Debía de haber experimentado el intenso deseo de abandonarse a él sexual y emocionalmente muchas veces, pero ella no podía recordarlo y, por eso, lo que sentía en aquel momento era tan fuerte. Deseaba desesperadamente tocarlo. ¿Tocarlo? Prácticamente, deseaba arrancarle la ropa, tuvo que reconocer, pero él se estaba apartando.
—El médico dijo que tenías que descansar... — empezó a decir Pedro, con voz ronca.
— ¿Ah,sí? No me acuerdo —bromeó ella, pero obedientemente salió de la cocina, después de despedirse de Missie y Whittaker.
Pedro no podía recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido de ese modo. En realidad, nunca se había sentido así. Paula lo había pillado desprevenido, eso era todo, se decía a sí mismo. Y tendría que estar hecho de piedra para no reaccionar como lo había hecho. Después de todo, era una mujer muy atractiva, muy sensual... quizá una mujer muy experimentada sexualmente. Ella había respondido inmediatamente, su lenguaje corporal mostrando cuánto lo deseaba. Pero intuía que Paula no era una mujer promiscua. Había algo en ella que le decía que estaba por encima de eso. Y, sin embargo, entre sus brazos... Había tenido que hacer un esfuerzo para no demostrar lo que sentía y, si no la hubiera soltado, la urgencia y la intensidad de su deseo habrían hecho que le arrancase la ropa... y eso era algo que nunca había sentido deseos de hacer con ninguna mujer. Cuando había conocido a su ex mujer, estaba lleno de románticos ideales. La había puesto en un pedestal, la respetaba. La idea de hacer el amor con ella lo hacía marearse de deseo, pero cuando había ocurrido, aunque la experiencia había sido físicamente satisfactoria, emocionalmente lo había dejado vacío. Se había dicho a sí mismo que era culpa suya, porque sus expectativas eran demasiado idealistas. Pero cinco minutos antes, con Paula entre sus brazos, había descubierto que no lo eran.
Arriba, en su habitación, Paula se desnudó rápidamente. Quería ducharse antes de que Pedro subiera a reunirse con ella. Podría no ser su primera vez, pero sería la primera en sus recuerdos y quería que fuera especial. En el cuarto de baño había encontrado un albornoz que no recordaba y, bajo la almohada, un camisón de algodón. Lo estudió, con el ceño fruncido. ¿Se ponía eso para dormir con Pedro? Rápidamente, empezó a abrir los cajones de la ropa interior. Todo era tan poco atrevido como el camisón y, sorprendida, volvió a mirar. Instintivamente, sabía que para Pedro le hubiera gustado ponerse algo deliciosamente femenino, nada demasiado provocativo ni vulgar, pero tenía que haber comprado algo para tentarlo... Si era así, no estaba en sus cajones. Desilusionada, miró hacia la cama. Si tenía que elegir entre ponerse aquel aburrido camisón de algodón o no ponerse nada, elegiría no ponerse nada. Se sentía casi como una virgen, locamente enamorada de su amante, pero también un poco aprensiva ante el acto íntimo que la esperaba.
Abajo, Pedro esperó media hora y después media hora más. Cuando supuso que Paula se habría quedado dormida, subió la escalera con cuidado para no hacer ruido. La puerta de su dormitorio estaba abierta y la vio acurrucada en un lado de la cama. Parecía una niña. Tragando saliva, Se dirigió al dormitorio más alejado. Se daría una ducha rápida y si, por la mañana, ella le preguntaba por qué había dormido en otra habitación, le diría que se lo había aconsejado el médico... incluso podría decirle que había sugerido que dejaran sus relaciones íntimas para más adelante, cuando ella hubiera recuperado la memoria. Paula se despertó abruptamente, con el corazón acelerado. Había tenido una pesadilla y le dolía la cabeza, pero no recordaba qué había soñado.
— ¿Pepe? —murmuró, alargando el brazo.
Cuando se dió cuenta de que él no estaba, se levantó para ir a buscarlo, pero en el pasillo vio a Whittaker, su gato, entrando en una de las habitaciones—. Oh, no —murmuró, corriendo hacia el animal. Whitaker tenía prohibido dormir en las camas y lo sabía muy bien. Pero olvidó la travesura de su gato cuando vió a Pedro. ¿Por qué estaba durmiendo allí?, se preguntaba. Debía de estar agotado el pobre. No lo despertaría. En lugar de hacerlo, se metería en la cama con él. Se sentía tan a gusto a su lado, tan feliz... tan amada, pensaba apretándose contra el cuerpo del hombre.
Pedro se dió la vuelta en sueños, acomodando su cuerpo instintivamente a las curvas del cuerpo femenino y pasándole un brazo por la cintura con masculina posesividad. Paula se apretó contra él. La tentación de besar su torso cubierto de suave vello oscuro era demasiado irresistible. Como un osito de peluche, pensó. De repente, frunció el ceño. Las palabras le parecían familiares, tenía una vaga memoria de ellas, pero cuanto más intentaba saber cuándo las había pronunciado, más difícil le resultaba recordar.
—Pepe, me gusta tanto estar así —murmuró.
Pedro se despertó abruptamente. ¿Qué demonios estaba haciendo Paula en su cama?
—Paula...
—Pepe, no puedo creer que sea verdad. Tengo tanta suerte... —susurró ella, apretándose contra el cuerpo del hombre.
Pedro podía sentir los pechos de Paula rozando su desnudo torso, sus pezones provocativamente duros... y, sin poder evitarlo, empezó a acariciarla. Sorprendentemente, ella también estaba desnuda y podía sentir el suave vello entre sus piernas rozando su muslo, torturándolo. Ella empezó a besarlo apasionadamente, sosteniendo su cara entre las manos. Pedro sabía que no podría soportarlo mucho más, su cuerpo estaba... no podía seguir pretendiendo que no la deseaba, no podía seguir controlando ese deseo cuando ella estaba haciendo todo lo posible para aumentarlo. Casi lanzó un grito cuando sintió que Paula levantaba las caderas para acomodarse a la excitación masculina—. Pepe... bésame.
jueves, 17 de noviembre de 2016
Engañada: Capítulo 14
—Sientate, yo prepararé un poco de café.
—No, Pedro, deja que lo haga yo —insistió Paula.
Estaban en la cocina, Missie tumbada cómodamente en su cestita y, a su lado, su enorme gato de color marrón, Whittaker, dormía plácidamente en la suya. Pedro iba a insistir en que tenía que descansar, pero entonces se dió cuenta de que Paula esperaría que él supiera dónde estaban las cosas.
—Bueno, si estás segura de que estás bien — accedió por fin—. Sacaré tus cosas del coche y las llevaré arriba.
