jueves, 9 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 14

Paula dejó caer los brazos. Le costaba creer que Pedro hubiera dicho aquello. Y que su corazón latiera desbocadamente como si ansiara que cumpliera con su amenaza.

—No tienes nada que ver con Pablo.

Pedro enarcó una ceja.

—¿Quién es Pablo?

—El último hombre con el que he salido.

Pedro ignoró la punzada de celos que sintió.

—¿No ser como él es bueno o malo?

Paula se encogió de hombros.

—No lo sé. Supongo que me habría gustado que sintiera una fracción de esa hambre que tú sientes por mí.

Pedro entendió al instante lo que insinuaba.

—No puedo imaginar que hayas tenido un hombre cerca que no quisiera devorarte. Debía ser un idiota.

Paula reprimió una sonrisa y evitó decir que opinaba lo mismo.

—Tenía sus propias ideas sobre el sexo. Me sugirió que hiciéramos un trío.

Pedro frunció el ceño. Podía aceptar que su novio no tuviera una gota de pasión en el cuerpo, pero la idea de que quisiera compartirla con alguien le pareció una demencia. Ningún hombre en su sano juicio querría algo así.

—Entonces no era sólo un idiota —dijo en voz alta—, sino que debía de estar loco. Si un hombre te quiere compartir es porque ha perdido el juicio. A mí jamás se me ocurriría algo así. Yo te querría en exclusiva para mí —deslizó la mirada por ella—. Sólo yo dejaría en tus labios una sonrisa de satisfacción, Paula.

Paula sintió un nudo en el estómago al notar su mirada recorrerla de arriba abajo, ralentizándose en ciertas partes de su anatomía que inmediatamente subían de temperatura al recibir su caricia, a la vez que su voz aterciopelada despertaba todo tipo de sensaciones en ella.

—¿Cuánto tiempo estuviste con ese tipo?

—Un año.

—¿Y hace cuánto lo dejaron?

Paula no sabía cómo habían llegado a aquel punto de la conversación, pero contestó:

—Hace dos años. Ahora, si no te importa, voy a seguir recogiendo.

Pedro la siguió con la mirada hasta el fregadero. Luego se puso a desayunar. Como el día anterior, la comida estaba deliciosa. Tanto como la cocinera. Paula se prohibió mirarlo y se esforzó por mantenerse ocupada al tiempo que intentaba ignorar su presencia. Para cuando terminó, ella había acabado de poner todos los cacharros en el friegaplatos y limpiado las superficies. Se levantó y dejó la taza y el plato en el fregadero. Cuando se volvió, ella se apartó rápidamente para quitarse de en medio, pero no lo bastante deprisa como para impedir que él le tomara la mano.

Paula sintió al instante un escalofrío. Ladeó la cabeza y lo miró a los ojos. Pedro mantenía la mirada fija en sus labios. Luego, lentamente, la subió hacia sus ojos antes de volver a bajarla. En ese momento ella tuvo la seguridad de que iba a cumplir su amenaza y una llamarada prendió entre sus muslos a la vez que sentía en su interior un vacío que no recordaba haber sabido que existía. Pedro dió un paso adelante y su aroma la envolvió, atrayéndola como un imán a las profundidades de su masculinidad, embriagándola, ahogándola en su sensual hechizo. Lo miró fijamente y se quedó hipnotizada por sus rasgos. Era un hombre extraordinariamente guapo. Tanto, que le nublaba el pensamiento y le impedía decirle que la soltara. Por el contrario, dio un paso hacia él al tiempo que Pedro lo daba hacia ella.

Paula se encontró atrapada entre la encimera y el cuerpo de Pedro, sintió la fuerza de su erección entre sus muslos como si aquél fuera el lugar al que pertenecía. Por primera vez en toda su vida, ella se sintió en total sincronía con un hombre, plenamente consciente de quién era y de lo que podía hacer. Y pensar en lo que él podía hacer y en lo que haría, le hizo estremecer. La ansiedad que sentía era tal que podía sentir los nervios a flor de piel. Tragó saliva, pero cuando no le sirvió para calmarse, sacó la lengua para humedecerse los labios. Fue un error. Vió reflejado en el rostro de Pedro el efecto que su movimiento tuvo en él. No pretendía animarlo, pero al ver el fuego que iluminó sus ojos, supo que se había apoderado de él algo esencialmente masculino que ella no tenía intención de frenar. Pedro se inclinó hacia adelante y antes de que Paula pudiera respirar, selló sus labios con un beso.

