—Tiene treinta y algo y, si hay una esposa, no vive aquí. Adiós, por ahora.
Cuando colgó el teléfono, una sombra cayó sobe los escalones. Paula se volvió y vió que Pedro la miraba.
—Perdón, no era mi intención escuchar, pero…
—Ha oído lo que he dicho —ella se ruborizó.
Él asintió.
—¿Su amante tiene celos de que viva en mi casa?
—Estaba hablando con Juan Massey.
La cara de él se relajó un poco.
—¿Su jefe le hacía preguntas sobre mí?
—Sí. Lo siento.
—¿Por qué? Es natural que se sienta responsable de usted —Pedro se volvió hacia Jorge, que entraba con una bandeja—. Tomaré el té con usted.
Paula enarcó una ceja.
—¿Para ver lo que he hecho?
—Exactamente —asintió él.
—No es mucho. En esta fase voy con mucho cuidado.
Pedro se inclinó a inspeccionar la zona pequeña que indicaba ella.
—¿Ha fotografiado solo esta pequeña sección? —preguntó, atónito. Se sentó a su lado y miró por encima del hombro de ella—. Veo que la pintura es más clara aquí. ¿Eso es importante?
—Crucial. Juan coincide en que parece un pigmento original del siglo XVIII — Paula llenó ambas tazas de té—. ¿Quieres enviarle el cuadro a la restauradora de Juan ya o continúo hasta que tenga una idea más clara de lo que hay debajo antes de mandarlo a reparar?
—¿A reparar? —preguntó él.
Paula asintió.
—Puede que haya daños en el lienzo, quizá incluso agujeros.
Pedro palideció.
—¡Dios mío! Y en ese caso, ¿Es posible repararlo?
—¡Oh, sí! La restauradora de Juan hace milagros.
—Pero si retira esa pintura, ¿Podrá darme una opinión sobre el artista?
—Probablemente sí. Pero sería solo una opinión —le advirtió ella—. ¿Quiere que continúe?
—Sí. Me complacería mucho que siguiera hasta que ese joven nos mostrara sus verdaderos colores. Podemos posponer futuras decisiones hasta entonces —Pedro se puso en pie—. La dejo con su trabajo de detective. Cuando vuelva a hablar con el señor Massey, dígale que la única señora Alfonso que hay en mi vida es mi madre. Hace muchos años estuve casado brevemente, pero ya no.
Paula hizo una mueca.
—Lo siento.
—Tal vez me he explicado mal, Mariana no está muerta. Se divorció de mí — Pedro la miró a los ojos—. Y dígale también al señor Massey que aquí está segura. No le pasará nada en mi casa.
Paula se ruborizó y le costó recuperar la concentración en su trabajo. Y poco rato después llamó Andrés.
—¿Por qué narices no me has llamado? —quiso saber—. Supongo que sabías que estaría preocupado.
—Te puse un mensaje cuando llegué…
—Y es obvio que luego te olvidaste de mí.
—Si tan preocupado estabas, podías haberme llamado tú.
—Te tocaba llamarme a tí. Te largaste sin apenas disculparte por estropear el viaje a Glyndebourne.
Ella apretó los dientes.
—¡Por el amor de Dios, Andrés! Juan estaba enfermo y tenía que ocupar su puesto. Era una emergencia. Podemos ir a Glyndebourne en cualquier otro momento.
—Entiendo. Es obvio que Juan es mucho más importante para tí que yo.
Paula empezaba a cansarse.
—No tengo tiempo para esto.
—¡No! Por favor, no cuelgues —el tono de él se volvió conciliador de pronto—. Perdona, querida.
—Ahora no puedo hablar, tengo que seguir trabajando. Adiós —ella colgó el teléfono antes de que pudiera interrumpirla de nuevo.
Estaba tan irritada que tardó un rato en recuperar el ritmo, pero al fin empezó a trabajar con normalidad hasta que llegó Jorge cuando empezaba a decaer la luz.
—El señor Pedro dice que quizá quiera terminar ya, doctora —dijo el hombre con tacto.
Paula miró su reloj y se quitó las gafas y la mascarilla con un suspiro.
—Voy a recoger esto y cubrir el cuadro. ¿Puede hacer el favor de preguntar dónde lo guardaremos durante la noche?
—Sí, señora. Y luego vengo a por su equipo.
—El trípode y la caja de trabajo se pueden quedar aquí. Yo me llevaré la cámara y el portátil —hizo una mueca y señaló la bolsa llena de algodón—. Siento ese lío.
Él negó con la cabeza sonriente.
—No importa.
Paula guardó los disolventes, se puso las gafas y miró el cuadro con optimismo. Se prometió que al día siguiente sabría quién lo había pintado.
—Doctora Chaves—Pedro se acercó a la puerta—. Ha trabajado mucho… —se detuvo al ver el cuadro.
—No temas, sé que ahora está raro, pero le prometo que cuando haya terminado lo verá mucho mejor. ¿Dónde lo guardamos esta noche?
—En la sala. Venga, se lo mostraré.
Tomó el lienzo con tal reverencia que Paula tuvo que reprimir una sonrisa.
martes, 14 de agosto de 2018
Curaste Mi Corazón: Capítulo 7
Paula habría podido jurar que solo habían pasado unos minutos cuando llegó Pedro a decirle que el almuerzo los esperaba en la veranda, y para entonces, la papelera que ella tenía a los pies se iba llenando de algodones y no le apetecía interrumpir el trabajo para comer. Pero sonrió con educación, enderezó la espalda y cambió las lentes de los prismáticos por las gafas, consciente de la decepción de él porque tuviera tan poco que enseñar por su trabajo.
—Solo estoy retirando la suciedad. Empezará a ver una diferencia cuando empiece a quitar la pintura de arriba.
—No esperaba que estuviera peor que antes —confesó él.
—Yo también estoy peor —comentó ella cuando caminaban hacia la casa—. Tengo que lavarme.
—La esperaré en la veranda, no hay prisa.
—Sí la hay —lo contradijo ella—. Tengo que volver al trabajo.
Pedro sonrió.
—¿Tanto le gusta su trabajo de detective?
—Pues sí —Paula podía haber añadido que en aquel caso resultaba de lo más emocionante, pero guardó silencio por si se equivocaba.
Durante el almuerzo, Pedro le dijo que estaría fuera casi todo el día siguiente.
—No olvide parar a descansar a menudo. Le diré a Lidia que se encargue de ello.
—Oh, lo haré —le aseguró ella.
—¿Tiene ya alguna idea sobre cuál fue la mano que pintó a ese joven? —preguntó él después de llenar las tazas de café.
—En esta fase no es fácil saberlo. Cuando haya limpiado el lienzo, retiraré parte de la pintura de arriba y buscaré la firma de las pinceladas. Pero solo lo suficiente para formarme una opinión. Si el cuadro es valioso, dejaré el resto a la restauradora con la que más trabaja Juan, una mujer con mucha experiencia. A menos que usted prefiera que lo restaure otra persona, claro.
—No. Mi intención era dejarlo todo en manos del señor Massey. Pero yo confío en usted para ese trabajo, doctora Lister.
Aquello era un alivio.
—Es usted muy amable, pero yo soy historiadora de arte, no restauradora profesional. Además, no puedo quedarme aquí tanto tiempo.
—¿Tan impaciente está por regresar a Inglaterra? ¿Hay un amante esperándola?
Paula se ruborizó.
—Tengo un amigo, sí. Pero yo me refería a mi trabajo —repuso con frialdad.
Él enarcó las cejas.
—Estoy seguro de que el señor Massey le permitiría quedarse si se lo pidiera yo.
Paula terminó el café y se puso en pie.
—Eso depende de él.
—Si él accediera, ¿Le causaría problemas en su vida privada quedarse aquí? — Pedro se levantó más despacio, con los dientes apretados por el esfuerzo.
—En absoluto —ninguno que importara en comparación con el cuadro. Paula miró su reloj—. Tengo que volver al trabajo. Voy a subir a mi habitación a por el portátil.
—Nos veremos en la cena. No la acompaño a la casita, porque sé muy bien que soy demasiado lento para usted —dijo él con sorna.
Paula se sintió culpable porque sabía que él tenía razón. Sonrió.
—Estaré impaciente por decirle algo en la cena.
Pedro la observó subir las escaleras corriendo. Su hostilidad inicial hacia ella remitía rápidamente y daba paso a un deseo creciente de conocerla mejor. La Quinta era un paraíso hermoso y pacífico, pero solitario. Sonrió amargamente mientras cojeaba hasta su habitación. En otro tiempo había anhelado tener intimidad y tiempo para sí mismo. Ahora pagaría encantado a Juan Massey lo que le pidiera con tal de tener a Paula allí más tiempo, aunque solo fuera para conversar con ella durante la cena. Consideraba que era un tipo raro de mujer, una experta en un tema que a él le interesaba mucho. Y si le repelía su cicatriz, lo disimulaba muy bien. Sonrió. Era poco habitual conocer a una mujer que no se esforzara en utilizar sus encantos físicos para atraerlo, una novedad comparado con lo que le ocurría en los viejos tiempos. Y era obvio que ella no había oído hablar de él, aunque eso no tenía mucho de sorprendente, pues su carrera se había visto interrumpida antes de que llegara a la cima que había esperado alcanzar en otro tiempo.
