martes, 9 de julio de 2019

Venganza: Capítulo 31

—¿Qué te gustaría beber? ¿Licor, vino, o algo suave? ¿O prefieres café?

—Algo suave estaría bien, gracias.

Cuando Pedro volvió del mueble bar, vió que ella estaba sentada en una silla, mirando hacia otro lado. Observó que tenía la mano sobre su falda, acariciándola. Se acaloró al imaginarse su mano sobre la pierna de ella, acariciándole las medias por debajo de la falda. Se estremeció al imaginárselo por el potente erotismo que conllevaba. Casi podía incluso sentir los calientes muslos de ella bajo sus dedos. Se bebió su copa de un trago. Paula no tenía ni idea de cómo su postura revelaba la larga y elegante línea de sus piernas. Se había dado cuenta la primera noche de que ella no tenía malicia con respecto a su cuerpo. Tenía el cuerpo de una seductora, pero actuaba como si hubiese algo que esconder.  Incluso en aquel momento, tras haber estado días vistiéndose con ropas destinadas a volver locos de deseo a los hombres, actuaba como si fuera vestida con un saco.

—Gracias —dijo ella cuando él le acercó su bebida.

No lo miró a los ojos y, como de costumbre, evitó tocarlo. La hacía sentirse incómoda. ¡Incómoda! Él había estado pasándolo fatal desde que ella se había mudado a su casa. Tenía el cuerpo tenso debido al autocontrol al que se había sometido, por la agonía de reprimir una lujuria tan incendiaria que pensaba que iba a consumirlo si no la tenía pronto. Lo estaba volviendo loco. Se sentó en una silla lejos de ella y colocó su copa en la mesa.

—Es una habitación encantadora —ofreció ella, mirando a su alrededor.

—Gracias —dijo él, preguntándose durante cuánto tiempo podría ella evitar mirarlo a los ojos.

—¿Contrataste a un interiorista para que la decorara?

—No a uno profesional. Por lo menos no lo es todavía. Lo hizo mi hermana.

—Tiene mucho talento —dijo Marina sinceramente.

A él siempre le había gustado aquella habitación, pero Laura la había transformado; era un genio en diseño de interiores.

—Gracias. Le diré que te ha gustado.

—El otro día dijiste que ella está en Perth. ¿Está allí estudiando?

—No —contestó él con demasiada brusquedad—. Por el momento no está estudiando.

—Ah, bueno, pero seguro que hay muchas cosas con las que pueda entretenerse allí. He oído que es una ciudad encantadora.

Laura había estado muy interesada en Paula, había preguntado miles de detalles sobre ella por teléfono. Incluso le había dado permiso para decirle lo que había hecho Wakefield. Había dicho que necesitaba oírlo, para saber contra lo que luchaba. Pedro frunció el ceño. Él podía proteger a Paula. «¿Como protegiste a tu hermana?», se dijo a sí mismo. La culpabilidad se apoderó de él. Pero él se encargaría de que Wakefield no le hiciera daño. Recordó que el malnacido había estado tratando de contactar con ella. Y algún día quizá tuviera éxito.

—¿Qué pasa, Pedro?

Éste dirigió su mirada hacia Paula, que lo estaba mirando fijamente.

—No pasa nada... —pero se dio cuenta de lo inútil que era aquella mentira.

Al mirar los oscuros ojos de Paula, que reflejaban preocupación, supo que había estado mintiéndole durante demasiado tiempo. Ella tenía derecho a saberlo. Confiaba que fuera a guardar el secreto de Laura.

—Es mi hermana, Laura —dijo finalmente.

—¿Está enferma? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Está bien. Ahora —respiró profundamente y se obligó a seguir hablando—. Te dije que Wakefield le había hecho daño a una amiga mía.

Paula asintió con la cabeza.

—No fue a una amiga. Fue a Laura a quien hizo daño.

—¡Oh, Pedro! —la voz de Paula reflejaba su horror—. Lo siento tanto.

