martes, 12 de junio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 31

Era  lo  bastante  listo  como  para  saber  que  Paula no  se  había  enamorado  de  él.  Estaba  impresionada  por  los  cambios,  por  las  nuevas  experiencias,  pero  no  era  tan  tonto como para pensar que era él, como ella había dicho.  Al final volvería a Italia y seguirían siendo amigos. La  idea  no  le  pareció  tan  agradable  como  unas  semanas  antes.  Lo  que  lo  esperaba en casa le pareció poco sugerente. Más que nunca deseó ser libre y tener su propio lugar. Salir de la sombra. Ser Pedro, no sólo hijo y hermano.

—¿Has  terminado?  —preguntó  ella  volviendo  a  su  lado—.  He  pensado  hacer  algo de compra para mí antes de que cierren. Pero si no... puedo quedarme.

Quería que se quedara con él, y no le gustó saberlo. No le gustó saber que había perdido el control de una situación que él mismo había orquestado.

—No, puedes irte, nos vemos mañana.

—¿Seguro?

Por  un  impulso  repentino  la   besó en los labios  preguntándose  por qué demonios sabía a fresa.

—Seguro —sonrió.

—Muy  bien.  No  te  olvides  de  que  tenemos  una  reunión  por  la  mañana  con  el  diseñador de exteriores.

—Allí estaré.

Paula agarró las bolsas y él volvió a mirar la pintura en la que no podía ver un corazón latiendo. Se tomó un momento para mover los hombros y aliviar la tensión. Habían sido días demasiado largos. No había habido más besos y se había dicho a sí misma que  era  lo  mejor,  aunque  se  sintiera  decepcionada.  Se  lo  recordaba  cada  vez  que  se  quedaba mirando su perfecta boca en medio de una reunión.

Unos días antes había entrado donde estaba él hablando por teléfono con Carolina. Se había detenido insegura sobre qué hacer, pero Luca le había hecho un gesto para que  entrara.  Hablaban  en  italiano  un  poco  tenso,  aunque  al  final  el  tono  se  había  suavizado.

—Te quiero, Caro. Ciao.

—Estás preocupado por ella. ¿Va todo bien?

—Irá —había dicho con una pequeña sonrisa—. Por cierto, te manda saludos.

Su  relación  de  proximidad  le  hacía  desear  la  familia  que  nunca  había  tenido.Ver a Pedro con su hermana, bromeando, discutiendo, le hacía anhelarlo.Por  primera  vez  se  sentía  libre  de  ser  ella  misma.  Pedro no  tenía  expectativas  sobre  ella  y  eso  era  liberador.  Sonreía  como  si  la  sonrisa  fuera  sólo  para  ella.  Sus  besos  le  habían  quitado  el  aliento.  Aunque  sabía  que  era  una  imprudencia,  deseaba  que volviera a besarla.

El  argumento  decisivo  había  sido  la  llegada  de  una  entrega  el  sábado  por  la  mañana. Había abierto el paquete y había admirado la pintura que la había cautivado en la  galería.  Que  se  hubiese  gastado  tanto  dinero  en  un  regalo  para  ella  lo  decía  todo.  No hacía falta una nota, pero había una: Cuando le habla a tu corazón, sabes que es el bueno. Nadie le había hecho nunca un regalo así. Y no era por el dinero. Sabía que esa cantidad no era nada para Pedro. Y tampoco había sido por las apariencias; si hubiera querido  impresionarla,  le  habría  regalado  joyas.  Aquello  era  algo  más  personal.  Era  perfecto.Sin  embargo,  aún  no  se  lo  había  agradecido. 


El  sábado  había  dejado  paso  al  domingo  y  había  pasado  el  día  limpiando  y  haciendo  la  compra.  No  se  había  dado  cuenta de cómo estaba la nevera, pero sí de que el comedero de Bobby estaba vacío. Era lunes y la oportunidad no había surgido. No estaba segura de lo que le diría. Lo había visto de pasada esa mañana, caminando por el vestíbulo, y el corazón le había dado  un  salto.  Se  estaba  enamorando  de  él.  No  había  querido  una  relación,  pero  no  podía  evitar  sus  sentimientos.  Veía  demasiadas  cosas  en  Pedro que  querer.  Al  principio  se  había  hecho  una  imagen  errónea  de  él.  La  verdad  era  otra:  era  un  jefe  consciente  y  preocupado  que  trabajaba  duro  y  extremadamente  capaz.  No  era  el  irresponsable playboy que había esperado. Nada parecido.Si  le  daba  las  gracias  por  el  cuadro  en  ese  momento,  lo  más  probable  era  que  quedara como una tonta y dijera algo demasiado sentimental. Tenía que mantener la cabeza  clara.  Pronto  se  habría  marchado,  ella  superaría  sus  sentimientos.  Estaría  bien. Vería esos días como un tiempo bonito. Entró en el vestíbulo y recorrió con la mirada los cambios que avanzaban. Sólo estaba  operativa  la  mitad  de  su  superficie  y  la  otra  mitad  se  estaba  reformando.  Se  preguntó si no habría sido mejor cerrar el hotel unos meses, pero el personal estaba haciendo  un  trabajo  fantástico.  Más  de  uno  le  había  dicho  que  estaba  encantado  de  participar en todo aquello. Y tenía que admitir que Pedro tenía razón. Era bueno en su trabajo. El hotel iba a quedar impresionante. Se dio la vuelta y vió en el mostrador de recepción a un hombre. Algo en él la puso  nerviosa.  No  sabía  por  qué,  pero  se  sintió  incómoda.  Macarena,  que  atendía  la  recepción,  tenía  una  sonrisa  en  los  labios,  pero  se  dió  cuenta  de  que  era  forzada.  El  hombre hacía gestos con las manos y; Paula lo oyó alzar la voz por encima del ruido de la obra. Era  su  trabajo  manejar  esa  clase  de  situaciones  por  desagradables  que  fueran.  Cuadró los hombros, puso su mejor sonrisa y se acercó al mostrador.

