sábado, 23 de enero de 2016

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 31

—Perdóname —dijo, a su vez, Ana: la camisa azul de Pedro estaba manchada de máscara de pestañas.

—¿Qué  ha  hecho  ahora?  —la  expresión  de  Pedro no  auguraba  nada  bueno  para  su progenitor.

—¡Es el hombre más cabezota, desagradable y desnaturalizado que existe!

Pedro  se tranquilizó al oír esa descripción. Estaba esperando algo con más enjundia: una amante veinteañera, quizás, aunque no era esa una debilidad conocida de su padre. Al alivio se mezcló cierta irritación. ¿Al cabo de treinta y tantos años descubría su madre con qué ceporro se había casado? Y, una vez descubierto, ¿por qué no había tardado cinco minutos más en venir a contárselo a su hijo?

—¿Y eso es una novedad? —contestó, mientras que con el rabillo del ojo veía cómo se aproximaba Paula silenciosamente a la puerta—. Llevas toda la vida aguantándolo así.

—No tienes ni idea de lo que he sufrido —Ana se irritó con la falta de empatia de su hijo.

—Creo que es mejor que me vaya —dijo en ese momento Paula, estratégicamente situada junto a la puerta.

—¡Tú  te  quedas  donde  estás!  —en  cuanto  el  impacto  inicial  de  su  rugido  cedió  y  la expresión de Paula no dejaba lugar a dudas de que iba a indicarle dónde podía meterse sus órdenes, el  joven  Alfonso añadió,  mucho  más  suavemente—.  Por  favor  —esas  dos  palabras  revelaban, seguramente a su pesar, el agobio que la situación le producía. Paula se quedó.

—Paula, cariño, ¿qué tal estás?

La  capacidad  de  Ana para  sobreponerse  dejó  a  Paula maravillada.  Claro  que,  ¿cómo contestar?  «En  el  séptimo  cielo»,  o  «muerta  de  vergüenza».  En  fin,  seguramente  Ana  no notaría la diferencia. Con una sonrisa de inseguridad, Paula propuso:

—Voy a pedir que nos hagan un té, ¿te apetece?

—Ay, sí, qué amable...

—¡No te muevas!

Ana miró con exasperación a su hijo.

—¿Es que no ves que la chica está muerta de vergüenza?

—Puede que sí, pero así se dará cuenta de cómo es su familia política. —No te he dicho que sí.

—¡Todavía!

Esa certeza debería haber espantado a Paula. Pero no hizo nada por hacerle reconsiderar su machismo, su egocentrismo, o el ismo que fuera. Se lo quedó mirando con ojos de corderita enamorada.

Ana estaba muy confundida. Miró a una y a otro, buscando la risa que le confirmaría que estaban de guasa. Ella nunca había llegado a entender el sentido del humor de su hijo. Pero, al mirar a Pedro a los ojos, se dio cuenta de que no era una broma. No tenía ni idea de que su hijo pudiera mirar del modo que estaba mirando a Paula. ¡Y la pobre muchacha lo miraba, a su vez, con adoración!

Ana estaba maravillada.

—Cuando organicé... esto —enrojeció vivamente—no... no esperaba...

—Por fin diste en el clavo, madre —la interrumpió Pedro—. Ya te daré las gracias. Pero aún no entiendo por qué has dejado a mi padre.

—Tú no diste explicaciones.

—Yo no me he casado con él.

—Y yo pronto dejaré de estar casada con él —anunció Ana, sin demasiada convicción; y prosiguió,  más  vigorosamente—.  Tú  deberías  entenderlo.  Esta  vez  ha  ido  demasiado  lejos, escupiendo órdenes y esperando ser obedecido sin una explicación... —se detuvo, demasiado alterada para hablar.

Todo aquello le parecía extraordinariamente familiar a Paula, pero se guardó de comentarlo. —¡Por tí es por quien más me preocupo! ¿Sabes que te ha desheredado? ¡A su único hijo!

—¿Ahora? Creía que lo había hecho hace años.

—Se le ha metido en la cabezota el dejárselo todo a la famosa Fundación Horacio Alfonso—dijo Ana, desdeñosamente—. Pensará que le levanten un monumento. ¡Pero lo peor es que pretende que yo haga lo mismo! Ya le he dicho... —de golpe, dejó de hablar y miró con sorpresa a su hijo— ¿Pero es que estabas enterado? ¿Y no te importa? ¡Pedro, es tu patrimonio familiar!

—Es dinero —corrigió él, secamente—. Dinero de mi padre.

—Bien, ¡pues mi dinero lo vas a heredar tú, incluida esta casa! ¡Me da igual lo que digáis tu padre o tú! Y, si quería obligarme a elegir entre mi único hijo y él, ¡ya he elegido! —Ana hizo su anuncio triunfalmente, pero su sonrisa degeneró rápidamente en un sollozo.

—Pero  mamá  —Pedro apenas  disimulaba  su  impaciencia—,  sabes  de  sobra  que  las  tres cuartas partes de lo que dice cuando se enfada se le olvidan al minuto. ¿Por qué no esperaste a que se le pasara?

—¿Como hiciste tú?

Todo el cuerpo de Pedro se tensó, como un cable, y su rostro se cerró, blindándose.

—Eso no tuvo nada que ver —dijo, formalmente.

Ana miró a su hijo con desesperación.

