jueves, 22 de septiembre de 2016

Amor Salvaje: Capítulo 39

-¿Sabes que cuando te ríes se te alza la comisura del labio así? -le rozó la boca con el pulgar—. Nunca olvidaré la forma en que me sonreías la primera vez que te ví. Lo he intentado. Te estabas riendo de mí con tus ojos, esos ojos tan bonitos -gimió-. No podía creer que nadie pudiera estar tan increíblemente sensual sin realmente intentarlo. Pensé: ¿Quién diablos se cree que es? ¿Por qué está tan satisfecha de sí misma cuando yo estoy desquiciado?

-Quería que te rieras conmigo, Pedro, pero lo único que hiciste fue mirarme por encima del hombro.

A Pedro le aletearon las fosas nasales cuando ella estiró los brazos hacia él. El gesto fue tan grácil como todos lo que ella hacía y le inspiró un ciego deseo erótico. Movió las manos hacia sus caderas y enganchó los dedos en la cinturilla de sus bragas, un sedoso y diminuto pedazo de tela a juego con el sujetador de encaje, que era lo único que llevaba puesto. Paula se inclinó hacia adelante y enroscó los brazos alrededor de su cuello.

-Deseaba hacer esto entonces -jadeó él atrayéndola hacia sí hasta que sus senos rozaron contra su torso. La besó entonces con fiera desesperación dejándola sin resuello-. Quiero apretar cada pulgada de tu cuerpo -deslizó la mirada hacia sus senos. Los pezones eran visibles bajo el encaje transparente y Pedro lanzó un bramido antes de enterrar la cabeza para saborear la lustrosa y suave piel-. Saborear cada pulgada de tí.

Paula se sintió ahogar en una pesada ola de delicia sensual. Sus manos habilidosas se movían en arabescos sobre su espalda mientras los labios en sus senos la volvían frenética.

-A mí también me gustaría saborearte -murmuró ella con timidez.

-No necesitas permiso -le aseguró Pedro moviendo los dedos hacia los botones de la camisa-. Puedes hacer lo que te apetezca.

Una punzada de excitación le recorrió el cuerpo tembloroso.

-Déjame hacerlo a mí.

Los botones se deslizaron al instante bajo sus dedos y cuando apartó la tela se le contrajeron los músculos del estómago. ¡Dios, qué bello era! Deslizó la camisa por sus hombros y se apretó contra él abandonándose a la lujuriosa sensación de la piel contra la piel. Parpadeó cuando la hebilla de su cinturón se le clavó en el vientre.

-Deja que me quite esto -dijo Pedro rodando al borde de la cama.

De espaldas a ella se quitó los pantalones y los calzoncillos. Su espalda y sus nalgas eran firmes y tensas. Los músculos que se deslizaban con suavidad hacia sus muslos se flexionaron y abultaron cuando dió un par de pasos antes de darse la vuelta hacia ella.

Preparada como había estado a ver la flagrante imagen de un hombre en el culmen de su pasión primaria, verlo la dejó sin aliento. ¿Podría ser que las dimensiones de ella no fueran tan normales como pensaba o sería él?

-No creo que sea posible -jadeó mirándolo con fascinación-. Puede que yo no sea adecuada para la ocasión.

-¿Confías en mí? -preguntó Pedro reuniéndose con ella. Un especioso aroma emanó de su cuerpo caliente y los ojos le brillaron con ternura.

-Sí -dijo ella sin tener que pensarlo.

El placer y la salvaje satisfacción de su respuesta sincera se leyeron con claridad en la cara de él.

-Tócame -pidió cruzándose de brazos por encima de ella.

Paula deslizó los dedos por su torso, donde los músculos estaban claramente delineados, para bajarlos hacia su plano vientre.

-Muy bien, dulzura. No te pares...

Su ronca súplica animó su tentativa exploración. Con el labio inferior entre los dientes, Paula soltaba suaves gemidos cuando él respondía a sus masajes.

Cuando Pedro le capturó la mano y la apartó a un lado, ella lanzó un gemido de protesta que él ahogó con la boca. Cuando descendió hacia su cuerpo, descubrió con la boca y las manos todos sus puntos vulnerables. Le dijo con palabras y gestos lo preciosa y deseable que la encontraba. Cuando avanzó hacia la suave curva de su vientre y ella pensaba que ya había experimentado todas las sensaciones placenteras posibles, comprobó que se había equivocado.

-Creo que podemos prescindir de esto.

Las bragas sedosas se deslizaron por sus muslos y Pedro se arrodilló entre sus piernas para despojarla lentamente de las medias.

-Por favor, Pedro, por favor.

-Todavía no.

