Era lo bastante listo como para saber que Paula no se había enamorado de él. Estaba impresionada por los cambios, por las nuevas experiencias, pero no era tan tonto como para pensar que era él, como ella había dicho. Al final volvería a Italia y seguirían siendo amigos. La idea no le pareció tan agradable como unas semanas antes. Lo que lo esperaba en casa le pareció poco sugerente. Más que nunca deseó ser libre y tener su propio lugar. Salir de la sombra. Ser Pedro, no sólo hijo y hermano.
—¿Has terminado? —preguntó ella volviendo a su lado—. He pensado hacer algo de compra para mí antes de que cierren. Pero si no... puedo quedarme.
Quería que se quedara con él, y no le gustó saberlo. No le gustó saber que había perdido el control de una situación que él mismo había orquestado.
—No, puedes irte, nos vemos mañana.
—¿Seguro?
Por un impulso repentino la besó en los labios preguntándose por qué demonios sabía a fresa.
—Seguro —sonrió.
—Muy bien. No te olvides de que tenemos una reunión por la mañana con el diseñador de exteriores.
—Allí estaré.
Paula agarró las bolsas y él volvió a mirar la pintura en la que no podía ver un corazón latiendo. Se tomó un momento para mover los hombros y aliviar la tensión. Habían sido días demasiado largos. No había habido más besos y se había dicho a sí misma que era lo mejor, aunque se sintiera decepcionada. Se lo recordaba cada vez que se quedaba mirando su perfecta boca en medio de una reunión.
Unos días antes había entrado donde estaba él hablando por teléfono con Carolina. Se había detenido insegura sobre qué hacer, pero Luca le había hecho un gesto para que entrara. Hablaban en italiano un poco tenso, aunque al final el tono se había suavizado.
—Te quiero, Caro. Ciao.
—Estás preocupado por ella. ¿Va todo bien?
—Irá —había dicho con una pequeña sonrisa—. Por cierto, te manda saludos.
Su relación de proximidad le hacía desear la familia que nunca había tenido.Ver a Pedro con su hermana, bromeando, discutiendo, le hacía anhelarlo.Por primera vez se sentía libre de ser ella misma. Pedro no tenía expectativas sobre ella y eso era liberador. Sonreía como si la sonrisa fuera sólo para ella. Sus besos le habían quitado el aliento. Aunque sabía que era una imprudencia, deseaba que volviera a besarla.
El argumento decisivo había sido la llegada de una entrega el sábado por la mañana. Había abierto el paquete y había admirado la pintura que la había cautivado en la galería. Que se hubiese gastado tanto dinero en un regalo para ella lo decía todo. No hacía falta una nota, pero había una: Cuando le habla a tu corazón, sabes que es el bueno. Nadie le había hecho nunca un regalo así. Y no era por el dinero. Sabía que esa cantidad no era nada para Pedro. Y tampoco había sido por las apariencias; si hubiera querido impresionarla, le habría regalado joyas. Aquello era algo más personal. Era perfecto.Sin embargo, aún no se lo había agradecido.
El sábado había dejado paso al domingo y había pasado el día limpiando y haciendo la compra. No se había dado cuenta de cómo estaba la nevera, pero sí de que el comedero de Bobby estaba vacío. Era lunes y la oportunidad no había surgido. No estaba segura de lo que le diría. Lo había visto de pasada esa mañana, caminando por el vestíbulo, y el corazón le había dado un salto. Se estaba enamorando de él. No había querido una relación, pero no podía evitar sus sentimientos. Veía demasiadas cosas en Pedro que querer. Al principio se había hecho una imagen errónea de él. La verdad era otra: era un jefe consciente y preocupado que trabajaba duro y extremadamente capaz. No era el irresponsable playboy que había esperado. Nada parecido.Si le daba las gracias por el cuadro en ese momento, lo más probable era que quedara como una tonta y dijera algo demasiado sentimental. Tenía que mantener la cabeza clara. Pronto se habría marchado, ella superaría sus sentimientos. Estaría bien. Vería esos días como un tiempo bonito. Entró en el vestíbulo y recorrió con la mirada los cambios que avanzaban. Sólo estaba operativa la mitad de su superficie y la otra mitad se estaba reformando. Se preguntó si no habría sido mejor cerrar el hotel unos meses, pero el personal estaba haciendo un trabajo fantástico. Más de uno le había dicho que estaba encantado de participar en todo aquello. Y tenía que admitir que Pedro tenía razón. Era bueno en su trabajo. El hotel iba a quedar impresionante. Se dio la vuelta y vió en el mostrador de recepción a un hombre. Algo en él la puso nerviosa. No sabía por qué, pero se sintió incómoda. Macarena, que atendía la recepción, tenía una sonrisa en los labios, pero se dió cuenta de que era forzada. El hombre hacía gestos con las manos y; Paula lo oyó alzar la voz por encima del ruido de la obra. Era su trabajo manejar esa clase de situaciones por desagradables que fueran. Cuadró los hombros, puso su mejor sonrisa y se acercó al mostrador.
—Buenas tardes y bienvenido al Alfonso Cascade. ¿Puedo hacer algo por usted?
—Buenas tardes, señorita Chaves—dijo Macarena—. Le explicaba al señor Reilly que hemos cambiado su reserva a una habitación de la tercera planta debido a las reformas.
martes, 12 de junio de 2018
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 30
—Te gusta.
Ella asintió sin apartar los ojos de la pintura.
—No sé por qué... no es nada.
—Pero... —la interrumpió él.
—Pero me dice algo —lo miró por encima del hombro—. No sé decirte qué es. Sólo sé que me siento conectada de algún modo —volvió a mirar al cuadro.
—Así que mi Pau primero siente y después piensa. Estoy sorprendido —sus palabras, su aliento, le acariciaban la piel detrás de la oreja.
Sintió calor cuando la llamó «Mi Pau». Le hacía sentirse protegida. Recordó cómo había descrito la vista desde su habitación ese primer día. Libertad. ¿Se había sentido ella libre alguna vez en su vida? ¿Como si a la vuelta de cada esquina hubiera una puerta abierta?¿La había cambiado tanto Pedro? ¿Cómo había podido burlar tan fácilmente todas sus defensas?
—¿Sorprendido? ¿Pensabas que no tenía sentimientos, Pedro? —había ocultado tanto esos sentimientos...
Pensaba que mostrarlos le daba poder a la gente sobre ella. Era mejor pensar y esperar. Había pensado mucho en Pedro y lo había dejado acercarse poco a poco a pesar de las reservas. No podía evitarlo, lo mismo que no podía decir qué era lo que la atraía de la pintura.
—Por supuesto que no —le colocó un mechón detrás de la oreja—. Simplemente, me preguntaba qué los haría salir.
Paula se detuvo un momento, pero se estaba haciendo más atrevida. Tratar con él a diario lo había provocado. Había aprendido a confiar un poco en él. Y sí, la volvía loca cuando andaba dando órdenes por ahí, pero también le tocaba el corazón cuando era amable con ella, como si ya conociese sus secretos. Después de años de planear cada momento, cada aspecto de su vida, su habilidad para abrir el envoltorio era excitante. Deseaba que la volviera a besar como había hecho en la terraza. Como había hecho unos minutos antes. Lo miró a los ojos y dijo:
—¿Qué pasaría si te dijera que has sido tú?
—Dime por qué esta pintura —dejó de mirarla para mirar el cuadro.
Volvió a mirarlo con el corazón desbocado. Había pasado el momento, pero no eran imaginaciones suyas la conexión entre ambos. No estaba segura de por qué esa pintura en particular. No era un cuadro de nada en concreto, sólo color.
—Es paz —murmuró acercándose más. Sin pensarlo le tomó la mano—. Es tranquilidad y satisfacción y un corazón que late —lo miraba y sentía dolor, esperanza, algo que había abandonado hacía muchos años.
