jueves, 11 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 10

Su insensibilidad hizo que se pusiera rígida.

—No hay ninguna prueba de eso.

—Viste fotografías de una mujer joven y hermosa que no podía quitarle las manos de  encima  —emitió  un  bufido  de  disgusto—.  ¿Qué  más  necesitas?  Engáñate  todo  lo  que quieras, pero en algún momento tendrás que enfrentarte a la verdad.

Sintió que la atravesaba un aguijonazo de celos.

—Papá, los mismos investigadores dijeron que Pedro había muerto en un accidente de  coche  y  que  los  lugareños  habían  confirmado  que  su  cuerpo  había  sido  arrojado  a  una  fosa  común.  Es  evidente  que  también  se  equivocaron  con  eso  —sin embargo, en ese momento el mismo Pedro le había causado dudas...

—Pequeña... —con incomodidad,  su  padre  apoyó  una  mano  encima  de  la  suya— lamento  mucho  que  tengas  que  pasar  por  esto,  que  tengas  que  revivir  toda  la  desdicha...

Sintió  lágrimas  en  las  comisuras  de  los  ojos  e  intentó  convencerse  de  que  eran  lágrimas de felicidad porque Pedro estuviera vivo, pero después de la escena anterior que  habían tenido, sospechaba  que el futuro le deparaba  un  camino  rocoso  y  con  obstáculos. Miguel le apretó la mano y la estudió.

—¿Qué hacía tu madre en el museo?

Paula giró la cabeza con brusquedad.

—¿Estuvo allí? No la ví.

—¿No la invitaste tú?

—¡No! Jamás haría eso sin hablarlo primero contigo.

La expresión sombría en la boca de su padre se relajó un poco.

—Bien. Le dije que se marchara.

Paula luchó  por  hacer  caso  omiso  de  la  sensación  que  tenía  en  el  estómago provocada  por  la noticia  de su  madre.  De  inmediato,  se  dijo  que  ya  no  era  la  niña  de  diez años a la que había abandonado.Había  sido  un  día  largo  y  le  dolían  los  pies.  El  día  siguiente  sería  diferente.  Mejor.  Pedro habría  tenido  la  oportunidad  de  superar  la  conmoción  inicial.  Hablarían.  Le  explicaría por qué el bebé era tan importante para ella.Y  lo  entendería.  Aunque  con  la  vista  clavada  en  el  exterior  oscuro  a  través  de  la  ventanilla, por primera vez, en su mente aleteó la idea de que tal vez no lo hiciera.


A la mañana  siguiente,   Pedro entró  en  el  Museo  de  Antigüedades  lleno de   frustración.  Subió  las  escaleras  de  dos  en  dos  peldaños.  Las  puertas  de  cristal  que  daban a la zona ejecutiva se abrieron ante él, así que continuó hasta llegar a la puerta de cristal del despacho de Paula. Podía verla hablar por teléfono y escribir en un blog. Lo  invadió  la  suspicacia  y  se  preguntó  si  estaría  hablando  con  su  amante,  el  padre  del  hijo que esperaba. Se relajó un poco al ver que su postura no era coqueta. Empujó  la  puerta  y  aunque  no  hizo  ningún  ruido,  al  instante,  los  ojos  de  ella  se  clavaron en él y la tensión llenó el amplio espacio.

—He de dejarte —murmuró ella al auricular—. Hablamos luego, cariño.

Una amiga.   Ninguna  mujer  llamaba  a  su  amante   cariño.  Apaciguada  su  desconfianza,  miró  alrededor  del  despacho  nuevo  de  su  esposa.  Libros  de  arte,  una  alfombra mullida, un moderno sillón  LeCorbusier. Se acercó al ventanal y contempló el patio de abajo, lleno de estatuas.

—Muy agradable —alabó.

—Gracias. Llevo aquí tres años y me sigue gustando.

Tres años. Entonces, no había habido nada parecido a un nuevo ascenso. Resaltaba cuánto se había perdido de la vida de Paula. Había sido unos tres años atrás cuando sus captores se habían puesto nerviosos. En mitad de la noche habían llegado vehículos al campamento y se habían producido las reuniones. Pero él había oído las discusiones, la voz  de  Akam  resonando  por  encima  de  las  demás.  Unas  noches  después,  lo  habían  despertado y metido en un coche, con un guardia a cada lado y Akam, como líder del grupo,  sentado  al  lado  del  conductor,  con  una  AK—47  apoyada  en  el  regazo.  El  viaje  había  sido  tenso,  pero  no  habían  sufrido  bloqueo  alguno  ni  habían  visto  a  ningún  soldado  de  la  coalición.  El  emplazamiento  del  nuevo  campamento  había  estado  más  desierto  adentro,  con  el  asentamiento  más  próximo  a  una  hora  de  distancia.  En  los  días  siguientes,  la  disposición  de  Akam  había  sido  cada  vez  más  volátil  y  Pedro había  sabido  que  cualquier  esperanza  de  fuga,  o  de  rescate,  se  había  reducido  aún  más.  A  partir  de  entonces  habían  trasladado  el  campamento  de  manera  regular...  pero  había  existido  una  ventaja:  a  él  solo  lo  habían  encerrado  por  la  noche,  mientras  los  demás  dormían.  Durante  el  día,  se  le  había  permitido  la  libertad  de  los  campamentos desérticos. Eso le había salvado la cordura.