Eres Irresistible: Capítulo 13

—Gracias —se había quedado en el despacho para concluir los informes que no había podido acabar la noche anterior.

Por las voces que le llegaban desde el comedor, había deducido que sus trabajadores disfrutaban el desayuno y estaban ansiosos porque llegara la hora de almuerzo. Se sentó a la mesa y observó a Paula, preguntándose si habría alguna verdad en las especulaciones de Nicolás. ¿Podía ser verdad que huyera de un hombre?

—¿Cómo quieres los huevos, Pedro?

Pedro parpadeó.

—Perdona, ¿Has preguntado algo?

—Si quieres los huevos revueltos o fritos.

Pedro tuvo que morderse la lengua para no decir que los quería sobre ella. Paula  llevaba una falda corta, pero otra vez se había puesto mallas. ¿Qué les pasaba a las mujeres para empeñarse en estropear sus piernas con esa prenda en lugar de dejar ver un poco de piel desnuda? Y aunque no había visto las de Paula, estaba seguro de que lo excitarían en la misma medida que lo hacía el resto de su cuerpo, como lo hacía en aquel mismo momento ver cómo se ajustaba su falda a su trasero; un trasero que no le costaba imaginar contra su pelvis, en la cama, mientras le mordisqueaba el cuello…

—¿Pedro?

—¿Qué? —preguntó él, parpadeando de nuevo.

—Que cómo quieres los huevos.

—Fritos, por favor.

La observó mientras trabajaba. Era evidente que sabía manejar la sartén y que rompía los huevos como una profesional. Debía haber aprendido sus habilidades en una escuela de cocina y, de ser así, Pedro no entendía por qué no estaba trabajando en un restaurante de primera en lugar de en un rancho a las afueras de Denver. Sólo había una manera de averiguarlo. En su experiencia con las mujeres, si se charlaba con ellas, acababan contando sus más íntimos secretos. Excepto sus hermanas Sonia y Carolina. La estudió mientras preparaba los huevos y concluyó que no tenía el aspecto de una mujer sometida a ninguna tensión, sino que estaba tranquila y parecía disfrutar de lo que hacía. Era una mujer extremadamente hermosa, de piel tostada, con unos ojos preciosos, una nariz encantadora y unos labios que estaba ansioso por probar. El cabello, marrón oscuro, le caía en delicados tirabuzones hasta los hombros. No le costaba imaginar aquel cabello extendido sobre su almohada y aquellos ojos mirándolo con el brillo de la excitación cuando le abriera los muslos para oler su perfume de mujer y contemplarla mientras lo esperaba ansiosa, húmeda y caliente. La oleada de deseo que lo invadió fue tan violenta que casi se quedó sin respiración. Miró por la ventana ordenándose pensar en otra cosa. La letra del tractor que aún quedaba pendiente de pago, el empeño de Carolina de decorar el resto de la casa… cualquier cosa menos en hacer el amor con Paula. Considerando que había recuperado cierto grado de control sobre su libido, volvió a mirarla. Aunque supiera manejar los utensilios de cocina, tenía un aire refinado que hacía pensar en que le correspondía más ser servida que servir.

—¿Estás casada?

Paula le lanzó una rápida mirada antes de volver su atención a los huevos.

—No.

—¿Seguro?

Paula lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Pues claro que estoy segura —alzó la mano—. ¿Ves? No llevo anillo.

Pedro se encogió de hombros.

—En estos tiempos eso no significa nada.

Frunciendo el ceño, Paula pasó los huevos a un plato.

—Para mí sí.

—De acuerdo, así que no estás casada. ¿Tienes una relación seria?

Paula dejó el plato delante de él.

—¿Hay algún motivo para que me hagas estas preguntas?

Pedro sonrió. Paula era lo bastante mayor como para no andarse con rodeos.

—Desde luego que sí: porque cuando por fin te bese, no quiero estar pensando que tu boca le pertenece a otro.

Paula se quedó muda. Luego abrió la boca, pero acabó por apretar los labios. Pedro rió.

