Su insensibilidad hizo que se pusiera rígida.
—No hay ninguna prueba de eso.
—Viste fotografías de una mujer joven y hermosa que no podía quitarle las manos de encima —emitió un bufido de disgusto—. ¿Qué más necesitas? Engáñate todo lo que quieras, pero en algún momento tendrás que enfrentarte a la verdad.
Sintió que la atravesaba un aguijonazo de celos.
—Papá, los mismos investigadores dijeron que Pedro había muerto en un accidente de coche y que los lugareños habían confirmado que su cuerpo había sido arrojado a una fosa común. Es evidente que también se equivocaron con eso —sin embargo, en ese momento el mismo Pedro le había causado dudas...
—Pequeña... —con incomodidad, su padre apoyó una mano encima de la suya— lamento mucho que tengas que pasar por esto, que tengas que revivir toda la desdicha...
Sintió lágrimas en las comisuras de los ojos e intentó convencerse de que eran lágrimas de felicidad porque Pedro estuviera vivo, pero después de la escena anterior que habían tenido, sospechaba que el futuro le deparaba un camino rocoso y con obstáculos. Miguel le apretó la mano y la estudió.
—¿Qué hacía tu madre en el museo?
Paula giró la cabeza con brusquedad.
—¿Estuvo allí? No la ví.
—¿No la invitaste tú?
—¡No! Jamás haría eso sin hablarlo primero contigo.
La expresión sombría en la boca de su padre se relajó un poco.
—Bien. Le dije que se marchara.
Paula luchó por hacer caso omiso de la sensación que tenía en el estómago provocada por la noticia de su madre. De inmediato, se dijo que ya no era la niña de diez años a la que había abandonado.Había sido un día largo y le dolían los pies. El día siguiente sería diferente. Mejor. Pedro habría tenido la oportunidad de superar la conmoción inicial. Hablarían. Le explicaría por qué el bebé era tan importante para ella.Y lo entendería. Aunque con la vista clavada en el exterior oscuro a través de la ventanilla, por primera vez, en su mente aleteó la idea de que tal vez no lo hiciera.
A la mañana siguiente, Pedro entró en el Museo de Antigüedades lleno de frustración. Subió las escaleras de dos en dos peldaños. Las puertas de cristal que daban a la zona ejecutiva se abrieron ante él, así que continuó hasta llegar a la puerta de cristal del despacho de Paula. Podía verla hablar por teléfono y escribir en un blog. Lo invadió la suspicacia y se preguntó si estaría hablando con su amante, el padre del hijo que esperaba. Se relajó un poco al ver que su postura no era coqueta. Empujó la puerta y aunque no hizo ningún ruido, al instante, los ojos de ella se clavaron en él y la tensión llenó el amplio espacio.
—He de dejarte —murmuró ella al auricular—. Hablamos luego, cariño.
Una amiga. Ninguna mujer llamaba a su amante cariño. Apaciguada su desconfianza, miró alrededor del despacho nuevo de su esposa. Libros de arte, una alfombra mullida, un moderno sillón LeCorbusier. Se acercó al ventanal y contempló el patio de abajo, lleno de estatuas.
—Muy agradable —alabó.
—Gracias. Llevo aquí tres años y me sigue gustando.
Tres años. Entonces, no había habido nada parecido a un nuevo ascenso. Resaltaba cuánto se había perdido de la vida de Paula. Había sido unos tres años atrás cuando sus captores se habían puesto nerviosos. En mitad de la noche habían llegado vehículos al campamento y se habían producido las reuniones. Pero él había oído las discusiones, la voz de Akam resonando por encima de las demás. Unas noches después, lo habían despertado y metido en un coche, con un guardia a cada lado y Akam, como líder del grupo, sentado al lado del conductor, con una AK—47 apoyada en el regazo. El viaje había sido tenso, pero no habían sufrido bloqueo alguno ni habían visto a ningún soldado de la coalición. El emplazamiento del nuevo campamento había estado más desierto adentro, con el asentamiento más próximo a una hora de distancia. En los días siguientes, la disposición de Akam había sido cada vez más volátil y Pedro había sabido que cualquier esperanza de fuga, o de rescate, se había reducido aún más. A partir de entonces habían trasladado el campamento de manera regular... pero había existido una ventaja: a él solo lo habían encerrado por la noche, mientras los demás dormían. Durante el día, se le había permitido la libertad de los campamentos desérticos. Eso le había salvado la cordura.
—Estoy segura de que no has venido a admirar las vistas, Pedro. ¿Qué haces aquí?
La voz de Paula interrumpió los recuerdos desagradables de calor, polvo y sordidez.Giró en redondo y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Clea se había puesto de pie y rodeaba el escritorio.
—Esta mañana pasé por mis oficinas... o las que solían serlo. Hay un ejército de contables en el espacio que era mío. ¿Dónde están mi secretaria y mi personal?Clea se quedó quieta.
—Lo siento, Pedro. Tuve que dejar que tu personal se marchara. El negocio no podía funcionar sin tu pericia.
jueves, 11 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 9
—Parece que empiezo a causar una especie de revuelo... he de irme. Lo último que deseo es provocar un incidente. Esta es la noche de Paula... debería ser un gran éxito, no un altercado.
Ella asintió y suspiró con tono de conspiración:
—Hay dos periodistas al otro lado de la columna... los distraeré. Puede ser muy difícil escapar del civismo. Pero, créeme, Paula y tú siempre han tenido algo especial. Sean cuales fueren los problemas, estoy segura de que podrán superarlos.
Al marcharse, deseó compartir la seguridad de Alejandra... y se preguntó si al fin se había dado cuenta de que había llamado Paula a su hija. Desde luego, su valentía fue efímera. En cuanto él se marchó, Paula quiso saber adonde había ido... cuándo volvería a verlo.Pero el deber la llamaba. De modo que charló, rio y dijo todas las cosas correctas, negándose a revelar lo sacudida que se había visto por el desconocido peligroso y de mirada dura con el que había estado en su despacho.Una hora más tarde, su padre la encontró, exhibiendo esa expresión que para sus adentros ella llamaba de bulldog, lo que hizo que la tensión que sentía se incrementara. Se dijo que daría cualquier cosa por poder irse a casa y meterse en la cama que una vez había compartido con el antiguo Pedro. Tomó una copa de agua mineral con gas de la bandeja de un camarero que pasó a su lado.
—Ese canalla ha tenido el descaro de aparecer aquí después de haberte abandonado.
—Shh, papá, no montemos una escena.
Miguel controló su voz.
—La velada se ha terminado... la gente comienza a marcharse.
Paula miró alrededor. Aún había muchos asistentes.
—Entonces, ¿También nosotros podemos irnos? —intentó mantener la voz ligera mientras enlazaba el brazo de su padre.
En el vestíbulo de abajo, el portero vió que iban hacia allí y por el micrófono interior llamó a su chofer, Samuel, para que llevara el coche mientras la encargada de guardarropía retiraba su chal. Paula le dió las gracias con una sonrisa.
—¿Ha dicho dónde ha estado? —preguntó su padre mientras salían por las puertas de cristal.
Movió la cabeza.
—No quiso hablar. Está enfadado por lo del bebé.
—¿Le hablaste del bebé?
—No hizo falta —eligió sus palabras con cuidado—. Adivinó que estaba embarazada.—E imagino que no está nada complacido. ¿Qué esperabas?
Su padre había intentado convencerla de no tener el bebé, pero ella ya había tomado la decisión.
—Te dije que era una decisión precipitada, que no deberías hacerlo. Pero no quisiste escuchar. Ahora resulta que es posible que tu terquedad salve la situación.
—Papá...
«Por favor, por favor, no permitas que diga que Pedro no debería haber vuelto». No podría soportarlo. A pesar del enfrentamiento, la euforia de que siguiera vivo vibraba bajo todo el dolor.
—No deberías haberte casado con él —decía ya su padre—. Fue un error. Deberías haberte casado con Fernando... es uno de los nuestros.
