jueves, 16 de noviembre de 2017

Propuesta: Capítulo 36

Ella  estuvo  a  punto  de  decirle  que  con  la  cantidad  de  veces  que  la  había  convertido  en  su  comida  debía  saberlo  muy  bien.  En  lugar  de  eso,  cuando  Pedro se  agachó  frente  a  su  cuerpo,  extendido  sobre  la  mesa,  y  le  agarró  las  piernas  para  colocarlas alrededor de sus hombros, arqueó automáticamente la espalda. Cuando  sintió  la  boca  caliente  de  él sobre  su  sexo  y  cómo  éste  deslizaba  la  lengua por sus pliegues, alzó las caderas de la mesa ante aquel contacto tan íntimo. Y cuando  él  empezó  a  succionar  con  fuerza  y a usar  la  lengua  para  atormentarla  y  proporcionarle  placer,  emitió  un  intenso  gemido  y  un  orgasmo  recorrió  su  cuerpo  como  un  fuego  desatado  desde  las  plantas  de  los  pies  hasta  la  coronilla.  Y  entonces  gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Las sacudidas hicieron que los músculos le doliesen al tiempo que rejuvenecían. No  pudo  evitar  quedarse  allí  tumbada  mientras  Pedro seguía  obteniendo  de  ella  lo  que quería.  Cuando finalmente   dejó  de  estremecerse,  él  lamió  su  cuerpo  de  forma   concienzuda y luego alzó la cabeza y le dedicó una mirada de satisfacción. La forma en que se lamió los labios hizo que ella volviese a sentirse excitada. Él  se  acercó  y  le  separó  aún  más  las  piernas.  Empezó  a  acariciarla  de  nuevo  y  ella gimió ante el contacto de sus manos.

—Tengo  los  dedos  chorreando,  lo  que  significa  que  estás  preparada  —dijo—.  Ahora me toca a mí.

Y ella supo, al ver que sacaba un paquete de preservativos, que él no tardaría en deslizar el látex por su miembro erecto. Después de aquella primera vez en el hotel, él  nunca  le  había  vuelto a  hacer  el  amor  sin  protección,  lo  que  le  dio  a  ella  más  razones para pensar que no estaba preparado para tener hijos. Al menos, no con ella.  A  juzgar  por  la  presión  que  la  erección  de  Jason  ejercía  sobre  su  muslo,  supo  que definitivamente estaba preparado para aquello, seguramente más preparado que lo que ningún hombre tenía derecho a estarlo, pero no tenía quejas al respecto. Volvió a centrar toda su atención en Jason cuando sintió que se abría paso entre sus  piernas  con  el  miembro  hinchado  y  erecto.  Y  cuando  lo  centró  para  empezar  a  deslizarlo por los pliegues de sus labios y de pronto la penetró sin más preámbulos, empezó a estremecerse de nuevo.

—Mírame,  cariño.  Quiero mirarte  a  los  ojos  mientras  te  corres.  Necesito  verlo, Pau.

Ella le miró a los ojos. Él estaba inmerso en ella y empezó a moverse sin dejar de observarla,  agarrándose  con  fuerza  a  las  caderas  cuyas  piernas  le  rodeaban  con  fuerza.  Empezaron a moverse  juntos  en  un  ritmo  perfecto,  con  armonía  y  precisión.  A  cada  embestida, profunda  y  concienzuda,  ella lo sentía  por completo...  cada  glorioso centímetro.

—Sabías bien y ahora también me gusta lo que veo —dijo él con voz gutural y la mirada  fija  en  sus  ojos—.  ¿Tienes  idea  de  lo  increíblemente bien que me estás  haciendo sentir?

Paula lo sabía. Si se parecía al modo en que él le hacía sentir a ella, el sentimiento era  mutuo.  Y  para demostrarle que era así,  los músculos del  interior  de  su  sexo  empezaron  a  atraparlo,  a exprimirlo.  Por lo que vió en  sus  ojos, supo el  momento  exacto  en que él se  dió cuenta de lo que estaba haciendo y el efecto  que  le  causaba.  Cuanto más le apretaba, más parecía crecer en su interior, como si pretendiese darse por completo.