Él agitó la cabeza. Ya estaba superado. O casi lo estaba. Laura estaba mucho más fuerte en aquel momento. Casi preparada para retomar de nuevo su vida.

—Laura pensó que yo debía decirte lo que ocurrió.

—¿Le has hablado a tu hermana de mí?

—Quiere conocerte.

—No tienes que contármelo —Paula colocó su vaso en una mesa cercana—. Sé que es un asunto privado. Y es tarde. Realmente debería...

—¡Quédate! —espetó Pedro, ante lo cual ella se puso tensa—. Quiero decir que me gustaría que te quedaras. Necesitas oír esto.

Venganza: Capítulo 30

Pero el interés que mostraba era genuino y sus comentarios eran instructivos. Se interesó tanto por la conversación que mantenían que hasta que alguien no la abrazó por la cintura y la atrajo hacia sí no miró a su alrededor. Se quedó sin aliento, como siempre le ocurría cuando se le acercaba Pedro, al ver la intensidad de su mirada, al oler su seductor aroma a hombre y al ver esa sonrisa.

—Sigan hablando.

—No deberías dejar a esta chica sola, Pedro —dijo el señor Santiago—. Alguien sin escrúpulos, como yo, podría tratar de robártela.

—Tienes razón, desde luego. Debería haber apagado mi teléfono —Pedro la abrazó más hacia sí—. La inteligencia y la belleza juntas son una poderosa combinación. Paula es muy especial.

Paula se quedó pasmada. ¿Belleza? ¿No se estaba pasando de la raya? Pero el señor Santiago asintió con la cabeza en señal de aprobación. Y entonces, en vez de cambiar de tema, Pedro retomó el último punto sobre el que estaba hablando ella; obligaciones y cargas. Estuvieron hablando quince minutos más hasta que el botones les avisó de que ya se podían sentar. Mientras entraban en la Opera, Paula pudo sentir la deliciosa calidez de la mano de Pedro en su espalda. Se dió cuenta de que él siempre la hacía sentirse como si importara.

—Marina, ¿Estás bien?

—Estoy bien. Es sólo que la alfombra está un poco desnivelada.

Pedro se movió y la tomó del brazo, acercándola hacia él. Inevitablemente Paula lo sintió de nuevo; esa sensación única y excitante... como si algo dentro de ella se disolviera en un remolino de cálidas emociones.

—Después de tí —le dijo él en voz baja al oído, haciendo que ella se estremeciera y se diera prisa por sentarse.

Entonces él entrelazó los dedos entre los suyos, haciendo que una vez más a Paula le subiera un cosquilleo por el brazo. La atención que le estaba prestando Pedro y su encanto hicieron que se le desbocara el corazón, aun sabiendo que él sólo estaba interpretando un papel. La fuerte personalidad, la integridad y el impresionante físico que poseía eran lo que ella siempre había soñado en un hombre. Era el hombre más peligroso que jamás había conocido y se había acabado de dar cuenta de que estaba en serio peligro de enamorarse de él.


—¿Te tomas algo antes de irte a la cama? —le preguntó Pedro a Paula cuando llegaron a su casa.

—No creo que...

—Te prometo que no te morderé.

Pedro observó cómo Paula esbozaba una remilgada mueca con la boca. Pero el problema era que la boca de ella no era remilgada. Era seductora, atrayente... atractiva. Si se quedaba allí durante mucho más tiempo se sentiría tentado a echarse sobre ella y mordisquearle los labios hasta que ella respondiera de la forma en que lo hizo aquella primera noche...

—Es tarde —dijo ella, echándose para atrás.

A él le invadió la frustración.

—Pero no estás cansada, ¿Verdad que no? —dijo con un tono engatusador.

¡Desde luego que no estaba cansada! La función de aquella noche la había llenado de júbilo. Todavía le brillaban los ojos de la emoción.

—Vamos, Paula. Estás muy despierta. Necesitas tiempo para relajarte antes de irte a dormir.

Él sabía que no se dormiría hasta dentro de muchas horas, pero eso no tenía nada que ver con la función que habían visto, sino con la mujer que tenía delante de él. Pensaba en ella todas las noches. Pero no podía permitirse tocarla. Se preguntó cuándo podría...