—No, claro, ¿cómo iba a ser lo mismo? —se volvió hacia Paula—. Espero que te des cuenta de lo que te espera, al casarte con un Alfonso—y, de nuevo a su hijo—. ¡A veces creo que tu padre y tú se han puesto de acuerdo para pelearse! ¡Y yo, como una boba, tratando de complacerlos a los dos! Bien, ya he tenido bastante —y se dejó caer gentilmente en una butaquita.

—¡Mira lo que has hecho! —le reprochó Paula, arrodillándose junto a Ana, que lloraba a lágrima viva.

—¡Mujeres! —gruñó Pedro, acercándose al mueble de las bebidas.

Tomó una copa de coñac y una botella.

—No me gusta el brandy —le recordó su madre.

—No es para tí —replicó el desalmado, sirviéndose un dedo, que procedió a beberse de un trago.

Del exterior llegaban ruidos cada vez más fuertes. Se oía una voz masculina encolerizada.

—¡Ay, Dios mío! ¡Ha llegado tu padre! —por el tono de Ana, más parecía que fuera el ángel del Apocalipsis.

Y Paula, atónita, la vió ponerse en pie de un salto, acercarse al espejo que había sobre la chimenea,  revisar  rápidamente  su  aspecto  y,  una  vez  tranquilizada,  volver  a  situarse graciosamente en su asiento. Estaba claro que Ana estaba encantada de que su marido la hubiera seguido.

Aunque no le hubieran anunciado quién era, Paula pensó que habría reconocido al caballero bien trajeado, casi tan alto como Pedro y más robusto, que entró en el saloncito. No es que fueran como  dos  gotas  de  agua,  pero  había  muchos  rasgos  comunes  y  una  decidida  afinidad  en  su conducta.

Tuvo un momento de vacilación, al encontrarse al otro en pie, esperándolo tranquilamente, pero se rehizo al instante.

—Debía imaginarme que eras tú el que estaba detrás de esto. ¡Llevas años envenenando en contra mía!

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 30

—¡Pero qué van a ser misteriosas! —al tiempo que protestaba, Paula se dió cuenta de que, en efecto, sus problemas en ese terreno se habían convertido en un asunto tabú entre ellos, quizá el único. Su lealtad a la memoria de su madre la había vuelto muy reticente.

—No estoy tratando de sacarte información. Es solo que me pareció que la cosa podía ser urgente.

Pedro  no tenía ninguna costumbre de salir con mujeres que insistían en no dejarse invitar. Lo que al principio le había parecido una encantadora novedad, se estaba convirtiendo rápidamente en irritante. Que a uno le devolvieran un regalo era más bien ofensivo, sobre todo cuando había dedicado no solo dinero, sino atención y cariño, a encontrarlo.

«Precioso. Pero me resulta imposible aceptarlo» fue su fría respuesta ante una gargantilla de perlas.

—No me gusta verte preocupada.

La explicación no era un prodigio de tacto, pero sí sincera y a Pau la alivió enormemente.

—Gracias. Me gusta oírtelo decir —dijo, entre suspiritos.

—La  vida  será  más  sencilla  si  mantenemos  la  distancia  entre nuestras vidas  personal  y profesional...

Aquella perla de sabiduría estuvo a punto de producirle hipo a Paula.

—¿Qué distancia? ¿Te refieres a cosas como lo de ayer por la tarde? ¿Cuando quise darte el masaje?

—Eso fue diferente.

Paula decidió dejar pasar aquella manipulación de la verdad y giró la cabeza para que su mejilla reposara en la palma de la mano de él. Qué rápido había sucedido todo... Ella se había implicado totalmente y, sin embargo, sabía que todo podía acabarse de un día para otro.

—No trabajo para tí, Pedro.

—¿Quieres decir que me vas a dejar? ¿Por esto? —volvió a zarandearla.

—Quiero  decir  que,  por  lo  que  a  mí  respecta,  dejé  de  trabajar  para  tí  desde  que  nos convertimos en amantes —la mirada que posó en su rostro era, en efecto, amante—. No podía ser las dos cosas a la vez y lo segundo le ganaba de calle a lo primero. Ya he empezado a buscar otro trabajo.

—Pero, ¿cómo se te ocurre?

—De todos modos, pronto dejarás de necesitarme.

Pedro podría haberse dado una palmada en la frente. Si la verdad fuera un perro, ya le habría mordido.

—Hay una sustitución en el hospital en el que trabajaba: una baja por maternidad...

—A tí no te hace falta ningún trabajo —anunció él, abruptamente.

—¡Claro que me hace falta!

Ese sí que parecía un momento adecuado para explicarle los problemas heredados de su madre.

—Ya sabes que tengo deudas...

Pero  él  se  encogió  de  hombros,  con  magnífica  despreocupación,  y  la  interrumpió nuevamente.

—Ya lo arreglaré yo.

Paula se puso rígida.

—¿Me estás diciendo que vas a pagarlas tú?

—Lo mejor es que nos vayamos a vivir juntos. En cuanto deje esta casa.

Paula estaba estupefacta. Jamás se le habría ocurrido que se pudiera proponer algo así con esas prisas y esa falta de sentimiento.

—¿Así, por las buenas? —empezaba a enfadarse.

—No es nada complicado.

Paula dio un chillido de rabia. Atenazada por la presa, que él no había aflojado en ningún momento, luchó por liberarse. Al fin renunció y se limitó a clavarle los ojos, como dos tizones ardientes.

—¿Pero te has creído que yo iba a renunciar a mi independencia, a la libertad, y hasta al respeto de mí misma? —según hablaba, iba elevando la voz— ¿Por un capricho tuyo? Tú jamás escuchas, ¿verdad, Pedro? ¡No quiero que me mantengas!

