martes, 20 de junio de 2017

Paternidad Inesperada: Capítulo 11

Y un enorme peso se levantó del corazón de Paula. Por lo menos, no le habría propuesto que abortara. Volvía a sentir esperanzas. «Te quiero» sonaba maravillosamente. Claro que solo la incluía a ella. La niña no figuraba en su respuesta, así que sacudió la cabeza tristemente.

—No funciona así, Pedro. Es demasiado egoísta. Nosotros fuimos muy felices juntos…

—Sí, ya lo creo —se apresuró a decir él, con los ojos brillantes.

Sí, se confesó también ella, su vida sexual había sido increíble: intensa, maravillosa, apasionada. Estaban totalmente locos el uno por el otro. Y eso era lo que le estaba haciendo brillar los ojos a él, lo que quería recuperar a toda costa. Tuvo que tomar aire y hacer un esfuerzo para escapar del hechizo que amenazaba con cautivarla a ella también.

—No quiero vivir contigo haciendo por tolerar a la niña, Pedro.

—No, no —protestó él, levantando una mano para reforzar la gravedad de lo que iba a decir—. Pau, te juro por Dios que puedo vivir cómodo con la cría.

Paula contuvo un bufido. « ¿Vivir cómodo con la cría?» ¿Pero cómo se atrevía a hablar así de Olivia? No había nada que hacer. Para no romper a gritarle, tomó una fresa y se la comió de un bocado. Tal vez Pedro fuera el hombre más atractivo de la tierra, pero el papel de padre no sabía ni fingirlo. Finalmente, volvió sus ojos hacia él.

—Si estás pensando en contratar a una niñera… —empezó, con vehemencia.

—¡Una niñera! —la interrumpió él—. ¿Quién ha dicho nada de contratar una niñera? —repitió, alterado—. Ningún hijo mío se va a quedar en manos de niñeras. Si es eso lo que tenías pensado, Paula, no tengo más remedio que decirte que me opongo.

Estupefacta, Paula se metió otra fresa mecánicamente en la boca, así que al preguntar «¿Te opones?», estuvo a punto de ahogarse.

—Ya lo creo que me opongo. Mis padres me dejaron en manos de niñeras hasta que cumplí los siete años, y entonces me despacharon a un internado.

—¡Pero eso es horrible!

—Nosotros no vamos a hacer eso, Pau.

—¡Desde luego que no! —dijo, y se metió otra fresa en la boca, fascinada por estas revelaciones sobre la infancia de Pedro.

Él se puso en pie y se acercó al moisés.

 —A esta mocosa la vamos a criar como es debido.

 Y ella asintió, con el corazón lleno de esperanza.

Pedro se inclinó y la besó en la frente.

—Tengo que volver al trabajo. Están a punto de traerme un camión entero de muebles para restaurar. No te dejes nada, que tienes que recuperar tus fuerzas. Ponles nata a las fresas, que os sentará estupendamente a la cría y a tí.

Y ella volvió a asentir, incapaz de otra reacción ante una evolución tan inesperada de los acontecimientos. Pedro se paró al otro lado del moisés.

—Hasta la noche, Oli. Sé buena con mamá. Está un poco liada, pero entre tú y yo la vamos a tranquilizar.

Ya tenía un pie fuera de la habitación cuando Paula recordó.

—Violeta vendrá a recogerme esta noche —gritó—. Me vuelvo ya a casa, Pedro.

 Él se detuvo, se dió la vuelta, y, mirándola con determinación, le anunció:

—Yo vendré a recogerte esta noche. Ya he hablado con Violeta, que, por cierto, es una persona muy inteligente y muy flexible. Me ha acompañado a tu departamento para que pudiera dejar el resto de las provisiones en tu frigorífico. No puedes seguir picoteando, en lugar de comer como es debido, Pau.

Y, habiendo dejado claro que él estaba a cargo de la operación retomo, se marchó. Paula, desde luego, se sentía confusa. A lo mejor sí que era verdad que le hacía falta tranquilizarse. Pero lo que sentía era la agradable inquietud de la esperanza cosquilleando su corazón mientras cubría con nata líquida las fresas.

 —Bueno, nena —dijo, mirando a Olivia, que dormía pacíficamente—, a lo mejor, después de todo, resulta que sí que tienes papá —y, recuperando al instante la cordura, añadió—. Lo creeré cuando lo vea.

Paternidad Inesperada: Capítulo 10

Esa perorata la soltó en el tono de una autoridad en la materia, y a Paula le sonó un poquito hipócrita, en boca de alguien que había declarado su odio hacia los recién nacidos.

—¿Y desde cuándo te has convertido en un experto? —le preguntó, llena de recelo.

—Anoche hice unas cuantas llamadas de teléfono, y recibí un buen puñado de consejos —contestó, sonriendo de nuevo—. No son precisamente amigos lo que me falta, en situación de aconsejarme, y encantados, además, de hacerlo.

