— Y si se hubiera salido con la suya, lo sería ahora.
—Es posible —admitió en voz baja.
— Sabemos en que quedamos Redway y yo... ¿pero tú? — la miró a los ojos y levantó una mano para evitar que hablara-. No, espera un momento... ¡Voy a dejarte, Paula!
— ¡Pedro! Ya te dije...
—Escucha. No soporto seguirte lastimando así. Temo llegar algún día demasiado lejos. No soy dueño de mi mismo en lo que a tí se refiere. Deja que te diga algo mientras mi mente funciona con claridad. .. quiero una separación.
-No –protestó ella—. ¡No, pedro!
—Puedes recibir una pensión. Conseguir un apartamento o compartir uno —ella supo a quién tenía en mente-. Eso nos dará tiempo a los dos para resolver todo.
Se le quedó mirando, indignada por su sugerencia.
—¿Y si veo a David?
La miró torvamente.
—Eso lo tendrás que decidir tú. Yo te dejo en libertad, Paula. Ningún ser humano tiene el derecho de herir a otro de la manera en que yo lo estoy haciendo. Ambos tenemos que pensaren el futuro. De alguna manera tengo que luchar contra esto y nunca lo haré si estás cerca de mí.
No quería oír razones. Se había decidido y todas las súplicas y argumentos fallaron.
Una semana más tarde estaba instalada en el apartamento de Flor como huésped. Flor estaba entusiasmada y cuando David se enteró del asunto, le dirigió a Paula una mirada inquisidora.
—¿Se me permite aplaudir? -preguntó y ella movió la cabeza sin sonreír.
Los ensayos para la serie de televisión comenzaron una semana después. Las escenas de Paula con David se filmaban en el estudio.
Paula tembló de miedo al ver los trajes, David silbó.
—Estupendos —murmuró.
Al mirarse al espejo pensó con tristeza que eran bastante provocativos. Tenían el talle alto, al estilo imperio y la suave muselina con que estaban confeccionados caía resaltando sus formas.
Encontró que las técnicas de actuación para la pequeña pantalla eran diferentes de las que había aprendido para el teatro, pero David ya la había preparado para controlar la voz y utilizar los menos movimientos posibles.
— ¡No gesticules tanto! —le gritaba Pablo de vez en cuando y ella trataba de controlar las manos. Era difícil romper hábitos aprendidos durante años.
La escena que más la aterraba era una en la que tenía que acostarse con David.
Sin embargo, todos trataban esa secuencia como cualquier otra y después de un rato, comenzó a relajarse. Pero David tenía ganas de mortificarla y Pablo lo amonestó:
—Ésta no es una comedia, David. Repítela y borra esa sonrisa.
David lo miró enfadado pero obedeció. Paula observó cómo desaparecía su expresión burlona y con que facilidad asumía el sombrío aspecto de Napoleón. Caminó por el foro, la tomó de los hombros y la besó. Ella reaccionó por el temor y luchó.
Sin embargo, David no actuaba. Sus ojos tenían un brillo especial al mirarla y cuando comenzó a desvestirla, ella supo que lo hacía con agrado, y la acariciaba con toda deliberación. Pablo parecía satisfecho con la escena y cuando se terminó, mandó a todos a casa.
David la llevó al departamento en silencio, de vez en cuando la miraba con curiosa sonrisa. Cuando llegaron, Paula le increpó disgustada.
- Esto tiene que parar enseguida, David o abandonaré la serie.
—¿A qué te refieres? -pareció asombrado.
- Hoy te propasaste a propósito. Él sonrió sarcástico.
—Paula, cuando te quito la corona, me gustaría hacerlo sin público.
—Nunca llegaré a eso contigo, David, espera que te lo pida-replicó.
-Ambos sabemos qué es lo que quieres. Tu yo decidió divertirse hoy conmigo. Me quitaste la ropa con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Y por qué diablos no? No sucede a menudo que le paguen a uno por algo que ha querido hacer durante mucho tiempo.
—Debí darte una bofetada -estaba furiosa.
—Paula, querida...
—No, David. Te quiero tiernamente, siempre ha sido así y así seguirá. Admito que me ví tentada... por un momento. Pero nunca funcionaría, David. ¿No lo ves? No estamos hechos el uno para el otro.
—Sí lo estamos —comenzó a acercarse—. Querida, lo estamos.
—Flor y tú significan mucho para mí. Pero si todos estuviéramos en un globo con Pedro y sólo dos se pudieran quedar, sé a quién empujaría.
Él soltó una carcajada.
— ¡Paula, dices las cosas de un modo! Así que todavía es Pedro.
— Siempre será. Estoy loca por él. Lo amo, David. Compréndeme.
Se la quedó mirando en silencio y luego dijo con firmeza:
— Entonces, esto se acabó.
jueves, 21 de abril de 2016
Amores Que Matan: Capítulo 38
Ella le tenía cariño antes de que sintiera su atractivo. Y le seguiría teniendo cariño, porque la forma en que amaba a Pedro no se vería afectada por ninguno de esos dos sentimientos.
Pedro la miraba acusador, leyendo la culpa en su rostro enrojecido.
- ¡Pedro, jamás me he acostado con David, lo juro!
— ¡No me mientas! -le gritó revelando los celos que sentía. Le apretó los hombros con rudeza. Miró el encaje negro de su camisón con ojos que quemaban la blanca piel de los hombros y el largo cuello desnudo.
-¿Lo pasaste bien Paula? ¿Cómo hace el amor?
-Basta —gritó temblorosa.
—¿Así? —la apretó contra su pecho, lastimándole los labios como si necesitara herirla—. ¿O es más persuasivo, querida? ¿Qué clase de amante es?
La furia y la humillación la volvieron temeraria.
- Sea como sea, él no me maltrataría.
-¿Ah, no? —agachó la cabeza y movió su boca sobre la piel del ; cuello, deslizando los labios húmedos y cálidos sobre su piel-. ¿Está mejor así? —preguntó rozándole los hombros con los labios.
—Pedro—temblaba.
Entonces la miró con una emoción tan cercana al odio, que ella se asustó.
— ¡Pequeña mujerzuela! Apenas ha pasado una semana y ya estás de nuevo en la cama con él.
—¿Por qué no quieres escuchar? ¡No es cierto, Pedro!
La abofeteó y casi la hizo perder el equilibrio. Cayó sobre la cama. Antes que se repusiera, él estaba a su lado, sus manos desgarraban el camisón y luego su boca se cerró sobre ella.
Paula trató en vano de luchar con él y alejarlo. No podía permitir que la tratara así, pero sentía que, muy a su pesar, el deseo se iba apoderando de ella.
—Te amo, Pedro —le dijo aferrándose a él—. Te amo.
—Mientes, pero me importa un bledo... Oh, Dios. Me vuelves loco.
Ella lo besó amorosamente como respuesta.
Después de dar rienda suelta a sus sentimientos, se quedaron tendidos. La piel de Pedro ardía bajo su mejilla. Se quedó recostada durante un rato, luego se movió y encendió la lámpara, mirándole con atención.
—¿Te lastimé mucho? —le preguntó. La recorrió con los ojos y parpadeó—. ¡Oh, Dios, esas magulladuras! ¿Qué diablos te hice?
—No importa —dijo con rapidez y trató de sonreír-. Eres un amante brusco, Pedro, eso es todo.
—Esto no puede seguir. No tengo derecho a hacerte esto.
—Te amo, Pedro. No mentí acerca de David... jamás me puso una mano encima.
