-Por Bella Lucia -dijo Pedro, y chocó su copa contra la de Matías.
-Por Bella Lucia -sonrió Matías, y bebió un poco de vino-. Es como en los viejos tiempos. Excepto por el hecho de que has salvado la piel de la familia Alfonso.
Los dos estaban sentados a la mesa de un pub cerca del despacho del abogado, donde Pedro acababa de firmar un documento en el que se le daba una participación mayoritaria de la empresa familiar. Era como en los viejos tiempos y sentía una felicidad que hacía tiempo que no experimentaba.
-¿Cómo te sientes? -preguntó Matías.
-Estupendamente -y Paula era la responsable. Ella había hecho que él quisiera ser un hombre mejor-. Por el nuevo gerente de los restaurantes Bella Lucia.
-¿Quién será? -preguntó Matías.
-Tú -sonrió Pedro.
-¿Yo? -su hermano parecía sorprendido-. ¿Estás seguro de ello?
-Lo estoy, sí. A menos que creas que no puedes hacerlo -bromeó Pedro.
-Intenta detenerme -dijo Matías-. Mis únicas dudas son papá y el tío Juan. Ninguno de los dos aceptará un segundo puesto después de haber luchado tanto por el control de la empresa.
-Es hora de que ambos se retiren -dijo Pedro-. Y se retirarán. Tú estarás al cargo. Lo prometo.
-Excelente noticia -sonrió Matías-. Llevo tiempo impaciente por adaptar la empresa al siglo veintiuno.
-¿Qué tienes pensado?
-Expandirnos -dijo Matías-. Me he reunido con un amigo mío de Eton... El jeque Surim. -Pareces James Bond.
-Sí, bueno. Tiene un lucrativo hotel turístico en el reino de Qu'Arim. Y le gusta la idea de abrir un Bella Lucia allí.
-Entiendo.
-Pepe, ¿Tienes idea de lo importante que es esto?
-¿Mucho?
-Podría ser el primer paso para convertir Bella Lucia en algo mundial.
-Eso es algo grande -sonrió Pedro.
Matías parecía molesto.
-Deja de burlarte.
-No, en serio.
-En serio -dijo su hermano-. Tú y yo estamos juntos en esto, y eso hace que me sienta bien.
Pedro percibía la ilusión de su hermano y la compartía hasta cierto punto.
-Estoy en esto, Mati, pero no estamos juntos. Ahora es tu niña bonita, no la mía.
-¿Qué quieres decir?
Que no cometería los errores de su padre.
-No quiero tener un papel activo. Pretendo tener una vida.
-¿No tendrá algo que ver una rubia llamada Paula con esta decisión?
-¿Se nota tanto?
-Sí.
Pedro necesitaba que Paula creyera que era verdad que él la quería. Nunca había estado tan nervioso. Nunca se había apostado tanto en la vida.
-Ya me he reconciliado con la familia y ahora tengo que hacerlo con ella. No será fácil. La he dejado en Florencia y está convencida de no querer darme una oportunidad.
-Insiste, hermano. La perseverancia funciona en los negocios, y también en el amor.
-Espero que tengas razón -dijo Pedro, aunque no tenía ninguna intención de dejar de insistir. Nunca.
-¿Te he enseñado mal? ¿No fui yo quien te enseñó todo acerca de las mujeres? -sonrió Matías.
-Eso me temo -bromeó Pedro.
-Dile lo que siente tu corazón y todo irá bien. Te deseo suerte -dijo Matías-. Y mucha felicidad.
Pedro sabía que necesitaba toda la suerte del mundo. Después oyó la voz de Paula en su cabeza. No tenía que esforzarse para demostrar que era bueno, tenía que esforzarse para ser feliz. Y se esforzaría el resto de sus días para hacerla feliz a ella.
Paula siempre había soñado con visitar Florencia, pero su sueño no consistía en ver la ciudad a solas. Y no se había dado cuenta de ello hasta que apareció Pedro. Sentía un inmenso dolor y todo era culpa suya. Era encantador a la vez que agotador. La había conquistado. Le había contado su vida. Después, había desaparecido. De hecho, la que había desaparecido había sido ella, pero él le había dicho que volvería y no había regresado en todo el día. ¿A qué estaba jugando? Y por mucho que dijera lo contrario, no podía creer que aquello no fuera un juego para él. Sin embargo, había ido hasta Florencia para verla. Sólo porque era un hombre que no solía aceptar un no como respuesta. El servicio de atención al cliente del hotel le había insistido en que fuera a cenar a uno de los mejores restaurantes de Florencia. Incluso le habían ofrecido un coche con conductor para que hiciera la visita por la ciudad. El lugar era maravilloso, pero ella nunca se había sentido tan sola. No sabía dónde estaba Pedro, pero no podía olvidarlo. Todo lo que veía le recordaba a él. La suite del hotel, el coche con conductor...
-Al menos, siempre me quedará Florencia -murmuró ella cuando el coche se detuvo en un estacionamiento.
jueves, 18 de mayo de 2017
Por Tu Amor: Capítulo 37
-De acuerdo.
Pedro se sentó en la tumbona y sus rodillas quedaron muy cerca del muslo de Paula. ¿Era su imaginación o podía sentir el calor de su cuerpo? Estaba más atractivo que nunca. Su cabello oscuro y alborotado le daba un aspecto sexy. Los vaqueros resaltaban sus piernas musculosas y el color azul de su camisa intensificaba el sus ojos.
-¿Qué es lo que quieres, Pedro?
Él estiró la mano como si fuera a tocarla, pero apoyó el antebrazo sobre su muslo.
-Me alegro de verte, Pau. -Sólo ha pasado una semana -aunque parecía mucho más.
-Diez días -la corrigió él. Parecía toda una vida.
-De acuerdo.
-Tengo entendido que fuiste a ver a mi padre.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque él vino a verme.
Se le oscurecieron los ojos y ella tuvo una mala sensación. La decisión de ir a ver a Horacio Alfonso había sido impulsiva. ¿Y si había empeorado las cosas?
-¿Cómo fue? -preguntó ella.
-Interesante.
-¿Te importaría darme más datos?
-Él lo explicó todo desde su punto de vista. Yo le dije por qué hice lo que hice. Él pidió disculpas y dijo que ya era hora de que dejara de actuar como un idiota y de que empezara a comportarse como un padre.
-¿Dijo eso?
-Sí -Pedro esbozó una sonrisa y ella supo que él sabía que habían sido palabras suyas-. Mi padre y yo vamos a trabajar en nuestra comunicación.
-Me alegro, Pedro. ¿Qué hay de tu madre?
-Llamé para disculparme por mi huida repentina. Hablamos y también estamos solucionando las cosas.
Por dentro, Paula bailaba de alegría. Era bueno que él arreglara las cosas con su familia. Al menos, esa parte del viaje había sido productiva.
-Eso está bien. ¿Qué ha pasado con Bella Lucia?
-Antes de marcharme de Londres hice los trámites para invertir el capital necesario para que sigan funcionando los restaurantes y el negocio vuelva a ser rentable. Matías se ocupará de ello.
-Me alegro mucho, Pedro.
Él asintió. -
Sabía que lo aprobarías.
-Así es. Has hecho una cosa buena. Estoy segura de que tu familia te está muy agradecida. Deben de estar... -se echó hacia delante para acariciarlo, pero se detuvo de golpe.
-¿Qué?
-Nada -dejó caer la mano. Por eso había dejado el trabajo. No podía evitar mostrar sus sentimientos hacia Pedro -. ¿Para qué has venido a Florencia?
-Quiero que hablemos de nosotros.
-No hay un nosotros -dijo ella, y se sentó derecha-. Siento que hayas venido tan lejos para hablar de nada.
-Tengo muchas cosas que decir.
-No puedo imaginar el qué.
-Primero, quiero que vuelvas a trabajar para mí.
Ella bajó las piernas hacia un lado y se sentó frente a él. Dejó el vaso de vino en la mesa que había junto a la tumbona y dijo:
-Ya te he dicho por qué no puedo hacer eso.
