Para Pedro estaba muy claro: Paula tenía serios problemas para asimilar el lío que se había organizado desde la escena de los reporteros. No podía obviar el hecho de que su falta de control era lo que había lanzado a Paula al centro del circo en el que él vivía. Pero la mujer que compartiera su vida tendría que ser capaz de aceptar eso. Por mucho que quisiera poder mantenerla al margen, le resultaría imposible. Lo que le preocupaba era si toda aquella inevitable intromisión de los medios podría acabar a lo largo de los años por afectar a la relación. «Dios santo, ¿por qué pienso ahora en eso? Necesito dejar de analizar y empezar a sentir. ¡Empieza a sentir, Pedro Alfonso! »
—La siguiente escena... —Pedro se volvió hacia Augusto Gibson, que estaba a su lado.
—¡Maravillosa habilidad la tuya!
—¿Cómo?
—Pensar y estar enamorado al mismo tiempo es algo que muy pocos elegidos se pueden permitir. Los miembros del equipo pensaban que hoy tendrían vacaciones...
—Quiero terminar esta película con una edad lo suficientemente razonable como para poder disfrutar de la vida.
—Sólo necesito una palabra para esa escena.
—¡Ya te he dado varias!
Paula había pasado una de las horas más duras de su vida laboral mientras trataban de poner en pie una escena de urgencias, en la que Javier tenía que hacer una traqueotomía. Él había hecho varios comentarios cortantes cuando no había recibido la respuesta que quería en el momento que quería. Además de aquello, el ensayo de aquel día parecía particularmente atractivo, pues prácticamente todo el equipo parecía estar allí. Había muchas conversaciones que cesaban en el momento en que ella se acercaba. Eran el centro de todas las miradas.
Al final de aquellos sesenta minutos Paula ya había empezado a dudar de sus palabras de amor. Alguien que la trataba así no podía amarla. Su frialdad era innecesaria, aunque, desde luego, nadie podría decir que mostrara favoritismo alguno por ella.
—Tenemos que hablar, en privado.
—Sí, supongo que sí.
—A las siete y media en la caravana —dijo él y, sin esperar respuesta alguna, se marchó.
Paula todavía no se había recobrado cuando se topó con Candela Gilmour, la maquilladora.
—¡Perdona! —dijo—. No te había visto. ¿Sabes dónde está tu hermana?
Candela tenía una de esas voces de niña desvalida que parecen gustar tanto a los hombres. Pero a Paula no le daba ninguna confianza, pues sus ojos guardaban un rencor infinito.
—Te estaba buscando la última vez que la ví.
—¡Qué fastidio! Sé exactamente por lo que estás pasando.
Paula la miró sorprendida.
—¿Perdón?
—Yo he estado en la misma situación que tú, con Pedro.
La expresión de Paula no invitaba a su contertulia a seguir la conversación, pero, a pesar de todo, insistió.
—Sé que no es asunto mío.
Estaba claro que Candela no se había topado con ella accidentalmente. Celos: esa era la palabra clave.
Candela sonrió compasivamente y le dió unas palmaditas en el brazo.
—Vas a necesitar a todos tus amigos. Parece cálido y amable. Pero la realidad es que no tiene corazón. Utiliza a la gente, especialmente a las mujeres.
Durante unos instantes Paula se sintió atrapada por el miedo. ¿Había estado ciega por segunda vez en su vida? Pero esa sensación sólo duró unos segundos.
—Gracias por la información, pero si necesitara saber algo más sobre Pedro se lo preguntaría a él.
Ya tenía bastante con sus propias dudas y problemas, como para tener que ocuparse de los celos de una tercera persona.
La ciega confianza que de que Paula hacía alarde le encendió el rostro a Candela.
—¿Y piensas que te lo diría? Te crees que lo sabes todo sobre él, ¿verdad? Entonces te habrá contado lo de su hijo —una sonrisa maliciosa se dibujó en su cara—. No me sorprende que no lo sepas; nadie lo sabe. Por supuesto, no se casó con la madre. No le gustaría que la gente lo supiera. Estropearía su imagen.
—No te creo —dijo rápidamente Paula.
—Ve a preguntárselo.
—Deja de moverte innecesariamente —le dijo Pedro a un actor—. Estamos todos cansados y hambrientos. ¡Vamos! ¡Acción!
Paula ignoró las advertencias de que estaban rodando. Irrumpió el plató como una fiera.
—¡Quiero hablar contigo!
—¡Corten!
jueves, 18 de agosto de 2016
El Secreto: Capítulo 22
Delfina se levantó y se marchó.
—Siente la presión —dijo Paula.
—Se las arreglará. Es fuerte.
—No tienes corazón —respondió ella.
—Y tú eres su hermana, no su madre —le respondió con una franqueza brutal.
Aquel comentario hizo que palideciera. La expresión de animalito herido conmovió a Pedro. Le agarró las manos.
—¿Qué he dicho? —preguntó él confuso.
—Nada, nada —respondió ella. Su sórdido pasado la había golpeado. Estuvo tentada de contarle lo que tiempo atrás le había sucedido, pero se contuvo. No era el tipo de historias que se contaban a alguien a quien probablemente no volvería a ver en semanas. Sus vidas tampoco volverían a cruzarse después del rodaje. A pesar de que estaba resultando interesante, estaba ansiosa por volver a su ambiente.
—Creo que Delfina y tú deberían salir de esta casa.
—¿Por qué? —sus palabras la habían traído de vuelta al presente.
—Ahora los medios de comunicación saben que estás aquí y no te van a dejar en paz. Creo que Lucas debería ofreceros su santuario para vivir hasta el final de la película. Es una inmensa mansión rodeada por una gran muralla y vigilada día y noche.
—Pero suena espantoso, como una prisión.
—Es una prisión muy lujosa —le aseguró Pedro—. Y, al menos, eso te asegurará que no habrá ninguna sorpresa desagradable como la de hoy.
—¿Y la película? ¿Se verá afectada? —preguntó ella.
—Dicen que no existe algo llamado mala publicidad.
Paula se dió cuenta de que, a pesar de sus palabras, el incidente le preocupaba. Si ella se hubiera callado, nada de aquello habría sucedido... Tal vez, acabaría por afectar también a su relación.
—¿Te quedas esta noche? —le preguntó ella.
—No creo que sea buena idea —respondió él.
—Bien —no estaba dispuesta a rebajarse y suplicar. También él podría haber sugerido que se fuera con él al yate. El hecho de que no lo hubiera hecho decía mucho sobre toda la situación—. Puedo entender que Delfina necesita protección, pero no entiendo por qué yo también la necesito. ¿No podría quedarme aquí?
—¿Después de mi estelar actuación allí fuera? ¡Vamos, Pauli! Sabes lo que va a decir la gente.
—¿Y qué van a decir? —no podía pensar, sólo quería estar con él. Un impulso irracional casi la llevó a agarrarse de su pierna.
—Dirán que Pedro Alfonso está enamorado de tí.
—¿Y tendrán razón o no? —susurró ella desconcertada.
—Sí —no había ironía, no había burla. Era una respuesta sincera, real.
Paula se quedó paralizada, sin habla. Para cuando recobró la capacidad de hablar ya estaba sola y no había en la habitación nada más que el eco de la puerta que se acababa de cerrar.
¿Cómo podía haberle dicho eso y haberse marchado así? ¿No tenía corazón? «Si me quiere, ¿por qué demonios no está aquí para hacer algo al respecto?» Se dirigió a la habitación de Delfina.
—Pepi, ¿estás despierta? —Paula abrió la puerta de la habitación.
—No, la verdad es que no lo estaba, pero ahora ya lo estoy.
