A pesar de la antipatía que Paula sentía por el y del hecho de que tuviera un hijo de otro hombre, no conseguía eliminar el sentido de posesión que lo invadía cuando estaba con ella y que lo consumía. Nunca había experimentado un sentimiento igual. Quería odiarla por la desacostumbrada debilidad que provocaba en él. Pero las manchas violáceas que ella tenía debajo de los ojos atrajeron su atención. Se necesitaba más de una noche sin dormir para que aparecieran. Experimentó una opresión en el pecho al darse cuenta de lo pálida que estaba. La noche anterior había visto que estaba fatigada, pero se hallaba demasiado abrumado por su propia reacción ante ella para percatarse de que se hallaba exhausta. Estaba impaciente por resolver el enigma que lo perseguía y muy ocupado perdiéndose en las curvas de ella para reconocer hasta qué punto Paula era vulnerable. Sintió remordimientos por haber dado rienda suelta al deseo sexual que cobraba vida cada vez que ella estaba cerca.
—¿Dónde está tu novio? ¿Por qué no te ayuda? —le espetó, sorprendido ante sus propias palabras. No acostumbraba a manifestar lo que pensaba.
Ella lo miró con ojos apesadumbrados y él supo de modo instintivo que le ocultaba algo.
-Estoy bien sola. No necesito que nadie...
-Claro que lo necesitas. No deberías vivir en esta zona con un niño —echó una breve ojeada al barrio venido a menos—. Tu novio debería ayudarte.
Ella siguió en silencio. Pedro sintió un deseo, poco habitual en él, de discutir acaloradamente; él, que era el rey de la ecuanimidad, un maestro a la hora de sublimar emociones inútiles y de perseguir sus metas con obstinación. ¡Aquella mujer lo alteraba! Las últimas veinticuatro horas habían sido una montaña rusa de sentimientos desconocidos que se burlaban de su control habitual.
—¿Quién es, Paula? ¿Por qué lo proteges?
—¡No protejo a nadie! —murmuró ella—. No hay nadie. Lo que te dije...
-Me dijiste que habían discutido, pero eso no justifica que abandone a su hijo y a su madre —sintió una cólera terrible al pensar en que otro hombre había dejado a Paula embarazada—. ¿Es alguno de tus compañeros de trabajo?
-No seas absurdo.
No había nada absurdo en ello. Trabajar juntos provocaba intimidad. El mismo había tenido que trasladar a su secretaria por tomar su relación laboral por otra cosa, y había perdido la cuenta de las empleadas y socias que habían creído que el trabajo era la vía perfecta para metérsele en la cama.
—¿Está casado? ¿Es eso?
Paula observó su rostro encendido y trató de luchar contra la sensación de irrealidad que la invadía. Parecía verdaderamente perplejo. Negó con la cabeza como si quisiera despejársela.
-No hay ningún hombre en mi vida —Paula vaciló—. Me lo inventé para que me dejaras en paz.
-Claro que lo hay, no lo niegues.
—¿Me estás llamando mentirosa? —su negativa a aceptar su palabra reabrió una herida nunca cerrada. Tampoco la había creído en otro tiempo. ¿Por qué iba a ser diferente en aquellos momentos? El dolor se mezcló con la furia.
-Ahórrame el espectáculo de tu inocencia —dijo él con desdén—. No te quedarías embarazada tú sola. ¿O quieres decir que fue una inmaculada concepción?
—¡Canalla! —explotó y le dió una bofetada. Pero, de pronto, se dió cuenta de lo que implicaban sus palabras y se sintió aliviada: Alessandro no estaba allí para llevarse a Nicolás. ¡Claro que no! Había mostrado su desinterés y desaprobación desde el principio y le había dejado claro que ni el niño ni ella eran lo bastante para él y su círculo de amigos. ¿Por qué creyó que Pedro había cambiado? ¿Por qué una parte de ella seguía pensando estúpidamente que era el hombre idealizado del que se había enamorado? Era como si le hubiera arrebatado cruelmente la última brizna de esperanza—. Eres de lo que no hay, Pedro. No debía haber creído que habías cambiado.
—¿Cambiar? ¿Yo? —preguntó él, asombrado.
—Sí, tú, cobarde —Paula se llevó la mano al estómago en un intento de contener las náuseas—. Después de todo este tiempo te niegas a reconocer a tu hijo.
martes, 13 de agosto de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 13
—¿Qué quieres?
-Hablar. Tenemos un asunto pendiente —no esperó a que ella contestan, sino que le hizo sitio en el asiento.
¿Un asunto pendiente? ¿Así era como definía a un niño pequeño? Se sintió sin fuerzas, pero tenía que enfrentarse a Pedro y tratar de mantener cierto control de la situación. Se dirigió hacia el vehículo con paso vacilante, se montó y se sentó en un asiento de cuero que parecía recién salido de la fábrica. Sólo lo mejor valía para el conde Alfonso. Y en ningún caso, a ella, una madre soltera corriente y sin pizca de glamour, se la consideraría «lo mejor». Pedro se lo había dejado muy claro en Italia. Pero ¿Había decidido que su hijo era otra historia? La puerta de la limusina se cerró y ella cerró los ojos. Ya no había escapatoria posible. Se abrochó el cinturón y lo miró de reojo, que no parecía contento a pesar de haber conseguido que subiera al coche. Su inquietud aumentó: estaba en clara desventaja con respecto a él. No se dignó a preguntarle adónde iban. Si no quería hablar, le seguiría la corriente, lo cual le daría tiempo para hacer acopio de todos sus recursos. Al mirar hacia delante mientras trataba de controlar sus pensamientos, vió la nuca de Bruno. Y, de repente, lo reconoció.
-¡Anoche estaba en mi calle! —exclamó Pedro mientras se echaba hacia delante para asegurarse. Mientras recorría su calle de madrugada hacia su casa, había vacilado al ver a un hombre con vaqueros y cazadora de cuero delante de ella. Parecía esperar a alguien, pero comenzó a andar en dirección contraria. Ella aceleró el paso—. Bruno, tu guardaespaldas, estaba anoche frente a mi casa —al ver que Pedro no contestaba se volvió hacia él, furiosa—: Ni siquiera te molestas en negarlo.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Le dijiste que me siguiera? —Pedro ya había investigado sus datos personales y, después, había enviado a su guardaespaldas a espiarla. No tenía escrúpulos a la hora de invadir la intimidad ajena.
-Por supuesto —la miró con frialdad, como si se preguntara a qué venía tanto alboroto—. Era tarde. Tenía que asegurarme de que llegaras bien.
La explicación le cortó la respiración y se recostó en el asiento.
—¿Tratabas de protegerme?
-Estabas sola en la calle a una hora en que deberías estar en casa.
Le hablaba como a una adolescente que necesitara la guía paterna, no como a una mujer de veinticinco años con un hijo al que mantener. Pero no se indignó, sino que sintió un calor interior, una chispa de placer al saber que le importaba lo suficiente como para preocuparse de su seguridad. En otra época se había sentido encantada por cómo la cuidaba, por cómo le demostraba su naturaleza protectora. Hasta que se dio cuenta de su error. Lo que le había parecidopreocupación por ella había sido su forma de mantenerla aislada, separada del resto de su vida, una táctica deliberada para que ella no se diera cuenta de que la estaba utilizando.
-Soy totalmente capaz de cuidar de misma. Ya lo hacía antes de que aparecieras —estaba orgullosa de lo que había logrado.
Al llegar a Australia, tenía el corazón destrozado y había perdido la seguridad en sí misma. Ni siquiera había planeado ir a Melbourne, pues, debido al estado en que se hallaba, se limitó a subirse en el primer avión que salió. Y había construido una nueva vida para Nicolás y para ella, y trabajaba mucho para lograr la seguridad económica que necesitaba.
—¿Ah, sí? —preguntó él en tono escéptico mientras le lanzaba una mirada glacial—. ¿Crees que vives en un barrio adecuado para criar a un niño?
Todos los músculos del cuerpo de Paula se tensaron. Habían llegado al quid de la cuestión. Creyó que la acusaría de ser una mala madre y que exigiría sus derechos. Pero él permaneció callado.
-El piso es soleado y cómodo, y puedo pagarlo —no era acertado aludir a su falta de dinero, pero, sin duda, él ya lo sabía.
