-Nunca he sido modelo, pero mi hermana gemela sí. Es posible que al verme me haya confundido con ella.
-Debo decir que el parecido es extraordinario -la observó por encima del armazón de las gafas.
«Ya estamos como siempre», pensó con angustia. Estaba segura de que el señor Monarch había visto las páginas centrales y que mentalmente la estaba comparando con la foto. Seguro que no se creía que tenía una hermana gemela. ¿Por qué había tenido Vanesa que posar desnuda? Bastante era con que se mostrara provocadora en los anuncios de ropa interior, pero eso último era el colmo. No era la primera vez que Paula deseó que sus padres no hubieran decidido aceptar un legado en Irlanda. Bajo la inspección de Miguel Chaves, Vanesa nunca se habría atrevido a posar desnuda.
-Lo lamento, me he distraído -comentó Paula al darse cuenta de que el señor Monarch le estaba hablando.
-Eso no es bueno en una periodista -comentó él-. Le preguntaba si tenía experiencia en reportajes para la sección femenina de las revistas.
Paula le expuso sus antecedentes y comentó que se había iniciado trabajando en una revista para mujeres.
-Tengo entendido que piensa editar una revista sobre modos de vida - agregó.
-Modos de vida, páginas para mujeres... es todo lo mismo -sonrió y dió a entender que eso no era importante-. Hay cincuenta maneras de preparar el mismo plato. Para serle franco, creo que esto no le conviene.
Con que así estaba el asunto. Paula se puso de pie y recogió las muestras que el hombre ni siquiera había hojeado.
-Gracias por su tiempo, señor Monarch.
-Un momento, señorita Chaves-la detuvo con un gesto-. Quizá tengamos algo para usted.
-Diga -se animó al instante.
-Pienso abrir una revista para el hombre moderno, una especie de fantasía masculina. Si le interesa, podríamos contar con usted en algunas páginas.
-Ya le he dicho que soy redactora, no modelo -a base de un gran esfuerzo mantuvo intacta su sonrisa.
Al salir vió que metía la mano dentro de un cajón del escritorio y sacaba una revista. Se imaginó al hombre abriendo las páginas centrales y negando con la cabeza, sin duda pensando que ella había querido engañarle. Pero al salir al aire fresco de la calle, comprendió la tónica de la situación. Si el señor Monarch pensaba que podía disfrutar las anticuadas páginas para mujeres para presentarlas como una nueva revista, estaba buscándose una buena sorpresa. Aunque Paula no tenía muchas relaciones con el mundo de la moda, conocía el medio. ¿Conque existían cincuenta maneras diferentes de preparar el mismo plato? Se alegró de no trabajar con él. Descubrirlo le agilizó al paso rumbo a la estación. Los transeúntes le sonreían y ella les correspondía, sin darse cuenta de que no se deleitaban precisamente con el buen tiempo, sino viéndola a ella. Su altura poco común, medía casi un metro ochenta, la convertía para ellos en un adorable potrillo y su cabello rubio cenizo, sujeto a la altura de los lóbulos de las orejas, se le movía sensualmente al andar. De pronto, se dió cuenta de que un coche había disminuido la velocidad para seguirle el paso. Le miró de reojo nerviosa intentando aparentar serenidad. Le pareció un Mercedes gris metálico, pero no estaba segura. Sin embargo, reconoció al conductor antes de desviar los ojos. Era el fotógrafo de la revista. Decidida, le ignoró y siguió andando. Se paró en la siguiente esquina para esperar a que cambiara el color del semáforo y el fotógrafo frenó a su lado. Se inclinó hacia la puerta del pasajero y dijo:
-Entra, querida, te llevo a casa.
-No, gracias -respondió a secas, y al mirarle, notó que fruncía el ceño.
-¿Qué te pasa? ¿Te vas a hacer la difícil?
¡Qué osadía! Aunque fuera famoso y todas las mujeres se postraran a sus pies, Paula no era una de ellas como le había dicho a la secretaria.
-Haga el favor de dejarme en paz -murmuró.
La gente que esperaba para cruzar la calle, la miró y luego desvió los ojos.
-Como quieras, querida. Ya te veré -se encogió de hombros.
Mientras se alejaba, Paula se prometió que no sucedería si podía evitarlo. De todos modos, sentada en el tren, no pudo dejar de preguntarse qué habría pasado si hubiera aceptado que la llevara a casa. Era evidente que le atraía, aunque habían estado muy poco tiempo juntos en el estudio. ¿Qué otro motivo tenía para seguirla? También se preguntó hacia dónde habría ido. Parecía del tipo de hombre que se pasaba las noches en fiestas, rodeado de bellas mujeres. Por otro lado, también podría disfrutar de una cena íntima para dos en un buen restaurante. De pronto, se imaginó sentada frente a él, brindando mientras se miraban a los ojos. Dios, era tan indecente como él por imaginarse esas cosas con alguien a quien no conocía. Se alegró cuando el tren llegó a la estación de Waverton, cerca de su casa. Cuando sus padres volvieron a Irlanda Vanesa y ella habían hablado de compartir un departamento. Pero, al final decidieron vivir separadas y estaba segura de que era mejor.
Vanesa vivía en un barrio cercano y la visitaba con frecuencia. Les habría resultado muy dificil vivir juntas porque, a pesar de la apariencia casi exacta, eran dos personas muy diferentes y había momentos, como en esa noche, en que Paula deseaba estar sola. Pero cuando apenas había dejado la carpeta en la alcoba y se había quitado los zapatos, sonó el timbre de la puerta.
-Ah, eres tú -comentó cuando le abrió la puerta a su hermana.
Por encima del hombro de Vanesa, Paula vió que un repartidor las observaba estupefacto mientras se alejaba por el pasillo. Paula sonrió. Vanesa y ella estaban acostumbradas a llamar la atención dado el parecido entre las dos, pero seguía divirtiéndose al ver que causaban sorpresa. Como de costumbre, su gemela estaba impecablemente maquillada y vestida a la última moda, con lo que el atuendo serio y el poco maquillaje de Paula parecían opacos en comparación. Por lo general, se enorgullecía de la elegante apariencia de Vanesa, pero en ese momento sólo le sirvió para recordarle el motivo de su desempleo.
-Entra -murmuró.
-Vengo a condolerme contigo y he traído la cena –Vanesa hizo un encantador puchero y le entregó dos bolsas.
jueves, 13 de septiembre de 2018
El Engaño: Capítulo 2
Tres horas más tarde, tras sacar sus pertenencias del escritorio y de darles a los demás periodistas la información que había recabado para el reportaje que estaba preparando, salió de la oficina, sin empleo. Monarch Magazines era su tercera entrevista de la semana. Prefería no acordarse de las dos primeras. No era posible que todo Sydney creyera que ella era la chica que aparecía en las páginas centrales de la revista de ese mes. Los primeros editores que la habían entrevistado, lo creían y sus comentarios suspicaces le habían advertido de lo que podía esperar si trabajaba para alguno de ellos. Deseaba que la entrevista de ese día tuviera más en cuenta su habilidad como periodista, que sus supuestos encantos físicos. Se esforzó por enfocar la atención en la escena que tenía delante. Aunque sólo veía la silueta del fotógrafo, se dió cuenta de que era algo y fuerte. También notó que era un perfeccionista, a juzgar por las órdenes que les daba a las modelos.