Paula se había negado a volver a ponerse la chaqueta manchada de sangre cuando salió del hospital y el médico le había dado unas medicinas que habían dejado en una bolsa. Con el pretexto de llevar esas cosas a la habitación, Pedro echaría un vistazo al piso de arriba para familiarizarse con la casa. En el piso de abajo, además de la cocina, había un comedor, un cuarto de estar y un salón. Y el piso de arriba parecía igual de grande. Demasiada casa para una mujer sola. ¿Cómo la habría pagado?, se preguntaba. Quizá con el dinero que ella y su socio estafaban a ingenuos como Lautaro.
Pedro había sacado las cosas del coche y estaba subiendo por la escalera cuando oyó que Paula lo llamaba desde la cocina. Su voz sonaba angustiada.
— ¿Qué pasa? —preguntó, asustado—. ¿Te encuentras mal? ¿Te duele algo?
—Lo siento... no es eso —se disculpó ella—. Solo quería saber cómo te gusta el café. Es que no me acuerdo.
—Solo, sin azúcar.
Por un momento, había temido... Pedro cerró los ojos y después se sobresaltó al sentir los labios de Paula en su cara.
—Gracias—susurró ella.
— ¿Por qué? —preguntó él, apartándose de aquellos ojos azules tan peligrosos.
—Por estar aquí... por preocuparte de mí — murmuró Paula.
El brillo de sus ojos eran tan cálido, tan confiado... tan generoso que Pedro tuvo que tragar saliva. ¿Sería posible que un golpe en la cabeza pudiera transformar la personalidad de alguien tan completamente?
—Lo siento —murmuró Paula, disimulando un segundo bostezo. Habían terminado el café y Pedro había insistido en limpiar la cocina.
Mientras colocaba los platos en el fregadero, seguía intentando entender el deseo que sentía por Paula y no podía evitar hacer comparaciones con su ex mujer. Ella nunca había buscado su consuelo como lo había hecho Paula y cuando él había intentando llevar un poco de ternura a su relación, su ex mujer se había apartado, acusándolo de «ponerse blando». Blando. Él. Quizá lo había sido alguna vez, pero había dejado de serlo. Y, desde luego, no era suficientemente blando como para olvidar la clase de mujer que era Paula Chaves.
—Estás cansada —dijo, cuando Paula disimulaba otro bostezo—. ¿Por qué no te vas a la cama?
— ¿Y tú? —preguntó ella, insegura.
—Yo subiré enseguida —contestó, dándose la vuelta para que ella no pudiera ver su expresión.
Era obvio que Paula creía que compartirían cama, e igual de obvio era que Pedro no podía permitir que eso ocurriera. Para empezar, él dormía desnudo y, además... pero no quería seguir adelante con unos pensamientos por completo absurdos.
—Buenas noches —murmuró Paula tras él.
Pedro se dió la vuelta. Ella estaba sonriendo tímidamente, esperando que la besara. ¿A quién estaba intentando engañar?, se preguntaba, furioso consigo mismo. Esa era la razón por la que no quería compartir cama con Paula... Pero, sin pensar, la envolvió en sus brazos y se inclinó hacia la boca femenina—. Oh, Pedro —musitó ella. ¿Cómo podía haber olvidado aquello?
Tentativamente, acarició los labios del hombre con la punta de la lengua, su cuerpo temblando de emoción al sentir el escalofrío que recorría el cuerpo de Pedro. De repente, se sentía como si hubiera descubierto un tesoro. Aunque había amado a Rafael, él nunca la había hecho sentir de aquella forma. Podía no recordar cuándo o cómo se habían conocido, pero se conocía a sí misma y sabía de la naturaleza de sus sentimientos. Tenía que estar tremendamente enamorada para compartir su intimidad con Pedro.
—No, Pedro, deja que lo haga yo —insistió Paula.
Estaban en la cocina, Missie tumbada cómodamente en su cestita y, a su lado, su enorme gato de color marrón, Whittaker, dormía plácidamente en la suya. Pedro iba a insistir en que tenía que descansar, pero entonces se dió cuenta de que Paula esperaría que él supiera dónde estaban las cosas.
—Bueno, si estás segura de que estás bien — accedió por fin—. Sacaré tus cosas del coche y las llevaré arriba.
Paula se había negado a volver a ponerse la chaqueta manchada de sangre cuando salió del hospital y el médico le había dado unas medicinas que habían dejado en una bolsa. Con el pretexto de llevar esas cosas a la habitación, Pedro echaría un vistazo al piso de arriba para familiarizarse con la casa. En el piso de abajo, además de la cocina, había un comedor, un cuarto de estar y un salón. Y el piso de arriba parecía igual de grande. Demasiada casa para una mujer sola. ¿Cómo la habría pagado?, se preguntaba. Quizá con el dinero que ella y su socio estafaban a ingenuos como Lautaro.
Pedro había sacado las cosas del coche y estaba subiendo por la escalera cuando oyó que Paula lo llamaba desde la cocina. Su voz sonaba angustiada.
— ¿Qué pasa? —preguntó, asustado—. ¿Te encuentras mal? ¿Te duele algo?
—Lo siento... no es eso —se disculpó ella—. Solo quería saber cómo te gusta el café. Es que no me acuerdo.
—Solo, sin azúcar.
Por un momento, había temido... Pedro cerró los ojos y después se sobresaltó al sentir los labios de Paula en su cara.
—Gracias—susurró ella.
— ¿Por qué? —preguntó él, apartándose de aquellos ojos azules tan peligrosos.
—Por estar aquí... por preocuparte de mí — murmuró Paula.
El brillo de sus ojos eran tan cálido, tan confiado... tan generoso que Pedro tuvo que tragar saliva. ¿Sería posible que un golpe en la cabeza pudiera transformar la personalidad de alguien tan completamente?
—Lo siento —murmuró Paula, disimulando un segundo bostezo. Habían terminado el café y Pedro había insistido en limpiar la cocina.
Mientras colocaba los platos en el fregadero, seguía intentando entender el deseo que sentía por Paula y no podía evitar hacer comparaciones con su ex mujer. Ella nunca había buscado su consuelo como lo había hecho Paula y cuando él había intentando llevar un poco de ternura a su relación, su ex mujer se había apartado, acusándolo de «ponerse blando». Blando. Él. Quizá lo había sido alguna vez, pero había dejado de serlo. Y, desde luego, no era suficientemente blando como para olvidar la clase de mujer que era Paula Chaves.
—Estás cansada —dijo, cuando Paula disimulaba otro bostezo—. ¿Por qué no te vas a la cama?
— ¿Y tú? —preguntó ella, insegura.
—Yo subiré enseguida —contestó, dándose la vuelta para que ella no pudiera ver su expresión.
Era obvio que Paula creía que compartirían cama, e igual de obvio era que Pedro no podía permitir que eso ocurriera. Para empezar, él dormía desnudo y, además... pero no quería seguir adelante con unos pensamientos por completo absurdos.
—Buenas noches —murmuró Paula tras él.
