Un momento, ¿en qué estaba pensando?
Se levantó de golpe, sorprendida y molesta consigo misma. Debía estar más cansada de lo que creía si se le había ocurrido una idea tan absurda como aquella.
—Oye, me está entrando sueño, Pedro—dijo rápidamente—. Dime dónde nos vemos mañana.
Sonriendo, Pedro se levantó y se quedó de pie frente a ella. ¿Cómo era posible que pudiera sentir el calor de su cuerpo? Prudentemente dio un paso atrás, pero él la siguió.
—Hay un partido de los Raider a las once, así que tienes todo el tiempo que quieras para dormir —propuso—. Después ya veremos; podríamos ver una película.
Aquello sonaba, algo mejor.
—Bueno, pero yo la voy a escoger, ¿eh? De lo contrario acabaríamos viendo uno de esos rollos violentos que tanto te gustan, con abundancia de puñetazos y ni dos líneas de diálogo.
—Muy bien. Hay que ver lo femenina que te has vuelto. Tú eliges la película y yo me encargo de la comida. ¿Pizza?
—Ya sabes que es lo que más me gusta.
Él le pasó la mano por la cabeza, revolviéndole el pelo.
—Si no quieres, no tenemos por qué hacer manitas... aunque ya sé lo mucho que te cuesta mantener las manos alejadas de mí —bromeó Pedro.
Paula le pegó un buen puñetazo en las costillas.
—Vamos, pesado, lárgate de una vez —dijo, pugnando por no echarse a reír. Después de lo que había tenido que pasar los tres últimos días, aquellos momentos de distensión eran justo lo que le hacía falta.
Agradecida, se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla, como había hecho miles de veces antes de entonces. Pero él debía haber pensando lo mismo, ya que agachó la cabeza justo en ese momento, así que ninguno de los dos pudo impedir que sus labios se juntaran.
Fue como si una fuerza superior a ellos les impulsara a mantenerse unidos. Por un fugaz instante los dos se miraron con los ojos muy abiertos, fulminados por idéntica sorpresa.
Entonces Pedro cerró los ojos y ella se dejó llevar.
Aquel beso no duró más que unos pocos segundos, pero fue suficiente para estimular hasta el último nervio de su cuerpo. Nunca como entonces se había sentido Paula tan viva.
Era como una auténtica corriente eléctrica.
Y Pedro debió sentir lo mismo, porque cuando por fin se separaron estaba tan sorprendido como si le hubiera dado un calambre.
—Este... buenas noches, ángel.
—Bu... buenas noches — Paula le acompañó a la puerta y cerró de golpe en cuanto él salió. Tras cerciorarse por la mirilla de que en realidad se iba, se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua helada que bebió a grandes sorbos.
Lo que acababa de ocurrirle era una auténtica ironía del destino.
Aquel besito de nada había tenido la virtud de desatar una oleada de hormonas en sus venas. Y había sido Pedro nada menos el causante de aquel desastre.
Por lo menos, pensó filosóficamente, ahí tenía la respuesta a uno de los enigmas de aquella noche. Su reacción le demostraba que no era en absoluto frígida...
De repente le vino a la mente una conversación que había tenido con uno de sus clientes: le había dicho que no tenía que estar condicionado por una mala experiencia anterior con un diseñador, que eso no significaba que iba a tener mala suerte con todos. Y que en realidad, no importaba lo bueno que fuera un diseño, que lo realmente importante era que se ajustara a las necesidades de la persona que lo encargaba.
«Y tú tienes que buscar lo que te convenga, no conformarte con lo que la gente diga que es bueno para tí».
Eso era lo que había estado buscando.
Aquella intuición le traspasó la mente con la claridad de un rayo. Ahora empezaba a entenderlo todo: cuando era más joven había estado pensado si debería dedicarse o no al diseño de modas, le parecía algo demasiado «femenino», opuesto a su forma de ser. Así que dejó que fueran otras personas las que decidieran cómo debía encauzar su carrera. Nunca se había dejado llevar por su instinto hasta el día que decidió comprarse y ponerse aquel vestido rojo. Y el resultado había sido espectacular.
Como una tromba se dirigió a su estudio, buscó un bloc de dibujo y sacó una caja de pinturas. Nunca le habían gustado los colores pastel, y nunca se había sentido cómoda con aquellos infantiles vestiditos de línea romántica. ¿Qué pasaría si se dejaba llevar, si solo se ponía lo que en realidad se ajustaba con su personalidad?
Rápidamente llenó el cuaderno con todo tipo de esbozos, sin pensar en nada que no fueran aquellos diseños, ni en Pedro, ni en Pablo, y mucho menos en los chicos de la pandilla o en sus amigas.
El resultado era brillante, lleno de inspiración. Aquello iba a funcionar, estaba segura.
sábado, 24 de octubre de 2015
Desafiando Al Amor: Capítulo 21
—Lo sé —dijo Pedro muy serio—. Espero que la próxima vez que se me ocurra una idea tan tonta me des un buen golpe en la cabeza.
—Bueno, no todo ha sido tan horrible —dijo más tranquila. Pedro estiró el brazo en el respaldo y ella apoyó la cabeza en su bíceps—. Quiero decir que por primera vez en mi vida me sentí de verdad hermosa. Y no sabes lo que eso significa para mí, Pedro. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero estoy deseando hacerlo.
—Tenías un aspecto magnífico, Paula —la animó su amigo con total sinceridad.
—Pero después Pablo me besó y eso lo echo todo a perder —continuó Paula con un triste suspiro—. Ojalá pudiera volver a los buenos tiempos, cuando me hacía feliz ver los partidos con los chicos, y me conformaba con las camisetas y los vaqueros sin que me preocupara lo más mínimo si conocía o no al Señor Adecuado, porque estaba convencida de que nunca iba a conseguirlo... —Pedro la escuchaba sin decir nada. —Y ahora es demasiado tarde —musitó pensativa—. Es como si hubiera abierto la caja de Pandora. Ya no quiero vivir como antes, pero tampoco sé qué hacer ahora. Esta noche me sentí hermosa, pero no quiero que nadie me diga cómo tengo que ser. Recuerdo el dolor que sentí cuando Facundo intentó convertirme en alguien que no era. ¿Cómo puedo saber que Zaira y Luciana están haciendo lo mejor para mí? —se limpió las lágrimas con un gesto—. Estoy muy cansada, y no entiendo absolutamente nada.
Pedro permanecía en silencio.
—¿Te quedaste dormido? —le preguntó Paula al fin. El estaba muy quieto, pero sus ojos relucían como dos brasas.
—¿Besaste a Pablo?
—Sí, y la verdad es que fue una experiencia de lo más decepcionante —respondió Paula poniendo los ojos en blanco—. Digamos que fue una especie de experimento de química...
Pedro reflexionó un momento y luego asintió con la cabeza como si hubiera llegado a una decisión.
—¿Quedaste con él mañana?
—No —contestó, algo sorprendida por aquella pregunta—. ¿Por qué?
—Se me ocurrió que podríamos hacer algo mañana, pero no quería estropear tus planes.
Ella le dio un cariñoso puñetazo en el hombro.
—Tú eres mi mejor amigo, y ya sabes cuál es el lema de la pandilla: los amigos, lo primero.
—Entonces, ¿mañana no es día de cita?
—Según las expertas que me asesoran, tengo que reservar del jueves al sábado para las citas —respondió Paula con una mueca.
—Estupendo —comentó Pedro complacido—. Entonces, señorita Paula Chaves, me concede el honor de salir conmigo mañana en una cita de viejos amigos.
—No es una cita de verdad, ¿no? —dijo Paula soltando la carcajada—. Iremos a una cervecería y tienes que prometerme que me tratarás como antes.
Pedro se echó a reír con ganas.
—Eso es justo lo que he echando de menos desde que empezamos con esta estupidez de la apuesta.
—Sí, lo sé —a ella le pasaba exactamente lo mismo. Empezó a darse un masaje en las sienes, intentando recordar cómo era su vida antes de que decidiera sumergirse en aquella vorágine de citas. Recordó con nostalgia aquella vida tan sencilla.
—¿Cuántas veces solíamos vernos cada semana?
—No lo sé: cuatro quizá.
—Más o menos. Íbamos al cine los martes y quedábamos para ver el partido los sábados o los domingos, a veces también los lunes.
—A veces los tres días —añadió Paula—. También solías venir a lavar tu ropa sucia y te quedabas a ver la tele.
—Ahí es justo donde quería yo llegar —dijo Pedro recostándose en el sofá—. ¿Cuántas veces nos veíamos entonces?
Era imposible negar lo evidente.
—Tienes razón: me parece que todo este asunto de las citas se nos ha ido de las manos.
—Ángel, ahora te veo como mucho una vez por semana. A veces tengo la impresión de que te fuiste a vivir a Tahití —distraídamente le pasó la mano por el pelo—. Odio admitirlo, pero te echo de menos.
Ella tragó saliva, intentando disolver el nudo que se le había hecho en la garganta.
—¡Bah! Lo que pasa es que tienes tal montón de ropa sucia en tu casa que te cuesta abrir la puerta.
—Eso también, claro —dijo Pedro riendo—. Sin embargo, puedo solucionarlo comprando una lavadora y una secadora y, en cambio, nunca podría encontrar otra amiga como tú.
Paula sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Instintivamente él la apretó contra su cuerpo.
—Imagínate que tuviera que empezar a programar las citas con mi mejor amiga. ¿Qué pasaría entonces con nuestra amistad, ángel?
—No sé qué pensaría Zaira si nos viera ahora —comentó Paula removiéndose inquieta—. Sabe muy bien que cuando estoy contigo tengo tendencia a portarme fatal.
—Y tiene mucha razón —convino Pedro enarcando las cejas—. Pero no te dijo con quién podías o no quedar...
—¡Una cita con Pedro! —murmuró Paula—. ¡Semejante posibilidad!
Notó cómo vibraba la risa de Pedro en el interior de su pecho. Poco a poco se dio cuenta de que se sentía feliz. Quería quedarse tal y como entonces estaba la noche entera, sintiendo aquel dulce calor calentándole las venas, escuchando el ritmo de su respiración, sus brazos alrededor de su cuerpo.
«Entonces, pídele que se quede a pasar la noche».
Mmmmm...
—Bueno, no todo ha sido tan horrible —dijo más tranquila. Pedro estiró el brazo en el respaldo y ella apoyó la cabeza en su bíceps—. Quiero decir que por primera vez en mi vida me sentí de verdad hermosa. Y no sabes lo que eso significa para mí, Pedro. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero estoy deseando hacerlo.
—Tenías un aspecto magnífico, Paula —la animó su amigo con total sinceridad.
—Pero después Pablo me besó y eso lo echo todo a perder —continuó Paula con un triste suspiro—. Ojalá pudiera volver a los buenos tiempos, cuando me hacía feliz ver los partidos con los chicos, y me conformaba con las camisetas y los vaqueros sin que me preocupara lo más mínimo si conocía o no al Señor Adecuado, porque estaba convencida de que nunca iba a conseguirlo... —Pedro la escuchaba sin decir nada. —Y ahora es demasiado tarde —musitó pensativa—. Es como si hubiera abierto la caja de Pandora. Ya no quiero vivir como antes, pero tampoco sé qué hacer ahora. Esta noche me sentí hermosa, pero no quiero que nadie me diga cómo tengo que ser. Recuerdo el dolor que sentí cuando Facundo intentó convertirme en alguien que no era. ¿Cómo puedo saber que Zaira y Luciana están haciendo lo mejor para mí? —se limpió las lágrimas con un gesto—. Estoy muy cansada, y no entiendo absolutamente nada.
Pedro permanecía en silencio.
