Ella estuvo a punto de decirle que con la cantidad de veces que la había convertido en su comida debía saberlo muy bien. En lugar de eso, cuando Pedro se agachó frente a su cuerpo, extendido sobre la mesa, y le agarró las piernas para colocarlas alrededor de sus hombros, arqueó automáticamente la espalda. Cuando sintió la boca caliente de él sobre su sexo y cómo éste deslizaba la lengua por sus pliegues, alzó las caderas de la mesa ante aquel contacto tan íntimo. Y cuando él empezó a succionar con fuerza y a usar la lengua para atormentarla y proporcionarle placer, emitió un intenso gemido y un orgasmo recorrió su cuerpo como un fuego desatado desde las plantas de los pies hasta la coronilla. Y entonces gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Las sacudidas hicieron que los músculos le doliesen al tiempo que rejuvenecían. No pudo evitar quedarse allí tumbada mientras Pedro seguía obteniendo de ella lo que quería. Cuando finalmente dejó de estremecerse, él lamió su cuerpo de forma concienzuda y luego alzó la cabeza y le dedicó una mirada de satisfacción. La forma en que se lamió los labios hizo que ella volviese a sentirse excitada. Él se acercó y le separó aún más las piernas. Empezó a acariciarla de nuevo y ella gimió ante el contacto de sus manos.
—Tengo los dedos chorreando, lo que significa que estás preparada —dijo—. Ahora me toca a mí.
Y ella supo, al ver que sacaba un paquete de preservativos, que él no tardaría en deslizar el látex por su miembro erecto. Después de aquella primera vez en el hotel, él nunca le había vuelto a hacer el amor sin protección, lo que le dio a ella más razones para pensar que no estaba preparado para tener hijos. Al menos, no con ella. A juzgar por la presión que la erección de Jason ejercía sobre su muslo, supo que definitivamente estaba preparado para aquello, seguramente más preparado que lo que ningún hombre tenía derecho a estarlo, pero no tenía quejas al respecto. Volvió a centrar toda su atención en Jason cuando sintió que se abría paso entre sus piernas con el miembro hinchado y erecto. Y cuando lo centró para empezar a deslizarlo por los pliegues de sus labios y de pronto la penetró sin más preámbulos, empezó a estremecerse de nuevo.
—Mírame, cariño. Quiero mirarte a los ojos mientras te corres. Necesito verlo, Pau.
Ella le miró a los ojos. Él estaba inmerso en ella y empezó a moverse sin dejar de observarla, agarrándose con fuerza a las caderas cuyas piernas le rodeaban con fuerza. Empezaron a moverse juntos en un ritmo perfecto, con armonía y precisión. A cada embestida, profunda y concienzuda, ella lo sentía por completo... cada glorioso centímetro.
—Sabías bien y ahora también me gusta lo que veo —dijo él con voz gutural y la mirada fija en sus ojos—. ¿Tienes idea de lo increíblemente bien que me estás haciendo sentir?
Paula lo sabía. Si se parecía al modo en que él le hacía sentir a ella, el sentimiento era mutuo. Y para demostrarle que era así, los músculos del interior de su sexo empezaron a atraparlo, a exprimirlo. Por lo que vió en sus ojos, supo el momento exacto en que él se dió cuenta de lo que estaba haciendo y el efecto que le causaba. Cuanto más le apretaba, más parecía crecer en su interior, como si pretendiese darse por completo.
jueves, 16 de noviembre de 2017
Propuesta: Capítulo 35
Ella se echó hacia atrás al ver que él subía las escaleras con la mirada más predatoria que había visto jamás. Había un deseo tan profundo e intenso en esa mirada que el corazón de Paula se desbocó.
—Quítate la ropa, Pau—dijo en voz ronca y profunda.
Entonces ella le preguntó lo que algunos considerarían una pregunta estúpida.
—¿Por qué?
Él se fue acercando lentamente y fue como si ella estuviese pegada al suelo y no pudiera moverse. Cuando se detuvo frente a Paula, ella levantó la cabeza para mirarle y vió el deseo en sus ojos marrones. La intensidad de su mirada le provocó un escalofrío. Extendió los brazos y le sujetó el rostro con las manos. Luego bajó la cabeza levemente para susurrarle:
—He venido antes porque necesitaba hacerte el amor. Y necesito hacerlo ahora.
Y entonces atrapó la boca de Paula con la suya, besándola con la misma intensidad y deseo que ella había visto en sus ojos. Ella le devolvió el beso sin entender por qué necesitaba hacerle el amor y por qué en ese momento. Pero sabía que le daría lo que quisiera y de la forma en que él quisiera. Él le estaba devorando la boca, haciéndola gemir. La besaba como el que hace una afirmación y reclama algo al mismo tiempo. Bella no podía hacer nada más que aceptar todo lo que él le estaba dando, feliz de hacerlo y sin avergonzarse en absoluto. Pedro no sabía que ella le amaba. Ni lo que para ella significaban las últimas semanas que habían compartido. Entonces él apartó la boca y se quitó las botas a toda velocidad. Luego la llevó al despacho, la colocó junto a la mesa y empezó a desnudarla de forma frenética.
Por una parte, Paula quería decirle que fuese más despacio y asegurarle que no se iba a ir a ninguna parte. Pero por otra estaba tan ansiosa y excitada como él por el hecho de que la desnudase, y le insistió en que se diera prisa. En cuestión de minutos, por no decir segundos, se vio atrapada entre su cuerpo y la mesa, y completamente desnuda. El aire frío del climatizador recorrió su piel caliente y ella quiso taparse con las manos, pero él no lo permitió. Le agarró suavemente las muñecas y se las levantó hasta la cabeza, lo cual hizo que sus pechos se levantasen y quedasen a la altura perfecta para sus labios. Agarró un pezón con la boca, lo succionó y luego lamió el botón palpitante. Paula arqueó la espalda, sintió que él la dejaba con suavidad en la mesa y de pronto se dio cuenta de que estaba prácticamente allí subido con ella. La superficie de metal le enfriaba la espalda, pero el calor del cuerpo de Pedro le cubría el torso. Pedro bajó la mano hasta el sexo de ella y la caricia de sus dedos en los pliegues de sus labios la hizo emitir sonidos que no había hecho nunca antes. Normalmente, cuando hacían el amor, empezaban con suavidad y luego el ritmo se aceleraba. Pero en esa ocasión ella supo que sería salvaje desde el principio. Por la razón que fuese, él se veía impulsado a poseerla rápidamente, sin sutilezas de ningún tipo. Estaba provocando en ella un ansia que la llevaba a desear que la amase tan deprisa y con tanta rudeza como le fuese posible. Pedro se retiró un poco y rápidamente se quitó los pantalones y los calzoncillos. Cuando ella lo vió en todo su esplendor, un sonido de deseo incontenible escapó de su garganta. Él la estaba llevando a ese punto, a ese estado de ansia y necesidad alimentado por la pasión y el deseo.