La esperanza tenía que ver con el futuro y ella vivía día a día. Pedro pensaría que era una tontería, así que se lo guardó y no dijo nada. Pedro sonrió. La había llamado «Mi Pau» sin pensarlo y le conmocionaba darse cuenta de que pensaba en ella de ese modo. Había querido compartir el arte con ella, pero las cosas se habían acelerado. El modo en que ella lo había mirado, cómo le había respondido, había hecho sonar dentro de él todas las alarmas. Era culpa suya. Había ignorado las señales y se había dicho que no lo esta afectando tanto. Porque se había propuesto que fuese así. Él era partidario de las aventuras ocasionales, pero nada en sus sentimientos hacia Paula era sencillo o casual. Era algo con lo que no había contado. Habría sido un mentiroso si no hubiera admitido que había buscado una excusa para verla ese día. El beso de la noche anterior lo había afectado más de lo esperado. Y le alegraba saber que a ella también. Había cambiado algo. Había algo más que el disfrute de su compañía. Había una conexión con ella que no había previsto. Se había dado cuenta cuando ella había reaccionado ante la pintura. Y cuando después se habían encontrado sus miradas. Y cuando la había besado antes esa tarde.
—Ése es el significado del arte, Paula. No tiene que tener sentido. Sólo tiene que significar algo.
Se acercó al cuadro y miró el precio.
—Es una locura.
Pedro miró la etiqueta. No era desorbitado, pero recordó que él estaba acostumbrado al dinero de su familia. Para alguien en la situación de Paula imaginó que sería muy diferente.
—Piensa en la reacción que ha suscitado en tí y después trata de cuantificarla. ¿Puedes ponerle precio a eso?
—Puedo y lo hago —sonrió mientras miraba con deseo el lienzo.
Él no pudo evitar echarse a reír. Paula era encantadoramente práctica. Le recordó lo lejos que estaban sus mundos. No era para él. Él no era para ella. Era la clase de mujer que buscaba estabilidad a largo plazo y él viajaba por todo el mundo con su trabajo.
—Puedo permitírmelo si no como el año que viene. Por eso el arte está en los museos y no en los comedores —echó a andar—. Aun así no sé por qué me ha impactado tanto.
—No necesitas saber por qué. Algunas veces, entender le roba toda la magia a algo.
Paula siguió por la pared mirando las demás obras y él la contemplaba. Quizá estuviera haciendo todo demasiado complicado. La atracción no hacía un cuento de hadas. Y era el último en creer en los cuentos de hadas. Ya creía Carolina por los dos.
Ella asintió sin apartar los ojos de la pintura.
—No sé por qué... no es nada.
—Pero... —la interrumpió él.
—Pero me dice algo —lo miró por encima del hombro—. No sé decirte qué es. Sólo sé que me siento conectada de algún modo —volvió a mirar al cuadro.
—Así que mi Pau primero siente y después piensa. Estoy sorprendido —sus palabras, su aliento, le acariciaban la piel detrás de la oreja.
Sintió calor cuando la llamó «Mi Pau». Le hacía sentirse protegida. Recordó cómo había descrito la vista desde su habitación ese primer día. Libertad. ¿Se había sentido ella libre alguna vez en su vida? ¿Como si a la vuelta de cada esquina hubiera una puerta abierta?¿La había cambiado tanto Pedro? ¿Cómo había podido burlar tan fácilmente todas sus defensas?
—¿Sorprendido? ¿Pensabas que no tenía sentimientos, Pedro? —había ocultado tanto esos sentimientos...
Pensaba que mostrarlos le daba poder a la gente sobre ella. Era mejor pensar y esperar. Había pensado mucho en Pedro y lo había dejado acercarse poco a poco a pesar de las reservas. No podía evitarlo, lo mismo que no podía decir qué era lo que la atraía de la pintura.
—Por supuesto que no —le colocó un mechón detrás de la oreja—. Simplemente, me preguntaba qué los haría salir.
Paula se detuvo un momento, pero se estaba haciendo más atrevida. Tratar con él a diario lo había provocado. Había aprendido a confiar un poco en él. Y sí, la volvía loca cuando andaba dando órdenes por ahí, pero también le tocaba el corazón cuando era amable con ella, como si ya conociese sus secretos. Después de años de planear cada momento, cada aspecto de su vida, su habilidad para abrir el envoltorio era excitante. Deseaba que la volviera a besar como había hecho en la terraza. Como había hecho unos minutos antes. Lo miró a los ojos y dijo:
—¿Qué pasaría si te dijera que has sido tú?
—Dime por qué esta pintura —dejó de mirarla para mirar el cuadro.
Volvió a mirarlo con el corazón desbocado. Había pasado el momento, pero no eran imaginaciones suyas la conexión entre ambos. No estaba segura de por qué esa pintura en particular. No era un cuadro de nada en concreto, sólo color.
—Es paz —murmuró acercándose más. Sin pensarlo le tomó la mano—. Es tranquilidad y satisfacción y un corazón que late —lo miraba y sentía dolor, esperanza, algo que había abandonado hacía muchos años.
La esperanza tenía que ver con el futuro y ella vivía día a día. Pedro pensaría que era una tontería, así que se lo guardó y no dijo nada. Pedro sonrió. La había llamado «Mi Pau» sin pensarlo y le conmocionaba darse cuenta de que pensaba en ella de ese modo. Había querido compartir el arte con ella, pero las cosas se habían acelerado. El modo en que ella lo había mirado, cómo le había respondido, había hecho sonar dentro de él todas las alarmas. Era culpa suya. Había ignorado las señales y se había dicho que no lo esta afectando tanto. Porque se había propuesto que fuese así. Él era partidario de las aventuras ocasionales, pero nada en sus sentimientos hacia Paula era sencillo o casual. Era algo con lo que no había contado. Habría sido un mentiroso si no hubiera admitido que había buscado una excusa para verla ese día. El beso de la noche anterior lo había afectado más de lo esperado. Y le alegraba saber que a ella también. Había cambiado algo. Había algo más que el disfrute de su compañía. Había una conexión con ella que no había previsto. Se había dado cuenta cuando ella había reaccionado ante la pintura. Y cuando después se habían encontrado sus miradas. Y cuando la había besado antes esa tarde.
—Ése es el significado del arte, Paula. No tiene que tener sentido. Sólo tiene que significar algo.
Se acercó al cuadro y miró el precio.
—Es una locura.
Pedro miró la etiqueta. No era desorbitado, pero recordó que él estaba acostumbrado al dinero de su familia. Para alguien en la situación de Paula imaginó que sería muy diferente.
—Piensa en la reacción que ha suscitado en tí y después trata de cuantificarla. ¿Puedes ponerle precio a eso?
—Puedo y lo hago —sonrió mientras miraba con deseo el lienzo.
Él no pudo evitar echarse a reír. Paula era encantadoramente práctica. Le recordó lo lejos que estaban sus mundos. No era para él. Él no era para ella. Era la clase de mujer que buscaba estabilidad a largo plazo y él viajaba por todo el mundo con su trabajo.
—Puedo permitírmelo si no como el año que viene. Por eso el arte está en los museos y no en los comedores —echó a andar—. Aun así no sé por qué me ha impactado tanto.
—No necesitas saber por qué. Algunas veces, entender le roba toda la magia a algo.
Paula siguió por la pared mirando las demás obras y él la contemplaba. Quizá estuviera haciendo todo demasiado complicado. La atracción no hacía un cuento de hadas. Y era el último en creer en los cuentos de hadas. Ya creía Carolina por los dos.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 29
Serían parte del Cascade. Estaba empezando a verlo. Ese lugar era distinto a cualquier otro lugar en la Tierra. Encontró unas tallas que le interesaron y, cuando alzo la vista, vió que Pedro había seguido adelante. Lo miró a hurtadillas; tenía las manos en los bolsillos y contemplaba las pinturas. Suspiró. Era tan... todo... No se disculpaba por serlo. La seguridad en sí mismo lo hacía atractivo. Había sido moldeado cuando su madre lo había abandonado. Ya sabía quién era. Le daba envidia. Cuando llegó hasta él no la miró, simplemente dijo:
—Hay algunas piezas interesantes aquí.
Por un instante se preguntó lo que costaría añadir arte original al hotel, pero abandonó la idea de inmediato. ¿Cómo iba a preocuparse por unos dólares si ella había derrochado dinero en sí misma esa mañana?
—Nunca había estado aquí.
—¿No te gusta el arte? —se dió la vuelta y la miró.
—No le he dedicado mucho tiempo.