—Bueno, sólo media hora. Ha sido un día muy largo.

Pedro esperó que la sonrisa que esbozó como respuesta a aquello fuera enigmática, que no dejara entrever el fuego que le recorría por dentro. Se dió la vuelta y la guió hacia el salón.

Venganza: Capítulo 29

—Tengo que admitir que la idea de arreglarlo todo era desalentadora —añadió ella.

Pedro observó cómo ella tragaba saliva y esbozaba una mueca. Había tenido que abandonar el único hogar que había conocido, forzada por la estupidez de su hermano, cuando lo que necesitaba era que la cuidaran y que la mimaran. Le asombró lo enfadado que estaba ante aquello. El sentimiento de protección que ella le inspiraba era inesperado. Inaudito... sin contar su reacción ante la situación de Laura. Pero aquello había sido distinto. Frunció el ceño, perplejo. Paula era diferente. La manera en la que la deseaba, su preocupación por ella, su ensimismamiento por ella no se parecían en nada a lo que había experimentado anteriormente en su vida. No era lo vulnerable que era ni su físico... por su vida habían pasado verdaderas bellezas, simplemente había algo en ella, no sabía qué, que le atraía como un imán. Tenía que tenerla. Y necesitaba mantenerla alejada de tiburones como Wakefield. En ese momento lo llamaron por teléfono. Lo sacó de su bolsillo para ver quién era.

—Paula, instálate. Como si estuvieras en tu casa. Yo tengo que atender esta llamada.

Ella no se dió la vuelta. Simplemente asintió con la cabeza y siguió mirando el mar.

—Hola, nena. ¿Cómo estás?

Paula observó cómo Pedro salía entre la muchedumbre hacia la terraza de la Opera de Sidney, donde podría continuar hablando por teléfono. Era otra vez su hermana. Lo supo en cuanto éste contestó el teléfono. Muy poca gente tenía ese número y él contestaba sus llamadas estuviera donde estuviera. Era muy comprensivo. La primera vez que le había oído hablar con ella, el día que se mudó a su casa, había pensado que era su novia la que lo telefoneaba. Su voz se había dulcificado. ¡Y le había hecho sentirse tan celosa!

—Tu Pedro es un hermano muy devoto.

Paula se dió la vuelta y miró al hombre que le acababan de presentar. El señor Santiago Biddulph. Era amigo de Pedro, pero deseó que no la hubiese dejado a solas con él. Parecía lo suficientemente perspicaz como para darse cuenta de su engaño.

—Hablan todos los días —dijo ella, tratando de aparentar estar relajada.

—Ella está fuera, ¿No es así?

—En Perth —asintió Paula—. Creo que está de vacaciones con su madre.

—Ya es hora de que encuentre un hombre joven para ella con quien hablar. Pedro debería prestarte su atención a tí, querida, antes de que otro colega acapare tu atención.

Paula sintió cómo algunas de sus reservas se disolvían ante la pícara mirada de aquel hombre.

—Pedro me ha dicho que estás en el negocio de los transportes, ¿No es así?

—Oh —a Paula le impresionó que Pedro hubiese hablado de ella—. Bueno, sí, pero de una manera insignificante.

—La empresa de transportes Paula, ¿Verdad?

Ella asintió, asombrada de ver cuántas cosas sabía de ella. Estupefacta de que Pedro siquiera la hubiese nombrado.

—Es una compañía conocida. Ahora dime, ¿Qué te parecen los recientes impuestos sobre el combustible? ¿Cómo está afectando a tu negocio?

Discutir aquello con el señor Santiago era absurdo. Él era el jefe de una compañía multinacional y ella era... ¿Qué? ¿La ex directora de una compañía familiar?

jueves, 4 de julio de 2019

Venganza: Capítulo 28

—Bienvenida a mi casa —Pedro le tendió la mano a Paula para ayudarla a salir del coche.

