martes, 4 de diciembre de 2018

Culpable: Capítulo 6

Tal y como era apropiado, Pedro se había detenido para felicitar al candidato elegido después de que terminaran las entrevistas. Para él no había sido difícil tomar una decisión, sin embargo, el comité había tenido que debatir, y la decisión final no había sido unánime. Recordó la mirada dolida de aquellos ojos de color azul cobalto y trató de ignorarla. Estaba seguro de que ella llevaba toda la vida empleando la misma fórmula. La expresividad de sus ojos y su manera de pestañear para contener las lágrimas y mantener la compostura habían conseguido que él tuviera que apretar los dientes. Los miembros del comité que seguían defendiendo la primera elección se habrían disgustado menos si hubiesen sabido lo que él sabía acerca de la señorita Chaves.

–Así que te parece buena idea construir una oficina en el prado después de que derrumbemos el...

Pedro centró la atención en la conversación con su hermana.

–Bien... Bien...

Sus carcajadas provocaron que la gente los mirara.

–¿Qué pasa? –preguntó él, enfadado.

–No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho.

Él la miró con impaciencia y abrió la puerta del pasajero.

–Sube al coche, ¿Quieres?

Ella arqueó las cejas.

–Estás de mal humor, hermanito, pero no lo pagues conmigo –le advirtió.

–No estoy de mal humor –tenía las cosas claras en lo que se refería al bienestar de los niños.

Esa vez la risa de su hermana quedó ahogada por el anuncio que explicaba que debido a las inundaciones la línea de trenes con destino a Edimburgo estaba cortada. Malas noticias para los pasajeros que empezaban a vagar resignados por la estación.


–Afortunadamente, decidí tomar el tren anterior –comentó Carolina.


Paula se estremeció bajo la fina chaqueta que llevaba. El nudo que tenía en la garganta apenas le dejaba respirar. Al verlo, el estruendo que retumbaba en su cabeza se hizo más fuerte. Estaba allí de pie, como si fuera el dueño del lugar, sin apartarse para dejar paso porque esperaba que otros lo hicieran. Estaba en medio y la gente tenía que disculparse por haberse chocado con él. Y ella había hecho lo mismo, aunque en su caso, ¡además había permitido que la pisoteara! Había permanecido allí sentada escuchando lo que él le decía durante la entrevista. Si ella le hubiera dicho lo que pensaba de él no estaría sintiéndose...

–¡Ha sido patético! –exclamó en voz alta.

–¿Se encuentra bien, cariño?

Paula forzó una sonrisa y miró a la pareja de ancianos que se había acercado a ella.

–Sí, estoy bien... –mintió.

Se calló al ver que aquel hombre alto y odioso agarraba del codo a su bella acompañante. Respiró hondo y cerró los ojos. Era su oportunidad para decirle lo que realmente pensaba de él. Miró a la pareja y asintió, recogió su bolsa y se adentró entre la multitud.

–Esperaba que trajeras a Valentina. ¿Se encuentra bien?

Mientras su hermana miraba a su alrededor como si esperara que su hija se materializara, Pedro abrió la puerta del lado del pasajero.

–Está bien –la tranquilizó–. He venido directamente de hacer las entrevistas para el puesto de director.

–¿Había muchos candidatos? –Carolina miró la carpeta que estaba abierta sobre el asiento del pasajero y miró el nombre que aparecía en la primera página–. Espero que más de uno.

–Más de uno –repuso el hermano. Le quitó el currículum vitae de las manos y lo tiró al asiento trasero.

Su hermana no hizo ademán de entrar en el coche. Estaba mirando a su hermano fijamente.

–Estás raro. ¿Estás seguro de que Valen está bien? ¿No ha pasado nada?

–Se podría disculpar a un hombre por pensar que no crees que es capaz de cuidar de una niña de cinco años –a pesar de su comentario, Pedro no se sentía ofendido. Era consciente de lo difícil que le resultaba a su hermana delegar la responsabilidad en lo que a su hija se refería, y sabía que él no servía como sustituto de la niñera habitual, que se había roto una pierna. Por suerte, tardaría en recuperarse menos tiempo del que su sobrina había estado confinada en la cama a causa del fuerte dolor de cadera que le provocaba la enfermedad de Perthes.

Culpable: Capítulo 5

–Permita que le plantee una situación hipotética, señorita Chaves.

