Paula asintió.
-Mi tía me lo ha contado todo.
El hombre le acarició una mano.
-Lo siento.
-Yo no, créame que no.
Horacio suspiró.
-Bueno, conseguí que Jesica Raynes testificara contra tu padre con la promesa de que los cargos contra ella serían mínimos.
-Entonces, por eso le traicionó.
Él asintió.
-Ella no estaba enamorada de tu padre, era muy interesada. Cuando se dió cuenta de que él no tenía dinero, le traicionó. Jesica Raynes era muy ambiciosa y mientras se pudo servir de tu padre lo hizo. En cuanto le descubrieron, ella le dió la espalda. Estaba muy triste, se notaba que le costaba mucho trabajo recordar ese doloroso episodio de su pasado. Yo no pude imaginarme que tu padre reaccionaría de esa forma al enterarse de que Jesica le había traicionado.
-Usted no tenía por qué saberlo -aseguró Paula-. Y Pedro debe entenderlo.
El hombre movió la cabeza con tristeza.
-Ya es muy tarde, Paula
-Su mujer -preguntó despacio-. ¿Sabía la verdad? ¿O también se volvió contra usted?
Él sonrió de repente.
-Ana me amó hasta el final, como yo a ella, aunque mi hijo no está muy convencido -agregó con tristeza.
Horacio le palmeó la mano.
-En serio. me gustas como nuera, Paula.
-¿Aun sabiendo lo de mi padre? -preguntó, evitando mirarle a los ojos.
-Tú no eres tu padre -le aseguró-. Las deshonestidades no se transmiten por herencia, aunque te digan lo contrario. Siento mucho que Pedro y yo te hiciéramos pasar un mal rato el otro día -sonrió con pesar-. Los dos estábamos enfadados. Pero me gustaría que te casaras con él. ¿Crees que podrás arreglarlo?
Ella negó con la cabeza.
-Me temo que no.
La boca del hombre se apretó con rabia.
-Ese hijo mío es tan terco como...
-Usted --sonrió Paula.
-Quizá -reconoció-. ¿Volverás a visitarme?
Había una intensa sinceridad en la voz de él, y ella quedó convencida de que lo preguntaba en serio.
-Trataré.
Era muy tarde cuando regresó a Londres. Estaba muy cansada, pero no lo suficiente como para dejar de visitar a Pedro. Tenía que verle, tenía que contarle la verdad. No podía permitir que Pedro siguiera creyendo que su padre era un hombre sin escrúpulos.
Pedro sólo llevaba una bata cuando fue a abrirle la puerta, tenía el pelo alborotado como si hubiese estado durmiendo, sin embargo las profundas ojeras mostraban que no había podido dormir muy bien últimamente. La miró sorprendido.
-Quiero hablar contigo.
Hablaba con tranquilidad. Estaba decidida a decirle todo lo que sabía. sin omitir un solo detalle. Él no se movió.
-No merece la pena.
Le miró decidida, sólo encontró frialdad en su rostro.
-Acabo de decirle a tu padre que aún estamos a tiempo -comentó muy calmada viendo cómo él se sorprendía.
-¿A mi padre? -repitió-. ¿Has ido a ver a mi padre?
-Sí.
-¿Por qué?
-¿Puedo entrar o quieres que lo discutamos en la puerta?
Trató de aparentar tranquilidad, pero no lo consiguió. Estaba hecha un manojo de nervios.
-¿Para qué has ido a ver a mi padre? -quiso saber mientras se dirigían hacia la sala.
martes, 18 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 39
-Creo que eso tendrás que preguntárselo al señor Alfonso.
¿Preguntarle a Horacio? No, ella no podría hacer eso, no tendría el valor de enfrentarse al cruel e irónico hombre y decirle que ella era Paula Chaves. Sin embargo, dos horas más tarde, se encontró conduciendo el coche rumbo a la casa del abogado.
-Dígale que la señorita Chaves desea verle -pidió al ama de llaves después de que ésta le dijo que el señor Alfonso estaba en casa. No tenía la más mínima idea de qué iba a decirle a Horacio cuando le viera, sólo sabía que los dos debían aclarar muchas cosas. Pensó en su madre. Debió ser terrible para ella vivir conociendo la terrible verdad, teniendo que fingir que creía en la inocencia de su marido.
-¿Quiere pasar señorita Chaves?
Levantó la vista para mirar a la sonriente sirvienta y asintió:
- Gracias.
Horacio Alfonso estaba sentado en la sala, mirando por la ventana. Dió la vuelta a la silla al escuchar los pasos de ella y le sonrió, dándole la bienvenida.
-Paula -la saludó afectuoso-. ¿No viene Pedro contigo?
-No, estoy sola -afirmó, frunciendo el ceño-. No parece sorprendido de verme.
Horacio arqueó las cejas.
-¿Por lo de señorita Chaves? -preguntó sonriendo-. No. Te reconocí nada más verte. Te recuerdo muy bien, a tí y a tu madre: no has cambiado mucho en doce años, Paula-se burló-. Ahora dime, ¿En qué puedo servirte?
-Ayúdeme -suplicó sentándose-. ¿Por qué nunca dijo la verdad acerca de mi padre?
Pareció dudar durante unos segundos, después suspiró.
-¿No te parece que le acosé lo suficiente? Él ya está muerto.
-¡Porque era culpable!
-Sí -asintió Horacio-. Pero quizás, si yo no me hubiera empeñado tanto en comprobar su culpabilidad...
-Usted sabe que de todos modos se habría suicidado.
-Tal vez, pero las dejó a tu madre y a tí completamnete desamparadas.
-¿Por eso nunca fue publicada la verdad?
El hombre asintió.