—Buenas tardes y bienvenido al Alfonso Cascade. ¿Puedo hacer algo por usted?

—Buenas  tardes,  señorita  Chaves—dijo Macarena—.  Le  explicaba  al  señor  Reilly  que  hemos  cambiado  su  reserva  a  una  habitación  de  la  tercera  planta  debido  a  las  reformas.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 30

—Te gusta.

Ella asintió sin apartar los ojos de la pintura.

—No sé por qué... no es nada.

—Pero... —la interrumpió él.

—Pero me dice algo —lo miró por encima del hombro—. No sé decirte qué es. Sólo sé que me siento conectada de algún modo —volvió a mirar al cuadro.

—Así  que  mi  Pau primero  siente  y  después  piensa.  Estoy  sorprendido —sus palabras, su aliento, le acariciaban la piel detrás de la oreja.

Sintió  calor  cuando  la  llamó  «Mi  Pau».  Le  hacía  sentirse  protegida.  Recordó  cómo  había  descrito  la  vista  desde  su  habitación  ese  primer  día.  Libertad.  ¿Se  había  sentido ella libre alguna vez en su vida? ¿Como si a la vuelta de cada esquina hubiera una puerta abierta?¿La  había  cambiado  tanto  Pedro?  ¿Cómo  había  podido  burlar  tan  fácilmente  todas sus defensas?

—¿Sorprendido?  ¿Pensabas  que  no  tenía  sentimientos,  Pedro?  —había  ocultado  tanto esos sentimientos...

Pensaba que mostrarlos le daba poder a la gente sobre ella. Era mejor pensar y esperar.  Había  pensado  mucho  en  Pedro y  lo  había  dejado  acercarse  poco  a  poco  a  pesar de las reservas. No podía evitarlo, lo mismo que no podía decir qué era lo que la atraía de la pintura.

—Por supuesto que no   —le  colocó  un  mechón  detrás de la  oreja—. Simplemente, me preguntaba qué los haría salir.

Paula se detuvo un momento, pero se estaba haciendo más atrevida. Tratar con él  a  diario  lo  había  provocado.  Había  aprendido  a  confiar  un  poco  en  él.  Y  sí,  la  volvía loca cuando andaba dando órdenes por ahí, pero también le tocaba el corazón cuando era amable con ella, como si ya conociese sus secretos. Después  de  años  de  planear  cada  momento,  cada  aspecto  de  su  vida,  su  habilidad para abrir el envoltorio era excitante. Deseaba que la volviera a besar como había hecho en la terraza. Como había hecho unos minutos antes. Lo miró a los ojos y dijo:

—¿Qué pasaría si te dijera que has sido tú?

—Dime por qué esta pintura —dejó de mirarla para mirar el cuadro.

Volvió a mirarlo con el corazón desbocado. Había pasado el momento, pero no eran imaginaciones suyas la conexión entre ambos. No estaba segura de por qué esa pintura en particular. No era un cuadro de nada en concreto, sólo color.

—Es paz  —murmuró acercándose  más.  Sin  pensarlo  le  tomó  la  mano—.  Es  tranquilidad  y  satisfacción  y  un  corazón  que  late  —lo  miraba  y  sentía  dolor,  esperanza, algo que había abandonado hacía muchos años.

La esperanza tenía que ver con el futuro y ella vivía día a día. Pedro pensaría que era una tontería, así que se lo guardó y no dijo nada. Pedro sonrió. La había llamado «Mi Pau» sin pensarlo y le conmocionaba darse cuenta de que pensaba en ella de ese modo. Había querido compartir el arte con ella, pero  las  cosas  se  habían  acelerado.  El  modo  en  que  ella  lo  había  mirado,  cómo  le  había respondido, había hecho sonar dentro de él todas las alarmas. Era culpa suya. Había ignorado las señales y se había dicho que no lo esta afectando tanto. Porque se había propuesto que fuese así. Él  era  partidario  de  las  aventuras  ocasionales,  pero  nada  en  sus  sentimientos  hacia Paula era sencillo o casual. Era algo con lo que no había contado. Habría sido un mentiroso  si  no  hubiera  admitido  que  había  buscado  una  excusa  para  verla  ese  día.  El beso de la noche anterior lo había afectado más de lo esperado. Y le alegraba saber que a ella también. Había  cambiado  algo.  Había  algo  más  que  el  disfrute  de  su  compañía.  Había  una conexión con ella que no había previsto. Se había dado cuenta cuando ella había reaccionado ante la pintura. Y cuando después se habían encontrado sus miradas. Y cuando la había besado antes esa tarde.

—Ése es el significado del arte, Paula. No tiene que tener sentido. Sólo tiene que significar algo.

Se acercó al cuadro y miró el precio.

—Es una locura.