—Estoy segura de que no has venido a admirar las vistas, Pedro. ¿Qué haces aquí?

La voz de Paula interrumpió los recuerdos desagradables de calor, polvo y sordidez.Giró en redondo y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Clea se había puesto de pie y rodeaba el escritorio.

—Esta  mañana  pasé  por  mis  oficinas...  o  las  que  solían  serlo.  Hay  un  ejército  de  contables en el espacio que era mío. ¿Dónde están mi secretaria y mi personal?Clea se quedó quieta.

—Lo  siento,  Pedro.  Tuve  que  dejar  que  tu  personal  se  marchara.  El  negocio  no  podía funcionar sin tu pericia.

Eres Mía: Capítulo 9

—Parece que empiezo a causar una especie de revuelo... he de irme. Lo último que deseo  es  provocar  un  incidente.  Esta  es  la  noche  de  Paula...  debería  ser  un  gran  éxito,  no un altercado.

Ella asintió y suspiró con tono de conspiración:

—Hay  dos  periodistas  al  otro  lado  de  la  columna...  los  distraeré.  Puede  ser  muy  difícil escapar del civismo. Pero, créeme, Paula y tú siempre han  tenido algo especial. Sean cuales fueren los problemas, estoy segura de que podrán  superarlos.

Al  marcharse, deseó compartir la  seguridad  de  Alejandra...  y  se  preguntó  si  al  fin  se  había dado cuenta de que había llamado Paula a su hija. Desde luego,  su  valentía  fue  efímera.  En  cuanto  él  se  marchó,  Paula quiso  saber  adonde había ido... cuándo volvería a verlo.Pero  el  deber  la  llamaba.  De  modo  que  charló,  rio  y  dijo  todas  las  cosas  correctas,  negándose  a  revelar  lo  sacudida  que  se  había  visto  por  el  desconocido  peligroso  y  de  mirada dura con el que había estado en su despacho.Una  hora  más  tarde,  su  padre  la  encontró,  exhibiendo  esa  expresión  que  para  sus  adentros   ella   llamaba   de   bulldog,   lo   que   hizo   que la tensión   que   sentía   se   incrementara.  Se  dijo  que  daría  cualquier  cosa  por  poder  irse  a  casa  y  meterse  en  la  cama  que  una  vez  había  compartido  con  el  antiguo  Pedro.  Tomó  una  copa  de  agua  mineral con gas de la bandeja de un camarero que pasó a su lado.

—Ese canalla ha  tenido  el  descaro de  aparecer  aquí  después  de  haberte   abandonado.

—Shh, papá, no montemos una escena.

Miguel controló su voz.

—La velada se ha terminado... la gente comienza a marcharse.

Paula miró alrededor. Aún había muchos asistentes.

—Entonces,  ¿También  nosotros podemos irnos?  —intentó mantener  la  voz  ligera  mientras enlazaba el brazo de su padre.

En el vestíbulo de abajo, el portero vió que iban hacia allí y por el micrófono interior llamó  a  su  chofer,  Samuel,  para  que  llevara  el  coche  mientras  la  encargada  de  guardarropía retiraba su chal. Paula le dió las gracias con una sonrisa.

—¿Ha dicho dónde ha estado? —preguntó su padre mientras salían por las puertas de cristal.

Movió la cabeza.

—No quiso hablar. Está enfadado por lo del bebé.

—¿Le hablaste del bebé?

—No hizo falta   —eligió sus  palabras  con  cuidado—.   Adivinó que  estaba  embarazada.—E imagino que no está nada complacido. ¿Qué esperabas?

Su padre había intentado  convencerla  de no  tener  el  bebé,  pero  ella  ya  había  tomado la decisión.

—Te  dije  que  era  una  decisión  precipitada,  que  no  deberías  hacerlo.  Pero  no  quisiste escuchar. Ahora resulta que es posible que tu terquedad salve la situación.

—Papá...

«Por favor, por favor, no permitas que diga que Pedro no debería haber vuelto».  No  podría soportarlo.  A pesar del  enfrentamiento,  la  euforia  de  que  siguiera  vivo vibraba bajo todo el dolor.

—No deberías haberte casado con él —decía ya su padre—. Fue un error. Deberías haberte casado con Fernando... es uno de los nuestros.

Uno de los nuestros. Lo  que  su  padre  había  mantenido  contra  Pedro todos  esos  años.  No  es  uno  de  los  nuestros.  Pero  desde  el  instante  en  que  se  lo  había  encontrado  en  una  subasta,  donde  inspeccionaba las monedas por las que ella había ido a pujar, había quedado fascinada. Todavía  estudiante,  su  padre  le  había  organizado  un  trabajo  en  el  museo  durante  las  vacaciones. Se le había indicado que pujara por dos monedas romanas y su entusiasmo casi se había desbordado. Hasta que Pedro le dijo que eran falsificaciones... motivo por el que no había más interés en ellas.Alto y atractivo, él la había atraído. Su razonamiento había sido persuasivo y sus conocimientos obvios.Dominada por la duda, había tratado de llamar al conservador adjunto, luego a Ariel  Daley y por último a su padre, sin éxito en ninguno de los tres casos.De modo que había tomado la decisión de no pujar. Luego, Pedro la había invitado a comer, pero, sabiendo que debía volver al trabajo y explicar  su  decisión,  había  declinado.  Sin  embargo,  cuando la invitó  a cenar,  se  había  sentido encantada. Y al final de la velada estaba perdida. Se había enamorado con toda la desesperación de su corazón de diecinueve años. El suspiro de su padre la sacó del ensimismamiento en el que se hallaba.