—¿Te quedaste dormido? —le preguntó Paula al fin. El estaba muy quieto, pero sus ojos relucían como dos brasas.
—¿Besaste a Pablo?
—Sí, y la verdad es que fue una experiencia de lo más decepcionante —respondió Paula poniendo los ojos en blanco—. Digamos que fue una especie de experimento de química...
Pedro reflexionó un momento y luego asintió con la cabeza como si hubiera llegado a una decisión.
—¿Quedaste con él mañana?
—No —contestó, algo sorprendida por aquella pregunta—. ¿Por qué?
—Se me ocurrió que podríamos hacer algo mañana, pero no quería estropear tus planes.
Ella le dio un cariñoso puñetazo en el hombro.
—Tú eres mi mejor amigo, y ya sabes cuál es el lema de la pandilla: los amigos, lo primero.
—Entonces, ¿mañana no es día de cita?
—Según las expertas que me asesoran, tengo que reservar del jueves al sábado para las citas —respondió Paula con una mueca.
—Estupendo —comentó Pedro complacido—. Entonces, señorita Paula Chaves, me concede el honor de salir conmigo mañana en una cita de viejos amigos.
—No es una cita de verdad, ¿no? —dijo Paula soltando la carcajada—. Iremos a una cervecería y tienes que prometerme que me tratarás como antes.
Pedro se echó a reír con ganas.
—Eso es justo lo que he echando de menos desde que empezamos con esta estupidez de la apuesta.
—Sí, lo sé —a ella le pasaba exactamente lo mismo. Empezó a darse un masaje en las sienes, intentando recordar cómo era su vida antes de que decidiera sumergirse en aquella vorágine de citas. Recordó con nostalgia aquella vida tan sencilla.
—¿Cuántas veces solíamos vernos cada semana?
—No lo sé: cuatro quizá.
—Más o menos. Íbamos al cine los martes y quedábamos para ver el partido los sábados o los domingos, a veces también los lunes.
—A veces los tres días —añadió Paula—. También solías venir a lavar tu ropa sucia y te quedabas a ver la tele.
—Ahí es justo donde quería yo llegar —dijo Pedro recostándose en el sofá—. ¿Cuántas veces nos veíamos entonces?
Era imposible negar lo evidente.
—Tienes razón: me parece que todo este asunto de las citas se nos ha ido de las manos.
—Ángel, ahora te veo como mucho una vez por semana. A veces tengo la impresión de que te fuiste a vivir a Tahití —distraídamente le pasó la mano por el pelo—. Odio admitirlo, pero te echo de menos.
Ella tragó saliva, intentando disolver el nudo que se le había hecho en la garganta.
—¡Bah! Lo que pasa es que tienes tal montón de ropa sucia en tu casa que te cuesta abrir la puerta.
—Eso también, claro —dijo Pedro riendo—. Sin embargo, puedo solucionarlo comprando una lavadora y una secadora y, en cambio, nunca podría encontrar otra amiga como tú.
Paula sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Instintivamente él la apretó contra su cuerpo.
—Imagínate que tuviera que empezar a programar las citas con mi mejor amiga. ¿Qué pasaría entonces con nuestra amistad, ángel?
—No sé qué pensaría Zaira si nos viera ahora —comentó Paula removiéndose inquieta—. Sabe muy bien que cuando estoy contigo tengo tendencia a portarme fatal.
—Y tiene mucha razón —convino Pedro enarcando las cejas—. Pero no te dijo con quién podías o no quedar...
—¡Una cita con Pedro! —murmuró Paula—. ¡Semejante posibilidad!
Notó cómo vibraba la risa de Pedro en el interior de su pecho. Poco a poco se dio cuenta de que se sentía feliz. Quería quedarse tal y como entonces estaba la noche entera, sintiendo aquel dulce calor calentándole las venas, escuchando el ritmo de su respiración, sus brazos alrededor de su cuerpo.
«Entonces, pídele que se quede a pasar la noche».
Mmmmm...
jueves, 22 de octubre de 2015
Desafiando Al Amor: Capítulo 20
Se volvió después hacia Pablo: el soltero más deseado de América estaba esperando para llevarla a su casa. Y precisamente aquella noche se sentía capaz de cualquier cosa.
—Sí, vámonos —dijo, tomandolo por el brazo—. Mañana nos vemos, chicos.
Sus amigos silbaron como posesos, convirtiendo en un auténtico espectáculo su salida, iluminado además con las luces de mil flashes y coreado con los aplausos de los invitados.
A Paula le costó un gran esfuerzo no volverse a mirar a sus amigos. Media hora más tarde, cuando llegaron por fin a su casa, aún estaba bajo los efectos de aquel subidón de adrenalina.
—No sé cómo agradecértelo, Pablo —empezó conmovida.
—¿Agradecerme qué? Fuiste tú la que me hiciste un favor, ¿ya no te acuerdas? Además, tengo que reconocer que hacía siglos que no me la pasaba tan bien como hoy.
—Tú no lo entiendes —dijo Paula meneando la cabeza. Por primera vez en su vida se había sentido... hermosa. No le había importado lo que los demás pensaran de ella. Se había sentido como una auténtica mujer de los pies a la cabeza. ¿Cómo podía entender un hombre que una mujer nunca olvida la primera vez que se siente como tal?
—Lo único que sé es que estabas preciosa. Has sido la sensación del baile —Pablo la miró durante un largo instante—. Aquí estamos otra vez, y esta no es nuestra primera cita... —apuntó seductor.
La euforia dio paso a una punzada de pánico. ¿Qué hacer? De repente, recordó que había sido la reina de la noche, hermosa y segura de sí misma, atrevida y capaz de cualquier cosa. ¿Por qué no probar de una vez por todas si Pablo era el Hombre Perfecto? Respiró hondo y cerró los ojos: al instante siguiente, Pablo se agachó para besarla.
Esperó un momento.
Y no sintió absolutamente nada.
Cuando él se separó, abrió los ojos.
—Así que ya está, ¿no? —preguntó muy seria.
—Si preguntas eso, quiere decir que no lo he hecho muy bien —replicó Pablo sonriendo, y agachándose volvió a besarla. En aquella ocasión el beso fue más insistente, pero, aún así, siguió pareciéndole a Paula más una muestra de afecto que de pasión.
No era justo: allí estaba ella, siendo besada por un hombre atractivo, encantador y, aparentemente, más que interesado por ella. ¡Y no lograba sentir lo más mínimo por él!
Pablo se separó por fin y escrutó su rostro.
—¿Qué tal ahora? ¿Mejor?
—Creo que estoy demasiado agotada para sentir nada —se disculpó Paula torpemente—. Ha sido una noche muy larga.
—Sí, han pasado muchas cosas —convino él con una adorable sonrisa—. Está bien, preciosa. Me marcho: te llamaré esta semana a ver si te apetece hacer algo.
—Muy bien —contestó. Pero, ¿le apetecía realmente verlo? Aunque se había divertido a su lado, empezaban a hacérsele pesadas aquellas citas. Lo despidió con la mano desde la puerta de su casa,
No acababa de comprender qué le estaba pasando, y eso empeoraba el problema. Aunque no tenía mucha experiencia con los hombres en lo que a la parte física se refería, estaba casi segura de que lo que acababa de ocurrir no auguraba nada bueno en ese terreno ¡Santo cielo! ¡Si hasta la batería de un coche generaba más chispa que la que se había producido entre ellos!
Estaba a punto de cerrar la puerta tras ella cuando oyó unos pasos sobre la gravilla del sendero. Tímidamente asomó la cabeza, rezando para que no fuera Pablo.
Pero fue Pedro el que le dedicó la mejor de sus sonrisas al otro lado de la puerta.
—¡Menos mal! ¡Qué bien que no te has acostado!
—¿Qué haces aquí? —le preguntó asombrada.
—Esto... —hizo una pausa frunciendo el entrecejo—. ¿Me creerías si te digo que vengo a buscar la chaqueta que te presté ayer?
—Si eso es lo único que se te ocurre... —respondió Paula sarcástica.
—Entonces si vengo por eso.
—Vamos, pasa —le invitó, abriéndole la puerta—. Puede que me venga bien hablar contigo.
Pedro entró en la casa y se dejó caer en un sillón, desde donde se la quedó mirando de arriba abajo.
—Bonito vestido, pero algo escaso —comentó con una sonrisa.
Aquel comentario tuvo la virtud de acelerarle el pulso.
—Muchas gracias. La verdad es que me gusta mucho.
—Los dejaste con el ojo cuadrado, nena.
—Y eso es algo que les tengo que agradecer a tí y a los chicos —se echó a reír al recordar la cara de asombro de Nora Sheffield—. ¿Qué hicieron por fin? ¿Disfrutaron del fin de la fiesta o la señora Sheffield los echo a patadas?
—Yo me fui enseguida; los chicos se quedaron —le explicó Pedro—. Antes de eso, Nora intentó contratarnos para la Gala de Navidad —se quitó la corbata con un suspiro de alivio y se desabrochó el botón de la camisa—. ¡Dios, cómo odio las corbatas!
—Pues eso no es nada —comentó Paula incómoda. Se sentía llena de energía y el vestido le molestaba enormemente—. Esto es como si llevara la más incómoda corbata desde el cuello hasta las rodillas. Por no mencionar lo que me aprieta la ropa interior... me parece que se ya hasta se me incrusto. Creo que voy a tener que llamar a un equipo de especialistas para que me la saquen.
—Me encanta esa idea.
—Vamos, por favor, bájame la cremallera —le suplicó poniéndose de espaldas delante de él.
Por un momento le pareció que se había quedado dormido, de tanto que tardaba en hacerlo.
—¿Cómo se baja esta cosa? —preguntó por fin con voz entrecortada.
—No lo sé. Zaira me ayudó. Esa mujer podría tener una maestría en ese tipo de habilidades... —Paula se interrumpió bruscamente al darse cuenta de que Pedro le había bajado del todo la cremallera. El corazón empezó a latirle al triple de la velocidad normal.
—¿Mejor? —preguntó Pedro.
Paula tragó saliva y asintió con un gesto.
—¿Necesitas más ayuda?
Ella miró por encima del hombro y sorprendió la mirada de él fija en el tirante de su sujetador.
—No... no... —se mordió el labio, confusa y turbada—. Ya puedo arreglármelas...
Se precipitó hacia su dormitorio antes de que Pedro se diera cuenta de lo que le estaba pasando. El no sabía que la espalda y el cuello eran dos de las más sensibles partes de su cuerpo, dos auténticas zonas erógenas. Siempre la había sorprendido, casi molestado, el torbellino de sensaciones que despertaba cualquier roce casual en las mismas. Sin, embargo, estaba segura de que Pedro no la había tocado a propósito.
Pero, ¿en qué diablos estaba pensando? No iba a dejarse a arrastrar por un sentimiento estúpido e infantil. Rápidamente se quitó la ropa que llevaba y la arrojó al cesto de la ropa sucia. Se puso una amplia camiseta y unos cómodos pantalones cortos, aspiró profundamente varias veces y, algo más calmada, volvió al salón.
—¿De qué quieres que hablemos? —le preguntó Pedro. Se había servido un vaso de agua y parecía bastante más relajado.
—Estoy hecha un desastre, Pedro —confesó la joven dejándose caer a su lado.
—¿Y eso por qué, ángel?
Ella se recostó en el respaldo, y se quedó mirando el techo.
—Todo era mucho más sencillo antes de que empezáramos con este relajo de la apuesta. Realmente creía que era feliz con la vida que tenía.
—Sí, vámonos —dijo, tomandolo por el brazo—. Mañana nos vemos, chicos.