—Lo siento. Por supuesto que te creo. Perdí la cabeza -acongojado le miró el cuerpo—. Esta vez te lastimé de verdad... no digas que no lo hice. Cuando supe que habías visto a Redway quise matarte. Me quedé abajo mirando el whisky y tuve esas visiones que me daban vueltas en el cerebro... estabas en sus brazos... y me puse frenético.
—Olvídalo -dijo en voz baja acariciándole la mejilla.
—¿No entiendes? Podría matarte un día.... y casi lo hice esta noche.
—En vez de eso me hiciste el amor —le sonrió.
—¿Y te dejé esos moretones? ¿Crees que me da gusto habértelos hecho?
—Te perdono.
— Yo no. Pau, tengo que dejarte. Tengo que solucionar esto de alguna manera. Contigo a mi alrededor no puedo hacerlo. Tengo que pensar con claridad y contigo a mi lado no lo lograré.
¿Sería ése el problema?, se preguntó. ¿Cómo coexistía ese cerebro inteligente dentro de la hermosa cabeza de Pedro con los instintos apasionados y brutales de su cuerpo? ¿Había guerra entre ellos? ¿Se sentía dividido, desgarrado entre las dos mitades de su naturaleza? ¿Encontraba que la fría inteligencia de su mente fallaba ante un problema emocional como el de ellos? Había sido educado para usar la mente.
Sin embargo, una inteligencia fría y fuerte no podía resolver problemas surgidos por una causa emocional.
—Todo lo que tienes que pensar es que te estoy diciendo la verdad — insistió—. Te amo, así como eres... no niego que esta noche me lastimaste y a pesar de ello te quiero.
Él pareció sorprenderse y ella se rió con tristeza.
—¿Crees que no debería haberme sucedido? Tal vez tengas razón, pero así fue. Tal vez por esto te quiero a tí y no a David, cariño mío. Algo en mí responde a la ofuscación que hay en tí.
Él se la quedó mirando ceñudo.
—¿Sólo lo dices por consolarme? ¿Tratas de ser amable? No quiero tu amabilidad, Paula.
— Y yo no quiero tu orgullo. Quiero la verdad entre nosotros.
-Me pregunto si quieres saber lo que es eso. Paula ¿estuviste muy cerca de Redway todos esos
años?
—Mucho.
-Cuando nos casamos eras virgen -como si hablara consigo mismo—. Eso me sorprendió.
—Gracias -dijo con acritud.
—Entonces sospechaba que había sido tu amante.
—No lo fue.
— Eso lo supe después. Pero creo que lo hubiera podido ser. Se miraron a los ojos y ella suspiró.
—Oh, tal vez -no tenía objeto mentir.
Pedro la miraba acusador, leyendo la culpa en su rostro enrojecido.
- ¡Pedro, jamás me he acostado con David, lo juro!
— ¡No me mientas! -le gritó revelando los celos que sentía. Le apretó los hombros con rudeza. Miró el encaje negro de su camisón con ojos que quemaban la blanca piel de los hombros y el largo cuello desnudo.
-¿Lo pasaste bien Paula? ¿Cómo hace el amor?
-Basta —gritó temblorosa.
—¿Así? —la apretó contra su pecho, lastimándole los labios como si necesitara herirla—. ¿O es más persuasivo, querida? ¿Qué clase de amante es?
La furia y la humillación la volvieron temeraria.
- Sea como sea, él no me maltrataría.
-¿Ah, no? —agachó la cabeza y movió su boca sobre la piel del ; cuello, deslizando los labios húmedos y cálidos sobre su piel-. ¿Está mejor así? —preguntó rozándole los hombros con los labios.
—Pedro—temblaba.
Entonces la miró con una emoción tan cercana al odio, que ella se asustó.
— ¡Pequeña mujerzuela! Apenas ha pasado una semana y ya estás de nuevo en la cama con él.
—¿Por qué no quieres escuchar? ¡No es cierto, Pedro!
La abofeteó y casi la hizo perder el equilibrio. Cayó sobre la cama. Antes que se repusiera, él estaba a su lado, sus manos desgarraban el camisón y luego su boca se cerró sobre ella.
Paula trató en vano de luchar con él y alejarlo. No podía permitir que la tratara así, pero sentía que, muy a su pesar, el deseo se iba apoderando de ella.
—Te amo, Pedro —le dijo aferrándose a él—. Te amo.
—Mientes, pero me importa un bledo... Oh, Dios. Me vuelves loco.
Ella lo besó amorosamente como respuesta.
Después de dar rienda suelta a sus sentimientos, se quedaron tendidos. La piel de Pedro ardía bajo su mejilla. Se quedó recostada durante un rato, luego se movió y encendió la lámpara, mirándole con atención.
—¿Te lastimé mucho? —le preguntó. La recorrió con los ojos y parpadeó—. ¡Oh, Dios, esas magulladuras! ¿Qué diablos te hice?
—No importa —dijo con rapidez y trató de sonreír-. Eres un amante brusco, Pedro, eso es todo.
—Esto no puede seguir. No tengo derecho a hacerte esto.
—Te amo, Pedro. No mentí acerca de David... jamás me puso una mano encima.
—Lo siento. Por supuesto que te creo. Perdí la cabeza -acongojado le miró el cuerpo—. Esta vez te lastimé de verdad... no digas que no lo hice. Cuando supe que habías visto a Redway quise matarte. Me quedé abajo mirando el whisky y tuve esas visiones que me daban vueltas en el cerebro... estabas en sus brazos... y me puse frenético.
—Olvídalo -dijo en voz baja acariciándole la mejilla.
—¿No entiendes? Podría matarte un día.... y casi lo hice esta noche.
—En vez de eso me hiciste el amor —le sonrió.
—¿Y te dejé esos moretones? ¿Crees que me da gusto habértelos hecho?
—Te perdono.
— Yo no. Pau, tengo que dejarte. Tengo que solucionar esto de alguna manera. Contigo a mi alrededor no puedo hacerlo. Tengo que pensar con claridad y contigo a mi lado no lo lograré.
¿Sería ése el problema?, se preguntó. ¿Cómo coexistía ese cerebro inteligente dentro de la hermosa cabeza de Pedro con los instintos apasionados y brutales de su cuerpo? ¿Había guerra entre ellos? ¿Se sentía dividido, desgarrado entre las dos mitades de su naturaleza? ¿Encontraba que la fría inteligencia de su mente fallaba ante un problema emocional como el de ellos? Había sido educado para usar la mente.
Sin embargo, una inteligencia fría y fuerte no podía resolver problemas surgidos por una causa emocional.
—Todo lo que tienes que pensar es que te estoy diciendo la verdad — insistió—. Te amo, así como eres... no niego que esta noche me lastimaste y a pesar de ello te quiero.
Él pareció sorprenderse y ella se rió con tristeza.
—¿Crees que no debería haberme sucedido? Tal vez tengas razón, pero así fue. Tal vez por esto te quiero a tí y no a David, cariño mío. Algo en mí responde a la ofuscación que hay en tí.
Él se la quedó mirando ceñudo.
—¿Sólo lo dices por consolarme? ¿Tratas de ser amable? No quiero tu amabilidad, Paula.
— Y yo no quiero tu orgullo. Quiero la verdad entre nosotros.
-Me pregunto si quieres saber lo que es eso. Paula ¿estuviste muy cerca de Redway todos esos
años?
—Mucho.
-Cuando nos casamos eras virgen -como si hablara consigo mismo—. Eso me sorprendió.
—Gracias -dijo con acritud.
—Entonces sospechaba que había sido tu amante.
—No lo fue.
— Eso lo supe después. Pero creo que lo hubiera podido ser. Se miraron a los ojos y ella suspiró.
—Oh, tal vez -no tenía objeto mentir.