Pedro volvió a mirar la pintura que tenía delante. Ella dejó las bolsas en un banco. Era verdad. No había tenido tiempo para cosas como el arte. En la anterior galería se había limitado a seguirlo a él. Ella tenía necesidades más inmediatas, preocupaciones que presionaban más. Como rehacer su vida. Seguir adelante en lugar de quedarse paralizada por el miedo.Y lo había hecho bastante bien hasta esa llamada de teléfono, en la que le habían dicho que Fernando había cumplido su condena. Había pagado su deuda con la sociedad. ¿Qué pasaba con su deuda con ella? ¿Con su madre? ¿Dónde estaba en ese momento? Podía repetir una y otra vez que había rehecho su vida, pero lo único que había hecho había sido huir. Huir y fingir. Ni siquiera sabía dónde estaba su madre, si también había huido, si estaba bien. Llevaba años diciéndose que no importaba, pero con Fernando fuera de la cárcel, había vuelto a pensar en su única pariente viva. Pedro no sabía nada de eso. Ni tenía por qué. No podría contárselo.
—¿Estás bien?
—¿Perdón?
—Paula, estás pálida como un fantasma. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Enséñame las pinturas que te gustan —respondió, obligándose a dejar de pensar en su padrastro.
La tomó de la mano y le enseñó las que más le gustaban. Ella asintió y comentó algunas cosas.Las pinturas que le gustaban eran preciosas. Casi todo eran paisajes con las Rocosas como tema.
—Las que quieras me parecerán bien.
—¿No tienes opinión? ¿No vas a sacar la calculadora y obligarme a hacer un presupuesto?
—Vas a hacer lo que te dé la gana igualmente. ¿Para qué discutir?
—Porque es lo que se me da mejor.
—No quiero discutir. Las pinturas me parecen bien. Son muy bonitas.
—Pero... —se acercó más a ella—, ¿Cómo te hacen sentir?
—Pedro, son óleos sobre lienzo —no quería hablar de sentimientos.
Ese día se había sentido como si fuera la chica que siempre había querido ser. Hacer lo que quería, comprar lo que quería, sentir lo que quería. Y nadie la castigaba por ello. Se había tomado una mañana libre y nadie se lo había recriminado. Después había vuelto a la realidad. Pedro podía hacerle olvidar, pero aterrizar luego era muy duro.
—Sí, y el Cascade es un montón de piedras en la ladera de una colina. Hasta tú sabes decir algo mejor que eso.
—Me temo que no soy muy aficionada al arte.
—No tienes que serlo para tener sentimientos, Paula.
—¡Por supuesto que tengo sentimientos! —afirmó rotunda.
Se dió la vuelta avergonzada. Ya no sabía quién era. Él la seguía presionando, exigiéndole cosas, pero ella no se sentía preparada para enfrentarse a todas.
—Mira éstas —dijo él—. Dime lo que sientes. Deja que te hablen.
Con un suspiro se puso delante de los cuadros. Cuando se ponía así era imposible pararlo.No eran paisajes. Eran cuadros muy distintos, colores e impresiones. Pasó por delante sin sentir ninguna conexión. Deseando sólo volver al hotel. Estaba cansada, estaba agotada. Todo el día había sido especial, pero tenía dudas de que él entendiera lo mucho que había significado para ella. Se había sentido parte de algo, algo basado en una mentira. Entonces volvió la vista y lo vió. Brochazos azules con un núcleo rojo brillante que explotaba en millones de gotas.No tenía sentido, pero le dijo algo y se acercó levantando la mano, pero sin llegar a tocarlo.
—¿Paula?
Ignoró su voz, pero sabiendo que él estaba allí. Había algo dentro de ella que Pedro había liberado. Y estaba en ese óleo sobre lienzo mirándola. No podía explicar por qué, pero sabía que ese cuadro tenía que ser suyo.
—Hay algunas piezas interesantes aquí.
Por un instante se preguntó lo que costaría añadir arte original al hotel, pero abandonó la idea de inmediato. ¿Cómo iba a preocuparse por unos dólares si ella había derrochado dinero en sí misma esa mañana?
—Nunca había estado aquí.
—¿No te gusta el arte? —se dió la vuelta y la miró.
—No le he dedicado mucho tiempo.
Pedro volvió a mirar la pintura que tenía delante. Ella dejó las bolsas en un banco. Era verdad. No había tenido tiempo para cosas como el arte. En la anterior galería se había limitado a seguirlo a él. Ella tenía necesidades más inmediatas, preocupaciones que presionaban más. Como rehacer su vida. Seguir adelante en lugar de quedarse paralizada por el miedo.Y lo había hecho bastante bien hasta esa llamada de teléfono, en la que le habían dicho que Fernando había cumplido su condena. Había pagado su deuda con la sociedad. ¿Qué pasaba con su deuda con ella? ¿Con su madre? ¿Dónde estaba en ese momento? Podía repetir una y otra vez que había rehecho su vida, pero lo único que había hecho había sido huir. Huir y fingir. Ni siquiera sabía dónde estaba su madre, si también había huido, si estaba bien. Llevaba años diciéndose que no importaba, pero con Fernando fuera de la cárcel, había vuelto a pensar en su única pariente viva. Pedro no sabía nada de eso. Ni tenía por qué. No podría contárselo.
—¿Estás bien?
—¿Perdón?
—Paula, estás pálida como un fantasma. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Enséñame las pinturas que te gustan —respondió, obligándose a dejar de pensar en su padrastro.
La tomó de la mano y le enseñó las que más le gustaban. Ella asintió y comentó algunas cosas.Las pinturas que le gustaban eran preciosas. Casi todo eran paisajes con las Rocosas como tema.
—Las que quieras me parecerán bien.
—¿No tienes opinión? ¿No vas a sacar la calculadora y obligarme a hacer un presupuesto?
—Vas a hacer lo que te dé la gana igualmente. ¿Para qué discutir?
—Porque es lo que se me da mejor.
—No quiero discutir. Las pinturas me parecen bien. Son muy bonitas.
—Pero... —se acercó más a ella—, ¿Cómo te hacen sentir?
—Pedro, son óleos sobre lienzo —no quería hablar de sentimientos.
Ese día se había sentido como si fuera la chica que siempre había querido ser. Hacer lo que quería, comprar lo que quería, sentir lo que quería. Y nadie la castigaba por ello. Se había tomado una mañana libre y nadie se lo había recriminado. Después había vuelto a la realidad. Pedro podía hacerle olvidar, pero aterrizar luego era muy duro.
—Sí, y el Cascade es un montón de piedras en la ladera de una colina. Hasta tú sabes decir algo mejor que eso.
—Me temo que no soy muy aficionada al arte.
—No tienes que serlo para tener sentimientos, Paula.
—¡Por supuesto que tengo sentimientos! —afirmó rotunda.
Se dió la vuelta avergonzada. Ya no sabía quién era. Él la seguía presionando, exigiéndole cosas, pero ella no se sentía preparada para enfrentarse a todas.
—Mira éstas —dijo él—. Dime lo que sientes. Deja que te hablen.
Con un suspiro se puso delante de los cuadros. Cuando se ponía así era imposible pararlo.No eran paisajes. Eran cuadros muy distintos, colores e impresiones. Pasó por delante sin sentir ninguna conexión. Deseando sólo volver al hotel. Estaba cansada, estaba agotada. Todo el día había sido especial, pero tenía dudas de que él entendiera lo mucho que había significado para ella. Se había sentido parte de algo, algo basado en una mentira. Entonces volvió la vista y lo vió. Brochazos azules con un núcleo rojo brillante que explotaba en millones de gotas.No tenía sentido, pero le dijo algo y se acercó levantando la mano, pero sin llegar a tocarlo.
—¿Paula?
Ignoró su voz, pero sabiendo que él estaba allí. Había algo dentro de ella que Pedro había liberado. Y estaba en ese óleo sobre lienzo mirándola. No podía explicar por qué, pero sabía que ese cuadro tenía que ser suyo.
martes, 5 de junio de 2018
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 28
—No nos preocupemos ahora de eso. Estás estupenda. Es evidente que te hacía falta el spa.
Paula se llevó la mano al pelo para alisárselo, pero se detuvo. Había sido maravilloso. El estrés se había derretido con el calor de las piedras.
—Gracias.
Aunque sabía que los días de spa y compras serían algo a lo que no se acostumbraría. Era Paula Chaves, de un pueblo de Ontario. Pedro era un Alfonso de Alfonso Resorts. Era comprensible que lo hubiera encontrado seductor, pero también le recordaba que sería algo temporal. Esas cosas sencillamente no duraban. Cuando llegaron al coche, él le dió un beso en la sien.
