inmaculado pelo con la mano—. Mi hija está muy enferma —su voz era brusca hasta el punto de resultar violenta—. Necesita un trasplante de médula. Esperaba que tu madre fuera la donante que necesita.

Aquellas palabras, tan prosaicas, tan sencillas, cayeron entre ambos como una bomba. Horrorizada, Paula sintió cómo las palabras se hundían en su interior. Se descubrió a sí misma mirándolo a la cara al saber por primera vez que su formidable reserva podía ser producto de su necesidad de poner coto a una insoportable mezcla de angustiosas emociones.

—¿Tú no eres compatible? —preguntó dándose inmediatamente cuenta de que la respuesta era obvia.

Pero no estaba preparada para la ola de rabia que lo llenó. Sus manos se crisparon peligrosamente y pareció tensársele el cuerpo entero. No había duda sobre la expresión de su ojos en esa ocasión: furia. Y dolor. En silencio negó con la cabeza.

—¿Ni nadie de tu familia...?

—Nadie de la familia Alfonso es donante potencial —cortó él—. Tampoco nadie de tus parientes —hizo una pausa y respiró hondo.

Debía de sentirse tan desamparado... Y no había ninguna duda de que Pedro Alfonso era un hombre acostumbrado a controlar el mundo. El corazón de Paula se hundió al darse cuenta de lo extremo de la situación. Si el propio padre de la niña no era compatible, ¿cómo era posible que ella lo fuera? Pareció leerle el pensamiento.

—Tampoco tuvimos suerte al buscar en la base de datos de donantes potenciales, pero tu madre y su hermana eran gemelas idénticas, así que hay una posibilidad.

—¿Crees que sería capaz de donar médula ósea?

—Por eso estoy aquí —apoyó las palmas de las manos en los muslos—. Ninguna otra cosa me habría apartado de Camila en este momento.

Paula sintió el peso de sus expectativas, de su esperanza, caer encima de ella y pesar incluso más que el dolor que ella arrastraba. Qué desesperado debía de estar para volar hasta Australia sin siquiera saber si su madre estaba allí y qué terrible debió de ser para él cuando ella había borrado sus mensajes y colgado el teléfono. Sintió un escalofrío y se envolvió con sus brazos mientras una corazonada la dejaba fría. Todas las expectativas de él, toda su oscura y potente energía habían cambiado de foco. La quería a ella.

A Su Merced: Capítulo 7

Tenía temperamento aquella apasionada mujer. Era una pena que, dadas las circunstancias, no pudiera explorar una relación más personal con ella, así que, finalmente, Pedro asintió. Si se desmayaba y tenía que llevarla de vuelta, lo haría.

—Por supuesto, señorita Chaves, me parece bien.

Cinco minutos después, Paula se sentaba en un banco del parque. Él tenía razón, deberían haberse quedado en casa, no tenía tanta energía como ella pretendía, pero allí, al menos, estaban en un lugar público y el fresco aire de otoño le sentaba bien. La idea de quedarse en la casa, donde la dominante presencia de ese hombre llenaba el aire, era inquietante. No era sólo su tamaño, era el modo en que la hacía sentirse incómoda. La indefinible sensación de autoridad que emanaba de él y le hacía desear alejarse. Lo miró subrepticiamente mientras permanecía de pie a unos pocos metros respondiendo a una llamada de su móvil. Desde el pelo negro como la noche hasta los brillantes zapatos hechos a mano, era el epítome de la riqueza discreta, se dió cuenta en ese momento. Pedro dió la vuelta de pronto y sus miradas se encontraron. Al instante, Paula sintió calor en las mejillas. Aunque no hubiera ninguna expresión en el rostro de él. Su cara podría haber estado hecha de piedra. ¿Por qué se le aceleraba su pulso entonces?

—Mis disculpas, señorita Chaves —dijo mientras cerraba el teléfono y lo guardaba—. Era una llamada que tenía que atender.

Paula asintió mientras se preguntaba por qué se sentía tan incómoda con él sentado a un metro de distancia.

—Me llamo Paula —dijo rápidamente para disimular su nerviosismo—. Lo prefiero a señorita Chaves.