Había estado trabajando hasta ponerse de parto, pero se había gastado sus escasos ahorros en los meses posteriores al nacimiento de Nicolás. Si no hubiera sido por el dinero que le había enviado su padre, no habría podido salir adelante. Después, gracias a su puesto en el hotel, llegaba a fin de mes, aunque la mayor parte del sueldo se le iba en las necesidades de su hijo y el alquiler.
—¿Y el sitio en el que está? El barrio se está convirtiendo en un centro de tráfico de drogas y prostitución —apuntó él sin molestarse en ocultar su desaprobación.
-Las noticias exageran —mintió ella sin querer reconocer que había mencionado uno de sus miedos. Unos días antes se habían vuelto a encontrar jeringuillas en el parque, y había decidido que, a pesar de las amistades que había hecho, buscaría otro sitio para criar a Nicolás.
-Si tú lo dices —replicó él en tono aburrido.
Paula se sintió desconcertada cuando él no aprovechó la ocasión para criticarla por su incapacidad para cuidar al niño y para plantearle la custodia compartida. Pero a Pedro parecía no interesarle y ella sintió renacer la esperanza. Pero, si no estaba allí por el niño, ¿Qué quería de ella?
Pedro trató de calmarse. Estaba furioso desde que había recibido el informe aquella mañana, y su furia se debía a que Paula viviera en ese barrio, a que estuviera con un hombre que se negaba a cuidar de ella y su hijo, y a que él, se preocupara por ella. Se maldijo por su estupidez. Ella lo había dejado en la estacada y había seguido con su vida. El debiera hacer lo mismo. Su dignidad y su honor así se lo exigían. Y lo haría cuando averiguara todo lo que quería saber sobre aquellos meses en blanco. Sin embargo, la sensación de conexión íntima persistía y era más intensa que la fría lógica alrededor de la cual giraba su vida.
-Hablar. Tenemos un asunto pendiente —no esperó a que ella contestan, sino que le hizo sitio en el asiento.
¿Un asunto pendiente? ¿Así era como definía a un niño pequeño? Se sintió sin fuerzas, pero tenía que enfrentarse a Pedro y tratar de mantener cierto control de la situación. Se dirigió hacia el vehículo con paso vacilante, se montó y se sentó en un asiento de cuero que parecía recién salido de la fábrica. Sólo lo mejor valía para el conde Alfonso. Y en ningún caso, a ella, una madre soltera corriente y sin pizca de glamour, se la consideraría «lo mejor». Pedro se lo había dejado muy claro en Italia. Pero ¿Había decidido que su hijo era otra historia? La puerta de la limusina se cerró y ella cerró los ojos. Ya no había escapatoria posible. Se abrochó el cinturón y lo miró de reojo, que no parecía contento a pesar de haber conseguido que subiera al coche. Su inquietud aumentó: estaba en clara desventaja con respecto a él. No se dignó a preguntarle adónde iban. Si no quería hablar, le seguiría la corriente, lo cual le daría tiempo para hacer acopio de todos sus recursos. Al mirar hacia delante mientras trataba de controlar sus pensamientos, vió la nuca de Bruno. Y, de repente, lo reconoció.
-¡Anoche estaba en mi calle! —exclamó Pedro mientras se echaba hacia delante para asegurarse. Mientras recorría su calle de madrugada hacia su casa, había vacilado al ver a un hombre con vaqueros y cazadora de cuero delante de ella. Parecía esperar a alguien, pero comenzó a andar en dirección contraria. Ella aceleró el paso—. Bruno, tu guardaespaldas, estaba anoche frente a mi casa —al ver que Pedro no contestaba se volvió hacia él, furiosa—: Ni siquiera te molestas en negarlo.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Le dijiste que me siguiera? —Pedro ya había investigado sus datos personales y, después, había enviado a su guardaespaldas a espiarla. No tenía escrúpulos a la hora de invadir la intimidad ajena.
-Por supuesto —la miró con frialdad, como si se preguntara a qué venía tanto alboroto—. Era tarde. Tenía que asegurarme de que llegaras bien.
La explicación le cortó la respiración y se recostó en el asiento.
—¿Tratabas de protegerme?
-Estabas sola en la calle a una hora en que deberías estar en casa.
Le hablaba como a una adolescente que necesitara la guía paterna, no como a una mujer de veinticinco años con un hijo al que mantener. Pero no se indignó, sino que sintió un calor interior, una chispa de placer al saber que le importaba lo suficiente como para preocuparse de su seguridad. En otra época se había sentido encantada por cómo la cuidaba, por cómo le demostraba su naturaleza protectora. Hasta que se dio cuenta de su error. Lo que le había parecidopreocupación por ella había sido su forma de mantenerla aislada, separada del resto de su vida, una táctica deliberada para que ella no se diera cuenta de que la estaba utilizando.
-Soy totalmente capaz de cuidar de misma. Ya lo hacía antes de que aparecieras —estaba orgullosa de lo que había logrado.
Al llegar a Australia, tenía el corazón destrozado y había perdido la seguridad en sí misma. Ni siquiera había planeado ir a Melbourne, pues, debido al estado en que se hallaba, se limitó a subirse en el primer avión que salió. Y había construido una nueva vida para Nicolás y para ella, y trabajaba mucho para lograr la seguridad económica que necesitaba.
—¿Ah, sí? —preguntó él en tono escéptico mientras le lanzaba una mirada glacial—. ¿Crees que vives en un barrio adecuado para criar a un niño?
Todos los músculos del cuerpo de Paula se tensaron. Habían llegado al quid de la cuestión. Creyó que la acusaría de ser una mala madre y que exigiría sus derechos. Pero él permaneció callado.
-El piso es soleado y cómodo, y puedo pagarlo —no era acertado aludir a su falta de dinero, pero, sin duda, él ya lo sabía.
Había estado trabajando hasta ponerse de parto, pero se había gastado sus escasos ahorros en los meses posteriores al nacimiento de Nicolás. Si no hubiera sido por el dinero que le había enviado su padre, no habría podido salir adelante. Después, gracias a su puesto en el hotel, llegaba a fin de mes, aunque la mayor parte del sueldo se le iba en las necesidades de su hijo y el alquiler.
—¿Y el sitio en el que está? El barrio se está convirtiendo en un centro de tráfico de drogas y prostitución —apuntó él sin molestarse en ocultar su desaprobación.
-Las noticias exageran —mintió ella sin querer reconocer que había mencionado uno de sus miedos. Unos días antes se habían vuelto a encontrar jeringuillas en el parque, y había decidido que, a pesar de las amistades que había hecho, buscaría otro sitio para criar a Nicolás.
-Si tú lo dices —replicó él en tono aburrido.
Paula se sintió desconcertada cuando él no aprovechó la ocasión para criticarla por su incapacidad para cuidar al niño y para plantearle la custodia compartida. Pero a Pedro parecía no interesarle y ella sintió renacer la esperanza. Pero, si no estaba allí por el niño, ¿Qué quería de ella?
Pedro trató de calmarse. Estaba furioso desde que había recibido el informe aquella mañana, y su furia se debía a que Paula viviera en ese barrio, a que estuviera con un hombre que se negaba a cuidar de ella y su hijo, y a que él, se preocupara por ella. Se maldijo por su estupidez. Ella lo había dejado en la estacada y había seguido con su vida. El debiera hacer lo mismo. Su dignidad y su honor así se lo exigían. Y lo haría cuando averiguara todo lo que quería saber sobre aquellos meses en blanco. Sin embargo, la sensación de conexión íntima persistía y era más intensa que la fría lógica alrededor de la cual giraba su vida.
jueves, 8 de agosto de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 12
Paula se envolvió en el abrigo al salir del hotel por la salida de servicio. Era de segunda mano y le servía para combatir el frío de Melbourne, pero le estaba grande y no la protegía del todo. Al mirar el cielo encapotado, aceleró el paso para no mojarse. Si tenía suerte, el tren sería puntual y llegaría a casa a una hora razonable. Deseaba estar tranquilamente con Nicolás; después, darse un largo baño, acostarse y dormir profundamente, aunque sabía que lo más probable era que se pasara la noche en vela, dando vueltas en la cama. Había estado todo el día como atontada, trabajando como una autómata salvo cuando la vista de un hombre alto y de pelo oscuro o una llamada inesperada le helaba la sangre. Había esperado que él fuera a buscarla. Si no la noche anterior, cuando lo había dejado en la estacada, al día siguiente. Él sabía dónde trabajaba.
