A Paula no se le ocurrió nada que pudiera consolarlo, y se agachó a su lado con la cabeza apoyada en su hombro mientras él seguía ordeñando a la vaca.
—¡Mamá, ya hemos vuelto!
Paula saltó de la mesa y casi tiró a Pedro al suelo al salir corriendo hacia la puerta. Entró en el vestíbulo, y Valentina se lanzó a sus brazos.
—Te he echado de menos, Valentina —la abrazó con fuerza.
Pedro se quedó mirándolas con una sonrisa y esperando su turno para abrazarla. La puerta volvió a abrirse de golpe y vio que Felipe también se abalanzaba sobre su madre. Un hombre lo siguió de cerca, y Pedro deseó haberse quedado en la cocina. El hombre parecía más listo que un vendedor de coches usados e iba vestido como un auténtico gigoló. Tenía el pelo peinado hacia atrás con gomina y la camisa de seda que llevaba estaba medio desabotonada para que se viera una cadena de oro enorme y un triángulo de pecho sin pelos. Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no escupir a sus pies.
Valentina extendió los brazos hacia Pedro.
—¡Pedro! Me lo he pasado de maravilla en Houston.
Pedro alargó los brazos sin quitar ojo del hombre que tenía el ceño fruncido y también lo observaba con recelo. Valentina se echó en los brazos de Pedro mientras Paula abrazaba a Felipe. El hombre frunció más el ceño al ver que Valentina rodeaba el cuello de Pedro con los brazos.
—¿De verdad? —Pedro miró a Valentina y le sonrió—. ¿Qué has hecho?
—Fuimos a patinar sobre hielo y al parque de atracciones, comimos comida mexicana en un sitio de moda y fuimos al cine.
—¿Has tenido tiempo para dormir? —bromeó él.
Valentina soltó una risita y le dio un golpe con el hombro.
—Claro que sí, tonto.
—¿Quién es tu amigo, Paula? —preguntó secamente el hombre.
Paula lo miró con sorpresa por encima del hombro de Felipe. Nunca había oído un tono celoso en su voz, aunque tampoco le había dado motivos.
—Es Pedro Alfonso, nuestro vecino. Pedro, te presentó al padre de los niños, Martín Rodríguez.
Aunque habría preferido desdeñarlo, Pedro se apoyó a Valentina en la cadera y extendió la mano.
—Encantado de conocerte —mintió.
Martín estrechó la mano con más fuerza de la necesaria, y Pedro aprovechó para corresponderle. Sintió un placer íntimo al ver el gesto del otro hombre.
Martín se apartó abriendo y cerrando la mano.
—Las bolsas de los niños están en el maletero del coche —farfulló.
—Te ayudaré a sacarlas —se ofreció Paula.
—Yo iré —intervino Pedro mientras dejaba a Valentina en el suelo.
—No —Paula lo detuvo con una mano en el hombro—. Creo que es mejor que vaya yo.
Pedro vio cómo salía con Martín y sintió una punzada de celos.
—Hay galletas recién hechas en la mesa —comentó a los chicos.
Ellos salieron corriendo a la cocina, y él fue a la puerta de entrada. Se quedó apoyado en el marco mientras veía a Pete que abría el maletero de un Lexus resplandeciente. Él movió la boca mientras sacaba una de las bolsas, pero no pudo entender lo que decía. Era evidente que estaba furioso por algo. Cerró el maletero con un golpe y se volvió hacia Paula con la cara desencajada. Ella, con las piernas separadas y los brazos cruzados, lo miró desafiantemente.
Cuando oyó la palabra «zorra», Pedro se apartó del marco de la puerta. No tenía que oír nada más.
Entrecerró los ojos y avanzó por el camino con paso rápido y firme.
Martín cerró el puño, y Pedro echó a correr, saltó la valla y detuvo el puño antes de que alcanzara su objetivo, la cara de Paula.
—Yo no lo haría si fueras tú.
Martín intentó zafarse.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—He decidido que tenga que ver —replicó él con. Con tono sereno pero implacable—. ¿Por qué no te montas en tu precioso coche y te largas antes de que tenga que machacarte tu preciosa carita?
Martín se soltó, frotándose la mano que le había estrujado Pedro y mirándolo con los ojos como ascuas. Estaba claro que quería pelea, pero debió percibir algo que le hizo cambiar de idea, porque se dio la vuelta y se montó en el coche. Puso el motor en marcha y salió hacia atrás entre una nube de polvo y gravilla.
Pedro oyó a Paula que suspiraba.
—¿Estás bien?
—Si —ella volvió a suspirar, lo miró y luego miró al coche que se alejaba—. Nunca había hecho eso —susurró casi para sí misma—. Se ha enfadado muchas veces, pero nunca me había levantado la mano para pegarme.
Pedro también miró al coche que iba desapareciendo en la distancia.
—Te llamó zorra.
—Me ha llamado cosas peores.
—No que yo haya oído —replicó él con rabia mientras le tomaba la cara entre las manos—. Estaba furioso por verme aquí, ¿verdad?
Paula asintió con la cabeza, unas lágrimas le rebosaron de los ojos y la barbilla le tembló.
martes, 8 de septiembre de 2015
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 23
Dejó el libro a un lado y volvió a rebuscar en la caja. Se dijo que no era asunto suyo, que ella tenía que limitarse a llevarle las cuentas. El dinero que le mandara a su ex mujer no era de su incumbencia. Aun así, la pregunta de «por qué» siguió rondándole en la cabeza.
Agarró el libro Y todos los documentos que pudo y salió de puntillas para irse a su despacho. Encendió el ordenador y volvió a la sala a por el resto de papeles.
Extendió todos en la mesa y empezó a cuadrar las cuentas gracias a la experiencia de los dos años que había trabajado en la empresa de Houston y al programa de ordenador que había comprado.
Estaba tan absorta, que no se enteró de que, unas horas más tarde, Pedro entró en el despacho y se puso detrás de su silla. Apoyó la mejilla en la de ella y Paula se asustó.
—Un ladrón podría vaciarte la casa sin que te enteraras.
Ella se dejó caer contra el respaldo, suspiró y le acarició la otra mejilla.
—No creo.
Pedro le tomó la mano y le dio un beso en la palma.
—¿Te apetece un poco de diversión?
Ella lo miró con los ojos como platos.
—¡Pedro, eres insaciable!
Ella giró la silla, lo agarró de la hebilla del cinturón y lo sentó en su regazo.
—Me parece que has confundido los papeles. ¿No es el jefe el que sienta a la secretaria en el regazo?
Paula le rodeó el cuello con los brazos y le bajó la cara.
—No soy tu secretaria; soy tu contable.
Él la besó en los labios y le hizo cosquillas con el bigote.
—Da lo mismo.
Paula notó que el vientre empezaba a arderle, y suspiró contra la boca de él.
—¿Te das cuenta de que estas interrumpiendo mi trabajo?
Él chasqueó la lengua y esbozó una ligera sonrisa.
—No pares el contador, yo pago.
Paula se rió y le empujó burlonamente la barbilla.
—¿No deberías contar el ganado o algo así?
—Reconozco que sí debería —sonrió—. Me acompañarás, ¿verdad?
Paula miró la pantalla del ordenador y comprendió que prefería estar con él.
—¿Tendré que dar de comer a algún ternero?
—Creo que podría concederte ese privilegio.
En cuestión de segundos, había apagado el ordenador y lo acompañaba hacia la camioneta. Él abrió la puerta del conductor, pero no se montó.
—Atajaremos por el pasto y contaremos las vacas antes de ir a mi casa. Abriré la cerca. Tú pasa con la camioneta.
Paula encendió el motor, apretó el embrague y metió la primera. No había conducido nunca una camioneta y se quedó muy satisfecha de cómo lo hizo. Paso al lado de Pedro, le sonrió y cruzó la cerca. Él abrió la puerta y ella empezó a moverse hacia el asiento del acompañante, pero él la agarró del brazo y la retuvo a su lado. Paula se sintió feliz de que quisiera tenerla cerca, y apoyó la mano en su rodilla. Avanzaron dando botes, y Pedro contó en silencio las vacas. Cuando comprobó que estaban todas, puso rumbo hacia sus tierras y los establos.
Por el camino, Paula volvió a pensar en los extraños pagos que él le hacía a su ex mujer. Como sabía que no se quedaría contenta hasta saber el motivo, decidió que lo más sencillo era preguntárselo.
—Pedro—le dijo ella cuando se bajaron al llegar a los establos—. Cuando estaba trabajando con tus cuentas, me fijé en un pago que haces todos los meses a tu ex mujer. ¿Cómo quieres que lo denomine?
Pedro se puso en tensión, se dió la vuelta y se entretuvo sacando un rollo de alambre de espinos de la camioneta.
—Es un pasivo —farfulló él.
—Eso ya lo sé, pero ¿a qué responde?
Cuando la miró, tenía los ojos duros como el cristal.
—¿Tiene alguna importancia?
—No… —balbució. Antes de indignarse por su cobardía—. Claro que la tiene. Si voy a llevarte las cuentas, tengo que saber en qué y por qué te gastas el dinero.
Pedro la miro fijamente con las mandíbulas muy apretadas.
—Es parte del acuerdo de divorcio —replico él lacónicamente antes de darse la vuelta y dirigirse hacia los establos.
Paula se quedó mirando su espalda y salió corriendo para alcanzarlo.