—Apretar los labios no te va salvar de que te obligue a abrirlos para besarte si eso es lo que quiero, Paula.

Paula se cruzó de brazos.

—¿Ha pasado algo que justifique esta locura?

—¿Así es como lo llamas, locura? —preguntó él, empezando a comer.

Paula alzó la barbilla y lo miró con indignación.

—¿Se te ocurre otra manera de llamarlo?

—¿Hambre?

Paula frunció el ceño.

—¿Hambre?

—Sí, hambre sexual. Necesito que dejes de obsesionarme y creo que lo conseguiré si te beso.

martes, 7 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 12

—No sé de qué me estás hablando.

—Estabas coqueteando con ella.

Nicolás se encogió de hombros.

—Si fuera así, ¿Qué tendría de malo?

—Si lo has hecho para provocarme…

—Lo he conseguido —dijo Nicolás, sentándose al otro lado del escritorio—. Vamos, Pepe, admite que te gusta y que por eso estás pensando en despedirla a pesar de que cocina mejor que Norma y de que tiene mucho mejor carácter. Siento decirlo, pero Norma ha estado insoportable.

Pedro suspiró profundamente. Era verdad que Norma había cambiado desde que había descubierto, unos meses atrás, que su marido la engañaba. Como consecuencia, parecía querer vengarse del género masculino en conjunto. Inicialmente sus hombres se habían mostrado comprensivos, pero con el paso de los días, había acabado irritándolos. Eso no significaba que pensara dejarla sin trabajo, pero cuando volviera, tendrían que mantener una larga charla.

—Aunque haya pasado por una crisis, no pienso echarla —dijo.

—Claro que no. Pero entretanto, no hay nada malo en que tus hombres coman bien y reciban un buen trato —al no obtener respuesta de Pedro, Nicolás continuó—: Entiendo lo que te pasa. Sé lo que se sufre cuando se desea tanto a una mujer.

Pedro frunció el ceño.

—Ten cuidado con lo que dices; estás hablando de mi hermana.

—Estoy hablando de la mujer a la que amo, y que no manifiesta por mí el más mínimo interés —dijo Nicolás, enfurruñado—. Cualquier día vas a descubrir que hemos desaparecido los dos —sonrió—. Estoy pensando en secuestrarla.

Pedro rió.

—Atrévete. La devolverías en menos de una semana. Carolina haría de tu vida un infierno, y si yo fuera tú, no cerraría los ojos ni de noche. Es vengativa.

Pedro no descubría nada nuevo a su amigo. De sus tres hermanas, Carolina era la más fuerte. Nicolás lo sabía y por eso mismo la amaba.

—¿Estás pensando de verdad en echar a Paula? —preguntó. Y Pedro supuso que prefería dejar el tema de su hermana—. Creo que sería un gran error que tus trabajadores tengan que sufrir las consecuencias de que no seas capaz de dominar tus instintos.

Pedro pensó que no tenía sentido negar la verdad. Era la primera vez en su vida que se sentía incapaz de dominarse.

—Los hombres han hecho apuestas sobre cuánto tiempo durará —continuó Nicolás, sonriendo—. A algunos les va a sorprender encontrarla todavía aquí.

A Pedro no le hizo ninguna gracia que sus hombres hubieran percibido el interés que sentía por Paula.

—No es la única cocinera del mundo.

—Seguro que no, pero no sé cuántas estarían dispuestas a vivir en un rancho. De hecho —Nicolás se rascó la barbilla—, no entiendo cómo una mujer como ella puede pasar dos semanas en medio de la nada. ¿No tiene familia?

Pedro reflexionó. La verdad era que ni siquiera se lo había planteado.

—¿Y si está huyendo y está aquí para esconderse? —preguntó Nicolás.

—¿Huyendo de qué?

—De un marido violento, de un prometido psicótico o celoso. ¡Yo qué sé! Si fuera tú, Pepe, lo averiguaría.

Pedro frunció el ceño ante esa posibilidad. Sólo sabía que a Paula le había sorprendido que el puesto fuera como interna, y que había atribuido su vuelta por la noche al temor a retrasarse por la mañana. Pero, ¿Y si Nicolás tenía razón?

—No creo que esté ni prometida ni casada, porque no lleva anillo ni marca de que lo haya llevado en el pasado.

