Pedro no había sabido lo que era el amor hasta el día en el que durante una boda interminable había visto a una preciosa chica de pelo color castaño que jugaba con los niños y les hacía trucos de magia.
Fátima se había convertido en toda una mujer mientras él estaba trabajando en el extranjero y se había formado como profesora.
Al principio, ni siquiera la había reconocido, pues la última vez que se habían visto era tan sólo una niña.
Entonces, se había dado cuenta de que quería casarse con ella y en ese mismo instante habían comenzado sus tribulaciones y sus sufrimientos.
Ahora, le sucedía lo mismo.
Aunque no se atrevía a comparar el deseo lujurioso que sentía por Paula Chaves con el sincero amor que lo atraía hacia Fátima, lo cierto era que volvía a verse atrapado por una mujer a la que no podía tener.
Pedro recapacitó y se dijo que, tal vez, aquel mal que lo aquejaba venía dado por demasiado tiempo de abstención sexual y decidió que aquello solamente lo podía curar una mujer abierta y decidida.
Y sabía exactamente a quién recurrir.
Lady Pamela Anstruther, la dueña de la propiedad vecina, una viuda de gustos muy caros, pero que no había quedado demasiado bien económicamente y que nunca había ocultado que estaba interesada en él.
En el descanso de la mañana, Zaira miró a Paula y frunció el ceño.
-¿Te pasa algo? Tienes ojeras, como si no hubieras dormido bien.
-Estoy bien... -murmuró Paula.
Lo cierto era que llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño, incapaz de dejar de pensar en el misterioso conductor de la motocicleta y, cuando se metía en la cama y cerraba los ojos, él volvía a protagonizar sus sueños, cuyo contenido Paula jamás se habría atrevido a compartir con nadie.
-¿Algún problema en casa? -insistió Zaira.
-No -contestó Paula-. El otro día me tropecé con un motociclista, el viernes por la tarde... creo que está alojado en el castillo... -añadió mordiéndose el labio inferior.
-Por aquí siempre hay un montón de caras nuevas y da la casualidad de que ha venido un escritor para documentarse sobre la historia del castillo y un pajarito me ha dicho que llegó en moto -contestó Jeanie-. Sin embargo, no creo que sea tu príncipe azul porque es bastante mayor.
-No, el hombre del que yo te hablo no es mayor -le corroboró Paula-. Era joven y parecía de otro país...
-¡Ah... ése! -exclamó Zaira-. Es el albañil polaco que está encargándose del nuevo establo. ¿Es alto, moreno, de piel bronceada y muy guapo?
Paula asintió cuatro veces como una marioneta.
-Lo ví en el pueblo el sábado por la noche. Desde luego, jovencita, tienes buen gusto.
Paula enrojeció de pies a cabeza.
-¿Sabes si está casado? -consiguió preguntar.
-No, no está casado -rió Paula-. Ahora entiendo por qué estás en las nubes. ¿Hablaste con él? ¿Ha sido un flechazo?
-¡Zaira! Yo simplemente estaba dando un paseo, nos encontramos y hablamos durante un minuto. Era sólo curiosidad.
-Ya, sólo curiosidad, claro... -sonrió Zaira-, Con lo guapa que eres, no vas a tener ningún problema en conseguir una cita con él. Otra cosa será que a tu padre le parezca bien.
-No voy a tener ningún problema con mi padre porque no quiero salir con él -le aseguró Paula-. Por favor, no vayas por ahí hablando de esto. Si mi padre se entera, me mata.
-Paula, no te preocupes, nadie de por aquí te haría la faena de irle con un cotilleo así a tu padre. Después de la pelea que tuvo en la iglesia, todo el mundo le tiene miedo.
Paula bajó la cabeza avergonzada.
En aquel momento, la jefa de personal vino a buscarla para preguntarle si podía cubrir el turno de una compañera que se había puesto enferma y Paula accedió encantada, pues eso significaba más dinero y menos horas en casa.
Agradecida, se puso a abrillantar los suelos de aquella parte del castillo que no conocía y de la que normalmente se encargaba su compañera.
Así que era polaco, ¿eh? Un albañil de Polonia. Entonces, lo del acento británico de clase alta debía de haber sido imaginaciones suyas.
En aquel instante, le entraron ganas de saberlo absolutamente todo sobre Polonia, pero, ¿por qué se preocupaba tanto por un hombre al que no iba a volver a ver? Él trabajaba fuera y ella, dentro. El castillo era inmenso y había mucho personal trabajando en él, así que era prácticamente imposible encontrarse por casualidad.
A no ser, claro, que él la buscara. ¿Y por qué lo iba a hacer cuando ella le había gritado? Si fuera como Zaira, sería ella la que iría a buscarlo a él. Menos mal que no se parecía a su amiga. Claro que la idea de no volver a verlo la hacía sentirse vacía y triste.
De repente, la máquina dejó de funcionar y, al girarse, Paula se encontró con un joven vestido de chaqueta y corbata.
-Señorita, por favor, estamos en una reunión muy importante y esa máquina hace un ruido espantoso. .. ¿Le importaría irse a limpiar a otro sitio? -le dijo en tono furioso.
-Ahora mismo -murmuró Paula.
-Que sea la última vez que le hablas así a uno de mis empleados -murmuró otro hombre en tono glacial.
-Lo siento mucho, alteza -se disculpó el primero sonrojándose de pies a cabeza.
Al ver al segundo hombre, Paula se quedó sin aire en los pulmones, pues era el hombre de la moto.
¿El hombre al que había conocido en la colina era el príncipe Pedro? No, no podía ser. Era cierto que le había dicho que aquellas tierras eran suyas, pero Paula había creído que le estaba tomando el pelo.
Rápidamente, recogió el cable de la máquina e intentó salir de allí a toda velocidad, pero estaba nerviosa y le sudaban las palmas de las manos, lo que entorpecía sus movimientos.
-Deje que la ayude con eso...
-¡No! -exclamó Paula horrorizada al girar la cabeza y encontrarse con Pedro muy cerca de ella-. Perdón... -añadió alejándose por el pasillo hacia la primera puerta abierta que vió.
Pedro dudó un segundo, frunció el ceño molesto y sorprendido ante el comportamiento de la joven y fue hacia ella.
-Paula...
-¡Se supone que no debe hablarme! -exclamó Paula con la respiración entrecortada.
-No digas tonterías.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
martes, 22 de diciembre de 2015
El Jeque Y Su Novia Rebelde: Capítulo 4
-Así que no es la primera vez que entra en estas tierras, ¿eh? -comentó Paula recordando las huellas que había visto cerca de casa de su padre-. Para que lo sepa, ha estropeado usted el camino de la colina.
-Le aseguro que yo no he sido -contestó Pedro ofendido. -¿Ah, no? ¿Cuántos motoristas como usted hay por aquí?
-Señorita, le agradecería que, teniendo en cuenta que no tiene usted pruebas, no me acuse de algo que yo no he hecho -se defendió Pedro-, Es una gran ofensa -añadió en tono frío y distante.
Paula palideció.
-A mí lo que me parece una gran ofensa es que todavía no me haya usted pedido perdón por haberme dado el susto de mi vida -contestó ofendida.
Paula se sonrojó, pues siempre se había tenido por un hombre extremadamente cortés.
-Por supuesto, le pido perdón por asustarla.
-Bueno, yo también le pido perdón por haber dicho que había sido usted el que había entrado en las tierras de mi padre con la motocicleta y las había estropeado -contestó Paula.
-¿Estaba usted leyendo? -preguntó Pedro recogiendo la revista de Paula del suelo.
-Sí, gracias -contestó Paula aceptándola y sonrojándose al ver que Pedro la miraba intensamente.
Pedro tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su deseo pues los labios de aquella mujer y sus preciosos y firmes pechos le hacían desearla con tanta intensidad, que estaba atónito.
-¿Le habrá pasado algo a la moto? -preguntó Paula, nerviosa, pues se había dado cuenta de que entre ellos se había instalado una extraña tensión cuyo origen no acertaba a vislumbrar.
-No creo -contestó Pedro.