—Quiero saber a qué sabes, mi amor.
—Quítate la ropa, Pau—dijo en voz ronca y profunda.
Entonces ella le preguntó lo que algunos considerarían una pregunta estúpida.
—¿Por qué?
Él se fue acercando lentamente y fue como si ella estuviese pegada al suelo y no pudiera moverse. Cuando se detuvo frente a Paula, ella levantó la cabeza para mirarle y vió el deseo en sus ojos marrones. La intensidad de su mirada le provocó un escalofrío. Extendió los brazos y le sujetó el rostro con las manos. Luego bajó la cabeza levemente para susurrarle:
—He venido antes porque necesitaba hacerte el amor. Y necesito hacerlo ahora.
Y entonces atrapó la boca de Paula con la suya, besándola con la misma intensidad y deseo que ella había visto en sus ojos. Ella le devolvió el beso sin entender por qué necesitaba hacerle el amor y por qué en ese momento. Pero sabía que le daría lo que quisiera y de la forma en que él quisiera. Él le estaba devorando la boca, haciéndola gemir. La besaba como el que hace una afirmación y reclama algo al mismo tiempo. Bella no podía hacer nada más que aceptar todo lo que él le estaba dando, feliz de hacerlo y sin avergonzarse en absoluto. Pedro no sabía que ella le amaba. Ni lo que para ella significaban las últimas semanas que habían compartido. Entonces él apartó la boca y se quitó las botas a toda velocidad. Luego la llevó al despacho, la colocó junto a la mesa y empezó a desnudarla de forma frenética.
Por una parte, Paula quería decirle que fuese más despacio y asegurarle que no se iba a ir a ninguna parte. Pero por otra estaba tan ansiosa y excitada como él por el hecho de que la desnudase, y le insistió en que se diera prisa. En cuestión de minutos, por no decir segundos, se vio atrapada entre su cuerpo y la mesa, y completamente desnuda. El aire frío del climatizador recorrió su piel caliente y ella quiso taparse con las manos, pero él no lo permitió. Le agarró suavemente las muñecas y se las levantó hasta la cabeza, lo cual hizo que sus pechos se levantasen y quedasen a la altura perfecta para sus labios. Agarró un pezón con la boca, lo succionó y luego lamió el botón palpitante. Paula arqueó la espalda, sintió que él la dejaba con suavidad en la mesa y de pronto se dio cuenta de que estaba prácticamente allí subido con ella. La superficie de metal le enfriaba la espalda, pero el calor del cuerpo de Pedro le cubría el torso. Pedro bajó la mano hasta el sexo de ella y la caricia de sus dedos en los pliegues de sus labios la hizo emitir sonidos que no había hecho nunca antes. Normalmente, cuando hacían el amor, empezaban con suavidad y luego el ritmo se aceleraba. Pero en esa ocasión ella supo que sería salvaje desde el principio. Por la razón que fuese, él se veía impulsado a poseerla rápidamente, sin sutilezas de ningún tipo. Estaba provocando en ella un ansia que la llevaba a desear que la amase tan deprisa y con tanta rudeza como le fuese posible. Pedro se retiró un poco y rápidamente se quitó los pantalones y los calzoncillos. Cuando ella lo vió en todo su esplendor, un sonido de deseo incontenible escapó de su garganta. Él la estaba llevando a ese punto, a ese estado de ansia y necesidad alimentado por la pasión y el deseo.
—Quiero saber a qué sabes, mi amor.
Propuesta: Capítulo 34
En el transcurso de las semanas siguientes, Paula se acostumbró a lo que consideraba una cómoda rutina. Todas las noches se acostaban juntos y hacían el amor apasionadamente. Por las mañanas se levantaban temprano, él se sentaba a la mesa a tomar café y ella bebía té mientras él le hablaba de los caballos que iba a entrenar durante el día. Mientras él estaba fuera, ella solía dedicarse a leer los diarios de su abuelo, que se habían salvado del incendio porque los tenía guardados arriba en su habitación. Como en Savannah había participado activamente en muchas obras benéficas, dedicaba parte de su tiempo a trabajar como voluntaria en el hospital infantil y la Alfonso Foundation. Hércules ya estaba en los establos de Pedro, que colaboraba con la compañía de seguros en la reparación del rancho. Aunque ella agradecía que él interviniese y se hiciese cargo de todas sus cosas, no se quitaba de la cabeza las advertencias de su tío Antonio. Era consciente de que no la amaba y que sólo se había casado con ella por la finca y por Hércules. Pero, ahora que tenía ambas cosas, ¿Sería cuestión de tiempo que intentara deshacerse de ella?