Paula tuvo el presentimiento de que estaba esperando el momento oportuno. Lo único que podía querer era a Nicolás, a su precioso hijo. ¿Qué otra cosa podía haberle hecho viajar desde Italia? Y un hombre con sus recursos conseguía todo lo que quería. No se hacía ilusiones de que estuviera allí por otros motivos. Para él, la noche anterior sólo había supuesto una oportunidad de tener sexo. Le debía de pesar la ausencia de su esposa. Sintió un sabor amargo en la boca, la invadió la vergüenza y bajó la cabeza. ¡Ni siquiera se había acordado de que estaba unido a otra mujer! Su presencia la había retrotraído a una época en que ella era suya, en cuerpo y alma, en que creía que él era suyo. Antes de que se casara con aquella heredera de sangre azul. Sintió pesar al darse cuenta de lo cerca que había estado de unir su estupidez a una acción que hubiera destruido sus principios. Estaba furiosa y decepcionada; con él, por haberla utilizado para satisfacer sus necesidades físicas, por no ser el hombre honorable que creía; consigo misma, por haber dejado a un lado su orgullo y sus principios al dejar que la abrazara. Pero era la última vez que hacía el ridículo. Además, él había renunciado a sus derechos al... Un hombre se interponía en su camino. Trató de esquivarlo, pero él se movió al mismo tiempo obligándola a detenerse. Paula le miró la cara morena y el pelo entrecano. Estaba segura de haberlo visto antes.
-Scusi, signorina. Por aquí, por favor.
Paula se dió la vuelta y vio una limusina con los cristales tintados y la puerta de atrás abierta. Se le aceleró el pulso al ver unas largas piernas masculinas en el interior. Lo único que le faltaba era estar en un espacio tan reducido con Pedro Alfonso.
—¿Es una broma? —murmuró mientras retrocedía.
El italiano se le acercó más para conducirla hacia el vehículo. Ella se negó a moverse. Miró a su alrededor con la esperanza de que la calle estuviera llena de gente, pero las pocas personas que había corrían en busca de refugio porque comenzaban a caer gruesas gotas.
—¿Por qué no te montas antes de que se empapen los dos? —preguntó una voz fría desde la limusina.
-Prefiero empaparme a montarme en un coche contigo.
-Me parece que eres una egoísta al obligar a Bruno a sufrir tu misma suerte a causa de tu orgullo.
El hombre se movió. Paula lo miró mientras se preguntaba si tendría alguna posibilidad de huir. Tenía la constitución de un jugador de rugby y la falta de expresión de su cara era la que correspondía a un guardaespaldas de alguien rico y famoso.
-No te dejes impresionar por su aspecto, Paula —prosiguió la voz desde el interior de la limusina—. Está débil porque acaba de tener bronquitis. Y no me gustaría que sufriera una recaída. Y a tí tampoco haber sido la causante — Pedro se había deslizado hasta el borde del asiento y la miraba con expresión inescrutable—. Su esposa me despellejaría vivo si volviera a casa con neumonía.
A pesar de la furia que sentía, Paula estuvo a punto de sonreír. En otra época, el sentido del humor de Pedro había sido una de las cosas que la había atraído de él. Casi lo había olvidado.
-Creía que tu estilo era más el chantaje o las amenazas que apelar a mi conciencia —se burló ella mientras la lluvia se le colaba por el cuello del abrigo.
Pero no se inmutó. Pedro le dijo algo a Bruno y éste se apartó de ella. Antes de que pudiera salir corriendo, dijo con suavidad:
-Siento lo de anoche, Paula. No estaba en mis planes.
Esperó a que ella le respondiera, pero Paula se negó a hacerlo. Si él consideraba que aquello era una disculpa, tenía mucho que aprender. Se mantuvo rígida ante sus ojos escrutadores y pensó que, bajo la falta de expresión de su cara, se ocultaba una ira tan grande como la suya. Pues peor para él. Alzó la barbilla con decisión.
-Pero, si eso es lo que quieres, estoy seguro de que a la dirección del hotel le interesarán las imágenes de anoche de la cámara de seguridad del vestíbulo de la suite presidencial y las del ascensor. Si las revisan, les resultarán de lo mas esclarecedoras.
—¡No te atreverás! —se quedó sin respiración, como si le hubieran dado un golpe. En la cinta se la vería saliendo de la suite de madrugada como si fuera una... una...
—¿Eso crees? Estoy seguro de que desaprueban que los empleados ofrezcan servicios «personales» a los huéspedes.
-No te estaba ofreciendo un servicio...
-Da igual lo que estuvieras haciendo, Paula. Lo único que importa es lo que indican las pruebas —se recostó en el asiento con un brillo petulante en la mirada.
Si alguien decidía ver las imágenes, la despedirían. Se estremeció, pero no a causa del frío de la lluvia. Necesitaba ese trabajo para mantener a Leo. Era difícil conseguir un buen puesto si no se estaba cualificado. ¿Cumpliría Pedro la amenaza? En otro tiempo creyó que lo conocía, confió en él e incluso pensó que se estaba enamorando de ella. ¡Qué ingenua había sido! Había aprendido por las malas a no confiar en sus juicios sobre él, que lo mejor era suponerlo capaz de cualquier cosa para salirse con la suya. Era su enemigo y ponía en peligro la vida que había comenzado a crear, su independencia e incluso a su hijo.
Paula tuvo el presentimiento de que estaba esperando el momento oportuno. Lo único que podía querer era a Nicolás, a su precioso hijo. ¿Qué otra cosa podía haberle hecho viajar desde Italia? Y un hombre con sus recursos conseguía todo lo que quería. No se hacía ilusiones de que estuviera allí por otros motivos. Para él, la noche anterior sólo había supuesto una oportunidad de tener sexo. Le debía de pesar la ausencia de su esposa. Sintió un sabor amargo en la boca, la invadió la vergüenza y bajó la cabeza. ¡Ni siquiera se había acordado de que estaba unido a otra mujer! Su presencia la había retrotraído a una época en que ella era suya, en cuerpo y alma, en que creía que él era suyo. Antes de que se casara con aquella heredera de sangre azul. Sintió pesar al darse cuenta de lo cerca que había estado de unir su estupidez a una acción que hubiera destruido sus principios. Estaba furiosa y decepcionada; con él, por haberla utilizado para satisfacer sus necesidades físicas, por no ser el hombre honorable que creía; consigo misma, por haber dejado a un lado su orgullo y sus principios al dejar que la abrazara. Pero era la última vez que hacía el ridículo. Además, él había renunciado a sus derechos al... Un hombre se interponía en su camino. Trató de esquivarlo, pero él se movió al mismo tiempo obligándola a detenerse. Paula le miró la cara morena y el pelo entrecano. Estaba segura de haberlo visto antes.
-Scusi, signorina. Por aquí, por favor.
Paula se dió la vuelta y vio una limusina con los cristales tintados y la puerta de atrás abierta. Se le aceleró el pulso al ver unas largas piernas masculinas en el interior. Lo único que le faltaba era estar en un espacio tan reducido con Pedro Alfonso.
—¿Es una broma? —murmuró mientras retrocedía.
El italiano se le acercó más para conducirla hacia el vehículo. Ella se negó a moverse. Miró a su alrededor con la esperanza de que la calle estuviera llena de gente, pero las pocas personas que había corrían en busca de refugio porque comenzaban a caer gruesas gotas.
—¿Por qué no te montas antes de que se empapen los dos? —preguntó una voz fría desde la limusina.
-Prefiero empaparme a montarme en un coche contigo.
-Me parece que eres una egoísta al obligar a Bruno a sufrir tu misma suerte a causa de tu orgullo.
El hombre se movió. Paula lo miró mientras se preguntaba si tendría alguna posibilidad de huir. Tenía la constitución de un jugador de rugby y la falta de expresión de su cara era la que correspondía a un guardaespaldas de alguien rico y famoso.
-No te dejes impresionar por su aspecto, Paula —prosiguió la voz desde el interior de la limusina—. Está débil porque acaba de tener bronquitis. Y no me gustaría que sufriera una recaída. Y a tí tampoco haber sido la causante — Pedro se había deslizado hasta el borde del asiento y la miraba con expresión inescrutable—. Su esposa me despellejaría vivo si volviera a casa con neumonía.
A pesar de la furia que sentía, Paula estuvo a punto de sonreír. En otra época, el sentido del humor de Pedro había sido una de las cosas que la había atraído de él. Casi lo había olvidado.
-Creía que tu estilo era más el chantaje o las amenazas que apelar a mi conciencia —se burló ella mientras la lluvia se le colaba por el cuello del abrigo.