Paula habló con Lidia al salir y descubrió que había un cuarto de baño en la planta baja destinado a las visitas y que utilizaría solo ella durante su estancia. Cuando llegó a la casita, se dispuso a trabajar con celo renovado ahora que había terminado la primera fase de limpieza. Con un lienzo más sucio, habría repetido el proceso de limpieza, pero debido al factor tiempo, pasó directamente a la siguiente fase. Empezó por una sección del abrigo del modelo. Colocó una tarjeta que tenía una ventanita cortada, mojó un trozo de algodón en acetona y empezó a trabajar dentro de la apertura. El efecto fue instantáneo. Esa capa de pintura se había aplicado en los últimos cincuenta años, pues se disolvió como por arte de magia dentro de la ventanita, dejando al descubierto un pigmento mucho más claro debajo. Continuó, moviendo el cartón poco a poco, usando la acetona, y después hizo una foto para enviársela a Juan y se sentó en una de las sillas a descansar. Éste la llamó al móvil casi enseguida.
—Creo que tu trabajo va a ser interesante. Eso parece un pigmento del siglo XVIII, pero te apuesto diez a uno, a que encontrarás daños en alguna parte. Pregunta a Alfonso si debes continuar.
—Ya está hablando de que me quede aquí a hacer eso, si tú estás de acuerdo.
—¿De verdad? —hubo una pausa—. Solo por curiosidad, ¿Cuántos años tiene? ¿Y está casado?
—Solo estoy retirando la suciedad. Empezará a ver una diferencia cuando empiece a quitar la pintura de arriba.
—No esperaba que estuviera peor que antes —confesó él.
—Yo también estoy peor —comentó ella cuando caminaban hacia la casa—. Tengo que lavarme.
—La esperaré en la veranda, no hay prisa.
—Sí la hay —lo contradijo ella—. Tengo que volver al trabajo.
Pedro sonrió.
—¿Tanto le gusta su trabajo de detective?
—Pues sí —Paula podía haber añadido que en aquel caso resultaba de lo más emocionante, pero guardó silencio por si se equivocaba.
Durante el almuerzo, Pedro le dijo que estaría fuera casi todo el día siguiente.
—No olvide parar a descansar a menudo. Le diré a Lidia que se encargue de ello.
—Oh, lo haré —le aseguró ella.
—¿Tiene ya alguna idea sobre cuál fue la mano que pintó a ese joven? —preguntó él después de llenar las tazas de café.
—En esta fase no es fácil saberlo. Cuando haya limpiado el lienzo, retiraré parte de la pintura de arriba y buscaré la firma de las pinceladas. Pero solo lo suficiente para formarme una opinión. Si el cuadro es valioso, dejaré el resto a la restauradora con la que más trabaja Juan, una mujer con mucha experiencia. A menos que usted prefiera que lo restaure otra persona, claro.
—No. Mi intención era dejarlo todo en manos del señor Massey. Pero yo confío en usted para ese trabajo, doctora Lister.
Aquello era un alivio.
—Es usted muy amable, pero yo soy historiadora de arte, no restauradora profesional. Además, no puedo quedarme aquí tanto tiempo.
—¿Tan impaciente está por regresar a Inglaterra? ¿Hay un amante esperándola?
Paula se ruborizó.
—Tengo un amigo, sí. Pero yo me refería a mi trabajo —repuso con frialdad.
Él enarcó las cejas.
—Estoy seguro de que el señor Massey le permitiría quedarse si se lo pidiera yo.
Paula terminó el café y se puso en pie.
—Eso depende de él.
—Si él accediera, ¿Le causaría problemas en su vida privada quedarse aquí? — Pedro se levantó más despacio, con los dientes apretados por el esfuerzo.
—En absoluto —ninguno que importara en comparación con el cuadro. Paula miró su reloj—. Tengo que volver al trabajo. Voy a subir a mi habitación a por el portátil.
—Nos veremos en la cena. No la acompaño a la casita, porque sé muy bien que soy demasiado lento para usted —dijo él con sorna.
Paula se sintió culpable porque sabía que él tenía razón. Sonrió.
—Estaré impaciente por decirle algo en la cena.
Pedro la observó subir las escaleras corriendo. Su hostilidad inicial hacia ella remitía rápidamente y daba paso a un deseo creciente de conocerla mejor. La Quinta era un paraíso hermoso y pacífico, pero solitario. Sonrió amargamente mientras cojeaba hasta su habitación. En otro tiempo había anhelado tener intimidad y tiempo para sí mismo. Ahora pagaría encantado a Juan Massey lo que le pidiera con tal de tener a Paula allí más tiempo, aunque solo fuera para conversar con ella durante la cena. Consideraba que era un tipo raro de mujer, una experta en un tema que a él le interesaba mucho. Y si le repelía su cicatriz, lo disimulaba muy bien. Sonrió. Era poco habitual conocer a una mujer que no se esforzara en utilizar sus encantos físicos para atraerlo, una novedad comparado con lo que le ocurría en los viejos tiempos. Y era obvio que ella no había oído hablar de él, aunque eso no tenía mucho de sorprendente, pues su carrera se había visto interrumpida antes de que llegara a la cima que había esperado alcanzar en otro tiempo.
Paula habló con Lidia al salir y descubrió que había un cuarto de baño en la planta baja destinado a las visitas y que utilizaría solo ella durante su estancia. Cuando llegó a la casita, se dispuso a trabajar con celo renovado ahora que había terminado la primera fase de limpieza. Con un lienzo más sucio, habría repetido el proceso de limpieza, pero debido al factor tiempo, pasó directamente a la siguiente fase. Empezó por una sección del abrigo del modelo. Colocó una tarjeta que tenía una ventanita cortada, mojó un trozo de algodón en acetona y empezó a trabajar dentro de la apertura. El efecto fue instantáneo. Esa capa de pintura se había aplicado en los últimos cincuenta años, pues se disolvió como por arte de magia dentro de la ventanita, dejando al descubierto un pigmento mucho más claro debajo. Continuó, moviendo el cartón poco a poco, usando la acetona, y después hizo una foto para enviársela a Juan y se sentó en una de las sillas a descansar. Éste la llamó al móvil casi enseguida.
—Creo que tu trabajo va a ser interesante. Eso parece un pigmento del siglo XVIII, pero te apuesto diez a uno, a que encontrarás daños en alguna parte. Pregunta a Alfonso si debes continuar.
—Ya está hablando de que me quede aquí a hacer eso, si tú estás de acuerdo.
—¿De verdad? —hubo una pausa—. Solo por curiosidad, ¿Cuántos años tiene? ¿Y está casado?
Curaste Mi Corazón: Capítulo 6
—Lo siento.
—No. Soy yo el que lo siente —él sonrió forzado—. Perdóneme. Esta mañana he nadado demasiado y ahora pago el precio. Venga. Le enseñaré la piscina.
Durante el paseo se encontraron con dos jardineros, dos hombres mayores que les sonrieron. Pedro se detuvo a cruzar unas palabras con ellos.
—Se ha alegrado de verlo —comentó ella.
—Me conocen desde que nací —le informó él—. Esta quinta fue el hogar de la infancia de mi madre. Ahora es mía.
Paula estaba impresionada.
—¿La heredó de su madre?
—Me la dió ella. Mi madre sigue viva. Pero desde que se casó con mi padre y este se la llevó a vivir a Rio Grande do Sul, no viene mucho por aquí. No le gustan los vuelos largos.
—La comprendo perfectamente. El vuelo desde Inglaterra hasta Oporto fue suficiente para mí. ¡Oh! —exclamó con placer cuando doblaron un recodo—. Una cancha de tenis.
—¿Juega usted?
—Sí, pero no muy bien.
—Seguro que mejor que yo ahora —dijo él con amargura.
—Perdone una pregunta personal —dijo ella con cautela—, ¿Pero no se puede hacer nada con su cojera?
Él torció la boca.
—Pues sí. Hago los ejercicios, un fisioterapeuta me tortura, nado y camino todos los días, y cada día mejora un poco. Estoy seguro de que volveré a ser normal. Lo que quiera que sea eso —añadió—. Para lograrlo, tendré que hacerme cirugía plástica en la cara si no quiero dar pesadillas a los niños.
Paula, arrepentida de haber sacado el tema, se alegró cuando llegaron a la piscina.
—Su posición es maravillosa, con esos árboles al fondo y las montañas más allá — comentó.
Él asintió, pero no dijo nada más hasta que llegaron a la casita de verano en el camino de regreso.
—Vamos a inspeccionar esto antes de volver. ¿Cree que estará bien para trabajar? Tiene luz natural y no la molestará nadie, pero estará cerca de la casa.
