La mirada de Pedro mostró su indignación.
—Sabes cómo ponerme furioso.
—Me apostaría una paga extra a que estás acostumbrado a que las mujeres sean extremadamente amables contigo y asientan a cada palabra que dices.
—Y a que acepten mi dinero sin reparos.
Una vez más había un cinismo dolorido en su comentario.
—Es un poco extremo que casi hayas tenido que ahogarte para conocer a alguien que no sabe si dejarte pagar los doce dólares de un escalope.
—Se te está olvidando el refresco.
Paula se rió.
—Y la propina —dijo. Lo miró fijamente. Su expresión había cambiado—. ¿Qué ocurre?
—Estás absolutamente preciosa cuando te ríes.
Paula se ruborizó. No podía pensar en nada. Por fin, logró calmarse.
—Pedro, hagamos un trato: tú me cuentas cosas sobre Islandia y yo te cuento cosas sobre Newfoundland. Nos olvidamos de agradecimientos, padres, amantes y dinero, ¿De acuerdo?
—¿Por qué no estás casada?
—¡Porque no quiero casarme! —la camarera apareció en ese momento—. Gracias, Micaela.
La mujer miró a Paula con interés al ver el rubor de sus mejillas.
—¿Necesitan algo más? —preguntó.
—No, gracias —respondió Pedro y esperó a que Micaela se alejara—. ¿El capitán es tu amante?
—¿Ariel? No. Está esperando a una chica rica para que le arregle la vida. Solo somos amigos.
—La amistad entre un hombre y una mujer es imposible.
—No estoy de acuerdo.
—¿Quieres decir que nunca te has acostado con él?
—Eso es exactamente lo que quiero decir —respondió ella y clavó el tenedor con rabia en un trozo de escalope.
—No lo pagues con tu cena. Mándame directamente al infierno.
Paula lo miró de reojo.
—Primero voy a terminar de cenar. Me queda una larga noche de doce horas de trabajo y estoy hambrienta. Así es que, si no te importa...
—¿Solo son amigos?
—Eso es lo que he dicho. ¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
—Es una larga historia que no te voy a contar. Podríamos hablar de Islandia —así lo hizo.
Durante un buen rato, Pedro habló de su viaje a aquel lugar maravilloso. Paula no podía dejar de escuchar atentamente, pues el relato era entretenido e interesante. Cuando Micaela llevó el postre y el café, alguien se aproximó a su mesa.
—Creo que quieren hablar contigo —dijo Pedro.
Paula levantó la vista.
—¡Rodrigo!
Rodrigo Fielding llevaba la clínica de Collings Cove. Era un hombre agradable y trabajador, que estaba perdidamente enamorado de ella. Pero a Paula no le atraía lo suficiente, a pesar de darse cuenta de que era el tipo de persona ideal para buscar una estabilidad.
—Rodri, este es Pedro Alfonso. ¿Te acuerdas que te conté que la semana pasada había habido una llamada de auxilio? Pues fue el barco de él.
—¿Cómo está? —dijo Rodrigo con frialdad.
—¿Por qué no toma un café con nosotros? —le ofreció Pedro.
Micaela los observaba desde el fondo con interés, como si estuviera viendo su telenovela favorita. Se acercó a Rodrigo.
—¿Quiere un trozo de tarta con su café, doctor?
—No, gracias, Micaela. Solo el café - dirigió su atención a Paula—. ¿Ya tienes todo preparado para la cena del sábado? Era a las seis y media, ¿Verdad?
Rodrigo hacía patente su interés por ella sin el más mínimo recato. Paula se preguntaba por qué no podía corresponderle igualmente. Después de todo, si se casara con Rodrigo podría quedarse en Collings Cove. ¿Podía haber un lugar más seguro?
—De seis y media a siete —respondió.
No quería que Pedro se enterara de que era una cena de despedida.
Micaela llevó el café enseguida.
—Paula—dijo la camarera—. No te olvides de venir a despedirte antes de marcharte a Washington.
—¿Te marchas de aquí? —preguntó Pedro.
—Sí, hoy es su último día de trabajo —dijo Rodrigo.
—No me lo habías dicho —protestó Pedro.
—No tenía por qué hacerlo —respondió ella en tono desafiante—. Y, por cierto, me quedan cinco minutos. Tengo que marcharme.
Micaela llevó la cuenta y Pedro pagó. Los tres se levantaron y se dirigieron a la puerta.
jueves, 19 de enero de 2017
Novio Por Conveniencia: Capítulo 5
—Bueno, creo que usted sabe mucho más sobre mí que yo sobre usted.
—No me llames de usted.
—De acuerdo —dijo ella—. Pedro.
Como si le hubiera leído el pensamiento, extendió la mano y le tocó suavemente los labios. Ella se apartó.
—¿Qué haces?
—Exactamente lo que querías que hiciera.
Paula lo miró desconcertada, pero se negó a desmentir lo que era tan obviamente cierto.
—Solo los niños se dejan llevar por sus impulsos.
—Los adultos, a veces, también.
—No esta vez.
—Puedo llegar a persuadirte.
Paula sintió pánico.
—Quizás sea así, pero me sorprende que necesites de estrategias como esa.
Inesperadamente, Pedro confesó lo inconfesable.
—Realmente, no he venido aquí solo para darte las gracias. Aquella noche, tu voz me cautivó. Quería conocerte, saber cómo eras.
—Vaya —dijo ella y, por una razón inexplicable, creyó lo que le estaba diciendo. A pesar de todo, cambió de tema—. Y, bueno... estabas a punto de decirme a qué te dedicabas.
—Industria naviera —dijo él—. Siempre he amado el mar.
De pronto, sacó un sobre y se lo ofreció.
—Quería darte una muestra más tangible de agradecimiento —dijo él.
—No, gracias, no es necesario...
—Pero puedes comprarte cualquier cosa que necesites.
—Aquella noche estaba haciendo mi trabajo y es para eso para lo que me pagan —respondió ella.
Pedro hizo verdaderos esfuerzos para dominar su temperamento.
—Querría que aceptaras esto. Es un cheque.
—No, no puedo.
—Estás siendo excesivamente escrupulosa.
Paula agarró el sobre y lo rasgó sin pensárselo. Luego, dejó los dos trozos sobre la mesa.
— ¡Muy melodramático!
—Puedes invitarme a cenar. Eso bastará.
Aquella situación era verdaderamente irónica. Pedro trataba de darle su dinero, cuando ella era inmensamente rica. En Washington, los hombres se interesaban por su fortuna. Eso le había ocurrido, por ejemplo, con Pablo. Por eso le gustaba Collings Dove, donde era una desconocida, con un coche que podía pagar con su sueldo. La avioneta la dejaba a cuarenta kilómetros de la ciudad en la que vivía. Su secreto solo lo conocía Rodrigo.