-No había motivos para seguir atormentando a tu madre. Tu padre había muerto, el banco estaba contento porque tenía su dinero -se encogió de hombros-. Eso era el final de todo.
-Pero usted perdió el amor y el respeto de Pedro por aquello.
La sonrisa del hombre desapareció.
-Era el precio que tenía que pagar.
-Pero ya no -Paula se levantó decidida-. Quizá yo haya perdido a Pedro pero voy a asegurarme de que usted le recupere. Le diré la verdad.
-Prefiriría que no lo hicieras -la interrumpió Horacio con frialdad.
-¿Por qué no? -preguntó asombrada.
-Porque para nosotros ya es muy tarde. Puede que no sea culpable de todo lo que Pedro cree, pero de muchas cosas sí lo soy. Siempre fui ambicioso, el caso de tu padre era otro peldaño en mi ascenso, le acosé. Incluso atrapé a Jesica Raynes, la amante de tu padre. ¿Sabías que tenía una amante? -preguntó preocupado.
¿Preguntarle a Horacio? No, ella no podría hacer eso, no tendría el valor de enfrentarse al cruel e irónico hombre y decirle que ella era Paula Chaves. Sin embargo, dos horas más tarde, se encontró conduciendo el coche rumbo a la casa del abogado.
-Dígale que la señorita Chaves desea verle -pidió al ama de llaves después de que ésta le dijo que el señor Alfonso estaba en casa. No tenía la más mínima idea de qué iba a decirle a Horacio cuando le viera, sólo sabía que los dos debían aclarar muchas cosas. Pensó en su madre. Debió ser terrible para ella vivir conociendo la terrible verdad, teniendo que fingir que creía en la inocencia de su marido.
-¿Quiere pasar señorita Chaves?
Levantó la vista para mirar a la sonriente sirvienta y asintió:
- Gracias.
Horacio Alfonso estaba sentado en la sala, mirando por la ventana. Dió la vuelta a la silla al escuchar los pasos de ella y le sonrió, dándole la bienvenida.
-Paula -la saludó afectuoso-. ¿No viene Pedro contigo?
-No, estoy sola -afirmó, frunciendo el ceño-. No parece sorprendido de verme.
Horacio arqueó las cejas.
-¿Por lo de señorita Chaves? -preguntó sonriendo-. No. Te reconocí nada más verte. Te recuerdo muy bien, a tí y a tu madre: no has cambiado mucho en doce años, Paula-se burló-. Ahora dime, ¿En qué puedo servirte?
-Ayúdeme -suplicó sentándose-. ¿Por qué nunca dijo la verdad acerca de mi padre?
Pareció dudar durante unos segundos, después suspiró.
-¿No te parece que le acosé lo suficiente? Él ya está muerto.
-¡Porque era culpable!
-Sí -asintió Horacio-. Pero quizás, si yo no me hubiera empeñado tanto en comprobar su culpabilidad...
-Usted sabe que de todos modos se habría suicidado.
-Tal vez, pero las dejó a tu madre y a tí completamnete desamparadas.
-¿Por eso nunca fue publicada la verdad?
El hombre asintió.
-No había motivos para seguir atormentando a tu madre. Tu padre había muerto, el banco estaba contento porque tenía su dinero -se encogió de hombros-. Eso era el final de todo.
-Pero usted perdió el amor y el respeto de Pedro por aquello.
La sonrisa del hombre desapareció.
-Era el precio que tenía que pagar.
-Pero ya no -Paula se levantó decidida-. Quizá yo haya perdido a Pedro pero voy a asegurarme de que usted le recupere. Le diré la verdad.
-Prefiriría que no lo hicieras -la interrumpió Horacio con frialdad.
-¿Por qué no? -preguntó asombrada.
-Porque para nosotros ya es muy tarde. Puede que no sea culpable de todo lo que Pedro cree, pero de muchas cosas sí lo soy. Siempre fui ambicioso, el caso de tu padre era otro peldaño en mi ascenso, le acosé. Incluso atrapé a Jesica Raynes, la amante de tu padre. ¿Sabías que tenía una amante? -preguntó preocupado.
La Venganza: Capítulo 38
-Pero no lo fue.
-Sí -le dijo la tía Juana en voz baja-, sí fue culpable.
Paula parpadeó, asombrada, creyendo que había escuchado mal.
-Tía Juana ...
La anciana suspiró.
-No puedo seguir engañándote, Paula, tienes que saber la verdad. Alejandra debió decírterlo, pero no quiso.
-¿Decirme qué?
-Tu padre, sobrina mía, era culpable de todas las acusaciones que le hizo el padre de Pedro. Se suicidó porque Horacio Alfonso iba a presentar al día siguiente un testigo que le condenaría. La amante de tu padre testificaría en contra de él.
Paula tragó saliva, estaba pálida.
-¿A...mante?
-Tu padre tenía una amante, querida -asintió la tía-. El dinero que había robado les serviría para establecerse una vez que las hubiera abandonado a tu madre y a tí.
-Pero y... la carta. Siempre dijo que era inocente -Paula movió al cabeza incrédula.
-Esa carta nunca existió. Paula. Al menos tu padre nunca escribió ninguna.
-Mamá...
-Ella la escribió -le confirmó la tía.
-Pero, ¿Por qué? -preguntó confundida-. ¿Por qué me mintió?
-Tenías doce años, habías sufrido mucho y tu madre no quiso que supieras la clase de hombre que era tu padre y la verdadera razón por la que se suicidado.
-Sin embargo, mamá se vino abajo cuando papá murió.
-Ella le apoyó durante todo el juicio, creía en su inocencia. Pero después se enteró de lo de la amante, y de sus planes para dejarla. Aquello quebrantó su espíritu Paula, ya no tenía por qué luchar: ni siquiera por tí.
