Paula se hallaba sentada en el sofá de su suite con un horario de Baberos y Botines sin completar en el regazo. Era sábado y los niños jugaban en la planta baja con los padres de Pedro, quien apareció en el umbral. ¿Habría dejado ella la puerta abierta como una invitación inconsciente? Hacía tres días que le había contado su oscuro secreto y ansiaba besarlo otra vez, en parte por su actitud, ya que aunque él había rehusado prometerle que no la besaría, le estaba demostrando que hacía lo posible por acceder a sus deseos. Con solo pensarlo se ruborizaba y se sentía temblorosa por dentro. Estaba tan confusa, debatiéndose constantemente con respecto a él. Primero decidía ser distante y controlada, luego luchaba consigo misma para no ir a buscarlo. Porque lo cierto era que disfrutaba de su compañía y ahora se alegraba de que él fuese a buscarla.
—¿No se supone que los fines de semana son para descansar? —le preguntó él desde el umbral. Con los brazos cruzados sobre el ancho pecho y una traviesa expresión en los ojos, era un placer mirarlo. Estaba guapísimo con los vaqueros gastados y la camisa blanca con las mangas enrolladas por encima del codo.
—Es cierto, pero tengo que organizar este horario. Es complicado porque tenemos un montón de empleados a tiempo parcial. Pero se acerca la época de más trabajo y quiero asegurarme de que la tienda tiene suficientes empleados, respetando a la vez los días libres que ellos me han pedido.
—Para algo eres el jefe, ¿No? Ponlos como más te convenga a tí.
—Algo me dice que tú no eres el tipo de jefe que haría eso —dijo ella, con una mirada escéptica—. Ni tampoco un jefe a quien no le importan las necesidades de sus empleados.
—¿Cómo puedes creer una cosa así? —preguntó él, simulando mortificación.
—A otro con ese cuento —dijo ella, convencida de que él no dirigiría su empresa de esa forma.
—De acuerdo, tienes razón. Yo creo que se cazan mas moscas con miel que con vinagre. Y la lealtad de mis empleados demuestra que esa filosofía funciona.
—Estoy de acuerdo contigo. Siempre trato de hacer lo que predico. Y entonces aquí estoy, con un horario en blanco, un jarro de miel y totalmente desorientada.
—Y por eso he venido —dijo él, esbozando la sonrisa que le aceleraba el corazón, como el aleteo de un pájaro asustado—. Para que lo dejes y atraerte con mi miel a un sitio delicioso.
—¿Dónde? —Vamos a comprar las calabazas para Halloween.
—¡Oh, Pepe! ¡Qué idea genial! —aplaudió. Luego miró al papel de su regazo—. Pero tengo que hacer esto. Y tengo ropa que lavar, y…
—Lo que yo creo es que estás asustada.
—Conque sí, ¿No? —dijo ella, tratando de que él no viese el rubor que sentía que le subía por las mejillas, porque ello le constataría que tenía razón.
—Efectivamente. Y lo sé porque buscas excusas.
—¿Y de qué estoy asustada, si puede saberse?
—De mi encanto irresistible. Tus excusas no tienen fundamento. Eres más inteligente que la media, así que eso lo puedes resolver en un periquete. En cuanto a la ropa, la gente de servicio piensa que tú te haces tu propia colada porque no confías en ellos.
—Lo hago porque quiero mantener los pies sobre la tierra. En cuanto me asegure la custodia de mis hijos, tendré que volver a la cocina, como Cenicienta.
—Un razonamiento interesante —dijo él, y un gesto de molestia le cruzó las facciones tan rápido que Dana dudó haberlo visto—. Pero me temo que mi conclusión es que la Cenicienta tiene miedo de estar a solas conmigo. ¿Qué te parece? ¿Te vienes con nosotros?
—¿Ya se lo has dicho a los niños? —preguntó ella con brusquedad.
—¿Qué crees, que soy tonto? No les diría nada sin preguntártelo a tí primero. Pero hace un día tan bueno que pensé que podríamos ir al vivero, que ha montado algo especial para Halloween y parece que tienen montones de calabazas, justo lo que necesitamos para la fiesta de disfraces. Lo pasaremos bien. Y sé de alguien que hace mucho que no se divierte. ¿Qué te parece?
—Eres muy convincente. ¿Cómo puedo negarme? Venga, vamos a decírselo a los trillizos.
Varias horas más tarde, Dana no se podría haber sentido más feliz. No recordaba la última vez que se lo había pasado tan bien, ni reído tanto. Ahora se encontraban en el estacionamiento después de despedirse de los niños. Los padres de Pedro se los habían llevado porque estaban agotados. Ellos los seguirían luego en su coche.
—Me alegro de que mamá y papá se llevasen a los niños. Hace un poco de frío para ellos —dijo él, ajustándole la bufanda a Paula. Le rozó la barbilla con los nudillos.
Ella volvió a estremecerse, pero no de frío, sino de la sensación mágica que le provocaban sus dedos contra su piel. Con un solo roce, la piel se le encendía de la cabeza a los pies. Verdadera magia.
sábado, 18 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 23
—Prosigue —dijo él, aunque no quería saberlo.
—Me dí cuenta de que me era infiel. Quizás con más de una mujer. Las mujeres lo llamaban por teléfono, y a veces tenía olor, a perfume que no era el mío, o venía con manchas de carmín —dijo, lanzando una amarga carcajada—. Los signos habituales, como sí quisiese que yo me enterara.
—¿Qué sucedió? —preguntó Pedro. La rabia le carcomía las entrañas al pensar en ese hombre que lo tenía todo y no había sabido apreciarlo.
—Me enfrenté a él y le sugerí que fuésemos a un consejero matrimonial —dijo ella, con el cuerpo rígido. Alargó la mano para tomar la copa, pero le temblaba tanto que la volvió a dejar sobre la mesa—. Nunca lo había visto tan furioso. Se marchó y nunca lo volví a ver. Se mató en un accidente de coche a una milla de distancia.
—Pau, lo siento, pero…
—No te lo he contado para que me tengas lástima, Pepe. Pero quiero que comprendas que no seré víctima otra vez.
Era tan fuerte, que le costaba trabajo imaginársela pisoteada.
—Después de su muerte, todo lo que me quedaba era el título de la universidad, pero como no tenía experiencia laboral, no conseguía ganar lo suficiente para mantenernos. Y esa era mi situación porque había invertido toda mi energía en el hombre que amaba y en mis hijos.
—Lo dices como si fuese malo.
—Solo que fui estúpida. Sus padres rehusaron ayudarme. No tenía a quién recurrir.
—Es obvio que son personas egoístas, pero no te veo como una víctima. Te recuperaste bien rápido, señorita. A pesar de no tener nada a tu favor, encontraste un trabajo aquí en Storkville y mantienes a tus hijos sin ayuda.
—Exactamente —sonrió ella tristemente—. Y no puedo permitirme rechazar ese empleo. No volveré a correr semejante riesgo nunca más. Yo lo quería y él sistemáticamente mató el amor que le tenía.
—Yo nunca te haría algo similar.
—¿Y por qué iba a creerte?
—Pau—dijo Pedro aturdido—. No sé qué decirte.
—Francisco decía muchas cosas, pero luego actuaba de forma completamente opuesta.
Pedro se levantó del sofá para pararse frente a ella.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso, pero yo no soy como Francisco. No hay forma de demostrártelo salvo con el día a día -tomándola de los brazos, la acercó suavemente hacia él. —Pensándolo bien, sí hay algo que puedo hacer.
Concentrándose en el pulso que le latía en la base del cuello y que le indicaba que ella se sentía como él, acercó lentamente su boca a la de ella. Sintió su conflicto, su titubear y su necesidad. Movió sus labios sobre los de ella suavemente, mordisqueándoselos con dulzura. Ella levantó los brazos y le rodeó el cuello con ellos. Sus senos le quemaron el pecho cuando ella amoldó sus curvas a las de su cuerpo. Era todavía más maravillosa de lo que él había imaginado. Suaves gemidos se escaparon de sus labios, incitándolo a que prosiguiese. Se le hizo difícil respirar, y no era el único.
—Pau, déjame que…
Ella se quedó rígida un momento, luego bajó las manos y lanzó un entrecortado suspiro.
—Pepe, no puedo hacerlo.
—No me dirás que no me has devuelto el beso.
—Eso sería una mentira —le dijo, rogándole con los ojos que la comprendiese— Odio el engaño. Y sería una tontería pretender que no te encuentro atractivo, pero no te quiero engañar. Ya no me interesa más casarme, gracias a mi esposo. Lo único bueno que me dio fueron los trillizos. Cuando me asegure la custodia, tú y yo nos separáremos. Desde el principio ha sido una transacción de negocios. ¿Besarías a un socio, Pedro?
—Probablemente no —respondió él, sonriendo.
