jueves, 11 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 35

-Deben tener mucho de qué hablar -comentó con torpeza-. Si me necesitan, voy a estar con Leonardo en la cava.

Paula le dijo con los ojos que siempre la iba a necesitar, pero le agradeció su tacto. Estaba impaciente por averiguar por qué Vanesa había llegado sin avisar. Seguro que tenía relación con su volátil romance con Francisco, el norteamericano. Esperó hasta que Pedro saliera para acomodarse en el sofá, frente a su gemela.

-Ha sido una sorpresa --comenzó.

-Lo mismo ha dicho Pedro-Vanesa se rió triste-. Cuando me ha visto en la estación de autobuses de Cessnock creía que eras tú. He estado a punto de no decirle la verdad. Es todo un hombre, ¿Verdad?

Paula experimentó las primeras señales de angustia. ¿Era posible que Vanesa pretendiera reanudar su relación con Pedro?

 -Por supuesto. Me dijo que tenías problemas con Francisco.

-Salir con él ha sido un error y me dí cuenta cuando fui a conocer a su familia.

-¿No han congeniado? -preguntó Paula.

-Yo no he tenido problema, me he llevado bien con todos. Ellos son el problema. Se consideran de mucho abolengo y su madre me dió a entender con mucha claridad, que yo no estoy a su altura por ser de familia irlandesa, quizá con antepasados convictos.

-¿Qué te dijo?

-No es tanto lo que dijo, es como lo dijo -Vanesa se encogió de hombros-. Le resultaba gracioso que mi padre fuera poeta y me dijo que tenía una criada que se llamaba Vanesa. Con mucha diplomacia, me dió a entender que no era la mujer adecuada para su querido Francisco.

-Pero si le amas...

-¿Amarle? -la interrumpió-. ¡Él no dijo una sola palabra en mi defensa! ¡Se quedó sentadote mientras sus padres me aplastaban con sus tacones Gucci! Hice la maleta y tomé el primer avión que salía para Sydney. Pedro ha sido siempre amable conmigo, pero se vino aquí y me quedé sola.

Dada su inmensa alegría, Paula le tuvo más compasión que nunca a su hermana.

-Ha sido un asunto malhadado -concordó-. Pero conocerás a otros hombres y si Francisco no ha sido hombre suficientemente para defenderte. Estarás mejor sin él.

-Para tí es fácil decirlo -soltó Vanesa con tanto veneno que Paula se sorprendió-. Tú siempre tienes lo que quieres, así que no sabes lo que es quedarse rezagada.

-¿Que te has quedado rezagada? -preguntó Paula consternada-. Jamás te ha ocurrido nada semejante y no lo dirías si no estuvieras tan perturbada.

-Sé bien lo que digo -aseguró Vanesa-. Es la verdad. Tú tienes cabeza y por eso te resulta todo fácil. Todos sabían que tendrías éxito en lo que emprendieras.

-Sólo porque no podía competir contigo en lo físico -profirió Paula-. Desde niña has sido preciosa y aunque tenemos casi la misma apariencia, tú tienes algo que hace que la gente se vuelva para verte.

-No he tenido elección. Mi físico es lo único que tengo. Tú siempre eras la primera en la escuela y no podía competir en eso. Odiaba estudiar y a tí te encantaba. Decidí aprovechar mi físico para al menos, ganarte en algo.

-Yo siempre te he tenido envidia -Paula nunca se había imaginado que su hermana le envidiara su éxito académico-. Para tí era fácil salir con chicos y yo tenía que pedirles que me llevaran a las fiestas de la escuela.

-Porque te tenían un poco de miedo -explicó Vanesa-. Temían no estar a tu nivel intelectual, eso decían.

-No lo sabía. Creía que preferían tu manera de divertirte.

-¡Divertirme! -la modelo casi escupió la palabra-. Esa es la mejor representación de mi vida. Finjo ser la mujer que se divierte. Ha habido momentos en que he deseado matarte por ser tan inteligente.

-¡No digas eso, Vanesa! -la conmoción hizo que Paula se aferrara tanto a la silla que los nudillos se le pusieron blancos-. No hablas en serio.

El Engaño: Capítulo 34

Él le levantó la barbilla para mirarla a los ojos. La quemó con la intensidad de su mirada.

