Diez minutos después, Pedro cruzaba el jardín con la mirada clavada en la mujer que descansaba en la mecedora. Al acercarse, deslizó sus ojos sobre ella, estudiándola con atención. Era obvio que había madurado desde la última vez que se habían visto, pero en su expresión continuaba habiendo cierta inocencia con la que no habían podido abatir sus experiencias en Manhattan. Estaba ligeramente sonrojada por el sol y Pedro, que jamás había reparado en ello, admitió para sí que era una mujer atractiva.
Al oírlo llegar, Paula se volvió hacia él con una sonrisa. Pedro la sintió en cada poro de su piel. Y aquella inesperada sensación lo sorprendió. ¿Llevaría demasiado tiempo sin una mujer? ¿O sería Paula en concreto la responsable de su reacción?
—Si te apetece, he hecho limonada —le ofreció ella—. Pero tienes que traerte un vaso de la cocina.
—Puedo compartir el tuyo —respondió Pedro, acercando una mecedora a la suya. Al ver que Paula abría los ojos de par en par al oír su comentario, sonrió. Todavía no sabía lo que estaba pasando allí, pero pretendía averiguarlo—. Parece que has tenido un día muy ocupado —comentó, alargando la mano para tomar el vaso de limonada.
Paula lo miró con cierto recelo.
—Bueno, hace mucho que no hablábamos. ¿Qué tal estás?
Pedro estuvo a punto de echarse a reír ante su fría educación.
—Como siempre, ¿y tú Paula?
—Bien, gracias.
—Leticia me ha comentado que piensas quedarte una temporada por aquí —comentó. Volvió a llenar el vaso de limonada y se lo tendió.
Paula tomó el vaso asegurándose de no tocarlo. Interesante. ¿Hasta dónde podría presionarla? Cuando era adolescente, Paula lo fastidiaba a todas horas. Quizá había llegado el momento de devolverle el favor.
—¿Y después?
—No lo sé. Estoy considerando las opciones que tengo.
—Yo pensaba que habías ido a Nueva York con intención de comerte el mundo.
—Y lo hice. Pero no sabía que podía llegar a empacharme.
—¿Quiere eso decir que el trabajo no te ha gustado tanto como pensabas?
—El problema es que ya no tengo trabajo.
—O sea que son unas vacaciones obligadas —la miró sonriente y preguntó de pronto—: ¿Qué planes tienes para esta noche?
—Como ya te dije, he quedado para cenar.
—¿Con quién? —sonó más brusco de lo que él pretendía.
—No creo que sea asunto tuyo, pero he quedado con Leticia.
Así que había rechazado su invitación para salir a cenar con su prima, se dijo Pedro más relajado. Lo comprendía. Al fin y al cabo, siempre habían estado muy unidas y hacía mucho tiempo que no se veían.
—¿Y mañana?
—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?
—Simple curiosidad. Llegaste el miércoles por la noche. No sabía que ibas a tener tantas citas.
—Probablemente hay cosas sobre mí que no sepas —musitó—. Nunca hemos sido muy amigos, ¿verdad? Y no nos veíamos desde hacía años.
—¿Mañana por la noche? —insistió Pedro.
—¿Es que nunca te das por vencido? He quedado con Gabriel Penning. Nos encontramos ayer en el club de campo y me invitó a salir para hablar de los viejos tiempos.
Pedro frunció el ceño. Gabriel Penning tenía aproximadamente la edad de Paula. Ésta solía jugar con él al tenis durante los veranos.
—¿Tienes algo que hacer el domingo por la tarde? —preguntó Pedro —. Podemos ir a jugar al tenis.
—Quizá.
Pedro la miró. Paula estaba con los ojos cerrados. Se mecía suavemente, con el vaso de limonada en la mano. Al estudiarla, pensó que le gustaba lo que veía.
Cuando Paula abrió los ojos y los fijó en los de Pedro, éste apreció su suave y misteriosa oscuridad. Contempló sus pestañas, y se preguntó si se le ocurriría probar con uno de los coquetos pestañeos con los que con tanta frecuencia intentaba seducirlo en el pasado.
Pero Paula ni siquiera parpadeó. Y aquellos ojos oscuros y enormes alimentaban en Paula pensamientos que sería mejor que dejara para la noche.
—Si no te apetece jugar al tenis, podríamos ir a darnos un baño al río y cenar después en el club de campo —quería que se comprometiera a pasar algún tiempo con él. Pero el solo hecho de pensarlo lo sorprendía. Normalmente, nunca presionaba a nadie. Si una mujer le decía que no, tendía a pensar que ella se lo perdía.
—Lo consultaré con Leticia, pero creo que sí, que quizá podamos quedar una tarde. Ya te avisaré.