—¿Tu acuerdo de divorcio? Creía que llevabas años divorciado.
—Diez, para ser más exactos—replicó él.
Dejó el alambre de espinos en un rincón, agarró un cubo y empezó a preparar la mezcla para dar de comer al ternero.
—Cuando nos divorciamos, Dolores pidió la mitad de todo lo que yo tenía. Le dio igual que las tierras hubieran sido de mi familia durante años. El tribunal sentenció que le correspondía la mitad de su valor. Yo no tenía el dinero y me negué a venderlo todo para darle la mitad. Ante la insistencia del tribunal, acepté pagarle una cantidad mensual hasta que saldara la deuda —tiró el palo con el que hacia la mezcla y levantó el cubo—. Como dije, es un pasivo —concluyó con el ceño fruncido.
Paula, con la sensación de que la furia iba dirigida en parte hacia ella, entró en el establo, donde el ternero esperaba su comida. En el establo de al lado podía oír la voz de Pedro, que tranquilizaba a la madre del ternero.
—Toma, chiquitín. Bébete la leche —susurró ella.
El ternero empezó a ******* inmediatamente. Paula miró de reojo a Pedro por las ranuras que había entre los tablones. Estaba agachado junto a la vaca con las doloridas ubres entre las manos. Podía notar la tensión en su espalda, una tensión que le había causado ella. Sin embargo, era todo delicadeza con la vaca. Paula notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Ya sabía que él era amable y delicado. Su equidad y honradez se comprobaba con la regularidad de los pagos que hacía a su ex mujer. Ella, en cambio, lo había alterado con sus preguntas.
—Pedro… —le llamó en voz baja.
—¿Qué?
—Lo siento.
Vio que le subían y bajaban los hombros por la desazón.
—No tienes nada que sentir.
El ternero dio un cabezazo de impaciencia, y Paula comprobó que el cubo estaba vacío. Lo dejó en el suelo y fue al establo donde estaba Pedro.
—Sí lo tengo —apoyó una mano en su hombro y notó que se ponía tenso, pero no la apartó—. He sacado un tema que, evidentemente, es doloroso para tí, y lo siento.
Los músculos de su hombro se relajaron lentamente y se dio un poco la vuelta para mirarla.
—Lo que pasó entre Dolores y yo no tiene nada que ver contigo. Lo que me desespera es tener que pagarle con los beneficios que saco de un sitio que ella detestaba y estaba deseando perder de vista —sacudió la cabeza con tristeza y se volvió hacia la vaca—. Nunca hizo ademán de ayudarme con las tareas de aquí.
Se pasaba el día en la casa, esperando su momento y tramando su fuga mientras yo me mataba a trabajar para sacar rentabilidad a esto.
Agarró el libro Y todos los documentos que pudo y salió de puntillas para irse a su despacho. Encendió el ordenador y volvió a la sala a por el resto de papeles.
Extendió todos en la mesa y empezó a cuadrar las cuentas gracias a la experiencia de los dos años que había trabajado en la empresa de Houston y al programa de ordenador que había comprado.
Estaba tan absorta, que no se enteró de que, unas horas más tarde, Pedro entró en el despacho y se puso detrás de su silla. Apoyó la mejilla en la de ella y Paula se asustó.
—Un ladrón podría vaciarte la casa sin que te enteraras.
Ella se dejó caer contra el respaldo, suspiró y le acarició la otra mejilla.
—No creo.
Pedro le tomó la mano y le dio un beso en la palma.
—¿Te apetece un poco de diversión?
Ella lo miró con los ojos como platos.
—¡Pedro, eres insaciable!
Ella giró la silla, lo agarró de la hebilla del cinturón y lo sentó en su regazo.
—Me parece que has confundido los papeles. ¿No es el jefe el que sienta a la secretaria en el regazo?
Paula le rodeó el cuello con los brazos y le bajó la cara.
—No soy tu secretaria; soy tu contable.
Él la besó en los labios y le hizo cosquillas con el bigote.
—Da lo mismo.
Paula notó que el vientre empezaba a arderle, y suspiró contra la boca de él.
—¿Te das cuenta de que estas interrumpiendo mi trabajo?
Él chasqueó la lengua y esbozó una ligera sonrisa.
—No pares el contador, yo pago.
Paula se rió y le empujó burlonamente la barbilla.
—¿No deberías contar el ganado o algo así?
—Reconozco que sí debería —sonrió—. Me acompañarás, ¿verdad?
Paula miró la pantalla del ordenador y comprendió que prefería estar con él.
—¿Tendré que dar de comer a algún ternero?
—Creo que podría concederte ese privilegio.
En cuestión de segundos, había apagado el ordenador y lo acompañaba hacia la camioneta. Él abrió la puerta del conductor, pero no se montó.
—Atajaremos por el pasto y contaremos las vacas antes de ir a mi casa. Abriré la cerca. Tú pasa con la camioneta.
Paula encendió el motor, apretó el embrague y metió la primera. No había conducido nunca una camioneta y se quedó muy satisfecha de cómo lo hizo. Paso al lado de Pedro, le sonrió y cruzó la cerca. Él abrió la puerta y ella empezó a moverse hacia el asiento del acompañante, pero él la agarró del brazo y la retuvo a su lado. Paula se sintió feliz de que quisiera tenerla cerca, y apoyó la mano en su rodilla. Avanzaron dando botes, y Pedro contó en silencio las vacas. Cuando comprobó que estaban todas, puso rumbo hacia sus tierras y los establos.
Por el camino, Paula volvió a pensar en los extraños pagos que él le hacía a su ex mujer. Como sabía que no se quedaría contenta hasta saber el motivo, decidió que lo más sencillo era preguntárselo.
—Pedro—le dijo ella cuando se bajaron al llegar a los establos—. Cuando estaba trabajando con tus cuentas, me fijé en un pago que haces todos los meses a tu ex mujer. ¿Cómo quieres que lo denomine?
Pedro se puso en tensión, se dió la vuelta y se entretuvo sacando un rollo de alambre de espinos de la camioneta.
—Es un pasivo —farfulló él.
—Eso ya lo sé, pero ¿a qué responde?
Cuando la miró, tenía los ojos duros como el cristal.
—¿Tiene alguna importancia?
—No… —balbució. Antes de indignarse por su cobardía—. Claro que la tiene. Si voy a llevarte las cuentas, tengo que saber en qué y por qué te gastas el dinero.
Pedro la miro fijamente con las mandíbulas muy apretadas.
—Es parte del acuerdo de divorcio —replico él lacónicamente antes de darse la vuelta y dirigirse hacia los establos.
Paula se quedó mirando su espalda y salió corriendo para alcanzarlo.
—¿Tu acuerdo de divorcio? Creía que llevabas años divorciado.
—Diez, para ser más exactos—replicó él.
Dejó el alambre de espinos en un rincón, agarró un cubo y empezó a preparar la mezcla para dar de comer al ternero.
—Cuando nos divorciamos, Dolores pidió la mitad de todo lo que yo tenía. Le dio igual que las tierras hubieran sido de mi familia durante años. El tribunal sentenció que le correspondía la mitad de su valor. Yo no tenía el dinero y me negué a venderlo todo para darle la mitad. Ante la insistencia del tribunal, acepté pagarle una cantidad mensual hasta que saldara la deuda —tiró el palo con el que hacia la mezcla y levantó el cubo—. Como dije, es un pasivo —concluyó con el ceño fruncido.
Paula, con la sensación de que la furia iba dirigida en parte hacia ella, entró en el establo, donde el ternero esperaba su comida. En el establo de al lado podía oír la voz de Pedro, que tranquilizaba a la madre del ternero.
—Toma, chiquitín. Bébete la leche —susurró ella.
El ternero empezó a ******* inmediatamente. Paula miró de reojo a Pedro por las ranuras que había entre los tablones. Estaba agachado junto a la vaca con las doloridas ubres entre las manos. Podía notar la tensión en su espalda, una tensión que le había causado ella. Sin embargo, era todo delicadeza con la vaca. Paula notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Ya sabía que él era amable y delicado. Su equidad y honradez se comprobaba con la regularidad de los pagos que hacía a su ex mujer. Ella, en cambio, lo había alterado con sus preguntas.
—Pedro… —le llamó en voz baja.
—¿Qué?
—Lo siento.
Vio que le subían y bajaban los hombros por la desazón.
—No tienes nada que sentir.
El ternero dio un cabezazo de impaciencia, y Paula comprobó que el cubo estaba vacío. Lo dejó en el suelo y fue al establo donde estaba Pedro.
—Sí lo tengo —apoyó una mano en su hombro y notó que se ponía tenso, pero no la apartó—. He sacado un tema que, evidentemente, es doloroso para tí, y lo siento.
Los músculos de su hombro se relajaron lentamente y se dio un poco la vuelta para mirarla.
—Lo que pasó entre Dolores y yo no tiene nada que ver contigo. Lo que me desespera es tener que pagarle con los beneficios que saco de un sitio que ella detestaba y estaba deseando perder de vista —sacudió la cabeza con tristeza y se volvió hacia la vaca—. Nunca hizo ademán de ayudarme con las tareas de aquí.
Se pasaba el día en la casa, esperando su momento y tramando su fuga mientras yo me mataba a trabajar para sacar rentabilidad a esto.
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 22
—Pedro…
—Mmm…
—El agua esta enfriándose.
Abrió un ojo, pero volvió a cerrarlo como si cualquier esfuerzo exigiera más energía de la que tenía.