Paula subió los escalones y entró en una habitación octogonal con una mesa y sillas de mimbre, suelo de baldosas y toda la luz natural que pudiera desear. Sonrió.
—Es perfecta. Ya solo necesito el cuadro, una manta grande y mi equipo y puedo empezar.
—Primero café —dijo él con firmeza. Señaló con el bastón en dirección a la casa—. Lo tomaremos en la veranda, donde espera ya el cuadro.
A Paula le costó mantener el paso lento de Pedro. Había llegado el momento de la verdad y estaba nerviosa. Aunque el cuadro fuera lo que él creía, quizá ella no conseguiría identificar al artista, lo cual sería desastroso después de haber insistido en que poseía la experiencia necesaria. Cuando subieron los escalones de la veranda y vio el paquete envuelto sobre la mesa, se le aceleró el pulso.
—¿Lo desenvuelvo? —preguntó Pedro.
Paula asintió.
—Sí, por favor.
Él retiró la envoltura con cuidado y se apartó.
—Un poco sucio, ¿Verdad?
—Es normal si el cuadro es antiguo —asintió ella. Sus nervios desaparecieron en cuanto miró el lienzo, que mostraba a un joven moreno con ropa sobria del siglo XVIII—. Desde luego, no era un dandy —musitó—, aunque estaría mucho más elegante sin las capas repintadas. La levita no es más que un borrón y hay demasiada tela en el cuello.
—¿Qué significa eso? —preguntó Pedro con el rostro tenso.
—La pintura de arriba puede estar ocultando una reparación en el lienzo o un añadido por otro artista —dijo ella con aire ausente y con los ojos fijos en la cara del modelo, que había sufrido menos que el cuerpo—. Si pide que lleven mis cosas a la casita, con una manta gruesa para poner el cuadro encima, empezaré a trabajar de inmediato.
—Primero debe tomar el café —insistió él.
Jorge apareció con una cafetera en una bandeja. Pedro le dió algunas instrucciones y el hombre se llevó el trípode y la caja de herramientas a la casita.
—El cuadro lo llevaré yo personalmente cuando estemos listos —dijo Pedro, sacando una silla para ella.
Paula deseaba empezar pronto a trabajar, así que sirvió el café.
—Después de limpiar el cuadro, puedo retirar parte de la pintura de encima con disolvente, si no tiene inconveniente. Entonces quizá tenga alguna idea sobre el artista.
Tenía ya una idea, pero no estaba dispuesta a mencionar nombres todavía. Investigaciones futuras podían demostrar que se equivocaba y eso acabaría para siempre con la fe que Pedro Alfonso pudiera tener en ella. Él se sentó a su lado.
—No debe trabajar mucho tiempo seguido sin tomar un descanso. Jorge irá a buscarla cuando esté listo el almuerzo.
—No puedo comer mucho en mitad del día —le advirtió ella.
—Tiene que comer para tener energía. Un sándwich por lo menos —repuso él con firmeza—. Yo me reuniré con usted aquí a la una —alzó la vista cuando volvió Jorge.
—¿Está todo preparado?
—Sí, señor.
Paula vió que habían barrido y limpiado el polvo a la casita y habían metido una segunda mesa en la que había una bandeja con vasos y agua embotellada en un cubo con hielo, además de una campana metálica con asa de madera y una manta marrón gruesa. Colocó la manta donde había más luz y Pedro depositó el cuadro encima. Se apartó y la miró mientras ella examinaba el rostro pintado. Ella se tomó tiempo; su entusiasmo iba en aumento. El rostro resultaba familiar. ¿Habría acertado con el artista? Se volvió a sonreír a Pedro.
—Bien. Voy a empezar ya.
—¿Quieres que la deje con su trabajo de detective? —él señaló la campana—. Llame si necesita algo y vendrá Jorge. La veré en el almuerzo.
Cuando Paula se quedó por fin sola con el retrato, se quitó las gafas para mirar al modelo a través de la lupa.
—Está bien, señorito. Vamos a verte más de cerca.
Revisó cada centímetro del cuadro y sacó una foto para que sirviera de testimonio de su estado original. Su instinto le gritaba que empezara a limpiar, pero siguió pacientemente la rutina habitual. Cuando hubo sacado todo lo que necesitaba de la caja, se puso una mascarilla y los prismáticos a modo de cinta del pelo, respiró hondo y mojó la primera bola de algodón en el líquido de limpiar.
—No. Soy yo el que lo siente —él sonrió forzado—. Perdóneme. Esta mañana he nadado demasiado y ahora pago el precio. Venga. Le enseñaré la piscina.
Durante el paseo se encontraron con dos jardineros, dos hombres mayores que les sonrieron. Pedro se detuvo a cruzar unas palabras con ellos.
—Se ha alegrado de verlo —comentó ella.
—Me conocen desde que nací —le informó él—. Esta quinta fue el hogar de la infancia de mi madre. Ahora es mía.
Paula estaba impresionada.
—¿La heredó de su madre?
—Me la dió ella. Mi madre sigue viva. Pero desde que se casó con mi padre y este se la llevó a vivir a Rio Grande do Sul, no viene mucho por aquí. No le gustan los vuelos largos.
—La comprendo perfectamente. El vuelo desde Inglaterra hasta Oporto fue suficiente para mí. ¡Oh! —exclamó con placer cuando doblaron un recodo—. Una cancha de tenis.
—¿Juega usted?
—Sí, pero no muy bien.
—Seguro que mejor que yo ahora —dijo él con amargura.
—Perdone una pregunta personal —dijo ella con cautela—, ¿Pero no se puede hacer nada con su cojera?
Él torció la boca.
—Pues sí. Hago los ejercicios, un fisioterapeuta me tortura, nado y camino todos los días, y cada día mejora un poco. Estoy seguro de que volveré a ser normal. Lo que quiera que sea eso —añadió—. Para lograrlo, tendré que hacerme cirugía plástica en la cara si no quiero dar pesadillas a los niños.
Paula, arrepentida de haber sacado el tema, se alegró cuando llegaron a la piscina.
—Su posición es maravillosa, con esos árboles al fondo y las montañas más allá — comentó.
Él asintió, pero no dijo nada más hasta que llegaron a la casita de verano en el camino de regreso.
—Vamos a inspeccionar esto antes de volver. ¿Cree que estará bien para trabajar? Tiene luz natural y no la molestará nadie, pero estará cerca de la casa.
Paula subió los escalones y entró en una habitación octogonal con una mesa y sillas de mimbre, suelo de baldosas y toda la luz natural que pudiera desear. Sonrió.
—Es perfecta. Ya solo necesito el cuadro, una manta grande y mi equipo y puedo empezar.
—Primero café —dijo él con firmeza. Señaló con el bastón en dirección a la casa—. Lo tomaremos en la veranda, donde espera ya el cuadro.
A Paula le costó mantener el paso lento de Pedro. Había llegado el momento de la verdad y estaba nerviosa. Aunque el cuadro fuera lo que él creía, quizá ella no conseguiría identificar al artista, lo cual sería desastroso después de haber insistido en que poseía la experiencia necesaria. Cuando subieron los escalones de la veranda y vio el paquete envuelto sobre la mesa, se le aceleró el pulso.
—¿Lo desenvuelvo? —preguntó Pedro.
Paula asintió.
—Sí, por favor.
Él retiró la envoltura con cuidado y se apartó.
—Un poco sucio, ¿Verdad?
—Es normal si el cuadro es antiguo —asintió ella. Sus nervios desaparecieron en cuanto miró el lienzo, que mostraba a un joven moreno con ropa sobria del siglo XVIII—. Desde luego, no era un dandy —musitó—, aunque estaría mucho más elegante sin las capas repintadas. La levita no es más que un borrón y hay demasiada tela en el cuello.
—¿Qué significa eso? —preguntó Pedro con el rostro tenso.
—La pintura de arriba puede estar ocultando una reparación en el lienzo o un añadido por otro artista —dijo ella con aire ausente y con los ojos fijos en la cara del modelo, que había sufrido menos que el cuerpo—. Si pide que lleven mis cosas a la casita, con una manta gruesa para poner el cuadro encima, empezaré a trabajar de inmediato.
—Primero debe tomar el café —insistió él.
Jorge apareció con una cafetera en una bandeja. Pedro le dió algunas instrucciones y el hombre se llevó el trípode y la caja de herramientas a la casita.
—El cuadro lo llevaré yo personalmente cuando estemos listos —dijo Pedro, sacando una silla para ella.
Paula deseaba empezar pronto a trabajar, así que sirvió el café.
—Después de limpiar el cuadro, puedo retirar parte de la pintura de encima con disolvente, si no tiene inconveniente. Entonces quizá tenga alguna idea sobre el artista.
Tenía ya una idea, pero no estaba dispuesta a mencionar nombres todavía. Investigaciones futuras podían demostrar que se equivocaba y eso acabaría para siempre con la fe que Pedro Alfonso pudiera tener en ella. Él se sentó a su lado.