Nicolás rió por lo bajo.

—Si eres capaz de fijarte en todos esos detalles sobre el dedo de una mujer, eres peor que Leandro o Daniel.

Pedro no se dejó provocar.

—Como quieras —dijo, encogiéndose de hombros.

—Como quieras tú, pero ten en cuenta que si la despides, puedes estar enviándola a su muerte.

—¡No seas tan dramático! —protestó Pedro.

—No digas que no te he advertido —Nicolás se puso en pie y fue hacia la puerta.

—Espera, todavía no hemos tenido la reunión —dijo Pedro, sorprendido.

—Ni vamos a tenerla. Huele demasiado bien. Y si piensas echarla, antes quiero disfrutar de un buen desayuno.

Pedro siempre se había enorgullecido de poseer fuerza mental y autocontrol, pero creyó perder ambos cuando, una hora más tarde, entró en el comedor. Los hombres se habían ido y sólo quedaba Paula, recogiendo. En cuanto la vió, quiso cruzar la habitación y besarla hasta que dejarla sin aliento.

—Te has perdido el desayuno, pero te he guardado algo en el horno, y puedo hacer los huevos como quieras.

Pedro, sorprendido de que hubiera pensado en él, asintió.

Eres Irresistible: Capítulo 11

—Norma prefiere que lleguen a la hora del almuerzo con hambre —comentó Pedro, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿No tendrán hambre igualmente? —preguntó ella, desconcertada.

—Sí.

Paula decidió no preguntar más y aceptar que Norma y ella eran muy distintas, y que su objetivo era conseguir que Pedro se sintiera en deuda con ella por lo bien que había alimentado a sus hombres. Además, volver a pasar tiempo en la cocina le había hecho recordar cuánto disfrutaba cocinando. Oyó el ruido de un motor.

—Parece que ya llegan.

Pedro sacudió la cabeza.

—No, es Nicolás. Siempre llega el primero para reunirse conmigo.

Paula asintió. El día anterior había notado que Nicolás y Pedro mantenían una relación especial, más de amigos que de jefe y empleado.

—Es australiano, ¿Verdad?

Pedro se sirvió una taza de café y lo probó. Hasta el café le sabía mejor hecho por Paula.

—Sí —contestó tras beber.

Sólo un grupo reducido de gente dentro de la familia sabía que Nicolás era millonario y que poseía una gran extensión de tierra en Australia, donde tenía varios ranchos en los que criaba ovejas. Con treinta y cuatro años, era el hijo de un rico australiano y de una afroamericana. Paula no necesitaba saber que donaba a la beneficencia el salario que ganaba en el rancho ni que la única razón de que no hubiera vuelto a su país era que confiaba en conquistar a Carolina. Nicolás lo conocía lo bastante bien como para saber que mantenía una actitud extremadamente protectora hacia sus hermanas, y había tardado todo un año en convencerle de que sus intenciones eran honorables y de que quería casarse con Carolina. Tanto Pedro como Marcos le habían dado su bendición, pero la última palabra la tenía Carolina, quien no había dado la menor señal de estar interesada o de ser consciente de los esfuerzos de aproximación de Nicolás. En opinión de Pedro, eso era una buena señal, dado que ella era de sus tres hermanas la que poseía una personalidad más fuerte, y la que siempre decía que jamás entregaría su corazón a un hombre.

—Parece que lo tienes todo bajo control —dijo a Paula, lanzando una última mirada a su alrededor.

—Siento que dudaras que fuera capaz de conseguirlo.

Paula era aún más descarada que sus hermanas.

—No es eso, Paula. Ayer demostraste tus habilidades con creces.

Ella alzó la barbilla.

—Entonces, ¿Qué te pasa?

Pedro estuvo tentado de decirle que no sabía a qué se refería, pero cambió de idea. Si era honesto, desde que la había visto le había causado problemas y era él quien no sabía cómo comportarse ante una mujer de una sensualidad tan exuberante que le aceleraba la sangre en las venas.En ese mismo momento habría podido cruzar la habitación y besarla. Y supo que si pasaba una noche más bajo su techo, no podría reprimirse. Así que lo justo sería advertirla.

—¿Cuántos años tienes, Paula?