—Ese hombre dió problemas desde el principio.

—¿Cómo puedes decir eso? —Paula no avanzó hacia el coche, que la esperaba—. El día   que  lo conocí,   Pedro le ahorró  al  museo   comprar  unas  falsificaciones   sobrevaloradas.

—Y a la semana ya te tenía en su cama —Miguel fue hacia el vehículo.

Una vez en el asiento de atrás, dijo:

—Un mes más tarde se casó conmigo.

—Una ceremonia precipitada que no era lo que tú te merecías.

—Papá,  era lo que quería  —no estaba de humor  para  escuchar  el  argumento  favorito  de  su  padre  de  que  Pedro solo  se  había  casado  con  ella  porque  había  heredado  una  considerable  cantidad  de  dinero  de  su  abuela  materna. 

No soportaría otro discurso, no esa noche. Al  mirar las luces de la  ciudad  por  la   ventanilla,  sintió que las lágrimas  le  aguijoneaban los ojos.

—No  vas  a  ponerte  a  llorar  por  él,  ¿Verdad?  —espetó  Miguel—.  El  hombre  te  abandonó,  tuvo  una  aventura  y  se  vió  inmerso  Dios  sabe  en  qué  lío  en  Irak.  Lo  que  necesitas es deshacerte de él.

martes, 9 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 8

—Whisky doble con hielo.

Asintió brevemente ante el anuncio del barman mientras alzaba la copa y mantenía la  mirada  cauteloso  sobre  la  manada  de  periodistas  que  había  mostrado  un  gran  interés desde que había regresado a la galería. El  primer  trago  fue  como  una  descarga  contra  su  garganta.  En cuatro años había olvidado la potencia del whisky. Se sirvió dos dedos de agua. Con la copa en la  mano,  se retiró  a  un  punto  desierto  detrás  de  una  columna  coronada  con  la  cabeza  tallada  en  mármol  de  una  mujer.  Alejado  de  los  medios,  se  dedicó  a  buscar  con  la  vista  a  su  mujer.  La  encontró  en  un  grupo  que  incluía  un  senador, la esposa de aquel y un conocido subastador de arte. Mientras la estudiaba, intentó descifrar por qué aún no se había marchado. Con  el  revuelo  que  iba  a  causar  su  misteriosa  reaparición,  no tenía  sentido  quedarse.  No  a  menos  que  quisiera  aparecer  en  la  primera  plana  de  los  periódicos...  algo que nunca había sido su estilo.Ceñudo, vio que a Paula se la veía vivaz y feliz... no como si acabara de mantener una fuerte  discusión  con  el  marido  al  que  no  había  visto  en  cuatro  años. 

Relajada  en  compañía  del  poder,  era  evidente  que  había  desarrollado  una  sofisticación  de  la  que  carecía cuatro años atrás. Su mujer había crecido.   Había dejado  a  una  esposa  joven  y  regresado   para   encontrar a una mujer. Posó la vista en su estómago.Una mujer embarazada. El  padre  de  ella  se  unió  al  grupo.  La  primera  vez  que  se  conocieron,  Paula  le  había  dicho que iba a encantarle, ya que tenían muchas cosas en común. Miguel Chaves importaba   alfombras,   cerámica,   muebles   de   madera   y   antigüedades   selectas de   Afganistán, Irak y Turquía para una cadena de tiendas que poseía.Desde el primer apretón de manos, Pedro había sabido que el padre de Paula sentía un  interés  nulo  por  él.  Conocer  al  amigo  de  la  infancia  de  ella  le  había  explicado  la  causa...  Fernando  Hall-Lewis  era  el  hombre  que  Miguel había  elegido  para  que  se  casara  con su hija. Licenciado  en  la  mejor  universidad,  importador  exportador  de  éxito  con  quien  Miguel mantenía una relación estrecha de trabajo, Fernando era afable y relajado. Que la familia de este pudiera rastrear su linaje hasta el Mayflower también ayudaba. Un exsoldado de las fuerzas especiales procedente de una familia rural anónima de Nueva  Zelanda  no  era  competencia,  sin  importar  la  fama  de  integridad  que  se  había  ganado... o su fortuna en incesante crecimiento basada en la constante revalorización de los elementos antiguos con los que trataba. Aunque los millones significaban poco para  Miguel...  él  mismo  tenía  más  que  suficientes.  Cuando  Paula había  elegido  un  matrimonio precipitado en la Capilla del Amor de Las Vegas con el soldado convertido en   tratante   de   antigüedades,   el  desagrado   de   Miguel se   había  convertido   en   manifiesta enemistad.

—Pedro... ¿Eres tú? Qué maravilloso. ¿Dónde has estado?