Pedro sonrió lentamente. Había tenido que esforzarse más de lo que pensaba, pero al final Paula había aceptado.
—¿Te parece bien el fin de semana que viene? —preguntó de pronto.
—¿Qué? —la sonrisa abandonó el rostro de Pedro.
—Tengo planes para este domingo, pero me encantaría ir a ver el río el domingo que viene, si no te va mal.
—¿Qué tienes que hacer este domingo?
Paula lo miró divertida.
—¿Has decidido asumir el papel de la tía Silvia? Me estás interrogando como me interrogaba ella cuando tenía catorce años.
—Sólo era curiosidad.
—No tienes por qué disculparte, Pedro. Bueno, háblame de tu trabajo. ¿Vas mucho por los tribunales?
—La verdad es que tengo juicios casi todos los días.
—Una vez fui a verte, hace años ya.
—Lo recuerdo. Tú y tu prima no parasteis de reír en toda la sesión.
—No es cierto, pensábamos… —sonrió con nostalgia y se encogió de hombros—, me parecías tan bueno como Perry Mason —miró el reloj y se levantó.
—¿Vas a alguna parte? —quiso saber Pedro.
—Tengo que arreglarme para salir —dijo, mirándolo con cierto recelo.
—Matías va a cenar con Leticia, ¿por qué no vienes tú a cenar conmigo? —se oyó decir Pedro para su propia sorpresa.
—No puedo. Ya he quedado con ella. Le dije que iría a conocer a Matías.
—¿Y eso es importante? Matías sólo es otro tipo.
—Bueno, pero en algún momento tendré que verlo. Leticia tiene muchas ganas de que lo conozca.
—En ese caso, podrías invitarme a ir con ustedes—deslizó la mano por su brazo, acariciándole la piel y preguntándose si sería tan suave en todos sus rincones.
—No soy yo la que invita a la cena —dijo ella, casi sin respiración. Pedro sintió cierta satisfacción al advertir que él no era la única víctima de aquella extraña atracción.
—Si piensas quedarte aquí unas semanas, tendrás tiempo de sobra para conocer a Matías. Ven a cenar conmigo —insistió.
—No puedo —contestó ella nuevamente.
—Puedes hacer lo que quieras, Paula —se levantó y la tomó de la mano para que se acercara a él. Lentamente, acarició su antebrazo. Vio la luz que iluminaba los ojos de la joven. Sus senos subían y bajaban al ritmo de su acelerada respiración. Unos segundos más y habría capitulado. Pedro conocía perfectamente las señales.
Se inclinó hacia delante y alzó la mano hasta su hombro para alcanzar la delicada columna de su cuello. A continuación inclinó la cabeza. Quería besarla. Quería saborear aquellos tentadores labios que parecían estar esperando a ser besados.
Quería…
martes, 21 de julio de 2015
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 6
El reloj de pared dio las nueve cuando Paula se fue a la cama. Sintiéndose todavía cansada y un poco apática, decidió acostarse pronto. El día que había pasado con Leticia había conseguido levantarle un poco el ánimo y parte de su entusiasmo retornó al ver el diario de la bisabuela en la mesilla. En cuanto estuvo bajo las sábanas lo tomó y comenzó a hojearlo. A los pocos segundos, estaba completamente enfrascada en la lectura. Su bisabuela había retratado cada detalle de su vida. Las descripciones eran cautivadoras y Paula se sentía como si estuviera conociendo personalmente a sus antepasados.
Pero de pronto, el tono cambiaba. Norma había escrito:
"Cumplir dieciocho años es todo un hito. Pronto tendré que encontrar un marido y formar una familia. Patricia Blaine ya se ha comprometido y sólo tiene diecisiete años. Sé que mi futuro marido está ahí fuera, pero tengo que encontrarlo. Les he preguntado a mis tías y a mi madre cómo se hace, esperando descubrir la mejor manera de encontrarlo. Ellas me han dado consejos, algunos contradictorios y otros demasiado anticuados. Pero a partir de todo lo que he oído, he decidido idear una receta para encontrar la pareja perfecta."
—Vaya, Norma, espero que la receta sea buena. Así podré usarla yo. Si crees que a los dieciocho años se es vieja, ¿qué dirías si supieras que tengo veintinueve y todavía no estoy casada? Y no veo a ningún hombre en el horizonte — Paula pasó la página.
"Lo primero es recordar que a los hombres les gustan los desafíos, hay que asegurarse de no ir demasiado rápido. Una mirada de vez en cuando en su dirección puede ser aceptable. Y tener cuidado con la tentación, que puede llegar a ser muy fuerte. Jamás deberías ser tan audaz como para ser la primera en dirigirte a un hombre ni mostrar con tu conducta que estás interesada en él. Él necesita sentir que es el cazador, como dice tía Teresa. Aunque la mayor parte de los hombres de aquí no han cazado en su vida, supongo que debe de ser un vestigio del tiempo de los pioneros, cuando la caza era tan necesaria para sobrevivir. Así que tendré que fingir que soy la presa y dejo que el hombre me atrape. Mostrar interés en alguna ocasión también puede funcionar. Me pregunto si Fernando se habrá fijado en mí. Quizá pase el domingo en la iglesia por delante de él para comprobarlo. ¿Funcionará?"