-Vamos, Macarena, ¡Se supone que eres una bella chica de alcurnia que se pasea por el parque, y no una mujer de la calle que espera en una esquina! - explotó.
-No tienes por qué ser grosero -replicó la modelo, pero Paula vió que la chica trató de complacer al fotógrafo.
-Eso está mejor, inclina un poco más la cabeza hacia atrás. Abre bien los ojos. Finge, simula, cariño -la animó.
Paula notó que a voz del hombre era agradable cuando hablaba con amabilidad y la asoció con miel que escurría de una cuchara. Lástima que sus modales no estuvieran de acuerdo con la voz.
-Eso es, quieta. Ahora, gira la falda un poco más, otra vez. ¡Ya lo tengo! -no cesaba de sacar fotos mientras hablaba y las modelos seguían sus instrucciones.
-Muy bien, chicas, es todo por hoy.
Las modelos bajaron del escenario, se quitaron los abrigos de otoño y quedaron vestidas con alegres prendas de primavera. De pronto. apagaron los reflectores y encendieron las luces del techo. Cohibida, Paula se encogió en la silla a plena luz, pero nadie le prestó atención.
-¿En dónde diablos está la chica de las manos? No me acuerdo de cómo se llama -le hablaba irritado a su ayudante.
-Tenía un compromiso con otro fotógrafo, de modo que se le ha debido hacer tarde -contestó el hombre más joven que le daba la espalda a Danni.
-¿Por qué no pueden nunca llegar a tiempo estas mujeres? -gruñó el fotógrafo.
Dió media vuelta y Paula le vió la cara por primera vez. Sin querer, inspiró profundamente de admiración. Sin duda era arrogante y exigente, pero también era perturbadoramente apuesto. Su perfil sombrío y marcado bien podría ser el de Lawrence de Arabia. Contrastaba maravillosamente la fuerza que emanaba de su cuerpo con la delicada forma que tenía de manejar las cámaras y el equipo de luz. Bajo la potente luz del estudio, su piel parecía de bronce. La cara de contornos intrigantes, estaba enmarcada por el cabello negro que le rozaba la nuca y le engalanaba los pómulos con las patillas a los lados. Paula, aunque seguía observándole, no estaba preparada para recibir su mirada intensa.
-¿Cuánto tiempo llevas allí sentada?
-¿Yo? -chilló por la sorpresa.
-¿A quién piensas que me refiero? -suspiró de manera teatral-. Ya que estás aquí más te vale hacer algo útil.
Instintivamente se preparó para salir corriendo.
-¿Como qué?
-Acabas de oír a Lucas contarme que «mis manos» no se han presentado para la sesión de fotografía -volvió a suspirar-. Tienes las manos bonitas, así que vamos a usarlas.
Tenia cogida la carpeta con tanta fuerza que pensó que era imposible que él supiera qué tipo de manos tenía.
-No puedo -movió la cabeza.
-Dirás que no quieres -entrecerró los párpados-. Tú te crees que puedes entrar aquí y sentarte en un rincón como si esto fuera un espectáculo.
-No he pensado nada parecido -se defendió sin saber qué había hecho para que se enfadara tanto-. No tenía en dónde esperar.
-Típico -repuso irritado.
Se volvió hacia donde estaba su ayudante cubriendo una mesa con un paño de terciopelo negro, para las fotografías de joyería que iban a hacer. La llegada de la secretaria del editor la salvó de que aquel hombre siguiera ridiculizándola.
-¡Por fin la encuentro! Se me había olvidado que estos días la cafetería cierra por las tardes y no sabía dónde se había metido a esperar. Me alegro de que haya encontrado algo útil que hacer para no desperdiciar el tiempo.
-No diría que haya sido muy útil -oyó al fotógrafo burlarse mientras salía con la secretaria.
Rumbo al ascensor, Paula luchó por controlar su respiración que se había vuelto difícil y entrecortada después del desagradable encuentro.
-¿Conoce a Pedro Alfonso? -preguntó la secretaria.
-No, y creo que no le ha gustado tener público. Se ha enfadado porque no he aceptado que usara mis manos para unas fotos.
-¿Tiene idea de cuántas mujeres le beberían los vientos para que las fotografiara?
-No soy una de ellas -Paula se alegró porque el ascensor llegó en ese momento.
Un encuentro con el arrogante señor Alfonso bastaba, no necesitaba seguir hablando de ello.
-Es famoso -insistió la secretaria-. Ha hecho fotos a muchas celebridades, ha publicado libros y presentado exposiciones. Me sorprende que no haya oído hablar de él.
-Me he dedicado a los reportajes bursátiles -explicó Paula, e inmediatamente se arrepintió. No quería echar a perder la oportunidad de obtener un puesto allí.
Por fortuna, la secretaria dejó pasar el comentario y pronto, Paula se vió estrechando la mano del director de Monarch Magazines. Se sintió tranquila al ver a un hombre de aspecto normal y con el cabello plateado. Pero la tranquilidad no le duró mucho porque en seguida vió una chispa de reconocimiento en sus ojos. Le indicó que se sentara, se aclaró la garganta y la observó con curiosidad.
-Tengo entendido que es usted periodista, señorita Chaves.
-Así es. Tengo algo de experiencia como editora -declaró firmemente.
-Entonces, debe hacer de modelo en sus horas libres.
-Vamos, Macarena, ¡Se supone que eres una bella chica de alcurnia que se pasea por el parque, y no una mujer de la calle que espera en una esquina! - explotó.
-No tienes por qué ser grosero -replicó la modelo, pero Paula vió que la chica trató de complacer al fotógrafo.
-Eso está mejor, inclina un poco más la cabeza hacia atrás. Abre bien los ojos. Finge, simula, cariño -la animó.
Paula notó que a voz del hombre era agradable cuando hablaba con amabilidad y la asoció con miel que escurría de una cuchara. Lástima que sus modales no estuvieran de acuerdo con la voz.
-Eso es, quieta. Ahora, gira la falda un poco más, otra vez. ¡Ya lo tengo! -no cesaba de sacar fotos mientras hablaba y las modelos seguían sus instrucciones.
-Muy bien, chicas, es todo por hoy.
Las modelos bajaron del escenario, se quitaron los abrigos de otoño y quedaron vestidas con alegres prendas de primavera. De pronto. apagaron los reflectores y encendieron las luces del techo. Cohibida, Paula se encogió en la silla a plena luz, pero nadie le prestó atención.
-¿En dónde diablos está la chica de las manos? No me acuerdo de cómo se llama -le hablaba irritado a su ayudante.
-Tenía un compromiso con otro fotógrafo, de modo que se le ha debido hacer tarde -contestó el hombre más joven que le daba la espalda a Danni.
-¿Por qué no pueden nunca llegar a tiempo estas mujeres? -gruñó el fotógrafo.
Dió media vuelta y Paula le vió la cara por primera vez. Sin querer, inspiró profundamente de admiración. Sin duda era arrogante y exigente, pero también era perturbadoramente apuesto. Su perfil sombrío y marcado bien podría ser el de Lawrence de Arabia. Contrastaba maravillosamente la fuerza que emanaba de su cuerpo con la delicada forma que tenía de manejar las cámaras y el equipo de luz. Bajo la potente luz del estudio, su piel parecía de bronce. La cara de contornos intrigantes, estaba enmarcada por el cabello negro que le rozaba la nuca y le engalanaba los pómulos con las patillas a los lados. Paula, aunque seguía observándole, no estaba preparada para recibir su mirada intensa.