Pedro miró   la   etiqueta.   No   era   desorbitado, pero recordó que él  estaba   acostumbrado  al  dinero  de  su  familia.  Para  alguien  en  la  situación  de  Paula imaginó  que sería muy diferente.

—Piensa  en  la  reacción  que  ha  suscitado  en  tí  y  después  trata  de  cuantificarla.  ¿Puedes ponerle precio a eso?

—Puedo y lo hago —sonrió mientras miraba con deseo el lienzo.

Él  no  pudo  evitar  echarse  a  reír.  Paula era  encantadoramente  práctica.  Le  recordó  lo  lejos  que  estaban  sus  mundos.  No  era  para  él.  Él  no  era  para  ella.  Era  la  clase de mujer que buscaba estabilidad a largo plazo y él viajaba por todo el mundo con su trabajo.

—Puedo  permitírmelo  si  no  como  el  año  que  viene.  Por  eso  el  arte  está  en  los  museos  y  no  en  los  comedores  —echó  a  andar—.  Aun  así  no  sé  por  qué  me  ha  impactado tanto.

—No  necesitas  saber  por  qué.  Algunas  veces,  entender  le  roba  toda  la  magia  a  algo.

Paula siguió  por  la  pared  mirando  las  demás  obras  y  él  la  contemplaba.  Quizá  estuviera  haciendo  todo  demasiado  complicado.  La  atracción  no  hacía  un  cuento  de  hadas. Y era el último en creer en los cuentos de hadas. Ya creía Carolina por los dos.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 29

Serían  parte  del  Cascade.  Estaba  empezando  a  verlo.  Ese  lugar  era  distinto  a  cualquier otro lugar en la Tierra. Encontró  unas  tallas  que  le  interesaron  y,  cuando  alzo  la  vista,  vió  que  Pedro había  seguido  adelante.  Lo  miró  a  hurtadillas;  tenía  las  manos  en  los  bolsillos  y  contemplaba  las  pinturas.  Suspiró.  Era  tan...  todo...  No  se  disculpaba  por  serlo.  La  seguridad en sí mismo lo hacía atractivo. Había sido moldeado cuando su madre lo había abandonado. Ya sabía quién era. Le daba envidia.  Cuando llegó hasta él no la miró, simplemente dijo:

—Hay algunas piezas interesantes aquí.

Por  un  instante  se  preguntó  lo  que  costaría  añadir  arte  original  al  hotel,  pero  abandonó  la  idea  de  inmediato.  ¿Cómo  iba  a  preocuparse  por  unos  dólares  si  ella  había derrochado dinero en sí misma esa mañana?

—Nunca había estado aquí.

—¿No te gusta el arte? —se dió  la vuelta y la miró.

—No le he dedicado mucho tiempo.

Pedro volvió  a  mirar  la  pintura  que  tenía  delante.  Ella  dejó  las  bolsas  en  un  banco.  Era  verdad.  No  había  tenido  tiempo  para  cosas  como  el  arte.  En  la  anterior  galería  se  había  limitado  a  seguirlo  a  él.  Ella  tenía  necesidades  más  inmediatas,  preocupaciones  que  presionaban  más.  Como  rehacer  su  vida.  Seguir  adelante  en  lugar de quedarse paralizada por el miedo.Y lo había hecho bastante bien hasta esa llamada de teléfono, en la que le habían dicho  que  Fernando había  cumplido  su  condena.  Había  pagado  su  deuda  con  la  sociedad. ¿Qué pasaba con su deuda con ella? ¿Con su madre? ¿Dónde estaba en ese momento? Podía repetir una y otra vez que había rehecho su vida, pero lo único que había hecho había sido huir. Huir y fingir. Ni siquiera sabía dónde estaba su madre, si  también  había  huido,  si  estaba  bien.  Llevaba  años  diciéndose  que  no  importaba,  pero  con  Fernando fuera  de  la  cárcel,  había  vuelto  a  pensar  en  su  única  pariente  viva.  Pedro no sabía nada de eso. Ni tenía por qué. No podría contárselo.

—¿Estás bien?

—¿Perdón?

 —Paula, estás pálida como un fantasma. ¿Estás bien?

—Estoy  bien.  Enséñame  las  pinturas  que  te  gustan  —respondió, obligándose a dejar de pensar en su padrastro.

La tomó de la mano y le enseñó las que más le gustaban. Ella asintió y comentó algunas cosas.Las  pinturas  que  le  gustaban  eran  preciosas.  Casi  todo  eran  paisajes  con  las  Rocosas como tema.

—Las que quieras me parecerán bien.

—¿No  tienes  opinión?  ¿No  vas  a  sacar  la  calculadora  y  obligarme  a  hacer  un  presupuesto?

—Vas a hacer lo que te dé la gana igualmente. ¿Para qué discutir?

—Porque es lo que se me da mejor.

—No quiero discutir. Las pinturas me parecen bien. Son muy bonitas.

—Pero... —se acercó más a ella—, ¿Cómo te hacen sentir?

—Pedro, son óleos sobre lienzo —no quería hablar de sentimientos.

Ese  día  se  había  sentido  como  si  fuera  la  chica  que  siempre  había  querido  ser.  Hacer lo que quería, comprar lo que quería, sentir lo que quería. Y nadie la castigaba por ello. Se había tomado una mañana libre y nadie se lo había recriminado. Después había  vuelto  a  la  realidad.  Pedro podía  hacerle  olvidar,  pero  aterrizar  luego  era  muy  duro.