Uno de los nuestros. Lo que su padre había mantenido contra Pedro todos esos años. No es uno de los nuestros. Pero desde el instante en que se lo había encontrado en una subasta, donde inspeccionaba las monedas por las que ella había ido a pujar, había quedado fascinada. Todavía estudiante, su padre le había organizado un trabajo en el museo durante las vacaciones. Se le había indicado que pujara por dos monedas romanas y su entusiasmo casi se había desbordado. Hasta que Pedro le dijo que eran falsificaciones... motivo por el que no había más interés en ellas.Alto y atractivo, él la había atraído. Su razonamiento había sido persuasivo y sus conocimientos obvios.Dominada por la duda, había tratado de llamar al conservador adjunto, luego a Ariel Daley y por último a su padre, sin éxito en ninguno de los tres casos.De modo que había tomado la decisión de no pujar. Luego, Pedro la había invitado a comer, pero, sabiendo que debía volver al trabajo y explicar su decisión, había declinado. Sin embargo, cuando la invitó a cenar, se había sentido encantada. Y al final de la velada estaba perdida. Se había enamorado con toda la desesperación de su corazón de diecinueve años. El suspiro de su padre la sacó del ensimismamiento en el que se hallaba.
—Ese hombre dió problemas desde el principio.
—¿Cómo puedes decir eso? —Paula no avanzó hacia el coche, que la esperaba—. El día que lo conocí, Pedro le ahorró al museo comprar unas falsificaciones sobrevaloradas.
—Y a la semana ya te tenía en su cama —Miguel fue hacia el vehículo.
Una vez en el asiento de atrás, dijo:
—Un mes más tarde se casó conmigo.
—Una ceremonia precipitada que no era lo que tú te merecías.
—Papá, era lo que quería —no estaba de humor para escuchar el argumento favorito de su padre de que Pedro solo se había casado con ella porque había heredado una considerable cantidad de dinero de su abuela materna.
No soportaría otro discurso, no esa noche. Al mirar las luces de la ciudad por la ventanilla, sintió que las lágrimas le aguijoneaban los ojos.
—No vas a ponerte a llorar por él, ¿Verdad? —espetó Miguel—. El hombre te abandonó, tuvo una aventura y se vió inmerso Dios sabe en qué lío en Irak. Lo que necesitas es deshacerte de él.
Ella asintió y suspiró con tono de conspiración:
—Hay dos periodistas al otro lado de la columna... los distraeré. Puede ser muy difícil escapar del civismo. Pero, créeme, Paula y tú siempre han tenido algo especial. Sean cuales fueren los problemas, estoy segura de que podrán superarlos.
Al marcharse, deseó compartir la seguridad de Alejandra... y se preguntó si al fin se había dado cuenta de que había llamado Paula a su hija. Desde luego, su valentía fue efímera. En cuanto él se marchó, Paula quiso saber adonde había ido... cuándo volvería a verlo.Pero el deber la llamaba. De modo que charló, rio y dijo todas las cosas correctas, negándose a revelar lo sacudida que se había visto por el desconocido peligroso y de mirada dura con el que había estado en su despacho.Una hora más tarde, su padre la encontró, exhibiendo esa expresión que para sus adentros ella llamaba de bulldog, lo que hizo que la tensión que sentía se incrementara. Se dijo que daría cualquier cosa por poder irse a casa y meterse en la cama que una vez había compartido con el antiguo Pedro. Tomó una copa de agua mineral con gas de la bandeja de un camarero que pasó a su lado.
—Ese canalla ha tenido el descaro de aparecer aquí después de haberte abandonado.
—Shh, papá, no montemos una escena.
Miguel controló su voz.
—La velada se ha terminado... la gente comienza a marcharse.
Paula miró alrededor. Aún había muchos asistentes.
—Entonces, ¿También nosotros podemos irnos? —intentó mantener la voz ligera mientras enlazaba el brazo de su padre.
En el vestíbulo de abajo, el portero vió que iban hacia allí y por el micrófono interior llamó a su chofer, Samuel, para que llevara el coche mientras la encargada de guardarropía retiraba su chal. Paula le dió las gracias con una sonrisa.
—¿Ha dicho dónde ha estado? —preguntó su padre mientras salían por las puertas de cristal.
Movió la cabeza.
—No quiso hablar. Está enfadado por lo del bebé.
—¿Le hablaste del bebé?
—No hizo falta —eligió sus palabras con cuidado—. Adivinó que estaba embarazada.—E imagino que no está nada complacido. ¿Qué esperabas?
Su padre había intentado convencerla de no tener el bebé, pero ella ya había tomado la decisión.
—Te dije que era una decisión precipitada, que no deberías hacerlo. Pero no quisiste escuchar. Ahora resulta que es posible que tu terquedad salve la situación.
—Papá...
«Por favor, por favor, no permitas que diga que Pedro no debería haber vuelto». No podría soportarlo. A pesar del enfrentamiento, la euforia de que siguiera vivo vibraba bajo todo el dolor.
—No deberías haberte casado con él —decía ya su padre—. Fue un error. Deberías haberte casado con Fernando... es uno de los nuestros.
Uno de los nuestros. Lo que su padre había mantenido contra Pedro todos esos años. No es uno de los nuestros. Pero desde el instante en que se lo había encontrado en una subasta, donde inspeccionaba las monedas por las que ella había ido a pujar, había quedado fascinada. Todavía estudiante, su padre le había organizado un trabajo en el museo durante las vacaciones. Se le había indicado que pujara por dos monedas romanas y su entusiasmo casi se había desbordado. Hasta que Pedro le dijo que eran falsificaciones... motivo por el que no había más interés en ellas.Alto y atractivo, él la había atraído. Su razonamiento había sido persuasivo y sus conocimientos obvios.Dominada por la duda, había tratado de llamar al conservador adjunto, luego a Ariel Daley y por último a su padre, sin éxito en ninguno de los tres casos.De modo que había tomado la decisión de no pujar. Luego, Pedro la había invitado a comer, pero, sabiendo que debía volver al trabajo y explicar su decisión, había declinado. Sin embargo, cuando la invitó a cenar, se había sentido encantada. Y al final de la velada estaba perdida. Se había enamorado con toda la desesperación de su corazón de diecinueve años. El suspiro de su padre la sacó del ensimismamiento en el que se hallaba.
—Ese hombre dió problemas desde el principio.
—¿Cómo puedes decir eso? —Paula no avanzó hacia el coche, que la esperaba—. El día que lo conocí, Pedro le ahorró al museo comprar unas falsificaciones sobrevaloradas.
—Y a la semana ya te tenía en su cama —Miguel fue hacia el vehículo.
Una vez en el asiento de atrás, dijo:
—Un mes más tarde se casó conmigo.
—Una ceremonia precipitada que no era lo que tú te merecías.
—Papá, era lo que quería —no estaba de humor para escuchar el argumento favorito de su padre de que Pedro solo se había casado con ella porque había heredado una considerable cantidad de dinero de su abuela materna.
No soportaría otro discurso, no esa noche. Al mirar las luces de la ciudad por la ventanilla, sintió que las lágrimas le aguijoneaban los ojos.
—No vas a ponerte a llorar por él, ¿Verdad? —espetó Miguel—. El hombre te abandonó, tuvo una aventura y se vió inmerso Dios sabe en qué lío en Irak. Lo que necesitas es deshacerte de él.
martes, 9 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 8
—Whisky doble con hielo.
Asintió brevemente ante el anuncio del barman mientras alzaba la copa y mantenía la mirada cauteloso sobre la manada de periodistas que había mostrado un gran interés desde que había regresado a la galería. El primer trago fue como una descarga contra su garganta. En cuatro años había olvidado la potencia del whisky. Se sirvió dos dedos de agua. Con la copa en la mano, se retiró a un punto desierto detrás de una columna coronada con la cabeza tallada en mármol de una mujer. Alejado de los medios, se dedicó a buscar con la vista a su mujer. La encontró en un grupo que incluía un senador, la esposa de aquel y un conocido subastador de arte. Mientras la estudiaba, intentó descifrar por qué aún no se había marchado. Con el revuelo que iba a causar su misteriosa reaparición, no tenía sentido quedarse. No a menos que quisiera aparecer en la primera plana de los periódicos... algo que nunca había sido su estilo.Ceñudo, vio que a Paula se la veía vivaz y feliz... no como si acabara de mantener una fuerte discusión con el marido al que no había visto en cuatro años.