—Entonces, por favor, no compliques nuestras relaciones besándome otra vez. Los negocios son los negocios —frunció el ceño—. Por cierto, ¿Cuándo necesitas que cumpla con mi parte del contrato y te ayude con las cuestiones sociales de la empresa?
En ese momento no había nada más lejos de su mente, pero era uno de los argumentos que había utilizado para convencerla de que se casase con él.
—Hay una fiesta de disfraces en la casa el sábado anterior a Halloween.
—¡Faltan dos semanas y media! ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Se me pasó —como muchas otras cosas, ya que ella y sus trillizos habían irrumpido en su vida como un tornado—. Supongo que no estoy acostumbrado a tener una esposa que se ocupe de eso.
—Hablaré con Daniela y tu madre y averiguaré de qué forma puedo ayudar.
—Perfecto —dijo, mirándole los labios llenos. Cuando estaba solo con ella, de lo último que quería hablar era de fiestas—. Pero Pau, con respecto a los besos, tenemos que simular que somos una pareja que se quiere y se entrega, por la cuestión de la custodia de los niños.
—Podemos hacerlo sin necesidad de besarnos. Es algo muy importante para mí. Prométeme que no me volverás a besar.
—No te puedo mentir —negó él con la cabeza—. No te puedo dar mi palabra.
—Al menos eres sincero —suspiró ella—. Pero es tarde y estoy cansada. Será mejor que nos vayamos a dormir.
—De acuerdo —lo mejor era no presionarla. Dió un paso atrás y se pasó la mano por el pelo—. Que duermas bien, Pau.
—Lo dudo —dijo ella irónicamente—. Igualmente —susurró cuando él se retiró por la puerta de conexión.
Por fin se había enterado de lo que había sucedido, y lo único positivo que sacaba de ello era que Paula no era una cazafortunas. Pero había pocas probabilidades de que ella volviese a confiar en alguien, especialmente en un hombre rodeado de sospechas. Sabía que tarde o temprano la prueba del ADN lo aclararía todo, pero si ella se enteraba de que se sospechaba de él cuando le propuso matrimonio, nunca creería que no lo había hecho por sus propios intereses egoístas, proteger su reputación para que no cayesen las acciones de la empresa. La única posibilidad que tenía de que ella cambiase su actitud era si todo se mantenía en secreto hasta que pudiese demostrar su inocencia.
—Me dí cuenta de que me era infiel. Quizás con más de una mujer. Las mujeres lo llamaban por teléfono, y a veces tenía olor, a perfume que no era el mío, o venía con manchas de carmín —dijo, lanzando una amarga carcajada—. Los signos habituales, como sí quisiese que yo me enterara.
—¿Qué sucedió? —preguntó Pedro. La rabia le carcomía las entrañas al pensar en ese hombre que lo tenía todo y no había sabido apreciarlo.
—Me enfrenté a él y le sugerí que fuésemos a un consejero matrimonial —dijo ella, con el cuerpo rígido. Alargó la mano para tomar la copa, pero le temblaba tanto que la volvió a dejar sobre la mesa—. Nunca lo había visto tan furioso. Se marchó y nunca lo volví a ver. Se mató en un accidente de coche a una milla de distancia.
—Pau, lo siento, pero…
—No te lo he contado para que me tengas lástima, Pepe. Pero quiero que comprendas que no seré víctima otra vez.
Era tan fuerte, que le costaba trabajo imaginársela pisoteada.
—Después de su muerte, todo lo que me quedaba era el título de la universidad, pero como no tenía experiencia laboral, no conseguía ganar lo suficiente para mantenernos. Y esa era mi situación porque había invertido toda mi energía en el hombre que amaba y en mis hijos.
—Lo dices como si fuese malo.
—Solo que fui estúpida. Sus padres rehusaron ayudarme. No tenía a quién recurrir.
—Es obvio que son personas egoístas, pero no te veo como una víctima. Te recuperaste bien rápido, señorita. A pesar de no tener nada a tu favor, encontraste un trabajo aquí en Storkville y mantienes a tus hijos sin ayuda.
—Exactamente —sonrió ella tristemente—. Y no puedo permitirme rechazar ese empleo. No volveré a correr semejante riesgo nunca más. Yo lo quería y él sistemáticamente mató el amor que le tenía.
—Yo nunca te haría algo similar.
—¿Y por qué iba a creerte?
—Pau—dijo Pedro aturdido—. No sé qué decirte.
—Francisco decía muchas cosas, pero luego actuaba de forma completamente opuesta.
Pedro se levantó del sofá para pararse frente a ella.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso, pero yo no soy como Francisco. No hay forma de demostrártelo salvo con el día a día -tomándola de los brazos, la acercó suavemente hacia él. —Pensándolo bien, sí hay algo que puedo hacer.
Concentrándose en el pulso que le latía en la base del cuello y que le indicaba que ella se sentía como él, acercó lentamente su boca a la de ella. Sintió su conflicto, su titubear y su necesidad. Movió sus labios sobre los de ella suavemente, mordisqueándoselos con dulzura. Ella levantó los brazos y le rodeó el cuello con ellos. Sus senos le quemaron el pecho cuando ella amoldó sus curvas a las de su cuerpo. Era todavía más maravillosa de lo que él había imaginado. Suaves gemidos se escaparon de sus labios, incitándolo a que prosiguiese. Se le hizo difícil respirar, y no era el único.
—Pau, déjame que…
Ella se quedó rígida un momento, luego bajó las manos y lanzó un entrecortado suspiro.
—Pepe, no puedo hacerlo.
—No me dirás que no me has devuelto el beso.
—Eso sería una mentira —le dijo, rogándole con los ojos que la comprendiese— Odio el engaño. Y sería una tontería pretender que no te encuentro atractivo, pero no te quiero engañar. Ya no me interesa más casarme, gracias a mi esposo. Lo único bueno que me dio fueron los trillizos. Cuando me asegure la custodia, tú y yo nos separáremos. Desde el principio ha sido una transacción de negocios. ¿Besarías a un socio, Pedro?
—Probablemente no —respondió él, sonriendo.
—Entonces, por favor, no compliques nuestras relaciones besándome otra vez. Los negocios son los negocios —frunció el ceño—. Por cierto, ¿Cuándo necesitas que cumpla con mi parte del contrato y te ayude con las cuestiones sociales de la empresa?
En ese momento no había nada más lejos de su mente, pero era uno de los argumentos que había utilizado para convencerla de que se casase con él.
—Hay una fiesta de disfraces en la casa el sábado anterior a Halloween.
—¡Faltan dos semanas y media! ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Se me pasó —como muchas otras cosas, ya que ella y sus trillizos habían irrumpido en su vida como un tornado—. Supongo que no estoy acostumbrado a tener una esposa que se ocupe de eso.
—Hablaré con Daniela y tu madre y averiguaré de qué forma puedo ayudar.
—Perfecto —dijo, mirándole los labios llenos. Cuando estaba solo con ella, de lo último que quería hablar era de fiestas—. Pero Pau, con respecto a los besos, tenemos que simular que somos una pareja que se quiere y se entrega, por la cuestión de la custodia de los niños.
—Podemos hacerlo sin necesidad de besarnos. Es algo muy importante para mí. Prométeme que no me volverás a besar.
—No te puedo mentir —negó él con la cabeza—. No te puedo dar mi palabra.
—Al menos eres sincero —suspiró ella—. Pero es tarde y estoy cansada. Será mejor que nos vayamos a dormir.
—De acuerdo —lo mejor era no presionarla. Dió un paso atrás y se pasó la mano por el pelo—. Que duermas bien, Pau.
—Lo dudo —dijo ella irónicamente—. Igualmente —susurró cuando él se retiró por la puerta de conexión.
Por fin se había enterado de lo que había sucedido, y lo único positivo que sacaba de ello era que Paula no era una cazafortunas. Pero había pocas probabilidades de que ella volviese a confiar en alguien, especialmente en un hombre rodeado de sospechas. Sabía que tarde o temprano la prueba del ADN lo aclararía todo, pero si ella se enteraba de que se sospechaba de él cuando le propuso matrimonio, nunca creería que no lo había hecho por sus propios intereses egoístas, proteger su reputación para que no cayesen las acciones de la empresa. La única posibilidad que tenía de que ella cambiase su actitud era si todo se mantenía en secreto hasta que pudiese demostrar su inocencia.
Protegerte: Capítulo 22
—No sabía el hambre que tenía hasta oler esto —dijo, comenzando a comer.
Él sirvió vino en las dos copas de cristal y le puso una sobre la bandeja.
—Perdona que sea pesado, pero realmente necesitas comer para mantener tus fuerzas. La madre de los trillizos no puede ser vencida.
—Especialmente si quiere conservar la custodia de los mencionados trillizos.
—Mis abogados están trabajando en el tema. ¿Se han vuelto a comunicar contigo los Martínez?
Ella negó con la cabeza.
—Pero… —dijo.