La anciana cerró los ojos, cansada. Le costaba trabajo recordar lo que había sucedido hacía tanto tiempo, lo que creía completamente olvidado.
-Yo te dejé creer todas esas mentiras acerca de tu padre demasiado tiempo -continuo--. Ni siquiera sentí remordimiento cuando el joven Judas te dejó, era muy poco para tí. Pero Pedro es un buen hombre, y no toleraré que le pierdas a él por la misma razón.
-Pero el que yo sepa la verdad no cambia las cosas -murmuró Paula-. ¿Es que no te das cuenta de eso, tía Juana? Sólo prueba que el padre de Pedro siempre tuvo razón.
-¿No te das cuenta? Ya va siendo hora de que Pedro le perdone. Claro que sí...
La tía Juana se interrumpió. y ambas mujeres se miraron durante algunos segundos.
-Yo sé que entre ellos no hay buenas relaciones. Él me dijo que no se llevaba bien con su padre, aunque no me explicó por qué, ni por supuesto, quién era su padre. Pero el hecho de que viva confinada en este asilo, no quiere decir que no me dé cuenta de lo que pasa en el mundo, o que no pueda saber lo que tiene que hacerse para poner las cosas en su lugar.
La tía Juana estaba muy excitada, Paula se asustó, nunca la había visto en ese estado.
-Esto hay que arreglarlo, Paula. Ya te he dicho la verdad, y ahora quiero que vayas con Pedro y se la cuentes a él.
-Tía Juana -dijo Paula asustada-, si Horacio Alfonso tuvo siempre la evidencia de que mi padre era culpable, y sabía lo de la otra mujer, y el dinero ¿Por qué no se lo contó a Pedro?
-Sí -le dijo la tía Juana en voz baja-, sí fue culpable.
Paula parpadeó, asombrada, creyendo que había escuchado mal.
-Tía Juana ...
La anciana suspiró.
-No puedo seguir engañándote, Paula, tienes que saber la verdad. Alejandra debió decírterlo, pero no quiso.
-¿Decirme qué?
-Tu padre, sobrina mía, era culpable de todas las acusaciones que le hizo el padre de Pedro. Se suicidó porque Horacio Alfonso iba a presentar al día siguiente un testigo que le condenaría. La amante de tu padre testificaría en contra de él.
Paula tragó saliva, estaba pálida.
-¿A...mante?
-Tu padre tenía una amante, querida -asintió la tía-. El dinero que había robado les serviría para establecerse una vez que las hubiera abandonado a tu madre y a tí.
-Pero y... la carta. Siempre dijo que era inocente -Paula movió al cabeza incrédula.
-Esa carta nunca existió. Paula. Al menos tu padre nunca escribió ninguna.
-Mamá...
-Ella la escribió -le confirmó la tía.
-Pero, ¿Por qué? -preguntó confundida-. ¿Por qué me mintió?
-Tenías doce años, habías sufrido mucho y tu madre no quiso que supieras la clase de hombre que era tu padre y la verdadera razón por la que se suicidado.
-Sin embargo, mamá se vino abajo cuando papá murió.
-Ella le apoyó durante todo el juicio, creía en su inocencia. Pero después se enteró de lo de la amante, y de sus planes para dejarla. Aquello quebrantó su espíritu Paula, ya no tenía por qué luchar: ni siquiera por tí.
La anciana cerró los ojos, cansada. Le costaba trabajo recordar lo que había sucedido hacía tanto tiempo, lo que creía completamente olvidado.
-Yo te dejé creer todas esas mentiras acerca de tu padre demasiado tiempo -continuo--. Ni siquiera sentí remordimiento cuando el joven Judas te dejó, era muy poco para tí. Pero Pedro es un buen hombre, y no toleraré que le pierdas a él por la misma razón.
-Pero el que yo sepa la verdad no cambia las cosas -murmuró Paula-. ¿Es que no te das cuenta de eso, tía Juana? Sólo prueba que el padre de Pedro siempre tuvo razón.
-¿No te das cuenta? Ya va siendo hora de que Pedro le perdone. Claro que sí...
La tía Juana se interrumpió. y ambas mujeres se miraron durante algunos segundos.
-Yo sé que entre ellos no hay buenas relaciones. Él me dijo que no se llevaba bien con su padre, aunque no me explicó por qué, ni por supuesto, quién era su padre. Pero el hecho de que viva confinada en este asilo, no quiere decir que no me dé cuenta de lo que pasa en el mundo, o que no pueda saber lo que tiene que hacerse para poner las cosas en su lugar.
La tía Juana estaba muy excitada, Paula se asustó, nunca la había visto en ese estado.
-Esto hay que arreglarlo, Paula. Ya te he dicho la verdad, y ahora quiero que vayas con Pedro y se la cuentes a él.
-Tía Juana -dijo Paula asustada-, si Horacio Alfonso tuvo siempre la evidencia de que mi padre era culpable, y sabía lo de la otra mujer, y el dinero ¿Por qué no se lo contó a Pedro?
La Venganza: Capítulo 37
La siguiente semana fue la peor de su vida. Cuando rompió con David sufrió mucho y pensó que nunca volvería a sufrir de la misma manera. Sin embargo, esa semana se dió cuenta de que el dolor que le había causado su antiguo novio no era nada comparado con lo que sentía por Pedro.
Pedro no era más que una figura arrogante que paseaba por el edificio, sin tomarla en cuenta para nada, sin devolverle una sola de las miradas que ella le dirigía. Pasaba los días y las noches en un terrible sufrimiento. Laura notó su desesperación, aunque jamás hizo ningún comentario. Las dos salían juntas, y se consolaban mutuamente. El día que comió con Andrea, la chica le contó que Pedro tenía muy mal humor, reconocía sus méritos como abogado. pero era insoportable. Los dos sufrían por una situación que ella había creado. Una situación sin salida, ya que no tenía solución.