Había conseguido controlarse, sí, pero estaba enfadado consigo mismo porque no entendía cómo se sentía atraído por aquella mujer. Por muy guapa que fuera, él estaba acostumbrado a mujeres increíblemente bellas, así que no era aquélla la razón.
-¿Va usted muy lejos? -quiso saber Paula.
En otra circunstancia, jamás se hubiera atrevido a preguntar algo así a un desconocido, pero lo cierto era que sabía que aquel hombre se iba a ir y no quería que se fuera.
-No, voy al castillo -contestó Pedro, levantando la motocicleta del suelo.
Podría haberle dicho quién era, pero decidió que no había motivo para hacerla pasar tal vergüenza porque lo más probable era que jamás volvieran a verse.
Paula supuso que el motociclista estaba pasando una temporada invitado en el castillo en el que ella trabajaba y rezó para que no diera un mal informe de ella a nadie porque, de ser así, perdería el trabajo y su padre se enfadaría.
Pedro se puso el casco, puso la motocicleta en marcha, se montó y se alejó sin siquiera mirarla, pero pensando en ella, en sus maravillosos ojos verdes y en que parecía asustada e infeliz, lo que lo llevó a preguntarse qué tipo de vida llevaría con aquel padre fanático del que le había hablado el encargado del castillo.
De repente, se encontró preguntándose si Paula Chaves estaría dispuesta a convertirse en su amante.
Pedro se enfureció consigo mismo por semejante pensamiento pues tener una amante implicaba una relación y él prefería saltar de cama en cama sin comprometerse con ninguna mujer.
No estaba dispuesto a perder su libertad por nadie y, además, Paula Chaves era una empleada.
¿Qué demonios le estaba sucediendo?
¡En menos de veinticuatro horas, se le había pasado por la cabeza que tenía que encontrar esposa y ahora estaba pensando en tener una amante!
Tras hacer un agujero bajo los árboles y enterrar la revista, Paula corrió a casa seguida de cerca por Apolo.
Al llegar, entró por la puerta de atrás y, para su desgracia, se encontró con su padre.
-Vaya, no sabía que ibais a volver tan pronto... ¿ha ocurrido algo? -preguntó nerviosa al percibir la tensión en el ambiente.
-La madre de Noemí se ha puesto enferma y se va quedar a pasar la noche con ella -contestó Miguel Chaves-. ¿Dónde has estado?
-He salido a dar un paseo -contestó Paula-. Perdón...
-Si yo hubiera estado en casa, no habrías estado holgazaneando por ahí. ¿Qué has estado haciendo?
Paula se quedó de piedra.
-Nada.
-Espero que así sea -gruñó su padre acercándose a ella y agarrándola del brazo con fuerza-. Prepárame la cena ahora mismo. Después de cenar, leeremos la Biblia y rezaremos para que no vuelvas a caer en el pecado de la holgazanería -añadió saliendo de la cocina.
Una vez a solas, Paula se frotó el brazo con el ceño fruncido y se dijo que no debía preocuparse, ya que su padre tenía mal genio, pero jamás le había levantado la mano.
Sin embargo, tenía la penosa sospecha de que aquello estaba a punto de cambiar.
Cuatro días después, Pedro se levantó de la cama a las tres de la madrugada y entró en su lujoso baño para darse otra ducha de agua fría.
Se sentía como si lo hubieran embrujado y, mientras el agua resbalaba por su fuerte y musculoso cuerpo, gritó enfurecido.
Ninguna mujer le había perturbado el sueño antes.
Había algo en Paula Chaves que había desatado su imaginación hasta cotas de creatividad erótica insuperables.
La idea de que se convirtiera en su amante lo tenía obsesionado y le hacía tener fantasías sexuales de las que no se podía liberar.
Incluso dormido, su cerebro revisaba una y otra vez el breve encuentro que había tenido lugar entre ellos y lo transformaba hasta convertirlo en un encuentro apasionado y salvaje más del gusto sexual masculino.
No poder controlar su mente lo enfurecía.
Pedro apoyó la frente en las baldosas de mármol y pensó en Fátima, algo que no se permitía muy a menudo porque no era hombre de pensar en lo que no podía ser.
Recordó a Fátima, mujer de preciosos ojos oscuros y gran corazón, aquella mujer con la que jamás podría casarse porque, a pesar de que no eran parientes de sangre, la madre de Fátima lo había amamantado durante un periodo de tiempo y su religión prohibía el casamiento entre hermanos de leche.
-Le aseguro que yo no he sido -contestó Pedro ofendido. -¿Ah, no? ¿Cuántos motoristas como usted hay por aquí?
-Señorita, le agradecería que, teniendo en cuenta que no tiene usted pruebas, no me acuse de algo que yo no he hecho -se defendió Pedro-, Es una gran ofensa -añadió en tono frío y distante.
Paula palideció.
-A mí lo que me parece una gran ofensa es que todavía no me haya usted pedido perdón por haberme dado el susto de mi vida -contestó ofendida.
Paula se sonrojó, pues siempre se había tenido por un hombre extremadamente cortés.
-Por supuesto, le pido perdón por asustarla.
-Bueno, yo también le pido perdón por haber dicho que había sido usted el que había entrado en las tierras de mi padre con la motocicleta y las había estropeado -contestó Paula.
-¿Estaba usted leyendo? -preguntó Pedro recogiendo la revista de Paula del suelo.
-Sí, gracias -contestó Paula aceptándola y sonrojándose al ver que Pedro la miraba intensamente.
Pedro tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su deseo pues los labios de aquella mujer y sus preciosos y firmes pechos le hacían desearla con tanta intensidad, que estaba atónito.
-¿Le habrá pasado algo a la moto? -preguntó Paula, nerviosa, pues se había dado cuenta de que entre ellos se había instalado una extraña tensión cuyo origen no acertaba a vislumbrar.
-No creo -contestó Pedro.
Había conseguido controlarse, sí, pero estaba enfadado consigo mismo porque no entendía cómo se sentía atraído por aquella mujer. Por muy guapa que fuera, él estaba acostumbrado a mujeres increíblemente bellas, así que no era aquélla la razón.
-¿Va usted muy lejos? -quiso saber Paula.
En otra circunstancia, jamás se hubiera atrevido a preguntar algo así a un desconocido, pero lo cierto era que sabía que aquel hombre se iba a ir y no quería que se fuera.
-No, voy al castillo -contestó Pedro, levantando la motocicleta del suelo.
Podría haberle dicho quién era, pero decidió que no había motivo para hacerla pasar tal vergüenza porque lo más probable era que jamás volvieran a verse.
Paula supuso que el motociclista estaba pasando una temporada invitado en el castillo en el que ella trabajaba y rezó para que no diera un mal informe de ella a nadie porque, de ser así, perdería el trabajo y su padre se enfadaría.
Pedro se puso el casco, puso la motocicleta en marcha, se montó y se alejó sin siquiera mirarla, pero pensando en ella, en sus maravillosos ojos verdes y en que parecía asustada e infeliz, lo que lo llevó a preguntarse qué tipo de vida llevaría con aquel padre fanático del que le había hablado el encargado del castillo.
De repente, se encontró preguntándose si Paula Chaves estaría dispuesta a convertirse en su amante.
Pedro se enfureció consigo mismo por semejante pensamiento pues tener una amante implicaba una relación y él prefería saltar de cama en cama sin comprometerse con ninguna mujer.
No estaba dispuesto a perder su libertad por nadie y, además, Paula Chaves era una empleada.
¿Qué demonios le estaba sucediendo?
¡En menos de veinticuatro horas, se le había pasado por la cabeza que tenía que encontrar esposa y ahora estaba pensando en tener una amante!
Tras hacer un agujero bajo los árboles y enterrar la revista, Paula corrió a casa seguida de cerca por Apolo.
Al llegar, entró por la puerta de atrás y, para su desgracia, se encontró con su padre.
-Vaya, no sabía que ibais a volver tan pronto... ¿ha ocurrido algo? -preguntó nerviosa al percibir la tensión en el ambiente.
-La madre de Noemí se ha puesto enferma y se va quedar a pasar la noche con ella -contestó Miguel Chaves-. ¿Dónde has estado?