—Como ya sabes, me llamo Pedro —dijo haciendo una inclinación con la cabeza.

—No me has respondido, ¿Quién eres? —su estatura no era la habitual en los griegos que conocía. Sus facciones eran severas, duras, pero sobre todo era guapo.

Era único, destacaría en medio de una multitud. ¿Por qué estaba allí? Su vida y la de su madre, desde que se estableció en Australia, había sido de lo más normal.

—¿Sabes que tu madre tenía una hermana? —preguntó.

—Sí. Mi madre y ella eran gemelas.

—Tu tía tenía una hija, Laura —algo en su tono hizo que ella lo mirara abstraída—. Hace pocos años, Laura y yo nos casamos, lo que hace que tú y yo estemos relacionados.

—Primos políticos —murmuró ella preguntándose por qué encontraba tan desasosegante la expresión de su rostro. Sólo había visto control en aquel hombre y, aun así, algo en la tensión de su mandíbula y la desolación en sus ojos le decía que estaba conteniendo las emociones más fuertes.

—Tu mujer, Laura, ¿Está aquí en Sidney contigo?

—Mi mujer murió en un accidente de coche el año pasado.

En ese momento entendió la expresión de dolor contenido en su rostro. Aún seguía sufriendo.

—Lo siento —murmuró.

Se preguntó cómo se sentiría ella al cabo de un año. Todo el mundo le decía que el dolor se manejaba mejor con el tiempo. Miró al hombre que estaba a su lado. El tiempo no parecía haber mejorado sus heridas.

—Gracias —dijo sin entonación y después de una pausa dijo—. Tenemos una niña, Camila.

Sintió el amor en el tono de su voz. Su expresión se relajó en una sonrisa devastadora. La expresión de granito había desaparecido. En su lugar, para su conmoción, Paula descubrió una cara que era... no simplemente atractiva. Era imponente. La cara que una mujer podría mirar durante horas imaginándose toda clase de cosas maravillosas y sensuales.

—Así que tienes una familia en Grecia —dijo él—. Hay primos segundos. Está la pequeña Camila... Y yo.

¡No! No importaba lo que dijera, Paula  nunca sería capaz de pensar en aquel hombre como en un pariente. La idea era demasiado ridícula, demasiado desasosegante.

—Y luego está tu abuelo, Luis Schulz.

—No quiero hablar de él.

—Quieras o no hablar de él, tienes que entender —dijo Pedro.

Paula desvió la mirada hacia el parque para no mirarlo a los ojos.

—Tu abuelo no está bien.

—¿Has venido por eso? —la furia se incrementó constriñéndole el pecho—, ¿Porque el viejo está enfermo y quiere reunir a su familia al final? —negó con la cabeza—. ¿Por qué había de preocuparme por el hombre que rompió el corazón de mi madre con su egoísmo? Has hecho un largo camino para nada, señor Alfonso.

—Pedro —dijo—. Somos familia, al fin y al cabo, aunque sea política.

Paula dejó que el silencio se instalara entre ambos. No confiaba en sí misma para hablar.

—No, no estoy aquí por eso, pero el estado de tu abuelo es grave —hizo una pausa—. Ha tenido un ataque importante, está en el hospital.

A Su Merced: Capítulo 6

Paula sacudió la cabeza como para aclarar la confusión de su agotada mente. ¿Sus asuntos? No parecía así. ¿Sería alguna clase de estrategia?

—Pero tus llamadas de teléfono fueron sólo unos días después de que contactara con mi abuelo. Dejé un mensaje pidiéndole que llamara.

Rogándole que llamara para hablar con su madre, pensó intentando no recordar esos días de desesperanza. Al médico diciendo que no se podía hacer nada más para tratar la virulenta cepa de gripe con la que su madre se había infectado. Cómo se había tragado su orgullo y había llamado a Luis Schulz, el tirano que había repudiado a su hija. Pero el anciano todavía no había llamado.

—Supe de tu madre, pero no dónde estaba o cómo contactar con ella. Necesitaba hablar con ella urgentemente.

Algo de la tensión de su tono, de las duras líneas de expresión alrededor de la boca, atrajo la atención de Paula.