-¿Qué te pasa? -le preguntó su tía, preocupada, el domingo que llegó a visitarla-. ¡Estás espantosa!
-Por eso he venido, para que me des ánimos -sonrió burlona.
-No me vengas con sarcasmos, jovencita -dijo la tía Juana-. ¿En dónde está Pedro?
No se andaba con rodeos; así era la tía Juana.
-Hemos terminado -contestó Paula con igual franqueza.
- ¿Por que?
-Yo tuve la culpa.
La tía frunció el ceño.
-¡Me lo imaginaba! -gruñó-, él no sabía que tú eras la hija de Miguel.
-¿Quieres decir que sabías quién era Pedro? -Paula se quedó sin aliento a causa de la sorpresa.
-Por supuesto que lo sabía. ¡No soy tonta, niña! Lo supe cuan do escuché su apellido. Supuse que habías decidido olvidar tu odio hacía los Alfonso, pero ya veo que me equivoqué.
-No -confirmó Paula.
-Eres boba, Paula -la tía movió la cabeza-. El pasado es el pasado, y no hay que removerlo. Le amas, ¿no es así?
-Sí.
-Y él también te ama. Entonces... ¿Por qué no olvidan el pasado?
-Yo lo he hecho, él no puede. Ve en mí la culpa de mi padre...
-Te das cuenta –la interrumpió la tía con suavidad-, de que es la primera vez que reconoces que tu padre pudo ser culpable?
Paula asintió.
Pedro no era más que una figura arrogante que paseaba por el edificio, sin tomarla en cuenta para nada, sin devolverle una sola de las miradas que ella le dirigía. Pasaba los días y las noches en un terrible sufrimiento. Laura notó su desesperación, aunque jamás hizo ningún comentario. Las dos salían juntas, y se consolaban mutuamente. El día que comió con Andrea, la chica le contó que Pedro tenía muy mal humor, reconocía sus méritos como abogado. pero era insoportable. Los dos sufrían por una situación que ella había creado. Una situación sin salida, ya que no tenía solución.
-¿Qué te pasa? -le preguntó su tía, preocupada, el domingo que llegó a visitarla-. ¡Estás espantosa!
-Por eso he venido, para que me des ánimos -sonrió burlona.
-No me vengas con sarcasmos, jovencita -dijo la tía Juana-. ¿En dónde está Pedro?
No se andaba con rodeos; así era la tía Juana.
-Hemos terminado -contestó Paula con igual franqueza.
- ¿Por que?
-Yo tuve la culpa.
La tía frunció el ceño.
-¡Me lo imaginaba! -gruñó-, él no sabía que tú eras la hija de Miguel.
-¿Quieres decir que sabías quién era Pedro? -Paula se quedó sin aliento a causa de la sorpresa.
-Por supuesto que lo sabía. ¡No soy tonta, niña! Lo supe cuan do escuché su apellido. Supuse que habías decidido olvidar tu odio hacía los Alfonso, pero ya veo que me equivoqué.
-No -confirmó Paula.
-Eres boba, Paula -la tía movió la cabeza-. El pasado es el pasado, y no hay que removerlo. Le amas, ¿no es así?
-Sí.
-Y él también te ama. Entonces... ¿Por qué no olvidan el pasado?
-Yo lo he hecho, él no puede. Ve en mí la culpa de mi padre...
-Te das cuenta –la interrumpió la tía con suavidad-, de que es la primera vez que reconoces que tu padre pudo ser culpable?
Paula asintió.
sábado, 15 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 36
-Dime... ¿Cuándo pensabas revelarme que eras la hija de Miguel Chaves, antes o después de la boda?
-Después... pero...
-Claro, después-su tono era cada vez más amargo-. ¡La hija de Miguel Chaves, mi esposa!
Paula se levantó agitada. Pedro tenía derecho a estar enfadado y ella no sabía cómo justificarse. Hasta ese momento lo que había dicho era cierto...
-¿Qué era lo que te estaba diciendo David Phillips hace unos momentos? -quiso saber Pedro-. He estado escuchando su conversación, pero no he podido oírlo todo -se burló con una sonrisa.
-Me pidió que fuera su amante -susurró con altanería.
La mirada de Pedro se transformó.
-¿Y aceptaste?
-Por supuesto que no.
- ¿Por que no? -g ruñó -. Él es la causa de todo esto. No es tanto tu padre, como pretendes creer, sino David Phillips.
No quiso mirarle a los ojos.
-No sé a qué te refieres.
-Cuando David llegó aquí y me dijo que tú eras Paula Chaves, y que una vez habías jurado vengarte de mi padre, mi primera reacción fue la de ir a tu oficina y mandarte al diablo. Pero, de repente, recordé que tu actitud hacia mí cambió el fin de semana que te enteraste de la boda de David. Yo sabía todo lo que David le había hecho a Paula Chaves, ésa fue la razón por la cual no quise ir a la boda esta vez.
-No comprendo -frunció el ceño Paula.
-No, claro que no comprendes -torció la boca-. Parece que a pesar de haber pasado la noche conmigo, no me conoces todavía muy bien, ¿O sí? ¿Crees que apruebo lo que hizo mi padre con el tuyo? ¿Piensas que yo congeniaría con un hombre que persiguió a otro de tal forma que le obligó a quitarse la vida? ¡Pues no!
Pedro estaba furioso; no sólo le dolía que le hubiese engañado; sobre todo, le dolía que le hubiese juzgado mal.
