sábado, 18 de junio de 2016

Un Amor Imposible: Capítulo 7

Paula volteó los ojos. O bien Pedro estaba ciego, o le importaba tan poco que ni siquiera se había fijado antes en ella.

—A lo mejor tú no te habías fijado.

Pedro se encogió de hombros con brusquedad.

—A lo mejor no. Aún así, supongo que yo no tengo por qué decirte lo que tienes que hacer.

—¡Me alegro de que por fin te hayas dado cuenta!

—¿Qué quieres decir con eso?

—He perdido la cuenta ya del número de veces que te has metido en mi vida, en mis relaciones. Cada vez que traía un novio a casa, tú hacías todo lo posible para hacer que se sintiera mal. Y de rebote a mí.

—Sólo hice lo que tu padre me pidió que hiciera; que fue protegerte de los avariciosos de este mundo.

—¡No eran avariciosos!

—Desde luego que lo eran.

—A partir de ahora, seré yo quien juzgue eso, muchas gracias.

—Hasta que no cumplas veinticinco no, señorita. No tengo intención de dejar que caigas en las redes de algún gigoló que vaya detrás de tu herencia. No podría dormir por las noches si lo hiciera.

—Vaya. No te imagino pasando las noches en vela por mi causa.

—Entonces te equivocas completamente —soltó él en tono áspero.

Cuando se miraron a los ojos, Paula se sorprendió bastante al ver la rabia en la mirada de Pedro. ¡Cuánto le había pesado ser su protector todos esos años! Estaba segura de que se alegraría muchísimo cuando ella cumpliera veinticinco en poco más de un mes, y la obligación con su padre dejara de existir.

—No te he dado muchos problemas, ¿no? —le dijo ella en tono bajo, más desanimada.

Aunque aceptaba que jamás atraería a Pedro, siempre había pensado que, en el fondo, ella le gustaba. No sólo por ser hija de quien era, sino por ella misma. Cuando era más pequeña, él a menudo le había dicho lo encantadora que era. Pedro le había dicho que tenía temperamento y buen corazón, también que era divertida, algo que había demostrado pasando buena parte de su tiempo libre con ella. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, antes de que Nick hubiera alcanzado el éxito en sus negocios. A partir de entonces, había empezado a ignorarla; y después de morir su padre, esa actitud hacia ella se había afianzado del todo. Estaba claro que en ese momento sólo había quedado reducida a una mera responsabilidad; una responsabilidad que obviamente le resultaba tediosa y exasperante.

—¿Sabe él lo rica que vas a ser dentro de muy poco? —quiso saber Pedro.

Paula se puso tensa. Sin embargo, no tenía sentido mentir. Mejor sería responder a sus preguntas en ese momento que dejar que le hiciera el tercer grado a Damián en la comida de Navidad.

—Él sabe que voy a ser rica —soltó ella enfadada—. Pero no conoce el volumen de mi herencia.

—Lo sabrá en cuanto aparezca mañana. La gente que vive en esta calle tiene que ser por lo menos multimillonaria. No le costará sumar dos y dos.

—Damián no es un cazafortunas, Pedro. Es un hombre honrado.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé, así sin más.

—¡Dios mío, tú no sabes nada! —dijo él—. Tu padre pensó que te protegía con su testamento. Sin embargo sólo te ha abocado al desastre. Debería haber regalado la mayor parte de su dinero, haberlo donado a alguna institución benéfica, en lugar de dejarlo en manos de una chica como tú.

—¿Qué quieres decir con eso de una chica como yo?

Él abrió la boca para decir algo, pero claramente cambió de opinión; levantó las maletas del suelo y las llevó a su dormitorio con cara de póquer. Después de dejarlas en el suelo con malos modos, salió al pasillo.

—Seguiremos con esta discusión más tarde —le dijo en aquel engañoso tono bajo que adoptaba cuando estaba a punto de perder los nervios, aunque eso sólo ocurriera raramente.

En los años que llevaba con él, Paula había aprendido a reconocer esa táctica de Pedro. Él detestaba perder los nervios, perder el control. Prefería comportarse con frialdad, tanto en los negocios como en su vida personal. Raramente le había oído gritar. Ni siquiera decía palabrotas ya, como había hecho antes. Pero su lenguaje corporal lo decía todo, y también su mirada.

—Tomaremos un té por la mañana en la cocina —declaró él—. Después pasaremos a mi despacho a hablar.

—Sobre Damián, no —le advirtió Paula—. No tengo intención de que te pongas a criticar delante de mí a alguien a quien ni siquiera conoces.