-¿Cuánto tiempo llevas allí sentada?
-¿Yo? -chilló por la sorpresa.
-¿A quién piensas que me refiero? -suspiró de manera teatral-. Ya que estás aquí más te vale hacer algo útil.
Instintivamente se preparó para salir corriendo.
-¿Como qué?
-Acabas de oír a Lucas contarme que «mis manos» no se han presentado para la sesión de fotografía -volvió a suspirar-. Tienes las manos bonitas, así que vamos a usarlas.
Tenia cogida la carpeta con tanta fuerza que pensó que era imposible que él supiera qué tipo de manos tenía.
-No puedo -movió la cabeza.
-Dirás que no quieres -entrecerró los párpados-. Tú te crees que puedes entrar aquí y sentarte en un rincón como si esto fuera un espectáculo.
-No he pensado nada parecido -se defendió sin saber qué había hecho para que se enfadara tanto-. No tenía en dónde esperar.
-Típico -repuso irritado.
Se volvió hacia donde estaba su ayudante cubriendo una mesa con un paño de terciopelo negro, para las fotografías de joyería que iban a hacer. La llegada de la secretaria del editor la salvó de que aquel hombre siguiera ridiculizándola.
-¡Por fin la encuentro! Se me había olvidado que estos días la cafetería cierra por las tardes y no sabía dónde se había metido a esperar. Me alegro de que haya encontrado algo útil que hacer para no desperdiciar el tiempo.
-No diría que haya sido muy útil -oyó al fotógrafo burlarse mientras salía con la secretaria.
Rumbo al ascensor, Paula luchó por controlar su respiración que se había vuelto difícil y entrecortada después del desagradable encuentro.
-¿Conoce a Pedro Alfonso? -preguntó la secretaria.
-No, y creo que no le ha gustado tener público. Se ha enfadado porque no he aceptado que usara mis manos para unas fotos.
-¿Tiene idea de cuántas mujeres le beberían los vientos para que las fotografiara?
-No soy una de ellas -Paula se alegró porque el ascensor llegó en ese momento.
Un encuentro con el arrogante señor Alfonso bastaba, no necesitaba seguir hablando de ello.
-Es famoso -insistió la secretaria-. Ha hecho fotos a muchas celebridades, ha publicado libros y presentado exposiciones. Me sorprende que no haya oído hablar de él.
-Me he dedicado a los reportajes bursátiles -explicó Paula, e inmediatamente se arrepintió. No quería echar a perder la oportunidad de obtener un puesto allí.
Por fortuna, la secretaria dejó pasar el comentario y pronto, Paula se vió estrechando la mano del director de Monarch Magazines. Se sintió tranquila al ver a un hombre de aspecto normal y con el cabello plateado. Pero la tranquilidad no le duró mucho porque en seguida vió una chispa de reconocimiento en sus ojos. Le indicó que se sentara, se aclaró la garganta y la observó con curiosidad.
-Tengo entendido que es usted periodista, señorita Chaves.
-Así es. Tengo algo de experiencia como editora -declaró firmemente.
-Entonces, debe hacer de modelo en sus horas libres.
El Engaño: Capítulo 1
Paula Chaves repasó la solicitud que acaba de rellenar y se sintió satisfecha de poder demostrar que estaba muy bien cualificada para el puesto de periodista que pedía, pero, ¿Pensaría lo mismo el editor de Monarch Magazines? Esperaba que sí porque se le estaban acabando los ahorros. Le entregó la solicitud a la secretaria y abrió su carpeta.
-He traído unas muestras de lo que me han publicado.
La secretaria asintió.
-Muy bien porque se las van a pedir en la entrevista -sonó el timbre del interfono y la chica se inclinó hacia el aparato-. Diga, señor Monarch.
-Por favor, discúlpame con Paula Chaves, me acaba de sugerir un asunto y no voy a poder recibirla hasta dentro de media hora más.
-Sí, señor -la secretaria miró a Paula con expresión de disculpa-. Se ha oído. ¿Puede esperar?
Los ánimos de Paula decayeron todavía más. Después de una semana de desilusiones, comenzaba a preguntarse si todavía podría ejercer su profesión. La espera le había tensado los nervios hasta el límite, pero se obligó a sonreír.
-No importa. ¿Dónde puedo esperar?
-Cuando terminen la obra, la sala de espera estará aquí, pero por ahora... ¿Por qué no sube a la cafetería, en el piso de arriba y se toma un café?
Paula se abrió camino entre el desorden de alfombras nuevas y muebles y se dirigió al ascensor. Por todos lados oía los sonidos típicos de una oficina de prensa, excepto que habían sustituido el tecleo de las máquinas de escribir por el «clic» de las terminales de ordenador y el restallar del papel se había convertido en un relámpago en las pantallas. De todos modos, era su mundo y esperaba que la entrevista de ese día volviera a incorporarla a su medio. Llegó a la cafetería, pero estaba desierta. No había ni siquiera cafetera. Observó las mesas con las sillas encima. Era evidente que no podía esperar allí.
Al fondo del pasillo oyó unas voces y Paula se dirigió hacia ellas. Abrió una puerta con cautela y se encontró en un estudio de fotografía. Se sentó en una silla junto a la puerta pensando que nadie se molestaría si observaba la sesión. ¿Acaso no pretendía trabajar allí? Con el interés de un profesional, estudió la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Al parecer, trabajaban para la portada publicitaria de una revista de modas, con tema de otoño. Aunque estaban a finales de primavera, las modelos vestían ropa de otoño y se apoyaban en sombrillas. Un potente ventilador, a un lado del paisaje dibujado contra el que pasaban las chicas, les enviaba una «brisa otoñal».
Paula sintió un poco de pena por las modelos que se estremecían con el aire. Como reportera, nunca había envidiado a las chicas que estaban al otro lado de la cámara porque sabía que sus vidas no eran tan fáciles ni tranquilas como aparentaban ser. La profesión de su hermana gemela lo testimoniaba. Al pensar en Vanesa, una nueva ola de tristeza le ensombreció las normalmente vivaces facciones. A pesar de que se negaba a aceptarlo, Vanesa era en gran parte la responsable de que Paula estuviera buscando trabajo. Pensaba que tenia el futuro asegurado, ya que ocupaba el puesto de ayudante de editor en una importante revista para inversionistas, pero una semana antes todo había cambiado... Tan pronto llegó a la oficina intuyó que algo no marchaba bien porque sintió tensión en el ambiente.
-Vanesa ha vuelto a las andadas, ¿Verdad? -le preguntó a Rafael Conreid, su editor, cuando la llamó a su despacho.
-Me temo que sí -frunció el ceño-. Sé que no pueden evitar parecerse tanto, pero a veces me gustaría que fuerais como el blanco y el negro porque así no se hubiera presentado el dilema que tengo.
-¿Qué sucede? -preguntó resignada.
-Es la jefa. Ya sabes que la señora Philmont es muy rígida en cuanto a los cánones sociales y que además es la dueña de esta revista. Acaba de enterarse de la última aventura de tu hermana y esta mañana me ha llamado por teléfono para leerme el reglamento interno.