Pero no se inmutó. Pedro le dijo algo a Bruno y éste se apartó de ella. Antes de que pudiera salir corriendo, dijo con suavidad:
-Siento lo de anoche, Paula. No estaba en mis planes.
Esperó a que ella le respondiera, pero Paula se negó a hacerlo. Si él consideraba que aquello era una disculpa, tenía mucho que aprender. Se mantuvo rígida ante sus ojos escrutadores y pensó que, bajo la falta de expresión de su cara, se ocultaba una ira tan grande como la suya. Pues peor para él. Alzó la barbilla con decisión.
-Pero, si eso es lo que quieres, estoy seguro de que a la dirección del hotel le interesarán las imágenes de anoche de la cámara de seguridad del vestíbulo de la suite presidencial y las del ascensor. Si las revisan, les resultarán de lo mas esclarecedoras.
—¡No te atreverás! —se quedó sin respiración, como si le hubieran dado un golpe. En la cinta se la vería saliendo de la suite de madrugada como si fuera una... una...
—¿Eso crees? Estoy seguro de que desaprueban que los empleados ofrezcan servicios «personales» a los huéspedes.
-No te estaba ofreciendo un servicio...
-Da igual lo que estuvieras haciendo, Paula. Lo único que importa es lo que indican las pruebas —se recostó en el asiento con un brillo petulante en la mirada.
Si alguien decidía ver las imágenes, la despedirían. Se estremeció, pero no a causa del frío de la lluvia. Necesitaba ese trabajo para mantener a Leo. Era difícil conseguir un buen puesto si no se estaba cualificado. ¿Cumpliría Pedro la amenaza? En otro tiempo creyó que lo conocía, confió en él e incluso pensó que se estaba enamorando de ella. ¡Qué ingenua había sido! Había aprendido por las malas a no confiar en sus juicios sobre él, que lo mejor era suponerlo capaz de cualquier cosa para salirse con la suya. Era su enemigo y ponía en peligro la vida que había comenzado a crear, su independencia e incluso a su hijo.
Pasión Imborrable: Capítulo 11
Pedro estaba en la terraza de la suite mirando la calle y a las personas que iban a trabajar. Era la hora punta de la mañana, y él ya llevaba trabajando varias horas. Solía empezar temprano y acabar tarde. Pero esa mañana... Se pasó una mano por el pelo, enfadado. Había dormido incluso menos de lo habitual, acosado por sueños tentadores de miembros entrelazados con los suyos, de ojos azules que lo invitaban a la satisfacción sexual. Cada vez que se había despertado, sudando, jadeante y totalmente excitado, lo había hecho porque, en el sueño, Paula huía en vez de permitirles la satisfacción que ambos anhelaban. Se pasó la mano por la cara recién afeitada. Incluso en sueños, ella se negaba. No podía creerse que se hubiera marchado, sobre todo después de percibir el deseo que había en ella, tan devorador como el suyo. Era un milagro que la ropa de ambos no se hubiera desintegrado debido al ardor de su pasión. ¿Sería una táctica para provocarlo, para hacer que quisiera más y después dejarlo lleno de deseo? ¿Qué esperaba ganar con ello? Negó con la cabeza. Ninguna mujer era tan buena actriz. Además, él se sabía todos los trucos que empleaban las mujeres que se dedicaban a maquinar, y Paula no había fingido la excitación. De ninguna manera: a él lo había deseado. Entonces, ¿Por qué lo negó? Tenía que haberse tomado las cosas con calma en vez de dar rienda suelta a su deseo.
La noche anterior no había actuado racionalmente. La había asustado. Se leía la desesperación en sus ojos mientras retrocedía hacia la puerta, e incluso le pareció que le brillaban en exceso. Sintió una punzada de remordimiento yfrunció el ceño. Su equipo de seguridad le había asegurado que ella había llegado a casa sana y salva, sin darse cuenta de que la seguían. Pero se sentía culpable: había huido por su culpa. Se volvió a pasar la mano por la cara. No recordaba haber actuado antes de forma tan irreflexiva. ¿Se había comportado con ella siempre así? La pregunta lo fascinaba, pero desconocer la respuesta le ponía furioso. Estaba muy cerca, pero las respuestas continuaban siéndole esquivas.
El sonido del teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Era Bruno, el jefe de seguridad, para informarle de los movimientos de Paula aquella mañana. Pedro le dió una orden y, quitándose el teléfono de la oreja, esperó a que llegara la imagen que Bruno le enviaba. Ahí estaba. Paula con el traje oscuro que ya conocía. Pero lo que le llamó la atención fue el bulto que llevaba en los brazos: un bebé. ¡Paula tenía un hijo! Pedro se quedó sin respiración mientras miraba la imagen, incrédulo. ¿De quién era? ¿Del novio del que se había separado? ¿De otro hombre? ¿De un amante duradero o de uno pasajero? Sus turbulentos pensamientos le produjeron dolor al principio, pero, después, experimentó otra emoción que amenazaba con ahogarlo: furia, ira porque ella hubiera estado con otro hombre. No le importaba cómo o por qué ellos dos se hubieran separado porque todos sus instintos le decían que Paula le pertenecía. ¿No había quedado claro después de la noche anterior? La intensidad de su pasión convertía en insignificante cualquier otra relación. Había ido a buscar respuestas, pero se había dado cuenta de que no le bastaban. También la quería durante el tiempo que la atracción entre ellos durara. Verla cómo llevaba en brazos al hijo de otro lo quemaba por dentro, y eso hubiera debido curarlo de la lujuria. Pero, en lugar de ello, experimentó lan irrefrenable necesidad de descubrir la identidad del padre y destrozarle la cara.
La noche anterior no había actuado racionalmente. La había asustado. Se leía la desesperación en sus ojos mientras retrocedía hacia la puerta, e incluso le pareció que le brillaban en exceso. Sintió una punzada de remordimiento yfrunció el ceño. Su equipo de seguridad le había asegurado que ella había llegado a casa sana y salva, sin darse cuenta de que la seguían. Pero se sentía culpable: había huido por su culpa. Se volvió a pasar la mano por la cara. No recordaba haber actuado antes de forma tan irreflexiva. ¿Se había comportado con ella siempre así? La pregunta lo fascinaba, pero desconocer la respuesta le ponía furioso. Estaba muy cerca, pero las respuestas continuaban siéndole esquivas.
El sonido del teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Era Bruno, el jefe de seguridad, para informarle de los movimientos de Paula aquella mañana. Pedro le dió una orden y, quitándose el teléfono de la oreja, esperó a que llegara la imagen que Bruno le enviaba. Ahí estaba. Paula con el traje oscuro que ya conocía. Pero lo que le llamó la atención fue el bulto que llevaba en los brazos: un bebé. ¡Paula tenía un hijo! Pedro se quedó sin respiración mientras miraba la imagen, incrédulo. ¿De quién era? ¿Del novio del que se había separado? ¿De otro hombre? ¿De un amante duradero o de uno pasajero? Sus turbulentos pensamientos le produjeron dolor al principio, pero, después, experimentó otra emoción que amenazaba con ahogarlo: furia, ira porque ella hubiera estado con otro hombre. No le importaba cómo o por qué ellos dos se hubieran separado porque todos sus instintos le decían que Paula le pertenecía. ¿No había quedado claro después de la noche anterior? La intensidad de su pasión convertía en insignificante cualquier otra relación. Había ido a buscar respuestas, pero se había dado cuenta de que no le bastaban. También la quería durante el tiempo que la atracción entre ellos durara. Verla cómo llevaba en brazos al hijo de otro lo quemaba por dentro, y eso hubiera debido curarlo de la lujuria. Pero, en lugar de ello, experimentó lan irrefrenable necesidad de descubrir la identidad del padre y destrozarle la cara.
Pasión Imborrable: Capítulo 10
Ella le golpeó las manos para que las retirara mientras trataba de escapar y tropezaba con un zapato. Su autoestima se había hecho añicos. Trató de bajarse la falda con manos temblorosas. No veía con claridad.
-Deja que te ayude.
—¡No! —se dio la vuelta para mirarlo mientras extendía los brazos para que no se le acercara.