Relajada en compañía del poder, era evidente que había desarrollado una sofisticación de la que carecía cuatro años atrás. Su mujer había crecido. Había dejado a una esposa joven y regresado para encontrar a una mujer. Posó la vista en su estómago.Una mujer embarazada. El padre de ella se unió al grupo. La primera vez que se conocieron, Paula le había dicho que iba a encantarle, ya que tenían muchas cosas en común. Miguel Chaves importaba alfombras, cerámica, muebles de madera y antigüedades selectas de Afganistán, Irak y Turquía para una cadena de tiendas que poseía.Desde el primer apretón de manos, Pedro había sabido que el padre de Paula sentía un interés nulo por él. Conocer al amigo de la infancia de ella le había explicado la causa... Fernando Hall-Lewis era el hombre que Miguel había elegido para que se casara con su hija. Licenciado en la mejor universidad, importador exportador de éxito con quien Miguel mantenía una relación estrecha de trabajo, Fernando era afable y relajado. Que la familia de este pudiera rastrear su linaje hasta el Mayflower también ayudaba. Un exsoldado de las fuerzas especiales procedente de una familia rural anónima de Nueva Zelanda no era competencia, sin importar la fama de integridad que se había ganado... o su fortuna en incesante crecimiento basada en la constante revalorización de los elementos antiguos con los que trataba. Aunque los millones significaban poco para Miguel... él mismo tenía más que suficientes. Cuando Paula había elegido un matrimonio precipitado en la Capilla del Amor de Las Vegas con el soldado convertido en tratante de antigüedades, el desagrado de Miguel se había convertido en manifiesta enemistad.
—Pedro... ¿Eres tú? Qué maravilloso. ¿Dónde has estado?
Este giró la cabeza. Al lado tenía a la madre de Paula, el cabello negro recogido en un moño y el vestido de igual color de una elegancia atemporal. En su garganta brillaban diamantes, solo había visto a Alejandra unas pocas veces durante el matrimonio con Paula. Hija única de un industrial millonario, Alejandra había puesto fin a su matrimonio con Miguel cuando Paula tenía diez años y poco después de obtener el divorcio había vuelto a casarse. Su nuevo marido, un próspero hombre de negocios viudo, tenía una hija de la misma edad que Paula y un hijo menor.
—Ha pasado tiempo —le dió un abrazo comedido—. Se te ve preciosa.
—Lisonjero —Alejandra Schulz Chaves Gordon le devolvió el abrazo antes de retirarse esbozando una leve sonrisa—. Te sorprende verme aquí. Es lógico... ya que no fui invitada. Tuve el sentido común de no traer a mi marido, pero deseaba ver la exposición de Paula y me colé... el portero me dijo que tenía los mismos ojos que ella y en ningún momento se le pasó por la cabeza negarme el acceso. He estado admirando las exposiciones. Pau ha hecho un trabajo magnífico. Me siento tan orgullosa —los ojos esmeralda de Alejandra brillaron de emoción.
Omitiendo mencionar que también él se había colado, comentó con gentileza: sospechaba que el distanciamiento entre Paula y su madre le causaba a aquella un dolor que jamás admitiría. Siempre había ansiado una familia y necesitaba a su madre... a pesar de ser demasiado obstinada para reconocerlo.
—Mi hija jamás me perdonará por haberlos abandonado.
Pedro se movió incómodo.
—Te necesita, lo que pasa es que aún no lo sabe. Dale tiempo.
—¿Paula sabe que has vuelto? —inquirió Alejndra con suavidad.
—Sí —fue su respuesta escueta.
Su suegra le dió una palmada en la manga.
—Pedro, sabes que nunca he gozado de su confianza e intimidad, pero sí sé que te echó mucho de menos después de que... desaparecieras.
La carga evidente que llevaba fue prueba más que suficiente.Los ojos de Alejandra estaban llenos de preguntas que él no podía ni iba a responder. Aún no.Con la mano indicó hacia donde Paula charlaba y sonreía.
—¿Tanto que está embarazada.
—¿Embarazada? —examinó la figura de su hija—. ¿Paula?
—Mmm.
—¡No puede ser!
Volvió a centrar su atención en la madre de Paula y se inclinó.
—Créeme, lo está.
Alejandra había palidecido.—Ni siquiera sabía que se veía con alguien. Aunque no hay motivo para que me lo hubiera contado. No nos hablamos.
Vió el movimiento de la prensa y comprendió que iba a empezar a costarle permanecer oculto.
Asintió brevemente ante el anuncio del barman mientras alzaba la copa y mantenía la mirada cauteloso sobre la manada de periodistas que había mostrado un gran interés desde que había regresado a la galería. El primer trago fue como una descarga contra su garganta. En cuatro años había olvidado la potencia del whisky. Se sirvió dos dedos de agua. Con la copa en la mano, se retiró a un punto desierto detrás de una columna coronada con la cabeza tallada en mármol de una mujer. Alejado de los medios, se dedicó a buscar con la vista a su mujer. La encontró en un grupo que incluía un senador, la esposa de aquel y un conocido subastador de arte. Mientras la estudiaba, intentó descifrar por qué aún no se había marchado. Con el revuelo que iba a causar su misteriosa reaparición, no tenía sentido quedarse. No a menos que quisiera aparecer en la primera plana de los periódicos... algo que nunca había sido su estilo.Ceñudo, vio que a Paula se la veía vivaz y feliz... no como si acabara de mantener una fuerte discusión con el marido al que no había visto en cuatro años.
Relajada en compañía del poder, era evidente que había desarrollado una sofisticación de la que carecía cuatro años atrás. Su mujer había crecido. Había dejado a una esposa joven y regresado para encontrar a una mujer. Posó la vista en su estómago.Una mujer embarazada. El padre de ella se unió al grupo. La primera vez que se conocieron, Paula le había dicho que iba a encantarle, ya que tenían muchas cosas en común. Miguel Chaves importaba alfombras, cerámica, muebles de madera y antigüedades selectas de Afganistán, Irak y Turquía para una cadena de tiendas que poseía.Desde el primer apretón de manos, Pedro había sabido que el padre de Paula sentía un interés nulo por él. Conocer al amigo de la infancia de ella le había explicado la causa... Fernando Hall-Lewis era el hombre que Miguel había elegido para que se casara con su hija. Licenciado en la mejor universidad, importador exportador de éxito con quien Miguel mantenía una relación estrecha de trabajo, Fernando era afable y relajado. Que la familia de este pudiera rastrear su linaje hasta el Mayflower también ayudaba. Un exsoldado de las fuerzas especiales procedente de una familia rural anónima de Nueva Zelanda no era competencia, sin importar la fama de integridad que se había ganado... o su fortuna en incesante crecimiento basada en la constante revalorización de los elementos antiguos con los que trataba. Aunque los millones significaban poco para Miguel... él mismo tenía más que suficientes. Cuando Paula había elegido un matrimonio precipitado en la Capilla del Amor de Las Vegas con el soldado convertido en tratante de antigüedades, el desagrado de Miguel se había convertido en manifiesta enemistad.
—Pedro... ¿Eres tú? Qué maravilloso. ¿Dónde has estado?
Este giró la cabeza. Al lado tenía a la madre de Paula, el cabello negro recogido en un moño y el vestido de igual color de una elegancia atemporal. En su garganta brillaban diamantes, solo había visto a Alejandra unas pocas veces durante el matrimonio con Paula. Hija única de un industrial millonario, Alejandra había puesto fin a su matrimonio con Miguel cuando Paula tenía diez años y poco después de obtener el divorcio había vuelto a casarse. Su nuevo marido, un próspero hombre de negocios viudo, tenía una hija de la misma edad que Paula y un hijo menor.
—Ha pasado tiempo —le dió un abrazo comedido—. Se te ve preciosa.
—Lisonjero —Alejandra Schulz Chaves Gordon le devolvió el abrazo antes de retirarse esbozando una leve sonrisa—. Te sorprende verme aquí. Es lógico... ya que no fui invitada. Tuve el sentido común de no traer a mi marido, pero deseaba ver la exposición de Paula y me colé... el portero me dijo que tenía los mismos ojos que ella y en ningún momento se le pasó por la cabeza negarme el acceso. He estado admirando las exposiciones. Pau ha hecho un trabajo magnífico. Me siento tan orgullosa —los ojos esmeralda de Alejandra brillaron de emoción.