Su sonrisa le pareció  un valeroso esfuerzo ante una situación que él debía de considerar una catástrofe, pero, desde luego, había que reconocerle que en las dieciséis horas transcurridas desde la víspera no se había amilanado, y, de hecho, había empezado a actuar. Eso no duraría mucho, se dijo también, pero, de todos modos, no podía borrar del todo de su mente el alegato de Violeta. En resumidas cuentas, bien podía aprovecharlo mientras durara. Y el pastel estaba, desde luego, delicioso.

—Muchas gracias, Pedro—le dijo muy sinceramente—. Has sido muy amable y considerado.

—De nada, pero sigue comiendo —la apremió él.

Al llegar el carrito con el almuerzo del hospital, Pedro indicó al empleado que pasara a Karen y macarena. Paula sintió cierto alivio cuando ellas empezaron a su vez a comer, y dejaron de estar pendientes de cuanto decían y hacían Pedro y ella. Una vez la vio comiendo con buen apetito, se levantó y fue junto al moisés, a mirar a Olivia, que dormía pacíficamente y, claro, en tan feliz estado no ponía mucho a prueba la resistencia paternal de él. Al revés, aún lo animó más.

—Hola, nena. Te habla tu papá —le dijo—. Estoy cuidando de tu madre, así que no tienes nada por lo que preocuparte. Puedes seguir soñando.

El pastel estaba delicioso. Paula tuvo que reconocer que Pedro parecía muy capaz de aprovisionar la despensa. Y, por otra parte, no podría decir que el nacimiento de Olivia fuera a complicar su carrera, porque ya gozaba de un prestigio sólido. No era solo que su trabajo estuviera bien pagado. Ni siquiera necesitaba trabajar. Sus padres, abogados ambos, habían dejado a su único hijo una considerable herencia al morir, del corazón los dos, antes de cumplir los sesenta y cinco.

—Se mataron los dos a trabajar —era la recapitulación con la que Pedro se lo expresó a Paula en su momento, y ella tuvo la sensación de que no los echaba mucho de menos.

Y, sin embargo, él tuvo que ser un niño deseado. Su madre lo tuvo ya cerca de los cuarenta años. Paula suponía que a los padres les habría producido decepción y rechazo el que Pedro eligiera un trabajo manual, en lugar de haber estudiado una carrera como ellos. En todo caso, Pedro no tenía ningún problema económico. Lo que tenía era un problema de actitud. Y ella no creía en las conversiones súbitas, por mucho que le hubiera convenido aceptarlas. Ya lo  había visto mirar con benevolencia en otras ocasiones a los bebés, e incluso hablarles con benevolencia. Y sabía que era un fingimiento, que lo hacía por educación. A él le parecían odiosos.

—Duerme mucho, ¿Verdad? —preguntó Pedro, con evidente satisfacción.

—Seguro que en cuanto lleguemos a casa, se convertirá en una llorona — predijo Paula.

—Bueno, ya pensaremos entonces en qué hacer, cuando llegue el problema.

 —¿A qué viene esto, Pedro? —preguntó ella, impacientándose por aquel optimismo tan gratuito—. ¿Por qué te empeñas en ocuparte de esto? Con lo que me dijiste de los bebés…

—Paula —dijo Pedro, contrito—, ojalá pudiera borrar estos ocho meses. Es como si mi vida se hubiera quedado mutilada al salir tú de ella.

El corazón le dió un vuelco a Paula en el pecho, pero apartó la mirada de él, y se dedicó a la ensalada. Por grande que fueran el deseo y la nostalgia de Pedro, la pareja que formaban no podía reconstruirse tal cual. Ella ya no podía volcarse en él…

Pedro acercó una silla y se sentó junto a su cama.

—Lo que escribí en la tarjeta es la pura verdad, Paula —le dijo, suavemente.

—Ay, lo siento —le contestó, y estuvo a punto de ahogarse con la lechuga—. No te he dado las gracias por las flores, y son preciosas.

Y siguió masticando y tragando, para que no se le formara un nudo en la garganta. Tenía el estómago un poco revuelto, pero confiaba en que, si comía más, terminaría por empezar a funcionar normalmente. No pensaba permitir que Pedro alterara los planes que había trazado para su vida, ni sus digestiones.

—Te he echado mucho de menos. No tengo palabras para describírtelo — siguió él, sin amilanarse—. Eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida, Pau, y no quiero volver a perderte.

Eso era lo que él tenía presente: cómo habían sido las cosas. Pero aquello era el pasado, y más valía no pensar en algo que no podía volver a ser: ahora había que contar con Olivia. Implacable, ella siguió masticando los tropezones de pan frito con saborcillo a anchoa.

—Fue terrible cómo desapareciste. En una semana te marchaste sin dejar tu nueva dirección. Ni siquiera avisaste en el trabajo. Nadie tenía la menor idea de dónde habías ido.

Pura casualidad, pensó ella, el haber visto el anuncio de Violeta en el periódico, justo al día siguiente de tener esa discusión con él, solicitando una modista.