—Lo entiendo. Pero tengo muchas otras cosas que hablar contigo, Paula; cosas importantes relacionadas con tu herencia. Quiero que todo quede hablado antes de que terminen las Navidades.

—Pero hasta febrero no cumplo los veinticinco —protestó ella—. Tenemos el resto de mis vacaciones de verano para hablar.

—No, no es así. Yo no voy a estar.

—¿Dónde vas a estar?

—Voy a pasar casi todo el mes de enero en Happy Island.

A Paula se le cayó el alma a los pies. Sabía que Pedro tenía allí una casa de vacaciones, aunque raramente la utilizaba en esa época del año.

—Felisa no me ha dicho nada de eso por teléfono.

—No saldría el tema.

—Entre Navidad y Año Nuevo tenemos una semana —argumentó ella, decepcionada porque Pedro se marchara tanto tiempo.

—Sí. Pero esa semana tengo un invitado. Y tú tienes a tu nuevo novio, con quien reconoces que deseas pasar cada minuto del día. Será mejor dejarlo todo claro mientras tengamos tiempo.

—Pero hoy tengo que decorar el árbol.

—Sólo quiero un par de horas, Paula, no todo el día.

—¿Y esta tarde? ¿No puede esperar hasta esta tarde?

—Esta tarde voy a comprar regalos.

Paula suspiró. Qué típico de un hombre ir a comprar los regalos en el último momento.

—Vamos —dijo bruscamente—. Bajemos.

—Primero necesito ir al baño —le dijo ella sin mentir.

—Bien —respondió él con indiferencia—. Voy bajando y le digo a Felisa que vaya haciendo el té.

Paula se quedó pensativa. Ponerse guapa al día siguiente y fingir con un novio de pega no iba a cambiar nada. Ella no significaba nada para Pedro salvo una obligación de la que él claramente se quería librar.

Estaba claro que él no podía esperar a que ella cumpliera años; y de pronto Paula sentía lo mismo. Estaba más que harta de permitir que lo que sentía por Pedro la dominara y disgustara de continuo; Harta de penar en secreto por lo que nunca podría ser. Había llegado el momento de seguir adelante con su vida. Con una vida en la que no estaría Pedro.

Un Amor Imposible: Capítulo 6

De no haber tenido unos ojos tan negros y unas facciones tan duras, los labios le habrían dado el aspecto de un niño bonito, ya que eran carnosos y sensuales.

Lo único que a Paula no le gustaba demasiado era que llevara el pelo tan corto; pero entendía que aquel estilo de pelo le daba un aire de imposición que seguramente le sería muy útil en el mundo de los negocios en el que se movía.

—Vaya... Hola, desconocida —Pedro la miró de arriba abajo.

Pero Pedro no reacción en modo alguno aparte de eso; en su expresión no había ni rastro de admiración, ni siquiera de sorpresa.

Esa falta de reacción exasperó a Paula, que había esperado al menos algo por parte de Pedro. ¿Qué tenía que hacer para que aquel hombre se fijara en ella?

—Gracias, Juan —se agachó a recoger las maletas—. Ya me ocupo yo.

Cuando Juan asintió y se dio la vuelta, Pedro ya le había metido las maletas en casa.

Paula tuvo ganas de darle un grito o una patada, pero se contuvo. Se dijo que estaba a punto de cumplir veinticinco años; que cuanto antes echara a Pedro de su vida, mejor. Era como una espina que llevaba clavada. ¿Cómo podía conseguir lo que más deseaba en la vida, que era tener hijos, si él estaba siempre allí, fastidiándole todo?  ¿Cómo iba a sentirse feliz si siempre lo comparaba con los demás hombres con los que salía?

Paula ahogó un suspiro mientras cerraba la puerta, y vió que Pedro se dirigía a las escaleras.

—Ya las subo yo.

Necesitaba estar a solas un momento para recuperar la compostura. Aunque hacía tiempo que sabía que sus sentimientos hacia Pedro no tenían futuro, enfrentarse por fin a la inutilidad de sus fantasías era una experiencia dolorosa. ¿De qué le había servido esforzarse tanto en el gimnasio? ¡El ni siquiera se había dado cuenta de que había perdido peso!

—No me importa hacerlo —respondió él mientras se echaba una de las bolsas al hombro y continuaba escaleras arriba.

Paula apretó los dientes y lo siguió.

—¿Por qué no estás jugando al golf?

—Quería hablar contigo —respondió él—. En privado.

—¿Sobre qué?

Él no respondió y continuó subiendo.

—¿Sobre qué, Pedro? —repitió ella cuando lo alcanzó.

Él se detuvo en el rellano del primer piso, dejó las bolsas en el suelo y se volvió hacia ella.