Sus manos se estaban moviendo por la suave y sedosa piel de sus muslos. Paula gimió cuando él paladeó la suave piel de la cara interna de su muslo. Los últimos atisbos de control la abandonaron cuando su lengua se movió más arriba, siguiendo el camino que habían trazado sus dedos que ya habían llegado al húmedo corazón de su frustración.

Paula estaba jadeando su nombre mientras su cuerpo se arqueaba de lado a lado. La tortura se detuvo inesperadamente.

-Te necesito, Pedro -medio sollozó ella.

-Yo también te necesito -aseguró él con firmeza. Entonces se arrodilló entre sus piernas abiertas y la levantó sin esfuerzo hasta sentarla en sus rodillas. Paula sintió el empuje de su deseo contra su bajo vientre y se apretó a él febril para aumentar el contacto. Se aferró con determinación a sus hombros para sujetarse.

-Eso es.

Alterando el ángulo de su cuerpo, Pedro la penetró lentamente y ella se abrió como una flor al sol. Una serie de contenidas sacudidas la dejaron ansiosa por aumentar la presión que le producía un placer tan delicioso.

-¿Es esto lo que quieres?

Los músculos de Pedro se inflaron al empujar más adentro en la receptiva humedad del corazón femenino.

-¡Sí! -gritó Paula triunfal.

Sus manos se aferraron a las musculosas nalgas de él y sus piernas se enroscaron alrededor de su espalda cuando se movieron los dos como si fueran uno. El repentino espasmo de placer fue salvaje. Paula perdió toda coordinación cuando las oleadas la sacudieron. Su alivio siguió enseguida al de ella y juntos cayeron en la cama fresca bajo sus cuerpos ardientes.

-¿A dónde crees que vas?

Paula se detuvo a medio camino de salir de la cama.

Amor Salvaje: Capítulo 38

¡Vaya, es preciosa! -dijo Paula animada mirando a su alrededor.

-Maravillosa -susurró Pedro quitándose la americana antes de la corbata para encender una de las lamparillas de mesa.

-¿Has estado aquí antes?

-Ven aquí, Pau.

Su voz era profunda y caliente y le desintegró las entrañas. Paula se quitó los zapatos de tacón alto y avanzó por la espesa moqueta.

-Apenas he cenado nada -contempló la figura inmóvil con una ambigua sensación de trepidación y anhelo-. ¿Qué pensará la gente?

-Pensarán que te he arrastrado aquí arriba porque no podía esperar un segundo más para hacerte el amor con pasión. Y antes de que lo menciones, creo que el decoro es insípido y no pienso ver la televisión.

-¡Yo no iba a decir eso! -gritó ella indignada.

-No estabas tan nerviosa abajo.

¡Dios! ¿Habría puesto muy altas sus expectativas? ¿Y si esperaba encontrarse a una experta seductora?

-Yo no he... recientemente... Creo que debería decirte... Oh, diablos -gimió retorciéndose la manos.

-¿Estás intentando decirme que eres virgen? -bromeó él para despejar un poco la tensión.

-Técnicamente no.

-¿Qué quiere decir eso? -preguntó Pedro con voz estrangulada.

Estaba alucinado, pero a la vez sentía un ansioso placer primitivo en ser el primero.

-Creo que te podría sorprender.

-No me sorprendo con facilidad.

-Cuando estaba en la danza tuve un amigo. Era bailarín, bastante famoso ahora. Entramos los dos en la compañía al mismo tiempo y empezamos a salir juntos - le dirigió una mirada de desafío-. Una noche estábamos en una fiesta y todo el mundo estaba emparejado. Acabamos en la cama juntos. Él había bebido demasiado y a mí me gustaba mucho. Cerró los ojos antes de continuar. No quería parecer que se estaba justificando.

-Si quieres saberlo, creo que sentía curiosidad. Quiero decir que todo el mundo hablaba de sexo y yo quería saber qué era lo que me estaba perdiendo. O sea que no soy virgen, o al menos no lo creo.

-¿No lo sabes con seguridad? -preguntó Pedro mirándola fascinado.

-Bueno, las cosas salieron desastrosas. Fue culpa mía. Lo estropeé todo.

-¿Y cómo lo estropeaste?

-Me reí a carcajadas. Supongo que estaba histérica. Y en el peor momento. No pude evitarlo. Todo me parecía tan ridículo. Después no volvió ni a hablarme, lo que es bastante difícil cuando tienes que bailar como pareja de una persona. Pensé que sería mejor advertirte que no estoy del todo desflorada.

Hubo un largo silencio.

-¿Por qué tienes los ojos cerrados?

-Porque me da mucha vergüenza.

-¿Siempre tienes que decir la verdad, Pau?

-No, siempre no -admitió ella con sinceridad-. Supongo que estás decepcionado. Pues la gente tendrá que aprender en algún momento u otro, ¿No? -terminó con desafío.