—Eso parece —murmuró él mientras le pasaba la nariz por el cuello.
Ella lo agarró de las orejas entre risas y le levantó la cara.
—Si no salimos pronto, vamos a congelarnos.
—Creo que tienes razón.
Suspiró, apoyó una mano en la pared y se levantó tirando de Paula con él. Cerró el grifo y sacudió todo el cuerpo para quitarse el agua. Agarró las toallas que había dejado colgadas de la puerta, le dio una a Paula y se frotó con fuerza mientras sonreía al ver que ella hacía lo mismo.
—¿Ya estás limpia?
Ella se rió y se miró la piel arrugada de los brazos.
—Más bien, parezco una uva pasa.
Pedro la agarró de la mano, la sacó y se detuvo sólo para recoger el farol.
Se paró al lado de la cama y dejó el farol en la mesilla de noche. Abrió la cama y la estrechó contra sí.
Ella notó un jadeo que nació muy dentro de él y ascendió hasta que le vibró en los labios.
—Ahora que estamos limpios —susurró él—. Puedo hacer el amor contigo.
Paula, atónita, miró hacia la puerta del cuarto de baño.
—Pero, acabas de hacerlo…
Él sonrió levemente, la agarró del trasero y la estrechó contra su erección.
—Eso, querida, sólo ha sido el calentamiento.
El sábado por la tarde, Paula estaba sentada en el suelo de la sala, delante de la televisión y con la caja con los documentos de Pedro contra las rodillas. En el suelo también había un semicírculo de montones de papeles en donde iba dejando los distintos documentos.
Aunque había pasado la noche en casa de Pedro, esa mañana volvió a su casa por temor a que sus hijos llamaran por teléfono y ella no estuviera.
—Deberías estar avergonzado.
Pedro, que estaba tumbado en el sofá viendo un partido de béisbol, bostezó.
—¿Por qué?
Ella se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—Por ser un empresario tan malo.
Pedro, ofendido, se recostó en un codo.
—¿Cómo dices?
—¿Cómo llamarías a todo este desorden? —Paula señaló los papeles que tenía delante.
—Un desorden, pero eso no me convierte en un mal empresario.
Paula resopló, sacudió la cabeza y sacó un libro de cuentas. Lo abrió sobre las rodillas y lo hojeó. El libro tenía fecha del 3l de diciembre del año anterior y, evidentemente, lo había preparado alguien que no era Pedro porque estaba dividido en distintas partes muy bien diferenciadas. Activo. Pasivo. Ingresos y gastos. Cada parte estaba llena de filas y columnas de números obtenidos por ordenador.
Echó una ojeada a cada página para conocer los métodos de los otros contables de Pedro. Entre los activos estaban la casa, las tierras, los edificios repartidos por las tierras, los tractores y todo el material, así como un recuento del ganado que tenía en ese momento y los saldos de distintas cuentas bancarias. Las cifras que aparecían en cada apartado eran impresionantes, y el total, mareante. Sobre el papel, ese hombre valía una fortuna. Era muy sencillo, y ella nunca lo habría dicho. Lo miró de soslayo y comprobó que tenía los ojos cerrados. Sacudió la cabeza y miró el pasivo. Buscó alguna deuda por el material y el ganado o una hipoteca por la casa y las tierras, pero no las encontró anotadas. Sólo encontró dos listados. Uno era un préstamo del banco de Temptation por diez mil dólares. Buscó entre los papeles y encontró los documentos del banco. Los comparó con el libro de cuentas y se dio cuenta de que sólo le habían pedido la firma como garantía. Volvió a mirar el libro y comprobó que el otro pasivo estaba a nombre de Dolores Alfonso Hendrix. La cantidad dejó a Paula sin respiración. ¿Por qué le debía tanto dinero a su ex mujer?
Pasó a los Ingresos y Gastos. En Ingresos constaban los generados por la venta del ganado. La columna de Gastos era bien distinta. Naturalmente, estaban las facturas de pienso y grano, las del veterinario y las de una empresa de material de un pueblo cercano, además de las de otros productos varios. Sin embargo, lo que le llamó la atención fue la cantidad que pagada a Dolores Alfonso Hendrix. ¿Era la manutención de los hijos? Volvió a mirar a Pedro. Estaba dormido con la mano debajo de la mejilla. Volvió a concentrarse en el libro de cuentas. Analizó la cantidad y la periodicidad de los pagos y pensó que no podía ser sólo la manutención de los hijos. ¿Una pensión alimenticia? Decidió que no podía ser. Puesto que el apellido Hendrix aparecía detrás del de Alfonso, su ex mujer, evidentemente, había vuelto a casarse y no tenía derecho a una pensión. Entonces, ¿qué estaba pagándole?
—Mmm…
—El agua esta enfriándose.
Abrió un ojo, pero volvió a cerrarlo como si cualquier esfuerzo exigiera más energía de la que tenía.
—Eso parece —murmuró él mientras le pasaba la nariz por el cuello.
Ella lo agarró de las orejas entre risas y le levantó la cara.
—Si no salimos pronto, vamos a congelarnos.
—Creo que tienes razón.
Suspiró, apoyó una mano en la pared y se levantó tirando de Paula con él. Cerró el grifo y sacudió todo el cuerpo para quitarse el agua. Agarró las toallas que había dejado colgadas de la puerta, le dio una a Paula y se frotó con fuerza mientras sonreía al ver que ella hacía lo mismo.
—¿Ya estás limpia?
Ella se rió y se miró la piel arrugada de los brazos.
—Más bien, parezco una uva pasa.
Pedro la agarró de la mano, la sacó y se detuvo sólo para recoger el farol.
Se paró al lado de la cama y dejó el farol en la mesilla de noche. Abrió la cama y la estrechó contra sí.
Ella notó un jadeo que nació muy dentro de él y ascendió hasta que le vibró en los labios.
—Ahora que estamos limpios —susurró él—. Puedo hacer el amor contigo.
Paula, atónita, miró hacia la puerta del cuarto de baño.
—Pero, acabas de hacerlo…
Él sonrió levemente, la agarró del trasero y la estrechó contra su erección.
—Eso, querida, sólo ha sido el calentamiento.
El sábado por la tarde, Paula estaba sentada en el suelo de la sala, delante de la televisión y con la caja con los documentos de Pedro contra las rodillas. En el suelo también había un semicírculo de montones de papeles en donde iba dejando los distintos documentos.
Aunque había pasado la noche en casa de Pedro, esa mañana volvió a su casa por temor a que sus hijos llamaran por teléfono y ella no estuviera.
—Deberías estar avergonzado.
Pedro, que estaba tumbado en el sofá viendo un partido de béisbol, bostezó.
—¿Por qué?
Ella se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—Por ser un empresario tan malo.
Pedro, ofendido, se recostó en un codo.
—¿Cómo dices?
—¿Cómo llamarías a todo este desorden? —Paula señaló los papeles que tenía delante.
—Un desorden, pero eso no me convierte en un mal empresario.
Paula resopló, sacudió la cabeza y sacó un libro de cuentas. Lo abrió sobre las rodillas y lo hojeó. El libro tenía fecha del 3l de diciembre del año anterior y, evidentemente, lo había preparado alguien que no era Pedro porque estaba dividido en distintas partes muy bien diferenciadas. Activo. Pasivo. Ingresos y gastos. Cada parte estaba llena de filas y columnas de números obtenidos por ordenador.
Echó una ojeada a cada página para conocer los métodos de los otros contables de Pedro. Entre los activos estaban la casa, las tierras, los edificios repartidos por las tierras, los tractores y todo el material, así como un recuento del ganado que tenía en ese momento y los saldos de distintas cuentas bancarias. Las cifras que aparecían en cada apartado eran impresionantes, y el total, mareante. Sobre el papel, ese hombre valía una fortuna. Era muy sencillo, y ella nunca lo habría dicho. Lo miró de soslayo y comprobó que tenía los ojos cerrados. Sacudió la cabeza y miró el pasivo. Buscó alguna deuda por el material y el ganado o una hipoteca por la casa y las tierras, pero no las encontró anotadas. Sólo encontró dos listados. Uno era un préstamo del banco de Temptation por diez mil dólares. Buscó entre los papeles y encontró los documentos del banco. Los comparó con el libro de cuentas y se dio cuenta de que sólo le habían pedido la firma como garantía. Volvió a mirar el libro y comprobó que el otro pasivo estaba a nombre de Dolores Alfonso Hendrix. La cantidad dejó a Paula sin respiración. ¿Por qué le debía tanto dinero a su ex mujer?
Pasó a los Ingresos y Gastos. En Ingresos constaban los generados por la venta del ganado. La columna de Gastos era bien distinta. Naturalmente, estaban las facturas de pienso y grano, las del veterinario y las de una empresa de material de un pueblo cercano, además de las de otros productos varios. Sin embargo, lo que le llamó la atención fue la cantidad que pagada a Dolores Alfonso Hendrix. ¿Era la manutención de los hijos? Volvió a mirar a Pedro. Estaba dormido con la mano debajo de la mejilla. Volvió a concentrarse en el libro de cuentas. Analizó la cantidad y la periodicidad de los pagos y pensó que no podía ser sólo la manutención de los hijos. ¿Una pensión alimenticia? Decidió que no podía ser. Puesto que el apellido Hendrix aparecía detrás del de Alfonso, su ex mujer, evidentemente, había vuelto a casarse y no tenía derecho a una pensión. Entonces, ¿qué estaba pagándole?