—Para empezar, de Felisa.

—¿Qué le pasa? No estará enferma, ¿verdad?

—No, pero ya no puede hacer lo que hacía antes; se cansa mucho. Este último año, he tenido que contratar los servicios de limpieza de una agencia para que vinieran dos veces por semana e hicieran las tareas más pesadas por ella.

—No lo sabía.

—Si vinieras a casa de vez en cuando —señaló Pedro—, a lo mejor te habrías dado cuenta.

Era un comentario lógico, que la hizo sentirse culpable. Paula reconoció que ese año había estado muy obsesionada consigo misma, muy ocupada con su empeño de bajar de peso y hacer ejercicio.

—Yo... he estado muy ocupada —se excusó.

—Con el novio nuevo, imagino —comentó él en tono sarcástico.

Paula se puso tensa.

—Tengo derecho a tener vida social —se quitó las gafas y lo miró con rabia—. Tú desde luego la tienes.

—Desde luego. Pero no domina mi existencia.

Aquella actitud de condena en Pedro en lo referente a los novios de Paula siempre provocaba en ella una reacción de rebeldía.

—Damián y yo estamos muy enamorados; algo con lo que tú jamás podrás identificarte. Cuando una persona está verdaderamente enamorada, quiere pasar todo el día con el objeto de su amor.

—Me sorprende entonces que hayas venido a casa —respondió Pedro en tono seco—. ¿O acaso tu amante se pasará luego?

—Damián trabaja hoy —respondió Paula enfadada.

—¿Haciendo el qué?

—Es dueño de un gimnasio.

—Ah, eso lo explica todo.

—¿Qué es lo que explica?

—Tu nueva figura.

¡Se había fijado!

—Lo dices como si eso tuviera algo de malo.

—Estabas bien como estabas.

Paula se quedó boquiabierta.

—¡No me digas tonterías! Estaba engordando.

—¡Qué ridiculez, Paula!

Un Amor Imposible: Capítulo 5

Y con eso en mente empezó a relajarse un poco. Daba lo mismo lo que llevara puesto. Ya podía tranquilizarse y actuar con naturalidad delante de Pedro, algo que no habría hecho con los ridículos planes anteriores.

Paula habría llamado a Damián para decirle que no hacía falta que fuera al día siguiente si no le hubiera dicho ya a Felisa que pusieran un cubierto más en la mesa de Navidad para su novio. Aunque Pedro no había estado en casa cuando se lo había contado, Paula estaba segura de que Felisa se lo habría contado esa mañana durante el desayuno. Felisa era una mujer estupenda, pero bastante dada al chismorreo.

Sólo quedaba continuar con aquella charada.

—Seguro que mañana me alegraré de todo esto —murmuraba Paula en voz baja al salir del coche.

Por lo que le había comentado Felisa, la nueva novia de Pedro, Ailén, debía de ser una bruja.

—Es tan mona como la anterior —le había dicho Felisa después de decirle que era una creída—, sólo que más inteligente. ¡Y cómo presume de ello! Pero sé que no va a durar más que las demás; nuestro Pedro no supera los seis meses. Si ese chico sienta la cabeza algún día, me meto a monja.

Paula hizo una mueca mientras sacaba las dos pesadas maletas del maletero del coche. Ella haría lo mismo.

Pedro no era de los que se casaban, eso estaba muy claro; y tampoco le iba el romanticismo. Satisfacer sus necesidades sexuales era su juego en lo que se refería a las mujeres.

Una vez le había reconocido a Paula, cuando ella tenía unos doce años y acababan de ver una película romántica en la tele, que jamás podría enamorarse como los personajes de aquella historia. Le había confesado con tristeza que no tenía ni idea de lo que era sentir esa clase de amor.

Paula presumía que su incapacidad para amar a las mujeres estaba relacionada con haberse criado en un hogar sin amor, un tema que había oído discutir a sus padres poco antes de morir su madre. Aparentemente, Pedro había sufrido muchísimo a manos de un padre alcohólico y violento y se había escapado de casa para vivir en las calles de Sidney cuando sólo tenía trece años. Después de esto, había tenido que hacer algunas cosas horribles para sobrevivir.

Paula jamás se había enterado del grado de violencia de esas cosas, pero se las imaginaba. Justo después de cumplir dieciocho años, Pedro había pasado dos años en la cárcel por robar coches. Durante ese tiempo Pedro había conocido por fin lo que era la bondad y que alguien lo ayudara un poco. Un hombre había descubierto su inteligencia, su capacidad, un hombre que durante años había dedicado generosamente muchas horas a ayudar a los menos favorecidos.