Pedro se dió la vuelta. Ella estaba sonriendo tímidamente, esperando que la besara. ¿A quién estaba intentando engañar?, se preguntaba, furioso consigo mismo. Esa era la razón por la que no quería compartir cama con Paula... Pero, sin pensar, la envolvió en sus brazos y se inclinó hacia la boca femenina—. Oh, Pedro —musitó ella. ¿Cómo podía haber olvidado aquello?
Tentativamente, acarició los labios del hombre con la punta de la lengua, su cuerpo temblando de emoción al sentir el escalofrío que recorría el cuerpo de Pedro. De repente, se sentía como si hubiera descubierto un tesoro. Aunque había amado a Rafael, él nunca la había hecho sentir de aquella forma. Podía no recordar cuándo o cómo se habían conocido, pero se conocía a sí misma y sabía de la naturaleza de sus sentimientos. Tenía que estar tremendamente enamorada para compartir su intimidad con Pedro.
Engañada: Capítulo 13
El pelo de Paula olía a rosas y él podía sentirla temblando entre sus brazos.
—Tengo la sensación de que nos conocemos desde hace poco —dijo Paula unos segundos después, sonriendo. En el iluminado estacionamiento, Pedro podía ver el rubor en sus mejillas—. No temblaría entre tus brazos tan... tan intensamente si fuéramos amantes hace mucho tiempo.
Pedro tragó saliva.
—Nos conocimos hace poco —admitió él con voz ronca, mientras la ayudaba a entrar en el coche.
Después de todo, era la verdad. Solo esperaba que ella no le preguntase cuándo. Afortunadamente, ella estaba demasiado ocupada abrazando a Missie como para hacer preguntas.
Mientras conducía, Pedro no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Tendría que volver al hotel para buscar su maleta y pagar la factura. Afortunadamente, no había nadie en su vida que pudiera cuestionar su ausencia. Tendría que llamar a la señora Jarvis, su ama de llaves, para decirle que tardaría unos días en volver a casa.
Paula cerró los ojos y apoyó la cabeza en el asiento. Era tan raro no poder recordar. Sabía quién era y de dónde venía; podía recordar a su familia, a sus amigos, su casa en Rye y la tragedia que la había llevado allí. Pero no podía recordar cuándo había conocido a Pedro, ni su vida juntos, nada que hubiera sucedido durante los meses anteriores. El médico le había explicado que había sufrido una ligera conmoción cerebral.
—Aunque ha sangrado bastante, no ha sufrido ningún daño importante.
—Además de la pérdida de memoria —le había recordado ella.
—Además de eso. Pero intente no preocuparse demasiado. La recuperará.
— ¿Cuándo? —había preguntado Paula ansiosamente. —Me temo que eso no se lo puedo decir.
— ¿Tendré que quedarme en el hospital?
—No —había contestado el médico—. Pero si no hubiera una persona en su casa para cuidar de usted sería diferente.
Alguien en su casa. Pedro. El hombre que la había llevado al hospital. Se sentía un poco mareada cuando pensaba en él y su corazón latía a toda velocidad. Era tan grande, tan masculino. Su piel empezó a arder cuando se dio cuenta de hacia dónde se dirigían sus pensamientos. Una mujer de su edad no debería sentirse tan tontamente excitada solo pensando en su pareja... en su amante... Pedro... le resultaba tan familiar, se había sentido tan cómoda entre sus brazos, había reconocido su olor, su tacto y, sin embargo, era un completo extraño. De nuevo, tendría que aprenderlo todo de él. Dónde se habían conocido, si tenía familia, si había estado casado alguna vez. Si tenía hijos. Le preguntaría al día siguiente, decidió , cansada, cuando el coche entraba a través de la verja de su casa. Al menos recordaba que era su casa, pero no tenía ni idea de por qué Pedro vivía con ella. ¿Por qué habían decidido vivir juntos en su casa?, se preguntaba.
—Tengo la sensación de que nos conocemos desde hace poco —dijo Paula unos segundos después, sonriendo. En el iluminado estacionamiento, Pedro podía ver el rubor en sus mejillas—. No temblaría entre tus brazos tan... tan intensamente si fuéramos amantes hace mucho tiempo.
Pedro tragó saliva.
—Nos conocimos hace poco —admitió él con voz ronca, mientras la ayudaba a entrar en el coche.
Después de todo, era la verdad. Solo esperaba que ella no le preguntase cuándo. Afortunadamente, ella estaba demasiado ocupada abrazando a Missie como para hacer preguntas.
Mientras conducía, Pedro no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Tendría que volver al hotel para buscar su maleta y pagar la factura. Afortunadamente, no había nadie en su vida que pudiera cuestionar su ausencia. Tendría que llamar a la señora Jarvis, su ama de llaves, para decirle que tardaría unos días en volver a casa.
Paula cerró los ojos y apoyó la cabeza en el asiento. Era tan raro no poder recordar. Sabía quién era y de dónde venía; podía recordar a su familia, a sus amigos, su casa en Rye y la tragedia que la había llevado allí. Pero no podía recordar cuándo había conocido a Pedro, ni su vida juntos, nada que hubiera sucedido durante los meses anteriores. El médico le había explicado que había sufrido una ligera conmoción cerebral.
—Aunque ha sangrado bastante, no ha sufrido ningún daño importante.
—Además de la pérdida de memoria —le había recordado ella.
—Además de eso. Pero intente no preocuparse demasiado. La recuperará.
— ¿Cuándo? —había preguntado Paula ansiosamente. —Me temo que eso no se lo puedo decir.
— ¿Tendré que quedarme en el hospital?
—No —había contestado el médico—. Pero si no hubiera una persona en su casa para cuidar de usted sería diferente.
Alguien en su casa. Pedro. El hombre que la había llevado al hospital. Se sentía un poco mareada cuando pensaba en él y su corazón latía a toda velocidad. Era tan grande, tan masculino. Su piel empezó a arder cuando se dio cuenta de hacia dónde se dirigían sus pensamientos. Una mujer de su edad no debería sentirse tan tontamente excitada solo pensando en su pareja... en su amante... Pedro... le resultaba tan familiar, se había sentido tan cómoda entre sus brazos, había reconocido su olor, su tacto y, sin embargo, era un completo extraño. De nuevo, tendría que aprenderlo todo de él. Dónde se habían conocido, si tenía familia, si había estado casado alguna vez. Si tenía hijos. Le preguntaría al día siguiente, decidió , cansada, cuando el coche entraba a través de la verja de su casa. Al menos recordaba que era su casa, pero no tenía ni idea de por qué Pedro vivía con ella. ¿Por qué habían decidido vivir juntos en su casa?, se preguntaba.
martes, 15 de noviembre de 2016
Engañada: Capítulo 12
— ¿Algo especial? —repitió él, su voz sorprendentemente llena de ternura, cuando había intentado parecer sarcástico.