-Creo que los dos nos volvemos un poco locos cuando se trata del otro. Ni siquiera los problemas que hemos podido tener en el pasado bastan para explicar nuestras reacciones. Paula, conocerte ha sido lo mejor que me ha sucedido y si me vuelvo loco es pensando que podría perderte.

Paula se puso de pie para acercarse a sus brazos y la fuerza del abrazo la convenció más que las palabras. Le recorrió la espalda con las manos como si estuviera tocando un querido instrumento. Los temores se habían disipado y su corazón cantaba de alegría. Sus bocas se unieron y Paula entreabrió los labios para que profundizara el beso. Cuando la necesidad de respirar les hizo separarse, ella recordó:

-Vanesa está esperando -murmuró.

-¡Al diablo con Vanesa y el resto del mundo! -exclamó con salvajismo-. En este momento sólo pienso en lo mucho que te quiero.

-Vamos a tener mucho tiempo para nosotros- con cautela, se salió del círculo de sus brazos, sirvió una copa de vino y se la dió-. Podemos esperar -dijo con pasión.

-Habla por tí -gruñó riéndose ya controlado-. Supongo que tienes razón, pero la vigilia no debe ser larga.

-No lo será -prometió.  Después de la interminable espera de ese día, un poco más no tenía importancia, aunque Pedro tenía menos paciencia que ella-. Dime qué ha pasado en Cessnock esta mañana.

Pedro dió un sorbo de vino y dejó la copa.

-Iba a encontrarme contigo, como habíamos quedado, cuando me pareció verte con Leonardo. Al alcanzarles, me enteré de que había venido Vanesa y se había encontrado con Leonardo. Él, pensando que eras tú, se había ofrecido a traerla y cuando descubrió que era tu gemela la invitó al valle. Para cuando la situación se aclaró, ya te habías ido del café y no sabía dónde buscarte. Como tenías las llaves del coche me imaginé que habías vuelto a Bedales. Les pedí que me trajeran y se estropeó la camioneta por el camino. Cuando nos viste yo estaba examinando el motor y Leonardo estaba dentro del taller, hablando con el mecánico.

-¡Qué confusión! -soltó el aire que tenía contenido en los pulmones-. No he dejado de decirme que debía haber una explicación lógica, pero no se me ocurría ninguna.

-Y has pensado que te había mentido sobre mi relación con tu hermana - terminó por ella. Paula desvió la mirada y Pedro la hizo volverse para darle un beso fugaz en los labios-. Es lógico que llegaras a esa conclusión y por eso voy a asegurarme de que no vuelva a ocurrir nada parecido.

-¿Cómo?

Pedro metió una mano en el bolsillo y sacó un estuche de terciopelo. Lo abrió y se lo ofreció.

-Dándote esto.

Paula contuvo el aliento. Dentro del estuche había un brillante tallado y engarzado en un delgado anillo de oro blanco.

-¿Me lo has comprado hoy?

-Claro. ¿Por qué crees que quería irme solo un rato? Pensaba dártelo durante la comida. ¿Te quieres casar conmigo?

-Sí, Pedro, de todo corazón.

Le miró embelesada. Rowan descargó los pulmones de golpe revelando lo inseguro que había estado. Sacó el anillo del estuche y se lo colocó a Dannielle en el dedo anular de la mano izquierda.

-¡Maldición, te está un poco grande! Estaba seguro de que era la medida correcta.

Paula le deslizó el dedo por la mejilla para terminar junto a la boca. Pedro le besó el dedo.

-No importa, es el anillo más bonito del mundo -le aseguró.

¡Aunque le hubiera dado una vitola, estaría feliz!

-De todos modos, mandaremos achicarlo cuando volvamos a Sydney. Quiero que todo esté perfecto para tí.

-Ya es perfecto -encantada, le miró con los ojos bien abiertos.

-¡Vanesa! --exclamaron al unísono cuando recordaron a la gemela.

-¿Puedo entrar? -preguntó Vanesa.

Cansada de esperar había elegido ese preciso momento para asomarse por la puerta.

-Por supuesto -respondió Paula con voz vibrante por la felicidad.

Luego recordó que su hermana tenía problemas. Quizá no era el momento propicio para darle la noticia. Se lo advirtió a Pedro con la mirada y él asintió.