Pedro entró a formar parte de un programa especial de re inserción que ese hombre había fundado. Enseguida se había convertido en uno de los alumnos más brillantes y conseguido completar sus estudios superiores en un tiempo récord. Ese hombre que había ayudado a Pedro había sido su padre.

—¡Paula!

Paula estuvo a punto de caerse del susto; pero al ver quién era, sonrió.

—Hola Juan, qué bien te veo.

El marido de Felisa debía de tener más de sesenta años ya, pero era uno de esos hombres atléticos que se movía siempre con agilidad y por el que los años no parecían pasar.

—¿Traes mucho equipaje, Paula? —el hombre se acercó al maletero—. Vienes para quedarte, ¿verdad?

—Todavía no, Juan. ¿Me has conseguido un buen árbol?

—Sí, una preciosidad. Lo he colocado en el sitio de siempre en el salón.

También he puesto los paquetes para decorar alrededor y he colgado las luces en la terraza de atrás.

—Estupendo. Gracias, Juan.

Juan asintió. A diferencia de su esposa, él no era un hombre muy hablador. Cuidaba maravillosamente de los extensos jardines de Goldmine, donde había muchos caminos y grupos de rocas, combinados con estanques y fuentes, estratégicamente colocados entre los árboles y las diferentes plantas.

Recogió las maletas de Paula sin que ella se lo pidiera y echó a andar por el camino que llevaba al porche delantero, fastidiándole a Paula el plan de colarse por los garajes sin que nadie la viera.

Para ser sincera, a Paula le habría gustado de todos modos cambiarse antes de que la viera Pedro. Habría sido agradable ver la cara de sorpresa de su tutor. Suspiró, cerró el coche y se apresuró por el camino para alcanzar a Juan, que ya había dejado las maletas a la puerta y en ese momento llamaba al timbre.

—Tengo llaves —dijo Paula.

Paula metió la mano en el bolso, pero en ese momento alguien abrió la puerta. Era Pedro.

Paula se alegró de llevar puestas las gafas de sol; y no por la reacción de Pedro al verla, sino por su reacción al verlo a él.

Tan preocupada había estado pensando en su propia apariencia que se había olvidado de lo atractivo que siempre le había parecido Pedro; sobre todo con la poca ropa como llevaba en ese momento: unos pantalones cortos y una camiseta blanca sin mangas que destacaba su precioso bronceado.

Paula paseó la mirada oculta tras las lentes oscuras por su cuerpo, hasta regresar a sus labios.

jueves, 16 de junio de 2016

Un Amor Imposible: Capítulo 4

La actitud positiva de Paula le duró hasta que a la mañana siguiente estacionó el coche en el camino de entrada de su casa y vió el deportivo rojo de Pedro estacionado fuera de los garajes.

—¡Qué raro! —murmuró mientras apretaba el botón del control remoto para abrir las puertas electrónicas.

Había supuesto que Pedro estaría fuera jugando al golf, como siempre solía hacer los sábados, lloviera, nevara o hiciera sol. ¡Incluso la víspera del día de Navidad!

De haber sabido que Pedro estaría en casa, se habría puesto uno de los bonitos vestidos de verano que se había comprado, seguramente el blanco y negro atado al cuello que dejaba al descubierto sus hombros esbeltos y sus brazos bien formados. A Pedro le gustaban las mujeres muy arregladas, pero ella se había vestido con vaqueros y un top amarillo, pensando en que iba a decorar el árbol de Navidad. Pero con un poco de suerte a lo mejor podía subir a su dormitorio sin que nadie la viera y cambiarse antes de encontrarse con Pedro. Después de todo, era una casa enorme. Como estaba construida sobre un terreno en pendiente, desde la carretera parecía como si la casa tuviera dos pisos, cuando en realidad había otro piso bajo en la parte de atrás donde la arquitectura había incorporado mucho cristal para aprovechar las vistas al puerto.

No había muchas habitaciones en la casa que no dieran al puerto de Sidney; y en la distancia también se veían el puente y el teatro de la ópera. Los dormitorios del piso superior tenían cada uno su balcón con vistas al puerto, y la terraza del dormitorio principal era lo suficientemente amplia como para colocar una mesa y sillas. Pero las mejores vistas se disfrutaban desde la terraza de atrás; y por eso siempre se celebraba allí la comida de Navidad. Sólo en una ocasión, cuando las temperaturas habían rondado los cuarenta grados, habían hecho la comida de Navidad dentro, en el salón comedor, que era la única habitación lo suficientemente grande como para acomodar a todos los invitados que acudían cada Navidad a Goldmine, que así se llamaba la casa.