Este giró la cabeza. Al lado tenía a la madre de Paula, el cabello negro recogido en un moño y el vestido de igual color de una elegancia atemporal. En su garganta brillaban diamantes,  solo  había  visto  a  Alejandra unas  pocas  veces  durante  el  matrimonio  con  Paula. Hija única de un industrial millonario, Alejandra había puesto fin a su matrimonio con  Miguel cuando  Paula tenía  diez  años  y  poco  después  de  obtener  el  divorcio  había  vuelto a casarse. Su nuevo marido, un próspero hombre de negocios viudo, tenía una hija de la misma edad que Paula y un hijo menor.

—Ha pasado tiempo —le dió un abrazo comedido—. Se te ve preciosa.

—Lisonjero —Alejandra Schulz Chaves Gordon  le  devolvió  el  abrazo  antes  de  retirarse esbozando una leve sonrisa—. Te sorprende verme aquí. Es lógico... ya que no fui  invitada.  Tuve  el  sentido  común  de  no  traer  a  mi  marido,  pero  deseaba  ver  la  exposición de Paula y me colé... el portero me dijo que tenía los mismos ojos que ella  y  en  ningún  momento  se  le  pasó  por  la  cabeza  negarme  el  acceso.  He  estado  admirando  las  exposiciones.  Pau ha  hecho  un  trabajo  magnífico.  Me  siento  tan  orgullosa —los ojos esmeralda de Alejandra brillaron de emoción.

 Omitiendo mencionar que también él se había colado, comentó con gentileza: sospechaba  que  el  distanciamiento  entre  Paula y  su  madre  le  causaba  a  aquella  un  dolor  que  jamás  admitiría.  Siempre  había  ansiado  una  familia  y  necesitaba  a  su  madre... a pesar de ser demasiado obstinada para reconocerlo.

—Mi hija jamás me perdonará por haberlos abandonado.

Pedro se movió incómodo.

—Te necesita, lo que pasa es que aún no lo sabe. Dale tiempo.

—¿Paula sabe que has vuelto? —inquirió Alejndra con suavidad.

—Sí —fue su respuesta escueta.

Su suegra le dió una palmada en la manga.

—Pedro, sabes que nunca he gozado de su confianza e intimidad, pero sí sé que te echó mucho de menos después de que... desaparecieras.

La carga evidente que llevaba fue prueba más que suficiente.Los ojos de Alejandra estaban llenos de preguntas que él no podía ni iba a responder. Aún no.Con la mano indicó hacia donde Paula charlaba y sonreía.

—¿Tanto que está embarazada.

—¿Embarazada? —examinó la figura de su hija—. ¿Paula?

—Mmm.

—¡No puede ser!

Volvió a centrar su atención en la madre de Paula y se inclinó.

—Créeme, lo está.

Alejandra había palidecido.—Ni siquiera sabía que se veía con alguien. Aunque no hay motivo para que me lo hubiera contado. No nos hablamos.

Vió  el movimiento  de la prensa  y  comprendió  que  iba  a  empezar  a  costarle  permanecer oculto.

Eres Mía: Capítulo 7

La  necesidad,  ardiente  e  inesperada,  le  provocó  un  vacío  en  el  estómago.  Dios,  lo  había echado de menos. La fragancia no olvidada de él, una mezcla de almizcle y algo penetrante, le llenó los sentidos.  Cerró  los  ojos  y  se  apoyó  contra  su  marido,  el  cuerpo  le  temblaba  al  entrar  en  contacto  con  esa  extensión  tensa.  La  calidez  del  cuerpo  grande  se  filtró  despacio  en  ella,  reviviéndola  después  de  ese  frío  que  le  embotaba  el  corazón.  Durante  unos  momentos  casi  esperó  que  los  cuerpos  pudieran  comunicarse  a  pesar  de  que  los  cerebros parecían distanciados.

El bebé se movió. Y  en  el  instante  en  que  sus  labios  le  rozaban  el  mentón,  Pedro se  separó  de  su  abrazo. Estableciendo dos  metros  entre ambos,  se  detuvo cerca  de  la   puerta  con  respiración pesada.

—¿Qué diablos te pasa? —Paula intentaba no jurar nunca, pero la fuerza con la que se  apartó  de  ella  la  ofendió.  En  esa  ocasión  no  pensaba  cerrar  la  distancia  que  había  entre ambos.

—¿Necesitas preguntarlo?

Le molestó que la tratara como si estuviera contaminada. Estaba embarazada, no era contagiosa. Su condición era su salvación.

—¡Sí! —pero  era  obvio  que  él  no  estaba  dispuesto  a  extenderle  la  cortesía  de  una  explicación. 

Daba  la  impresión  de  que  finalmente  habían  llegado  a  un  punto  muerto.  Como su ira iba en aumento, se sentía menos dispuesta a darle una explicación hasta que él le mostrara la confianza y el respeto que se merecía.

—¿Qué diablos importa qué me pasa? —replicó con voz fría—. Lo que tuvimos una vez ha muerto.

—¿Muerto? —el  corazón  casi  se  le  para.  Olvidando  su  determinación,  avanzó  un  paso y lo miró horrorizada—. ¡Pedro! No... puedes... hablar en serio.

—Sí,  muerto  —la  miró  con  ojos  helados—.  Ha  pasado  mucho  tiempo.  Demasiado,  sospecho, para que hayamos mantenido lo que una vez tuvimos.