—Perdona, no debería molestarte.
—Vamos, pasa y siéntate.
—Si no hablo con alguien, voy a explotar —le confesó Paula. —No sé si te has dado cuenta, pero Pedro y yo...
—Sí, me he dado cuenta.
—La cuestión es que le he preguntado si me ama....
Delfina abrió los ojos alarmada.
—¿Que hiciste qué?
—Le pregunté si me amaba.
—Y siempre pensé que la bocazas de la familia era Maca—miró a su hermana con ansiedad—. ¡Vamos, dí algo, el suspenso me está matando!
—Sí... quiero decir, dijo que sí, que me amaba.
—¡Vaya! —Delfina la miraba boquiabierta—. ¿Y?
Por supuesto, era verdad que cuando salió con Pablo, ella no era más que una adolescente, lejos de casa. Pablo era un profesor adulto, con plena responsabilidad sobre sus actos. Jamás le dijo que estuviera casado. Después de una intensa relación, Paula se quedó embarazada. Cuando se lo contó, alegre por compartir la noticia, él negó que el bebé fuera suyo, la acusó de que pudiera ser de cualquiera. La humillación y la pena consiguieron que ella acabara perdiendo el bebé a las pocas semanas. Aquel episodio sólo lo conocían las tres hermanas y nunca había vuelto a salir a la luz desde entonces.
Pero lo que torturaba a Paula era la sensación de que el bebé había sufrido su desamor y por eso no había nacido. Ella entonces había temido que cada vez que mirara a aquel inocente le recordara a Pablo y, de algún modo, eso la había hecho traicionar a su propia sangre.
—Siente la presión —dijo Paula.
—Se las arreglará. Es fuerte.
—No tienes corazón —respondió ella.
—Y tú eres su hermana, no su madre —le respondió con una franqueza brutal.
Aquel comentario hizo que palideciera. La expresión de animalito herido conmovió a Pedro. Le agarró las manos.
—¿Qué he dicho? —preguntó él confuso.
—Nada, nada —respondió ella. Su sórdido pasado la había golpeado. Estuvo tentada de contarle lo que tiempo atrás le había sucedido, pero se contuvo. No era el tipo de historias que se contaban a alguien a quien probablemente no volvería a ver en semanas. Sus vidas tampoco volverían a cruzarse después del rodaje. A pesar de que estaba resultando interesante, estaba ansiosa por volver a su ambiente.
—Creo que Delfina y tú deberían salir de esta casa.
—¿Por qué? —sus palabras la habían traído de vuelta al presente.
—Ahora los medios de comunicación saben que estás aquí y no te van a dejar en paz. Creo que Lucas debería ofreceros su santuario para vivir hasta el final de la película. Es una inmensa mansión rodeada por una gran muralla y vigilada día y noche.
—Pero suena espantoso, como una prisión.
—Es una prisión muy lujosa —le aseguró Pedro—. Y, al menos, eso te asegurará que no habrá ninguna sorpresa desagradable como la de hoy.
—¿Y la película? ¿Se verá afectada? —preguntó ella.
—Dicen que no existe algo llamado mala publicidad.
Paula se dió cuenta de que, a pesar de sus palabras, el incidente le preocupaba. Si ella se hubiera callado, nada de aquello habría sucedido... Tal vez, acabaría por afectar también a su relación.
—¿Te quedas esta noche? —le preguntó ella.
—No creo que sea buena idea —respondió él.
—Bien —no estaba dispuesta a rebajarse y suplicar. También él podría haber sugerido que se fuera con él al yate. El hecho de que no lo hubiera hecho decía mucho sobre toda la situación—. Puedo entender que Delfina necesita protección, pero no entiendo por qué yo también la necesito. ¿No podría quedarme aquí?
—¿Después de mi estelar actuación allí fuera? ¡Vamos, Pauli! Sabes lo que va a decir la gente.
—¿Y qué van a decir? —no podía pensar, sólo quería estar con él. Un impulso irracional casi la llevó a agarrarse de su pierna.
—Dirán que Pedro Alfonso está enamorado de tí.
—¿Y tendrán razón o no? —susurró ella desconcertada.
—Sí —no había ironía, no había burla. Era una respuesta sincera, real.
Paula se quedó paralizada, sin habla. Para cuando recobró la capacidad de hablar ya estaba sola y no había en la habitación nada más que el eco de la puerta que se acababa de cerrar.
¿Cómo podía haberle dicho eso y haberse marchado así? ¿No tenía corazón? «Si me quiere, ¿por qué demonios no está aquí para hacer algo al respecto?» Se dirigió a la habitación de Delfina.
—Pepi, ¿estás despierta? —Paula abrió la puerta de la habitación.
—No, la verdad es que no lo estaba, pero ahora ya lo estoy.
—Perdona, no debería molestarte.
—Vamos, pasa y siéntate.
—Si no hablo con alguien, voy a explotar —le confesó Paula. —No sé si te has dado cuenta, pero Pedro y yo...
—Sí, me he dado cuenta.
—La cuestión es que le he preguntado si me ama....
Delfina abrió los ojos alarmada.
—¿Que hiciste qué?
—Le pregunté si me amaba.
—Y siempre pensé que la bocazas de la familia era Maca—miró a su hermana con ansiedad—. ¡Vamos, dí algo, el suspenso me está matando!
—Sí... quiero decir, dijo que sí, que me amaba.
—¡Vaya! —Delfina la miraba boquiabierta—. ¿Y?
Por supuesto, era verdad que cuando salió con Pablo, ella no era más que una adolescente, lejos de casa. Pablo era un profesor adulto, con plena responsabilidad sobre sus actos. Jamás le dijo que estuviera casado. Después de una intensa relación, Paula se quedó embarazada. Cuando se lo contó, alegre por compartir la noticia, él negó que el bebé fuera suyo, la acusó de que pudiera ser de cualquiera. La humillación y la pena consiguieron que ella acabara perdiendo el bebé a las pocas semanas. Aquel episodio sólo lo conocían las tres hermanas y nunca había vuelto a salir a la luz desde entonces.
Pero lo que torturaba a Paula era la sensación de que el bebé había sufrido su desamor y por eso no había nacido. Ella entonces había temido que cada vez que mirara a aquel inocente le recordara a Pablo y, de algún modo, eso la había hecho traicionar a su propia sangre.
El Secreto: Capítulo 21
Delfina abrió la puerta y, por fin, desaparecieron en su interior. Hubo un silencio dentro de la casa. Delfina miraba primero a uno y luego a otro. De pronto, no pudo más y soltó una gran carcajada.
—¡Dios santo, Pedro! —continuó riéndose—. Lucas siempre dice que no conoce a nadie que se enfrente mejor a la prensa que tú. ¡ Acabas de eclipsar a Daniela!
Una hora después, todos los reporteros habían desaparecido.
Paula entró en la cocina, recién duchada, con un albornoz blanco. Se sentó a la mesa con ellos.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó su hermana.
Paula asintió.
Parecía que a Delfina y a Pedro no les hubiera afectado el incidente. Sin embargo, ella estaba temblorosa. Agarró la taza de café. Por lo menos, ya tenía el pulso firme.
—¿Quieres un poco?
Paula miró con sorpresa a su hermana, que se estaba sirviendo un poco de whisky. De modo que la sangre fría no era del todo cierta. Eso la hacía sentir un poco mejor. Después de todo, el resto de los mortales también eran vulnerables como ella.
—Terminas acostumbrándote —dijo Pedro. Paula no estaba segura de si el comentario iba dirigido a ella o a su hermana.
—No sé si quiero —le dijo.
—Es fatal dejar que te influyan hasta el punto de perder el control.
¿Y él le estaba diciendo eso?