Pedro se sentó junto a ella. Ya que estaba sentada en el medio del sofá, no tuvo más remedio que rozarla con el muslo. Aunque ella intentó disimularlo, no le pasó desapercibido que contuvo el aliento cuando se produjo el contacto. Y tampoco el rápido trago que le dió a su copa.
—¿Qué? Dime lo que te tiene preocupada, Pau. Puede que te ayude decírmelo. Y de paso, sentar un precedente de confianza.
—De acuerdo, ahí va —dijo ella, lanzándole una mirada escéptica—. Los niños están en la guardería desde que sale el sol hasta que se pone. Después hay que hacer todo de prisa, porque si no duermen lo suficiente, no hay quien los soporte al día siguiente. Tú lo sabes, porque te han bautizado todos los días con los baños.
—Aja —dijo él, mirando las manchas de sus vaqueros, que ya estaban casi secas—. Es mi momento favorito.
—A veces pienso que estarían mejor con los Martínez.
—No lo dirás en serio.
—Al menos estarían más tiempo con una pareja que los quiere.
—¿Y nosotros qué somos? ¿Estamos dibujados? —estaba cumpliendo el papel de padre, pero no lo hacía por actuar. Cada día los quería más. Eran adorables—. Tú eres su madre. Nadie puede quererlos más que tú ni darles tiempo de calidad como tú.
—La pena es que es tan poco. El trabajo me exige mucho. Con las fiestas a la vuelta de la esquina, se pondrá cada vez peor. Son las vacaciones de los niños y tendría que ser una época felíz, pero la veo acercarse con temor.
¿Se debería ello porque le recordaba el amor que había perdido hacía casi un año? Desde luego que no se lo podía preguntar.
—Deja el trabajo —le dijo en vez de ello.
—¿Qué? —preguntó ella, mirándolo.
—¿Por qué no? —le dijo, entusiasmándose con la idea—. Ahora que estamos casados, no estás sola. No necesitas el dinero. Yo tengo mucho.
—No puedo hacer una cosa así.
—A mí me parece la solución perfecta. Y piensa en la demanda judicial. ¿Cómo podría el juez quitarle los hijos a una mujer capaz de dejar su carrera profesional por ellos?
—¿Y qué pasaría cuando nos separásemos dentro de seis meses? ¿Cómo mantendría a los niños entonces?
Había comenzado a tener la esperanza de que ella se olvidase de esa parte del acuerdo. Era evidente que se había equivocado.
—Ya cruzaremos el puente cuando llegue el momento. Podría darte…
—Pensé que te había dejado claro que solo quería tu ayuda en lo que concernía a la custodia de los niños. Nada más, según lo establecimos en el acuerdo prenupcial.
—Me creas o no, Pau, me he encariñado mucho con los niños. A la porra con el acuerdo prenupcial. A esos niños nunca les faltará de nada. Jamás —añadió.
—Palabras. Como la mayoría de los hombres.
—¿La mayoría de los hombres? ¿Así que has conocido a muchos? —preguntó, con rabia porque lo hubiese incluido en la generalización.
—No muchos —admitió ella—. Pero con uno, me basta y me sobra.
—¿Quién era?
—Mi marido.
Se quedó de una pieza. Esa no era la respuesta que se esperaba.
—¿Tu marido? Pero yo creí…
—Sabía que esto no podía durar —dijo ella, negando con la cabeza. Dejó la copa y se puso de pie, dando la vuelta a la mesa para mantenerla entre los dos—. Había comenzado a creer que eras diferente, que tu familia era diferente.
—¿Diferente en qué sentido?
—A los Martínez nunca les gusté. Me acusaron de estar interesada en Francisco por su dinero. Pero estaban equivocados. Yo estaba enamorada de él.
Pedro tuvo la sensación de que ella iba a abrirse a él por fin. Y, por algún motivo, se dió cuenta de que no le gustaría lo que iba a oír.
—Sigue —le dijo, a pesar de sus sospechas.
—Aunque ellos no aprobaban nuestro matrimonio, nos casamos. Luego él cambió. Fue como si se hubiese casado conmigo por llevarle la contraria a sus padres. Me quedé embarazada enseguida. Él no toleraba que yo me sintiese mal por las mañanas. Y al principio, incluso antes de que tuviese que ponerme ropa que parecía una carpa de circo, no quería saber nada de mí. No me tocaba ni me besaba —dijo, antes de que se le hiciese un nudo en la garganta. Después de varios minutos, logró continuar— Cuando nacieron tres niños, me dijo que ni siquiera quería uno, así que mucho menos tres. Ésa fue la primera vez que me enteré de cómo se sentía. Antes de casarnos, él sabía cuánto quería yo tener niños y estaba de acuerdo conmigo. Pero las exigencias de tres niños le coartaban la libertad. Y eso no es todo.
Él sirvió vino en las dos copas de cristal y le puso una sobre la bandeja.
—Perdona que sea pesado, pero realmente necesitas comer para mantener tus fuerzas. La madre de los trillizos no puede ser vencida.
—Especialmente si quiere conservar la custodia de los mencionados trillizos.
—Mis abogados están trabajando en el tema. ¿Se han vuelto a comunicar contigo los Martínez?
Ella negó con la cabeza.
—Pero… —dijo.
Pedro se sentó junto a ella. Ya que estaba sentada en el medio del sofá, no tuvo más remedio que rozarla con el muslo. Aunque ella intentó disimularlo, no le pasó desapercibido que contuvo el aliento cuando se produjo el contacto. Y tampoco el rápido trago que le dió a su copa.
—¿Qué? Dime lo que te tiene preocupada, Pau. Puede que te ayude decírmelo. Y de paso, sentar un precedente de confianza.
—De acuerdo, ahí va —dijo ella, lanzándole una mirada escéptica—. Los niños están en la guardería desde que sale el sol hasta que se pone. Después hay que hacer todo de prisa, porque si no duermen lo suficiente, no hay quien los soporte al día siguiente. Tú lo sabes, porque te han bautizado todos los días con los baños.
—Aja —dijo él, mirando las manchas de sus vaqueros, que ya estaban casi secas—. Es mi momento favorito.
—A veces pienso que estarían mejor con los Martínez.
—No lo dirás en serio.
—Al menos estarían más tiempo con una pareja que los quiere.
—¿Y nosotros qué somos? ¿Estamos dibujados? —estaba cumpliendo el papel de padre, pero no lo hacía por actuar. Cada día los quería más. Eran adorables—. Tú eres su madre. Nadie puede quererlos más que tú ni darles tiempo de calidad como tú.
—La pena es que es tan poco. El trabajo me exige mucho. Con las fiestas a la vuelta de la esquina, se pondrá cada vez peor. Son las vacaciones de los niños y tendría que ser una época felíz, pero la veo acercarse con temor.
¿Se debería ello porque le recordaba el amor que había perdido hacía casi un año? Desde luego que no se lo podía preguntar.
—Deja el trabajo —le dijo en vez de ello.
—¿Qué? —preguntó ella, mirándolo.
—¿Por qué no? —le dijo, entusiasmándose con la idea—. Ahora que estamos casados, no estás sola. No necesitas el dinero. Yo tengo mucho.
—No puedo hacer una cosa así.
—A mí me parece la solución perfecta. Y piensa en la demanda judicial. ¿Cómo podría el juez quitarle los hijos a una mujer capaz de dejar su carrera profesional por ellos?
—¿Y qué pasaría cuando nos separásemos dentro de seis meses? ¿Cómo mantendría a los niños entonces?
Había comenzado a tener la esperanza de que ella se olvidase de esa parte del acuerdo. Era evidente que se había equivocado.
—Ya cruzaremos el puente cuando llegue el momento. Podría darte…
—Pensé que te había dejado claro que solo quería tu ayuda en lo que concernía a la custodia de los niños. Nada más, según lo establecimos en el acuerdo prenupcial.
—Me creas o no, Pau, me he encariñado mucho con los niños. A la porra con el acuerdo prenupcial. A esos niños nunca les faltará de nada. Jamás —añadió.
—Palabras. Como la mayoría de los hombres.
—¿La mayoría de los hombres? ¿Así que has conocido a muchos? —preguntó, con rabia porque lo hubiese incluido en la generalización.
—No muchos —admitió ella—. Pero con uno, me basta y me sobra.
—¿Quién era?
—Mi marido.
Se quedó de una pieza. Esa no era la respuesta que se esperaba.
—¿Tu marido? Pero yo creí…
—Sabía que esto no podía durar —dijo ella, negando con la cabeza. Dejó la copa y se puso de pie, dando la vuelta a la mesa para mantenerla entre los dos—. Había comenzado a creer que eras diferente, que tu familia era diferente.
—¿Diferente en qué sentido?
—A los Martínez nunca les gusté. Me acusaron de estar interesada en Francisco por su dinero. Pero estaban equivocados. Yo estaba enamorada de él.