—¿Cómo puedo darte las gracias si no aceptas mi dinero?
—Con dos palabras: «muchas gracias».
—Las palabras se las lleva el viento —dijo él con cinismo.
—Para mí no.
—Está claro que no coincidimos en nada.
—No tenemos ningún motivo para que eso importe.
La miró fijamente a los ojos.
—No eres de Newfoundland, Paula. Tú acento es del este de los Estados Unidos.
—Washington.
—¿Qué haces trabajando en Canadá?
—Tengo doble nacionalidad. Mi madre era canadiense.
—¿Era?
—Murió cuando yo tenía cinco años —respondió.
Aquella muerte había cambiado el rumbo de su vida para siempre. Algo en su cara le dijo a Jethro que habían tocado un tema delicado.
—Lo siento.
Paula bajó los ojos y trató de controlar sus ganas de llorar. Llevaba toda la vida controlando aquel impulso, desde muy pequeña. Su padre se había encargado de que así fuera.
—Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello.
—¿Tu padre todavía está vivo?
—Sí —de momento.
Y seguía ejerciendo aquel dominio sobre ella, aquella mezcla de sobre protección y frialdad, que había sido la tónica habitual de su relación desde el accidente de su madre.
—Me doy cuenta de que es un tema que tampoco quieres tocar, como yo el del Starspray.
Paula hizo una mueca.
—Por poco que me guste, prefiero hablar del tiempo.
—Eso es tanto como decir que deje de hacerte preguntas personales.
—Eres rápido entendiendo indirectas.
—No me llames de usted.
—De acuerdo —dijo ella—. Pedro.
Como si le hubiera leído el pensamiento, extendió la mano y le tocó suavemente los labios. Ella se apartó.
—¿Qué haces?
—Exactamente lo que querías que hiciera.
Paula lo miró desconcertada, pero se negó a desmentir lo que era tan obviamente cierto.
—Solo los niños se dejan llevar por sus impulsos.
—Los adultos, a veces, también.
—No esta vez.
—Puedo llegar a persuadirte.
Paula sintió pánico.
—Quizás sea así, pero me sorprende que necesites de estrategias como esa.
Inesperadamente, Pedro confesó lo inconfesable.
—Realmente, no he venido aquí solo para darte las gracias. Aquella noche, tu voz me cautivó. Quería conocerte, saber cómo eras.
—Vaya —dijo ella y, por una razón inexplicable, creyó lo que le estaba diciendo. A pesar de todo, cambió de tema—. Y, bueno... estabas a punto de decirme a qué te dedicabas.
—Industria naviera —dijo él—. Siempre he amado el mar.
De pronto, sacó un sobre y se lo ofreció.
—Quería darte una muestra más tangible de agradecimiento —dijo él.
—No, gracias, no es necesario...
—Pero puedes comprarte cualquier cosa que necesites.
—Aquella noche estaba haciendo mi trabajo y es para eso para lo que me pagan —respondió ella.
Pedro hizo verdaderos esfuerzos para dominar su temperamento.
—Querría que aceptaras esto. Es un cheque.
—No, no puedo.
—Estás siendo excesivamente escrupulosa.
Paula agarró el sobre y lo rasgó sin pensárselo. Luego, dejó los dos trozos sobre la mesa.
— ¡Muy melodramático!
—Puedes invitarme a cenar. Eso bastará.
Aquella situación era verdaderamente irónica. Pedro trataba de darle su dinero, cuando ella era inmensamente rica. En Washington, los hombres se interesaban por su fortuna. Eso le había ocurrido, por ejemplo, con Pablo. Por eso le gustaba Collings Dove, donde era una desconocida, con un coche que podía pagar con su sueldo. La avioneta la dejaba a cuarenta kilómetros de la ciudad en la que vivía. Su secreto solo lo conocía Rodrigo.
—¿Cómo puedo darte las gracias si no aceptas mi dinero?
—Con dos palabras: «muchas gracias».
—Las palabras se las lleva el viento —dijo él con cinismo.
—Para mí no.
—Está claro que no coincidimos en nada.
—No tenemos ningún motivo para que eso importe.
La miró fijamente a los ojos.
—No eres de Newfoundland, Paula. Tú acento es del este de los Estados Unidos.
—Washington.
—¿Qué haces trabajando en Canadá?
—Tengo doble nacionalidad. Mi madre era canadiense.
—¿Era?
—Murió cuando yo tenía cinco años —respondió.
Aquella muerte había cambiado el rumbo de su vida para siempre. Algo en su cara le dijo a Jethro que habían tocado un tema delicado.
—Lo siento.
Paula bajó los ojos y trató de controlar sus ganas de llorar. Llevaba toda la vida controlando aquel impulso, desde muy pequeña. Su padre se había encargado de que así fuera.
—Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello.
—¿Tu padre todavía está vivo?
—Sí —de momento.
Y seguía ejerciendo aquel dominio sobre ella, aquella mezcla de sobre protección y frialdad, que había sido la tónica habitual de su relación desde el accidente de su madre.
—Me doy cuenta de que es un tema que tampoco quieres tocar, como yo el del Starspray.
Paula hizo una mueca.
—Por poco que me guste, prefiero hablar del tiempo.
—Eso es tanto como decir que deje de hacerte preguntas personales.
—Eres rápido entendiendo indirectas.
sábado, 14 de enero de 2017
Novio Por Conveniencia: Capítulo 4
El despertador sonó a las cuatro y cuarto de la tarde. Después de una ducha rápida, se puso una falda vaquera, unas botas de piel y una camisa de seda verde. Se maquilló cuidadosamente. Contenta con el resultado, miró el reloj y se dio cuenta de que se tenía que marchar. No quería empezar aquella cita con una disculpa por su tardanza. No era una buena estrategia.
Un minuto antes de las siete estaba ya estacionando el coche junto al jeep de Pedro. Al entrar, vió que había conseguido la mejor mesa. Se acercó a él y lo saludo con una fría sonrisa. Él se levantó para colocarle la silla y le rozó el hombro sin querer. Aquel leve contacto le provocó un escalofrío. Decidió entonces que había llegado la hora de lanzarse a la ofensiva. Cuando lo tuvo enfrente lanzó la primera granada.
—¿Ya está en la situación idónea para darme las gracias por mi labor en el rescate?
Pedro agarró el menú.
—Sin duda, es usted muy buena en su trabajo. Así que, por supuesto, le doy las gracias por lo que hizo.
—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió?
—Una acumulación de errores —dijo él—. ¿Quiere algo de beber para empezar?
—No bebo cuando tengo que trabajar —dijo ella—. Cuando le pedí que me diera su posición, tardó demasiado tiempo en responder.