Paula sonrió y asintió. «Adelante», pensó. El orgullo provocó que saliera de la sala con la espalda derecha y la cabeza bien alta, deteniéndose un instante para mostrar su agradecimiento a los miembros del comité. No estaba dispuesta a permitir que Pedro Alfonso tuviera el placer de verla derrumbarse.

Pedro no evitó mirarla ni trató de ocultar su sonrisa condescendiente. La expresión de su rostro indicaba que estaba satisfecho con el trabajo que había hecho. Los otros miembros del comité permanecieron en silencio, sin mirarla, y quizá fuera mejor así porque, si le hubieran hecho algún comentario amable, se habría derrumbado.

–Le pediré un taxi.

Su oferta no denotaba amabilidad, así que Paula pudo mantener la compostura hasta que su mirada se cruzó con la de su acosador. Mantener la compostura sí, pero no ocultar el dolor que transmitía la mirada de sus ojos azules. Él fue el primero en bajar la vista para apuntar algo en la hoja de papel que había sobre la mesa. Ella sospechaba que había trazado una línea sobre su nombre. ¿Por qué lo había hecho? ¿Solo porque podía hacerlo? ¿Y por qué ella se lo había permitido?

Una vez en el pasillo, Paula sintió que el coraje la abandonaba y se derrumbó como si fuera una marioneta a la que le habían cortado los hilos. Empezaba a tener una fuerte migraña y se apoyó en la pared, sintiendo el frío de los baldosines a través de la tela de la blusa. Se había dejado el abrigo en una silla de la sala, pero prefería agarrar una neumonía antes que entrar a por él. Se fijó en el reloj que había colgado en la pared de enfrente y comprobó que solo habían pasado cinco minutos después de que hubiera estado a punto de conseguir el trabajo de sus sueños. Pedro Alfonso había necesitado menos de cinco minutos para lograr que aparentara ser una estúpida incompetente. ¡Y ella se lo había permitido! Con una mueca de disgusto, comenzó a avanzar por el pasillo.

El taxi estaba esperándola fuera. Una vez dentro, comenzó a pensar en todas las respuestas posibles para las preguntas aparentemente inocentes que él le había hecho. Él la había guiado hacia el borde de un agujero, pero ella lo había saltado. ¡Y él lo había disfrutado! Paula era una persona que creía firmemente que, por lo general, la gente era buena y no quería pensar que él había disfrutado gracias a su nerviosismo. Pero era cierto. Se miró las manos y vió que estaba temblando. En ese momento, tomó una decisión. Habían llegado a su hotel.

–¿Le importaría esperarme? – no se sentía segura para conducir de vuelta hasta Inverness con el coche de alquiler, y no le importaba cuánto podía cobrarle el taxista por el trayecto.

Después de contactar con la empresa de alquiler de vehículos y asegurarles que pagaría por los gastos de recogida del vehículo, Paula juntó sus cosas en menos de treinta segundos. Había reservado una habitación para dos noches en un hotel con vistas al puerto, pero el lugar había perdido su encanto, igual que las Highlands. El recuerdo de un entorno seguro y familiar provocó que se sintiera nostálgica. Todos tenían razón. Mudarse allí había sido una idea malísima, y no porque no hubiera hombres, tal y como le había sugerido Martina, sino porque estaba aquel hombre. Alguien en quien ni siquiera podía pensar sin desear romper algo. Su cabeza, por ejemplo. Subió al taxi de nuevo, se abrochó el cinturón y cerró la puerta.

–A la estación de Inverness, por favor.

Paula ya estaba sentada en el tren cuando pidieron a los pasajeros que se bajaran de nuevo. Los trenes de la línea entre Inverness y Glasgow no podían circular debido a las fuertes lluvias.

–Dicen que el granizo es del tamaño de pelotas de golf.

A los pasajeros que pidieron el horario de autobuses les dijeron que los conductores tampoco querían arriesgarse y que no había servicio. Paula solía tomarse las cosas con filosofía, pero ese día la invadía la rabia y la frustración. ¿Era posible que tuviera un día peor? Por supuesto que sí. No paraban de sucederle cosas, y ese hombre no hacía más que aparecer. Dos veces no eran demasiadas, pero a ella le parecían muchas más. Pedro Alfonso estaba junto a un lujoso coche que indicaba que no provenía de un hogar tradicionalmente pobre. Paula estaba segura de que él se había convertido en un hombre tan desagradable a causa de tener dinero. Lo que Pedro había hecho con ella era un abuso de poder. Era inexplicable que una persona pudiera disfrutar haciendo sufrir a otra. Y tenía la sensación de que había sido algo personal. Si el hombre no hubiese sido un completo desconocido, habría pensado que la entrevista podía haber estado amañada. Quizá a él no le gustaran las mujeres pelirrojas quienes, en su opinión, tenían mala fama. Su personalidad no era más fuerte que la de los demás. De hecho, se consideraba una mujer tranquila.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Culpable: Capítulo 4