-Por lo que dije de que no puede haber nada más que trabajo entre nosotros.
Pedro siempre la sorprendía. Estaba tomando responsabilidad ante el asunto.
-Te mereces una estrella de oro.
-Me equivoqué. Te quiero, Pau.
-No te creo -se puso en pie y dió un paso hacia atrás.
-No te sorprendas.
-No puedes decirlo en serio.
-Totalmente en serio -contestó.
-Supongo que a nivel profesional debería sentirme halagada. Al parecer, harías cualquier cosa para evitar que deje el trabajo.
-Te quiero -repitió él.
-Por favor. Estoy segura de que se lo dices a todas las mujeres para conseguir lo que quieres. El problema es que ya me habías dejado claro lo que no quieres... En una palabra, matrimonio y familia.
-Eso son dos palabras.
-Lo que sea -dijo ella. Estaba harta de que Pedro la provocara con las dos palabras que podían romperle el corazón. Le quemaban los ojos y tuvo que esforzarse para controlar las lágrimas-. No cambiarás nunca, Pedro.
¿La amaba? ¿Por qué había dicho eso? Ella le había contado una vez que estaba esperando a que alguien la amara. Pedro había empleado sus palabras en su contra. ¿Por qué?
-Te equivocas, Pau -la agarró del brazo para evitar que se marchara.
-Me haces daño, Pedro. Me has echado en cara mis sentimientos y ni siquiera me has traído flores, como al resto de tus mujeres de usar y tirar. ¿Por qué diablos iba a permitir que me hicieras daño otra vez? El mundo está lleno de mujeres dispuestas a jugar tu juego.
-No estoy jugando a nada -la soltó.
-Yo tampoco -dijo ella, y se marchó.
-No hemos terminado, Paula. Volveré -afirmó él.
Pedro se sentó en la tumbona y sus rodillas quedaron muy cerca del muslo de Paula. ¿Era su imaginación o podía sentir el calor de su cuerpo? Estaba más atractivo que nunca. Su cabello oscuro y alborotado le daba un aspecto sexy. Los vaqueros resaltaban sus piernas musculosas y el color azul de su camisa intensificaba el sus ojos.
-¿Qué es lo que quieres, Pedro?
Él estiró la mano como si fuera a tocarla, pero apoyó el antebrazo sobre su muslo.
-Me alegro de verte, Pau. -Sólo ha pasado una semana -aunque parecía mucho más.
-Diez días -la corrigió él. Parecía toda una vida.
-De acuerdo.
-Tengo entendido que fuiste a ver a mi padre.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque él vino a verme.
Se le oscurecieron los ojos y ella tuvo una mala sensación. La decisión de ir a ver a Horacio Alfonso había sido impulsiva. ¿Y si había empeorado las cosas?
-¿Cómo fue? -preguntó ella.
-Interesante.
-¿Te importaría darme más datos?
-Él lo explicó todo desde su punto de vista. Yo le dije por qué hice lo que hice. Él pidió disculpas y dijo que ya era hora de que dejara de actuar como un idiota y de que empezara a comportarse como un padre.
-¿Dijo eso?
-Sí -Pedro esbozó una sonrisa y ella supo que él sabía que habían sido palabras suyas-. Mi padre y yo vamos a trabajar en nuestra comunicación.
-Me alegro, Pedro. ¿Qué hay de tu madre?
-Llamé para disculparme por mi huida repentina. Hablamos y también estamos solucionando las cosas.
Por dentro, Paula bailaba de alegría. Era bueno que él arreglara las cosas con su familia. Al menos, esa parte del viaje había sido productiva.
-Eso está bien. ¿Qué ha pasado con Bella Lucia?
-Antes de marcharme de Londres hice los trámites para invertir el capital necesario para que sigan funcionando los restaurantes y el negocio vuelva a ser rentable. Matías se ocupará de ello.
-Me alegro mucho, Pedro.
Él asintió. -
Sabía que lo aprobarías.
-Así es. Has hecho una cosa buena. Estoy segura de que tu familia te está muy agradecida. Deben de estar... -se echó hacia delante para acariciarlo, pero se detuvo de golpe.
-¿Qué?
-Nada -dejó caer la mano. Por eso había dejado el trabajo. No podía evitar mostrar sus sentimientos hacia Pedro -. ¿Para qué has venido a Florencia?
-Quiero que hablemos de nosotros.
-No hay un nosotros -dijo ella, y se sentó derecha-. Siento que hayas venido tan lejos para hablar de nada.
-Tengo muchas cosas que decir.
-No puedo imaginar el qué.
-Primero, quiero que vuelvas a trabajar para mí.
Ella bajó las piernas hacia un lado y se sentó frente a él. Dejó el vaso de vino en la mesa que había junto a la tumbona y dijo:
-Ya te he dicho por qué no puedo hacer eso.
-Por lo que dije de que no puede haber nada más que trabajo entre nosotros.
Pedro siempre la sorprendía. Estaba tomando responsabilidad ante el asunto.
-Te mereces una estrella de oro.
-Me equivoqué. Te quiero, Pau.
-No te creo -se puso en pie y dió un paso hacia atrás.
-No te sorprendas.
-No puedes decirlo en serio.
-Totalmente en serio -contestó.
-Supongo que a nivel profesional debería sentirme halagada. Al parecer, harías cualquier cosa para evitar que deje el trabajo.
-Te quiero -repitió él.
-Por favor. Estoy segura de que se lo dices a todas las mujeres para conseguir lo que quieres. El problema es que ya me habías dejado claro lo que no quieres... En una palabra, matrimonio y familia.
-Eso son dos palabras.
-Lo que sea -dijo ella. Estaba harta de que Pedro la provocara con las dos palabras que podían romperle el corazón. Le quemaban los ojos y tuvo que esforzarse para controlar las lágrimas-. No cambiarás nunca, Pedro.
¿La amaba? ¿Por qué había dicho eso? Ella le había contado una vez que estaba esperando a que alguien la amara. Pedro había empleado sus palabras en su contra. ¿Por qué?
-Te equivocas, Pau -la agarró del brazo para evitar que se marchara.
-Me haces daño, Pedro. Me has echado en cara mis sentimientos y ni siquiera me has traído flores, como al resto de tus mujeres de usar y tirar. ¿Por qué diablos iba a permitir que me hicieras daño otra vez? El mundo está lleno de mujeres dispuestas a jugar tu juego.
-No estoy jugando a nada -la soltó.
-Yo tampoco -dijo ella, y se marchó.
-No hemos terminado, Paula. Volveré -afirmó él.
martes, 16 de mayo de 2017
Por Tu Amor: Capítulo 36
-¿La mujer que vino contigo a la fiesta de Navidad? -cuando Matías se rió, Nadia añadió-: Ni se te ocurra volver a empezar. No quiero oír nada sobre mi modelito.
-¿Te refieres al top blanco corto, a la falda roja de ante y a las botas? Ah, ¿Y al pendiente que llevabas en el ombligo? Nunca se me habría ocurrido -dijo Matías.
-Era Navidad. Uno debería poder expresar cómo es delante de su familia.
-Eso es lo mismo que opino yo -dijo Pedro-. Paula tuvo mucho que ver con mi decisión -admitió-. Y tú, Mati. El plan de negocio es estupendo...
-Por favor -intervino Nadia-. No alimentes más su ego.
Pedro miró a su prima Nadia y no pudo evitar compararla con Paula. Su seguridad y sus contestaciones atrevidas le recordaban mucho a ella. Y cuando Matías y Nadia intercambiaron una mirada llena de chispas, Pedro se preguntó por la relación que tenían. Le daba la sensación de que sería eléctrica, no como la suya con Paula. Cielos, cómo la echaba de menos.
-¿Dónde está Paula? -preguntó Matías-. Esperaba verla aquí.
-No. Se marchó a Nueva York hace un par de días.
-¿Han tenido algún problema? -preguntó Matías.