El dolor la atravesó. Su mundo se derrumbó a su alrededor mientras se afanaba por poner  cierto  orden  en  el  caos  que  eran  sus  pensamientos.  ¿Acaso  Pedro solo  había  vuelto para solicitar el divorcio?

—¿Has vivido alguna vez con Candela Freeman? —soltó ella sin premeditación.

—¿Y eso que tiene que ver con esto?

—Habías salido con ella.

—Durante un tiempo —confirmó, inmóvil.

—¿Corto?

—¿Por  qué  estas preguntas  sobre  algo  que  se  había  acabado  antes  de  que  nos  conociéramos?

El cerebro de Paula no paraba de trabajar. Pedro no había querido tenerla con él en Grecia; sin consultárselo, había ido a un país que sabía que ella consideraría demasiado peligroso. Según los investigadores, en ambas ocasiones Candela había estado con él. En Atenas  se  los  había  fotografiado  juntos  y  testigos  con  los  que  habían  hablado  los  investigadores los habían visto juntos en Bagdad. Parecían inseparables.En su momento, se había negado a considerarlo capaz de semejante traición. Pedro la amaba a ella.Pero había estado irritada con él por rechazar la oportunidad de un idilio romántico en Grecia.Finalmente, dijo:

—Quiero  saber  si  alguna  vez  has  vivido  con  ella  —ya  sospechaba  cuál  sería  la  respuesta: Pedro había mentido en el pasado.

La mueca de él mostró el disgusto que sentía. Ni siquiera se molestaba en negarlo. El último vestigio de esperanza que había guardado sin saberlo, la abandonó.

—¿Quién te dijo que una vez viví con Candela?

—¿Importa?  Tu  reacción  me  demuestra  que  es  verdad.  ¿Por qué me  llevaste  a  pensar que no habían sido más que unas citas sin importancia? Me mentiste.

—¿Y tu represalia fue engañarme y quedarte embarazada?

Ella se quedó boquiabierta.

—¿Tienes  la  desfachatez  de  entrar  aquí  después  de  una  ausencia  de  cuatro  años  y  acusarme de engañarte?

—Estás embarazada —rugió él—. Y es evidente que yo no he estado presente para hacer que te lo pasaras bien.

Con un supremo esfuerzo de voluntad logró contener las lágrimas.Lo que tuvimos una vez ha muerto.Por el momento, era todo lo que necesitaba saber. Pedro había hecho su elección.Volvió a ponerse los zapatos y casi a ciegas se dirigió a la puerta. Al pasar junto a él, hizo acopio del último vestigio de dignidad que pudo y dijo:

—Quizá  estés  preparado  para  contarme más  una vez hayas  dispuesto de  la   oportunidad  de  reflexionar.  Cierra  la  puerta  de  mi  despacho  cuando  te  vayas.  Esta  es  una noche importante para mí y voy a celebrar mi éxito.

Al marcharse, él no intentó detenerla.

Eres Mía: Capítulo 6

—¿Por  qué  no  me contaste que te  ibas  a Bagdad?  —inquirió.  Él  simplemente  la  miró—. ¡Responde!

Nada.  Ni  siquiera  un  parpadeo.  No dejaba  de  mirarla  con  esa  mirada  de  basilisco  que empezaba a despreciar.

—He esperado...

—¿Esperado? —enarcó una ceja con ironía.

—¡Sí!  ¡Esperado!  —se  apartó  un  mechón de la  cara—.  En  la  última  conversación  aceptable que  mantuvimos,  tú  estabas  en  Londres...   a  punto de  irte  a  Grecia.   Discutimos por eso. ¿Recuerdas? —ella había querido reorganizar su agenda y le había pedido que la esperara hasta que pudiera reunirse con él.  Pedro se había negado... y le había ordenado que se quedara en casa.

A Paula no le había gustado nada esa negativa sin  rodeos.  No  había  sido  la  primera  vez  que  Pedro  tomaba  decisiones  por  ella  y  la  había  dejado  de  malhumor.  Había  vuelto  a  llamarla desde  Atenas...  y  la  conversación  había sido seca y breve. Justo antes de cortar, él le había dicho que la amaba. Luego ya no hubo más contactos.Al no obtener respuesta, añadió:

—Nunca me dijiste que planeabas ir a Irak.

La mirada de él no vaciló.

—No quería preocuparte.

¿Podía ser tan simple  la  explicación?  ¿O  el  viaje  a  Grecia  había  sido  una  tapadera  para una aventura con otra mujer? ¿Había sido correcta, después de todo, la primera teoría de la infidelidad presentada por los investigadores?

Ella quebró el silencio.

—¿Eso es todo?  ¿Esa  es  la  razón  por  la  que  nunca  lo  mencionaste?  —de  no  haber  estado observándolo con suma atención, habría pasado por alto el destello en sus ojos.

Pedro no le contaba la verdad.O al menos no toda la verdad.El silencio se alargó hasta que ella volvió a romperlo.

—¿No crees que la preocupación de que pudieran mutilarte, secuestrarte o incluso matarte sería una reacción razonable de saber que ibas a ir a Bagdad?

Él encogió los hombros poderosos.

—Serví allí con las Fuerzas Especiales —dijo—. Conozco el territorio... y los riesgos.

La frustración y una sensación de decepción la empujaron al sarcasmo.