—Las cosas eran más complicadas de lo que parecían a simple vista. ¿Qué me recomienda, carne o pescado?
—El escalope aquí está delicioso —estaba claro que no tenía intención alguna de entrar en detalles—. Esa señal que tiene en la barbilla.., asumo que se la hizo en el accidente.
La miró directamente a los ojos.
—Deje de preguntar.
—Pedro—le dijo ella—. Es usted el que ha querido tener esta cita. Yo odio hablar del tiempo. me paso todo el día en mi trabajo hablando de eso. Diego me dijo que usted estaba con gripe y que él llevaba el timón. Que el accidente fue por su culpa.
—Pero el barco era responsabilidad mía. Usted lo sabe tan bien como yo.
—También me dijo que le había salvado la vida.
—Le dijo más de lo que debía. ¿Va a pedir escalope?
—Sí, con guarnición y un gran vaso de refresco de cola con mucha cafeína, para poder estar despierta toda la noche —lo miró—. ¿Cuándo se hizo esa herida?
—Justo antes de que llegara el helicóptero.
Paula notó su expresión de dolor.
—Lo siento mucho por el Starspray, Pedro—le dijo ella y posó su mano sobre su muñeca.
Pedro le miró los dedos.
—No lleva anillos: nada de marido, nada de prometido. Lo que no sé es si tendrá amantes.
Aquel hombre empezaba a ponerla furiosa.
—No puede decirse que usted sea precisamente agradable.
—No estoy acostumbrado a perder ni a fallar —dijo él—. Lo que ocurrió con mi barco ha sido culpa mía.
— ¡Si se hubieran ahogado, eso sí habría sido un fracaso! Pero están vivos.
Por primera vez, la miró directamente a los ojos.
—Sí, supongo que tiene razón. Si me hubiera ahogado, no podría estar aquí tratando de averiguar cosas sobre usted. ¿Siempre le cuesta tanto hablar sobre sí misma o le ocurre solo conmigo?
Sonrió con una seguridad avasalladora.
—No tengo por qué responder, lo siento —se dirigió a la camarera, que acababa de acercarse a ellos—. Hola, Micaela. Quiero lo de siempre.
—Yo también —dijo él—. Pero con una cerveza.
Micaela sonrió coquetamente.
—Sí, señor —respondió la camarera.
Paula observó la reacción de Micaela y esperó a que se hubiera ido para comentar.
—¿Las mujeres siempre se comportan así con usted?
—Si lo hacen, usted, sin duda, es la excepción que confirma la regla.
Lo observó detenidamente y notó las marcas que el cansancio y la enfermedad habían dejado sobre su rostro. Iba bien vestido, aunque de un modo informal, y tenía la expresión firme y segura de quien está acostumbrado a dominar. Sin duda, ella no era ninguna excepción a la regla, pues no era en absoluto inmune a sus encantos. Por algún inexplicable motivo, deseaba a aquel extraño. Puso freno a su exceso de imaginación y se recordó a sí misma lo que le había ocurrido con Pablo. De pronto, sintió miedo, un miedo desconcertante hacia lo que le hacía sentir aquel extraño.
Un minuto antes de las siete estaba ya estacionando el coche junto al jeep de Pedro. Al entrar, vió que había conseguido la mejor mesa. Se acercó a él y lo saludo con una fría sonrisa. Él se levantó para colocarle la silla y le rozó el hombro sin querer. Aquel leve contacto le provocó un escalofrío. Decidió entonces que había llegado la hora de lanzarse a la ofensiva. Cuando lo tuvo enfrente lanzó la primera granada.
—¿Ya está en la situación idónea para darme las gracias por mi labor en el rescate?
Pedro agarró el menú.
—Sin duda, es usted muy buena en su trabajo. Así que, por supuesto, le doy las gracias por lo que hizo.
—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió?
—Una acumulación de errores —dijo él—. ¿Quiere algo de beber para empezar?
—No bebo cuando tengo que trabajar —dijo ella—. Cuando le pedí que me diera su posición, tardó demasiado tiempo en responder.
—Las cosas eran más complicadas de lo que parecían a simple vista. ¿Qué me recomienda, carne o pescado?
—El escalope aquí está delicioso —estaba claro que no tenía intención alguna de entrar en detalles—. Esa señal que tiene en la barbilla.., asumo que se la hizo en el accidente.
La miró directamente a los ojos.
—Deje de preguntar.
—Pedro—le dijo ella—. Es usted el que ha querido tener esta cita. Yo odio hablar del tiempo. me paso todo el día en mi trabajo hablando de eso. Diego me dijo que usted estaba con gripe y que él llevaba el timón. Que el accidente fue por su culpa.
—Pero el barco era responsabilidad mía. Usted lo sabe tan bien como yo.
—También me dijo que le había salvado la vida.
—Le dijo más de lo que debía. ¿Va a pedir escalope?
—Sí, con guarnición y un gran vaso de refresco de cola con mucha cafeína, para poder estar despierta toda la noche —lo miró—. ¿Cuándo se hizo esa herida?
—Justo antes de que llegara el helicóptero.
Paula notó su expresión de dolor.
—Lo siento mucho por el Starspray, Pedro—le dijo ella y posó su mano sobre su muñeca.
Pedro le miró los dedos.
—No lleva anillos: nada de marido, nada de prometido. Lo que no sé es si tendrá amantes.
Aquel hombre empezaba a ponerla furiosa.
—No puede decirse que usted sea precisamente agradable.
—No estoy acostumbrado a perder ni a fallar —dijo él—. Lo que ocurrió con mi barco ha sido culpa mía.
— ¡Si se hubieran ahogado, eso sí habría sido un fracaso! Pero están vivos.
Por primera vez, la miró directamente a los ojos.
—Sí, supongo que tiene razón. Si me hubiera ahogado, no podría estar aquí tratando de averiguar cosas sobre usted. ¿Siempre le cuesta tanto hablar sobre sí misma o le ocurre solo conmigo?
Sonrió con una seguridad avasalladora.
—No tengo por qué responder, lo siento —se dirigió a la camarera, que acababa de acercarse a ellos—. Hola, Micaela. Quiero lo de siempre.
—Yo también —dijo él—. Pero con una cerveza.
Micaela sonrió coquetamente.
—Sí, señor —respondió la camarera.
Paula observó la reacción de Micaela y esperó a que se hubiera ido para comentar.
—¿Las mujeres siempre se comportan así con usted?
—Si lo hacen, usted, sin duda, es la excepción que confirma la regla.