-Eso es indiscutible. Lo que me sorprende es que estés dispuesta a pasar por, ¿Cómo lo diría? por una experiencia tan ridícula de nuevo.

-No quedé emocionalmente dañada ni nada parecido. Sólo decidí poner la pasión que me sobrara en la danza. Me gustaría creer que aprendí algo de ello, pero no lo se con seguridad. El que te guste alguien no es suficiente, ¿Verdad?

-¿Yo no te gusto?

A pesar de su tono casual, Paula notó que le palpitaba un músculo del mentón.

-Sólo a veces -se chupó los labios resecos-. Sin embargo, nunca me resultas indiferente.

-¿Y eso es bueno?

Pedro  se acercó a ella tanto que no pudo evitar notar la urgencia de su excitación.

-No a las dos de la mañana, cuando no puedo dormir -murmuró ella con voz susurrante dejando caer la cabeza cuando los dientes de él le mordisquearon en la base del cuello.

Un profundo gemido vibró en la garganta de Pedro.

-La pregunta es -dijo él alzando la cabeza-, ¿Podrás pasar tu prueba o te reirás de mis esfuerzos?

-¿Quieres decir que la risa está prohibida?

Paula abrió mucho los ojos cuando la dobló por la cintura y la giró en un círculo completo.

-Eres increíblemente ágil -la levantó del suelo y la llevó a la cama-. Eso tiene infinitas posibilidades -comentó mientras la tiraba a la cama sin ceremonias.

Paula cayó riéndose, pero preguntándose si hablaría en serio.

-Eso tendremos que pararlo -dijo Pedro al unirse a ella.

El beso era algo elemental igual que la ligera expresión de la cara de Pedro. Cuando alzó la cabeza, ella lo miró sin aliento. Paula sentía los labios inflamados y todo el cuerpo tembloroso y anhelante por su contacto.

-No te estás riendo.

Pedro tuvo que hacer un gran esfuerzo de control para no despojarla de la ropa y tomar lo que le estaba ofreciendo. Se había sentido muy conmovido por su confesión. Ella no se guardaba nunca nada. Nunca había conocido a nadie como ella. Su oscuro secreto sólo había servido para acentuar lo inocente y vulnerable que realmente era. Su apariencia auto suficiente podría confundir a la gente a veces. Estaba decidido a enseñarle lo que era hacer el amor.

-No estoy segura de estar respirando siquiera.

Paula tocó su torso. El olor de él era salvajemente excitante. Todo en Pedro era excitante y le hizo lanzar un suspiro tembloroso.

-Sí, si estás. ¿Lo ves? -posó una mano sobre su seno y enroscó los dedos donde la tela se estiraba. Paula arqueó la espalda cuando él le chupó un pezón a través de la tela-. Creo que estás demasiado vestida -su lengua rodeó el círculo mojado de tela dejado por su boca y ella enterró los dedos en su pelo-. ¿La quitamos?

-Sí, por favor.

El vestido se deslizó sobre sus muslos y ella se retiró un poco cuando él tiró hacia arriba para sacárselo por los brazos. La prenda chocó contra la pared opuesta con el crujido de la seda.

-¡Dios santo! -bramó él agitado.

Paula estaba sentada y él arrodillado y lo único que tenía que hacer era estirarse. Tócame, gritaban los ojos de ella. ¡Tócame! Todo el cuerpo femenino vibraba de aguda necesidad.

Amor Salvaje: Capítulo 37

El restaurante del exclusivo hotel tenía un cálido e íntimo ambiente. La chimenea estaba encendida a pesar de la estación y los ventanales franceses estaba abiertos a la terraza donde la gente cenaba al aire libre.

-Nunca había estado aquí antes -comentó Paula después que el camarero les tomara nota-. Es muy bonito. No puedo soportar esos sitios donde está tan oscuro que apenas puedes ver la comida.

-Creo que las luces tenues son para producir un ambiente romántico.

-Me gustan las velas -dijo ella con voz ronca estirando la mano hacia las llamas.

-Me alegra oírlo -Pedro le atrapó la mano y le besó en la palma abierta con eróticos labios entreabiertos-. A mí también me gusta ver lo que estoy haciendo -insinuó con tono sensual.

-Lo has hecho ahora. No conseguiré comer nada -dijo ella con una débil sonrisa.

-¿Por qué?

-Porque tengo un nudo aquí.

Se tocó la base de la garganta donde brillaba la gargantilla de oro. Pedro le soltó la mano para rozar la zona indicada. Con una expresión de fascinación le palpó la vena azulada en el punto en que el corazón palpitaba desbocado.

-Me gustaría besarte ahí, y ahí, y ahí...

Su dedo descendió lentamente hasta reposar en el hueco entre sus senos.

-Pedro -susurró ella suplicante.

-Me gusta cuando dices mi nombre -susurró con voz erótica.