Era consciente de que durante los dos últimos días había estado un poco nerviosa con respecto a Pedro porque tenía dudas sobre su futuro con él. Y para empeorar las cosas tenía un atraso, lo que podía ser signo de un posible embarazo. No le había comentado sus sospechas porque no estaba segura de cómo iba a reaccionar a la noticia. Si estaba embarazada, el niño nacería dentro del primer año de su matrimonio. ¿Querría él divorciarse incluso siendo ella la madre de su hijo, o preferiría quedarse por esa misma razón, porque se sentiría obligado a hacerlo? Pero otra cuestión, más importante si cabe, era si él realmente quería convertirse en padre. Pedro le había preguntado qué pensaba de la maternidad, pero ella nunca le había preguntado a él. Le gustaban los niños, a juzgar por la relación que mantenía con Mateo, pero eso no significaba necesariamente que quisiera ser padre. Oyó el sonido de la puerta de un vehículo al cerrarse y se acercó a la ventana. Era Pedro. Él alzó la vista, la vió y esbozó una sonrisa. En ese instante sintió que sus pezones se ponían erectos. Una oleada de deseo se apoderó de ella y notó en ese momento que había humedecido las braguitas. Aquel hombre podía excitarla con sólo mirarla. Había vuelto a casa antes de lo acostumbrado. Tres horas antes. Puesto que estaba allí, a Paula se le ocurrieron muchas formas de utilizar aquellas horas extra. Lo primero que quería hacer era llevárselo a la boca, algo que había descubierto que le encantaba hacer. Y luego él podía devolverle el favor poniendo a trabajar la lengua entre sus piernas. Se estremeció sólo con pensarlo y supuso que era cosa de las hormonas, porque si no, no estaría pensando en cosas tan escandalosas.
Él dejó de mirarla para entrar en la casa y ella salió apresuradamente del despacho para esperarle en lo alto de las escaleras. Bajó la vista en cuanto él abrió la puerta. La mirada de Pedro se posó sobre ella y le hizo perder el aliento. Mientras ella lo observaba, cerró la puerta con pestillo y empezó a quitarse la ropa lentamente, primero arrojó el sombrero sobre el perchero y luego se desabotonó la camisa. Ella empezó a excitarse mientras lo miraba al comprobar que no se detenía. Se había quitado la camisa, y Paula admiró su ancha espalda y sus muslos vigorosos marcados bajo los pantalones vaqueros.
—Voy a subir —dijo en voz grave y susurrante.
Era consciente de que durante los dos últimos días había estado un poco nerviosa con respecto a Pedro porque tenía dudas sobre su futuro con él. Y para empeorar las cosas tenía un atraso, lo que podía ser signo de un posible embarazo. No le había comentado sus sospechas porque no estaba segura de cómo iba a reaccionar a la noticia. Si estaba embarazada, el niño nacería dentro del primer año de su matrimonio. ¿Querría él divorciarse incluso siendo ella la madre de su hijo, o preferiría quedarse por esa misma razón, porque se sentiría obligado a hacerlo? Pero otra cuestión, más importante si cabe, era si él realmente quería convertirse en padre. Pedro le había preguntado qué pensaba de la maternidad, pero ella nunca le había preguntado a él. Le gustaban los niños, a juzgar por la relación que mantenía con Mateo, pero eso no significaba necesariamente que quisiera ser padre. Oyó el sonido de la puerta de un vehículo al cerrarse y se acercó a la ventana. Era Pedro. Él alzó la vista, la vió y esbozó una sonrisa. En ese instante sintió que sus pezones se ponían erectos. Una oleada de deseo se apoderó de ella y notó en ese momento que había humedecido las braguitas. Aquel hombre podía excitarla con sólo mirarla. Había vuelto a casa antes de lo acostumbrado. Tres horas antes. Puesto que estaba allí, a Paula se le ocurrieron muchas formas de utilizar aquellas horas extra. Lo primero que quería hacer era llevárselo a la boca, algo que había descubierto que le encantaba hacer. Y luego él podía devolverle el favor poniendo a trabajar la lengua entre sus piernas. Se estremeció sólo con pensarlo y supuso que era cosa de las hormonas, porque si no, no estaría pensando en cosas tan escandalosas.
Él dejó de mirarla para entrar en la casa y ella salió apresuradamente del despacho para esperarle en lo alto de las escaleras. Bajó la vista en cuanto él abrió la puerta. La mirada de Pedro se posó sobre ella y le hizo perder el aliento. Mientras ella lo observaba, cerró la puerta con pestillo y empezó a quitarse la ropa lentamente, primero arrojó el sombrero sobre el perchero y luego se desabotonó la camisa. Ella empezó a excitarse mientras lo miraba al comprobar que no se detenía. Se había quitado la camisa, y Paula admiró su ancha espalda y sus muslos vigorosos marcados bajo los pantalones vaqueros.
—Voy a subir —dijo en voz grave y susurrante.
Propuesta: Capítulo 33
Cuando sonó su teléfono móvil, no reconoció la llamada, pero pensó que serían sus padres desde otro teléfono.
—¿Sí?
—Todo esto es culpa tuya, Paula—ella se quedó paralizada al escuchar la voz de su tío. Estaba enfadado—. Puede que mis nietos ingresen en un centro de menores por tu culpa.
Paula inspiró con fuerza y recordó la conversación que había mantenido con Pedro.
—No tenías que haber hablado mal de mí delante de ellos.
—¿Me estás echando a mí la culpa?
—Sí, tío Antonio, es exactamente lo que estoy haciendo. La única persona a quien puedes culpar es a tí mismo.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? Crees que eres alguien ahora que estás casada con un Alfonso. Pero descubrirás que has cometido un error. Todo lo que quiere es tu finca y a ese caballo. No le importas en absoluto. Te dije que sabía de alguien que podía comprar la finca.
—Y yo siempre te he dicho que las tierras no están en venta.
—No significas nada para él. Sólo quiere tus tierras. No es más que un manipulador.
Entonces su tío colgó el teléfono. Paula intentó que no le afectasen las palabras de Antonio. Nadie conocía los detalles de su matrimonio, así que su tío no sabía que ella era plenamente consciente de que Pedro quería su finca y al caballo. ¿Por qué si no iba a presentarle semejante proposición? No era la loca que su tío pensaba que era. Alzó la mirada cuando Pedro entró por la puerta de atrás. Él sonrió al verla.
—Creí que ibas a ducharte.
—Iba, pero recibí una llamada.
—¿De quién?
Paula sabía que no era el momento de contarle la llamada de su tío, sobre todo después de lo que Jason le había dicho antes.
—Han llamado mis padres. Al final no vienen.
Él la agarró de la muñeca y la sentó en el sofá a su lado.
—Podría decirte muchas cosas, y ninguna agradable. Pero lo importante es que han decidido no venir y creo que han hecho bien porque no quiero que nadie te incomode.
—Nadie lo hará. Estoy bien.
—Y voy a asegurarme de que sigues así —dijo Pedro, y la estrechó entre sus brazos.