-Tuvimos un... -su hermano lo conocía demasiado bien. No tenía sentido ocultar la verdad-. El problema ha sido que me he comportado como un cretino.
Nadia le dió una palmadita en el brazo.
-Reconocer el problema es estar a medio camino de solucionarlo, Pepe. Un poco de humillación tampoco viene mal.
-Como si tú supieras mucho de eso -dijo Matías.
-Sé más de lo que crees -contestó ella, antes de mirar a Pedro-. ¿Has terminado tus negocios en Londres?
Pedro asintió.
-En cuanto veamos al abogado, regreso a Nueva York.
-Dale recuerdos a Paula -dijo Matías.
-Lo haré.
Pedro ya no sentía celos de su hermano. Paula había estado esperando para entregarse al hombre que amaba y no habría ido a su cama a menos que sintiera algo profundo por él. Con suerte, él no había conseguido que dejara de ser así porque, para poder recuperarla, contaba con el hecho de que a ella todavía le importaba.
-Buena suerte -añadió Matías.
Pedro necesitaría toda la suerte y todo el encanto del mundo. Esperaba que no fuera demasiado tarde para recuperarla. Sabía que era hijo de su padre, pero eso no significaba que no pudiera aprender de sus errores. Había encontrado a la mujer que quería, la única mujer del mundo que podía hacerlo feliz. Y la había tenido delante todo el tiempo. Le daba igual cuánto tardara y qué tuviera que hacer, pero la convencería de que estaban hechos el uno para el otro.
La brisa del atardecer acariciaba el rostro de Paula mientras descansaba en una tumbona en el jardín del hotel Villa Medid, bebiendo una copa de Cabernet. Decían que el vino tinto era bueno para el corazón y ella estaba poniendo a prueba la teoría. Sólo había tomado un par de sorbos, pero no se sentía mejor. Echaba de menos a Pedro y tenía el corazón roto. Eso no era todo. También echaba de menos su trabajo en Alfonso Ventures. No debía haber ido a Londres. El viaje, más los besos ardientes en la cama de Pedro, habían sido su peor pesadilla. Incluso había tenido que dejar el trabajo que adoraba porque no se atrevía a volver a ver al hombre que amaba. Por otro lado, el sueldo generoso de aquel trabajo le había permitido cumplir su sueño de ir a Florencia. Se lo había sugerido su madre después de que le contara lo que había sucedido. A ella le había parecido una buena idea y había hecho la reserva. Pero nada más entrar en su habitación supo que, por muy lejos que viajara, nunca podría huir de sus problemas.
-Hola, Paula.
Al oír la voz familiar se le erizó el vello de la nuca. Levantó la vista y se cubrió los ojos con la mano para protegerlos del sol. Pedro estaba delante de ella y no estaba segura de si era real o si era un producto de su imaginación.
-¿Pedro?
-Paula, tengo que hablar contigo.
-¿Cómo sabías dónde encontrarme?
-Hablé con tu madre al ver que no respondías a mis llamadas. ¿Te importa si me siento? -señaló la tumbona que estaba junto a la de ella.
-¿Y si me importa?
-Es importante.
-Estoy muy ocupada -dijo fríamente y con el corazón acelerado.
-Ya lo veo -dijo él-. Por favor.
¿El Pedro que ella conocía pedía las cosas por favor? No era capaz de recordarlo. Y no podía ignorarlo. Había ido a buscarla a Italia. Respiró hondo y se abrazó a sí misma para tomar fuerzas. Se convenció de que era como saltar al agua helada: la primera sensación era fría, amarga y sorprendente, pero después uno se acostumbraba. No podía retroceder en su vida y borrar el error que había cometido, pero haría todo lo posible por olvidar todo lo que había sucedido entre ambos.
-¿Te refieres al top blanco corto, a la falda roja de ante y a las botas? Ah, ¿Y al pendiente que llevabas en el ombligo? Nunca se me habría ocurrido -dijo Matías.
-Era Navidad. Uno debería poder expresar cómo es delante de su familia.
-Eso es lo mismo que opino yo -dijo Pedro-. Paula tuvo mucho que ver con mi decisión -admitió-. Y tú, Mati. El plan de negocio es estupendo...
-Por favor -intervino Nadia-. No alimentes más su ego.
Pedro miró a su prima Nadia y no pudo evitar compararla con Paula. Su seguridad y sus contestaciones atrevidas le recordaban mucho a ella. Y cuando Matías y Nadia intercambiaron una mirada llena de chispas, Pedro se preguntó por la relación que tenían. Le daba la sensación de que sería eléctrica, no como la suya con Paula. Cielos, cómo la echaba de menos.
-¿Dónde está Paula? -preguntó Matías-. Esperaba verla aquí.
-No. Se marchó a Nueva York hace un par de días.
-¿Han tenido algún problema? -preguntó Matías.
-Tuvimos un... -su hermano lo conocía demasiado bien. No tenía sentido ocultar la verdad-. El problema ha sido que me he comportado como un cretino.
Nadia le dió una palmadita en el brazo.
-Reconocer el problema es estar a medio camino de solucionarlo, Pepe. Un poco de humillación tampoco viene mal.
-Como si tú supieras mucho de eso -dijo Matías.
-Sé más de lo que crees -contestó ella, antes de mirar a Pedro-. ¿Has terminado tus negocios en Londres?
Pedro asintió.
-En cuanto veamos al abogado, regreso a Nueva York.
-Dale recuerdos a Paula -dijo Matías.
-Lo haré.
Pedro ya no sentía celos de su hermano. Paula había estado esperando para entregarse al hombre que amaba y no habría ido a su cama a menos que sintiera algo profundo por él. Con suerte, él no había conseguido que dejara de ser así porque, para poder recuperarla, contaba con el hecho de que a ella todavía le importaba.
-Buena suerte -añadió Matías.
Pedro necesitaría toda la suerte y todo el encanto del mundo. Esperaba que no fuera demasiado tarde para recuperarla. Sabía que era hijo de su padre, pero eso no significaba que no pudiera aprender de sus errores. Había encontrado a la mujer que quería, la única mujer del mundo que podía hacerlo feliz. Y la había tenido delante todo el tiempo. Le daba igual cuánto tardara y qué tuviera que hacer, pero la convencería de que estaban hechos el uno para el otro.
La brisa del atardecer acariciaba el rostro de Paula mientras descansaba en una tumbona en el jardín del hotel Villa Medid, bebiendo una copa de Cabernet. Decían que el vino tinto era bueno para el corazón y ella estaba poniendo a prueba la teoría. Sólo había tomado un par de sorbos, pero no se sentía mejor. Echaba de menos a Pedro y tenía el corazón roto. Eso no era todo. También echaba de menos su trabajo en Alfonso Ventures. No debía haber ido a Londres. El viaje, más los besos ardientes en la cama de Pedro, habían sido su peor pesadilla. Incluso había tenido que dejar el trabajo que adoraba porque no se atrevía a volver a ver al hombre que amaba. Por otro lado, el sueldo generoso de aquel trabajo le había permitido cumplir su sueño de ir a Florencia. Se lo había sugerido su madre después de que le contara lo que había sucedido. A ella le había parecido una buena idea y había hecho la reserva. Pero nada más entrar en su habitación supo que, por muy lejos que viajara, nunca podría huir de sus problemas.
-Hola, Paula.
Al oír la voz familiar se le erizó el vello de la nuca. Levantó la vista y se cubrió los ojos con la mano para protegerlos del sol. Pedro estaba delante de ella y no estaba segura de si era real o si era un producto de su imaginación.
-¿Pedro?
-Paula, tengo que hablar contigo.
-¿Cómo sabías dónde encontrarme?
-Hablé con tu madre al ver que no respondías a mis llamadas. ¿Te importa si me siento? -señaló la tumbona que estaba junto a la de ella.
-¿Y si me importa?
-Es importante.
-Estoy muy ocupada -dijo fríamente y con el corazón acelerado.
-Ya lo veo -dijo él-. Por favor.