—De acuerdo. Entonces, cásate conmigo —salió como si fuera un plan alternativo para la tarde, porque les había fallado el cine.

Pedro cerró los ojos. Probablemente, iba a reírse de él en su cara.

El problema era la falta de experiencia en ese terreno. No solo no se había declarado jamás a nadie, sino que nunca había considerado el hacerlo... nunca hasta hacía cinco minutos, claro está, al oírle decir a Paula que pronto dejaría de necesitarla. Entonces había abrazado al perro de la verdad: que necesitaba a esa mujer, y la necesitaba para siempre.

Paula tenía la boca abierta, pero de ella solo escapaba el aire.

—¿Qué acabas de decir?

—Cásate conmigo.

Mareada, trató de descifrar la expresión de sus ojos: encarnizadamente apasionados.

—Puedes trabajar, si quieres. Puedes hacer lo que prefieras. Pero cásate conmigo.

—¿Por qué? —ninguna pregunta le había costado más a Paula en su vida. Todo su ser gritaba «¡Sí!»

—¿Por qué? —repitió.

«Por favor, di que me quieres».

A ella no se le ocurría ninguna otra razón para pedirle a alguien que se case. Y a él, por supuesto, no le hacía falta pedírselo para conseguir acostarse con ella. No, realmente no parecía que hubiera muchas alternativas, aunque a Paula le siguiera pareciendo increíble que él quisiera algo más.

Pedro ya había despegado los labios cuando fueron rudamente interrumpidos. Paula sintió ganas de echarse a llorar al abrirse de golpe la puerta.

Los dos se volvieron con cara de muy pocos amigos, pero su visitante no se dejó amilanar lo más mínimo.

—¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

—Si no recuerdo mal, esta es mi casa.

Ana  echó un vistazo a su alrededor, pero no reparó en Paula y tampoco Paula le prestaba atención: estaba digiriendo todavía la frustración que sentía. Miró con disimulo a Pedro y vio que él la estaba mirando abiertamente. Su expresión no tenía nada de ambiguo: la miraba con avidez.

—Estoy aquí porque...

Al percibir el tono, Paula retiró con dolor su mirada del rostro de Pedro y la dirigió a Ana, para encontrarse con el extraordinario espectáculo de la descomposición de tan elegante dama.

Asustada, Paula la vió desatarse.

—¡He dejado a tu padre! —clamó, mientras las lágrimas brotaban a raudales. Al momento siguiente, se arrojó en brazos de su hijo.

A Pedro lo tomó completamente por sorpresa. Sus padres jamás habían sido muy efusivos... es decir, nada efusivos con él. Su torpe modo de palmearle la espalda a Ana llenó a Paula de compasión. Por su cara, estaba claro que ella no era la única que sentía que estaba de más en esa habitación.

Paula le vió formar con los labios la palabra «perdóname» y sonrió: por ahora, se contentaría con la esperanza. ¡Le había pedido que se casara con él! Casi sentía que no tenía derecho a tanta felicidad,  viendo  a  Ana sufrir  tanto,  pero,  aunque  hubiese  querido,  no  habría  podido arrancarse el éxtasis que sentía.

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 29

Al ver el sobre a su nombre, Paula dejó la bandeja del té, que estaba a punto de llevar de vuelta a la cocina. Se apoyó en el brazo de un sillón y abrió la carta. Sentía curiosidad y le divertía abrir  un  sobre  en  el  que  su  nombre  figuraba  garabateado  en  la  apenas  legible  pero  muy característica escritura de Pedro en presencia del propio Pedro. Si él la hubiera mirado  en ese momento, la habría visto palidecer espectacularmente.

Con los dedos temblorosos, Paula dió la vuelta al sobre, del que cayó un buen fajo de billetes. —¿Qué es esto?

Pedro no levantó la vista del informe que estaba repasando.

—Valientes imbéciles —murmuró— ¿Qué es qué? —algo debió de intuir y dijo—. Ah, sí, tu sueldo.

Al ver que al fin la miraba, Paula levantó pausadamente un pie y lo dejó caer sobre uno de los billetes, aplastándolo contra la alfombra. Él reprimió un bufido y apartó el informe.

Ahora bien: Pedro Alfonso no dejaba a un lado el trabajo por una mujer. No lo hacía para afirmar su propia importancia, no era más que su forma de ser. Las  chicas  con las que salía conocían su escala de valores y, si se cansaban, no tenían más que dejarlo.

Obviamente, Paula nada sabía de todo esto, pero a él no se le escapaba la importancia que su reacción tenía, porque, además, venía a sumarse a una larga serie de cambios de actitud por su parte que se habían producido en los últimos días. Pedro llevaba ya una semana siendo consciente de que lo que sentía por Paula no tenía nada que ver con nada de lo que hasta entonces había experimentado. El sexo era fantástico, por supuesto, el mejor; pero la cosa iba bastante más lejos. Su expresión se dulcificó al ver la actitud combativa de Paula. Le costaba imaginarse su vida sin contar con ella.

—¿Qué pasa? ¿No está correcto?

Paula se encogió como si acabara de abofetearla.

—¿Cómo te atreves?

—Esto es por el dinero, ¿no?

Esa breve pregunta bastó para atizar aún más la cólera de ella.

—¿Por qué me insultas así?

Él sacudió la cabeza, preguntándose si se habría vuelto sordo. De esa escena le faltaba mucho texto.