-¿Le has explicado que no era yo?
-Se lo he repetido varias veces y me ha contestado que eso no importa porque son sus suscriptores quienes pensarán que eres tú, y que no se van a tomar en serio los consejos bursátiles que da una chica que... aparece desnuda en la página central de una revista.
-De modo que te ha ordenado que me despidas, ¿No?
-Le he dicho que era una injusticia.
-Bueno, te voy a ahorrar el mal trago -los ojos de Danni echaban fuego-. Renuncio.
-No necesitas hacerlo -en vano, Rafael trataba de ocultar su alivio-. Es posible que esto se olvide pronto.
-No lo suficiente para la señora Philmont. No te preocupes, Rafael, de todos modos estaba pensando cambiar de empleo. Dile a la señora Phil que has cumplido con tu deber. Te aseguro que yo estaré bien.
-No deja de parecerme injusto -gruñó, pero no había intentado convencerla para que se quedara. Le ofreció una pequeña liquidación, en vez de hacer efectiva la renuncia, y le deseó lo mejor mientras la acompañaba a la puerta.
Una vez tomada la decisión, Paula se sintió extrañamente contenta. Estaba un poco cansada del ambiente financiero, pero no había hecho nada al respecto. Al final, habían tomado la decisión por ella y estaba casi alegre. Sólo lamentaba haberse ido de vacaciones. pues con ese dinero, había podido sobrevivir durante más tiempo mientras buscaba otro trabajo. Al menos le habían dado una pequeña gratificación.
-He traído unas muestras de lo que me han publicado.
La secretaria asintió.
-Muy bien porque se las van a pedir en la entrevista -sonó el timbre del interfono y la chica se inclinó hacia el aparato-. Diga, señor Monarch.
-Por favor, discúlpame con Paula Chaves, me acaba de sugerir un asunto y no voy a poder recibirla hasta dentro de media hora más.
-Sí, señor -la secretaria miró a Paula con expresión de disculpa-. Se ha oído. ¿Puede esperar?
Los ánimos de Paula decayeron todavía más. Después de una semana de desilusiones, comenzaba a preguntarse si todavía podría ejercer su profesión. La espera le había tensado los nervios hasta el límite, pero se obligó a sonreír.
-No importa. ¿Dónde puedo esperar?
-Cuando terminen la obra, la sala de espera estará aquí, pero por ahora... ¿Por qué no sube a la cafetería, en el piso de arriba y se toma un café?
Paula se abrió camino entre el desorden de alfombras nuevas y muebles y se dirigió al ascensor. Por todos lados oía los sonidos típicos de una oficina de prensa, excepto que habían sustituido el tecleo de las máquinas de escribir por el «clic» de las terminales de ordenador y el restallar del papel se había convertido en un relámpago en las pantallas. De todos modos, era su mundo y esperaba que la entrevista de ese día volviera a incorporarla a su medio. Llegó a la cafetería, pero estaba desierta. No había ni siquiera cafetera. Observó las mesas con las sillas encima. Era evidente que no podía esperar allí.
Al fondo del pasillo oyó unas voces y Paula se dirigió hacia ellas. Abrió una puerta con cautela y se encontró en un estudio de fotografía. Se sentó en una silla junto a la puerta pensando que nadie se molestaría si observaba la sesión. ¿Acaso no pretendía trabajar allí? Con el interés de un profesional, estudió la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Al parecer, trabajaban para la portada publicitaria de una revista de modas, con tema de otoño. Aunque estaban a finales de primavera, las modelos vestían ropa de otoño y se apoyaban en sombrillas. Un potente ventilador, a un lado del paisaje dibujado contra el que pasaban las chicas, les enviaba una «brisa otoñal».
Paula sintió un poco de pena por las modelos que se estremecían con el aire. Como reportera, nunca había envidiado a las chicas que estaban al otro lado de la cámara porque sabía que sus vidas no eran tan fáciles ni tranquilas como aparentaban ser. La profesión de su hermana gemela lo testimoniaba. Al pensar en Vanesa, una nueva ola de tristeza le ensombreció las normalmente vivaces facciones. A pesar de que se negaba a aceptarlo, Vanesa era en gran parte la responsable de que Paula estuviera buscando trabajo. Pensaba que tenia el futuro asegurado, ya que ocupaba el puesto de ayudante de editor en una importante revista para inversionistas, pero una semana antes todo había cambiado... Tan pronto llegó a la oficina intuyó que algo no marchaba bien porque sintió tensión en el ambiente.
-Vanesa ha vuelto a las andadas, ¿Verdad? -le preguntó a Rafael Conreid, su editor, cuando la llamó a su despacho.
-Me temo que sí -frunció el ceño-. Sé que no pueden evitar parecerse tanto, pero a veces me gustaría que fuerais como el blanco y el negro porque así no se hubiera presentado el dilema que tengo.
-¿Qué sucede? -preguntó resignada.
-Es la jefa. Ya sabes que la señora Philmont es muy rígida en cuanto a los cánones sociales y que además es la dueña de esta revista. Acaba de enterarse de la última aventura de tu hermana y esta mañana me ha llamado por teléfono para leerme el reglamento interno.
-¿Le has explicado que no era yo?
-Se lo he repetido varias veces y me ha contestado que eso no importa porque son sus suscriptores quienes pensarán que eres tú, y que no se van a tomar en serio los consejos bursátiles que da una chica que... aparece desnuda en la página central de una revista.
-De modo que te ha ordenado que me despidas, ¿No?
-Le he dicho que era una injusticia.
-Bueno, te voy a ahorrar el mal trago -los ojos de Danni echaban fuego-. Renuncio.
-No necesitas hacerlo -en vano, Rafael trataba de ocultar su alivio-. Es posible que esto se olvide pronto.
-No lo suficiente para la señora Philmont. No te preocupes, Rafael, de todos modos estaba pensando cambiar de empleo. Dile a la señora Phil que has cumplido con tu deber. Te aseguro que yo estaré bien.
-No deja de parecerme injusto -gruñó, pero no había intentado convencerla para que se quedara. Le ofreció una pequeña liquidación, en vez de hacer efectiva la renuncia, y le deseó lo mejor mientras la acompañaba a la puerta.
Una vez tomada la decisión, Paula se sintió extrañamente contenta. Estaba un poco cansada del ambiente financiero, pero no había hecho nada al respecto. Al final, habían tomado la decisión por ella y estaba casi alegre. Sólo lamentaba haberse ido de vacaciones. pues con ese dinero, había podido sobrevivir durante más tiempo mientras buscaba otro trabajo. Al menos le habían dado una pequeña gratificación.
El Engaño: Sinopsis
Era normal que Paula ayudara a su hermana gemela,Vanesa. Pero lo que no era corriente era que se viera obligada a hacerlo por un chantaje. Paula tenía que hacerse pasar por su hermana ante Pedro Alfonso, el supuesto novio de Vanesa. Él se dió cuenta enseguida de la suplantación, pero Paula no se esperaba la imprevista reacción que tuvo ante el engaño.
martes, 11 de septiembre de 2018
Curaste Mi Corazón: Epílogo
A luz de la luna bañaba con su magia habitual los jardines de la Quinta das Montanhas cuando Paula se reunió con el hombre que la esperaba apoyado en una columna. Pedro la tomó en sus brazos y la besó con más reverencia de la que esperaba ella en esas circunstancias.