-Desprecié la manera en que llevó el caso de tu padre, la forma en que le torturó mentalmente, fuera o no culpable, y le odié cuando tu padre, hundido en la desesperación, se quitó la vida.
Paula se estremeció al escuchar la referencia que había hecho a la noche pasada juntos, y se puso pálida cuando le reveló sus propios sentimientos acerca de la manera en que su padre había empujado al suyo a la muerte. Pudo darse cuenta de que Pedro despreciaba a su padre. Había muchas pruebas, la forma en que abandonó Inglaterra, la tensión entre ellos, el mismo comentario de Claude acerca de las diferentes personalidades de los dos, el hecho de que nunca hubiesen podido trabajar juntos. Muchas evidencias de que la ceguera le impidió ver a causa de su deseo de venganza.
-Desprecio lo que les hizo a tu madre, a tí -continuó Pedro con voz acerada-. Inclusive quise buscar a tu madre después. Dios sabe que lo intenté. Quería decirle, cuando menos, cuánto lo sentía. Aunque sabía que nada podía consolarla en esos momentos.
Hablaba con voz entrecortada.
-No tenía idea de los efectos que eso causaría en tí. ¿Todavía amas a David, es eso? -le preguntó frío.
-Te amo a tí.
Estaba profundamente conmovida por todo lo que le había dicho. No dudaba de una sola palabra, le conocía lo sufuciente como para saber que ésa hubiera sido su reacción ante la crueldad pública de su padre con otro hombre.
-Convénceme.
-Es la verdad.
-No te creo -negó con la cabeza-. Y aunque te creyera, jamás nos iría bien. Cada vez que discutiéramos. y lo hacemos con bastante frecuencia, me recordarías lo que mi padre le hizo al tuyo. No podría soportarlo.
-Lo único que quiero es estar contigo -las lágrimas asomaron a sus ojos-. Puedes pedirme que me vaya cuando quieras.
La expresión de él era dura.
-Te estoy pidiendo que te vayas ahora.
Pedro se volvió, dándole la espalda, y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones. -Y he hablado con Gabriel para que Andrea sea mi secretaria desde mañana. En este momento se lo estará diciendo.
-Si lo prefieres, me voy ahora mismo.
-No -se burló-. Claudio todavía no está muy fuerte, el saber que su secretaria favorita se marcha podría hacerle empeorar. Quiero que te quedes hasta que esté totalmente recuperado.
-¿Y luego me iré? -preguntó mirando su rígida espalda.
-Sí. Y luego te irás.
Se volvió reprimiendo un sollozo y salió corriendo de la oficina.
-Después... pero...
-Claro, después-su tono era cada vez más amargo-. ¡La hija de Miguel Chaves, mi esposa!
Paula se levantó agitada. Pedro tenía derecho a estar enfadado y ella no sabía cómo justificarse. Hasta ese momento lo que había dicho era cierto...
-¿Qué era lo que te estaba diciendo David Phillips hace unos momentos? -quiso saber Pedro-. He estado escuchando su conversación, pero no he podido oírlo todo -se burló con una sonrisa.
-Me pidió que fuera su amante -susurró con altanería.
La mirada de Pedro se transformó.
-¿Y aceptaste?
-Por supuesto que no.
- ¿Por que no? -g ruñó -. Él es la causa de todo esto. No es tanto tu padre, como pretendes creer, sino David Phillips.
No quiso mirarle a los ojos.
-No sé a qué te refieres.
-Cuando David llegó aquí y me dijo que tú eras Paula Chaves, y que una vez habías jurado vengarte de mi padre, mi primera reacción fue la de ir a tu oficina y mandarte al diablo. Pero, de repente, recordé que tu actitud hacia mí cambió el fin de semana que te enteraste de la boda de David. Yo sabía todo lo que David le había hecho a Paula Chaves, ésa fue la razón por la cual no quise ir a la boda esta vez.
-No comprendo -frunció el ceño Paula.
-No, claro que no comprendes -torció la boca-. Parece que a pesar de haber pasado la noche conmigo, no me conoces todavía muy bien, ¿O sí? ¿Crees que apruebo lo que hizo mi padre con el tuyo? ¿Piensas que yo congeniaría con un hombre que persiguió a otro de tal forma que le obligó a quitarse la vida? ¡Pues no!
Pedro estaba furioso; no sólo le dolía que le hubiese engañado; sobre todo, le dolía que le hubiese juzgado mal.
-Desprecié la manera en que llevó el caso de tu padre, la forma en que le torturó mentalmente, fuera o no culpable, y le odié cuando tu padre, hundido en la desesperación, se quitó la vida.
Paula se estremeció al escuchar la referencia que había hecho a la noche pasada juntos, y se puso pálida cuando le reveló sus propios sentimientos acerca de la manera en que su padre había empujado al suyo a la muerte. Pudo darse cuenta de que Pedro despreciaba a su padre. Había muchas pruebas, la forma en que abandonó Inglaterra, la tensión entre ellos, el mismo comentario de Claude acerca de las diferentes personalidades de los dos, el hecho de que nunca hubiesen podido trabajar juntos. Muchas evidencias de que la ceguera le impidió ver a causa de su deseo de venganza.
-Desprecio lo que les hizo a tu madre, a tí -continuó Pedro con voz acerada-. Inclusive quise buscar a tu madre después. Dios sabe que lo intenté. Quería decirle, cuando menos, cuánto lo sentía. Aunque sabía que nada podía consolarla en esos momentos.
Hablaba con voz entrecortada.
-No tenía idea de los efectos que eso causaría en tí. ¿Todavía amas a David, es eso? -le preguntó frío.
-Te amo a tí.