—Sí, y el Cascade es un montón de piedras en la ladera de una colina. Hasta tú sabes decir algo mejor que eso.

—Me temo que no soy muy aficionada al arte.

—No tienes que serlo para tener sentimientos, Paula.

—¡Por supuesto que tengo sentimientos! —afirmó rotunda.

Se  dió  la  vuelta  avergonzada.  Ya  no  sabía  quién  era.  Él  la  seguía  presionando,  exigiéndole cosas, pero ella no se sentía preparada para enfrentarse a todas.

—Mira éstas —dijo él—. Dime lo que sientes. Deja que te hablen.

Con  un  suspiro  se  puso  delante  de  los  cuadros.  Cuando  se  ponía  así  era  imposible pararlo.No  eran  paisajes.  Eran  cuadros  muy  distintos,  colores  e  impresiones.  Pasó  por  delante  sin  sentir  ninguna  conexión.  Deseando  sólo  volver  al  hotel.  Estaba  cansada,  estaba agotada. Todo el día había sido especial, pero tenía dudas de que él entendiera lo mucho que había significado para ella. Se había sentido parte de algo, algo basado en una mentira. Entonces volvió la vista y lo vió. Brochazos azules con un núcleo rojo brillante que explotaba en millones de gotas.No  tenía  sentido,  pero  le  dijo  algo  y  se  acercó  levantando  la  mano,  pero  sin  llegar a tocarlo.

—¿Paula?

 Ignoró  su  voz,  pero  sabiendo  que  él  estaba  allí.  Había  algo  dentro  de  ella  que  Pedro había liberado. Y estaba en ese óleo sobre lienzo mirándola. No podía explicar por qué, pero sabía que ese cuadro tenía que ser suyo.

martes, 5 de junio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 28

—No nos preocupemos ahora de eso. Estás estupenda. Es evidente que te hacía falta el spa.

Paula se  llevó  la  mano  al  pelo  para  alisárselo,  pero  se  detuvo.  Había  sido maravilloso. El estrés se había derretido con el calor de las piedras.

—Gracias.

Aunque  sabía  que  los  días  de  spa  y  compras  serían  algo  a  lo  que  no  se  acostumbraría.  Era  Paula Chaves,  de  un  pueblo  de  Ontario.  Pedro era  un  Alfonso  de  Alfonso Resorts.  Era  comprensible  que  lo  hubiera  encontrado  seductor,  pero  también  le  recordaba que sería algo temporal. Esas cosas sencillamente no duraban. Cuando llegaron al coche, él le dió un beso en la sien.

—Estás radiante —le murmuró al oído.

El  lugar  donde  la  había  besado  ardía.  Él  actuaba  como  si  hicieran  esas  cosas  todos los días. Y la sensación de cuento de hadas de la noche anterior volvió.

—Es el tratamiento facial —replicó cortante poniéndose el cinturón.

Empezaron  por  una  galería  pequeña  en  Banff  Avenue.  Paula examinó  cada pieza,   desde las esculturas  en  esteatita hasta las pinturas.  Mientras seguía el  recorrido, se sentía como llevada por un torbellino, sólo que cada vez que se daba la vuelta, Pedro estaba unos pasos por detrás de ella. Siempre pendiente de ella. Con un tono  para  los  galeristas  y  uno  mucho  más  suave  e  íntimo  para  ella.  Era  difícil  ignorarlo. Incluso aunque hubiera querido hacerlo. La  compra  terminó  y  se  llevaron  algunos  objetos  pequeños.  Cuando  sintió  la  mano de Pedro sobre el hombro, dió un asalto por el contacto.

—¿Nerviosa?

Si  él  supiera...  No  estaba  segura  de  que  fuera  capaz  de  acostumbrarse  alguna  vez a movimientos súbitos como ése, incluso aunque fuese Pedro quien los hacía.

—No te había visto detrás.

—Es maravilloso. La sombra te vuelve los ojos grises.

—Normalmente tengo los ojos de un azul ordinario.

Se  dió  la  vuelta  para  mirarlo  esperando  verlo  sonreír,  pero  la  estaba  mirando  fijamente con expresión sombría.

—Tus ojos, Paula, son cualquier cosa menos ordinarios —murmuró y la besó en los labios.

Ella le agarró el brazo. Sus labios eran suaves. Pedro se separó lentamente. Paula recordó  de  un  modo  borroso  que  estaban  en  medio  de  una  tienda,  pero  todo  desapareció cuando se movió unos centímetros para volver a besarlo. Cerró los ojos y Pedro le  agarró  la  mejilla  con  la  mano  que  tenía  libre.  La  ternura  del  gesto  le  hizo  desear echarse a llorar.No se había dado cuenta, no había pensado que la ausencia de afectividad había dejado en ella un vacío enorme. No había querido el contacto, la ternura, ni siquiera la  amabilidad.  No  había  querido  ser  vulnerable.  Aún  no  quería,  pero  cuando  él  la  tocaba de ese modo y la besaba así, como si fuera algo precioso, anhelaba más. Como la lluvia suave tras una larga sequía. Pedro interrumpió el beso cuando fuera sonó el claxon de un coche.

—Pedro—susurró ella.