¿El Pedro que ella conocía pedía las cosas por favor? No era capaz de recordarlo. Y no podía ignorarlo. Había ido a buscarla a Italia. Respiró hondo y se abrazó a sí misma para tomar fuerzas. Se convenció de que era como saltar al agua helada: la primera sensación era fría, amarga y sorprendente, pero después uno se acostumbraba. No podía retroceder en su vida y borrar el error que había cometido, pero haría todo lo posible por olvidar todo lo que había sucedido entre ambos.
Por Tu Amor: Capítulo 35
-Matías. Sería lo más lógico. Él ha estado aquí en todo momento. Estoy esperando a ver el plan de negocio que ha preparado para mí -Pedro no quería decir nada por el momento pero, con el capital que pretendía invertir, la falta de liquidez ya no sería unproblema
. -¿Estás seguro de que no te quedarás?
-Mi vida ya no está aquí, papá.
El hombre parecía decepcionado y el hecho de que Pedro pudiera reconocer el sentimiento hizo que se sorprendiera. Todo gracias a Paula.
-Por supuesto -Horacio sonrió con tristeza-. Pero no puedes culpar a un padre por tener esperanza.
Pedro le tendió la mano.
-Prometo que no pasarán otros doce años. De ahora en adelante, ya no seré un extraño en Londres.
Horacio le agarró la mano y tiró de él para abrazarlo con fuerza. No era fácil, no resultaba familiar. Pero se había roto el hielo. Se retiró.
-Entonces, espero volver a verte pronto, hijo mío.
-Yo también -Pedro sonrió a su padre, algo que nunca pensó que pudiera llegar a hacer. Su madre le había insistido en que perdonara, pero sabía que todavía no lo había logrado del todo. Eso sí, estaba decidido a comenzar el proceso para reconstruir una buena relación con su padre. Y el milagro de todo ello se debía a Paula.
Pedro paseaba de un lado a otro de la sala de espera del abogado. Miró el reloj por enésima vez, confiando en que Nadia y Matías llegaran a tiempo. Él había pedido que prepararan el avión para regresar a Nueva York. A Paula. Ella no contestaba a sus llamadas, así que llamaría a su puerta y permanecería allí hasta que quisiera escucharlo. Se abrió la puerta y entró Nadia Alfonso. Una rubia atlética de ojos azules grisáceos.
-Hola, Pepe -dijo con una sonrisa.
-Nadia. Gracias por venir.
Parecía nerviosa.
-¿Qué ocurre?
-Te lo diré cuando llegue Mati.
-¿Va a venir?
-Lo he llamado y hemos quedado aquí.
En ese momento, Matías abrió la puerta. Él le sonrió, pero dejó de hacerlo al ver a Nadia.
-Nadia.
-Matías -dijo ella con frialdad.
-Bien. Ya estamos todos -Pedro miró el reloj.
-¿Qué estás tramando, Pepe? ¿Por qué estamos aquí?
-He decidido salvar el negocio, no desmantelarlo -explicó mirando a Matías-. El abogado va a redactar los papeles de la inversión.
-Excelente noticia -Matías sonrió hasta que miró a Nadia-. Pero no comprendo qué hace ella aquí.
-También me alegro de verte -dijo ella.
-Por eso está aquí -Pedro miró a uno y luego al otro-. Esta familia se está destruyendo y no voy a permitir que eso suceda. Están aquí como representantes de las partes enfrentadas.
Nadia se recolocó el bolso en el hombro.
-¿Y tú quién eres? ¿El hada madrina de la familia?
Pedro sonrió.
-Es una manera de verlo.
-¿Y cuándo ha sucedido esta transformación? -preguntó Matías.
-Todavía soy un trabajo en proyecto -admitió Pedro-. Supongo que podría decir que Sonia lo inició y que Paula se ha ocupado de ello en todo momento -miró a su hermano-. He visto a papá y hemos sacado todo a la luz.
-Entiendo -pero el tono de Matías indicaba que no comprendía nada.
-He echado de menos a la familia. No me había dado cuenta de cuánto hasta que llegué aquí. Ustedes no lo aprecian porque la tienen delante. Voy a sacar a flote los restaurantes, pero ambos lados de la familia tendrán que trabajar juntos para lograr el éxito -miró a Matías-. Creo que el primer paso de tu plan debe ser contratar a Nadia. Sus acompañantes se quedaron de piedra.
-¿Por qué? -preguntó Matías.
-Es una buena relaciones públicas y una gran consultora de marketing que podría darte el apoyo adecuado. La ví en acción en la fiesta de la embajada que hizo Sonia y no parecía intimidada por los ricos, famosos o poderosos.
-Pero...
-De veras, Matías -Nadia lo miró-. No te quedes tan asombrado. No me falta talento.
-Deja que te lo recuerde: por si se te ha olvidado, intentamos trabajar juntos y fue un desastre.
-Él me despidió -Nadia le explicó a Pedro.
-Ah -Pedro miró a los dos y tuvo la sensación de que había algo más. Si algo había aprendido era que una historia siempre tenía dos lados.
-Entonces, deberías contratarla otra vez -insistió Pedro-. Esta familia necesita aprender a trabajar junta.
-¿Por qué has decidido invertir dinero en Bella Lucia? -preguntó Nadia.
Matías la miró y después negó con la cabeza, como si ella fuera un poco lenta.
-Ha sido Paula.
. -¿Estás seguro de que no te quedarás?
-Mi vida ya no está aquí, papá.
El hombre parecía decepcionado y el hecho de que Pedro pudiera reconocer el sentimiento hizo que se sorprendiera. Todo gracias a Paula.
-Por supuesto -Horacio sonrió con tristeza-. Pero no puedes culpar a un padre por tener esperanza.
Pedro le tendió la mano.
-Prometo que no pasarán otros doce años. De ahora en adelante, ya no seré un extraño en Londres.
Horacio le agarró la mano y tiró de él para abrazarlo con fuerza. No era fácil, no resultaba familiar. Pero se había roto el hielo. Se retiró.
-Entonces, espero volver a verte pronto, hijo mío.
-Yo también -Pedro sonrió a su padre, algo que nunca pensó que pudiera llegar a hacer. Su madre le había insistido en que perdonara, pero sabía que todavía no lo había logrado del todo. Eso sí, estaba decidido a comenzar el proceso para reconstruir una buena relación con su padre. Y el milagro de todo ello se debía a Paula.
Pedro paseaba de un lado a otro de la sala de espera del abogado. Miró el reloj por enésima vez, confiando en que Nadia y Matías llegaran a tiempo. Él había pedido que prepararan el avión para regresar a Nueva York. A Paula. Ella no contestaba a sus llamadas, así que llamaría a su puerta y permanecería allí hasta que quisiera escucharlo. Se abrió la puerta y entró Nadia Alfonso. Una rubia atlética de ojos azules grisáceos.
-Hola, Pepe -dijo con una sonrisa.
-Nadia. Gracias por venir.
Parecía nerviosa.
-¿Qué ocurre?
-Te lo diré cuando llegue Mati.
-¿Va a venir?
-Lo he llamado y hemos quedado aquí.
En ese momento, Matías abrió la puerta. Él le sonrió, pero dejó de hacerlo al ver a Nadia.
-Nadia.
-Matías -dijo ella con frialdad.
-Bien. Ya estamos todos -Pedro miró el reloj.
-¿Qué estás tramando, Pepe? ¿Por qué estamos aquí?
-He decidido salvar el negocio, no desmantelarlo -explicó mirando a Matías-. El abogado va a redactar los papeles de la inversión.
-Excelente noticia -Matías sonrió hasta que miró a Nadia-. Pero no comprendo qué hace ella aquí.
-También me alegro de verte -dijo ella.
-Por eso está aquí -Pedro miró a uno y luego al otro-. Esta familia se está destruyendo y no voy a permitir que eso suceda. Están aquí como representantes de las partes enfrentadas.
Nadia se recolocó el bolso en el hombro.
-¿Y tú quién eres? ¿El hada madrina de la familia?
Pedro sonrió.
-Es una manera de verlo.