Pedro tuvo la sensación de que ella iba a abrirse a él por fin. Y, por algún motivo, se dió cuenta de que no le gustaría lo que iba a oír.
—Sigue —le dijo, a pesar de sus sospechas.
—Aunque ellos no aprobaban nuestro matrimonio, nos casamos. Luego él cambió. Fue como si se hubiese casado conmigo por llevarle la contraria a sus padres. Me quedé embarazada enseguida. Él no toleraba que yo me sintiese mal por las mañanas. Y al principio, incluso antes de que tuviese que ponerme ropa que parecía una carpa de circo, no quería saber nada de mí. No me tocaba ni me besaba —dijo, antes de que se le hiciese un nudo en la garganta. Después de varios minutos, logró continuar— Cuando nacieron tres niños, me dijo que ni siquiera quería uno, así que mucho menos tres. Ésa fue la primera vez que me enteré de cómo se sentía. Antes de casarnos, él sabía cuánto quería yo tener niños y estaba de acuerdo conmigo. Pero las exigencias de tres niños le coartaban la libertad. Y eso no es todo.
Protegerte: Capítulo 21
Poco tiempo después de que sus padres se fuesen, Pedro observaba a Paula dar las buenas noches a los niños con un beso. Sabía que aquella vida que tanto le comenzaba a gustar podía desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Ella sabía ahora quién era el benefactor de la guardería. ¿Quién habría pensado que su simple deseo de evitar la publicidad haría que ahora pareciese culpable de algo? Aunque ella no sabía todavía que habían encontrado el sonajero de los Alfonso con los bebés. Nuevamente se preguntó cuándo estaría lista la prueba del ADN. Si se enterase antes de que… Ella se detuvo junto a él en el umbral de la puerta y se despidió nuevamente. contuvo el deseo de abrazarla. Esa no era la forma de ganarse a una esposa.
—Buenas noches, niños —saludó Paula.
—Buenas noches, mami. Buenas noches, señor Alf —dijo Benja y le lanzó un beso.
—Buenas noches Benja, Meli e Isa —respondió, lanzándoles tres besos imaginarios.
—¿Mami?
—¿Sí, Meli?
Pedro se preguntó cómo sabría Paula cuál de las niñas había hablado. Estaba demasiado oscuro para verle el lunar.
—¿Por qué no le das al señor Alf un beso de buenas noches?
Sobresaltada, le lanzó a él una mirada nerviosa y luego se volvió a su hija.
—Porque todavía no nos vamos a la cama.
—Ah.
Se hizo un silencio en el que parecía oírse cómo carburaban las mentes de los trillizos. No tardaron en volver a hablar.
—Señor Alf, ¿Después le darás un beso?
La miró. Claro que lo deseaba. Todas las noches, solo en su cama, en lo único que pensaba era en tenerla junto a sí, calentándole la cama, la sangre, el corazón. Y en besarla y llevarla al siguiente nivel, que era la liberación que los esperaba a ambos. Con un beso no le alcanzaría. Pero ella no le había dado ninguna señal de que estuviese lista para acelerar el paso de su relación.
—Ya basta de preguntas. Es hora de dormir para ustedes, chicos.
Juntos, salieron de la habitación y ella dejó la puerta entreabierta. Tenía una expresión cansada y los hombros tensos.
—Todavía no has comido nada, señorita —la regañó.
—No sé qué es más importante, si comer o dormir —suspiró—. Ya que estoy demasiado cansada para comer, creo que optaré por lo segundo.
—Ven para aquí un momento —le dijo, llevándola hacia el sofá y haciéndola sentarse en los blandos almohadones. Luego le levantó las piernas y se las apoyó sobre la mesa de café—. No te muevas hasta que vuelva.
Se fue a la cocina y, para no molestar a la cocinera a esa hora, buscó en la nevera y encontró un estofado de carne, puré y guisantes de la cena del día anterior. Mientras los calentaba en el microondas, sacó una bandeja y puso en ella cubiertos, servilleta, vino y dos copas. Le hubiera gustado tener una rosa roja, pero no había. Cuando todo estuvo listo, llevó la bandeja arriba y se encontró a Paula exactamente donde la había dejado.
—La cena está servida —le dijo suavemente, viendo cómo ella abría los ojos parpadeando.
¿Sabría lo sexy que resultaba ese movimiento? ¿O lo mucho que deseaba tenerla junto a sí cada mañana? Apartó el pensamiento de su mente. De ningún modo se aprovecharía de la cansada madre de trillizos, a pesar de desearla con todo su corazón.
Ella se enderezó y puso los pies en el suelo mientras él le colocaba la bandeja enfrente, sobre la mesa.
—Buenas noches, niños —saludó Paula.
—Buenas noches, mami. Buenas noches, señor Alf —dijo Benja y le lanzó un beso.
—Buenas noches Benja, Meli e Isa —respondió, lanzándoles tres besos imaginarios.
—¿Mami?
—¿Sí, Meli?
Pedro se preguntó cómo sabría Paula cuál de las niñas había hablado. Estaba demasiado oscuro para verle el lunar.
—¿Por qué no le das al señor Alf un beso de buenas noches?
Sobresaltada, le lanzó a él una mirada nerviosa y luego se volvió a su hija.
—Porque todavía no nos vamos a la cama.
—Ah.
Se hizo un silencio en el que parecía oírse cómo carburaban las mentes de los trillizos. No tardaron en volver a hablar.
—Señor Alf, ¿Después le darás un beso?
La miró. Claro que lo deseaba. Todas las noches, solo en su cama, en lo único que pensaba era en tenerla junto a sí, calentándole la cama, la sangre, el corazón. Y en besarla y llevarla al siguiente nivel, que era la liberación que los esperaba a ambos. Con un beso no le alcanzaría. Pero ella no le había dado ninguna señal de que estuviese lista para acelerar el paso de su relación.
—Ya basta de preguntas. Es hora de dormir para ustedes, chicos.
Juntos, salieron de la habitación y ella dejó la puerta entreabierta. Tenía una expresión cansada y los hombros tensos.
—Todavía no has comido nada, señorita —la regañó.
—No sé qué es más importante, si comer o dormir —suspiró—. Ya que estoy demasiado cansada para comer, creo que optaré por lo segundo.
—Ven para aquí un momento —le dijo, llevándola hacia el sofá y haciéndola sentarse en los blandos almohadones. Luego le levantó las piernas y se las apoyó sobre la mesa de café—. No te muevas hasta que vuelva.
Se fue a la cocina y, para no molestar a la cocinera a esa hora, buscó en la nevera y encontró un estofado de carne, puré y guisantes de la cena del día anterior. Mientras los calentaba en el microondas, sacó una bandeja y puso en ella cubiertos, servilleta, vino y dos copas. Le hubiera gustado tener una rosa roja, pero no había. Cuando todo estuvo listo, llevó la bandeja arriba y se encontró a Paula exactamente donde la había dejado.
—La cena está servida —le dijo suavemente, viendo cómo ella abría los ojos parpadeando.
¿Sabría lo sexy que resultaba ese movimiento? ¿O lo mucho que deseaba tenerla junto a sí cada mañana? Apartó el pensamiento de su mente. De ningún modo se aprovecharía de la cansada madre de trillizos, a pesar de desearla con todo su corazón.
Ella se enderezó y puso los pies en el suelo mientras él le colocaba la bandeja enfrente, sobre la mesa.
jueves, 16 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 20
Una semana después de la boda, Paula entró con los trillizos a la imponente casa por la puerta de la cocina.
—El invierno llega temprano este año —se dijo, frotándose las heladas manos para que recuperasen el calor.
Era una cocina amplia y cálida, como toda la casa de los Alfonso. Con baldosas color beige, tenía en el centro una isla con todos los electrodomésticos. Una nevera que parecía tan grande como su antiguo apartamento ocupaba una pared, junto a una cocina último modelo, empotrada en una encimera de granito color verde y abundantes armarios. Las niñas se sentaron en el suelo.
—Cansada, mami —dijo Isabella.
—Yo también, mami —añadió Melina.
—Quiedo ver al señor Alf —dijo Benjamín, y salió corriendo de la habitación.
Paula no tenía energías para correr tras él. Otra vez había hecho horas extra. «Yo también estoy cansada y hambrienta», pensó. A diferencia de sus niños, no se podía sentar en el suelo y anunciarlo a los cuatro vientos, aunque lo desease desesperadamente. Cuando se dió cuenta de que se le haría tarde, había llamado a Ana para comunicarle que no la esperasen a cenar. Y la cocina limpia como una patena era prueba de que le habían hecho caso.
Pedro entró con Benja en brazos. Su hijo le rodeaba el cuello con el brazo. A Paula se le detuvo el corazón al verlos juntos. Benja estaba contento como un niño con zapatos nuevos. Su esposo se acercó a ella y la besó suavemente en los labios, luego la rodeó con un brazo, estrechándola contra su costado. Sintió una confusa mezcla de, por un lado, calor que la recorría, haciéndola desear más, y, por otro, la pregunta de por qué él habría hecho ese gesto íntimo de esposo. Obtuvo su respuesta cuando Ana y Horacio lo siguieron. Estaba actuando como un marido feliz frente a sus padres.