Lo observó detenidamente y notó las marcas que el cansancio y la enfermedad habían dejado sobre su rostro. Iba bien vestido, aunque de un modo informal, y tenía la expresión firme y segura de quien está acostumbrado a dominar. Sin duda, ella no era ninguna excepción a la regla, pues no era en absoluto inmune a sus encantos. Por algún inexplicable motivo, deseaba a aquel extraño. Puso freno a su exceso de imaginación y se recordó a sí misma lo que le había ocurrido con Pablo. De pronto, sintió miedo, un miedo desconcertante hacia lo que le hacía sentir aquel extraño.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 3
Pero la situación había cambiado. Su vida estaba pendiente de un hilo. Paula quería mucho más. Ojalá pudiera ser como su hermano. En aquel momento, habría deseado tener un espíritu calmado, que le permitiera llevar una vida rutinaria y conservadora como la de Gonzalo.
—Te prometo que lo voy a intentar —dijo ella.
De pronto, Miguel bajó las defensas y la miró compungido.
—Me preocupas, Pau. Solo podré descansar en paz cuando te vea con un buen hombre que te pueda hacer felíz.
Paula no pudo más y se echó a llorar.
—¡No quiero que te mueras!
—Yo no puedo tener control sobre eso —miró al reloj—. ¿No tienes que irte al aeropuerto? Esa es otra cosa que no puedo entender, que pilotes tu propio avión. Me parece una osadía. Es realmente peligroso.
Celia se enfrentó a él.
—Si mi madre no se hubiera matado en un coche, ¿Me dirías eso?
—¡Eres una impertinente!
—¡Tenemos que hablar del pasado! ¡No podemos actuar como si mi madre no hubiera existido!
—Llamaré a Martín para que baje tus maletas.
Paula se levantó. Se sentía, otra vez, como una niña pequeña que estuviera decepcionando a su padre. Nunca le permitía hablar de su madre. Lo siguió hasta la puerta, donde la esperaba la limusina. Lo besó fríamente en la mejilla y se despidió de él. La radio sonó y Volvió al presente. Era un pescador que pedía información sobre los bancos de niebla. Trató de centrarse en su trabajo y de olvidarse del incidente. Pero no podía. Desde que aquel último encuentro con su padre, no había podido olvidar el dilema que se le había planteado. ¿Iba a tener que decir que no a ese último deseo de su padre? Eso significaría cerrar la única puerta que podría acercarla a él en sus últimos momentos, una cercanía que ansiaba con todo su corazón.
Se levantó y miró el reloj. Eran las seis y media. Se lavó la cara y se hizo de nuevo la trenza. Se pintó los labios y se puso un par de pendientes que encontró en el fondo del bolso. Quizás Pedro Alfonso no apareciera por allí. Pero a las siete en punto, el jeep estaba aparcado exactamente en el mismo lugar que la noche anterior. Treinta segundos más tarde. Walter, el guardacostas que tenía el turno siguiente, también llegaba a su puesto. A las siete y cinco, salió de la oficina, y se encontró con Ariel, un joven capitán a quien no le había pasado desapercibida la belleza de la guarda costas. Seguro que se había pasado por allí para decir adiós. Y un adiós se dirían. Sonrió al capitán.
—Buenos días —le dijo en español.
Desde la puerta, vió que bajaban dos personas. Pedro se tensó. Era un capitán, elegantemente vestido, que escuchaba a una mujer. La mujer era muy hermosa. Era joven, tenía el pelo caoba y, a pesar de la ropa amplia que llevaba, se notaba que tenía un bonito cuerpo. Hablaba animadamente con su compañero. Se dió cuenta de que no lo habían visto y se apartó de su vista. Llegaron al final de la escalera. Se detuvieron allí. El hombre le tomó la mano y se la besó. La mujer dijo algo y él se rió. Luego se abrazaron. El hombre no tenía ninguna prisa por soltarla.Finalmente, se apartaron el uno del otro. Se despidieron y él se alejó por el pasillo. Durante unos segundos la mujer se quedó mirándolo. Así que Paula Chaves tenía un amante. Porque estaba seguro de que era ella. O quizás el atractivo capitán fuera su esposo. Una pareja lógica para una guardacostas. Lo que no era lógico era el sentimiento de posesión que sentía hacia aquella extraña. Igualmente ilógico que el que no hubiera podido borrar el sonido de su voz desde que lo oyera aquel día por la radio, cuando envió la llamada de socorro. Su respuesta había sido calmada y segura, el timbre de su voz claro y limpio, reconfortante.
Después del accidente, Pedro había tenido que pasar dos días en el hospital de St. John’s. El tercer día lo había dedicado a ciertos asuntos de negocios y a averiguar quién había sido la persona que tan eficientemente había atendido su llamada de socorro. Una mujer había sido, en parte, la que le había salvado la vida. Odiaba la idea de deberle nada a una mujer. Y esa mujer estaba allí, y era hermosa, con un cabello rojo que se movía y brillaba como el fuego, y unos ojos oscuros, grandes y suaves como el terciopelo. Sus pómulos pronunciados y sus labios sugerentes eran también parte de su encanto. Pero, además, había algo más, algo en su expresión que resultaba vital y enérgico. Se aproximó a ella.
—¿Es usted Paula Chaves? Yo soy Pedro Alfonso.
Paula le ofreció la mano, pero algo en él la cohibía. Era como una oscura y amenazante figura.
—Sí, soy Paula Chaves. ¿Cómo está, señor Alfonso?
—Llámeme Pedro, por favor —dijo él—. ¿Por qué no desayunamos juntos? Hay un restaurante de camino hacia aquí.
Paula tuvo la sensación de que la sugerencia era más bien una orden. Aquel hombre era pura dinamita, lo notaba. Medía casi un metro noventa. Era moreno, con unos ojos profundos de mirada intensa y el rostro bronceado y anguloso. Respecto a su cuerpo, prefería no pensar en eso. Era demasiado pronto por la mañana para tanta emoción.
—No, no puedo. Vuelvo estar de guardia esta noche. Tengo que irme a dormir.
—Entonces, podremos quedar a cenar esta noche.
—¿No podemos decir lo que haya que decir ahora?
—Preferiría que no.
—Entonces, quizás no haya nada que decir.
—Hablaremos esta noche en el grili de Seaview... No, mejor en el Ritz.
—¡No me dé órdenes!
—No me he dado cuenta de estar dando órdenes.
—¿Qué pasa si digo que no, que tengo una cita con mi prometido?
—¿El hombre con el que bajaba las escaleras es su prometido?
—No creo que haya venido hasta aquí para hablar de mi vida amorosa.
—He venido a darle las gracias por salvarme la vida.
—Pues no parece en absoluto agradecido.
Él obvió su comentario.
—¿Tiene novio?
—No. Pero tampoco es asunto suyo.
—¿Marido o amante?
Paula lo miró perpleja.