—No debe trabajar mucho tiempo seguido sin tomar un descanso. Jorge irá a buscarla cuando esté listo el almuerzo.
—No puedo comer mucho en mitad del día —le advirtió ella.
—Tiene que comer para tener energía. Un sándwich por lo menos —repuso él con firmeza—. Yo me reuniré con usted aquí a la una —alzó la vista cuando volvió Jorge.
—¿Está todo preparado?
—Sí, señor.
Paula vió que habían barrido y limpiado el polvo a la casita y habían metido una segunda mesa en la que había una bandeja con vasos y agua embotellada en un cubo con hielo, además de una campana metálica con asa de madera y una manta marrón gruesa. Colocó la manta donde había más luz y Pedro depositó el cuadro encima. Se apartó y la miró mientras ella examinaba el rostro pintado. Ella se tomó tiempo; su entusiasmo iba en aumento. El rostro resultaba familiar. ¿Habría acertado con el artista? Se volvió a sonreír a Pedro.
—Bien. Voy a empezar ya.
—¿Quieres que la deje con su trabajo de detective? —él señaló la campana—. Llame si necesita algo y vendrá Jorge. La veré en el almuerzo.
Cuando Paula se quedó por fin sola con el retrato, se quitó las gafas para mirar al modelo a través de la lupa.
—Está bien, señorito. Vamos a verte más de cerca.
Revisó cada centímetro del cuadro y sacó una foto para que sirviera de testimonio de su estado original. Su instinto le gritaba que empezara a limpiar, pero siguió pacientemente la rutina habitual. Cuando hubo sacado todo lo que necesitaba de la caja, se puso una mascarilla y los prismáticos a modo de cinta del pelo, respiró hondo y mojó la primera bola de algodón en el líquido de limpiar.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 5
—Mañana, antes de empezar, quizá le apetezca explorar los jardines, dar un paseo antes de resolver el misterio.
Paula supo ver que le tendía una rama de olivo y asintió sonriente.
—Eso me gustaría mucho. Y ahora debo darle las buenas noches.
—Le llevarán el desayuno a la habitación. Yo la esperaré aquí a las nueve. Que duerma bien.
Ella sonrió amablemente.
—Mi primer día en Portugal ha sido tan pleno, que estoy segura de ello. Ahora que estoy aquí, me cuesta imaginar por qué no he venido antes a su país.
—Ah, pero Portugal no es mi país de nacimiento —repuso él—. La Quinta das Montanhas es el lugar al que me retiro de vez en cuando, pero la residencia de mi familia está en Rio Grande do Sul, en el sur de Brasil —hizo una inclinación de cabeza—. Soy gaucho.
Paula tuvo al instante una visión de pampas cubiertas de hierba y ganado conducido por hombres con sombreros planos y pantalones de cuero.
—¿Vive en un rancho de ganado? —preguntó, impresionada.
Pedro asintió.
—Mi padre es un patrao. Yo empecé a montar desde que fui capaz de andar, pero ya no puedo pasar muchas horas en la silla —su rostro se ensombreció. Tomó un bastón para cruzar el vestíbulo con ella—. ¿Ha notado la cojera?
—No, no la he notado —respondió Paula, sorprendida—. ¿Un accidente?
—Un accidente de coche —él se encogió de hombros—. Pero como puede ver, sobreviví. Boa noite, doctora.
Paula tardó mucho rato en quedarse dormida. Culpó de ello a la brillante luz de la luna, pero el verdadero culpable era Pedro Alfonso. Si el efecto eléctrico que había producido él en sus hormonas se hubiera visto correspondido, quizá hubiera podido alegrarse, pero no había sido así. Sentía mucha curiosidad por el accidente que le había dejado una cicatriz en la cara y la cojera. Su primera impresión de él, cicatrices aparte, había sido de gracia y coordinación, descontando su descontento porque fuera una mujer la que había ido a examinar el cuadro. Suspiró; pidió en su interior que el cuadro estuviera en un estado lo bastante bueno para poder identificarlo. En cierto sentido, le habría gustado que hubiera ido Juan Massey a examinarlo y no ella. Pero si no hubiera ido allí, no habría conocido a Pedro Alfonso, el hombre más atractivo que había visto en su vida, con cicatrices o sin ellas. Sonrió al imaginarse la reacción si describía aquella casa gloriosa y a su cliente carismático a Andrés Hastings. Hacía poco tiempo que se conocían, pero él empezaba a mostrar rasgos de carácter que hacían improbable que su relación durara mucho más. Ella disfrutaba de la compañía de los hombres, pero hasta el momento había conseguido mantener sus relaciones superficiales en un segundo plano en relación a su trabajo. Era huérfana desde la adolescencia y se había acostumbrado hacía tiempo a tener plena autonomía sobre su vida.
La soledad no era un problema, pues compartía la casa heredada de su padre con dos antiguos compañeros de universidad, ambos varones. Los tres llevaban vidas separadas, cada uno en un piso de la casa, y Rodrigo y Fabían pagaban un alquiler más que razonable, pero a Andrés no le gustaba el arreglo y había empezado a presionarla para que se fuera a vivir con él. La negativa de ella era un motivo de discordia entre ellos, y su repentino viaje a Portugal el día que él tenía entradas para una ópera en Glyndebourne había sido la última gota. Pero para Paula era más importante ayudar a Juan que ir a ver Las bodas deFígaro. Además, no tenía intención de irse a vivir con un hombre cuyas opiniones en la vida eran tan distintas a las de ella. A pesar de no haber dormido bien, se despertó temprano. Se duchó y vistió con vaqueros y camiseta y se recogió el pelo en un moño. Cuando terminaba de peinarse, llegó Lidia con una bandeja.
—Buenos días, doctora —la mujer sonrió, dejó la bandeja en una mesa pequeña cerca de la ventana y acercó una silla.
Paula le devolvió la sonrisa.
—Buenos días. Muchas gracias.
—¿Hay desayuno suficiente o quiere beicon y huevos?
Paula se echó a reír y le aseguró que el pan, los bollos y la fruta eran más que suficiente.
—Está perfecto. Gracias.
La mujer sonrió complacida.
—¡Que aproveche! Volveré a las nueve.
—¿Puede decirle a Jorge que la acompañe y baje el trípode y la caja de trabajo?
—Sí. Se lo diré.
Paula se sentó ante la ventana abierta a comer con calma mirando los jardines. Pasara lo que pasara con el cuadro, se alegraba de haber tenido ocasión de ver aquel lugar celestial, y de conocer a Pedro Alfonso, un gaucho muy sexy. Aunque el hombre con el que se reunió más tarde en la veranda parecía más nervioso que sexy. Sus ojos ensombrecidos mostraban dolor.
—Buenos días —le dijo cuando se reunió con él—. ¿Ha dormido bien?
—Muy bien, gracias.
Pedro miró el trípode y la caja con interés.
—¿Eso es para trabajar?
Paula asintió.
—Hago fotografías del cuadro para preservar su estado original y sigo haciéndolas a lo largo del trabajo. La caja contiene herramientas y disolventes para la limpieza preliminar. Puede ser un proceso sucio, así que necesitaré un lugar donde no vaya a estropear nada. Y con buena luz del día pero no mucho sol, si es posible.
Él asintió.
—Me encargaré de ello. ¿Todavía quiere dar un paseo antes de empezar?
—Sí, por favor. He desayunado mirando su jardín y me gustaría ver más —y aplazar el estrés del primer encuentro con el cuadro.
—Vamos, pues —él tomó su bastón, que estaba apoyado en una columna.
—¿Seguro que le apetece andar? —preguntó ella. Y se arrepintió en cuanto vió que él apretaba los labios.
—Le aseguro que puedo renquear un rato sin caerme, doctora.
Ella se sonrojó.
Paula supo ver que le tendía una rama de olivo y asintió sonriente.
—Eso me gustaría mucho. Y ahora debo darle las buenas noches.
—Le llevarán el desayuno a la habitación. Yo la esperaré aquí a las nueve. Que duerma bien.
Ella sonrió amablemente.
—Mi primer día en Portugal ha sido tan pleno, que estoy segura de ello. Ahora que estoy aquí, me cuesta imaginar por qué no he venido antes a su país.
—Ah, pero Portugal no es mi país de nacimiento —repuso él—. La Quinta das Montanhas es el lugar al que me retiro de vez en cuando, pero la residencia de mi familia está en Rio Grande do Sul, en el sur de Brasil —hizo una inclinación de cabeza—. Soy gaucho.
Paula tuvo al instante una visión de pampas cubiertas de hierba y ganado conducido por hombres con sombreros planos y pantalones de cuero.
—¿Vive en un rancho de ganado? —preguntó, impresionada.
Pedro asintió.
—Mi padre es un patrao. Yo empecé a montar desde que fui capaz de andar, pero ya no puedo pasar muchas horas en la silla —su rostro se ensombreció. Tomó un bastón para cruzar el vestíbulo con ella—. ¿Ha notado la cojera?