-Señor, señora.

Se separaron cuando el discreto camarero les sirvió la cena. Como había previsto, Paula no pudo hacer honor a la comida.

-¿Cómo están los gemelos? -preguntó Paula para introducir alguna normalidad en los procedimientos.

-Hiperactivos, pero ahora no quiero hablar de ellos. Dime, ¿Aceptaste venir porque te gustan mis niños?

-No.

-Entonces, ¿Por qué? ¿Qué revelación te hizo cambiar de idea? ¿O es algún plan para llevarme al límite?

-Me sentía mal sin verte -dijo sin la calma que había planeado-. ¡Dios, lo estoy haciendo todo mal! -exclamó mirando hacia la salida.

-Cálmate.

-Creo que estoy intentando decir que sí, que estoy preparada para comprometerme. Dijiste que la mejor forma de vencer una obsesión es enfrentarte a ella.

Pedro  pareció irritado.

-¿Y si me hubiera equivocado?

-¿Tú? ¿El gran Pedro Alfonso equivocado? Eso sería una contradicción.

-¿Y si consiguiera el efecto opuesto?

Paula  esbozó una débil sonrisa. Eso era lo que ella esperaba. Pedro tenía que ver que la horrible y depredadora Belén no era la mujer adecuada para él. Tenía que dejarle ver que ella lo amaba sin parecer posesiva. Un equilibrio delicado. Paula no creía que fuera una coincidencia que Pedro hubiera elegido a Belén. Ella no le conocía lo suficiente como para entrometerse en la parte de sí mismo que él quería mantener privada, así que una declaración demasiado directa le haría salir corriendo.

-¿Es esa tu forma de decirme que has cambiado de idea? ¿Que ya no quieres que seamos amantes?

-¿Cómo puedes preguntarme eso? -dijo él con incredulidad-. Desde luego, Pau, cuando bajas las barreras lo haces en serio.

-¿Voy demasiado rápida para tí? -la fiera mirada le hizo morderse la lengua-. ¡Ah!

-¿Qué te pasa?

-Me he mordido la lengua.

-No te preocupes. Yo te la besaré para que se cure.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó ella alarmada cuando Pedro se levantó y tiró de ella por el brazo.

La servilleta se le cayó al suelo cuando prácticamente la arrastró de la mesa.

-Te llevo a mi habitación. Perdona, ¿te he mencionado que había reservado una habitación aquí?

-No.

-¿Voy demasiado rápido para tí?

Su tono meloso estaba cargado de sarcasmo.

-El ascensor... - balbuceó ella cuando pasaron por delante.

-Si te meto en un ascensor, te haré el amor ahí mismo y aunque me gustaría prefiero más espacio para maniobrar.

-Las escaleras estarán bien -jadeó ella con una sonrisa nerviosa.

Aquello era lo que quería, ¿No? Jadeó para poder seguirle el apresurado paso.

martes, 20 de septiembre de 2016

Amor Salvaje: Capítulo 36

El video que había mencionado Belén era una coreografía de danza contemporánea que había creado para ella un joven coreógrafo. Sólo la había bailado una vez antes del accidente y había sido una exhibición privada para la compañía. Javier la había grabado y les había enviado la copia a sus padres. ¿Cómo la había conseguido Pedro?

-Era una historia de amor -dijo con debilidad.

Desde luego, no era el lago de los cisnes, pero no era pornográfica en absoluto. Era una simple historia sensible con un nivel que la había hecho crecer emocional, física y profesionalmente. Siempre sentiría pesar de no poder volver a interpretarla.

-Creo que será mejor que te vayas ahora -dijo cuadrando los hombros y mirándola fijamente.

-¿Quieres decir que aceptarás la invitación?

-Con mucho placer -el encuentro la había sacado del letargo en el que se había permitido sucumbir-. No iba a asistir, pero tú me has dado una perspectiva muy diferente de la situación. Iba a quedarme sentada y actuar como la típica heroína de una novela rosa esperando a que el héroe recuperara el sentido y acudiera rendido a sus pies. Me has recordado que yo no encajo nada bien en los clásicos papeles románticos. Mi técnica nunca fue lo bastante depurada. La interpretación apasionada siempre fue mi fuerte.

Lanzó una carcajada ante la confusión de la cara de la otra mujer.

-Lo que estoy intentando decirte, Belén, es que vas a tener pelea. Yo amo a Pedro y tú no. Aunque él no sienta lo mismo por mí, lo que está claro es que no necesita a gente como tú en su vida.

-Te arrepentirás de esto -dijo Belén claramente irritada por la declaración de guerra-. ¿Es que no tienes orgullo? -preguntó mientras Paula la acompañaba a la puerta.