Lo miró a los ojos. Sí, era consciente de lo que había hecho.
—Aquel tipo se lo merecía. Se estaba aprovechando...
Realmente sólo le había tocado el brazo, pero Paula no lo corrigió. La idea de que la hubiera defendido de aquel modo le gustaba. ¿Sería posible que los sentimientos de Pedro fueran realmente profundos? Pero no le había dicho que lo fueran, no le había dicho que la quisiera. Muy al contrario, la premisa bajo la cual había comenzado su relación había sido que cualquiera de los dos podría acabarla, que no había ataduras. Pero ella no quería acabarla. «Entonces, ¿por qué has hecho eso por mí? ¿Me amas?» Por un momento, pensó que había dicho aquellas palabras en alto.
Pedro la miró y ella se ruborizó. Rápidamente, se dirigió a su hermana.
—¿Nos vas a explicar de qué va todo esto? —le preguntó con más brusquedad de la que habría querido—. ¿Qué hay entre Lucas y tú, Pepi? Él no estaba aquí cuando lo necesitabas.
Delfina miró a su hermana, luego a Pedro.
—He prometido no decírselo a nadie, pero supongo que...
—Supónlo, porque no te vas a levantar de esa mesa sin haberlo aclarado todo — replicó Paula.
—Me da la impresión de que Pedro ya lo ha adivinado.
—Más o menos.
—¡Pues es un afortunado, yo estoy perpleja!
Delfina apoyó los brazos en la esa.
—Lucas quiere dejar a Daniela... pero no por mí. Lucas está enamorado de otra persona... de Ivana. ¿La conoces?
Paula asintió.
Nada podía sorprenderla ya. Ivana era una mujer de unos treinta y tantos, con el pelo castaño y una bonita sonrisa. Era totalmente diferente a Daniela.
—Llevan viéndose un año —continuó Delfina—. Lucas y Daniela llevan años viviendo sus vidas por separado.
A pesar de todo, Lucas sabía cómo iba a reaccionar Daniela. A él le daba igual, pero Ivana tiene un hijastro.
—¿Es eso un problema? —preguntó Paula sarcásticamente. ¿Por qué, sencillamente, no contaba la historía.
—Está metido en política, Pauli—intervino Pedro. Delfina lo miró sorprendida—. Está a punto de obtener un puesto relevante. Pero tiene cierta oposición. Cualquier escándalo podría arruinar su carrera.
—De modo que tú lo que hacías era desviar la atención de la prensa. Los dos lo sabían. ¡Es fantástico comprobar que la gente confía en tí!
—No, yo no sabía con certeza nada. Pero cuando tú me dijiste que Delfina aseguraba no tener una relación con Lucas, me puse a investigar. Además, llegó un momento en que, al menos para mí, resultaba excesivo el despliegue que él hacía para que todo el mundo pensara que tenía un lío con Delfina. Pero lo que de verdad pasaba no lo he sabido hasta ahora mismo.
—Cómo si yo tuviera intenciones de gritarlo a los cuatro vientos! —dijo Paula muy indignada—. Podrías haber confiado en mí. Estaba realmente preocupada por tí. Desde mi punto de vista, Lucas te ha utilizado.
—Un poco de cotilleo no daña a nadie —dijo Delfina con una medio sonrisa—. Además, dentro de unas semanas la verdad saldrá a la luz y ya no importará lo sucedido. Llamaré a papá y a mamá para advertirles.
—Comprenderán lo sucedido —respondió Paula.
—Ese es el problema, siempre lo entienden todo. Eso me hace sentir como si fuera una rata. ¿Por qué no tendremos unos padres de esos que te hacen la vida imposible? Es una tortura intentar estar a la altura de un amor incondicional. Bueno, me voy dormir. Hasta mañana.
—¡Dios santo, Pedro! —continuó riéndose—. Lucas siempre dice que no conoce a nadie que se enfrente mejor a la prensa que tú. ¡ Acabas de eclipsar a Daniela!
Una hora después, todos los reporteros habían desaparecido.
Paula entró en la cocina, recién duchada, con un albornoz blanco. Se sentó a la mesa con ellos.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó su hermana.
Paula asintió.
Parecía que a Delfina y a Pedro no les hubiera afectado el incidente. Sin embargo, ella estaba temblorosa. Agarró la taza de café. Por lo menos, ya tenía el pulso firme.
—¿Quieres un poco?
Paula miró con sorpresa a su hermana, que se estaba sirviendo un poco de whisky. De modo que la sangre fría no era del todo cierta. Eso la hacía sentir un poco mejor. Después de todo, el resto de los mortales también eran vulnerables como ella.
—Terminas acostumbrándote —dijo Pedro. Paula no estaba segura de si el comentario iba dirigido a ella o a su hermana.
—No sé si quiero —le dijo.
—Es fatal dejar que te influyan hasta el punto de perder el control.
¿Y él le estaba diciendo eso?
Lo miró a los ojos. Sí, era consciente de lo que había hecho.
—Aquel tipo se lo merecía. Se estaba aprovechando...
Realmente sólo le había tocado el brazo, pero Paula no lo corrigió. La idea de que la hubiera defendido de aquel modo le gustaba. ¿Sería posible que los sentimientos de Pedro fueran realmente profundos? Pero no le había dicho que lo fueran, no le había dicho que la quisiera. Muy al contrario, la premisa bajo la cual había comenzado su relación había sido que cualquiera de los dos podría acabarla, que no había ataduras. Pero ella no quería acabarla. «Entonces, ¿por qué has hecho eso por mí? ¿Me amas?» Por un momento, pensó que había dicho aquellas palabras en alto.
Pedro la miró y ella se ruborizó. Rápidamente, se dirigió a su hermana.
—¿Nos vas a explicar de qué va todo esto? —le preguntó con más brusquedad de la que habría querido—. ¿Qué hay entre Lucas y tú, Pepi? Él no estaba aquí cuando lo necesitabas.
Delfina miró a su hermana, luego a Pedro.
—He prometido no decírselo a nadie, pero supongo que...
—Supónlo, porque no te vas a levantar de esa mesa sin haberlo aclarado todo — replicó Paula.
—Me da la impresión de que Pedro ya lo ha adivinado.
—Más o menos.
—¡Pues es un afortunado, yo estoy perpleja!
Delfina apoyó los brazos en la esa.
—Lucas quiere dejar a Daniela... pero no por mí. Lucas está enamorado de otra persona... de Ivana. ¿La conoces?
Paula asintió.
Nada podía sorprenderla ya. Ivana era una mujer de unos treinta y tantos, con el pelo castaño y una bonita sonrisa. Era totalmente diferente a Daniela.
—Llevan viéndose un año —continuó Delfina—. Lucas y Daniela llevan años viviendo sus vidas por separado.
A pesar de todo, Lucas sabía cómo iba a reaccionar Daniela. A él le daba igual, pero Ivana tiene un hijastro.
—¿Es eso un problema? —preguntó Paula sarcásticamente. ¿Por qué, sencillamente, no contaba la historía.
—Está metido en política, Pauli—intervino Pedro. Delfina lo miró sorprendida—. Está a punto de obtener un puesto relevante. Pero tiene cierta oposición. Cualquier escándalo podría arruinar su carrera.
—De modo que tú lo que hacías era desviar la atención de la prensa. Los dos lo sabían. ¡Es fantástico comprobar que la gente confía en tí!
—No, yo no sabía con certeza nada. Pero cuando tú me dijiste que Delfina aseguraba no tener una relación con Lucas, me puse a investigar. Además, llegó un momento en que, al menos para mí, resultaba excesivo el despliegue que él hacía para que todo el mundo pensara que tenía un lío con Delfina. Pero lo que de verdad pasaba no lo he sabido hasta ahora mismo.