Había ido con él para ver lo que compraba. Para asegurarse de que no gastaba mucho.Sólo  que  había  fracasado.  Le  había  permitido  entrar  y...  ¡Dios!  Las  alarmas  saltaron.  Sentía  algo  por  él.  ¡Ella  no  tenía  sentimientos!  Tenía  que  mantener  así  las  cosas. Pedro no estaba realmente interesado en ella, no era su tipo de mujer. Lo sabía. Por suerte, uno de los dos pensaba racionalmente. Aun  así  la  idea  de  que  Pedro no  estuviera  interesado  en  ella  le  producía  una  profunda decepción. ¿Cómo podía ser cuando se suponía que era lo que ella quería? No quería estar más unida a él, ¿Verdad? Lo miró con los ojos llenos de confusión. Y  lo  que  la  conmocionó  fue  que  en  los  de  él  vió  lo  mismo.  No  dijo  nada,  pero  ella lo supo.

—Aquí  tienen  —dijo  el  vendedor  entregándoles  unas  bolsas—.  El  resto  lo  enviaremos al hotel.

Paula se  dió la  vuelta  y  se  apoyó  en  Pedro,  que  la  rodeó  con  un  brazo  por  la  cintura.  Deseó  pedirle  que  no  fuera  tan  dulce  con  ella.  Y  oyó  cómo  le  respondía  sin  palabras: «Déjame entrar». Salieron de la tienda y fueron a la siguiente andando. Mientras él le sujetaba la puerta, murmuró:

—Seguramente no es muy buena idea dejar que vuelva a suceder.

—¿No? —preguntó ella entrando en la tienda.

—Eres la directora y, yo, el propietario. No será bueno para nuestra imagen.

Paula  casi  se  echó  a  reír.  ¿Pedro preocupado  por  las  apariencias?  Era  él  quien  recorría el hotel en vaqueros y no con traje. Era él quien salía en las revistas cada vez con una mujer.

—Te recuerdo que tú me has besado.

—Creía que me habías devuelto el beso.

Algo se había liberado  en  el  interior  de  Paula en  esos  días.  En  lugar  de  arredrarse, dijo:

—Esa no es la cuestión ahora.

—Alfonso tiene una imagen que mantener, Paula.

—¿Quién eres y qué has hecho con Pedro?

Él  sonrió  en  respuesta.  Paula avanzó  hacia  el  interior  de  la  tienda.  Se  sentía  secretamente agradada porque él quisiera poner en el hotel obras de artistas locales.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 27

Miró  su  boca  y  recordó  los  besos  de  la  noche  anterior.  Por  una  vez,  en  esos  momentos  entre  los  brazos  de  Pedro había  olvidado  que  Fernando Langston  había  existido.  Y  había  sido  una  constante  los  últimos  veinte  años,  presente  o  no.  Por  una  vez  se  había  sentido  cómoda  y  protegida  y  no  conformada  por  lo  que  le  había  sucedido anteriormente. El mundo se había abierto ante ella cuando había rodeado a Pedro con los brazos. Y había sido estimulante y aterrador. A  la  luz  del  día  parecía  imposible.  Nada  había  cambiado  en  realidad.  Fernando seguía  ahí  fuera  y  nada  podía  cambiar  lo  que  le  había  hecho  a  ella,  ni  a  su  madre.  Pedro se marcharía en unas semanas y su objetivo tenía que ser el hotel. ¿No era eso lo que había dicho él?

—No  es  un  desafío,  es  un  hecho  —apoyó  el  argumento  con  números—.  Sólo  esta factura es de más de cien mil dólares.

—Y cada usuario del spa se sentirá como uno entre un millón.

—Lo dudo.

—¿Has pasado alguna vez un día en un spa, Paula?

—Me  he  puesto  una  mascarilla  facial  y  hecho  la  pedicura —una  vez  al  llegar  allí.

—No, no de esa clase. Me refiero a pasar un día entero. Te dan masaje y te sacan brillo de la cabeza a los pies, así que cuando sales parece que tienes un cuerpo nuevo.

Negó con la cabeza.

—Deberías hacerlo. Hablaré con Caro.

Otra vez Caro. Se estaban perdiendo, había vuelto a cambiar el tema de la conversación y tenía que retomarlo.

—No tengo tiempo para un día de spa.

—Pero si fueras con Caro, me la quitarías de encima.

—Y  yo  también  desaparecería  —alzó  las  cejas  y  lo  miró—. Has  hecho  estos  cambios sin consultarme.

—Soy el propietario.

Paula se sintió segura al ver que volvían al tema del hotel.

—De  eso  ya  soy  consciente  —sonrió  con  frialdad—.  Tengo  que  revisar  estos  números  otra  vez  si,  como  dices,  son  correctos.  Encontrar  algún  modo  de  recortar  costes  por  algún  sitio  —no  añadió  que  lo  culpaba  a  él  del  trabajo  extra,  no  era  necesario.

—Paula, te vas a preocupar demasiado. Tómate el día. Disfrútalo —le agarró una mano—. No eres buena para mí ni para los trabajadores si estás estresada.

Se  quedó  sin  palabras.  No  parecía  una  crítica,  lo  decía  sinceramente.  Parecía  que ella le importara. Era tan difícil resistirse cuando era así...Pero  estaba  allí  para  trabajar,  aunque  eso  no  resolviera  nada.  En  todo  caso,  complicaba  más  las  cosas.  Hacía  que  se  vieran  con  frecuencia  durante  el  día.  Le  recordaba  cuánto  se  había  perdido  entre  sus  brazos  la  noche  anterior.  Le  recordaba  cuánto deseaba confiar en alguien, tener alguien 1ue llenara ese vacío al que se había acostumbrado.