Pedro reconocía que era fácil ser despreciativo cuando no se había experimentado la sensualidad que proyectaba aquella mujer. Su boca incitaba al pecado. Sus labios prometían momentos apasionados a todos aquellos afortunados que pudieran saborearlos. A medida que se apiadaba de su amigo, aumentaba su desprecio por la mujer que había empleado la sensualidad como arma.

–No la entretendré demasiado, señorita Chaves. ¿Le importaría sentarse de nuevo?

Puesto que no era una opción, Paula obedeció y se fijó en la mirada crítica y poco amistosa que seguía cada uno de sus movimientos.

–La señorita Chaves ha viajado en tren toda la noche. Debe de estar muy cansada –comentó el concejal local antes de tomar asiento.

–Nos está viendo en el mejor momento. El invierno aquí es muy largo.

De su comentario se deducía que él pensaba que ella se pondría a llorar en cuanto comenzara a nevar. ¡Y eso se lo decía un forastero!

–¿Ha vivido aquí mucho tiempo, señor Alfonso?

Paula se percató de que los miembros del comité se miraban divertidos. ¿Por qué les parecía tan gracioso lo que había dicho?

–Toda mi vida.

La única mujer que había en el comité fue la que explicó la broma.

–Los Alfonso Zolezzi llevan muchísimo tiempo siendo generosos benefactores de la comunidad, y Pedro dedica un tiempo de su apretada agenda para ejercer como miembro del consejo escolar.

Paula se percató de que él esbozaba una sonrisa, pero no la miraba. Su voz era grave y dulce a la vez pero no tenía ningún acento escocés a pesar de que pertenecía a la familia Alfonso Zolezzi.
 Bajó la vista. Suponiendo que consiguiera el trabajo, ¿Eso significaba que tendría que trabajar con él? La idea hizo que se le acelerara el corazón. Con suerte, toda su implicación en la escuela no era más que firmar los cheques. Al ver que él volvía a dirigirse a ella, se esforzó para no estremecerse.

–Cuénteme, ¿cuánto tiempo lleva enseñando?

–Cinco, no, cuatro...

Su intensa mirada provocó que se sonrojara, una de las maldiciones de su condición de pelirroja.

–Cinco años y medio –contestó al fin.

Pedro apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia ella. La voracidad que ocultaba su sonrisa hizo que Paula se sintiera como Caperucita Roja. Aunque aquel hombre hacía que el lobo pareciera benévolo.

Culpable: Capítulo 3

Al ver que llevaba un elegante traje gris que realzaba su cuerpo musculoso, ella sintió un cosquilleo de deseo en el estómago y miró hacia otro lado, fijándose en que sus dedos estaban blancos a causa de la fuerza con la que agarraba el picaporte. Tenía que recuperar el control. El ambiente había cambiado.

Pedro había entrado en la sala y, al ver a una bella mujer, se había sentido fuertemente atraído por ella. El sentimiento era tan intenso que ni siquiera disminuyó cuando, al reconocerla, la rabia lo invadió por dentro. Había estado a punto de enfrentarse a ella allí mismo, delante de todos los miembros del comité Por desgracia, no había sido capaz de controlar la testosterona que provocaba un fuerte calor en su entrepierna. Pero, desde la adolescencia, había aprendido a controlar a sus hormonas, impidiendo que gobernaran su vida. En su opinión, un hombre no podía controlar ninguna situación a menos que pudiera controlarse a sí mismo. Y a Pedro le gustaba mantener el control. Tenía dos cosas claras: aquella mujer no tenía autoridad moral para ser profesora y, sin embargo, se había ganado la simpatía del comité. Era cierto que, si la hubiese conocido por primera vez, quizá no habría adivinado que tras esa cara angelical se escondía una arpía de primera clase. Pero a pesar de saber lo que aquella mujer era capaz de hacer, debía hacer un esfuerzo para que no le afectara la intensa mirada de sus ojos azules. No permitiría que la semilla de la duda germinara en su interior, y estaba seguro de que podría convencer a los otros miembros del comité de que bajo aquel vestido de bibliotecaria sexy, y detrás de aquella sonrisa, estaba la persona equivocada para el puesto de trabajo que ofrecían. Sin embargo, sería completamente imparcial y le daría la oportunidad de que ella misma lo demostrara. Se sentó tras la larga mesa y se fijó en su cabello brillante.