—De  acuerdo,  puede  que  esos  riesgos  no  preocupen  a  superhumanos  como  tú...  pero desde luego sí me preocupan a mí.

—Razón por lo que no te lo conté... no tenía tiempo para tranquilizarte.

Como si  fuera una chiquilla  que se aferrara  a  él  y  no  quisiera  soltarlo.  Pero  eso  empezaba a ponerse interesante. Pedro le mentía. No le cabía duda al respecto.

—Bien, ¿Qué era tan importante como para marcharte sin consultarlo conmigo? ¿Y por  qué  no estableciste contacto desde entonces?  No habrás  estado  en  Bagdad  todo  este   tiempo   —más   silencio.   Volvió   a   intentarlo—:   ¿Estuviste   en   alguna   misión   encubierta?

Él  rió,  haciendo  que  se  sintiera  ridículamente  melodramática.  Aunque  no  pudo  evitar  pensar  en  los  hombres  de  trajes  oscuros  que  aparecieron  después  de  su  desaparición y que parecían saber todo sobre su pasado en las Fuerzas Especiales.

—Al menos dime que se trata de material clasificado, si esa es la causa.

—No formé parte de una operación militar.

—Dime  dónde  has  estado  y  me  pensaré  si  te  explico  lo  del  bebé...  —respiró hondo— con la condición de que no me interrumpas hasta que haya terminado.

—No necesito tus condiciones... o tus explicaciones —repuso él. Clavó la vista en el estómago casi liso de ella—: Sé muy bien lo que has estado haciendo.

Puede que Pedro no necesitara explicaciones, pero ella desde luego que sí. Aunque no pensaba permitirle que viera lo mucho que le importaba.

—Deja que lo adivine. ¿Has estado tomando el sol en el Mediterráneo? ¿Haciendo vida social con el Aga Khan?¿Acostándote con otra  mujer? 

Le  aterraba  demasiado  la  respuesta  como  paraplantear en voz alta esa pregunta. ¿Era posible que hubiera estado  viviendo con su  amante durante los cuatro años que  había  desaparecido  sin dejar  rastro?   Desde  luego,   poseía  la  habilidad  de  permanecer invisible el tiempo que quisiera. Cerró los ojos y se  preguntó  por  qué  se  peleaba  con  Pedro.  No era eso lo  que  quería.  Sacudió  la  cabeza  para despejarla  de  toda  agitación  y  confusión,  en  busca  de  serenidad.  ¿Cómo  se  había  estropeado  todo  tan  rápidamente?  Era  Pedro.  Lo  amaba.  Siempre  había  creído  en  él.  Había aguardado  su  regreso  cada  día.  Cada  noche.  Y  sin  embargo,  ahí  estaba,  tan  dolida  que  podía  escupir  fuego...  mientras  las  dudas  se  asentaban en su corazón.Tenían que parar todo eso.Volvió  a  respirar  hondo  y  cuando  estuvo  segura  de  hallarse  bajo  control,  abrió  los  ojos y dijo con ecuanimidad:

—Lo siento, no pretendía sonar frívola.

La expresión hermética de él no se ablandó. El silencio se alargó mucho. Pero  ella  siguió   esperando  con  las  manos cerradas  con  fuerza  y  el  pulso  martilleándole los oídos.Una  explicación sobre  dónde  había  estado  y  por  qué  la  ausencia  había  sido  tan  prolongada.  Incluso  se  convenció  de  que  la  aceptaría  sin  cuestionarla, diciéndose  que  lo único que importaba era que había vuelto y que lo amaba.Pero a medida que el minutero de los relojes de pared avanzaban implacables, Paula se rindió. Pedro no iba a darle ninguna explicación. ¿Porque ya no le importaba? solo había una manera de averiguarlo.

—Pedro... —abrió las manos y se alejó de la seguridad del escritorio.

Poniéndose de puntillas   y   apoyando   las   manos   en   sus   hombros,   buscó   una   conexión.

Eres Mía: Capítulo 5

Alzó la cabeza y con expresión acusadora taladró esos ojos verdes.

—¡Estás embarazada!

Paula supo en el acto lo que debería parecer.

—No es lo que crees —alzó  las  manos  para  enmarcar  la  cara  amada  de  Pedro— ¿Recuerdas cómo nosotros...?

—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro.

Esa acusación la sacudió. Pedro se había puesto tenso. En la quietud de  su  despacho,  lo  miró  conmocionada  al  asimilar  esas  palabras  terribles. No había otro.

—Yo no...

—Cállate —rugió él.

—Aguarda un momento...

La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó los dedos de su cara con desagrado palpable.

—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto... ¿O fue el típico corazón que no ve, corazón que no siente?