Pedro vió su rostro cambiar, vio ese atisbo de vulnerabilidad que ella trataba de mantener oculto. Reconoció la mirada. Caro la había tenido, menos en ese momento que  tenía  su  propia  familia,  pero  se  la  había  visto  de  pequeña.  En  esos  días  nunca  había  visto  a  Paula con  amigos,  nunca  hablaba  de  su  familia.  Era  la  persona  más  solaque había conocido. Y algo le decía que lo era a propósito. Sería bueno para ella pasar  un  día  con  Caro.  Además,  se  quitaría  de  encima  a  las  dos  y  trabajaría  en  paz  unas horas.

—Quiero hacerlo por tí, Paula. Quiero que te tomes el resto de la mañana y te des un masaje o lo que te apetezca —le besó el dorso de la mano.

Fue  un  error.  El  aroma  de  su  piel  le  recordó  la  noche  anterior.  Tuvo  sobre  él  más efecto del que esperaba. Sería demasiado fácil cuidar de Paula, que le importara demasiado.  Ella  parecía  necesitarlo,  pero  él  no  era  el  indicado  para  dárselo.  Se  marcharía. Ella era diferente. Sabía que no era la clase de mujer con la que tener una aventura. Y él no le iba a dar nada más. Le soltó la mano y caminó hasta la puerta. Desde allí le dijo:

—Si  pudieras  estar  de  vuelta  a  las  dos  y  media,  sería  perfecto.  He  concertado  citas en unas galerías de arte.

Cerró la puerta tras de él. Paula jamás debería saber la atracción que sentía por ella. Lo complicaría todo y en ese momento necesitaba que todo fuera sencillo.

A las dos y media se reunió con Pedro en el vestíbulo.

—¿No  viene  Caro?  —se  había  separado  de  ella  después  de  un  masaje  con  piedras calientes y se había ido a trabajar a su despacho.

—Caro me  ha  pedido  que  la  disculpes.  Eduardo se  la  ha  llevado  a  Calgary  para  tomar un vuelo a casa —dijo Pedro.

—¿Ha sucedido algo? ¿Tu padre?

—¿Por qué preguntas por mi padre? —frunció el ceño.

—Habías dicho que los niños se quedaban con él.

—No, no es mi padre. Creo más bien que es algo en ella y Rafael, pero no me lo ha dicho.

—Lo siento.

Pedro sonrió, aunque seguía preocupado. ¿Cuánto tiempo llevaba cargando con el  peso  de  su  familia?  Se  sentía  responsable.  Se  ocultaba  bajo  una  fachada  de  playboy, pero por cómo hablaba de su padre y de su hermana, estaba segura de que se sentía responsable de ellos.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 26

—¿Querías verme, Pau?

Paula levantó  la  vista  mientras  Pedro se  detenía  en  la  puerta  de  su  despacho.  El  suave sonido de su voz provocó un estremecimiento en su piel. Los íntimos susurros de la noche anterior no eran reales. Los de ese momento, sí.  Lo de la noche anterior había sido una fantasía, pero a la luz del día tenían que volver  al  trabajo.  El  héroe  de  película  había  desaparecido  y  el  Pedro real  volvía  a  ocupar su lugar. Besarlo, por maravilloso que hubiera sido, no dejaba de ser un error.

—Pasa, Pedro.

Entró en el despacho. Ésa era la realidad, el Cascade y el trabajo, no ser besaba bajo las estrellas. Luca se sentó frente a ella y cruzó las piernas.

—Siento no haber llegado antes. He desayunado con Caro y no se levanta muy pronto. Si hubiera sabido que herías verme...

—¿Habrías qué? —cerró la carpeta que tenía encima de la mesa.

—Habría estado disponible.

La  perturbadora  idea  de  Pedro disponible  le  recorrió  las  venas.  Nadie  había  hecho nunca de ella una prioridad, pero eso sólo podían ser bonitas palabras.

—Estas  aquí  ahora.  Y  como  ayer  estuvimos  fuera,  hay  muchas  cosas  de  qué  ocuparse.

Empezó   a   hablarle   de   contratistas   y   sindicatos   mientras   él   la   miraba.   Tartamudeó  un  poco  al  darse  cuenta  de  que  la  observaba  fijamente.  No  le  estaba  prestando atención. No, ¡Le estaba prestando demasiada atención!

—Pedro, ¿Me estás escuchando?

—Intensamente —cuadró un poco los hombros.

—También  necesito  que  le  eches  un  vistazo  a  estas  facturas —le  tendió  unos  papeles—. Estos números no pueden ser correctos.

—Sí,  lo  son  —dijo  mirando  las  facturas—.  ¿Qué  tienes  en  la  agenda  para  esta  tarde?

Se quedó pálida, ignoró la pregunta y se concentró en los números.

—Míralas otra vez. La coma no puede estar en su sitio.

—Está todo bien, Pau—le devolvió los papeles.

Golpeó la carpeta con el bolígrafo, insegura sobre cómo seguir. Seguramente él se  daría  cuenta  de  que  era  una  locura  gastarse  todo  ese  dinero  además  del  que  llevaban gastado. Había visto la factura de las nuevas cortinas del Athabasca y casi se había desmayado. Y después eso...