Propuesta: Capítulo 35

Ella  se  echó  hacia  atrás  al  ver que  él  subía  las escaleras  con  la  mirada  más  predatoria  que  había  visto  jamás.  Había un deseo  tan  profundo e intenso en  esa  mirada que el corazón de Paula se desbocó.

—Quítate la ropa, Pau—dijo en voz ronca y profunda.

Entonces ella le preguntó lo que algunos considerarían una pregunta estúpida.

—¿Por qué?

Él se fue acercando lentamente y fue como si ella estuviese pegada al suelo y no pudiera moverse. Cuando se detuvo frente a Paula, ella levantó la cabeza para mirarle y  vió  el  deseo  en  sus  ojos  marrones.  La  intensidad  de  su  mirada  le  provocó  un  escalofrío. Extendió  los  brazos  y  le  sujetó el rostro con  las  manos.  Luego bajó la cabeza  levemente para susurrarle:

—He venido antes porque necesitaba hacerte el amor. Y necesito hacerlo ahora.

Y entonces  atrapó  la  boca  de  Paula con  la  suya,  besándola  con  la  misma  intensidad  y  deseo  que  ella  había  visto  en  sus  ojos.  Ella le  devolvió  el  beso  sin  entender  por  qué  necesitaba  hacerle  el  amor  y  por  qué  en  ese  momento.  Pero sabía  que le daría lo que quisiera y de la forma en que él quisiera. Él le estaba devorando la boca, haciéndola gemir. La besaba como el que hace una afirmación y reclama algo al mismo tiempo. Bella no podía hacer nada más que aceptar  todo  lo  que  él  le  estaba  dando,  feliz  de  hacerlo  y  sin  avergonzarse  en  absoluto. Pedro no sabía que ella le amaba. Ni lo que para ella significaban las últimas semanas que habían compartido. Entonces él apartó la boca y se quitó las botas a toda velocidad. Luego la llevó al despacho, la colocó junto a la mesa y empezó a desnudarla de forma frenética.

Por una parte, Paula quería decirle que fuese más despacio y asegurarle que no se iba a ir a ninguna parte. Pero por otra estaba tan ansiosa y excitada como él por el hecho de que la desnudase, y le insistió en que se diera prisa. En cuestión de minutos, por no decir segundos, se vio atrapada entre su cuerpo y  la  mesa,  y  completamente  desnuda.  El  aire  frío  del  climatizador  recorrió  su  piel  caliente y ella  quiso  taparse con las manos,  pero  él  no  lo  permitió.  Le  agarró suavemente las muñecas y se las levantó hasta la cabeza, lo cual hizo que sus pechos se levantasen y quedasen a la altura perfecta para sus labios.  Agarró  un  pezón  con  la  boca,  lo  succionó  y  luego  lamió  el  botón  palpitante.  Paula arqueó la espalda, sintió que él la dejaba con suavidad en la mesa y de pronto se dio cuenta de que estaba prácticamente allí subido con ella. La superficie de metal le enfriaba la espalda, pero el calor del cuerpo de Pedro le cubría el torso. Pedro bajó  la  mano  hasta  el  sexo  de  ella  y  la  caricia  de  sus  dedos  en  los  pliegues  de  sus  labios  la  hizo  emitir  sonidos  que  no  había  hecho  nunca  antes.  Normalmente, cuando hacían el amor, empezaban con suavidad y luego el ritmo se aceleraba.  Pero  en  esa  ocasión  ella  supo  que  sería  salvaje  desde  el  principio.  Por  la  razón que fuese, él se veía impulsado a poseerla rápidamente, sin sutilezas de ningún tipo.  Estaba  provocando  en  ella  un  ansia  que  la  llevaba  a  desear  que  la  amase  tan  deprisa y con tanta rudeza como le fuese posible. Pedro se retiró un poco y rápidamente se quitó los pantalones y los calzoncillos. Cuando ella lo vió en todo su esplendor, un sonido de deseo incontenible escapó de su  garganta.  Él  la  estaba  llevando  a  ese  punto,  a  ese  estado  de  ansia  y  necesidad  alimentado por la pasión y el deseo.

—Quiero saber a qué sabes, mi amor.