—Tú dejaste las cosas muy claras, Pedro—le contestó con firmeza, mirándolo a los ojos—. Anoche me dijiste que no te había dejado la posibilidad de elegir. Tú a mí tampoco. ¿O es que me vas a decir ahora, que si, una semana después de esa conversación, te hubieras enterado de que estaba embarazada, habrías reaccionado como estás reaccionando ahora? Sé sincero.

 Él dudó unos instantes, tratando, en efecto, de responder con sinceridad.

—Pau, yo te quiero. Habría hecho lo que tú me pidieras que hiciese.

Paternidad Inesperada: Capítulo 9

No había sentido nunca la urgencia de ser madre, pero siempre le había parecido que era algo que sucedería naturalmente en algún momento de su vida. Sin la posibilidad de ser madre, se habría sentido frustrada. Tal vez fuera una respuesta subconsciente a su infancia como niña no deseada, pero, en cuanto supo que estaba embarazada, su instinto de protección se disparó. Aunque no hubiera sido buscado, ese bebé sí que iba ser deseado, querido y cuidado. A pesar de todas sus frustraciones como hija, como diseñadora, incluso en la elección del hombre con el que compartir su vida, no pensaba fracasar como madre. Estaba resuelta a hacerlo mejor que nadie.

—Si el dinero no es ningún problema para ese Pedro tuyo, debe de ser que tiene un buen trabajo —dejó caer Macarena, a la que, evidentemente, le interesaban mucho los aspectos económicos.

—Tiene un negocio propio, que le va bien —explicó Paula.

—¿Y qué hace? —saltó Karen.

Con un suspiro,  cedió a la curiosidad de ambas.

—Restaura antigüedades. Y también hace algunas piezas de encargo. Es un artesano excelente.

Un perfeccionista añadió para sí. Igual que ella con sus trajes. A los dos les gustaba mucho hacer cosas bellas, y entendían perfectamente la pasión del otro. Era una de las cosas que habían hecho tan fuerte y tan placentera su relación. Le habría gustado poder creer inmediatamente en la conversión de Pedro. Estaba dispuesta a arriesgarse y darle una oportunidad. Es decir, si perseveraba claro. Las rosas eran un recuerdo de la sensualidad de Pedro, y  no pudo evitar evocar con desasosiego la maravillosa intimidad que habían compartido. Ahí violeta tenía razón. Por las noches era cuando se sentía la soledad.

—Dale tiempo para que se haga a la idea de que es padre —recomendó Karen—. ¿Se le parece Olivia?

—No especialmente.

Y miró a su hija. Tenía el pelo rubio. Aunque el de Pedro era ahora castaño, se veía que debía de haber sido rubio de pequeño. Ella, según su madre, había nacido con la cabeza llena de pelo negro, así que, Olivia no había salido a ella en eso. Pero estaba segura de que Pedro no había prestado la menor atención a los rasgos de la niña. No era más que «la cría» para él.

—Bueno, se le parezca o no, los bebés acaban por engatusar a sus papás — declaró Macarena, que no debía de ser capaz de imaginarse ninguna otra posibilidad—. No te pediría que te casaras con él si no quisiera a la niña.

Desde luego, a propuesta de matrimonio había sido una verdadera sorpresa. Paula se lo explicaba como una respuesta condicionada socialmente a la situación. Movido por la culpa, Pedro quería ahora «reparar» su falta, pero en cuanto pasara cierto tiempo y recapacitase, se arrepentiría de ese impulso.

—No creo que eso dure —contestó Paula, mirando a las valedoras de Pedro con intención de hacerlas callar.

—Bueno —dijo Macarena, que tenía que tener la última palabra—, si él está en buena situación, siempre puedes pagar a una niñera, para que no sea tan pesado criar al bebé.

Cómo no. Una niñera. Eso sería sin duda la solución ideal para Pedro. No tendría así que «sufrir» a Olivia. Pero ya se encargaría ella de dejarle claro que era sencillamente imposible separarla de su hija para reconstruir una relación de pareja en la que el uno estaba dedicado en exclusiva al otro. Olivia tenía hipo, así que  la incorporó y le pasó suavemente la mano por la espalda, para que echara el aire. Ninguna niñera podía ocuparse de su hija como ella lo hacía. Y más le valía a Pedro que se diera cuenta cuanto antes de cómo veía ella la maternidad, y, de paso, la paternidad, si de verdad pretendía casarse. Era un lote familiar, o no había trato. Si él  se presentaba ese día… bueno, echó un vistazo a las rosas, y rectificó: cuando llegara, había que aclarar un par de cosas con él. Y más valía que se presentara porque esa tarde Violeta iría a recogerlas para llevarlas a casa. Olivia eructó y empezó a darle con la naricilla en el hombro, buscando más leche. Su madre se la acercó al otro pecho, y volvió a recostarse, contenta, dejando que la pequeña se hartara. Si Pedro creía que podía aparecer de repente y hacerse con los mandos de las vidas de ambas, por las buenas, estaba muy equivocado.