La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.Se preguntó cómo podía Pedro creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él!Cinco  días  después  de  la  última  conversación  telefónica que  habían  mantenido,  e  incapaz  de  contactar  otra  vez, había  hecho sonar  la  alarma.  Habían  necesitado  trece  días más para que los canales oficiales le respondieran que Pedro ya no se hallaba en Grecia. Había entrado en Irak hacía dos semanas por la frontera de Kuwait y se había registrado  en  un  hotel  destrozado  por  los  combates,  que  en  el  pasado  había  sido  el  preferido  de  los  hombres  de  negocios que iban a Bagdad.  Nadie  sabía  adonde  había  ido después de pagar la cuenta y dejar el hotel unos días más tarde.No  le  había  quedado  más  opción  que  esperar.  Había  imaginado  todas  las  excusas  habidas  y  por  haber  en  su  nombre,  pero  el  tiempo  había  pasado  y  no  recibía  noticias  de él. Ante los hombres de traje negro que se habían materializado en su lugar de trabajo, Paula había insistido en que la visita de su marido a Irak no tenía nada de sospechoso; después  de  todo,  Pedro se  ganaba  la  vida  con  las  antigüedades.  Pero  había  sido  exasperante  reconocer  que  no  le  había  mencionado  la  intención  que  albergaba  de  atravesar la frontera iraquí y decidió no contarle a los visitantes la discusión que habían mantenido la penúltima vez que había hablado con él. En  cuanto los  hombres  de  negro dejaron  de hostigarla,  siguiendo  el  consejo  de  su padre y recurriendo a los amplios contactos que poseía, había contratado a una firma de investigadores para encargarle que localizara a su marido desaparecido.Ni por un minuto había dejado de pensar en él. Hasta los dos relojes idénticos que tenía en la pared de su despacho lo atestiguaban: uno con la hora local y el otro con la de Bagdad. Quería recuperar a su marido. Quería respuestas reales, no especulaciones de   que   la   había dejado por otra mujer,   la   primera  teoría   planteada  por  los  investigadores.  La noticia  del  espantoso  descubrimiento  del  todoterreno  calcinado  en  el  desierto  la  había  aterrado.  Pero  con  obstinación  se  había  aferrado  a  la  creencia  de  que   su   corazón habría sabido  si Pedro estaba  muerto.   Había  exigido  pruebas   irrefutables. Cuando nueve  meses  atrás  le  habían  llevado  la  alianza  nupcial  de  Pedro,  se había  quedado destrozada, sus sueños pulverizados y sus esperanzas carbonizadas.La idea de un bebé se había convertido en un cabo a la cordura. Quedar embarazada le había devuelto la vida. No la que había esperado compartir con Pedro , pero sí algo mejor que la desesperanza que la había dominado. Pero  en  ese  momento  él  estaba  ahí,  acusándola  de  haberlo  olvidado.  En  vez de  tomarla  en  brazos,  se  comportaba  como  el  mayor  canalla  del  mundo.  Y  no  mostraba señal de querer escuchar. Movió la cabeza. Pedro rió... un sonido áspero y rechinante que nunca antes le había oído.

—¿No tienes nada más que decir? Qué desgracia para tí que no siguiera muerto —la mirada verde se había tomado gélida.

Hundida en el sillón, a Paula le dolía todo el cuerpo. Los pies. La cabeza. El corazón.

—Puedo explicarte...

Él reculó.

—¡No  necesito  tus  explicaciones!  —la  miró  desde  lo  alto  de  su  metro  ochenta  y  cinco de altura—. Resulta fácil ver qué sucedió. Dime, ¿Quién es el afortunado?

—¿Quieres  dejar  de  interrumpirme?  —alzó  la voz  y  luego  atemperó  el  tono—. Siempre hablamos acerca de tener una familia...

—Nuestra familia. No el bastardo de otro hombre.

—¡Pedro, espera!  —se  puso  de  pie  y  alargó  las  manos  hacia  él  antes  de  dejarlas  caer de nuevo a los costados debido a la frialdad que recibió de su marido—. Por favor, escucha...

—¿Qué sentido tiene esperar? —la miró con desdén... y algo más...¿Decepción?

La falta  de  fe  de  él  le  dolía.  Se  merecía  una  oportunidad  para  ofrecer  una  explicación  y  no dudaba  de  que  una  vez  que  se  calmara,  él  escucharía.  Pedro podía  tener una reputación peligrosa, pero la amaba. ¿O ya no? Experimentó  la  primera  sombra  de  duda.  Siempre  había  imaginado  que  debería  haber  sucedido  algo  terrible  para  mantenerlo  lejos  tanto  tiempo.  Una  accidente.  Amnesia. Un traumatismo que lo empujara a no querer verla en semejante estado. Pero ahí lo tenía, arrebatador con el esmoquin y la camisa negra, el cuerpo incluso mejor tonificado que cuatro años atrás, algo difícil de superar. El sol le había dejado la piel  bronceada  y  el  contraste  con  sus  ojos  verdes  resultaba  devastador. Irradiaba  un  aura nueva de peligro temerario que le aceleraba el corazón.Sin embargo, tuvo que reconocer que todo de negro parecía el diablo encarnado. Sin dejar de mirarlo, se descalzó, brindándole aún más ventaja que la que poseía.

jueves, 4 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 4

Después  de  una  conversación  seca  con  su  padre  cerca  de  la  sala  egipcia,  Paula se escabulló  detrás  de  una  columna  alta  mientras  Fernando se  aventuraba  a  abrirse  paso  entre  la  multitud  en  busca  de  una  copa  de  champán.  No  se  hallaba  con  ánimos  de  mezclarse entre los invitados ni de mantener conversaciones triviales.

—Paula.