Amores Que Matan: Capítulo 37
Pedro regresó un día antes de lo pensado y sin avisar, por lo que ella ya estaba en la cama cuando oyó el coche y luego la forma silenciosa en que cerró la puerta de la casa. Se salió del lecho y se puso una bata, parpadeando adormilada cuando él abrió la puerta de la habitación y la miró.
— Has llegado pronto -le dijo acercándose a besarle y su brazo la sostuvo por un momento antes de mirarla con una ligera sonrisa.
— Perdona, querida, ¿te desperté?
-No importa... ¿quieres algo de cenar?
— Ya he cenado. Voy a beber algo y luego iré a la cama.
Ella se volvió a meter a la cama y lo esperó. Unos momentos después entró en la alcoba llevando un vaso.
—¿Salió todo bien en el juicio? -le preguntó.
Él asintió, dándole la espalda mientras se quitaba la chaqueta y la corbata. Ella lo observó mientras colgaba cuidadosamente su ropa. Sorbió un poco de whisky.
—¿Cómo lo pasaste mientras estuve ausente?
Ella tenía que decírselo.
—Comí con Flor—dijo con indiferencia pero observando la frialdad de su rostro.
—¿Sólo con Flor? —preguntó sin expresión.
Paula titubeó y eso fue un error.
—Redway también —contestó por ella.
Ella se lamió los labios con nerviosismo.
—Sí — dijo deseando haberlo dicho la primera vez, porque sabía lo que quería decir esa dura expresión.
—¿Qué tren tomaste de regreso?
—David me trajo en su coche.
—Muy amable. Espero que le haya gustado mi whisky.
Ella iba a decir algo pero supo que él ya lo había adivinado antes de subir. Miró su vaso de whisky y cerró los ojos sintiéndose desgraciada.
—¿Lo tomó antes o después? -preguntó Pedro y su tono no pudo ser más insultante.
—Por favor no, Pedro -le rogó angustiada.
—Estoy seguro que lo hiciste sentirse a gusto.
— ¡Por Dios del cielo, Pedro no sigas! Soltó el vaso de golpe.
—¿En mi propia casa? ¿Fue en esta cama, pequeña golfa? Paula salió de la cama temblando.
— ¡No, Pedro, no es cierto!
Él la alcanzó antes de que llegara a la puerta, y sus manos la agarraron con tanta violencia que gritó de dolor.
— ¡No lo hice, Pedro... créeme!
—¿Me tomas por un tonto? No ibas a decirme la verdad. Tuve que sacártela.
Estuvo aquí, tomando mi whisky, disfrutando de mi mujer.
-¡No!
—Cada vez que lo ves, se te nota en la cara —la acusó violento—-Cualquiera que los viera juntos sabría... no lo puedes disimular.
Le miró aterrorizada, porque era cierto y lo sabía. En la fiesta de Silvana, fue consciente de ello. Sin embargo, ¿cómo podía hacerle creer a Pedro que el magnetismo físico que la atraía hacia David no tenía ninguna fuerza comparada con el amor que sentía por él? ¿Por qué hay que creer que una mujer es incapaz de sentir atracción física a menos que esté profundamente enamorada? —se preguntó y se dijo que David era un hombre muy atractivo y que ella le tenía afecto. Las dos emociones no estaban relacionadas.
— Has llegado pronto -le dijo acercándose a besarle y su brazo la sostuvo por un momento antes de mirarla con una ligera sonrisa.
— Perdona, querida, ¿te desperté?
-No importa... ¿quieres algo de cenar?
— Ya he cenado. Voy a beber algo y luego iré a la cama.
Ella se volvió a meter a la cama y lo esperó. Unos momentos después entró en la alcoba llevando un vaso.
—¿Salió todo bien en el juicio? -le preguntó.
Él asintió, dándole la espalda mientras se quitaba la chaqueta y la corbata. Ella lo observó mientras colgaba cuidadosamente su ropa. Sorbió un poco de whisky.
—¿Cómo lo pasaste mientras estuve ausente?
Ella tenía que decírselo.
—Comí con Flor—dijo con indiferencia pero observando la frialdad de su rostro.
—¿Sólo con Flor? —preguntó sin expresión.
Paula titubeó y eso fue un error.
—Redway también —contestó por ella.
Ella se lamió los labios con nerviosismo.
—Sí — dijo deseando haberlo dicho la primera vez, porque sabía lo que quería decir esa dura expresión.
—¿Qué tren tomaste de regreso?
—David me trajo en su coche.
—Muy amable. Espero que le haya gustado mi whisky.
Ella iba a decir algo pero supo que él ya lo había adivinado antes de subir. Miró su vaso de whisky y cerró los ojos sintiéndose desgraciada.
—¿Lo tomó antes o después? -preguntó Pedro y su tono no pudo ser más insultante.
—Por favor no, Pedro -le rogó angustiada.
—Estoy seguro que lo hiciste sentirse a gusto.
— ¡Por Dios del cielo, Pedro no sigas! Soltó el vaso de golpe.
—¿En mi propia casa? ¿Fue en esta cama, pequeña golfa? Paula salió de la cama temblando.
— ¡No, Pedro, no es cierto!
Él la alcanzó antes de que llegara a la puerta, y sus manos la agarraron con tanta violencia que gritó de dolor.
— ¡No lo hice, Pedro... créeme!
—¿Me tomas por un tonto? No ibas a decirme la verdad. Tuve que sacártela.
Estuvo aquí, tomando mi whisky, disfrutando de mi mujer.
-¡No!
—Cada vez que lo ves, se te nota en la cara —la acusó violento—-Cualquiera que los viera juntos sabría... no lo puedes disimular.
Le miró aterrorizada, porque era cierto y lo sabía. En la fiesta de Silvana, fue consciente de ello. Sin embargo, ¿cómo podía hacerle creer a Pedro que el magnetismo físico que la atraía hacia David no tenía ninguna fuerza comparada con el amor que sentía por él? ¿Por qué hay que creer que una mujer es incapaz de sentir atracción física a menos que esté profundamente enamorada? —se preguntó y se dijo que David era un hombre muy atractivo y que ella le tenía afecto. Las dos emociones no estaban relacionadas.
martes, 19 de abril de 2016
Amores Que Matan: Capítulo 36
— Estás loca —dijo Flor furibunda—. Pedro Alfonso es un sinvergüenza frío y arrogante y lo sabes, no sé qué ves en él.
—Le amo.
— ¡Oh, Pau, a veces me haces enfadar tanto!
Paula se rió.
—Lo siento, Flor. Sabía lo que me esperaba cuando regresé a su lado. No es fácil vivir con Pedro... pero es más difícil vivir sin él Podría abandonarlo ahora pero no pasaría mucho tiempo antes de que estuviera de rodillas de nuevo a su lado, porque sé muy bien que no puedo vivir sin él.
Flor tuvo que creerle pero no la entendía.
—Eres una tonta. David vale mil veces más que Pedro.
Paula desvió la mirada y cambió de tema. No podía dejar que Flor le hablara de David; nunca se pondrían de acuerdo sobre el tema. Pero Flor no regateaba esfuerzo por reunirlos, porque sin que lo notara Paula, debió llamarle, avisándole, ya que por una aparente coincidencia, llegó en el momento que salían a comer y por la cara de su amiga supo muy bien que le había telefoneado.
Sin embargo hizo como que no lo notaba.
— ¡Hola, David! —dijo con toda calma.
Él la miró burlón.
—Paula, ¡qué alegría encontrarte!
Fue a comer con ellas y tal vez un extraño no hubiera percibido la tensión oculta porque los tres actuaban como locos, hablaban con ligereza y alegría y reían a carcajadas.