La tradición la habían iniciado los padres de Pedro poco después de comprar la casa, hacía casi treinta años; una tradición que su padre había continuado tras la muerte de su esposa y que Pedro parecía también contento de seguir en los años que llevaba viviendo allí.

Paula pensó con cinismo que la mayoría de los invitados a la mesa del día siguiente serían personas con las que Pedro hacía negocios, valiosos contactos cuya prioridad era el dinero.

No se ilusionaba pensando que Pedro fuera distinto a las personas con las que se mezclaba. Le gustaba el dinero tanto como a ellos, si no más.

Paula pensó en lo que Damián le había dicho la noche anterior de que Pedro se aprovechaba de vivir en Goldmine sin pagar alquiler; y aunque ella le había defendido, tenía que reconocer que vivir en Goldmine era una gran ventaja a nivel social. No tanto por su tamaño, ya que algunas de las casas vecinas eran igual o más grandes que ésa, sino por su emplazamiento. No le cabía la menor duda que vivir en aquel domicilio había beneficiado enormemente a Pedro en los negocios; y que por eso quería comprarle la casa.

Finalmente se abrieron las puertas y Paula entró y estacionó el coche junto al de Pedro. ¡Qué extraño que no hubiera ido a jugar al golf ese día! Eso le llevó a pensar en el regalo de Navidad que le había comprado: un juego de palos de golf en miniatura hechos en plata y ébano, con una bolsa de cuero rojo. Lo había comprado en eBay y le había costado varios cientos de dólares, que era más de lo que solía gastarse en él. Nada más verlo, había sabido que a Pedro le encantaría. ¿Pero no le extrañaría un poco que ella se hubiera gastado tanto dinero en él? Esperaba que no.

Paula hizo una mueca de contrariedad cuando se dió cuenta de que a Pedro podría extrañarle mucho más que ella no le hubiera comprado nada a su nuevo novio. Damián y ella habían hablado de la hora a la que debía llegar al día siguiente y sobre qué ropa ponerse, pero no habían pensado en los regalos.

Paula suspiró, cada vez más desanimada por todo aquel tinglado; aunque era consciente de que no debía darle demasiada importancia. ¿Por qué de pronto Pedro se iba a fijar en ella, después de tanto tiempo? Se había arreglado para él otras veces, sin resultado alguno.

Estaba claro que ella no era su tipo. Ni siquiera con la figura que se le había quedado sería parecería o actuaría como la clase de novias que Pedro solía tener: no sólo delgadas, sino también chics y sofisticadas.

A Pedro no le pegaba nada una profesora de escuela infantil, aunque fuera a heredar una gran fortuna. Si acaso, aquello actuaría en detrimento suyo. En el fondo Pedro no quería que nada ni nadie le recordara cómo habían sido sus comienzos, ni que ella lo hubiera conocido cuando él era un don nadie.

Con cada novia que tenía, Pedro pasaba página. Paula estaba segura de que no le habría contado a su novia Ailén que había estado en la cárcel; o que el padre de la joven a su cargo había sido su benefactor. Estaba segura de que Pedro siempre presentaba a su padre como un amigo de toda la vida como explicación a la razón por la cual ella estaba a su cargo.

Paula aceptó aquellos pensamientos con una mezcla de emociones. Por una parte se sentía decepcionada, pero por otra aliviada porque se daba cuenta de que era una tontería creer que esas Navidades pudiera suscitar el interés de Pedro. Eso no iba a ocurrir.

Un Amor Imposible: Capítulo 3

—Era, tú lo has dicho. Mi padre lo acogió bajo su protección y le enseñó a hacer dinero, tanto en la Bolsa corno en el mundo de los negocios. Pedro tuvo mucha suerte de tener a un hombre como mi padre como mentor.

Paula pensó en hablarle de la buena suerte de Pedro con La novia del desierto, pero decidió no hacerlo. Tal vez porque si lo hacía parecería como si Pedro no hubiera conseguido el éxito en los negocios con el sudor de su frente.

—Has estado alguna vez de vacaciones en Happy Island? —le preguntó ella.

—No. Pero he oído hablar de ese sitio.

—Pedro tomó dinero prestado y compró Happy Island cuando estaba tirada de precio. Supervisó personalmente la remodelación de un enorme complejo turístico que estaba totalmente abandonado, y construyó también un aeropuerto. Al final vendió todo a una empresa multinacional por una fortuna.

—Un hombre afortunado.

—Papá decía siempre que la suerte empieza y termina con mucho trabajo. Siempre le dijo a Pedro que nunca se haría rico trabajando para otro. Por esa razón Pedro había montado su propia empresa de producciones cinematográficas hacía ya un par de años. Desde un principio había tenido éxito, pero nada como el conseguido con La novia del desierto.