— Sí —confirmó Paula. Y entonces, para su sorpresa, ella alargó la mano y acarició su cara con los dedos —. Sé que ahora mismo no puedo reconocerte, Pedro, y entiendo que eso tiene que ser duro para tí. Sé que estás preocupado por mí — sonrió. Un par de preciosos hoyuelos aparecieron entonces a cada lado de su boca. Parecía tan vulnerable en aquel momento, pensaba Pedro. La confianza que veía en sus ojos hacía que se le formara un nudo en la garganta—. Me alegro mucho de que estés conmigo —le confió ella—. Es tan raro no poder recordar... me da tanto miedo. El doctor Banerman me ha dicho que no eres mi marido...
—No —dijo Pedro.
—Pero somos pareja, ¿Verdad? Me ha dicho que le dijiste eso a los enfermeros.
Pedro apretó los dientes. Él no había dicho eso en absoluto. Los enfermeros habían asumido que eran una pareja porque él estaba allí e insistía en que la llevaran al hospital a toda velocidad, pero no le habían dado oportunidad de corregir el error.
— ¿Qué es lo que recuerdas, exactamente?
Paula dió un paso atrás, dejando caer la mano. Ridículamente, Pedro se sintió privado de algo, como si una parte de él disfrutara del roce femenino.
—Nada de lo que ha ocurrido en mi vida desde hace meses —contestó ella—. No puedo recordar cuándo nos conocimos o cuanto tiempo llevamos juntos.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—No te preocupes —la consoló él—. El médico ha dicho que pronto recuperarás la memoria. Vamos, tengo que llevarte a casa —sonrió, tomándola del brazo. Para su consternación, ella puso la cabeza sobre su hombro.
—A casa... Bueno, al menos recuerdo dónde está —murmuró. De repente, miró a Pedro angustiada— . ¿Dónde vivimos, Pedro? Sé dónde está mi casa, pero...
—Allí es donde vamos.
¿Qué demonios estaba haciendo?, se preguntaba Pedro mientras la llevaba hacia el coche. ¿Por qué demonios no le había dicho la verdad? Estaba metido en un buen lío. Paula creía que eran amantes, lo cual era como mínimo irónico.
Se había dejado llevar por sus sentimientos protectores y caballerescos y por el código moral que le habían enseñado sus padres y no se había dado cuenta de las complicaciones que eso le iba a acarrear. Pero lo que más lo preocupaba era el cambio en la actitud de Paula. ¿Podría un golpe en la cabeza haber transformado a una mujer egoísta y sin corazón en una mujer vulnerable y tierna? Había oído que algunos golpes en la cabeza causaban cambios de carácter, pero ¿Tanto como eso?
Eran las dos de la madrugada. Pedro había tenido un día difícil y aquel no era el momento de seguir pensando. Aunque tendría que decirle la verdad a Paula. Si ella no recuperaba la memoria unos días después, no tendría más remedio que hacerlo. Cuando hubiera encontrado a alguien que pudiera hacerse cargo de ella, por supuesto. No podía marcharse y dejarla sola en aquellas condiciones.
— ¿Este es tu coche? —preguntó ella al ver el Mercedes.
Pedro frunció el ceño. ¿Por qué se mostraba tan sorprendida? Era un coche caro, pero a juzgar por su casa, ella también vivía cómodamente y, por lo que sabía sobre su estilo de vida, no debía sentirse sorprendida por los lujos. Todo lo contrario. Entonces, Paula vió a la perrita tumbada en el asiento de atrás y su cara se iluminó.
—Missie —murmuró.
—La reconoces —dijo él, innecesariamente.
—Sí, claro —sonrió Paula—. La adopté el año pasado. La habían abandonado y... sé que es mía, Pedro, pero ¿Cuándo fue el año pasado? Yo...
Para consternación de Pedro, los ojos de la mujer volvieron a llenarse de lágrimas.
—No te preocupes. Ya te acordarás —intentó consolarla, abriendo la puerta del coche.
Pero Anna tenía otras ideas. Pedro se quedó absolutamente atónito cuando ella se volvió y enterró la cara en su pecho—. Abrázame, Pedro, por favor, abrázame... tengo tanto miedo.
Pedro dudó un momento. Aquello era algo para lo que no estaba preparado. Él era un hombre que se enorgullecía de mantener la cabeza fría en los momentos de crisis, pero la suavidad de la cabeza femenina apoyada en su pecho hacía que su corazón latiera a un ritmo preocupante.
—No te preocupes. Estoy contigo...
Cuando se escuchó a sí mismo decir aquellas palabras, supo que estaba en peligro.
Pero, ¿Cómo podía estar en peligro?, se preguntaba. El sabía qué clase de mujer era Paula Chaves y cuando recuperase la memoria y le devolviera las cinco mil libras de su hermano, se marcharía de Rye y no volvería a saber nada de ella.
— Sí —confirmó Paula. Y entonces, para su sorpresa, ella alargó la mano y acarició su cara con los dedos —. Sé que ahora mismo no puedo reconocerte, Pedro, y entiendo que eso tiene que ser duro para tí. Sé que estás preocupado por mí — sonrió. Un par de preciosos hoyuelos aparecieron entonces a cada lado de su boca. Parecía tan vulnerable en aquel momento, pensaba Pedro. La confianza que veía en sus ojos hacía que se le formara un nudo en la garganta—. Me alegro mucho de que estés conmigo —le confió ella—. Es tan raro no poder recordar... me da tanto miedo. El doctor Banerman me ha dicho que no eres mi marido...
—No —dijo Pedro.
—Pero somos pareja, ¿Verdad? Me ha dicho que le dijiste eso a los enfermeros.
Pedro apretó los dientes. Él no había dicho eso en absoluto. Los enfermeros habían asumido que eran una pareja porque él estaba allí e insistía en que la llevaran al hospital a toda velocidad, pero no le habían dado oportunidad de corregir el error.
— ¿Qué es lo que recuerdas, exactamente?
Paula dió un paso atrás, dejando caer la mano. Ridículamente, Pedro se sintió privado de algo, como si una parte de él disfrutara del roce femenino.
—Nada de lo que ha ocurrido en mi vida desde hace meses —contestó ella—. No puedo recordar cuándo nos conocimos o cuanto tiempo llevamos juntos.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—No te preocupes —la consoló él—. El médico ha dicho que pronto recuperarás la memoria. Vamos, tengo que llevarte a casa —sonrió, tomándola del brazo. Para su consternación, ella puso la cabeza sobre su hombro.
—A casa... Bueno, al menos recuerdo dónde está —murmuró. De repente, miró a Pedro angustiada— . ¿Dónde vivimos, Pedro? Sé dónde está mi casa, pero...
—Allí es donde vamos.
¿Qué demonios estaba haciendo?, se preguntaba Pedro mientras la llevaba hacia el coche. ¿Por qué demonios no le había dicho la verdad? Estaba metido en un buen lío. Paula creía que eran amantes, lo cual era como mínimo irónico.