—Ya sé que parezco tonto, pero, por favor, ¿podrías explicarme qué he hecho para que te pongas así?

—¡Pagarme! —aulló ella.

—Como trabajas, cobras. Creo que es lo normal.

—¡No me hables como si fuera retrasada!

—Por amor de Dios, ¿quieres hablar claro de una vez?

—Aparte de que no me corresponde cobrar hasta final de mes, me gustaría una explicación sobre cuál exactamente de mis funciones es la que estás remunerando.

—¿Y exactamente de qué me estás acusando? —era evidente que la paciencia de Pedro se había evaporado, pero ella no estaba de humor para dejarse intimidar, sino deseando tener una buena bronca.

Había sido lo bastante boba para pensar que la relación entre los dos empezaba a significar algo más que sexo para él. Pedro no hablaba de amor, pero sus actos lo proclamaban... y ahora lo había destrozado todo con aquel horrible gesto.

—Me estoy preguntando qué clase de hombre es el que se acuesta con una mujer y luego paga —Paula rio con amargura—. ¿Cómo es que no lo dejaste sobre la almohada? ¿No es eso lo normal? —se dio perfecta cuenta de que estaba furioso, pero le dio la espalda con desdén.

Pedro la tomó del brazo y la obligó a darse la vuelta.

—No puede decirse que te tases muy alto... ni a mí tampoco.

—¡Suéltame! —las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas, pero, antes que permitir que la viera llorar, Paula se mantuvo obstinadamente mirando al suelo.

—Mírame, Paula.

Tuvo que levantarle él la barbilla. Su furia no podía sobrevivir al espectáculo de la tristeza de la causante. Lo único que deseaba era consolarla.

—Si soy culpable de algo, ángel mío —murmuró— será de no pensar. Y si tú eres culpable  de algo...

A pesar de su dolor, Paula casi esbozó una sonrisa.

—¿Te has disculpado alguna vez sin acusar de paso?

Pedro puso cara de avergonzado.

—Ya sé que se suponía que te ingresarían el sueldo en cuenta a finales de mes, pero me ha dado la impresión de que tus misteriosas dificultades financieras...

jueves, 21 de enero de 2016

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 28

—Cómo  se  te  ocurre...  —y,  roncamente—.  Pero  qué  barbaridad,  cariño  —sus  ojos entrecerrados relucían siguiendo el suave balanceo de los montes de cumbres rosadas.

Las últimas dudas de Paula se desvanecieron. Entró en una gloriosa vorágine de poderío.

—Tócame —era mitad súplica y mitad imperioso desafío.

Con un gemido, Pedro hundió la cara en sus pechos y bebió su aroma y su tersura como si estuviera muerto de hambre y sed. Rodeó con la mano uno de ellos y, paulatinamente, se lo llevó a la boca.

Paula  arqueó la espalda y abrió la boca para formar un gemido que no sonó. Al caer su cabeza hacia atrás, su peinado acabó de soltarse y la melena rubio claro le cayó por la espalda. No podía hablar, ¡apenas podía respirar! El pecho descuidado empezó a recibir las atenciones de Pedro; los pezones le ardían de placer y el sordo suplicio de las entrañas de Paula se hizo casi irresistible.

Se incorporó a medias, apartándose el pelo de la cara. Tenía la piel húmeda y la respiración anhelante. Con insolencia, extendió una mano y fue bajándola por el torso de Pedro.

Con los ojos oscurecidos por el deseo, Pedro se llevó ambas manos a la hebilla del cinturón.

Paula sacudió la cabeza. Se irguió hasta él y lo besó profundamente.

—Quiero hacerlo yo —le dijo cuando se apartaron.

Él se recostó en la cama, con los ojos entrecerrados y la dejó ocuparse del cinturón y la cremallera. Pero, al cabo de unos segundos, cuando Paula resopló al ponerlo al descubierto, su paciencia se agotó.

—Perdóname, pero esto es una tortura —pasó ambas piernas por el borde de la cama y, a los dos segundos estaba de vuelta junto a ella, desnudo y con una erección magnífica.

Que Paula se quedó mirando, embobada.

—Tócame, Paula.

Ella tragó saliva y consiguió despegar la mirada para responderle.

—Encantada, pero no quiero equivocarme.

—¿Equivocarte?

—Verás, es que... —cerró los ojos para no ver la expresión de Pedro ante su sonrojante confesión— nunca lo he hecho antes.

El largo silencio que siguió multiplicó su vergüenza.

—Me estás tratando de decir —preguntó al fin Pedro, con una voz muy extraña— que eres... eres...

—Virgen —admitió ella, con un suspiro.

Tendida de lado, se apartó el cabello de la cara y miró hacia arriba.

—Tal vez debí mencionarlo.

—Sí, deberías —le contestó Pedro, y a sí mismo se dijo que él quizá no debería hacer la pregunta que de todos modos hizo—. ¿Por qué yo?

Paula estuvo a punto de contarle todo.

—Será que esperaba al mejor.

Sintió  un  enorme  alivio  al  ver  cómo  se  abría  paso  una  sonrisa  en  su  cara,  que  estaba francamente adusta desde que oyó su confesión.

—¿Y cómo —preguntó él, atrayéndola hacia sí— puedes saber que algo es lo mejor si no tienes con qué compararlo?

—Lo sabré.

—¿Estás nerviosa, ángel mío? —la besó con suavidad en los labios.

