—Había contratado a Candela como consultora para comprobar artefactos que me interesaban.
—Le dije a Fernando... a papá... a todo el mundo, que era una colega... no tu amante. Que debía de estar ayudándote a confirmar que una compra potencial era auténtica y no una falsificación... o comprobando su procedencia.
No había mantenido a Candela para investigar una compra, pero eso carecía de relevancia en ese momento. Pensó que Paula debía de haber pasado por un infierno... y que en ningún momento había dejado de creer en él. Había sido leal... fiel. Sin embargo, él había dudado de ella nada más regresar. Luego el rompecabezas de su secuestro había ocupado todos sus pensamientos, al tiempo que hablar de sus siniestras teorías con ella quedaba descartado. En ese momento sintió una profunda incomodidad en la boca de su estómago. Quizá Paula tenía razón. La fe ciega jamás había sido su estilo. Y debido a su entrenamiento especial, con el paso de los años el escepticismo y la desconfianza se habían convertido en una segunda naturaleza, estableciendo una fría distancia que le permitía calcular... y luego actuar con gran eficacia.Su desconfianza seguía viva y coleando. Sopesó cómo el anillo había llegado de Akam a un prestamista a kilómetros de distancia. Y quién podría haberlo fotografiado con Candela... y con qué objetivo... y si alguna vez había habido un accidente en el desierto como Paula creía con tanta claridad. O si al final se había vuelto paranoico. Y por encima de todo, la afirmación de Akam de que lo habían contratado para matarlo reverberaba en su cabeza, incrementando su creciente inquietud.
—Entonces, si no te capturaron después del accidente, ¿Qué sucedió? —preguntó Paula—. ¿Cómo llegaste a caer prisionero?
—Una noche me secuestraron en las calles de Bagdad —explicó sin emoción aparente en la voz—, en absoluto cerca del desierto.
—¿Secuestrado en la ciudad? —lo aferró por la parte superior del brazo—. Eso no suena fortuito... sugiere que eras su blanco.
—Eso parece.
Era el acertijo que lo hostigaba en la noche oscura. La pregunta que nunca había querido contestar. Descruzó los brazos y la pegó a él. Era más fácil no mirarla. Acariciarle la espalda. Sentir su calor.
—Pero mis captores eran contrabandistas... no menos peligrosos, aunque no los típicos sicarios. Luego me enteré de que tenían orden de matarme. Sin embargo, Akam, el jefe del grupo, es un canalla desconfiado. Decidió mantenerme vivo como seguro... tenía paranoia de que lo traicionaran. Por algo de la disensión que surgió entonces, deduje que el pago se había convertido en un problema. Sospecho que Akam pensó que podría ser más rentable para él como víctima de secuestro, pero a medida que pasaba el tiempo, eso demostró ser un arriesgado error de juicio. Se había puesto un precio a su propia cabeza, de modo que salvar el pellejo y mantenerse oculto pasó a ser su prioridad. Al final, como ya te he dicho, fue Akam quien me dejó ir y quien arregló que me sacaran de Irak... por una buena cantidad de dinero, desde luego, y que ya he pagado. Pero bien invertida hasta el último céntimo.
Paula temblaba en el círculo de sus brazos. Luego echó la cabeza atrás y le inspeccionó la cara.
jueves, 15 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 34
La soltó a regañadientes y ella atravesó la habitación; él la siguió escaleras abajo y la vió desaparecer en su despacho. Cuando la alcanzó, la vió detrás de su escritorio, sobre el que reposaba un estuche negro.
—¿Qué es?
—Ábrelo.Alzó la tapa y contuvo el aliento al ver lo que había en el interior.
Su anillo de boda. Los ojos de Paula brillaban.
—Pensé que podrías querer volver a llevarlo.
—Sí.
Ella sacó el anillo del estuche.
—Dame tu mano.
La emoción le provocó un nudo en la garganta al verla deslizárselo en el dedo.
—¡Y no te lo quites jamás! —añadió Paula.
—No por voluntad propia —la última vez se lo habían arrebatado, después de golpearlo duramente ante la resistencia que opuso.
Algo le dió vueltas en la cabeza. Cruzó los brazos y preguntó con cautela:
—¿Quién lo devolvió?
—Lo entregaron el año pasado a cambio de una recompensa. Un prestamista que vivía en un poblado del desierto no lejos de Bagdad, cerca del lugar del accidente que supuestamente te había costado la vida. Debió de tenerlo años. Tuve suerte de que nunca lo vendiera.
Se centró en el detalle que más le interesaba.
—¿El lugar del accidente?
—Con el todoterreno que alquilaste.
—Paula, jamás tuve un accidente con un vehículo alquilado.
Recordó el secuestro llevado a cabo por cuatro pistoleros en las calles de Bagdad, en ninguna parte cerca del desierto. La oscuridad del vacío que estaba mirando se amplió.
—Pero el investigador que contraté informó de que habías alquilado un vehículo en Kuwait para entrar en Bagdad —protestó ella, acercándose con cara desconcertada.
—Sí alquilé un vehículo —dijo él con paciencia—, pero desde luego nunca choqué con él.
—Pero... No lo entiendo.
Él tampoco. Aún. Y aunque era evidente que la conversación la estaba perturbando, necesitaba detalles de los acontecimientos que habían devastado sus vidas. Cambió de enfoque.
—¿No se te ocurrió pensar que quizá en aquel momento no había estado en el vehículo?
—¡Por supuesto! Pedí pruebas. Se me dijo que tus restos calcinados habían sido enterrados en una fosa común. Que no se podía localizar lo que quedaba de tí para fletarlo a casa.
—Esa información fue claramente errónea.
Ella respiraba entrecortadamente, su angustia palpable. Con dedos trémulos le tocó el antebrazo.
—Eso lo sé... ahora. No te habría hecho declarar muerto solo en base a eso... al principio me negué a aceptar que lo estuvieras. Pero el anillo lo cambió todo. Supe que debías estar muerto.
El dolor en los ojos de ella le hizo daño.
—¿No pensaste que podría haberme deshecho de él para conseguir dinero?