Sus amigos silbaron como posesos, convirtiendo en un auténtico espectáculo su salida, iluminado además con las luces de mil flashes y coreado con los aplausos de los invitados.
A Paula le costó un gran esfuerzo no volverse a mirar a sus amigos. Media hora más tarde, cuando llegaron por fin a su casa, aún estaba bajo los efectos de aquel subidón de adrenalina.
—No sé cómo agradecértelo, Pablo —empezó conmovida.
—¿Agradecerme qué? Fuiste tú la que me hiciste un favor, ¿ya no te acuerdas? Además, tengo que reconocer que hacía siglos que no me la pasaba tan bien como hoy.
—Tú no lo entiendes —dijo Paula meneando la cabeza. Por primera vez en su vida se había sentido... hermosa. No le había importado lo que los demás pensaran de ella. Se había sentido como una auténtica mujer de los pies a la cabeza. ¿Cómo podía entender un hombre que una mujer nunca olvida la primera vez que se siente como tal?
—Lo único que sé es que estabas preciosa. Has sido la sensación del baile —Pablo la miró durante un largo instante—. Aquí estamos otra vez, y esta no es nuestra primera cita... —apuntó seductor.
La euforia dio paso a una punzada de pánico. ¿Qué hacer? De repente, recordó que había sido la reina de la noche, hermosa y segura de sí misma, atrevida y capaz de cualquier cosa. ¿Por qué no probar de una vez por todas si Pablo era el Hombre Perfecto? Respiró hondo y cerró los ojos: al instante siguiente, Pablo se agachó para besarla.
Esperó un momento.
Y no sintió absolutamente nada.
Cuando él se separó, abrió los ojos.
—Así que ya está, ¿no? —preguntó muy seria.
—Si preguntas eso, quiere decir que no lo he hecho muy bien —replicó Pablo sonriendo, y agachándose volvió a besarla. En aquella ocasión el beso fue más insistente, pero, aún así, siguió pareciéndole a Paula más una muestra de afecto que de pasión.
No era justo: allí estaba ella, siendo besada por un hombre atractivo, encantador y, aparentemente, más que interesado por ella. ¡Y no lograba sentir lo más mínimo por él!
Pablo se separó por fin y escrutó su rostro.
—¿Qué tal ahora? ¿Mejor?
—Creo que estoy demasiado agotada para sentir nada —se disculpó Paula torpemente—. Ha sido una noche muy larga.
—Sí, han pasado muchas cosas —convino él con una adorable sonrisa—. Está bien, preciosa. Me marcho: te llamaré esta semana a ver si te apetece hacer algo.
—Muy bien —contestó. Pero, ¿le apetecía realmente verlo? Aunque se había divertido a su lado, empezaban a hacérsele pesadas aquellas citas. Lo despidió con la mano desde la puerta de su casa,
No acababa de comprender qué le estaba pasando, y eso empeoraba el problema. Aunque no tenía mucha experiencia con los hombres en lo que a la parte física se refería, estaba casi segura de que lo que acababa de ocurrir no auguraba nada bueno en ese terreno ¡Santo cielo! ¡Si hasta la batería de un coche generaba más chispa que la que se había producido entre ellos!
Estaba a punto de cerrar la puerta tras ella cuando oyó unos pasos sobre la gravilla del sendero. Tímidamente asomó la cabeza, rezando para que no fuera Pablo.
Pero fue Pedro el que le dedicó la mejor de sus sonrisas al otro lado de la puerta.
—¡Menos mal! ¡Qué bien que no te has acostado!
—¿Qué haces aquí? —le preguntó asombrada.
—Esto... —hizo una pausa frunciendo el entrecejo—. ¿Me creerías si te digo que vengo a buscar la chaqueta que te presté ayer?
—Si eso es lo único que se te ocurre... —respondió Paula sarcástica.
—Entonces si vengo por eso.
—Vamos, pasa —le invitó, abriéndole la puerta—. Puede que me venga bien hablar contigo.
Pedro entró en la casa y se dejó caer en un sillón, desde donde se la quedó mirando de arriba abajo.
—Bonito vestido, pero algo escaso —comentó con una sonrisa.
Aquel comentario tuvo la virtud de acelerarle el pulso.
—Muchas gracias. La verdad es que me gusta mucho.
—Los dejaste con el ojo cuadrado, nena.
—Y eso es algo que les tengo que agradecer a tí y a los chicos —se echó a reír al recordar la cara de asombro de Nora Sheffield—. ¿Qué hicieron por fin? ¿Disfrutaron del fin de la fiesta o la señora Sheffield los echo a patadas?
—Yo me fui enseguida; los chicos se quedaron —le explicó Pedro—. Antes de eso, Nora intentó contratarnos para la Gala de Navidad —se quitó la corbata con un suspiro de alivio y se desabrochó el botón de la camisa—. ¡Dios, cómo odio las corbatas!
—Pues eso no es nada —comentó Paula incómoda. Se sentía llena de energía y el vestido le molestaba enormemente—. Esto es como si llevara la más incómoda corbata desde el cuello hasta las rodillas. Por no mencionar lo que me aprieta la ropa interior... me parece que se ya hasta se me incrusto. Creo que voy a tener que llamar a un equipo de especialistas para que me la saquen.
—Me encanta esa idea.
—Vamos, por favor, bájame la cremallera —le suplicó poniéndose de espaldas delante de él.
Por un momento le pareció que se había quedado dormido, de tanto que tardaba en hacerlo.
—¿Cómo se baja esta cosa? —preguntó por fin con voz entrecortada.
—No lo sé. Zaira me ayudó. Esa mujer podría tener una maestría en ese tipo de habilidades... —Paula se interrumpió bruscamente al darse cuenta de que Pedro le había bajado del todo la cremallera. El corazón empezó a latirle al triple de la velocidad normal.
—¿Mejor? —preguntó Pedro.
Paula tragó saliva y asintió con un gesto.
—¿Necesitas más ayuda?
Ella miró por encima del hombro y sorprendió la mirada de él fija en el tirante de su sujetador.
—No... no... —se mordió el labio, confusa y turbada—. Ya puedo arreglármelas...
Se precipitó hacia su dormitorio antes de que Pedro se diera cuenta de lo que le estaba pasando. El no sabía que la espalda y el cuello eran dos de las más sensibles partes de su cuerpo, dos auténticas zonas erógenas. Siempre la había sorprendido, casi molestado, el torbellino de sensaciones que despertaba cualquier roce casual en las mismas. Sin, embargo, estaba segura de que Pedro no la había tocado a propósito.
Pero, ¿en qué diablos estaba pensando? No iba a dejarse a arrastrar por un sentimiento estúpido e infantil. Rápidamente se quitó la ropa que llevaba y la arrojó al cesto de la ropa sucia. Se puso una amplia camiseta y unos cómodos pantalones cortos, aspiró profundamente varias veces y, algo más calmada, volvió al salón.
—¿De qué quieres que hablemos? —le preguntó Pedro. Se había servido un vaso de agua y parecía bastante más relajado.
—Estoy hecha un desastre, Pedro —confesó la joven dejándose caer a su lado.
—¿Y eso por qué, ángel?
Ella se recostó en el respaldo, y se quedó mirando el techo.
—Todo era mucho más sencillo antes de que empezáramos con este relajo de la apuesta. Realmente creía que era feliz con la vida que tenía.
Desafiando Al Amor: Capítulo 19
La pandilla en pleno acababa de hacer su entrada en el salón: Pedro, Francisco, Germán y Lucas, allí plantados como modelos de revista, aparentemente indiferentes al revuelo que habían provocado.
Ya era suficientemente insólito ver a sus compañeros de póker en pleno presentándose en el Baile en Blanco y Negro, pero, una sola mirada a su atuendo le sirvió para darse cuenta, además, de que algo faltaba.
Los pantalones.
Los cuatro llevaban impecables camisas blancas y chaquetas de esmoquin con pajarita, pero, por debajo, se habían puesto pantalones cortos de surfista de brillantes colores, y calzaban tennis de baloncesto de lona. Tanto los shorts como los tennis lucían el tiburón con gafas de sol que formaba parte del logotipo que Paula había diseñado para la compañía de ropa deportiva de Pedro.
Como un solo hombre, sus cuatro amigos se quitaron las gafas de sol y las guardaron en el bolsillo de la chaqueta. Bajaron la escalera contoneándose como modelos de pasarela, indiferentes a los flashes, las exclamaciones de asombro y los aplausos que provocó su aparición.
Paula se dirigió hacia ellos. Le encantaba aquella idea de sus amigos. Mejor dicho, le encantaban ellos, y punto.
—¡Pedro! —exclamó, dándole un fuerte abrazo.
—¡Hola, ángel! —replicó su amigo con una gran sonrisa, repartiendo abrazos a diestro y siniestro—. Estaba a punto de mandar a los chicos a tu búsqueda.
—Creo que si se hubieran quedado en lo alto de la escalera, tarde o temprano me habría percatado de su presencia —bromeó—. Son increíbles, chicos —declaró, muerta de risa.
—¿Qué opinas? —le preguntó Francisco poniendo cara de modelo de Vogue—. Creo que estoy súper sexy con estos pantalones, ¿no?
—Me parece que los cuatro son demasiado sexys para esta fiesta —convino Paula—. ¿Se puede saber qué están haciendo aquí?
Sus amigos se volvieron para mirar a Pedro.
—Bueno... cuando te fuiste, tuvimos una pequeña. reunión, y decidimos que a lo mejor ibas a necesitar un poco de apoyo moral.
—¿De verdad? —Paula los miró con ojos desorbitados.
—Es que estábamos un poco... preocupados —Pedro empezó a ponerse colorado, lo que provocó unas cuantas sonrisitas a su alrededor. Paula nunca hubiera imaginado que un día vería a Pedro Alfonso avergonzado—. Temíamos que te sintieras incómoda, y como sabemos lo terrible que podía ser eso para ti, pues se nos ocurrió... bueno... ya lo ves...
—Chicos, chicos, así que vineron para ayudarme, ¿no? —dijo Paula acabando la frase con él.
Los cuatro asintieron tímidamente.
—¿Qué tal lo estamos haciendo? —preguntó Francisco.
Paula no pudo aguantar más y estalló en carcajadas. Aquella era una de las situaciones más tiernas y tontas que había vivido.
—Creanme —empezó cuando por fin logró calmarse—, les estoy inmensamente agradecida. Son maravillosos: están locos, pero son estupendos.
—Y tú, princesa, estás preciosa—dijo Germán besándole caballerosamente en la mano. Por el rabillo del ojo, Paula se dio cuenta de que Pedro ponía cara de pocos amigos—. Entonces, ¿puedo esperar que me concedas un baile, o también hoy me vas a dar calabazas?
—¿Bailar? —Paula se volvió hacia la pista de baile donde algunas parejas evolucionaban con elegancia al compás de una clásica melodía—. No sé qué decirte... no es precisamente mi estilo...
—Nosotros lo arreglaremos —dijo Pedro—. ¿Francisco?
—Estoy listo —contestó el interpelado.
Paula vió cómo su amigo se acercaba al director de la orquesta, le decía algo al oído y después estrechaba su mano con calor. Se preguntó cuánto dinero le estaría dando.
La canción que estaba sonando se interrumpió abruptamente y, tras unos segundos de silencio, la sección de trompetas inició una animadísima versión de Louie, Louie.
Los elegantes invitados se miraron perplejos, sin saber qué hacer. Sin embargo, los chicos de la pandilla estaban en su elemento. Paula no sabía si salir corriendo o quedarse allí riendo a carcajadas.
—¡Cobarde! —la retó Pedro para que se uniera a ellos.
¿Cobarde ella? Aquella noche se atrevería incluso a andar sobre el fuego.