—Estás radiante —le murmuró al oído.
El lugar donde la había besado ardía. Él actuaba como si hicieran esas cosas todos los días. Y la sensación de cuento de hadas de la noche anterior volvió.
—Es el tratamiento facial —replicó cortante poniéndose el cinturón.
Empezaron por una galería pequeña en Banff Avenue. Paula examinó cada pieza, desde las esculturas en esteatita hasta las pinturas. Mientras seguía el recorrido, se sentía como llevada por un torbellino, sólo que cada vez que se daba la vuelta, Pedro estaba unos pasos por detrás de ella. Siempre pendiente de ella. Con un tono para los galeristas y uno mucho más suave e íntimo para ella. Era difícil ignorarlo. Incluso aunque hubiera querido hacerlo. La compra terminó y se llevaron algunos objetos pequeños. Cuando sintió la mano de Pedro sobre el hombro, dió un asalto por el contacto.
—¿Nerviosa?
Si él supiera... No estaba segura de que fuera capaz de acostumbrarse alguna vez a movimientos súbitos como ése, incluso aunque fuese Pedro quien los hacía.
—No te había visto detrás.
—Es maravilloso. La sombra te vuelve los ojos grises.
—Normalmente tengo los ojos de un azul ordinario.
Se dió la vuelta para mirarlo esperando verlo sonreír, pero la estaba mirando fijamente con expresión sombría.
—Tus ojos, Paula, son cualquier cosa menos ordinarios —murmuró y la besó en los labios.
Ella le agarró el brazo. Sus labios eran suaves. Pedro se separó lentamente. Paula recordó de un modo borroso que estaban en medio de una tienda, pero todo desapareció cuando se movió unos centímetros para volver a besarlo. Cerró los ojos y Pedro le agarró la mejilla con la mano que tenía libre. La ternura del gesto le hizo desear echarse a llorar.No se había dado cuenta, no había pensado que la ausencia de afectividad había dejado en ella un vacío enorme. No había querido el contacto, la ternura, ni siquiera la amabilidad. No había querido ser vulnerable. Aún no quería, pero cuando él la tocaba de ese modo y la besaba así, como si fuera algo precioso, anhelaba más. Como la lluvia suave tras una larga sequía. Pedro interrumpió el beso cuando fuera sonó el claxon de un coche.
—Pedro—susurró ella.
Había ido con él para ver lo que compraba. Para asegurarse de que no gastaba mucho.Sólo que había fracasado. Le había permitido entrar y... ¡Dios! Las alarmas saltaron. Sentía algo por él. ¡Ella no tenía sentimientos! Tenía que mantener así las cosas. Pedro no estaba realmente interesado en ella, no era su tipo de mujer. Lo sabía. Por suerte, uno de los dos pensaba racionalmente. Aun así la idea de que Pedro no estuviera interesado en ella le producía una profunda decepción. ¿Cómo podía ser cuando se suponía que era lo que ella quería? No quería estar más unida a él, ¿Verdad? Lo miró con los ojos llenos de confusión. Y lo que la conmocionó fue que en los de él vió lo mismo. No dijo nada, pero ella lo supo.
—Aquí tienen —dijo el vendedor entregándoles unas bolsas—. El resto lo enviaremos al hotel.
Paula se dió la vuelta y se apoyó en Pedro, que la rodeó con un brazo por la cintura. Deseó pedirle que no fuera tan dulce con ella. Y oyó cómo le respondía sin palabras: «Déjame entrar». Salieron de la tienda y fueron a la siguiente andando. Mientras él le sujetaba la puerta, murmuró:
—Seguramente no es muy buena idea dejar que vuelva a suceder.
—¿No? —preguntó ella entrando en la tienda.
—Eres la directora y, yo, el propietario. No será bueno para nuestra imagen.
Paula casi se echó a reír. ¿Pedro preocupado por las apariencias? Era él quien recorría el hotel en vaqueros y no con traje. Era él quien salía en las revistas cada vez con una mujer.
—Te recuerdo que tú me has besado.
—Creía que me habías devuelto el beso.
Algo se había liberado en el interior de Paula en esos días. En lugar de arredrarse, dijo:
—Esa no es la cuestión ahora.
—Alfonso tiene una imagen que mantener, Paula.
—¿Quién eres y qué has hecho con Pedro?
Él sonrió en respuesta. Paula avanzó hacia el interior de la tienda. Se sentía secretamente agradada porque él quisiera poner en el hotel obras de artistas locales.
Paula se llevó la mano al pelo para alisárselo, pero se detuvo. Había sido maravilloso. El estrés se había derretido con el calor de las piedras.
—Gracias.
Aunque sabía que los días de spa y compras serían algo a lo que no se acostumbraría. Era Paula Chaves, de un pueblo de Ontario. Pedro era un Alfonso de Alfonso Resorts. Era comprensible que lo hubiera encontrado seductor, pero también le recordaba que sería algo temporal. Esas cosas sencillamente no duraban. Cuando llegaron al coche, él le dió un beso en la sien.
—Estás radiante —le murmuró al oído.
El lugar donde la había besado ardía. Él actuaba como si hicieran esas cosas todos los días. Y la sensación de cuento de hadas de la noche anterior volvió.
—Es el tratamiento facial —replicó cortante poniéndose el cinturón.
Empezaron por una galería pequeña en Banff Avenue. Paula examinó cada pieza, desde las esculturas en esteatita hasta las pinturas. Mientras seguía el recorrido, se sentía como llevada por un torbellino, sólo que cada vez que se daba la vuelta, Pedro estaba unos pasos por detrás de ella. Siempre pendiente de ella. Con un tono para los galeristas y uno mucho más suave e íntimo para ella. Era difícil ignorarlo. Incluso aunque hubiera querido hacerlo. La compra terminó y se llevaron algunos objetos pequeños. Cuando sintió la mano de Pedro sobre el hombro, dió un asalto por el contacto.
—¿Nerviosa?
Si él supiera... No estaba segura de que fuera capaz de acostumbrarse alguna vez a movimientos súbitos como ése, incluso aunque fuese Pedro quien los hacía.
—No te había visto detrás.
—Es maravilloso. La sombra te vuelve los ojos grises.
—Normalmente tengo los ojos de un azul ordinario.
Se dió la vuelta para mirarlo esperando verlo sonreír, pero la estaba mirando fijamente con expresión sombría.
—Tus ojos, Paula, son cualquier cosa menos ordinarios —murmuró y la besó en los labios.
Ella le agarró el brazo. Sus labios eran suaves. Pedro se separó lentamente. Paula recordó de un modo borroso que estaban en medio de una tienda, pero todo desapareció cuando se movió unos centímetros para volver a besarlo. Cerró los ojos y Pedro le agarró la mejilla con la mano que tenía libre. La ternura del gesto le hizo desear echarse a llorar.No se había dado cuenta, no había pensado que la ausencia de afectividad había dejado en ella un vacío enorme. No había querido el contacto, la ternura, ni siquiera la amabilidad. No había querido ser vulnerable. Aún no quería, pero cuando él la tocaba de ese modo y la besaba así, como si fuera algo precioso, anhelaba más. Como la lluvia suave tras una larga sequía. Pedro interrumpió el beso cuando fuera sonó el claxon de un coche.
—Pedro—susurró ella.
Había ido con él para ver lo que compraba. Para asegurarse de que no gastaba mucho.Sólo que había fracasado. Le había permitido entrar y... ¡Dios! Las alarmas saltaron. Sentía algo por él. ¡Ella no tenía sentimientos! Tenía que mantener así las cosas. Pedro no estaba realmente interesado en ella, no era su tipo de mujer. Lo sabía. Por suerte, uno de los dos pensaba racionalmente. Aun así la idea de que Pedro no estuviera interesado en ella le producía una profunda decepción. ¿Cómo podía ser cuando se suponía que era lo que ella quería? No quería estar más unida a él, ¿Verdad? Lo miró con los ojos llenos de confusión. Y lo que la conmocionó fue que en los de él vió lo mismo. No dijo nada, pero ella lo supo.
—Aquí tienen —dijo el vendedor entregándoles unas bolsas—. El resto lo enviaremos al hotel.