Y ella lo miró con sus grandes ojos bien abiertos y llenos de confianza.
—Contigo, no.

—Esperar te habrá merecido la pena.

—Ya lo sé. Pero enséñame tú... —su mirada se deslizó por el cuerpo de Pedro y, después de tragar saliva, continúo— a tocarte.

—Ahora mismo —prometió él, con la voz densa de emoción.

Poco después estaba suplicándole a Kat que se detuviera. Ella lo obedeció, muy a su pesar, poseída como estaba por una insaciable curiosidad por el cuerpo de Pedro. Volvía a ser el turno de él de besarla y acariciarla.

Paula  entrecerró los ojos cuando él le quitó el vestido, pero notaba las pupilas de él. ¿Le gustaría lo que estaba viendo? Lo normal no era que sintiera inseguridad respecto a su cuerpo, pero en ese caso su deseo de complacer era mucho más fuerte que su amor propio.

Volvió a abrirlos al notar el contacto de los labios de Pedro con la suave curva de su vientre, pero se reclinó mientras él proseguía su exploración con la lengua y las manos, arrancándole gemidos de deleite.

Cuando  ese  deleite  casi  se había  vuelto  tranquilizador  y  Paula se  había  relajado  bajo  sus caricias, se produjo un latigazo en su cuerpo, que lo hizo encabritarse. Pero él no la permitió apartarse. Con delicadeza, pero con vigor, Pedro la sujetó contra la cama, mientras con esa voz suya que era una invitación al pecado le repetía lo hermosa que era y cuan necesitado estaba él de tocarla y saborearla. Paula no tardó mucho en pasar de la protesta a la incitación.

Jamás se le habría ocurrido que su cuerpo albergara semejantes posibilidades de placer. Llegó  un  momento  en  el  que  el  más  mínimo  roce  de  Pedro la  enloquecía.  Las  minúsculas vibraciones que sacudían su estómago eran perfectamente visibles para cuando él se situó entre sus piernas.

Paula se asfixiaba. Le clavó los dedos en la espalda y gritó sin pudor alguno al verlo dudar.

—¡Necesito que entres en mí ahora! —chilló, besándole febrilmente el pecho.

Las cosas no fueron totalmente como Paula esperaba. No sintió el dolor con el que contaba. Sintió un hondo y hermosísimo sentimiento de plenitud al tomarlo dentro de sí. Luego él siguió moviéndose, avanzando, revelando que los dos tenían dimensiones insospechadas por ella.

Por fin, Paula le mordió el lóbulo de la oreja. —No me voy a romper —le dijo, precisamente para provocar la ruptura de la contención que notaba en él. Y hubo ruptura. Y el cielo se abrió para tragarlos. Poco después, cuando yacía en sus brazos, aparentemente dormida, algo pasó por la mente de Paula.

—Tenías razón —dijo, abriendo un ojo—. Me ha merecido la pena esperar.

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 27

—¿Te lo has pensado mejor entre la puerta y la cama?

Buena pregunta, Puala.

—Dí: ¿es eso?

Había llegado el momento de recordar para qué estaba en esa habitación. Era una cuestión sexual, sin más adornos. Si se quedaba, tenía que recordarlo, no podía permitirse usarlo como base para construir una fantasía en la que ella era importante para Pedro. A la larga, sería menos doloroso así, se dijo con tristeza.

Por una vez fue él quien sintió la necesidad de romper el silencio.

—Me doy cuenta de que no te acostarás con hombres que necesiten, literalmente, tu apoyo para llegar a la cama —su risa no era divertida y la mirada que echó a su pierna izquierda era de profundo desprecio por su propia debilidad—. Eso sí, en cuanto alcance la horizontal, creo que no te decepcionaré.

Su fanfarronería molestó a Paula bastante menos que su actitud hacia su lesión y la estúpida preocupación que al parecer le atribuía a ella por su agilidad.

—Eso ya se verá —le contestó, con una voz clara y llena de confianza.

Bien: solucionada la cuestión de la compasión de sí mismo. Viendo su desconcierto, Paula se alegraba de haber conseguido descolocarlo. Ese era el momento que tenía que aprovechar, si quería decirle cuatro cosas.

—¿Desde cuándo —le sermoneó— hacer el amor es cuestión de estar en forma? Y, además, ¿cómo sabes si yo no te prefiero débil, y a mi merced?

Sus ojos azules se iluminaron.

—Entonces, soy tu hombre.

—Deja de decir frivolidades.

—Hablaba en serio. Además, tienes razón.

—¿Ah, sí? —eso sí que no se lo esperaba.

—Una mujer hermosa tendida sobre mi cama siempre tiene razón.

Pedro  trasladó  su  considerable  anatomía  a  la  cama,  junto  a  ella  y  sus  largos  dedos aprisionaron la barbilla de Paula, impidiéndole que apartara la mirada.

—Porque tú eres hermosa, esta es mi cama...

Aunque hubiera querido discutirle cualquiera de esos axiomas, no habría podido, porque lo que brillaba en sus ojos azules la estaba haciendo encogerse por dentro.

Él recorrió con el dedo las exquisitas líneas del óvalo de Kat. Notó cómo se estremecía y sus ojos se ensombrecieron.

—Y yo llevo pensando en cómo meterte en ella casi desde el primer momento que te ví—y, en un tono que era pura persuasión felina—. Estaba escrito, Paula.

Paula no necesitaba que la persuadieran.