Omitiendo mencionar que también él se había colado, comentó con gentileza: sospechaba que el distanciamiento entre Paula y su madre le causaba a aquella un dolor que jamás admitiría. Siempre había ansiado una familia y necesitaba a su madre... a pesar de ser demasiado obstinada para reconocerlo.
—Mi hija jamás me perdonará por haberlos abandonado.
Pedro se movió incómodo.
—Te necesita, lo que pasa es que aún no lo sabe. Dale tiempo.
—¿Paula sabe que has vuelto? —inquirió Alejndra con suavidad.
—Sí —fue su respuesta escueta.
Su suegra le dió una palmada en la manga.
—Pedro, sabes que nunca he gozado de su confianza e intimidad, pero sí sé que te echó mucho de menos después de que... desaparecieras.
La carga evidente que llevaba fue prueba más que suficiente.Los ojos de Alejandra estaban llenos de preguntas que él no podía ni iba a responder. Aún no.Con la mano indicó hacia donde Paula charlaba y sonreía.
—¿Tanto que está embarazada.
—¿Embarazada? —examinó la figura de su hija—. ¿Paula?
—Mmm.
—¡No puede ser!
Volvió a centrar su atención en la madre de Paula y se inclinó.
—Créeme, lo está.
Alejandra había palidecido.—Ni siquiera sabía que se veía con alguien. Aunque no hay motivo para que me lo hubiera contado. No nos hablamos.
Vió el movimiento de la prensa y comprendió que iba a empezar a costarle permanecer oculto.
Eres Mía: Capítulo 7
La necesidad, ardiente e inesperada, le provocó un vacío en el estómago. Dios, lo había echado de menos. La fragancia no olvidada de él, una mezcla de almizcle y algo penetrante, le llenó los sentidos. Cerró los ojos y se apoyó contra su marido, el cuerpo le temblaba al entrar en contacto con esa extensión tensa. La calidez del cuerpo grande se filtró despacio en ella, reviviéndola después de ese frío que le embotaba el corazón. Durante unos momentos casi esperó que los cuerpos pudieran comunicarse a pesar de que los cerebros parecían distanciados.
El bebé se movió. Y en el instante en que sus labios le rozaban el mentón, Pedro se separó de su abrazo. Estableciendo dos metros entre ambos, se detuvo cerca de la puerta con respiración pesada.
—¿Qué diablos te pasa? —Paula intentaba no jurar nunca, pero la fuerza con la que se apartó de ella la ofendió. En esa ocasión no pensaba cerrar la distancia que había entre ambos.
—¿Necesitas preguntarlo?
Le molestó que la tratara como si estuviera contaminada. Estaba embarazada, no era contagiosa. Su condición era su salvación.
—¡Sí! —pero era obvio que él no estaba dispuesto a extenderle la cortesía de una explicación.
Daba la impresión de que finalmente habían llegado a un punto muerto. Como su ira iba en aumento, se sentía menos dispuesta a darle una explicación hasta que él le mostrara la confianza y el respeto que se merecía.
—¿Qué diablos importa qué me pasa? —replicó con voz fría—. Lo que tuvimos una vez ha muerto.
—¿Muerto? —el corazón casi se le para. Olvidando su determinación, avanzó un paso y lo miró horrorizada—. ¡Pedro! No... puedes... hablar en serio.
—Sí, muerto —la miró con ojos helados—. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado, sospecho, para que hayamos mantenido lo que una vez tuvimos.
El dolor la atravesó. Su mundo se derrumbó a su alrededor mientras se afanaba por poner cierto orden en el caos que eran sus pensamientos. ¿Acaso Pedro solo había vuelto para solicitar el divorcio?
—¿Has vivido alguna vez con Candela Freeman? —soltó ella sin premeditación.
—¿Y eso que tiene que ver con esto?
—Habías salido con ella.
—Durante un tiempo —confirmó, inmóvil.
—¿Corto?
—¿Por qué estas preguntas sobre algo que se había acabado antes de que nos conociéramos?
El cerebro de Paula no paraba de trabajar. Pedro no había querido tenerla con él en Grecia; sin consultárselo, había ido a un país que sabía que ella consideraría demasiado peligroso. Según los investigadores, en ambas ocasiones Candela había estado con él. En Atenas se los había fotografiado juntos y testigos con los que habían hablado los investigadores los habían visto juntos en Bagdad. Parecían inseparables.En su momento, se había negado a considerarlo capaz de semejante traición. Pedro la amaba a ella.Pero había estado irritada con él por rechazar la oportunidad de un idilio romántico en Grecia.Finalmente, dijo:
—Quiero saber si alguna vez has vivido con ella —ya sospechaba cuál sería la respuesta: Pedro había mentido en el pasado.
La mueca de él mostró el disgusto que sentía. Ni siquiera se molestaba en negarlo. El último vestigio de esperanza que había guardado sin saberlo, la abandonó.
—¿Quién te dijo que una vez viví con Candela?
—¿Importa? Tu reacción me demuestra que es verdad. ¿Por qué me llevaste a pensar que no habían sido más que unas citas sin importancia? Me mentiste.
—¿Y tu represalia fue engañarme y quedarte embarazada?
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Tienes la desfachatez de entrar aquí después de una ausencia de cuatro años y acusarme de engañarte?
—Estás embarazada —rugió él—. Y es evidente que yo no he estado presente para hacer que te lo pasaras bien.
Con un supremo esfuerzo de voluntad logró contener las lágrimas.Lo que tuvimos una vez ha muerto.Por el momento, era todo lo que necesitaba saber. Pedro había hecho su elección.Volvió a ponerse los zapatos y casi a ciegas se dirigió a la puerta. Al pasar junto a él, hizo acopio del último vestigio de dignidad que pudo y dijo:
—Quizá estés preparado para contarme más una vez hayas dispuesto de la oportunidad de reflexionar. Cierra la puerta de mi despacho cuando te vayas. Esta es una noche importante para mí y voy a celebrar mi éxito.
Al marcharse, él no intentó detenerla.
El bebé se movió. Y en el instante en que sus labios le rozaban el mentón, Pedro se separó de su abrazo. Estableciendo dos metros entre ambos, se detuvo cerca de la puerta con respiración pesada.
—¿Qué diablos te pasa? —Paula intentaba no jurar nunca, pero la fuerza con la que se apartó de ella la ofendió. En esa ocasión no pensaba cerrar la distancia que había entre ambos.
—¿Necesitas preguntarlo?
Le molestó que la tratara como si estuviera contaminada. Estaba embarazada, no era contagiosa. Su condición era su salvación.
—¡Sí! —pero era obvio que él no estaba dispuesto a extenderle la cortesía de una explicación.
Daba la impresión de que finalmente habían llegado a un punto muerto. Como su ira iba en aumento, se sentía menos dispuesta a darle una explicación hasta que él le mostrara la confianza y el respeto que se merecía.
—¿Qué diablos importa qué me pasa? —replicó con voz fría—. Lo que tuvimos una vez ha muerto.
—¿Muerto? —el corazón casi se le para. Olvidando su determinación, avanzó un paso y lo miró horrorizada—. ¡Pedro! No... puedes... hablar en serio.
—Sí, muerto —la miró con ojos helados—. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado, sospecho, para que hayamos mantenido lo que una vez tuvimos.
El dolor la atravesó. Su mundo se derrumbó a su alrededor mientras se afanaba por poner cierto orden en el caos que eran sus pensamientos. ¿Acaso Pedro solo había vuelto para solicitar el divorcio?
—¿Has vivido alguna vez con Candela Freeman? —soltó ella sin premeditación.
—¿Y eso que tiene que ver con esto?
—Habías salido con ella.
—Durante un tiempo —confirmó, inmóvil.
—¿Corto?
—¿Por qué estas preguntas sobre algo que se había acabado antes de que nos conociéramos?