Propuesta: Capítulo 34

En  el  transcurso  de  las  semanas  siguientes,  Paula se  acostumbró  a  lo  que  consideraba  una  cómoda  rutina.  Todas  las  noches se acostaban  juntos y  hacían el  amor  apasionadamente.  Por las  mañanas  se levantaban  temprano, él  se  sentaba  a  la  mesa  a  tomar  café  y  ella  bebía  té  mientras  él  le  hablaba  de  los  caballos  que  iba  a  entrenar durante el día. Mientras él estaba fuera, ella solía dedicarse a leer los diarios de su abuelo, que se  habían  salvado  del  incendio  porque los  tenía  guardados arriba  en  su  habitación.  Como  en  Savannah  había  participado  activamente  en  muchas  obras  benéficas,  dedicaba  parte  de  su  tiempo  a  trabajar  como  voluntaria  en  el  hospital  infantil y la Alfonso Foundation. Hércules ya estaba en los establos de Pedro, que colaboraba con la compañía de seguros en la reparación del rancho. Aunque  ella  agradecía  que  él interviniese  y  se  hiciese  cargo  de todas sus  cosas,  no  se  quitaba  de  la  cabeza  las  advertencias  de  su  tío  Antonio.  Era  consciente de  que no  la  amaba  y  que  sólo  se  había  casado  con  ella  por  la  finca  y  por  Hércules. Pero, ahora que tenía ambas cosas, ¿Sería cuestión de tiempo que intentara deshacerse de ella?

Era consciente de  que  durante  los  dos  últimos  días  había  estado  un  poco  nerviosa  con  respecto  a  Pedro porque  tenía  dudas  sobre  su  futuro  con  él.  Y  para  empeorar  las  cosas  tenía  un  atraso,  lo  que  podía  ser  signo  de  un  posible  embarazo.  No le había comentado sus sospechas porque no estaba segura de cómo iba a reaccionar a la noticia. Si estaba embarazada, el niño nacería dentro del primer año de su matrimonio. ¿Querría él divorciarse incluso siendo ella la madre de su hijo, o preferiría quedarse por esa misma razón, porque se sentiría obligado a hacerlo? Pero otra cuestión, más importante  si  cabe,  era  si  él  realmente  quería  convertirse  en  padre.  Pedro le  había  preguntado qué pensaba de la maternidad, pero ella nunca le había preguntado a él. Le  gustaban  los  niños,  a  juzgar  por  la  relación  que  mantenía  con  Mateo,  pero eso no significaba necesariamente que quisiera ser padre. Oyó el sonido de la puerta de un vehículo al cerrarse y se acercó a la ventana. Era Pedro. Él alzó la vista, la vió y esbozó una sonrisa. En ese instante sintió que sus pezones  se  ponían  erectos.  Una  oleada  de  deseo  se  apoderó  de  ella  y  notó  en  ese  momento  que  había  humedecido  las  braguitas.  Aquel  hombre  podía  excitarla  con  sólo mirarla. Había vuelto a casa antes de lo acostumbrado. Tres horas antes. Puesto  que  estaba  allí,  a  Paula se  le  ocurrieron  muchas  formas  de  utilizar  aquellas  horas  extra.  Lo  primero  que  quería  hacer  era  llevárselo  a  la  boca,  algo  que  había  descubierto  que  le  encantaba  hacer.  Y  luego  él  podía  devolverle  el  favor  poniendo  a  trabajar  la  lengua  entre  sus  piernas.  Se  estremeció  sólo  con  pensarlo  y  supuso que era cosa de las hormonas, porque si no, no estaría pensando en cosas tan escandalosas.

Él  dejó  de  mirarla  para  entrar  en  la  casa  y  ella  salió  apresuradamente  del  despacho para esperarle en lo alto de las escaleras. Bajó la vista en cuanto él abrió la puerta. La mirada de Pedro se posó sobre ella y le hizo perder el aliento. Mientras ella lo  observaba,  cerró  la  puerta  con  pestillo  y  empezó  a  quitarse  la  ropa  lentamente,  primero arrojó el sombrero sobre el perchero y luego se desabotonó la camisa. Ella empezó a excitarse mientras lo miraba al comprobar que no se detenía. Se había  quitado  la  camisa,  y  Paula admiró  su  ancha  espalda  y  sus  muslos  vigorosos  marcados bajo los pantalones vaqueros.