El Engaño: Capítulo 33

¡Tonta, estúpida!, se dijo Paula al servirse una copa de vino, que dejó en la mesa de la cocina. Tenía que haberle preguntado a Pedro qué pasaba. Cualquier aclaración no podía ser peor que la tortura que estaba sufriendo. Tomó el vaso de vino y se sentó para beber unos sorbos. Era periodista y estaba acostumbrada a pensar de manera analítica y con tranquilidad. ¿Por qué no lo hacía en ese momento?

¿Qué había visto exactamente? A Pedro y a su hermana, parados, al parecer por alguna avería, en el camino de vuelta a Bedales. Eso podía significar que Vanesa había visto a Pedro en Cessnock y se había ofrecido a llevarle, pero ¿Por qué no le habían avisado para que no se preocupara? ¿Qué hacía Vanesa allí con el coche de Leonardo Bedford? Quizá su hermana se había hecho pasar por ella. No, no era posible; no le habían engañado la primera vez y ésta menos. Además, ¿Para qué iba a hacerlo? Estaba cansada por el trabajo de los últimos días y comenzó a dolerle la cabeza. No tenía que preocuparse por Pedro y no estaba en condiciones de pensar con cordura. Inspiró profundo. Era evidente que Trina y él iban hacia Bedales. Decidió esperar y ver qué le decían al llegar o al enviarle un mensaje. ¡Un mensaje! ¿Por qué no lo había pensado antes? Lo mismo le habían dejado uno en recepción. Decidida, levantó el auricular. Pero antes de que marcara el número oyó que un coche se detenía afuera. El temor le cortó el aliento y el corazón le dio un tumbo. ¿Qué temía? Perder a Pedro.

-Basta -se dijo con firmeza. No debía atormentarse así pues en seguida, iba a saber la verdad.

Al abrir la puerta temblorosa, vió a Leonardo ayudando a Vanesa a salir de la camioneta mientras Pedro sacaba unas maletas. Tardó un momento en percatarse de que Leonardo formaba parte del grupo. ¿Había estado con ellos todo el tiempo? Antes de que Paula pudiera decir nada, Leonardo se despidió con un movimiento de brazo.

-Gracias por tu ayuda, Pedro. No olvides que he prometido darte a probar el vino nuevo.

Pedro levantó la cabeza y vió a Paula bajo el arco de la puerta de la cabaña. Al ver su expresión comprendió lo que estaba sintiendo.

-No tienes por qué estar tan asustada -le murmuró—. Como te he dicho en el mensaje, no ha sido más que un fallo del motor. Siento la confusión anterior, pero...

-¿Has dejado un mensaje?

-En recepción, ¿No has preguntado?

-Estaba demasiado preocupada para hacerlo -movió la cabeza.

-¡Dios, debes haber enloquecido!

-No sabía qué pensar -asintió a punto de ponerse a llorar.

Pedro le ciñó el brazo con fuerza y le transmitió su calidez como una corriente.

-Entra, vamos a hablar -volvió la cabeza por encima del hombro hacia Vanesa, que esperaba junto a la camioneta-. ¿Nos concedes unos minutos?

-Por supuesto, tomense el tiempo que quieran. Voy a sacar mis cosas del coche.

-Te has creído que me había ido con Vanesa. ¿Verdad? -preguntó después de sentarse en una silla.

-¡De ninguna manera!
-Entonces, ¿Por qué parece que se te ha caído el mundo encima?

-De acuerdo, he pensado lo peor --confesó porque tenía razón y ella estaba indefensa.

-En ese caso, estamos empatados -sonrió.

-¿A qué te refieres? -alzó las cejas.

-Hace unas horas, creía que me estabas engañando cuando te he visto con Leonardo.

-¿Yo con Leonardo? No lo he visto en todo el día.

-Ahora lo sé, era Vanesa quien estaba con él, pero de lejos creía que eras tú. ¡Dios, no sabes las ganas de matarte que me han dado!

-Me lo imagino -se animó-. He sentido exactamente lo mismo al verte con Vanesa-sin avergonzarse y decidida a aclarar su comportamiento, le explicó que había vuelto a Cessnock para buscarle-. Cuando te he visto con Vanesa y no he visto a Leonardo, me he vuelto loca y me he venido a toda prisa sin pensar lo que hacía.

martes, 9 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 32

-¿No te arrepientes de no haber ido a Hawaii? -le preguntó Paula mientras esperaban que los atendieran.