-Tú llegaste aquí confiando en hacer mella en mis dudas y falta de autoestima, pero verás, no me siento inferior a tí.  Amo a Pedro y tú no, tú sólo quieres el tipo de vida y la posición social que podría darte.

-¿Entonces sabes de qué familia viene? -preguntó Belén con una sonrisa sarcástica-. Debería haberlo imaginado. Pero no creas que me rendiré sin luchar.

Paula cerró la puerta y se apoyó contra la sólida madera. Se fue resbalando hasta quedar sentada en el suelo apoyando la barbilla en las rodillas. Bueno, para lo bueno o para lo malo, había dejado claras sus intenciones. Belén no sabía cuánto de lo que había dicho era verdad, pero le había sentado de maravilla despojarse de aquel ridículo papel de víctima. ¿Qué habría querido decir con aquel comentario acerca de su familia? Bueno, no importaba. Tenía cosas más importantes que hacer, como elegir el vestido para la noche siguiente. Seda de color nácar fue lo que escogió por fin, un simple vestido que resaltaba sus finas y sutiles curvas. En el cuello se colgó una sencilla gargantilla de oro y al abrocharlo, notó que le estaban temblando las manos.

-Inspira con fuerza -dijo mirándose al espejo antes de lanzar una carcajada-. Primer síntoma de locura. Hablar contigo misma y responderte.

Dió un paso atrás para admirar la gargantilla contra la piel y asintió con satisfacción. Era el toque perfecto. El escote del vestido resaltaba la delicada estructura de su cuello y sus hombros y acentuaba la suave curva de sus senos. Se alisó la falda mientras se ponía unos zapatos de salón de color crema. «Bueno, será mejor que quede impresionado», pensó volviendo a pintarse los labios. Cuando sonó el timbre de la puerta recogió el chal de chifon y el bolso de la rama y corrió abajo.

Con el corazón desbocado miró por el panel de cristal alto y vió el brillo del pelo rubio.

-Hola, Pedro.

-El mensaje en mi contestador no era una broma, verdad?

Pedro  no parecía exactamente seducido por su sensual belleza, pero Paula intentó que eso no la alejara de su propósito, aunque no sabía muy bien cual era.

-Por supuesto que no.

Esbozó una sonrisa radiante que no disminuyó el brillo de sospecha de los ojos de Pedro, que iba vestido muy parecido a la primera vez que lo había visto. Estaba más atractivo de lo que ningún hombre tenía derecho a estar.

-Siento que mis padres no puedan acudir.

-¿Lo sientes?

-Bueno, si vas a empezar a ponerte pedante -dijo Paula totalmente exasperada por su falta de colaboración en su gran escena de seducción-. No lo siento. O al menos no lo sentía.

Pedro  apretó los labios y el humor apareció en sus ojos.

-Estaba casi seguro de que lo cancelarías. Si no recuerdas mal, no nos despedimos en muy buenos términos la última vez. Y ahora recibo una cálida bienvenida. Eres una mujer muy confusa, Paula Chaves.

-Hay gente que no se conforma con nada. ¿Has escuchado alguno de esos cuentos del Camino de Damasco?.

-Suena interesante. Ya me lo contarás más tarde -echó un vistazo a su reloj-. He reservado una mesa para las ocho -de repente se inclinó hacia adelante y rozó las puntas sedosas de su pelo corto-. ¿Te pones brillo? -era evidente que estaba fascinado por los detalles de su aspecto-. Vamos -dijo de forma abrupta.

Considerando que Paula tenía todas las intenciones de caldear aquella relación, se sintió completamente decepcionada por aquel breve comentario. Se desplomó en la tapicería de cuero del asiento del coche e inhaló para recuperar el aliento.

-¿He cerrado la puerta? -preguntó.

-Sí, estoy seguro ¿Te he mencionado que estás increíblemente guapa esta noche?

-Pues la verdad es que no.

-Si rectifico ahora, ¿Me perdonas?

-Lo pensaré. Cuando una chica se toma tantas molestias espera un poco de reconocimiento, ¿Sabes? He tardado horas, bueno, mucho tiempo, en arreglarme así. Sinceramente no sé como Valentina puede tener siempre ese glamour. Aunque claro, ella tiene mejores ingredientes básicos con los que trabajar.

-Probablemente, pero ella a mí no me produce deseos de despojarla de la ropa y revolverle el pelo.

-Entonces debes ser de los pocos hombres por debajo de los noventa a los que no les pasa.

La idea de Pedro fantaseando con ella fue más que suficiente para ponerle los nervios a flor de piel. Y ella que había esperado controlar la situación. ¡Qué ingenuidad!

Amor Salvaje: Capítulo 35

-¿Te has dado cuenta de que la gente siempre dice eso cuando está a punto de decir algo desagradable? -murmuró Paula apoyándose en el brazo del sofá. Vió que la otra mujer estaba mirando su mono de trabajo con expresión horrorizada-. He estado ordeñando. Vacas -añadió precipitada ante la mirada de incomprensión de Belén.