—Cuando llamaste a Luis, pude conseguir tu número de teléfono. Llamé esa semana.

Pero Paula no había respondido a los mensajes del griego que había encontrado en el contestador. ¿Qué iba a hacer si los había recibido el mismo día que había empezado a organizar el funeral? Era demasiado para que su madre pudiera perdonar a su familia. Y ella no tenía ninguna intención de perdonarla. Los mensajes se habían ido volviendo más imperiosos, más urgentes, pero los había borrado. Y había disfrutado colgando el teléfono la vez que el extraño griego la había pillado en casa. Ya no era un extraño. Lo miró a los impenetrables ojos y apreció su aura de poder. Decía que no era un esbirro de su abuelo.

—¿Quién eres? —susurró ella—. ¿Qué quieres?

Pedro miró fijamente a los atormentados ojos de la chica que tenía delante y deseó poderla dejar llorar en paz. Estaba más tensa que un resorte. Sentía su dolor como algo tangible, lo podía oír en su respiración salvaje. Respiró profundamente mostrando en su rostro la pena que sabía que ella no quería ver. No era la primera vez que deseaba no haberse visto enredado con la familia Schulz. Sólo eran una fuente de problemas para él, y para ella, aquella chica con gesto de dolor en los labios y alrededor de los ojos. Se pasó la mano por el pelo en silencio. No podía irse, no tenía otra elección que continuar, incluso aunque eso supusiera implicar en sus problemas a una chica perturbada. Era lógico que ella mostrara precaución. La situación nunca había sido sencilla. Y desde que la había encontrado, se había tornado incluso más compleja. Peligrosa.

Necesitaba a aquella mujer. Era su única esperanza de evitar el monstruoso desastre que lo amenazaba. Además, para su horror, había más. Apenas podía creerlo, no quería creerlo. Era imposible, pero no podía ignorar la enorme potencia de la atracción física que sentía por ella. Era excepcional. Inapropiada. Una complicación que no necesitaba. No tenía tiempo para la lujuria. Y menos con una chica golpeada por el dolor que lo veía como un ogro. Especialmente si era una chica de la familia Liakos. Había aprendido esa lección hacía muchos años. «¡Mírala!», pensó. Llevaba unos vaqueros y una camisa suelta, unas zapatillas usadas y sucias y su pelo probablemente no había conocido jamás las tijeras de un estilista. Aun así no podía apartar su voraz mirada de ella. La elegancia de su estructura ósea le dejaba sin aliento. Los inocentes ojos color miel, su boca perfecta... Debajo del algodón de la camisa podía apreciar sus orgullosos y elevados pechos. ¡Diablos! Casi podía sentirlos en sus manos, firmes, redondos y tentadores. Y aquellos viejos vaqueros moldeaban su cuerpo como una segunda piel mostrandom claramente las piernas largas y delgadas. No podía creerlo. ¿Dónde estaba su honorabilidad, el respeto por su dolor?

—¿Quién eres? —murmuró ella de nuevo con algo de temor en la expresión.

—Me llamo Pedro Alfonso—dijo rápidamente extendiendo la mano en un gesto de apertura—. Vivo en Creta. Soy un respetable hombre de negocios —en otras circunstancias hubiera encontrado divertida la novedad de tener que presentar sus credenciales. Pero allí no había nada divertido—. Necesito hablar contigo, ¿Hay algún otro sitio donde podamos hablar? —dijo mirando alrededor y dándose cuenta que el desorden era fruto de una larga reunión post funeral.

Era brutal obligarla a algo así tan pronto después de la pérdida, pero ¿Qué otra elección tenía? No había tiempo para la compasión si eso significaba un retraso.

—¿A lo mejor fuera? —dijo él haciendo un gesto en dirección al patio trasero.

Cualquier sitio lejos de aquella claustrofóbica atmósfera que impregnaba la casa. Lo miró con ojos de recelo claramente poco convencida.

—Ha sido un largo viaje y me vendrá bien algo de aire fresco —urgió—. Me llevará tiempo explicarme.

Ella asintió lentamente y dijo:

—Hay un parque justo a la vuelta de la esquina. Vamos allí.