—Déjame y lleva a Paula a la estación a tomar el tren --dijo Flor y David asintió.
Sin embargo, no la llevó a la estación. Tomó un camino por uno de los puentes de Londres donde se veía el cielo azul, Al cabo de un rato, Paula preguntó cautelosa.
—¿A dónde me llevas, David?
—A tu casa.
—No seas absurdo, puedo tomar el tren.
—Tengo ganas de dar un paseo. Dijiste que Pedro está ausente, así que no debes tener prisa en regresar.
—No es una buena idea —dijo nerviosa.
Él no contestó, siguió conduciendo y ella no tuvo ganas de discutir con él, así que se quedó callada.
—¿Cómo van las cosas? —le preguntó mientras se alejaban de los suburbios de Londres.
-Bien—mintió ella.
Él la miró burlón.
—Querida, vuelve a decirlo de nuevo con más convicción. Creo que puedes actuar bastante mejor, Paula.
—Bestia —le dijo ella riendo porque David siempre la había hecho reír, tenía una cara muy cómica debajo de esas espesas cejas.
—¿Está celoso de mí? —preguntó David y ella suspiró.
Él la volvió a mirar con ojos penetrantes.
—Está enfermo de celos, ¿verdad? Lo noté cuando fuí a verte el otro día. No le gusta la idea de que hagas la serie, ¿o sí?
-No.
—Le gustará mucho menos cuando vea los guiones -dijo David con malicia.
-¿Por qué? — le preguntó ansiosa.
— Una de las escenas de amor quema el papel en que está escrita -dijo con alegría.
—Oh, Dios -dijo sobresaltada.
—La espero con ansia —dijo David sonriendo.
Paula le dirigió una mirada furiosa.
—Flor tiene una teoría acerca de él -le contó David-. Piensa que siente que el haberse casado con una actriz está por debajo de su dignidad y trató de apartarte de todos nosotros para enterrar el recuerdo.
Paula había oído a Flor hablar sobre Pedro y no quería saber más de sus teorías.
—No conoces a Pedro.
—¿Me tiene miedo, verdad? -preguntó David con indiferencia.
—¿Por qué dices eso? —dijo tensa.
—Tengo ojos, amor mío. Cuando fuí el domingo, tenía ganas de echarme pero temió que te fueras conmigo, así que trató de comportarse como un perfecto caballero y el esfuerzo que hizo fue demasiado para él. Se salió para evitar ahorcarme.
Pedro siempre había sido un buen juez del carácter y a menudo habían practicado un juego para adivinar la clase de personas que se cruzaban con ellos en la calle. Era parte del método utilizado para estudiar teatro. Paula estaba ansiosa, lo miraba con ojos preocupados.
—David, mi matrimonio es importante para mí... no trates de destruirlo.
—¿Cómo podría hacerlo, querida? —preguntó burlón, y el brillo de sus ojos le dijo que sabía muy bien que podía hacerlo si lo intentaba.
Cuando llegaron a la casa, la siguió al interior.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó por cortesía.
—Whisky —ella le sirvió un vaso y se lo llevó.
Él se recostó sobre el sofá con indiferencia, en una mano tenía el vaso y el otro brazo estaba estirado sobre el respaldo.
-Siéntate -le dijo señalando el lugar a su lado. Al notar que ella dudaba, añadió-:
-No voy a morderte, Paula-y cuando se sentó, agregó burlón—: Aunque la idea es tentadora.
Paula cambió el giro de la conversación y comenzó a hablar sobre la serie de televisión y él empezó a darle los detalles de lo que esperaba y a contarle algo del actor que había conseguido para hacer la parte de Wellington.
—¿Es buen actor?
—Tiene cara de palo —David se encogió de hombros.
Le sirvió otra bebida y él la observó mientras se la daba.
— Será mejor que no bebas mucho. Tienes que conducir hasta Londres -le sugirió un poco nerviosa.
-¿No podría esperar que me dieran aquí una cama?
—No, David.
Movió la mano para acariciar la piel de su antebrazo.
-¿No?
Durante un momento se quedaron mirando en silencio.
—No —contestó ella con sinceridad. Cometió un error al dejarle ver que temía que interfiriera en su matrimonio. A David no había que decirle nada dos veces.
Se tomó el whisky.
—¿Ni siquiera vas a darme algo de comer? —se quejó—. Lo mejor que podré encontrar en el camino de regreso serán huevos y patatas fritas en un café de la carretera.
Ella no pudo decir que no. Entró en la cocina y le hizo una tortilla de cebolla y champiñón.
—Eres una excelente ama de casa. Sin embargo, es una lástima.
Se quedó allí varias horas y ella estuvo todo el tiempo sobre ascuas y lo peor era que David lo sabía; los burlones ojos se lo demostraron. La inquietaba de manera deliberada y ella no podía mirarlo a la cara sin revelar cosas que su mente le advertía que debían quedar ocultas.
—Le amo.
— ¡Oh, Pau, a veces me haces enfadar tanto!
Paula se rió.
—Lo siento, Flor. Sabía lo que me esperaba cuando regresé a su lado. No es fácil vivir con Pedro... pero es más difícil vivir sin él Podría abandonarlo ahora pero no pasaría mucho tiempo antes de que estuviera de rodillas de nuevo a su lado, porque sé muy bien que no puedo vivir sin él.
Flor tuvo que creerle pero no la entendía.
—Eres una tonta. David vale mil veces más que Pedro.
Paula desvió la mirada y cambió de tema. No podía dejar que Flor le hablara de David; nunca se pondrían de acuerdo sobre el tema. Pero Flor no regateaba esfuerzo por reunirlos, porque sin que lo notara Paula, debió llamarle, avisándole, ya que por una aparente coincidencia, llegó en el momento que salían a comer y por la cara de su amiga supo muy bien que le había telefoneado.
Sin embargo hizo como que no lo notaba.
— ¡Hola, David! —dijo con toda calma.
Él la miró burlón.
—Paula, ¡qué alegría encontrarte!
Fue a comer con ellas y tal vez un extraño no hubiera percibido la tensión oculta porque los tres actuaban como locos, hablaban con ligereza y alegría y reían a carcajadas.
—Déjame y lleva a Paula a la estación a tomar el tren --dijo Flor y David asintió.
Sin embargo, no la llevó a la estación. Tomó un camino por uno de los puentes de Londres donde se veía el cielo azul, Al cabo de un rato, Paula preguntó cautelosa.
—¿A dónde me llevas, David?
—A tu casa.
—No seas absurdo, puedo tomar el tren.
—Tengo ganas de dar un paseo. Dijiste que Pedro está ausente, así que no debes tener prisa en regresar.
—No es una buena idea —dijo nerviosa.
Él no contestó, siguió conduciendo y ella no tuvo ganas de discutir con él, así que se quedó callada.
—¿Cómo van las cosas? —le preguntó mientras se alejaban de los suburbios de Londres.
-Bien—mintió ella.
Él la miró burlón.
—Querida, vuelve a decirlo de nuevo con más convicción. Creo que puedes actuar bastante mejor, Paula.
—Bestia —le dijo ella riendo porque David siempre la había hecho reír, tenía una cara muy cómica debajo de esas espesas cejas.
—¿Está celoso de mí? —preguntó David y ella suspiró.
Él la volvió a mirar con ojos penetrantes.
—Está enfermo de celos, ¿verdad? Lo noté cuando fuí a verte el otro día. No le gusta la idea de que hagas la serie, ¿o sí?
-No.
—Le gustará mucho menos cuando vea los guiones -dijo David con malicia.