—Gracias —dijo ella, que al principio se había mostrado reticente a dejarse ayudar.

Él contuvo una sonrisa cuando ella puso la mano sobre la suya. Se preguntó si ella lo sentiría también; aquel escalofrío ante la maravillosa sensación de tocarse. Paula, cuando salió del coche, dirigió su mirada hacia la casa en vez de mirarlo.

—Tu casa es encantadora —dijo.

Él se apartó un poco y después la guió, poniéndole una mano en la espalda, hacia su casa. Era una casa antigua.

—Me alegra que te guste. Quiero que estés a gusto aquí, Paula.

Ella lo miró, con tal mezcla de emociones reflejadas en la mirada que era imposible descifrarlas. Pedro sabía que ella no quería estar allí, lo había dejado muy claro. Pero no tenía otra opción más que aceptar su hospitalidad. Él se había asegurado de ello.

—Ven, para que conozcas a la señora Sinclair, mi ama de llaves. Tiene ganas de que haya otra mujer en la casa.

Enseñarle toda la casa llevó un tiempo y las reacciones de Paula fueron de fascinación. Lo que más le impresionó no fue ni la localización de la casa frente al mar, ni el yate que había en el embarcadero privado, sino que fueron las cosas más sencillas, las que no mostraban lo caras que eran. Cuando subieron a la planta de arriba, ella ya había perdido la formalidad, acariciando el pasamanos de madera de cedro y la escultura de mármol que había en el pasillo.

Pedro sintió que estaba perdiendo su autocontrol y que la pasión lo invadía por completo. Paula era tan sensual... la manera como suspiraba cuando olía las flores... su necesidad instintiva de tocar... Él quería que esas manos lo tocaran a él, que se aprendieran su cuerpo, de la misma manera como él quería aprender todos los secretos de ella.

—Esta es tu habitación —dijo casi bruscamente por el esfuerzo que tuvo que hacer para guardar la compostura. Abrió la puerta y se apartó para dejarla pasar.

—Oh —el leve suspiro de placer que emitió atrajo a Pedro, que entró tras ella—. Es preciosa. Gracias.

—Ha sido un placer —dijo él—. Ahí está el cuarto de baño del dormitorio.

Se acercó para abrir las ventanas francesas del balcón. Necesitaba aire fresco.

—Desde aquí hay unas bonitas vistas —explicó, mirando el puerto. Se avecinaba una tormenta.

—No sé cómo agradecerte todo esto —dijo Paula, acercándose a él—. Estás haciendo tanto por nosotros, por Gonzalo y por mí.

A Pedro le pareció que a ella le tembló la voz de la emoción. Respiró profundamente para mantener la calma. Paula estaba herida. Acababa de perder a su padre. Se había quedado casi discapacitada en un horrendo accidente. Y tras ello, había tenido que soportar la pérdida de la empresa familiar, de su medio de vida, de su casa... de su futuro según lo había concebido ella.

—Tú me estás ayudando a conseguir una cosa que deseaba hacer desde hace tiempo. Estamos juntos en esto —dijo él, esbozando una sonrisa que esperó fuese tranquilizadora.

Pedro pensó que si hubiese sido capaz de arreglar las cosas para Laura... el saber que había fracasado era como ácido para él, le estaba consumiendo.

—Lo mismo digo... —Paula salió al balcón— tú has sido de una enorme ayuda para mí —sonrió brevemente—. Para empezar, nunca podría haber organizado una mudanza tan rápidamente.

A Pedro le invadió un sentimiento desconocido en su conciencia. Había sido su egoísmo y una cuantiosa suma de dinero los que habían conseguido que ella se mudara tan rápidamente ya que la quería allí, cerca de él...

Venganza: Capítulo 27

Miró a Pedro. Vió en él al hombre que podía conseguir lo que ella necesitaba.

—Pero si piensa que me he mudado contigo entonces no hará nada.

—Te verá como un trofeo aún más preciado. Tiene un ego del tamaño de la Antártida. No considerará la posibilidad de no conseguirte. Ahora que cree que eres mi mujer, no será capaz de resistirse.