Ella movió la cabeza con férrea determinación.
—Nunca. Todo el mundo intentó decirme que habías abandonado nuestro matrimonio... y yo me negué a creerlo. Incluso cuando me mostraron fotos de tí con Candela en una cafetería en Atenas y me informaron de que también te habían visto con ella en Bagdad, confiaba en tí.
—¿Qué es?
—Ábrelo.Alzó la tapa y contuvo el aliento al ver lo que había en el interior.
Su anillo de boda. Los ojos de Paula brillaban.
—Pensé que podrías querer volver a llevarlo.
—Sí.
Ella sacó el anillo del estuche.
—Dame tu mano.
La emoción le provocó un nudo en la garganta al verla deslizárselo en el dedo.
—¡Y no te lo quites jamás! —añadió Paula.
—No por voluntad propia —la última vez se lo habían arrebatado, después de golpearlo duramente ante la resistencia que opuso.
Algo le dió vueltas en la cabeza. Cruzó los brazos y preguntó con cautela:
—¿Quién lo devolvió?
—Lo entregaron el año pasado a cambio de una recompensa. Un prestamista que vivía en un poblado del desierto no lejos de Bagdad, cerca del lugar del accidente que supuestamente te había costado la vida. Debió de tenerlo años. Tuve suerte de que nunca lo vendiera.
Se centró en el detalle que más le interesaba.
—¿El lugar del accidente?
—Con el todoterreno que alquilaste.
—Paula, jamás tuve un accidente con un vehículo alquilado.
Recordó el secuestro llevado a cabo por cuatro pistoleros en las calles de Bagdad, en ninguna parte cerca del desierto. La oscuridad del vacío que estaba mirando se amplió.
—Pero el investigador que contraté informó de que habías alquilado un vehículo en Kuwait para entrar en Bagdad —protestó ella, acercándose con cara desconcertada.
—Sí alquilé un vehículo —dijo él con paciencia—, pero desde luego nunca choqué con él.
—Pero... No lo entiendo.
Él tampoco. Aún. Y aunque era evidente que la conversación la estaba perturbando, necesitaba detalles de los acontecimientos que habían devastado sus vidas. Cambió de enfoque.
—¿No se te ocurrió pensar que quizá en aquel momento no había estado en el vehículo?
—¡Por supuesto! Pedí pruebas. Se me dijo que tus restos calcinados habían sido enterrados en una fosa común. Que no se podía localizar lo que quedaba de tí para fletarlo a casa.
—Esa información fue claramente errónea.
Ella respiraba entrecortadamente, su angustia palpable. Con dedos trémulos le tocó el antebrazo.
—Eso lo sé... ahora. No te habría hecho declarar muerto solo en base a eso... al principio me negué a aceptar que lo estuvieras. Pero el anillo lo cambió todo. Supe que debías estar muerto.
El dolor en los ojos de ella le hizo daño.
—¿No pensaste que podría haberme deshecho de él para conseguir dinero?
Ella movió la cabeza con férrea determinación.
—Nunca. Todo el mundo intentó decirme que habías abandonado nuestro matrimonio... y yo me negué a creerlo. Incluso cuando me mostraron fotos de tí con Candela en una cafetería en Atenas y me informaron de que también te habían visto con ella en Bagdad, confiaba en tí.
Eres Mía: Capítulo 33
—Sospecho que sí te ama. Mi regreso, haciendo que volviera a perderte, se lo habrá hecho descubrir.
Pero Paula lo negaba con un movimiento de cabeza.
—Nunca fui suya para que pudiera perderme. No, solo intentaba endulzar una propuesta mercenaria. Si se casaba conmigo, mi padre habría saldado todas sus deudas.
Se la veía tan angustiada que, sin importarle la atención que pudiera atraer sobre ellos, fue a ponerse en cuclillas junto a su silla y la abrazó. Ella lo rodeó con los brazos.
—Nunca en esta vida permitiré que eso suceda.
Esa era su mujer y llevaba dentro a su hijo. La oleada de posesión primitiva lo desconcertó. Lamentaba no haber hecho papilla a Hall-Lewis cuando tuvo la oportunidad. Había herido a Paula.
—Fernando es un idiota —musitó.
Paula se apoyó en él.
—Siento como si me hubiera equivocado por completo en mi evaluación de él. Era mi amigo... mi mejor amigo.
—Estoy seguro de que aún se considera tu amigo.
—Entonces, ¿Cómo puede hacerme esto?
—Fernando siempre se querrá más a sí mismo. Piensa en él como un imbécil superficial —le dio un beso en la mejilla—. El dinero lleva a los hombres a hacer las cosas más estúpidas...
Ella se secó las lágrimas y luego rio. Ladeó la cabeza.
—Pero no a tí —lo expresó con convicción.
Pedro movió la cabeza, le apartó un mechón de la cara y se sintió aliviado de ver que la expresión de angustia había desaparecido.
—Hace mucho aprendí que en la vida hay cosas más importantes que el dinero —los últimos cuatro años solo habían servido para reafirmar esa creencia. La salud, la cordura, el amor... nada de eso podía comprarse.
—Gracias por no decir ya te lo dije —murmuró Paula.
—Solo lamento no haber podido ahorrarte la experiencia de que Fernando te hiriera.
—Lo superaré. Al menos te tengo a tí... así que hay un lugar en mi corazón que está intacto. Ahora me duele el orgullo y me siento estúpida. ¿Por qué siempre confío en las personas equivocadas?
Suspirando, ella se irguió y Pedro se puso de pie.También él había traicionado su confianza. No era agradable aceptarlo. No deseaba figurar en una lista con las personas que la habían decepcionado.Volvió a su silla y preguntó:
—¿Te apetece tomar algo de postre? —ella movió la cabeza—. ¿Café?
—Cancela el café —lo miró largamente—. La cena estuvo deliciosa, pero ahora me gustaría ir a casa.
Casa.Coincidieron en eso. No había otro sitio donde Pedro deseara estar.