—¡Ja! —exclamó—. Sígueme si puedes —y sin más preámbulos se lanzó a la pista de baile.
Para su sorpresa, el resto de invitados no les miraba con condescendencia o desdén. Muy al contrario, parecían estar disfrutando enormemente con aquel espectáculo que por fin animaba un baile famoso por lo aburrido que resultaba. Paula vió que varias parejas jóvenes se animaban a salir a la pista. No cabía duda de que la pandilla se había convertido en la sensación de la fiesta.
Cuando la orquesta en pleno acometió el fin de la canción, la sala entera estalló en un cerrado aplauso. Todo el mundo parecía encantado. Tomandola por la cintura, Pedro la obligó a salir al centro de la pista a saludar.
—¡No puedo creerlo! —dijo con la respiración entrecortada por el esfuerzo del baile. Al menos, se obligó a pensar que estaba tan alterada por eso. Justo entonces irrumpió en la pista con cara de muy pocos amigos Nora Sheffield, la anfitriona.
—¿Se puede saber quiénes son ustedes?
Pedro y Paula se separaron de golpe.
—Señora Sheffield...
Francisco, Germán y Lucas hicieron de inmediato frente común con ellos.
—Somos los Beach Boys —dijo, como si eso lo explicara todo.
—¿El grupo de música? —la elegante señora estaba al borde del infarto.
—No, no —le corrigió Francisco, temiendo que se desmayara allí mismo—. Somos un equipo de surf de Manhattan Beach.
—¿Un equipo de surf? —la señora Sheffield no salía de su asombro—. ¡No puedo creerlo! Les doy exactamente un minuto para...
—¡Pedro! ¡Son geniales, chicos! ¡Qué gran idea! —exclamó Pablo con su bien timbradora voz mientras se acercaba a ellos. Paula tuvo que contener la risa al ver la cara de asombro que puso Nora Sheffield cuando el rico y glamuroso Pablo Landor, el invitado estrella de la fiesta, estrechó con calor la mano de Pedro. ¡Había estado a punto de echar de la fiesta al que parecía ser su mejor amigo!
—Hola, Pablo—dijo Pedro—. Se me ocurrió que podíamos animar un poco la fiesta.
—Buena idea —le alabó Pablo poniéndole a Paula un brazo sobre los hombros—. Nena, has estado increíble. No sabía que bailabas tan bien.
—Es otro de mis trucos —murmuró entre dientes. Sus amigos rieron complacidos, mientras la señora Sheffield los miraba a todos sin salir de su asombro.
—Espero que no te haya molestado que sacara a bailar a tu chica —dijo Pedro muy formalito.
—No me importa con quién baile o deje de bailar mientras sea yo el encargado de llevarla a casa —replicó Pablo alegremente—. Por cierto, es hora de que nos vayamos, ¿no te parece? Ha sido una gran fiesta, Nora, la mejor en mucho tiempo, te lo aseguro, y todo gracias a estos chicos.
—Gra... gracias, Pablo —musitó la atribulada dama.
—Cuida de mis amigos por mí, Nora. Yo le prometí a esta encantadora señorita que la llevaría temprano a casa —continuó mirando a Paula—. ¿Estás lista?
La joven se volvió hacia sus camaradas; todos la sonreían de oreja a oreja excepto Pedro, que mantenía una expresión fría y distante, casi como si se aburriera.
¿Y qué esperaba? ¿Que le rogara y suplicara que se quedara con ellos?
Ya era suficientemente insólito ver a sus compañeros de póker en pleno presentándose en el Baile en Blanco y Negro, pero, una sola mirada a su atuendo le sirvió para darse cuenta, además, de que algo faltaba.
Los pantalones.
Los cuatro llevaban impecables camisas blancas y chaquetas de esmoquin con pajarita, pero, por debajo, se habían puesto pantalones cortos de surfista de brillantes colores, y calzaban tennis de baloncesto de lona. Tanto los shorts como los tennis lucían el tiburón con gafas de sol que formaba parte del logotipo que Paula había diseñado para la compañía de ropa deportiva de Pedro.
Como un solo hombre, sus cuatro amigos se quitaron las gafas de sol y las guardaron en el bolsillo de la chaqueta. Bajaron la escalera contoneándose como modelos de pasarela, indiferentes a los flashes, las exclamaciones de asombro y los aplausos que provocó su aparición.
Paula se dirigió hacia ellos. Le encantaba aquella idea de sus amigos. Mejor dicho, le encantaban ellos, y punto.
—¡Pedro! —exclamó, dándole un fuerte abrazo.
—¡Hola, ángel! —replicó su amigo con una gran sonrisa, repartiendo abrazos a diestro y siniestro—. Estaba a punto de mandar a los chicos a tu búsqueda.
—Creo que si se hubieran quedado en lo alto de la escalera, tarde o temprano me habría percatado de su presencia —bromeó—. Son increíbles, chicos —declaró, muerta de risa.
—¿Qué opinas? —le preguntó Francisco poniendo cara de modelo de Vogue—. Creo que estoy súper sexy con estos pantalones, ¿no?
—Me parece que los cuatro son demasiado sexys para esta fiesta —convino Paula—. ¿Se puede saber qué están haciendo aquí?
Sus amigos se volvieron para mirar a Pedro.
—Bueno... cuando te fuiste, tuvimos una pequeña. reunión, y decidimos que a lo mejor ibas a necesitar un poco de apoyo moral.
—¿De verdad? —Paula los miró con ojos desorbitados.
—Es que estábamos un poco... preocupados —Pedro empezó a ponerse colorado, lo que provocó unas cuantas sonrisitas a su alrededor. Paula nunca hubiera imaginado que un día vería a Pedro Alfonso avergonzado—. Temíamos que te sintieras incómoda, y como sabemos lo terrible que podía ser eso para ti, pues se nos ocurrió... bueno... ya lo ves...
—Chicos, chicos, así que vineron para ayudarme, ¿no? —dijo Paula acabando la frase con él.
Los cuatro asintieron tímidamente.
—¿Qué tal lo estamos haciendo? —preguntó Francisco.
Paula no pudo aguantar más y estalló en carcajadas. Aquella era una de las situaciones más tiernas y tontas que había vivido.
—Creanme —empezó cuando por fin logró calmarse—, les estoy inmensamente agradecida. Son maravillosos: están locos, pero son estupendos.
—Y tú, princesa, estás preciosa—dijo Germán besándole caballerosamente en la mano. Por el rabillo del ojo, Paula se dio cuenta de que Pedro ponía cara de pocos amigos—. Entonces, ¿puedo esperar que me concedas un baile, o también hoy me vas a dar calabazas?
—¿Bailar? —Paula se volvió hacia la pista de baile donde algunas parejas evolucionaban con elegancia al compás de una clásica melodía—. No sé qué decirte... no es precisamente mi estilo...
—Nosotros lo arreglaremos —dijo Pedro—. ¿Francisco?
—Estoy listo —contestó el interpelado.
Paula vió cómo su amigo se acercaba al director de la orquesta, le decía algo al oído y después estrechaba su mano con calor. Se preguntó cuánto dinero le estaría dando.
La canción que estaba sonando se interrumpió abruptamente y, tras unos segundos de silencio, la sección de trompetas inició una animadísima versión de Louie, Louie.
Los elegantes invitados se miraron perplejos, sin saber qué hacer. Sin embargo, los chicos de la pandilla estaban en su elemento. Paula no sabía si salir corriendo o quedarse allí riendo a carcajadas.
—¡Cobarde! —la retó Pedro para que se uniera a ellos.
¿Cobarde ella? Aquella noche se atrevería incluso a andar sobre el fuego.
—¡Ja! —exclamó—. Sígueme si puedes —y sin más preámbulos se lanzó a la pista de baile.
Para su sorpresa, el resto de invitados no les miraba con condescendencia o desdén. Muy al contrario, parecían estar disfrutando enormemente con aquel espectáculo que por fin animaba un baile famoso por lo aburrido que resultaba. Paula vió que varias parejas jóvenes se animaban a salir a la pista. No cabía duda de que la pandilla se había convertido en la sensación de la fiesta.
Cuando la orquesta en pleno acometió el fin de la canción, la sala entera estalló en un cerrado aplauso. Todo el mundo parecía encantado. Tomandola por la cintura, Pedro la obligó a salir al centro de la pista a saludar.
—¡No puedo creerlo! —dijo con la respiración entrecortada por el esfuerzo del baile. Al menos, se obligó a pensar que estaba tan alterada por eso. Justo entonces irrumpió en la pista con cara de muy pocos amigos Nora Sheffield, la anfitriona.
—¿Se puede saber quiénes son ustedes?
Pedro y Paula se separaron de golpe.
—Señora Sheffield...
Francisco, Germán y Lucas hicieron de inmediato frente común con ellos.
—Somos los Beach Boys —dijo, como si eso lo explicara todo.
—¿El grupo de música? —la elegante señora estaba al borde del infarto.
—No, no —le corrigió Francisco, temiendo que se desmayara allí mismo—. Somos un equipo de surf de Manhattan Beach.
—¿Un equipo de surf? —la señora Sheffield no salía de su asombro—. ¡No puedo creerlo! Les doy exactamente un minuto para...
—¡Pedro! ¡Son geniales, chicos! ¡Qué gran idea! —exclamó Pablo con su bien timbradora voz mientras se acercaba a ellos. Paula tuvo que contener la risa al ver la cara de asombro que puso Nora Sheffield cuando el rico y glamuroso Pablo Landor, el invitado estrella de la fiesta, estrechó con calor la mano de Pedro. ¡Había estado a punto de echar de la fiesta al que parecía ser su mejor amigo!
—Hola, Pablo—dijo Pedro—. Se me ocurrió que podíamos animar un poco la fiesta.
—Buena idea —le alabó Pablo poniéndole a Paula un brazo sobre los hombros—. Nena, has estado increíble. No sabía que bailabas tan bien.
—Es otro de mis trucos —murmuró entre dientes. Sus amigos rieron complacidos, mientras la señora Sheffield los miraba a todos sin salir de su asombro.
—Espero que no te haya molestado que sacara a bailar a tu chica —dijo Pedro muy formalito.
—No me importa con quién baile o deje de bailar mientras sea yo el encargado de llevarla a casa —replicó Pablo alegremente—. Por cierto, es hora de que nos vayamos, ¿no te parece? Ha sido una gran fiesta, Nora, la mejor en mucho tiempo, te lo aseguro, y todo gracias a estos chicos.
—Gra... gracias, Pablo —musitó la atribulada dama.
—Cuida de mis amigos por mí, Nora. Yo le prometí a esta encantadora señorita que la llevaría temprano a casa —continuó mirando a Paula—. ¿Estás lista?
La joven se volvió hacia sus camaradas; todos la sonreían de oreja a oreja excepto Pedro, que mantenía una expresión fría y distante, casi como si se aburriera.
¿Y qué esperaba? ¿Que le rogara y suplicara que se quedara con ellos?
Desafiando Al Amor: Capítulo 18
—No lo sabía, Paula, te juro por Dios que no tenía ni idea.
Paula no levantó la vista de su copa de champán.
—Y te creo, Pablo, ya te dije. Déjalo estar, anda.
Él se le quedó mirando un largo instante, maravillado por su presencia de ánimo.
—No puedo creer que lo estés tomando tan bien. Entendería que quisieras tirarme esa copa a la cara.
Paula hizo una mueca.
—Ahora que se ha aclarado todo, la verdad es que no es tan malo como parecía al principio, Pablo.
—Debe haber unas quinientas personas en esa fiesta —dijo Pablo—, y todos se te quedaron mirando, no me digas que eso no es tan malo...