Ella se quedó inmóvil con la cabeza sobre el pecho de Pedro, oyendo su corazón. Se preguntó si él podía oír el suyo. Todavía le resultaba extraño que se sintieran tan atraídos el uno por el otro. El matrimonio no había hecho disminuir esa atracción. Alzó la cabeza para mirarle y captó la profundidad de su mirada. Era una mirada tan íntima que una oleada de calor la recorrió de arriba abajo. Y cuando él empezó a besarla, todos los pensamientos la abandonaron menos uno: lo mucho que le hacía sentirse amada, incluso fingiendo. En cuanto sus labios se tocaron, se negó a creer las palabras de tío Antonio. En lugar de eso, se concentró en lo que él la estaba haciendo sentir al besarla. Y sabía que ese beso no era más que el principio.
—¿Sí?
—Todo esto es culpa tuya, Paula—ella se quedó paralizada al escuchar la voz de su tío. Estaba enfadado—. Puede que mis nietos ingresen en un centro de menores por tu culpa.
Paula inspiró con fuerza y recordó la conversación que había mantenido con Pedro.
—No tenías que haber hablado mal de mí delante de ellos.
—¿Me estás echando a mí la culpa?
—Sí, tío Antonio, es exactamente lo que estoy haciendo. La única persona a quien puedes culpar es a tí mismo.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? Crees que eres alguien ahora que estás casada con un Alfonso. Pero descubrirás que has cometido un error. Todo lo que quiere es tu finca y a ese caballo. No le importas en absoluto. Te dije que sabía de alguien que podía comprar la finca.
—Y yo siempre te he dicho que las tierras no están en venta.
—No significas nada para él. Sólo quiere tus tierras. No es más que un manipulador.
Entonces su tío colgó el teléfono. Paula intentó que no le afectasen las palabras de Antonio. Nadie conocía los detalles de su matrimonio, así que su tío no sabía que ella era plenamente consciente de que Pedro quería su finca y al caballo. ¿Por qué si no iba a presentarle semejante proposición? No era la loca que su tío pensaba que era. Alzó la mirada cuando Pedro entró por la puerta de atrás. Él sonrió al verla.
—Creí que ibas a ducharte.
—Iba, pero recibí una llamada.
—¿De quién?
Paula sabía que no era el momento de contarle la llamada de su tío, sobre todo después de lo que Jason le había dicho antes.
—Han llamado mis padres. Al final no vienen.
Él la agarró de la muñeca y la sentó en el sofá a su lado.
—Podría decirte muchas cosas, y ninguna agradable. Pero lo importante es que han decidido no venir y creo que han hecho bien porque no quiero que nadie te incomode.
—Nadie lo hará. Estoy bien.
—Y voy a asegurarme de que sigues así —dijo Pedro, y la estrechó entre sus brazos.
Ella se quedó inmóvil con la cabeza sobre el pecho de Pedro, oyendo su corazón. Se preguntó si él podía oír el suyo. Todavía le resultaba extraño que se sintieran tan atraídos el uno por el otro. El matrimonio no había hecho disminuir esa atracción. Alzó la cabeza para mirarle y captó la profundidad de su mirada. Era una mirada tan íntima que una oleada de calor la recorrió de arriba abajo. Y cuando él empezó a besarla, todos los pensamientos la abandonaron menos uno: lo mucho que le hacía sentirse amada, incluso fingiendo. En cuanto sus labios se tocaron, se negó a creer las palabras de tío Antonio. En lugar de eso, se concentró en lo que él la estaba haciendo sentir al besarla. Y sabía que ese beso no era más que el principio.
martes, 14 de noviembre de 2017
Propuesta: Capítulo 32
—Sí, me gustan.
—¿Y crees que los tendrás algún día?
¿Le preguntaba aquello porque le preocupaba que pudiese utilizarlos como una trampa para quedarse con él pasado un año? Pero se lo había preguntado y ella tenía que ser sincera.
—Sí, me encantaría.
—Creo que serías una madre maravillosa.
—Gracias por decirlo.
—De nada, pero es la verdad.
Paula inspiró hondo, y se preguntó cómo podía estar tan seguro. Siguió mirándole durante un rato. Sería un regalo para cualquier mujer y se había sacrificado al casarse con ella... sólo porque quería la finca y a Hércules. Sentía lástima al pensar lo que le había llevado a unirse a ella. Pedro le levantó la mano y miró el anillo que le había puesto. Paula también lo miró. Era precioso. Más de lo que ella había esperado.
—Llevas mi anillo —le dijo él en voz baja.
—Sí, llevo tu anillo. Y es precioso. Gracias.
Luego ella levantó la mano de él.
—Y tú llevas el mío.
Y entonces él la besó y ella supo que acabara como acabase su matrimonio, había tenido un comienzo maravilloso. Por segunda vez en dos días, Pedro cruzó un umbral llevando en brazos a la mujer que amaba. Pero esta vez se trataba del umbral de su propia casa.
—Bienvenida a la Casa de Pedro, cariño —dijo mientras la dejaba en el suelo.
Sin pensarlo siquiera la giró en sus brazos y la besó, porque necesitaba sentir cómo se unían sus bocas, sus cuerpos. El beso fue largo, profundo, la experiencia más satisfactoria que podía imaginar. Con ella, todas las experiencias eran satisfactorias. Y pretendía tener muchísimas más.
—¿No vas a trabajar hoy? —preguntó Paula al día siguiente mientras desayunaban.
Su madre la había llamado la noche anterior para convencerla de que había cometido un error. Le dijo que irían a Denver al cabo de unos días para hacerle entrar en razón. Cuando se lo había contado a Pedro, él se había limitado a encogerse de hombros y le había pedido que no se preocupara. Para él era fácil decirlo, porque todavía no conocía a sus padres.
—No, hoy no voy a trabajar. Estoy de luna de miel —dijo Pedro—, dime qué te apetece hacer y lo haremos.
—¿Quieres pasar más tiempo conmigo?
—Por supuesto. Pareces sorprendida.
Lo estaba. Pensaba que habían pasado tanto tiempo en el dormitorio que debía de estar cansado de ella. Estaba a punto de decir algo cuando sonó el teléfono de la casa. Él le sonrió:
—Discúlpame un segundo.