—Mi esposa —le susurró—. Por fin.
Paula suspiró feliz.
—Al fin lo hemos conseguido. Ahora solo nos falta una fiesta de churrascos en Estancia Grande cuando lleguemos a casa y sentiré que estamos casados para siempre.
Pedro rió con suavidad.
—Conozco un modo más fácil y placentero de convencerte de eso.
—Seguro que sí.
—No fui yo el que avisó a los fotógrafos que aparecieron en la boda, querida.
Ella suspiró.
—Lo sé. No sabía que Rodrigo pudiera ser tan retorcido. Perdona por eso.
—¿Por qué me va a importar eso en un día así? —Pedro volvió a besarla—. Pero eso era ayer, y mi esposa estaba tan cansada anoche que yo, que soy un santo, la dejé dormir en paz. Aunque ahora que Lidia y Jorge se han retirado después de servimos una cena suntuosa, creo que es hora de que hagamos lo mismo —alzó una mano—. Puedo llevarte en brazos arriba si quieres, pero es mejor que reserve las fuerzas para actividades más importantes, ¿No?
—Desde luego.
Subieron las escaleras tomados de la mano, pero Pedro la tomó en brazos para atravesar el umbral del dormitorio donde se había quedado ella en su primera visita a la Quinta.
—Amada —dijo él con voz ronca, cuando yacieron desnudos por primera vez como marido y mujer—. No sabes cuánto he anhelado este día… y esta noche. Necesito mucho consuelo por todas las noches que hemos pasado separados.
Paula se lo proporcionó encantada y se acariciaron con urgencia hasta que sus cuerpos no pudieron seguir separados. Y cuando se unieron por primera vez como marido y mujer, las lágrimas empaparon las pestañas de ella mientras Pedro le decía en dos idiomas cuánto la adoraba y lo feliz que ella le hacía, hasta que al fin solo quedó el sonido de sus alientos sollozantes cuando se elevaban juntos hacia un clímax que los dejó sin palabras en brazos del otro. Pedro alzó la cabeza un rato después.
—Juro que te haré feliz siempre —prometió.
—Soy muy feliz —respondió ella—. Aunque he tenido que trabajar bastante organizándolo todo.
—Está bien que tus amigos te hayan alquilado la casa —comentó él. Se colocó de espaldas y la estrechó contra sí—. Querían comprarla, ¿Verdad?
Paula asintió.
—Pero yo jamás podría venderla. Aunque me reconforta saber que está en buenas manos. Rodrigo sigue alquilando el piso superior y me alegro de que Fabián y Romina quieran convertir los otros dos pisos en su primer hogar. Sergio Napier se encargará de la reforma.
—Me cayó muy bien. Y Diana también. Es una mujer muy elegante.
—El premio a la elegancia se lo llevó tu madre con esa fabulosa pamela —replicó Paula.
—Se lo diré —le aseguró Pedro—. Juan Massey me dijo que está contento con el arreglo contigo.
—Sí. Puedo trabajar desde Estancia Grande casi tan bien como en la galería.
—Pero espero que el trabajo no te ocupe demasiado tiempo, querida. Quiero que reserves la mayor parte para mí.
—Lo haré —le aseguró ella.
Pedro se quedó pensativo.
—Cuando era piloto de carreras pensaba que lo más importante en la vida era ser campeón del mundo —la abrazó con fuerza—. Me equivocaba. El mayor logro de mi vida es tenerte como esposa.
—Soy tuya, Pedro—le aseguró ella—. Lo he sido desde el momento en que te ví.
Los ojos de él se iluminaron con la sonrisa que siempre conseguía que a ella le latiera más deprisa el corazón.
—Yo siempre te querré —prometió—. Y ahora que eres mi esposa, nunca te dejaré marchar.
FIN
—Mi esposa —le susurró—. Por fin.
Paula suspiró feliz.
—Al fin lo hemos conseguido. Ahora solo nos falta una fiesta de churrascos en Estancia Grande cuando lleguemos a casa y sentiré que estamos casados para siempre.
Pedro rió con suavidad.
—Conozco un modo más fácil y placentero de convencerte de eso.
—Seguro que sí.
—No fui yo el que avisó a los fotógrafos que aparecieron en la boda, querida.
Ella suspiró.
—Lo sé. No sabía que Rodrigo pudiera ser tan retorcido. Perdona por eso.
—¿Por qué me va a importar eso en un día así? —Pedro volvió a besarla—. Pero eso era ayer, y mi esposa estaba tan cansada anoche que yo, que soy un santo, la dejé dormir en paz. Aunque ahora que Lidia y Jorge se han retirado después de servimos una cena suntuosa, creo que es hora de que hagamos lo mismo —alzó una mano—. Puedo llevarte en brazos arriba si quieres, pero es mejor que reserve las fuerzas para actividades más importantes, ¿No?
—Desde luego.
Subieron las escaleras tomados de la mano, pero Pedro la tomó en brazos para atravesar el umbral del dormitorio donde se había quedado ella en su primera visita a la Quinta.
—Amada —dijo él con voz ronca, cuando yacieron desnudos por primera vez como marido y mujer—. No sabes cuánto he anhelado este día… y esta noche. Necesito mucho consuelo por todas las noches que hemos pasado separados.
Paula se lo proporcionó encantada y se acariciaron con urgencia hasta que sus cuerpos no pudieron seguir separados. Y cuando se unieron por primera vez como marido y mujer, las lágrimas empaparon las pestañas de ella mientras Pedro le decía en dos idiomas cuánto la adoraba y lo feliz que ella le hacía, hasta que al fin solo quedó el sonido de sus alientos sollozantes cuando se elevaban juntos hacia un clímax que los dejó sin palabras en brazos del otro. Pedro alzó la cabeza un rato después.
—Juro que te haré feliz siempre —prometió.
—Soy muy feliz —respondió ella—. Aunque he tenido que trabajar bastante organizándolo todo.
—Está bien que tus amigos te hayan alquilado la casa —comentó él. Se colocó de espaldas y la estrechó contra sí—. Querían comprarla, ¿Verdad?
Paula asintió.
—Pero yo jamás podría venderla. Aunque me reconforta saber que está en buenas manos. Rodrigo sigue alquilando el piso superior y me alegro de que Fabián y Romina quieran convertir los otros dos pisos en su primer hogar. Sergio Napier se encargará de la reforma.
—Me cayó muy bien. Y Diana también. Es una mujer muy elegante.
—El premio a la elegancia se lo llevó tu madre con esa fabulosa pamela —replicó Paula.
—Se lo diré —le aseguró Pedro—. Juan Massey me dijo que está contento con el arreglo contigo.
—Sí. Puedo trabajar desde Estancia Grande casi tan bien como en la galería.
—Pero espero que el trabajo no te ocupe demasiado tiempo, querida. Quiero que reserves la mayor parte para mí.
—Lo haré —le aseguró ella.
Pedro se quedó pensativo.
—Cuando era piloto de carreras pensaba que lo más importante en la vida era ser campeón del mundo —la abrazó con fuerza—. Me equivocaba. El mayor logro de mi vida es tenerte como esposa.