El cerebro de Paula no paraba de trabajar. Pedro no había querido tenerla con él en Grecia; sin consultárselo, había ido a un país que sabía que ella consideraría demasiado peligroso. Según los investigadores, en ambas ocasiones Candela había estado con él. En Atenas se los había fotografiado juntos y testigos con los que habían hablado los investigadores los habían visto juntos en Bagdad. Parecían inseparables.En su momento, se había negado a considerarlo capaz de semejante traición. Pedro la amaba a ella.Pero había estado irritada con él por rechazar la oportunidad de un idilio romántico en Grecia.Finalmente, dijo:
—Quiero saber si alguna vez has vivido con ella —ya sospechaba cuál sería la respuesta: Pedro había mentido en el pasado.
La mueca de él mostró el disgusto que sentía. Ni siquiera se molestaba en negarlo. El último vestigio de esperanza que había guardado sin saberlo, la abandonó.
—¿Quién te dijo que una vez viví con Candela?
—¿Importa? Tu reacción me demuestra que es verdad. ¿Por qué me llevaste a pensar que no habían sido más que unas citas sin importancia? Me mentiste.
—¿Y tu represalia fue engañarme y quedarte embarazada?
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Tienes la desfachatez de entrar aquí después de una ausencia de cuatro años y acusarme de engañarte?
—Estás embarazada —rugió él—. Y es evidente que yo no he estado presente para hacer que te lo pasaras bien.
Con un supremo esfuerzo de voluntad logró contener las lágrimas.Lo que tuvimos una vez ha muerto.Por el momento, era todo lo que necesitaba saber. Pedro había hecho su elección.Volvió a ponerse los zapatos y casi a ciegas se dirigió a la puerta. Al pasar junto a él, hizo acopio del último vestigio de dignidad que pudo y dijo:
—Quizá estés preparado para contarme más una vez hayas dispuesto de la oportunidad de reflexionar. Cierra la puerta de mi despacho cuando te vayas. Esta es una noche importante para mí y voy a celebrar mi éxito.
Al marcharse, él no intentó detenerla.
Eres Mía: Capítulo 6
—¿Por qué no me contaste que te ibas a Bagdad? —inquirió. Él simplemente la miró—. ¡Responde!
Nada. Ni siquiera un parpadeo. No dejaba de mirarla con esa mirada de basilisco que empezaba a despreciar.
—He esperado...
—¿Esperado? —enarcó una ceja con ironía.
—¡Sí! ¡Esperado! —se apartó un mechón de la cara—. En la última conversación aceptable que mantuvimos, tú estabas en Londres... a punto de irte a Grecia. Discutimos por eso. ¿Recuerdas? —ella había querido reorganizar su agenda y le había pedido que la esperara hasta que pudiera reunirse con él. Pedro se había negado... y le había ordenado que se quedara en casa.
A Paula no le había gustado nada esa negativa sin rodeos. No había sido la primera vez que Pedro tomaba decisiones por ella y la había dejado de malhumor. Había vuelto a llamarla desde Atenas... y la conversación había sido seca y breve. Justo antes de cortar, él le había dicho que la amaba. Luego ya no hubo más contactos.Al no obtener respuesta, añadió:
—Nunca me dijiste que planeabas ir a Irak.
La mirada de él no vaciló.
—No quería preocuparte.
¿Podía ser tan simple la explicación? ¿O el viaje a Grecia había sido una tapadera para una aventura con otra mujer? ¿Había sido correcta, después de todo, la primera teoría de la infidelidad presentada por los investigadores?
Ella quebró el silencio.
—¿Eso es todo? ¿Esa es la razón por la que nunca lo mencionaste? —de no haber estado observándolo con suma atención, habría pasado por alto el destello en sus ojos.
Pedro no le contaba la verdad.O al menos no toda la verdad.El silencio se alargó hasta que ella volvió a romperlo.
—¿No crees que la preocupación de que pudieran mutilarte, secuestrarte o incluso matarte sería una reacción razonable de saber que ibas a ir a Bagdad?
Él encogió los hombros poderosos.
—Serví allí con las Fuerzas Especiales —dijo—. Conozco el territorio... y los riesgos.
La frustración y una sensación de decepción la empujaron al sarcasmo.
—De acuerdo, puede que esos riesgos no preocupen a superhumanos como tú... pero desde luego sí me preocupan a mí.
—Razón por lo que no te lo conté... no tenía tiempo para tranquilizarte.
Como si fuera una chiquilla que se aferrara a él y no quisiera soltarlo. Pero eso empezaba a ponerse interesante. Pedro le mentía. No le cabía duda al respecto.
—Bien, ¿Qué era tan importante como para marcharte sin consultarlo conmigo? ¿Y por qué no estableciste contacto desde entonces? No habrás estado en Bagdad todo este tiempo —más silencio. Volvió a intentarlo—: ¿Estuviste en alguna misión encubierta?
Él rió, haciendo que se sintiera ridículamente melodramática. Aunque no pudo evitar pensar en los hombres de trajes oscuros que aparecieron después de su desaparición y que parecían saber todo sobre su pasado en las Fuerzas Especiales.
—Al menos dime que se trata de material clasificado, si esa es la causa.
—No formé parte de una operación militar.
—Dime dónde has estado y me pensaré si te explico lo del bebé... —respiró hondo— con la condición de que no me interrumpas hasta que haya terminado.
—No necesito tus condiciones... o tus explicaciones —repuso él. Clavó la vista en el estómago casi liso de ella—: Sé muy bien lo que has estado haciendo.
Puede que Pedro no necesitara explicaciones, pero ella desde luego que sí. Aunque no pensaba permitirle que viera lo mucho que le importaba.
—Deja que lo adivine. ¿Has estado tomando el sol en el Mediterráneo? ¿Haciendo vida social con el Aga Khan?¿Acostándote con otra mujer?
Le aterraba demasiado la respuesta como paraplantear en voz alta esa pregunta. ¿Era posible que hubiera estado viviendo con su amante durante los cuatro años que había desaparecido sin dejar rastro? Desde luego, poseía la habilidad de permanecer invisible el tiempo que quisiera. Cerró los ojos y se preguntó por qué se peleaba con Pedro. No era eso lo que quería. Sacudió la cabeza para despejarla de toda agitación y confusión, en busca de serenidad. ¿Cómo se había estropeado todo tan rápidamente? Era Pedro. Lo amaba. Siempre había creído en él. Había aguardado su regreso cada día. Cada noche. Y sin embargo, ahí estaba, tan dolida que podía escupir fuego... mientras las dudas se asentaban en su corazón.Tenían que parar todo eso.Volvió a respirar hondo y cuando estuvo segura de hallarse bajo control, abrió los ojos y dijo con ecuanimidad:
—Lo siento, no pretendía sonar frívola.
La expresión hermética de él no se ablandó. El silencio se alargó mucho. Pero ella siguió esperando con las manos cerradas con fuerza y el pulso martilleándole los oídos.Una explicación sobre dónde había estado y por qué la ausencia había sido tan prolongada. Incluso se convenció de que la aceptaría sin cuestionarla, diciéndose que lo único que importaba era que había vuelto y que lo amaba.Pero a medida que el minutero de los relojes de pared avanzaban implacables, Paula se rindió. Pedro no iba a darle ninguna explicación. ¿Porque ya no le importaba? solo había una manera de averiguarlo.
—Pedro... —abrió las manos y se alejó de la seguridad del escritorio.
Poniéndose de puntillas y apoyando las manos en sus hombros, buscó una conexión.
Nada. Ni siquiera un parpadeo. No dejaba de mirarla con esa mirada de basilisco que empezaba a despreciar.
—He esperado...
—¿Esperado? —enarcó una ceja con ironía.
—¡Sí! ¡Esperado! —se apartó un mechón de la cara—. En la última conversación aceptable que mantuvimos, tú estabas en Londres... a punto de irte a Grecia. Discutimos por eso. ¿Recuerdas? —ella había querido reorganizar su agenda y le había pedido que la esperara hasta que pudiera reunirse con él. Pedro se había negado... y le había ordenado que se quedara en casa.