—Veintiocho —dijo ella, sorprendida por la pregunta.

Pedro asintió lentamente, sin apartar la mirada de ella.

—Entonces eres lo bastante mayor como para saber qué me pasa. Pero por si no lo sabes, te lo demostraré luego.

Paula sintió un intenso calor en el vientre al tiempo que se le aceleraba el corazón. Las palabras de Pedro no dejaban lugar a dudas, y las confirmaban sus ojos, en los que se veían promesas que no intentaba ocultar y que estaba decidido a cumplir. Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta y entró Nicolás Austell. Los miró alternativamente y sonrió con complicidad.

—Pedro, Paula, ¿He venido en mal momento?

Paula vió que Pedro fruncía el ceño. Sofía le había hablado de que le gustaba preservar su intimidad, así que era lógico que no le gustara que su amigo fuera testigo de la tensión sexual que había entre ellos.

—En absoluto —dijo Pedro—. Pasa, Nico. Vayamos al despacho.

Dejó la taza sobre la mesa y fue hacia la puerta, pero se detuvo al ver que Nicolás se había parado al llegar a la altura de Paula.

—Estás preciosa, Paula —dijo con una encantadora sonrisa.

Paula lo miró y se preguntó si se trataba de un comentario amable o de un descarado coqueteo.

—Estamos perdiendo el tiempo, Nico. ¿Nos reunimos o qué? —dijo Pedro, malhumorado.

Nicolás miró a Pedro sonriente.

—Ya voy, ya voy —dijo. Y lo siguió fuera de la cocina.

Pedro dió un portazo antes de volverse hacia Nicolás.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó entre dientes.

Nicolás lo miró con una inocencia que no engañó a su amigo.

Eres Irresistible: Capítulo 10

Paula decidió no girarse al oír un ruido. Aunque Pedro fuera el único hombre que hubiera despertado un vivo interés en ella, no estaba dispuesta a dejar que la alterara. Ya lo había conseguido a lo largo de la noche, que había pasado en vela.

—Buenos días.

¿No podía hablar en un tono menos sensual? ¿Cómo era posible que dos palabras le hicieran estremecer? A su pesar, se volvió para saludarlo.

—Buenos…

Enmudeció. Pedro Alfonso estaba en mitad de la cocina, poniéndose una camisa, y aunque se la estaba abotonando, Paula llegó a tiempo de ver sus musculosos abdominales y sus esculpidos brazos. Llevaba unos vaqueros que le colgaban de las caderas e iba descalzo, y aunque era evidente que se había dado una ducha, tenía el aspecto soñoliento de recién levantado. Paula, sin poder apartar la mirada de él, se dijo que aquélla era la portada que quería para la revista. Él le sostuvo la mirada mientras se abrochaba el último botón.

—Me cuesta creer que te hayas levantado antes que yo —dijo, poniéndose un cinturón.

—No podía dormir —decidió mentir a medias—. Suele pasarme cuando duermo fuera de casa.

—Pero veo que has dormido bastante como para poder trabajar. Los hombres estarán hambrientos.

Paula rió con sorna.

—Según Mamá Luisa, siempre lo están.

—¿Quién es Mamá Luisa? —preguntó él con curiosidad.

—La persona que me enseñó a cocinar —dijo Paula, consciente de que había dicho ya demasiado.

Pedro asintió y ella empezó a batir unos huevos en un cuenco. Oyó que él se movía y sintió que se acercaba porque con cada paso, la temperatura de su cuerpo se elevaba un grado.

—Me dejas boquiabierto.

Paula no pudo contener una sonrisa maliciosa y lo miró por encima del hombro.

—¿Otra vez?

—Sí. Has preparado salchichas y beicon.

—¿Te parece mal? —preguntó ella arqueando una ceja.

—No —Pedro se encogió de hombros—. Sólo que Nellie suele hacer una cosa u otra.

—Pero yo no soy Norma —dijo ella con descaro.

Pedro la miró detenidamente antes de decir en tono insinuante.

—Eso es evidente.

Sin saber cómo reaccionar, Paula dió media vuelta y dejó el cuenco al lado del fogón para acercarse a ver las galletas. Notaba que Pedro le estaba mirando las piernas y sintió el impulso de bajarse la falda a pesar de que le llegaba casi a la rodilla y de que se había puesto mallas. Si aquélla no le parecía apropiada, prefería no pensar qué opinaría de las que apenas le cubrían los muslos.