—¿Escrito en tu agenda? —Paula era muy consciente de su propia debilidad. Inició una breve carcajada, que se convirtió en un gritito agudo cuando él le plantó bruscamente una mano en el pecho y la empujó.

—¡Ay! Soy una mujer caída.

La risa de Pedro era como una caricia.

—Qué prometedor suena eso...

Las miradas se cruzaron y los dos dejaron de sonreír. Sin mediar más palabras, Pedro le levantó las piernas, colocándola entera sobre el lecho. Actuaba con una urgencia muy halagadora y a ella no se le ocurrió recomendarle que tuviera cuidado con sus movimientos. Parecía saber muy bien lo que hacía.

«Menos mal que al menos uno de los dos lo sabe».

Con el pulso acelerado, Paula se mantuvo inmóvil mientras él se tendía a su lado, sobre el costado. Sin pensar qué hacía, levantó ambas manos y le pasó los dedos por la cara. Pedro le besó la palma de la mano.

—Eres una auténtica belleza —musitó, con reverencia, y se sintió inmediatamente liberada de una pesada carga, al poder decirlo en voz alta.

El esbozó una sonrisa tierna y feroz al mismo tiempo.

—Una belleza maltratada, ¿no? —y se llevó la mano a la cicatriz de la mejilla.

—Quiero besarte las cicatrices. Una a una.

Él siguió besándole la palma, trazando los contornos de su relieve, y extendiéndose luego hacia la no menos sensible cara interna de la muñeca. Dió un gemido y apretó la cara contra la mano abierta de Paula.

—No  puedes  hacerte  idea  de  lo  que  ha  sido  el  que  tú  me  tocaras,  sin  tocarme.  ¿Me entiendes?

Su mano se deslizó suavemente bajo la fina tela del vestido. Paula dió un respingo.

—Qué suave es tu piel —murmuró, pasándole la mano por la pierna.

Cuando alcanzó el muslo, la respiración de Paula se aceleró. Cuando los dedos se escabulleron por debajo del encaje y tocaron el pubis, a ella se le escapó una exclamación.

—¿No te gusta? —Pedro sabía perfectamente que sí, pero quería oírselo decir. —¡Sí, sí!

Paula abrió los ojos, que tenía entrecerrados. Las lágrimas afloraron.

—¡No te pares! —suplicó.

Quería que no hubiera ninguna distancia entre los dos. Se movió hasta que las caderas de ambos estuvieron pegadas y aún se retorció un poco más al notar cómo se iba clavando la dureza de él contra su pelvis.

Sus miradas se encontraron y, sin perder el contacto visual, Paula pasó una pierna por encima de la estrecha cintura de él, para apretarlo al máximo contra ella.

La  otra  consecuencia  de  ese  movimiento  fue  inmediatamente  apreciada  por  Pedro,  que deslizó  un  dedo  sobre  el  humedal  que  se  había  abierto  para  él,  avanzando,  retrocediendo, encontrando, abandonando, cortejando el terso botón de carne.

Paula sintió que sus entrañas se fundían.

Él  contempló  cómo  caía  hacia  atrás  su  cabeza y  se  estremeció  cuan  largo  era  al  oír  la agudísima nota que surgió de su boca. Con los ojos como carbones encendidos, Pedro se inclinó para hundirle la lengua profundamente. No la dejó respiro. Mientras lamía, chupaba, mordía, sus dedos seguían frotando el núcleo de su feminidad hasta que ella entregó todo control de sí misma y se sintió morir de puro placer.

Y, justo cuando no podía soportarlo más, él se detuvo.

En ese momento, Paula se encontraba encima de él, con el vestido enrollado a la cintura. Los dos temblaban.

—Dime qué quieres, Paula.

A ella casi la decepcionó la pregunta. Qué fácil era contestar a eso.

—Te quiero a tí Pedro.

Pedro había cerrado los ojos, pero su profundo suspiro de satisfacción fue completamente expresivo.  Se  incorporó,  sentándose  en  la  cama  y  Paula no  tuvo  más  remedio  que  seguir  el movimiento. Él se aflojó la corbata y la sacó por encima de la cabeza. Luego se desabotonó la camisa, mientras ella aspiraba su aliento, contemplaba como hipnotizada la textura de su piel y se rendía al deseo de tocarlo.

Bajo su mano abierta sobre el vientre de Pedro, notó la contracción de la firme musculatura y sus pechos se rebelaron contra la restricción del vestido. La mano de Pedro fue lentamente hacia su hombro y, con la misma torturante lentitud, fue bajándole primero un tirante y luego el otro. Sin dejar de mirarla a los ojos, localizó la cremallera a la espalda, la bajó y luego añadió el tironcito final para dejar sus senos al descubierto. La llave cayó al suelo. Paula se ruborizó y, sin pensarlo, levantó las manos para cubrirse. Con reconvención en la mirada, él le sujetó las muñecas.

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 26

—¿Daño? —repitió la voz de Pedro, dulce, cálida y asombrada.

Al momento siguiente, la cintura de Paula fue rodeada por una robusta manaza y la propia Paula se encontró plantada sobre sus pies. Con igual firmeza, la otra mano colocó la de ella en el punto del que se había retirado.

—Sigue haciéndome ese tipo de daño —y apretó la pelvis contra Paula, de modo que sus dos cuerpos sujetaran fuertemente aquella mano.

—¡Qué barbaridad!

Algo se activó dentro de Pedro, algo que no era únicamente deseo físico. Era nada más que emoción, no alcanzaba aún al pensamiento: el pasmo que se reflejaba en la voz de ella, su rubor...