Se había dejado llevar por sus sentimientos protectores y caballerescos y por el código moral que le habían enseñado sus padres y no se había dado cuenta de las complicaciones que eso le iba a acarrear. Pero lo que más lo preocupaba era el cambio en la actitud de Paula. ¿Podría un golpe en la cabeza haber transformado a una mujer egoísta y sin corazón en una mujer vulnerable y tierna? Había oído que algunos golpes en la cabeza causaban cambios de carácter, pero ¿Tanto como eso?
Eran las dos de la madrugada. Pedro había tenido un día difícil y aquel no era el momento de seguir pensando. Aunque tendría que decirle la verdad a Paula. Si ella no recuperaba la memoria unos días después, no tendría más remedio que hacerlo. Cuando hubiera encontrado a alguien que pudiera hacerse cargo de ella, por supuesto. No podía marcharse y dejarla sola en aquellas condiciones.
— ¿Este es tu coche? —preguntó ella al ver el Mercedes.
Pedro frunció el ceño. ¿Por qué se mostraba tan sorprendida? Era un coche caro, pero a juzgar por su casa, ella también vivía cómodamente y, por lo que sabía sobre su estilo de vida, no debía sentirse sorprendida por los lujos. Todo lo contrario. Entonces, Paula vió a la perrita tumbada en el asiento de atrás y su cara se iluminó.
—Missie —murmuró.
—La reconoces —dijo él, innecesariamente.
—Sí, claro —sonrió Paula—. La adopté el año pasado. La habían abandonado y... sé que es mía, Pedro, pero ¿Cuándo fue el año pasado? Yo...
Para consternación de Pedro, los ojos de la mujer volvieron a llenarse de lágrimas.
—No te preocupes. Ya te acordarás —intentó consolarla, abriendo la puerta del coche.
Pero Anna tenía otras ideas. Pedro se quedó absolutamente atónito cuando ella se volvió y enterró la cara en su pecho—. Abrázame, Pedro, por favor, abrázame... tengo tanto miedo.
Pedro dudó un momento. Aquello era algo para lo que no estaba preparado. Él era un hombre que se enorgullecía de mantener la cabeza fría en los momentos de crisis, pero la suavidad de la cabeza femenina apoyada en su pecho hacía que su corazón latiera a un ritmo preocupante.
—No te preocupes. Estoy contigo...
Cuando se escuchó a sí mismo decir aquellas palabras, supo que estaba en peligro.
Pero, ¿Cómo podía estar en peligro?, se preguntaba. El sabía qué clase de mujer era Paula Chaves y cuando recuperase la memoria y le devolviera las cinco mil libras de su hermano, se marcharía de Rye y no volvería a saber nada de ella.
Engañada: Capítulo 11
Los enfermeros habían metido la camilla a toda prisa en el pasillo de urgencias del hospital y, quince minutos después, el médico había terminado de examinar a Paula.
— ¿Señor Alfonso? —preguntó, acercándose. Pedro asintió, estrechando su mano— . Soy el doctor Banerman.
— ¿Cómo está? —preguntó Pedro.
—Parece que no tiene nada serio. Ha sangrado bastante, pero no hay signos de hemorragia interna — lo informó el hombre —. Ha recuperado la consciencia y, como no parece haber problemas, podrá volver a su casa esta noche.
— ¿Ella sola? —preguntó Pedro.
Sospechaba que, como muchos otros, el hospital necesitaba tener camas libres y, aunque imaginaba que no la dejarían marchar sin comprobar que no había peligro, dudaba seriamente de que Paula pudiera volver sola a su casa en aquel momento. El doctor Banerman lo miró, sorprendido.
— ¿No va a ir usted con ella? —preguntó. pedro estaba a punto de decir que no, pero el médico no le dio tiempo—. Por supuesto, existe el pequeño problema de la amnesia temporal... es una complicación que suele ocurrir cuando alguien se golpea la cabeza. Afortunadamente, en nuestra experiencia, el paciente recupera la memoria en casi el cien por cien de los casos. En el caso de Paula, parece que es solo lo más reciente lo que no puede recordar. Sabe su nombre y de dónde viene, por ejemplo, pero es incapaz de recordar qué ha hecho hoy; lo último que recuerda tuvo lugar hace meses.
— ¿Ha perdido la memoria? —repitió Pedro, incrédulo.
¿Cómo era posible que la dejaran salir del hospital en aquel estado?, se preguntaba. Si Paula fuera familiar suyo, se la llevaría á un hospital privado inmediatamente. Pero no era familiar suyo. No tenía nada que ver con él... además de deberle a Lautaro cinco mil libras.
—Pero si le duele la cabeza o tiene problemas de visión, debe traerla de vuelta al hospital.
—Y dice que recuperará la memoria…
—Estoy seguro. Aunque no puedo decir cuando. Algunas veces los pacientes lo recuerdan todo de golpe, otras ocurre de forma gradual.
El busca del médico empezó a sonar entonces y se dió la vuelta, despidiéndose de Pedro con un gesto.
Pedro maldijo en voz baja mientras lo observaba alejarse a toda prisa por el pasillo. ¿Qué iba a hacer?, se preguntaba. No le debía nada a Paula. Al contrario. Y tenía todo el derecho del mundo a marcharse del hospital y dejarla allí con sus problemas. Podría, pero no podía hacerlo. Sus principios no se lo permitían. ¿Y dónde estaban los principios de ella hacia Lautaro y los otros a los que hubiera estafado? De acuerdo, era una estafadora, pero él no tenía que descender a su nivel, se decía. No sentía deseos de ayudarla, pero tampoco podía marcharse del hospital y dejarla sola en su estado. Él no era esa clase de hombre.
— Señor Alfonso—dijo una enfermera—. Si no le importa acompañarme...
De repente, a Pedro se le ocurrió algo.
—Esta amnesia... ¿No será algo imaginario?
— ¿Amnesia imaginaria? —la enfermera lo miró, perpleja—. A veces tenemos pacientes que fingen haber perdido la memoria por una razón u otra, pero el doctor se habría dado cuenta inmediatamente. ¿Por qué lo pregunta? ¿Tiene alguna razón para pensar que la señora Chaves está fingiendo haber perdido la memoria? — preguntó. Pedro no sabía qué contestar—. A veces tenemos pacientes que han sufrido traumas tan terribles que pierden la memoria para no enfrentarse con el dolor, pero en este caso...
—No, yo... —empezó a decir Pedro, incómodo. Estaba seguro de que, si no decía algo, la enfermera lo acusaría poco menos que de haber intentado asesinar a Paula.
— Le aseguro, señor Alfonso, que si el doctor Banerman dice que su paciente sufre amnesia temporal, es que sufre amnesia temporal —insistió la mujer, irritada.
Habían llegado a la habitación y cuando Pedro vió la expresión de angustia en el rostro de Paula no pudo evitar sentir compasión por ella.