Habían pasado casi tres semanas desde su regreso a casa, y cada vez que volvía de la nueva oficina que había montado, seguía lleno de expectación al ver a Paula. Esa noche, después de reunirse con un oscuro exagente de las fuerzas especiales, llegaba más tarde que de costumbre. Leonardo ya se había marchado. Paula no se hallaba en la terraza ni acurrucada en el chesterfield del estudio. Subió los escalones de dos en dos. La encontró en la habitación del bebé junto a la cuna que habían comprado juntos unos días antes, colocando encima de ella un móvil compuesto de patos amarillos. No lo había oído llegar y se detuvo en la puerta, grabando en la memoria la imagen que ofrecía enfundada en unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y descalza. Dadas las preguntas que había estado formulando en las últimas semanas, se arriesgaba a liberar a los fantasmas de los monstruos enterrados en lo más hondo de su inconsciente... monstruos que sospechaba que jamás podría contener una vez que hubieran escapado.Pero necesitaba respuestas. Solo entonces podría recobrar la paz y la cordura que anhelaba y continuar con su vida con Paula. Se movió ligeramente y ella giró la cabeza. Al instante el rostro se le iluminó con una sonrisa.
—¡Pedro!
El placer que mostró derritió el frío vacío que anidaba en su interior.Fue hacia ella, la tomó en brazos y le dió un beso en el cuello.Paula enganchó los dedos en la cintura de los pantalones de su traje.
—Tengo algo para tí.
—Solo te necesito a tí.
Paula era su sol... su amor... su todo. Y su mayor temor era que encontrar las respuestas que buscaba únicamente sirviera para herirla más.
Pero Paula lo negaba con un movimiento de cabeza.
—Nunca fui suya para que pudiera perderme. No, solo intentaba endulzar una propuesta mercenaria. Si se casaba conmigo, mi padre habría saldado todas sus deudas.
Se la veía tan angustiada que, sin importarle la atención que pudiera atraer sobre ellos, fue a ponerse en cuclillas junto a su silla y la abrazó. Ella lo rodeó con los brazos.
—Nunca en esta vida permitiré que eso suceda.
Esa era su mujer y llevaba dentro a su hijo. La oleada de posesión primitiva lo desconcertó. Lamentaba no haber hecho papilla a Hall-Lewis cuando tuvo la oportunidad. Había herido a Paula.
—Fernando es un idiota —musitó.
Paula se apoyó en él.
—Siento como si me hubiera equivocado por completo en mi evaluación de él. Era mi amigo... mi mejor amigo.
—Estoy seguro de que aún se considera tu amigo.
—Entonces, ¿Cómo puede hacerme esto?
—Fernando siempre se querrá más a sí mismo. Piensa en él como un imbécil superficial —le dio un beso en la mejilla—. El dinero lleva a los hombres a hacer las cosas más estúpidas...
Ella se secó las lágrimas y luego rio. Ladeó la cabeza.
—Pero no a tí —lo expresó con convicción.
Pedro movió la cabeza, le apartó un mechón de la cara y se sintió aliviado de ver que la expresión de angustia había desaparecido.
—Hace mucho aprendí que en la vida hay cosas más importantes que el dinero —los últimos cuatro años solo habían servido para reafirmar esa creencia. La salud, la cordura, el amor... nada de eso podía comprarse.
—Gracias por no decir ya te lo dije —murmuró Paula.
—Solo lamento no haber podido ahorrarte la experiencia de que Fernando te hiriera.
—Lo superaré. Al menos te tengo a tí... así que hay un lugar en mi corazón que está intacto. Ahora me duele el orgullo y me siento estúpida. ¿Por qué siempre confío en las personas equivocadas?
Suspirando, ella se irguió y Pedro se puso de pie.También él había traicionado su confianza. No era agradable aceptarlo. No deseaba figurar en una lista con las personas que la habían decepcionado.Volvió a su silla y preguntó:
—¿Te apetece tomar algo de postre? —ella movió la cabeza—. ¿Café?
—Cancela el café —lo miró largamente—. La cena estuvo deliciosa, pero ahora me gustaría ir a casa.
Casa.Coincidieron en eso. No había otro sitio donde Pedro deseara estar.
Habían pasado casi tres semanas desde su regreso a casa, y cada vez que volvía de la nueva oficina que había montado, seguía lleno de expectación al ver a Paula. Esa noche, después de reunirse con un oscuro exagente de las fuerzas especiales, llegaba más tarde que de costumbre. Leonardo ya se había marchado. Paula no se hallaba en la terraza ni acurrucada en el chesterfield del estudio. Subió los escalones de dos en dos. La encontró en la habitación del bebé junto a la cuna que habían comprado juntos unos días antes, colocando encima de ella un móvil compuesto de patos amarillos. No lo había oído llegar y se detuvo en la puerta, grabando en la memoria la imagen que ofrecía enfundada en unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y descalza. Dadas las preguntas que había estado formulando en las últimas semanas, se arriesgaba a liberar a los fantasmas de los monstruos enterrados en lo más hondo de su inconsciente... monstruos que sospechaba que jamás podría contener una vez que hubieran escapado.Pero necesitaba respuestas. Solo entonces podría recobrar la paz y la cordura que anhelaba y continuar con su vida con Paula. Se movió ligeramente y ella giró la cabeza. Al instante el rostro se le iluminó con una sonrisa.
—¡Pedro!
El placer que mostró derritió el frío vacío que anidaba en su interior.Fue hacia ella, la tomó en brazos y le dió un beso en el cuello.Paula enganchó los dedos en la cintura de los pantalones de su traje.
—Tengo algo para tí.
—Solo te necesito a tí.
Paula era su sol... su amor... su todo. Y su mayor temor era que encontrar las respuestas que buscaba únicamente sirviera para herirla más.
jueves, 8 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 32
A las cinco encontró a Pedro en la galería larga, examinando su tigre. Vestido con un traje de Cesare Antolini, permanecía quieto mientras ella se acercaba por detrás, con los tacones resonando en el suelo de mármol. Se detuvo a su lado y lo miró.
—Es magnífico, ¿No te parece? —y no solo hablaba del tigre de piedra.