—Cómo si yo tuviera intenciones de gritarlo a los cuatro vientos! —dijo Paula muy indignada—. Podrías haber confiado en mí. Estaba realmente preocupada por tí. Desde mi punto de vista, Lucas te ha utilizado.
—Un poco de cotilleo no daña a nadie —dijo Delfina con una medio sonrisa—. Además, dentro de unas semanas la verdad saldrá a la luz y ya no importará lo sucedido. Llamaré a papá y a mamá para advertirles.
—Comprenderán lo sucedido —respondió Paula.
—Ese es el problema, siempre lo entienden todo. Eso me hace sentir como si fuera una rata. ¿Por qué no tendremos unos padres de esos que te hacen la vida imposible? Es una tortura intentar estar a la altura de un amor incondicional. Bueno, me voy dormir. Hasta mañana.
martes, 16 de agosto de 2016
El Secreto: Capítulo 20
Pedro insistió en que ambos se pusieran el chaleco salvavidas. Un buen hábito cuando uno navegaba solo.
De vuelta a casa de Delfina, Paula se quedó dormida en el coche. Se despertó cuando ya estaban en el camino de tierra que conducía hasta la casa. Una exclamación de rabia la trajo de vuelta al mundo. Miró por la ventanilla y pudo adivinar qué era lo que estaba provocando en Pedro semejante estado anímico. La casa estaba rodeada de cientos de coches y gente, mucha gente. Algunos llevaban cámaras de fotografía, otros equipos mucho más complejos.
—¡Quédate aquí! —le dijo Pedro después de estacionar detrás de una limusina roja—. ¡Daniela! Debería habérmelo imaginado.
Paula no se planteó ni durante un segundo el seguir sus órdenes. No le interesaban, pues no las había dicho su gentil amante, sino su impositivo director. Nadie le prestó atención a ella. Pedro Alfonso era el centro de todas las miradas.
—Pedro Alfonso, ¿sabías lo que estaba sucediendo entre Lucas y Chaves? ¿Cuánto tiempo llevan?
—Pedro, ¿has estado encubriendo a los amantes? ¿Tienes alguna relación con Chaves?
—
¿Es cierto que tanto Lucas como tú han estado viviendo con Chaves?
—¿Es cierto que Lucas ha puesto el dinero para tu película bajo la condición de que actuara Chaves?
Pedro pasaba entre la multitud ignorando los gritos que había alrededor. Apartaba los micrófonos que le pegaban a la cara con habilidad. Paula iba detrás de él para que la multitud no le cortara el paso.
Por primera vez, Paula fue testigo directo de la verdadera capacidad de interpretación de su hermana. Delfina estaba en pie, a la puerta de su casa, con una expresión completamente calmada en el rostro. No llevaba maquillaje e iba vestida con una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros. Su imagen contrastaba con la de la mujer que tenía enfrente: demasiado maquillaje, traje ajustado y curvas provocativa; una mata de pelo rojo abundante, ligeramente rizada y perfectamente peinada, le enmarcaba el rostro. Paula se preguntó qué preferirían los hombres: la apariencia natural o el glamour de la sirena.
—¡Pedro! —el grito alertó a todos los asistentes—. ¡No me puedo creer que seas parte de esta conspiración!
Pedro miró a la mujer con cierta sorna.
—¡Hola, Daniela! —dijo secamente—. Ya veo que has venido sola.
Paula, aprisionada entre la multitud no podía apreciar claramente las palabras, pero estaba claro que Pedro y aquella mujer se conocían.
Daniela hizo un gesto malvado, aunque matizado con mucha soma, un sentido del humor que no se apreciaba en sus palabras cuando hablaba.
—¡Quiero que el mundo entero sepa que es una miserable que roba maridos! — dijo, refiriéndose a Delfina.
Paula sintió rabia, mucha rabia. ¿Cómo podía su hermana permanecer completamente impasible? Habría esperado que le hubiera dado una bofetada a la cantante. En lugar de eso, mantenía una sonrisa impasible en los labios.
—Me parece que ya se hacen una idea —dijo Pedro, con un brillo furioso en los ojos—. ¿Cuándo sale tu próximo disco, Daniela? Creo que ya has tenido suficiente publicidad gratis por el momento.
Daniela se rió echando la cabeza para atrás.
—Querido Pedro, no te preocupes, casi he terminado. Lo único que quiero es ser yo la que abandone a un hombre —volvió los ojos hacia Delfina—. Casi siento pena por tí, saco de huesos. No hace falta talento para ser una fulana. En pocos años, serás historia y yo seguiré teniendo mi voz. No esperes que Lucas siga a tu lado para secarte las lágrimas, porque no tienes lo que es necesario para seguir manteniendo su interés.
El silencio era tenso.
—Tú tampoco —respondió sencillamente Delfina.
Paula sintió ganas de aplaudir a su hermana, que acababa de darse la vuelta y de entrar en la casa.
Daniela continuó con un discurso plagado de insultos y desatinos, antes de ponerse en camino, seguida por dos guardaespaldas.
Paula se encontró, de pronto, de frente a frente con ella. Y no lo pudo evitar.
—¿Cómo se atreve a hablar así de mi hermana?
—Pauli, déjalo —le dijo Pedro, que ya estaba junto a ella. Pero ella estaba demasiado furiosa como para escuchar ninguna advertencia.
—Mi hermana tiene más integridad en un solo dedo de la que usted pueda tener en toda su vida.
La soberbia mujer la miró de arriba abajo con un desprecio burlón.
Paula se ruborizó.
—¿Es esta una de tus chicas, Pedro?
Paula se enfureció.
—¡Ya está bien, Daniela! —la interrumpió Pedro—. Vamos, Pauli, el espectáculo ha terminado.
Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse de nuevo.
—¿Es usted la hermana de Chaves? ¿Cuál es su relación con Pedro?
Paula levantó la mano para protegerse los ojos de las luces que la cegaban mientras Pedro la guiaba de vuelta a la casa. De pronto, se dió cuenta de que no había hecho sino empeorar las cosas.
—¿Dónde vives, Paula?
—¿Vives aquí, con Chaves y con Pedro? ¡Qué íntimo! —los reporteros los aplastaban.
La escena estaba empezando a convertirse en una pesadilla.
—¿Estaba Paula incluida en el trato con Lucas? —preguntó uno de los reporteros mientras miraba a Paula con una sonrisa insinuante—. Tengo que decir que no me extraña.
Pedro no pudo controlarse más y le dió un puñetazo al periodista. Se dió media vuelta y juntos se dirigieron hacia la casa.
De vuelta a casa de Delfina, Paula se quedó dormida en el coche. Se despertó cuando ya estaban en el camino de tierra que conducía hasta la casa. Una exclamación de rabia la trajo de vuelta al mundo. Miró por la ventanilla y pudo adivinar qué era lo que estaba provocando en Pedro semejante estado anímico. La casa estaba rodeada de cientos de coches y gente, mucha gente. Algunos llevaban cámaras de fotografía, otros equipos mucho más complejos.
—¡Quédate aquí! —le dijo Pedro después de estacionar detrás de una limusina roja—. ¡Daniela! Debería habérmelo imaginado.
Paula no se planteó ni durante un segundo el seguir sus órdenes. No le interesaban, pues no las había dicho su gentil amante, sino su impositivo director. Nadie le prestó atención a ella. Pedro Alfonso era el centro de todas las miradas.
—Pedro Alfonso, ¿sabías lo que estaba sucediendo entre Lucas y Chaves? ¿Cuánto tiempo llevan?