Paula pasó rápidamente las páginas siguientes hasta llegar a la narración de lo ocurrido el domingo. Estaba ansiosa por comprobar el resultado de la primera receta. No había conocido a su bisabuelo y no recordaba su nombre. ¿Habría conseguido atrapar a Fernando gracias a la receta?
"Fernando me habló al salir de la iglesia. Yo no me quedé con él. Le dije que tenía que ayudar a mi madre a preparar la comida. No fui seca, pero continué caminando con aire distraído. Tuve que contenerme para no echarme a reír. Ha sido la primera vez que me presta atención. Quizá la tía Clara tenga razón. Tengo que dejar que me persiga. La clave está en no moverme mucho más rápido que él, para que pueda alcanzarme".
Paula rió suavemente. Cuánto habían cambiado las cosas… Pero de pronto se descubrió recordando que Pedro había ido tras ella al ver que no hacía ningún esfuerzo por hablar con él. Por un instante, Paula se quedó con la mirada perdida, reconstruyendo su encuentro con Pedro. Ella estaba demasiado cansada para tener ganas de hablar. Y aunque Pedro había seguido hablando, había continuado caminando hacia la casa. Era la primera vez que le había hecho algo así a Pedro.
Y, por vez primera desde que lo conocía, Pedro la había seguido. Incluso la había llamado para invitarla a salir. Ella le había dicho que no. Y allí debería haber terminado todo, pero en ese momento comenzaba a dudarlo.
¿Habría algo de verdad en la receta de Norma? Quizá pudiera averiguar lo que sucedía si la aplicaba con rigor.
Por un momento, deseó poder asomarse al futuro. Le encantaría saber si era capaz de hacer cambiar a un hombre como Pedro, que apenas había reparado en su existencia durante dieciséis años, mediante la vieja receta de su bisabuela.
Cuando Paula se despertó a la mañana siguiente, se sentía descansada por primera vez desde hacía meses. Mientras se vestía, contempló sonriente el diario que descansaba en la mesilla. Qué tonta había sido la noche anterior. Como si siguiendo la receta de Norma pudiera asegurarse un matrimonio feliz con el hombre de sus sueños. Debía de estar más cansada de lo que pensaba. Pensar que ignorando a Pedro podía interesarse en ella. ¡Ja! Qué tontería.
Cuando bajó a prepararse el desayuno ya era bastante tarde, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo se sentía descansada y dispuesta a cualquier cosa. Quizá comenzara a arreglar el jardín.
Y a ello se dedicó durante todo el día. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Al medio día, tuvo que ponerse una camisa de manga corta para proteger sus hombros del sol. No quería quemarse, pero se sentía maravillosamente haciendo un trabajo físico bajo el sol.
A media tarde ya había terminado y el jardín parecía haber sido arreglado por un jardinero profesional. Satisfecha con su trabajo, se preparó una limonada y salió a tomársela al jardín, sentada en una mecedora bajo un viejo roble. Se estaba maravillosamente a la sombra. Todavía tenía que ducharse y arreglarse para ir con Leticia y Matías a cenar a un restaurante local, pero se merecía un descanso después de todo lo que había trabajado.
Cuando dos minutos después vio el coche de Pedro, recordó inmediatamente todos los consejos del diario. Dio un sorbo a su limonada, preguntándose si se atrevería a ignorar a aquel hombre. Por lo que ella sabía, Pedro no había andado detrás de nadie desde que había estado en la universidad. ¿Sería ella capaz de despertar su interés?
Pedro salió del coche, maletín en mano y nada más verla la saludó con una sonrisa.
—Si piensas quedarte ahí un rato, ahora mismo me cambio y voy a reunirme contigo —le gritó.
A Paula le dió un vuelco el corazón. Asintió en silencio y se reclinó en la mecedora, mirando hacia el cielo. Intentaba recordar todo lo que Norma había escrito en su diario. Sentía un revoloteo en el estómago. Pero era normal, se dijo. No iba a negar a esas alturas que había estado enamorada de Pedro Alfonso y que probablemente siempre sentiría algo por él. Decirse que no quería tener nada que ver con él era mentirse. Pero tampoco podía dejarse atrapar por una fantasía imposible; era absurdo imaginar que podían llegar a enamorarse y ser felices juntos.
Aunque no le haría ningún daño comprobar hasta dónde llegaba su reciente interés por ella.