-Me preguntaba qué sería ese olor. ¿Puedo ir directa al grano?

-Me encantaría que lo hicieras.

«Cuanto antes sueltes lo que sea, antes me libraré de tí», pensó. No eran sólo los celos los que hacían que aquella mujer le resultara desagradable.

-Acerca de esa invitación a cenar.

-Tengo tantas...

Los labios de color escarlata se apretaron.

-La de Pedro.

-Ah, esa. La verdad es que...

-Te negarás, por supuesto.

Paula, que había estado a punto de hacerlo, dió marcha atrás. ¿Se le estaba pasando algo?

-¿Por supuesto?

-Creo que sería lo mejor para todos que lo hicieras.

-¿Lo mejor para quién? -preguntó Paula clavando con firmeza los talones en el suelo. ¿Quién se creía que era aquella Reina de Saba?

-Para todos los implicados. Sé que Pedro está agradecido a tus padres por sacarle del apuro y no podía por menos que enviar esa invitación, pero, francamente, por lo que me cuenta, sería bastante embarazoso para él que acudieras tú.

-¿Y qué es exactamente lo que Pedro te cuenta? -preguntó Paula con peligrosa calma.

-Bueno, para ser franca...

-Creo que de eso ya me has advertido. Suéltalo -la advirtió con rudeza.

-Pedro encuentra el hecho de que te estés lanzando a sus brazos bastante desagradable.

¿Él ha dicho eso?

-Desde luego lo daba a entender -confirmó Belén con sonrisa de lástima-. Pedro es un hombre muy atractivo. Muchas mujeres se sienten atraídas por él. No deberías sentirte tan mal por eso. Sé que pudo haber encontrado en tí una... novedad para empezar. Me lo contó. Sólo he creído que una palabra de cautela te podrá ahorrar mucho dolor más adelante.

-Me conmueve tu preocupación -Paula pretendía borrar al instante la imagen de víctima del amor-. Por supuesto, el interés personal no tiene nada que ver. ¿O sea que Pedro dejó muy claro que ya no se siente atraído por mí?

La risa de desdén de Belén le atacó los nervios a Paula.

-Me enorgullezco de conocer a Pedro muy bien.

-Desde luego que te enorgulleces -explotó Paula levantándose. Se quedó de pie con las manos en las caderas y los ojos brillantes de furia-. ¿Te pidió Pedro que vinieras aquí? ¿O ha sido idea tuya? ¿Estás segura de que no te sientes en lo más mínimo amenazada por mí?

-Si hubiera sido tu hermana Valentina, podría haber tenido motivos -observó Belén deslizando una mirada desdeñosa sobre Paula-. Pero tú no eres el tipo de mujer que él se toma en serio.

-Si hubiera sido mi hermana Valentina, ya te habría arrastrado sobre esa alfombra. Tiene un carácter diabólico -en ese momento le hubiera encantado ser Valentina y borrarle aquella desdeñosa sonrisa de la cara-. Déjame decirte una cosa, señorita Talbot. A mí no me dice nadie lo que tengo que hacer, ¡ Y mucho menos tú! Cualquiera creería que tienes miedo de la competencia.

Belén se sonrojó bajo la espesa capa de maquillaje.

-Sólo quería evitar que te pusieras en ridículo. Pedro nunca tomaría a alguien como tú en serio. Es demasiado consciente de su posición y sus responsabilidades.

¡Qué increíble snob era aquella mujer!, pensó Paula con incredulidad. Si pudiera hacer las cosas a su manera, borraría todo impulso humano decente, arruinaría su relación con los niños y reforzaría su tendencia a tomarse la vida demasiado en serio. ¿Podía dejar que pasara eso sin luchar?, pensó desairada.

-Si realmente piensas eso, ¿Por qué estás aquí?

-Pedro es demasiado caballero para decirte que te alejes de él. Papá siempre decía que era uno de esos caballeros naturales.

-Puede ser un caballero contigo, Belén, pero es un hombre conmigo -¿Qué estaba haciendo luchando por él como un gato de callejón?-. ¿Y de todas formas, por qué quieres casarte con él? Es evidente que no puedes soportar a los niños.

-Los niños están bien con una niñera o en un internado. Pedro se aburrirá pronto de ellos y comprenderá que es la solución ideal. Él y yo hacemos la pareja ideal. Papá siempre quiso que estuviéramos juntos.

-Eso lo comprendió Pedro con un poco de ayuda por su parte, supongo - comentó Paula con disgusto—. Y si tu papá quería que estuviesen juntos, ¿Por qué no los presentó antes de morirse? Si tu padre quería a Pedro, lo único que hubiera querido era protegerlo de tí.