—Voy a subir —dijo en voz grave y susurrante.

Propuesta: Capítulo 33

Cuando sonó su teléfono móvil, no reconoció la llamada, pero pensó que serían sus padres desde otro teléfono.

 —¿Sí?

—Todo  esto  es  culpa  tuya,  Paula—ella  se  quedó  paralizada  al  escuchar  la  voz  de su tío. Estaba enfadado—. Puede que mis nietos ingresen en un centro de menores por tu culpa.

Paula inspiró  con  fuerza  y  recordó  la  conversación  que  había  mantenido  con  Pedro.

—No tenías que haber hablado mal de mí delante de ellos.

—¿Me estás echando a mí la culpa?

—Sí,  tío Antonio,  es  exactamente  lo  que  estoy  haciendo.  La  única  persona  a  quien puedes culpar es a tí mismo.

—¿Cómo  te  atreves a hablarme  así?  Crees que eres alguien  ahora  que  estás  casada  con  un  Alfonso.  Pero  descubrirás  que  has  cometido  un error.  Todo lo que quiere es tu finca y a ese caballo. No le importas en absoluto. Te dije que sabía de alguien que podía comprar la finca.

—Y yo siempre te he dicho que las tierras no están en venta.

—No  significas  nada  para  él.  Sólo  quiere  tus  tierras.  No  es  más  que  un  manipulador.

Entonces su tío colgó el teléfono. Paula intentó  que  no  le  afectasen  las  palabras  de  Antonio.  Nadie  conocía  los  detalles de su matrimonio, así que su tío no sabía que ella era plenamente consciente de  que  Pedro quería  su  finca  y  al  caballo.  ¿Por qué si no iba  a  presentarle  semejante  proposición? No era la loca que su tío pensaba que era. Alzó la mirada cuando Pedro entró por la puerta de atrás. Él sonrió al verla.

—Creí que ibas a ducharte.

—Iba, pero recibí una llamada.

—¿De quién?

Paula sabía que no era el momento de contarle la llamada de su tío, sobre todo después de lo que Jason le había dicho antes.

—Han llamado mis padres. Al final no vienen.

 Él la agarró de la muñeca y la sentó en el sofá a su lado.

—Podría decirte muchas cosas, y ninguna agradable. Pero lo importante es que han  decidido no venir y  creo  que  han hecho bien  porque  no quiero  que  nadie  te  incomode.

—Nadie lo hará. Estoy bien.

 —Y  voy  a  asegurarme  de  que  sigues  así  —dijo  Pedro,  y  la  estrechó  entre  sus  brazos.

Ella se quedó inmóvil con la cabeza sobre el pecho de Pedro, oyendo su corazón. Se preguntó si él podía oír el suyo. Todavía le resultaba extraño que se sintieran tan atraídos el uno por el otro. El matrimonio no había hecho disminuir esa atracción. Alzó la  cabeza  para  mirarle  y  captó  la  profundidad  de  su  mirada.  Era una  mirada tan íntima que una oleada de calor la recorrió de arriba abajo. Y  cuando  él empezó a besarla, todos  los  pensamientos  la abandonaron  menos  uno: lo mucho que le hacía sentirse amada, incluso fingiendo. En cuanto sus labios se tocaron, se negó a creer las palabras de tío Antonio. En lugar de eso, se concentró en lo que él la estaba haciendo sentir al besarla. Y sabía que ese beso no era más que el principio.

martes, 14 de noviembre de 2017

Propuesta: Capítulo 32

—Sí, me gustan.

—¿Y crees que los tendrás algún día?

¿Le preguntaba aquello porque le preocupaba que pudiese utilizarlos como una trampa para quedarse con él pasado un año? Pero se lo había preguntado y ella tenía que ser sincera.

—Sí, me encantaría.

—Creo que serías una madre maravillosa.

—Gracias por decirlo.

—De nada, pero es la verdad.