-¿Y cuándo ha sucedido esta transformación? -preguntó Matías.
-Todavía soy un trabajo en proyecto -admitió Pedro-. Supongo que podría decir que Sonia lo inició y que Paula se ha ocupado de ello en todo momento -miró a su hermano-. He visto a papá y hemos sacado todo a la luz.
-Entiendo -pero el tono de Matías indicaba que no comprendía nada.
-He echado de menos a la familia. No me había dado cuenta de cuánto hasta que llegué aquí. Ustedes no lo aprecian porque la tienen delante. Voy a sacar a flote los restaurantes, pero ambos lados de la familia tendrán que trabajar juntos para lograr el éxito -miró a Matías-. Creo que el primer paso de tu plan debe ser contratar a Nadia. Sus acompañantes se quedaron de piedra.
-¿Por qué? -preguntó Matías.
-Es una buena relaciones públicas y una gran consultora de marketing que podría darte el apoyo adecuado. La ví en acción en la fiesta de la embajada que hizo Sonia y no parecía intimidada por los ricos, famosos o poderosos.
-Pero...
-De veras, Matías -Nadia lo miró-. No te quedes tan asombrado. No me falta talento.
-Deja que te lo recuerde: por si se te ha olvidado, intentamos trabajar juntos y fue un desastre.
-Él me despidió -Nadia le explicó a Pedro.
-Ah -Pedro miró a los dos y tuvo la sensación de que había algo más. Si algo había aprendido era que una historia siempre tenía dos lados.
-Entonces, deberías contratarla otra vez -insistió Pedro-. Esta familia necesita aprender a trabajar junta.
-¿Por qué has decidido invertir dinero en Bella Lucia? -preguntó Nadia.
Matías la miró y después negó con la cabeza, como si ella fuera un poco lenta.
-Ha sido Paula.
Por Tu Amor: Capítulo 34
-Nunca me diste muestras de lo contrario, nunca me diste una explicación. ¿Qué más podía pensar?
-Tenía que protegerla de tí. Y eso es culpa tuya.
-Ojalá pudiera decir que te equivocas. Tu madre obtuvo su venganza. El fracaso se hizo público y le costó mucho dinero al negocio. Tardamos mucho tiempo en recuperar la fama que habíamos perdido -miró a Pedro a los ojos-. Pero lo peor es que te perdí a tí.
-Hice lo que tenía que hacer.
Horacio sonrió tristemente.
-Daría cualquier cosa por deshacer lo sucedido y retirar todo lo que te dije aquella noche. Si hubiera sido un padre mejor, si hubiésemos sido capaces de hablar, quizá habrías confiado en mí para decirme la verdad. Me gustaría tener la oportunidad de volver a intentarlo, Pedro. Es hora de que deje de actuar como un idiota y empiece a comportarme como un padre.
Pedro lo miró.
-Nunca te había oído hablar así.
-Tu secretaria habla muy claro, ¿No es así?
¿Paula le había dicho eso? Bien por ella.
-Dice lo que piensa, sí.
-Ambos podríamos aprender de ella. Y espero que no sea demasiado tarde para que empecemos a trabajar en nuestra comunicación -Horacio lo miraba sin parpadear-. Es hora de que te diga lo orgulloso que me siento de tí, hijo.
Una vez más, Pedro se quedó de piedra. Sus palabras cayeron en un lugar vacío y oscuro.
-¿Sí?
Horacio asintió.
-En mi mundo, el negocio se antepone a la familia. Supongo que porque a mí me resultó sencillo. Pero como padre soy un fracaso. ¿Y en las relaciones con las mujeres? -se encogió de hombros-. Tampoco soy bueno en esas cosas.
-¿Qué ha hecho que te des cuenta? ¿Casarte cuatro veces? -preguntó Pedro.
Horacio esbozó una sonrisa. Después se puso serio.
-Me ha costado más de lo que nunca sabrás. El negocio es importante. Pero el amor debería ser lo primero.
-Es interesante viniendo de tí.
-Lo es, ¿verdad? Si hubiera dado prioridad al amor, no habría cometido tantos errores. Con Matías. Con Sonia -miró a Pedro a los ojos-. Y contigo, especialmente.
Pedro tampoco sabía qué decir. Llevaba tanto tiempo escudándose en la rabia y en la amargura que se sentía como si no tuviera dónde esconderse. Y Paula era la responsable de todo aquello.
-Aunque todo esto es muy interesante, papá, nada excusa el hecho de que Paula fuera a verte con información que no tenía derecho a compartir.
-No te enfades con ella, Pedro-la mirada de su padre suplicaba comprensión-. Ha hecho lo que pensaba mejor para tí, hijo mío. Sabes que está enamorada de tí.
-No reconocerías el amor ni aunque apareciera y te agarrara de la mano.
-Te ha defendido como una gata protegiendo a sus gatitos.
-¿De veras?
-De veras. Y tengo la sensación de que tú también estás enamorado de ella -se quedó pensativo-. Yo amé a una mujer una vez, y sólo me dí cuenta de lo que había perdido cuando falleció. Entonces era demasiado tarde. No cometas el mismo error, hijo. Dile a Paula lo que sientes antes de que sea demasiado tarde.
«Ya es demasiado tarde», pensó Pedro. Había arruinado su oportunidad de estar con ella. Entonces, miró a su padre y vió algo reflejado en su rostro que no había visto nunca. Orgullo. Amor. Respeto. Tristeza. Todas las cosas que Paula le había dicho que había visto en su padre después del primer encuentro. Jack había salido huyendo de una mala situación, pero nunca sabría lo que habría sucedido si se hubiese quedado. La soledad de doce años recaía sobre él y no le quedaba más remedio que admitir algo que había tratado de ignorar. Había echado de menos a su familia... A todos, incluido a su padre. Si no lo solucionaba, quizá nunca tuviera otra oportunidad y no podría soportar vivir arrepentido. Paula era la vocecita que oía en su cabeza. Le había dicho lo que pensaba, independientemente de que él quisiera oírlo o no. Ella hacía lo que pensaba que estaba bien. Él la respetaba. La admiraba. La necesitaba. La... Maldita sea, su padre tenía razón. Estaba enamorado de ella.
-De acuerdo, papá. No me enfadaré con Paula.
Horacio asintió.
-Bien. Entonces, ¿Podemos hablar de la posibilidad de que te quedes en Londres?
-No voy a quedarme aquí para siempre.
-A pesar de tu amenaza de desmantelarlo todo, esperaba que regresaras para quedarte y llevar el negocio.
-No. Sobre el negocio... Por lo que he podido comprender, el tío Juan y tú se están distanciando. Cada uno intenta obtener el control.
-Mi elección es la más lógica. Fue el hijo de Juan quien nos puso en este apuro económico.
-¿De veras importa? Lo más importante es salvar Bella Lucia -hasta ese momento, Pedro ni se había dado cuenta de que era eso lo que sentía-. Siento decirlo, pero ninguno de los dos se están haciendo cada vez más jóvenes. Tendrán que pensar en retirarse.
-Si lo hacemos y tú no te quedas, ¿Quién llevará el negocio?
-Tenía que protegerla de tí. Y eso es culpa tuya.
-Ojalá pudiera decir que te equivocas. Tu madre obtuvo su venganza. El fracaso se hizo público y le costó mucho dinero al negocio. Tardamos mucho tiempo en recuperar la fama que habíamos perdido -miró a Pedro a los ojos-. Pero lo peor es que te perdí a tí.
-Hice lo que tenía que hacer.
Horacio sonrió tristemente.
-Daría cualquier cosa por deshacer lo sucedido y retirar todo lo que te dije aquella noche. Si hubiera sido un padre mejor, si hubiésemos sido capaces de hablar, quizá habrías confiado en mí para decirme la verdad. Me gustaría tener la oportunidad de volver a intentarlo, Pedro. Es hora de que deje de actuar como un idiota y empiece a comportarme como un padre.
Pedro lo miró.
-Nunca te había oído hablar así.
-Tu secretaria habla muy claro, ¿No es así?