Parecía tan frágil, que dudó de que fuera capaz de llegar a la puerta y bajar la calle.

—A lo mejor está demasiado lejos, podríamos...

—Usted es quien quiere hablar, señor Alfonso. Es la única oportunidad, la toma o la deja —dijo levantando la barbilla en un gesto beligerante.

A Su Merced: Capítulo 5

Suspiró profundamente y alzó la mirada para encontrarse con los ojos del indeseado visitante. Su negra mirada ya no era tan indescifrable. A lo mejor era por lo abiertos que tenía los ojos y lo levantadas las cejas por la sorpresa. No, no era sorpresa. Era conmoción. Parecía como si hubiera sido lo más impactante de su vida. De hecho, parecía enfermo, su rostro se había quedado completamente pálido. Un músculo de su dura barbilla empezó a moverse frenético. Era la única señal de movimiento en todo su cuerpo. Ni siquiera parpadeaba. Por encima del trueno de su propio pulso, Paula podía escuchar el silbido de la respiración de él. De pronto vió un atisbo de emoción en sus ojos. Algo tan salvaje que casi dio un paso atrás.

—Lo siento —dijo Pedro finalmente—. Si lo hubiera sabido... —de nuevo Paula vió la sombra de turbulentas emociones en su mirada—. Si lo hubiera sabido —continuó—, no te habría molestado hoy.

—No hubieras sido bienvenido en ningún momento —dijo sin rodeos.

Tenía el valor de ofrecerle sus condolencias cuando nadie se las pedía. Era muy poco y demasiado tarde.

—¿Perdón? —preguntó arrugando la frente como si no hubiera entendido lo que había dicho.

—No quiero tus disculpas —dijo ella—. No quiero nada de tí.

—Entiendo tu sufrimiento. Yo...

—No entiendes nada —interrumpió—. Tú, con tus aires de superioridad y tus disculpas. Me pones enferma —respiró profundamente—. Quiero que salgas de mi casa y no volverte a ver nunca.

—Si pudiera, desaparecería ahora mismo como deseas —la palabra quedó en el aire entre los dos—, pero no puedo, he venido hasta aquí por un asunto de gran importancia. Un asunto de familia.

—¿Un asunto de familia? —se le rompió la voz. ¿Cómo podía ser tan cruel?—. No tengo familia, ni hermanos, ni padre. Ya tampoco madre...

—Por supuesto que tienes familia —se acercó a ella, tanto, que llegó a sentir su calor.

La invasión de su espacio fue extrañamente impactante para Paula. Pero no se apartó. Era su casa, su territorio, de ningún modo iba a recular.

—Tienes una familia en Grecia.

Lo miró a la cara. Una familia en Grecia. ¿Cuántos años llevaba oyendo aquello? El persistente mantra de su madre, una mujer que tuvo que buscarse la vida lejos de su tierra. Una mujer que no se había dejado intimidar. Paula esbozó una sonrisa torcida por lo tarde que llegaba aquello. Su madre había pasado un cuarto de siglo esperando aquellas palabras. Y sólo días después de su muerte, se las decían a ella como si fueran un talismán para mantenerla segura.

—¡Para! —gritó él agarrándola de los hombros.

Paula dió un salto, sobresaltada por el inicio de una risa histérica. Se sentía marcada por que la hubiera tocado, contaminada. Se movió intentando que la soltara. Finalmente así lo hizo.

—No tengo familia —repitió mirándolo furiosa a los ojos.

—Estás trastornada —dijo él justificando sus emociones—, pero tienes un abuelo y...

—¿Cómo te atreves? —interrumpió—. ¿Cómo puedes tener el valor de mencionarlo en esta casa? —el corazón le latía tan deprisa, que pensó que se le iba a salir del pecho.

De nuevo sintió la misma furia, la necesidad de romper algo. Había conseguido resistir los anteriores días sólo porque había asumido que no tenía que enfrentarse con lo que no podía cambiar. Todo había terminado, ya nadie, ni siquiera el patriarca de la familia Schulz podría hacer daño a su madre. Y entonces un secuaz de la familia aparecía y volvía a revolverlo todo. El dolor y la esperanza. El remordimiento y el odio reconcentrado. Paula temblaba, pero ya no de debilidad.