La última vez que la vió, lo que le llamó la atención no fue el color de su pelo sino lo que estaba haciendo: besar en público y de manera apasionada a su mejor amigo, un hombre casado. A pesar de todo, Pedro recordaba que el color de su cabello era rojizo. Fernando siempre se había sentido atraído por las pelirrojas pero se había casado con una rubia y, a pesar de que aquella mujer había intentado destrozar su matrimonio, seguía casado con ella. Continuó observando el rostro de la mujer que había estado a punto de destrozar el matrimonio de su amigo y sintió que un fuerte deseo se apoderaba de él. Sabía que su reacción era la respuesta primitiva de un hombre hacia una bella mujer. Fernando no se había percatado de ello, pero es que su amigo siempre había sido un romántico y frecuentemente confundía el sexo con el amor. La noche en cuestión, Fernando lo había seguido fuera del restaurante, alcanzándolo justo cuando estaba a punto de meterse en el coche.

–No es lo que crees.

Pedro no contestó a su amigo. No era quién para dar la aprobación que su amigo Fernando estaba buscando.

–No le dirás nada a Laura, ¿Verdad? Está bien, lo siento, sé que no se lo contarías.

Pedro cerró la puerta de un golpe y se volvió hacia su amigo. ¿Cómo un hombre tan inteligente podía ser tan estúpido?

–Alguien se lo contará. No habéis sido nada discretos.

–Lo sé, lo sé, pero es el cumpleaños de Martina y quería llevarla a un sitio agradable. Es una mujer increíble y muy bella...

Al parecer, a Fernando no se le había ocurrido que a su amante le vendría bien que su mujer lo descubriera y lo obligara a tomar una elección. Ella debía de estar muy segura de sí misma. Pedro se cruzó de brazos y se apoyó en el coche. Tuvo que contenerse para no agarrar a su amigo por el cuello y preguntarle a qué diablos estaba jugando, pero Fernando decidió confesarse y contárselo todo. Reconocía muy bien la situación que le había descrito su amigo. La mujer no solo sabía lo que hacer dentro de un dormitorio sino que sabía cómo manipular a un hombre aprovechando sus puntos débiles. Había halagado a Fernando, y así había conseguido despertar su instinto protector. Estaba seguro de que ella refinaría esa técnica con el paso de los años y de que, quizá, se convertiría en una experta como su madre, a la que había visto recorrer Europa dejando a su paso a una larga lista de hombres con el corazón roto.

–¿Qué habrías hecho tú si fueras yo?

El comentario enfadó a Pedro, puesto que no era capaz de imaginarse en una situación similar. Para empezar, no tenía intención de casarse nunca, aunque comprendía que algunos hombres estaban hechos para el matrimonio y que Paul era uno de ellos.

–Yo no soy tú. Creía que Laura y tú eran felices.

–Lo somos.

–¿Y la quieres?

–Quiero a las dos, claro que sí, pero Martina es tan... Ella me necesita. Si rompiera con ella, se moriría. ¡Me ama!

Culpable: Capítulo 2

Paula se había puesto en pie, justo en el momento en el que alguien llamó a la puerta, provocando que el entrevistador dejara la frase incompleta. Ella tuvo que contenerse para no suspirar al ver al hombre que había entrado. Debía de tener unos treinta años, era alto, musculoso y tremendamente atractivo. Tenía una sonrisa sensual, largas pestañas y facciones marcadas. El cabello negro alborotado y los zapatos manchados de barro.

Paula no pudo oír lo que él le decía a los miembros del comité, pero sí percibió el aura de pura masculinidad que proyectaba. ¡Habría sido imposible no hacerlo! La acusada sexualidad que desprendía aquel hombre se entremezclaba con un potente halo de autoridad. ¿Era posible que fuera el miembro del comité al que habían disculpado por su ausencia? Si así era, Paula se alegraba de que hubiera llegado tarde, puesto que le costaba sostenerle la mirada sin sonrojarse. ¡Y lo peor de todo era que el ardor que la invadía no solo se manifestaba en sus mejillas! La probabilidad de que hubiera podido aguantar toda la entrevista sin quedar en ridículo era escasa. Estaba inquieta, posiblemente debido al estrés acumulado por la entrevista y el largo viaje hasta el norte. Fuera lo que fuera, nunca había experimentado una reacción como aquella ante ningún hombre. Incluso sentía un cosquilleo en el cuero cabelludo. Asombrada por su reacción, entrelazó los dedos y apretó las manos con fuerza para intentar controlarse. Él miró hacia otro lado por unos instantes y cuando volvió a mirarla, ella se estremeció. Desde luego, la intención de aquella mirada no era cautivarla.