Pero de pronto, el tono cambiaba. Norma había escrito:
"Cumplir dieciocho años es todo un hito. Pronto tendré que encontrar un marido y formar una familia. Patricia Blaine ya se ha comprometido y sólo tiene diecisiete años. Sé que mi futuro marido está ahí fuera, pero tengo que encontrarlo. Les he preguntado a mis tías y a mi madre cómo se hace, esperando descubrir la mejor manera de encontrarlo. Ellas me han dado consejos, algunos contradictorios y otros demasiado anticuados. Pero a partir de todo lo que he oído, he decidido idear una receta para encontrar la pareja perfecta."
—Vaya, Norma, espero que la receta sea buena. Así podré usarla yo. Si crees que a los dieciocho años se es vieja, ¿qué dirías si supieras que tengo veintinueve y todavía no estoy casada? Y no veo a ningún hombre en el horizonte — Paula pasó la página.
"Lo primero es recordar que a los hombres les gustan los desafíos, hay que asegurarse de no ir demasiado rápido. Una mirada de vez en cuando en su dirección puede ser aceptable. Y tener cuidado con la tentación, que puede llegar a ser muy fuerte. Jamás deberías ser tan audaz como para ser la primera en dirigirte a un hombre ni mostrar con tu conducta que estás interesada en él. Él necesita sentir que es el cazador, como dice tía Teresa. Aunque la mayor parte de los hombres de aquí no han cazado en su vida, supongo que debe de ser un vestigio del tiempo de los pioneros, cuando la caza era tan necesaria para sobrevivir. Así que tendré que fingir que soy la presa y dejo que el hombre me atrape. Mostrar interés en alguna ocasión también puede funcionar. Me pregunto si Fernando se habrá fijado en mí. Quizá pase el domingo en la iglesia por delante de él para comprobarlo. ¿Funcionará?"
Paula pasó rápidamente las páginas siguientes hasta llegar a la narración de lo ocurrido el domingo. Estaba ansiosa por comprobar el resultado de la primera receta. No había conocido a su bisabuelo y no recordaba su nombre. ¿Habría conseguido atrapar a Fernando gracias a la receta?
"Fernando me habló al salir de la iglesia. Yo no me quedé con él. Le dije que tenía que ayudar a mi madre a preparar la comida. No fui seca, pero continué caminando con aire distraído. Tuve que contenerme para no echarme a reír. Ha sido la primera vez que me presta atención. Quizá la tía Clara tenga razón. Tengo que dejar que me persiga. La clave está en no moverme mucho más rápido que él, para que pueda alcanzarme".
Paula rió suavemente. Cuánto habían cambiado las cosas… Pero de pronto se descubrió recordando que Pedro había ido tras ella al ver que no hacía ningún esfuerzo por hablar con él. Por un instante, Paula se quedó con la mirada perdida, reconstruyendo su encuentro con Pedro. Ella estaba demasiado cansada para tener ganas de hablar. Y aunque Pedro había seguido hablando, había continuado caminando hacia la casa. Era la primera vez que le había hecho algo así a Pedro.
Y, por vez primera desde que lo conocía, Pedro la había seguido. Incluso la había llamado para invitarla a salir. Ella le había dicho que no. Y allí debería haber terminado todo, pero en ese momento comenzaba a dudarlo.
¿Habría algo de verdad en la receta de Norma? Quizá pudiera averiguar lo que sucedía si la aplicaba con rigor.
Por un momento, deseó poder asomarse al futuro. Le encantaría saber si era capaz de hacer cambiar a un hombre como Pedro, que apenas había reparado en su existencia durante dieciséis años, mediante la vieja receta de su bisabuela.
Cuando Paula se despertó a la mañana siguiente, se sentía descansada por primera vez desde hacía meses. Mientras se vestía, contempló sonriente el diario que descansaba en la mesilla. Qué tonta había sido la noche anterior. Como si siguiendo la receta de Norma pudiera asegurarse un matrimonio feliz con el hombre de sus sueños. Debía de estar más cansada de lo que pensaba. Pensar que ignorando a Pedro podía interesarse en ella. ¡Ja! Qué tontería.
Cuando bajó a prepararse el desayuno ya era bastante tarde, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo se sentía descansada y dispuesta a cualquier cosa. Quizá comenzara a arreglar el jardín.
Y a ello se dedicó durante todo el día. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Al medio día, tuvo que ponerse una camisa de manga corta para proteger sus hombros del sol. No quería quemarse, pero se sentía maravillosamente haciendo un trabajo físico bajo el sol.