—Pedro, ¿has estado encubriendo a los amantes? ¿Tienes alguna relación con Chaves?
—
¿Es cierto que tanto Lucas como tú han estado viviendo con Chaves?
—¿Es cierto que Lucas ha puesto el dinero para tu película bajo la condición de que actuara Chaves?
Pedro pasaba entre la multitud ignorando los gritos que había alrededor. Apartaba los micrófonos que le pegaban a la cara con habilidad. Paula iba detrás de él para que la multitud no le cortara el paso.
Por primera vez, Paula fue testigo directo de la verdadera capacidad de interpretación de su hermana. Delfina estaba en pie, a la puerta de su casa, con una expresión completamente calmada en el rostro. No llevaba maquillaje e iba vestida con una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros. Su imagen contrastaba con la de la mujer que tenía enfrente: demasiado maquillaje, traje ajustado y curvas provocativa; una mata de pelo rojo abundante, ligeramente rizada y perfectamente peinada, le enmarcaba el rostro. Paula se preguntó qué preferirían los hombres: la apariencia natural o el glamour de la sirena.
—¡Pedro! —el grito alertó a todos los asistentes—. ¡No me puedo creer que seas parte de esta conspiración!
Pedro miró a la mujer con cierta sorna.
—¡Hola, Daniela! —dijo secamente—. Ya veo que has venido sola.
Paula, aprisionada entre la multitud no podía apreciar claramente las palabras, pero estaba claro que Pedro y aquella mujer se conocían.
Daniela hizo un gesto malvado, aunque matizado con mucha soma, un sentido del humor que no se apreciaba en sus palabras cuando hablaba.
—¡Quiero que el mundo entero sepa que es una miserable que roba maridos! — dijo, refiriéndose a Delfina.
Paula sintió rabia, mucha rabia. ¿Cómo podía su hermana permanecer completamente impasible? Habría esperado que le hubiera dado una bofetada a la cantante. En lugar de eso, mantenía una sonrisa impasible en los labios.
—Me parece que ya se hacen una idea —dijo Pedro, con un brillo furioso en los ojos—. ¿Cuándo sale tu próximo disco, Daniela? Creo que ya has tenido suficiente publicidad gratis por el momento.
Daniela se rió echando la cabeza para atrás.
—Querido Pedro, no te preocupes, casi he terminado. Lo único que quiero es ser yo la que abandone a un hombre —volvió los ojos hacia Delfina—. Casi siento pena por tí, saco de huesos. No hace falta talento para ser una fulana. En pocos años, serás historia y yo seguiré teniendo mi voz. No esperes que Lucas siga a tu lado para secarte las lágrimas, porque no tienes lo que es necesario para seguir manteniendo su interés.
El silencio era tenso.
—Tú tampoco —respondió sencillamente Delfina.
Paula sintió ganas de aplaudir a su hermana, que acababa de darse la vuelta y de entrar en la casa.
Daniela continuó con un discurso plagado de insultos y desatinos, antes de ponerse en camino, seguida por dos guardaespaldas.
Paula se encontró, de pronto, de frente a frente con ella. Y no lo pudo evitar.
—¿Cómo se atreve a hablar así de mi hermana?
—Pauli, déjalo —le dijo Pedro, que ya estaba junto a ella. Pero ella estaba demasiado furiosa como para escuchar ninguna advertencia.
—Mi hermana tiene más integridad en un solo dedo de la que usted pueda tener en toda su vida.
La soberbia mujer la miró de arriba abajo con un desprecio burlón.
Paula se ruborizó.
—¿Es esta una de tus chicas, Pedro?
Paula se enfureció.
—¡Ya está bien, Daniela! —la interrumpió Pedro—. Vamos, Pauli, el espectáculo ha terminado.
Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse de nuevo.
—¿Es usted la hermana de Chaves? ¿Cuál es su relación con Pedro?
Paula levantó la mano para protegerse los ojos de las luces que la cegaban mientras Pedro la guiaba de vuelta a la casa. De pronto, se dió cuenta de que no había hecho sino empeorar las cosas.
—¿Dónde vives, Paula?
—¿Vives aquí, con Chaves y con Pedro? ¡Qué íntimo! —los reporteros los aplastaban.
La escena estaba empezando a convertirse en una pesadilla.
—¿Estaba Paula incluida en el trato con Lucas? —preguntó uno de los reporteros mientras miraba a Paula con una sonrisa insinuante—. Tengo que decir que no me extraña.
Pedro no pudo controlarse más y le dió un puñetazo al periodista. Se dió media vuelta y juntos se dirigieron hacia la casa.
El Secreto: Capítulo 19
—¿Por qué invitaste a Delfi a que viniera?
—¡Mi dulce Pauli! —soltó una carcajada—. Sólo trataba de ser educado. Delfina nunca habría aceptado.
—¿Tú crees que ella sabe algo?
—No te ha advertido ya varias veces sobre mi reputación.
—Sí, de algún modo sí —recordó Paula con el ceño fruncido—. Como casi no ha estado en casa y nosotros hemos sido bastante discretos... Está claro que quieres mantener lo nuestro en secreto.
—Me importa bien poco que lo sepa el mundo entero.
—¿No te importa? —preguntó ella realmente sorprendida. No comprendía, necesitaba entonces que le explicara una serie de cosas.
Él captó la necesidad.
—Nunca le doy al público lo que no quiero darles. Es necesario trazar una línea en algún sitio o acaban comiéndote. Peor aún, puedes acabar creyéndote lo que cuentan de tí. Conozco a mucha gente a la que le ha ocurrido y, créeme, es patético. No me interpretes mal. Yo no soy tan importante como para despreciar a la prensa. Me valgo de ella, la utilizo. Si el estudio considera que es interesante para el lanzamiento de una película que se me vea, me presto a que me fotografíen donde sea conveniente. Pero en cuanto todo eso acaba, mi vida privada es mía y nadie tiene acceso a ella —miró al infinito—. Al menos aquí no tenemos que preocupamos de los fotógrafos.
—Probablemente hay un satélite en alguna parte —Paula dibujó un arco ficticio sobre sus cabezas—. Alguien nos estará observando.
La ferocidad de la mirada de Pedro hizo que su sonrisa se transformara en un gesto hambriento. Se estremeció.
—¡Qué miren! No necesito ninguna ayuda para recordar cómo eres bajo la luz del sol. Esta noche, sabré qué aspecto tienes bajo la luz de la luna.
—¿Tienes intención de que eso ocurra?
La agarró firmemente de los glúteos. Paula no tenía ninguna intención de hacerse de rogar.
—Depende de tu cooperación.
—Soy fácil de convencer...
La temperatura había descendido y Paula se había puesto un jersey.
Se había pasado la última hora escuchando términos marineros y la cabeza no le daba más. Pedro le había asegurado que la tecnología había ahorrado mucho trabajo a la hora de navegar, pero empezaba a dudarlo.
Al ver a Pedro salir de la cabina de mandos, notó que algo sucedía.
—He estado hablando con el guardacostas. Parece que la tormenta que esperaban para mañana se ha adelantado.
—¿Qué significa eso? —trató de vencer la decepción que sentía.
—Significa que tendremos que volver a puerto. ¿No me voy a arriesgar a quedarnos en alta mar?
—¿De verdad es necesario? —su tono de voz contenía cierta desesperación. ¡No podía ser tan patética!—. ¿Harías lo mismo si estuvieras solo?
—No estoy solo y el tesoro que debo guardar es demasiado importante.
¡Se refería a ella! Sonrió por dentro.
—Siento fastidiarlo todo —dijo ella. El modo en que Pedro la miraba la hacía sentirse como algo valioso, único.