A pesar de que Pedro tenía carmín en la cara y la camisa abierta, parecía poderoso y tranquilo, y más sexy de lo que le debería estar permitido a un hombre. Pero Paula se fijó en cómo le subía y bajaba el pecho, cómo le sobresalían los tendones del cuello y se le habían tensado los músculos de la cara. Estaba colorado y respiraba con dificultad: pruebas de pura lujuria animal. Eso era lo único que siempre había sentido por ella. ¿Cuándo aprendería? Se dió asco. Sentía un peso tan grande en el corazón que respirar era una agonía. Pero fue peor darse cuenta de lo que había hecho. Un beso... un beso y había comenzado a tirarle de la camisa, desesperada por sentir su cuerpo contra el de él, incitándola a hacerla suya. Había provocado su propia degradación. Y le había vuelto a demostrar que era un consumado seductor, lo cual no era ninguna excusa, pues tenía que haber podido resistirse. ¿Dónde estaba su autoestima?
—No me toques —susurró ella mientras se bajaba la falda. De forma involuntaria se le tensaron los músculos internos. Su traicionero cuerpo seguía dispuesto a ser tomado. Saberlo eliminó los últimos restos de su orgullo.
-Va bene. Como quieras —el brillo salvaje de sus ojos era una advertencia de que no estaba dispuesto a que lo siguiera contrariando durante mucho tiempo—. De momento, vamos a hablar.
Paula sintió que la garganta le ardía y desvió la vista, incapaz de seguir soportando su mirada escrutadora. Comenzó a andar lentamente. Él no la siguió, sino que se quedó donde estaba, con los brazos en jarras, como si estuviera esperando a que ella entrara en razón.
—Tenemos que hablar, Paula.
De ninguna manera. Ya habían hablado bastante por una noche. Se dio cuenta de que tenía la blusa abierta y se le veía el sujetador. ¿Cómo había sido? Se la abrochó y lanzó una mirada acusadora a Pedro, pero éste no dijo nada y se limitó a cruzar los brazos. A pesar de su inmovilidad, Paula no pudo librarse de la impresión de que sólo esperaba para abalanzarse sobre ella. ¿Tendría la suficiente determinación para detenerlo la próxima vez?
-No voy a quedarme para que me vuelvas a atacar.
—¡Atacarte! Ni en sueños. Te morías por que te tocara.
Sus palabras arrogantes fueron la gota que hizo rebosar el vaso, porque eran ciertas. Ella era débil y nada la protegería de él, nada salvo marcarse un farol.
-Sentía curiosidad, eso es todo. Además, hacía tiempo que no...
—¿Te has estado reservando, cara?
El tono de su voz le urgía a asentir y a declarar que no había habido nadie más después de él. ¿No estaría encantado? Paula se sintió llena de furia, de ira ante el hombre que le había arrebatado la inocencia, el amor y la confianza y que creía que podía volver a tenerla simplemente chasqueando los dedos.
-No —mintió y apartó la mirada.
La tenía subyugada. ¿Qué sería necesario para que dejara de perseguirla? La desesperación la llevó a soltar lo primero que se le ocurrió.
-He discutido con mi novio y...
—¿Tu novio? —gritó él—. ¿Lo echabas de menos? ¡No me irás a decir que estabas pensando en él hace un momento!
—¿Por qué no?
-No te creo.
Pero había sembrado en él la semilla de la duda, lo cual era evidente por su repentina palidez. Paula experimentó una leve sensación de triunfo. Tal vez pudiera finalmente protegerse de él.
-Puede creer lo que quiera, conde Alfonso.
-No uses el título conmigo —le espetó él—. No soy un desconocido —al ver que ella no respondía sino que daba algunos pasos más hacia el vestíbulo, añadió en tono de desaprobación—: No pensarás salir con ese aspecto.
Estaba despeinada, descalza y medio vestida. Tenía los labios hinchados por la intensidad de la pasión compartida y los pezones se le notaban desvergonzadamente a través de la blusa. Cualquiera que la viera sabría lo que había hecho. Tenía que elegir: o salir de forma ignominiosa de la suite con aspecto de libertina o hablar con Pedro. Antes de que él pudiera dar un paso, le dijo:
-Ya verás.
-Deja que te ayude.
—¡No! —se dio la vuelta para mirarlo mientras extendía los brazos para que no se le acercara.
A pesar de que Pedro tenía carmín en la cara y la camisa abierta, parecía poderoso y tranquilo, y más sexy de lo que le debería estar permitido a un hombre. Pero Paula se fijó en cómo le subía y bajaba el pecho, cómo le sobresalían los tendones del cuello y se le habían tensado los músculos de la cara. Estaba colorado y respiraba con dificultad: pruebas de pura lujuria animal. Eso era lo único que siempre había sentido por ella. ¿Cuándo aprendería? Se dió asco. Sentía un peso tan grande en el corazón que respirar era una agonía. Pero fue peor darse cuenta de lo que había hecho. Un beso... un beso y había comenzado a tirarle de la camisa, desesperada por sentir su cuerpo contra el de él, incitándola a hacerla suya. Había provocado su propia degradación. Y le había vuelto a demostrar que era un consumado seductor, lo cual no era ninguna excusa, pues tenía que haber podido resistirse. ¿Dónde estaba su autoestima?
—No me toques —susurró ella mientras se bajaba la falda. De forma involuntaria se le tensaron los músculos internos. Su traicionero cuerpo seguía dispuesto a ser tomado. Saberlo eliminó los últimos restos de su orgullo.
-Va bene. Como quieras —el brillo salvaje de sus ojos era una advertencia de que no estaba dispuesto a que lo siguiera contrariando durante mucho tiempo—. De momento, vamos a hablar.
Paula sintió que la garganta le ardía y desvió la vista, incapaz de seguir soportando su mirada escrutadora. Comenzó a andar lentamente. Él no la siguió, sino que se quedó donde estaba, con los brazos en jarras, como si estuviera esperando a que ella entrara en razón.
—Tenemos que hablar, Paula.
De ninguna manera. Ya habían hablado bastante por una noche. Se dio cuenta de que tenía la blusa abierta y se le veía el sujetador. ¿Cómo había sido? Se la abrochó y lanzó una mirada acusadora a Pedro, pero éste no dijo nada y se limitó a cruzar los brazos. A pesar de su inmovilidad, Paula no pudo librarse de la impresión de que sólo esperaba para abalanzarse sobre ella. ¿Tendría la suficiente determinación para detenerlo la próxima vez?
-No voy a quedarme para que me vuelvas a atacar.
—¡Atacarte! Ni en sueños. Te morías por que te tocara.
Sus palabras arrogantes fueron la gota que hizo rebosar el vaso, porque eran ciertas. Ella era débil y nada la protegería de él, nada salvo marcarse un farol.
-Sentía curiosidad, eso es todo. Además, hacía tiempo que no...
—¿Te has estado reservando, cara?
El tono de su voz le urgía a asentir y a declarar que no había habido nadie más después de él. ¿No estaría encantado? Paula se sintió llena de furia, de ira ante el hombre que le había arrebatado la inocencia, el amor y la confianza y que creía que podía volver a tenerla simplemente chasqueando los dedos.
-No —mintió y apartó la mirada.
La tenía subyugada. ¿Qué sería necesario para que dejara de perseguirla? La desesperación la llevó a soltar lo primero que se le ocurrió.
-He discutido con mi novio y...
—¿Tu novio? —gritó él—. ¿Lo echabas de menos? ¡No me irás a decir que estabas pensando en él hace un momento!
—¿Por qué no?
-No te creo.
Pero había sembrado en él la semilla de la duda, lo cual era evidente por su repentina palidez. Paula experimentó una leve sensación de triunfo. Tal vez pudiera finalmente protegerse de él.
-Puede creer lo que quiera, conde Alfonso.
-No uses el título conmigo —le espetó él—. No soy un desconocido —al ver que ella no respondía sino que daba algunos pasos más hacia el vestíbulo, añadió en tono de desaprobación—: No pensarás salir con ese aspecto.
Estaba despeinada, descalza y medio vestida. Tenía los labios hinchados por la intensidad de la pasión compartida y los pezones se le notaban desvergonzadamente a través de la blusa. Cualquiera que la viera sabría lo que había hecho. Tenía que elegir: o salir de forma ignominiosa de la suite con aspecto de libertina o hablar con Pedro. Antes de que él pudiera dar un paso, le dijo:
-Ya verás.
Pasión Imborrable: Capítulo 9
Pero su mente se había embarcado en una batalla perdida, pues su cuerpo ya había capitulado.
—!Yo! —tenía que escapar, que mantenerse firme—. No quiero...