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 21
—No, estoy un poco nerviosa —contestó ella con sinceridad.
Él esbozó una sonrisa comprensiva y adornada por el bigote.
—Te prometo que no voy a meterte jabón en los ojos.
La broma sirvió para tranquilizarla, pero las luces seguían turbándola.
—¿No tienes…velas? —preguntó ella titubeante.
—¿Velas…?
Pedro cayó en la cuenta de su falta de sensibilidad. Una mujer como Paula querría un escenario más romántico que un cuarto de baño iluminado con tubos fluorescentes.
—No te muevas. Vuelvo enseguida.
Paula se cruzó los brazos debajo de los pechos y se quedó mirando el vapor que salía por encima de la puerta de la ducha. Se preguntó si no se habría precipitado al aceptar. No podía negar que Pedro le gustara, pero ¿qué sabía de él?
De repente, las luces se apagaron y el cuarto se quedó a oscuras. Ella se sorprendió tanto, que se tropezó y tuvo que agarrarse a la puerta de la ducha. Se encendió una cerilla y vio que Pedro la acercaba a la mecha de un farol. Él sonrió tímidamente y se encogió de hombros.
—No tengo velas, pero he pensado que esto podría servir.
En ese momento, Paula se dio cuenta de lo mucho que lo conocía. Era amable, delicado y considerado, además de ser tan guapo, que casi la tumbaba de espaldas. Abrió los brazos para acogerlo. Pedro dejó el farol en el suelo y la abrazó. El contacto de sus brazos disipó cualquier duda que ella pudiera tener. Se separó de él y empezó a soltarse los botones de la blusa. Pedro la observó, y sus ojos azules se oscurecieron al ver que la blusa caía al suelo. Le tomó con la mano uno de los pechos cubierto de encaje.
—Qué delicados —susurró—. Y tan hermosos como me había imaginado.
La mano pasó del pecho al botón de los vaqueros. Lo abrió con destreza y se oyó el sonido de la cremallera al bajarse muy lentamente. Los nudillos le rozaron la piel, y ella se estremeció. Introdujo las dos manos y le bajó los pantalones y las bragas. Los labios siguieron a sus manos y la besó en los muslos y las rodillas. Se arrodilló y la ayudó a quitarse los vaqueros. Se levantó hasta que las miradas volvieron a encontrarse. Ansioso por volver a deleitarse con ella, la besó en la boca y le soltó el cierre del sujetador. Se lo quitó, lo tiró a un lado y se quitó la camisa y los pantalones.
Desnudo, y sin dejar de mirarla a los ojos, alargó una mano. Parecía tranquilo con su desnudez. Paula tragó saliva y entrelazó los dedos con los de él. Entraron bajo el chorro de la ducha y volvieron a abrazarse.
El vapor los envolvió y creó un ambiente de intimidad para amantes. Pedro, sin dejar de besarla, agarró la pastilla de jabón y empezó a frotarle la espalda desde la nuca hasta el trasero pasando por los hombros. En el trasero, las manos se deleitaron con sus redondeadas nalgas, y estrechó su vientre contra él. Los dedos, diestros y abrasadores, se introdujeron entre sus piernas hasta encontrar la protuberancia más sensible y hacer que se derritiera y ardiera de deseo por él. Se dio la vuelta, lo besó y gimió entre sus labios, se cimbreó contra él y se recreó con los embates de su poderosa virilidad contra el vientre.
Ansiosa por acariciarlo con la misma minuciosidad, se apartó un poco y le quitó la pastilla de jabón. Se enjabonó las manos y le recorrió cada musculo del pecho y los graníticos brazos antes de detenerse otra vez en el centro de pecho. Sintió los alterados latidos de su corazón y lo miró a los ojos. Lo que vio en lo más profundo de aquellos ojos le renovó los ánimos.
Sonrió provocativamente y bajó las manos por el vientre, metió un dedo en su ombligo y siguió bajando hasta que se topó con su erección. La dureza palpitante y ardiente era enloquecedora. La rodeó con las manos, y él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Movió las manos enjabonadas arriba y abajo en un movimiento desenfrenado que solo buscaba el placer de él. Pedro aguantó todo lo que pudo hasta que le sujetó las manos con un gruñido.
—Cuidado. No aguanto más.
Paula, sin hacer caso de su advertencia, estrechó su cuerpo contra el de él. —No quiero que aguantes —susurró ella.
Él le tomó el trasero entre las manos, la levantó y se apoyó en la pared. La levantó más y le tomó un pezón entre los labios. Paula jadeó, metió los dedos entre su pelo y se aferró a ellos al sentir un estremecimiento en su feminidad más profunda.
Quería, anhelaba, sentirlo dentro, y le rodeó la cintura con las piernas. Le apartó la cara del pecho y lo besó con voracidad para expresarle sin palabras cuál era su deseo. Él la bajó lentamente hasta que su erección se encontró con su hendidura y entró suavemente.
—Paula… —gimió él al sentirla rodeada de su abrasadora carne aterciopelada.
Fue la única palabra que pudo decir antes de que Paula empezara a agitarse contra él para que la acompañara en ese ritmo ancestral. Se le entrecortó la respiración y la abrazó con todas sus fuerzas mientras embestía una y otra vez. El agua seguía cayendo encima de ellos, pero él sólo podía concentrar cada músculo de su cuerpo en darle placer. Notó un primer estremecimiento dentro de ella y alrededor de su inflamada virilidad. Siguió una explosión, silenciosa, pero ensordecedora por su intensidad y abrumadora por su potencia al sentir que las palpitaciones lo arrastraban hasta el límite con ella.
Le flaquearon las rodillas y descendió con ella hasta sentarse en el suelo de azulejos. Con las cabezas apoyadas la una en la otra, la acunó contra sí hasta que cesaron los estremecimientos.
Él esbozó una sonrisa comprensiva y adornada por el bigote.
—Te prometo que no voy a meterte jabón en los ojos.
La broma sirvió para tranquilizarla, pero las luces seguían turbándola.
—¿No tienes…velas? —preguntó ella titubeante.
—¿Velas…?
Pedro cayó en la cuenta de su falta de sensibilidad. Una mujer como Paula querría un escenario más romántico que un cuarto de baño iluminado con tubos fluorescentes.
—No te muevas. Vuelvo enseguida.
Paula se cruzó los brazos debajo de los pechos y se quedó mirando el vapor que salía por encima de la puerta de la ducha. Se preguntó si no se habría precipitado al aceptar. No podía negar que Pedro le gustara, pero ¿qué sabía de él?
De repente, las luces se apagaron y el cuarto se quedó a oscuras. Ella se sorprendió tanto, que se tropezó y tuvo que agarrarse a la puerta de la ducha. Se encendió una cerilla y vio que Pedro la acercaba a la mecha de un farol. Él sonrió tímidamente y se encogió de hombros.
—No tengo velas, pero he pensado que esto podría servir.
En ese momento, Paula se dio cuenta de lo mucho que lo conocía. Era amable, delicado y considerado, además de ser tan guapo, que casi la tumbaba de espaldas. Abrió los brazos para acogerlo. Pedro dejó el farol en el suelo y la abrazó. El contacto de sus brazos disipó cualquier duda que ella pudiera tener. Se separó de él y empezó a soltarse los botones de la blusa. Pedro la observó, y sus ojos azules se oscurecieron al ver que la blusa caía al suelo. Le tomó con la mano uno de los pechos cubierto de encaje.
—Qué delicados —susurró—. Y tan hermosos como me había imaginado.
La mano pasó del pecho al botón de los vaqueros. Lo abrió con destreza y se oyó el sonido de la cremallera al bajarse muy lentamente. Los nudillos le rozaron la piel, y ella se estremeció. Introdujo las dos manos y le bajó los pantalones y las bragas. Los labios siguieron a sus manos y la besó en los muslos y las rodillas. Se arrodilló y la ayudó a quitarse los vaqueros. Se levantó hasta que las miradas volvieron a encontrarse. Ansioso por volver a deleitarse con ella, la besó en la boca y le soltó el cierre del sujetador. Se lo quitó, lo tiró a un lado y se quitó la camisa y los pantalones.
Desnudo, y sin dejar de mirarla a los ojos, alargó una mano. Parecía tranquilo con su desnudez. Paula tragó saliva y entrelazó los dedos con los de él. Entraron bajo el chorro de la ducha y volvieron a abrazarse.
El vapor los envolvió y creó un ambiente de intimidad para amantes. Pedro, sin dejar de besarla, agarró la pastilla de jabón y empezó a frotarle la espalda desde la nuca hasta el trasero pasando por los hombros. En el trasero, las manos se deleitaron con sus redondeadas nalgas, y estrechó su vientre contra él. Los dedos, diestros y abrasadores, se introdujeron entre sus piernas hasta encontrar la protuberancia más sensible y hacer que se derritiera y ardiera de deseo por él. Se dio la vuelta, lo besó y gimió entre sus labios, se cimbreó contra él y se recreó con los embates de su poderosa virilidad contra el vientre.
Ansiosa por acariciarlo con la misma minuciosidad, se apartó un poco y le quitó la pastilla de jabón. Se enjabonó las manos y le recorrió cada musculo del pecho y los graníticos brazos antes de detenerse otra vez en el centro de pecho. Sintió los alterados latidos de su corazón y lo miró a los ojos. Lo que vio en lo más profundo de aquellos ojos le renovó los ánimos.