-He salido a dar un paseo -contestó Paula-. Perdón...
-Si yo hubiera estado en casa, no habrías estado holgazaneando por ahí. ¿Qué has estado haciendo?
Paula se quedó de piedra.
-Nada.
-Espero que así sea -gruñó su padre acercándose a ella y agarrándola del brazo con fuerza-. Prepárame la cena ahora mismo. Después de cenar, leeremos la Biblia y rezaremos para que no vuelvas a caer en el pecado de la holgazanería -añadió saliendo de la cocina.
Una vez a solas, Paula se frotó el brazo con el ceño fruncido y se dijo que no debía preocuparse, ya que su padre tenía mal genio, pero jamás le había levantado la mano.
Sin embargo, tenía la penosa sospecha de que aquello estaba a punto de cambiar.
Cuatro días después, Pedro se levantó de la cama a las tres de la madrugada y entró en su lujoso baño para darse otra ducha de agua fría.
Se sentía como si lo hubieran embrujado y, mientras el agua resbalaba por su fuerte y musculoso cuerpo, gritó enfurecido.
Ninguna mujer le había perturbado el sueño antes.
Había algo en Paula Chaves que había desatado su imaginación hasta cotas de creatividad erótica insuperables.
La idea de que se convirtiera en su amante lo tenía obsesionado y le hacía tener fantasías sexuales de las que no se podía liberar.
Incluso dormido, su cerebro revisaba una y otra vez el breve encuentro que había tenido lugar entre ellos y lo transformaba hasta convertirlo en un encuentro apasionado y salvaje más del gusto sexual masculino.
No poder controlar su mente lo enfurecía.
Pedro apoyó la frente en las baldosas de mármol y pensó en Fátima, algo que no se permitía muy a menudo porque no era hombre de pensar en lo que no podía ser.
Recordó a Fátima, mujer de preciosos ojos oscuros y gran corazón, aquella mujer con la que jamás podría casarse porque, a pesar de que no eran parientes de sangre, la madre de Fátima lo había amamantado durante un periodo de tiempo y su religión prohibía el casamiento entre hermanos de leche.
El Jeque Y Su Novia Rebelde: Capítulo 3
A Paula le encantaba la música y uno de los pocos placeres que tenía en la vida era escuchar la radio, pero su padre se la había roto cuando Noemí se había quejado de que la chica pasaba demasiado tiempo escuchándola y tardaba mucho en preparar el desayuno.
Paula todavía recordaba la cara de horror de su madrastra al ver la airada reacción de su marido.
Aquella tarde, después de comer, otra compañera le dio una revista que ella ya había terminado de leer y Paula la aceptó con la cabeza baja.
Mientras se iba, escuchó cómo sus compañeras comentaban que era una pena cómo la había educado su padre y, palabras textuales de la que le había regalado la revista: «a esa pobre chica le da miedo hasta su propia sombra».
«No es cierto», se dijo Paula mientras pedaleaba rumbo a casa.
No tenía tanto miedo, pero tampoco estaba tan loca como para buscar un enfrentamiento abierto con su padre antes de disponer de los medios necesarios para irse.
La belleza de aquel día de principios de verano pronto apaciguó su ánimo y la llenó de vitalidad.
Era viernes, su día favorito de la semana porque terminaba pronto de trabajar y solía tener la casa entera para ella durante la tarde porque su padre y Noemí estaban haciendo la compra semanal.
Paula decidió sacar a pasear al perro y leer la revista y, media hora después, salía de casa de su padre y atravesaba la pradera verde en dirección al bosque. Una vez allí, entre los árboles, se quitó los zapatos, se desabrochó un par de botones de la blusa y se soltó el pelo para tumbarse al sol.
Apolo, un perrillo paticorto al que Paula adoraba, se tumbó exhausto a su lado y no advirtió, pues hacía tiempo que había perdido el oído, el ruido de un motor que se acercaba.
Paula comenzó a devorar la revista y pronto estuvo completamente inmersa en el mundo de las celebridades, de la moda y del cotilleo.
De repente, el atronador ruido de una moto la sacó de sus ensoñaciones y, al girar la cabeza, comprobó con horror que iban a atropellar a Apolo.
Rápidamente, se puso en pie y consiguió sacar al perro de debajo de las ruedas de la motocicleta, cuyo conductor perdió el equilibrio ante la repentina frenada y cayó al suelo.
Paula ahogó un grito de horror, pero pronto comprobó que al conductor no le había sucedido nada, pues se ponía en pie tan tranquilo.
-¿Qué hace usted aquí? -gritó al ver que el hombre se acercaba a ella.
Pedro estaba furioso por haberse encontrado a una mujer sentada en mitad del camino, como si estuviera esperando a que alguien se la llevara por delante Y, para colmo, le estaba gritando.
Nadie le había gritado jamás.
Sin embargo, la belleza de aquella mujer nubló su enfado. Lucía una impresionante melena rubia que le llegaba a la cintura y tenía unos maravillosos ojos verdes que parecían esmeraldas.
Pedro se sintió atrapado por su belleza.
-¿Cómo se atreve a entrar en esta propiedad? Es delito -insistió Paula.
-Le aseguro que no soy ningún delincuente -contestó el motociclista con el casco puesto.
-¿Ah, no? ¿Y qué es la persona que entra en una propiedad que no es suya? -contestó Paula enfadada porque todavía no le había pedido perdón por el incidente-.
¿No se ha dado usted cuenta de que iba muy rápido?
-Sé perfectamente la velocidad a la que iba -contestó Pedro.
Paula se dió cuenta de que aquel hombre no hablaba como un gamberro, aunque se comportara como uno de ellos. Era imposible no advertir su acento inglés de clase alta, pero a Paula le dio igual.
Se estaba comportando fatal y eso era lo único que importaba, así que levantó el mentón y lo miró en actitud desafiante.
-¡Nos ha dado un susto de muerte a mi perro y a mí! -exclamó dejando a Apolo en el suelo.
Apolo se acercó a Pedro, movió el rabo, se hizo un ovillo a su lado y descansó al sol.
-Por lo menos, él no me grita -comentó Pedro.
-Yo no estoy gritando -se defendió Paula-. ¡Lo único que quiero que comprenda es que podría haberme usted matado o haberse matado usted!
Pedro se levantó la visera del casco y Paula se quedó de piedra.
Lo primero que se le pasó por la cabeza al ver sus ojos fue la imagen de un halcón de los que tenían en el castillo. Aquel hombre poseía una mirada penetrante y dura, pero también un espectacular brillo dorado en los ojos y unas pestañas negrísimas.
Paula sintió que el corazón le daba un vuelco y comenzaba a latirle aceleradamente.
-No sea usted exagerada -aulló Pedro.
-Iba usted demasiado deprisa... -insistió Paula.
Pedro no pudo evitar quedarse mirando el reflejo cegador del pelo de aquella mujer bajo el resplandor del sol y por primera vez en su vida olvidó qué iba a decir.
-¿De verdad? -preguntó quitándose el casco y revolviéndose el pelo.
Paula sintió que la boca se le secaba.
Aquel hombre era tan increíblemente guapo, que no pudo evitar quedarse mirándolo fijamente.
Tenía un rostro imposible de olvidar, una estructura ósea fantástica con unos maravillosos y altos pómulos, una nariz fuerte y masculina y cejas oscuras. Su complexión morena y su pelo oscuro sugerían unos ancestros de otras tierras.
Aquel hombre la sedujo rápidamente y Paula sintió que se mareaba como si hubiera estado dando vueltas sobre sí misma y, de repente, sintió en la pelvis algo que jamás había sentido antes.
-¿Cómo? -murmuró confusa.
Pedro sonrió y Paula se sintió embrujada por aquella sonrisa.
-Es cierto que conduzco muy deprisa, pero le aseguro que soy muy buen conductor -apuntó Pedro.
-Pero a esa velocidad es imposible ver el camino -insistió Paula.
-Desde luego, lo que uno no espera ni a esa velocidad ni a ninguna otra es encontrarse con una chica y un perro sentados en mitad del camino.