—En eso tu padre tenía razón —dijo Damián—. Cuando yo tenía jefe, lo detestaba. Por eso monté mi propio gimnasio.

—¿Tú eres el dueño de The New You? Damián la miró asombrada.

—No me digas que tampoco sabías eso.

—No.

Él sonrió, mostrando una fila de dientes blancos.

—Desde luego no parece que te guste cotillear.

—Lo siento —se disculpó Paula—. A veces soy así. Soy un poco solitaria, no sé si te has dado cuenta —añadió con una sonrisa de pesar—. No hago amistades con facilidad. Supongo que es por ser hija única.

—Yo también lo soy —confesó él—. Y por eso es muy duro para mis padres que yo sea gay. No pueden ilusionarse con tener nietos. Se lo conté hace un par de años, cuando mamá no dejaba de presionarme para que me casara. Mi padre no ha vuelto a dirigirme la palabra —añadió Damián con evidente pesar.

—¡Qué pena! —dijo Paula—. ¿Y tu madre?

—Ella me llama, pero no me deja ir a casa; ni siquiera en Navidad.

—Ay, Dios mío. Tal vez lo acepten con el tiempo.

—Tal vez. Pero no tengo muchas esperanzas. Mi padre es un hombre muy orgulloso y testarudo. Cuando dice algo, no suele echarse atrás. Pero volvamos a tí, cariño. Dime... entonces estás loca por ese tal Pedro, ¿no?

A Paula se le encogió el corazón.

—Loca describe mis sentimientos hacia Pedro de maravilla. Cuando estoy con él, no puedo dejar de mirarlo. Pero yo no le gusto a él, y nunca le gustaré. Es hora de que lo acepte.

—Pero no lo harás hasta que no lo intentes por última vez.

—¿Cómo?

—No has estado sudando tinta porque una modelo con anorexia te dijera que estabas gorda, cariño. Es a Pedro a quien tienes que impresionar, y por supuesto atraer.

Paula no quería reconocerlo abiertamente, pero Damián tenía razón. Haría cualquier cosa para que Pedro la mirara con deseo. ¡Cualquier cosa! Aunque sólo fuera una vez... No. Sería más propio decir otra vez. Porque estaba bastante segura de que había visto deseo en su mirada cuando ella tenía dieciséis años, unas Navidades que había bajado a la piscina con un bikini diminuto que se había comprado pensando en Pedro.

Aunque a lo mejor se lo había imaginado. A lo mejor la desesperación por creer que ese día ella le había gustado un poco la había llevado a imaginar esas miradas. Las fantasías eran típicas de las adolescentes... aunque también de las jóvenes de veinticuatro. Por esa misma razón Paula llevaba toda esa semana comprándose la clase de ropa de verano que le despertaría las hormonas a un octogenario.

Solo que Pedro no era un octogenario. Era un hombre de treinta y seis años que tenía sus necesidades bien atendidas. Paula ya sabía que él se había librado de su novia la actríz, y que la había sustituido por una ejecutiva publicitaria.

Aunque Paula llevaba bastantes meses sin ir por casa, había llamado todas las semanas para hablar con Felisa, que siempre le informaba bien de las idas y venidas de Pedro antes de pasarle la llamada a él. Eso si estaba en casa. Pedro era un hombre con una intensa vida social que tenía muchas amistades, o contactos, como él prefería llamarlos, y salía a menudo.

—Supongo que pasarás las vacaciones de Navidad en casa —las palabras de Damián interrumpieron sus pensamientos.

—Sí —suspiró ella—. Suelo volver a casa en cuanto terminan las clases. Este año me estoy retrasando. Pero mañana tengo que aparecer por casa para decorar el árbol de Navidad. Si no lo hago yo, nadie lo hace. Luego ayudo a Felisa a preparar todo para el día siguiente. La comida la suele servir un catering, pero a Felisa también le gusta preparar algunas cosas. Felisa es el ama de llaves —añadió al ver que Damián fruncía el ceño—. Lleva años con la familia.

—Te confieso que no imaginaba a Pedro con una novia que se llamara Felisa.

—En eso tienes razón. Las novias de Pedro siempre tienen nombres como Jésica, Samantha o Ailén.

Así se llamaba la última, Ailén.

Un Amor Imposible: Capítulo 2

Paula tenía que reconocer que era verdad, y por eso había hecho lo que él le había sugerido. Sin embargo, ella siempre había sospechado que detrás de todo aquello estaba el hecho de que Pedro quería que ella pasara el mayor tiempo posible fuera de casa para así poder tener mayor libertad de movimientos. Tenerla dos cuartos más allá del suyo sin duda limitaría su libertad de acción.