—No, no la he notado —respondió Paula, sorprendida—. ¿Un accidente?
—Un accidente de coche —él se encogió de hombros—. Pero como puede ver, sobreviví. Boa noite, doctora.
Paula tardó mucho rato en quedarse dormida. Culpó de ello a la brillante luz de la luna, pero el verdadero culpable era Pedro Alfonso. Si el efecto eléctrico que había producido él en sus hormonas se hubiera visto correspondido, quizá hubiera podido alegrarse, pero no había sido así. Sentía mucha curiosidad por el accidente que le había dejado una cicatriz en la cara y la cojera. Su primera impresión de él, cicatrices aparte, había sido de gracia y coordinación, descontando su descontento porque fuera una mujer la que había ido a examinar el cuadro. Suspiró; pidió en su interior que el cuadro estuviera en un estado lo bastante bueno para poder identificarlo. En cierto sentido, le habría gustado que hubiera ido Juan Massey a examinarlo y no ella. Pero si no hubiera ido allí, no habría conocido a Pedro Alfonso, el hombre más atractivo que había visto en su vida, con cicatrices o sin ellas. Sonrió al imaginarse la reacción si describía aquella casa gloriosa y a su cliente carismático a Andrés Hastings. Hacía poco tiempo que se conocían, pero él empezaba a mostrar rasgos de carácter que hacían improbable que su relación durara mucho más. Ella disfrutaba de la compañía de los hombres, pero hasta el momento había conseguido mantener sus relaciones superficiales en un segundo plano en relación a su trabajo. Era huérfana desde la adolescencia y se había acostumbrado hacía tiempo a tener plena autonomía sobre su vida.
La soledad no era un problema, pues compartía la casa heredada de su padre con dos antiguos compañeros de universidad, ambos varones. Los tres llevaban vidas separadas, cada uno en un piso de la casa, y Rodrigo y Fabían pagaban un alquiler más que razonable, pero a Andrés no le gustaba el arreglo y había empezado a presionarla para que se fuera a vivir con él. La negativa de ella era un motivo de discordia entre ellos, y su repentino viaje a Portugal el día que él tenía entradas para una ópera en Glyndebourne había sido la última gota. Pero para Paula era más importante ayudar a Juan que ir a ver Las bodas deFígaro. Además, no tenía intención de irse a vivir con un hombre cuyas opiniones en la vida eran tan distintas a las de ella. A pesar de no haber dormido bien, se despertó temprano. Se duchó y vistió con vaqueros y camiseta y se recogió el pelo en un moño. Cuando terminaba de peinarse, llegó Lidia con una bandeja.
—Buenos días, doctora —la mujer sonrió, dejó la bandeja en una mesa pequeña cerca de la ventana y acercó una silla.
Paula le devolvió la sonrisa.
—Buenos días. Muchas gracias.
—¿Hay desayuno suficiente o quiere beicon y huevos?
Paula se echó a reír y le aseguró que el pan, los bollos y la fruta eran más que suficiente.
—Está perfecto. Gracias.
La mujer sonrió complacida.
—¡Que aproveche! Volveré a las nueve.
—¿Puede decirle a Jorge que la acompañe y baje el trípode y la caja de trabajo?
—Sí. Se lo diré.
Paula se sentó ante la ventana abierta a comer con calma mirando los jardines. Pasara lo que pasara con el cuadro, se alegraba de haber tenido ocasión de ver aquel lugar celestial, y de conocer a Pedro Alfonso, un gaucho muy sexy. Aunque el hombre con el que se reunió más tarde en la veranda parecía más nervioso que sexy. Sus ojos ensombrecidos mostraban dolor.
—Buenos días —le dijo cuando se reunió con él—. ¿Ha dormido bien?
—Muy bien, gracias.
Pedro miró el trípode y la caja con interés.
—¿Eso es para trabajar?
Paula asintió.
—Hago fotografías del cuadro para preservar su estado original y sigo haciéndolas a lo largo del trabajo. La caja contiene herramientas y disolventes para la limpieza preliminar. Puede ser un proceso sucio, así que necesitaré un lugar donde no vaya a estropear nada. Y con buena luz del día pero no mucho sol, si es posible.
Él asintió.
—Me encargaré de ello. ¿Todavía quiere dar un paseo antes de empezar?
—Sí, por favor. He desayunado mirando su jardín y me gustaría ver más —y aplazar el estrés del primer encuentro con el cuadro.
—Vamos, pues —él tomó su bastón, que estaba apoyado en una columna.
—¿Seguro que le apetece andar? —preguntó ella. Y se arrepintió en cuanto vió que él apretaba los labios.
—Le aseguro que puedo renquear un rato sin caerme, doctora.
Ella se sonrojó.
jueves, 9 de agosto de 2018
Curaste Mi Corazón: Capítulo 4
—Yo no vivo aquí, doctora —él sonrió—. La Quinta das Montanhas es mi casa de vacaciones, el refugio al que escapo para estar solo de vez en cuando.
¡Menuda casa de vacaciones!
—Esta zona es muy hermosa —comentó ella—, pero es completamente desconocida para mí. A diferencia de la mayoría de los británicos, yo nunca había estado en Portugal.
—Entonces es muy importante que disfrute de su primera visita.
Pedro Alfonso aunque renuente, era un anfitrión atento, pero a Paula le costaba relajarse mientras comían pollo al grill con hierbas aromáticas.
—¿La comida es de su gusto? —preguntó Pedro, rellenándole la copa.
Ella asintió.
—Mis felicitaciones al chef. Es un genio.
Él la miró divertido.
—Era broma. Aquí cocina Lidia, la esposa de Jorge.
—Pues la genio es ella —Paula sonrió con calor a Jorge cuando llegó a retirar los platos—. Estaba delicioso. Por favor, dígaselo a su esposa.
Él asintió con la cabeza.
—Obrigado, senhora. ¿Quiere pudín?
Paula sonrió.
—No puedo comer nada más.
Jorge le devolvió la sonrisa con un entusiasmo que le ganó una mirada seca de su jefe.
—¿Café, señora? ¿O té?
—Ni siquiera eso, gracias.
—Yo quiero café, Jorge, por favor —dijo su jefe con soma—. Y trae agua mineral para la señora.
—Agora mesmo, senhor.
Cuando se retiró Jorge, Paula se recostó en la silla y miró la luz de la luna, que añadía magia a la escena.
—¡Qué pacífico es esto! —comentó—. Entiendo que le parezca un paraíso.
Él cerró los ojos.
—Probablemente es porque nunca he estado aquí el tiempo suficiente para cansarme de tanta paz… hasta ahora —la miró—. Espero que no le haya causado problemas tener que sustituir tan repentinamente al señor Massey.
Ella negó con la cabeza.
—Ninguno que no haya podido resolver.
—Muy bien. Me interesa mucho su trabajo. ¿Qué es lo que hace usted en la galería, doctora?
Paula se aferró a aquel tema con alivio.
—Mi trabajo consiste principalmente en buscar en Internet obras no identificadas o catalogadas de un modo erróneo que han pasado desapercibidas. Puede ser muy emocionante.
—Espero que mi cuadro también lo sea.
—Yo también —respondió ella con fervor.
—Ese comentario ha sido muy sentido.
Ella sonrió.
—Cuando nos traen cuadros a la galería, es Juan el que da la mala noticia si son copias o falsificaciones.
Él asintió.
—Y a usted no le gusta la tarea de darme esa noticia.
—No —ella lo miró a los ojos—. Pero lo haré si tengo que hacerlo.
—No tema, doctora Chaves. Si mi cuadro es falso, no la culparé a usted. Ni dudaré de su criterio.
—Gracias. Admito que eso me ha preocupado cuando… —ruborizada, guardó silencio.
—¿Cuando qué?
—Cuando le ha sorprendido tanto que fuera una mujer.
—Solo porque esperaba un hombre —respondió él—. Pero si el señor Massey confía en su capacidad para hacer el trabajo, yo también.
—Gracias.
—De nada. Deje que le sirva más vino.
—Solo agua, gracias. Necesito tener la cabeza despejada para mi trabajo de detective por la mañana.
La sonrisa súbita de él le alteró el rostro de tal modo que anuló toda impresión de familiaridad. Pedro Alfonso sonriente dejaba sin respiración de tal modo que no se parecía a ningún hombre que Paula hubiera visto antes.
—Usted considera su trabajo como resolver un misterio —comentó con curiosidad.
—En cierto modo. Es muy gratificante y estimulante revelar la identidad de una obra de arte perdida.
—Quizá mi cuadro sea una de ellas.
Paula confiaba con fervor en que así fuera.
—¿Tiene idea de quién puede ser el artista?
—Tengo más esperanza que idea. Pero no diré nada hasta que usted dé su opinión. ¿Madruga usted?
—En días laborables sí. Empezaré mañana a la hora más temprana que resulte conveniente.
Pedro, consciente de que no había dado un recibimiento muy cálido a su huésped, se esforzó por redimirse.