—Te lo repito una vez más: no es culpa tuya que yo haya decidido ponerme un vestido rojo. Y no es culpa tuya que no recordaras que el Bailé Sheffield también se conoce como el Baile en Blanco y Negro de los Ángeles porque...
—Porque todo el mundo viste de blanco o de negro —dijo Pablo meneando la cabeza con tristeza—. ¿Por qué nadie me lo dijo antes?
—Supongo que lo ponía en esa invitación que no leíste —sugirió Paula—. Después de todo, puede que tengas algo de culpa... desde luego, eres el único responsable de que ahora esté sentada bajo un foco en la mesa principal, pero aparte de eso...
Con un gemido Pablo enterró la cabeza entre las manos.
—Eso, vamos —rió Paula—, siéntete culpable. Te lo mereces.
—Te debo una Paula, de verdad.
—Pablo, te aseguro que después de lo que he tenido que pasar esta semana, lo que ha ocurrido no me preocupa nada.
Recordó el terrible momento en el que al entrar en la sala una multitud ataviada en blanco y negro, quinientos pares de ojos para ser exactos, se le quedaron mirando como si fuera una marciana. Le pareció estar viviendo aquella pesadilla que solía asaltarla en sus años de universidad, cuando se veía a sí misma en un desfile de modas ataviada con su ropa más vieja. Su primer impulso fue dar media vuelta y salir corriendo, arrancarle las llaves del coche al valet parking y salir disparada hasta su casa. Pero no lo hizo. En vez de eso mantuvo la cabeza muy alta y la sonrisa radiante. Aunque sospechaba que tenía la cara más roja que el vestido, por nada del mundo haría ver lo humillante que le resultaba aquella experiencia.
A decir verdad, le encantaba aquel vestido, y aquella era la primera vez en su vida que podía decir semejante cosa. No podía haber encontrado nada más distinto a los diseños color pastel con los que Derek, su ex novio, solía martirizarla, ni más diferente tampoco a los sutiles vestiditos de muñeca que Dana había elegido para ella. Aquel sencillo diseño de un vivo color burdeos la había cautivado por completo. Cuando lo encontró en la tienda, se lanzó al probador, haciendo caso omiso de las protestas de su amiga y del montón de vestidos color rosa o melocotón que había insistido en que se probara. Cuando salió con él puesto tuvo la satisfacción de ver cómo Zaira y la dependienta se quedaban literalmente con la boca abierta. No solo la favorecía y le quedaba' como un guante, sino que con él se sentía como una auténtica reina.
—¡Hermoso vestido! —comentó una mujer al pasar delante de su mesa.
—Gracias, ¿no es precioso? —dijo Paula tranquilamente—. El rojo contrasta de maravilla sobre este fondo blanco y negro. ¿No le parece?
—Estaba a punto de decírselo —intervino el hombre que iba con la señora, mirando a Paula de arriba abajo. La mujer dio un respingo antes de alejarse de la mesa, siseando indignada entre dientes a su atribulado acompañante.
Paula se volvió hacia Pablo que reía a mandíbula batiente.
—¿Qué te pasa?
—Ahora mismo vas a decirme quién eres y qué has hecho con mi amiga Paula Chaves—bromeó.
—Sí, me siento como en la película La invasión de los cuerpos, aunque en versión cómica.
—Me tienes asombrado, Paula—confesó Pablo meneando la cabeza—. No te pareces en absoluto a la chica con la que cené hace dos días.
Ella reflexionó un instante.
—¿Y te, parece mal?
—No, nada de eso —dijo el joven rápidamente—. Solo que parece que alguien encendió un interruptor dentro de tí.
—¿Y se supone que eso es bueno? —replicó Paula enarcando una ceja.
Pablo sonrió y le acarició con la punta del dedo la línea de la mandíbula.
—Sí, lo es cuando hacía falta que salieras por fin a la luz, preciosa.
Ella sonrió otra vez. Si continuaban por ese camino, acabaría con agujetas en la mandíbula.
—Tengo que dar una vueltecita por la sala para hablar con los patrocinadores —dijo Pablo—. ¿Quieres venir conmigo?
—No —replicó Paula—. Ya he hablado con más desconocidos esta noche que en toda mi vida. Me quedaré mirando desde un rinconcito, para variar.
—Muy bien, princesa —dijo Pablo—. En media hora te llevaré a casa.
—Estupendo.
Pablo le acarició la mejilla y se levantó, siendo abducido de inmediato por un nutrido grupo de hombres de negocios.
Paula, por su parte, se dirigió a una de las sillas que había a los lados de la sala, deseando beber un vaso de agua fresca. Jack le parecía un tipo realmente encantador. Tras haber pasado tantos años sin andar con nadie, era una auténtica suerte que en su primera cita se hubiera topado con alguien como él. La única persona que conocía que fuera más atenta y amable era...
Pedro, por supuesto. Aunque como Pedro era su amigo, en realidad no contaba.
Una chica rubia se cruzó con ella y se le quedó mirando.
—Bonito vestido —dijo con expresión sincera. Parecía mucho más amable que las mujeres con las que había hablado a lo largo de la velada.
—Gracias —replicó con una sonrisa—. No tenía ni idea de que había que vestir en blanco o en negro.
—¿De verdad? —la mujer le devolvió una cálida sonrisa. Paula se dio cuenta de que la había visto en alguna película—. Te he estado mirando desde mi mesa, muerta de envidia, y deseando matar a mi agente por no habérsele ocurrido que viniera vestida de rojo. Todo el mundo ha estado hablando de ti, así que debes ser actriz.
—No, como crees —le explicó Paula disgustada—. Soy diseñadora.
—Eso lo explica todo —dijo la mujer—. Lo llevas escrito en la cara. ¿Cuándo presentaste la colección de otoño?
A Paula le costó un tanto entender lo que le estaba preguntando.
—¡No, te equivocas! —exclamó meneando la cabeza—. No soy diseñadora de modas, sino diseñadora gráfica. Hace mil años que no, me dedico a la moda.
—Pues deberías planteártelo. Ese vestido te sienta de maravilla... es increíble. Es como un modelo de Versace adaptado a Grace Kelly.
Paula se quedó mirando su atuendo sin saber qué decir.
—La verdad es que cuando lo compré me imaginé más bien a Audrey Hepburn con un diseño de Vera Wang —comentó divertida.
—¡Claro! —la mujer rebuscó en su bolso y le tendió una tarjeta—. ¡Eso es! Si cambias de opinión, me encantaría lucir alguno de tus diseños en la ceremonia de los Oscar del año que viene. Me gusta lucir cosas realmente originales y de buen gusto, y contigo tengo buenas vibraciones.
¿Estilista? ¿Ella?
—Eh..., por supuesto... claro. Pensaré en ello.
La mujer le dedicó una radiante sonrisa antes de perderse entre la multitud.
«Estupendo», pensó, «ahora debe venir la parte donde me caigo de la cama y me despierto».
Sin embargo, Paula no estaba soñando. Estaba plantada, en medio de una exclusiva fiesta, y en la mano tenía la tarjeta con la dirección personal de una de las más famosas actrices de Hollywood.
Le daban ganas de cantar. Se sentía como la reina del mundo. Poderosa, invencible: una mezcla entre Marilyn Monroe y Superratón. Ojalá pudieran verla los chicos de la pandilla.
De repente, las conversaciones se acallaron. Intrigada, se volvió a mirar hacia la puerta.
Hablando del rey de Roma.
Paula no levantó la vista de su copa de champán.
—Y te creo, Pablo, ya te dije. Déjalo estar, anda.
Él se le quedó mirando un largo instante, maravillado por su presencia de ánimo.
—No puedo creer que lo estés tomando tan bien. Entendería que quisieras tirarme esa copa a la cara.
Paula hizo una mueca.
—Ahora que se ha aclarado todo, la verdad es que no es tan malo como parecía al principio, Pablo.
—Debe haber unas quinientas personas en esa fiesta —dijo Pablo—, y todos se te quedaron mirando, no me digas que eso no es tan malo...
—Te lo repito una vez más: no es culpa tuya que yo haya decidido ponerme un vestido rojo. Y no es culpa tuya que no recordaras que el Bailé Sheffield también se conoce como el Baile en Blanco y Negro de los Ángeles porque...
—Porque todo el mundo viste de blanco o de negro —dijo Pablo meneando la cabeza con tristeza—. ¿Por qué nadie me lo dijo antes?
—Supongo que lo ponía en esa invitación que no leíste —sugirió Paula—. Después de todo, puede que tengas algo de culpa... desde luego, eres el único responsable de que ahora esté sentada bajo un foco en la mesa principal, pero aparte de eso...
Con un gemido Pablo enterró la cabeza entre las manos.
—Eso, vamos —rió Paula—, siéntete culpable. Te lo mereces.
—Te debo una Paula, de verdad.
—Pablo, te aseguro que después de lo que he tenido que pasar esta semana, lo que ha ocurrido no me preocupa nada.
Recordó el terrible momento en el que al entrar en la sala una multitud ataviada en blanco y negro, quinientos pares de ojos para ser exactos, se le quedaron mirando como si fuera una marciana. Le pareció estar viviendo aquella pesadilla que solía asaltarla en sus años de universidad, cuando se veía a sí misma en un desfile de modas ataviada con su ropa más vieja. Su primer impulso fue dar media vuelta y salir corriendo, arrancarle las llaves del coche al valet parking y salir disparada hasta su casa. Pero no lo hizo. En vez de eso mantuvo la cabeza muy alta y la sonrisa radiante. Aunque sospechaba que tenía la cara más roja que el vestido, por nada del mundo haría ver lo humillante que le resultaba aquella experiencia.
A decir verdad, le encantaba aquel vestido, y aquella era la primera vez en su vida que podía decir semejante cosa. No podía haber encontrado nada más distinto a los diseños color pastel con los que Derek, su ex novio, solía martirizarla, ni más diferente tampoco a los sutiles vestiditos de muñeca que Dana había elegido para ella. Aquel sencillo diseño de un vivo color burdeos la había cautivado por completo. Cuando lo encontró en la tienda, se lanzó al probador, haciendo caso omiso de las protestas de su amiga y del montón de vestidos color rosa o melocotón que había insistido en que se probara. Cuando salió con él puesto tuvo la satisfacción de ver cómo Zaira y la dependienta se quedaban literalmente con la boca abierta. No solo la favorecía y le quedaba' como un guante, sino que con él se sentía como una auténtica reina.
—¡Hermoso vestido! —comentó una mujer al pasar delante de su mesa.
—Gracias, ¿no es precioso? —dijo Paula tranquilamente—. El rojo contrasta de maravilla sobre este fondo blanco y negro. ¿No le parece?
—Estaba a punto de decírselo —intervino el hombre que iba con la señora, mirando a Paula de arriba abajo. La mujer dio un respingo antes de alejarse de la mesa, siseando indignada entre dientes a su atribulado acompañante.
Paula se volvió hacia Pablo que reía a mandíbula batiente.
—¿Qué te pasa?
—Ahora mismo vas a decirme quién eres y qué has hecho con mi amiga Paula Chaves—bromeó.
—Sí, me siento como en la película La invasión de los cuerpos, aunque en versión cómica.
—Me tienes asombrado, Paula—confesó Pablo meneando la cabeza—. No te pareces en absoluto a la chica con la que cené hace dos días.
Ella reflexionó un instante.
—¿Y te, parece mal?
—No, nada de eso —dijo el joven rápidamente—. Solo que parece que alguien encendió un interruptor dentro de tí.
—¿Y se supone que eso es bueno? —replicó Paula enarcando una ceja.
Pablo sonrió y le acarició con la punta del dedo la línea de la mandíbula.