¿Paula le había dicho eso? Bien por ella.
-Dice lo que piensa, sí.
-Ambos podríamos aprender de ella. Y espero que no sea demasiado tarde para que empecemos a trabajar en nuestra comunicación -Horacio lo miraba sin parpadear-. Es hora de que te diga lo orgulloso que me siento de tí, hijo.
Una vez más, Pedro se quedó de piedra. Sus palabras cayeron en un lugar vacío y oscuro.
-¿Sí?
Horacio asintió.
-En mi mundo, el negocio se antepone a la familia. Supongo que porque a mí me resultó sencillo. Pero como padre soy un fracaso. ¿Y en las relaciones con las mujeres? -se encogió de hombros-. Tampoco soy bueno en esas cosas.
-¿Qué ha hecho que te des cuenta? ¿Casarte cuatro veces? -preguntó Pedro.
Horacio esbozó una sonrisa. Después se puso serio.
-Me ha costado más de lo que nunca sabrás. El negocio es importante. Pero el amor debería ser lo primero.
-Es interesante viniendo de tí.
-Lo es, ¿verdad? Si hubiera dado prioridad al amor, no habría cometido tantos errores. Con Matías. Con Sonia -miró a Pedro a los ojos-. Y contigo, especialmente.
Pedro tampoco sabía qué decir. Llevaba tanto tiempo escudándose en la rabia y en la amargura que se sentía como si no tuviera dónde esconderse. Y Paula era la responsable de todo aquello.
-Aunque todo esto es muy interesante, papá, nada excusa el hecho de que Paula fuera a verte con información que no tenía derecho a compartir.
-No te enfades con ella, Pedro-la mirada de su padre suplicaba comprensión-. Ha hecho lo que pensaba mejor para tí, hijo mío. Sabes que está enamorada de tí.
-No reconocerías el amor ni aunque apareciera y te agarrara de la mano.
-Te ha defendido como una gata protegiendo a sus gatitos.
-¿De veras?
-De veras. Y tengo la sensación de que tú también estás enamorado de ella -se quedó pensativo-. Yo amé a una mujer una vez, y sólo me dí cuenta de lo que había perdido cuando falleció. Entonces era demasiado tarde. No cometas el mismo error, hijo. Dile a Paula lo que sientes antes de que sea demasiado tarde.
«Ya es demasiado tarde», pensó Pedro. Había arruinado su oportunidad de estar con ella. Entonces, miró a su padre y vió algo reflejado en su rostro que no había visto nunca. Orgullo. Amor. Respeto. Tristeza. Todas las cosas que Paula le había dicho que había visto en su padre después del primer encuentro. Jack había salido huyendo de una mala situación, pero nunca sabría lo que habría sucedido si se hubiese quedado. La soledad de doce años recaía sobre él y no le quedaba más remedio que admitir algo que había tratado de ignorar. Había echado de menos a su familia... A todos, incluido a su padre. Si no lo solucionaba, quizá nunca tuviera otra oportunidad y no podría soportar vivir arrepentido. Paula era la vocecita que oía en su cabeza. Le había dicho lo que pensaba, independientemente de que él quisiera oírlo o no. Ella hacía lo que pensaba que estaba bien. Él la respetaba. La admiraba. La necesitaba. La... Maldita sea, su padre tenía razón. Estaba enamorado de ella.
-De acuerdo, papá. No me enfadaré con Paula.
Horacio asintió.
-Bien. Entonces, ¿Podemos hablar de la posibilidad de que te quedes en Londres?
-No voy a quedarme aquí para siempre.
-A pesar de tu amenaza de desmantelarlo todo, esperaba que regresaras para quedarte y llevar el negocio.
-No. Sobre el negocio... Por lo que he podido comprender, el tío Juan y tú se están distanciando. Cada uno intenta obtener el control.
-Mi elección es la más lógica. Fue el hijo de Juan quien nos puso en este apuro económico.
-¿De veras importa? Lo más importante es salvar Bella Lucia -hasta ese momento, Pedro ni se había dado cuenta de que era eso lo que sentía-. Siento decirlo, pero ninguno de los dos se están haciendo cada vez más jóvenes. Tendrán que pensar en retirarse.
-Si lo hacemos y tú no te quedas, ¿Quién llevará el negocio?
Por Tu Amor: Capítulo 33
-Vamos, Pedro. Eres más brillante que la media. Estoy segura de que puedes darte cuenta de que estoy haciendo la maleta.
-¿Por qué?
-Porque me voy a casa -respondió sin dejar de recoger sus cosas.
-¿Por qué?
Porque echaba de menos su casa. Su familia. Él ya no era el jefe que bromeaba y coqueteaba con ella de manera inocua. Esa relación se había terminado y nunca la recuperaría. Porque era el hombre que amaba. Nada más verlo, sintió un fuerte dolor en el corazón y supo que no podría regresar a Nueva York y fingir que no había sucedido nada. No sería capaz de entrar a diario en la oficina sabiendo que él no correspondería a sus sentimientos. Era una idea demasiado dura como para pensar en ello. Tratando de mantener la compostura, levantó la vista y miró a los ojos azules de aquel chico malo.
-No puedo seguir trabajando para tí.
-Entiendo -su tono de voz era frío, pero su mirada era ardiente y enojada. La miraba de la misma manera que había mirado a su madre cuando ella había admitido que pedirle que hiciera lo que hizo había sido un error-. Supongo que no puedo decir nada para hacerte cambiar de opinión, ¿No?
No, a menos que pudiera decirle que la amaba con sinceridad.
-No. Nada.
Él asintió y se volvió sin decir nada más. En cuanto desapareció, Paula supo con total certeza que su corazón nunca volvería a estar entero.
Pedro paseaba de un lado a otro de la suite de Durley House pensando en que no sólo Paula no le había dado las gracias por la mañana, sino que se había despedido del trabajo. La frustración se apoderaba de él. Imágenes de ella en su cama invadían su cabeza. Era encantadora, en todos los aspectos. Él la había deseado entonces, y la deseaba mucho más, pero nada cambiaba el hecho de que no la merecía. Cerró los ojos y trató de borrar el dolor y la humillación que había mostrado su rostro cuando ella se había marchado de su lado. Había sido un estúpido por pensar que ella le daría las gracias por la mañana. Pero se había marchado. «Buen viaje», pensó él, alimentando su rabia. Era lo único que le quedaba. Llamaron a la puerta y agradeció la distracción, hasta que abrió y vio quién era.
-Papá.
-Pedro-sonrió el hombre-. ¿Puedo pasar?
-Creo que no tenemos nada que decirnos -contestó, pero recordó a Paula diciéndole que su padre lo quería y que debía perdonarlo-. Está bien; pasa.
Horacio entró y miró la habitación.
-Es agradable.
-He estado muy cómodo -y a Paula le había gustado, recordó-. ¿Qué es lo que quieres, papá?
Horacio se volvió y lo miró a los ojos.
-Paula vino a verme ayer.
Pedro se quedó de piedra, pero también comprendió dónde había ido ella antes de regresar al hotel.
-No puedo imaginar qué tendría que decirte.
-Paula había decidido que ya era hora de que yo supiera que te consideraba culpable de algo que no habías hecho.
Pedro nunca se lo había contado a nadie. Nunca. Había confiado en Paula como nunca había confiado en otra mujer y por eso le había contado sus sentimientos más íntimos. Y ella se lo había contado todo al hombre que no debía saberlo.
-Paula no tenía derecho a contártelo -soltó él.
Horacio metió las manos en los bolsillos de su pantalón.
-Tranquilo, Pedro. Trataba de ayudarnos.
-Era el secreto de mi madre. Ella me pidió que no te lo contara nunca.
-¿Cómo está tu madre?
La pregunta sorprendió a Pedro.
-No es que te importe, pero está bien. Y Ricardo también.
-¿Ricardo? ¿O sea que no está sola? -Horacio asintió pensativo-. Me alegro. A pesar de lo que creas, sí me importa. No fui bueno con ella. Nunca la hice feliz.