Pedro cambiaba de novia como quien se cambia de camisa.

Cada vez que Paula volvía a casa, Pedro tenía una novia distinta colgada del brazo; cada una más bella que la anterior. Paula detestaba verlo con todas ellas.

El último año, Paula había restringido sus visitas y sólo iba en Pascua y en Navidad, además de las vacaciones de invierno, durante las cuales Pedro siempre había estado fuera, esquiando. Ese año llevaba sin ir a casa desde Pascua, y Pedro no se había quejado; más bien había aceptado de buena gana sus muchas y variadas excusas. Cuando llegara a casa al día siguiente, el día de Nochebuena, haría nueve meses que Pedro y ella no se veían. Sólo de pensarlo Paula se puso nerviosa. «¡Pero qué estúpida soy!», se reprochaba. «Nada cambiará jamás».

Había llegado la hora de enfrentarse a la amarga verdad; de dejar de rezar para que ocurriera el milagro.

—Se llama Pedro Alfonso—respondió Paula  con naturalidad—. Ha sido mi tutor legal desde que tenía dieciséis años; y desde que a los ocho años perdí la cabeza por él, no la he vuelto a recuperar.

Se negaba a llamarlo amor. ¿Cómo podía estar enamorada de un hombre como Pedro? Él había prosperado en los negocios, pero también se había convertido en un mujeriego.

A veces Paula se preguntaba si se habría imaginado que él había sido amable y bueno con ella cuando ella era una niña.

—¿Has dicho ocho? —le preguntó Damián.

—Sí. Entró a trabajar de chófer de mi padre cuando yo tenía ocho años.

—¡Era su chófer!

—Es una larga historia. Pero no fue Pedro el causante de mi obsesión con la comida. Fue su novia.

Ésa que no le había dejado ni a sol ni a sombra las Navidades pasadas; una bella y esbelta modelo en cuya presencia Paula se había sentido inferior.

Ya durante aquellas Navidades Paula se había consolado comiendo. Entre Navidad y Pascua, cuando Paula había vuelto a casa, había engordado diez kilos. Cuando la había visto Pedro se había quedado boquiabierto, seguramente del susto, pero no había dicho nada. Su nueva novia, una impresionante pero igualmente delgada actríz, no había sido tan discreta y enseguida había hecho un comentario socarrón sobre el aumento de la obesidad en Australia.

Consecuentemente, a finales de mayo Paula había engordado cinco kilos más.

Un día Paula había visto una fotografía del colegio que le había hecho reflexionar; y finalmente había buscado la ayuda de Damián.

Y allí estaba, con una figura esbelta y la autoestima por las nubes.

—O más bien sus dos novias —añadió Paula.

Pasó a darle más detalles de la relación con su tutor, aparte de las circunstancias que la habían animado a apuntarse al gimnasio.

—Sorprendente —comentó Damián cuando ella terminó de contarle.

—¿Qué es lo que te parece tan sorprendente? ¿Que estuviera tan gorda?

—Nunca estuviste gorda, Paula. Sólo te sobraban un par de kilos y te faltaba un poco de tono muscular. No, me refería a lo de tu herencia; porque tú no te comportas como una de esas niñas ricas.

—Es porque no lo soy. Al menos hasta que cumpla veinticinco. Durante años, tuve todos los gastos cubiertos, pero en cuanto terminé los estudios y pude ganarme la vida, tuve que mantenerme o morirme de hambre. Al principio me sentó un poco mal, pero finalmente entendí la postura de mi padre. Los regalos nunca le hicieron ningún bien a nadie.

—Eso depende. ¿Entonces este Pedro vive en la casa de tu familia sin pagar alquiler?

—Bueno, sí... En el testamento de mi padre decía que podía hacerlo.

—Hasta que tú cumplas veinticinco.

—Sí.

—¿Y cuándo será eso, exactamente?

—Bueno, en febrero. El dos.

—Y supongo que entonces echarás a esa sanguijuela de tu casa y le dirás que no quieres volver a verlo.

De momento Paula pestañeó, pero al instante se echó a reír.

—Estás totalmente equivocado, Damián. Pedro no necesita vivir sin pagar el alquiler. El tiene mucho dinero propio. Podría comprarse su propia mansión si quisiera.

En realidad, había querido comprarle la suya, pero ella había rechazado la oferta.

Paula sabía que la casa era demasiado grande para una chica soltera, pero era lo único que le quedaba de sus padres y, sencillamente, no quería deshacerse de ella.