—Esto no es lo que habíamos presupuestado. ¡Y ya te pasaste en el presupuesto de las cortinas más del treinta por ciento!

—Era  un  precio  estupendo  para  un  tejido  de  calidad  excepcional.  Caro lo  encontró y...

—¿Caro? —dejó de jugar con el bolígrafo.

Tenía  que  enfrentarse  a  dos  Alfonso.  No  podría  con  los  dos  a  la  vez.  Respiró  hondo.

—Te dije que era insistente —una sonrisa apareció en la comisura de sus labios y le tocó una mano.

Trataba de encandilarla y de que olvidara todo lo que habían planeado para el Cascade. Ya lo había hecho más de una vez, pero esa vez no le iba a funcionar. Habían trazado unos planes. Un plan para mejorar hotel mientras que cuidaban al personal. Le iba a costar mantenerlo, sobre todo si la seguía mirando así. Le apartó un mechón de cabello del rostro.

—Pedro,  no  podemos  permitirnos  esas  cortinas,  mucho  menos  lo  del  spa.  Tus  planes  hablan  de  incorporar  otro  espacio  a  la  ampliación  del  spa.  ¿Hace  falta  que  te  diga  lo  cara  que  va  a  resultar  esa  reforma?  Pero  esto...  esto  es  exorbitante.  Es  criminal.

—Te  aseguro  que  no  —siguió  igual  de  frío—.  Éste  no  es  un  hotel  de  tercera,  Paula. Es un hotel de clase mundial. Eso significa que tiene que tener lo mejor —bajó la barbilla y la taladró con la mirada—. Alfonso siempre elige lo mejor.

—Tiene  que  haber  algún  modo  de  recortar  estos  gastos.  Prometiste  que  no  habría cierres ni despidos. Con algo de esta magnitud... no podrás evitarlo. El dinero tiene que salir de algún sitio.

—¿No  podré?  —sonrió—.  Oh,  Pau,  eso  parece  un  desafío.  Y  me  gustan  los  desafíos.

Sintió que el corazón se le salía del pecho, pero entornó los ojos. No hacía falta que  dijera  que  la  consideraba  a  ella  un  desafío.  Y  eso  no  le  gustaba,  ni  un  poquito.  Había  sido  un  desafío  para  Fernando,  lo  había  entendido  después.  Había  sido  libre  e  independiente  y  sabía  el  reto  que  había  sido  para  su  padrastro  domesticarla.  Y  lo  había logrado una buena temporada.Pero  la  noche  anterior  se  había  demostrado  que  su  poder  sobre  ella  no  era  absoluto. Había gozado de las caricias de Pedro. Había vuelto a la vida bajo sus manos y  dado  la  bienvenida  a  sus  besos.  Y  eso  le  había  hecho  sentirse  poderosa,  pero  no  quería ser un reto para Pedro. El problema era que quería confiar en él. Además, la mayor parte del personal estaba  feliz  con  él.  Incluso  cuando  les  había  dicho  que  si  querían  quedarse  tendrían  que hacer diferentes trabajos, habían recibido la noticia con entusiasmo. Nadie había perdido su empleo. De hecho, el hotel funcionaba realmente bien.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 25

—Tuve una historia con una mujer con la que trabajaba. No terminó bien.

—¿Quién terminó con la historia?

—Ella —apretó los labios—. De un modo no oficial y por alguien.

—¿Quieres decir que la encontraste con otro?

—Algo así.

—Ya.

—Es mejor para todo el mundo ser sinceros. Nada de falsas expectativas. ¿No te parece?

Al menos estaban en el mismo momento. Debería haber sido algo reconfortante, pero  no  lo  era.  Ni  lo  más  mínimo.  Paula no  quería  una  relación,  tampoco  una  aventura, pero había algo dentro de ella que deseaba explorar lo que estaba naciendo entre los dos.

—¿En qué piensas, Paula Chaves, aquí a la luz de la luna?

—¿Qué piensas tú? —dijo ella sin poder dejar de mirarlo a los ojos.

—Pienso en que creo que estoy a punto de cometer un gran error —dijo con voz de seda.

—Pedro, no creas... —todas las alarmas sonaron en su cabeza.

—Tranquila, Pau. No estoy interesado en enamorarme. El amor sólo hace que la gente sufra.

Debería  haberse  sentido  aliviada.  Eso  era  lo  que  ella  pensaba  exactamente.  No  entendía por qué se sentía un poco decepcionada.

—En eso estamos de acuerdo.

Ella se apoyó en la balaustrada y cerró los ojos.

—Pau...

Cuando los abrió lo vió justo delante de ella.

—Sé  que  te  han  hecho  mucho  daño  —Paula abrió  mucho  los  ojos,  pero  él  continuó—.  Puedo  verlo.  Me  dí  cuenta  después  de  lo  del  ático.  Yo  no  te  haré  daño,  Pau, te lo prometo.

Levantó  una  mano  y  sus  dedos  desaparecieron  bajo  el  cabello  de  ella.  Paula contuvo la respiración mientras luchaba contra el enorme deseo de apoyar la cabeza en su mano.

—Preciosa  Pau.  No  puedo  negar  que  hay  algo  entre  nosotros.  Lo  siento.  Lo  noto en tus ojos. Pero la diferencia es que hemos establecido los límites.

—No puedo acostarme contigo, Pedro—dijo casi sin pensarlo.

—Quizá un beso... —dijo con una sonrisa.