Poco después, Pedro colgó el teléfono.
—Era el sheriff Harper. Han arrestado a los nietos gemelos de tu tío Antonio.
Paula se llevó la mano al pecho.
—¡Pero si sólo tienen catorce años!
—Sí, pero las huellas que había en la ventana y las de la piedra son las de ellos. Por no decir que el queroseno que usaron para el incendio era el de sus padres. Es obvio que escucharon las quejas de su abuelo sobre tí y pensaron que le hacían un favor asustándote para que te marcharas.
—¿Y qué les va a pasar?
—Ahora están bajo la custodia de la policía. Un juez decidirá mañana si quedarán libres y a cargo de sus padres hasta que se fije la fecha del juicio. Si los declaran culpables, y es bastante posible dado que las pruebas en su contra son casi irrebatibles, pasarán uno o dos años en un centro de menores.
Paula negó tristemente con la cabeza.
—Me siento fatal con todo esto.
—Sé lo que estás pensando, cariño. Puedo leerlo en tu cara, te culpas por lo ocurrido y no es culpa tuya. No puedes asumir la responsabilidad de las acciones de otras personas. ¿Y si llegas a estar cerca de la ventana cuando lanzaron la piedra o a estar en la casa cuando le prendieron fuego? Si parezco enfadado, es porque lo estoy. Y lo estaré hasta que no se haga justicia.
Se quedó en silencio un momento y luego dijo:
—No quiero hablar sobre Antonio ni sobre sus nietos nunca más. Venga, vístete y vamos a montar a caballo.
Cuando regresaron, Paula comprobó el teléfono y vió que sus padres le habían dejado un mensaje en el cual le decían que habían cambiado de idea y no irían a Denver. No pudo evitar preguntarse el por qué, pero supuso que lo mejor que podía hacer era sentirse agradecida por lo que tenía y alegrarse de que hubiesen cambiado los planes. Pedro estaba fuera guardando los caballos y ella decidió darse una ducha y ponerse ropa más cómoda. Hasta entonces, aparte del sheriff, nadie les había llamado. Imaginó que la familia de Pedro les estaba dejando disfrutar de su luna de miel.
—¿Y crees que los tendrás algún día?
¿Le preguntaba aquello porque le preocupaba que pudiese utilizarlos como una trampa para quedarse con él pasado un año? Pero se lo había preguntado y ella tenía que ser sincera.
—Sí, me encantaría.
—Creo que serías una madre maravillosa.
—Gracias por decirlo.
—De nada, pero es la verdad.
Paula inspiró hondo, y se preguntó cómo podía estar tan seguro. Siguió mirándole durante un rato. Sería un regalo para cualquier mujer y se había sacrificado al casarse con ella... sólo porque quería la finca y a Hércules. Sentía lástima al pensar lo que le había llevado a unirse a ella. Pedro le levantó la mano y miró el anillo que le había puesto. Paula también lo miró. Era precioso. Más de lo que ella había esperado.
—Llevas mi anillo —le dijo él en voz baja.
—Sí, llevo tu anillo. Y es precioso. Gracias.
Luego ella levantó la mano de él.
—Y tú llevas el mío.
Y entonces él la besó y ella supo que acabara como acabase su matrimonio, había tenido un comienzo maravilloso. Por segunda vez en dos días, Pedro cruzó un umbral llevando en brazos a la mujer que amaba. Pero esta vez se trataba del umbral de su propia casa.
—Bienvenida a la Casa de Pedro, cariño —dijo mientras la dejaba en el suelo.
Sin pensarlo siquiera la giró en sus brazos y la besó, porque necesitaba sentir cómo se unían sus bocas, sus cuerpos. El beso fue largo, profundo, la experiencia más satisfactoria que podía imaginar. Con ella, todas las experiencias eran satisfactorias. Y pretendía tener muchísimas más.
—¿No vas a trabajar hoy? —preguntó Paula al día siguiente mientras desayunaban.
Su madre la había llamado la noche anterior para convencerla de que había cometido un error. Le dijo que irían a Denver al cabo de unos días para hacerle entrar en razón. Cuando se lo había contado a Pedro, él se había limitado a encogerse de hombros y le había pedido que no se preocupara. Para él era fácil decirlo, porque todavía no conocía a sus padres.
—No, hoy no voy a trabajar. Estoy de luna de miel —dijo Pedro—, dime qué te apetece hacer y lo haremos.
—¿Quieres pasar más tiempo conmigo?
—Por supuesto. Pareces sorprendida.
Lo estaba. Pensaba que habían pasado tanto tiempo en el dormitorio que debía de estar cansado de ella. Estaba a punto de decir algo cuando sonó el teléfono de la casa. Él le sonrió:
—Discúlpame un segundo.
Poco después, Pedro colgó el teléfono.
—Era el sheriff Harper. Han arrestado a los nietos gemelos de tu tío Antonio.
Paula se llevó la mano al pecho.
—¡Pero si sólo tienen catorce años!
—Sí, pero las huellas que había en la ventana y las de la piedra son las de ellos. Por no decir que el queroseno que usaron para el incendio era el de sus padres. Es obvio que escucharon las quejas de su abuelo sobre tí y pensaron que le hacían un favor asustándote para que te marcharas.
—¿Y qué les va a pasar?
—Ahora están bajo la custodia de la policía. Un juez decidirá mañana si quedarán libres y a cargo de sus padres hasta que se fije la fecha del juicio. Si los declaran culpables, y es bastante posible dado que las pruebas en su contra son casi irrebatibles, pasarán uno o dos años en un centro de menores.
Paula negó tristemente con la cabeza.
—Me siento fatal con todo esto.
—Sé lo que estás pensando, cariño. Puedo leerlo en tu cara, te culpas por lo ocurrido y no es culpa tuya. No puedes asumir la responsabilidad de las acciones de otras personas. ¿Y si llegas a estar cerca de la ventana cuando lanzaron la piedra o a estar en la casa cuando le prendieron fuego? Si parezco enfadado, es porque lo estoy. Y lo estaré hasta que no se haga justicia.