—¿Crees que hay algún espacio en mi vida para un hombre que repudió por completo a su hija? —susurró ella—. ¿Que la ignoró año tras año como si no existiera? —a Paula le dolía el pecho por lo fuerte que respiraba. Le temblaban las manos por la furia reprimida—. ¿Que ni siquiera tuvo la compasión suficiente para contactar con ella cuando se estaba muriendo? —la acusación quedó resonando entre ambos en medio de un retador silencio de dolor.

Paula miró a un rostro carente de toda emoción, aunque no podía ocultar una pizca de emoción en los ojos. Así que todo aquello era nuevo para él. Y no eran noticias agradables, a juzgar por el gesto de sus cejas.

—A pesar de todo, debemos hablar —hizo un gesto con la mano cuando ella abrió la boca para decir algo—. No soy el mensajero de tu abuelo. No vengo por sus asuntos, vengo por los míos.

martes, 3 de diciembre de 2019

A Su Merced: Capítulo 4

Inmediatamente ella aflojó sus agotados músculos. Él fue hasta el armario y sacó un par de toallas. Paula lo observó sin decir nada mientras su cerebro procesaba las sucesivas imágenes. La arrogante prominencia de su ruda mandíbula. Los anchos hombros y elegante espalda toda brillante por la humedad. La tensa curva de sus nalgas bajo los calzoncillos pegados como una segunda piel. Los muslos pesados y poderosos. La recorrió un escalofrío y lanzó un suspiro desasosegado. Él se dió la vuelta, recogió su ropa y le lanzó una toalla.

—Me cambiaré en otra habitación —su profunda voz desprovista de toda emoción.

¿Había algo agradable es ese hombre? Lo miró mientras atravesaba la puerta a grandes zancadas. No, decidió. Era todo dureza. Desde el acero de su cuerpo hasta el rostro y los ojos fríos.Bueno, había tenido la suficiente humanidad para ayudarla cuando había pensado que le hacía falta. Había sido bastante detallista, de hecho, pero no por amabilidad, o compañerismo, supo por instinto. Simplemente había creído que era necesario. Había hecho lo que pensaba que había que hacer: mantenerla consciente antes de pedir asistencia médica. Tembló con la toalla contra el pecho. El temblor se convirtió en un escalofrío y, a pesar de su piel irritada y el vapor del cuarto de baño, aquel frío hasta los huesos la invadió una vez más. Salió de la ducha tambaleándose, se envolvió en una toalla, se colocó otra en el pelo y huyó hacia su cuarto. Diez minutos después, vestida con unos vaqueros y una cómoda camisa holgada, salió en busca del extraño que había invadido su casa.

Pedro estaba de pie en la cocina tomándose un café cargado. Algo para volver a la normalidad después del encuentro con aquella chica que se parecía tanto a Laura. Al principio la similitud había sido pasmosa. Seguía siéndolo a pesar de las obvias diferencias. La chica era ligera, un poco más delgada. La cara menos redonda y los huesos de las mejillas más pronunciados. Miró parpadeando el patio trasero mientras se tomaba otro sorbo de café. Se concentró en la imágenes que daban vueltas en su mente. Primero la visión de ella abriendo la puerta, tan parecida a Laura, que se había quedado impactado. Y segundo la imagen de ella desplomándose en sus brazos, recorrida por el agua que acentuaba sus seductoras curvas. Se le secó la boca al recordar la estrechez de su cintura, la sensual rotundidad de las caderas. El sujetador y las bragas de encaje mojados no habían dejado casi nada a su imaginación, ni los turgentes pechos ni la invitación de los pezones. Ni la evocadora y femenina sombra que se adivinaba entre las piernas. La había sostenido con sus manos e inmediatamente le había gustado, la había deseado con tal intensidad, que le recordó cuánto tiempo hacía que no estaba con una mujer. Sólo la sensación de la flexible y suave piel en contacto con la suya le había hecho desear compulsivamente tenerla desnuda debajo de él. Había permanecido allí, inconsciente al agua de la ducha, y había deseado que las circunstancias hubieran sido completamente diferentes sólo durante un par de horas. El tiempo suficiente para sucumbir a aquella dulce tentación. Para olvidar sus responsabilidades y preocupaciones con la felicidad que sabía podría encontrar en aquel cuerpo de sirena.