—¿Qué es esto? Llevo despierta toda la noche y le aseguro que no necesito nada de esto. Me alegro de que su amigo Diego y usted se salvaran. Lo siento por el barco. Adiós.
El hombre pareció consternado. Ella lo observó unos instantes.
—Amaba mucho ese barco, ¿No es así?
—Eso no es asunto suyo —respondió él.
—No entiendo por qué me quiere llevar a cenar —dijo molesta.
Se dió la vuelta y se dispuso a marcharse.
Él la agarró del codo.
—La recogeré a las cinco.
—No sabe dónde vivo.
—Puedo seguirla hasta casa.
Paula cada vez estaba más sorprendida.
—¿Se da cuenta de que estamos rodeados de cámaras y que basta con que haga un movimiento un poco violento para que tenga a un guarda a su cuello en cuestión de segundos?
—Razón de más para que se comporte.
—Querrá decir, para que haga lo que usted quiera que haga.
—Exacto.
Paula sabía que no tenía más que hacerle un signo a la cámara para que aquel extraño encuentro acabara. Pero le gustaba el riesgo, siempre le había gustado.
—Nos veremos a las cinco en el Seaview —dijo ella—. Solo podré estar allí hasta las siete menos veinte. Si me sigue a casa, no hay trato.
—No la seguiré —dijo él con un tono peligroso—. Que duerma bien, Paula Chaves.
Se dió media vuelta y se alejó. Paula se quedó inmóvil en el sitio, viendo cómo se montaba en su vehículo y se alejaba. ¿Qué la había incitado a aceptar aquella invitación? Realmente, estaba loca.
—Te prometo que lo voy a intentar —dijo ella.
De pronto, Miguel bajó las defensas y la miró compungido.
—Me preocupas, Pau. Solo podré descansar en paz cuando te vea con un buen hombre que te pueda hacer felíz.
Paula no pudo más y se echó a llorar.
—¡No quiero que te mueras!
—Yo no puedo tener control sobre eso —miró al reloj—. ¿No tienes que irte al aeropuerto? Esa es otra cosa que no puedo entender, que pilotes tu propio avión. Me parece una osadía. Es realmente peligroso.
Celia se enfrentó a él.
—Si mi madre no se hubiera matado en un coche, ¿Me dirías eso?
—¡Eres una impertinente!
—¡Tenemos que hablar del pasado! ¡No podemos actuar como si mi madre no hubiera existido!
—Llamaré a Martín para que baje tus maletas.
Paula se levantó. Se sentía, otra vez, como una niña pequeña que estuviera decepcionando a su padre. Nunca le permitía hablar de su madre. Lo siguió hasta la puerta, donde la esperaba la limusina. Lo besó fríamente en la mejilla y se despidió de él. La radio sonó y Volvió al presente. Era un pescador que pedía información sobre los bancos de niebla. Trató de centrarse en su trabajo y de olvidarse del incidente. Pero no podía. Desde que aquel último encuentro con su padre, no había podido olvidar el dilema que se le había planteado. ¿Iba a tener que decir que no a ese último deseo de su padre? Eso significaría cerrar la única puerta que podría acercarla a él en sus últimos momentos, una cercanía que ansiaba con todo su corazón.
Se levantó y miró el reloj. Eran las seis y media. Se lavó la cara y se hizo de nuevo la trenza. Se pintó los labios y se puso un par de pendientes que encontró en el fondo del bolso. Quizás Pedro Alfonso no apareciera por allí. Pero a las siete en punto, el jeep estaba aparcado exactamente en el mismo lugar que la noche anterior. Treinta segundos más tarde. Walter, el guardacostas que tenía el turno siguiente, también llegaba a su puesto. A las siete y cinco, salió de la oficina, y se encontró con Ariel, un joven capitán a quien no le había pasado desapercibida la belleza de la guarda costas. Seguro que se había pasado por allí para decir adiós. Y un adiós se dirían. Sonrió al capitán.
—Buenos días —le dijo en español.
Desde la puerta, vió que bajaban dos personas. Pedro se tensó. Era un capitán, elegantemente vestido, que escuchaba a una mujer. La mujer era muy hermosa. Era joven, tenía el pelo caoba y, a pesar de la ropa amplia que llevaba, se notaba que tenía un bonito cuerpo. Hablaba animadamente con su compañero. Se dió cuenta de que no lo habían visto y se apartó de su vista. Llegaron al final de la escalera. Se detuvieron allí. El hombre le tomó la mano y se la besó. La mujer dijo algo y él se rió. Luego se abrazaron. El hombre no tenía ninguna prisa por soltarla.Finalmente, se apartaron el uno del otro. Se despidieron y él se alejó por el pasillo. Durante unos segundos la mujer se quedó mirándolo. Así que Paula Chaves tenía un amante. Porque estaba seguro de que era ella. O quizás el atractivo capitán fuera su esposo. Una pareja lógica para una guardacostas. Lo que no era lógico era el sentimiento de posesión que sentía hacia aquella extraña. Igualmente ilógico que el que no hubiera podido borrar el sonido de su voz desde que lo oyera aquel día por la radio, cuando envió la llamada de socorro. Su respuesta había sido calmada y segura, el timbre de su voz claro y limpio, reconfortante.
Después del accidente, Pedro había tenido que pasar dos días en el hospital de St. John’s. El tercer día lo había dedicado a ciertos asuntos de negocios y a averiguar quién había sido la persona que tan eficientemente había atendido su llamada de socorro. Una mujer había sido, en parte, la que le había salvado la vida. Odiaba la idea de deberle nada a una mujer. Y esa mujer estaba allí, y era hermosa, con un cabello rojo que se movía y brillaba como el fuego, y unos ojos oscuros, grandes y suaves como el terciopelo. Sus pómulos pronunciados y sus labios sugerentes eran también parte de su encanto. Pero, además, había algo más, algo en su expresión que resultaba vital y enérgico. Se aproximó a ella.
—¿Es usted Paula Chaves? Yo soy Pedro Alfonso.
Paula le ofreció la mano, pero algo en él la cohibía. Era como una oscura y amenazante figura.
—Sí, soy Paula Chaves. ¿Cómo está, señor Alfonso?
—Llámeme Pedro, por favor —dijo él—. ¿Por qué no desayunamos juntos? Hay un restaurante de camino hacia aquí.
Paula tuvo la sensación de que la sugerencia era más bien una orden. Aquel hombre era pura dinamita, lo notaba. Medía casi un metro noventa. Era moreno, con unos ojos profundos de mirada intensa y el rostro bronceado y anguloso. Respecto a su cuerpo, prefería no pensar en eso. Era demasiado pronto por la mañana para tanta emoción.
—No, no puedo. Vuelvo estar de guardia esta noche. Tengo que irme a dormir.