Paula inspiró  hondo,  y  se  preguntó  cómo  podía  estar  tan  seguro. Siguió mirándole   durante un rato.  Sería un  regalo para  cualquier mujer y  se  había  sacrificado  al  casarse  con  ella...  sólo  porque  quería  la  finca  y  a  Hércules. Sentía  lástima al pensar lo que le había llevado a unirse a ella. Pedro le levantó  la mano  y miró  el  anillo que le  había  puesto.  Paula también  lo  miró. Era precioso. Más de lo que ella había esperado.

—Llevas mi anillo —le dijo él en voz baja.

—Sí, llevo tu anillo. Y es precioso. Gracias.

Luego ella levantó la mano de él.

—Y tú llevas el mío.

Y entonces  él la  besó  y  ella  supo  que  acabara como  acabase  su  matrimonio,  había tenido un comienzo maravilloso. Por  segunda  vez  en  dos  días,  Pedro cruzó  un  umbral  llevando  en  brazos  a  la  mujer que amaba. Pero esta vez se trataba del umbral de su propia casa.

—Bienvenida a la Casa de Pedro, cariño —dijo mientras la dejaba en el suelo.

Sin  pensarlo  siquiera  la  giró  en  sus  brazos  y  la  besó,  porque  necesitaba  sentir  cómo se unían sus bocas, sus cuerpos. El beso fue largo, profundo, la experiencia más satisfactoria  que  podía  imaginar.  Con  ella,  todas  las  experiencias  eran  satisfactorias.  Y pretendía tener muchísimas más.


 —¿No vas a trabajar hoy?   —preguntó  Paula al  día  siguiente   mientras  desayunaban. 

Su  madre la  había  llamado  la noche anterior para convencerla de que había cometido un error. Le dijo que irían a Denver al cabo de unos días para hacerle entrar en razón.  Cuando   se  lo  había  contado  a  Pedro,  él  se  había  limitado  a  encogerse  de  hombros  y  le  había  pedido  que  no  se  preocupara.  Para  él  era  fácil  decirlo,  porque  todavía no conocía a sus padres.

—No, hoy no voy a trabajar. Estoy de luna de miel —dijo Pedro—, dime qué te apetece hacer y lo haremos.


—¿Quieres pasar más tiempo conmigo?

—Por supuesto. Pareces sorprendida.

Lo estaba. Pensaba que habían pasado tanto tiempo en el dormitorio que debía de estar cansado de ella. Estaba a punto de decir algo cuando sonó el teléfono de la casa. Él le sonrió:

—Discúlpame un segundo.

Poco después, Pedro colgó el teléfono.

—Era el sheriff Harper. Han arrestado a los nietos gemelos de tu tío Antonio.

Paula se llevó la mano al pecho.

—¡Pero si sólo tienen catorce años!

—Sí, pero las huellas que había en la ventana y las de la piedra son las de ellos. Por  no  decir  que  el queroseno  que  usaron  para  el  incendio  era  el  de  sus  padres.  Es  obvio  que  escucharon  las  quejas  de  su  abuelo  sobre  tí  y pensaron  que  le  hacían  un  favor asustándote para que te marcharas.

—¿Y qué les va a pasar?

—Ahora  están  bajo  la  custodia  de  la  policía.  Un  juez  decidirá  mañana  si  quedarán  libres  y  a  cargo  de  sus  padres  hasta  que  se  fije  la  fecha  del  juicio.  Si  los  declaran culpables, y es bastante posible dado que las pruebas en su contra son casi irrebatibles, pasarán uno o dos años en un centro de menores.

Paula negó tristemente con la cabeza.

—Me siento fatal con todo esto.

—Sé  lo  que  estás  pensando,  cariño.  Puedo leerlo en  tu  cara,  te culpas  por  lo  ocurrido y no es culpa tuya. No puedes asumir la responsabilidad de las acciones de otras personas. ¿Y si llegas a estar cerca de la ventana cuando lanzaron la piedra o a estar en la casa cuando le prendieron fuego? Si parezco enfadado, es porque lo estoy. Y lo estaré hasta que no se haga justicia.

 Se quedó en silencio un momento y luego dijo:

—No quiero hablar sobre Antonio ni sobre sus nietos nunca más. Venga, vístete y vamos a montar a caballo.