—Soy tuya, Pedro—le aseguró ella—. Lo he sido desde el momento en que te ví.
Los ojos de él se iluminaron con la sonrisa que siempre conseguía que a ella le latiera más deprisa el corazón.
—Yo siempre te querré —prometió—. Y ahora que eres mi esposa, nunca te dejaré marchar.
FIN
Curaste Mi Corazón: Capítulo 41
Ella consiguió sonreír.
—Especialmente los gauchos.
—Eso está mejor, querida. Prefiero tus sonrisas a tus lágrimas.
—Yo también —respondió ella con sequedad—. ¿De qué quieres hablar?
—De mí, por supuesto. ¿De qué otra cosa va a querer hablar un hombre? — bromeó él. Luego se puso serio—. Quiero que me escuches con mucha atención. Y no te apartes de mí.
Paula no tenía intención de moverse lo más mínimo. El calor y la proximidad de él eran una necesidad vital para ella en aquel momento.
—Cuando murió Lucas, regresé inmediatamente a la Estancia para estar con mis padres. Pero como quiero que entre nosotros solo haya sinceridad, te confieso que no pensaba quedarme mucho tiempo. Yo llevaba años viviendo fuera de casa y viendo a mi familia solo en ocasiones especiales como Navidad o cumpleaños. Cuando volví, hacía meses que no veía a mis padres y me sorprendió encontrar a mi padre tan mayor. Mi madre es quince años más joven que él, así que el cambio no fue tan grande en ella.
Hizo una pausa.
—Decidí tomarme un respiro en mi carrera y quedarme en la Estancia para aligerar la carga de mi padre, pero mi idea era volver a las carreras cuando mi padre superara su pena. Luego, como sabes, pasó lo del accidente y eso dió al traste con mis sueños sobre mi carrera. Trabajé mucho para recuperarme físicamente, pero mentalmente estaba inmerso en la autocompasión. Hasta que el destino te puso en mi camino y mi vida cambió para siempre.
La besó en los labios para añadir énfasis a sus palabras.
—Cuando mi padre me llevó al hospital desde el aeropuerto, estaba preparado para soportar todo lo que pudieran hacer los médicos para que yo volviera a andar y a cabalgar con normalidad.
Paula le pasó una mano por el pecho.
—¿El dolor fue terrible?
—Al principio sí, pero hice todo lo que me pedían —se llevó la mano de ella a los labios—. Pero no podía llamarte hasta que supiera con certeza que podría funcionar normalmente, tanto en la silla como sobre mis dos piernas.
—Podías haberle pedido a alguien que me enviara un correo electrónico para que yo supiera que habías llegado bien —señaló ella.
—Prefería esperar hasta que pudiera oír tu voz —repuso él—. Tuve mucho tiempo para pensar en cómo sería mi vida cuando volviera a la Estancia. Y aunque quiero a mis padres y disfruto de la compañía de mis hombres, necesito algo más en mi vida. Te echaba tanto de menos que te invité a venir por Navidad con la esperanza de que te gustara la Estancia.
—Y me ha gustado —suspiró ella.
Pedro le volvió la cara hacia él.
—Entonces tengo una pregunta para tí —la miró a los ojos—. ¿Me quieres, Paula?
No era la pregunta que ella esperaba oír, pero decidió contestar con sinceridad.
—Sí.
Él respiró hondo.
—¡Gracias a Dios! ¡Cómo deseaba oírte decir eso!
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Tú ya sabes por qué.
Paula miró los ojos oscuros y posesivos de él y decidió quemar sus últimas naves.
—¿Por casualidad es porque me quieres tú?
—¿Tienes que preguntarlo? —preguntó él atónito—. Creía que estaba escrito en mi cara y que todos pueden verlo.
Ella bajó la vista. El corazón le latía con tanta fuerza, que estaba segura de que él debía oírlo.
—Sabía muy bien que me deseabas físicamente.
—Así es —le aseguro él—. Adoro tu cuerpo, pero te quiero más a tí. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma y siempre te querré. ¿Quieres casarte conmigo y vivir siempre en la tierra de los gauchos, Paula? Porque si dices que sí, tiene que ser hasta que la muerte nos separe.
—Digo que sí. A casi todo —añadió ella para evitar malentendidos.
—¿Casi? —peguntó él.
—He sido independiente mucho tiempo y estoy acostumbrada a controlar mi vida. Y aunque me gustará vivir en la Estancia, estoy habituada a ganarme la vida. Quiero seguir con mi trabajo. Con las maravillas de la ciencia, puedo trabajar para Juan desde aquí.
—Te compraré lo último en ordenadores para que puedas hacer eso, te lo prometo —contestó él—. Y si echas de menos tu vida en Londres, invitaré a venir a tus amigos siempre que quieras. A todos menos al abogado. Bueno, doctora Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula le dedicó una sonrisa radiante.
—Sí, señor Alfonso. Sí quiero.
Pedro la abrazó. Salió de la cama y buscó algo en su maleta.
—Esto no es un regalo, Paula. Es una muestra de mi amor. ¿Lo aceptarás?
Ella miró el anillo de esmeraldas y diamantes que había en la palma de la mano de él y parpadeó para reprimir las lágrimas.
—¡Oh, Pedro! Es glorioso. Pues claro que lo acepto.
—Lo compré con las demás piezas —dijo él cuando se lo ponía en el dedo—, pero antes de ofrecértelo, quería esperar hasta que tuvieras una idea más clara de lo que significará vivir conmigo —la miró a los ojos—. No me hagas esperar mucho para comprar la alianza, querida. Hemos pasado muchos años separados, es hora de que estemos juntos como quería el destino.
—Especialmente los gauchos.
—Eso está mejor, querida. Prefiero tus sonrisas a tus lágrimas.
—Yo también —respondió ella con sequedad—. ¿De qué quieres hablar?
—De mí, por supuesto. ¿De qué otra cosa va a querer hablar un hombre? — bromeó él. Luego se puso serio—. Quiero que me escuches con mucha atención. Y no te apartes de mí.
Paula no tenía intención de moverse lo más mínimo. El calor y la proximidad de él eran una necesidad vital para ella en aquel momento.
—Cuando murió Lucas, regresé inmediatamente a la Estancia para estar con mis padres. Pero como quiero que entre nosotros solo haya sinceridad, te confieso que no pensaba quedarme mucho tiempo. Yo llevaba años viviendo fuera de casa y viendo a mi familia solo en ocasiones especiales como Navidad o cumpleaños. Cuando volví, hacía meses que no veía a mis padres y me sorprendió encontrar a mi padre tan mayor. Mi madre es quince años más joven que él, así que el cambio no fue tan grande en ella.
Hizo una pausa.
—Decidí tomarme un respiro en mi carrera y quedarme en la Estancia para aligerar la carga de mi padre, pero mi idea era volver a las carreras cuando mi padre superara su pena. Luego, como sabes, pasó lo del accidente y eso dió al traste con mis sueños sobre mi carrera. Trabajé mucho para recuperarme físicamente, pero mentalmente estaba inmerso en la autocompasión. Hasta que el destino te puso en mi camino y mi vida cambió para siempre.
La besó en los labios para añadir énfasis a sus palabras.