—¿Y además has hecho galletas?

Paula abrió el horno con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Tampoco es habitual?

—La verdad es que no.

Paula cerró la puerta del horno y lo miró, haciendo un esfuerzo para no fijarse en lo sexy que estaba.

—¿Por qué Norma hace siempre los mismos menús? —preguntó.

Al cruzarse de brazos, llamó involuntariamente la atención de Pedro sobre sus senos, que reaccionaron a su mirada al instante, con un cosquilleo y un endurecimiento de sus pezones. Pedro esbozó una sonrisa.

—Si conocieras a Norma no harías esa pregunta.

—Por eso te lo pregunto a tí.

Pedro ladeó la cabeza y la miró en silencio consiguiendo una vez más que su cuerpo reaccionara con una oleada de calor. Paula no comprendía cómo era posible que le sucediera eso cuando Daren jamás había conseguido prender ni una llama en su interior. Quizá tampoco lo había intentado nunca, dado que su carrera política ocupaba un lugar prioritario en su vida. Le importaba más poder mostrarla en público como la hija del senador Chaves, que dedicarle tiempo en privado, que ocupaba navegando en Internet. Pablo sólo podía ser descrito como el antiromanticismo en persona. Pero la gota que colmó el vaso fue su sugerencia de que hicieran un trío, diciendo que ese tipo de juego sexual le resultaba extremadamente excitante. Sin pestañear, le había echado de su casa advirtiéndole que no quería volver a verlo. Desde ese momento, había concentrado toda su energía, incluida la sexual, en encumbrar su revista al éxito, y no se le había pasado por la mente entablar una relación con un hombre. Hasta aquel instante, en que se sentía como una devoradora de hombres a punto de bajarle la bragueta a Pedro y asaltarlo.

Eres Irresistible: Capítulo 9

—¿Vas a dejarme entrar o tengo que pasar la noche aquí fuera? —preguntó Paula.

Pedro no pudo evitar sonreír al pensar que era tan descarada como su hermana Luciana. Y cuando ella se humedeció los labios, sintió un golpe de calor en la ingle.

—Claro que puedes entrar. Pasa —Pedro se agachó para tomar su maleta.

—Muchas gracias —dijo Paula.

Y entró. Su perfume envolvió a Pedro, alimentando sus sensuales pensamientos. Ella lo miró de soslayo.

—¿Cuál es mi habitación?

—En el segundo piso —dijo él, con una media sonrisa—. Sígueme.

Subieron la escalera y avanzaron por un corredor con dormitorios a ambos lados. Su hermana Carolina era la decoradora de la familia, y Pedro le había dejado hacer a su antojo. Al llegar a la habitación que iba a ser el dormitorio de Paula, se echó a un lado para dejarle pasar. Por la expresión de su rostro, supo que había acertado con la elección. Que le gustara significaba que era una mujer de encajes y tonos suaves. Mientras ella miraba a su alrededor, él dejó la maleta sobre la cama. Iba a marcharse, pero la expresión absorta de Paula le hizo detenerse. Era el efecto que el trabajo de Carolina tenía en la gente, y una vez más le sirvió para confirmar que el dinero que le había costado su educación había estado bien invertido.

—Quienquiera que haya decorado esta parte de la casa ha hecho un magnífico trabajo —dijo Paula, mirándolo.

Al ver que él la miraba con la misma intensidad que aquella mañana, le faltó el aire. Por más que quisiera negarlo o pensar que no eran más que imaginaciones suyas, había algo entre ellos, y ese algo le hacía arder de deseo y endurecía sus pezones. Deslizó la mirada hacia abajo y le alegró comprobar que ella no era la única alterada. Pedro estaba excitado. Muy excitado. Y ni podía ni parecía querer disimularlo. Paula volvió a mirarlo a los ojos y descubrió en ellos la promesa de noches ardientes, llenas de sensualidad y de besos que empezarían en su boca y acabarían entre sus muslos, con un estallido que sacudiría cada célula de su cuerpo. Paula tomó aire con la seguridad de que había leído todo eso en los ojos de Pedro, y de que no se trataba de ninguna invención. Al instante vió algo más en esos mismos ojos: la advertencia de que si no podía aguantar el calor, no se acercara a la llama. Tomó aire. ¿Sería Pedro Alfonso el primer hombre al que no podría dominar?