A media tarde ya había terminado y el jardín parecía haber sido arreglado por un jardinero profesional. Satisfecha con su trabajo, se preparó una limonada y salió a tomársela al jardín, sentada en una mecedora bajo un viejo roble. Se estaba maravillosamente a la sombra. Todavía tenía que ducharse y arreglarse para ir con Leticia y Matías a cenar a un restaurante local, pero se merecía un descanso después de todo lo que había trabajado.
Cuando dos minutos después vio el coche de Pedro, recordó inmediatamente todos los consejos del diario. Dio un sorbo a su limonada, preguntándose si se atrevería a ignorar a aquel hombre. Por lo que ella sabía, Pedro no había andado detrás de nadie desde que había estado en la universidad. ¿Sería ella capaz de despertar su interés?
Pedro salió del coche, maletín en mano y nada más verla la saludó con una sonrisa.
—Si piensas quedarte ahí un rato, ahora mismo me cambio y voy a reunirme contigo —le gritó.
A Paula le dió un vuelco el corazón. Asintió en silencio y se reclinó en la mecedora, mirando hacia el cielo. Intentaba recordar todo lo que Norma había escrito en su diario. Sentía un revoloteo en el estómago. Pero era normal, se dijo. No iba a negar a esas alturas que había estado enamorada de Pedro Alfonso y que probablemente siempre sentiría algo por él. Decirse que no quería tener nada que ver con él era mentirse. Pero tampoco podía dejarse atrapar por una fantasía imposible; era absurdo imaginar que podían llegar a enamorarse y ser felices juntos.
Aunque no le haría ningún daño comprobar hasta dónde llegaba su reciente interés por ella.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 5
¿Y qué habría provocado aquel cambio? Las sonrisas de Paula eran amables y educadas, sí, pero también distantes y desinteresadas. ¿Habría olvidado ya lo que decía de él? La insistencia de Paula le había resultado agobiante cuando era joven. Al final, había terminado irritándolo. Y así se lo había dicho.
Él no tenía tiempo para amores adolescentes. No quería repetir los errores de su padre. Su madre se había dejado arrastrar por el glamour y las emociones de Nueva Orleans. Y, después de Selena, había empezado a pensar que su padre tenía razón sobre las mujeres: no se podía confiar en ellas. Un hombre estaba mejor solo.
Y los años no le habían hecho cambiar de opinión. Hasta ese momento.
Y no porque quisiera que Paula coqueteara con él cada vez que lo veía. No, no había ningún futuro en su relación. Pero, por extraño que pareciera, su falta de interés le hacía echar algo de menos.
¿Qué le habría ocurrido a Paula durante los años que llevaban sin verse? Silvia le había mencionado que estaba trabajando en una empresa de publicidad. Se preguntaba si a Paula le gustaba vivir en Nueva York… Porque parecía estar agotada.
Se dirigió hacia su casa. Tenía ganas de cambiarse de ropa. ¿Cuánto tiempo durarían las vacaciones de Paula? No creía que estuviera allí todo el verano, como cuando era niña. ¿Pero tendría tiempo de verla un par de veces? ¿De enterarse cómo era su vida en Nueva York?
Pedro sentía mucha curiosidad. Quizá, lo único que había pasado era que Paula por fin había crecido. Su relación podría convertirse en una cómoda amistad entre vecinos como la que compartía con Leticia.
Pedro se pasó la mano por la frente. Hacía mucho calor para estar a principios de Junio. El nivel de humedad aumentaba cada día y el verano no tardaría en llegar. Años atrás, la llegada de Paula parecía anunciar el principio del verano.
No tenía muchos recuerdos sobre los veranos que había pasado cuando estaba en la universidad. Por supuesto, al enamorarse de Selena, todo lo demás había desaparecido de su mente. Y enterarse de que lo había mentido, que lo había utilizado, lo había destrozado. A partir de entonces, no había querido saber nada de mujeres. Como mucho, aceptaba alguna cita ocasional.
Pero a veces se preguntaba si de verdad quería pasar el resto de su vida solo. O si algún día encontraría una mujer con la que formar una familia. Quizá le gustara tener hijos… Aunque si su hermano alguna vez se casaba, con sus sobrinos podría satisfacer la necesidad de ver niños a su alrededor.
Después de ponerse unos cómodos pantalones de algodón y una camiseta, bajó a la cocina. Abrió el frigorífico y se asomó a la ventana. Veía desde allí el patio de sus vecinos. Estaba vacío. ¿Estaría Paula preparando la cena? ¿Tendría ya algún plan para el fin de semana? Podía satisfacer su curiosidad pasando algún tiempo con ella. Podía invitarla a una barbacoa, algo que difícilmente encontraría en Nueva York. Además, el ambiente de una barbacoa era el menos adecuado para que se produjeran malentendidos.
Fiándose de su intuición, Pedro la llamó por teléfono. Paula contestó al segundo timbrazo.