—Una reliquia de otro tiempo —comentó absorto—. Es fiero y espléndido, con una dignidad real.
—Noble.
—Sí —Pedro guardó silencio ante esa criatura tallada hacía un par de miles de años.
—A veces me pregunto si no sería más sencillo vivir en su mundo —indicó Paula—. Sin otra preocupación que encontrar agua y alimento, y una compañera para transmitir sus genes a sus cachorros antes de volver a seguir su camino.
—Instintos directos —la miró con ojos que transmitían masculinidad—. Sexo, supervivencia, hambre, sed.
—¡Exacto! —Paula sonrió.
—Matando solo por comida. Sin necesidad de pensar en la codicia, las mentiras y los engaños.
Ella se sintió perdida.
—¿A qué te refieres? —desde que antes viera a Fernando, en su estómago había flotado una sensación de náusea. Remordimiento. Culpa por la mentira del compromiso.
—Nada —él sonrió—. Filosofía hueca.
Y Paula se sintió aliviada. Pedro posó la vista en el pequeño bulto de su bebé antes de volver a mirarla a la cara con expresión inescrutable.
—Siempre supe que eras hermosa... pero ahora resplandeces.
Las palabras suaves expulsaron de su mente los rescoldos fríos de la conversación con Ferando. Se sintió bendecida. Pedro había vuelto. Su bebé crecía. Al fin iban a ser una familia.Pasó el brazo por el de su esposo y tiró de él hacia la salida.
—¿Adónde vamos a ir a cenar?
—Cerca. Fui a lo seguro y reservé una mesa en Fives, en la Quinta Avenida.
—La comida allí siempre es deliciosa.
El espacioso salón de Fives, con sus mesas cuidadosamente distribuidas, proporcionaba el grado perfecto de intimidad .Sin embargo, y a pesar de la conversación fluida entre ellos, Pedro sabía que algo atribulaba a Paula. Después de terminar con el solomillo, le preguntó:
—¿Qué sucede?
—Tenías razón —respondió, dejando los cubiertos en el plato—. Tal como dijiste, Fernando se encuentra en problemas financieros. Pensó que me divorciaría de tí... y me casaría con él.
Los músculos de Pedro experimentaron una tensión eléctrica.
—Eso jamás va a suceder.
—Lo sé —Paula emitió una risa a medias—. Así se lo dije a Fernando.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó después de que el camarero retirara los platos.
—Intentó hacerme creer que me amaba.
El dolor en la voz de Paula retorció las entrañas de Pedro. Se encontraba ante un momento para la verdad. Costaba vocalizar lo que habría preferido mantener oculto. Pero ella se merecía más.
—Es magnífico, ¿No te parece? —y no solo hablaba del tigre de piedra.
—Una reliquia de otro tiempo —comentó absorto—. Es fiero y espléndido, con una dignidad real.
—Noble.
—Sí —Pedro guardó silencio ante esa criatura tallada hacía un par de miles de años.
—A veces me pregunto si no sería más sencillo vivir en su mundo —indicó Paula—. Sin otra preocupación que encontrar agua y alimento, y una compañera para transmitir sus genes a sus cachorros antes de volver a seguir su camino.
—Instintos directos —la miró con ojos que transmitían masculinidad—. Sexo, supervivencia, hambre, sed.
—¡Exacto! —Paula sonrió.
—Matando solo por comida. Sin necesidad de pensar en la codicia, las mentiras y los engaños.
Ella se sintió perdida.
—¿A qué te refieres? —desde que antes viera a Fernando, en su estómago había flotado una sensación de náusea. Remordimiento. Culpa por la mentira del compromiso.
—Nada —él sonrió—. Filosofía hueca.
Y Paula se sintió aliviada. Pedro posó la vista en el pequeño bulto de su bebé antes de volver a mirarla a la cara con expresión inescrutable.
—Siempre supe que eras hermosa... pero ahora resplandeces.
Las palabras suaves expulsaron de su mente los rescoldos fríos de la conversación con Ferando. Se sintió bendecida. Pedro había vuelto. Su bebé crecía. Al fin iban a ser una familia.Pasó el brazo por el de su esposo y tiró de él hacia la salida.
—¿Adónde vamos a ir a cenar?
—Cerca. Fui a lo seguro y reservé una mesa en Fives, en la Quinta Avenida.
—La comida allí siempre es deliciosa.
El espacioso salón de Fives, con sus mesas cuidadosamente distribuidas, proporcionaba el grado perfecto de intimidad .Sin embargo, y a pesar de la conversación fluida entre ellos, Pedro sabía que algo atribulaba a Paula. Después de terminar con el solomillo, le preguntó:
—¿Qué sucede?
—Tenías razón —respondió, dejando los cubiertos en el plato—. Tal como dijiste, Fernando se encuentra en problemas financieros. Pensó que me divorciaría de tí... y me casaría con él.
Los músculos de Pedro experimentaron una tensión eléctrica.
—Eso jamás va a suceder.
—Lo sé —Paula emitió una risa a medias—. Así se lo dije a Fernando.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó después de que el camarero retirara los platos.
—Intentó hacerme creer que me amaba.
El dolor en la voz de Paula retorció las entrañas de Pedro. Se encontraba ante un momento para la verdad. Costaba vocalizar lo que habría preferido mantener oculto. Pero ella se merecía más.
Eres Mía: Capítulo 31
—¡No! —empezó a quitárselo, pero Fernando le cubrió la mano con la suya.
Su mirada era solemne.
—Te compré ese anillo hace semanas... antes de que apareciera tu marido. Quiero que te divorcies de Pedro. Quiero casarme contigo. Pau, te amo... siempre te he amado.
Lo miró consternada. Con disimulo ella observó alrededor para comprobar si alguien los había oído, pero por suerte nadie prestaba atención a la mesa que ocupaban en el rincón.
—Nunca lo imaginé —le dijo.
¿Cómo había estado tan ciega?
—Soñaba con que algún día me mirarías y sabrías que era el único hombre para tí.
—Oh, Fernando...Qué insensible había sido.