Se quedó en silencio un momento y luego dijo:
—No quiero hablar sobre Antonio ni sobre sus nietos nunca más. Venga, vístete y vamos a montar a caballo.
Cuando regresaron, Paula comprobó el teléfono y vió que sus padres le habían dejado un mensaje en el cual le decían que habían cambiado de idea y no irían a Denver. No pudo evitar preguntarse el por qué, pero supuso que lo mejor que podía hacer era sentirse agradecida por lo que tenía y alegrarse de que hubiesen cambiado los planes. Pedro estaba fuera guardando los caballos y ella decidió darse una ducha y ponerse ropa más cómoda. Hasta entonces, aparte del sheriff, nadie les había llamado. Imaginó que la familia de Pedro les estaba dejando disfrutar de su luna de miel.
Propuesta: Capítulo 31
A la mañana siguiente, después de desayunar en la cama, Paula pensó que era el momento de decirles a sus padres que era una mujer casada. Inspirando con fuerza marcó el número y respondió el ama de llaves, quien le dijo que esperase a que se pusiera su padre.
—Paula. Espero que llames para decirme que has entrado en razón y te has comprado un billete de vuelta a casa.
Ella frunció el ceño. Ni siquiera se tomaba un segundo para preguntarle cómo estaba. Aunque imaginaba que sus padres no tenían nada que ver con los dos incidentes ocurridos esa semana, decidió preguntar de todas formas.
—Dime una cosa, papá. ¿Acaso tú y mamá pensaban que asustándome me harías regresar a Savannah?
—¿De qué estás hablando?
—Hace tres días alguien arrojó una piedra a mi salón con una nota intimidatoria en la cual se me pedía que abandonase la ciudad, y dos días después alguien prendió fuego a mi casa. Por suerte no estaba allí en ese momento.
—¿Que alguien ha incendiado la casa de papá?
Paula se percató de su tono de sorpresa, pero también detectó algo más: empatía. Era la primera vez que lo escuchaba referirse a Roberto como «papá».
—Sí.
—Yo no he tenido nada que ver en eso, Paula. Tu madre y yo jamás te pondríamos en peligro de ese modo. ¿Qué clase de padres crees que somos?
—Autoritarios. Pero no he llamado para discutir, papá. Sólo para comunicarles a tí y a mamá una buena noticia. Ayer me casé.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Me he casado con un hombre maravilloso que se llama Pedro Alfonso.
—¿Alfonso? Hubo unos Alfonso que fueron compañeros míos en el colegio. Su finca estaba pegada a la nuestra.
—Seguramente eran sus padres. Ambos fallecieron.
—Lamento oír eso, pero espero que sepas las razones por las que ese hombre se ha casado contigo. Quiere la finca. Pero no te preocupes, querida. Se puede solucionar fácilmente una vez pidas la nulidad.
Ella negó con la cabeza. Sus padres no lo entendían.
—Pedro no me obligó a casarme con él, lo hice por propia voluntad.
—Escucha, Paula, no llevas ni un mes viviendo allí. No conoces a ese tipo y no permitiré que te cases con él.
—Papá, ya estoy casada y tengo intención de enviar a tu abogado una copia de la licencia para que levante el bloqueo a mi fondo fiduciario.
—Te crees muy lista, Paula. Sé lo que estás haciendo y no pienso permitirlo. No lo amas y él no te ama a tí.
—Se parece mucho a la forma en que tú y mamá han organizado su matrimonio. Al mismo tipo de matrimonio que quieres que tenga con David, así que ¿Cuál es el problema? Yo no veo ninguno y me niego a seguir hablando contigo del tema. Adiós papá, da recuerdos a mamá —y colgó el teléfono.
—Imagino a tu padre no le ha sentado bien la noticia.
Ella miró a Pedro, que yacía tumbado a su lado, y le dedicó una leve sonrisa.
—¿De veras creías que iba a sentarle bien?
—No y no importa. Tendrán que asumirlo.
Ella se acurrucó junto a él.
—¿A qué hora tenemos que abandonar la habitación?
—A mediodía. Y entonces partiremos a la Casa de Pedro.
Paula tuvo que contener la felicidad que sentía al saber que irían a su casa y viviría allí al menos durante los doce meses siguientes.
—¿Existen algunas normas que deba conocer? Sólo estaré un tiempo en esa casa y no quiero abusar de tu hospitalidad —podía jurar que había visto algo asomar a los ojos de Pedro, pero no estaba segura.
—No es así y no, para tí no hay normas, a menos que... Se te ocurra pintar mi dormitorio de color rosa.
Ella no pudo evitar echarse a reír.
—¿Y qué tal de amarillo? ¿Te gustaría?
—No es uno de mis colores favoritos, pero supongo que valdría.
Paula sonrió y se arrimó aún más a él. Estaba deseando compartir con Pedro el mismo techo.
—¿Pau?
—¿Sí?
—La última vez que hicimos el amor no llevaba preservativo.
—Sí, lo sé.
—No fue a propósito.
—También lo sé —dijo ella con suavidad.
Pedro no tenía razones para desear dejarla embarazada. Sólo sería un inconveniente para su acuerdo. Durante un momento, ambos guardaron silencio. Entonces él preguntó:
—¿Te gustan los niños?
—Paula. Espero que llames para decirme que has entrado en razón y te has comprado un billete de vuelta a casa.
Ella frunció el ceño. Ni siquiera se tomaba un segundo para preguntarle cómo estaba. Aunque imaginaba que sus padres no tenían nada que ver con los dos incidentes ocurridos esa semana, decidió preguntar de todas formas.
—Dime una cosa, papá. ¿Acaso tú y mamá pensaban que asustándome me harías regresar a Savannah?
—¿De qué estás hablando?
—Hace tres días alguien arrojó una piedra a mi salón con una nota intimidatoria en la cual se me pedía que abandonase la ciudad, y dos días después alguien prendió fuego a mi casa. Por suerte no estaba allí en ese momento.
—¿Que alguien ha incendiado la casa de papá?
Paula se percató de su tono de sorpresa, pero también detectó algo más: empatía. Era la primera vez que lo escuchaba referirse a Roberto como «papá».
—Sí.
—Yo no he tenido nada que ver en eso, Paula. Tu madre y yo jamás te pondríamos en peligro de ese modo. ¿Qué clase de padres crees que somos?