Durante un instante, ella pensó que aquellos ojos de color de acero mostraban un destello de apreciación, pero enseguida se percató de que no era así y tuvo que esforzarse para recuperar la compostura cuando el presidente del comité hizo las presentaciones necesarias.

–Pedro, esta es la señorita Chaves, nuestra última candidata, aunque no por ello menos cualificada.

Paula puso una cálida sonrisa de aprobación.

–Hay té y galletas en el despacho. La señora Sinclair se ocupará de usted –el presidente se echó a un lado para permitir que Anna saliera de la sala y se volvió para hablar con el hombre alto de piel aceitunada y nombre de origen italiano–. La señorita Chaves se ausentará unos minutos mientras nosotros... Ah, señorita Chaves, este es Pedro Alfonso. Él es el motivo por el que la escuela disfruta de la buena relación con los negocios locales que usted tanto alabó.

Paula estaba tan aturdida que ni siquiera recordaba el comentario que había hecho al respecto.

–Señor Alfonso –contestó tratando de aparentar tranquilidad a pesar de que él la miró de forma penetrante.

–Paula también estaba impresionada por nuestro enfoque ecológico.

Paula tenía la mano en el picaporte de la puerta pero se detuvo al oír que decía:

–Gracias a la previsión y generosidad de Pedro, la escuela no solo produce suficiente electricidad para autoabastecerse sino que también vende el sobrante a la red. Hubo un momento en que se hablaba de tener que cerrar la escuela, igual que ha pasado con muchas otras, antes de que Pedro se interesara por ella de manera personal.

Se hizo una pausa y Paula supo que esperaban una respuesta. Asintió y dijo:

–Yo también tengo interés personal.

La mujer del comité habló en voz alta:

–¿Y cómo está la pequeña Valentina? La hemos echado de menos, Zolezzi.

–Aburrida.

Al parecer, el señor Alfonso, ¿O era Zolezzi?, era padre. Supuestamente, la niña iría acompañada de una madre que sería tan glamurosa como su padre. ¿Gente adinerada que se había ganado el corazón de los lugareños? A pesar de su cinismo, también contemplaba que sus motivos hubieran sido puramente altruistas. En cualquier caso, sabía que había muchas escuelas pequeñas al borde del cierre que habrían envidiado al pueblo su rico benefactor. Y era una lástima que lo necesitaran.

–Señorita Chaves –Pedro Alfonso dió un paso hacia Paula y ella agarró el picaporte con fuerza–. Debo disculparme por mi retraso. No parecía sincero, y su sonrisa no era muy convincente. Paula tenía la sensación de que no le caía bien a ese hombre. Contestó con una sonrisa forzada y, momentos después, él le preguntó:–¿Le importa que le haga algunas preguntas personales? –

«Como por ejemplo si ha destrozado algún matrimonio recientemente...». Por supuesto, él sabía la respuesta. Las mujeres como ella no solían cambiar, e iban por la vida dejando una estela de destrucción.

–Por supuesto que no –mintió Paula mientras Pedro se quitaba el abrigo que llevaba.

Culpable: Capítulo 1

Si fuera cierto que la perfección se consigue con la práctica, la sonrisa de Paula habría transmitido la mezcla justa de seguridad y deferencia. Sin embargo, mientras exponía su opinión acerca de los cambios recientes que se habían llevado a cabo en el programa de educación primaria, su corazón latía con fuerza bajo la chaqueta de lana de color rosa que llevaba. Trató de hablar con seguridad, alzó la barbilla e intentó relajarse. Al fin y al cabo, solo era un trabajo. ¿Solo un trabajo? ¿A quién pretendía engañar? Aquel trabajo era importante para ella, y se había percatado de ello cuando tuvo que elegir entre asistir a la entrevista para trabajar en una escuela local de renombre, que estaba a poca distancia de su casa, y donde sabía que tenía muchas posibilidades, o a la entrevista para conseguir una plaza en una escuela remota que se encontraba en la costa del noroeste de Escocia, un trabajo para el que nunca se habría presentado si no hubiese leído un artículo en la sala de espera del dentista. En realidad, deseaba ese trabajo más de lo que había deseado nada en mucho tiempo.