—Entonces, podremos quedar a cenar esta noche.
—¿No podemos decir lo que haya que decir ahora?
—Preferiría que no.
—Entonces, quizás no haya nada que decir.
—Hablaremos esta noche en el grili de Seaview... No, mejor en el Ritz.
—¡No me dé órdenes!
—No me he dado cuenta de estar dando órdenes.
—¿Qué pasa si digo que no, que tengo una cita con mi prometido?
—¿El hombre con el que bajaba las escaleras es su prometido?
—No creo que haya venido hasta aquí para hablar de mi vida amorosa.
—He venido a darle las gracias por salvarme la vida.
—Pues no parece en absoluto agradecido.
Él obvió su comentario.
—¿Tiene novio?
—No. Pero tampoco es asunto suyo.
—¿Marido o amante?
Paula lo miró perpleja.
—¿Qué es esto? Llevo despierta toda la noche y le aseguro que no necesito nada de esto. Me alegro de que su amigo Diego y usted se salvaran. Lo siento por el barco. Adiós.
El hombre pareció consternado. Ella lo observó unos instantes.
—Amaba mucho ese barco, ¿No es así?
—Eso no es asunto suyo —respondió él.
—No entiendo por qué me quiere llevar a cenar —dijo molesta.
Se dió la vuelta y se dispuso a marcharse.
Él la agarró del codo.
—La recogeré a las cinco.
—No sabe dónde vivo.
—Puedo seguirla hasta casa.
Paula cada vez estaba más sorprendida.
—¿Se da cuenta de que estamos rodeados de cámaras y que basta con que haga un movimiento un poco violento para que tenga a un guarda a su cuello en cuestión de segundos?
—Razón de más para que se comporte.
—Querrá decir, para que haga lo que usted quiera que haga.
—Exacto.
Paula sabía que no tenía más que hacerle un signo a la cámara para que aquel extraño encuentro acabara. Pero le gustaba el riesgo, siempre le había gustado.
—Nos veremos a las cinco en el Seaview —dijo ella—. Solo podré estar allí hasta las siete menos veinte. Si me sigue a casa, no hay trato.
—No la seguiré —dijo él con un tono peligroso—. Que duerma bien, Paula Chaves.
Se dió media vuelta y se alejó. Paula se quedó inmóvil en el sitio, viendo cómo se montaba en su vehículo y se alejaba. ¿Qué la había incitado a aceptar aquella invitación? Realmente, estaba loca.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 2
—Me alegro de que todo acabara bien —respondió ella haciendo alarde de su mejor educación. Por algún motivo, le irritaba que Pedro Alfonso fuera, además, un héroe.
—Pepe es un gran marinero y un extraordinario amigo.
Después de darle las gracias una vez más, Diego Hornby se despidió. Paula se imaginó la escena. Realmente, había sido un milagro que ambos hombres salieran vivos de allí. Y el milagro tenía nombre y apellido: Pedro Alfonso, el hombre que iría a buscarla a las siete de la mañana.
Paula sabía que siempre tenía un aspecto nefasto al final de su turno. En aquel momento, llevaba unos vaqueros viejos y nada de maquillaje. Se levantó y se dirigió a la cocina. Agarró una lata de sopa, la abrió y la calentó. Estaba hambrienta y cansada. Cuando llegara Alfonso, aceptaría sus agradecimientos con esa educación impecable que su padre le había dado y le diría adiós. Antes de que se diera cuenta, su vida habría cambiado, estaría en Washington y le habría dicho adiós a su trabajo, a su pasado con Rodrigo y a aquel desconcertante Pedro Alfonso. Las horas pasaron lentamente. Había mucho tiempo para meditar en el turno de noche.
Era imposible no pensar en su padre enfermo y en su intento por controlar su vida. No podía olvidar la última media hora que había pasado en Fernleigh, la mansión de su padre en Washington. El doctor Kenniston había sido el médico de la familia desde siempre. Levantó la vista y ella lo miró con ansiedad.
—Tres meses, Paula —le había dicho—. Lo que dure después de eso, será suerte.
Sabía que su padre estaba enfermo, pero no que la situación fuera tan dramática.
—¿No hay nada que se pueda hacer?
—No. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos —dijo el doctor. En ese momento, entró el señor Chaves—. ¡Miguel, pasa, pasa!
El médico se levantó y se dispuso a marcharse.
—Mañana a las diez, Eduardo —dijo Miguel y esperó a que el médico dejara la habitación—. Veo que ya sabes cuál es la situación. Pues bien, quiero pedirte algo, Pau.
Miguel miró a su hija. Paula se sentó en la silla más cercana.
—No me puedo creer... Debe de haber algo que se pueda hacer...
—No, Pau, al parecer no hay nada —dijo Miguel mientras se sentaba frente a su hija—. Pero sí hay algo que quiero que hagas.
Paula miró a su padre. Después de todo, ¿Había llegado, realmente, a conocerlo?
—Haré todo lo que esté en mi mano.
—Quiero verte casada antes de que me muera.
—¿Casada?
—Sí, cómo tu hermano Gonzalo. Quiero verte definitivamente asentada, no cambiando de un trabajo inútil a otro.
Paula apretó los dientes.
—Ser guardacostas no es un trabajo inútil.
—Pero sí inapropiado para una chica.
—Yo no soy una chica, papá, sino una mujer adulta.
—Entonces, empieza a comportarte como tal —le dijo.
Paula respiró profundamente y trató de calmarse. No podía discutir con él en aquellas circunstancias. ¿Cómo iba a perder la paciencia cuando le quedaba tan poco tiempo de vida?
—Ya te he dicho que vuelvo a casa.
Miguel continuó como si su hija no hubiera dicho nada.
—Siempre has sido rebelde, impetuosa y desafiante. Pero ha llegado la hora de que madures y asumas las responsabilidades de una persona adulta: que te cases, que seas madre. Seguro que estás enamorada de alguien.
—No —respondió ella.
—Hace algún tiempo mencionaste a un tal Rodrigo.
—Es solo un amigo —Rodrigo estaba enamorado de ella, pero Miguel no tenía por qué saber eso.
—¿No hay nadie, entonces?
—No.
—A veces me da la impresión de que lo único que te importa es llevarme la contraria por principio —dijo Miguel.
Paula respondió con toda la calma que pudo.
—Sinceramente, en este momento no conozco a nadie con quien me pudiera casar.
Miguel la miró con tristeza. De pronto, Paula lo vió tal y como realmente se sentía: enfermo, viejo y cansado. Se sintió culpable. Cuando cursaba el segundo año de carrera, Miguel y ella habían tenido una terrible discusión que los había llevado a no volver a verse, ni a tener contacto alguno durante varios años. Ella había sido la primera en romper el hielo, pero Miguel había respondido sin demasiado entusiasmo. A pesar de todo, desde aquel momento, habían vuelto a verse y tener una distante relación. Para ella, aquello era mejor que nada.