Cuando al fin se formó un pensamiento, lo desechó como inverosímil y besó a Paula.

—Oh, sí —gimió ella cuando sus labios la encontraron.

Sostuvieron un duelo erótico que los dejó medio asfixiados.

—Me  parece  que  no  podemos  plantearnos  más  que  una  cosa  —dijo  Pedro cuando recuperaron un poco  la  respiración—:  ¿Tu habitación  o  la  mía?  —su  expresión traicionaba  la frivolidad que quería transmitir la pregunta.

Había llegado el momento de que Paula huyera. ¿Acaso merecía la pena acostarse con ese hombre a cambio de perder el empleo y quedarse en la calle? Miró en las profundidades de sus ojos azules... «¡Ya lo creo que merece la pena!»

—Nunca te rindes —«¡A Dios gracias!»

—¿Quieres  que  me  rinda?  —había  un  amago  de  sonrisa en  los  labios  de  Pedro,  que  se convirtió en risa al verla negar fervientemente con la cabeza.

¿Quién podía pensar en la ética profesional, los informes de referencia o la seguridad en el empleo? Paula no pensaba dejar pasar esa oferta. ¿Cómo cometer tal estupidez, cuando estaba segura de que lo más probable era que no volviera a sentir de ese modo en toda su vida?

—Me parece que la tuya nos viene mejor —no quería que se notara su inexperiencia, así que procuró hablar como si se le plantearan esos dilemas todas las semanas—. Yo estoy en el segundo piso.

—Me encantas cuando te pones así de práctica.

—Pues hazme el favor de tomar tu bastón.

—¿Y para qué quiero yo bastón si te tengo a tí? —y le pasó un brazo por los hombros—. ¿Ves cómo me haces falta?

Ella se quedó un momento con la vista clavada en él, pensando, tratando de discernir cuál era el alcance exacto de esa declaración.

—¿Lista, Paula? —preguntó él, con una pizca de sorpresa.

Y, automáticamente, ella se enderezó, le pasó un brazo por la cintura, respiró hondo y dijo: —¡Ahora o nunca!

Pedro parpadeó. No recordaba que nadie se preparase para irse a la cama con él como si fueran  a una endodoncia.  Inmediatamente,  se  rió  en  silencio  de  sí  mismo.  ¿Por  qué  seguía creyendo que esa chica iba a hacer o decir lo que él suponía?
En cuanto la puerta del dormitorio se cerró tras ellos, Paula le retiró su apoyo. Después del vergonzoso incidente con la señora Nuñez  en el pasillo, su disposición para atenderlo se había reducido mucho. En realidad, si Pedro aprovechaba la ocasión para caerse de bruces contra el suelo, ¡tanto mejor!

Naturalmente, él no cometió una falta de etiqueta semejante.

—¿Cómo has podido?

—¿El qué?

—«No se preocupe, señora Nuñez» —repitió ella, con un sonsonete—, «nuestra querida Paula  sabe exactamente lo que necesito» —la verdad era que tenía un miedo cerval de no estar a la altura de las circunstancias.

—Primero,  mi  voz  es  más  bien  de  barítono  que  de  soprano,  y,  segundo,  la  he  dejado convencida de que tenía unos dolores tremendos que solo tú podías aliviar. Y únicamente tú y yo sabemos, ángel mío, de qué tipo de dolor hablaba.

—¡Es una falta de respeto con alguien que te conoce desde niño! Te estabas riendo de ella. Su mojigatería irritó a Pedro.

—Lo cierto es que me estaba riendo de ti. Creo que ya ha quedado establecido que soy un egoísta repugnante, Paula. Así que, si buscas un motivo para salir por esa puerta, tienes la excusa perfecta. No hace falta continuar con esta escenita —quitó la llave de la cerradura y se la tendió a ella, procurando disimular, por amor propio, cuánto deseaba que no la aceptase.

—Quiero quedarme —lo miraba casi con miedo—, contigo.

—Bien.

Mientras ella se preguntaba, enfadada, si ese era todo el entusiasmo que le producía su compañía, Pedro empezó a avanzar hacia ella, tomándola por sorpresa. Con un tironcito, Pedro separó la tela de su vestido e insertó la llave exactamente entre sus pechos, donde desapareció entre la firmeza de su carne.

—Así los dos sabremos dónde buscarla, si queremos retirarnos.

La potencia erótica del gesto sacudió a Paula hasta las raíces. Entrecerró un momento los ojos y,  cuando  volvió  a  mirarlo,  lo  descubrió  hipnotizado  por  el  contorno  de  sus  pezones, desvergonzadamente dilatados.

Dió unos pasos hacia atrás y sus corvas dieron con la cama... su cama. Con un suspiro, Paula se sentó en el borde.

—No deberías haberle dicho esas cosas —insistió, desazonada.

—Vamos, Paula, alegra esa cara.

Cuanto más despreocupado se mostraba él, más de punta se le ponían a ella los nervios.

—Estarán chismorreando de nosotros. No fuiste nada discreto.

—¿Y qué más da que lo sepan?

Paula se lo quedó mirando de hito en hito. No era una pose: de verdad lo asombraba que ella se preocupara.

—Puede que a tí no te importe la opinión de los demás... —¡Exacto!

—¡Pero a mí sí!

—¿Por qué? Preocuparse de lo que los demás piensen de uno es un desperdicio de energía —le explicó.

—Eso lo podrás decir tú.

—Tú también deberías probarlo.