Paula  comprendía ahora el papel que aquella venenosa mujer había jugado en el sentido de la responsabilidad de Pedro.

-Mi padrastro era un tonto, pero eso quedará entre tú y yo. Yo tengo alguna influencia sobre Pedro -continuó con una sonrisa triunfal-. Y cuando sea su esposa, aún tendré más. A Pedro le gusta que las cosas discurran con tranquilidad; tenemos el mismo estilo de vida. Y yo me voy a dedicar a él.

-No creo que Pedro, con todos sus defectos, se merezca eso -reflexionó Paula despacio con una mirada de desprecio.

-¡Por Dios bendito! No te pongas más patética de lo que ya estás -explotó Belén con expresión de disgusto-. Toda esa actuación maternal con los niños es nauseabunda y no engaña a nadie. Ya ví ese video. No parecías tan maternal entonces.

-¿Qué video? -preguntó Paula asombrada.

-Hazte la inocente si quieres -dijo Belén con tono desagradable-. No sé lo que pretendías al dárselo. Sobre todo cuando ya no puedes bailar más, ¿Verdad?

-¿Pedro tiene un video mío bailando? -preguntó Paula conmocionada y aturdida.

Amor Salvaje: Capítulo 34

-Hoy no. Tiene muchas cosas que hacer -dijo agarrando el plato limpio que le pasaba su madre. En vez de guardarlo en el armario, se lo quedó mirando largo rato.

-Marcos ha ido al pueblo a buscar los periódicos del domingo. Es un chico encantador -añadió con la mirada clavada en su hija.

-¿Qué? Ah, sí.

-Igual que su tío.

La atención de Paula se agudizó ante la cara demasiado inocente de su madre.

-Sólo de apariencia. Como tú has dicho, Marcos es adorable.

-Espero que no dispares sus hormonas diciéndoselo -le recomendó su madre con sequedad.

-¡Mira quién va a hablar! -explotó beligerante-. No se puede decir que tú seas el ejemplo del control precisamente.

-Creo que subiré a ayudar a Sofía a hacer las maletas-dijo Alejandra como si no hubiera pasado nada-. Perdona, Pedro, querido -murmuró al pasar a su lado.

-¿Se ha ido el chico amante?

-Si te refieres a Pablo, sí.

Por alguna inexplicable razón, Pedro estaba furioso, notó al ver cómo le palpitaba la mandíbula.

-No es adecuado para tí.

-¿Y qué te hace pensar en que tu juicio sea ley? Suponiendo que fuera asunto tuyo, para empezar.

-Estoy haciendo que sea asunto mío.

Paula estaba enfadada y confundida, pero aún así, podía reconocer los celos en cuanto los veía.

-¿Qué es lo que pasa, Pedro? ¿Tú me deseas, pero no quieres que nadie más lo haga?

-Sí, te deseo -dijo con rabia y frustración.

-Como una fuente de alivio -le acusó ella con amargura-, antes de dedicarte a algo serio, como casarte con Belén.

-Belén es irrelevante en esta conversación.

-Yo no diría tanto.

Pedro se acercó y posó las manos en sus hombros. Paula las sintió tan opresivas como el amor que escondía en su corazón.

-¿Qué es exactamente lo que te está ofreciendo Pablo? Es un hombre casado.

-De momento.

-¿Y qué diría si se enterara de que te has despertado en mi cama, en mis brazos?

Deslizó las manos para abarcar su cara.

-Supongo que se reiría. Después de todo, sólo fue una broma, ¿Verdad?

Con la expresión dura y distante, Pedro se quedó pálido. Toda su emoción parecía concentrada en los ojos. Quizá hubiera ido demasiado lejos al querer infligirle parte de la miseria que sentía ella.

-¿Es esto una broma? – preguntó besándola

«Una gran broma», pensó ella aturdida cuando Pedro alzó los labios de su boca inflamada.

-¿Y esto? -insistió con la boca implacable. Con fatal sutileza, consiguió una apasionada respuesta por parte de ella. Cuando su cabeza se alzó, Paula miró fascinada su expresión de triunfo—. Pues no parece que te estés riendo.

Paula parpadeó para apartar el velo de lágrimas que le empañaron los ojos. ¡Cómo podía ser tan cruel!

-No creo que hayas demostrado nada que los dos no sepamos. Lo único que has demostrado es lo que ya sé, que te importo un comino. ¡Sólo querías hacerme daño! ¿Estás satisfecho?

Vió una expresión de asombro en su cara al abandonar apresurada la cocina.

Paula tiró la carta a la papelera nada más leerla. Era un invitación formal a cenar para ella y para sus padres de Pedro.