Estaba profundamente conmovida por todo lo que le había dicho. No dudaba de una sola palabra, le conocía lo sufuciente como para saber que ésa hubiera sido su reacción ante la crueldad pública de su padre con otro hombre.
-Convénceme.
-Es la verdad.
-No te creo -negó con la cabeza-. Y aunque te creyera, jamás nos iría bien. Cada vez que discutiéramos. y lo hacemos con bastante frecuencia, me recordarías lo que mi padre le hizo al tuyo. No podría soportarlo.
-Lo único que quiero es estar contigo -las lágrimas asomaron a sus ojos-. Puedes pedirme que me vaya cuando quieras.
La expresión de él era dura.
-Te estoy pidiendo que te vayas ahora.
Pedro se volvió, dándole la espalda, y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones. -Y he hablado con Gabriel para que Andrea sea mi secretaria desde mañana. En este momento se lo estará diciendo.
-Si lo prefieres, me voy ahora mismo.
-No -se burló-. Claudio todavía no está muy fuerte, el saber que su secretaria favorita se marcha podría hacerle empeorar. Quiero que te quedes hasta que esté totalmente recuperado.
-¿Y luego me iré? -preguntó mirando su rígida espalda.
-Sí. Y luego te irás.
Se volvió reprimiendo un sollozo y salió corriendo de la oficina.
La Venganza: Capítulo 35
Cerró los ojos, llenos de ira.
-No creo que nos apetezca -replicó entre dientes.
-¿Por qué no? Alfonso y tú son amantes. Lo sé muy bien. A propósito, se enfadó cuando le dije quién eras. Pero yo lo sé todo y te sigo queriendo.
Paula se levantó furiosa.
-¡Lárgate de aquí! ¡No sé cómo pude enamorarme de tí! ¡Eres despreciable! ¡Vete! Ya me has hecho mucho daño, puedes estar satisfecho.
Él se asombró incrédulo.
-¡Estás enamorada de Alfonso!
-Sí.
-¡Dios mío! ¡Pobre Paula! -exclamó burlonamente y se marchó.
Se hizo un tenso silencio. Ningún movimiento salía de la oficina de Pedro, que había dejado de hablar por teléfono. Paula quiso llamar a la puerta. pero no se atrevió a hacerlo.
-¿Puedo entrar? Andrea asomó la cabeza, estaba radiante: era evidente que sus primeras semanas de matrimonio habían sido un éxito. Entró directamente a saludar a Paula.
-Ya me han contado que no se debe entrar sin llamar a una habitación donde están juntos Pedro y tú.
Paula sonrió, no quería disgustar a Andrea, la muchacha estaba muy contenta.
-¿En serio? ¿Y quén te lo ha contado?
-Claudio -rió Andrea-. Fuimos a verle ayer. Está muy bien, mejor que hace meses.
-Sí -asintió Paula.
-Claro que Gabriel se enfadó porque no se lo dijo, pero yo le admiro, ha tenido mucho valor -Andrea se sentó-. Mi marido está hablando con Pedro por teléfono ahora.
Paula sabía que no. La conversación había terminado hacía unos minutos, y Pedro permanecía en su oficina. ¿Qué estaría haciendo?
-¿Qué te parece tu nuevo jefe? -preguntó bromeando.
-Me gusta.
-Claudio piensa que hay algo más -Andrea la miró inquisitiva. Su sonrisa era brillante.
-No lo creo. Prefiere que tú trabajes para él.
-¿En serio? -preguntó su amiga, confundida.
-Sí. ¿Te importaría?
La otra muchacha se encogió de hombros.
-La verdad no. Sin embargo, Gabriel decide. Yo...
La puerta se abrió y por fin salió Pedro totalmente irreconocible, no era el hombre que la había tenido en brazos esa mañana. Estaba pálido, su mirada era fría y en sus ojos se reflejaba una profunda tristeza. Contestó al alegre saludo de Andrea con una brusquedad que la dejó pasmada durante unos segundos, y la hizo escapar enseguida. Paula se sintió obligada a decir algo.
-Pedro, yo...
-¿Quieres pasar? -dió un paso atrás y abrió la puerta para que ella entrara.
-Oh, Pepe...
-Debes esperar hasta que estemos en la oficina para decir algo- estaba muy enfadado.
Pasó junto a él y se sentó en una silla, mientras Pedro se paseaba por la habitación. La chica retorció las manos, nerviosa.
-¿Es inútil pensar que es mentira, no es así? -la voz de él rompió el silencio.
-Sí -afirmó Paula con voz entrecortada.
-¿Por qué no me lo dijiste? No, déjame adivinar. Si yo hubiera sabido quién eras jamás habrías podido llevar a cabo tu venganza. ¿No es así? -preguntó con dureza.
-No -Paula tenía la vista clavada en las manos.
-Así que no niegas que te acercaste a mí con la idea de la venganza en la mente.
-No. Pero...
-¿Y lo de anoche? ¿También fue parte de la venganza?
Levantó los ojos para mirarle con dolor.
-No -dijo con voz suplicante.
-¿No? -repitió, mirándola con frialdad, no había rastro del amor de horas antes-. ¿No fue para asegurarte de que cuando me clavaras el cuchillo, revelándome tu identidad yo sintiera la agonía de perderte?
-No...
-Pues ya he conocido la agonía, Paula. Anoche pensé tener en mis brazos a la mujer que amaba y que me amaba, y sin embargo fuiste tan cruel que me diste tu virginidad para hacer mi dolor más grande. La miró despectivamente.
-No creo que nos apetezca -replicó entre dientes.
-¿Por qué no? Alfonso y tú son amantes. Lo sé muy bien. A propósito, se enfadó cuando le dije quién eras. Pero yo lo sé todo y te sigo queriendo.
Paula se levantó furiosa.