-¿Por qué? — le preguntó ansiosa.
— Una de las escenas de amor quema el papel en que está escrita -dijo con alegría.
—Oh, Dios -dijo sobresaltada.
—La espero con ansia —dijo David sonriendo.
Paula le dirigió una mirada furiosa.
—Flor tiene una teoría acerca de él -le contó David-. Piensa que siente que el haberse casado con una actriz está por debajo de su dignidad y trató de apartarte de todos nosotros para enterrar el recuerdo.
Paula había oído a Flor hablar sobre Pedro y no quería saber más de sus teorías.
—No conoces a Pedro.
—¿Me tiene miedo, verdad? -preguntó David con indiferencia.
—¿Por qué dices eso? —dijo tensa.
—Tengo ojos, amor mío. Cuando fuí el domingo, tenía ganas de echarme pero temió que te fueras conmigo, así que trató de comportarse como un perfecto caballero y el esfuerzo que hizo fue demasiado para él. Se salió para evitar ahorcarme.
Pedro siempre había sido un buen juez del carácter y a menudo habían practicado un juego para adivinar la clase de personas que se cruzaban con ellos en la calle. Era parte del método utilizado para estudiar teatro. Paula estaba ansiosa, lo miraba con ojos preocupados.
—David, mi matrimonio es importante para mí... no trates de destruirlo.
—¿Cómo podría hacerlo, querida? —preguntó burlón, y el brillo de sus ojos le dijo que sabía muy bien que podía hacerlo si lo intentaba.
Cuando llegaron a la casa, la siguió al interior.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó por cortesía.
—Whisky —ella le sirvió un vaso y se lo llevó.
Él se recostó sobre el sofá con indiferencia, en una mano tenía el vaso y el otro brazo estaba estirado sobre el respaldo.
-Siéntate -le dijo señalando el lugar a su lado. Al notar que ella dudaba, añadió-:
-No voy a morderte, Paula-y cuando se sentó, agregó burlón—: Aunque la idea es tentadora.
Paula cambió el giro de la conversación y comenzó a hablar sobre la serie de televisión y él empezó a darle los detalles de lo que esperaba y a contarle algo del actor que había conseguido para hacer la parte de Wellington.
—¿Es buen actor?
—Tiene cara de palo —David se encogió de hombros.
Le sirvió otra bebida y él la observó mientras se la daba.
— Será mejor que no bebas mucho. Tienes que conducir hasta Londres -le sugirió un poco nerviosa.
-¿No podría esperar que me dieran aquí una cama?
—No, David.
Movió la mano para acariciar la piel de su antebrazo.
-¿No?
Durante un momento se quedaron mirando en silencio.
—No —contestó ella con sinceridad. Cometió un error al dejarle ver que temía que interfiriera en su matrimonio. A David no había que decirle nada dos veces.
Se tomó el whisky.
—¿Ni siquiera vas a darme algo de comer? —se quejó—. Lo mejor que podré encontrar en el camino de regreso serán huevos y patatas fritas en un café de la carretera.
Ella no pudo decir que no. Entró en la cocina y le hizo una tortilla de cebolla y champiñón.
—Eres una excelente ama de casa. Sin embargo, es una lástima.
Se quedó allí varias horas y ella estuvo todo el tiempo sobre ascuas y lo peor era que David lo sabía; los burlones ojos se lo demostraron. La inquietaba de manera deliberada y ella no podía mirarlo a la cara sin revelar cosas que su mente le advertía que debían quedar ocultas.
Le empujó hacia la puerta y él se detuvo mirándola con curiosidad.
— Debes saber que no es un crimen -dijo con suavidad. —¿Qué? —le preguntó ruborizada.
Le puso una mano sobre la barbilla y con los dedos acarició su mejilla.
— El que le guste a uno alguien —dijo mirándola a los ojos. —Buenas noches, David dijo enrojecida.
—Deja que me quede - le susurró.
— ¡No!-dijo ella perdiendo la calma.
—Paula, no me lo puedes ocultar, ni tampoco a él... como yo tampoco te lo puedo ocultar a tí-le sonrió con ternura-. Eres muy bella, querida, y te he esperado durante mucho tiempo.
— Le amo a él - le dijo con voz apasionada, porque no podía dejar de sentir la tentación que era la voz acariciadora de David-. Pedro significa para mí más que nadie en el mundo.
Él dejó caer las manos. Se dió la vuelta y salió sin decir palabra. Paula se fue a la cama sintiendo que había estado a punto de caer en un precipicio.
Amores Que Matan: Capítulo 35
—Había planeado una cena especial.
—Si insistes —dijo de mala gana—. Pero yo podría pensar en otra forma más agradable de pasar la velada.
—Lo que queda de ella -dijo mirando el reloj-. Debía necesitar ese sueño.
— Yo te necesitaba a tí -le dijo y ella saltó fuera de la cama con gracia, consciente de sus ojos.
Se puso una bata ligera, se la ató a la cintura y le hizo una mueca.
— ¡Si tú no tienes hambre, yo sí! Pedro preguntó durante la cena: —¿Qué hiciste hoy?
—Pocas cosas. Fui de compras. Ah, me encontré a Juana... quiere que vayamos a cenar a su casa el jueves y le dije que iríamos. Llegarás a tiempo, ¿verdad?
—Si tengo que hacerlo...
—Tienes que hacerlo. Hace años que no cenamos con ellos. Será divertido y ya que se lo prometí tenemos que ir.
—Supongo que lo soportaré —dijo sin entusiasmo. Luego se sirvió otra taza de café y preguntó—: ¿Volviste a pensar en vender esta casa?
— Sí —dijo con firmeza-. Conseguiré un agente de bienes raíces para que venga a valorarla, ¿está bien?
—Si quieres... —desvió la mirada.
—Así que estaremos más tiempo juntos — e insistió—. No tendrás que viajar tanto para ir al trabajo.
—Londres no es el lugar en el que quiero vivir. Trabajar allí ya es bastante desagradable y cuando tenga que viajar no te veré mucho de todas maneras.
Ella se quedó en silencio con la cabeza inclinada. Pedro dijo con brusquedad después de un momento.
— Pero si eso es lo que quieres... Ella levantó la cabeza.
—Eso es.
-Como gustes.
Pero Paula sintió que el corazón se le contraía bajo la fría mirada de sus ojos y volvió a preguntarse cuánto tiempo soportaría su obsesiva y celosa necesidad de aislarla de todos.
Cenaron con Juana y Bernardo Eddows como tenían pensado y la velada resultó muy agradable. Pedro era encantador cuando se lo proponía y Juana conversaba con animación sentada a su lado. Paula lo observaba en secreto y admiraba la firmeza de sus facciones, las pobladas cejas negras que con ligero movimiento podían demostrar desdén, furia, frialdad; la forma y profundidad de sus ojos grises, la larga naríz y debajo, la línea de su boca, en ese momento relajada, sonriente, pero que en un segundo podía volverse salvaje, herir y exaltarse al besarla.
Bernardo lo llevó a ver la nueva mesa de billar que había instalado en el sótano de la casa victoriana y Juana los vió irse con un suspiro.
—Tu marido es todo un hombre.
-Gracias —dijo Paula sonriendo-. También el tuyo.
Juana puso una cara amorosa.
—Oh, Bernardo es muy dulce y lo amo, pero para ser franca, Paula... ¡Pedro es muy atractivo! A todas las mujeres les gusta soñar en ocasiones y ese hombre tuyo es un sueño... ¿Cómo está con la toga y la peluca? Apuesto a que irresistible.