Pedro la miró tan acariciante que Paula se estremeció de deseo y tuvo que apoyarse en el mostrador porque le flaqueaban las piernas.

-En este momento, no hay ningún sitio en este planeta en el que prefiera estar -le murmuró al oído.

Paula salió con pies alados de la oficina de correos y le pareció que el mundo era de color rosa.

-¿Qué hacemos ahora?

-Cessnock tiene un excelente centro comercial -comentó Pedro titubeante al tomarla del brazo-. ¿Te apetece verlo mientras busco una hebilla para el estuche de la cámara? La que tenía se ha roto.

-Si quieres te acompaño -no le agradaba la idea de separarse aunque fuera durante poco tiempo.

-Déjalo, tengo que comprar más cosas para el equipo y me voy a entretener. Lo vas a pasar mejor viendo los escaparates de las tiendas -en la acera de enfrente había un café muy acogedor y Pedro se lo señaló-. Luego nos vemos allí para comer, ¿De acuerdo?

-Está bien.

-A las doce y media.

-Perfecto, pero...

Pedro echó a andar y Paula quedó perpleja. Era como si quisiera huir de ella. Se dijo que era una tontería. ¿No le había amonestado por ser demasiado posesivo? Estaba haciendo exactamente lo mismo. Les vendría bien separarse durante unas horas porque desde que había llegado Pedro habían estado juntos casi todo el tiempo. Se animó y se dirigió al centro comercial. Había varias boutiques y grandes almacenes. Descartó estos últimos pensando que tendrían lo mismo que en los de Sydney y se entretuvo en las tiendas pequeñas. Compró una mantilla de seda, hecha a mano por un artista local, para Vanesa. En el último momento también compró un par de gemelos de oro en forma de racimo de uvas para Pedro; contenta con su estuche bajo el brazo, se dirigió hacia el café, pensando que le iba a dar una sorpresa. No tenía ningún motivo especial para el regalo, aunque para ella cada día junto al fotógrafo era especial.

Llegó al café unos minutos tarde, pero antes que Pedro. Las mesas de la terraza no estaban ocupadas y se sentó bajo una sombrilla colorida y pidió un refresco. Al principio, estaba tranquila tomándose el refresco y observando a la gente que pasaba, pero conforme se hacía más tarde comenzó a preocuparse. Pedro siempre criticaba la impuntualidad siempre y no era normal que se retrasara tanto. Tras esperar tres cuartos de hora, se decidió ir a buscarle. En vano fue a las tiendas fotográficas en el centro. Ningún vendedor le había visto. Volvió dos veces al café para ver si había llegado y también fue infructuoso. ¿Qué hacer? Llamó a Bedales y preguntó si el señor Traynor había regresado. Le contestaron que no y que el señor Leonardo Bedford también había salido. No tuvo nadie más a quién recurrir. Quizá se había encontrado con alguien o se había entretenido por algo. Lo mejor era volver al lugar y esperarle allí. Al menos podría llamarla por teléfono. Si le hubiera sucedido algo a Pedro... Se estremeció de miedo.

El trayecto le pareció interminable y llegó agotada a la cabaña. No había noticias de Pedro y Leonardo no había llegado. Nunca se había sentido tan sola y desvalida. Su enfado contra Pedro por haberla dado plantón se convirtió en terror por un posible accidente. Finalmente, no pudo soportar más la espera y decidió regresar a Cessnock. Iría a la comandancia de policía y al hospital para preguntar por él. Aunque tardaba menos llamando por teléfono, si iba a la ciudad, estaría cerca en caso de que Pedro la necesitara.

-Si el señor Alfonso llama, dígale... dígale... que me espere aquí hasta que vuelva -le dijo a la recepcionista antes de volver a salir.