—Te dejo para que puedas instalarte —dijo él finalmente, rompiendo la tensión sexual que se había creado. Paula, que se había quedado sin habla, se limitó a asentir—. Buenas noches, Paula.

Ella se quedó mirándolo mientras se iba. La única solución posible era que se fuera de su casa, se decía Pedro varias horas más tarde, recorriendo su dormitorio arriba y abajo. Lo que había sucedido en el dormitorio de invitados no podía repetirse. Había estado a punto de cruzar la habitación y besar a Paula hasta saciar el deseo que le provocaba y que seguía sintiendo en aquel instante. Imaginar sus lenguas entrelazadas mientras la estrechaba con fuerza contra su pecho lo excitó hasta un punto doloroso. ¿De dónde había brotado aquella pasión? Prácticamente lo había transformado en una marioneta sin capacidad de raciocinio y no comprendía cómo lo había conseguido. Lo cierto era que se había sentido atraído sexualmente por ella desde el momento en que la vió, que nada más posar sus ojos en ella la sangre se le había acelerado y una corriente lo había recorrido de abajo arriba con la fuerza de una erupción volcánica. Cada célula, cada hueso y cada músculo de su cuerpo se habían visto afectados. Durante el almuerzo, esas sensaciones apenas habían remitido. Por eso Nicolás había notado que no dejaba de mirarla, y Pedro empezaba a sospechar que Leandro y Daniel habían dejado de coquetear con ella porque habían notado su interés, y no porque se dieran por vencidos.

Se frotó la cara con un gruñido de frustración. Mientras ella debía estar durmiendo plácidamente, él estaba en vela, recorriendo la habitación como un tigre enjaulado y con una erección que le impedía dormir. Llegó a plantearse seriamente echarla aquella misma noche, y el solo hecho de que se le pasara esa idea por la cabeza le hizo darse cuenta de que estaba al borde del abismo. De todos sus hermanos, era el que menos interés mostraba por las mujeres, y menos aún durante el último año, en el que se había dedicado en cuerpo y alma a su trabajo. Por otro lado, no tenía ningún interés en ganarse la reputación de conquistador que tenían algunos de ellos. Al menos ya había logrado convencerlos de que su desinterés por las mujeres no tenía nada que ver con Micaela McKay, la mujer que lo había dejado en el altar, ante doscientos invitados, diez años atrás. Lo más triste era que su familia la tenía mucho cariño hasta que descubrieron por qué lo había dejado. Confesó haber tenido una aventura de la que se había quedado embarazada, y había sido lo bastante honesta como para decir la verdad en lugar de hacerle creer que era su hijo. Pero lo que nadie de su familia sabía era que si se había decidido a casarse con ella no era por amor, sino por sentido de la responsabilidad, así que la cancelación había sido más una bendición que un castigo.  Respiró profundamente. De lo que no cabía duda era de que Danielle jamás le había excitado como lo hacía Paula. Fue hacia la cama maldiciendo. Apenas le quedaba unas horas por delante antes de una dura jornada de trabajo. Los cotilleos viajaban a toda velocidad en Territorio Alfonso  y la noticia de lo guapa que era su nueva cocinera ya se habría extendido. Probablemente se habían hecho apuestas sobre cuánto tardaría en echarla. Y ganaría quien hubiera apostado que sería pronto, porque no pensaba retrasar la llamada a la agencia ni un solo día más.

jueves, 2 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 8

—Pau, dime que bromeas.

Paula dejó la maleta en el suelo y miró a Sofía, que la observaba con preocupación. Había decidió ir a pasar la noche al rancho para no correr el riesgo de llegar tarde.

—¡Vamos, Sofi, no tienes de qué preocuparte! Yo le hago un favor y él tendrá que devolvérmelo.

—No creo que él lo vea así. Además de invadir su intimidad, estás engañándolo.

—No es verdad.

—Sí lo es. Y cuando se entere va a montarse un escándalo. Para entonces tú estarás de vuelta en Florida, pero yo vivo aquí, y sufriré las consecuencias. No conoces a los Alfonso. Si atacas a uno, atacas a todos.