-En cualquier caso, esto es propiedad privada...
-Ya lo sé y sé perfectamente que no hay ganado suelto por aquí porque esta tierra es mía -contestó Pedro.
-No, esta tierra no es suya. Da la casualidad de que yo vivo allí, bajando la colina, y sé perfectamente a quién pertenece esta tierra, así que no me puede usted engañar -sonrió Paula.
Pedro se dió cuenta de que aquella mujer no lo había reconocido.
Paula todavía recordaba la cara de horror de su madrastra al ver la airada reacción de su marido.
Aquella tarde, después de comer, otra compañera le dio una revista que ella ya había terminado de leer y Paula la aceptó con la cabeza baja.
Mientras se iba, escuchó cómo sus compañeras comentaban que era una pena cómo la había educado su padre y, palabras textuales de la que le había regalado la revista: «a esa pobre chica le da miedo hasta su propia sombra».
«No es cierto», se dijo Paula mientras pedaleaba rumbo a casa.
No tenía tanto miedo, pero tampoco estaba tan loca como para buscar un enfrentamiento abierto con su padre antes de disponer de los medios necesarios para irse.
La belleza de aquel día de principios de verano pronto apaciguó su ánimo y la llenó de vitalidad.
Era viernes, su día favorito de la semana porque terminaba pronto de trabajar y solía tener la casa entera para ella durante la tarde porque su padre y Noemí estaban haciendo la compra semanal.
Paula decidió sacar a pasear al perro y leer la revista y, media hora después, salía de casa de su padre y atravesaba la pradera verde en dirección al bosque. Una vez allí, entre los árboles, se quitó los zapatos, se desabrochó un par de botones de la blusa y se soltó el pelo para tumbarse al sol.
Apolo, un perrillo paticorto al que Paula adoraba, se tumbó exhausto a su lado y no advirtió, pues hacía tiempo que había perdido el oído, el ruido de un motor que se acercaba.
Paula comenzó a devorar la revista y pronto estuvo completamente inmersa en el mundo de las celebridades, de la moda y del cotilleo.
De repente, el atronador ruido de una moto la sacó de sus ensoñaciones y, al girar la cabeza, comprobó con horror que iban a atropellar a Apolo.
Rápidamente, se puso en pie y consiguió sacar al perro de debajo de las ruedas de la motocicleta, cuyo conductor perdió el equilibrio ante la repentina frenada y cayó al suelo.
Paula ahogó un grito de horror, pero pronto comprobó que al conductor no le había sucedido nada, pues se ponía en pie tan tranquilo.
-¿Qué hace usted aquí? -gritó al ver que el hombre se acercaba a ella.
Pedro estaba furioso por haberse encontrado a una mujer sentada en mitad del camino, como si estuviera esperando a que alguien se la llevara por delante Y, para colmo, le estaba gritando.
Nadie le había gritado jamás.
Sin embargo, la belleza de aquella mujer nubló su enfado. Lucía una impresionante melena rubia que le llegaba a la cintura y tenía unos maravillosos ojos verdes que parecían esmeraldas.
Pedro se sintió atrapado por su belleza.
-¿Cómo se atreve a entrar en esta propiedad? Es delito -insistió Paula.
-Le aseguro que no soy ningún delincuente -contestó el motociclista con el casco puesto.
-¿Ah, no? ¿Y qué es la persona que entra en una propiedad que no es suya? -contestó Paula enfadada porque todavía no le había pedido perdón por el incidente-.
¿No se ha dado usted cuenta de que iba muy rápido?
-Sé perfectamente la velocidad a la que iba -contestó Pedro.
Paula se dió cuenta de que aquel hombre no hablaba como un gamberro, aunque se comportara como uno de ellos. Era imposible no advertir su acento inglés de clase alta, pero a Paula le dio igual.
Se estaba comportando fatal y eso era lo único que importaba, así que levantó el mentón y lo miró en actitud desafiante.
-¡Nos ha dado un susto de muerte a mi perro y a mí! -exclamó dejando a Apolo en el suelo.
Apolo se acercó a Pedro, movió el rabo, se hizo un ovillo a su lado y descansó al sol.
-Por lo menos, él no me grita -comentó Pedro.
-Yo no estoy gritando -se defendió Paula-. ¡Lo único que quiero que comprenda es que podría haberme usted matado o haberse matado usted!
Pedro se levantó la visera del casco y Paula se quedó de piedra.
Lo primero que se le pasó por la cabeza al ver sus ojos fue la imagen de un halcón de los que tenían en el castillo. Aquel hombre poseía una mirada penetrante y dura, pero también un espectacular brillo dorado en los ojos y unas pestañas negrísimas.
Paula sintió que el corazón le daba un vuelco y comenzaba a latirle aceleradamente.
-No sea usted exagerada -aulló Pedro.
-Iba usted demasiado deprisa... -insistió Paula.
Pedro no pudo evitar quedarse mirando el reflejo cegador del pelo de aquella mujer bajo el resplandor del sol y por primera vez en su vida olvidó qué iba a decir.
-¿De verdad? -preguntó quitándose el casco y revolviéndose el pelo.
Paula sintió que la boca se le secaba.
Aquel hombre era tan increíblemente guapo, que no pudo evitar quedarse mirándolo fijamente.
Tenía un rostro imposible de olvidar, una estructura ósea fantástica con unos maravillosos y altos pómulos, una nariz fuerte y masculina y cejas oscuras. Su complexión morena y su pelo oscuro sugerían unos ancestros de otras tierras.
Aquel hombre la sedujo rápidamente y Paula sintió que se mareaba como si hubiera estado dando vueltas sobre sí misma y, de repente, sintió en la pelvis algo que jamás había sentido antes.
-¿Cómo? -murmuró confusa.
Pedro sonrió y Paula se sintió embrujada por aquella sonrisa.
-Es cierto que conduzco muy deprisa, pero le aseguro que soy muy buen conductor -apuntó Pedro.
-Pero a esa velocidad es imposible ver el camino -insistió Paula.
-Desde luego, lo que uno no espera ni a esa velocidad ni a ninguna otra es encontrarse con una chica y un perro sentados en mitad del camino.
-En cualquier caso, esto es propiedad privada...
-Ya lo sé y sé perfectamente que no hay ganado suelto por aquí porque esta tierra es mía -contestó Pedro.
-No, esta tierra no es suya. Da la casualidad de que yo vivo allí, bajando la colina, y sé perfectamente a quién pertenece esta tierra, así que no me puede usted engañar -sonrió Paula.
Pedro se dió cuenta de que aquella mujer no lo había reconocido.
El Jeque Y Su Novia Rebelde: Capítulo 2
-Desde luego, a pesar de todos los rezos y las plegarias, no dudó en cortejar a otra mujer muy poco después de que tu madre muriera. La gente dice que le gusta que le tengan bien atendida la casa -rió la pelirroja-. Menudo doble rasero. ¡El puede hacer lo que quiera, pero a ti no te va a consentir que te vayas de casa porque trabajas y llevas tu sueldo y todos por aquí sabemos lo avaro que es Miguel Chaves!
Paula tuvo que hacer un gran esfuerzo para no hacer una mueca de disgusto al enterarse de de que la austeridad de su padre era de dominio público.
Las francas opiniones de Zaira y su poco tacto eran causa habitual de fricción con otros miembros del servicio, pero Paula se lo perdonaba porque sabía que en el fondo tenía buen corazón.
-Zaira...
-Sabes que tengo razón. Me he enterado de un par de cosas de tu casa y la verdad es que me parece terrible.
-Yo nunca hablo de mi vida familiar -objetó Paula.
Zaira puso los ojos en blanco.
-Me apuesto el cuello a que tú cocinas y limpias la casa, y así es imposible que Noemí quiera que te vayas. Paula, tienes veintidós años y ya es hora de que comprendas que la única manera de librarte de todo eso y de tener una vida propia es que salgas corriendo de aquí a toda velocidad.
-Ya lo veremos -contestó Paula.
Paula era consciente de que necesitaría mucho dinero para poder independizarse, y huir de casa de su padre le parecía una cobardía. Además, hacerlo sólo la llevaría a la pobreza más terrible y ella quería alquilar una casa decente y tener un buen futuro.