Era demasiado tarde. Guiado por el instinto infalible de un depredador nato, Pedro aprovechó su momentáneo descuido e introdujo la lengua en su boca abierta. Paula se quedó sin respiración mientras lo que la rodeaba estallaba en mil pedazos. Él le acarició la lengua y la parte interna de las mejillas. La sujetó con fuerza por la nuca e inclinó más la cabeza para poder entrar más adentro con una lenta meticulosidad que hizo que ella se estremeciera. Paula le agarró los hombros con fuerza. Dejó de sentir pánico. Movió la boca con precaución al mismo tiempo que la de él, siguiendo la danza del deseo que muchas otras veces habían bailado. Imitó los movimientos masculinos y, lentamente, como si se despertara de un periodo de hibernación, sintió que la fuerza de la vida le estallaba en las venas. Pronto comenzó a responder a las exigencias de él con las suyas propias. Estaba en la gloria. Deslizó las manos de los hombros al cuello y de allí a su pelo corto, que acarició con dedos desesperados. Él era real, sólido, maravilloso, no el efímero fantasma de sus sueños. Lo necesitaba cerca, más cerca, para satisfacer su reavivado deseo que le pedía más. Embriagada, recordó a medias a Alessandro dándole placer, abrazándola con fuerza como si nunca fuera a soltarla, la chispa instantánea de reconocimiento y comprensión que se había producido entre ambos cuando se vieron. Pero eran sombras de recuerdos porque se hallaba enfrascada en volver a aprender cómo era Pedro, cómo eran su pelo, sus labios y su lengua, el acero caliente de sus brazos en torno a ella, los músculos y huesos de su largo cuerpo, su sabor y olor. Se apoyó en él, deleitándose al sentir sus senos contra el duro pecho masculino. Se puso de puntillas para conseguir más, para aproximarse más a él, para perderse en el lujo y la excitación de sus besos.
Pedro lanzó un gemido apagado mientras la rodeaba con el otro brazo por las nalgas y la levantaba del suelo. Paula se entregó a cada una de las exquisitas sensaciones que experimentaba: la unión de sus bocas, la formidable fuerza que la envolvía, la piel ardiente bajo sus dedos mientras le acariciaba la mandíbula y las mejillas. Él comenzó a andar hasta que ella sintió algo sólido contra la espalda. ¿Una pared? ¿Un sofá? Había perdido el sentido de la orientación. Él inclinó las caderas y el deseo estalló en ella. La pelvis de ambos se hallaban perfectamente alineadas, el pesado bulto de los pantalones masculinos anunciaba el placer que llegaría. Ella comenzó a sentir un latido punzante entre las piernas, una necesidad a flor de piel que la hacía retorcerse de anticipación.
—¡Cómo me tientas! ¡Como una sirena! —murmuró él con voz ronca.
Paula echó la cabeza hacia atrás e inspiró con fuerza. Pedro le besó ardientemente la cara y el cuello y cada beso provocó una pequeña explosión de placer en el tenso cuerpo de ella Y el no dejaba de empujarla con su cuerpo como si pudiera deshacer la barrera formada por la ropa de ambos y provocar el éxtasis que anhelaban. Bajó la mano hasta el muslo de ella para agarrarle la falda y subírsela. Abrió la boca porque presentía vagamente que debería protestar, pero él volvió a introducirle la lengua, dejándola sin respiración y sin capacidad para pensar. Y volvió a darle placer con un beso tan dulce y tan exigente a la vez que aniquiló los últimos restos de resistencia por parte de ella, que alzó las piernas y le rodeó las caderas. El deseo agridulce que experimentaba entre las piernas y, aún más profundamente, en el vientre se convirtió en un latido regular. Apretó con fuerza las caderas de él con las piernas. Y él, como si la hubiera entendido, se apretó más contra ella y llevó su erección justamente hasta... allí. ¡Sí! Era lo que ella quería, que le calentara el cuerpo y el alma que llevaban tanto tiempo helados. Las grandes manos masculinas bajaron por debajo de su falda arrugada y después le subieron por los muslos hasta tocarle la piel desnuda y temblorosa.
—Llevas medias —murmuró él—. Tu forma de vestir volvería loco a cualquier hombre.
Ella no lo escuchaba. Sintió su aliento en sus labios, pero no entendió lo que decía, sólo su tono de aprobación. Le desabrochó la pajarita, desesperada por sentir su piel en las manos. Los dedos masculinos se deslizaron por sus muslos. Se retorció mientras le tiraba de la camisa hasta que consiguió rompérsela y que se abriera. Él manifestó su aprobación con un torrente de palabras italianas, pero apenas se dió cuenta, pues se hallaba en el paraíso mientras le acariciaba el vello y la piel y sentía los rápidos latidos de su corazón. El movió las manos y le rozó con los nudillos la tela húmeda de las bragas.
—Cara, sabía que lo deseabas tanto como yo —le introdujo los dedos por debajo de la goma mientras trataba de quitarse el cinturón.
La dura e implacable realidad reapareció para ella en un momento de helada claridad. La embriagadora excitación se evaporó mientras la mente comenzaba a funcionarle ¿Lo produjo la ansiosa caricia de sus dedos en el más íntimo de todos los lugares? ¿La forma experimentada en que se había desabrochado los pantalones? ¿La petulante satisfacción de su voz? Su mente le gritó indignada que ni siquiera la deseaba a ella, sino sólo sexo, una satisfacción física, y que cualquier mujer le serviría, pero era ella la que estaba disponible. Más que eso, dispuesta, desesperada por tenerlo. Horrorizada, se quedó inmóvil. ¿Qué había hecho? Consentir que su soledad y los recuerdos de la felicidad que habían compartido la dejaran caer en una tentación que la destruiría.
—¡No! ¡Para! —avergonzada, lo empujó con todas sus fuerzas mientras se retorcía para apartarle las manos y bajar las piernas—. ¡Suéltame!
Se movió de forma tan inesperada que él no pudo impedírselo e incluso se retiró unos centímetros preciosos que permitieron que ella bajara las piernas, y fue entonces, al poner los pies en el suelo, cuando se dio cuenta que lo que tenía detrás era una pared. Tuvo que esforzarse en controlar el temblor de sus piernas para no caerse. Él había estado a punto de tomarla contra una pared de su suite! ¡Y completamente vestida! Después de todo lo que había pasado, ¿Cómo podía haber sido tan débil?
-Paula...
—!Yo! —tenía que escapar, que mantenerse firme—. No quiero...
Era demasiado tarde. Guiado por el instinto infalible de un depredador nato, Pedro aprovechó su momentáneo descuido e introdujo la lengua en su boca abierta. Paula se quedó sin respiración mientras lo que la rodeaba estallaba en mil pedazos. Él le acarició la lengua y la parte interna de las mejillas. La sujetó con fuerza por la nuca e inclinó más la cabeza para poder entrar más adentro con una lenta meticulosidad que hizo que ella se estremeciera. Paula le agarró los hombros con fuerza. Dejó de sentir pánico. Movió la boca con precaución al mismo tiempo que la de él, siguiendo la danza del deseo que muchas otras veces habían bailado. Imitó los movimientos masculinos y, lentamente, como si se despertara de un periodo de hibernación, sintió que la fuerza de la vida le estallaba en las venas. Pronto comenzó a responder a las exigencias de él con las suyas propias. Estaba en la gloria. Deslizó las manos de los hombros al cuello y de allí a su pelo corto, que acarició con dedos desesperados. Él era real, sólido, maravilloso, no el efímero fantasma de sus sueños. Lo necesitaba cerca, más cerca, para satisfacer su reavivado deseo que le pedía más. Embriagada, recordó a medias a Alessandro dándole placer, abrazándola con fuerza como si nunca fuera a soltarla, la chispa instantánea de reconocimiento y comprensión que se había producido entre ambos cuando se vieron. Pero eran sombras de recuerdos porque se hallaba enfrascada en volver a aprender cómo era Pedro, cómo eran su pelo, sus labios y su lengua, el acero caliente de sus brazos en torno a ella, los músculos y huesos de su largo cuerpo, su sabor y olor. Se apoyó en él, deleitándose al sentir sus senos contra el duro pecho masculino. Se puso de puntillas para conseguir más, para aproximarse más a él, para perderse en el lujo y la excitación de sus besos.