Aquello hizo que a Paula una excitación prohibida le recorriera el cuerpo. No podía evitarlo.

—Cuando nos vea juntos, se convencerá de que voy en serio contigo.

—Pero no me tengo que mudar.

—Claro que tienes que hacerlo. Todo tiene que ser como parece. Wakefield quizá sea un mal nacido egoísta, pero es astuto. Eso es lo que lo hace ser tan peligroso.

Paula sabía que no tenía otra opción. Pero la invadió el miedo.

—Y tu casa se vende —añadió él—. De todas maneras pronto te ibas a mudar.

—Ya se ha vendido —espetó ella. Aquel mismo día se lo había dicho su hermano.

—¿Tan pronto?

Paula asintió con la cabeza. No había sido capaz de negarse a venderla en cuanto tuvieron un comprador dispuesto a pagar. Al día siguiente iba a comenzar a buscar piso. Cuanto antes se marchara de allí, mejor, ya que la casa estaba llena de recuerdos. Su padre la había construido. Sintió la calidez de la mano de Pedro sobre la suya.

—En ese caso te puedes mudar ya.

—Supongo que sí —Paula de nuevo fue consciente de que no tenía otra opción.

Los últimos días habían sido muy ajetreados, así como los últimos meses habían sido muy emocionales. Y en ese momento sintió el peso de todo aquello hundiéndola.

—Saldrá bien —dijo Pedro en voz baja, como si comprendiera su desesperación.

Ella asintió con la cabeza, pero no lo miró a la cara hasta que él no tomó su mano y le dió un beso en la palma. La dejó sin respiración.

—Te lo prometo, Paula —murmuró, rozándole con la boca la piel de la mano, consiguiendo que a ella le recorriera la excitación por todo el cuerpo hasta llegar al centro de su feminidad.

Entrelazó sus dedos con los de ella y le hizo una señal al camarero, que poco después llevó a su mesa una botella de champán. Paula no tuvo la entereza de apartar la mano. Una vez que el camarero les sirvió el champán y se hubo marchado, Pedro le acercó el vaso. Le brillaban los ojos, reflejaban una emoción que ella no sabía definir.

—Yo me ocuparé de todo, Paula. No te preocupes —tomó su copa y la levantó—. Por el éxito.

«Por la supervivencia», añadió con fervor Paula en silencio.

Venganza: Capítulo 26

—Dímelo tú. No sé lo que te pasa por la cabeza.

—No tengo miedo —contestó ella, levantando la barbilla y mirándolo a los ojos, para que él no pudiera intuir que era mentira. Sintió cómo se ruborizaba, pero se negó a apartar la vista.

—Si no tienes miedo, ¿Por qué te das por vencida tan pronto?

—No va a funcionar. Nunca creí que lo fuera hacer, pero estaba lo suficientemente desesperada como para pensar que podríamos conseguir que Wakefield cambiara de idea.

—¿Y ahora ya no estás desesperada?

—Ese no es el tema —contestó—. No puedo conseguir que Wakefield devuelva lo que ha robado simplemente porque crea que soy tu...

—«Amante» es la palabra que estás buscando.

Paula observó la forma en que los labios de él se movieron al decir aquella palabra. No podía pensar en otra cosa que no fuera en cómo se había sentido al besarlo, al sentir la calidez de su lengua...

—Quizá tú no puedas conseguir que Wakefield les devuelva la empresa. Pero yo sí que puedo hacerlo —aquello hubiese sonado simplista si lo hubiese dicho otra persona que no fuera él.

Paula pensó que Wakefield no debía haberse metido con Pedro; no imaginaba a nadie enfrentándose a él cuando estaba de aquel humor.

—Sé lo que estoy haciendo, Paula. Y tengo la intención de ganar.

Ella lo creía, por lo menos en lo que se refería a Wakefield. Pero ella formaba parte de algo más amplio que no entendía. Y además había algo sobre su pasado que no cuadraba.