—Hola —dijo Paula, elevando los ojos hacia él. Luego miró a sus padres—. Lamento haber llegado tan tarde. Faltan solo dos semanas para Halloween y Navidad está a la vuelta de la esquina. Mi trabajo consiste en asegurarme de que tengamos suficiente mercancía para vender.
—Al menos tu excusa es mejor que la de Pepe —dijo Ana—. O, mejor dicho, las excusas que nos daba antes de casarse contigo. Porque desde que te casaste con mi hijo, ha venido a cenar todas las noches.
—¿De veras? —preguntó, mirándolo. ¿Sería por ella?, se preguntó, sin poder detener el calorcillo que comenzó a extenderse por su cuerpo.
—Lo cierto es que cuando descubrió los ordenadores, me dí cuenta de que había encontrado compañía. Pero luego comencé a preocuparme cuando pasaba tanto tiempo en la oficina. Hasta me pregunté si no tendría un ménage á trois con el ordenador y el fax.
—¡Qué exagerada, mamá! —rió Pedro.
Paula rió también, pero se preguntaba si él se habría sentido tan solo como ella. ¿Iría temprano para cubrir las apariencias o porque quería estar con ella y los niños?
—Me alegro de que no me hayan esperado —dijo, mirando a su alrededor—. Laura les dió de comer a los niños en la guardería. ¡Es una madraza!
—Es verdad —dijo Ana—. Y cómo se dedica a esos pobres mellizos abandonados.
—¿Y tú, cómo lo sabes? —le preguntó su esposo.
—Pasé a comer algo por el restaurante y Patricia Lipton le decía a Vicente y María Feeny que Laura y Pablo quieren quedárselos de forma permanente.
—Al menos, quien sea que los abandonó, los quería lo suficiente para dejarlos con Laura. Pero, si quieren saber mi opinión, se merece algo peor que el infierno.
El brazo con que Pedro la seguía abrazando se tensó un instante y ella lo miró. Tenía en el rostro una expresión extraña de culpabilidad que intrigó a Paula.
—Es verdad. No sé que hubiese hecho hoy sin su ayuda —dijo.
—Por eso me alegro de que Pedro hiciese su generosa donación para que la guardería pudiese ponerse en marcha —dijo Ana, sonriendo orgullosa a su hijo.
—¡Mamá!
—¿Tú eres el misterioso benefactor de Baby Care? —preguntó Paula, estupefacta.
—Se supone que era una donación anónima, mamá.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana—. Pensé que Paula lo sabía.
—¿Y tú, cómo te has enterado?
—Compartimos el mismo contable, hijito. Por Dios, parece que quisieses esconder algo.
—¿Qué iba a esconder? —preguntó él.
El tono de su pregunta y el gesto amargo de su boca parecían tan exagerados dadas las circunstancias que Paula se preguntó qué sucedería.
—Ha sido una buena obra —le dijo—. Te admiro por ello.
—Si los medios se enteran, quién sabe lo que se inventarán —dijo él—. Además, no quería que se hiciese ninguna bambolla al respecto.
—No te preocupes, hijo, que te guardaremos el secreto. En cuanto ahora, pensábamos llevaros a todos a comer.
—Se lo agradezco —les dijo Paula con cariño—, pero podríais haber comido. Como les dije, los niños ya han cenado. Y es tan tarde que ya tendrían que estar en la cama. Todavía tengo que bañarlos. Y yo comeré un sándwich.
—Vayan ustedes—les dijo Pedro—, yo ayudaré a Paula y me aseguraré de que coma algo.
—¿De veras? —titubeó Ana.
—Pasenla bien —dijo Paula—. Abríguense, que hace frío. La tía Gloria dice que el invierno viene pronto este año.
—Sí —dijo Pedro con ironía—, como para confiar en una mujer que dice que su limonada provoca el embarazo.
—No lo escuchen —se burló Paula—. Y no se preocupen, que ya lo mantendré a raya yo.
—Gracias, querida. Eres la mujer indicada para hacerlo —dijo Ana antes de que Pedro cerrara la puerta tras ellos.
Paula tuvo deseos de decirle que estaba equivocada, que el suyo era nada más que un acuerdo de negocios, a pesar de que los últimos siete días la hacían desear que fuese lo contrario. Todas las tardes, desde que se casaron, Pedro había jugado a las muñecas con las niñas, luchado con Benja y se le habían arrugado las manos como pasas de tanto baño nocturno. Y después les había leído cuentos hasta hartarse. Había sido maravilloso. Se preguntó si sería una actuación o si de veras querría sentar cabeza, como decía su madre. ¿Sería ese solícito el Pedro de verdad? ¿Duraría? A juzgar por la experiencia de su anterior matrimonio, la respuesta era no.
—El invierno llega temprano este año —se dijo, frotándose las heladas manos para que recuperasen el calor.
Era una cocina amplia y cálida, como toda la casa de los Alfonso. Con baldosas color beige, tenía en el centro una isla con todos los electrodomésticos. Una nevera que parecía tan grande como su antiguo apartamento ocupaba una pared, junto a una cocina último modelo, empotrada en una encimera de granito color verde y abundantes armarios. Las niñas se sentaron en el suelo.
—Cansada, mami —dijo Isabella.
—Yo también, mami —añadió Melina.
—Quiedo ver al señor Alf —dijo Benjamín, y salió corriendo de la habitación.
Paula no tenía energías para correr tras él. Otra vez había hecho horas extra. «Yo también estoy cansada y hambrienta», pensó. A diferencia de sus niños, no se podía sentar en el suelo y anunciarlo a los cuatro vientos, aunque lo desease desesperadamente. Cuando se dió cuenta de que se le haría tarde, había llamado a Ana para comunicarle que no la esperasen a cenar. Y la cocina limpia como una patena era prueba de que le habían hecho caso.
Pedro entró con Benja en brazos. Su hijo le rodeaba el cuello con el brazo. A Paula se le detuvo el corazón al verlos juntos. Benja estaba contento como un niño con zapatos nuevos. Su esposo se acercó a ella y la besó suavemente en los labios, luego la rodeó con un brazo, estrechándola contra su costado. Sintió una confusa mezcla de, por un lado, calor que la recorría, haciéndola desear más, y, por otro, la pregunta de por qué él habría hecho ese gesto íntimo de esposo. Obtuvo su respuesta cuando Ana y Horacio lo siguieron. Estaba actuando como un marido feliz frente a sus padres.
—Hola —dijo Paula, elevando los ojos hacia él. Luego miró a sus padres—. Lamento haber llegado tan tarde. Faltan solo dos semanas para Halloween y Navidad está a la vuelta de la esquina. Mi trabajo consiste en asegurarme de que tengamos suficiente mercancía para vender.
—Al menos tu excusa es mejor que la de Pepe —dijo Ana—. O, mejor dicho, las excusas que nos daba antes de casarse contigo. Porque desde que te casaste con mi hijo, ha venido a cenar todas las noches.
—¿De veras? —preguntó, mirándolo. ¿Sería por ella?, se preguntó, sin poder detener el calorcillo que comenzó a extenderse por su cuerpo.
—Lo cierto es que cuando descubrió los ordenadores, me dí cuenta de que había encontrado compañía. Pero luego comencé a preocuparme cuando pasaba tanto tiempo en la oficina. Hasta me pregunté si no tendría un ménage á trois con el ordenador y el fax.
—¡Qué exagerada, mamá! —rió Pedro.
Paula rió también, pero se preguntaba si él se habría sentido tan solo como ella. ¿Iría temprano para cubrir las apariencias o porque quería estar con ella y los niños?
—Me alegro de que no me hayan esperado —dijo, mirando a su alrededor—. Laura les dió de comer a los niños en la guardería. ¡Es una madraza!
—Es verdad —dijo Ana—. Y cómo se dedica a esos pobres mellizos abandonados.
—¿Y tú, cómo lo sabes? —le preguntó su esposo.
—Pasé a comer algo por el restaurante y Patricia Lipton le decía a Vicente y María Feeny que Laura y Pablo quieren quedárselos de forma permanente.
—Al menos, quien sea que los abandonó, los quería lo suficiente para dejarlos con Laura. Pero, si quieren saber mi opinión, se merece algo peor que el infierno.
El brazo con que Pedro la seguía abrazando se tensó un instante y ella lo miró. Tenía en el rostro una expresión extraña de culpabilidad que intrigó a Paula.
—Es verdad. No sé que hubiese hecho hoy sin su ayuda —dijo.
—Por eso me alegro de que Pedro hiciese su generosa donación para que la guardería pudiese ponerse en marcha —dijo Ana, sonriendo orgullosa a su hijo.