Pedro lanzó un gemido apagado mientras la rodeaba con el otro brazo por las nalgas y la levantaba del suelo. Paula se entregó a cada una de las exquisitas sensaciones que experimentaba: la unión de sus bocas, la formidable fuerza que la envolvía, la piel ardiente bajo sus dedos mientras le acariciaba la mandíbula y las mejillas. Él comenzó a andar hasta que ella sintió algo sólido contra la espalda. ¿Una pared? ¿Un sofá? Había perdido el sentido de la orientación. Él inclinó las caderas y el deseo estalló en ella. La pelvis de ambos se hallaban perfectamente alineadas, el pesado bulto de los pantalones masculinos anunciaba el placer que llegaría. Ella comenzó a sentir un latido punzante entre las piernas, una necesidad a flor de piel que la hacía retorcerse de anticipación.
—¡Cómo me tientas! ¡Como una sirena! —murmuró él con voz ronca.
Paula echó la cabeza hacia atrás e inspiró con fuerza. Pedro le besó ardientemente la cara y el cuello y cada beso provocó una pequeña explosión de placer en el tenso cuerpo de ella Y el no dejaba de empujarla con su cuerpo como si pudiera deshacer la barrera formada por la ropa de ambos y provocar el éxtasis que anhelaban. Bajó la mano hasta el muslo de ella para agarrarle la falda y subírsela. Abrió la boca porque presentía vagamente que debería protestar, pero él volvió a introducirle la lengua, dejándola sin respiración y sin capacidad para pensar. Y volvió a darle placer con un beso tan dulce y tan exigente a la vez que aniquiló los últimos restos de resistencia por parte de ella, que alzó las piernas y le rodeó las caderas. El deseo agridulce que experimentaba entre las piernas y, aún más profundamente, en el vientre se convirtió en un latido regular. Apretó con fuerza las caderas de él con las piernas. Y él, como si la hubiera entendido, se apretó más contra ella y llevó su erección justamente hasta... allí. ¡Sí! Era lo que ella quería, que le calentara el cuerpo y el alma que llevaban tanto tiempo helados. Las grandes manos masculinas bajaron por debajo de su falda arrugada y después le subieron por los muslos hasta tocarle la piel desnuda y temblorosa.
—Llevas medias —murmuró él—. Tu forma de vestir volvería loco a cualquier hombre.
Ella no lo escuchaba. Sintió su aliento en sus labios, pero no entendió lo que decía, sólo su tono de aprobación. Le desabrochó la pajarita, desesperada por sentir su piel en las manos. Los dedos masculinos se deslizaron por sus muslos. Se retorció mientras le tiraba de la camisa hasta que consiguió rompérsela y que se abriera. Él manifestó su aprobación con un torrente de palabras italianas, pero apenas se dió cuenta, pues se hallaba en el paraíso mientras le acariciaba el vello y la piel y sentía los rápidos latidos de su corazón. El movió las manos y le rozó con los nudillos la tela húmeda de las bragas.
—Cara, sabía que lo deseabas tanto como yo —le introdujo los dedos por debajo de la goma mientras trataba de quitarse el cinturón.
La dura e implacable realidad reapareció para ella en un momento de helada claridad. La embriagadora excitación se evaporó mientras la mente comenzaba a funcionarle ¿Lo produjo la ansiosa caricia de sus dedos en el más íntimo de todos los lugares? ¿La forma experimentada en que se había desabrochado los pantalones? ¿La petulante satisfacción de su voz? Su mente le gritó indignada que ni siquiera la deseaba a ella, sino sólo sexo, una satisfacción física, y que cualquier mujer le serviría, pero era ella la que estaba disponible. Más que eso, dispuesta, desesperada por tenerlo. Horrorizada, se quedó inmóvil. ¿Qué había hecho? Consentir que su soledad y los recuerdos de la felicidad que habían compartido la dejaran caer en una tentación que la destruiría.
—¡No! ¡Para! —avergonzada, lo empujó con todas sus fuerzas mientras se retorcía para apartarle las manos y bajar las piernas—. ¡Suéltame!
Se movió de forma tan inesperada que él no pudo impedírselo e incluso se retiró unos centímetros preciosos que permitieron que ella bajara las piernas, y fue entonces, al poner los pies en el suelo, cuando se dio cuenta que lo que tenía detrás era una pared. Tuvo que esforzarse en controlar el temblor de sus piernas para no caerse. Él había estado a punto de tomarla contra una pared de su suite! ¡Y completamente vestida! Después de todo lo que había pasado, ¿Cómo podía haber sido tan débil?
-Paula...
jueves, 1 de agosto de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 8
-¡Pedro! —exclamó ella con voz ronca por la sorpresa.
Él se detuvo. El sonido de su nombre en boca de ella le resultaba profundamente familiar. Todo en ella le resultaba conocido, la forma en que su cuerpo se acoplaba al de él, su atractivo femenino al sujetarla contra sí. Trató de no apresurarse, de actuar con sensatez. Pero desde el momento en que ella había entrado, todo había cambiado. Su precaución y su respeto por los detalles de la buena conducta social se habían evaporado. Se sentía arrastrado por un instinto primario que anulaba la lógica y las convenciones. La tenía sujeta muy cerca de sí. Sus senos se apoyaban en el torso de él y las caderas de ambos se tocaban. Al llegar, fatigada pero desafiante, él había puesto en duda la necesidad de tener que verla aquella noche. Pero tales dudas se evaporaron al sentir su cuerpo y oír su respiración jadeante. Aunque los ojos de ella echaran chispas, la forma de acoplarse a su cuerpo desmentía su indignación. A pesar de que él no se acordara conscientemente de ella, su cuerpo la recordaba. Sus entradas le relataban una historia de conocimiento y deseo. La miró a los ojos y tuvo la impresión de caer desde la niebla hacia un lugar claro y soleado. Aspiró su aroma a canela y el cerebro le gritó: «¡Sí! ¡Es ella!».
—¡Pedro! —repitió ella con más determinación en la voz mientras sus manos lo empujaban para separarlo. Pero hubo una nota de vacilación que la traicionó.
Él le acarició la mejilla.
-No tienes derecho a hacer esto. Suéltame —pero había dejado de forcejear y se limitaba a mantenerse erguida mientras la abrazaba.
—¿No te parece bien? —deslizó el pulgar hasta su boca y le acarició el labio inferior mientras sentía el calor de su aliento en la piel.
Ella abrió la boca. Él sintió un fuego en su interior al ver cómo respondía a una simple caricia. Abrió más las piernas y la atrajo con más fuerza hacia la pelvis. Sentía la promesa del éxtasis en la sangre, que le corría cada vez más deprisa exigiéndole que actuara. Pero controló el impulso: tenía que saber y entender además de sentir.
-Me has concedido el derecho al reaccionar de esa manera —volvió a deslizar el pulgar por sus labios presionando con más fuerza hasta sentir la punta de su lengua contra el dedo. Todos sus músculos se tensaron ante el deseo avasallador que experimentó. !Madonna mia! ¿Qué fuerza tenía aquella mujer que el mero roce de su lengua hacía trizas su autocontrol? La sorpresa le oscureció los ojos.
-No he hecho nada —protestó ella en voz ronca. De repente volvió a empujarlo para separarse.
-Paula —le encantaba decir su nombre—. ¿Vas a negar esto?
Deslizó hábilmente la mano hasta la nuca de ella y sintió su pelo sedoso en la palma. Después la atrajo hacia sí e inclinó la cabeza buscando sus labios. Ella volvió la cara. Los sentidos de Pedro se llenaron de la suavidad aterciopelada de su piel, de la dulce tentación del perfume de su cuerpo, mientras le rozaba la oreja con los labios. Ella dejó de moverse de inmediato. ¿Lo hacía a causa de las mismas sensaciones que él experimentaba? Deslizó la boca hasta su cuello y luego volvió a la oreja y le lamió el lóbulo. Ella dio un respingo entre sus brazos y él la oyó suspirar.
-No puedes negar esto —murmuró él.
La piel de ella tenía un sabor dulce. Le besó la mandíbula, la barbilla, el lunar que tenía debajo de la boca. Se echó hacia atrás durante una fracción de segundo para mirarle la cara y sonrió satisfecho al ver que tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si le incitara a reclamarlos. El pelo se le había comenzado a soltar al forcejear. Se dio cuenta de que no era negro como pensó en el baile, sino castaño oscuro con tonos rojizos. En su cerebro se formó la imagen de un pelo oscuro sobre blancas almohadas y de sus manos extendiéndolo. No era una imagen, sino un recuerdo. El de Paula en la cama con él, su sonrisa perezosa, sus dientes tan blancos como la nieve que se veía por la ventana. El impacto que le produjo ese inesperado recuerdo le hizo perder el equilibrio, por lo que se aferró a ella con fuerza. Era el segundo recuerdo en una sola noche. Supo que había hecho bien en ir hasta allí. Con Paula podría abrir la puerta del pasado, recuperar lo que había perdido. Cuando recordara, se vería libre de la sensación de haber perdido algo, de que su vida no estaba completa. Y entonces podría seguir adelante reconciliado con la vida.