El asunto era desesperante y era la tercera vez que recorría la carretera en el mismo día. Si había desaparecido por algo insignificante, le mataría. Vió una gasolinera y se detuvo. Si se quedaba tirada en la carretera iban a ser dos los desaparecidos. Iba a bajar del coche, cuando vio una camioneta conocida. ¿Era la de Leonardo? Se le saltaron las lágrimas de alegría por encontrar a alguien que pudiera ayudarla, pero se quedó petrificada al reconocer a la persona que estaba junto a la camioneta. El capó del vehículo estaba levantado y Pedro estaba inclinado sobre el motor. De pronto, la puerta de la camioneta se abrió y salió Vanesa.

Paula vió la escena como si fuera una película muda. Se sentía totalmente ajena. Vanesa se acercó a Pedro. Él se enderezó y se limpió las manos en un trapo; le dijo algo a Vanesa, y ésta se echó a reír, haciendo que Paula volviera a estremecerse. Luego Pedro, con cuidado, le limpió una mancha de aceite de la mejilla. Paula buscó a Leonardo, con la vista, pero no le vio. El vehículo estaba vacío y no había nadie más en la gasolinera. El asunto no tenía sentido. Mientras se decía que tenía que actuar como la mujer que era acercándose a Pedro para que le explicara la situación, su pie como si tuviera voluntad propia, pisó el acelerador hasta el fondo. Dió media vuelta chirriando los neumáticos y emprendió el camino a Bedales.

El Engaño: Capítulo 31

Paula sintió una punzada de alarma. ¿No se había enterado de lo que habían estado hablando antes? Hablaba de casarse con ella para que no la mirara otro hombre. Si no podía convencerlo de que debía haber confianza entre dos personas que se aman, el asunto iba por mal camino.

-Entonces, por el bien de Leonardo, me alegra que lo digas en broma -habló fingiendo ligereza.

A pesar de su decisión, las palabras de Pedro le resonaban en la cabeza mientras trataba de mecanografiar. Le daban tentaciones de aceptar el matrimonio con él. Pero sabía que no era sensato comprometerse si no se lo proponía por los motivos debidos. Por fin, Paula sacó de la máquina la última hoja, se apoyó en el respaldo de la silla y suspiró satisfecha. Le pasó el fajo de papeles a Rowan para que los leyera. Él leyó en silencio y al terminar, colocó las hojas junto a la máquina de escribir y se inclinó para darle un beso.

-Es un reportaje de primera. Vanina Philmont no sabe lo que ha perdido contigo.

-Gracias, espero que mi editor esté de acuerdo -todavía tenía los labios cálidos por el beso y sonrió no sólo por la caricia, sino también por el cumplido. Se despejó unos mechones de la frente-. ¿Quién dijo que el periodismo es divertido y exótico? Estoy agotada.

-Deberías irte a la cama un rato -sonrió con malicia.

-He dicho que necesito descansar -le correspondió la sonrisa.

-Justo lo que te he sugerido -se hizo el inocente. Después de evitar el cojín que ella le tiró, agregó-: ¡Bruja! Tengo ganas de enseñarte modales, pero como estás cansada, en esta ocasión te perdono. Hablando en serio, ¿Por qué no te tomas unas vacaciones? No has dejado de trabajar desde que te dieron este reportaje.

-A Rafael le urge tener los artículos. Mañana iré a Cessnock para enviarle los que he terminado. Los demás pueden esperar unos días, así que podré tomármelo con más calma.

-De acuerdo -Pedro se puso de pie y se desperezó-. Iremos a Cessnock, enviaremos tus artículos por correo y nos divertiremos a lo grande.

-Es una gran ciudad, pero sigue siendo conservadora -le recordó-. Más vale que nos divirtamos sólo un poco.

-Pero tienes un compromiso para salir conmigo, señorita.

A la mañana siguiente, cuando se dirigían a Cessnock, había una nueva calidez entre los dos. Paula no podía dejar de echarle ojeadas ni de pensar en lo mucho que le amaba. ¡Qué pareja formaban! Él, desconfiaba de las mujeres por culpa de su madre; ella, recelaba de los hombres que conocían a Vanesa. Pensando en cómo habían cambiado las cosas para los dos en Hunter, se echó a reír.

-¿Qué te divierte tanto? -le preguntó.

-Nosotros -respondió-. Pensaba que somos una extraña pareja.

-A mí no me lo parece -se tomó el comentario en serio-. Los dos somos creativos y sabemos que lo que queremos en la vida. Y somos muy sensuales.