—¡Mamá!
—¿Tú eres el misterioso benefactor de Baby Care? —preguntó Paula, estupefacta.
—Se supone que era una donación anónima, mamá.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana—. Pensé que Paula lo sabía.
—¿Y tú, cómo te has enterado?
—Compartimos el mismo contable, hijito. Por Dios, parece que quisieses esconder algo.
—¿Qué iba a esconder? —preguntó él.
El tono de su pregunta y el gesto amargo de su boca parecían tan exagerados dadas las circunstancias que Paula se preguntó qué sucedería.
—Ha sido una buena obra —le dijo—. Te admiro por ello.
—Si los medios se enteran, quién sabe lo que se inventarán —dijo él—. Además, no quería que se hiciese ninguna bambolla al respecto.
—No te preocupes, hijo, que te guardaremos el secreto. En cuanto ahora, pensábamos llevaros a todos a comer.
—Se lo agradezco —les dijo Paula con cariño—, pero podríais haber comido. Como les dije, los niños ya han cenado. Y es tan tarde que ya tendrían que estar en la cama. Todavía tengo que bañarlos. Y yo comeré un sándwich.
—Vayan ustedes—les dijo Pedro—, yo ayudaré a Paula y me aseguraré de que coma algo.
—¿De veras? —titubeó Ana.
—Pasenla bien —dijo Paula—. Abríguense, que hace frío. La tía Gloria dice que el invierno viene pronto este año.
—Sí —dijo Pedro con ironía—, como para confiar en una mujer que dice que su limonada provoca el embarazo.
—No lo escuchen —se burló Paula—. Y no se preocupen, que ya lo mantendré a raya yo.
—Gracias, querida. Eres la mujer indicada para hacerlo —dijo Ana antes de que Pedro cerrara la puerta tras ellos.
Paula tuvo deseos de decirle que estaba equivocada, que el suyo era nada más que un acuerdo de negocios, a pesar de que los últimos siete días la hacían desear que fuese lo contrario. Todas las tardes, desde que se casaron, Pedro había jugado a las muñecas con las niñas, luchado con Benja y se le habían arrugado las manos como pasas de tanto baño nocturno. Y después les había leído cuentos hasta hartarse. Había sido maravilloso. Se preguntó si sería una actuación o si de veras querría sentar cabeza, como decía su madre. ¿Sería ese solícito el Pedro de verdad? ¿Duraría? A juzgar por la experiencia de su anterior matrimonio, la respuesta era no.
Protegerte: Capítulo 19
Al ver a Paula salir de la habitación de los niños, Pedro sintió que su vida por fin tenía sentido, que se hallaba completa. Pero eso no lo hacía olvidarse del deseo, por el contrario, contribuía a que la desease más.
Ella lanzó una última mirada de protección y amor antes de darse la vuelta. Vió a Pedro en el gran salón de estar de esa suite. Estaba sentado en un sofá floreado que hacía juego con otro en tonos de crema, verde cazador y coral. Pequeñas mesas de roble se distribuían entre el mobiliario y el televisor, en una esquina junto con el aparato de música, completaba la sala de estar. Pedro esperaba que a ella le gustase, pero no tanto como para que no pudiese ser persuadida a que compartiese la suite de él, que era contigua. Cuando estuviese preparada.
—No me lo puedo creer —dijo ella.
Oh, Dios. ¿No habría hablado en voz alta, verdad? Pero al ver que ella continuaba sonriendo, se dio cuenta de que se refería a otra cosa.
—¿Como te las has ingeniado para ocuparte de todo? —aclaró ella—. Las flores, mi ramo, los anillos —hizo una pausa para tomar aire—. Y las tres camas iguales para los niños. No intentes convencerme de que ya estaban en esa habitación, porque he visto las marcas de una cama de matrimonio en la alfombra.
—Mamá me ayudó. Y también puedo levantar el teléfono y delegar —dijo con un encogimiento de hombros—. Nada especial.
—Sí que es especial.
—Comparado con lo tuyo, no es nada —dijo, lanzando una mirada a la puerta tras la cual los tres niños dormían plácidamente—. No intentes decirme que meterlos en cama no es nada —dijo, dándose unos golpecitos en el pecho—. Yo estaba allí.
—¿Recuerdas el chubasquero del que hablábamos? Será mejor que lo tengas a mano —rió, al verlo todo salpicado por el agua del baño de los niños.
—Lo recordaré —dijo, devolviéndole la sonrisa—. Eso sí que es trabajo. Bañarlos, secarlos, pijamas, peinarlos, que se laven los dientes, el cuento, las oraciones… y eso sin contar la huelga de brazos caídos por triplicado.
—Por suerte tú has subido a dos, yo solo tuve que subir a uno. Eso redujo las negociaciones a un tercio.
—No seas modesta. Cada noche ha de ser una tarea titánica, casi como la invasión de Normandía el día D.
—¡Exagerado!
—Un poco solamente. No me explico cómo te las has ingeniado sin tu esposo. Has de echarlo de menos, en muchos aspectos.
Deseó no haber abierto la boca al ver que una expresión indefinible reemplazaba la alegría de sus ojos. Podría haber sido rabia o dolor, o una terrible tristeza. Cuanto más la conocía, más deseaba ser el único hombre de su vida. No quería compartir con ella el recuerdo de otro hombre.
—La verdad es que me acostumbré a ocuparme de los trillizos sola. Él estaba siempre ocupado —dijo ella vagamente.
Pedro se dió cuenta de que había más que ella no le decía, probablemente porque le causaba demasiado dolor. ¿Lograría en algún momento superar el amor que sentía por el esposo que había perdido, lo suficiente para dejar sitio a alguien más en su corazón? Lo que más rabia le daba era no poder confiar en ella plenamente antes de esperar los resultados del test del ADN. Añoraba tener una compañera, una mujer con quien compartir todo, una esposa que confiase en él totalmente, aunque hubiese evidencia en su contra. Deseaba que llegase el momento de poderle aclarar a la vez todo lo que demostraba su inocencia. Si había justicia en el mundo, así sería como sucedería. Mientras tanto, esperaba que el sheriff cumpliese su palabra de llevar a cabo la investigación discretamente. No quería mortificarla. Esperaba que ella nunca tuviese motivos para perder su confianza en él. Y aunque no deseaba en absoluto saber lo mucho que amaba a su anterior esposo, tenía la sensación de que ella necesitaba hablar de ello. Para superar la terrible pérdida, compartir ese peso era el primer paso. Quizás luego pudiese dejarlo atrás y seguir su camino.
—No puedo creer lo maravillosos que son tus padres —dijo ella—. En serio, no podrían haber sido más encantadores con los niños y conmigo, a pesar de que se sorprenderían bastante cuando se lo dijiste.
—Yo diría que están aliviados de que finalmente haya sentado cabeza.
—¿Te habrías vuelto atrás si hubieses sabido la trabajoso que resulta preparar a los trillizos para irse a la cama?
—No.
¿Cómo podía un monosílabo despejarle a Paula la cara como un rayo de sol después de una tormenta? Su negativa hizo que desapareciera su gesto adusto y volvió a sonreír dulcemente.
—Buena respuesta —dijo. Luego se le acercó, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Retrocedió rápidamente y dijo—: No es necesario que ayudes, sabes.
El calor del beso en su mejilla le dio deseos de seguir la exploración que había iniciado en la boda, después de decir: «Sí, quiero».
—Todo lo contrario —dijo, en vez de besarla—. Me gustó —especialmente su agradecimiento—. Y me atrevo a decir que no rechazarías un par de manos extra — añadió.
Lo que quería en realidad era comprobar si ella sentía algo por él. La impresión que le había dado su respuesta al tradicional beso de boda no podía estar tan equivocada. Y había sido frente a los niños y casi extraños. Ella se había olvidado de todo y le había devuelto el beso. Y hacía un minuto le había dado un beso en la mejilla, de motus propio. Dió un paso hacia ella.
—Pau, yo…
Ella se cruzó de brazos, alejándose de él lo más posible.
—Pepe, quiero agradecerte algo más —dijo, con voz trémula.
—¿Sí?
—Por las habitaciones separadas.
—Comprendo —dijo él, pasándose una temblorosa mano por el cabello.
—Esta suite es muy agradable y te agradezco que nos hagas sentir tan cómodos. Pero… ¿Qué pasa con la puerta de intercomunicación? —se enderezó un poco, como preparándose para lo peor.
—Quedamos en que simularíamos estar enamorados, así que elegí esta suite para tí y los niños por lo de la puerta, ¿Sabes? Los sirvientes siempre chismorrean.
—Ah —dijo ella, llevándose la mano a la boca—. ¿Y si dejo algo de ropa mía desparramada en tu dormitorio, no ayudará un poco también?
—De acuerdo. Y yo me ocuparé del resto de los rastros.