—¿Y a qué Alfonso te preocupa molestar, Sofía? —preguntó Paula, cruzándose de brazos.

—A ninguno —dijo Sofía, esquiva.

—Sofi, estás hablando conmigo y sabes que no puedes mentirme. No me hagas perder el tiempo y dime quién es.

—El hermano de Pedro —dijo Sofía a regañadientes—, Federico.

Paula la miró perpleja ante el amor que reflejaba la mirada de su amiga.

—¿Federico Alfonso? Nunca me habías hablado de él.

Sofía sonrió con tristeza.

—Lo quiero desde pequeña, pero él nunca me consideró más que una amiga de su hermana pequeña. Cuando me fui a la universidad creía haberlo olvidado, pero al volver a casa me di cuenta de que estaba equivocada. Hace un mes entró en la tienda de mi padre y…

—¿Te pidió una cita?

—Ojalá. No, compró una lata de pintura.

Paula tuvo que contener una carcajada.

—Ahora que lo sé, prometo decirle a Pedro la verdad lo antes posible. Pero por ahora, quiero hacer que se sienta en deuda conmigo.

Sofía asintió.

—Sé cuánto significa para tí conseguir que aparezca en la portada de la revista.

—No te preocupes. Todo saldrá bien —dijo Paula con una sonrisa tranquilizadora.




Pedro levantó la vista de los papeles que estaba estudiando y pensó en comer los restos de la tarta de melocotón que habían quedado. Sólo pensarlo, se le hacía la boca agua. Igual que cuando pensaba en Paula Chaves . Dejó el bolígrafo en el escritorio y se reclinó sobre el respaldo del asiento mientras la imaginaba con sus ajustados vaqueros y la blusa que se ceñía a sus tentadores senos… Sólo imaginarla le hacía excitarse. Fue a la cocina por una cerveza para calmar su ansiedad. Apoyándose en la encimera, bebió de la botella y miró a su alrededor. Extrañamente, encontraba la casa silenciosa y vacía. Contempló el suelo de cerámica y pensó en su bisabuelo, Rafael Alfonso, el propietario de mil ochocientos acres a las afueras de Denver. Cuando un Alfonso cumplía veinticinco años, recibía cien acres de su propiedad, y por eso toda la familia vivía en la misma zona. Por ser el mayor, además de los cien acres Marcos había heredado la casa principal: Shady Tree. Un edificio de dos pisos asentado en trescientos acres en donde se celebraban las reuniones familiares más importantes. Desde que Marcos se había casado con Pamela, los Alfonso encontraban frecuentes motivos de celebración. Todos adoraban a Pamela, al contrario de lo que había sucedido con la primera mujer de Marcos, y la habían acogido, junto con sus tres hermanas, con los brazos abiertos.

Pedro se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta. Miró el reloj. Eran las once, así que debía ser una de sus hermanas, que pensaban que podían pasar a verlo a cualquier hora del día o de la noche. Sacudiendo la cabeza fue a la puerta, convencido de que se trataría de Sonia, que trabajaba de anestesista en el hospital de la ciudad. Sin molestarse en preguntar quién era, abrió la puerta y le desconcertó encontrarse con Paula Chaves, sujetando una pequeña maleta. La sorpresa fue tal que se quedó mirándola sin decir palabra. Por la manera en que se mordisqueaba el labio, dedujo que estaba nerviosa. Pero lo que lo había dejado mudo fue su indumentaria. Llevaba un corto vestido extremadamente sexy que había arruinado poniéndose mallas. Aun así, y aunque hubiera estado mucho mejor con las piernas desnudas, estaba preciosa. Lo bastante como para devorarla después de lamerle todo el cuerpo. Tragó saliva.

—Ya sé que he dicho que vendría mañana, pero no quería arriesgarme a llegar tarde.

Y allí estaba. Por más que Pedro tratara de evitarlo, su mente estaba poblada de pensamientos ilícitos sobre las cosas que le gustaría hacerle. Se quedaron mirando el uno al otro y él  sintió su libido aumentar, al tiempo que tenía que admitir que había descartado la idea de llamar a la agencia de colocación porque, en el fondo, no quería que mandaran una sustituta.