Cuando  regresaron,  Paula comprobó  el  teléfono  y  vió  que sus  padres le habían dejado  un  mensaje en  el  cual  le  decían  que  habían  cambiado de idea  y  no  irían  a Denver. No pudo evitar preguntarse el por qué, pero supuso que lo mejor que podía hacer era sentirse agradecida por lo que tenía y alegrarse de que hubiesen cambiado los planes. Pedro estaba  fuera  guardando  los  caballos  y  ella  decidió  darse  una  ducha  y  ponerse ropa más cómoda. Hasta entonces, aparte del sheriff, nadie les había llamado. Imaginó que la familia de Pedro les estaba dejando disfrutar de su luna de miel.

Propuesta: Capítulo 31

A la mañana siguiente, después de desayunar en la cama, Paula pensó que era el momento de decirles a sus padres que era una mujer casada. Inspirando  con  fuerza  marcó el  número y  respondió  el  ama de llaves, quien  le  dijo que esperase a que se pusiera su padre.

—Paula. Espero que llames para decirme que has entrado en razón y te has comprado un billete de vuelta a casa.

Ella  frunció  el  ceño. Ni siquiera  se  tomaba  un  segundo  para  preguntarle  cómo  estaba.  Aunque  imaginaba  que  sus  padres  no  tenían  nada  que  ver  con  los  dos  incidentes ocurridos esa semana, decidió preguntar de todas formas.

—Dime  una  cosa,  papá.  ¿Acaso  tú  y  mamá  pensaban  que  asustándome  me  harías regresar a Savannah?

—¿De qué estás hablando?

—Hace  tres  días  alguien  arrojó  una  piedra  a  mi  salón  con  una  nota  intimidatoria  en  la  cual  se me  pedía  que  abandonase  la  ciudad,  y  dos  días  después  alguien prendió fuego a mi casa. Por suerte no estaba allí en ese momento.

—¿Que alguien ha incendiado la casa de papá?

Paula se  percató  de  su  tono  de  sorpresa,  pero  también  detectó  algo  más:  empatía. Era la primera vez que lo escuchaba referirse a Roberto como «papá».

—Sí.

—Yo no he tenido nada que  ver en  eso,  Paula.  Tu  madre  y  yo  jamás  te  pondríamos en peligro de ese modo. ¿Qué clase de padres crees que somos?

—Autoritarios. Pero no he llamado para discutir, papá. Sólo para comunicarles a tí y a mamá una buena noticia. Ayer me casé.

—¿Cómo?

 —Lo que oyes.  Me  he  casado  con  un  hombre  maravilloso  que  se  llama  Pedro Alfonso.

 —¿Alfonso?  Hubo  unos  Alfonso que  fueron  compañeros  míos  en  el colegio. Su finca estaba pegada a la nuestra.

—Seguramente eran sus padres. Ambos fallecieron.

—Lamento oír eso, pero espero que sepas las razones por las que ese hombre se ha casado   contigo.   Quiere  la  finca.  Pero no  te preocupes,  querida.   Se puede solucionar fácilmente una vez pidas la nulidad.

Ella negó con la cabeza. Sus padres no lo entendían.

—Pedro no me obligó a casarme con él, lo hice por propia voluntad.

—Escucha, Paula, no llevas ni un mes viviendo allí. No conoces a ese tipo y no permitiré que te cases con él.

—Papá, ya estoy casada y tengo intención de enviar a tu abogado una copia de la licencia para que levante el bloqueo a mi fondo fiduciario.

—Te crees muy lista, Paula. Sé lo que estás haciendo y no pienso permitirlo. No lo amas y él no te ama a tí.

—Se  parece mucho a  la  forma  en  que  tú  y  mamá  han  organizado  su matrimonio. Al mismo tipo de matrimonio que quieres que tenga con David, así que ¿Cuál  es  el  problema?  Yo no veo ninguno y me  niego a  seguir  hablando  contigo  del  tema. Adiós papá, da recuerdos a mamá —y colgó el teléfono.



—Imagino a tu padre no le ha sentado bien la noticia.

Ella miró a Pedro, que yacía tumbado a su lado, y le dedicó una leve sonrisa.

—¿De veras creías que iba a sentarle bien?

—No y no importa. Tendrán que asumirlo.