Paula se dió la vuelta y se apoyó en Pedro, que la rodeó con un brazo por la cintura. Deseó pedirle que no fuera tan dulce con ella. Y oyó cómo le respondía sin palabras: «Déjame entrar». Salieron de la tienda y fueron a la siguiente andando. Mientras él le sujetaba la puerta, murmuró:
—Seguramente no es muy buena idea dejar que vuelva a suceder.
—¿No? —preguntó ella entrando en la tienda.
—Eres la directora y, yo, el propietario. No será bueno para nuestra imagen.
Paula casi se echó a reír. ¿Pedro preocupado por las apariencias? Era él quien recorría el hotel en vaqueros y no con traje. Era él quien salía en las revistas cada vez con una mujer.
—Te recuerdo que tú me has besado.
—Creía que me habías devuelto el beso.
Algo se había liberado en el interior de Paula en esos días. En lugar de arredrarse, dijo:
—Esa no es la cuestión ahora.
—Alfonso tiene una imagen que mantener, Paula.
—¿Quién eres y qué has hecho con Pedro?
Él sonrió en respuesta. Paula avanzó hacia el interior de la tienda. Se sentía secretamente agradada porque él quisiera poner en el hotel obras de artistas locales.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 27
Miró su boca y recordó los besos de la noche anterior. Por una vez, en esos momentos entre los brazos de Pedro había olvidado que Fernando Langston había existido. Y había sido una constante los últimos veinte años, presente o no. Por una vez se había sentido cómoda y protegida y no conformada por lo que le había sucedido anteriormente. El mundo se había abierto ante ella cuando había rodeado a Pedro con los brazos. Y había sido estimulante y aterrador. A la luz del día parecía imposible. Nada había cambiado en realidad. Fernando seguía ahí fuera y nada podía cambiar lo que le había hecho a ella, ni a su madre. Pedro se marcharía en unas semanas y su objetivo tenía que ser el hotel. ¿No era eso lo que había dicho él?
—No es un desafío, es un hecho —apoyó el argumento con números—. Sólo esta factura es de más de cien mil dólares.
—Y cada usuario del spa se sentirá como uno entre un millón.
—Lo dudo.
—¿Has pasado alguna vez un día en un spa, Paula?
—Me he puesto una mascarilla facial y hecho la pedicura —una vez al llegar allí.
—No, no de esa clase. Me refiero a pasar un día entero. Te dan masaje y te sacan brillo de la cabeza a los pies, así que cuando sales parece que tienes un cuerpo nuevo.
Negó con la cabeza.
—Deberías hacerlo. Hablaré con Caro.
Otra vez Caro. Se estaban perdiendo, había vuelto a cambiar el tema de la conversación y tenía que retomarlo.
—No tengo tiempo para un día de spa.
—Pero si fueras con Caro, me la quitarías de encima.
—Y yo también desaparecería —alzó las cejas y lo miró—. Has hecho estos cambios sin consultarme.
—Soy el propietario.
Paula se sintió segura al ver que volvían al tema del hotel.
—De eso ya soy consciente —sonrió con frialdad—. Tengo que revisar estos números otra vez si, como dices, son correctos. Encontrar algún modo de recortar costes por algún sitio —no añadió que lo culpaba a él del trabajo extra, no era necesario.
—Paula, te vas a preocupar demasiado. Tómate el día. Disfrútalo —le agarró una mano—. No eres buena para mí ni para los trabajadores si estás estresada.
Se quedó sin palabras. No parecía una crítica, lo decía sinceramente. Parecía que ella le importara. Era tan difícil resistirse cuando era así...Pero estaba allí para trabajar, aunque eso no resolviera nada. En todo caso, complicaba más las cosas. Hacía que se vieran con frecuencia durante el día. Le recordaba cuánto se había perdido entre sus brazos la noche anterior. Le recordaba cuánto deseaba confiar en alguien, tener alguien 1ue llenara ese vacío al que se había acostumbrado.
Pedro vió su rostro cambiar, vio ese atisbo de vulnerabilidad que ella trataba de mantener oculto. Reconoció la mirada. Caro la había tenido, menos en ese momento que tenía su propia familia, pero se la había visto de pequeña. En esos días nunca había visto a Paula con amigos, nunca hablaba de su familia. Era la persona más solaque había conocido. Y algo le decía que lo era a propósito. Sería bueno para ella pasar un día con Caro. Además, se quitaría de encima a las dos y trabajaría en paz unas horas.
—Quiero hacerlo por tí, Paula. Quiero que te tomes el resto de la mañana y te des un masaje o lo que te apetezca —le besó el dorso de la mano.
Fue un error. El aroma de su piel le recordó la noche anterior. Tuvo sobre él más efecto del que esperaba. Sería demasiado fácil cuidar de Paula, que le importara demasiado. Ella parecía necesitarlo, pero él no era el indicado para dárselo. Se marcharía. Ella era diferente. Sabía que no era la clase de mujer con la que tener una aventura. Y él no le iba a dar nada más. Le soltó la mano y caminó hasta la puerta. Desde allí le dijo:
—Si pudieras estar de vuelta a las dos y media, sería perfecto. He concertado citas en unas galerías de arte.
Cerró la puerta tras de él. Paula jamás debería saber la atracción que sentía por ella. Lo complicaría todo y en ese momento necesitaba que todo fuera sencillo.
A las dos y media se reunió con Pedro en el vestíbulo.
—¿No viene Caro? —se había separado de ella después de un masaje con piedras calientes y se había ido a trabajar a su despacho.
—Caro me ha pedido que la disculpes. Eduardo se la ha llevado a Calgary para tomar un vuelo a casa —dijo Pedro.
—¿Ha sucedido algo? ¿Tu padre?
—¿Por qué preguntas por mi padre? —frunció el ceño.
—Habías dicho que los niños se quedaban con él.
—No, no es mi padre. Creo más bien que es algo en ella y Rafael, pero no me lo ha dicho.
—Lo siento.
Pedro sonrió, aunque seguía preocupado. ¿Cuánto tiempo llevaba cargando con el peso de su familia? Se sentía responsable. Se ocultaba bajo una fachada de playboy, pero por cómo hablaba de su padre y de su hermana, estaba segura de que se sentía responsable de ellos.
—No es un desafío, es un hecho —apoyó el argumento con números—. Sólo esta factura es de más de cien mil dólares.
—Y cada usuario del spa se sentirá como uno entre un millón.
—Lo dudo.
—¿Has pasado alguna vez un día en un spa, Paula?
—Me he puesto una mascarilla facial y hecho la pedicura —una vez al llegar allí.
—No, no de esa clase. Me refiero a pasar un día entero. Te dan masaje y te sacan brillo de la cabeza a los pies, así que cuando sales parece que tienes un cuerpo nuevo.
Negó con la cabeza.
—Deberías hacerlo. Hablaré con Caro.
Otra vez Caro. Se estaban perdiendo, había vuelto a cambiar el tema de la conversación y tenía que retomarlo.
—No tengo tiempo para un día de spa.
—Pero si fueras con Caro, me la quitarías de encima.
—Y yo también desaparecería —alzó las cejas y lo miró—. Has hecho estos cambios sin consultarme.
—Soy el propietario.
Paula se sintió segura al ver que volvían al tema del hotel.
—De eso ya soy consciente —sonrió con frialdad—. Tengo que revisar estos números otra vez si, como dices, son correctos. Encontrar algún modo de recortar costes por algún sitio —no añadió que lo culpaba a él del trabajo extra, no era necesario.
—Paula, te vas a preocupar demasiado. Tómate el día. Disfrútalo —le agarró una mano—. No eres buena para mí ni para los trabajadores si estás estresada.
Se quedó sin palabras. No parecía una crítica, lo decía sinceramente. Parecía que ella le importara. Era tan difícil resistirse cuando era así...Pero estaba allí para trabajar, aunque eso no resolviera nada. En todo caso, complicaba más las cosas. Hacía que se vieran con frecuencia durante el día. Le recordaba cuánto se había perdido entre sus brazos la noche anterior. Le recordaba cuánto deseaba confiar en alguien, tener alguien 1ue llenara ese vacío al que se había acostumbrado.