Un favorecedor rubor le coloreó las mejillas al darse cuenta de que él se refería a sábanas enredadas.
—Has pensado en todo —dijo—. Nueve de cada diez nombres habrían exigido sus derechos. Te agradezco que hayas respetado nuestro acuerdo al pie de la letra.
Lo frustraba no tener la intimidad que quería con ella, el sentirse unidos como pareja. Algo que se daba cuenta que deseaba más y más. Pero no era aquel momento de presionar. Sentía que, con un poco de suerte, podrían lograr algo si se tomaban suficiente tiempo como para que creciese. Ella no se hallaba preparada para acelerar el paso en su relación. Le concedería un poco más de tiempo antes de presionarla.
Ella lanzó una última mirada de protección y amor antes de darse la vuelta. Vió a Pedro en el gran salón de estar de esa suite. Estaba sentado en un sofá floreado que hacía juego con otro en tonos de crema, verde cazador y coral. Pequeñas mesas de roble se distribuían entre el mobiliario y el televisor, en una esquina junto con el aparato de música, completaba la sala de estar. Pedro esperaba que a ella le gustase, pero no tanto como para que no pudiese ser persuadida a que compartiese la suite de él, que era contigua. Cuando estuviese preparada.
—No me lo puedo creer —dijo ella.
Oh, Dios. ¿No habría hablado en voz alta, verdad? Pero al ver que ella continuaba sonriendo, se dio cuenta de que se refería a otra cosa.
—¿Como te las has ingeniado para ocuparte de todo? —aclaró ella—. Las flores, mi ramo, los anillos —hizo una pausa para tomar aire—. Y las tres camas iguales para los niños. No intentes convencerme de que ya estaban en esa habitación, porque he visto las marcas de una cama de matrimonio en la alfombra.
—Mamá me ayudó. Y también puedo levantar el teléfono y delegar —dijo con un encogimiento de hombros—. Nada especial.
—Sí que es especial.
—Comparado con lo tuyo, no es nada —dijo, lanzando una mirada a la puerta tras la cual los tres niños dormían plácidamente—. No intentes decirme que meterlos en cama no es nada —dijo, dándose unos golpecitos en el pecho—. Yo estaba allí.
—¿Recuerdas el chubasquero del que hablábamos? Será mejor que lo tengas a mano —rió, al verlo todo salpicado por el agua del baño de los niños.
—Lo recordaré —dijo, devolviéndole la sonrisa—. Eso sí que es trabajo. Bañarlos, secarlos, pijamas, peinarlos, que se laven los dientes, el cuento, las oraciones… y eso sin contar la huelga de brazos caídos por triplicado.
—Por suerte tú has subido a dos, yo solo tuve que subir a uno. Eso redujo las negociaciones a un tercio.
—No seas modesta. Cada noche ha de ser una tarea titánica, casi como la invasión de Normandía el día D.
—¡Exagerado!
—Un poco solamente. No me explico cómo te las has ingeniado sin tu esposo. Has de echarlo de menos, en muchos aspectos.
Deseó no haber abierto la boca al ver que una expresión indefinible reemplazaba la alegría de sus ojos. Podría haber sido rabia o dolor, o una terrible tristeza. Cuanto más la conocía, más deseaba ser el único hombre de su vida. No quería compartir con ella el recuerdo de otro hombre.
—La verdad es que me acostumbré a ocuparme de los trillizos sola. Él estaba siempre ocupado —dijo ella vagamente.
Pedro se dió cuenta de que había más que ella no le decía, probablemente porque le causaba demasiado dolor. ¿Lograría en algún momento superar el amor que sentía por el esposo que había perdido, lo suficiente para dejar sitio a alguien más en su corazón? Lo que más rabia le daba era no poder confiar en ella plenamente antes de esperar los resultados del test del ADN. Añoraba tener una compañera, una mujer con quien compartir todo, una esposa que confiase en él totalmente, aunque hubiese evidencia en su contra. Deseaba que llegase el momento de poderle aclarar a la vez todo lo que demostraba su inocencia. Si había justicia en el mundo, así sería como sucedería. Mientras tanto, esperaba que el sheriff cumpliese su palabra de llevar a cabo la investigación discretamente. No quería mortificarla. Esperaba que ella nunca tuviese motivos para perder su confianza en él. Y aunque no deseaba en absoluto saber lo mucho que amaba a su anterior esposo, tenía la sensación de que ella necesitaba hablar de ello. Para superar la terrible pérdida, compartir ese peso era el primer paso. Quizás luego pudiese dejarlo atrás y seguir su camino.
—No puedo creer lo maravillosos que son tus padres —dijo ella—. En serio, no podrían haber sido más encantadores con los niños y conmigo, a pesar de que se sorprenderían bastante cuando se lo dijiste.
—Yo diría que están aliviados de que finalmente haya sentado cabeza.
—¿Te habrías vuelto atrás si hubieses sabido la trabajoso que resulta preparar a los trillizos para irse a la cama?
—No.
¿Cómo podía un monosílabo despejarle a Paula la cara como un rayo de sol después de una tormenta? Su negativa hizo que desapareciera su gesto adusto y volvió a sonreír dulcemente.
—Buena respuesta —dijo. Luego se le acercó, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Retrocedió rápidamente y dijo—: No es necesario que ayudes, sabes.
El calor del beso en su mejilla le dio deseos de seguir la exploración que había iniciado en la boda, después de decir: «Sí, quiero».
—Todo lo contrario —dijo, en vez de besarla—. Me gustó —especialmente su agradecimiento—. Y me atrevo a decir que no rechazarías un par de manos extra — añadió.
Lo que quería en realidad era comprobar si ella sentía algo por él. La impresión que le había dado su respuesta al tradicional beso de boda no podía estar tan equivocada. Y había sido frente a los niños y casi extraños. Ella se había olvidado de todo y le había devuelto el beso. Y hacía un minuto le había dado un beso en la mejilla, de motus propio. Dió un paso hacia ella.
—Pau, yo…
Ella se cruzó de brazos, alejándose de él lo más posible.
—Pepe, quiero agradecerte algo más —dijo, con voz trémula.
—¿Sí?
—Por las habitaciones separadas.
—Comprendo —dijo él, pasándose una temblorosa mano por el cabello.
—Esta suite es muy agradable y te agradezco que nos hagas sentir tan cómodos. Pero… ¿Qué pasa con la puerta de intercomunicación? —se enderezó un poco, como preparándose para lo peor.
—Quedamos en que simularíamos estar enamorados, así que elegí esta suite para tí y los niños por lo de la puerta, ¿Sabes? Los sirvientes siempre chismorrean.
—Ah —dijo ella, llevándose la mano a la boca—. ¿Y si dejo algo de ropa mía desparramada en tu dormitorio, no ayudará un poco también?
—De acuerdo. Y yo me ocuparé del resto de los rastros.
Un favorecedor rubor le coloreó las mejillas al darse cuenta de que él se refería a sábanas enredadas.
—Has pensado en todo —dijo—. Nueve de cada diez nombres habrían exigido sus derechos. Te agradezco que hayas respetado nuestro acuerdo al pie de la letra.
Lo frustraba no tener la intimidad que quería con ella, el sentirse unidos como pareja. Algo que se daba cuenta que deseaba más y más. Pero no era aquel momento de presionar. Sentía que, con un poco de suerte, podrían lograr algo si se tomaban suficiente tiempo como para que creciese. Ella no se hallaba preparada para acelerar el paso en su relación. Le concedería un poco más de tiempo antes de presionarla.
Protegerte: Capítulo 18
—De nada —dijo él y luego se dio la vuelta para entrar en el gran salón.
Paula y su futuro suegro esperaron el momento para entrar. Por primera vez, ella pudo observar la sala a través de la puerta. Estaba tan hermosa que le quitó el aliento. Decoraba el alto techo una moldura blanca, resaltando la sencillez de las paredes color gris perla. Había flores frescas por todos los lados, incluyendo dos grandes ramos a ambos lados de la chimenea, donde crepitaba un cálido fuego. Sobre la chimenea había un ramo también, flanqueado por dos candelabros de velas blancas. Parecía de cuento de hadas. El juez se colocó frente al fuego con Pedro a su izquierda. Los trillizos se hallaban junto a él y luego la señora Alfonso.
—Es su turno —dijo ella, mirando expectante.
—¿Lista? —preguntó Horacio, alargando su brazo.
—El que no arriesga, no gana —respondió ella, apoyando sus temblorosos dedos en él. Él le cubrió los dedos enfundados en el guante y les dio un suave apretón.
—No te preocupes, querida. Mi esposa tiene razón. Estás fantástica.
Ella sonrió, relajándose un poco, agradecida porque él intentara tranquilizarla. Horacio la llevó frente al juez.
—¿Quién entrega a esta mujer? —preguntó el juez.
—Mi esposa y yo —dijo Horacio, besando a Paula en la mejilla.