Dos horas más tarde aparecía Pedro por la habitación, irradiando energía y positividad, y con más regalos. A Paula se le aceleró el pulso al verlo. Siempre la había excitado. Muy a su pesar, descubrió que habría preferido que la encontrara maquillada y con un camisón más atractivo que con la cómoda prenda de algodón que llevaba puesta, y que no tenía más cualidad que el abrirse fácilmente para dar de mamar. Una preferencia estúpida, en tales circunstancias.

—He ganado al carrito de los almuerzos —anunció Pedro, con una sonrisa triunfal, mientras depositaba los paquetes que llevaba en la bandeja y empezaba a desenvolverlos. Te traigo un batido de chocolate de McDonald’s, ese pastel de carne que tanto te gusta, el de pollo con beicon, que lleva pistachos, una ensalada César, y fresas con nata de postre.

Paula se lo quedó mirando un buen rato, asombrada, no solo de que él se acordara perfectamente de las cosas que más le gustaban sino de que hubiera recorrido varias pastelerías y supermercados para hacerse con todas.

—En el hospital nos dan de comer —le dijo, tratando de resistirse a todos esos caprichos.

—Pero lo que te conviene es cosas que te tienten, y no la comida de hospital —insistió él—. Y ninguna de estas cosas le puede hacer daño al bebé. Lo he preguntado. Así que puedes comer tranquila.

Y lo dijo con tanta autoridad y tan buen humor, con un brillo tal de gusto por la vida en sus ojos verdes, que Paula comprendió que, por muy injusto que fuera, él conservaba íntegro su poder sobre ella. Era imprescindible mantener la cabeza fría y el corazón bajo vigilancia.

—¿Que has preguntado si estas cosas podrían hacerle daño? —preguntó, incrédula.

—Para que no tengas excusa para no comer, Paula. Estás demasiado delgada, tienes cara de agotada, y no creo que sea nada bueno que estés así. Necesitas estar bien para cuidar de un recién nacido.

domingo, 18 de junio de 2017

Paternidad Inesperada: Capítulo 8

Las rosas llegaron justo antes de la toma de media mañana. Una de las enfermeras, con una sonrisa de oreja a oreja, entró en la habitación con el ramo que venía con su propio jarrón.

—¡Tres docenas! —exclamó, mirando a Paula con interés. Estaba claro que recibir semejante ramo era todo un acontecimiento.

—¿Para mí? —preguntó.

—El sobre viene a tu nombre.

Solo podían ser de Pedro, lo cual quería decir que volvería ese día, y con él los conflictos que ella había intentado eliminar de la vida que diseñara para sí misma y para Olivia. Llena de aprensión y de deseos en conflicto, quitó las cosas que tenía encima de la mesilla. La enfermera ya había colocado el florero y lo estaba admirando, antes de que reaccionara, preguntándose si no debería rechazar un regalo tan caro. No debería alentarlo. Claro que los capullos de color rojo oscuro eran tan hermosos, que parecía una grosería innecesaria pedir que los llevaran a otra parte. A fin de cuentas, se dijo, no iban a suponer ninguna diferencia. Las rosas no durarían mucho, y tampoco lo haría el interés demostrado por él, una vez tuviera experiencia directa de lo que suponía ocuparse de un bebé.

 Después de pasarse la noche dando vueltas a la brusca reaparición de Pedro en su vida, Paula  no estaba más convencida que la víspera de que existiera esperanza alguna de felicidad futura con él. Lo único que podía vislumbrarse eran disputas interminables, que harían daño a todos, y, más que a nadie, a Olivia. Por desgracia, los recuerdos de su infancia estaban demasiado frescos. Sus padres terminaron por separarse cuando ella tenía diez años, y la mandaron a vivir con su abuela, que se hizo cargo de ella, más por deber, que por verdadero cariño. Aun así, fue un enorme alivio dejar de sentirse la causa de las continuas disputas entre sus padres. La enfermera retiró el sobre del ramo y se lo entregó, sin dejar de sonreír.

—Rosas rojas, pasión. Hay por ahí un chico que quiere impresionarte.

—Ya, ya lo ha hecho —murmuró Paula, entre dientes. No le quedaban a Pedro pocas carantoñas por hacer, antes de convencerla de que podía ejercer como padre—. Gracias por traerlas. —Ha sido un placer.

 Abrió el sobre y sacó la tarjeta. Decía:
"Para la mujer que más me ha dado en el mundo. Con todo mi amor, Pedro".

Se le hizo un nudo en la garganta al leerlo. Pedro era el hombre que más le había dado a ella, pero eso no lo convertía en la persona adecuada para Olivia. Aferrándose a la convicción de que él no iba a querer a la niña como ella debía ser querida, abrió el cajón de la mesilla y dejó caer dentro de él la tarjeta, negándose a recrearse con sus palabras.

—Parece que tu Pedro está tratando de compensarte por el tiempo perdido.