Todos esos años en que lo había tratado como a un hermano, un amigo. Cuánto debía de haber sufrido. Se había enamorado de Pedro... y había dejado a Fernando para que le comunicara a su padre su boda en Las Vegas. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego le había dicho a Pedro que iba a casarse con Fernando....Por primera vez, sintió desagrado hacia sí misma. Abrió los ojos y tomó las manos de Fernando.
—Lo siento tanto. Debes considerarme muy egoísta.
—¿Tú no me amas?
Paula movió la cabeza despacio.
—No del modo en que mereces ser amado. Ojalá fuera distinto —le apretó los dedos con suavidad antes de soltárselos y quitarse el anillo—. No puedo llevarlo.
La sonrisa valiente que le ofreció Fernando casi le partió el corazón.
—Lo que tenemos podría ser muy bueno... Te conozco de toda la vida.
—Fernando...
—No te precipites, Pau—sus ojos revelaron el primer indicio de la irritación que sentía. Pero desapareció tan pronto que pareció imaginario—. Si estás esperando a Pedro, cometes un error.
Paula se dijo que Fernando sufría, que era lógico que atacara a Pedro.
—Él es el padre de mi hijo —repuso al final.
—Es un canalla frío y peligroso.
Por su mente pasaron imágenes del fin de semana. La gentileza de Pedro... su alegría... sus lágrimas.
—Piensa en todo lo que podríamos compartir. Tu padre estaría encantado... y el mío bailaría en su tumba. La fusión de dos dinastías.
—¿Dinastías? —el término ampuloso la alertó—. ¿Es por dinero? Por favor, dime que el rumor de tus problemas financieros no es cierto.
—¿Quién te ha hablado de ello?
Al verle la cara supo que Pedro tenía razón.
—¿Por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado con un préstamo para salir de apuros.
—Oh, Paula—sonrió con pesar—solo habría sido la punta del iceberg.
—Le podría haber pedido a mi padre que te respaldara.
—Tu padre está al corriente. Si te casaras conmigo... —miró su vientre, que ya empezaba a manifestarse— y criáramos juntos a tu hijo, estaba dispuesto a saldar todas mis deudas.
—¿Mi padre te dijo eso?
—Tu padre me aprecia... siempre ha querido que nos casáramos.
La afirmación sonaba a cierta. Pero ofrecerse a pagar las deudas de Fernando para casarse con ella... Se sintió traicionada. Abrió el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares que dejó en la mesa para cubrir lo consumido, luego se puso de pie. Cuando Fernando amagó con hablar, ella movió la cabeza y dijo:
—Adiós, Fernando.
Su mirada era solemne.
—Te compré ese anillo hace semanas... antes de que apareciera tu marido. Quiero que te divorcies de Pedro. Quiero casarme contigo. Pau, te amo... siempre te he amado.
Lo miró consternada. Con disimulo ella observó alrededor para comprobar si alguien los había oído, pero por suerte nadie prestaba atención a la mesa que ocupaban en el rincón.
—Nunca lo imaginé —le dijo.
¿Cómo había estado tan ciega?
—Soñaba con que algún día me mirarías y sabrías que era el único hombre para tí.
—Oh, Fernando...Qué insensible había sido.
Todos esos años en que lo había tratado como a un hermano, un amigo. Cuánto debía de haber sufrido. Se había enamorado de Pedro... y había dejado a Fernando para que le comunicara a su padre su boda en Las Vegas. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego le había dicho a Pedro que iba a casarse con Fernando....Por primera vez, sintió desagrado hacia sí misma. Abrió los ojos y tomó las manos de Fernando.
—Lo siento tanto. Debes considerarme muy egoísta.
—¿Tú no me amas?
Paula movió la cabeza despacio.
—No del modo en que mereces ser amado. Ojalá fuera distinto —le apretó los dedos con suavidad antes de soltárselos y quitarse el anillo—. No puedo llevarlo.
La sonrisa valiente que le ofreció Fernando casi le partió el corazón.
—Lo que tenemos podría ser muy bueno... Te conozco de toda la vida.
—Fernando...
—No te precipites, Pau—sus ojos revelaron el primer indicio de la irritación que sentía. Pero desapareció tan pronto que pareció imaginario—. Si estás esperando a Pedro, cometes un error.
Paula se dijo que Fernando sufría, que era lógico que atacara a Pedro.
—Él es el padre de mi hijo —repuso al final.
—Es un canalla frío y peligroso.
Por su mente pasaron imágenes del fin de semana. La gentileza de Pedro... su alegría... sus lágrimas.
—Piensa en todo lo que podríamos compartir. Tu padre estaría encantado... y el mío bailaría en su tumba. La fusión de dos dinastías.
—¿Dinastías? —el término ampuloso la alertó—. ¿Es por dinero? Por favor, dime que el rumor de tus problemas financieros no es cierto.
—¿Quién te ha hablado de ello?
Al verle la cara supo que Pedro tenía razón.
—¿Por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado con un préstamo para salir de apuros.
—Oh, Paula—sonrió con pesar—solo habría sido la punta del iceberg.
—Le podría haber pedido a mi padre que te respaldara.
—Tu padre está al corriente. Si te casaras conmigo... —miró su vientre, que ya empezaba a manifestarse— y criáramos juntos a tu hijo, estaba dispuesto a saldar todas mis deudas.
—¿Mi padre te dijo eso?
—Tu padre me aprecia... siempre ha querido que nos casáramos.
La afirmación sonaba a cierta. Pero ofrecerse a pagar las deudas de Fernando para casarse con ella... Se sintió traicionada. Abrió el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares que dejó en la mesa para cubrir lo consumido, luego se puso de pie. Cuando Fernando amagó con hablar, ella movió la cabeza y dijo:
—Adiós, Fernando.
Eres Mía: Capítulo 30
—¿Quieres hacerme el amor aquí? ¿En la ducha?
Pero primero debía decirle que le creía. Antes de volver a tocarla de un modo que los uniría para siempre.Su desconfianza... había estado equivocado.Tenía que compensárselo.
—No puedo dejar de pensar... —le acarició el estómago mojado. La curva había crecido desde aquella primera noche en la exposición—. En el bebé.