¡Menuda casa de vacaciones!
—Esta zona es muy hermosa —comentó ella—, pero es completamente desconocida para mí. A diferencia de la mayoría de los británicos, yo nunca había estado en Portugal.
—Entonces es muy importante que disfrute de su primera visita.
Pedro Alfonso aunque renuente, era un anfitrión atento, pero a Paula le costaba relajarse mientras comían pollo al grill con hierbas aromáticas.
—¿La comida es de su gusto? —preguntó Pedro, rellenándole la copa.
Ella asintió.
—Mis felicitaciones al chef. Es un genio.
Él la miró divertido.
—Era broma. Aquí cocina Lidia, la esposa de Jorge.
—Pues la genio es ella —Paula sonrió con calor a Jorge cuando llegó a retirar los platos—. Estaba delicioso. Por favor, dígaselo a su esposa.
Él asintió con la cabeza.
—Obrigado, senhora. ¿Quiere pudín?
Paula sonrió.
—No puedo comer nada más.
Jorge le devolvió la sonrisa con un entusiasmo que le ganó una mirada seca de su jefe.
—¿Café, señora? ¿O té?
—Ni siquiera eso, gracias.
—Yo quiero café, Jorge, por favor —dijo su jefe con soma—. Y trae agua mineral para la señora.
—Agora mesmo, senhor.
Cuando se retiró Jorge, Paula se recostó en la silla y miró la luz de la luna, que añadía magia a la escena.
—¡Qué pacífico es esto! —comentó—. Entiendo que le parezca un paraíso.
Él cerró los ojos.
—Probablemente es porque nunca he estado aquí el tiempo suficiente para cansarme de tanta paz… hasta ahora —la miró—. Espero que no le haya causado problemas tener que sustituir tan repentinamente al señor Massey.
Ella negó con la cabeza.
—Ninguno que no haya podido resolver.
—Muy bien. Me interesa mucho su trabajo. ¿Qué es lo que hace usted en la galería, doctora?
Paula se aferró a aquel tema con alivio.
—Mi trabajo consiste principalmente en buscar en Internet obras no identificadas o catalogadas de un modo erróneo que han pasado desapercibidas. Puede ser muy emocionante.
—Espero que mi cuadro también lo sea.
—Yo también —respondió ella con fervor.
—Ese comentario ha sido muy sentido.
Ella sonrió.
—Cuando nos traen cuadros a la galería, es Juan el que da la mala noticia si son copias o falsificaciones.
Él asintió.
—Y a usted no le gusta la tarea de darme esa noticia.
—No —ella lo miró a los ojos—. Pero lo haré si tengo que hacerlo.
—No tema, doctora Chaves. Si mi cuadro es falso, no la culparé a usted. Ni dudaré de su criterio.
—Gracias. Admito que eso me ha preocupado cuando… —ruborizada, guardó silencio.
—¿Cuando qué?
—Cuando le ha sorprendido tanto que fuera una mujer.
—Solo porque esperaba un hombre —respondió él—. Pero si el señor Massey confía en su capacidad para hacer el trabajo, yo también.
—Gracias.
—De nada. Deje que le sirva más vino.
—Solo agua, gracias. Necesito tener la cabeza despejada para mi trabajo de detective por la mañana.
La sonrisa súbita de él le alteró el rostro de tal modo que anuló toda impresión de familiaridad. Pedro Alfonso sonriente dejaba sin respiración de tal modo que no se parecía a ningún hombre que Paula hubiera visto antes.
—Usted considera su trabajo como resolver un misterio —comentó con curiosidad.
—En cierto modo. Es muy gratificante y estimulante revelar la identidad de una obra de arte perdida.
—Quizá mi cuadro sea una de ellas.
Paula confiaba con fervor en que así fuera.
—¿Tiene idea de quién puede ser el artista?
—Tengo más esperanza que idea. Pero no diré nada hasta que usted dé su opinión. ¿Madruga usted?
—En días laborables sí. Empezaré mañana a la hora más temprana que resulte conveniente.
Pedro, consciente de que no había dado un recibimiento muy cálido a su huésped, se esforzó por redimirse.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 3
—Hasta luego, doctora.
Ella asintió y subió las escaleras con la espalda muy recta.
Pedro la miró hasta que se perdió de vista y regresó a la veranda. Se sentó y se frotó con aire ausente la pierna que tanto le dolía si permanecía en pie mucho tiempo. Su sorpresa al descubrir que su huésped no era un hombre sino una mujer había ofendido a la doctora Lister. Pero si estaba plenamente cualificada para dar una opinión informada sobre su cuadro, en teoría a él no le importaba que fuera mujer. Apretó los labios. En la práctica, sin embargo, resentía profundamente la necesidad de recibir en su casa a una mujer ahora que estaba desfigurado; aunque se tratara de una intelectual eficiente como la doctora Lister, con el pelo recogido y apartado de la cara y su ropa masculina. Las únicas mujeres que había ahora a su lado eran sus empleadas, cuando en otro tiempo había estado rodeado por todo tipo de mujeres hermosas y bien dispuestas hacia él. Recorrió con un dedo la cicatriz de la cara. Todo eso y muchas otras cosas habían cambiado para siempre el día que por fin se le había acabado la suerte.
Cuando Paula se instaló en la cama con un libro, había recuperado ya su equilibrio emocional. La reacción de Pedro Alfonso al verla había sido un golpe más duro de lo que quería admitir. Su melena castaña y sus ojos verdes tornasolados no solían espantar a los hombres. Se mordió el labio inferior. La preferencia de su cliente por un experto varón había sido otro golpe. Si informaba a Pedro de que su cuadro era una falsificación sin valor intrínseco alguno, él podía negarse a aceptar su veredicto. Se encogió de hombros. No sería el fin del mundo; simplemente tendría que contar con el apoyo de Juan. Le enviaría fotografías del cuadro por correo electrónico para que lo juzgara él y se ganaría la eterna gratitud de Judith Massey por distraer a su esposo convaleciente.
Antes de llegar allí, Paula se había preguntado si la invitarían a cenar con la familia de su anfitrión, pero hasta el momento no había habido ninguna mención a una esposa ni a ningún otro pariente. De hecho, James sabía tan poco del señor Alfonso que ella había especulado bastante durante el vuelo, pero nada la había preparado para la reacción que sintió al verlo, pues era la primera vez que le sucedía algo así. Tampoco estaba preparada para la hostilidad de él, que resultaba tan sorprendente como su juventud y su rostro marcado oscuramente atractivo. Se encogió de hombros. Tal vez él hubiera preferido que examinara un hombre su cuadro, pero ella estaba más que capacitada para el trabajo. Lo que no impedía que la idea de la cena la sobrecogiera un poco. Su primera intención había sido ponerse un vestido verde sin mangas con un drapeado que resaltaba sus curvas, pero volvió a colgarlo en la percha y eligió uno de lino negro. Sin joyas que suavizaran la dureza del vestido y con solo un leve toque de maquillaje, interpretaría el papel de intelectual en la cena con un hombre que tenía un aura de melancolía sardónica, misteriosa y sorprendente. Ella habría esperado que un hombre de su edad y de su raza fuera más extrovertido. Y quizá lo había sido antes de la cicatriz.
Un minuto antes de las ocho llegó Lidia jadeando levemente y anunció que el señor Alfonso esperaba a su invitada. Paula se puso las gafas y se miró una vez más alespejo para comprobar que ningún mechón de pelo escapaba del severo moño. Siguió a la mujer escaleras abajo hasta el vestíbulo, donde la esperaba Jorge para escoltarla a la veranda, que resultaba aún más invitadora con luces suaves brillando entre las plantas que adornaban las columnas. Pedro se levantó lentamente de uno de los sillones de mimbre y la miró en silencio. Aquella invitada elegante y discreta le producía desazón. Se sobrepuso y le dió las buenas noches. Paula se preguntó si aquel hombre decía alguna vez algo sin pensarlo antes.
—A Lidia no le ha gustado que haya elegido cenar aquí fuera —dijo. La guió hacia una mesa—. El comedor es muy grande para dos personas y he creído que preferiría esto —pero en realidad la preferencia era suya, con la esperanza de que su cicatriz destacara menos en aquella luz suave.
—Así es —le aseguró ella, que vió que la mesa estaba puesta para dos. No había esposa, pues. Al menos allí.
Él apartó una silla para ella.
—¿Qué va a beber? ¿Un gin tonic tal vez?
Paula miró la botella metida en el cubo de hielo plateado.
—¿Puedo tomar una copa de vino? —preguntó.
—Desde luego. Este es el vinho verde del Minho —él descorchó la botella y sirvió dos copas—. Yo la acompañaré —le pasó una copa y acercó la suya a la de ella—. ¿Por qué brindamos?
—¿Por un buen resultado para su cuadro?
Él asintió.
—Por eso.
El vino frío entraba como néctar, era el acompañamiento perfecto al plato de aperitivos calientes que colocó Jorge delante de Paula.