—Sí, lo es cuando hacía falta que salieras por fin a la luz, preciosa.
Ella sonrió otra vez. Si continuaban por ese camino, acabaría con agujetas en la mandíbula.
—Tengo que dar una vueltecita por la sala para hablar con los patrocinadores —dijo Pablo—. ¿Quieres venir conmigo?
—No —replicó Paula—. Ya he hablado con más desconocidos esta noche que en toda mi vida. Me quedaré mirando desde un rinconcito, para variar.
—Muy bien, princesa —dijo Pablo—. En media hora te llevaré a casa.
—Estupendo.
Pablo le acarició la mejilla y se levantó, siendo abducido de inmediato por un nutrido grupo de hombres de negocios.
Paula, por su parte, se dirigió a una de las sillas que había a los lados de la sala, deseando beber un vaso de agua fresca. Jack le parecía un tipo realmente encantador. Tras haber pasado tantos años sin andar con nadie, era una auténtica suerte que en su primera cita se hubiera topado con alguien como él. La única persona que conocía que fuera más atenta y amable era...
Pedro, por supuesto. Aunque como Pedro era su amigo, en realidad no contaba.
Una chica rubia se cruzó con ella y se le quedó mirando.
—Bonito vestido —dijo con expresión sincera. Parecía mucho más amable que las mujeres con las que había hablado a lo largo de la velada.
—Gracias —replicó con una sonrisa—. No tenía ni idea de que había que vestir en blanco o en negro.
—¿De verdad? —la mujer le devolvió una cálida sonrisa. Paula se dio cuenta de que la había visto en alguna película—. Te he estado mirando desde mi mesa, muerta de envidia, y deseando matar a mi agente por no habérsele ocurrido que viniera vestida de rojo. Todo el mundo ha estado hablando de ti, así que debes ser actriz.
—No, como crees —le explicó Paula disgustada—. Soy diseñadora.
—Eso lo explica todo —dijo la mujer—. Lo llevas escrito en la cara. ¿Cuándo presentaste la colección de otoño?
A Paula le costó un tanto entender lo que le estaba preguntando.
—¡No, te equivocas! —exclamó meneando la cabeza—. No soy diseñadora de modas, sino diseñadora gráfica. Hace mil años que no, me dedico a la moda.
—Pues deberías planteártelo. Ese vestido te sienta de maravilla... es increíble. Es como un modelo de Versace adaptado a Grace Kelly.
Paula se quedó mirando su atuendo sin saber qué decir.
—La verdad es que cuando lo compré me imaginé más bien a Audrey Hepburn con un diseño de Vera Wang —comentó divertida.
—¡Claro! —la mujer rebuscó en su bolso y le tendió una tarjeta—. ¡Eso es! Si cambias de opinión, me encantaría lucir alguno de tus diseños en la ceremonia de los Oscar del año que viene. Me gusta lucir cosas realmente originales y de buen gusto, y contigo tengo buenas vibraciones.
¿Estilista? ¿Ella?
—Eh..., por supuesto... claro. Pensaré en ello.
La mujer le dedicó una radiante sonrisa antes de perderse entre la multitud.
«Estupendo», pensó, «ahora debe venir la parte donde me caigo de la cama y me despierto».
Sin embargo, Paula no estaba soñando. Estaba plantada, en medio de una exclusiva fiesta, y en la mano tenía la tarjeta con la dirección personal de una de las más famosas actrices de Hollywood.
Le daban ganas de cantar. Se sentía como la reina del mundo. Poderosa, invencible: una mezcla entre Marilyn Monroe y Superratón. Ojalá pudieran verla los chicos de la pandilla.
De repente, las conversaciones se acallaron. Intrigada, se volvió a mirar hacia la puerta.
Hablando del rey de Roma.
Desafiando Al Amor: Capítulo 17
—Oye, oye, tranquilizate —le detuvo Lucas—. No te abalances, se las está arreglando bien...
Fijándose un poco más, vió que Paula mantenía a su pareja a raya sacudiendo la cabeza con firmeza. Tenía la misma expresión con la que había rechazado a Germán minutos antes: «Esto no es para tí», le estaba diciendo al hombre de forma inequívoca.
Pedro se relajó un poco.
—¿Sabes? —dijo Lucas de repente—, creo que cuando no se quiere vender algo, no debería ponerse en el escaparate.
—¿Y qué demonios se supone que quieres decir con eso? —preguntó Pedro, demasiado absorto en lo que estaba ocurriendo en la pista de baile como para entender la críptica frase de su amigo.
—Quiero decir que está preciosa, hombre. Déjala en paz.
—La estoy dejando en paz —gruñó Pedro.
—Sí, ya.
Paula se reunió con ellos cuando acabó el baile. El desconocido la seguía con expresión de cordero degollado.
—Gracias por el baile —le dijo la joven amablemente.
—¿Me darías tu número de teléfono? —preguntó el hombre haciendo acopio de valor.
—No —replicó Paula tras pensarlo un instante.
—¿Por qué no?
—Ya la escuchaste —dijo Pedro plantándosele delante, al tiempo que pasaba un brazo por los hombros de Paula—. Esfúmate.
—Esta bien, esta bien —murmuró el hombre temeroso. Después lanzó una última y esperanzada mirada a Paula—. Ví tu foto en la página web. Estoy deseando contarle a mis compañeros que bailé con la chica de la semana.
Paula miró cómo se alejaba con los ojos como platos.
—Tendrás que reconocer que era una gran foto —bromeó, Francisco.
—Sí, lo admito —replicó ella cortante—. ¿Por eso la dejaste en la red doce horas?
Francisco no parecía en absoluto arrepentido de su hazaña.
—Me pareció una buena idea: además, los chicos empezaban a estar hartos de ver a las mismas modelos semana tras semana. Ha sido un cambio refrescante.
—Sí, estoy segura —convino Paula lanzándole una mirada glacial.
—Bueno, no es que se quejaran exactamente... Una mujer buena es siempre una mujer buena —filosofó Francisco mientras mascaba un puñado de cacahuetes—. Lo que pasa es que las últimas que habíamos metido en la página eran del tipo «ponme la crema bronceadora, cariño»... me refiero a que eran de las que solo existen en las islas tropicales de los anuncios. No creo que sea fácil encontrarse con una de ellas en el supermercado, por ejemplo.
—Entonces, dejame ver si te entendí bien —dijo Paula molesta—, yo debo ser del tipo «pásame las papas fritas, cariño».
—Lo que quiero decir es que tú eres una mujer real... eres preciosa, pero no inalcanzable. Y esa cosa que hiciste —evocó Francisco sonriendo lujuriosamente—, ese nudo con la cereza... Te diré que he guardado una copia de la foto para mi disfrute personal.
—¡Dios...! —exclamó Paula tapándose la cara con las manos.
—Oye, ¿puedes sacar unas copias para mí? —intervino Lucas—. Unos amigos me las han pedido en la tienda de surf. Cuando quisieron verte ya habían quitado la foto.
—No, no puedes —contestaron al unísono Paula y Pedro.
—Esta bien, no se pongan así —les aplacó Lucas. Paula echó un vistazo a su reloj.
—Tengo que irme, chicos. Gracias por la... lección.
Inmediatamente se alzó un coro de protestas.
—¡Pero si es prontísimo! —dijo Lucas—. ¿Qué pasa? ¿Tienes alguna cita tempranera o qué?
—La verdad es que tengo dos —contestó Paula. Pedro la miró sorprendido—. Para empezar, quedé con Zaira que haríamos ejercicio; después iremos al salón de belleza. Conociendo a Zaira, saldremos al amanecer —se lamentó.
—¿Y la otra?
—No van a creerlo —les explicó Paula—. Voy a ir a la fiesta del Century Plaza. Tendré que ponerme un vestido de gala y todo. La verdad es que si no lo hubiera visto tan apurado no habría aceptado... Ya saben lo poco que me gustan ese tipo de cosas. Espero salir airosa sin ponerme en evidencia... sobre todo después de este desagradable asunto de la página web —añadió mirando a Francisco con cara de pocos amigos.
Francisco se las arregló para fingir que estaba avergonzado, y Pedro sintió una punzada de auténticos remordimientos al acordarse de la escena en su oficina.
—Bueno, me alegro de que todos hayamos aprendido algo hoy —sentenció Paula con una radiante sonrisa—. Hasta pronto, chicos.
—Te acompañaré hasta el coche —dijo Pedro.
—No está lejos...
—No protestes.
—No se te ocurra pedirle su número —le advirtió Germán con una sonrisa—. Es una chica muy dura, te lo aseguro.
La pandilla en pleno les despidió con un coro de aullidos y silbidos. Paula puso una sonrisa de circunstancias, mientras que Pedro ni se molestó en mirarlos.
—Gracias por tu ayuda, Pedro —dijo la joven mientras abría la puerta de Gominola—. Sé que no es fácil para tí.
—¿Y por qué no habría de serlo?
—Bueno, al fin y al cabo me estás ayudando a ganarte la apuesta. Debería pagarte esos mil dólares, aunque solo fuera por las molestias que te estás tomando...
—No seas mema —gruñó Pedro—. Ya verás cómo al final lo conseguimos.
Ella asintió, estremeciéndose al sentir la fresca brisa de la noche.
—Toma, pontela —Pedro le puso su chaqueta sobre los hombros—. Vas a resfriarte como no te andes con cuidado.
—Soy una chica con suerte: tengo el mejor amigo del mundo —dijo, dándole un cariñoso abrazo.
Pedro se concentró para no abrazarla, pero parecía que sus brazos tenían voluntad propia.
—Buenas noches —le deseó Paula alegremente metiéndose por fin en el coche.
—Buenas noches —respondió Pedro. Se quedó plantado hasta que la vio enfilar la carretera principal. Después, volvió al bar temblando de frío.
—¿Dónde dejaste la chaqueta? —le preguntó Lucas.
—Se la dí a Paula. Estaba temblando.
—No me extraña —bromeó Germán—. No es que llevara mucha ropa encima precisamente... Estaba fabulosa.
—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Francisco intrigado—. ¿Se convertirá en una devora hombres?
—No creo que llegue tan lejos, pero creo que la hemos ayudado bastante. Desde luego, parecía habérselas arreglado muy bien con el tipo con el que había bailado —comentó Pedro—. Sin embargo, la veo un poco insegura, no sé qué tal le irá en la fiesta de mañana. Ojalá hubiera una forma en que pudiéramos ayudarla. Ese rollo de la página web la puso muy nerviosa —Pedro se dejaría torturar si eso evitaba que Paula volviera a sentir un dolor como el de aquella tarde.
—Un momento, chicos... —dijo Francisco de repente—. Puede que tenga la solución. Ella dijo que era en el Century Plaza, ¿no?
—Sí, eso es.
—Entonces —continuó Francisco cada vez más entusiasmado—, supongo que será la fiesta de Sheffield.
—¿Y?
—Pues que conozco al dueño de la imprenta donde se hicieron las invitaciones —declaró por fin Francisco
A Pedro le costó solo un segundo entender a dónde quería llegar su amigo. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
—Busquen sus esmóquines, caballeros —declaró, sintiéndose completamente feliz por primera vez en toda la noche—. Mañana vamos de fiesta.
Fijándose un poco más, vió que Paula mantenía a su pareja a raya sacudiendo la cabeza con firmeza. Tenía la misma expresión con la que había rechazado a Germán minutos antes: «Esto no es para tí», le estaba diciendo al hombre de forma inequívoca.
Pedro se relajó un poco.
—¿Sabes? —dijo Lucas de repente—, creo que cuando no se quiere vender algo, no debería ponerse en el escaparate.