—Autoritarios. Pero no he llamado para discutir, papá. Sólo para comunicarles a tí y a mamá una buena noticia. Ayer me casé.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Me he casado con un hombre maravilloso que se llama Pedro Alfonso.
—¿Alfonso? Hubo unos Alfonso que fueron compañeros míos en el colegio. Su finca estaba pegada a la nuestra.
—Seguramente eran sus padres. Ambos fallecieron.
—Lamento oír eso, pero espero que sepas las razones por las que ese hombre se ha casado contigo. Quiere la finca. Pero no te preocupes, querida. Se puede solucionar fácilmente una vez pidas la nulidad.
Ella negó con la cabeza. Sus padres no lo entendían.
—Pedro no me obligó a casarme con él, lo hice por propia voluntad.
—Escucha, Paula, no llevas ni un mes viviendo allí. No conoces a ese tipo y no permitiré que te cases con él.
—Papá, ya estoy casada y tengo intención de enviar a tu abogado una copia de la licencia para que levante el bloqueo a mi fondo fiduciario.
—Te crees muy lista, Paula. Sé lo que estás haciendo y no pienso permitirlo. No lo amas y él no te ama a tí.
—Se parece mucho a la forma en que tú y mamá han organizado su matrimonio. Al mismo tipo de matrimonio que quieres que tenga con David, así que ¿Cuál es el problema? Yo no veo ninguno y me niego a seguir hablando contigo del tema. Adiós papá, da recuerdos a mamá —y colgó el teléfono.
—Imagino a tu padre no le ha sentado bien la noticia.
Ella miró a Pedro, que yacía tumbado a su lado, y le dedicó una leve sonrisa.
—¿De veras creías que iba a sentarle bien?
—No y no importa. Tendrán que asumirlo.
Ella se acurrucó junto a él.
—¿A qué hora tenemos que abandonar la habitación?
—A mediodía. Y entonces partiremos a la Casa de Pedro.
Paula tuvo que contener la felicidad que sentía al saber que irían a su casa y viviría allí al menos durante los doce meses siguientes.
—¿Existen algunas normas que deba conocer? Sólo estaré un tiempo en esa casa y no quiero abusar de tu hospitalidad —podía jurar que había visto algo asomar a los ojos de Pedro, pero no estaba segura.
—No es así y no, para tí no hay normas, a menos que... Se te ocurra pintar mi dormitorio de color rosa.
Ella no pudo evitar echarse a reír.
—¿Y qué tal de amarillo? ¿Te gustaría?
—No es uno de mis colores favoritos, pero supongo que valdría.
Paula sonrió y se arrimó aún más a él. Estaba deseando compartir con Pedro el mismo techo.
—¿Pau?
—¿Sí?
—La última vez que hicimos el amor no llevaba preservativo.
—Sí, lo sé.
—No fue a propósito.
—También lo sé —dijo ella con suavidad.
Pedro no tenía razones para desear dejarla embarazada. Sólo sería un inconveniente para su acuerdo. Durante un momento, ambos guardaron silencio. Entonces él preguntó:
—¿Te gustan los niños?
Propuesta: Capítulo 30
Lamió una y otra vez hasta llevarla al borde del orgasmo, luego apartó la lengua y empezó a recorrerla entera otra vez. Ella sollozaba su nombre, gemía. Y entonces, cuando estaba a punto de estallar, se colocó sobre ella. Situó su sexo erecto en el lugar adecuado y, sin dejar de mirarla a los ojos, unió su cuerpo al de ella como si fueran uno solo. Paula estaba tensa, así que él intentó controlarse mientras se deslizaba en su interior, sintiendo la firmeza con que sus músculos se aferraban a él. No quería hacerle daño, así que fue penetrando lentamente, centímetro a centímetro. Cuando llegó hasta el final, cerró los ojos pero no se movió. Necesitaba quedarse inmóvil para percibir la importancia de lo que estaba sucediendo. Le estaba haciendo el amor a su esposa, a la persona que amaba más que a su vida. Abrió los ojos lentamente, se encontró con los de Paula y vió que ella había estado observándole... ansiando y necesitando que acabase lo que había empezado. Así que lo hizo. Empezó a moverse despacio, con extrema suavidad, entrando y saliendo de ella. Entonces Bella arqueó la espalda y él aumentó el ritmo y la presión. Los sonidos que ella emitía excitaban aún más a Pedro y le hacían saber que estaba disfrutando. Cuanto más gemía, más obtenía. En algunas ocasiones la penetraba tan profundamente que llegaba a tocarle el útero y la idea le hacía desearla más. Ella respiraba de forma entrecortada mientras él seguía empujando, haciéndola suya como ella lo hacía suyo a él. Y entonces ella echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre. Fue entonces cuando él se corrió, llenándola mientras gemía y ambos alcanzaban el orgasmo. Los espasmos que recorrieron el cuerpo de él eran tan poderosos que tuvo que obligarse a respirar. Se agitó sobre ella varias veces mientras la seguía penetrando por la fuerza de su liberación. Pedro aspiró el aroma del sexo que habían compartido y luego se inclinó a besarla. En aquel momento supo que la noche no había hecho más que empezar. Durante la noche, Pedro despertó al notar que Paula tenía su sexo en la boca. Inmediatamente empezó a tener una erección.
—Oh —ella se apartó y lo miró totalmente ruborizada—. Creía que estabas dormido.
Los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa.
—Lo estaba, pero hay cosas ante las cuales un hombre no puede evitar despertarse. ¿Qué haces ahí?
Ella alzó la cabeza para mirarle.
—Comiéndote del mismo modo que tú me comiste a mí —dijo ella en voz baja.
—No tenías que esperar a que estuviese dormido —le dijo, sintiéndose cada vez más excitado.
Aunque ya no estaba en su boca, seguía estando cerca. Justo ahí. Y el calor del aliento de Paula estaba demasiado próximo.
—Lo sé, pero estabas dormido y pensé en practicar primero. No quería pasar la vergüenza de hacerlo mal cuando estuvieses despierto —dijo ella, ruborizándose aún más.
Él rió por lo bajo, pensando en lo maravilloso que era aquel rubor.