—Serías muy poco sensata si ahora te echaras para atrás.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que sabes que yo no sé? —Paula se echó hacia delante y observó la satisfacción que reflejaban los ojos de Pedro.

—¿No te diste cuenta de la manera como te miraba?

—Me puso la carne de gallina, si eso es a lo que te refieres. Pero eso no prueba nada.

—Definitivamente a él le interesas. Ha caído en la trampa.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Digamos que lo dejó claro cuando tú no estabas delante.

Paula se percató del rechazo que denotaba la voz de Pedro y no quiso saber lo que había dicho Wakefleid.

—Así que está interesado. ¿Y qué? Hay muchas mujeres en Sidney.

—Pero la diferencia es la conexión que tú tienes conmigo. Le dejé claro que eres especial. Establecí unas señales de «prohibido el paso» que ni él ha podido ignorar.

A pesar de su resolución, Paula estaba intrigada. Más que intrigada. Estaba encantada. Una parte estúpida de su mente quería fingir que Pedro había dicho eso de verdad. Era patético.

—¿Has hecho eso?

—Lo hice. ¿Por qué crees si no que le dije que te ibas a mudar a mi casa?

—Eso es lo que me he estado preguntando.

—Wakefield sabe que nunca he invitado a una mujer a vivir en mi casa.

Paula tomó su vaso y se bebió todo su contenido para tratar de evitar que él se percatara de la gran sonrisa que amenazaba con esbozarse en sus labios. Pedro estaba representando una farsa. Realmente no quería que ella viviese en su casa, pero ilógicamente le agradó que ninguna de sus anteriores amantes hubiese vivido con él.

—Se ha tragado el anzuelo —continuó Pedro—. Con sólo mirarte una vez perdió la cabeza y cuando le amenacé...

—¿Que has hecho qué?

—Le advertí que no se acercara a mi territorio —contestó Pedro, encogiéndose de hombros—. Cuando se dio cuenta de que iba en serio contigo, apenas podía contener su excitación. Está convencido de que tú eres mi punto débil y no puede esperar a conquistarte. Especialmente ahora que tiene una carta a su favor.

—¿Perdóname?

—Tu negocio, Paula. Lo usará como ficha de cambio.

Paula se sintió atrapada. No podía echarse atrás. Estaban Gonzalo, Mariana y el bebé.

Venganza: Capítulo 25

—Deberíamos reunirnos —continuó Wakefield, que tomó su silencio como que accedía—. Y podemos discutir la situación.

Asombrada, Paula asintió con la cabeza. Seguro que no podía ser tan fácil.

—Eso es exactamente lo que me gustaría —Paula tuvo que recordarse así misma que era muy fácil reunirse, pero que eso no quería decir que Wakefield tuviera ninguna intención de reparar lo que había hecho.

—Bien —dijo él, sonriendo más abiertamente, de manera desconcertante—. Dame tu número de teléfono y haré que mi asistente personal concierte una reunión.

—Buena idea, Carlos. Que llame a mi casa para que queden —contestó Pedro antes de que lo pudiera hacer ella—. Paula va a mudarse a mi casa.


Pocos minutos después, Pedro observó cómo Paula se metía en el ático con la muchacha. Esta estaba pálida y dijo que ambas necesitaban retocarse el maquillaje.  Cuando había dicho que iban a vivir juntos, Paula se había puesto tensa. Había sentido cómo el enfado se apoderaba de ella; era palpable. Pero ella se había limitado a mirarlo de una manera que en la sombra quizá se hubiese podido confundir con apasionada. Wakefield se la había estado comiendo con los ojos. Pero aquel bombazo había hecho que lo mirara. Sabía que  no invitaba a sus amantes a compartir su casa. Pero en vez de alejarse de ellos, su interés por ella se había disparado. Las señales de propiedad privada que él había establecido no le habían disuadido. Exactamente como se lo había imaginado; Wakefield la encontraba atractiva vestida con aquellas ropas tan femeninas y maquillada, cualquier hombre lo haría. La manera como la miró cuando ésta se marchó al cuarto de baño con la muchacha le dijo lo que quería saber; Wakefield iría tras ella, sentía más que curiosidad hacia Paula. Esperó sentirse eufórico. O satisfecho. Pero no ocurrió. No entendía por qué no estaba contento. Sintió cómo el enfado se apoderaba de él. Furia ante la idea de que un delincuente como Wakefield pensara que tenía una oportunidad con alguien tan inteligente y con tanta clase como ella. ¡Paula era suya! ¡Sólo suya!