—¿Y qué demonios se supone que quieres decir con eso? —preguntó Pedro, demasiado absorto en lo que estaba ocurriendo en la pista de baile como para entender la críptica frase de su amigo.
—Quiero decir que está preciosa, hombre. Déjala en paz.
—La estoy dejando en paz —gruñó Pedro.
—Sí, ya.
Paula se reunió con ellos cuando acabó el baile. El desconocido la seguía con expresión de cordero degollado.
—Gracias por el baile —le dijo la joven amablemente.
—¿Me darías tu número de teléfono? —preguntó el hombre haciendo acopio de valor.
—No —replicó Paula tras pensarlo un instante.
—¿Por qué no?
—Ya la escuchaste —dijo Pedro plantándosele delante, al tiempo que pasaba un brazo por los hombros de Paula—. Esfúmate.
—Esta bien, esta bien —murmuró el hombre temeroso. Después lanzó una última y esperanzada mirada a Paula—. Ví tu foto en la página web. Estoy deseando contarle a mis compañeros que bailé con la chica de la semana.
Paula miró cómo se alejaba con los ojos como platos.
—Tendrás que reconocer que era una gran foto —bromeó, Francisco.
—Sí, lo admito —replicó ella cortante—. ¿Por eso la dejaste en la red doce horas?
Francisco no parecía en absoluto arrepentido de su hazaña.
—Me pareció una buena idea: además, los chicos empezaban a estar hartos de ver a las mismas modelos semana tras semana. Ha sido un cambio refrescante.
—Sí, estoy segura —convino Paula lanzándole una mirada glacial.
—Bueno, no es que se quejaran exactamente... Una mujer buena es siempre una mujer buena —filosofó Francisco mientras mascaba un puñado de cacahuetes—. Lo que pasa es que las últimas que habíamos metido en la página eran del tipo «ponme la crema bronceadora, cariño»... me refiero a que eran de las que solo existen en las islas tropicales de los anuncios. No creo que sea fácil encontrarse con una de ellas en el supermercado, por ejemplo.
—Entonces, dejame ver si te entendí bien —dijo Paula molesta—, yo debo ser del tipo «pásame las papas fritas, cariño».
—Lo que quiero decir es que tú eres una mujer real... eres preciosa, pero no inalcanzable. Y esa cosa que hiciste —evocó Francisco sonriendo lujuriosamente—, ese nudo con la cereza... Te diré que he guardado una copia de la foto para mi disfrute personal.
—¡Dios...! —exclamó Paula tapándose la cara con las manos.
—Oye, ¿puedes sacar unas copias para mí? —intervino Lucas—. Unos amigos me las han pedido en la tienda de surf. Cuando quisieron verte ya habían quitado la foto.
—No, no puedes —contestaron al unísono Paula y Pedro.
—Esta bien, no se pongan así —les aplacó Lucas. Paula echó un vistazo a su reloj.
—Tengo que irme, chicos. Gracias por la... lección.
Inmediatamente se alzó un coro de protestas.
—¡Pero si es prontísimo! —dijo Lucas—. ¿Qué pasa? ¿Tienes alguna cita tempranera o qué?
—La verdad es que tengo dos —contestó Paula. Pedro la miró sorprendido—. Para empezar, quedé con Zaira que haríamos ejercicio; después iremos al salón de belleza. Conociendo a Zaira, saldremos al amanecer —se lamentó.
—¿Y la otra?
—No van a creerlo —les explicó Paula—. Voy a ir a la fiesta del Century Plaza. Tendré que ponerme un vestido de gala y todo. La verdad es que si no lo hubiera visto tan apurado no habría aceptado... Ya saben lo poco que me gustan ese tipo de cosas. Espero salir airosa sin ponerme en evidencia... sobre todo después de este desagradable asunto de la página web —añadió mirando a Francisco con cara de pocos amigos.
Francisco se las arregló para fingir que estaba avergonzado, y Pedro sintió una punzada de auténticos remordimientos al acordarse de la escena en su oficina.
—Bueno, me alegro de que todos hayamos aprendido algo hoy —sentenció Paula con una radiante sonrisa—. Hasta pronto, chicos.
—Te acompañaré hasta el coche —dijo Pedro.
—No está lejos...
—No protestes.
—No se te ocurra pedirle su número —le advirtió Germán con una sonrisa—. Es una chica muy dura, te lo aseguro.
La pandilla en pleno les despidió con un coro de aullidos y silbidos. Paula puso una sonrisa de circunstancias, mientras que Pedro ni se molestó en mirarlos.
—Gracias por tu ayuda, Pedro —dijo la joven mientras abría la puerta de Gominola—. Sé que no es fácil para tí.
—¿Y por qué no habría de serlo?
—Bueno, al fin y al cabo me estás ayudando a ganarte la apuesta. Debería pagarte esos mil dólares, aunque solo fuera por las molestias que te estás tomando...
—No seas mema —gruñó Pedro—. Ya verás cómo al final lo conseguimos.
Ella asintió, estremeciéndose al sentir la fresca brisa de la noche.
—Toma, pontela —Pedro le puso su chaqueta sobre los hombros—. Vas a resfriarte como no te andes con cuidado.
—Soy una chica con suerte: tengo el mejor amigo del mundo —dijo, dándole un cariñoso abrazo.
Pedro se concentró para no abrazarla, pero parecía que sus brazos tenían voluntad propia.
—Buenas noches —le deseó Paula alegremente metiéndose por fin en el coche.
—Buenas noches —respondió Pedro. Se quedó plantado hasta que la vio enfilar la carretera principal. Después, volvió al bar temblando de frío.
—¿Dónde dejaste la chaqueta? —le preguntó Lucas.
—Se la dí a Paula. Estaba temblando.
—No me extraña —bromeó Germán—. No es que llevara mucha ropa encima precisamente... Estaba fabulosa.
—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Francisco intrigado—. ¿Se convertirá en una devora hombres?
—No creo que llegue tan lejos, pero creo que la hemos ayudado bastante. Desde luego, parecía habérselas arreglado muy bien con el tipo con el que había bailado —comentó Pedro—. Sin embargo, la veo un poco insegura, no sé qué tal le irá en la fiesta de mañana. Ojalá hubiera una forma en que pudiéramos ayudarla. Ese rollo de la página web la puso muy nerviosa —Pedro se dejaría torturar si eso evitaba que Paula volviera a sentir un dolor como el de aquella tarde.
—Un momento, chicos... —dijo Francisco de repente—. Puede que tenga la solución. Ella dijo que era en el Century Plaza, ¿no?
—Sí, eso es.
—Entonces —continuó Francisco cada vez más entusiasmado—, supongo que será la fiesta de Sheffield.
—¿Y?
—Pues que conozco al dueño de la imprenta donde se hicieron las invitaciones —declaró por fin Francisco
A Pedro le costó solo un segundo entender a dónde quería llegar su amigo. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
—Busquen sus esmóquines, caballeros —declaró, sintiéndose completamente feliz por primera vez en toda la noche—. Mañana vamos de fiesta.
martes, 20 de octubre de 2015
Desafiando Al Amor: Capítulo 16
Sin embargo, aquella idea que en principio le había parecido a Pedro genial, resultó serlo solo en teoría. Para empezar, las cosas habrían ido mucho mejor si los chicos no se hubieran tomado sus papeles tan en serio.
—¡Pedro, esto es una ridiculez! —se rio Paula.
—Pues a mí me parece que Pedro ha tenido una idea súper —dijo Sean pasándole un brazo por los hombros—. Si lo que quieres es aprender a pescar a un hombre, tendrás que documentarte primero.
—Nadie dijo nada de pescar a un hombre —replicó Pedro ásperamente—. Lo que propongo es que se acostumbre a salir con ellos estando arreglada.
Y desde luego, lo estaba; llevaba un vestido color lavanda del mismo estilo que el rosa con el que había ido a trabajar el día que empezó todo aquel lío. También llevaba sandalias de tacón. Pedro ni se atrevía a mirarle las piernas, y mucho menos el escote... ni siquiera la cara. De hecho, se limitaba a fijar la vista en un punto indefinido por encima de su cabeza.
Pero el resto de los muchachos no tenía el mismo problema.
—¿Qué tal, belleza? —dijo Germán dirigiéndole su más luminosa sonrisa—. ¿Vienes mucho por aquí?
—Germán, todos estuvimos aquí el lunes pasado, ¿que no te acuerdas? ¿No estarás exagerando?
—Esta bien, esta bien —se defendió el joven—. Lo que pasa es que no estabas tan guapa como hoy.
—Pedro, esto es una estupidez —dijo levantándose y andando unos pasos. Inmediatamente varios pares de ojos quedaron prendados del meneo de sus caderas, así que se detuvo y se volvió para enfrentarlos—. Estos no son hombres de verdad, son los chicos de la pandilla, los conozco de toda la vida.
—Danos una oportunidad —bromeó Lucas.
—Sí, cielo, hazlo —rogó Francisco enarcando las cejas—. Estamos deseando darte todo nuestro amor, princesa.
—¿Princesa? ¿Cielo? ¡Dios mío! No había oído nada semejante desde que estaba en el instituto.
—Pedro—se quejó Lucas—, no se lo está tomando en serio.
—¡Es que me resulta imposible! —rió Paula. Se había pintado los labios en un tono de lo más atrevido, y también se había aplicado máscara de pestañas y sombra de ojos; fuera lo que fuese lo que había hecho, lo cierto es que había dado en el clavo. Estaba preciosa—. Desde que llegué no han hecho más que el ridículo.
—Por favor, tienen que fingir que están en una fiesta o algo parecido —les indicó Pedro, intentando que se centraran en lo que tenían entre manos. Le había prometido a Paula que la sacaría de aquel lío y pensaba conseguirlo, aunque eso significara hacerle creer que era la mujer más atractiva y femenina de la tierra—. Lo que digan los chicos no debe importarte, Paula, tú limítate a sonreír, a hacerte la interesante.
—¿Y cómo lo hago? —preguntó la joven perpleja.
—Trátalos como si fueran gusanos —Pedro se corrigió con una sonrisa: convertir a su amiga en una chica sexy no significaba inducirla a que fuera una estirada. Estaba a punto de enseñarle cómo atrapar una buena presa—. Pórtate como si fueras la mujer más hermosa del planeta, dales a entender que pierden el tiempo contigo, como si ni siquiera deberían permitirse pensar en tí.
—Oye, Pedro, eso no es justo —intervino Germán—. Así es exactamente cómo me han tratado todas las mujeres desde que empecé a salir. Yo creí que esto iba a ser más divertido.
Paula esbozó una sonrisa. Empezaba a entender el quid de la cuestión.
—¿Quieres decir que si les trato como si fueran basura, ellos me adorarán como a una diosa?
—Exacto, creo que ese es el gran secreto —Pedro sonrió al ver la expresión de deleite de su rostro. Las cosas empezaban a ponerse interesantes.
Paula volvió se encaramó a un taburete en la barra. Pedro estaba desprevenido y se quedó casi sin respiración al ver el sugestivo movimiento de sus caderas.
—Hola, preciosidad —dijo Germán volviendo a la carga.
Ella le lanzó una mirada cargada de intención, pero su voz era fría como el hielo.
—Esto no es para tí—dijo, señalando primero su cuerpo con un gesto y apuntándole después con el dedo.
Germán se retiró con una carcajada. Inmediatamente Francisco ocupó su puesto.
—Perdone, señorita, ¿podría prestarme 35 centavos? Mi madre me pidió que la llamara cuando me enamorara...
Paula rebuscó en su bolso y le dió tres monedas.
—Aquí tiene. Después de hablar con ella, intente llamar a alguien a quien le importe.