—Hola, Paula. He pensado que podríamos salir a cenar juntos el sábado —dijo con naturalidad. Sabía que corría el riesgo de que pensara que tenía algún interés en ella, pero sabría manejarlo.
—Lo siento Pedro, el sábado ya he quedado. Pero de todas formas te lo agradezco.
Pedro descubrió con asombro que estaba convencido de que Paula no dejaría escapar aquella oportunidad. Su rechazo era una nueva indicación de que su actitud hacia él había cambiado.
—No importa. ¿Qué te parece el viernes?
—¿Mañana?
—Sí.
—Lo siento, pero ya tenía prevista otra cena. Otra vez será. Vaya, tengo que irme, adiós, Pedro.
Pedro se quedó mirando fijamente el teléfono antes de colgar.
—Un poco presuntuoso para tu edad, ¿no crees, Pedro? Pensabas que iba a saltar de alegría al tener una oportunidad de salir contigo, ¿no?
De pronto, su interés por ella creció. Una de las cualidades que lo habían convertido en un abogado de éxito era que no cesaba hasta encontrar una explicación a cualquier cosa que lo inquietara. La conducta de Paula le resultaba completamente extraña y quería conocer sus motivos. Y averiguar algo más de lo que estaba haciendo con su vida.
La perseverancia era otro de sus rasgos. Volvería a intentarlo. Al día siguiente la llamaría otra vez.
Él no tenía tiempo para amores adolescentes. No quería repetir los errores de su padre. Su madre se había dejado arrastrar por el glamour y las emociones de Nueva Orleans. Y, después de Selena, había empezado a pensar que su padre tenía razón sobre las mujeres: no se podía confiar en ellas. Un hombre estaba mejor solo.
Y los años no le habían hecho cambiar de opinión. Hasta ese momento.
Y no porque quisiera que Paula coqueteara con él cada vez que lo veía. No, no había ningún futuro en su relación. Pero, por extraño que pareciera, su falta de interés le hacía echar algo de menos.
¿Qué le habría ocurrido a Paula durante los años que llevaban sin verse? Silvia le había mencionado que estaba trabajando en una empresa de publicidad. Se preguntaba si a Paula le gustaba vivir en Nueva York… Porque parecía estar agotada.
Se dirigió hacia su casa. Tenía ganas de cambiarse de ropa. ¿Cuánto tiempo durarían las vacaciones de Paula? No creía que estuviera allí todo el verano, como cuando era niña. ¿Pero tendría tiempo de verla un par de veces? ¿De enterarse cómo era su vida en Nueva York?
Pedro sentía mucha curiosidad. Quizá, lo único que había pasado era que Paula por fin había crecido. Su relación podría convertirse en una cómoda amistad entre vecinos como la que compartía con Leticia.
Pedro se pasó la mano por la frente. Hacía mucho calor para estar a principios de Junio. El nivel de humedad aumentaba cada día y el verano no tardaría en llegar. Años atrás, la llegada de Paula parecía anunciar el principio del verano.
No tenía muchos recuerdos sobre los veranos que había pasado cuando estaba en la universidad. Por supuesto, al enamorarse de Selena, todo lo demás había desaparecido de su mente. Y enterarse de que lo había mentido, que lo había utilizado, lo había destrozado. A partir de entonces, no había querido saber nada de mujeres. Como mucho, aceptaba alguna cita ocasional.
Pero a veces se preguntaba si de verdad quería pasar el resto de su vida solo. O si algún día encontraría una mujer con la que formar una familia. Quizá le gustara tener hijos… Aunque si su hermano alguna vez se casaba, con sus sobrinos podría satisfacer la necesidad de ver niños a su alrededor.
Después de ponerse unos cómodos pantalones de algodón y una camiseta, bajó a la cocina. Abrió el frigorífico y se asomó a la ventana. Veía desde allí el patio de sus vecinos. Estaba vacío. ¿Estaría Paula preparando la cena? ¿Tendría ya algún plan para el fin de semana? Podía satisfacer su curiosidad pasando algún tiempo con ella. Podía invitarla a una barbacoa, algo que difícilmente encontraría en Nueva York. Además, el ambiente de una barbacoa era el menos adecuado para que se produjeran malentendidos.
Fiándose de su intuición, Pedro la llamó por teléfono. Paula contestó al segundo timbrazo.
—Hola, Paula. He pensado que podríamos salir a cenar juntos el sábado —dijo con naturalidad. Sabía que corría el riesgo de que pensara que tenía algún interés en ella, pero sabría manejarlo.
—Lo siento Pedro, el sábado ya he quedado. Pero de todas formas te lo agradezco.
Pedro descubrió con asombro que estaba convencido de que Paula no dejaría escapar aquella oportunidad. Su rechazo era una nueva indicación de que su actitud hacia él había cambiado.