—Tengo que admitirlo, Alfonso, trabajas rápido —Wakefield le sonrió—. Hace menos de una semana que Paula se coló en mi fiesta y apuesto a que no la conocías de antes. ¿O fuiste tú el que hizo que montara aquella pequeña escena?

—Siento decepcionarte, Carlos, pero yo no tenía ni idea de que Paula iba a estar allí. Sabes que siempre te dejo el maquiavelismo a tí.

Pero las cosas acababan de cambiar.

—No había visto ni oído hablar de Paula antes de aquella noche —añadió. Wakefield miró hacia el ático.

—Obviamente la llevaste a su casa tras lo ocurrido —dijo Wakefield.

Pedro pudo intuir un trasfondo de resentimiento.

—Así es.

—Bueno, bueno —Wakefield esbozó una sonrisita lasciva—. Debe de ser realmente buena si te ha cazado en menos de una semana. ¿Cuál es su secreto? ¿Se hace la inocente o la mujerzuela?

Aquello enfureció a Pedro, que se tuvo que contener para no agarrarlo por el cuello.

—No sigas por ahí —gruñó con una voz que intimidaba. Se echó hacia delante y vió cómo Wakefield  retrocedía —. Como le hables así a Paula, o hables así de ella, desearás no haber nacido. ¿Te has enterado?

—Claro, claro —contestó Wakefield, retrocediendo un poco más—. No tienes que amenazarme. Obviamente me he llevado una idea equivocada. No me había dado cuenta de que iban en serio.

—Te has equivocado. Simplemente no vuelvas a hacerlo.

Wakefield tenía tanto ego, que ya deseaba lo que él tenía; a Paula.

—Aquí viene —Wakefield indicó con su bebida en dirección a la fiesta.

Pedro se dió la vuelta y la miró. Se le quedó la boca seca al ver lo atractiva que era.

—Tengo que admitir, Alfonso, que sabes elegir. Realmente es muy especial.

Wakefield estaba tratando de suavizar el ambiente. Pero el sentimiento de propiedad que se le había despertado a Pedro sobre ella la hacía querer llevársela de allí a un sitio más privado, apartada de otros hombres. No quería que Wakefield la mirara.

—Si hubiese ido vestida así cuando fue a verme quizá la hubiese tomado más seriamente —murmuró Wakefield.

Media hora después, Paula pensó que Pedro la tomaba por tonta. Evitando su mirada, y tras haber soportado los focos de los paparazzi cuando entraron, observó el lujoso restaurante. No entendía qué estaba haciendo. Aquella mentira sobre que ella se iba a mudar con él había sido completamente innecesaria. Cuando al volver al jardín había visto a los dos hombres mirándola, quiso echar a correr. La maliciosa manera con la que Wakefield la miró hizo que quisiera esconderse. Y la penetrante mirada de Pedro hizo que la excitación le recorriera el cuerpo de nuevo. Si tenía que fingir durante mucho tiempo que era su amante, él acabaría descubriendo que ella no estaba fingiendo. Descubriría que lo deseaba de manera bochornosamente real.

—Está bien —el murmullo de Pedro hizo que ella sintiera un cosquilleo delicioso por su cuerpo—. El camarero ya se ha ido, así que puedes hablar. No te oirá nadie más que yo.

Paula alzó la mirada y se dio cuenta de que él era puro sexo.

—He cambiado de opinión —dijo rotundamente—. No quiero continuar con esta farsa.

—No creía que fueras tan poco perseverante, Paula. ¿O es que tienes miedo?

—¿De qué tendría que tener miedo?