Ella se acurrucó junto a él.

—¿A qué hora tenemos que abandonar la habitación?

—A mediodía. Y entonces partiremos a la Casa de Pedro.

Paula tuvo  que  contener  la  felicidad  que  sentía al saber que irían  a  su  casa  y  viviría allí al menos durante los doce meses siguientes.

—¿Existen algunas normas que deba conocer? Sólo estaré un tiempo en esa casa y no quiero abusar de tu hospitalidad —podía jurar que había visto algo asomar a los ojos de Pedro, pero no estaba segura.

—No es así y no, para tí no hay normas, a menos que... Se te ocurra pintar mi dormitorio de color rosa.

Ella no pudo evitar echarse a reír.

—¿Y qué tal de amarillo? ¿Te gustaría?

 —No es uno de mis colores favoritos, pero supongo que valdría.

Paula sonrió  y  se  arrimó aún  más  a  él.  Estaba deseando  compartir  con  Pedro el  mismo techo.

—¿Pau?

 —¿Sí?

—La última vez que hicimos el amor no llevaba preservativo.

—Sí, lo sé.

—No fue a propósito.

—También  lo  sé  —dijo  ella  con  suavidad. 

Pedro no tenía razones para desear dejarla embarazada. Sólo sería un inconveniente para su acuerdo. Durante un momento, ambos guardaron silencio. Entonces él preguntó:

—¿Te gustan los niños?

Propuesta: Capítulo 30

Lamió  una  y  otra  vez  hasta  llevarla  al  borde  del  orgasmo,  luego  apartó  la  lengua  y  empezó  a  recorrerla  entera  otra  vez.  Ella  sollozaba  su  nombre,  gemía.  Y  entonces, cuando estaba a punto de estallar, se colocó sobre ella. Situó su sexo erecto en el lugar adecuado y, sin dejar de mirarla a los ojos, unió su  cuerpo  al  de  ella  como  si  fueran  uno  solo.  Paula estaba  tensa,  así  que  él  intentó  controlarse  mientras  se  deslizaba  en  su  interior,  sintiendo  la  firmeza  con  que  sus  músculos  se  aferraban  a  él.   No   quería   hacerle   daño,   así   que   fue   penetrando   lentamente,  centímetro  a  centímetro.  Cuando llegó  hasta  el  final,  cerró  los  ojos  pero  no  se  movió.  Necesitaba  quedarse  inmóvil  para  percibir  la  importancia  de  lo  que  estaba  sucediendo.  Le  estaba  haciendo  el  amor a su esposa, a la persona que amaba más que a su vida. Abrió  los  ojos  lentamente,  se  encontró  con  los  de  Paula y  vió  que  ella  había  estado  observándole...  ansiando  y  necesitando  que  acabase  lo  que  había  empezado.  Así  que  lo  hizo.  Empezó  a  moverse  despacio,  con  extrema  suavidad, entrando  y saliendo de ella. Entonces Bella arqueó la espalda y él aumentó el ritmo y la presión. Los  sonidos  que ella  emitía  excitaban  aún  más  a  Pedro y  le  hacían  saber  que  estaba   disfrutando.   Cuanto   más   gemía,   más   obtenía.   En   algunas   ocasiones   la   penetraba tan profundamente que llegaba a tocarle el útero y la idea le hacía desearla más. Ella respiraba de forma entrecortada mientras él seguía empujando, haciéndola suya como ella lo hacía suyo a él. Y entonces ella echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre.  Fue  entonces  cuando  él  se  corrió,  llenándola  mientras  gemía  y  ambos  alcanzaban  el  orgasmo.  Los  espasmos  que  recorrieron  el  cuerpo  de  él eran  tan  poderosos que tuvo que obligarse a respirar. Se agitó sobre ella varias veces mientras la seguía penetrando por la fuerza de su liberación. Pedro aspiró  el  aroma  del  sexo  que  habían  compartido  y  luego  se  inclinó  a  besarla. En aquel momento supo que la noche no había hecho más que empezar. Durante  la  noche,  Pedro despertó  al  notar  que  Paula tenía  su  sexo  en  la  boca.  Inmediatamente empezó a tener una erección.