Los hombres no solían mirarla así.
Pedro le agarró la barbilla con los dedos.
—No has estropeado nada —su mirada era de absoluta entrega—. Por supuesto que a mí también me habría gustado que nos quedáramos aquí, pero tendremos muchas ocasiones más.
¿De verdad? ¿Tendrían muchas ocasiones más?
—¿No te preocupa que sea una marinera tremendamente torpe?
—Yo lo fui hace tiempo —dijo él y Paula se sorprendió. Parecía formar parte de todo aquello.
—Procedo de Ohio, tierra firme. En origen soy granjero. La primera vez que me metí en un barco tenía diecinueve años. Conseguí un trabajo en la costa, en el muelle. Un día estaban haciendo una sesión de fotos. Algunos de los que trabajábamos allí nos quedamos mirando a los memos que posaban —dijo Pedro con una sonrisa irónica—. Uno de los modelos se ponía verde cada vez que se subía al barco. Por algún motivo, la mujer que estaba a cargo del reportaje me preguntó si podía sustituirlo. Yo pensé que por qué no. No podía ser tan duro lo de sonreír a la cámara. ¡Por favor, no le cuentes nada de esto a Delfina! Yo tenía diecinueve años, era un arrogante.
—¡Algunas cosas jamás cambian!
Pedro sonrió.
—Aquellas fotos me llevaron a una serie de televisión y el resto es historia. Con el dinero que conseguí con mi primera película, me compré este barco —levantó la vista hacia la parte alta del mástil.
Aquellas confidencias hicieron a Paula recapacitar una vez más. Siempre había pensado que Pedro debía de ser un niño rico, pero estaba claro que no era así. Esperaba no estar leyendo mal los signos que le mandaba y que realmente fuera tan en serio con aquella relación como parecía. De otro modo, estaría perdida, pues cuanto más conocía a Pedro Alfonso más y más se iba enamorando de él. La antigua Paula habría cortado amarras y habría salido huyendo de aquel lugar. La nueva estaba dispuesta a todo, incluso a sufrir por él.
—¡Mi dulce Pauli! —soltó una carcajada—. Sólo trataba de ser educado. Delfina nunca habría aceptado.
—¿Tú crees que ella sabe algo?
—No te ha advertido ya varias veces sobre mi reputación.
—Sí, de algún modo sí —recordó Paula con el ceño fruncido—. Como casi no ha estado en casa y nosotros hemos sido bastante discretos... Está claro que quieres mantener lo nuestro en secreto.
—Me importa bien poco que lo sepa el mundo entero.
—¿No te importa? —preguntó ella realmente sorprendida. No comprendía, necesitaba entonces que le explicara una serie de cosas.
Él captó la necesidad.
—Nunca le doy al público lo que no quiero darles. Es necesario trazar una línea en algún sitio o acaban comiéndote. Peor aún, puedes acabar creyéndote lo que cuentan de tí. Conozco a mucha gente a la que le ha ocurrido y, créeme, es patético. No me interpretes mal. Yo no soy tan importante como para despreciar a la prensa. Me valgo de ella, la utilizo. Si el estudio considera que es interesante para el lanzamiento de una película que se me vea, me presto a que me fotografíen donde sea conveniente. Pero en cuanto todo eso acaba, mi vida privada es mía y nadie tiene acceso a ella —miró al infinito—. Al menos aquí no tenemos que preocupamos de los fotógrafos.
—Probablemente hay un satélite en alguna parte —Paula dibujó un arco ficticio sobre sus cabezas—. Alguien nos estará observando.
La ferocidad de la mirada de Pedro hizo que su sonrisa se transformara en un gesto hambriento. Se estremeció.
—¡Qué miren! No necesito ninguna ayuda para recordar cómo eres bajo la luz del sol. Esta noche, sabré qué aspecto tienes bajo la luz de la luna.
—¿Tienes intención de que eso ocurra?
La agarró firmemente de los glúteos. Paula no tenía ninguna intención de hacerse de rogar.
—Depende de tu cooperación.
—Soy fácil de convencer...
La temperatura había descendido y Paula se había puesto un jersey.
Se había pasado la última hora escuchando términos marineros y la cabeza no le daba más. Pedro le había asegurado que la tecnología había ahorrado mucho trabajo a la hora de navegar, pero empezaba a dudarlo.
Al ver a Pedro salir de la cabina de mandos, notó que algo sucedía.
—He estado hablando con el guardacostas. Parece que la tormenta que esperaban para mañana se ha adelantado.
—¿Qué significa eso? —trató de vencer la decepción que sentía.
—Significa que tendremos que volver a puerto. ¿No me voy a arriesgar a quedarnos en alta mar?
—¿De verdad es necesario? —su tono de voz contenía cierta desesperación. ¡No podía ser tan patética!—. ¿Harías lo mismo si estuvieras solo?
—No estoy solo y el tesoro que debo guardar es demasiado importante.
¡Se refería a ella! Sonrió por dentro.
—Siento fastidiarlo todo —dijo ella. El modo en que Pedro la miraba la hacía sentirse como algo valioso, único.
Los hombres no solían mirarla así.
Pedro le agarró la barbilla con los dedos.
—No has estropeado nada —su mirada era de absoluta entrega—. Por supuesto que a mí también me habría gustado que nos quedáramos aquí, pero tendremos muchas ocasiones más.
¿De verdad? ¿Tendrían muchas ocasiones más?
—¿No te preocupa que sea una marinera tremendamente torpe?
—Yo lo fui hace tiempo —dijo él y Paula se sorprendió. Parecía formar parte de todo aquello.
—Procedo de Ohio, tierra firme. En origen soy granjero. La primera vez que me metí en un barco tenía diecinueve años. Conseguí un trabajo en la costa, en el muelle. Un día estaban haciendo una sesión de fotos. Algunos de los que trabajábamos allí nos quedamos mirando a los memos que posaban —dijo Pedro con una sonrisa irónica—. Uno de los modelos se ponía verde cada vez que se subía al barco. Por algún motivo, la mujer que estaba a cargo del reportaje me preguntó si podía sustituirlo. Yo pensé que por qué no. No podía ser tan duro lo de sonreír a la cámara. ¡Por favor, no le cuentes nada de esto a Delfina! Yo tenía diecinueve años, era un arrogante.
—¡Algunas cosas jamás cambian!
Pedro sonrió.
—Aquellas fotos me llevaron a una serie de televisión y el resto es historia. Con el dinero que conseguí con mi primera película, me compré este barco —levantó la vista hacia la parte alta del mástil.
Aquellas confidencias hicieron a Paula recapacitar una vez más. Siempre había pensado que Pedro debía de ser un niño rico, pero estaba claro que no era así. Esperaba no estar leyendo mal los signos que le mandaba y que realmente fuera tan en serio con aquella relación como parecía. De otro modo, estaría perdida, pues cuanto más conocía a Pedro Alfonso más y más se iba enamorando de él. La antigua Paula habría cortado amarras y habría salido huyendo de aquel lugar. La nueva estaba dispuesta a todo, incluso a sufrir por él.
El Secreto: Capítulo 18
—Generalmente sí. Me gusta la sensación de libertad que produce navegar. Tú única responsabilidad es mantenerte vivo. Los elementos tienen la capacidad de darte otra perspectiva sobre la vida, sobre lo que importa y lo que no.
—¿Qué pasa con el Pedro Alfonso, estrella internacional, que aparece en las revistas: grandes coches, muchas chicas...?
—Espero que el público tenga una mentalidad más abierta que la tuya... si no, no van a aceptar mi cambio de papel.