Estaban  lo  bastante  cerca  como  para  sólo  tener  que  levantar  la  barbilla  y  encontrarse con sus ojos. Era una lucha mantenerlos abiertos mientras le acariciaba el pelo.

—Un beso.

—Seguramente ya habrás besado antes.

Paula tembló por dentro. Sí, pero no mucho tiempo. No sin miedo.

—Hace tiempo.

Su  rostro  estaba  tan  cerca  que  notaba  el  aliento  en  las  mejillas.  Agarró  las  solapas de su chaqueta. Seguramente, si podía darle un primer beso, todo iría bien.

—Bésame, Paula.

Sus   miradas   se   encontraron   un   segundo.   La   estaba   esperando.   Él   había entendido  que  le  habían  hecho  daño  y  le  había  dejado  llevar  la  iniciativa.  Eso  no  lo  esperaba.  Estaba  acostumbrada  a  que  él  diese  las  órdenes,  pero  en  ese  momento  le  daba el poder y eso lo hacía más irresistible. Apoyó  la  cabeza  en  su  mano,  alzó  el  rostro  y,  con  el  corazón  en  la  garganta,  rozó sus labios.Por  un  instante  se  quedó  así,  probando.  Tenían  los  ojos  abiertos  y  la  conexión  entre  ambos  era  tan  fuerte  que  le  mecía  el  corazón.  Sus  labios  eran  cálidos,  suaves,  acogedores. Soltó la chaqueta, apoyó una mano en su corazón y notó los latidos. Ese  sencillo  movimiento  lo  cambió  todo.  Se  le  aceleró  la  respiración  y  la  mano  de Pedro le inclinó la cabeza mientras separaba los labios. Paula agitó las pestañas. El beso fue profundo pero suave, entregado lentamente a la pasión, capaz de encender el fuego.Por  primera  vez  desde  que  había  dejado  su  vida  pasada  detrás,  se  lanzó  de  cabeza  y  lo  rodeó  con  los  brazos.  Al  momento,  todo  cambió.  Él  la  atrajo  más  contra  su  cuerpo.  Su  lengua  se  hundió  en  su  boca  y  ella  languideció.  La  chaqueta  cayó  de  sus hombros y las manos de él calentaron su piel recorriéndola. Pedro interrumpió  el  beso  y  apoyó  la  frente  en  la  de  ella.  Paula salió  de  su  abrazo y de inmediato sintió el frío de la noche.

—Gracias.

—¿Gracias? —repitió él con los ojos brillantes.

Paula dió  un  paso  atrás.  Se  había  dejado  llevar  por  la  magia  del  momento  y  se  había  olvidado.  Se  suponía  que  tenía  que  estar  asustada.  Se  suponía  que  tenía  que  mantener  las  distancias.  Se  suponía  que  no  podía  ser  vulnerable.  No  podía...  sintió un gemido que subía desde el pecho. No podía permitirse sentir.

—Como tú has dicho, hay una cierta química —alzó la barbilla como retándole a contradecirla.

Él se echó a reír y le acarició una mejilla con los nudillos.

—Eres una mujer fuerte, Pau. Haces justicia al nombre de mi abuela. También era fuerte.

Paula tragó. Tras el beso estaba descubriendo a un Luca completamente nuevo. Se dió la vuelta y apoyó los codos en la balaustrada.

—Me  la  recuerdas  —hizo  una  pausa—.  ¿Por  qué  no  has  corregido  a  Caro cuando te ha llamado por el nombre completo?

—Habría sido un poco grosero. Nos acabamos de conocer.

—Pero no te importó ser grosera conmigo.

—Tú puedes soportarlo.

—Aprecio que seas amable con mi hermana. Por fastidiosa que sea ella.

Paula contuvo  la  respiración  cuando  las  manos  de  él  se  situaron  a  ambos  lados  de ella y su cuerpo se acercó.

—Paula.

Paula abrió mucho los ojos. La forma en que lo había hecho era completamente seductora.  Esa  noche  se  parecía  demasiado  al  hombre  de  sus  sueños.  Tenía  que  resistir. Aquello era una locura. Se suponía que debería tener miedo. Sentir repulsión. No podía sentir lo que sentía.La  besó  en  la  nuca  y  se  estremeció.  Inclinó  la  cabeza  sin  pensar,  para  dejarle  acceso a todo el cuello. Él la rodeó con los brazos.

—Ahora no me has corregido.

—No —dijo en un susurro.

¿Cómo explicarle que lo había pronunciado de un modo distinto?

—Me  harías  un  gran  honor  si  me  permitieras  utilizar  tu  nombre  completo,  Paula. Era el nombre de una mujer a la que quise mucho y he echado de menos su sonido.

¿Cómo negárselo? Habían ido mucho más allá de la relación laboral y no sabía cómo  había  sucedido.  Sólo  sabía  que  entre  ellos  había  una  conexión.  Que  esa  noche  habían compartido algo más que las historias de sus familias. De algún modo, entre el segundo  plato  y  ese  momento,  había  empezado  a  confiar  en  él.  Tragó,  abrió  los  ojos y se dió la vuelta dentro de su abrazo.

—Lo dices de verdad. No es una pose, ¿No?

—Mi nonna era muy especial para mí. Te habría gustado, Paula. Y tú a ella.

Paula debería haber respondido, pero Pedro inclinó la cabeza y la besó dejándola sin palabras.