A Paula no le había gustado nada esa negativa sin rodeos. No había sido la primera vez que Pedro tomaba decisiones por ella y la había dejado de malhumor. Había vuelto a llamarla desde Atenas... y la conversación había sido seca y breve. Justo antes de cortar, él le había dicho que la amaba. Luego ya no hubo más contactos.Al no obtener respuesta, añadió:
—Nunca me dijiste que planeabas ir a Irak.
La mirada de él no vaciló.
—No quería preocuparte.
¿Podía ser tan simple la explicación? ¿O el viaje a Grecia había sido una tapadera para una aventura con otra mujer? ¿Había sido correcta, después de todo, la primera teoría de la infidelidad presentada por los investigadores?
Ella quebró el silencio.
—¿Eso es todo? ¿Esa es la razón por la que nunca lo mencionaste? —de no haber estado observándolo con suma atención, habría pasado por alto el destello en sus ojos.
Pedro no le contaba la verdad.O al menos no toda la verdad.El silencio se alargó hasta que ella volvió a romperlo.
—¿No crees que la preocupación de que pudieran mutilarte, secuestrarte o incluso matarte sería una reacción razonable de saber que ibas a ir a Bagdad?
Él encogió los hombros poderosos.
—Serví allí con las Fuerzas Especiales —dijo—. Conozco el territorio... y los riesgos.
La frustración y una sensación de decepción la empujaron al sarcasmo.
—De acuerdo, puede que esos riesgos no preocupen a superhumanos como tú... pero desde luego sí me preocupan a mí.
—Razón por lo que no te lo conté... no tenía tiempo para tranquilizarte.
Como si fuera una chiquilla que se aferrara a él y no quisiera soltarlo. Pero eso empezaba a ponerse interesante. Pedro le mentía. No le cabía duda al respecto.
—Bien, ¿Qué era tan importante como para marcharte sin consultarlo conmigo? ¿Y por qué no estableciste contacto desde entonces? No habrás estado en Bagdad todo este tiempo —más silencio. Volvió a intentarlo—: ¿Estuviste en alguna misión encubierta?
Él rió, haciendo que se sintiera ridículamente melodramática. Aunque no pudo evitar pensar en los hombres de trajes oscuros que aparecieron después de su desaparición y que parecían saber todo sobre su pasado en las Fuerzas Especiales.
—Al menos dime que se trata de material clasificado, si esa es la causa.
—No formé parte de una operación militar.
—Dime dónde has estado y me pensaré si te explico lo del bebé... —respiró hondo— con la condición de que no me interrumpas hasta que haya terminado.
—No necesito tus condiciones... o tus explicaciones —repuso él. Clavó la vista en el estómago casi liso de ella—: Sé muy bien lo que has estado haciendo.
Puede que Pedro no necesitara explicaciones, pero ella desde luego que sí. Aunque no pensaba permitirle que viera lo mucho que le importaba.
—Deja que lo adivine. ¿Has estado tomando el sol en el Mediterráneo? ¿Haciendo vida social con el Aga Khan?¿Acostándote con otra mujer?
Le aterraba demasiado la respuesta como paraplantear en voz alta esa pregunta. ¿Era posible que hubiera estado viviendo con su amante durante los cuatro años que había desaparecido sin dejar rastro? Desde luego, poseía la habilidad de permanecer invisible el tiempo que quisiera. Cerró los ojos y se preguntó por qué se peleaba con Pedro. No era eso lo que quería. Sacudió la cabeza para despejarla de toda agitación y confusión, en busca de serenidad. ¿Cómo se había estropeado todo tan rápidamente? Era Pedro. Lo amaba. Siempre había creído en él. Había aguardado su regreso cada día. Cada noche. Y sin embargo, ahí estaba, tan dolida que podía escupir fuego... mientras las dudas se asentaban en su corazón.Tenían que parar todo eso.Volvió a respirar hondo y cuando estuvo segura de hallarse bajo control, abrió los ojos y dijo con ecuanimidad:
—Lo siento, no pretendía sonar frívola.
La expresión hermética de él no se ablandó. El silencio se alargó mucho. Pero ella siguió esperando con las manos cerradas con fuerza y el pulso martilleándole los oídos.Una explicación sobre dónde había estado y por qué la ausencia había sido tan prolongada. Incluso se convenció de que la aceptaría sin cuestionarla, diciéndose que lo único que importaba era que había vuelto y que lo amaba.Pero a medida que el minutero de los relojes de pared avanzaban implacables, Paula se rindió. Pedro no iba a darle ninguna explicación. ¿Porque ya no le importaba? solo había una manera de averiguarlo.
—Pedro... —abrió las manos y se alejó de la seguridad del escritorio.
Poniéndose de puntillas y apoyando las manos en sus hombros, buscó una conexión.
Eres Mía: Capítulo 5
Alzó la cabeza y con expresión acusadora taladró esos ojos verdes.
—¡Estás embarazada!
Paula supo en el acto lo que debería parecer.
—No es lo que crees —alzó las manos para enmarcar la cara amada de Pedro— ¿Recuerdas cómo nosotros...?
—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro.
Esa acusación la sacudió. Pedro se había puesto tenso. En la quietud de su despacho, lo miró conmocionada al asimilar esas palabras terribles. No había otro.
—Yo no...
—Cállate —rugió él.
—Aguarda un momento...
La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó los dedos de su cara con desagrado palpable.
—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto... ¿O fue el típico corazón que no ve, corazón que no siente?
La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.Se preguntó cómo podía Pedro creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él!Cinco días después de la última conversación telefónica que habían mantenido, e incapaz de contactar otra vez, había hecho sonar la alarma. Habían necesitado trece días más para que los canales oficiales le respondieran que Pedro ya no se hallaba en Grecia. Había entrado en Irak hacía dos semanas por la frontera de Kuwait y se había registrado en un hotel destrozado por los combates, que en el pasado había sido el preferido de los hombres de negocios que iban a Bagdad. Nadie sabía adonde había ido después de pagar la cuenta y dejar el hotel unos días más tarde.No le había quedado más opción que esperar. Había imaginado todas las excusas habidas y por haber en su nombre, pero el tiempo había pasado y no recibía noticias de él. Ante los hombres de traje negro que se habían materializado en su lugar de trabajo, Paula había insistido en que la visita de su marido a Irak no tenía nada de sospechoso; después de todo, Pedro se ganaba la vida con las antigüedades. Pero había sido exasperante reconocer que no le había mencionado la intención que albergaba de atravesar la frontera iraquí y decidió no contarle a los visitantes la discusión que habían mantenido la penúltima vez que había hablado con él. En cuanto los hombres de negro dejaron de hostigarla, siguiendo el consejo de su padre y recurriendo a los amplios contactos que poseía, había contratado a una firma de investigadores para encargarle que localizara a su marido desaparecido.Ni por un minuto había dejado de pensar en él. Hasta los dos relojes idénticos que tenía en la pared de su despacho lo atestiguaban: uno con la hora local y el otro con la de Bagdad. Quería recuperar a su marido. Quería respuestas reales, no especulaciones de que la había dejado por otra mujer, la primera teoría planteada por los investigadores. La noticia del espantoso descubrimiento del todoterreno calcinado en el desierto la había aterrado. Pero con obstinación se había aferrado a la creencia de que su corazón habría sabido si Pedro estaba muerto. Había exigido pruebas irrefutables. Cuando nueve meses atrás le habían llevado la alianza nupcial de Pedro, se había quedado destrozada, sus sueños pulverizados y sus esperanzas carbonizadas.La idea de un bebé se había convertido en un cabo a la cordura. Quedar embarazada le había devuelto la vida. No la que había esperado compartir con Pedro , pero sí algo mejor que la desesperanza que la había dominado. Pero en ese momento él estaba ahí, acusándola de haberlo olvidado. En vez de tomarla en brazos, se comportaba como el mayor canalla del mundo. Y no mostraba señal de querer escuchar. Movió la cabeza. Pedro rió... un sonido áspero y rechinante que nunca antes le había oído.
—¿No tienes nada más que decir? Qué desgracia para tí que no siguiera muerto —la mirada verde se había tomado gélida.
Hundida en el sillón, a Paula le dolía todo el cuerpo. Los pies. La cabeza. El corazón.
—Puedo explicarte...
Él reculó.