-Paula nunca me había traicionado antes.
-Y ahora tampoco, hijo. Tiene razón. Ya era hora de que lo supiera.
Era hora de olvidar el pasado. Doce años de soledad, apartado de la gente que él quería... Pedro negó con la cabeza.
-Eso no es posible.
-Probablemente me lo merezco.
-Estabas destrozando a mi madre -soltó Pedro.
Horacio suspiró.
-Me gustaría decirte que estás equivocado, pero no puedo. Era un egoísta. Herí a tu madre.
-Y yo soy el hijo de mi madre -dijo con amargura.
-Eres un buen hijo, y no gracias a mí. Es evidente que tu madre es la responsable de que te hayas convertido en el hombre que eres. Pero ahora eres adulto y un ejecutivo brillante. ¿Qué harías si un empleado eludiera una importante responsabilidad y todo indicara que no se había esforzado nada para realizar el trabajo?
El recuerdo de encontrarse atrapado entre sus progenitores se apoderó de él. Recordó tener que elegir a su madre, pero desear con todas sus Fuerzas que su padre supiera que había tratado cíe hacerlo lo mejor posible.
-Era como si tú esperaras que lo estropeara todo.
-¿Por qué?
-Porque me voy a casa -respondió sin dejar de recoger sus cosas.
-¿Por qué?
Porque echaba de menos su casa. Su familia. Él ya no era el jefe que bromeaba y coqueteaba con ella de manera inocua. Esa relación se había terminado y nunca la recuperaría. Porque era el hombre que amaba. Nada más verlo, sintió un fuerte dolor en el corazón y supo que no podría regresar a Nueva York y fingir que no había sucedido nada. No sería capaz de entrar a diario en la oficina sabiendo que él no correspondería a sus sentimientos. Era una idea demasiado dura como para pensar en ello. Tratando de mantener la compostura, levantó la vista y miró a los ojos azules de aquel chico malo.
-No puedo seguir trabajando para tí.
-Entiendo -su tono de voz era frío, pero su mirada era ardiente y enojada. La miraba de la misma manera que había mirado a su madre cuando ella había admitido que pedirle que hiciera lo que hizo había sido un error-. Supongo que no puedo decir nada para hacerte cambiar de opinión, ¿No?
No, a menos que pudiera decirle que la amaba con sinceridad.
-No. Nada.
Él asintió y se volvió sin decir nada más. En cuanto desapareció, Paula supo con total certeza que su corazón nunca volvería a estar entero.
Pedro paseaba de un lado a otro de la suite de Durley House pensando en que no sólo Paula no le había dado las gracias por la mañana, sino que se había despedido del trabajo. La frustración se apoderaba de él. Imágenes de ella en su cama invadían su cabeza. Era encantadora, en todos los aspectos. Él la había deseado entonces, y la deseaba mucho más, pero nada cambiaba el hecho de que no la merecía. Cerró los ojos y trató de borrar el dolor y la humillación que había mostrado su rostro cuando ella se había marchado de su lado. Había sido un estúpido por pensar que ella le daría las gracias por la mañana. Pero se había marchado. «Buen viaje», pensó él, alimentando su rabia. Era lo único que le quedaba. Llamaron a la puerta y agradeció la distracción, hasta que abrió y vio quién era.
-Papá.
-Pedro-sonrió el hombre-. ¿Puedo pasar?
-Creo que no tenemos nada que decirnos -contestó, pero recordó a Paula diciéndole que su padre lo quería y que debía perdonarlo-. Está bien; pasa.
Horacio entró y miró la habitación.
-Es agradable.
-He estado muy cómodo -y a Paula le había gustado, recordó-. ¿Qué es lo que quieres, papá?
Horacio se volvió y lo miró a los ojos.
-Paula vino a verme ayer.
Pedro se quedó de piedra, pero también comprendió dónde había ido ella antes de regresar al hotel.
-No puedo imaginar qué tendría que decirte.
-Paula había decidido que ya era hora de que yo supiera que te consideraba culpable de algo que no habías hecho.
Pedro nunca se lo había contado a nadie. Nunca. Había confiado en Paula como nunca había confiado en otra mujer y por eso le había contado sus sentimientos más íntimos. Y ella se lo había contado todo al hombre que no debía saberlo.
-Paula no tenía derecho a contártelo -soltó él.
Horacio metió las manos en los bolsillos de su pantalón.
-Tranquilo, Pedro. Trataba de ayudarnos.
-Era el secreto de mi madre. Ella me pidió que no te lo contara nunca.
-¿Cómo está tu madre?
La pregunta sorprendió a Pedro.
-No es que te importe, pero está bien. Y Ricardo también.
-¿Ricardo? ¿O sea que no está sola? -Horacio asintió pensativo-. Me alegro. A pesar de lo que creas, sí me importa. No fui bueno con ella. Nunca la hice feliz.
-Paula nunca me había traicionado antes.
-Y ahora tampoco, hijo. Tiene razón. Ya era hora de que lo supiera.
Era hora de olvidar el pasado. Doce años de soledad, apartado de la gente que él quería... Pedro negó con la cabeza.
-Eso no es posible.
-Probablemente me lo merezco.
-Estabas destrozando a mi madre -soltó Pedro.
Horacio suspiró.
-Me gustaría decirte que estás equivocado, pero no puedo. Era un egoísta. Herí a tu madre.
-Y yo soy el hijo de mi madre -dijo con amargura.
-Eres un buen hijo, y no gracias a mí. Es evidente que tu madre es la responsable de que te hayas convertido en el hombre que eres. Pero ahora eres adulto y un ejecutivo brillante. ¿Qué harías si un empleado eludiera una importante responsabilidad y todo indicara que no se había esforzado nada para realizar el trabajo?
El recuerdo de encontrarse atrapado entre sus progenitores se apoderó de él. Recordó tener que elegir a su madre, pero desear con todas sus Fuerzas que su padre supiera que había tratado cíe hacerlo lo mejor posible.
-Era como si tú esperaras que lo estropeara todo.
sábado, 13 de mayo de 2017
Por Tu Amor: Capítulo 32
-¿No?
-Pedro y yo hemos regresado de Dublín esta mañana. Hemos visto a su madre -apretó los labios y continuó-. He venido, señor Alfonso, porque me he enterado de lo que sucedió hace doce años. Y es hora de que usted también lo sepa.
-¿De qué estás hablando?
Cuando Paula terminó de contarle la historia, el hombre parecía desconcertado.
-¿Estás diciendo que Pedro me hizo creer a propósito que era un irresponsable?
-Pedro dijo que a usted le resultó muy fácil pensar lo peor acerca de él.
-Entiendo -Horacio se apoyó en el respaldo de la silla. Miró los papeles que tenía sobre el escritorio, pero no podía ocultar su sorpresa.- ¿Y a tí qué te importa, Paula?
-¿Quién ha dicho que me importe?
-Me pregunto por qué te estás implicando en el pasado de Pedro.
Pedro también se lo había preguntado una vez y ella le había contestado que era culpa suya por haber insistido en que lo acompañara a Londres. Paula sabía que había otro motivo más profundo, pero no iba a contárselo a Horacio.
-Pedro es mi jefe.
-Perdóname, pero me parece que esto va más allá de las tareas de una secretaria.
Paula no iba a permitir que hablaran de ella. Se trataba de Pedro y su familia. Había visto que Matías se preocupaba por Pedro. Y Sonia también. Al hablar con su madre había recordado lo afortunada que era por tener una familia que la quería. Pedro también tenía una familia, pero estaba dejando pasar la oportunidad de disfrutar de ella. No si ella podía evitarlo.
-Señor Alfonso, no tiene ni idea de cuáles son mis tareas y no voy a discutirlas con usted. Al contrario que Pedro, no me importa lo que piense de mí. No busco su respeto.
-Eso está claro.
-Simplemente, consideraba que había llegado el momento de que supiera la verdad -se puso en pie y recogió sus cosas.
-No te ofendas, querida, pero apenas te conozco. ¿Por qué debería creerme esta historia?