—Oh  —ella  se  apartó  y  lo  miró  totalmente  ruborizada—.  Creía  que  estabas  dormido.

Los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa.

—Lo  estaba,  pero  hay  cosas  ante  las  cuales  un  hombre  no  puede  evitar  despertarse. ¿Qué haces ahí?

Ella alzó la cabeza para mirarle.

—Comiéndote del mismo modo que tú me comiste a mí —dijo ella en voz baja.

—No tenías que esperar a que estuviese dormido —le dijo, sintiéndose cada vez más  excitado.

 Aunque  ya  no  estaba  en  su  boca,  seguía  estando  cerca.  Justo  ahí.  Y  el  calor del aliento de Paula estaba demasiado próximo.

—Lo sé, pero estabas dormido y pensé en practicar primero. No quería pasar la vergüenza de hacerlo mal cuando estuvieses despierto —dijo ella, ruborizándose aún más.

Él rió por lo bajo, pensando en lo maravilloso que era aquel rubor.

—Mi niña, ésta es una de las cosas que una mujer nunca hace mal.

—¿Quieres que pare?

—¿Tú qué crees?

Ella le sonrió tímidamente. Maliciosamente. Licenciosamente.

—Creo que no quieres. Pero recuerda que esto es sólo una sesión de prueba.

Entonces  ella  se  acercó  y  volvió  a  deslizarse  su  sexo  en  la  boca.  Él empezó  a  gemir en cuanto ella empezó a hacerle el amor de esta forma. Aquella misma noche él  la  había  lamido  hasta  el  orgasmo  y  ahora  era  ella  la  que  lo  estaba  llevando  a  la  locura.  Entonces  empezó  a  succionar  y  él  emitió  un  sonido  ronco  procedente  del  fondo  de  la  garganta.  Si  aquello  era  una  sesión  de  prueba,  la  definitiva  sin  duda  lo  mataría.

—¡Pau!

Rápidamente, él se agachó y tiró de ella hacia arriba para tumbarla en la cama. Se  situó  encima  de  su  cuerpo  y  la  penetró,  pero  se  dió  cuenta  demasiado  tarde,  al  sentir  que  explotaba,  que no llevaba  puesto  un  preservativo.  La  idea  de  que  podría  estar dejándola embarazada hizo que eyaculara aún con más fuerza en su interior. Todo su cuerpo se estremeció por la magnitud de los embistes que siguieron y que no era capaz de detener. Cuanto más le daba ella, más la deseaba. Entonces Paula arqueó las caderas y él la penetró más profundamente y tuvo un segundo orgasmo.

—¡Pepe!

Ella  lo  seguía  en  la  dulce  travesía  hacia  la  inconsciencia  y  el  corazón  de  él  empezó  a  latir  con  fuerza  al  darse  cuenta  de  que  aquello  era  hacer  el  amor  de  la  forma  más  sincera  y  descarnada  posible,  así  que  se  aferró  a  él,  aferrándose  a  Paula.  Un gemido tembloroso escapó de sus labios y cuando los muslos de ella comenzaron a temblar, sintió su vibración hasta lo más profundo de su ser. Instantes  después  se  derrumbó  sobre  Bella,  gimiendo  su  nombre  mientras  su  sexo palpitaba aún en su interior, aferrado a su carne como si los músculos de Paula no quisieran dejarlo ir. Lo que acababan de compartir, al igual que las otras veces que habían hecho el amor esa noche, había sido tan inconmensurablemente placentero que Pedro no podía pensar con claridad. La idea de lo que ella le había hecho al despertarlo le provocaba sensuales escalofríos en la parte baja de su cuerpo. Abrió  la  boca  para  decir  algo,  pero  la cerró  de  inmediato  al  ver  que  Bella  se  había  quedado  dormida.  Su  imagen  resultaba tremendamente  erótica  allí  tumbada  con  los  ojos  cerrados,  los rizos enmarcando  su  rostro  y  los  labios  ligeramente  separados, los más atractivos que jamás había tenido el placer de besar.

Se  quedó  mirándola,  pensando  que  debía  dejarla  descansar.  Pero  pretendía  volver a despertarla más tarde de la misma forma en que ella lo había despertado a él.