—¿Y? —bajó las manos de su cara y se puso rígida.
—¡No pongas esa cara! —apoyó las dos manos en su vientre y centró la atención en esa nueva vida que tenía entre las manos—. Te creo.
Ella mostró sorpresa.
—¿Aceptas que mi bebé es hijo tuyo?
Le acarició el vientre con las yemas de los dedos. Hubo un movimiento leve bajo sus manos. El corazón le dió un vuelco. Miró a Paula a los ojos cautelosos.
—Creo que los dos sabemos que soy demasiado analítico y escéptico como para haber aceptado alguna vez al bebé sin una explicación razonable. Pero no pienso exigir análisis de ADN ni informes sobre la inseminación... te mereces algo mejor. Mi confianza. Que te crea por el único motivo de que lo dices tú.
—Lo es. Y siendo tu esposa, tu viuda, no surgió ningún problema para retirar... el depósito.
—Sé que este es mi bebé —afirmó él al sentir que se movía otra vez. Deslizó las manos hasta su trasero y la alzó en brazos. Luego cerró el agua—. Ya hemos hablado bastante. Es hora de volver al dormitorio.
Cuando el lunes bajó a desayunar, su vida había cambiado para siempre.La mesa redonda exhibía un mantel con girasoles y estaba puesta para una persona. No había rastro de Paula. No había esperado encontrarla, ya que según su nuevo teléfono móvil, eran casi las nueve.Pero como durante todas las mañanas, su primer pensamiento había sido para ella. Paula. Sacó el móvil del bolsillo y la llamó. Contestó al instante y la voz se alegró al oír la suya.
—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó con voz ronca.
—Sería estupendo. Oh, aguarda un momento —hubo una pausa—. Pedro, he de irme. Ariel dice que ha llegado el equipo de televisión que nos va a entrevistar. El festival del museo se encuentra tan próximo que todo sucede a la vez. No puedo hablar ahora. Te veo luego.
—Bien. Estaré en el museo a las cinco.
—Primero debería ir a casa a cambiarme.
Al dejar el teléfono, vio que había mensajes. Los escuchó. Uno en particular despertó su interés. Cuando Leonardo llegó con un plato de tortitas, ya había apuntado el lugar y la hora de encuentro con su contacto.
—Te he estado llamando todo el fin de semana.
Alzó la vista de la última prueba del cuidado programa del museo para el festival y vió a Fernando apoyado en la puerta de su despacho.
—Te dejé mensajes —continuó él ofendido—. Nunca me los devolviste.
El fin de semana había sido una evasión maravillosa para que Pedro y ella se redescubrieran y pusieran los cimientos para su futuro.
—Recibí tus mensajes... —hubo una pausa incómoda—. Pero ha sido una mañana de locos con el festival a la vuelta de la esquina —añadió con un argumento de poco peso.
Fernando entró y se situó delante de la mesa.
—Te invito a comer.
—Hoy no tengo tiempo —hizo una mueca. Cada momento que ganara sería para escaparse a cenar con Pedro. Pero necesitaba hablar con Fernando y explicarle que ya no hacía falta ninguna mentira... que Pedro conocía la verdad. Miró su reloj de pulsera—. Puedo hacer un descanso para tomar un café abajo en el patio.
Cinco minutos más tarde encontraban una mesa en un rincón del ajetreado patio.
—¿No es precioso? —comentó Paula cuando les llevaron el pedido.
Fernando se hallaba demasiado ocupado sacando algo del bolsillo como para responder. Al erguirse, dijo:
—Quería traerte a comer para darte esto.
Eso resultó ser un refulgente solitario de al menos dos quilates.
—No puedo aceptarlo, Fernando.
—¿Porque Pedro regresó de entre los muertos?
—No puedo aceptar casarme contigo mientras aún estoy casada con otro hombre.
—Unos días atrás te hizo feliz fingir que íbamos a casarnos.
—Fue una mentira estúpida... injusta tanto para tí como para Pedro—e indigna de ella. Solo había sido un arrebato para herirlo. Todo se había debido a su furia... y a su condenado orgullo. Suspiró—. Jamás debí haberte enredado en esto.
Fernando adelantó el torso.
—Divórciate de Pedro... cásate conmigo. Yo siempre estaré ahí para ti. Y nunca te abandonaría. Sería estupendo. Compartiríamos lo que siempre hemos compartido y le daría un padre a tu bebé. Podemos lograr que funcione.
Sin aguardar su respuesta, le tomó la mano y le puso el anillo en el dedo, en la marca vacía donde había estado el anillo de Pedro hasta que se lo había quitado... y lo había perdido.Lo sintió estrecho e incómodo...
Pero primero debía decirle que le creía. Antes de volver a tocarla de un modo que los uniría para siempre.Su desconfianza... había estado equivocado.Tenía que compensárselo.
—No puedo dejar de pensar... —le acarició el estómago mojado. La curva había crecido desde aquella primera noche en la exposición—. En el bebé.
—¿Y? —bajó las manos de su cara y se puso rígida.
—¡No pongas esa cara! —apoyó las dos manos en su vientre y centró la atención en esa nueva vida que tenía entre las manos—. Te creo.
Ella mostró sorpresa.
—¿Aceptas que mi bebé es hijo tuyo?
Le acarició el vientre con las yemas de los dedos. Hubo un movimiento leve bajo sus manos. El corazón le dió un vuelco. Miró a Paula a los ojos cautelosos.
—Creo que los dos sabemos que soy demasiado analítico y escéptico como para haber aceptado alguna vez al bebé sin una explicación razonable. Pero no pienso exigir análisis de ADN ni informes sobre la inseminación... te mereces algo mejor. Mi confianza. Que te crea por el único motivo de que lo dices tú.
—Lo es. Y siendo tu esposa, tu viuda, no surgió ningún problema para retirar... el depósito.
—Sé que este es mi bebé —afirmó él al sentir que se movía otra vez. Deslizó las manos hasta su trasero y la alzó en brazos. Luego cerró el agua—. Ya hemos hablado bastante. Es hora de volver al dormitorio.