-¡Qué modesto! -dijo irónica-. ¿Pero tengo que reconocer que para mí ha sido todo un descubrimiento.

-Lo sé, Pau-continuaba serio.

Aunque no habían hablado de ello, Pedro sabía por instinto que ella no era dada a las aventuras sentimentales pasajeras.

De hecho, para Paula había sido una revelación descubrir la profundidad e intensidad de sus instintos sexuales. Jamás se había sentido tan llena de vida como lo estaba en compañía de Pedro, fuera en la cama o no. Le necesitaba mucho. Prosiguieron el trayecto en silencio. Dejaron atrás los viñedos, los huertos y los pastos, conforme se acercaban a Cessnock, el corazón industrial de Hunter Valley. No era una ciudad especialmente bonita. Estaba dominada por fábricas de alfarería, y aserraderos y otras industrias que daban trabajo a los habitantes de la campiña. Sin embargo, tenía un carácter propio y exudaba un aire de vitalidad y progreso. Paula recordó el origen del nombre de la ciudad. El primer poblador escocés había bautizado su pastizal con el nombre de Cessnock, en honor a un poema de su compatriota Robert Burns. Seguro que echaba tanto de menos su país, que necesitaba poner nombres tradicionales a sus nuevas tierras para recordar su origen.

Pedro apagó el motor y le entregó las llaves; cuando le vió a Paula estirar las piernas fuera del coche con dificultad, pensó que debía haber aceptado ir con el coche de Pedro , pero éste le aseguró que todo estaba bien y se dirigieron a la oficina de correos.

El Engaño: Capítulo 30

-Sí. Cortar las uvas un día antes o un día después, puede afectar la calidad del vino. Esas decisiones debemos tomarlas antes de elaborar el mosto. Después, hay muchos detalles que debemos tener en cuenta.

-Entonces, la fabricación del vino no es tan sencillo como pensaba- comentó Paula-. Tenemos que tomar una decisión tras otra.

-Es lo mismo en la vida -intercaló Pedro y la sobresaltó.

Para poder concentrarse en el trabajo, trató de olvidarse de él. Pero le recordó su presencia cuando le vió trepado por un grupo de tubos para tomar una foto desde un ángulo diferente. De pronto, Pedro enfocó la cámara hacia ella y Paula escuchó el «clic» del aparato.

-No hace falta que me saques a mí -bajó la cabeza, cohibida.

-Es para mi colección particular -la calidez de sus ojos era claramente posesiva.

La última que le había hecho para su colección había sido en la zona de topless de la playa Bondi y seguro que quería recordárselo.

Aunque Leonardo estaba distraído examinando un tonel, Paula se enfadó por ese empeño de Pedro de recordarle su lugar en todo momento. Poco después, y a solas en la cabaña. Paula explotó.

-El pobre Leonardo no sabía dónde meterse -Pedro se detuvo con un rollo a medio cambiar.

-¿De modo que ahora es «el pobre Leonardo»? ¿No decías que no significaba nada para tí?

-Y es cierto -tronó-. Pero no es malo ser cortés.

-No cuando te mira como lo hace -gruñó Pedro.

-¡Basta! -ordenó-. Ya te he dicho que te amo y te lo he demostrado ampliamente. No voy a permitir que me envuelvas en algodón para ocultarme de los demás y que me saques sólo para tu diversión.

-¿Hago eso? -la miró pasmado.

 -Eso siento.

-¡Dios mío! -se despeinó al pasarse los dedos por el cabello-. No era mi intención. Supongo que he estado duro con Bedford.

-Lo has estado- dijo sin dejarse convencer por el aparente arrepentimiento de Pedro-. Además, sé por qué lo has hecho. No soy tu madre y tendrás que aceptar mi palabra de que eres el único hombre en mi vida -nunca habría otro y Pedro tendría que averiguarlo por su cuenta.

-Por lo visto, aún me queda un largo trecho por recorrer -volvió una silla y se sentó a horcajadas.

-A mí también, y lo hemos compartido en la cama... -se obligó a continuar-, es sólo el principio.

-No es suficiente -comprendió.

-Sabes que no. Una relación debe tener bondad, cariño y confianza como base para que tenga éxito; además, también debe haber compatibilidad en la cama.

-Tienes razón -asintió sombrío-. Pero debes saber que nunca he tenido el tipo de relación que acabas de describir.