Sonrió provocativamente y bajó las manos por el vientre, metió un dedo en su ombligo y siguió bajando hasta que se topó con su erección. La dureza palpitante y ardiente era enloquecedora. La rodeó con las manos, y él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Movió las manos enjabonadas arriba y abajo en un movimiento desenfrenado que solo buscaba el placer de él. Pedro aguantó todo lo que pudo hasta que le sujetó las manos con un gruñido.
—Cuidado. No aguanto más.
Paula, sin hacer caso de su advertencia, estrechó su cuerpo contra el de él. —No quiero que aguantes —susurró ella.
Él le tomó el trasero entre las manos, la levantó y se apoyó en la pared. La levantó más y le tomó un pezón entre los labios. Paula jadeó, metió los dedos entre su pelo y se aferró a ellos al sentir un estremecimiento en su feminidad más profunda.
Quería, anhelaba, sentirlo dentro, y le rodeó la cintura con las piernas. Le apartó la cara del pecho y lo besó con voracidad para expresarle sin palabras cuál era su deseo. Él la bajó lentamente hasta que su erección se encontró con su hendidura y entró suavemente.
—Paula… —gimió él al sentirla rodeada de su abrasadora carne aterciopelada.
Fue la única palabra que pudo decir antes de que Paula empezara a agitarse contra él para que la acompañara en ese ritmo ancestral. Se le entrecortó la respiración y la abrazó con todas sus fuerzas mientras embestía una y otra vez. El agua seguía cayendo encima de ellos, pero él sólo podía concentrar cada músculo de su cuerpo en darle placer. Notó un primer estremecimiento dentro de ella y alrededor de su inflamada virilidad. Siguió una explosión, silenciosa, pero ensordecedora por su intensidad y abrumadora por su potencia al sentir que las palpitaciones lo arrastraban hasta el límite con ella.
Le flaquearon las rodillas y descendió con ella hasta sentarse en el suelo de azulejos. Con las cabezas apoyadas la una en la otra, la acunó contra sí hasta que cesaron los estremecimientos.
sábado, 5 de septiembre de 2015
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 20
—Sí. Por censurar que yo fuera en camisón por mi patio cuando tú te paseas por la cocina como Dios te trajo al mundo.
—No hay nadie que pueda verme desnudo —Pedro sonrió.
—¿Y si se presenta alguien inesperadamente? —Paula frunció el ceño.
—Nadie se presenta por aquí, excepto Agustín alguna vez, y te aseguro que no tengo nada que no haya visto antes.
Paula se sonrojó y miró hacia otro lado, pero la mirada se poso en el maldito plato y la maldita taza, unos recordatorios de la vida tan solitaria que llevaba Pedro… y de las veces que le había fastidiado que él se sentara a su mesa. Sintió una punzada de remordimiento por su egoísmo. Pensar que Pedro la había visto llorar como una cría porque iba a estar sin sus hijos durante un mísero fin de semana cuando él se pasaba sólo todos los días de su vida…
—Te agradezco que me hayas acogido hoy —susurró ella com los ojos fijos en la botella—. Si no lo hubieras hecho, seguramente me habría pasado todo el día limpiando la casa y echando de memos a Valentina y a Felipe.
—Me lo imaginé —Pedro asintió com la cabeza—. Estar ocupado viene bien.
Paula notó que hablaba por experiencia.
—¿Cuántas veces ves a tus hijos?
—Me concedieron un fin de semana al mes, como a tu marido. Pero yo, al revés que él, los aprovechaba todos —sacudió la cabeza con tristeza—. Eso no duró mucho. Una vez asentados, los chicos empezaron a tener amigos y actividades, y les fastidiaba tener que venir aquí —se encogió de hombros—. Empecé a ir a San Antonio, a pasar el fin de semana en un hotel y a aprovechar cualquier momento que tuvieran libre.
Paula se conmovió al saber todo lo que estaba dispuesto a hacer por pasar un rato con sus hijos, y puso una mamo sobre la de él.
—Lo siento.
La calidez de la mano le llevó un consuelo que le llegó al alma. Pero cuando la miró a los ojos, se dio cuenta de que quería algo más que compasión, lo quería todo de ella. Sin apartar la mirada para ver su reacción, dio la vuelta lentamente a la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Ella abrió un poco los ojos, los dedos le temblaron, pero acabó cerrándolos alrededor de los de él.
—Paula—empezó a decir él con una voz un poco ronca—, ya, sé que prometí no volver a hacerlo, pero estoy deseando volver a besarte.
Ella notó un calor que le recorrió todo el cuerpo, y aunque se le encogió el estómago ante la idea de que volviera a besarla, se dio cuenta de que ella quería lo mismo.
—A mí también me gustaría, Pedro —susurró ella.
Pedro se levantó ligeramente de la silla y se inclinó hacia delante. Ella cerró los ojos, casi cegada por la intensidad de su mirada. El contacto fue suave al principio, y el bigote le hizo cosquillas. Él le recorrió toda la boca con la lengua para que separara los labios.
Cuando lo hizo, profundizó el beso. Ella percibió la soledad de él, lo notó cuando retiró vacilantemente la lengua. Paula le tomó la cara entre las manos para tranquilizarlo, para que supiera que esa noche estaba con él. Notó el retumbar de un gruñido contra los labios. Él se levantó, apartó la silla de una patada y la tomó entre los brazos. Se aferró a él y notó la ansiedad de esas manazas que la estrechaban con fuerza, notó el anhelo en los apremiantes movimientos de la lengua y correspondió con su ansiedad y anhelo.
Pedro comprobó que estaba perdiendo el dominio de sí mismo, levantó las manos y le separó el pelo para mirarla a los ojos.
—Que Dios se apiade de mí, Paula—susurró—, pero quiero hacer el amor contigo.
Ella agarró sus muñecas con las manos y le sonrió vacilantemente.
—Que Dios se apiade de los dos porque quiero exactamente lo mismo.
Un fugaz brillo de sorpresa iluminó sus ojos, tan fugaz que Paula no estuvo segura de haberlo captado. Él, sin previo aviso, la tomó en brazos. Paula soltó una exclamación de sorpresa, se agarró a su cuello y salieron de la cocina.
—Pero Pedro, estamos mugrientos —le recordó ella.
—Lo sé —replicó él con una sonrisa y sin dejar de andar.
Pedro abrió una puerta de una patada. A Paula le pareció ver la sombra de una cama muy grande antes de que él abriera otra puerta por el mismo sistema. Levanto un codo, apretó el interruptor y la luz inundó la habitación. Paula vio un cuarto de baño con azulejos, le tomó la cara con una mano y la giró para que la mirara.
—¿Estás pensando lo que creo que estas pensando? —le preguntó con cierto nerviosismo.
La besó en los labios.
—Depende de lo que estés pensando.
La dejó en el suelo y abrió el grifo de la ducha con una mano mientras con la otra se desabotonaba la camisa. Retrocedió un paso, se sacó la camisa de los vaqueros y mostró un musculoso pecho desnudo.
—El agua tarda un par de minutos en calentarse —le explicó antes de tomarla entre los brazos.
Paula, con el corazón desbocado, apoyó una mano en la suave mata de pelo del pecho e intentó contener el repentino ataque de nervios. Una cosa era hacer el amor en un dormitorio en penumbra, pero ducharse en un cuarto de baño tan iluminado le parecía demasiado… íntimo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. —¿Tienes frío? —preguntó Pedro, apartándola un poco para mirarla.
—No hay nadie que pueda verme desnudo —Pedro sonrió.
—¿Y si se presenta alguien inesperadamente? —Paula frunció el ceño.
—Nadie se presenta por aquí, excepto Agustín alguna vez, y te aseguro que no tengo nada que no haya visto antes.
Paula se sonrojó y miró hacia otro lado, pero la mirada se poso en el maldito plato y la maldita taza, unos recordatorios de la vida tan solitaria que llevaba Pedro… y de las veces que le había fastidiado que él se sentara a su mesa. Sintió una punzada de remordimiento por su egoísmo. Pensar que Pedro la había visto llorar como una cría porque iba a estar sin sus hijos durante un mísero fin de semana cuando él se pasaba sólo todos los días de su vida…
—Te agradezco que me hayas acogido hoy —susurró ella com los ojos fijos en la botella—. Si no lo hubieras hecho, seguramente me habría pasado todo el día limpiando la casa y echando de memos a Valentina y a Felipe.
—Me lo imaginé —Pedro asintió com la cabeza—. Estar ocupado viene bien.
Paula notó que hablaba por experiencia.
—¿Cuántas veces ves a tus hijos?
—Me concedieron un fin de semana al mes, como a tu marido. Pero yo, al revés que él, los aprovechaba todos —sacudió la cabeza con tristeza—. Eso no duró mucho. Una vez asentados, los chicos empezaron a tener amigos y actividades, y les fastidiaba tener que venir aquí —se encogió de hombros—. Empecé a ir a San Antonio, a pasar el fin de semana en un hotel y a aprovechar cualquier momento que tuvieran libre.
Paula se conmovió al saber todo lo que estaba dispuesto a hacer por pasar un rato con sus hijos, y puso una mamo sobre la de él.
—Lo siento.
La calidez de la mano le llevó un consuelo que le llegó al alma. Pero cuando la miró a los ojos, se dio cuenta de que quería algo más que compasión, lo quería todo de ella. Sin apartar la mirada para ver su reacción, dio la vuelta lentamente a la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Ella abrió un poco los ojos, los dedos le temblaron, pero acabó cerrándolos alrededor de los de él.