Miró los dos dibujos infantiles que había guardado y se secó las lágrimas de los ojos. Al menos, como sus padres estaban fuera, tenía fácil la excusa. Sacó la carta de la papelera para anotar el número de teléfono impreso en el membrete. Llamaría para dejar un mensaje cuando estuviera segura de que él no estaría. ¡Cenar con Pedro! Debería haberse imaginado que rehusaría. Se puso la cazadora y corrió hasta el coche para irse al trabajo. Agitó la mano al granjero que cuidaba de su granja mientras sus padres estaban ausentes en una exhibición en el West End.

-Yo me encargaré de ordeñar esta tarde, José.

-Muy bien, Paula.

Esa tarde, cuando acabó de ordeñar y estaba a punto de disfrutar de un largo baño lujurioso, sonó el timbre de la puerta. ¿Quién podría ser?, se preguntó mirando con anhelo el agua caliente perfumada.

-Buenas tardes.

Paula se quedó mirando con asombro. Belén era la última persona que esperaba encontrar a su puerta.

-¿Puedo pasar?

Paula  recuperó los modales.

-Por supuesto, por favor -dijo agitada en contraste con la frialdad de la otra mujer-. Pasa al salón.

La otra mujer la siguió al acogedor salón y miró a su alrededor con una sonrisa de superioridad. Paula tenía la cabeza en un torbellino. ¿Qué estaba haciendo aquella mujer allí?

-¿Están tus padres en casa?

-No, no volverán hasta el sábado por la noche. Han ido de vacaciones a Londres. Todavía siguen intentando mantener el romance vivo.

-Me alegro de que estés sola. ¿Puedo ser sincera?

Amor Salvaje: Capítulo 33

Pablo llegó cuando estaban todos alrededor de la enorme mesa de la cocina desayunando. Cuando vio a los huéspedes puso cara de alucinado..

-Siento interrumpir, pero necesito hablar con Paula.

-Siéntate y desayuna con nosotros -le invitó su padre-. Paula apenas ha probado bocado.

Paula había esperado que su falta de apetito pasara inadvertida. Estaba segura de que los gemelos comentarían con inocencia lo que habían visto y tenía los nervios a flor de piel. Sofía  ya la había mirado con gesto especulativo cuando había vuelto a la habitación.

-La verdad es que es bastante urgente y me gustaría ver a Paula a solas.

-He terminado -anunció Paula con rapidez-. Vamos a dar una vuelta por el jardín -dijo apartando la silla.

-¡Estupendo!

Pablo  le dirigió una mirada de agradecimiento.

-Disculpen todos.

No pudo evitar dirigir la mirada hacia Pedro, que estaba sentado entre los gemelos, cada uno con un cojín bajo el trasero. Había perdido su aspecto profesional y llevaba unos vaqueros y una camiseta negra. El negro resaltaba su pelo rubio y piel morena y los vaqueros se amoldaban a sus caderas y muslos de una manera que le secaba la garganta.

Pedro no la estaba mirando, pero como si intuyera que ella tenía la vista clavada en él, ladeó la cabeza hacia ella. Su mirada era tan fría y hostil que Paula se estremeció. ¿Cómo se atrevía a condenarla?, pensó con furia.

Intentó apartar a Pedro de sus pensamientos mientras conducía a Pablo al jardín vallado de hierbas aromáticas que era el orgullo de su madre. Pablo  emanaba tensión por todos los poros de su cuerpo.

-¿Y bien?

-He estado pensando en lo que dijiste... acerca de mi matrimonio. Y tenías razón.

-¿Puedo ayudarte en algo?

-Esperaba que dijeras eso.

Pablo capturó sus manos entre las de él.

-El asunto es, Paula, que este fin de semana es el cumpleaños de la pequeña Emilia. Quería darle una sorpresa. A las dos.

-Parece un buen comienzo -dijo ella sin entender para qué necesitaba su ayuda.

-Mi madre se ha ido a Escocia a quedarse con la tía María. Son sus vacaciones anuales. Ha buscado a alguien para el estanco y yo me quedo en la casa en su ausencia. Es por motivos de seguridad. El seguro insiste.

-¿Quieres que te cuide la casa? ¿Eso es todo?

-Entonces, ¿Lo harás? -esbozó una sonrisa radiante y le dió un abrazo de oso-. ¡Eres un ángel!

-Pablo, ya he tenido un accidente hace poco como para que me rompas ahora las costillas.

-Perdona, ¿Crees que estoy haciendo lo correcto?

-Estoy segura.

Fue recompensada con una sonrisa que le recordó al chico que había sido en otro tiempo.

-En cuanto a lo otro -empezó con torpeza-. Odio que creas que te he estado utilizando... Siempre te he encontrado muy atractiva...

-Olvídalo. Yo ya lo he olvidado.

Lo vió alejarse y deseó que sus problemas tuvieran tan fácil solución.