— ¿Pedro? —murmuró ella, trémula.
— ¿Me reconoces? —preguntó Pedro, tuteándola sin darse cuenta. La enfermera se alejó, discretamente.
—No. La enfermera me ha dicho tu nombre — dijo ella, con los ojos brillantes — . Lo... siento. Siento no acordarme de tí. Pero hay algo... puedo sentir que hay... algo especial entre nosotros — añadió, ruborizándose.
— ¿Señor Alfonso? —preguntó, acercándose. Pedro asintió, estrechando su mano— . Soy el doctor Banerman.
— ¿Cómo está? —preguntó Pedro.
—Parece que no tiene nada serio. Ha sangrado bastante, pero no hay signos de hemorragia interna — lo informó el hombre —. Ha recuperado la consciencia y, como no parece haber problemas, podrá volver a su casa esta noche.
— ¿Ella sola? —preguntó Pedro.
Sospechaba que, como muchos otros, el hospital necesitaba tener camas libres y, aunque imaginaba que no la dejarían marchar sin comprobar que no había peligro, dudaba seriamente de que Paula pudiera volver sola a su casa en aquel momento. El doctor Banerman lo miró, sorprendido.
— ¿No va a ir usted con ella? —preguntó. pedro estaba a punto de decir que no, pero el médico no le dio tiempo—. Por supuesto, existe el pequeño problema de la amnesia temporal... es una complicación que suele ocurrir cuando alguien se golpea la cabeza. Afortunadamente, en nuestra experiencia, el paciente recupera la memoria en casi el cien por cien de los casos. En el caso de Paula, parece que es solo lo más reciente lo que no puede recordar. Sabe su nombre y de dónde viene, por ejemplo, pero es incapaz de recordar qué ha hecho hoy; lo último que recuerda tuvo lugar hace meses.
— ¿Ha perdido la memoria? —repitió Pedro, incrédulo.
¿Cómo era posible que la dejaran salir del hospital en aquel estado?, se preguntaba. Si Paula fuera familiar suyo, se la llevaría á un hospital privado inmediatamente. Pero no era familiar suyo. No tenía nada que ver con él... además de deberle a Lautaro cinco mil libras.
—Pero si le duele la cabeza o tiene problemas de visión, debe traerla de vuelta al hospital.
—Y dice que recuperará la memoria…
—Estoy seguro. Aunque no puedo decir cuando. Algunas veces los pacientes lo recuerdan todo de golpe, otras ocurre de forma gradual.
El busca del médico empezó a sonar entonces y se dió la vuelta, despidiéndose de Pedro con un gesto.
Pedro maldijo en voz baja mientras lo observaba alejarse a toda prisa por el pasillo. ¿Qué iba a hacer?, se preguntaba. No le debía nada a Paula. Al contrario. Y tenía todo el derecho del mundo a marcharse del hospital y dejarla allí con sus problemas. Podría, pero no podía hacerlo. Sus principios no se lo permitían. ¿Y dónde estaban los principios de ella hacia Lautaro y los otros a los que hubiera estafado? De acuerdo, era una estafadora, pero él no tenía que descender a su nivel, se decía. No sentía deseos de ayudarla, pero tampoco podía marcharse del hospital y dejarla sola en su estado. Él no era esa clase de hombre.
— Señor Alfonso—dijo una enfermera—. Si no le importa acompañarme...
De repente, a Pedro se le ocurrió algo.
—Esta amnesia... ¿No será algo imaginario?
— ¿Amnesia imaginaria? —la enfermera lo miró, perpleja—. A veces tenemos pacientes que fingen haber perdido la memoria por una razón u otra, pero el doctor se habría dado cuenta inmediatamente. ¿Por qué lo pregunta? ¿Tiene alguna razón para pensar que la señora Chaves está fingiendo haber perdido la memoria? — preguntó. Pedro no sabía qué contestar—. A veces tenemos pacientes que han sufrido traumas tan terribles que pierden la memoria para no enfrentarse con el dolor, pero en este caso...
—No, yo... —empezó a decir Pedro, incómodo. Estaba seguro de que, si no decía algo, la enfermera lo acusaría poco menos que de haber intentado asesinar a Paula.
— Le aseguro, señor Alfonso, que si el doctor Banerman dice que su paciente sufre amnesia temporal, es que sufre amnesia temporal —insistió la mujer, irritada.
Habían llegado a la habitación y cuando Pedro vió la expresión de angustia en el rostro de Paula no pudo evitar sentir compasión por ella.
— ¿Pedro? —murmuró ella, trémula.
— ¿Me reconoces? —preguntó Pedro, tuteándola sin darse cuenta. La enfermera se alejó, discretamente.
—No. La enfermera me ha dicho tu nombre — dijo ella, con los ojos brillantes — . Lo... siento. Siento no acordarme de tí. Pero hay algo... puedo sentir que hay... algo especial entre nosotros — añadió, ruborizándose.
Engañada: Capítulo 10
Aquella Paula Chaves era la mujer más peligrosa que había conocido nunca. Ella no lo había estado esperando y su aspecto no podía haber sido deliberado. Ni la falda de gasa que casi transparentaba sus largas y esbeltas piernas, ni la ajustada camiseta que marcaba unos senos firmes... Pedro había tenido que hacer un esfuerzo para apartar la mirada de su pelo, que olía a rosas. Le hubiera gustado abrazarla y zarandearla al mismo tiempo, tan confusas eran sus reacciones frente a aquella mujer. Pero había una reacción que no había sido en absoluto confusa. Apretó los dientes, irritado consigo mismo. Tenía cuarenta y dos años y no podía recordar cuándo había sido la última vez que su cuerpo había hecho tal alarde de potente masculinidad. Afortunadamente, había podido controlarla antes de que ella se diera cuenta, pensaba mientras entraba en la ducha.
Por un absurdo momento, imaginó a Paula desnuda entre sus brazos. Su cuerpo era tan suave, sus pechos, dos deliciosos montes de femineidad, mostrando prominentemente la oscuridad de sus pezones. Él los tocaba con las puntas de los dedos y escuchaba sus gemidos de placer, veía el ansioso brillo de sus ojos mientras ella le ordenaba: «Bésalos, Pedro. Quiero sentir tu boca sobre ellos». El pequeño triángulo de rizado vello entre sus muslos era tan suave como la seda. «Pedro, te deseo tanto...», la escuchaba susurrar. Abrió los ojos, lanzando una maldición. ¿Qué era aquella mujer, una bruja? Pues no iba a embrujarlo. Le dolía todo el cuerpo de deseo y, deliberadamente, abrió el grifo del agua fría. Eso ahogaría aquellos peligrosos pensamientos, entre otras cosas...