No, pensó Paula. En el juzgado, Pedro parecía peligroso; un enemigo despiadado de facciones duras como la piedra y una lengua cruel cuando acusaba a sus víctimas. A ella no le gustaría encontrarse en el banquillo de los acusados. Ya era bastante duro cuando en su casa se ponía de mal humor.
Seguía atemorizada. Se sentía inferior frente a esa fuerte personalidad. De vez en cuando, todavía irradiaba de su persona una amarga hostilidad y ella casi perdía la paciencia ante su tono mordaz. Tenía que hacer acopio de toda su voluntad para contener los insultos que la venían a la mente.
Vivía en un continuo estado de alerta, actuaba con amabilidad, se cuidaban uno al otro, pero cuando sonaba el teléfono, lo veía entrecerrar los ojos receloso y cuando recogía la correspondencia diaria, notaba la mirada observadora. No había apartado a David de la mente y estaba seguro de que ella tampoco. Aunque no habían vuelto a saber de David, Paula sabía que éste no estaba sufriendo amargamente por ella.
Cuando Pedro le comunicó que tenía que ir una semana a Leicester para llevar la defensa de un caso importante, trató de no cambiar de expresión porque era muy consciente de que la observaba.
—¿Estarás bien?
—Sí —dijo con cautela—, por supuesto.
Durante su ausencia fue a Londres a ver a Flor. Había retrasado la visita porque no la deseaba y cuando Flor abrió la puerta del apartamento, la miró enfadada. Paula se detuvo indecisa.
—Vamos, entra —dijo Flor con severidad, pero no podía guardarle rencor. El afecto que le tenía a Paula surgió al cabo de unos momentos.
—¿Por qué? —preguntó sin embargo—. Paula, ¿porqué lo hiciste?
—Es mi marido.
—Pero casi te vuelve loca. ¿Regresaste para que pudiera lograrlo?
Paula pensó que todavía podía suceder, pero dijo en voz alta:
-Pobre Pedro, realmente le tienes manía ¿verdad?
—¿Y qué pasa con David?
- Sobrevivirá —dijo Paula con cierto humor—. Sabe cómo hacerlo, Flor.
—Paula, no sabes que David...
Paula no podía permitir que lo dijera, por lo que agregó con rapidez:
—Conozco a David tan bien como tú, Flor y sé que estará bien.
—Si insistes —dijo de mala gana—. Pero yo podría pensar en otra forma más agradable de pasar la velada.
—Lo que queda de ella -dijo mirando el reloj-. Debía necesitar ese sueño.
— Yo te necesitaba a tí -le dijo y ella saltó fuera de la cama con gracia, consciente de sus ojos.
Se puso una bata ligera, se la ató a la cintura y le hizo una mueca.
— ¡Si tú no tienes hambre, yo sí! Pedro preguntó durante la cena: —¿Qué hiciste hoy?
—Pocas cosas. Fui de compras. Ah, me encontré a Juana... quiere que vayamos a cenar a su casa el jueves y le dije que iríamos. Llegarás a tiempo, ¿verdad?
—Si tengo que hacerlo...
—Tienes que hacerlo. Hace años que no cenamos con ellos. Será divertido y ya que se lo prometí tenemos que ir.
—Supongo que lo soportaré —dijo sin entusiasmo. Luego se sirvió otra taza de café y preguntó—: ¿Volviste a pensar en vender esta casa?
— Sí —dijo con firmeza-. Conseguiré un agente de bienes raíces para que venga a valorarla, ¿está bien?
—Si quieres... —desvió la mirada.
—Así que estaremos más tiempo juntos — e insistió—. No tendrás que viajar tanto para ir al trabajo.
—Londres no es el lugar en el que quiero vivir. Trabajar allí ya es bastante desagradable y cuando tenga que viajar no te veré mucho de todas maneras.
Ella se quedó en silencio con la cabeza inclinada. Pedro dijo con brusquedad después de un momento.
— Pero si eso es lo que quieres... Ella levantó la cabeza.
—Eso es.
-Como gustes.
Pero Paula sintió que el corazón se le contraía bajo la fría mirada de sus ojos y volvió a preguntarse cuánto tiempo soportaría su obsesiva y celosa necesidad de aislarla de todos.
Cenaron con Juana y Bernardo Eddows como tenían pensado y la velada resultó muy agradable. Pedro era encantador cuando se lo proponía y Juana conversaba con animación sentada a su lado. Paula lo observaba en secreto y admiraba la firmeza de sus facciones, las pobladas cejas negras que con ligero movimiento podían demostrar desdén, furia, frialdad; la forma y profundidad de sus ojos grises, la larga naríz y debajo, la línea de su boca, en ese momento relajada, sonriente, pero que en un segundo podía volverse salvaje, herir y exaltarse al besarla.
Bernardo lo llevó a ver la nueva mesa de billar que había instalado en el sótano de la casa victoriana y Juana los vió irse con un suspiro.
—Tu marido es todo un hombre.
-Gracias —dijo Paula sonriendo-. También el tuyo.
Juana puso una cara amorosa.
—Oh, Bernardo es muy dulce y lo amo, pero para ser franca, Paula... ¡Pedro es muy atractivo! A todas las mujeres les gusta soñar en ocasiones y ese hombre tuyo es un sueño... ¿Cómo está con la toga y la peluca? Apuesto a que irresistible.
No, pensó Paula. En el juzgado, Pedro parecía peligroso; un enemigo despiadado de facciones duras como la piedra y una lengua cruel cuando acusaba a sus víctimas. A ella no le gustaría encontrarse en el banquillo de los acusados. Ya era bastante duro cuando en su casa se ponía de mal humor.
Seguía atemorizada. Se sentía inferior frente a esa fuerte personalidad. De vez en cuando, todavía irradiaba de su persona una amarga hostilidad y ella casi perdía la paciencia ante su tono mordaz. Tenía que hacer acopio de toda su voluntad para contener los insultos que la venían a la mente.
Vivía en un continuo estado de alerta, actuaba con amabilidad, se cuidaban uno al otro, pero cuando sonaba el teléfono, lo veía entrecerrar los ojos receloso y cuando recogía la correspondencia diaria, notaba la mirada observadora. No había apartado a David de la mente y estaba seguro de que ella tampoco. Aunque no habían vuelto a saber de David, Paula sabía que éste no estaba sufriendo amargamente por ella.
Cuando Pedro le comunicó que tenía que ir una semana a Leicester para llevar la defensa de un caso importante, trató de no cambiar de expresión porque era muy consciente de que la observaba.
—¿Estarás bien?
—Sí —dijo con cautela—, por supuesto.
Durante su ausencia fue a Londres a ver a Flor. Había retrasado la visita porque no la deseaba y cuando Flor abrió la puerta del apartamento, la miró enfadada. Paula se detuvo indecisa.
—Vamos, entra —dijo Flor con severidad, pero no podía guardarle rencor. El afecto que le tenía a Paula surgió al cabo de unos momentos.
—¿Por qué? —preguntó sin embargo—. Paula, ¿porqué lo hiciste?
—Es mi marido.
—Pero casi te vuelve loca. ¿Regresaste para que pudiera lograrlo?
Paula pensó que todavía podía suceder, pero dijo en voz alta:
-Pobre Pedro, realmente le tienes manía ¿verdad?
—¿Y qué pasa con David?
- Sobrevivirá —dijo Paula con cierto humor—. Sabe cómo hacerlo, Flor.
—Paula, no sabes que David...
Paula no podía permitir que lo dijera, por lo que agregó con rapidez:
—Conozco a David tan bien como tú, Flor y sé que estará bien.
Amores Que Matan: Capítulo 34
Él le echó una mirada pero abrió los ojos cuando vió lo que llevaba puesto y luego volvió a prestar atención a la tostada que estaba haciendo.