—¡No necesito tus explicaciones! —la miró desde lo alto de su metro ochenta y cinco de altura—. Resulta fácil ver qué sucedió. Dime, ¿Quién es el afortunado?
—¿Quieres dejar de interrumpirme? —alzó la voz y luego atemperó el tono—. Siempre hablamos acerca de tener una familia...
—Nuestra familia. No el bastardo de otro hombre.
—¡Pedro, espera! —se puso de pie y alargó las manos hacia él antes de dejarlas caer de nuevo a los costados debido a la frialdad que recibió de su marido—. Por favor, escucha...
—¿Qué sentido tiene esperar? —la miró con desdén... y algo más...¿Decepción?
La falta de fe de él le dolía. Se merecía una oportunidad para ofrecer una explicación y no dudaba de que una vez que se calmara, él escucharía. Pedro podía tener una reputación peligrosa, pero la amaba. ¿O ya no? Experimentó la primera sombra de duda. Siempre había imaginado que debería haber sucedido algo terrible para mantenerlo lejos tanto tiempo. Una accidente. Amnesia. Un traumatismo que lo empujara a no querer verla en semejante estado. Pero ahí lo tenía, arrebatador con el esmoquin y la camisa negra, el cuerpo incluso mejor tonificado que cuatro años atrás, algo difícil de superar. El sol le había dejado la piel bronceada y el contraste con sus ojos verdes resultaba devastador. Irradiaba un aura nueva de peligro temerario que le aceleraba el corazón.Sin embargo, tuvo que reconocer que todo de negro parecía el diablo encarnado. Sin dejar de mirarlo, se descalzó, brindándole aún más ventaja que la que poseía.
—¡Estás embarazada!
Paula supo en el acto lo que debería parecer.
—No es lo que crees —alzó las manos para enmarcar la cara amada de Pedro— ¿Recuerdas cómo nosotros...?
—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro.
Esa acusación la sacudió. Pedro se había puesto tenso. En la quietud de su despacho, lo miró conmocionada al asimilar esas palabras terribles. No había otro.
—Yo no...
—Cállate —rugió él.
—Aguarda un momento...
La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó los dedos de su cara con desagrado palpable.
—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto... ¿O fue el típico corazón que no ve, corazón que no siente?
La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.Se preguntó cómo podía Pedro creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él!Cinco días después de la última conversación telefónica que habían mantenido, e incapaz de contactar otra vez, había hecho sonar la alarma. Habían necesitado trece días más para que los canales oficiales le respondieran que Pedro ya no se hallaba en Grecia. Había entrado en Irak hacía dos semanas por la frontera de Kuwait y se había registrado en un hotel destrozado por los combates, que en el pasado había sido el preferido de los hombres de negocios que iban a Bagdad. Nadie sabía adonde había ido después de pagar la cuenta y dejar el hotel unos días más tarde.No le había quedado más opción que esperar. Había imaginado todas las excusas habidas y por haber en su nombre, pero el tiempo había pasado y no recibía noticias de él. Ante los hombres de traje negro que se habían materializado en su lugar de trabajo, Paula había insistido en que la visita de su marido a Irak no tenía nada de sospechoso; después de todo, Pedro se ganaba la vida con las antigüedades. Pero había sido exasperante reconocer que no le había mencionado la intención que albergaba de atravesar la frontera iraquí y decidió no contarle a los visitantes la discusión que habían mantenido la penúltima vez que había hablado con él. En cuanto los hombres de negro dejaron de hostigarla, siguiendo el consejo de su padre y recurriendo a los amplios contactos que poseía, había contratado a una firma de investigadores para encargarle que localizara a su marido desaparecido.Ni por un minuto había dejado de pensar en él. Hasta los dos relojes idénticos que tenía en la pared de su despacho lo atestiguaban: uno con la hora local y el otro con la de Bagdad. Quería recuperar a su marido. Quería respuestas reales, no especulaciones de que la había dejado por otra mujer, la primera teoría planteada por los investigadores. La noticia del espantoso descubrimiento del todoterreno calcinado en el desierto la había aterrado. Pero con obstinación se había aferrado a la creencia de que su corazón habría sabido si Pedro estaba muerto. Había exigido pruebas irrefutables. Cuando nueve meses atrás le habían llevado la alianza nupcial de Pedro, se había quedado destrozada, sus sueños pulverizados y sus esperanzas carbonizadas.La idea de un bebé se había convertido en un cabo a la cordura. Quedar embarazada le había devuelto la vida. No la que había esperado compartir con Pedro , pero sí algo mejor que la desesperanza que la había dominado. Pero en ese momento él estaba ahí, acusándola de haberlo olvidado. En vez de tomarla en brazos, se comportaba como el mayor canalla del mundo. Y no mostraba señal de querer escuchar. Movió la cabeza. Pedro rió... un sonido áspero y rechinante que nunca antes le había oído.
—¿No tienes nada más que decir? Qué desgracia para tí que no siguiera muerto —la mirada verde se había tomado gélida.
Hundida en el sillón, a Paula le dolía todo el cuerpo. Los pies. La cabeza. El corazón.
—Puedo explicarte...
Él reculó.
—¡No necesito tus explicaciones! —la miró desde lo alto de su metro ochenta y cinco de altura—. Resulta fácil ver qué sucedió. Dime, ¿Quién es el afortunado?
—¿Quieres dejar de interrumpirme? —alzó la voz y luego atemperó el tono—. Siempre hablamos acerca de tener una familia...
—Nuestra familia. No el bastardo de otro hombre.
—¡Pedro, espera! —se puso de pie y alargó las manos hacia él antes de dejarlas caer de nuevo a los costados debido a la frialdad que recibió de su marido—. Por favor, escucha...
—¿Qué sentido tiene esperar? —la miró con desdén... y algo más...¿Decepción?
La falta de fe de él le dolía. Se merecía una oportunidad para ofrecer una explicación y no dudaba de que una vez que se calmara, él escucharía. Pedro podía tener una reputación peligrosa, pero la amaba. ¿O ya no? Experimentó la primera sombra de duda. Siempre había imaginado que debería haber sucedido algo terrible para mantenerlo lejos tanto tiempo. Una accidente. Amnesia. Un traumatismo que lo empujara a no querer verla en semejante estado. Pero ahí lo tenía, arrebatador con el esmoquin y la camisa negra, el cuerpo incluso mejor tonificado que cuatro años atrás, algo difícil de superar. El sol le había dejado la piel bronceada y el contraste con sus ojos verdes resultaba devastador. Irradiaba un aura nueva de peligro temerario que le aceleraba el corazón.Sin embargo, tuvo que reconocer que todo de negro parecía el diablo encarnado. Sin dejar de mirarlo, se descalzó, brindándole aún más ventaja que la que poseía.
jueves, 4 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 4
Después de una conversación seca con su padre cerca de la sala egipcia, Paula se escabulló detrás de una columna alta mientras Fernando se aventuraba a abrirse paso entre la multitud en busca de una copa de champán. No se hallaba con ánimos de mezclarse entre los invitados ni de mantener conversaciones triviales.
—Paula.
Esa voz. Giró en redondo con los ojos muy abiertos y sin aire en los pulmones por la conmoción.No podía ser. La incredulidad la hizo parpadear. Pedro estaba muerto.El hombre que avanzaba hacia ella era alto, moreno y estaba muy vivo.Un fantasma del pasado.Era una copia de su marido muerto... el hombre al que oficialmente había declarado fallecido ocho meses atrás.Era una crueldad. ¿Es que no había dedicado los últimos nueve meses a tratar de reconciliarse con la prueba definitiva de su muerte después de casi cuatro años de terrible y traumática incertidumbre.De repente no pudo respirar y se sintió espantosamente mal. Su padre jamás la perdonaría si vomitaba encima del suelo de mármol... con cámaras por doquier para inmortalizar el momento.
—¡Paula!
Las manos que se posaron en sus hombros le eran tan íntimamente familiares... pero tan dolorosamente desconocidas. Estaba muerto. Sin embargo, los dedos que la tocaban eran cálidos y fuertes.No se trataba de ningún fantasma. Era un ser humano. Un hombre al que conocía muy bien.