El optimista comentario de Macarena, una de sus compañeras de habitación, le tocó una fibra sensible. Quizá se hubiera equivocado al no decirle a Pedro que estaba embarazada. En su día creyó que él le propondría que abortase. Pero tal vez lo había juzgado mal. Claro que lo evidente era que, la víspera, él se había encontrado con una situación muy diferente. Una criatura que ya había venido al mundo no era tan fácil de descartar como un embrión. Era un ser humano visible, una personita completa, de la que nadie podía prescindir.

 Aunque era posible que Pedro prefiriese prestarle la menor atención posible, Paula no pensaba permitirle que relegara a Olivia a un papel secundario dentro de sus vidas. Seguirla llamando “la cría”, como si no tuviera nombre propio, era ofensivo, y  la enfurecía el despego que traslucía. Sin duda, puestos a tener un crío, él habría preferido un chico.

—Tres docenas de rosas de tallo largo no son precisamente un regalito para salir del paso —comentó, con expresión de entendida la tercera mamá de la habitación, Karen.

—Se lo puede permitir perfectamente. El dinero no es ningún problema para él —contestó, bastante seca, molesta por el abierto favoritismo con el que ambas mujeres trataban a Pedro y hablaban de él desde su teatral aparición de la víspera.

No parecían comprender que las reservas con las que ella veía su súbita conversión a la paternidad estaban justificadas. Eran chicas más jóvenes que ella, y sus vidas habían discurrido sin altibajos por un cauce convencional. Nada las había obligado a revisar sus ilusiones románticas, puesto que la vida no las había puesto a prueba. Su claridad de objetivos la había llevado a interrogarse sobre sus propias metas. No parecía que ninguna se estuviera cumpliendo. Después de pagarse los estudios de diseño con su trabajo, sostenida por la ilusión de triunfar en el mundo de la moda, consiguió entrar en el taller de uno de los grandes, pero precisamente ese contacto con la industria la había convencido de que ella jamás dispondría del capital necesario para lanzar su propia marca. Su asociación con Violeta era lo más próximo a tener su propio negocio que había podido alcanzar. Y, en cuanto a su vida sentimental, no había conocido a nadie que le importase realmente hasta Pedro. Tenía veintiocho años cuando lo conoció, y él treinta y dos, y, por unos meses, fue como si hubiera encontrado al hombre de su vida. Por eso, cuando él reveló hasta qué punto detestaba a los niños, la conmoción fue enorme. Aunque no hubiera estado embarazada entonces, Paula se habría tenido que replantear muy seriamente el seguir con él. Olivia se agitó, soltando uno de sus grititos, y  se inclinó casi al instante hacia ella, deseando tomar en brazos a su niñita. Era un milagro, diminuta y perfecta, y a Paula la llenaba de emoción cada vez que se apoderaba de un pezón y empezaba a mamar, experimentando una profunda satisfacción maternal, que nada de lo sucedido o por suceder con Pedro podría variar.

Paternidad Inesperada: Capítulo 7

—Ya me las arreglaré.

—Te las arreglarás mejor conmigo a tu lado.

—No, de eso nada.

—Ya veremos —concluyó él.

 Y Paula hizo una pausa en la batalla, porque discutir con Pedro la agotaba. ¿Por qué no se despertaba Olivia de repente y se ponía a berrear? Ya veríamos entonces cuánto resistía él. Y si, encima, se despertaban los otros recién nacidos, le faltaría tiempo para largarse de allí. Violeta regresó a la habitación, lanzándoles a ambos miradas inseguras mientras ponía la taza de té en el carrito de las comidas.

—¿Ya estás mejor? —preguntó esperanzada.

Violeta Bloomfield era la persona más optimista que Paula había conocido jamás. Era una magnífica vendedora, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa, y, además, de que esa cosa se le había ocurrido al interesado. Su aspecto era siempre perfectos desde el cabello pelirrojo, perfectamente peinado, hasta la punta de sus siempre exquisitos zapatos. Era una fuente inagotable de vitalidad, y  le encantaba contar con ella, pero, ahora mismo, lo que necesitaba era su testimonio como socia suya.

—Dile a Pedro que puedo arreglármelas sin ayuda suya, Viole.

—¡Ah, sí! —contestó, sentándose a los pies de la cama, y, dirigiéndose muy seria a Pedro—. Verás: Pau y yo trabajamos juntas.

—¿Que Paula  se dedica ahora a organizar bodas? —preguntó él, muy sorprendido.

 —No, no, de eso me encargo yo. Me encantan las bodas. Pau es una magnífica modista. Hace todos los arreglos necesarios en los trajes que alquilamos a los novios, y, en algunos casos, diseña y confecciona el traje que le pidan. Son más caros, pero son los que nos dan más reputación.

—Entonces creo que el negocio se va a resentir —dijo Pedro, frunciendo el ceño—, porque no me parece que vaya a poder dedicarse plenamente a eso con el bebé. Exigen todo el tiempo del mundo, los mo… Se interrumpió a tiempo, pero Paula acabó la palabra por él.

—Monstruos. Venga, Pedro, dilo. Eso es lo que tú piensas que son. ¡Monstruos!

—Iba a decir mocosos —dijo él, muy digno.

—¡Ya!