—No importa.
Ella se acercó, su camisón flotaba, y se puso de puntillas, besando su mejilla.
—Mmmm... tu piel está fría. Es la loción para después del afeitado que te compré el día de tu cumpleaños, ¿verdad?
— Sí —le dijo él y cuando se volvió a mirarla, ella lo besó ligeramente en la boca.
-Huele bien -le dijo ella.
Entonces la rodeó con un brazo y sus labios oprimieron con fuerza los suyos, buscando una respuesta. Ella le pasó los brazos por el cuello y le devolvió el beso, moviendo los dedos entre su oscuro cabello. Sintió cómo se encendía en él la pasión. Su cuerpo le traicionó y se apretó contra ella, pero se apartó despacio volviéndose hacia la cafetera.
-¿Quieres café?
Ella pensó que no iba a ser fácil. Es difícil cambiar viejos hábitos y Pedro tenía más orgullo que cualquier hombre normal. Luchaba con fuerza contra ella, para conservar el control sobre sí mismo, y trataba aun en ese momento de ocultar sus sentimientos. Antes, ella se hubiera apartado de la fría apariencia que le mostraba, pero ahora iba a humanizarlo aunque le llevara toda la vida.
Cuando él se fue a trabajar, ella se vistió y fue de compras al pueblo, enfrentándose con caras desconocidas con una sonrisa y algunas palabras preparadas.
— Estuve de vacaciones, sí... oh, me divertí mucho, gracias.
— Estás mejor —le dijo Juana Eddows la esposa del médico—. Durante mucho tiempo me has tenido preocupada. Te sentó bien el descanso. Eres otra persona.
—Así me siento -dijo sonriente Paula.
—Los invito a cenar —dijo Juana impulsivamente y Paula sonrió.
-Me encantaría.
Consultaron sus agendas y llegaron a un acuerdo.
—Pedro estará libre —prometió Paula pensando en que insistiría para que lo estuviera.
La señora Cáceres se sorprendió al verla.
—No sabía que había vuelto, señora Alfonso. El señor no me dijo nada.
Paula adoptó la calmada sonrisa que practicó en el pueblo.
—Le sorprendí. Me extrañaba aunque no lo admitiera nunca.
— Así son los hombres —sonrió asintiendo la señora Cáceres—. Mi marido es igual, testarudo como una mula.
Pedro llegó más temprano de lo que esperaba y ella vio su coche desde la alcoba mientras estaba eligiendo su vestido. Entró en la casa sin hacer ruido. No la llamó, sólo caminó de habitación en habitación y luego subió lentamente la escalera. Durante un momento se quedó parado en el descansillo, luego, abrió la puerta de la alcoba y Paula le miró.
Durante un segundo, antes de que recobrara su fría expresión habitual pudo ver la agonía en su rostro. No esperaba verla. Pensó que se había ido.
-Querido, llegaste temprano -dijo con ligereza y se le acercó con rapidez a besarle.
Pedro casi retrocedió, pudo sentir en su piel la reacción instintiva de rechazo.
Luego, ella le deslizó los brazos alrededor del cuello y Pedro bajó abruptamente la cabeza y su boca se apoderó de la suya acercándola hacia sí.
Ella se dejó llevar por la posesiva caricia de sus manos y comenzó a respirar de prisa. Su corazón latía con fuerza.
La levantó en sus brazos con toda facilidad, todavía besándola y la llevó a la cama. La última vez luchó desesperadamente con él, resistiéndose con cada músculo, pero ahora, no era así y la dominó, encontró correspondencia en ella.
Ninguno de ellos habló. Hicieron el amor silenciosamente, abandonándose a su pasión mutua.
Se quedaron acostados en la cama, satisfechos, y Paula cayó en un sueño profundo. Cuando despertó, la habitación estaba oscura y Pedro la tenía abrazada.
Ella se movió y él levantó la cabeza para mirarla. Le sonreía.
-Te dormiste como un bebé.
-¿Y tú?
— No, yo sólo te observaba.
Ella rió y se estiró y lo sintió apretar la mano.
—No estoy segura de que eso me guste.
—¿Por qué no?
—Dormida, se vuelve una vulnerable — le dijo y luego recordó que una vez le comentó que había pronunciado el nombre de David en sueños. Él también lo recordaba, lo supo por la helada expresión de su rostro. Ahora que le conocía mejor comenzaba a leer esas expresiones.
Volvió a estirarse, deliberadamente, moviendo la mano sobre el torso desnudo al tiempo que enredaba los dedos en el cabello oscuro.
—Estaba soñando.
-¿Ah, sí?
—Soñé que me hacías el amor —mintió sin importarle-. No puedo saber por qué. Sintió que se relajaba.
Ella pensó, levantando la cabeza para encontrar su boca, que aunque le llevara toda la vida, haría que tuviera confianza para así sacarlo de su helada concha.
Algo en su fuero interno la hizo preguntar si podría soportar ese esfuerzo interminable para calmar sus celos, pero ella no hizo caso.
-¿No tienes hambre? -le preguntó poco después y él gimió-
-Sí, un hambre desesperada —pero no hablaba de comida y ella se rió de él.
—No importa.
Ella se acercó, su camisón flotaba, y se puso de puntillas, besando su mejilla.
—Mmmm... tu piel está fría. Es la loción para después del afeitado que te compré el día de tu cumpleaños, ¿verdad?
— Sí —le dijo él y cuando se volvió a mirarla, ella lo besó ligeramente en la boca.
-Huele bien -le dijo ella.
Entonces la rodeó con un brazo y sus labios oprimieron con fuerza los suyos, buscando una respuesta. Ella le pasó los brazos por el cuello y le devolvió el beso, moviendo los dedos entre su oscuro cabello. Sintió cómo se encendía en él la pasión. Su cuerpo le traicionó y se apretó contra ella, pero se apartó despacio volviéndose hacia la cafetera.
-¿Quieres café?
Ella pensó que no iba a ser fácil. Es difícil cambiar viejos hábitos y Pedro tenía más orgullo que cualquier hombre normal. Luchaba con fuerza contra ella, para conservar el control sobre sí mismo, y trataba aun en ese momento de ocultar sus sentimientos. Antes, ella se hubiera apartado de la fría apariencia que le mostraba, pero ahora iba a humanizarlo aunque le llevara toda la vida.
Cuando él se fue a trabajar, ella se vistió y fue de compras al pueblo, enfrentándose con caras desconocidas con una sonrisa y algunas palabras preparadas.
— Estuve de vacaciones, sí... oh, me divertí mucho, gracias.
— Estás mejor —le dijo Juana Eddows la esposa del médico—. Durante mucho tiempo me has tenido preocupada. Te sentó bien el descanso. Eres otra persona.
—Así me siento -dijo sonriente Paula.
—Los invito a cenar —dijo Juana impulsivamente y Paula sonrió.
-Me encantaría.
Consultaron sus agendas y llegaron a un acuerdo.
—Pedro estará libre —prometió Paula pensando en que insistiría para que lo estuviera.
La señora Cáceres se sorprendió al verla.
—No sabía que había vuelto, señora Alfonso. El señor no me dijo nada.
Paula adoptó la calmada sonrisa que practicó en el pueblo.
—Le sorprendí. Me extrañaba aunque no lo admitiera nunca.
— Así son los hombres —sonrió asintiendo la señora Cáceres—. Mi marido es igual, testarudo como una mula.