—El plato nacional —informó Pedro—. Bolinhas de bacalhau. ¿Las ha probado antes?
—No, pero huelen de maravilla —ella se metió una de las bolitas en la boca—. Y saben aún mejor. Recordaré con placer mi primera comida en Portugal.
Pedro estaba sentado enfrente, con la cicatriz destacando en su cara morena contra el blanco de la camisa.
—¿No ha comido nada desde que llegó? —preguntó con el ceño fruncido.
Ella negó con la cabeza.
—Me lo ofrecieron, pero tenía mucho calor y mucha sed.
—Entonces debe comer más —empujó la bandeja hacia ella.
—No, gracias —respondió ella, con firmeza—. Si lo hago, no necesitaré la cena.
—Tiene que comer bien o el chef se ofenderá.
¿El chef? Paula digirió aquella información, junto con la bolinha, y se dispuso a ser una invitada educada.
—¿Hace mucho tiempo que vive aquí, Alfonso?
Ella asintió y subió las escaleras con la espalda muy recta.
Pedro la miró hasta que se perdió de vista y regresó a la veranda. Se sentó y se frotó con aire ausente la pierna que tanto le dolía si permanecía en pie mucho tiempo. Su sorpresa al descubrir que su huésped no era un hombre sino una mujer había ofendido a la doctora Lister. Pero si estaba plenamente cualificada para dar una opinión informada sobre su cuadro, en teoría a él no le importaba que fuera mujer. Apretó los labios. En la práctica, sin embargo, resentía profundamente la necesidad de recibir en su casa a una mujer ahora que estaba desfigurado; aunque se tratara de una intelectual eficiente como la doctora Lister, con el pelo recogido y apartado de la cara y su ropa masculina. Las únicas mujeres que había ahora a su lado eran sus empleadas, cuando en otro tiempo había estado rodeado por todo tipo de mujeres hermosas y bien dispuestas hacia él. Recorrió con un dedo la cicatriz de la cara. Todo eso y muchas otras cosas habían cambiado para siempre el día que por fin se le había acabado la suerte.
Cuando Paula se instaló en la cama con un libro, había recuperado ya su equilibrio emocional. La reacción de Pedro Alfonso al verla había sido un golpe más duro de lo que quería admitir. Su melena castaña y sus ojos verdes tornasolados no solían espantar a los hombres. Se mordió el labio inferior. La preferencia de su cliente por un experto varón había sido otro golpe. Si informaba a Pedro de que su cuadro era una falsificación sin valor intrínseco alguno, él podía negarse a aceptar su veredicto. Se encogió de hombros. No sería el fin del mundo; simplemente tendría que contar con el apoyo de Juan. Le enviaría fotografías del cuadro por correo electrónico para que lo juzgara él y se ganaría la eterna gratitud de Judith Massey por distraer a su esposo convaleciente.
Antes de llegar allí, Paula se había preguntado si la invitarían a cenar con la familia de su anfitrión, pero hasta el momento no había habido ninguna mención a una esposa ni a ningún otro pariente. De hecho, James sabía tan poco del señor Alfonso que ella había especulado bastante durante el vuelo, pero nada la había preparado para la reacción que sintió al verlo, pues era la primera vez que le sucedía algo así. Tampoco estaba preparada para la hostilidad de él, que resultaba tan sorprendente como su juventud y su rostro marcado oscuramente atractivo. Se encogió de hombros. Tal vez él hubiera preferido que examinara un hombre su cuadro, pero ella estaba más que capacitada para el trabajo. Lo que no impedía que la idea de la cena la sobrecogiera un poco. Su primera intención había sido ponerse un vestido verde sin mangas con un drapeado que resaltaba sus curvas, pero volvió a colgarlo en la percha y eligió uno de lino negro. Sin joyas que suavizaran la dureza del vestido y con solo un leve toque de maquillaje, interpretaría el papel de intelectual en la cena con un hombre que tenía un aura de melancolía sardónica, misteriosa y sorprendente. Ella habría esperado que un hombre de su edad y de su raza fuera más extrovertido. Y quizá lo había sido antes de la cicatriz.
Un minuto antes de las ocho llegó Lidia jadeando levemente y anunció que el señor Alfonso esperaba a su invitada. Paula se puso las gafas y se miró una vez más alespejo para comprobar que ningún mechón de pelo escapaba del severo moño. Siguió a la mujer escaleras abajo hasta el vestíbulo, donde la esperaba Jorge para escoltarla a la veranda, que resultaba aún más invitadora con luces suaves brillando entre las plantas que adornaban las columnas. Pedro se levantó lentamente de uno de los sillones de mimbre y la miró en silencio. Aquella invitada elegante y discreta le producía desazón. Se sobrepuso y le dió las buenas noches. Paula se preguntó si aquel hombre decía alguna vez algo sin pensarlo antes.
—A Lidia no le ha gustado que haya elegido cenar aquí fuera —dijo. La guió hacia una mesa—. El comedor es muy grande para dos personas y he creído que preferiría esto —pero en realidad la preferencia era suya, con la esperanza de que su cicatriz destacara menos en aquella luz suave.
—Así es —le aseguró ella, que vió que la mesa estaba puesta para dos. No había esposa, pues. Al menos allí.
Él apartó una silla para ella.
—¿Qué va a beber? ¿Un gin tonic tal vez?
Paula miró la botella metida en el cubo de hielo plateado.
—¿Puedo tomar una copa de vino? —preguntó.
—Desde luego. Este es el vinho verde del Minho —él descorchó la botella y sirvió dos copas—. Yo la acompañaré —le pasó una copa y acercó la suya a la de ella—. ¿Por qué brindamos?
—¿Por un buen resultado para su cuadro?
Él asintió.
—Por eso.
El vino frío entraba como néctar, era el acompañamiento perfecto al plato de aperitivos calientes que colocó Jorge delante de Paula.
—El plato nacional —informó Pedro—. Bolinhas de bacalhau. ¿Las ha probado antes?
—No, pero huelen de maravilla —ella se metió una de las bolitas en la boca—. Y saben aún mejor. Recordaré con placer mi primera comida en Portugal.
Pedro estaba sentado enfrente, con la cicatriz destacando en su cara morena contra el blanco de la camisa.
—¿No ha comido nada desde que llegó? —preguntó con el ceño fruncido.
Ella negó con la cabeza.
—Me lo ofrecieron, pero tenía mucho calor y mucha sed.
—Entonces debe comer más —empujó la bandeja hacia ella.
—No, gracias —respondió ella, con firmeza—. Si lo hago, no necesitaré la cena.
—Tiene que comer bien o el chef se ofenderá.
¿El chef? Paula digirió aquella información, junto con la bolinha, y se dispuso a ser una invitada educada.
—¿Hace mucho tiempo que vive aquí, Alfonso?
Curaste Mi Corazón Capítulo 2
Paula, que no estaba segura de lo que quería decir «pronto», bebió el agua y se conformó con lavarse en lugar de tomar una ducha, como habría sido su deseo. Se cepilló el pelo, lo sujetó en un moño tirante y se cambió la camiseta y los vaqueros por unos pantalones negros de traje y una camisa blanca. Añadió con una sonrisa las gafas que usaba para trabajar en el ordenador. Con suerte, aquel aspecto eficiente impresionaría a un hombre que seguramente sería mayor si tenía una casa tan fabulosa como aquella y dinero para gastar en cuadros valiosos. Envió mensajes de texto a Juan y a su amiga Laura, y por último, con cierta culpa porque no se le había ocurrido hasta entonces, otro a Andrés, y empezó a deshacer el equipaje. Antes de que terminara, el rugido de un motor de coche alteró la paz de la tarde y Lidia entró apresuradamente y movió la cabeza con desaprobación.
—Yo hago eso, doctora. Usted venga. Ha llegado él.
Paula siguió a la mujer por la escalinata curva y al exterior, a una veranda alargada de suelo brillante y columnas de piedra tallada entrelazadas de plantas. Un hombre ataviado con chaqueta de lino y vaqueros estaba apoyado en una de ellas mirando los jardines. Era alto y delgado, con una melena de pelo negro rizado y un perfil que cualquier estrella de cine habría envidiado. Cuando Lidia habló, se volvió rápidamente, y miró a Katherine sorprendido.
—La doctora Chaves—anunció Lidia, y se apartó.
—¿Usted es la doctora Chaves? —preguntó el hombre.
«¡Por fin!», exclamaron sus hormonas. «Por fin lo has encontrado».
—Soy Paula Chaves, sí —repuso ella, orgullosa de poder mantener la compostura.
Sonrió educadamente. Él le hizo una inclinación de cabeza.
—Encantado. Pedro Alfonso. Lamento no haber estado aquí para recibirla a su llegada.
—No lo lamente. Su gente me ha hecho sentir bienvenida —le aseguró ella.