—Bueno —intervino rápidamente Violeta—, Pau no tiene que desplazarse. Todo está muy a mano. Recibimos a las dientas en mi casa, y, dentro del mismo edificio, Pau tiene su propio departamento. La niña puede estar con ella mientras prueba. Así que tiene un trabajo bien remunerado, una casa cómoda, y ningún motivo de preocupación.

—¿Lo oyes? ¡Tengo todo lo que necesito! —exclamó Paula triunfalmente.

—Excepto un hombre —añadió Violeta, en un murmullo.

 Paula la miró furibunda. Pero Violeta no le hizo caso y señaló con los ojos a Pedro.

—Caray, Pau, tendrás que reconocer que es un chico guapo. ¿Por qué no te lo quedas? Siempre podrás deshacerte de él, si la cosa no sale bien.

—Muy bien razonado —se apresuró a ratificar Pedro—. Con que me diera una oportunidad…

—No pienso casarme con él —lo interrumpió Paula.

—Pero Pau, piénsalo un momento —arguyó Violeta—. El matrimonio tiene sus ventajas. ¿Dónde estaría yo, si no fuera por mis maridos? Al primero le saqué un coche, al segundo una casa, y al tercero el capital para poner el negocio.

Paula tenía ganas de gritarle a su socia que se estaba equivocando de «comprador», pero Violeta estaba lanzada y no había quien la parase.

—Un marido puede ser muy útil. Te sirve para acompañarte a los sitios, te hace el amor si te apetece, tienes quien te acerque a casa si bebes demasiado una noche, es otro sueldo que entra en casa, alguien con voz grave y mal genio para amedrentar a los operarios y que te acaben las obras a tiempo, y, en tu caso, un canguro al que no hay que pagar, siempre que necesites un descanso de tu vocación maternal.

—Sí, pues ahí es donde falla la cosa —consiguió al fin decir Paula—. Pedro odia a los bebés.

—Pero con un hijo mío, la cosa cambia —terció el aludido.

 Y ella se volvió inmediatamente contra él.

—¿Qué es lo que cambia? ¿Te crees que Olivia no va a llorar? ¿Que no va a ensuciarse? ¿Que no se despertará en medio de la noche? ¿Que no te va a robar protagonismo?

—Ya me adaptaré.

—Perdone, señor Alfonso, pero esas actitudes tan arraigadas no desaparecen así como así.

En ese momento, llegó una enfermera, escandalizada de encontrarse aún visitantes en la habitación a una hora tan avanzada.

—Tengo que pedirles que se marchen. Son las normas del hospital.

Violeta se puso en pie.

 —Consúltalo con la almohada, Pau —le dijo, con optimismo—. Divorciarse no supone ningún inconveniente hoy en día.

También Pedro se levantó, muy a su pesar, de su silla.

—Volveré mañana, Paula —dijo, beligerante—. Y no creas que voy a dejar que te deshagas de mí esta vez. Y luego se acercó al moisés y le dijo a la bebé dormida:

—Buenas noches, peque. Te habla tu papá —y mientras se alejaba—, y no te dejes convencer de otra cosa por tu mamá.

—¡Tiene un nombre! —le gritó Paula—. ¡Se llama Olivia!

Paternidad Inesperada: Capítulo 6

Por un instante, Paula quedó aturdida ante la tromba de reproches. Pero la respuesta acudió pronto a su lengua.

—Me dijiste que no que querías hijos, Pedro. Así que no vengas aquí a hacerte la víctima. Te dejé libre y solo.

—Yo no dije que quisiera estar libre y solo. Y no lo quiero —se apresuró Pedro a replicar—. Precisamente, le estaba preguntando a tu amiga Violeta cuánto se puede tardar en preparar una boda.

—¡Una boda! —la desorientación volvió a adueñarse de Paula , debilitándola por momentos. Dió otro sorbo de agua y le alargó el vaso a Violeta que todavía permanecía de pie, al lado de la cama, estupefacta por el rápido intercambio de reproches que ellos cruzaban. Luego le clavó una mirada llena de reproche, al preguntarle—: ¿Qué le has estado contando, Viole?

—¿Yo? —el rostro de Violeta pasó de la alarma inicial a la resignación—. Bueno, es que… verás, Pedro me ha preguntado que quién era yo, y yo… yo… en fin, que le he dado mi tarjeta profesional.

¡La tarjeta! Bodas a Medida: hacemos realidad su sueño. ¡Con las señas y el teléfono claramente impresos en ella! Paula dejó escapar un gemido, consciente de que la cosa ya no tenía arreglo. Hundió la cabeza en la almohada, estirando las piernas sobre la cama, con los ojos cerrados y claramente deprimida ante unos acontecimientos que ella había hecho todo lo posible por evitar.

—Si he hecho algo que no debía… —oyó Paula decir a su consternada amiga.

—No culpes a Violeta por haber puesto las cartas sobre la mesa, Paula— objetó Pedro con serenidad—. De cualquier otra forma, habría acabado por enterarme.