Cuando el lunes bajó a desayunar, su vida había cambiado para siempre.La mesa redonda exhibía un mantel con girasoles y estaba puesta para una persona. No había rastro de Paula. No había esperado encontrarla, ya que según su nuevo teléfono móvil, eran casi las nueve.Pero como durante todas las mañanas, su primer pensamiento había sido para ella. Paula. Sacó el móvil del bolsillo y la llamó. Contestó al instante y la voz se alegró al oír la suya.
—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó con voz ronca.
—Sería estupendo. Oh, aguarda un momento —hubo una pausa—. Pedro, he de irme. Ariel dice que ha llegado el equipo de televisión que nos va a entrevistar. El festival del museo se encuentra tan próximo que todo sucede a la vez. No puedo hablar ahora. Te veo luego.
—Bien. Estaré en el museo a las cinco.
—Primero debería ir a casa a cambiarme.
Al dejar el teléfono, vio que había mensajes. Los escuchó. Uno en particular despertó su interés. Cuando Leonardo llegó con un plato de tortitas, ya había apuntado el lugar y la hora de encuentro con su contacto.
—Te he estado llamando todo el fin de semana.
Alzó la vista de la última prueba del cuidado programa del museo para el festival y vió a Fernando apoyado en la puerta de su despacho.
—Te dejé mensajes —continuó él ofendido—. Nunca me los devolviste.
El fin de semana había sido una evasión maravillosa para que Pedro y ella se redescubrieran y pusieran los cimientos para su futuro.
—Recibí tus mensajes... —hubo una pausa incómoda—. Pero ha sido una mañana de locos con el festival a la vuelta de la esquina —añadió con un argumento de poco peso.
Fernando entró y se situó delante de la mesa.
—Te invito a comer.
—Hoy no tengo tiempo —hizo una mueca. Cada momento que ganara sería para escaparse a cenar con Pedro. Pero necesitaba hablar con Fernando y explicarle que ya no hacía falta ninguna mentira... que Pedro conocía la verdad. Miró su reloj de pulsera—. Puedo hacer un descanso para tomar un café abajo en el patio.
Cinco minutos más tarde encontraban una mesa en un rincón del ajetreado patio.
—¿No es precioso? —comentó Paula cuando les llevaron el pedido.
Fernando se hallaba demasiado ocupado sacando algo del bolsillo como para responder. Al erguirse, dijo:
—Quería traerte a comer para darte esto.
Eso resultó ser un refulgente solitario de al menos dos quilates.
—No puedo aceptarlo, Fernando.
—¿Porque Pedro regresó de entre los muertos?
—No puedo aceptar casarme contigo mientras aún estoy casada con otro hombre.
—Unos días atrás te hizo feliz fingir que íbamos a casarnos.
—Fue una mentira estúpida... injusta tanto para tí como para Pedro—e indigna de ella. Solo había sido un arrebato para herirlo. Todo se había debido a su furia... y a su condenado orgullo. Suspiró—. Jamás debí haberte enredado en esto.
Fernando adelantó el torso.
—Divórciate de Pedro... cásate conmigo. Yo siempre estaré ahí para ti. Y nunca te abandonaría. Sería estupendo. Compartiríamos lo que siempre hemos compartido y le daría un padre a tu bebé. Podemos lograr que funcione.
Sin aguardar su respuesta, le tomó la mano y le puso el anillo en el dedo, en la marca vacía donde había estado el anillo de Pedro hasta que se lo había quitado... y lo había perdido.Lo sintió estrecho e incómodo...
Eres Mía: Capítulo 29
Lo despertó un pájaro carpintero que martilleaba el nogal que había más allá de la ventana.A su lado, Paula no se movió. Giró y se apoyó en un codo, observándola a medida que el día se iluminaba. Finalmente, ella abrió los ojos, que reflejaron sorpresa y también júbilo. Y algo más...Entonces, antes de que él pudiera volver a refugiarse detrás de sus muros, ella soltó:
—Por la noche... sentí tu mano sobre mi estómago —giró hacia él y alargó la mano—. Pedro, debes saber el bebé no es de Fernando.
Pedro tembló. No quería hablar de nada que pudiera aportar discordia...
—Jamás ahondaré en las circunstancias de la concepción de tu hijo. Soy capaz de entender cómo pudo haber sucedido. Debiste sentirte sola.
—¡Aguarda!
Paula se levantó de la cama y Pedro no logró evitar admirar la belleza de sus curvas desnudas.Abrió las puertas del armario. Segundos después, él oyó la caja fuerte. Extrajo un sobre de papel de manila y lo abrió. Con una única hoja en la mano, fue hacia él. Volvió a acostarse en la cama y se la entregó; luego se cubrió la desnudez.
—No necesito...
—Sí.
Él miró la hoja impresa y su firma al pie.
—¿Qué tiene esto que...?
—¡Mírala!
Leyó el encabezado.Acuerdo de Almacenamiento del Cliente Donante.Mientras procesaba las posibilidades, alzó la mirada hacia ella con incredulidad.
—¿Qué intentas decirme?
—Tú eres el padre del bebé.
—Imposible —afirmó sin convicción. Agitó el documento—. ¿De dónde sacaste esto?
—Lo encontré entre los papeles de tu despacho cuando los repasaba... —tragó saliva— el año pasado después de recibir tu anillo. Supe que había llegado el momento de finalizar... cosas.
—¡Cielos!
—Encontrarlo entonces me pareció como si estuviera predestinado. Me proporcionó un objetivo en el desamparo que sentía. Y concebí de inmediato.
Años atrás, la primera vez que había tomado en consideración almacenar su esperma, le había parecido fatalista. No podía excluir la posibilidad de servir en una región donde la guerra química pudiera llegar a afectar su salud. Había sido un seguro... para el futuro. Por si acaso. Pero eso...No podía asimilarlo.
—Vas a tener que dejar que lo asimile —comentó al rato.
—La fe ciega jamás fue tu estilo —confirmó ella con un suspiro—. Y, por supuesto, querrás que me someta a una prueba de paternidad... también te aportaré la documentación de la inseminación artificial. Luego. Ahora, si me disculpas, voy a darme una ducha.