Dió otro sorbo al café y trató de ignorar la tensión que sentía en el bajo vientre. Su misión era demasiado urgente. No importaba lo deliciosa que fuera la tentación, nada podía distraerlo de su propósito. El sonido de unos pies que se arrastraban hizo que se diera la vuelta. Ella estaba de pie en la puerta, aparentemente estable. Con la ropa que llevaba parecía que tuviera dieciséis años. Pero los ojos y las bolsas púrpuras que había debajo de ellos deshacían aquella ilusión. Pedro frunció el ceño al llegarle a la mente una imagen superpuesta de ella prácticamente desnuda con aquella ropa interior tan sexy. La camisa holgada parecía simple camuflaje. Le había quitado la ropa, tocado su piel desnuda. La experiencia estaba impresa en su memoria de modo indeleble.

—Hay café —dijo de pronto, señalando la humeante taza de encima de la mesa. No lo miró a los ojos, se sentó despacio en una silla y agarró la taza con las dos manos.

—Gracias —dijo ella.

Su voz era como el agua: fría, sin color.

—Necesito ver a Alejandra Schulz—dijo él otra vez, disimulando su impaciencia con férreo autocontrol—. ¿Cómo puedo contactar con ella?

—No puedes —en esa ocasión su voz mostró alguna entonación—. Además ya no se llama Schulz —añadió bruscamente—, ahora es Chaves.

Sus miradas se encontraron y Pedro tuvo que sobreponerse una vez más al deseo que despertaba en él.

—¿Quién eres tú? —preguntó ella.

—Me llamo Pedro Alfonso—hizo una pausa esperando la reacción de ella, pero su rostro permaneció impasible—. Tengo algo que hablar con la señora Chaves.

—Alfonso —murmuró ella—. Conozco ese nombre —levantó las cejas.

—Acabo de bajarme de un avión proveniente de Atenas. Es imprescindible que hable con la señora Chaves inmediatamente —se contuvo de decir que era asunto de vida o muerte. Eso era demasiado personal como para decírselo a una extraña.

—¿Atenas? —entornó los ojos—. Tú eras el del teléfono —lo miró con perplejidad mientras dejaba la taza en la mesa—. Dejaste mensajes en el contestador.

Pedro asintió.

—Mensajes que nunca fueron respondidos...

—Canalla —susurró levantándose tan deprisa, que la silla se cayó al suelo—. ¡Ahora sé quién eres! Sal de aquí ahora mismo. ¡Fuera!

Pedro no se movió. La chica estaba desquiciada. Tenía una mirada salvaje y sus dedos se clavaban en la mesa, pero era la única que sabía dónde estaba Alejandra Schulz. Y hubiera hablado hasta con el diablo para encontrar a esa mujer. Se apoyó en el borde la encimera y cruzó las piernas.

—No voy a ir a ningún sitio. He venido a hablar con ella y no voy a irme hasta que lo consiga.

Fascinado, miró las emociones que se adivinaban en el rostro de la chica. De pronto soltó una risa histérica que lo llenó de una sensación de mal presentimiento.

—Bueno, a menos que seas clarividente, vas a esperar mucho, Alfonso. Ayer enterramos a mi madre.

Paula lo miró a través de las lágrimas. Si hubiera sabido quién era cuando había abierto la puerta, le habría dado con ella en las narices. ¿Cómo se atrevía a presentarse así después del funeral de su madre? Miró la taza que Pedro tenía en la mano y sintió ganas de quitársela y echársela por encima. Se imaginó vívidamente la salpicadura del café en la inmaculada blancura de la camisa, la cara de ultrajado que pondría. Parpadeó furiosa. No podía permitir que la viera llorar. Su dolor era demasiado profundo, demasiado abrumador para compartirlo. Quería gritar. Maldición, quería golpearlo con el puño hasta hacer que sintiera al menos una parte del dolor que ella experimentaba. ¿Pero qué bien le haría eso? Su madre ya no estaba. Nada se la devolvería.