Pedro vió su rostro cambiar, vio ese atisbo de vulnerabilidad que ella trataba de mantener oculto. Reconoció la mirada. Caro la había tenido, menos en ese momento que tenía su propia familia, pero se la había visto de pequeña. En esos días nunca había visto a Paula con amigos, nunca hablaba de su familia. Era la persona más solaque había conocido. Y algo le decía que lo era a propósito. Sería bueno para ella pasar un día con Caro. Además, se quitaría de encima a las dos y trabajaría en paz unas horas.
—Quiero hacerlo por tí, Paula. Quiero que te tomes el resto de la mañana y te des un masaje o lo que te apetezca —le besó el dorso de la mano.
Fue un error. El aroma de su piel le recordó la noche anterior. Tuvo sobre él más efecto del que esperaba. Sería demasiado fácil cuidar de Paula, que le importara demasiado. Ella parecía necesitarlo, pero él no era el indicado para dárselo. Se marcharía. Ella era diferente. Sabía que no era la clase de mujer con la que tener una aventura. Y él no le iba a dar nada más. Le soltó la mano y caminó hasta la puerta. Desde allí le dijo:
—Si pudieras estar de vuelta a las dos y media, sería perfecto. He concertado citas en unas galerías de arte.
Cerró la puerta tras de él. Paula jamás debería saber la atracción que sentía por ella. Lo complicaría todo y en ese momento necesitaba que todo fuera sencillo.
A las dos y media se reunió con Pedro en el vestíbulo.
—¿No viene Caro? —se había separado de ella después de un masaje con piedras calientes y se había ido a trabajar a su despacho.
—Caro me ha pedido que la disculpes. Eduardo se la ha llevado a Calgary para tomar un vuelo a casa —dijo Pedro.
—¿Ha sucedido algo? ¿Tu padre?
—¿Por qué preguntas por mi padre? —frunció el ceño.
—Habías dicho que los niños se quedaban con él.
—No, no es mi padre. Creo más bien que es algo en ella y Rafael, pero no me lo ha dicho.
—Lo siento.
Pedro sonrió, aunque seguía preocupado. ¿Cuánto tiempo llevaba cargando con el peso de su familia? Se sentía responsable. Se ocultaba bajo una fachada de playboy, pero por cómo hablaba de su padre y de su hermana, estaba segura de que se sentía responsable de ellos.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 26
—¿Querías verme, Pau?
Paula levantó la vista mientras Pedro se detenía en la puerta de su despacho. El suave sonido de su voz provocó un estremecimiento en su piel. Los íntimos susurros de la noche anterior no eran reales. Los de ese momento, sí. Lo de la noche anterior había sido una fantasía, pero a la luz del día tenían que volver al trabajo. El héroe de película había desaparecido y el Pedro real volvía a ocupar su lugar. Besarlo, por maravilloso que hubiera sido, no dejaba de ser un error.
—Pasa, Pedro.
Entró en el despacho. Ésa era la realidad, el Cascade y el trabajo, no ser besaba bajo las estrellas. Luca se sentó frente a ella y cruzó las piernas.
—Siento no haber llegado antes. He desayunado con Caro y no se levanta muy pronto. Si hubiera sabido que herías verme...
—¿Habrías qué? —cerró la carpeta que tenía encima de la mesa.
—Habría estado disponible.
La perturbadora idea de Pedro disponible le recorrió las venas. Nadie había hecho nunca de ella una prioridad, pero eso sólo podían ser bonitas palabras.
—Estas aquí ahora. Y como ayer estuvimos fuera, hay muchas cosas de qué ocuparse.
Empezó a hablarle de contratistas y sindicatos mientras él la miraba. Tartamudeó un poco al darse cuenta de que la observaba fijamente. No le estaba prestando atención. No, ¡Le estaba prestando demasiada atención!
—Pedro, ¿Me estás escuchando?
—Intensamente —cuadró un poco los hombros.
—También necesito que le eches un vistazo a estas facturas —le tendió unos papeles—. Estos números no pueden ser correctos.
—Sí, lo son —dijo mirando las facturas—. ¿Qué tienes en la agenda para esta tarde?
Se quedó pálida, ignoró la pregunta y se concentró en los números.
—Míralas otra vez. La coma no puede estar en su sitio.
—Está todo bien, Pau—le devolvió los papeles.
Golpeó la carpeta con el bolígrafo, insegura sobre cómo seguir. Seguramente él se daría cuenta de que era una locura gastarse todo ese dinero además del que llevaban gastado. Había visto la factura de las nuevas cortinas del Athabasca y casi se había desmayado. Y después eso...
—Esto no es lo que habíamos presupuestado. ¡Y ya te pasaste en el presupuesto de las cortinas más del treinta por ciento!
—Era un precio estupendo para un tejido de calidad excepcional. Caro lo encontró y...
—¿Caro? —dejó de jugar con el bolígrafo.
Tenía que enfrentarse a dos Alfonso. No podría con los dos a la vez. Respiró hondo.
—Te dije que era insistente —una sonrisa apareció en la comisura de sus labios y le tocó una mano.
Trataba de encandilarla y de que olvidara todo lo que habían planeado para el Cascade. Ya lo había hecho más de una vez, pero esa vez no le iba a funcionar. Habían trazado unos planes. Un plan para mejorar hotel mientras que cuidaban al personal. Le iba a costar mantenerlo, sobre todo si la seguía mirando así. Le apartó un mechón de cabello del rostro.
—Pedro, no podemos permitirnos esas cortinas, mucho menos lo del spa. Tus planes hablan de incorporar otro espacio a la ampliación del spa. ¿Hace falta que te diga lo cara que va a resultar esa reforma? Pero esto... esto es exorbitante. Es criminal.
—Te aseguro que no —siguió igual de frío—. Éste no es un hotel de tercera, Paula. Es un hotel de clase mundial. Eso significa que tiene que tener lo mejor —bajó la barbilla y la taladró con la mirada—. Alfonso siempre elige lo mejor.
—Tiene que haber algún modo de recortar estos gastos. Prometiste que no habría cierres ni despidos. Con algo de esta magnitud... no podrás evitarlo. El dinero tiene que salir de algún sitio.
—¿No podré? —sonrió—. Oh, Pau, eso parece un desafío. Y me gustan los desafíos.
Sintió que el corazón se le salía del pecho, pero entornó los ojos. No hacía falta que dijera que la consideraba a ella un desafío. Y eso no le gustaba, ni un poquito. Había sido un desafío para Fernando, lo había entendido después. Había sido libre e independiente y sabía el reto que había sido para su padrastro domesticarla. Y lo había logrado una buena temporada.Pero la noche anterior se había demostrado que su poder sobre ella no era absoluto. Había gozado de las caricias de Pedro. Había vuelto a la vida bajo sus manos y dado la bienvenida a sus besos. Y eso le había hecho sentirse poderosa, pero no quería ser un reto para Pedro. El problema era que quería confiar en él. Además, la mayor parte del personal estaba feliz con él. Incluso cuando les había dicho que si querían quedarse tendrían que hacer diferentes trabajos, habían recibido la noticia con entusiasmo. Nadie había perdido su empleo. De hecho, el hotel funcionaba realmente bien.
Paula levantó la vista mientras Pedro se detenía en la puerta de su despacho. El suave sonido de su voz provocó un estremecimiento en su piel. Los íntimos susurros de la noche anterior no eran reales. Los de ese momento, sí. Lo de la noche anterior había sido una fantasía, pero a la luz del día tenían que volver al trabajo. El héroe de película había desaparecido y el Pedro real volvía a ocupar su lugar. Besarlo, por maravilloso que hubiera sido, no dejaba de ser un error.
—Pasa, Pedro.
Entró en el despacho. Ésa era la realidad, el Cascade y el trabajo, no ser besaba bajo las estrellas. Luca se sentó frente a ella y cruzó las piernas.
—Siento no haber llegado antes. He desayunado con Caro y no se levanta muy pronto. Si hubiera sabido que herías verme...
—¿Habrías qué? —cerró la carpeta que tenía encima de la mesa.
—Habría estado disponible.
La perturbadora idea de Pedro disponible le recorrió las venas. Nadie había hecho nunca de ella una prioridad, pero eso sólo podían ser bonitas palabras.
—Estas aquí ahora. Y como ayer estuvimos fuera, hay muchas cosas de qué ocuparse.
Empezó a hablarle de contratistas y sindicatos mientras él la miraba. Tartamudeó un poco al darse cuenta de que la observaba fijamente. No le estaba prestando atención. No, ¡Le estaba prestando demasiada atención!