—Yo también —intervino Benja.
—Y yo —dijeron Melina e Isabella.
—Parece que es unánime —rió Pedro, al tomar su mano en la suya. Juntos se enfrentaron al juez.
—¿Hay alguien presente que tenga alguna objeción a que estas dos personas se unan en sagrado matrimonio?
A ella le pareció que Pedro se ponía tenso, pero se imaginó que sería su propia ansiedad, sumada a una imaginación hiperactiva.
—¿Es verdaderamente necesario que haga esa pregunta? —preguntó él, con voz tensa.
Estaría más nervioso de lo que ella pensaba.
—Hábito, muchacho —sonrió el juez—. ¿Quieren la ceremonia corta o la larga?
Paula miró a Pedro a los ojos.
—Corta —respondieron los dos al unísono, a lo que el juez asintió con la cabeza.
—Pedro, ¿Quieres tomar a esta mujer como tu legítima esposa, en la salud y en la enfermedad, para amar y cuidar hasta que la muerte os separe?
—Sí, quiero —respondió él, con clara y profunda voz.
—Sí, quiero —respondió Paula cuando le hizo la misma pregunta.
—¿Intercambiarán anillos?
—No —dijo Paula.
—Sí —le respondió Pedro a la vez.
Sorprendida, ella lo miró y luego vio como el señor Alfonso sacaba del bolsillo dos alianzas, una de ellas con diamantes, y las ponía sobre el libro. No se podía creer que él se hubiese acordado de ese detalle. Una pareja enamorada intercambiaría anillos, se dijo, dirigiéndole una mirada agradecida a Pedro. Cuando la alianza se deslizó por su dedo, a ella se le ocurrieron dos cosas: se casaba de veras y segundo, ¿Cómo había sabido el tamaño de su dedo? La alianza le quedaba como si hubiese sido hecha a medida. Al acabar esa parte de la ceremonia, se quedaron frente a frente, tomados de la mano. Parecía que ella era la única con preocupaciones, porque Pedro tenía aspecto de enormemente satisfecho.
—Permitanme que os presente a Paula y a Pedro Alfonso. Puedes besar a la novia, muchacho.
Pedro le deslizó la mano por la cintura y suavemente la acercó a sí. Con una mano la tomó de la mejilla y lentamente bajó la cabeza. Paula contuvo el aliento, esperando. La unión de sus labios fue cálida y maravillosa, dulce y suave. Pero fue la promesa que había en ella la que le aceleró el pulso. El beso pareció ser un anticipo de lo que podría ser… si ella lo dejase. Él la apretó más para profundizar el contacto. Paula le deslizó los brazos alrededor del fuerte cuello, hundiéndole los dedos en el suave cabello de la nuca. Con el corazón acelerado, abrió la boca cuando él le rozó los labios con la lengua. Con los cuerpos tan cercanos, ella sintió cómo la respiración de él se aceleraba cuando lo aceptó. Pedro encorvó los hombros para que ella se acurrucara en su pecho mientras le exploraba la boca profundamente. Luego Paula sintió que la tironeaban del vestido.
—¿Ya nos casamos, mami? —preguntó su hijo.
Las palabras disiparon la nube sensual que la envolvía como si le hubiesen puesto una inyección de adrenalina. Bajó los brazos y lanzó un suspiro de desilusión cuando Pedro hizo lo mismo.
—Sí, cielo. Estamos casados.
—¡Hurra! —dijo él.
—Felicidades —dijo la señora Ana, acercándose. Les dió un abrazo a cada uno—. Hay una cena fría preparada en el comedor— dijo.
—No se tendrían que haber molestado tanto —dijo Paula, sintiéndose culpable ante tanta generosidad—. Queríamos una ceremonia sencilla, señora Alfonso.
Ojalá esa fuese la ocasión felíz que ellos creían en vez del acto de desesperación que era en realidad.
Paula y su futuro suegro esperaron el momento para entrar. Por primera vez, ella pudo observar la sala a través de la puerta. Estaba tan hermosa que le quitó el aliento. Decoraba el alto techo una moldura blanca, resaltando la sencillez de las paredes color gris perla. Había flores frescas por todos los lados, incluyendo dos grandes ramos a ambos lados de la chimenea, donde crepitaba un cálido fuego. Sobre la chimenea había un ramo también, flanqueado por dos candelabros de velas blancas. Parecía de cuento de hadas. El juez se colocó frente al fuego con Pedro a su izquierda. Los trillizos se hallaban junto a él y luego la señora Alfonso.
—Es su turno —dijo ella, mirando expectante.
—¿Lista? —preguntó Horacio, alargando su brazo.
—El que no arriesga, no gana —respondió ella, apoyando sus temblorosos dedos en él. Él le cubrió los dedos enfundados en el guante y les dio un suave apretón.
—No te preocupes, querida. Mi esposa tiene razón. Estás fantástica.
Ella sonrió, relajándose un poco, agradecida porque él intentara tranquilizarla. Horacio la llevó frente al juez.
—¿Quién entrega a esta mujer? —preguntó el juez.
—Mi esposa y yo —dijo Horacio, besando a Paula en la mejilla.
—Yo también —intervino Benja.
—Y yo —dijeron Melina e Isabella.
—Parece que es unánime —rió Pedro, al tomar su mano en la suya. Juntos se enfrentaron al juez.
—¿Hay alguien presente que tenga alguna objeción a que estas dos personas se unan en sagrado matrimonio?
A ella le pareció que Pedro se ponía tenso, pero se imaginó que sería su propia ansiedad, sumada a una imaginación hiperactiva.
—¿Es verdaderamente necesario que haga esa pregunta? —preguntó él, con voz tensa.
Estaría más nervioso de lo que ella pensaba.
—Hábito, muchacho —sonrió el juez—. ¿Quieren la ceremonia corta o la larga?
Paula miró a Pedro a los ojos.
—Corta —respondieron los dos al unísono, a lo que el juez asintió con la cabeza.
—Pedro, ¿Quieres tomar a esta mujer como tu legítima esposa, en la salud y en la enfermedad, para amar y cuidar hasta que la muerte os separe?
—Sí, quiero —respondió él, con clara y profunda voz.
—Sí, quiero —respondió Paula cuando le hizo la misma pregunta.
—¿Intercambiarán anillos?
—No —dijo Paula.
—Sí —le respondió Pedro a la vez.
Sorprendida, ella lo miró y luego vio como el señor Alfonso sacaba del bolsillo dos alianzas, una de ellas con diamantes, y las ponía sobre el libro. No se podía creer que él se hubiese acordado de ese detalle. Una pareja enamorada intercambiaría anillos, se dijo, dirigiéndole una mirada agradecida a Pedro. Cuando la alianza se deslizó por su dedo, a ella se le ocurrieron dos cosas: se casaba de veras y segundo, ¿Cómo había sabido el tamaño de su dedo? La alianza le quedaba como si hubiese sido hecha a medida. Al acabar esa parte de la ceremonia, se quedaron frente a frente, tomados de la mano. Parecía que ella era la única con preocupaciones, porque Pedro tenía aspecto de enormemente satisfecho.
—Permitanme que os presente a Paula y a Pedro Alfonso. Puedes besar a la novia, muchacho.
Pedro le deslizó la mano por la cintura y suavemente la acercó a sí. Con una mano la tomó de la mejilla y lentamente bajó la cabeza. Paula contuvo el aliento, esperando. La unión de sus labios fue cálida y maravillosa, dulce y suave. Pero fue la promesa que había en ella la que le aceleró el pulso. El beso pareció ser un anticipo de lo que podría ser… si ella lo dejase. Él la apretó más para profundizar el contacto. Paula le deslizó los brazos alrededor del fuerte cuello, hundiéndole los dedos en el suave cabello de la nuca. Con el corazón acelerado, abrió la boca cuando él le rozó los labios con la lengua. Con los cuerpos tan cercanos, ella sintió cómo la respiración de él se aceleraba cuando lo aceptó. Pedro encorvó los hombros para que ella se acurrucara en su pecho mientras le exploraba la boca profundamente. Luego Paula sintió que la tironeaban del vestido.
—¿Ya nos casamos, mami? —preguntó su hijo.
Las palabras disiparon la nube sensual que la envolvía como si le hubiesen puesto una inyección de adrenalina. Bajó los brazos y lanzó un suspiro de desilusión cuando Pedro hizo lo mismo.
—Sí, cielo. Estamos casados.
—¡Hurra! —dijo él.
—Felicidades —dijo la señora Ana, acercándose. Les dió un abrazo a cada uno—. Hay una cena fría preparada en el comedor— dijo.
—No se tendrían que haber molestado tanto —dijo Paula, sintiéndose culpable ante tanta generosidad—. Queríamos una ceremonia sencilla, señora Alfonso.
Ojalá esa fuese la ocasión felíz que ellos creían en vez del acto de desesperación que era en realidad.
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