Aquello era probablemente cierto. Pedro no paraba hasta que quedaba satisfecho. Otro tanto le sucedía cuando estaba restaurando algún mueble antiguo. Trabajaba y trabajaba hasta conseguir lo que deseaba. Era el haberla visto lo que había echado todo a perder, no el que Violeta se hubiera ido de la lengua. De repente, Nina cobró consciencia del silencio que reinaba en la habitación. Las demás visitas se habían marchado hacía tiempo. Los bebés estaban callados. La televisión estaba apagada. No cabía duda de que a las demás ingresadas les resultaba más interesante aquel pequeño drama familiar: “la madre soltera enfrentada al padre de la criatura”. Y él era muy guapo y rebatía con rapidez sus argumentos. Por eso, las dos mujeres que compartían la habitación con ella, ambas bien seguras en sus matrimonios, estarían las dos de parte de Pedro, ignorantes de lo que ella sabía. Era para ponerse enferma.

—Una taza de té —dijo Violeta, intentando suavizar la situación—. Voy a ir por una taza de té para Pau, Pedro.

—Buena idea —dijo él.

Paula oyó salir a su amiga. Luego, el sonido de una silla cuyas patas se movían y cuyo asiento era aplastado, la hizo saber que Pedro se había sentado, preparándose para un largo asedio. Se dijo, muy a su pesar, que no tenía sentido esconderse, que había que plantarle cara a la situación, y que lo mejor era liquidarla en aquel momento y lugar. Abrió los ojos, se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada, y se preparó para afrontar la atracción que ni el tiempo ni las circunstancias habían conseguido reducir en absoluto. Pedro la miró de forma directa e intensa. En la mirada del hombre se mezclaba la compasión con la decisión. Las lágrimas subieron a sus ojos. Estaba preocupado por ella. El bebé era una complicación que él no deseaba, pero sus sentimientos hacia ella no habían cambiado, lo cual hacía que a ella le resultara más difícil y doloroso volver a rechazarlo. Habría sido tan fácil tenderle la mano y aceptar el cálido placer de estar con él de nuevo. Él la habría estrechado en sus brazos, le habría besado los cabellos, y, al tiempo, ella habría notado el cuerpo masculino endurecerse de deseo por ella. Lo echaba tanto de menos… Pero si cedía ahora, Pedro se empeñaría en estar a su lado, y las consecuencias de ello serían peores aún que su sensación de soledad. Era mejor seguir siendo independiente.

—No necesito tu ayuda, Pedro.

—No es eso lo que me parece, Paula—respondió él, tomándole la mano izquierda y manteniéndola cálidamente atrapada mientras trataba de persuadirla—. Creo que nos deberíamos casar tan pronto como fuera posible.

—¡No! —exclamó, soltándose la mano como si la de Pedro le quemase. En sus ojos se reflejaba la más firme convicción—. No voy a casarme contigo, Pedro.

—¿Por qué no? Es lo más sensato y práctico que se puede hacer.

—No voy a someter a mi niña a un padre que no la desea.

—Si estás preocupada por la cría, déjame decirte que…

—Se llama Olivia —cortó Paula, furiosa.

—¿Olivia? —dijo él, con el ceño fruncido—. No va muy bien con Alfonso. Vamos a ver si se nos ocurren otros nombres.

—A mí, Olivia Chaves me suena estupendamente.

 Pedro escrutó la testaruda expresión del rostro de Paula, y procedió a una retirada estratégica.

—Bien. Si ese es el nombre que te gusta, por mí, encantado. Pensándolo bien, Olivia no está tan mal. La podemos llamar Oli. Oli Alfonso suena muy bien.

—Es hija mía, Pedro—afirmó ella, con énfasis—. Y  se va a llamar Olivia Chaves; conservará mi apellido, porque no me voy a casar contigo.

Pedro suspiró pesadamente.

—De acuerdo. Entonces, sencillamente, viviremos juntos.

—No tengo intención de vivir contigo, Pedro. Tengo mi propio lugar donde vivir. Lo tengo todo como lo quiero tener y ni yo ni mi hija necesitamos que nos ayudes.

—Bravo, Paula, tienes las mejores intenciones, pero, ¿Qué pasará si surge cualquier imprevisto?

Paternidad Inesperada: Capítulo 5

—Verás, Pepe —le decía Nadia, mirándolo especulativamente—, tengo algunas amigas a las que quizá te gustaría conocer.

El viejo truco casamentero. Pedro sonrió, y fue una sonrisa espontánea. Su corazón se había animado con los propósitos que se acababa de hacer.

—En realidad, Nadia, voy a reunirme con una mujer en la que estoy muy interesado. Si Rodri y tú me disculpan… Es delicioso verlos tan felices, y espero que su primogénito se  críe perfectamente. Seguro que va a ser un muchacho excelente. Todo placer y buenos deseos.