Paula había estado plantando flores toda la tarde y estaba deseando terminar de colocar cada cosa en su sitio para darse una ducha. Estaba agotada y le dolía todo el cuerpo. Aunque también sentía otro dolor, menos familiar, y que no era causado por el trabajo, reconoció poniéndose colorada. Sofocada, dió un paso atrás y tropezó con la manguera sin darse cuenta. Cuando cayó al suelo, se golpeó la cabeza con una piedra. Missie ladraba, angustiada. ¿Por qué estaba su dueña tumbada en medio del jardín, ignorando sus caricias y ladridos...?
Pedro apartó la bandeja de la cena, a medio terminar. No valía de nada. Simplemente, no confiaba en esa mujer. Por la mañana, podría estar a kilómetros de allí. Rápidamente, se levantó, se puso la chaqueta y salió de la habitación.
Los angustiosos ladridos de Missie sorprendieron a Pedro cuando llegaba a la casa. Estaba completamente a oscuras aunque había anochecido y la puerta del invernadero estaba abierta. ¿Dónde demonios estaba Paula? Missie se lo mostró, llevándolo hasta su inconsciente dueña. En el suelo, Paula lanzó un suave gemido y empezó a abrir los ojos.
— ¿Qué ha pasado? Me duele mucho la cabeza —murmuró.
— Se ha dado un golpe en la cabeza, no se mueva —ordenó Pedro, observando la mancha de sangre seca en su pelo—. Voy a llamar a una ambulancia.
— ¿Quién es usted?
Pedro sacó el teléfono móvil del bolsillo, sin dejar de mirarla.
— ¿No lo sabe?
— No —contestó ella, temblando —. No sé nada.
Sin responder, Pedro marcó inmediatamente el teléfono de urgencias.
—Creo que ha perdido la memoria —le dijo al enfermero en voz baja quince minutos después, cuando habían colocado a Paula en una camilla.
—Podría haber sufrido una conmoción cerebral—dijo el hombre—. Pero lo sabremos cuando le hagamos las pruebas. ¿No estaba usted con ella cuando ocurrió?
—No —contestó Pedro.
— ¿Y su nombre es?
—Pedro Alfonso.
—Por favor, síganos hasta el hospital. Supongo que el médico querrá hablar con usted.
—Un momento, yo no... —empezó a decir él, pero el enfermero ya había entrado en la ambulancia.
Después de colocar a Missie en el asiento trasero de su coche, Pedro siguió a la ambulancia como le habían pedido. Después de todo, ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Espere aquí un momento, señor Alfonso, el doctor Banerman llegará enseguida.
Por un absurdo momento, imaginó a Paula desnuda entre sus brazos. Su cuerpo era tan suave, sus pechos, dos deliciosos montes de femineidad, mostrando prominentemente la oscuridad de sus pezones. Él los tocaba con las puntas de los dedos y escuchaba sus gemidos de placer, veía el ansioso brillo de sus ojos mientras ella le ordenaba: «Bésalos, Pedro. Quiero sentir tu boca sobre ellos». El pequeño triángulo de rizado vello entre sus muslos era tan suave como la seda. «Pedro, te deseo tanto...», la escuchaba susurrar. Abrió los ojos, lanzando una maldición. ¿Qué era aquella mujer, una bruja? Pues no iba a embrujarlo. Le dolía todo el cuerpo de deseo y, deliberadamente, abrió el grifo del agua fría. Eso ahogaría aquellos peligrosos pensamientos, entre otras cosas...
Paula había estado plantando flores toda la tarde y estaba deseando terminar de colocar cada cosa en su sitio para darse una ducha. Estaba agotada y le dolía todo el cuerpo. Aunque también sentía otro dolor, menos familiar, y que no era causado por el trabajo, reconoció poniéndose colorada. Sofocada, dió un paso atrás y tropezó con la manguera sin darse cuenta. Cuando cayó al suelo, se golpeó la cabeza con una piedra. Missie ladraba, angustiada. ¿Por qué estaba su dueña tumbada en medio del jardín, ignorando sus caricias y ladridos...?
Pedro apartó la bandeja de la cena, a medio terminar. No valía de nada. Simplemente, no confiaba en esa mujer. Por la mañana, podría estar a kilómetros de allí. Rápidamente, se levantó, se puso la chaqueta y salió de la habitación.
Los angustiosos ladridos de Missie sorprendieron a Pedro cuando llegaba a la casa. Estaba completamente a oscuras aunque había anochecido y la puerta del invernadero estaba abierta. ¿Dónde demonios estaba Paula? Missie se lo mostró, llevándolo hasta su inconsciente dueña. En el suelo, Paula lanzó un suave gemido y empezó a abrir los ojos.
— ¿Qué ha pasado? Me duele mucho la cabeza —murmuró.
— Se ha dado un golpe en la cabeza, no se mueva —ordenó Pedro, observando la mancha de sangre seca en su pelo—. Voy a llamar a una ambulancia.
— ¿Quién es usted?
Pedro sacó el teléfono móvil del bolsillo, sin dejar de mirarla.
— ¿No lo sabe?
— No —contestó ella, temblando —. No sé nada.
Sin responder, Pedro marcó inmediatamente el teléfono de urgencias.
—Creo que ha perdido la memoria —le dijo al enfermero en voz baja quince minutos después, cuando habían colocado a Paula en una camilla.
—Podría haber sufrido una conmoción cerebral—dijo el hombre—. Pero lo sabremos cuando le hagamos las pruebas. ¿No estaba usted con ella cuando ocurrió?
—No —contestó Pedro.
— ¿Y su nombre es?
—Pedro Alfonso.
—Por favor, síganos hasta el hospital. Supongo que el médico querrá hablar con usted.
—Un momento, yo no... —empezó a decir él, pero el enfermero ya había entrado en la ambulancia.
Después de colocar a Missie en el asiento trasero de su coche, Pedro siguió a la ambulancia como le habían pedido. Después de todo, ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Espere aquí un momento, señor Alfonso, el doctor Banerman llegará enseguida.
Engañada: Capítulo 9
— ¿Por qué iba a creerla? Podría marcharse del país, como ha hecho su socio.
— ¿Marcharme de aquí? —preguntó Paula, mirando a su perrita tumbada a los pies del extraño—. No, yo no podría hacer eso —añadió, tontamente. Pedro no sabía por qué, pero la creía. Podía haber engañado a Lautaro y a muchos otros, pero había visto amor en sus ojos al mirar al animal. No iba a abandonar a aquella bolita de pelo—. Aunque también podría darle un cheque.
— Y su banco me lo devolvería —replicó él—. No, no quiero cheques. Lo quiero en efectivo...
—Entonces tendrá que esperar hasta mañana — dijo Paula con firmeza.
—Muy bien. Estaré aquí a las nueve en punto.
— ¿A las nueve? Pero si el banco abre a las nueve...
—Por eso —la interrumpió Pedro—. Iré con usted.