Esa voz. Giró en redondo con los ojos muy abiertos y sin aire en los pulmones por la conmoción.No podía ser. La incredulidad la hizo parpadear. Pedro estaba muerto.El hombre que avanzaba hacia ella era alto, moreno y estaba muy vivo.Un fantasma del pasado.Era una copia de su marido muerto... el hombre al que oficialmente había declarado fallecido ocho meses atrás.Era  una  crueldad.  ¿Es  que  no  había  dedicado  los  últimos  nueve  meses  a  tratar  de  reconciliarse  con  la  prueba  definitiva  de  su  muerte  después  de  casi  cuatro  años  de  terrible y traumática incertidumbre.De  repente  no  pudo  respirar  y  se  sintió  espantosamente  mal.  Su  padre  jamás  la  perdonaría  si  vomitaba  encima  del  suelo  de  mármol...  con  cámaras  por  doquier  para  inmortalizar el momento.

—¡Paula!

Las  manos  que  se  posaron  en  sus  hombros  le  eran  tan  íntimamente  familiares...  pero  tan  dolorosamente  desconocidas.  Estaba  muerto.  Sin  embargo,  los  dedos  que  la  tocaban eran cálidos y fuertes.No se trataba de ningún fantasma. Era un ser humano. Un hombre al que conocía muy bien.

—No te desmayes —advirtió con esa voz profunda y algo ronca.

—No lo haré —pero debía reconocer que se sentía débil, mareada... aturdida—. ¡Se supone que estás muerto! —respiró hondo y entonces añadió estúpidamente—: Pero has vuelto.

¡Paula!Lo  embargó  un  deseo  descamado  que  no  había  experimentado  en  más  de  mil  noches. Acercó a él a la mujer con la que había soñado cada día y aspiró su fragancia, una  mezcla  embriagadora  de  miel  y  jazmín.  Cerró los  ojos e inhaló.  Lo  envolvió  la  calidez de Paula. Notó los hombros más delgados bajo sus dedos, los huesos más frágiles que lo que recordaba, aunque la piel seguía tan suave como siempre.

—Has perdido peso.Se puso rígida bajo su contacto.

—Tal vez.

Pedro enterró la cara en el costado del cuello de Paula.

—Te he echado  tanto  de  menos  —musitó. 

Sin  ella,  el  hombre que  había  sido  se  había visto reemplazado por un vacío. Abrazó esa silueta esbelta y frágil.

—Pedro, no puedo  oírte  —ella  se  apartó  un  poco—.  Hay  mucho  ruido  aquí...  busquemos  un  lugar  más  tranquilo  —se  liberó  de  su  abrazo  y  extendió  una  mano—. Ven.

Lo  guió  entre  la  multitud  de  gente  que  miraba  hasta  que  escaparon  por  unas  puertas dobles abiertas que daban a un pasillo alfombrado. Paula se detuvo ante unos ventanales de cristal. Soltándolo, buscó en el bolso de noche una tarjeta que pase por la  ranura  de  seguridad.  Las  puertas  se  abrieron  y  Pedro la  siguió  hacia  una  zona  de  recepción y un pasillo.

—Mi despacho está por aquí.

—Solía  estar  en  el  sótano  —la  vió  alzar  el  mentón  en  un  gesto  típico  de  ella  y  el  corazón se le encogió.

—He  subido en el  mundo   —le dijo mirándolo a los  ojos—.   Ahora soy  más   importante.

Encendió un interruptor y la estancia se llenó de luz, capturando destellos cobrizos olvidados en su cabello largo que insinuaban el fuego que había debajo.El deseo le atenazó la garganta a Pedro.La había echado tanto de menos. Hablar con ella. Tocarla.Por encima de todo, amarla.

Paula.En un abrir y cerrar de ojos, cubrió la distancia que los separaba y volvió a tomarla en  brazos.  Ya  no  era  un  fantasma  que  se  desvanecería  con  sus  sueños  cuando  el  amanecer  subía  por  el  horizonte  interminable  y  vacío.  Inclinó  la  cabeza  y  posó  los  labios  sobre  los  de  ella.  Paula emitió  un  jadeo  sorprendido  y  un  instante  después  se  fundió en su abrazo.Ante ese sabor tan dulce, se le disparó el apetito.Subió las manos hasta que los dedos se perdieron en la masa de bucles lustrosos y contenidos. Ella echó atrás la cabeza y Pedro ahondó el beso. Los  pechos  se  pegaron  contra  su  torso  y,  a  pesar  de  la  pérdida  de  peso  de  ella,  parecieron  más  plenos  que  lo  que  recordaba.  Paula siempre  se  había  lamentado  de  su  carencia de curvas, pero en ese momento era decididamente exuberante.Otro cambio que saborearía...Le rozó el vientre con los dedos y vio que esa parte también estaba más plena. Una anomalía curiosa dada la esbeltez de sus hombros, la precisa definición de los pómulos altos. Exploró esa elevación, detuvo los dedos... y notó que ella se paralizaba.La  sangre  bramó  en  los  oídos  de  Pedro .  No  pudo  absorber  lo  que  le  indicaban  las  yemas de los dedos.

¡No! Su  primera  reacción  fue  la  negativa.  Pero  las  palmas  de  sus  manos  recorrieron  las  curvas de Paula, enviándole descargas inoportunas de información a su cerebro confuso hasta que le fue imposible negar la verdad de lo que había bajo sus manos.