—¿Y cómo es que este Pedro tiene tanto dinero? —preguntó Damián—. Has dicho que era el chófer de tu padre, ¿no?

Un Amor Imposible: Capítulo 1

Siete años después...

Paula observaba con expresión ceñuda a Damián, que en ese momento avanzaba
despacio hacia ella por el atestado bar con una copa de champán en cada mano.

En el rato que habían tardado en servirle, Paula había empezado a preguntarse
si no habría hecho mal aceptando la invitación de Damián a tomar una copa con él por Navidad.

Paula se consoló pensando que en los seis meses que Damián llevaba siendo su entrenador personal, jamás se le había insinuado, ni se había pasado de la raya. Pero en ese momento, mientras le pasaba la copa de champán y se sentaba frente a ella, Paula percibió un brillo especial en su mirada.

—Es muy amable por tu parte —comentó ella con cuidado.

Paula se sintió mal cuando él le sonrió de oreja a oreja.

—Soy amable, Paula—dijo él—. Y no, no estoy tratando de flirtear contigo.

—No lo había pensado —mintió ella antes de probar el champán.

—Sí que lo has pensado.

—Bueno...

Damián se echó a reír.

—Esta copa es para celebrar todo el trabajo que has hecho. Pero por favor ten cuidado durante las navidades. No quiero que llegues a finales de enero con la misma figura de hace seis meses.

Paula hizo una mueca al recordarlo y dejó la copa sobre la mesa.

—He reflexionado mucho estos meses pasados, mientras tú has estado ejercitando mis carnes fofas; y por fin he conseguido reconocer por qué comía descontroladamente.

—Dime cómo se llama, entonces.

—¿Quién?

—La razón que hay detrás de esa manera de comer.

Paula sonrió.

—Eres un hombre muy intuitivo, Damián.

Damián se encogió de hombros.

—Es lo lógico. Los gays somos muy comprensivos con los asuntos del corazón.

Paula estuvo a punto de verter el champán del susto que se llevó.

—No lo sospechabas en absoluto, ¿verdad? —añadió él.

Paula lo miró con los ojos como platos.

—¡En absoluto!

—No me gustan los hombres que van exhibiendo sus preferencias sexuales, que hablan de ello continuamente o que son muy amanerados.

Incluso sabiendo la verdad, Paula no era capaz de detectar nada claramente gay en Damián. Ni tampoco el resto de las mujeres que entrenaba con él en el gimnasio, a juzgar por las conversaciones que había oído en los vestuarios femeninos. La mayoría de las chicas pensaba que era un donjuán.

Aunque a Paula le parecía atractivo, ya que tenía unos bonitos ojos azules, un cuerpo impresionante y un bonito bronceado, nunca le habían gustado los hombres rubios.

—Y ahora que ya sabes que no voy detrás de tí —continuó Damián—, ¿qué tal si respondes a mi pregunta de antes? ¿O no quieres hablar de tu vida amorosa?

Paula se tuvo que reír.

—No tengo vida amorosa.

—¿Cómo, nada de nada?

—Este año no.

Había tenido novios en el pasado, tanto en la universidad como después; pero con todos terminaba mal cuando los llevaba a casa a conocer a Pedro.

En comparación con Pedro, el novio de turno siempre le parecía mediocre. Una y otra vez, Paula se daba cuenta con toda claridad de que deseaba a Pedro mucho más de lo que deseaba a los demás hombres. Por su parte, Pedro  poseía la habilidad de hacer comentarios que la llevaban a cuestionarse si su novio de turno estaba interesado en ella o en su futura herencia.

Sin embargo Paula no imaginaba que Pedro pudiera obstaculizar sus relaciones por razón personal alguna. Eso significaría que le importaba con quién salía. Y estaba claro que no le importaba. Pedro le había dejado muy claro, demasiado claro, que su tarea le parecía muy ingrata, y que sólo la toleraba por afecto y gratitud hacia su padre.

Él se ocupaba de su bienestar; pero desde un principio había aprovechado cualquier oportunidad para enviar a Paula con otras personas y librarse un poco de sus responsabilidades.

Las primeras Navidades después de terminar el instituto, él la había enviado a pasar unas largas vacaciones en el extranjero con una amiga y su familia: Después, se había ocupado de que viviera en el campus durante sus años de universidad en los que se había especializado en educación infantil. Cuando ella había conseguido un puesto en un colegio de la zona residencial al oeste de Sidney, él la había animado a alquilar una casita cerca del colegio, diciendo que el trayecto diario en coche desde Parramatta a Pomt Piper era demasiado largo.