Pedro fue directamente hacia la ducha a través del vapor que nublaba el cuarto de baño. Sin vacilar, entró en el cubículo.Los ojos verdes que se alzaron para mirarlo brillaban por las lágrimas.
—¡No llores! —la abrazó con fuerza y el agua cayó sobre ambos.
—No lloro —se arrebujó contra su pecho.
—Pues me habrías engañado muy bien.
—Pedro—levantó la cara—, he perdido mi anillo...
Era lo último que habría esperado. Y resultaba evidente que eso la afectaba mucho. Pero la pérdida explicaba por qué no lo llevaba puesto.
—Shhh. Te compraré otro.
—No será lo mismo —soltó un sollozo—. Me lo quité para lavarme las manos y lo dejé en los aseos de mujeres en el museo. Al regresar, ya no estaba.
No permitió que dijera otra palabra. Le reclamó la boca. Probó sus lágrimas. Al final dijo:
—¡Paula!
Ella echó la cara hacia atrás y el agua cayó sobre sus mejillas, llevándose las lágrimas.
—¿Sí?
—Acabas conmigo —gimió.
—Y aún no he empezado —con el dedo índice jugueteó con su labio inferior.
—¡Para! —pero Paula se puso de puntillas hasta que pudo verle las motas doradas que hacía que sus ojos verdes brillaran con luminosa intensidad—. Antes... —titubeó— antes de que lamentes no hablar más primero.
—No lo lamentaré —le aseguró, acariciándole las mejillas—. Podemos hablar luego. Has perdido peso. No solías tener tan definidos los pómulos. Pero he de reconocer que me gusta. Es increíblemente sexy.
Él gruñó. Paula rió. Y con una oleada de anhelo, Pedro supo que amaba a esa mujer... con todo su corazón.
—Deberíamos...
—¿Ir al dormitorio? —Pedro gimió.
Se aferró a él.
—Por la noche... sentí tu mano sobre mi estómago —giró hacia él y alargó la mano—. Pedro, debes saber el bebé no es de Fernando.
Pedro tembló. No quería hablar de nada que pudiera aportar discordia...
—Jamás ahondaré en las circunstancias de la concepción de tu hijo. Soy capaz de entender cómo pudo haber sucedido. Debiste sentirte sola.
—¡Aguarda!
Paula se levantó de la cama y Pedro no logró evitar admirar la belleza de sus curvas desnudas.Abrió las puertas del armario. Segundos después, él oyó la caja fuerte. Extrajo un sobre de papel de manila y lo abrió. Con una única hoja en la mano, fue hacia él. Volvió a acostarse en la cama y se la entregó; luego se cubrió la desnudez.
—No necesito...
—Sí.
Él miró la hoja impresa y su firma al pie.
—¿Qué tiene esto que...?
—¡Mírala!
Leyó el encabezado.Acuerdo de Almacenamiento del Cliente Donante.Mientras procesaba las posibilidades, alzó la mirada hacia ella con incredulidad.
—¿Qué intentas decirme?
—Tú eres el padre del bebé.
—Imposible —afirmó sin convicción. Agitó el documento—. ¿De dónde sacaste esto?
—Lo encontré entre los papeles de tu despacho cuando los repasaba... —tragó saliva— el año pasado después de recibir tu anillo. Supe que había llegado el momento de finalizar... cosas.
—¡Cielos!
—Encontrarlo entonces me pareció como si estuviera predestinado. Me proporcionó un objetivo en el desamparo que sentía. Y concebí de inmediato.
Años atrás, la primera vez que había tomado en consideración almacenar su esperma, le había parecido fatalista. No podía excluir la posibilidad de servir en una región donde la guerra química pudiera llegar a afectar su salud. Había sido un seguro... para el futuro. Por si acaso. Pero eso...No podía asimilarlo.
—Vas a tener que dejar que lo asimile —comentó al rato.
—La fe ciega jamás fue tu estilo —confirmó ella con un suspiro—. Y, por supuesto, querrás que me someta a una prueba de paternidad... también te aportaré la documentación de la inseminación artificial. Luego. Ahora, si me disculpas, voy a darme una ducha.
Pedro fue directamente hacia la ducha a través del vapor que nublaba el cuarto de baño. Sin vacilar, entró en el cubículo.Los ojos verdes que se alzaron para mirarlo brillaban por las lágrimas.
—¡No llores! —la abrazó con fuerza y el agua cayó sobre ambos.
—No lloro —se arrebujó contra su pecho.
—Pues me habrías engañado muy bien.
—Pedro—levantó la cara—, he perdido mi anillo...
Era lo último que habría esperado. Y resultaba evidente que eso la afectaba mucho. Pero la pérdida explicaba por qué no lo llevaba puesto.
—Shhh. Te compraré otro.
—No será lo mismo —soltó un sollozo—. Me lo quité para lavarme las manos y lo dejé en los aseos de mujeres en el museo. Al regresar, ya no estaba.
No permitió que dijera otra palabra. Le reclamó la boca. Probó sus lágrimas. Al final dijo:
—¡Paula!
Ella echó la cara hacia atrás y el agua cayó sobre sus mejillas, llevándose las lágrimas.
—¿Sí?
—Acabas conmigo —gimió.
—Y aún no he empezado —con el dedo índice jugueteó con su labio inferior.
—¡Para! —pero Paula se puso de puntillas hasta que pudo verle las motas doradas que hacía que sus ojos verdes brillaran con luminosa intensidad—. Antes... —titubeó— antes de que lamentes no hablar más primero.
—No lo lamentaré —le aseguró, acariciándole las mejillas—. Podemos hablar luego. Has perdido peso. No solías tener tan definidos los pómulos. Pero he de reconocer que me gusta. Es increíblemente sexy.
Él gruñó. Paula rió. Y con una oleada de anhelo, Pedro supo que amaba a esa mujer... con todo su corazón.
—Deberíamos...
—¿Ir al dormitorio? —Pedro gimió.
Se aferró a él.
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