Paula se dijo por enésima vez que lo que tenía que hacer era tener paciencia. Hacía solamente un mes y medio que había comenzado a trabajar y, dado que su padre se quedaba con la mayor parte de su sueldo para mantenerla, iba a tardar todavía unos meses en poder ahorrar algo para irse.
Tenía que aguantar. Su trabajo, aunque era muy humilde, era muy preciado para ella. A Paula le encantaba trabajar rodeada del esplendor medieval del castillo, cuyos magníficos alrededores eran una fuente de fascinación sin fin para ella.
Ir a su lugar de trabajo todas las mañanas en bicicleta le daba un sentimiento de libertad que hacía mucho tiempo que le había sido negado y el poder mezclarse con otras personas también le agradaba sobremanera, pero también era consciente de que no quería pasarse toda la vida limpiando, y de que para poder acceder a algo mejor necesitaba cualificación y estudios.
Sin embargo, la idea de tener que enfrentarse abiertamente a las rígidas normas de su padre le daba miedo, ya que desde pequeña había sido educada en la obediencia más ciega hacia él, que era un hombre frío y distante, de carácter violento e intimidatorio. Alejandra Chaves había enfermado cuando ella tenía trece años y Paula la había cuidado desde entonces porque su padre había dicho que aquello eran «cosas de mujeres».
Paula se había visto a tan tierna edad con una gran responsabilidad. Aunque tenía un hermano, Gonzalo, cuidar de su madre había sido sólo tarea de ella porque él ya tenía bastante con ocuparse de la granja en la que vivían.
Así había sido cómo Paula, que siempre había sido la mejor estudiante de su clase, había comenzado a faltar al colegio y sus notas habían comenzado a empeorar paulatinamente.
Su hermano había terminado por discutir con su padre por la falta de libertad que imponía en su hogar y, al final, se había ido de casa.
Así, en cuanto le había sido legalmente posible, Miguel Chaves había hecho que su hija dejara de estudiar y la había recluido en casa para cuidar a su madre y hacerse cargo de los quehaceres domésticos.
Durante cinco años, Paula no había salido de casa más que para ir a la iglesia y hacer la compra semanal. A su padre no le hacía ninguna gracia que acudiera a ningún evento social y tampoco le permitía las visitas.
Exactamente un año después de la muerte de su madre, su padre se había casado con Noemí, una mujer de muy mal carácter cuyo principal pasatiempo era hablar mal de los demás.
En cualquier caso, Paula le estaba agradecida porque ella había convencido a su padre para que la dejara trabajar diciéndole que así habría más dinero en casa.
-A ver si por lo menos esta semana, que está aquí el jeque, lo ves y te alegras un poco la vida -comentó Zaira riéndose.
-Para que lo sepas, esta mañana he visto su limusina -sonrió Paula.
-La limusina no es nada comparada con él. Yo solamente lo he visto en un par de ocasiones y, de lejos, pero te puedo asegurar que es el hombre más guapo que he visto en mi vida -contestó Zaira, apagando el cigarrillo y escondiendo el cenicero-. Es de esos hombres por los que una cometería más de un pecado.
-Tendré cuidado entonces para no cruzarme en su camino porque no quiero perder mi trabajo.
Cuando la habían contratado, le habían advertido que debía trabajar en el más absoluto silencio y que, si alguna vez se encontraba con el jeque en un pasillo, debía irse a toda velocidad, así que Paula no creía muy probable que pudiera verlo de cerca.
-Si yo tuviera tu cuerpo y tu cara, haría todo lo que estuviera en mi mano para tropezarme con él -bromeó Zaira-. Si le gustaras, podría apartarte de todo este mundo y ponerte una casa para ti. ¡Te solucionaría la vida! -exclamó-. Imagínate la ropa que podrías tener, y las joyas, y, además... ¡un hombre impresionante en tu cama! Paula, eres una mujer realmente guapa. Si hay alguien que pueda encandilar al príncipe Pedro, ésa eres tú.
Paula la miró sorprendida y se sonrojó.
-Yo no soy así...
-Pues te iría mucho mejor si lo fueras -insistió la pelirroja-. La vida es para disfrutarla y para divertirse. ¡Como no tengas cuidado, al final tu padre va a terminar convirtiéndote en una solterona!
Tras terminar de lavar la vajilla de Sevres, Paula la secó con cuidado a pesar de que sus pensamientos estaban a años luz de allí.
Se sentía muy diferente a Zaira porque a ella la habían educado en una casa en la que la única referencia que se hacía sobre el sexo la hacía su padre y siempre diciendo que era «el pecado de la fornicación».
Lo único que le estaba permitido leer era la Biblia y otros textos sagrados y ahora que había tenido acceso a otro tipo de publicaciones, periódicos y revistas, en los que se hablaba de otras cosas completamente diferentes Paula se sentía secretamente atraída por la ropa y los lugares exóticos que había visto en ellas.
Ojala su padre fuera un hombre más razonable.
Ojala le permitiera salir y conocer a gente, como hacían otras chicas de su edad. Paula razonaba que, al fin y al cabo, él tenía que haber salido con su madre antes de casarse y que aquello no podía ser malo, ¿no?
A medida que había ido pasando el tiempo, su padre se había ido haciendo cada vez más irrazonable; hasta el punto de que había discutido con los parroquianos en la iglesia y había decidido dejar de ir, prohibiéndoles a Paula y a Noemí que lo hicieran.
Paula tuvo que hacer un gran esfuerzo para no hacer una mueca de disgusto al enterarse de de que la austeridad de su padre era de dominio público.
Las francas opiniones de Zaira y su poco tacto eran causa habitual de fricción con otros miembros del servicio, pero Paula se lo perdonaba porque sabía que en el fondo tenía buen corazón.
-Zaira...
-Sabes que tengo razón. Me he enterado de un par de cosas de tu casa y la verdad es que me parece terrible.
-Yo nunca hablo de mi vida familiar -objetó Paula.
Zaira puso los ojos en blanco.
-Me apuesto el cuello a que tú cocinas y limpias la casa, y así es imposible que Noemí quiera que te vayas. Paula, tienes veintidós años y ya es hora de que comprendas que la única manera de librarte de todo eso y de tener una vida propia es que salgas corriendo de aquí a toda velocidad.
-Ya lo veremos -contestó Paula.
Paula era consciente de que necesitaría mucho dinero para poder independizarse, y huir de casa de su padre le parecía una cobardía. Además, hacerlo sólo la llevaría a la pobreza más terrible y ella quería alquilar una casa decente y tener un buen futuro.
Paula se dijo por enésima vez que lo que tenía que hacer era tener paciencia. Hacía solamente un mes y medio que había comenzado a trabajar y, dado que su padre se quedaba con la mayor parte de su sueldo para mantenerla, iba a tardar todavía unos meses en poder ahorrar algo para irse.
Tenía que aguantar. Su trabajo, aunque era muy humilde, era muy preciado para ella. A Paula le encantaba trabajar rodeada del esplendor medieval del castillo, cuyos magníficos alrededores eran una fuente de fascinación sin fin para ella.
Ir a su lugar de trabajo todas las mañanas en bicicleta le daba un sentimiento de libertad que hacía mucho tiempo que le había sido negado y el poder mezclarse con otras personas también le agradaba sobremanera, pero también era consciente de que no quería pasarse toda la vida limpiando, y de que para poder acceder a algo mejor necesitaba cualificación y estudios.
Sin embargo, la idea de tener que enfrentarse abiertamente a las rígidas normas de su padre le daba miedo, ya que desde pequeña había sido educada en la obediencia más ciega hacia él, que era un hombre frío y distante, de carácter violento e intimidatorio. Alejandra Chaves había enfermado cuando ella tenía trece años y Paula la había cuidado desde entonces porque su padre había dicho que aquello eran «cosas de mujeres».
Paula se había visto a tan tierna edad con una gran responsabilidad. Aunque tenía un hermano, Gonzalo, cuidar de su madre había sido sólo tarea de ella porque él ya tenía bastante con ocuparse de la granja en la que vivían.