–Por supuesto queremos que los jóvenes se conviertan en personas cultas pero la disciplina es importante, ¿No cree, señorita Chaves?

Paula asintió.

–Por supuesto –se dirigió a la mujer que le había hecho la pregunta antes de mirar al resto del comité–, pero creo que en un ambiente en el que los niños se sientan valorados y en el que se les ayude a desarrollar su potencial, la disciplina no suele ser un problema. Al menos, esa ha sido mi experiencia en el aula.

El hombre calvo que estaba sentado a su derecha miró el papel que tenía delante.

–¿Y únicamente tiene experiencia en colegios urbanos? –sonrió a sus compañeros del comité–. Usted no está acostumbrada a una comunidad rural como esta, ¿Verdad?

Anna, que esperaba que le hicieran esa pregunta, se relajó y asintió. Sus amigos y familiares ya le habían hecho la misma observación, insinuando que en menos de un mes habría perdido las ganas de vivir en ese desierto cultural. Curiosamente, las personas que no le habían dado una opinión negativa habían sido aquellas que odiaban la idea más que nadie. Si su tía Juana y su tío Gerardo, cuya única hija se había ido a vivir a Canadá, se hubieran echado las manos a la cabeza al oír que la sobrina a la que siempre habían tratado como a una hija también iba a marcharse, habría sido comprensible, pero no, la pareja la había apoyado como siempre.

–Es cierto, pero...

–Aquí pone que tiene buenos conocimientos de galés.

–Hace mucho que no lo practico pero viví en Harris hasta los ocho años. Mi padre era veterinario. Me mudé a Londres tras el fallecimiento de mis padres –Paula no recordaba el terrible accidente del que había salido ilesa. La gente decía que había sido un milagro, pero ella creía que los milagros eran algo mejor–. Vivir y trabajar en las Highlands será regresar a mis orígenes, algo que siempre he deseado hacer.

La convicción de que su vida, si no su corazón helado, pertenecía a las Highlands, había hecho que ignorara los consejos y presentara la solicitud para la plaza de profesora en la pequeña escuela de primaria de una zona aislada de la costa noroeste de Escocia. A pesar de que se había separado de Marcos, y que la boda había sido fallida, ¡no estaba huyendo! Apretó los dientes, alzó la mandíbula y trató de no pensar en ello. Marcos, el hombre al que ella nunca había conseguido convencer para ir de vacaciones a un lugar sin sol y arena, y mucho menos al norte del país, se habría desconcertado con su decisión, pero su desconcierto ya no era un factor a tener en cuenta. Ella era un ser libre y les deseaba, a él y a su modelo de ropa interior, toda la felicidad que merecían, y, si eso incluía que la mujer rubia y delgada ganara unos cuantos kilos de peso, ¡mucho mejor! A pesar de que Paula ya no estaba destrozada por la separación, seguía siendo humana. Demostraría que podía hacerlo, pero primero tenía que conseguir el trabajo. Se concentró para mantener una actitud positiva, confiando en que fuera suficiente para convencer al comité de que le dieran una oportunidad.

–Muy bien, señorita Chaves, muchas gracias por haber venido. ¿Hay alguna cosa que quiera preguntarnos?

Paula, que tenía pensada una lista de preguntas prácticas e inteligentes para un momento como ese, negó con la cabeza.

–Entonces, si no le importa esperar en la sala de profesores un momento... Aunque creo que no soy el único que piensa que nos ha impresionado...

Culpable: Sinopsis

Tenía que recibir lecciones de pasión… Paula estaba a punto de conseguir el trabajo de sus sueños cuando se lo arrebataron todo. Y solo había un hombre al que se podía culpar. Pedro Alfonso, un antiguo piloto de carreras, creía que Paula era la mujer que estuvo a punto de terminar con el matrimonio de su mejor amigo. Pero, cuando ella llegó a la preciosa finca que Pedro tenía en Escocia para trabajar como empleada de su hermana, él experimentó una atracción que no había sentido en años. Pronto, empezó a cuestionarse la idea que tenía de ella. Porque, bajo la insolente actitud de Paula, había una inocencia irresistible que Pedro no podía dejar sin explorar…