—Paula—empezó a decir él con una voz un poco ronca—, ya, sé que prometí no volver a hacerlo, pero estoy deseando volver a besarte.
Ella notó un calor que le recorrió todo el cuerpo, y aunque se le encogió el estómago ante la idea de que volviera a besarla, se dio cuenta de que ella quería lo mismo.
—A mí también me gustaría, Pedro —susurró ella.
Pedro se levantó ligeramente de la silla y se inclinó hacia delante. Ella cerró los ojos, casi cegada por la intensidad de su mirada. El contacto fue suave al principio, y el bigote le hizo cosquillas. Él le recorrió toda la boca con la lengua para que separara los labios.
Cuando lo hizo, profundizó el beso. Ella percibió la soledad de él, lo notó cuando retiró vacilantemente la lengua. Paula le tomó la cara entre las manos para tranquilizarlo, para que supiera que esa noche estaba con él. Notó el retumbar de un gruñido contra los labios. Él se levantó, apartó la silla de una patada y la tomó entre los brazos. Se aferró a él y notó la ansiedad de esas manazas que la estrechaban con fuerza, notó el anhelo en los apremiantes movimientos de la lengua y correspondió con su ansiedad y anhelo.
Pedro comprobó que estaba perdiendo el dominio de sí mismo, levantó las manos y le separó el pelo para mirarla a los ojos.
—Que Dios se apiade de mí, Paula—susurró—, pero quiero hacer el amor contigo.
Ella agarró sus muñecas con las manos y le sonrió vacilantemente.
—Que Dios se apiade de los dos porque quiero exactamente lo mismo.
Un fugaz brillo de sorpresa iluminó sus ojos, tan fugaz que Paula no estuvo segura de haberlo captado. Él, sin previo aviso, la tomó en brazos. Paula soltó una exclamación de sorpresa, se agarró a su cuello y salieron de la cocina.
—Pero Pedro, estamos mugrientos —le recordó ella.
—Lo sé —replicó él con una sonrisa y sin dejar de andar.
Pedro abrió una puerta de una patada. A Paula le pareció ver la sombra de una cama muy grande antes de que él abriera otra puerta por el mismo sistema. Levanto un codo, apretó el interruptor y la luz inundó la habitación. Paula vio un cuarto de baño con azulejos, le tomó la cara con una mano y la giró para que la mirara.
—¿Estás pensando lo que creo que estas pensando? —le preguntó con cierto nerviosismo.
La besó en los labios.
—Depende de lo que estés pensando.
La dejó en el suelo y abrió el grifo de la ducha con una mano mientras con la otra se desabotonaba la camisa. Retrocedió un paso, se sacó la camisa de los vaqueros y mostró un musculoso pecho desnudo.
—El agua tarda un par de minutos en calentarse —le explicó antes de tomarla entre los brazos.
Paula, con el corazón desbocado, apoyó una mano en la suave mata de pelo del pecho e intentó contener el repentino ataque de nervios. Una cosa era hacer el amor en un dormitorio en penumbra, pero ducharse en un cuarto de baño tan iluminado le parecía demasiado… íntimo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. —¿Tienes frío? —preguntó Pedro, apartándola un poco para mirarla.
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 19
—Vamos, guapo —pasó la tetilla por el hocico del ternero—. Come un poco.
El ternero encontró la tetilla y la agarró, dando un tirón al cubo. Paula lo sujetó con fuerza y una sonrisa en los labios.
—Creo que ya la tiene —susurró como si no quisiera, asustar al ternero.
Pedro terminó y se quedó detrás de ella para ver lo que hacía. Sonrió al darse cuenta de que había acertado teniéndola ocupada. No había hablado de los niños durante una hora.
—Eso parece —susurró Pedro.
Paula se sorprendió al oírlo tan cerca, se dio la vuelta y lo vio a unos metros, detrás de unos tablones y observándola atentamente. Se sonrojó y volvió a ocuparse del ternero.
Al cabo de unos segundos, Pedro estaba junto a ella, con las manos junto a las de ella en el borde del cubo y con el hombro pegado al de ella.
—Si lo inclinas un poco, no le entrará tanto aire con la leche.
—Oh…
Paula hizo lo que le había aconsejado y el ternero siguió ******* hasta que terminó el cubo. Pedro se quedó con el hombro bien pegado al de ella y con las manos abrasándole donde le rozaban las suyas.
Olía a sudor, a sol y quizá un poco a las vacas que habían descargado, pero a Paula le pareció un olor muy seductor en vez de repugnante. Pedro sacó la tetilla del hocico del ternero.
—Ya ha terminado. Aclararé el cubo.
Se alejó y se llevó el fuego de sus manos y la perturbadora presencia de su cuerpo. Ella se sintió extrañamente sola. Se agachó a la altura del ternero.
—¿Tu mamá está enferma?
Alargó una mano vacilante para acariciarle el hocico. Él embistió la mano, la alcanzó con el hocico en la barbilla y la desequilibró. Se quedó sentada sobre la paja. Oyó unas risas detrás de ella y frunció el ceño.
—Es fuerte, ¿verdad? —preguntó Pedro.
Paula se levantó y se sacudió las pajas que se le habían quedado en los vaqueros, que ya estaban asquerosos.
—Podías haberme avisado.
Pedro abrió la puerta del establo y esperó a que ella saliera.
—¿E interrumpir vuestra naciente amistad?
Él volvió a reírse cuando Paula lo miró con furia. Le pasó un brazo por los hombros y la llevó fuera de las cuadras. Se sorprendió de que ella le hubiera permitido esa confianza. El sol estaba ocultándose detrás de las copas de los árboles.
—¿Te apetece una cerveza? —preguntó él.
Aunque a Paula nunca le había gustado el sabor de la cerveza, en esos momentos, una bien fría le parecía una delicia. Tenía calor, estaba sedienta y la idea de volver a su casa vacía la apetecía tan poco como volver a descargar un camión de ganado.
—Me parece maravilloso.
La llevó a la casa. Era grande, de piedra y con un tejado de hojalata que se parecía mucho al de su casa, aunque era evidente que ése era más nuevo. El sol reflejaba sus rayos rojizos en el tejado y daba un tono cobrizo a la hojalata. Al subir los escalones, Pedro se frotó las botas contra un trozo de metal para quitarles el polvo y el barro. Luego, se las quitó. Paula se miró las zapatillas que una vez fueron blancas y comprendió que por mucho que las frotara no conseguiría limpiarlas. Se limitó a quitárselas. Pedro abrió la puerta y dejó que pasara ella primero. Al entrar en la cocina, la curiosidad hizo que se olvidara por un instante de la cerveza. Aunque estaba limpia y sobriamente decorada, había algo que hacía que pareciera desordenada. El correo estaba en la encimera, y una taza y un plato se habían quedado solos después de secarse. La mesa que había en medio estaba llena de papeles. Unas a manchas oscuras en la pared eran el testimonio de los cuadros que hubo allí una vez. Notó que la soledad de la habitación le atenazaba el corazón.
—No es gran cosa, pero es un hogar —comentó él, mientras señalaba el fregadero—. Podemos lavarnos ahí.
Abrió el grifo y le pasó la pastilla de jabón. Paula se frotó la pastilla entre las manos y sintió la cercanía de ese hombre en esa casa medio vacía que él llamaba hogar. Él se aclaró y se apartó para agarrar un paño y secarse. Paula volvió a fijarse en la taza y el plato solitarios y se le encogió el corazón. Luego, también se dio la vuelta con las manos goteando. Él le dio el paño y fue hacia la mesa. Sacó una silla y quitó el sombrero manchado de sudor que había encima.
—Siéntate y te traeré la cerveza.
Fue a la nevera, sacó dos botellas de cerveza, les quitó las chapas y volvió a la mesa. Limpió con el codo la parte de la mesa que había delante de Paula, dejó la botella, sacó otra silla y se sentó a horcajadas. Golpeó con su rodilla la de Dulce, y ella dió un respingo.
—Perdona… —se disculpó él, aunque no movió la rodilla—. Gracias por ayudarme esta tarde. La descarga del ganado ha sido mucho más rápida y fácil. Ella cerró la mano alrededor de la botella para calmar el temblor que le producía el contacto de su rodilla en el muslo.
—De nada… creo —se sentía desosegada, y se miró la ropa—. ¿Tu trabajo siempre es tan sucio?
—No —Pedro se rió—. A veces lo es más.
—Me espantaría tener que ocuparme de tu colada…
Él volvió a reírse y dio un sorbo de cerveza.
—El truco está en no complicarse. Todas las noches, cuando llego, me quito la ropa en el cuarto de la lavadora —señaló con la cabeza hacia una puerta— y la meto, la ropa interior y todo. Mientras se lava, me preparo algo para comer. Al cabo de un rato, la lavadora ya ha terminado, y meto la ropa en la secadora, ceno, me ducho y me acuesto. A la mañana siguiente, saco la ropa de la secadora, me la pongo y por la noche repito la operación.
Paula tenía la mirada clavada en la puerta.
Casi podía verlo quitarse la ropa, volver y, completamente desnudo, prepararse una cena para él solo. La imagen la alteró algo porque se atragantó con la cerveza. Pedro se levantó y le dio una palmada en la espalda mientras ella tosía.