—Mi niña, ésta es una de las cosas que una mujer nunca hace mal.
—¿Quieres que pare?
—¿Tú qué crees?
Ella le sonrió tímidamente. Maliciosamente. Licenciosamente.
—Creo que no quieres. Pero recuerda que esto es sólo una sesión de prueba.
Entonces ella se acercó y volvió a deslizarse su sexo en la boca. Él empezó a gemir en cuanto ella empezó a hacerle el amor de esta forma. Aquella misma noche él la había lamido hasta el orgasmo y ahora era ella la que lo estaba llevando a la locura. Entonces empezó a succionar y él emitió un sonido ronco procedente del fondo de la garganta. Si aquello era una sesión de prueba, la definitiva sin duda lo mataría.
—¡Pau!
Rápidamente, él se agachó y tiró de ella hacia arriba para tumbarla en la cama. Se situó encima de su cuerpo y la penetró, pero se dió cuenta demasiado tarde, al sentir que explotaba, que no llevaba puesto un preservativo. La idea de que podría estar dejándola embarazada hizo que eyaculara aún con más fuerza en su interior. Todo su cuerpo se estremeció por la magnitud de los embistes que siguieron y que no era capaz de detener. Cuanto más le daba ella, más la deseaba. Entonces Paula arqueó las caderas y él la penetró más profundamente y tuvo un segundo orgasmo.
—¡Pepe!
Ella lo seguía en la dulce travesía hacia la inconsciencia y el corazón de él empezó a latir con fuerza al darse cuenta de que aquello era hacer el amor de la forma más sincera y descarnada posible, así que se aferró a él, aferrándose a Paula. Un gemido tembloroso escapó de sus labios y cuando los muslos de ella comenzaron a temblar, sintió su vibración hasta lo más profundo de su ser. Instantes después se derrumbó sobre Bella, gimiendo su nombre mientras su sexo palpitaba aún en su interior, aferrado a su carne como si los músculos de Paula no quisieran dejarlo ir. Lo que acababan de compartir, al igual que las otras veces que habían hecho el amor esa noche, había sido tan inconmensurablemente placentero que Pedro no podía pensar con claridad. La idea de lo que ella le había hecho al despertarlo le provocaba sensuales escalofríos en la parte baja de su cuerpo. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato al ver que Bella se había quedado dormida. Su imagen resultaba tremendamente erótica allí tumbada con los ojos cerrados, los rizos enmarcando su rostro y los labios ligeramente separados, los más atractivos que jamás había tenido el placer de besar.
Se quedó mirándola, pensando que debía dejarla descansar. Pero pretendía volver a despertarla más tarde de la misma forma en que ella lo había despertado a él.
—Oh —ella se apartó y lo miró totalmente ruborizada—. Creía que estabas dormido.
Los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa.
—Lo estaba, pero hay cosas ante las cuales un hombre no puede evitar despertarse. ¿Qué haces ahí?
Ella alzó la cabeza para mirarle.
—Comiéndote del mismo modo que tú me comiste a mí —dijo ella en voz baja.
—No tenías que esperar a que estuviese dormido —le dijo, sintiéndose cada vez más excitado.
Aunque ya no estaba en su boca, seguía estando cerca. Justo ahí. Y el calor del aliento de Paula estaba demasiado próximo.
—Lo sé, pero estabas dormido y pensé en practicar primero. No quería pasar la vergüenza de hacerlo mal cuando estuvieses despierto —dijo ella, ruborizándose aún más.
Él rió por lo bajo, pensando en lo maravilloso que era aquel rubor.
—Mi niña, ésta es una de las cosas que una mujer nunca hace mal.
—¿Quieres que pare?
—¿Tú qué crees?
Ella le sonrió tímidamente. Maliciosamente. Licenciosamente.
—Creo que no quieres. Pero recuerda que esto es sólo una sesión de prueba.
Entonces ella se acercó y volvió a deslizarse su sexo en la boca. Él empezó a gemir en cuanto ella empezó a hacerle el amor de esta forma. Aquella misma noche él la había lamido hasta el orgasmo y ahora era ella la que lo estaba llevando a la locura. Entonces empezó a succionar y él emitió un sonido ronco procedente del fondo de la garganta. Si aquello era una sesión de prueba, la definitiva sin duda lo mataría.
—¡Pau!
Rápidamente, él se agachó y tiró de ella hacia arriba para tumbarla en la cama. Se situó encima de su cuerpo y la penetró, pero se dió cuenta demasiado tarde, al sentir que explotaba, que no llevaba puesto un preservativo. La idea de que podría estar dejándola embarazada hizo que eyaculara aún con más fuerza en su interior. Todo su cuerpo se estremeció por la magnitud de los embistes que siguieron y que no era capaz de detener. Cuanto más le daba ella, más la deseaba. Entonces Paula arqueó las caderas y él la penetró más profundamente y tuvo un segundo orgasmo.
—¡Pepe!
Ella lo seguía en la dulce travesía hacia la inconsciencia y el corazón de él empezó a latir con fuerza al darse cuenta de que aquello era hacer el amor de la forma más sincera y descarnada posible, así que se aferró a él, aferrándose a Paula. Un gemido tembloroso escapó de sus labios y cuando los muslos de ella comenzaron a temblar, sintió su vibración hasta lo más profundo de su ser. Instantes después se derrumbó sobre Bella, gimiendo su nombre mientras su sexo palpitaba aún en su interior, aferrado a su carne como si los músculos de Paula no quisieran dejarlo ir. Lo que acababan de compartir, al igual que las otras veces que habían hecho el amor esa noche, había sido tan inconmensurablemente placentero que Pedro no podía pensar con claridad. La idea de lo que ella le había hecho al despertarlo le provocaba sensuales escalofríos en la parte baja de su cuerpo. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato al ver que Bella se había quedado dormida. Su imagen resultaba tremendamente erótica allí tumbada con los ojos cerrados, los rizos enmarcando su rostro y los labios ligeramente separados, los más atractivos que jamás había tenido el placer de besar.
Se quedó mirándola, pensando que debía dejarla descansar. Pero pretendía volver a despertarla más tarde de la misma forma en que ella lo había despertado a él.
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