Terminada su actuación, se le permitió retirarse entre sonrisas y simpatía. Lo cierto era que él mismo se sentía lleno de benevolencia hacia Rodrigo y Nadia. Incluso hacia el bebé. Los tres le habían hecho un gran favor. De no haber sido por ellos, no habría acudido a aquel lugar, ni se hubiera encontrado con Paula, ni hubiese podido sumar dos y dos, para llegar a una conclusión. Solo que, en esa ocasión, dos y dos sumaban tres. Estaba decidido a que contaran con él y lo incluyesen en la suma.

Hacía diez minutos que se había acabado la hora de visitas. Aun así, Paula examinó recelosamente el pasillo para asegurarse de que estaba vacío antes de salir del ascensor. No había más que quince metros hasta su habitación, que recorrió tan rápidamente como le fue posible sin llegar a correr. Oír la alegre voz de Violeta, que estaba todavía charlando, confirmaba que todo estaba en orden. Nadie exclamó su nombre, ni al pasar frente a las puertas de las habitaciones apareció de repente Pedro. Por fin,  alcanzó la suya, y con una arrolladora sensación de haber llegado a puerto y sentirse a salvo, entró a toda velocidad, cerrando la puerta tras de sí, al abrigo de las miradas de cualquier curioso.

—Ya estás aquí —le dijo Violeta, con satisfacción—. Estaba a punto de mandar una expedición en tu busca.

—Lo siento —le dijo Paula a su amiga, volviéndose con una sonrisa hacia ella.

 De repente, el mundo vaciló bajo sus pies, al tropezar su mirada con Pedro sosteniendo en brazos al bebé. Al sentirse alarmantemente débil, buscó instintivamente sujeción y retrocedió hasta la puerta.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ansiosa Violeta.

—¡Ven, ven, deprisa! —pidió Pedro.

Paula veía doble de repente: había dos Pedros que depositaban sendos bebés en los brazos de otras tantas Violetas. Aquello le resultaba demasiado difícil, que cerró los ojos, terriblemente mareada. Unos brazos firmes la rodearon, sosteniéndola, levantándola, llevándola hasta la cama. Luego, sintió que le reclinaban la cabeza mientras le decían:

—Respira hondo, Paula. Violeta, pon al crío en su moisés y tráele un vaso de agua.

«El crío». Paula sintió que un ansia asesina se apoderaba de su confusa mente cuando oyó que hacían de menos al bebé que había estado llevando en su interior durante nueve largos y solitarios meses. De haber tenido fuerzas, le habría echado a Pedro los brazos al cuello para estrangularlo. ¿Cómo se atrevía a presentarse allí, después de todo lo que había dicho, y a sostener en brazos al hijo que no deseaba, intentando aparentar que no tenía importancia? Había dicho «el crío». No había dicho el bebé. No había dicho nuestra hija. Con aquello  tenía suficiente. Seguramente, él ni siquiera se había interesado por el sexo de la criatura: no tenía importancia.

 El corazón de Paula latió con fuerza, despejándole la cabeza con tanta rapidez que no le hizo falta el vaso de agua que Violeta le había puesto en la mano. Tentada estuvo de echárselo a Pedro por la cara. Para que se le aclararan a él, a su vez, las ideas, y se le pasara el estúpido impulso que debía de haberlo llevado a esa habitación. Porque era evidente que, si ella no estaba en plena posesión de sus facultades visuales, él tampoco lo estaba de las mentales. Pero sabía lo que le había pasado. Había acabado por deducir lo que ella hacía en una maternidad y tenía un ataque de culpabilidad.

—Necesitas que te cuiden, Paula —dijo Pedro con brusquedad—. Y yo soy el hombre apropiado. Ahora, bébete el agua.

Dió un sorbo, únicamente para aclararse la garganta. Y después le manifestó su enojo:

—No me digas lo que debo hacer, Pedro Alfonso. No tienes derecho.

Pedro la miró con decisión.

—En esta situación yo también he tenido parte, y…

—No la has tenido —le interrumpió, con mayor decisión aún—. Tú dejaste en mis manos la cuestión de los anticonceptivos. El error es mío.

—Siempre puede haber accidentes —dijo ásperamente.

—Muy bien, pero éste no es responsabilidad tuya, sino mía.

—¡Claro! Y te las has apañado muy bien sola; tanto que casi te desmayas al verme.

—Ha sido un shock. Verte con un bebé en los brazos ha sido más de lo que mi cerebro podía aceptar.

—Entonces será mejor que te vayas acostumbrando, Paula, porque este crío también es mío.

A Paula le crujieron los dientes.

—Ella no es un crío.

—Tienes razón. Ha actuado sobre tí como una sustancia de esas que trastornan el cerebro.

—¡Ajá! Ahora ya es más fácil reconocerte, Pedro.

—Solo estaba haciéndote ver hasta qué punto estás errada —dijo él, con sus ojos verdes relampagueantes—. Al negarme el derecho a saber que yo era padre de un niño, y a tomar mis propias decisiones. Al negarme cualquier ocasión de estar contigo durante lo que, evidentemente, han sido tiempos difíciles. Ni siquiera los asesinos son condenados antes de haber tenido un juicio justo.