—Pepe es un gran marinero y un extraordinario amigo.
Después de darle las gracias una vez más, Diego Hornby se despidió. Paula se imaginó la escena. Realmente, había sido un milagro que ambos hombres salieran vivos de allí. Y el milagro tenía nombre y apellido: Pedro Alfonso, el hombre que iría a buscarla a las siete de la mañana.
Paula sabía que siempre tenía un aspecto nefasto al final de su turno. En aquel momento, llevaba unos vaqueros viejos y nada de maquillaje. Se levantó y se dirigió a la cocina. Agarró una lata de sopa, la abrió y la calentó. Estaba hambrienta y cansada. Cuando llegara Alfonso, aceptaría sus agradecimientos con esa educación impecable que su padre le había dado y le diría adiós. Antes de que se diera cuenta, su vida habría cambiado, estaría en Washington y le habría dicho adiós a su trabajo, a su pasado con Rodrigo y a aquel desconcertante Pedro Alfonso. Las horas pasaron lentamente. Había mucho tiempo para meditar en el turno de noche.
Era imposible no pensar en su padre enfermo y en su intento por controlar su vida. No podía olvidar la última media hora que había pasado en Fernleigh, la mansión de su padre en Washington. El doctor Kenniston había sido el médico de la familia desde siempre. Levantó la vista y ella lo miró con ansiedad.
—Tres meses, Paula —le había dicho—. Lo que dure después de eso, será suerte.
Sabía que su padre estaba enfermo, pero no que la situación fuera tan dramática.
—¿No hay nada que se pueda hacer?
—No. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos —dijo el doctor. En ese momento, entró el señor Chaves—. ¡Miguel, pasa, pasa!
El médico se levantó y se dispuso a marcharse.
—Mañana a las diez, Eduardo —dijo Miguel y esperó a que el médico dejara la habitación—. Veo que ya sabes cuál es la situación. Pues bien, quiero pedirte algo, Pau.
Miguel miró a su hija. Paula se sentó en la silla más cercana.
—No me puedo creer... Debe de haber algo que se pueda hacer...
—No, Pau, al parecer no hay nada —dijo Miguel mientras se sentaba frente a su hija—. Pero sí hay algo que quiero que hagas.
Paula miró a su padre. Después de todo, ¿Había llegado, realmente, a conocerlo?
—Haré todo lo que esté en mi mano.
—Quiero verte casada antes de que me muera.
—¿Casada?
—Sí, cómo tu hermano Gonzalo. Quiero verte definitivamente asentada, no cambiando de un trabajo inútil a otro.
Paula apretó los dientes.
—Ser guardacostas no es un trabajo inútil.
—Pero sí inapropiado para una chica.
—Yo no soy una chica, papá, sino una mujer adulta.
—Entonces, empieza a comportarte como tal —le dijo.
Paula respiró profundamente y trató de calmarse. No podía discutir con él en aquellas circunstancias. ¿Cómo iba a perder la paciencia cuando le quedaba tan poco tiempo de vida?
—Ya te he dicho que vuelvo a casa.
Miguel continuó como si su hija no hubiera dicho nada.
—Siempre has sido rebelde, impetuosa y desafiante. Pero ha llegado la hora de que madures y asumas las responsabilidades de una persona adulta: que te cases, que seas madre. Seguro que estás enamorada de alguien.
—No —respondió ella.
—Hace algún tiempo mencionaste a un tal Rodrigo.
—Es solo un amigo —Rodrigo estaba enamorado de ella, pero Miguel no tenía por qué saber eso.
—¿No hay nadie, entonces?
—No.
—A veces me da la impresión de que lo único que te importa es llevarme la contraria por principio —dijo Miguel.
Paula respondió con toda la calma que pudo.
—Sinceramente, en este momento no conozco a nadie con quien me pudiera casar.
Miguel la miró con tristeza. De pronto, Paula lo vió tal y como realmente se sentía: enfermo, viejo y cansado. Se sintió culpable. Cuando cursaba el segundo año de carrera, Miguel y ella habían tenido una terrible discusión que los había llevado a no volver a verse, ni a tener contacto alguno durante varios años. Ella había sido la primera en romper el hielo, pero Miguel había respondido sin demasiado entusiasmo. A pesar de todo, desde aquel momento, habían vuelto a verse y tener una distante relación. Para ella, aquello era mejor que nada.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 1
Hacía una hora que Paula Chaves estaba en su puesto de guardacostas. Solo le quedaba una noche más y después regresaría a casa. Las oficinas de los guardacostas de Collings Cove estaban situadas en el sur de Newfoundland. Era mediados de septiembre y el cielo se coloreaba con una dramática mezcla de magenta y naranja. Dentro de cuatro días volvería a Washington con su padre. Pero ya no sabía cuál era realmente su hogar. Movió la cabeza en círculos para relajar la tensión del cuello y de los hombros. Había llegado el momento de un cambio. Llevaba allí cuatro años y necesitaba un nuevo reto en su vida. Trató de no pensar en su padre. Pero no podía ignorar la terrible realidad que se cernía sobre ellos. Su padre estaba realmente enfermo. A pesar de saberlo, no soportaba pensar en ello. Agarró uno de los sobres del correo y se dispuso a abrirlo. Pero, en ese instante, sonó el timbre. Miró a la pantalla del monitor y vio que alguien había aparcado un jeep delante del edificio. Pulsó otro botón para verla entrada principal. En la puerta, había un hombre alto y atractivo, vestido con unos vaqueros y una chaqueta de cuero.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó ella.
—Soy Pedro Alfonso, del Starspray. ¿Me deja entrar?
Paula reconoció su voz inmediatamente, pues había sido ella la que había atendido su llamada de socorro hacía unos días.
—Lo siento —respondió—. Pero no está permitido que se deje pasar a nadie.
—No hay regla sin excepción —dijo él.
—Esta no va a ser la excepción, señor Alfonso.
—Usted es la mujer que atendió a mi llamada de socorro, ¿Verdad?
—Sí. —He venido desde muy lejos, señorita Chaves, y tengo poco tiempo. Solo serán unos minutos.
¿Cómo sabía su nombre?
—Lo siento, pero estoy sola y la casa más cercana está a dos millas de aquí. Las reglas de seguridad me benefician directamente. Intente verlo desde mi punto de vista.
Su rostro se tensó.
—¿A qué hora acaba su turno?
—A las siete —dijo ella después de dudar unos segundos.
—De acuerdo, aquí estaré —respondió él.