—No importa. ¿Qué te parece el viernes?
—¿Mañana?
—Sí.
—Lo siento, pero ya tenía prevista otra cena. Otra vez será. Vaya, tengo que irme, adiós, Pedro.
Pedro se quedó mirando fijamente el teléfono antes de colgar.
—Un poco presuntuoso para tu edad, ¿no crees, Pedro? Pensabas que iba a saltar de alegría al tener una oportunidad de salir contigo, ¿no?
De pronto, su interés por ella creció. Una de las cualidades que lo habían convertido en un abogado de éxito era que no cesaba hasta encontrar una explicación a cualquier cosa que lo inquietara. La conducta de Paula le resultaba completamente extraña y quería conocer sus motivos. Y averiguar algo más de lo que estaba haciendo con su vida.
La perseverancia era otro de sus rasgos. Volvería a intentarlo. Al día siguiente la llamaría otra vez.
sábado, 18 de julio de 2015
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 4
—¿Cuántos años tiene?
—Conoció a Pedro en la universidad, así que debe de tener la misma edad.
—¿Nunca ha estado casado?
—No, ¿pero qué tiene que ver? Tú y yo tampoco hemos estado casadas nunca.
—Pero todavía no hemos cumplido los treinta.
—Ya, pero los vamos a cumplir dentro de unos meses.
—El caso es que todavía somos jóvenes, y, sin embargo, Pedro ya tiene treinta y cuatro años.
—¿Y eso te parece viejo? Sólo tiene cinco años más que nosotras.
—Las dos sabemos que Pedro no tiene ningún interés en casarse —se interrumpió un momento, recordando las humillantes risas de Pedro cuando ella se había atrevido a compartir con él sus sueños de adolescente—. Y sabemos también los motivos por los que huye de cualquier compromiso. ¿Pero sabes acaso por qué Matías no ha querido comprometerse con nadie hasta ahora?
—Por Dios, Paula, ¿cómo voy a saberlo? Quizá me haya estado esperando. Pero que un hombre no se haya casado no quiere decir que no esté dispuesto a hacerlo. No todo el mundo es tan cínico como Pedro. Además, quién sabe, quizá algún día encuentre a la mujer que consiga romper sus defensas.
Paula desvió la mirada hacia la ventana. Hubo una época en la que pensaba que ella era esa mujer. Pero la vida le había ensañado a dejar de luchar contra muros inamovibles. Estaba aprendiendo a ser una mujer práctica. Miró a su prima y sonrió.
—Me alegro por tí, Leticia, ¿cuándo voy a poder conocerlo?
—Seguro que este fin de semana. Lo invitaré a cenar, para que se conozcan. Y ahora vístete deprisa. Quiero aprovechar el día.
Ya era tarde cuando Leticia dejó a Paula nuevamente en casa. La comida en el club había sido muy agradable. Paula había hablado con un par de amigas del pasado y habían hecho planes para salir. A continuación, Leticia la había llevado de compras y había insistido en que se llevara dos vestidos de verano mucho más alegres que los tristes trajes que había vestido durante los últimos siete años. Paula adoraba Nueva York, pero no le iba a costar nada acostumbrarse al ritmo de West Bend. Le gustaba la tranquilidad del lugar, una tranquilidad que encajaba perfectamente con su estado de ánimo.
—¿ Paula? —la llamó Pedro.
Paula se volvió. ¿Por qué le causaría aquel hombre tanta zozobra? Había conocido a hombres muy atractivos en Nueva York. Pero ninguno de ellos hacía que le sudaran las manos, ni provocaba serias dificultades a su respiración.
Pedro parecía recién salido del despacho. Llevaba un traje gris y una corbata… Pero estaba tan atractivo como el día anterior.
—Hola, Pedro—lo saludó con calma, intentando apaciguar las mariposas que parecían revolotear en su estómago.
—Ayer por la noche te fuiste muy rápido —comentó Pedro cuando llegó a su lado.
—Estaba cansada, acababa de hacer un largo viaje.
Pedro estiró la mano y dibujó delicadamente una de sus ojeras.
—Hoy tienes mejor aspecto, pero todavía pareces cansada. ¿Han sido muy duros los últimos meses?
—Los he tenido mejores — Pedro se había metido ya la mano en el bolsillo y ella continuaba sintiendo la impresión de su caricia. Tragó saliva, recordándose a sí misma que no tenía ningún interés en aquel hombre.
Cuando era una adolescente, había coqueteado de todas las formas posibles con él, intentando despertar su interés. Al principio era demasiado joven, su diferencia de edad hacía imposible una relación entre ellos y Pedro la trataba como si fuera su hermana pequeña. Y al crecer, Pedro había cambiado. Se había convertido en un hombre cínico y amargado.
—¿Por fin te has cansado de Nueva York?