—Cuando mi padre me llevó al hospital desde el aeropuerto, estaba preparado para soportar todo lo que pudieran hacer los médicos para que yo volviera a andar y a cabalgar con normalidad.
Paula le pasó una mano por el pecho.
—¿El dolor fue terrible?
—Al principio sí, pero hice todo lo que me pedían —se llevó la mano de ella a los labios—. Pero no podía llamarte hasta que supiera con certeza que podría funcionar normalmente, tanto en la silla como sobre mis dos piernas.
—Podías haberle pedido a alguien que me enviara un correo electrónico para que yo supiera que habías llegado bien —señaló ella.
—Prefería esperar hasta que pudiera oír tu voz —repuso él—. Tuve mucho tiempo para pensar en cómo sería mi vida cuando volviera a la Estancia. Y aunque quiero a mis padres y disfruto de la compañía de mis hombres, necesito algo más en mi vida. Te echaba tanto de menos que te invité a venir por Navidad con la esperanza de que te gustara la Estancia.
—Y me ha gustado —suspiró ella.
Pedro le volvió la cara hacia él.
—Entonces tengo una pregunta para tí —la miró a los ojos—. ¿Me quieres, Paula?
No era la pregunta que ella esperaba oír, pero decidió contestar con sinceridad.
—Sí.
Él respiró hondo.
—¡Gracias a Dios! ¡Cómo deseaba oírte decir eso!
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Tú ya sabes por qué.
Paula miró los ojos oscuros y posesivos de él y decidió quemar sus últimas naves.
—¿Por casualidad es porque me quieres tú?
—¿Tienes que preguntarlo? —preguntó él atónito—. Creía que estaba escrito en mi cara y que todos pueden verlo.
Ella bajó la vista. El corazón le latía con tanta fuerza, que estaba segura de que él debía oírlo.
—Sabía muy bien que me deseabas físicamente.
—Así es —le aseguro él—. Adoro tu cuerpo, pero te quiero más a tí. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma y siempre te querré. ¿Quieres casarte conmigo y vivir siempre en la tierra de los gauchos, Paula? Porque si dices que sí, tiene que ser hasta que la muerte nos separe.
—Digo que sí. A casi todo —añadió ella para evitar malentendidos.
—¿Casi? —peguntó él.
—He sido independiente mucho tiempo y estoy acostumbrada a controlar mi vida. Y aunque me gustará vivir en la Estancia, estoy habituada a ganarme la vida. Quiero seguir con mi trabajo. Con las maravillas de la ciencia, puedo trabajar para Juan desde aquí.
—Te compraré lo último en ordenadores para que puedas hacer eso, te lo prometo —contestó él—. Y si echas de menos tu vida en Londres, invitaré a venir a tus amigos siempre que quieras. A todos menos al abogado. Bueno, doctora Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula le dedicó una sonrisa radiante.
—Sí, señor Alfonso. Sí quiero.
Pedro la abrazó. Salió de la cama y buscó algo en su maleta.
—Esto no es un regalo, Paula. Es una muestra de mi amor. ¿Lo aceptarás?
Ella miró el anillo de esmeraldas y diamantes que había en la palma de la mano de él y parpadeó para reprimir las lágrimas.
—¡Oh, Pedro! Es glorioso. Pues claro que lo acepto.
—Lo compré con las demás piezas —dijo él cuando se lo ponía en el dedo—, pero antes de ofrecértelo, quería esperar hasta que tuvieras una idea más clara de lo que significará vivir conmigo —la miró a los ojos—. No me hagas esperar mucho para comprar la alianza, querida. Hemos pasado muchos años separados, es hora de que estemos juntos como quería el destino.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 40
—¿Ya estás descansada? —se inclinó a besarle la nariz.
—Sí, pero siento haber dormido tanto.
—No importa, luego cenaremos fuera. Y mañana puedes desayunar en la cama —le acarició el pelo—. He hablado con mis padres. Mi madre dice que le entristece que te hayas ido. Me ha ordenado que te pida que vuelvas pronto.
—Es muy amable. Los dos fueron muy amables al invitar a una desconocida a su casa por Navidad.
Pedro enarcó las cejas.
—Tú eras mi invitada, no una desconocida. Los dos querían conocer a la mujer que descubrió que mi cuadro era de Gainsborough. Y mi madre siempre te estará agradecida.
Paula movió la cabeza maravillada.
—Cuando ocupé el puesto de Juan Massey, no sabía que no solo conocería a una estrella de la Fórmula Uno…
—De la que nunca habías oído hablar —gruñó él.
—Cierto, pero gracias a las maravillas de la tecnología, no tardé en ponerme al día. como iba diciendo, no sabía que conocería a un deportista famoso propietario de un Gainsborough, y mucho menos que el modelo del cuadro sería un antepasado suyo — lo miró a los ojos—. Ni que mi cliente sería el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Pedro abrió mucho los ojos
—¿Tú pensaste eso el primer día a pesar de la cicatriz y de la cojera?
—Sí —a ella le brillaron los ojos—. Y tú te pusiste furioso porque yo no era un hombre, miraste mi ropa y mis gafas y decidiste que era una aburrida.
Él sonrió y alzó las manos al aire.
—Me pareciste tan intelectual que me asustaste mucho. Pero también eres hermosa y comprensiva y supiste ver al hombre que había debajo de mis heridas.
Aquello no era exacto del todo. Paula simplemente lo había mirado una vez y se había enamorado de él tal como era, con cicatrices incluidas. Pero no se lo diría así hasta que supiera lo que sentía él.
Porto Alegre resultaba aún más atractivo de noche. Paula y Pedro fueron en taxi a un restaurante italiano. Ella se habría quedado encantada en el hotel y cenando en la habitación, pero como sabía que él quería enseñarle algo de la vida nocturna de Porto Alegre, se había puesto de nuevo el vestido verde con el colgante y los pendientes de esmeraldas con los que se sentía tan hermosa como Pedro le decía constantemente que era. El restaurante era íntimo y sofisticado; el vino tinto agradable, y él le tomaba la mano siempre que podía durante la comida mientras diseñaba su itinerario del día siguiente antes de que ella subiera al avión.
—Iremos a comprar regalos —alzó una mano en el aire—. Y no me mires así. No intentaré pagarlos yo. Aunque si encuentro algo que quieras para tí, lo pagaré yo.
—Pedro, te has gastado mucho dinero en traerme aquí; no son necesarios más regalos —respondió ella con firmeza. Suspiró—. Los regalos de Navidad de tus padres y tuyos han sido maravillosos, pero no tendré muchas oportunidades de ponérmelos.
—¿No llevas joyas cuando sales con tus amigos?
Paula se tocó el colgante.
—Sí, pero no como estas. Las guardaré para ocasiones especiales —suspiró de nuevo—. Y la ropa de gaucho será un buen recuerdo. En casa monto con ropa corriente. Cuando monto, que no es muy a menudo.
—Te queda muy bien. Y debes montar más. ¿Te ha gustado cabalgar conmigo?
—Tú sabes que sí. Todas las vacaciones han sido una experiencia maravillosa.
—Todavía no han terminado —él llamó al camarero, pagó la cuenta, se levantó y le tendió la mano—. Ven. Vamos a buscar un taxi.
De vuelta en el hotel, pareció lo más natural del mundo que se acostaran juntos y se abrazaran con naturalidad, como si fuera algo que hacían todas las noches desde hacía años. Paula se lo comentó así a Pedro, que asintió.