-¿Nunca?

-Las cosas eran diferentes cuando era niño -murmuró después de recordar-. Mi madre no se había cansado todavía del matrimonio y la maternidad fue una novedad para ella -suavizó la expresión-. Supongo que mi vida debió ser agradable los primeros años.

-¿Recuerdas cuándo comenzaron los cambios?

-Cuando mi padre empezó a viajar.

-¿Crees que los viajes tuvieron algo que ver con el comportamiento de tu madre?

-De ninguna manera -rechazó achacarle parte de la culpa al padre a quien adoraba-. Ya te dije que pasaba todo el tiempo que podía conmigo.

-Exacto, contigo, pero... ¿Y con tu madre?

-Comprendo, debía sentirse muy sola, pero eso no le daba derecho a abandonar el hogar.

-Por supuesto que no, sólo buscaba un motivo. No significa que todas las mujeres hagan lo mismo.

-¿Quieres decir que no tengo que pensar siempre lo peor?

-Mereces un premio -bromeó.

-Voy a estar muy ocupado contigo -se rió-. ¿Cuándo te dieron el título de psicóloga?

-Con el de periodista. Nos enseñaron a buscar los motivos que hay tras las acciones.

Pedro se puso de pie, pasó una pierna por encima de la silla, y extendió los brazos.

-¡Sé cómo me voy a comportar durante los próximos minutos y mi única motivación es el apetito carnal!

Los ojos de Paula cintilaron cuando se acercó al círculo de sus brazos para amoldarse a su cuerpo. El deseo fue contagioso y ella le rodeó el cuello con las manos.

-No es necesario tener un título en psicología para saberlo -aseguró.

Descubrió que hacer el amor por la tarde desquiciaba el programa de trabajo. Tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse y más porque Pedro no cesaba de frotarle la nuca con la nariz.

-Para tí es muy fácil, envías el rollo a Sydney y Lucas hace el trabajo pesado - se quejó.

-¿Trabajo pesado? -repitió amenazador.

-Al menos, parte -se defendió.

-Me gustaría que te tragaras esas palabras.

-Si sigues distrayéndome, no voy a comer más que palabras porque si no entrego el reportaje a tiempo me despedirán.

 -¡Qué lástima! Tienes las orejas muy bonitas -le mordisqueó un lóbulo.

-No me dejas trabajar -le miró al sentir que le soplaba en la mejilla.

-Puedo alejarte de todo esto -pareció bromear.

-¿Me estás haciendo alguna proposición? -el corazón le dió un tumbo.

-Nunca se sabe cuándo se presenta la suerte -se encogió de hombros. Quizá sea buena idea viendo cómo te mira Leonardo Bedford.

El Engaño: Capítulo 29

A la mañana siguiente, un tintineo de trastos en la cocina despertó a Paula. Tardó unos minutos en recordar quién estaba en la otra habitación y al hacerlo, se arreboló. Era Pedro y habían pasado la noche juntos. Paula se incorporaba cuando entró con una humeante taza de café.

-Perfecto, estás despierta.

-¿Por qué no me has despertado? -preguntó con timidez y muy consciente de lo arrugada que estaba la otra mitad de la cama.

-Estabas preciosa dormida y no he tenido corazón para perturbar tu descanso.

-Debería estar levantada. Leonardo quiere enseñarme el procedimiento que siguen para hacer el vino -tan pronto mencionó a Leonardo, a Pedro se le ensombrecieron los ojos y supuso que se había acordado del beso que le había dado Leonardo la noche anterior. Sin embargo, Pedro sabía por qué había sucedido.

Tenía que enfrentarse a Laurie para pedirle disculpas, aunque la idea fuera desagradable.

-¿Sabe Bedford que estoy aquí? -preguntó Pedro a secas.

-Esperábamos a Laura Healey -hizo un movimiento negativo con la cabeza- Pero no creo que le importe si el fotógrafo es hombre o mujer.

-Con el interés que tiene por tí, yo diría que sí le va a importar - comentó y antes de que ella pudiera contestar se dirigió a la puerta, pero se detuvo-. Espero que te apetezca una tortilla española para desayunar. He encontrado huevos y patatas.