—¡Es muy buena! —dijo Lucas acercándose a ocupar el puesto de Francisco—. Ahora voy yo: ¿Está usted cansada, señorita? Lo digo porque lleva rondándome por la cabeza toda la noche.
—De acuerdo, tú ganas. Bailaré contigo.
Lucas le dió un cariñoso abrazo y la condujo a la pista.
—Siempre funciona —dijo a sus camaradas por encima del hombro.
Pedro se fijó en que la mayoría de los hombres presentes miraban a Paula como si se la quisieran comer con los ojos. Rogó a los cielos por no tener la misma expresión.
No quería sentirse atraído por ella, no quería que las cosas cambiaran. Habían sido amigos desde que tenían uso de razón, así que convocó en su memoria la imagen de una pecosa niña de ocho años. Cuando eso no le funcionó, evocó a la adolescente larguirucha, con vaqueros y camisetas dadas de sí.
A decir verdad, nunca se había permitido pensar en Paula como en una mujer. Por primera vez, no le quedaba más remedio que enfrentarse a esa realidad. Su transformación era tan evidente como una bofetada en pleno rostro.
Paula se echó a reír por algo que Lucas decía. Estaba preciosa; feliz, vibrante, increíblemente viva.
La deseaba.
«Puedes pensar lo que quieras», le dijo una vocecita en su interior, «pero ni se te ocurra pasar a la acción. Es tu amiga, acuérdate».
Odiaba tener que admitirlo, pero esa vocecita tenía toda la razón. Aquella era la piedra de toque en la que se basaba toda su filosofía: las mujeres van y vienen, pero los amigos son para siempre. Después de lo ocurrido aquel día, intuía mejor que nunca lo que le esperaba si perdía la amistad de Paula. Aunque siempre había pensado que sería dramático cuando ella se casara y, no pudieran pasar juntos casi todo el tiempo, mucho peor sería no volver a verla nunca más.
No podía engañarse a sí mismo: la mayor parte de las relaciones que había tenido habían durado muy poco tiempo, y las que habían resistido algo más habían terminado entre terribles peleas. Y jamás había vuelto a ver a ninguna de sus novias. No quería correr el mismo riesgo con Paula. Y si acababan pasando a mayores, sería eso precisamente lo que estaría haciendo.
Cada vez estaba más convencido de que tenía que evitar como fuera cualquier contacto físico con ella. Sería su amigo, nada más.
Cuando acabó el baile, Sean tomó de la mano a Paula para llevarla hasta la barra, sonriendo como un bobo. Pero antes incluso de que hubieran salido de la pista, un hombre se plantó ante ellos.
Pedro se quedó mirándolos petrificado.
Paula se quedó boquiabierta al ver que el desconocido la estaba invitando a bailar. Nerviosa, miró a Lucas en busca de ayuda, pero el joven se limitó a encogerse de hombros. Indecisa, se mordió el labio, hasta que por fin, encogiéndose a su vez de hombros, aceptó la invitación.
Lucas llegó a la altura de Pedro, que había contemplado toda la escena sin poder dar crédito a sus ojos.
—¿Qué te parece? Casi ni habíamos acabado de bailar y viene ese tipo y se abalanza para llevarse a Paula delante de mis narices.
—¿Se puede saber en qué estabas pensando? —le gritó—. ¡La has dejado a merced de un completo desconocido!
—¿Y? —preguntó Lucas confundido—. Creo que se las está arreglando muy bien. Al fin y al cabo, ¿no era este nuestro objetivo?
Pedro se dió cuenta de que el hombre hacía todo lo posible por arrimarse a Paula, con el pretexto de decirle algo al oído. Sin pensárselo dos veces, se levantó para acercarse a la pista y partirle la cara a aquel sinvergüenza.
—¡Pedro, esto es una ridiculez! —se rio Paula.
—Pues a mí me parece que Pedro ha tenido una idea súper —dijo Sean pasándole un brazo por los hombros—. Si lo que quieres es aprender a pescar a un hombre, tendrás que documentarte primero.
—Nadie dijo nada de pescar a un hombre —replicó Pedro ásperamente—. Lo que propongo es que se acostumbre a salir con ellos estando arreglada.
Y desde luego, lo estaba; llevaba un vestido color lavanda del mismo estilo que el rosa con el que había ido a trabajar el día que empezó todo aquel lío. También llevaba sandalias de tacón. Pedro ni se atrevía a mirarle las piernas, y mucho menos el escote... ni siquiera la cara. De hecho, se limitaba a fijar la vista en un punto indefinido por encima de su cabeza.
Pero el resto de los muchachos no tenía el mismo problema.
—¿Qué tal, belleza? —dijo Germán dirigiéndole su más luminosa sonrisa—. ¿Vienes mucho por aquí?
—Germán, todos estuvimos aquí el lunes pasado, ¿que no te acuerdas? ¿No estarás exagerando?
—Esta bien, esta bien —se defendió el joven—. Lo que pasa es que no estabas tan guapa como hoy.
—Pedro, esto es una estupidez —dijo levantándose y andando unos pasos. Inmediatamente varios pares de ojos quedaron prendados del meneo de sus caderas, así que se detuvo y se volvió para enfrentarlos—. Estos no son hombres de verdad, son los chicos de la pandilla, los conozco de toda la vida.
—Danos una oportunidad —bromeó Lucas.
—Sí, cielo, hazlo —rogó Francisco enarcando las cejas—. Estamos deseando darte todo nuestro amor, princesa.
—¿Princesa? ¿Cielo? ¡Dios mío! No había oído nada semejante desde que estaba en el instituto.
—Pedro—se quejó Lucas—, no se lo está tomando en serio.
—¡Es que me resulta imposible! —rió Paula. Se había pintado los labios en un tono de lo más atrevido, y también se había aplicado máscara de pestañas y sombra de ojos; fuera lo que fuese lo que había hecho, lo cierto es que había dado en el clavo. Estaba preciosa—. Desde que llegué no han hecho más que el ridículo.
—Por favor, tienen que fingir que están en una fiesta o algo parecido —les indicó Pedro, intentando que se centraran en lo que tenían entre manos. Le había prometido a Paula que la sacaría de aquel lío y pensaba conseguirlo, aunque eso significara hacerle creer que era la mujer más atractiva y femenina de la tierra—. Lo que digan los chicos no debe importarte, Paula, tú limítate a sonreír, a hacerte la interesante.
—¿Y cómo lo hago? —preguntó la joven perpleja.
—Trátalos como si fueran gusanos —Pedro se corrigió con una sonrisa: convertir a su amiga en una chica sexy no significaba inducirla a que fuera una estirada. Estaba a punto de enseñarle cómo atrapar una buena presa—. Pórtate como si fueras la mujer más hermosa del planeta, dales a entender que pierden el tiempo contigo, como si ni siquiera deberían permitirse pensar en tí.
—Oye, Pedro, eso no es justo —intervino Germán—. Así es exactamente cómo me han tratado todas las mujeres desde que empecé a salir. Yo creí que esto iba a ser más divertido.
Paula esbozó una sonrisa. Empezaba a entender el quid de la cuestión.
—¿Quieres decir que si les trato como si fueran basura, ellos me adorarán como a una diosa?
—Exacto, creo que ese es el gran secreto —Pedro sonrió al ver la expresión de deleite de su rostro. Las cosas empezaban a ponerse interesantes.
Paula volvió se encaramó a un taburete en la barra. Pedro estaba desprevenido y se quedó casi sin respiración al ver el sugestivo movimiento de sus caderas.
—Hola, preciosidad —dijo Germán volviendo a la carga.
Ella le lanzó una mirada cargada de intención, pero su voz era fría como el hielo.
—Esto no es para tí—dijo, señalando primero su cuerpo con un gesto y apuntándole después con el dedo.
Germán se retiró con una carcajada. Inmediatamente Francisco ocupó su puesto.
—Perdone, señorita, ¿podría prestarme 35 centavos? Mi madre me pidió que la llamara cuando me enamorara...
Paula rebuscó en su bolso y le dió tres monedas.
—Aquí tiene. Después de hablar con ella, intente llamar a alguien a quien le importe.
—¡Es muy buena! —dijo Lucas acercándose a ocupar el puesto de Francisco—. Ahora voy yo: ¿Está usted cansada, señorita? Lo digo porque lleva rondándome por la cabeza toda la noche.
—De acuerdo, tú ganas. Bailaré contigo.
Lucas le dió un cariñoso abrazo y la condujo a la pista.
—Siempre funciona —dijo a sus camaradas por encima del hombro.
Pedro se fijó en que la mayoría de los hombres presentes miraban a Paula como si se la quisieran comer con los ojos. Rogó a los cielos por no tener la misma expresión.
No quería sentirse atraído por ella, no quería que las cosas cambiaran. Habían sido amigos desde que tenían uso de razón, así que convocó en su memoria la imagen de una pecosa niña de ocho años. Cuando eso no le funcionó, evocó a la adolescente larguirucha, con vaqueros y camisetas dadas de sí.
A decir verdad, nunca se había permitido pensar en Paula como en una mujer. Por primera vez, no le quedaba más remedio que enfrentarse a esa realidad. Su transformación era tan evidente como una bofetada en pleno rostro.
Paula se echó a reír por algo que Lucas decía. Estaba preciosa; feliz, vibrante, increíblemente viva.
La deseaba.
«Puedes pensar lo que quieras», le dijo una vocecita en su interior, «pero ni se te ocurra pasar a la acción. Es tu amiga, acuérdate».
Odiaba tener que admitirlo, pero esa vocecita tenía toda la razón. Aquella era la piedra de toque en la que se basaba toda su filosofía: las mujeres van y vienen, pero los amigos son para siempre. Después de lo ocurrido aquel día, intuía mejor que nunca lo que le esperaba si perdía la amistad de Paula. Aunque siempre había pensado que sería dramático cuando ella se casara y, no pudieran pasar juntos casi todo el tiempo, mucho peor sería no volver a verla nunca más.
No podía engañarse a sí mismo: la mayor parte de las relaciones que había tenido habían durado muy poco tiempo, y las que habían resistido algo más habían terminado entre terribles peleas. Y jamás había vuelto a ver a ninguna de sus novias. No quería correr el mismo riesgo con Paula. Y si acababan pasando a mayores, sería eso precisamente lo que estaría haciendo.
Cada vez estaba más convencido de que tenía que evitar como fuera cualquier contacto físico con ella. Sería su amigo, nada más.
Cuando acabó el baile, Sean tomó de la mano a Paula para llevarla hasta la barra, sonriendo como un bobo. Pero antes incluso de que hubieran salido de la pista, un hombre se plantó ante ellos.
Pedro se quedó mirándolos petrificado.
Paula se quedó boquiabierta al ver que el desconocido la estaba invitando a bailar. Nerviosa, miró a Lucas en busca de ayuda, pero el joven se limitó a encogerse de hombros. Indecisa, se mordió el labio, hasta que por fin, encogiéndose a su vez de hombros, aceptó la invitación.
Lucas llegó a la altura de Pedro, que había contemplado toda la escena sin poder dar crédito a sus ojos.
—¿Qué te parece? Casi ni habíamos acabado de bailar y viene ese tipo y se abalanza para llevarse a Paula delante de mis narices.
—¿Se puede saber en qué estabas pensando? —le gritó—. ¡La has dejado a merced de un completo desconocido!
—¿Y? —preguntó Lucas confundido—. Creo que se las está arreglando muy bien. Al fin y al cabo, ¿no era este nuestro objetivo?
Pedro se dió cuenta de que el hombre hacía todo lo posible por arrimarse a Paula, con el pretexto de decirle algo al oído. Sin pensárselo dos veces, se levantó para acercarse a la pista y partirle la cara a aquel sinvergüenza.
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