—Pedro, ¿Me estás escuchando?
—Intensamente —cuadró un poco los hombros.
—También necesito que le eches un vistazo a estas facturas —le tendió unos papeles—. Estos números no pueden ser correctos.
—Sí, lo son —dijo mirando las facturas—. ¿Qué tienes en la agenda para esta tarde?
Se quedó pálida, ignoró la pregunta y se concentró en los números.
—Míralas otra vez. La coma no puede estar en su sitio.
—Está todo bien, Pau—le devolvió los papeles.
Golpeó la carpeta con el bolígrafo, insegura sobre cómo seguir. Seguramente él se daría cuenta de que era una locura gastarse todo ese dinero además del que llevaban gastado. Había visto la factura de las nuevas cortinas del Athabasca y casi se había desmayado. Y después eso...
—Esto no es lo que habíamos presupuestado. ¡Y ya te pasaste en el presupuesto de las cortinas más del treinta por ciento!
—Era un precio estupendo para un tejido de calidad excepcional. Caro lo encontró y...
—¿Caro? —dejó de jugar con el bolígrafo.
Tenía que enfrentarse a dos Alfonso. No podría con los dos a la vez. Respiró hondo.
—Te dije que era insistente —una sonrisa apareció en la comisura de sus labios y le tocó una mano.
Trataba de encandilarla y de que olvidara todo lo que habían planeado para el Cascade. Ya lo había hecho más de una vez, pero esa vez no le iba a funcionar. Habían trazado unos planes. Un plan para mejorar hotel mientras que cuidaban al personal. Le iba a costar mantenerlo, sobre todo si la seguía mirando así. Le apartó un mechón de cabello del rostro.
—Pedro, no podemos permitirnos esas cortinas, mucho menos lo del spa. Tus planes hablan de incorporar otro espacio a la ampliación del spa. ¿Hace falta que te diga lo cara que va a resultar esa reforma? Pero esto... esto es exorbitante. Es criminal.
—Te aseguro que no —siguió igual de frío—. Éste no es un hotel de tercera, Paula. Es un hotel de clase mundial. Eso significa que tiene que tener lo mejor —bajó la barbilla y la taladró con la mirada—. Alfonso siempre elige lo mejor.
—Tiene que haber algún modo de recortar estos gastos. Prometiste que no habría cierres ni despidos. Con algo de esta magnitud... no podrás evitarlo. El dinero tiene que salir de algún sitio.
—¿No podré? —sonrió—. Oh, Pau, eso parece un desafío. Y me gustan los desafíos.
Sintió que el corazón se le salía del pecho, pero entornó los ojos. No hacía falta que dijera que la consideraba a ella un desafío. Y eso no le gustaba, ni un poquito. Había sido un desafío para Fernando, lo había entendido después. Había sido libre e independiente y sabía el reto que había sido para su padrastro domesticarla. Y lo había logrado una buena temporada.Pero la noche anterior se había demostrado que su poder sobre ella no era absoluto. Había gozado de las caricias de Pedro. Había vuelto a la vida bajo sus manos y dado la bienvenida a sus besos. Y eso le había hecho sentirse poderosa, pero no quería ser un reto para Pedro. El problema era que quería confiar en él. Además, la mayor parte del personal estaba feliz con él. Incluso cuando les había dicho que si querían quedarse tendrían que hacer diferentes trabajos, habían recibido la noticia con entusiasmo. Nadie había perdido su empleo. De hecho, el hotel funcionaba realmente bien.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 25
—Tuve una historia con una mujer con la que trabajaba. No terminó bien.
—¿Quién terminó con la historia?
—Ella —apretó los labios—. De un modo no oficial y por alguien.
—¿Quieres decir que la encontraste con otro?
—Algo así.
—Ya.
—Es mejor para todo el mundo ser sinceros. Nada de falsas expectativas. ¿No te parece?
Al menos estaban en el mismo momento. Debería haber sido algo reconfortante, pero no lo era. Ni lo más mínimo. Paula no quería una relación, tampoco una aventura, pero había algo dentro de ella que deseaba explorar lo que estaba naciendo entre los dos.
—¿En qué piensas, Paula Chaves, aquí a la luz de la luna?
—¿Qué piensas tú? —dijo ella sin poder dejar de mirarlo a los ojos.
—Pienso en que creo que estoy a punto de cometer un gran error —dijo con voz de seda.
—Pedro, no creas... —todas las alarmas sonaron en su cabeza.
—Tranquila, Pau. No estoy interesado en enamorarme. El amor sólo hace que la gente sufra.
Debería haberse sentido aliviada. Eso era lo que ella pensaba exactamente. No entendía por qué se sentía un poco decepcionada.
—En eso estamos de acuerdo.
Ella se apoyó en la balaustrada y cerró los ojos.
—Pau...
Cuando los abrió lo vió justo delante de ella.
—Sé que te han hecho mucho daño —Paula abrió mucho los ojos, pero él continuó—. Puedo verlo. Me dí cuenta después de lo del ático. Yo no te haré daño, Pau, te lo prometo.
Levantó una mano y sus dedos desaparecieron bajo el cabello de ella. Paula contuvo la respiración mientras luchaba contra el enorme deseo de apoyar la cabeza en su mano.
—Preciosa Pau. No puedo negar que hay algo entre nosotros. Lo siento. Lo noto en tus ojos. Pero la diferencia es que hemos establecido los límites.
—No puedo acostarme contigo, Pedro—dijo casi sin pensarlo.
—Quizá un beso... —dijo con una sonrisa.
Estaban lo bastante cerca como para sólo tener que levantar la barbilla y encontrarse con sus ojos. Era una lucha mantenerlos abiertos mientras le acariciaba el pelo.
—Un beso.
—Seguramente ya habrás besado antes.
Paula tembló por dentro. Sí, pero no mucho tiempo. No sin miedo.
—Hace tiempo.
Su rostro estaba tan cerca que notaba el aliento en las mejillas. Agarró las solapas de su chaqueta. Seguramente, si podía darle un primer beso, todo iría bien.
—Bésame, Paula.
Sus miradas se encontraron un segundo. La estaba esperando. Él había entendido que le habían hecho daño y le había dejado llevar la iniciativa. Eso no lo esperaba. Estaba acostumbrada a que él diese las órdenes, pero en ese momento le daba el poder y eso lo hacía más irresistible. Apoyó la cabeza en su mano, alzó el rostro y, con el corazón en la garganta, rozó sus labios.Por un instante se quedó así, probando. Tenían los ojos abiertos y la conexión entre ambos era tan fuerte que le mecía el corazón. Sus labios eran cálidos, suaves, acogedores. Soltó la chaqueta, apoyó una mano en su corazón y notó los latidos. Ese sencillo movimiento lo cambió todo. Se le aceleró la respiración y la mano de Pedro le inclinó la cabeza mientras separaba los labios. Paula agitó las pestañas. El beso fue profundo pero suave, entregado lentamente a la pasión, capaz de encender el fuego.Por primera vez desde que había dejado su vida pasada detrás, se lanzó de cabeza y lo rodeó con los brazos. Al momento, todo cambió. Él la atrajo más contra su cuerpo. Su lengua se hundió en su boca y ella languideció. La chaqueta cayó de sus hombros y las manos de él calentaron su piel recorriéndola. Pedro interrumpió el beso y apoyó la frente en la de ella. Paula salió de su abrazo y de inmediato sintió el frío de la noche.
—Gracias.
—¿Gracias? —repitió él con los ojos brillantes.
Paula dió un paso atrás. Se había dejado llevar por la magia del momento y se había olvidado. Se suponía que tenía que estar asustada. Se suponía que tenía que mantener las distancias. Se suponía que no podía ser vulnerable. No podía... sintió un gemido que subía desde el pecho. No podía permitirse sentir.
—Como tú has dicho, hay una cierta química —alzó la barbilla como retándole a contradecirla.
Él se echó a reír y le acarició una mejilla con los nudillos.
—Eres una mujer fuerte, Pau. Haces justicia al nombre de mi abuela. También era fuerte.
Paula tragó. Tras el beso estaba descubriendo a un Luca completamente nuevo. Se dió la vuelta y apoyó los codos en la balaustrada.