Así había sido cómo Paula, que siempre había sido la mejor estudiante de su clase, había comenzado a faltar al colegio y sus notas habían comenzado a empeorar paulatinamente.
Su hermano había terminado por discutir con su padre por la falta de libertad que imponía en su hogar y, al final, se había ido de casa.
Así, en cuanto le había sido legalmente posible, Miguel Chaves había hecho que su hija dejara de estudiar y la había recluido en casa para cuidar a su madre y hacerse cargo de los quehaceres domésticos.
Durante cinco años, Paula no había salido de casa más que para ir a la iglesia y hacer la compra semanal. A su padre no le hacía ninguna gracia que acudiera a ningún evento social y tampoco le permitía las visitas.
Exactamente un año después de la muerte de su madre, su padre se había casado con Noemí, una mujer de muy mal carácter cuyo principal pasatiempo era hablar mal de los demás.
En cualquier caso, Paula le estaba agradecida porque ella había convencido a su padre para que la dejara trabajar diciéndole que así habría más dinero en casa.
-A ver si por lo menos esta semana, que está aquí el jeque, lo ves y te alegras un poco la vida -comentó Zaira riéndose.
-Para que lo sepas, esta mañana he visto su limusina -sonrió Paula.
-La limusina no es nada comparada con él. Yo solamente lo he visto en un par de ocasiones y, de lejos, pero te puedo asegurar que es el hombre más guapo que he visto en mi vida -contestó Zaira, apagando el cigarrillo y escondiendo el cenicero-. Es de esos hombres por los que una cometería más de un pecado.
-Tendré cuidado entonces para no cruzarme en su camino porque no quiero perder mi trabajo.
Cuando la habían contratado, le habían advertido que debía trabajar en el más absoluto silencio y que, si alguna vez se encontraba con el jeque en un pasillo, debía irse a toda velocidad, así que Paula no creía muy probable que pudiera verlo de cerca.
-Si yo tuviera tu cuerpo y tu cara, haría todo lo que estuviera en mi mano para tropezarme con él -bromeó Zaira-. Si le gustaras, podría apartarte de todo este mundo y ponerte una casa para ti. ¡Te solucionaría la vida! -exclamó-. Imagínate la ropa que podrías tener, y las joyas, y, además... ¡un hombre impresionante en tu cama! Paula, eres una mujer realmente guapa. Si hay alguien que pueda encandilar al príncipe Pedro, ésa eres tú.
Paula la miró sorprendida y se sonrojó.
-Yo no soy así...
-Pues te iría mucho mejor si lo fueras -insistió la pelirroja-. La vida es para disfrutarla y para divertirse. ¡Como no tengas cuidado, al final tu padre va a terminar convirtiéndote en una solterona!
Tras terminar de lavar la vajilla de Sevres, Paula la secó con cuidado a pesar de que sus pensamientos estaban a años luz de allí.
Se sentía muy diferente a Zaira porque a ella la habían educado en una casa en la que la única referencia que se hacía sobre el sexo la hacía su padre y siempre diciendo que era «el pecado de la fornicación».
Lo único que le estaba permitido leer era la Biblia y otros textos sagrados y ahora que había tenido acceso a otro tipo de publicaciones, periódicos y revistas, en los que se hablaba de otras cosas completamente diferentes Paula se sentía secretamente atraída por la ropa y los lugares exóticos que había visto en ellas.
Ojala su padre fuera un hombre más razonable.
Ojala le permitiera salir y conocer a gente, como hacían otras chicas de su edad. Paula razonaba que, al fin y al cabo, él tenía que haber salido con su madre antes de casarse y que aquello no podía ser malo, ¿no?
A medida que había ido pasando el tiempo, su padre se había ido haciendo cada vez más irrazonable; hasta el punto de que había discutido con los parroquianos en la iglesia y había decidido dejar de ir, prohibiéndoles a Paula y a Noemí que lo hicieran.
El Jeque Y Su Novia Rebelde: Capítulo 1
Su majestad el príncipe Pedro Alfonso Al-Assad llegó a su preciosa propiedad escocesa poco antes de las ocho de la mañana.
Como de costumbre, todo estaba preparado y arreglado para su llegada con el lujo y el detalle a los que tenía derecho por nacimiento.
Una limusina de cristales ahumados lo había recogido en su aeropuerto privado donde poco antes había aterrizado su avión.
Nadie se había acercado a él en ningún momento, pues de eso se cuidaba mucho su personal, ya que a Pedro le gustaba mantener su privacidad y era un hombre muy reservado.
Tras hacerle unas cuantas preguntas al encargado de su propiedad escocesa, Francisco Douglas, que lo acompañaba en la limusina, ambos se habían sumido en un cómodo silencio.
El único camino que llevaba hasta el Castillo Strathcraig era de tierra y serpenteaba durante unos veinte kilómetros a través de praderas verdes rodeadas de montañas azuladas.
El abrumador y majestuoso silencio de aquel paisaje y su maravilloso cielo azul recordaban a Pedro el desierto, que amaba con la misma pasión que aquel lugar.
Pedro siempre buscaba el resguardo y la fuerza de la naturaleza tras haberse visto sumergido en la frenética vida de la ciudad.
La limusina comenzó a descender hacia el frondoso valle donde estaba situada su propiedad cuando un rebaño de ovejas obligó a detenerse al vehículo. Junto a él también había esperando una mujer de pelo blanco en bicicleta.
Al llegar a su lado, Pedro giró la cabeza y se dio cuenta de que no se trataba de una mujer mayor, sino de una chica muy joven de pelo rubio platino y no blanco. Se trataba de una joven delgada y graciosa de enormes e inteligentes ojos y boca pequeña y atractiva.
A pesar de que no llevaba ropa elegante, nada podía ocultar que tenía un cuerpo tan puro y bello como el de aquel ángel que Pedro había visto una vez en un manuscrito.
Sin embargo, no hubo nada de angélico en la instantánea descarga de deseo que Pedro sintió por aquella mujer y que fue tan intensa, que lo sorprendió, ya que hacía mucho tiempo que no se sentía atraído tan fuertemente por una mujer.
-¿Quién es esa mujer? -le preguntó al encargado del castillo, que estaba sentado frente a él.
-Paula Chaves, majestad -contestó Francisco-. Me parece que está contratada como doncella de limpieza en el castillo -añadió al ver que el jeque no se daba por satisfecho.
A Pedro jamás se le ocurriría acostarse con una empleada y enterarse de que trabajaba para él de criada lo molestó sobremanera, pues era un hombre muy exigente en sus gustos.
-No la había visto nunca -comentó.
-A Paula Chaves no le gusta llamar la atención -contestó Francisco.
-Pero supongo que estará acostumbrada a llamarla, teniendo en cuenta lo bella que es -comentó Pedro.
-No creo porque, por lo visto, su padre es un tipo muy religioso con fama de ser muy rígido en casa -le explicó haciendo una mueca de disgusto.
Al darse cuenta de que la estaba mirando fijamente, Pedro apartó la mirada justo en el momento del que el vehículo iniciaba la marcha de nuevo.
Lo que el encargado del castillo le acababa de comentar lo había sorprendido y Pedro se preguntó dónde terminaba la devoción religiosa y empezaba el fanatismo.
La vida de Strathcraig giraba en torno a las actividades de la iglesia y las gentes que allí vivían tenían un código de valores diferente al que reinaba en el ambiente más liberal de la alta sociedad.
Por allí, la gente era muy conservadora, lo que sorprendía a los que llegaban de fuera, y Pedro suponía que aquello se debía a que aquel lugar había quedado aislado del mundo durante mucho tiempo.
Se encontraba muy a gusto allí, mucho más a gusto que inmerso en una cultura más laxa, ya que en Dhemen, el reino de Oriente Medio donde había nacido, la disciplina también era estricta y él estaba acostumbrado y le gustaba.
Allí, era muy fácil diferenciar el bien del mal, y el bien común siempre estaba por encima del bien individual. Poca gente se atrevía a saltarse aquellas normas tan claras, y los que lo hacían tenían que sufrir el rechazo social.