-Porque es la verdad. El problema es que, si la cree, tendrá que admitir que se equivocó. Y le ha costado muchos años de la vida de Pedro. Es hora de que deje de comportarse como un idiota y comience a ser el padre de su hijo.
Paula salió del despacho envuelta en una nebulosa. No se le pasó hasta que dejó atrás la mesa donde Pedro y ella habían comido el día de Boxing Day. El lugar donde ella lo había llamado idiota. El mismo sitio en el que había comenzado a enamorarse de él. Había una pareja sentada a la mesa y se miraban con una gran sonrisa. No se percataron de que ella estaba allí, mirándolos. Ni de que las lágrimas corrían por sus mejillas. Apretó el botón del ascensor que la llevaría hasta la suite de Durley House. Acababa de llamar idiota al padre de Pedro y no se arrepentía. Aunque creía que no tenía demasiada importancia, puesto que el hombre no había mostrado mucha emoción después de que ella hubiera intervenido a favor de Pedro. Había pensado que se sentiría aliviada, pero sólo se sentía agotada. Además, temía enfrentarselo después de haberse lanzado a sus brazos la noche anterior. Él le había ahorrado la humillación de llegar hasta el final, pero eso era de poco alivio. Se sentía como si toda su vida se hubiera oscurecido de pronto. Como si la posibilidad de ser feliz hubiera desaparecido para siempre. Se había ofrecido a él sin pensar en el matrimonio o en una relación a largo plazo. Y, por un lado, deseaba haberse acostado con él antes de que le hubiera dicho que no podía haber nada entre ellos. De ese modo, podría odiarlo y culparlo con toda la fuerza de su tremendo dolor. Pero eso también se lo había robado. Había elegido un mal momento para demostrar su nobleza. Se abrieron las puertas del ascensor y entró. Por primera vez en su vida, deseó que se quedara parado. Para retrasar lo inevitable. Sin embargo, llegó hasta su planta con la suavidad esperada en un ascensor de un hotel de cinco estrellas. Se dirigió a la suite y abrió la puerta. Pedro estaba sentado junto la mesa de café, con el ordenado encendido frente a él.
-Me alegro de que hayas vuelto -le dijo al verla.
¿La había echado de menos? Le resultaba inevitable tener la esperanza...
-¿Ah, sí? -preguntó ella, de forma casual.
-Tengo una propuesta y me gustaría que le echaras un vistazo -miró a la pantalla-. Sé que has tomado una decisión, pero se trata de una prometedora empresa de comunicación con tecnología láser. El chico lleva años trabajando en ella, pero no puede progresar de manera significativa sin respaldo económico. La imprimiré...
-No te molestes.
Sin quitarse el abrigo, se dirigió a su dormitorio. Sacó la maleta del armario y comenzó a hacer el equipaje.
-¿Qué estás haciendo, Paula? -preguntó Pedro desde la puerta.
Ella no era capaz de mirarlo. Sabía que se pondría a llorar y él no merecía la pena. ¿Cuántos años tendrían que pasar para que esa mentira se convirtiera en verdad?
-Pedro y yo hemos regresado de Dublín esta mañana. Hemos visto a su madre -apretó los labios y continuó-. He venido, señor Alfonso, porque me he enterado de lo que sucedió hace doce años. Y es hora de que usted también lo sepa.
-¿De qué estás hablando?
Cuando Paula terminó de contarle la historia, el hombre parecía desconcertado.
-¿Estás diciendo que Pedro me hizo creer a propósito que era un irresponsable?
-Pedro dijo que a usted le resultó muy fácil pensar lo peor acerca de él.
-Entiendo -Horacio se apoyó en el respaldo de la silla. Miró los papeles que tenía sobre el escritorio, pero no podía ocultar su sorpresa.- ¿Y a tí qué te importa, Paula?
-¿Quién ha dicho que me importe?
-Me pregunto por qué te estás implicando en el pasado de Pedro.
Pedro también se lo había preguntado una vez y ella le había contestado que era culpa suya por haber insistido en que lo acompañara a Londres. Paula sabía que había otro motivo más profundo, pero no iba a contárselo a Horacio.
-Pedro es mi jefe.
-Perdóname, pero me parece que esto va más allá de las tareas de una secretaria.
Paula no iba a permitir que hablaran de ella. Se trataba de Pedro y su familia. Había visto que Matías se preocupaba por Pedro. Y Sonia también. Al hablar con su madre había recordado lo afortunada que era por tener una familia que la quería. Pedro también tenía una familia, pero estaba dejando pasar la oportunidad de disfrutar de ella. No si ella podía evitarlo.
-Señor Alfonso, no tiene ni idea de cuáles son mis tareas y no voy a discutirlas con usted. Al contrario que Pedro, no me importa lo que piense de mí. No busco su respeto.
-Eso está claro.
-Simplemente, consideraba que había llegado el momento de que supiera la verdad -se puso en pie y recogió sus cosas.
-No te ofendas, querida, pero apenas te conozco. ¿Por qué debería creerme esta historia?
-Porque es la verdad. El problema es que, si la cree, tendrá que admitir que se equivocó. Y le ha costado muchos años de la vida de Pedro. Es hora de que deje de comportarse como un idiota y comience a ser el padre de su hijo.
Paula salió del despacho envuelta en una nebulosa. No se le pasó hasta que dejó atrás la mesa donde Pedro y ella habían comido el día de Boxing Day. El lugar donde ella lo había llamado idiota. El mismo sitio en el que había comenzado a enamorarse de él. Había una pareja sentada a la mesa y se miraban con una gran sonrisa. No se percataron de que ella estaba allí, mirándolos. Ni de que las lágrimas corrían por sus mejillas. Apretó el botón del ascensor que la llevaría hasta la suite de Durley House. Acababa de llamar idiota al padre de Pedro y no se arrepentía. Aunque creía que no tenía demasiada importancia, puesto que el hombre no había mostrado mucha emoción después de que ella hubiera intervenido a favor de Pedro. Había pensado que se sentiría aliviada, pero sólo se sentía agotada. Además, temía enfrentarselo después de haberse lanzado a sus brazos la noche anterior. Él le había ahorrado la humillación de llegar hasta el final, pero eso era de poco alivio. Se sentía como si toda su vida se hubiera oscurecido de pronto. Como si la posibilidad de ser feliz hubiera desaparecido para siempre. Se había ofrecido a él sin pensar en el matrimonio o en una relación a largo plazo. Y, por un lado, deseaba haberse acostado con él antes de que le hubiera dicho que no podía haber nada entre ellos. De ese modo, podría odiarlo y culparlo con toda la fuerza de su tremendo dolor. Pero eso también se lo había robado. Había elegido un mal momento para demostrar su nobleza. Se abrieron las puertas del ascensor y entró. Por primera vez en su vida, deseó que se quedara parado. Para retrasar lo inevitable. Sin embargo, llegó hasta su planta con la suavidad esperada en un ascensor de un hotel de cinco estrellas. Se dirigió a la suite y abrió la puerta. Pedro estaba sentado junto la mesa de café, con el ordenado encendido frente a él.
-Me alegro de que hayas vuelto -le dijo al verla.
¿La había echado de menos? Le resultaba inevitable tener la esperanza...
-¿Ah, sí? -preguntó ella, de forma casual.
-Tengo una propuesta y me gustaría que le echaras un vistazo -miró a la pantalla-. Sé que has tomado una decisión, pero se trata de una prometedora empresa de comunicación con tecnología láser. El chico lleva años trabajando en ella, pero no puede progresar de manera significativa sin respaldo económico. La imprimiré...
-No te molestes.
Sin quitarse el abrigo, se dirigió a su dormitorio. Sacó la maleta del armario y comenzó a hacer el equipaje.
-¿Qué estás haciendo, Paula? -preguntó Pedro desde la puerta.
Ella no era capaz de mirarlo. Sabía que se pondría a llorar y él no merecía la pena. ¿Cuántos años tendrían que pasar para que esa mentira se convirtiera en verdad?
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