-¡Lárgate de aquí! ¡No sé cómo pude enamorarme de tí! ¡Eres despreciable! ¡Vete! Ya me has hecho mucho daño, puedes estar satisfecho.
Él se asombró incrédulo.
-¡Estás enamorada de Alfonso!
-Sí.
-¡Dios mío! ¡Pobre Paula! -exclamó burlonamente y se marchó.
Se hizo un tenso silencio. Ningún movimiento salía de la oficina de Pedro, que había dejado de hablar por teléfono. Paula quiso llamar a la puerta. pero no se atrevió a hacerlo.
-¿Puedo entrar? Andrea asomó la cabeza, estaba radiante: era evidente que sus primeras semanas de matrimonio habían sido un éxito. Entró directamente a saludar a Paula.
-Ya me han contado que no se debe entrar sin llamar a una habitación donde están juntos Pedro y tú.
Paula sonrió, no quería disgustar a Andrea, la muchacha estaba muy contenta.
-¿En serio? ¿Y quén te lo ha contado?
-Claudio -rió Andrea-. Fuimos a verle ayer. Está muy bien, mejor que hace meses.
-Sí -asintió Paula.
-Claro que Gabriel se enfadó porque no se lo dijo, pero yo le admiro, ha tenido mucho valor -Andrea se sentó-. Mi marido está hablando con Pedro por teléfono ahora.
Paula sabía que no. La conversación había terminado hacía unos minutos, y Pedro permanecía en su oficina. ¿Qué estaría haciendo?
-¿Qué te parece tu nuevo jefe? -preguntó bromeando.
-Me gusta.
-Claudio piensa que hay algo más -Andrea la miró inquisitiva. Su sonrisa era brillante.
-No lo creo. Prefiere que tú trabajes para él.
-¿En serio? -preguntó su amiga, confundida.
-Sí. ¿Te importaría?
La otra muchacha se encogió de hombros.
-La verdad no. Sin embargo, Gabriel decide. Yo...
La puerta se abrió y por fin salió Pedro totalmente irreconocible, no era el hombre que la había tenido en brazos esa mañana. Estaba pálido, su mirada era fría y en sus ojos se reflejaba una profunda tristeza. Contestó al alegre saludo de Andrea con una brusquedad que la dejó pasmada durante unos segundos, y la hizo escapar enseguida. Paula se sintió obligada a decir algo.
-Pedro, yo...
-¿Quieres pasar? -dió un paso atrás y abrió la puerta para que ella entrara.
-Oh, Pepe...
-Debes esperar hasta que estemos en la oficina para decir algo- estaba muy enfadado.
Pasó junto a él y se sentó en una silla, mientras Pedro se paseaba por la habitación. La chica retorció las manos, nerviosa.
-¿Es inútil pensar que es mentira, no es así? -la voz de él rompió el silencio.
-Sí -afirmó Paula con voz entrecortada.
-¿Por qué no me lo dijiste? No, déjame adivinar. Si yo hubiera sabido quién eras jamás habrías podido llevar a cabo tu venganza. ¿No es así? -preguntó con dureza.
-No -Paula tenía la vista clavada en las manos.
-Así que no niegas que te acercaste a mí con la idea de la venganza en la mente.
-No. Pero...
-¿Y lo de anoche? ¿También fue parte de la venganza?
Levantó los ojos para mirarle con dolor.
-No -dijo con voz suplicante.
-¿No? -repitió, mirándola con frialdad, no había rastro del amor de horas antes-. ¿No fue para asegurarte de que cuando me clavaras el cuchillo, revelándome tu identidad yo sintiera la agonía de perderte?
-No...
-Pues ya he conocido la agonía, Paula. Anoche pensé tener en mis brazos a la mujer que amaba y que me amaba, y sin embargo fuiste tan cruel que me diste tu virginidad para hacer mi dolor más grande. La miró despectivamente.
La Venganza: Capítulo 34
David cerró la puerta y se dirigió hacia donde ella estaba. Casi no había cambiado; llevaba el pelo muy corto, como antes, y seguía estando muy delgado, sólo unas finas arrugas en su frente evidenciaban el paso de los años. Le pareció un extraño. ¿Cómo habla sido posible que el amor que sintiera por él en el pasado la empujara a tomar aquella extraña revancha contra Pedro? Era guapo, pero tenía un aire se sumisión que le hacía parecer mediocre.
-¡David! -asintió distante.
-Paula-su tono de voz era cortante-. ¿Sabes por qué estoy aquí?
La chica hizo una mueca, aunque no quiso dejarle entrever la pena que había en su corazón.
-No es difícil adivinarlo -y era verdad. David se había sentido humillado cinco años atrás y no era un hombre que olvidara fácilmente.
-No -comentó mirando de manera insolente su cuerpo-. Estás más bella que nunca -le dijo como si el haberlo descubierto le causara sorpresa.
Ella se asombró al ver brillar en sus ojos una emoción que le era muy familiar. David seguía amándola y, sin embargo, había ido allí. con el único propósito de arruinarle la vida.
-¿Fuiste tú quien me fue a buscar ayer?
-Sí -asintió-. Habías salido con Alfonso, eso me dijo tu compañera. ¿Alfonso, Paula? -se burló-. ¡Jamás imaginé que elegirías a Pedro! En una ocasión me dijiste muy claramente lo que pensabas de él.
Sus mejillas se tiñeron de rojo al recordar la conversación. Fuera de sí Paula le había dicho a David y a su padre que siempre odiaría a Horacio Alfonso.
-Ahora pareces estar enamorada de su hijo -se burló David-. Y me resulta muy difícil creerlo. ¡Y también a él!
Paula palideció tan rápidamente como se había ruborizado minutos antes.