—¿Había un hueso en tu cerveza? —le pregunto él con una mirada burlona.
—No, se me ha ido por el sitio equivocado.
Dio otro sorbo.
—¿Mejor? —preguntó él sin dejar de mirarla.
—Sí, pero creo que me debes una disculpa.
—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja.
El ternero encontró la tetilla y la agarró, dando un tirón al cubo. Paula lo sujetó con fuerza y una sonrisa en los labios.
—Creo que ya la tiene —susurró como si no quisiera, asustar al ternero.
Pedro terminó y se quedó detrás de ella para ver lo que hacía. Sonrió al darse cuenta de que había acertado teniéndola ocupada. No había hablado de los niños durante una hora.
—Eso parece —susurró Pedro.
Paula se sorprendió al oírlo tan cerca, se dio la vuelta y lo vio a unos metros, detrás de unos tablones y observándola atentamente. Se sonrojó y volvió a ocuparse del ternero.
Al cabo de unos segundos, Pedro estaba junto a ella, con las manos junto a las de ella en el borde del cubo y con el hombro pegado al de ella.
—Si lo inclinas un poco, no le entrará tanto aire con la leche.
—Oh…
Paula hizo lo que le había aconsejado y el ternero siguió ******* hasta que terminó el cubo. Pedro se quedó con el hombro bien pegado al de ella y con las manos abrasándole donde le rozaban las suyas.
Olía a sudor, a sol y quizá un poco a las vacas que habían descargado, pero a Paula le pareció un olor muy seductor en vez de repugnante. Pedro sacó la tetilla del hocico del ternero.
—Ya ha terminado. Aclararé el cubo.
Se alejó y se llevó el fuego de sus manos y la perturbadora presencia de su cuerpo. Ella se sintió extrañamente sola. Se agachó a la altura del ternero.
—¿Tu mamá está enferma?
Alargó una mano vacilante para acariciarle el hocico. Él embistió la mano, la alcanzó con el hocico en la barbilla y la desequilibró. Se quedó sentada sobre la paja. Oyó unas risas detrás de ella y frunció el ceño.
—Es fuerte, ¿verdad? —preguntó Pedro.
Paula se levantó y se sacudió las pajas que se le habían quedado en los vaqueros, que ya estaban asquerosos.
—Podías haberme avisado.
Pedro abrió la puerta del establo y esperó a que ella saliera.
—¿E interrumpir vuestra naciente amistad?
Él volvió a reírse cuando Paula lo miró con furia. Le pasó un brazo por los hombros y la llevó fuera de las cuadras. Se sorprendió de que ella le hubiera permitido esa confianza. El sol estaba ocultándose detrás de las copas de los árboles.
—¿Te apetece una cerveza? —preguntó él.
Aunque a Paula nunca le había gustado el sabor de la cerveza, en esos momentos, una bien fría le parecía una delicia. Tenía calor, estaba sedienta y la idea de volver a su casa vacía la apetecía tan poco como volver a descargar un camión de ganado.
—Me parece maravilloso.
La llevó a la casa. Era grande, de piedra y con un tejado de hojalata que se parecía mucho al de su casa, aunque era evidente que ése era más nuevo. El sol reflejaba sus rayos rojizos en el tejado y daba un tono cobrizo a la hojalata. Al subir los escalones, Pedro se frotó las botas contra un trozo de metal para quitarles el polvo y el barro. Luego, se las quitó. Paula se miró las zapatillas que una vez fueron blancas y comprendió que por mucho que las frotara no conseguiría limpiarlas. Se limitó a quitárselas. Pedro abrió la puerta y dejó que pasara ella primero. Al entrar en la cocina, la curiosidad hizo que se olvidara por un instante de la cerveza. Aunque estaba limpia y sobriamente decorada, había algo que hacía que pareciera desordenada. El correo estaba en la encimera, y una taza y un plato se habían quedado solos después de secarse. La mesa que había en medio estaba llena de papeles. Unas a manchas oscuras en la pared eran el testimonio de los cuadros que hubo allí una vez. Notó que la soledad de la habitación le atenazaba el corazón.
—No es gran cosa, pero es un hogar —comentó él, mientras señalaba el fregadero—. Podemos lavarnos ahí.
Abrió el grifo y le pasó la pastilla de jabón. Paula se frotó la pastilla entre las manos y sintió la cercanía de ese hombre en esa casa medio vacía que él llamaba hogar. Él se aclaró y se apartó para agarrar un paño y secarse. Paula volvió a fijarse en la taza y el plato solitarios y se le encogió el corazón. Luego, también se dio la vuelta con las manos goteando. Él le dio el paño y fue hacia la mesa. Sacó una silla y quitó el sombrero manchado de sudor que había encima.
—Siéntate y te traeré la cerveza.
Fue a la nevera, sacó dos botellas de cerveza, les quitó las chapas y volvió a la mesa. Limpió con el codo la parte de la mesa que había delante de Paula, dejó la botella, sacó otra silla y se sentó a horcajadas. Golpeó con su rodilla la de Dulce, y ella dió un respingo.
—Perdona… —se disculpó él, aunque no movió la rodilla—. Gracias por ayudarme esta tarde. La descarga del ganado ha sido mucho más rápida y fácil. Ella cerró la mano alrededor de la botella para calmar el temblor que le producía el contacto de su rodilla en el muslo.
—De nada… creo —se sentía desosegada, y se miró la ropa—. ¿Tu trabajo siempre es tan sucio?
—No —Pedro se rió—. A veces lo es más.
—Me espantaría tener que ocuparme de tu colada…
Él volvió a reírse y dio un sorbo de cerveza.
—El truco está en no complicarse. Todas las noches, cuando llego, me quito la ropa en el cuarto de la lavadora —señaló con la cabeza hacia una puerta— y la meto, la ropa interior y todo. Mientras se lava, me preparo algo para comer. Al cabo de un rato, la lavadora ya ha terminado, y meto la ropa en la secadora, ceno, me ducho y me acuesto. A la mañana siguiente, saco la ropa de la secadora, me la pongo y por la noche repito la operación.
Paula tenía la mirada clavada en la puerta.
Casi podía verlo quitarse la ropa, volver y, completamente desnudo, prepararse una cena para él solo. La imagen la alteró algo porque se atragantó con la cerveza. Pedro se levantó y le dio una palmada en la espalda mientras ella tosía.
—¿Había un hueso en tu cerveza? —le pregunto él con una mirada burlona.
—No, se me ha ido por el sitio equivocado.
Dio otro sorbo.
—¿Mejor? —preguntó él sin dejar de mirarla.
—Sí, pero creo que me debes una disculpa.
—¿Yo? —Pedro arqueó una ceja.
Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 18
Dos días más tarde, Pedro volvió a entrar en el camino de la casa de Paula, pero esa vez no llevaba una caja con facturas retrasadas, sino un camión lleno de vacas. Dio un grito desde la cerca de la entrada con cierta esperanza de que Paula y los niños salieran corriendo para ver qué pasaba. Pero cuando abrió la cerca y nadie apareció se preguntó si le habrían oído. Miró hacia la casa, pero no vio ningún movimiento. Se dijo que tendría atareados a sus hijos, y volvió al camión. Aun así, era muy raro. Si no habían oído el motor, los mugidos de las vacas eran estruendosos.
Entró en el pasto con el camión, se bajó y gritó otra vez. Se alejó del camión, volvió a la puerta de la cerca, la cerró e iba a echar la cadena cuando cambió de idea. La abrió un poco, salió del pasto, la cerró y se dirigió hacia la casa. Sabía que a los niños les gustaría ver cómo descargaba las vacas.
Golpeó un par de veces la puerta, se dio la vuelta con las manos en los bolsillos y estiró el cuello para ver el camión y las vacas. Oyó unos pies que se arrastraban al otro lado de la puerta, se giró y se encontró con Paula. Tenía los ojos irritados y las mejillas mojadas. Pedro, sin pensárselo, la agarró de los temblorosos hombros.
—¿Qué pasa? —le preguntó, asustado—. ¿Qué ha pasado?
Ella bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
—Los niños… —Paula sollozó—. Se ha llevado a Valentina y Felipe.
Pedro sintió una punzada de espanto en el estómago y agarró sus hombros con más fuerza.
—¿Quién se los ha llevado?
Ella levantó la cara, y Pedro pudo captar la desolación en sus ojos.
—¿Quién? —repitió él—. ¿Quién se los ha llevado?
—Martín—contestó ella con la voz quebrada—. Su padre—se aferró la camisa de Pedro—. Ha venido esta mañana y se los ha llevado a Houston con él.
Pedro se quedó atónito y mudo. Había oído hablar de padres que se llevaban a sus hijos repentinamente y las madres no volvían a verlos. ¡Hasta él mismo había pensado hacerlo! Casi podía ver la cara de espanto de Valentina con los brazos extendidos hacia su madre mientras la alejaban de ella. Felipe se habría resistido, naturalmente, pero nada habría podido hacer contra un hombre. Pedro se maldijo por no haber llegado antes.
Incapaz de seguir viendo la angustia de Paula, la estrechó contra su pecho.
—No te preocupes, los recuperaremos. Llamaré a Agustín. Él sabrá qué hacer.
Ella sacudió la cabeza contra su pecho y se soltó del abrazo.
—No —susurró ella mientras se secaba las lágrimas—. Tiene derecho. Es su padre.
—¿Vas a dejar que se los quede sin hacer nada? —preguntó él con incredulidad.