—No quería decir eso... —dijo ella con seriedad—. Lo que ocurre es que resulta difícil casar la imagen que los medios de comunicación dan de tí con el Pedro Alfonso que yo conozco. Muchas veces me levanto en mitad de la noche y me pregunto qué es lo que Pedro Alfonso ve en mí. Pero te aseguro que me gusta el Pedro que está conmigo. Me gusta muchísimo.
Hubo un silencio. Paula se mordió los labios. ¡Si por lo menos hubiera podido ver su cara! Pero el sol le daba en los ojos. Su relación había sido cálida y amorosa. Se reían mucho y hacían el amor más. Pero Paula era consciente de que aquella relación sólo podía pertenecer al presente y tenía que aceptarlo así.
—A veces tengo dudas... pareces tan distante en ocasiones... —dijo Pedro.
Él la tomó en sus brazos y la sentó en su regazo. Paula le rodeó el cuello con los brazos. Quizás, después de todo, sí tuvieran posibilidades de un futuro juntos.
—Ya me conoces, no soy muy efusiva —respondió ella, haciendo alusión a lo que había dicho el primer día que se conocieron.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
Elle apartó un mechón de pelo de la cara.
—Apenas te conozco —añadió él—. Pero lo que voy conociendo me gusta mucho.
No eran halagos, era verdad. Sus palabras se dibujaban en la expresión de su rostro.
—A mí también...
—Te he echado mucho de menos esta semana, desde venirme a vivir al Juana — dijo él.
Paula sonrió satisfecha.
—Yo no —respondió ella.
Delfina no había hecho ningún comentario al ver que Pedro se quedaba mucho más tiempo del preciso.
—Mentirosa —se acercó lentamente y la besó suavemente—. Mariano parece entusiasmado contigo.
—¿Mariano?
—Muy majo, escritor, atractivo, si le quitas el bigote que está intentando dejarse. Ese hombre no te quita el ojo de encima. ¿Sabes de quién te hablo?
—Por supuesto que sé de quién me hablas.
—Me preguntó si creo que tiene alguna posibilidad.
—¿Qué? —le gustaba Mariano, pero no de ese modo.
—¿Quieres que te lo deletree? Le gustas.
—¿Qué respondiste? ¿Le contaste...? —comenzó a decir ella, alarmada. Esperaba no haber estado lanzando señales falsas.
Un espasmo de rabia le retorció el gesto a Pedro. No sabía por qué le molestaba tanto que ella no quisiera hacer pública su relación, puesto que él era el primero que se cuidaba muy mucho de no hacerlo.
En los momentos oscuros, Paula pensaba que no lo hacía porque no era el tipo de mujer con el que quería que lo vieran. Luego, recapacitaba y apartaba aquella estúpida idea.
—¿Qué crees que dije? «No tienes ninguna oportunidad porque la dama duerme en mi cama. Al menos, lo haría si la hubiera convencido».
—Fuiste tú el que consideraba que las cosas iban demasiado deprisa entre nosotros —respondió ella, furiosa porque Pedro parecía estar convirtiendo aquello en un contencioso entre ellos.
—Yo no he dicho que no me gustara que fuera así —apuntó él en tono pedante.
Ella se inquietó y se levantó.
—¿Qué le dijiste al pobre Mariano?
—«Pobre» es un adjetivo que los hombres odian. Cuando lo utiliza una mujer quiere decir: «no tienes ninguna oportunidad conmigo».
—Volveré a sentarme encima de tí si no me contestas.
—Promesas, promesas, promesas... ¡De acuerdo! —dijo él—. Fui amable y delicado.
—¡Sería la primera vez en tu vida!
—Pero no le dí esperanzas.
Algo en su expresión le dijo que había más de lo que contaba.
—¿Te pusiste celoso?
Pedro se encogió de hombros, pero no negó. Paula no pudo evitar sentirse satisfecha.
—A un hombre no le gusta oír a otro hablando de las piernas de la mujer a la que ama. Le dejé muy claro que tenías una seria relación con alguien.
—¿Dijiste seria? Te mereces una condecoración —pregunto ella.
—Lo dije —le confirmó él—. Y lo que merezco no es una condecoración.
—¿Qué pasa con el Pedro Alfonso, estrella internacional, que aparece en las revistas: grandes coches, muchas chicas...?
—Espero que el público tenga una mentalidad más abierta que la tuya... si no, no van a aceptar mi cambio de papel.
—No quería decir eso... —dijo ella con seriedad—. Lo que ocurre es que resulta difícil casar la imagen que los medios de comunicación dan de tí con el Pedro Alfonso que yo conozco. Muchas veces me levanto en mitad de la noche y me pregunto qué es lo que Pedro Alfonso ve en mí. Pero te aseguro que me gusta el Pedro que está conmigo. Me gusta muchísimo.
Hubo un silencio. Paula se mordió los labios. ¡Si por lo menos hubiera podido ver su cara! Pero el sol le daba en los ojos. Su relación había sido cálida y amorosa. Se reían mucho y hacían el amor más. Pero Paula era consciente de que aquella relación sólo podía pertenecer al presente y tenía que aceptarlo así.
—A veces tengo dudas... pareces tan distante en ocasiones... —dijo Pedro.
Él la tomó en sus brazos y la sentó en su regazo. Paula le rodeó el cuello con los brazos. Quizás, después de todo, sí tuvieran posibilidades de un futuro juntos.
—Ya me conoces, no soy muy efusiva —respondió ella, haciendo alusión a lo que había dicho el primer día que se conocieron.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
Elle apartó un mechón de pelo de la cara.
—Apenas te conozco —añadió él—. Pero lo que voy conociendo me gusta mucho.
No eran halagos, era verdad. Sus palabras se dibujaban en la expresión de su rostro.
—A mí también...
—Te he echado mucho de menos esta semana, desde venirme a vivir al Juana — dijo él.
Paula sonrió satisfecha.
—Yo no —respondió ella.
Delfina no había hecho ningún comentario al ver que Pedro se quedaba mucho más tiempo del preciso.
—Mentirosa —se acercó lentamente y la besó suavemente—. Mariano parece entusiasmado contigo.
—¿Mariano?
—Muy majo, escritor, atractivo, si le quitas el bigote que está intentando dejarse. Ese hombre no te quita el ojo de encima. ¿Sabes de quién te hablo?
—Por supuesto que sé de quién me hablas.
—Me preguntó si creo que tiene alguna posibilidad.
—¿Qué? —le gustaba Mariano, pero no de ese modo.
—¿Quieres que te lo deletree? Le gustas.
—¿Qué respondiste? ¿Le contaste...? —comenzó a decir ella, alarmada. Esperaba no haber estado lanzando señales falsas.
Un espasmo de rabia le retorció el gesto a Pedro. No sabía por qué le molestaba tanto que ella no quisiera hacer pública su relación, puesto que él era el primero que se cuidaba muy mucho de no hacerlo.
En los momentos oscuros, Paula pensaba que no lo hacía porque no era el tipo de mujer con el que quería que lo vieran. Luego, recapacitaba y apartaba aquella estúpida idea.
—¿Qué crees que dije? «No tienes ninguna oportunidad porque la dama duerme en mi cama. Al menos, lo haría si la hubiera convencido».
—Fuiste tú el que consideraba que las cosas iban demasiado deprisa entre nosotros —respondió ella, furiosa porque Pedro parecía estar convirtiendo aquello en un contencioso entre ellos.
—Yo no he dicho que no me gustara que fuera así —apuntó él en tono pedante.
Ella se inquietó y se levantó.
—¿Qué le dijiste al pobre Mariano?
—«Pobre» es un adjetivo que los hombres odian. Cuando lo utiliza una mujer quiere decir: «no tienes ninguna oportunidad conmigo».