De igual manera, Pedro aceptaba las limitaciones que el destino le había impuesto y sabía que cada vez que se acostaba con una mujer no conseguía más que sustituir durante unas horas a la mujer a la que realmente amaba, una mujer con la que jamás podría estar.
A sus treinta y dos años así era su vida aunque no le gustara.
Su familia se esforzaba en presentarle a mujeres para ver si alguna le gustaba y decidía casarse. A lo mejor, eso era exactamente lo que tenía que hacer, escoger a una de las candidatas y dar el paso.
Pedro era consciente de que había muchas mujeres que estarían encantadas de casarse con él porque a cambio tendrían hijos, riquezas y el prestigio de tener una maravillosa posición social.
En aquella ecuación no había lugar para el amor y así debía ser.
En su mundo, el matrimonio estaba regido por el pragmatismo, los contactos familiares y, sobre todo, la idea de tener un heredero.
De momento, su padre respetaba profundamente su deseo de permanecer soltero, pero pedro era consciente de que era el siguiente en la línea de sucesión y de que, tarde o temprano, él también tendría que casarse y dar un heredero al reino.
Para él, el hecho de no poseer ni un solo átomo de romanticismo en su cuerpo era una gran satisfacción, pues le había permitido mantener su temperamento apasionado a raya.
Era un hombre que siempre se enfrentaba a la verdad por muy difícil que fuera, jamás cometía estúpidos errores y era consciente de la familia en la que había nacido y de las responsabilidades que aquello entrañaba, así que sería mucho más inteligente por su parte aceptar la necesidad de encontrar esposa en lugar de perder el tiempo admirando a una guapísima pero completamente inaceptable mujer occidental que no era nada más que una doncella...
-No sabes lo que dices -le dijo Zaira Nara a Paula sentándose en el desgastado banco de madera y encendiéndose un cigarrillo a pesar de que estaba prohibido fumar en el castillo-. Tu padre jamás te dejará ir a la universidad.
Paula siguió limpiando una delicada salsera de porcelana de Sevres.
-Yo creo que ahora que se ha casado con Noemí lo tengo más fácil.
Como de costumbre, todo estaba preparado y arreglado para su llegada con el lujo y el detalle a los que tenía derecho por nacimiento.
Una limusina de cristales ahumados lo había recogido en su aeropuerto privado donde poco antes había aterrizado su avión.
Nadie se había acercado a él en ningún momento, pues de eso se cuidaba mucho su personal, ya que a Pedro le gustaba mantener su privacidad y era un hombre muy reservado.
Tras hacerle unas cuantas preguntas al encargado de su propiedad escocesa, Francisco Douglas, que lo acompañaba en la limusina, ambos se habían sumido en un cómodo silencio.
El único camino que llevaba hasta el Castillo Strathcraig era de tierra y serpenteaba durante unos veinte kilómetros a través de praderas verdes rodeadas de montañas azuladas.
El abrumador y majestuoso silencio de aquel paisaje y su maravilloso cielo azul recordaban a Pedro el desierto, que amaba con la misma pasión que aquel lugar.
Pedro siempre buscaba el resguardo y la fuerza de la naturaleza tras haberse visto sumergido en la frenética vida de la ciudad.
La limusina comenzó a descender hacia el frondoso valle donde estaba situada su propiedad cuando un rebaño de ovejas obligó a detenerse al vehículo. Junto a él también había esperando una mujer de pelo blanco en bicicleta.
Al llegar a su lado, Pedro giró la cabeza y se dio cuenta de que no se trataba de una mujer mayor, sino de una chica muy joven de pelo rubio platino y no blanco. Se trataba de una joven delgada y graciosa de enormes e inteligentes ojos y boca pequeña y atractiva.
A pesar de que no llevaba ropa elegante, nada podía ocultar que tenía un cuerpo tan puro y bello como el de aquel ángel que Pedro había visto una vez en un manuscrito.
Sin embargo, no hubo nada de angélico en la instantánea descarga de deseo que Pedro sintió por aquella mujer y que fue tan intensa, que lo sorprendió, ya que hacía mucho tiempo que no se sentía atraído tan fuertemente por una mujer.
-¿Quién es esa mujer? -le preguntó al encargado del castillo, que estaba sentado frente a él.
-Paula Chaves, majestad -contestó Francisco-. Me parece que está contratada como doncella de limpieza en el castillo -añadió al ver que el jeque no se daba por satisfecho.
A Pedro jamás se le ocurriría acostarse con una empleada y enterarse de que trabajaba para él de criada lo molestó sobremanera, pues era un hombre muy exigente en sus gustos.
-No la había visto nunca -comentó.
-A Paula Chaves no le gusta llamar la atención -contestó Francisco.
-Pero supongo que estará acostumbrada a llamarla, teniendo en cuenta lo bella que es -comentó Pedro.
-No creo porque, por lo visto, su padre es un tipo muy religioso con fama de ser muy rígido en casa -le explicó haciendo una mueca de disgusto.
Al darse cuenta de que la estaba mirando fijamente, Pedro apartó la mirada justo en el momento del que el vehículo iniciaba la marcha de nuevo.
Lo que el encargado del castillo le acababa de comentar lo había sorprendido y Pedro se preguntó dónde terminaba la devoción religiosa y empezaba el fanatismo.
La vida de Strathcraig giraba en torno a las actividades de la iglesia y las gentes que allí vivían tenían un código de valores diferente al que reinaba en el ambiente más liberal de la alta sociedad.
Por allí, la gente era muy conservadora, lo que sorprendía a los que llegaban de fuera, y Pedro suponía que aquello se debía a que aquel lugar había quedado aislado del mundo durante mucho tiempo.
Se encontraba muy a gusto allí, mucho más a gusto que inmerso en una cultura más laxa, ya que en Dhemen, el reino de Oriente Medio donde había nacido, la disciplina también era estricta y él estaba acostumbrado y le gustaba.
Allí, era muy fácil diferenciar el bien del mal, y el bien común siempre estaba por encima del bien individual. Poca gente se atrevía a saltarse aquellas normas tan claras, y los que lo hacían tenían que sufrir el rechazo social.
De igual manera, Pedro aceptaba las limitaciones que el destino le había impuesto y sabía que cada vez que se acostaba con una mujer no conseguía más que sustituir durante unas horas a la mujer a la que realmente amaba, una mujer con la que jamás podría estar.
A sus treinta y dos años así era su vida aunque no le gustara.
Su familia se esforzaba en presentarle a mujeres para ver si alguna le gustaba y decidía casarse. A lo mejor, eso era exactamente lo que tenía que hacer, escoger a una de las candidatas y dar el paso.
Pedro era consciente de que había muchas mujeres que estarían encantadas de casarse con él porque a cambio tendrían hijos, riquezas y el prestigio de tener una maravillosa posición social.
En aquella ecuación no había lugar para el amor y así debía ser.
En su mundo, el matrimonio estaba regido por el pragmatismo, los contactos familiares y, sobre todo, la idea de tener un heredero.
De momento, su padre respetaba profundamente su deseo de permanecer soltero, pero pedro era consciente de que era el siguiente en la línea de sucesión y de que, tarde o temprano, él también tendría que casarse y dar un heredero al reino.
Para él, el hecho de no poseer ni un solo átomo de romanticismo en su cuerpo era una gran satisfacción, pues le había permitido mantener su temperamento apasionado a raya.
Era un hombre que siempre se enfrentaba a la verdad por muy difícil que fuera, jamás cometía estúpidos errores y era consciente de la familia en la que había nacido y de las responsabilidades que aquello entrañaba, así que sería mucho más inteligente por su parte aceptar la necesidad de encontrar esposa en lugar de perder el tiempo admirando a una guapísima pero completamente inaceptable mujer occidental que no era nada más que una doncella...
-No sabes lo que dices -le dijo Zaira Nara a Paula sentándose en el desgastado banco de madera y encendiéndose un cigarrillo a pesar de que estaba prohibido fumar en el castillo-. Tu padre jamás te dejará ir a la universidad.
Paula siguió limpiando una delicada salsera de porcelana de Sevres.
-Yo creo que ahora que se ha casado con Noemí lo tengo más fácil.