El silencio que siguió la dejó sin habla. No hubo ni un adiós. Por el monitor, vió que Pedro Alfonso se estaba subiendo a su vehículo. Pocos minutos después, ya se había marchado.
El día de la desgracia, Pedro había llamado al puesto en un momento límite. A pesar de lo crítico de la situación, había mantenido el control todo el tiempo. En el breve contacto que habían tenido, le había parecido un hombre al que le costaba mucho pedir ayuda, aún más, a una mujer. Pero, todavía le resultaba más duro acatar ningún tipo de orden. Por algún motivo, no sentía ningún interés en conocerlo en persona. Su reacción ante la negativa de abrirle la puerta la había confundido. Estaba claro qué tipo de hombre era Alfonso: alguien acostumbrado a imponer sus propias reglas, uno de esos hombres que invaden el espacio personal. Estaba acostumbrada a ese tipo de individuos. Era una mujer muy atractiva, a la que se aproximaban con frecuencia hombres así. Sin embargo, a pesar de todo, había algo en Pedro que la intranquilizaba. No le agradaba la idea de tenerlo allí a las siete de la mañana. ¿Por qué? Después de todo, no era más que un hombre. En la radio, se escuchó una petición del estado del mar en la zona de Port aux Basques. Dió la información al capitán del pesquero que la solicitaba y charlaron durante unos minutos. Se despidió y cerró. Agarró el correo y lo abrió. La primera carta era una felicitación de su jefe por el modo en que había llevado la emergencia del Starspray. También le confirmaba que asistiría a su fiesta de despedida. Cuando se disponía a abrir la siguiente carta, sonó el teléfono.
—Guardacostas canadiense —respondió Paula.
—¿Paula Chaves? —preguntó una voz.
—Sí, dígame.
—Me llamo Diego Hornby, y tripulaba el Starspray el día que se hundió. Me han dicho que fue usted la que atendió la llamada de auxilio y quería darle las gracias.
Su tono de voz era agradable, muy diferente al de Pedro Alfonso.
—Gracias —dijo ella.
—Me gustaría aclarar que Pedro no tuvo ninguna culpa en lo sucedido.
—No creo que eso...
—Por favor, déjeme terminar. Solo quiero lavar mi conciencia. Verá, habíamos estado en un puerto en Islandia y dos días después Pepe pilló una terrible gripe. Yo no soy precisamente el mejor de los marineros. Me dormí mientras tripulaba y el barco se fue contra las rocas. Creo que nunca me perdonará lo sucedido. Adoraba ese barco. Cuando chocamos, me caí por la borda y él se lanzó a rescatarme. Me salvó la vida.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó ella.
—Soy Pedro Alfonso, del Starspray. ¿Me deja entrar?
Paula reconoció su voz inmediatamente, pues había sido ella la que había atendido su llamada de socorro hacía unos días.
—Lo siento —respondió—. Pero no está permitido que se deje pasar a nadie.
—No hay regla sin excepción —dijo él.
—Esta no va a ser la excepción, señor Alfonso.
—Usted es la mujer que atendió a mi llamada de socorro, ¿Verdad?
—Sí. —He venido desde muy lejos, señorita Chaves, y tengo poco tiempo. Solo serán unos minutos.
¿Cómo sabía su nombre?
—Lo siento, pero estoy sola y la casa más cercana está a dos millas de aquí. Las reglas de seguridad me benefician directamente. Intente verlo desde mi punto de vista.
Su rostro se tensó.
—¿A qué hora acaba su turno?
—A las siete —dijo ella después de dudar unos segundos.
—De acuerdo, aquí estaré —respondió él.
El silencio que siguió la dejó sin habla. No hubo ni un adiós. Por el monitor, vió que Pedro Alfonso se estaba subiendo a su vehículo. Pocos minutos después, ya se había marchado.
El día de la desgracia, Pedro había llamado al puesto en un momento límite. A pesar de lo crítico de la situación, había mantenido el control todo el tiempo. En el breve contacto que habían tenido, le había parecido un hombre al que le costaba mucho pedir ayuda, aún más, a una mujer. Pero, todavía le resultaba más duro acatar ningún tipo de orden. Por algún motivo, no sentía ningún interés en conocerlo en persona. Su reacción ante la negativa de abrirle la puerta la había confundido. Estaba claro qué tipo de hombre era Alfonso: alguien acostumbrado a imponer sus propias reglas, uno de esos hombres que invaden el espacio personal. Estaba acostumbrada a ese tipo de individuos. Era una mujer muy atractiva, a la que se aproximaban con frecuencia hombres así. Sin embargo, a pesar de todo, había algo en Pedro que la intranquilizaba. No le agradaba la idea de tenerlo allí a las siete de la mañana. ¿Por qué? Después de todo, no era más que un hombre. En la radio, se escuchó una petición del estado del mar en la zona de Port aux Basques. Dió la información al capitán del pesquero que la solicitaba y charlaron durante unos minutos. Se despidió y cerró. Agarró el correo y lo abrió. La primera carta era una felicitación de su jefe por el modo en que había llevado la emergencia del Starspray. También le confirmaba que asistiría a su fiesta de despedida. Cuando se disponía a abrir la siguiente carta, sonó el teléfono.
—Guardacostas canadiense —respondió Paula.
—¿Paula Chaves? —preguntó una voz.
—Sí, dígame.
—Me llamo Diego Hornby, y tripulaba el Starspray el día que se hundió. Me han dicho que fue usted la que atendió la llamada de auxilio y quería darle las gracias.
Su tono de voz era agradable, muy diferente al de Pedro Alfonso.
—Gracias —dijo ella.
—Me gustaría aclarar que Pedro no tuvo ninguna culpa en lo sucedido.
—No creo que eso...
—Por favor, déjeme terminar. Solo quiero lavar mi conciencia. Verá, habíamos estado en un puerto en Islandia y dos días después Pepe pilló una terrible gripe. Yo no soy precisamente el mejor de los marineros. Me dormí mientras tripulaba y el barco se fue contra las rocas. Creo que nunca me perdonará lo sucedido. Adoraba ese barco. Cuando chocamos, me caí por la borda y él se lanzó a rescatarme. Me salvó la vida.
Novio Por Conveniencia: Sinopsis
Paula había acordado pagarle a Pedro una cuantiosa cantidad para que se convirtiera en su esposo. Pero, al descubrir que era multimillonario, se quedó completamente desconcertada. ¿Por qué se casaba con ella si no necesitaba el dinero?
Lo único que quería Paula era cumplir la última voluntad de su padre moribundo y casarse antes de que llegara su final. Eso la había llevado a tener que fingir día y noche que estaba locamente enamorada de su irresistible marido. Y, aunque se había estipulado una cláusula en un contrato por la que no podría haber sexo, ese acuerdo resultaba imposible de mantener...
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