-¿Qué le has contado?
-Sólo la verdad -dijo David, sentándose en el borde de la mesa-. Tu único propósito era vengarte de su padre.
-¿Y te ha creído? -escuchó el murmullo de Pedro en la oficina, hablando con alguien por teléfono. Probablemente la echaría.
-Por supuesto -le confirmó David con desprecio-. Es la verdad, ¿O no?
-Sí. ¿Margarita me reconoció? -preguntó en voz baja.
-Sí. Me lo dijo cuando regresé de mi viaje de bodas el fin de semana pasado.
-Tu esposa es muy bella -comentó, consciente de que Pedro seguía hablando por teléfono en la otra habitación.
-Sí. Su padre es Lord Maughan.
-Eso leí.
Paula se preguntó en qué estaría pensando Pedro en esos momentos, por qué no había salido a pedirle una explicación, lo que hubiera sido propio de su carácter. Pero la puerta que había entre las oficinas permanecía firmemente cerrada.
-Es un juez, sabes -agregó David.
No, no lo sabía, pero sí sabía que se casaría por interés. Paula se daba cuenta de que ella había sido una de sus debilidades. David era ambicioso y el tener un juez como suegro, le daría gran impulso a su carrera. Era posible que estuviera encaminando ya los pasos de su profesión en esa dirección.
-Me alegro por tí-exclamó con indiferencia.
Él asintió, sin darse cuenta del sarcasmo de ella.
-Carla es una esposa excelente.
-¡Qué bien!
-¿De verdad te alegra? -la miró fríamente-. Me hiciste mu cho daño hace cinco años.
-Y quieres devolverme el golpe.
-Sí -David se levantó arreglándose los puños de la camisa.
-Ya has encontrado tu felicidad.
-Sí -se inclinó para mirarle el rostro-, pero no sabes los deseos que tengo de que hubiera sido contigo-. Te amo,Pau como nunca amé a nadie, incluyendo a Carla. Quizá cuando estés libre de Alfonso.
-¿Sí? No podía creer lo que estaba escuchando. No podía creer que quisiera humillarla de esa manera.
-No hay razón para que tú y yo no nos veamos -dijo David suave-. Si a los dos nos apetece.
-¡David! -asintió distante.
-Paula-su tono de voz era cortante-. ¿Sabes por qué estoy aquí?
La chica hizo una mueca, aunque no quiso dejarle entrever la pena que había en su corazón.
-No es difícil adivinarlo -y era verdad. David se había sentido humillado cinco años atrás y no era un hombre que olvidara fácilmente.
-No -comentó mirando de manera insolente su cuerpo-. Estás más bella que nunca -le dijo como si el haberlo descubierto le causara sorpresa.
Ella se asombró al ver brillar en sus ojos una emoción que le era muy familiar. David seguía amándola y, sin embargo, había ido allí. con el único propósito de arruinarle la vida.
-¿Fuiste tú quien me fue a buscar ayer?
-Sí -asintió-. Habías salido con Alfonso, eso me dijo tu compañera. ¿Alfonso, Paula? -se burló-. ¡Jamás imaginé que elegirías a Pedro! En una ocasión me dijiste muy claramente lo que pensabas de él.
Sus mejillas se tiñeron de rojo al recordar la conversación. Fuera de sí Paula le había dicho a David y a su padre que siempre odiaría a Horacio Alfonso.
-Ahora pareces estar enamorada de su hijo -se burló David-. Y me resulta muy difícil creerlo. ¡Y también a él!
Paula palideció tan rápidamente como se había ruborizado minutos antes.
-¿Qué le has contado?
-Sólo la verdad -dijo David, sentándose en el borde de la mesa-. Tu único propósito era vengarte de su padre.
-¿Y te ha creído? -escuchó el murmullo de Pedro en la oficina, hablando con alguien por teléfono. Probablemente la echaría.
-Por supuesto -le confirmó David con desprecio-. Es la verdad, ¿O no?
-Sí. ¿Margarita me reconoció? -preguntó en voz baja.
-Sí. Me lo dijo cuando regresé de mi viaje de bodas el fin de semana pasado.
-Tu esposa es muy bella -comentó, consciente de que Pedro seguía hablando por teléfono en la otra habitación.
-Sí. Su padre es Lord Maughan.
-Eso leí.
Paula se preguntó en qué estaría pensando Pedro en esos momentos, por qué no había salido a pedirle una explicación, lo que hubiera sido propio de su carácter. Pero la puerta que había entre las oficinas permanecía firmemente cerrada.
-Es un juez, sabes -agregó David.
No, no lo sabía, pero sí sabía que se casaría por interés. Paula se daba cuenta de que ella había sido una de sus debilidades. David era ambicioso y el tener un juez como suegro, le daría gran impulso a su carrera. Era posible que estuviera encaminando ya los pasos de su profesión en esa dirección.
-Me alegro por tí-exclamó con indiferencia.
Él asintió, sin darse cuenta del sarcasmo de ella.
-Carla es una esposa excelente.
-¡Qué bien!
-¿De verdad te alegra? -la miró fríamente-. Me hiciste mu cho daño hace cinco años.
-Y quieres devolverme el golpe.
-Sí -David se levantó arreglándose los puños de la camisa.
-Ya has encontrado tu felicidad.
-Sí -se inclinó para mirarle el rostro-, pero no sabes los deseos que tengo de que hubiera sido contigo-. Te amo,Pau como nunca amé a nadie, incluyendo a Carla. Quizá cuando estés libre de Alfonso.
-¿Sí? No podía creer lo que estaba escuchando. No podía creer que quisiera humillarla de esa manera.
-No hay razón para que tú y yo no nos veamos -dijo David suave-. Si a los dos nos apetece.
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