—Volveré a sentarme encima de tí si no me contestas.
—Promesas, promesas, promesas... ¡De acuerdo! —dijo él—. Fui amable y delicado.
—¡Sería la primera vez en tu vida!
—Pero no le dí esperanzas.
Algo en su expresión le dijo que había más de lo que contaba.
—¿Te pusiste celoso?
Pedro se encogió de hombros, pero no negó. Paula no pudo evitar sentirse satisfecha.
—A un hombre no le gusta oír a otro hablando de las piernas de la mujer a la que ama. Le dejé muy claro que tenías una seria relación con alguien.
—¿Dijiste seria? Te mereces una condecoración —pregunto ella.
—Lo dije —le confirmó él—. Y lo que merezco no es una condecoración.
El Secreto: Capítulo 17
Se llenó de su olor, de su sabor.
—¿Lento y dulce esta vez? —sugirió él.
—Me parece bien. Y fue estupendo.
—Bueno, ¿Qué opinas? —parecía que le importaba realmente su opinión.
—Es preciosa, Pedro.
Estaba claro que aquel hombre adoraba cada centímetro de aquella hermosa embarcación. Sus palabras parecían haberlo relajado. Era como si ella acabara de superar una prueba importante.
—Vamos a adentramos en alta mar con los motores, pero después te voy a enseñar lo que es verdaderamente navegar, la fuerza del viento.
El entusiasmo de Pedro era contagioso, pero no era de extrañar que lo sintiera. No tardó mucho en unirse a ella en cubierta.
—¡Es increíble! —dijo ella con una gran sonrisa en los ojos.
—Es mi hogar —respondió él—. Nada en el mundo me da la misma sensación de libertad.
Su mirada estaba fija en el horizonte lejano. Paula lo observó. Estaba en el lugar al que pertenecía y, por un momento, se sintió ajena a él. Pronto se libró de aquella sensación. No era más que miedo. No quería que nada pudiera estropear un día perfecto. Por primera vez, lo tenía sólo para ella. El trabajo lo absorbía de tal manera que no le permitía disfrutar de él. Se alegraba de que su hermana hubiera rechazado la obligada invitación de Pedro.
Le resultaba duro pensar que para Pedro aquella relación fuera tan importante. Lo veía todos los días en el rodaje, pero su frialdad y necesaria distancia la hacían, a veces, dudar de todo. Cuando la gente especulaba sobre su posible relación con una u otra mujer, Paula se sentía tentada a decir que era ella la que salía con Pedro Alfonso. Siempre le sorprendía aquella necesidad. Tenía que contenerse de verdad para no gritar a los cuatro vientos que lo amaba.
La embarcación cortaba el mar, y las olas, blanqueadas por la espuma, golpeaba el casco. Por primera vez en días, la tensión había desaparecido. Pedro era un marinero excepcional, no era ningún rico jugando en alta mar. El barco era funcional, nada de lujo, sólo lo necesario, aunque puesto con todo detalle. Estaba claro que Pedro Alfonso no era lo que parecía en la superficie.
Paula se ofreció a preparar algo de comer. Pedro se alarmó y ella no pudo por menos que soltar una carcajada.
—Sólo pensaba hacer un poco de ensalada, y cortar unas rodajas de pan. No todos podemos ser grandes cocineros.
—Tienes otros talentos, doctora —le dijo, e hizo un amago de tocarle el trasero.
—¡Eres deleznable! —lo reprendió ella con una sonrisa mientras se alejaba en dirección a la escalera de bajada.
—Por eso te gusto —respondió él.
Paula silbaba alegremente mientras hacía la comida. Las tres últimas semanas habían sido preciosas, a pesar de las dudas y de los cambios de estado de ánimo que eran ajenos a su carácter. Pero, bajo ningún pretexto, habría cambiado aquella situación. Media hora más tarde, Paula apareció con una bandeja.
—¡Estoy impresionado! —dijo él.
Comieron la ensalada, pan tostado y trozos de carne fría.
—¿Quieres más? —Pedro levantó la botella de Chardonnay.
—No. Prefiero mantener la cabeza en su sitio.
—Sí, a mí también me gusta tu cabeza donde está.
Ella sonrió.
—¿Sueles navegar solo? —preguntó ella.
—Hoy no.
—Sabes a lo que me refiero.
—¿Lento y dulce esta vez? —sugirió él.
—Me parece bien. Y fue estupendo.
—Bueno, ¿Qué opinas? —parecía que le importaba realmente su opinión.
—Es preciosa, Pedro.
Estaba claro que aquel hombre adoraba cada centímetro de aquella hermosa embarcación. Sus palabras parecían haberlo relajado. Era como si ella acabara de superar una prueba importante.
—Vamos a adentramos en alta mar con los motores, pero después te voy a enseñar lo que es verdaderamente navegar, la fuerza del viento.
El entusiasmo de Pedro era contagioso, pero no era de extrañar que lo sintiera. No tardó mucho en unirse a ella en cubierta.
—¡Es increíble! —dijo ella con una gran sonrisa en los ojos.
—Es mi hogar —respondió él—. Nada en el mundo me da la misma sensación de libertad.
Su mirada estaba fija en el horizonte lejano. Paula lo observó. Estaba en el lugar al que pertenecía y, por un momento, se sintió ajena a él. Pronto se libró de aquella sensación. No era más que miedo. No quería que nada pudiera estropear un día perfecto. Por primera vez, lo tenía sólo para ella. El trabajo lo absorbía de tal manera que no le permitía disfrutar de él. Se alegraba de que su hermana hubiera rechazado la obligada invitación de Pedro.
Le resultaba duro pensar que para Pedro aquella relación fuera tan importante. Lo veía todos los días en el rodaje, pero su frialdad y necesaria distancia la hacían, a veces, dudar de todo. Cuando la gente especulaba sobre su posible relación con una u otra mujer, Paula se sentía tentada a decir que era ella la que salía con Pedro Alfonso. Siempre le sorprendía aquella necesidad. Tenía que contenerse de verdad para no gritar a los cuatro vientos que lo amaba.
La embarcación cortaba el mar, y las olas, blanqueadas por la espuma, golpeaba el casco. Por primera vez en días, la tensión había desaparecido. Pedro era un marinero excepcional, no era ningún rico jugando en alta mar. El barco era funcional, nada de lujo, sólo lo necesario, aunque puesto con todo detalle. Estaba claro que Pedro Alfonso no era lo que parecía en la superficie.
Paula se ofreció a preparar algo de comer. Pedro se alarmó y ella no pudo por menos que soltar una carcajada.
—Sólo pensaba hacer un poco de ensalada, y cortar unas rodajas de pan. No todos podemos ser grandes cocineros.
—Tienes otros talentos, doctora —le dijo, e hizo un amago de tocarle el trasero.
—¡Eres deleznable! —lo reprendió ella con una sonrisa mientras se alejaba en dirección a la escalera de bajada.
—Por eso te gusto —respondió él.
Paula silbaba alegremente mientras hacía la comida. Las tres últimas semanas habían sido preciosas, a pesar de las dudas y de los cambios de estado de ánimo que eran ajenos a su carácter. Pero, bajo ningún pretexto, habría cambiado aquella situación. Media hora más tarde, Paula apareció con una bandeja.
—¡Estoy impresionado! —dijo él.
Comieron la ensalada, pan tostado y trozos de carne fría.
—¿Quieres más? —Pedro levantó la botella de Chardonnay.
—No. Prefiero mantener la cabeza en su sitio.
—Sí, a mí también me gusta tu cabeza donde está.
Ella sonrió.
—¿Sueles navegar solo? —preguntó ella.
—Hoy no.
—Sabes a lo que me refiero.
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