-Pedro —ella había abierto los ojos, que expresaban sorpresa y pesar—. Suéltame, por favor.
Le habían enseñado a respetar los deseos de una mujer. El código de honor de los Alfonso estaba profundamente arraigado en él: nunca forzaría a una mujer. Pero era demasiado tarde para fingir: a pesar de lo que dijera, Paula lo deseaba tanto como él a ella. Un beso no les hada daño alguno.
-Después de esto —murmuró—. Te prometo que te gustará —tanto como a él.
Le agarró la cabeza, hizo que la volviera hacia él y apretó su boca contra la de ella. Paula trató de separarse de él. La desesperación dio nuevas fuerzas a sus cansados miembros, pero sin resultado alguno. Él la abrazó con más fuerza si cabía. Era mucho más fuerte que ella. Saberlo debería haberla asustado. Sin embargo, una parte de ella se regocijó: la hedonista que había descubierto al conocer a Pedro, la amante a quien habían cautivado su masculinidad y su fuerza, la mujer con el corazón desgarrado que había amado y perdido a su amor y que secretamente esperaba que volviera. Luchaba tanto contra él como contra sí misma. Unos labios cálidos se unieron a los suyos, y un escalofrío de deseo la recorrió de pies a cabeza. Fue instantáneo, devorador e innegable, pero se negó a rendirse. Apoyó las manos en los hombros de él y se echó hacia atrás todo lo que le dieron los brazos. Estaba desesperada por escapar, ya que recordaba muy bien cómo reaccionaba siempre ante él. El beso fue inesperadamente tierno, una suave caricia de sus labios sobre la línea cerrada de la boca de ella. El calor del cuerpo masculino calentó el suyo. La abrazaba como si no fuera a soltarla nunca. Otra ilusión. Trató de reavivar su determinación, su desprecio.
Él se detuvo. El sonido de su nombre en boca de ella le resultaba profundamente familiar. Todo en ella le resultaba conocido, la forma en que su cuerpo se acoplaba al de él, su atractivo femenino al sujetarla contra sí. Trató de no apresurarse, de actuar con sensatez. Pero desde el momento en que ella había entrado, todo había cambiado. Su precaución y su respeto por los detalles de la buena conducta social se habían evaporado. Se sentía arrastrado por un instinto primario que anulaba la lógica y las convenciones. La tenía sujeta muy cerca de sí. Sus senos se apoyaban en el torso de él y las caderas de ambos se tocaban. Al llegar, fatigada pero desafiante, él había puesto en duda la necesidad de tener que verla aquella noche. Pero tales dudas se evaporaron al sentir su cuerpo y oír su respiración jadeante. Aunque los ojos de ella echaran chispas, la forma de acoplarse a su cuerpo desmentía su indignación. A pesar de que él no se acordara conscientemente de ella, su cuerpo la recordaba. Sus entradas le relataban una historia de conocimiento y deseo. La miró a los ojos y tuvo la impresión de caer desde la niebla hacia un lugar claro y soleado. Aspiró su aroma a canela y el cerebro le gritó: «¡Sí! ¡Es ella!».
—¡Pedro! —repitió ella con más determinación en la voz mientras sus manos lo empujaban para separarlo. Pero hubo una nota de vacilación que la traicionó.
Él le acarició la mejilla.
-No tienes derecho a hacer esto. Suéltame —pero había dejado de forcejear y se limitaba a mantenerse erguida mientras la abrazaba.
—¿No te parece bien? —deslizó el pulgar hasta su boca y le acarició el labio inferior mientras sentía el calor de su aliento en la piel.
Ella abrió la boca. Él sintió un fuego en su interior al ver cómo respondía a una simple caricia. Abrió más las piernas y la atrajo con más fuerza hacia la pelvis. Sentía la promesa del éxtasis en la sangre, que le corría cada vez más deprisa exigiéndole que actuara. Pero controló el impulso: tenía que saber y entender además de sentir.
-Me has concedido el derecho al reaccionar de esa manera —volvió a deslizar el pulgar por sus labios presionando con más fuerza hasta sentir la punta de su lengua contra el dedo. Todos sus músculos se tensaron ante el deseo avasallador que experimentó. !Madonna mia! ¿Qué fuerza tenía aquella mujer que el mero roce de su lengua hacía trizas su autocontrol? La sorpresa le oscureció los ojos.
-No he hecho nada —protestó ella en voz ronca. De repente volvió a empujarlo para separarse.
-Paula —le encantaba decir su nombre—. ¿Vas a negar esto?
Deslizó hábilmente la mano hasta la nuca de ella y sintió su pelo sedoso en la palma. Después la atrajo hacia sí e inclinó la cabeza buscando sus labios. Ella volvió la cara. Los sentidos de Pedro se llenaron de la suavidad aterciopelada de su piel, de la dulce tentación del perfume de su cuerpo, mientras le rozaba la oreja con los labios. Ella dejó de moverse de inmediato. ¿Lo hacía a causa de las mismas sensaciones que él experimentaba? Deslizó la boca hasta su cuello y luego volvió a la oreja y le lamió el lóbulo. Ella dio un respingo entre sus brazos y él la oyó suspirar.
-No puedes negar esto —murmuró él.
La piel de ella tenía un sabor dulce. Le besó la mandíbula, la barbilla, el lunar que tenía debajo de la boca. Se echó hacia atrás durante una fracción de segundo para mirarle la cara y sonrió satisfecho al ver que tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si le incitara a reclamarlos. El pelo se le había comenzado a soltar al forcejear. Se dio cuenta de que no era negro como pensó en el baile, sino castaño oscuro con tonos rojizos. En su cerebro se formó la imagen de un pelo oscuro sobre blancas almohadas y de sus manos extendiéndolo. No era una imagen, sino un recuerdo. El de Paula en la cama con él, su sonrisa perezosa, sus dientes tan blancos como la nieve que se veía por la ventana. El impacto que le produjo ese inesperado recuerdo le hizo perder el equilibrio, por lo que se aferró a ella con fuerza. Era el segundo recuerdo en una sola noche. Supo que había hecho bien en ir hasta allí. Con Paula podría abrir la puerta del pasado, recuperar lo que había perdido. Cuando recordara, se vería libre de la sensación de haber perdido algo, de que su vida no estaba completa. Y entonces podría seguir adelante reconciliado con la vida.
-Pedro —ella había abierto los ojos, que expresaban sorpresa y pesar—. Suéltame, por favor.
Le habían enseñado a respetar los deseos de una mujer. El código de honor de los Alfonso estaba profundamente arraigado en él: nunca forzaría a una mujer. Pero era demasiado tarde para fingir: a pesar de lo que dijera, Paula lo deseaba tanto como él a ella. Un beso no les hada daño alguno.
-Después de esto —murmuró—. Te prometo que te gustará —tanto como a él.
Le agarró la cabeza, hizo que la volviera hacia él y apretó su boca contra la de ella. Paula trató de separarse de él. La desesperación dio nuevas fuerzas a sus cansados miembros, pero sin resultado alguno. Él la abrazó con más fuerza si cabía. Era mucho más fuerte que ella. Saberlo debería haberla asustado. Sin embargo, una parte de ella se regocijó: la hedonista que había descubierto al conocer a Pedro, la amante a quien habían cautivado su masculinidad y su fuerza, la mujer con el corazón desgarrado que había amado y perdido a su amor y que secretamente esperaba que volviera. Luchaba tanto contra él como contra sí misma. Unos labios cálidos se unieron a los suyos, y un escalofrío de deseo la recorrió de pies a cabeza. Fue instantáneo, devorador e innegable, pero se negó a rendirse. Apoyó las manos en los hombros de él y se echó hacia atrás todo lo que le dieron los brazos. Estaba desesperada por escapar, ya que recordaba muy bien cómo reaccionaba siempre ante él. El beso fue inesperadamente tierno, una suave caricia de sus labios sobre la línea cerrada de la boca de ella. El calor del cuerpo masculino calentó el suyo. La abrazaba como si no fuera a soltarla nunca. Otra ilusión. Trató de reavivar su determinación, su desprecio.
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