Pedro llegó más temprano de lo que esperaba y ella vio su coche desde la alcoba mientras estaba eligiendo su vestido. Entró en la casa sin hacer ruido. No la llamó, sólo caminó de habitación en habitación y luego subió lentamente la escalera. Durante un momento se quedó parado en el descansillo, luego, abrió la puerta de la alcoba y Paula le miró.
Durante un segundo, antes de que recobrara su fría expresión habitual pudo ver la agonía en su rostro. No esperaba verla. Pensó que se había ido.
-Querido, llegaste temprano -dijo con ligereza y se le acercó con rapidez a besarle.
Pedro casi retrocedió, pudo sentir en su piel la reacción instintiva de rechazo.
Luego, ella le deslizó los brazos alrededor del cuello y Pedro bajó abruptamente la cabeza y su boca se apoderó de la suya acercándola hacia sí.
Ella se dejó llevar por la posesiva caricia de sus manos y comenzó a respirar de prisa. Su corazón latía con fuerza.
La levantó en sus brazos con toda facilidad, todavía besándola y la llevó a la cama. La última vez luchó desesperadamente con él, resistiéndose con cada músculo, pero ahora, no era así y la dominó, encontró correspondencia en ella.
Ninguno de ellos habló. Hicieron el amor silenciosamente, abandonándose a su pasión mutua.
Se quedaron acostados en la cama, satisfechos, y Paula cayó en un sueño profundo. Cuando despertó, la habitación estaba oscura y Pedro la tenía abrazada.
Ella se movió y él levantó la cabeza para mirarla. Le sonreía.
-Te dormiste como un bebé.
-¿Y tú?
— No, yo sólo te observaba.
Ella rió y se estiró y lo sintió apretar la mano.
—No estoy segura de que eso me guste.
—¿Por qué no?
—Dormida, se vuelve una vulnerable — le dijo y luego recordó que una vez le comentó que había pronunciado el nombre de David en sueños. Él también lo recordaba, lo supo por la helada expresión de su rostro. Ahora que le conocía mejor comenzaba a leer esas expresiones.
Volvió a estirarse, deliberadamente, moviendo la mano sobre el torso desnudo al tiempo que enredaba los dedos en el cabello oscuro.
—Estaba soñando.
-¿Ah, sí?
—Soñé que me hacías el amor —mintió sin importarle-. No puedo saber por qué. Sintió que se relajaba.
Ella pensó, levantando la cabeza para encontrar su boca, que aunque le llevara toda la vida, haría que tuviera confianza para así sacarlo de su helada concha.
Algo en su fuero interno la hizo preguntar si podría soportar ese esfuerzo interminable para calmar sus celos, pero ella no hizo caso.
-¿No tienes hambre? -le preguntó poco después y él gimió-
-Sí, un hambre desesperada —pero no hablaba de comida y ella se rió de él.
Amores Que Matan: Capítulo 33
Él se volvió y caminó hacia la ventana. De espaldas a ella le dijo:
—¿Y tiene que ver algo lo que tú sientes, Paula? Se había dicho a sí misma que elegiría de acuerdo a sus propias necesidades, pero al final escogió de forma diferente y lo sabía.
— Sí —dijo con voz muy baja sabiendo que iba a lastimarlo. David se quedó silencioso por un momento y luego preguntó:
—¿Y la otra mujer? Dijiste que tenía una.
—Estaba equivocada. Sólo existo yo.
David se la quedó mirando.
—Deja que entienda bien, lo abandonaste porque había otra persona y regresaste porque no la había, ¿es así?
Las preguntas daban en el blanco y ella desvió la mirada.
— Vamos a comenzar de nuevo. Trataremos de hacer funcional nuestro matrimonio.
-¿Y yo?
—Lo de anoche estuvo mal —le dijo sin mirarlo- . Yo me sentía desgraciada y sola y tú me ofreciste consuelo.
—¿Entonces, gracias y adiós?
—Lo siento, David.
Volvió la cabeza cuando Pedro regresó a la habitación. Ella observó cómo los dos hombres se medían con ojos fríos y hostiles.
—Me voy, Alfonso. Buenas noches, Paula. Esperaré con ansia volver a verte pronto. Pablo te avisará las fechas de los ensayos.
Salió dando un portazo. Pedro la estudió.
—Pareces cansada. Sería buena idea acostarse temprano. Yo tengo que trabajar, así que me quedaré aquí abajo un rato más.
Ella asintió, le besó la mejilla y subió a acostarse. Al dormirse se le ocurrió que Pedro se había refugiado de nuevo en su trabajo, que las cosas apenas sí habían cambiado.
Despertó temprano y tuvo tiempo de reflexionar. Estaba acostada y oía la tranquila respiración de Pedro. Él estaba de lado dándole la espalda pero Paula adivinó que no dormía. Cerró los ojos, deslizándose sobre las sábanas y acurrucándose contra su espalda, como si pretendiera dormir.
Un rato después, él se movió, pero fue para salirse de la cama. Ella mantuvo cerrados los ojos y lo oyó ir al baño. Escuchó el lejano sonido de la ducha y después de un rato sus pasos en la escalera.
Se puso su único camisón realmente atractivo, uno de encaje negro, que había utilizado durante la luna de miel y que muy raras veces se ponía, y bajó la escalera para encontrarlo en la cocina preparando su desayuno.
-Siento haberme quedado dormida —dijo con alegría.
—¿Y tiene que ver algo lo que tú sientes, Paula? Se había dicho a sí misma que elegiría de acuerdo a sus propias necesidades, pero al final escogió de forma diferente y lo sabía.
— Sí —dijo con voz muy baja sabiendo que iba a lastimarlo. David se quedó silencioso por un momento y luego preguntó:
—¿Y la otra mujer? Dijiste que tenía una.
—Estaba equivocada. Sólo existo yo.
David se la quedó mirando.
—Deja que entienda bien, lo abandonaste porque había otra persona y regresaste porque no la había, ¿es así?
Las preguntas daban en el blanco y ella desvió la mirada.
— Vamos a comenzar de nuevo. Trataremos de hacer funcional nuestro matrimonio.
-¿Y yo?
—Lo de anoche estuvo mal —le dijo sin mirarlo- . Yo me sentía desgraciada y sola y tú me ofreciste consuelo.
—¿Entonces, gracias y adiós?
—Lo siento, David.
Volvió la cabeza cuando Pedro regresó a la habitación. Ella observó cómo los dos hombres se medían con ojos fríos y hostiles.
—Me voy, Alfonso. Buenas noches, Paula. Esperaré con ansia volver a verte pronto. Pablo te avisará las fechas de los ensayos.
Salió dando un portazo. Pedro la estudió.
—Pareces cansada. Sería buena idea acostarse temprano. Yo tengo que trabajar, así que me quedaré aquí abajo un rato más.
Ella asintió, le besó la mejilla y subió a acostarse. Al dormirse se le ocurrió que Pedro se había refugiado de nuevo en su trabajo, que las cosas apenas sí habían cambiado.
Despertó temprano y tuvo tiempo de reflexionar. Estaba acostada y oía la tranquila respiración de Pedro. Él estaba de lado dándole la espalda pero Paula adivinó que no dormía. Cerró los ojos, deslizándose sobre las sábanas y acurrucándose contra su espalda, como si pretendiera dormir.
Un rato después, él se movió, pero fue para salirse de la cama. Ella mantuvo cerrados los ojos y lo oyó ir al baño. Escuchó el lejano sonido de la ducha y después de un rato sus pasos en la escalera.
Se puso su único camisón realmente atractivo, uno de encaje negro, que había utilizado durante la luna de miel y que muy raras veces se ponía, y bajó la escalera para encontrarlo en la cocina preparando su desayuno.
-Siento haberme quedado dormida —dijo con alegría.
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