—Es que los demás simples mortales no tenemos la ventaja de tu gigantesco ego.

—Me está empezando a parecer que te da vergüenza acostarte conmigo.

—Tal vez.

Las consecuencias de lo que iban a hacer eran graves. Aparte de lo que suponía acostarse con un hombre que solo pensaba en el placer y del que ella, por desgracia, estaba locamente enamorada, restaba la cuestión de que iba a quedarse sin empleo y sin dinero.

Sus ojos azules la barrieron con su helado disgusto y Paula se tragó la disculpa que tenía en la punta de la lengua.

Sanaste Mi Corazón: Capítulo 25

Pero, en cuanto la abandonó la preocupación por su posible daño, Paula empezó a notar otros síntomas que él presentaba, como una extraordinaria tensión muscular y la respiración acelerada.

—Deberías ser más prudente —ya no tenía ningún motivo legítimo para seguir tocándolo, pero tampoco podía resolverse a romper el contacto—. Has podido hacerte daño.

—Pero no me lo he hecho, y tú sí.

—Ya estoy bien —Paula no estaba segura al cien por cien de lo que decía. Se sentía rarísima, pero no podía ser conmoción, porque la conmoción afecta a la cabeza y ella se sentía rara desde la coronilla hasta la punta de los pies.

Apoyándose exclusivamente en su musculosa pierna derecha, Pedro se puso en pie en un solo movimiento, Paula se quedó así adosada a él.

—¡Cuidado! —exclamó, un poco tarde, cuando ya su cuerpo, arrastrado por el ascenso de Pedro, estaba medio incorporado, con la cara contra el muslo de él. Se podía haber creado la frase «posición comprometida» para ella.

—Si alguien abriera ahora la puerta...

—¿Qué pensarían, Paula? —al preguntar, Pedro le tomó la barbilla y la hizo dirigir la cara hacia él.

Prendida  en  la  red  de  su  mirada,  Paula sacudió  la  cabeza  mudamente  sin  dejar  de contemplarlo.  Nunca  había  sido  tan  consciente  de  la  desmedida  vitalidad  que  esa  mirada encerraba. Era un resplandor como una fuerza de la naturaleza, y ella no podía resistirse.

Lentamente, él desplegó los dedos y, con suma precisión, empezó a seguir el contorno de sus labios entrecerrados. Paula no se dió cuenta de cuándo o cómo los entreabría, invitando a una exploración más profunda.

Pedro deslizó la yema del índice, levantando levemente el labio superior y la sintió dejar de respirar. Al momento siguiente, a él se le escapó una especie de gruñido cuando la lengua de Paula fue al encuentro de su índice.

A partir de ese momento, la exploración se complicó: al cabo de pocos segundos, ella le había tomado la muñeca y alternaba los lametones y los besos entre los dedos, la palma y la muñeca.

Hasta ese punto de su vida, «compulsión» no había sido para Paula más que una palabra de la jerga de los psiquiatras. En ese momento, llenaba toda su existencia.

Dió un gañido de protesta cuando Pedro deslizó la otra mano entre su cabello y le echó la cabeza atrás. Ella se contentó con la contemplación de su absoluta belleza. Quería retener en la memoria hasta el ínfimo detalle de su aspecto en ese preciso instante.

La mirada de fuego de él se apartó con dificultad del pecho de Paula, que parecía a punto de hacer estallar las costuras del vestido. Pero la cara de Paula  no le ofrecía ningún alivio para la inaudita excitación que iba creciendo en él. En su cara había labios hinchados, entreabiertos y temblorosos, ojos enormes de iris grises paralizados de deseo y una expresión salvaje y lasciva que era exactamente lo que un hombre encuentra en sus fantasías. Una expresión de total y absoluta entrega.

—¿Tienes idea de lo que me estás haciendo? —preguntó, con la voz ronca.

Los lentos y clarividentes movimientos circulares de los dedos de ella, siempre hacia arriba, le  sirvieron  de  respuesta.  Ataque  y  retirada:  un  ciclo  que  continuamente  recomenzaba,  para tormento de ambos. Y, mientras los finos dedos de Paula trabajaban, sus ojos, transidos de pasión, no abandonaban ni por un instante los de él.

Sus labios se curvaron en una sonrisa sensual y satisfecha: sentía que se iba quemando de dentro  hacia  fuera,  no  podía  respirar  más  que  en  dosis  pequeñas  y  frenéticas.  Pero  en  ese momento de experimentar con sus propios límites y los de él, había descubierto hasta qué punto era la entrega una experiencia de poder.

Cuando  su  mano,  con  cuidado,  rodeó  el  creciente  relieve,  Paula sintió  una  intensísima excitación al notar los impulsos de la erección contra su mano. Apenas notó, en cambio, el dolor en el cuero cabelludo que le causó la contracción de los dedos de Pedro en su pelo. Empezó a alarmarse al verle echar la cabeza hacia atrás. Todas las venas y tendones de su poderoso cuello resaltaron. Parecía morirse. Por Dios, ¿qué le había hecho ella?

—¡Lo siento! —exclamó, jadeante, apartando la mano— ¿Te he hecho daño? —preguntó, desconsolada.

Empezó a atormentarse por lo que le parecía un comportamiento inexplicable por su parte. Pero, mientras una parte de su mente se fustigaba, el renegado que era su cuerpo le enviaba un mensaje de dolor desesperado. Era una queja a la vez de todo el cuerpo y que se concentraba en los pechos, hinchados, y en el vértice entre los muslos.