—Quizá también querría quedarse esta noche y encadenarme a su lado —dijo ella, sarcástica. Pero se puso como un tomate al darse cuenta de lo que había dicho.
Pedro se sorprendió al ver que se ruborizaba. Había esperado que una mujer como ella coquetease con él, que se insinuara abiertamente en lugar de mostrarse tímida. Pero tenía que ser un truco, pensaba, uno que habría usado muchas veces en miembros más vulnerables del sexo opuesto. Podía imaginarse cómo un hombre intentaría proteger y cuidar de aquella mujer aparentemente frágil. Era tan pequeñita y, sin embargo, tan decidida y tan ridiculamente animosa.
—Si mañana no está aquí a las nueve, le prometo que la encontraré, esté donde esté —advirtió él, dándose la vuelta. Cuando se alejaba, Missie empezó a correr hacia él, ladrando alegremente y Pedro se inclinó para acariciarla—. Pobre animal. Se merece alguien digno de su lealtad y confianza, alguien que sepa el valor de esas palabras —añadió, mirando a Paula. Pero antes de que ella pudiera replicar, salió del jardín.
Menudo grosero, pensaba Paula, tomando a la perrita en brazos. Su mujer debía de ser una santa. Su mujer... la pobre debía tardar mucho en acariciar cada centímetro de aquel poderoso torso masculino. Y no podía imaginar el tiempo que podía tardar en ablandar aquella boca firme y dura. Y, en cuanto a sus principios morales... ¿Cuánto se tardaría en romper aquella barrera aparentemente infranqueable, para volverlo loco de deseo? Si aquel hombre la envolviera en sus brazos, ella se perdería, pensaba Paula. Sería como ser abrazada por un león. ¿Sería su vello tan suave y delicado al tacto como el de su oso de peluche? ¿Rugiría cuando se le apretaba...? Soltó una risita. Aquel hombre era mucho hombre. Una mujer tendría que ser muy valiente o muy tonta para enamorarse de él. Él se había portado con ella de una forma tan antagónica, tan dispuesto a creer lo peor y, sin embargo, al mismo tiempo... Se regañó a sí misma por aquellos absurdos pensamientos.
—Tengo que llamar a Flor —murmuró acariciando a Missie.
El corazón de Paula se encogió cuando escuchó el mensaje en el contestador de su amiga. Se había marchado al norte a visitar a su tía. Tenía el número de su móvil, pero cuando la llamó no hubo respuesta. Tendría que intentarlo más tarde. Pedro Alfonso había sido tan agresivo... Esperaba estar en lo cierto al pensar que el papel que él le había mostrado podría servir como prueba contra Julián Cox. Desde luego, ella nunca le había dado permiso para usar su nombre como socia y hacerlo era un fraude. Pensando en todo aquello, volvió al jardín para terminar lo que había estado haciendo antes de que Pedro le diera un susto de muerte.
Media hora después de dejar a Paula, Pedro entraba en el primer hotel que encontró en su camino. No había buscado ningún lujo, pero agradecía que fuera un hotel de cinco estrellas. Necesitaba urgentemente una ducha y una buena cena.
— ¿Marcharme de aquí? —preguntó Paula, mirando a su perrita tumbada a los pies del extraño—. No, yo no podría hacer eso —añadió, tontamente. Pedro no sabía por qué, pero la creía. Podía haber engañado a Lautaro y a muchos otros, pero había visto amor en sus ojos al mirar al animal. No iba a abandonar a aquella bolita de pelo—. Aunque también podría darle un cheque.
— Y su banco me lo devolvería —replicó él—. No, no quiero cheques. Lo quiero en efectivo...
—Entonces tendrá que esperar hasta mañana — dijo Paula con firmeza.
—Muy bien. Estaré aquí a las nueve en punto.
— ¿A las nueve? Pero si el banco abre a las nueve...
—Por eso —la interrumpió Pedro—. Iré con usted.
—Quizá también querría quedarse esta noche y encadenarme a su lado —dijo ella, sarcástica. Pero se puso como un tomate al darse cuenta de lo que había dicho.
Pedro se sorprendió al ver que se ruborizaba. Había esperado que una mujer como ella coquetease con él, que se insinuara abiertamente en lugar de mostrarse tímida. Pero tenía que ser un truco, pensaba, uno que habría usado muchas veces en miembros más vulnerables del sexo opuesto. Podía imaginarse cómo un hombre intentaría proteger y cuidar de aquella mujer aparentemente frágil. Era tan pequeñita y, sin embargo, tan decidida y tan ridiculamente animosa.
—Si mañana no está aquí a las nueve, le prometo que la encontraré, esté donde esté —advirtió él, dándose la vuelta. Cuando se alejaba, Missie empezó a correr hacia él, ladrando alegremente y Pedro se inclinó para acariciarla—. Pobre animal. Se merece alguien digno de su lealtad y confianza, alguien que sepa el valor de esas palabras —añadió, mirando a Paula. Pero antes de que ella pudiera replicar, salió del jardín.
Menudo grosero, pensaba Paula, tomando a la perrita en brazos. Su mujer debía de ser una santa. Su mujer... la pobre debía tardar mucho en acariciar cada centímetro de aquel poderoso torso masculino. Y no podía imaginar el tiempo que podía tardar en ablandar aquella boca firme y dura. Y, en cuanto a sus principios morales... ¿Cuánto se tardaría en romper aquella barrera aparentemente infranqueable, para volverlo loco de deseo? Si aquel hombre la envolviera en sus brazos, ella se perdería, pensaba Paula. Sería como ser abrazada por un león. ¿Sería su vello tan suave y delicado al tacto como el de su oso de peluche? ¿Rugiría cuando se le apretaba...? Soltó una risita. Aquel hombre era mucho hombre. Una mujer tendría que ser muy valiente o muy tonta para enamorarse de él. Él se había portado con ella de una forma tan antagónica, tan dispuesto a creer lo peor y, sin embargo, al mismo tiempo... Se regañó a sí misma por aquellos absurdos pensamientos.
—Tengo que llamar a Flor —murmuró acariciando a Missie.
El corazón de Paula se encogió cuando escuchó el mensaje en el contestador de su amiga. Se había marchado al norte a visitar a su tía. Tenía el número de su móvil, pero cuando la llamó no hubo respuesta. Tendría que intentarlo más tarde. Pedro Alfonso había sido tan agresivo... Esperaba estar en lo cierto al pensar que el papel que él le había mostrado podría servir como prueba contra Julián Cox. Desde luego, ella nunca le había dado permiso para usar su nombre como socia y hacerlo era un fraude. Pensando en todo aquello, volvió al jardín para terminar lo que había estado haciendo antes de que Pedro le diera un susto de muerte.
Media hora después de dejar a Paula, Pedro entraba en el primer hotel que encontró en su camino. No había buscado ningún lujo, pero agradecía que fuera un hotel de cinco estrellas. Necesitaba urgentemente una ducha y una buena cena.
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