—No te desmayes —advirtió con esa voz profunda y algo ronca.
—No lo haré —pero debía reconocer que se sentía débil, mareada... aturdida—. ¡Se supone que estás muerto! —respiró hondo y entonces añadió estúpidamente—: Pero has vuelto.
¡Paula!Lo embargó un deseo descamado que no había experimentado en más de mil noches. Acercó a él a la mujer con la que había soñado cada día y aspiró su fragancia, una mezcla embriagadora de miel y jazmín. Cerró los ojos e inhaló. Lo envolvió la calidez de Paula. Notó los hombros más delgados bajo sus dedos, los huesos más frágiles que lo que recordaba, aunque la piel seguía tan suave como siempre.
—Has perdido peso.Se puso rígida bajo su contacto.
—Tal vez.
Pedro enterró la cara en el costado del cuello de Paula.
—Te he echado tanto de menos —musitó.
Sin ella, el hombre que había sido se había visto reemplazado por un vacío. Abrazó esa silueta esbelta y frágil.
—Pedro, no puedo oírte —ella se apartó un poco—. Hay mucho ruido aquí... busquemos un lugar más tranquilo —se liberó de su abrazo y extendió una mano—. Ven.
Lo guió entre la multitud de gente que miraba hasta que escaparon por unas puertas dobles abiertas que daban a un pasillo alfombrado. Paula se detuvo ante unos ventanales de cristal. Soltándolo, buscó en el bolso de noche una tarjeta que pase por la ranura de seguridad. Las puertas se abrieron y Pedro la siguió hacia una zona de recepción y un pasillo.
—Mi despacho está por aquí.
—Solía estar en el sótano —la vió alzar el mentón en un gesto típico de ella y el corazón se le encogió.
—He subido en el mundo —le dijo mirándolo a los ojos—. Ahora soy más importante.
Encendió un interruptor y la estancia se llenó de luz, capturando destellos cobrizos olvidados en su cabello largo que insinuaban el fuego que había debajo.El deseo le atenazó la garganta a Pedro.La había echado tanto de menos. Hablar con ella. Tocarla.Por encima de todo, amarla.
Paula.En un abrir y cerrar de ojos, cubrió la distancia que los separaba y volvió a tomarla en brazos. Ya no era un fantasma que se desvanecería con sus sueños cuando el amanecer subía por el horizonte interminable y vacío. Inclinó la cabeza y posó los labios sobre los de ella. Paula emitió un jadeo sorprendido y un instante después se fundió en su abrazo.Ante ese sabor tan dulce, se le disparó el apetito.Subió las manos hasta que los dedos se perdieron en la masa de bucles lustrosos y contenidos. Ella echó atrás la cabeza y Pedro ahondó el beso. Los pechos se pegaron contra su torso y, a pesar de la pérdida de peso de ella, parecieron más plenos que lo que recordaba. Paula siempre se había lamentado de su carencia de curvas, pero en ese momento era decididamente exuberante.Otro cambio que saborearía...Le rozó el vientre con los dedos y vio que esa parte también estaba más plena. Una anomalía curiosa dada la esbeltez de sus hombros, la precisa definición de los pómulos altos. Exploró esa elevación, detuvo los dedos... y notó que ella se paralizaba.La sangre bramó en los oídos de Pedro . No pudo absorber lo que le indicaban las yemas de los dedos.
¡No! Su primera reacción fue la negativa. Pero las palmas de sus manos recorrieron las curvas de Paula, enviándole descargas inoportunas de información a su cerebro confuso hasta que le fue imposible negar la verdad de lo que había bajo sus manos.
—Paula.
Esa voz. Giró en redondo con los ojos muy abiertos y sin aire en los pulmones por la conmoción.No podía ser. La incredulidad la hizo parpadear. Pedro estaba muerto.El hombre que avanzaba hacia ella era alto, moreno y estaba muy vivo.Un fantasma del pasado.Era una copia de su marido muerto... el hombre al que oficialmente había declarado fallecido ocho meses atrás.Era una crueldad. ¿Es que no había dedicado los últimos nueve meses a tratar de reconciliarse con la prueba definitiva de su muerte después de casi cuatro años de terrible y traumática incertidumbre.De repente no pudo respirar y se sintió espantosamente mal. Su padre jamás la perdonaría si vomitaba encima del suelo de mármol... con cámaras por doquier para inmortalizar el momento.
—¡Paula!
Las manos que se posaron en sus hombros le eran tan íntimamente familiares... pero tan dolorosamente desconocidas. Estaba muerto. Sin embargo, los dedos que la tocaban eran cálidos y fuertes.No se trataba de ningún fantasma. Era un ser humano. Un hombre al que conocía muy bien.
—No te desmayes —advirtió con esa voz profunda y algo ronca.
—No lo haré —pero debía reconocer que se sentía débil, mareada... aturdida—. ¡Se supone que estás muerto! —respiró hondo y entonces añadió estúpidamente—: Pero has vuelto.
¡Paula!Lo embargó un deseo descamado que no había experimentado en más de mil noches. Acercó a él a la mujer con la que había soñado cada día y aspiró su fragancia, una mezcla embriagadora de miel y jazmín. Cerró los ojos e inhaló. Lo envolvió la calidez de Paula. Notó los hombros más delgados bajo sus dedos, los huesos más frágiles que lo que recordaba, aunque la piel seguía tan suave como siempre.
—Has perdido peso.Se puso rígida bajo su contacto.
—Tal vez.
Pedro enterró la cara en el costado del cuello de Paula.
—Te he echado tanto de menos —musitó.
Sin ella, el hombre que había sido se había visto reemplazado por un vacío. Abrazó esa silueta esbelta y frágil.
—Pedro, no puedo oírte —ella se apartó un poco—. Hay mucho ruido aquí... busquemos un lugar más tranquilo —se liberó de su abrazo y extendió una mano—. Ven.
Lo guió entre la multitud de gente que miraba hasta que escaparon por unas puertas dobles abiertas que daban a un pasillo alfombrado. Paula se detuvo ante unos ventanales de cristal. Soltándolo, buscó en el bolso de noche una tarjeta que pase por la ranura de seguridad. Las puertas se abrieron y Pedro la siguió hacia una zona de recepción y un pasillo.
—Mi despacho está por aquí.
—Solía estar en el sótano —la vió alzar el mentón en un gesto típico de ella y el corazón se le encogió.
—He subido en el mundo —le dijo mirándolo a los ojos—. Ahora soy más importante.
Encendió un interruptor y la estancia se llenó de luz, capturando destellos cobrizos olvidados en su cabello largo que insinuaban el fuego que había debajo.El deseo le atenazó la garganta a Pedro.La había echado tanto de menos. Hablar con ella. Tocarla.Por encima de todo, amarla.
Paula.En un abrir y cerrar de ojos, cubrió la distancia que los separaba y volvió a tomarla en brazos. Ya no era un fantasma que se desvanecería con sus sueños cuando el amanecer subía por el horizonte interminable y vacío. Inclinó la cabeza y posó los labios sobre los de ella. Paula emitió un jadeo sorprendido y un instante después se fundió en su abrazo.Ante ese sabor tan dulce, se le disparó el apetito.Subió las manos hasta que los dedos se perdieron en la masa de bucles lustrosos y contenidos. Ella echó atrás la cabeza y Pedro ahondó el beso. Los pechos se pegaron contra su torso y, a pesar de la pérdida de peso de ella, parecieron más plenos que lo que recordaba. Paula siempre se había lamentado de su carencia de curvas, pero en ese momento era decididamente exuberante.Otro cambio que saborearía...Le rozó el vientre con los dedos y vio que esa parte también estaba más plena. Una anomalía curiosa dada la esbeltez de sus hombros, la precisa definición de los pómulos altos. Exploró esa elevación, detuvo los dedos... y notó que ella se paralizaba.La sangre bramó en los oídos de Pedro . No pudo absorber lo que le indicaban las yemas de los dedos.
¡No! Su primera reacción fue la negativa. Pero las palmas de sus manos recorrieron las curvas de Paula, enviándole descargas inoportunas de información a su cerebro confuso hasta que le fue imposible negar la verdad de lo que había bajo sus manos.
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