Aunque había protestado diciendo que no tenía apetito, al llegar a la cocina el olor la incitó. Pedro estaba preparando zumo de naranja y le puso un vaso y una ración de tortilla delante.

 -Anda, come, tenemos trabajo pendiente -la apremió.

Leonardo los estaba esperando a la entrada de la destilería y Paula se adelantó mientras Pedro  instalaba su equipo. Estaba decidida a aclarar las cosas con Leonardo antes de que Pedro hiciera su aparición.

-Ayer pasé un día muy agradable -le comentó.

-Hasta que lo eché a perder en la cabaña -respondió triste.

-No es cierto y yo tuve la culpa -insistió-. Sé cómo te sientes y no debía haber aceptado tu invitación.

-Por favor, no te disculpes por haberme proporcionado una cena en tu compañía -sonrió triste-. Sería como pedirte que me correspondieras a un regalo.

Cohibida, Paula se volvió y poco faltó para que chocara contra Pedro. Las cejas de Leonardo se arquearon al ver al otro hombre.

-Te presento a Pedro Alfonso. Va a reemplazar a Laura Healey porque ella está con otro trabajo -explicó consciente de que el temblor de la voz delataba su cariño por Pedro. Pero Leonardo sólo le ofreció la mano al desconocido.

-Bienvenido a Bedales. ¡Menos mal que ha podido venir con tan poco tiempo de aviso!

-Estoy encantado de hacerlo -respondió Pedro, mirando amable a Paula.

Como ella se ruborizó, Leonardo comprendió que su compromiso era con ese hombre. Al ver su expresión de dolor Paula deseó que lo hubiera averiguado de otra manera. Por propia experiencia sabía que era tremendo amar sin ser correspondido. Apretó el paso hacia el edificio principal y gimió cuando los dedos de Leonardo se incrustaron en su brazo tirando de ella hacia atrás. De pronto, oyó el rugir de un motor y vió a una inmensa segadora lanzada hacia ella. El sonido se apagó cuando rodeó el edificio principal y Paula le sonrió a Leonardo agradecida.

-Gracias, ha faltado poco para que ese monstruo me aplaste.

-El tonto debería fijarse por dónde va -tronó Leonardo, tan alterado como Paula-. Es nuevo, pero aún así debería saber que si anda cerca de las cabañas tiene que estar muy alerta. Me dan ganas de despedirle.

-No lo hagas -rogó Paula temiendo que el hombre perdiera el empleo por su culpa-. No ha tenido toda la culpa, yo iba despistada.

-Está bien, no le despediré -aceptó a regañadientes-. Pero le voy a amonestar.

Paula asintió tranquilizada. Miró alrededor y vió que Pedro, muy concentrado, estaba sacando fotos a las verdes colinas con las hileras de vides. Pensó horrorizada que si hubiera visto lo ocurrido, le habría pegado al conductor, e hizo un gesto a Laurie para que no comentara nada.

-Estoy impaciente por ver como hacen el vino- comentó Pedro al unirse a los otros dos.

-En esta época no van a poder ver la vendimia, pero el resto del proceso sí.

Al entrar en el edificio, lo primero que Paula vió fueron unos inmensos tanques de acero inoxidable y una red de tubos. Laurie señaló el equipo.

-Todo esto se usa al inicio del proceso. Aquí se fermenta el mosto antes de pasar a otros tanques donde se destila. Una vez transcurrido el tiempo de reposo, se embotella el vino.

-No es muy romántico -comentó Paula decepcionada.

-Te gustará más cuando lleguemos a la bodega de toneles de roble -le informó Leonardo. Dió un paso adelante dando la impresión de que la iba a tomar por los hombros, pero se arrepintió-. Vamos por aquí.

Paula oyó a Pedro gruñir de desaprobación y se puso tensa. Viendo cómo miraba de soslayo a Leonardo, ya no le quedaba ninguna duda de que lo amaba. Hizo un esfuerzo por concentrarse en sus anotaciones mientras continuaban la visita.

-Cada año tenemos que decidir cuánto pueden podarse las vides y si hay que fertilizarlas. Al llegar la época de la vendimia, no cesamos de verificar el nivel de azúcar en las uvas para cortarlas el día exacto.

-¿El día exacto? -preguntó Paula-. ¿Tan riguroso es el asunto?