—Me la recuerdas —hizo una pausa—. ¿Por qué no has corregido a Caro cuando te ha llamado por el nombre completo?
—Habría sido un poco grosero. Nos acabamos de conocer.
—Pero no te importó ser grosera conmigo.
—Tú puedes soportarlo.
—Aprecio que seas amable con mi hermana. Por fastidiosa que sea ella.
Paula contuvo la respiración cuando las manos de él se situaron a ambos lados de ella y su cuerpo se acercó.
—Paula.
Paula abrió mucho los ojos. La forma en que lo había hecho era completamente seductora. Esa noche se parecía demasiado al hombre de sus sueños. Tenía que resistir. Aquello era una locura. Se suponía que debería tener miedo. Sentir repulsión. No podía sentir lo que sentía.La besó en la nuca y se estremeció. Inclinó la cabeza sin pensar, para dejarle acceso a todo el cuello. Él la rodeó con los brazos.
—Ahora no me has corregido.
—No —dijo en un susurro.
¿Cómo explicarle que lo había pronunciado de un modo distinto?
—Me harías un gran honor si me permitieras utilizar tu nombre completo, Paula. Era el nombre de una mujer a la que quise mucho y he echado de menos su sonido.
¿Cómo negárselo? Habían ido mucho más allá de la relación laboral y no sabía cómo había sucedido. Sólo sabía que entre ellos había una conexión. Que esa noche habían compartido algo más que las historias de sus familias. De algún modo, entre el segundo plato y ese momento, había empezado a confiar en él. Tragó, abrió los ojos y se dió la vuelta dentro de su abrazo.
—Lo dices de verdad. No es una pose, ¿No?
—Mi nonna era muy especial para mí. Te habría gustado, Paula. Y tú a ella.
Paula debería haber respondido, pero Pedro inclinó la cabeza y la besó dejándola sin palabras.
—¿Quién terminó con la historia?
—Ella —apretó los labios—. De un modo no oficial y por alguien.
—¿Quieres decir que la encontraste con otro?
—Algo así.
—Ya.
—Es mejor para todo el mundo ser sinceros. Nada de falsas expectativas. ¿No te parece?
Al menos estaban en el mismo momento. Debería haber sido algo reconfortante, pero no lo era. Ni lo más mínimo. Paula no quería una relación, tampoco una aventura, pero había algo dentro de ella que deseaba explorar lo que estaba naciendo entre los dos.
—¿En qué piensas, Paula Chaves, aquí a la luz de la luna?
—¿Qué piensas tú? —dijo ella sin poder dejar de mirarlo a los ojos.
—Pienso en que creo que estoy a punto de cometer un gran error —dijo con voz de seda.
—Pedro, no creas... —todas las alarmas sonaron en su cabeza.
—Tranquila, Pau. No estoy interesado en enamorarme. El amor sólo hace que la gente sufra.
Debería haberse sentido aliviada. Eso era lo que ella pensaba exactamente. No entendía por qué se sentía un poco decepcionada.
—En eso estamos de acuerdo.
Ella se apoyó en la balaustrada y cerró los ojos.
—Pau...
Cuando los abrió lo vió justo delante de ella.
—Sé que te han hecho mucho daño —Paula abrió mucho los ojos, pero él continuó—. Puedo verlo. Me dí cuenta después de lo del ático. Yo no te haré daño, Pau, te lo prometo.
Levantó una mano y sus dedos desaparecieron bajo el cabello de ella. Paula contuvo la respiración mientras luchaba contra el enorme deseo de apoyar la cabeza en su mano.
—Preciosa Pau. No puedo negar que hay algo entre nosotros. Lo siento. Lo noto en tus ojos. Pero la diferencia es que hemos establecido los límites.
—No puedo acostarme contigo, Pedro—dijo casi sin pensarlo.
—Quizá un beso... —dijo con una sonrisa.
Estaban lo bastante cerca como para sólo tener que levantar la barbilla y encontrarse con sus ojos. Era una lucha mantenerlos abiertos mientras le acariciaba el pelo.
—Un beso.
—Seguramente ya habrás besado antes.
Paula tembló por dentro. Sí, pero no mucho tiempo. No sin miedo.
—Hace tiempo.
Su rostro estaba tan cerca que notaba el aliento en las mejillas. Agarró las solapas de su chaqueta. Seguramente, si podía darle un primer beso, todo iría bien.
—Bésame, Paula.
Sus miradas se encontraron un segundo. La estaba esperando. Él había entendido que le habían hecho daño y le había dejado llevar la iniciativa. Eso no lo esperaba. Estaba acostumbrada a que él diese las órdenes, pero en ese momento le daba el poder y eso lo hacía más irresistible. Apoyó la cabeza en su mano, alzó el rostro y, con el corazón en la garganta, rozó sus labios.Por un instante se quedó así, probando. Tenían los ojos abiertos y la conexión entre ambos era tan fuerte que le mecía el corazón. Sus labios eran cálidos, suaves, acogedores. Soltó la chaqueta, apoyó una mano en su corazón y notó los latidos. Ese sencillo movimiento lo cambió todo. Se le aceleró la respiración y la mano de Pedro le inclinó la cabeza mientras separaba los labios. Paula agitó las pestañas. El beso fue profundo pero suave, entregado lentamente a la pasión, capaz de encender el fuego.Por primera vez desde que había dejado su vida pasada detrás, se lanzó de cabeza y lo rodeó con los brazos. Al momento, todo cambió. Él la atrajo más contra su cuerpo. Su lengua se hundió en su boca y ella languideció. La chaqueta cayó de sus hombros y las manos de él calentaron su piel recorriéndola. Pedro interrumpió el beso y apoyó la frente en la de ella. Paula salió de su abrazo y de inmediato sintió el frío de la noche.
—Gracias.
—¿Gracias? —repitió él con los ojos brillantes.
Paula dió un paso atrás. Se había dejado llevar por la magia del momento y se había olvidado. Se suponía que tenía que estar asustada. Se suponía que tenía que mantener las distancias. Se suponía que no podía ser vulnerable. No podía... sintió un gemido que subía desde el pecho. No podía permitirse sentir.
—Como tú has dicho, hay una cierta química —alzó la barbilla como retándole a contradecirla.
Él se echó a reír y le acarició una mejilla con los nudillos.
—Eres una mujer fuerte, Pau. Haces justicia al nombre de mi abuela. También era fuerte.
Paula tragó. Tras el beso estaba descubriendo a un Luca completamente nuevo. Se dió la vuelta y apoyó los codos en la balaustrada.
—Me la recuerdas —hizo una pausa—. ¿Por qué no has corregido a Caro cuando te ha llamado por el nombre completo?
—Habría sido un poco grosero. Nos acabamos de conocer.
—Pero no te importó ser grosera conmigo.
—Tú puedes soportarlo.
—Aprecio que seas amable con mi hermana. Por fastidiosa que sea ella.
Paula contuvo la respiración cuando las manos de él se situaron a ambos lados de ella y su cuerpo se acercó.
—Paula.
Paula abrió mucho los ojos. La forma en que lo había hecho era completamente seductora. Esa noche se parecía demasiado al hombre de sus sueños. Tenía que resistir. Aquello era una locura. Se suponía que debería tener miedo. Sentir repulsión. No podía sentir lo que sentía.La besó en la nuca y se estremeció. Inclinó la cabeza sin pensar, para dejarle acceso a todo el cuello. Él la rodeó con los brazos.
—Ahora no me has corregido.
—No —dijo en un susurro.
¿Cómo explicarle que lo había pronunciado de un modo distinto?
—Me harías un gran honor si me permitieras utilizar tu nombre completo, Paula. Era el nombre de una mujer a la que quise mucho y he echado de menos su sonido.
¿Cómo negárselo? Habían ido mucho más allá de la relación laboral y no sabía cómo había sucedido. Sólo sabía que entre ellos había una conexión. Que esa noche habían compartido algo más que las historias de sus familias. De algún modo, entre el segundo plato y ese momento, había empezado a confiar en él. Tragó, abrió los ojos y se dió la vuelta dentro de su abrazo.
—Lo dices de verdad. No es una pose, ¿No?
—Mi nonna era muy especial para mí. Te habría gustado, Paula. Y tú a ella.
Paula debería haber respondido, pero Pedro inclinó la cabeza y la besó dejándola sin palabras.
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