—Yo he sentido eso desde la primera vez que te ví.
—Querrás decir un poco más tarde, cuando me quité las gafas.
—Es verdad —Pedro la estrechó contra sí—. Estaba decidido a hacerte mía por muchos hombres que hubieras dejado en Inglaterra.
—Solo había uno —protestó ella—. Mientras que tú tenías incontables mujeres en tu vida.
—Marina fue la única importante —él encendió la lámpara y la miró a los ojos—. Tú eres diferente. Siempre había soñado con conocer a una mujer que me atrajera mentalmente además de físicamente. Casi había renunciado a esa esperanza, hasta que te conocí a tí.
La besó con fiereza y empezó a acariciarla. Al poco rato, ella abría los muslos en una bienvenida ardiente y unían sus cuerpos con un éxtasis tan intenso que ella supo que no conocería otro igual cuando se separaran. Pedro alzó la cabeza y la miró consternado.
—¡Estás llorando! ¿Por qué?
Ella se secó las lágrimas con impaciencia. Pensó en mentir, pero optó por no hacerlo.
—Porque me voy mañana —repuso.
Le tembló el labio inferior con tal fuerza que Pedro frunció el ceño y le dió besos suaves en la boca para consolarla. Luego se colocó de lado y la arrastró consigo.
—Sé muy bien que te vas mañana. Tenemos que hablar.
Paula miró el rostro decidido de él y respiró hondo.
—Siento estropearlo todo llorando. Normalmente no lloro tanto —y todas laslágrimas que había vertido últimamente habían sido por Pedro Alfonso.
—Ya lo sé —él le apartó el pelo de la frente—. Yo también quiero llorar al pensar en separarme de tí —suspiró—. Pero los hombres no lloran.
—Sí, pero siento haber dormido tanto.
—No importa, luego cenaremos fuera. Y mañana puedes desayunar en la cama —le acarició el pelo—. He hablado con mis padres. Mi madre dice que le entristece que te hayas ido. Me ha ordenado que te pida que vuelvas pronto.
—Es muy amable. Los dos fueron muy amables al invitar a una desconocida a su casa por Navidad.
Pedro enarcó las cejas.
—Tú eras mi invitada, no una desconocida. Los dos querían conocer a la mujer que descubrió que mi cuadro era de Gainsborough. Y mi madre siempre te estará agradecida.
Paula movió la cabeza maravillada.
—Cuando ocupé el puesto de Juan Massey, no sabía que no solo conocería a una estrella de la Fórmula Uno…
—De la que nunca habías oído hablar —gruñó él.
—Cierto, pero gracias a las maravillas de la tecnología, no tardé en ponerme al día. como iba diciendo, no sabía que conocería a un deportista famoso propietario de un Gainsborough, y mucho menos que el modelo del cuadro sería un antepasado suyo — lo miró a los ojos—. Ni que mi cliente sería el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Pedro abrió mucho los ojos
—¿Tú pensaste eso el primer día a pesar de la cicatriz y de la cojera?
—Sí —a ella le brillaron los ojos—. Y tú te pusiste furioso porque yo no era un hombre, miraste mi ropa y mis gafas y decidiste que era una aburrida.
Él sonrió y alzó las manos al aire.
—Me pareciste tan intelectual que me asustaste mucho. Pero también eres hermosa y comprensiva y supiste ver al hombre que había debajo de mis heridas.
Aquello no era exacto del todo. Paula simplemente lo había mirado una vez y se había enamorado de él tal como era, con cicatrices incluidas. Pero no se lo diría así hasta que supiera lo que sentía él.
Porto Alegre resultaba aún más atractivo de noche. Paula y Pedro fueron en taxi a un restaurante italiano. Ella se habría quedado encantada en el hotel y cenando en la habitación, pero como sabía que él quería enseñarle algo de la vida nocturna de Porto Alegre, se había puesto de nuevo el vestido verde con el colgante y los pendientes de esmeraldas con los que se sentía tan hermosa como Pedro le decía constantemente que era. El restaurante era íntimo y sofisticado; el vino tinto agradable, y él le tomaba la mano siempre que podía durante la comida mientras diseñaba su itinerario del día siguiente antes de que ella subiera al avión.
—Iremos a comprar regalos —alzó una mano en el aire—. Y no me mires así. No intentaré pagarlos yo. Aunque si encuentro algo que quieras para tí, lo pagaré yo.
—Pedro, te has gastado mucho dinero en traerme aquí; no son necesarios más regalos —respondió ella con firmeza. Suspiró—. Los regalos de Navidad de tus padres y tuyos han sido maravillosos, pero no tendré muchas oportunidades de ponérmelos.
—¿No llevas joyas cuando sales con tus amigos?
Paula se tocó el colgante.
—Sí, pero no como estas. Las guardaré para ocasiones especiales —suspiró de nuevo—. Y la ropa de gaucho será un buen recuerdo. En casa monto con ropa corriente. Cuando monto, que no es muy a menudo.
—Te queda muy bien. Y debes montar más. ¿Te ha gustado cabalgar conmigo?
—Tú sabes que sí. Todas las vacaciones han sido una experiencia maravillosa.
—Todavía no han terminado —él llamó al camarero, pagó la cuenta, se levantó y le tendió la mano—. Ven. Vamos a buscar un taxi.
De vuelta en el hotel, pareció lo más natural del mundo que se acostaran juntos y se abrazaran con naturalidad, como si fuera algo que hacían todas las noches desde hacía años. Paula se lo comentó así a Pedro, que asintió.
—Yo he sentido eso desde la primera vez que te ví.
—Querrás decir un poco más tarde, cuando me quité las gafas.
—Es verdad —Pedro la estrechó contra sí—. Estaba decidido a hacerte mía por muchos hombres que hubieras dejado en Inglaterra.
—Solo había uno —protestó ella—. Mientras que tú tenías incontables mujeres en tu vida.
—Marina fue la única importante —él encendió la lámpara y la miró a los ojos—. Tú eres diferente. Siempre había soñado con conocer a una mujer que me atrajera mentalmente además de físicamente. Casi había renunciado a esa esperanza, hasta que te conocí a tí.
La besó con fiereza y empezó a acariciarla. Al poco rato, ella abría los muslos en una bienvenida ardiente y unían sus cuerpos con un éxtasis tan intenso que ella supo que no conocería otro igual cuando se separaran. Pedro alzó la cabeza y la miró consternado.
—¡Estás llorando! ¿Por qué?
Ella se secó las lágrimas con impaciencia. Pensó en mentir, pero optó por no hacerlo.
—Porque me voy mañana —repuso.
Le tembló el labio inferior con tal fuerza que Pedro frunció el ceño y le dió besos suaves en la boca para consolarla. Luego se colocó de lado y la arrastró consigo.
—Sé muy bien que te vas mañana. Tenemos que hablar.
Paula miró el rostro decidido de él y respiró hondo.
—Siento estropearlo todo llorando. Normalmente no lloro tanto —y todas laslágrimas que había vertido últimamente habían sido por Pedro Alfonso.
—Ya lo sé —él le apartó el pelo de la frente—. Yo también quiero llorar al pensar en separarme de tí —suspiró—. Pero los hombres no lloran.
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