Ella sollozó y lo miró, perpleja.
—Es su fin de semana…
Pedro contuvo un improperio y se dio la vuelta.
¡Le correspondían ese fin de semana! Ella le había dado un susto de muerte, creyó que su padre los había secuestrado. Pedro sabía muy bien lo que eran los derechos de visitas. El juez le había fijado unas limitaciones parecidas a él.
—Lo hace muy pocas veces —explicó ella—. En el año que llevamos divorciados, sólo se los ha llevado una vez.
Pedro se quitó el sombrero con desesperación y se pasó los dedos entre el pelo.
—¿Cuándo va a traerlos otra vez? —le preguntó con enojo.
—El domingo —contestó ella, sorprendida por el enfado.
—El domingo —Pedro resopló—. Bueno, creo que podremos sobrevivir un par de días sin ellos.
Pudo notar en la expresión de Paula que ella no estaba tan segura, pero Pedro se dijo que lo único que necesitaba era estar ocupada. Él lo sabía por experiencia. La agarró del codo y la llevó hacia fuera.
—Vamos. Tenernos que descargar unas vacas.
Paula no había estado tan sucia nunca en su vida. Notaba tierra hasta en la boca. Suspiró y se apoyó en el camión.
—¿Hemos terminado? —preguntó con tono cansado.
Pedro se apartó un poco el sombrero, sacó un pañuelo rojo y se lo pasé por la frente.
—Casi.
Paula lo miró con los ojos entrecerrados. No tenía ganas de seguir tragando polvo.
—¿Qué quieres decir con «casi»?
—Tengo una vaca con mastitis en el establo. Hay que tratarle las ubres.
Paula sintió un escalofrío de asco. La idea de tocar las ubres de una vaca le daba náuseas. Se quitó el polvo de los vaqueros.
—Si no te importa, creo que me lo voy a ahorrar.
Pedro volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo.
—Yo la pondré el tratamiento. Sólo necesito que des de comer a su hijo.
Paula, que estaba de camino hacia la casa, se paró y lo miró.
—¿Su hijo? —repitió con curiosidad.
—Sí —contestó Pedro mientras cerraba el camión—. El ternero no puede ******* por la mastitis. Si no le doy de comer, morirá de hambre.
Paula se mordió el labio con el corazón apenado por el pobre ternero.
—¿Y cómo se da de comer exactamente a un ternero?
Paula tampoco quería comprometerse antes de saber lo que tendría que hacer. Pedro se rió, fue hasta ella y le puso una mano en el hombro.
—No te preocupes, no hace falta que le des de ******* —bromeó con una carcajada.
—Muy gracioso… —farfulló ella, aunque fue hacia el camión.
—No quería ser gracioso —replicó él con tono inocente—. Sólo quería disipar tus temores.
Cuando llegaron a la puerta del conductor, Paula se cruzó los brazos sobre los pechos.
—Muy bien, pero ¿qué se usa para dar de comer a un ternero?
—Un cubo con una tetilla muy grande en un costado —la empujó un poco para que se montara en la cabina—. Sólo tienes que sujetar el cubo.
Paula comprobó enseguida que sujetar el cubo no era tarea fácil. El ternero daba cabezazos y le tiraba el contenido pringoso por las manos y los brazos.
—¿Qué es esto? —preguntó ella mientras intentaba agarrar mejor el cubo.
—Algo así como una leche para bebés —le contestó Pedro, que estaba ordeñando las maltrechas ubres de la madre—. Ponte un poco en la mano y moja la tetilla para que el ternero pueda olerla.
Paula, con un gesto de asco, metió los dedos en el líquido amarillento y lo extendió por la tetilla.
Entró en el pasto con el camión, se bajó y gritó otra vez. Se alejó del camión, volvió a la puerta de la cerca, la cerró e iba a echar la cadena cuando cambió de idea. La abrió un poco, salió del pasto, la cerró y se dirigió hacia la casa. Sabía que a los niños les gustaría ver cómo descargaba las vacas.
Golpeó un par de veces la puerta, se dio la vuelta con las manos en los bolsillos y estiró el cuello para ver el camión y las vacas. Oyó unos pies que se arrastraban al otro lado de la puerta, se giró y se encontró con Paula. Tenía los ojos irritados y las mejillas mojadas. Pedro, sin pensárselo, la agarró de los temblorosos hombros.
—¿Qué pasa? —le preguntó, asustado—. ¿Qué ha pasado?
Ella bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
—Los niños… —Paula sollozó—. Se ha llevado a Valentina y Felipe.
Pedro sintió una punzada de espanto en el estómago y agarró sus hombros con más fuerza.
—¿Quién se los ha llevado?
Ella levantó la cara, y Pedro pudo captar la desolación en sus ojos.
—¿Quién? —repitió él—. ¿Quién se los ha llevado?
—Martín—contestó ella con la voz quebrada—. Su padre—se aferró la camisa de Pedro—. Ha venido esta mañana y se los ha llevado a Houston con él.
Pedro se quedó atónito y mudo. Había oído hablar de padres que se llevaban a sus hijos repentinamente y las madres no volvían a verlos. ¡Hasta él mismo había pensado hacerlo! Casi podía ver la cara de espanto de Valentina con los brazos extendidos hacia su madre mientras la alejaban de ella. Felipe se habría resistido, naturalmente, pero nada habría podido hacer contra un hombre. Pedro se maldijo por no haber llegado antes.
Incapaz de seguir viendo la angustia de Paula, la estrechó contra su pecho.
—No te preocupes, los recuperaremos. Llamaré a Agustín. Él sabrá qué hacer.
Ella sacudió la cabeza contra su pecho y se soltó del abrazo.
—No —susurró ella mientras se secaba las lágrimas—. Tiene derecho. Es su padre.
—¿Vas a dejar que se los quede sin hacer nada? —preguntó él con incredulidad.
Ella sollozó y lo miró, perpleja.
—Es su fin de semana…
Pedro contuvo un improperio y se dio la vuelta.
¡Le correspondían ese fin de semana! Ella le había dado un susto de muerte, creyó que su padre los había secuestrado. Pedro sabía muy bien lo que eran los derechos de visitas. El juez le había fijado unas limitaciones parecidas a él.
—Lo hace muy pocas veces —explicó ella—. En el año que llevamos divorciados, sólo se los ha llevado una vez.
Pedro se quitó el sombrero con desesperación y se pasó los dedos entre el pelo.
—¿Cuándo va a traerlos otra vez? —le preguntó con enojo.
—El domingo —contestó ella, sorprendida por el enfado.
—El domingo —Pedro resopló—. Bueno, creo que podremos sobrevivir un par de días sin ellos.
Pudo notar en la expresión de Paula que ella no estaba tan segura, pero Pedro se dijo que lo único que necesitaba era estar ocupada. Él lo sabía por experiencia. La agarró del codo y la llevó hacia fuera.
—Vamos. Tenernos que descargar unas vacas.
Paula no había estado tan sucia nunca en su vida. Notaba tierra hasta en la boca. Suspiró y se apoyó en el camión.
—¿Hemos terminado? —preguntó con tono cansado.
Pedro se apartó un poco el sombrero, sacó un pañuelo rojo y se lo pasé por la frente.
—Casi.
Paula lo miró con los ojos entrecerrados. No tenía ganas de seguir tragando polvo.
—¿Qué quieres decir con «casi»?
—Tengo una vaca con mastitis en el establo. Hay que tratarle las ubres.
Paula sintió un escalofrío de asco. La idea de tocar las ubres de una vaca le daba náuseas. Se quitó el polvo de los vaqueros.
—Si no te importa, creo que me lo voy a ahorrar.
Pedro volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo.
—Yo la pondré el tratamiento. Sólo necesito que des de comer a su hijo.
Paula, que estaba de camino hacia la casa, se paró y lo miró.
—¿Su hijo? —repitió con curiosidad.
—Sí —contestó Pedro mientras cerraba el camión—. El ternero no puede ******* por la mastitis. Si no le doy de comer, morirá de hambre.
Paula se mordió el labio con el corazón apenado por el pobre ternero.
—¿Y cómo se da de comer exactamente a un ternero?
Paula tampoco quería comprometerse antes de saber lo que tendría que hacer. Pedro se rió, fue hasta ella y le puso una mano en el hombro.
—No te preocupes, no hace falta que le des de ******* —bromeó con una carcajada.
—Muy gracioso… —farfulló ella, aunque fue hacia el camión.
—No quería ser gracioso —replicó él con tono inocente—. Sólo quería disipar tus temores.
Cuando llegaron a la puerta del conductor, Paula se cruzó los brazos sobre los pechos.
—Muy bien, pero ¿qué se usa para dar de comer a un ternero?
—Un cubo con una tetilla muy grande en un costado —la empujó un poco para que se montara en la cabina—. Sólo tienes que sujetar el cubo.
Paula comprobó enseguida que sujetar el cubo no era tarea fácil. El ternero daba cabezazos y le tiraba el contenido pringoso por las manos y los brazos.
—¿Qué es esto? —preguntó ella mientras intentaba agarrar mejor el cubo.
—Algo así como una leche para bebés —le contestó Pedro, que estaba ordeñando las maltrechas ubres de la madre—. Ponte un poco en la mano y moja la tetilla para que el ternero pueda olerla.
Paula, con un gesto de asco, metió los dedos en el líquido amarillento y lo extendió por la tetilla.
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