Su cliente estaba muy alejado del hombre de negocios mayor que Katherine había imaginado. Supuso que tendría solo unos años más que los veintiocho de ella. Y habría podido jurar que lo había visto antes en alguna parte. Su melena y sus ojos oscuros situados encima de unos pómulos altos, le resultaban curiosamente familiares. A diferencia de la cicatriz que le bajaba por un lado de la cara y que era de las que una vez vistas ya no se olvidan. Cuando vio que continuaba el silencio, decidió romperlo.
—¿Hay algún problema, señor Alfonso?
—Esperaba un hombre —repuso él cortante.
Paula se puso tensa.
—Creía que el señor Massey le había explicado que me enviaba a mí en su lugar.
Él asintió con frialdad.
—Y así fue. Pero en inglés no hay diferencia entre «doctor» y «doctora» y yo entendí que el «doctor» Chavesera un hombre.
—Le aseguro que estoy plenamente cualificada para hacer la inspección que ha pedido, señor Alfonso—repuso ella—. No tengo tanta experiencia como el señor Massey, es cierto, pero tengo más que suficiente para darle una opinión bien formada de su cuadro.
Esperó, pero no obtuvo respuesta. Al parecer, la atracción no había sido mutua.
—Claro que, si insiste en un experto masculino, me marcharé enseguida. Aunque le agradecería mucho una taza de té antes.
Pedro Alfonso pareció consternado. Dió una palmada y apareció Jorge Machado con una bandeja.
—¿Por qué no se le ha ofrecido nada a la doctora Chaves? —preguntó el dueño de la casa.
—Disculpe, doctora. Esperaba al patrao.
—Tendrías que haber servido a mi invitada sin esperarme a mí —su patrón frunció el ceño—. Por favor, siéntese, doctora Chaves.
Jorge llenó una de las frágiles tazas con té, la otra con café solo y ofreció a Paula una bandeja de pasteles, que ella rehusó con una sonrisa amistosa antes de sentarse. Pedro se acomodó enfrente en la mesa y guardó silencio. Katherine decidió que, por lo que a ella respectaba, podía estar callado todo el tiempo que le diera la gana. Por atractivo que fuera, en cuanto terminara el té, pediría un transporte hasta Viana do Castelo.
—Por favor, dígame si conoce bien al señor Juan Massey —dijo él al fin.
—De toda la vida —contestó ella.
—¿Son parientes?
—No, es un amigo íntimo de mi padre. ¿De qué lo conoce usted, señor Alfonso?
—Por su reputación y por la información que busqué en Internet. Me puse en contacto con él porque mi investigación me dijo que era el más acertado para autentificar mi cuadro. Lo compré bastante barato.
—¿Pero cree que es muy valioso?
Pedro se encogió de hombros con indiferencia.
—El valor no es importante. No voy a revenderlo. Lo que me interesa es la identidad del artista y, si es posible, la del modelo —volvió a guardar silencio, como si diera vueltas a algo en su mente—. Si quisiera quedarse a examinarlo —dijo al fin—, le estaría muy agradecido, doctora.
El primer instinto de Paula fue rehusar. Pero como representaba a la Galería Massey, y además sentía curiosidad por el cuadro, cambió de idea. Por orgullo, hizo una pausa como si considerara su respuesta y acabó por asentir con la cabeza.
—Puesto que ha pagado tan generosamente por mi tiempo, no tengo otra opción.
—Obrigado, doctora Chaves. Verá usted el cuadro por la mañana, a plena luz del día, y me dirá lo que necesita. El señor Massey me avisó de que habría que limpiarlo antes de poder dar una opinión —miró su reloj—, pero ahora debe de estar cansada de su viaje. Por favor, descanse antes de bajar a cenar conmigo.
Así que iba a tener el honor de cenar en su mesa. La mención de la comida le recordó que, ahora que había calmado la sed, tenía hambre.
—Gracias, señor Alfonso.
—De nada —él hizo una pausa—. Una cosa. Prefiero que me llame «Alfonso».
—Entiendo. Lo recordaré.
Ella se levantó y él la acompañó hasta el vestíbulo.
—Yo hago eso, doctora. Usted venga. Ha llegado él.
Paula siguió a la mujer por la escalinata curva y al exterior, a una veranda alargada de suelo brillante y columnas de piedra tallada entrelazadas de plantas. Un hombre ataviado con chaqueta de lino y vaqueros estaba apoyado en una de ellas mirando los jardines. Era alto y delgado, con una melena de pelo negro rizado y un perfil que cualquier estrella de cine habría envidiado. Cuando Lidia habló, se volvió rápidamente, y miró a Katherine sorprendido.
—La doctora Chaves—anunció Lidia, y se apartó.
—¿Usted es la doctora Chaves? —preguntó el hombre.
«¡Por fin!», exclamaron sus hormonas. «Por fin lo has encontrado».
—Soy Paula Chaves, sí —repuso ella, orgullosa de poder mantener la compostura.
Sonrió educadamente. Él le hizo una inclinación de cabeza.
—Encantado. Pedro Alfonso. Lamento no haber estado aquí para recibirla a su llegada.
—No lo lamente. Su gente me ha hecho sentir bienvenida —le aseguró ella.
Su cliente estaba muy alejado del hombre de negocios mayor que Katherine había imaginado. Supuso que tendría solo unos años más que los veintiocho de ella. Y habría podido jurar que lo había visto antes en alguna parte. Su melena y sus ojos oscuros situados encima de unos pómulos altos, le resultaban curiosamente familiares. A diferencia de la cicatriz que le bajaba por un lado de la cara y que era de las que una vez vistas ya no se olvidan. Cuando vio que continuaba el silencio, decidió romperlo.
—¿Hay algún problema, señor Alfonso?
—Esperaba un hombre —repuso él cortante.
Paula se puso tensa.
—Creía que el señor Massey le había explicado que me enviaba a mí en su lugar.
Él asintió con frialdad.
—Y así fue. Pero en inglés no hay diferencia entre «doctor» y «doctora» y yo entendí que el «doctor» Chavesera un hombre.
—Le aseguro que estoy plenamente cualificada para hacer la inspección que ha pedido, señor Alfonso—repuso ella—. No tengo tanta experiencia como el señor Massey, es cierto, pero tengo más que suficiente para darle una opinión bien formada de su cuadro.
Esperó, pero no obtuvo respuesta. Al parecer, la atracción no había sido mutua.
—Claro que, si insiste en un experto masculino, me marcharé enseguida. Aunque le agradecería mucho una taza de té antes.
Pedro Alfonso pareció consternado. Dió una palmada y apareció Jorge Machado con una bandeja.
—¿Por qué no se le ha ofrecido nada a la doctora Chaves? —preguntó el dueño de la casa.
—Disculpe, doctora. Esperaba al patrao.
—Tendrías que haber servido a mi invitada sin esperarme a mí —su patrón frunció el ceño—. Por favor, siéntese, doctora Chaves.
Jorge llenó una de las frágiles tazas con té, la otra con café solo y ofreció a Paula una bandeja de pasteles, que ella rehusó con una sonrisa amistosa antes de sentarse. Pedro se acomodó enfrente en la mesa y guardó silencio. Katherine decidió que, por lo que a ella respectaba, podía estar callado todo el tiempo que le diera la gana. Por atractivo que fuera, en cuanto terminara el té, pediría un transporte hasta Viana do Castelo.
—Por favor, dígame si conoce bien al señor Juan Massey —dijo él al fin.
—De toda la vida —contestó ella.
—¿Son parientes?
—No, es un amigo íntimo de mi padre. ¿De qué lo conoce usted, señor Alfonso?
—Por su reputación y por la información que busqué en Internet. Me puse en contacto con él porque mi investigación me dijo que era el más acertado para autentificar mi cuadro. Lo compré bastante barato.
—¿Pero cree que es muy valioso?
Pedro se encogió de hombros con indiferencia.
—El valor no es importante. No voy a revenderlo. Lo que me interesa es la identidad del artista y, si es posible, la del modelo —volvió a guardar silencio, como si diera vueltas a algo en su mente—. Si quisiera quedarse a examinarlo —dijo al fin—, le estaría muy agradecido, doctora.
El primer instinto de Paula fue rehusar. Pero como representaba a la Galería Massey, y además sentía curiosidad por el cuadro, cambió de idea. Por orgullo, hizo una pausa como si considerara su respuesta y acabó por asentir con la cabeza.
—Puesto que ha pagado tan generosamente por mi tiempo, no tengo otra opción.
—Obrigado, doctora Chaves. Verá usted el cuadro por la mañana, a plena luz del día, y me dirá lo que necesita. El señor Massey me avisó de que habría que limpiarlo antes de poder dar una opinión —miró su reloj—, pero ahora debe de estar cansada de su viaje. Por favor, descanse antes de bajar a cenar conmigo.
Así que iba a tener el honor de cenar en su mesa. La mención de la comida le recordó que, ahora que había calmado la sed, tenía hambre.
—Gracias, señor Alfonso.
—De nada —él hizo una pausa—. Una cosa. Prefiero que me llame «Alfonso».
—Entiendo. Lo recordaré.
Ella se levantó y él la acompañó hasta el vestíbulo.
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