El Jeque Y Su Novia Rebelde: Sinopsis
El príncipe Pedro Alfonso Al-Assad tenía tres reglas:
-No acostarse nunca con una mujer virgen.
-No acostarse nunca con una empleada.
-No casarse jamás.
Paula Chaves no era más que una limpiadora, pero el sexy jeque no pudo resistirse a sus encantos y no tardaron en acabar en la cama juntos. Paula era rebelde, pobre…, y ahora se había quedado embarazada de un príncipe.
Su honor lo obligaba a convertirla en su esposa…
sábado, 19 de diciembre de 2015
La Traición: Capítulo 43
Cuando hicieron el amor ese mismo día, en Para Mhor, para Paula fue la revelación de que la vida tenía una nueva dimensión. A pesar de lo que había leído u oído nada la preparó para la increíble realidad. Más que sexo, fue la unión de dos cuerpos. Ella sintió que sus almas se habían fusionado y que habían compartido una experiencia maravillosa ese día. ¿Acaso era esa la definición del amor?
Y luego todo resultó mal, pero en cierto sentido, tal vez lo sucedido fortaleció el vínculo que existía entre Pedro y ella. En vez de herirla al contarle la verdad sobre Miguel, Pedro prefirió asumir toda la culpa por lo sucedido y soportar el enojo y el desprecio de Paula. El pudo darse por vencido y buscar a otra mujer, pero Pedro se quedó junto a ella y le dio así la mayor prueba de amor… La chica se puso de pie al verlo regresar a la cabaña.
—Ya lo encontré —anunció con satisfacción y la tomó de la mano—. Ven, te lo mostraré.
Como un par de adolescentes enamorados, caminaron juntos por la ribera del río, hasta llegar al sitio que Pedro había estado inspeccionando.
—Nuestra casa va a estar aquí. ¿Qué te parece?
—¿Vamos a vivir aquí? —abrió los ojos, muy emocionada.
—Eso era lo que querías, ¿o no? —murmuró.
—Sí, mi amor —jadeó—, mas nunca creí que fuera posible.
—A partir de ahora, todo es posible —la contempló a los ojos, complacido por su reacción—. Conozco a un buen arquitecto que reside en Glasgow; iremos por él para que diseñe nuestra casa, y Mirta y tú podrán sugerir algunas ideas.
—Si Mirta va a ser nuestra ama de llaves, ¿qué sucederá con la señora Ross? — frunció el entrecejo—. Todavía faltan varios años para que se jubile.
—Hace mucho que pensé en eso —sonrió—. Iba a construir una extensión en el hotel, para todos los visitantes que vengan en el verano, pero decidí remodelar una de las viejas casas que tengo en el pueblo, y convertirla en una casa de huéspedes. La señora Ross podrá hacerse cargo de eso.
—Has pensado en todo, ¿verdad? —se alzó de puntillas y lo besó—. Dime, ¿cuántos hijos vamos a tener?
—¿Cuántos te gustaría tener? —la rodeó de la cintura, acercándola más.
—Dos —susurró—. Tenemos que aseguramos de que los Chaves Alfonso sean una familia unida y feliz. Quiero que Glen Gallan sea testigo del nacimiento de una nueva, dinastía. ¿Crees que podremos lograrlo?
—Claro que sí —le besó la oreja—. Tendremos un niño y una niña. Y, dentro de varias décadas, estaremos sentados en unas mecedoras, rodeados de nuestros bisnietos.
Ella deslizó las manos bajo su chaqueta y las metió bajo la camiseta, frotándole de modo sensual los músculos de la espalda y de los hombros.
—Se está haciendo tarde —susurró—. No me gusta conducir de noche por el camino de los terrenos. Hay demasiados hoyos…
—Tienes razón —asintió, divertido y emocionado—. Eso sería demasiado peligroso. ¿Qué es lo que sugieres?
—Bueno, sería más sensato pasar la noche aquí y regresar mañana por la mañana —jadeó con suavidad.
—Creo que esa es una excelente idea, querida —la acercó más, haciéndole sentir la fuerza de su deseo.
Caminaron hacia la cabaña, mientras el sol iluminaba el cielo un poco antes de desaparecer. Por un instante, las laderas del valle tuvieron un resplandor dorado, luego rojo y finalmente morado. Una suave brisa sopló desde el mar, limpiando el ambiente de los recuerdos y los fantasmas del pasado. La primera estrella de la noche apareció en el firmamento.
Ambos se detuvieron en el umbral para contemplar la belleza del lugar y luego, Pedro cargó a Paula en brazos y juntos entraron a la cabaña.
FIN
Y luego todo resultó mal, pero en cierto sentido, tal vez lo sucedido fortaleció el vínculo que existía entre Pedro y ella. En vez de herirla al contarle la verdad sobre Miguel, Pedro prefirió asumir toda la culpa por lo sucedido y soportar el enojo y el desprecio de Paula. El pudo darse por vencido y buscar a otra mujer, pero Pedro se quedó junto a ella y le dio así la mayor prueba de amor… La chica se puso de pie al verlo regresar a la cabaña.
—Ya lo encontré —anunció con satisfacción y la tomó de la mano—. Ven, te lo mostraré.
Como un par de adolescentes enamorados, caminaron juntos por la ribera del río, hasta llegar al sitio que Pedro había estado inspeccionando.
—Nuestra casa va a estar aquí. ¿Qué te parece?
—¿Vamos a vivir aquí? —abrió los ojos, muy emocionada.
—Eso era lo que querías, ¿o no? —murmuró.
—Sí, mi amor —jadeó—, mas nunca creí que fuera posible.
—A partir de ahora, todo es posible —la contempló a los ojos, complacido por su reacción—. Conozco a un buen arquitecto que reside en Glasgow; iremos por él para que diseñe nuestra casa, y Mirta y tú podrán sugerir algunas ideas.
—Si Mirta va a ser nuestra ama de llaves, ¿qué sucederá con la señora Ross? — frunció el entrecejo—. Todavía faltan varios años para que se jubile.
—Hace mucho que pensé en eso —sonrió—. Iba a construir una extensión en el hotel, para todos los visitantes que vengan en el verano, pero decidí remodelar una de las viejas casas que tengo en el pueblo, y convertirla en una casa de huéspedes. La señora Ross podrá hacerse cargo de eso.
—Has pensado en todo, ¿verdad? —se alzó de puntillas y lo besó—. Dime, ¿cuántos hijos vamos a tener?
—¿Cuántos te gustaría tener? —la rodeó de la cintura, acercándola más.
—Dos —susurró—. Tenemos que aseguramos de que los Chaves Alfonso sean una familia unida y feliz. Quiero que Glen Gallan sea testigo del nacimiento de una nueva, dinastía. ¿Crees que podremos lograrlo?
—Claro que sí —le besó la oreja—. Tendremos un niño y una niña. Y, dentro de varias décadas, estaremos sentados en unas mecedoras, rodeados de nuestros bisnietos.
Ella deslizó las manos bajo su chaqueta y las metió bajo la camiseta, frotándole de modo sensual los músculos de la espalda y de los hombros.
—Se está haciendo tarde —susurró—. No me gusta conducir de noche por el camino de los terrenos. Hay demasiados hoyos…
—Tienes razón —asintió, divertido y emocionado—. Eso sería demasiado peligroso. ¿Qué es lo que sugieres?
—Bueno, sería más sensato pasar la noche aquí y regresar mañana por la mañana —jadeó con suavidad.
—Creo que esa es una excelente idea, querida —la acercó más, haciéndole sentir la fuerza de su deseo.
Caminaron hacia la cabaña, mientras el sol iluminaba el cielo un poco antes de desaparecer. Por un instante, las laderas del valle tuvieron un resplandor dorado, luego rojo y finalmente morado. Una suave brisa sopló desde el mar, limpiando el ambiente de los recuerdos y los fantasmas del pasado. La primera estrella de la noche apareció en el firmamento.
Ambos se detuvieron en el umbral para contemplar la belleza del lugar y luego, Pedro cargó a Paula en brazos y juntos entraron a la cabaña.
FIN
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