—No sé si de Nueva York, pero, desde luego, puedo decir que estoy cansada. He venido a pasar unas vacaciones. Bueno, supongo que nos veremos por aquí —sonrió educadamente y se volvió hacia la casa. No había dado media docena de pasos cuando Pedro le dijo:
—Si necesitas algo, llámame.
Paula se volvió hacia él.
—Gracias, Pedro, pero tengo a Leticia. Y conozco este lugar.
—Hace mucho que no vienes por aquí. Las cosas han cambiado.
—No hace tanto. El año antepasado estuve aquí por Navidad —replicó Paula.
—Y habían pasado ya dos años desde la última vez que habías estado —dio un paso hacia ella, como si quisiera acortar la distancia que los separaba.
Paula sonrió involuntariamente. Aquello parecía un interrogatorio.
—Si, es cierto. Bueno, tengo que irme Pedro. Todavía no he deshecho el equipaje. Adiós —se volvió y corrió hacia la casa.
Pedro observó a Paula mientras ella subía los escalones del porche. Se quedó mirándola fijamente durante unos segundos. Algo andaba mal. No conseguía averiguar lo que era, pero lo sentía.
Y de pronto se dió cuenta de lo que era, comprendió lo que había cambiado: Paula ya no intentaba coquetear con él. Desde que la conocía, Paula siempre había estado revoloteando a su alrededor, intentando llamar su atención. Cuando era adolescente, hacía todo lo que podía para intentar mostrarle su recién descubierta feminidad. E incluso cuando estaba en la universidad parecía andar detrás de él. Hacía años que no la veía. ¿Dónde habría estado él durante las antepasadas navidades?
—Conoció a Pedro en la universidad, así que debe de tener la misma edad.
—¿Nunca ha estado casado?
—No, ¿pero qué tiene que ver? Tú y yo tampoco hemos estado casadas nunca.
—Pero todavía no hemos cumplido los treinta.
—Ya, pero los vamos a cumplir dentro de unos meses.
—El caso es que todavía somos jóvenes, y, sin embargo, Pedro ya tiene treinta y cuatro años.
—¿Y eso te parece viejo? Sólo tiene cinco años más que nosotras.
—Las dos sabemos que Pedro no tiene ningún interés en casarse —se interrumpió un momento, recordando las humillantes risas de Pedro cuando ella se había atrevido a compartir con él sus sueños de adolescente—. Y sabemos también los motivos por los que huye de cualquier compromiso. ¿Pero sabes acaso por qué Matías no ha querido comprometerse con nadie hasta ahora?
—Por Dios, Paula, ¿cómo voy a saberlo? Quizá me haya estado esperando. Pero que un hombre no se haya casado no quiere decir que no esté dispuesto a hacerlo. No todo el mundo es tan cínico como Pedro. Además, quién sabe, quizá algún día encuentre a la mujer que consiga romper sus defensas.
Paula desvió la mirada hacia la ventana. Hubo una época en la que pensaba que ella era esa mujer. Pero la vida le había ensañado a dejar de luchar contra muros inamovibles. Estaba aprendiendo a ser una mujer práctica. Miró a su prima y sonrió.
—Me alegro por tí, Leticia, ¿cuándo voy a poder conocerlo?
—Seguro que este fin de semana. Lo invitaré a cenar, para que se conozcan. Y ahora vístete deprisa. Quiero aprovechar el día.
Ya era tarde cuando Leticia dejó a Paula nuevamente en casa. La comida en el club había sido muy agradable. Paula había hablado con un par de amigas del pasado y habían hecho planes para salir. A continuación, Leticia la había llevado de compras y había insistido en que se llevara dos vestidos de verano mucho más alegres que los tristes trajes que había vestido durante los últimos siete años. Paula adoraba Nueva York, pero no le iba a costar nada acostumbrarse al ritmo de West Bend. Le gustaba la tranquilidad del lugar, una tranquilidad que encajaba perfectamente con su estado de ánimo.
—¿ Paula? —la llamó Pedro.
Paula se volvió. ¿Por qué le causaría aquel hombre tanta zozobra? Había conocido a hombres muy atractivos en Nueva York. Pero ninguno de ellos hacía que le sudaran las manos, ni provocaba serias dificultades a su respiración.
Pedro parecía recién salido del despacho. Llevaba un traje gris y una corbata… Pero estaba tan atractivo como el día anterior.
—Hola, Pedro—lo saludó con calma, intentando apaciguar las mariposas que parecían revolotear en su estómago.
—Ayer por la noche te fuiste muy rápido —comentó Pedro cuando llegó a su lado.
—Estaba cansada, acababa de hacer un largo viaje.
Pedro estiró la mano y dibujó delicadamente una de sus ojeras.
—Hoy tienes mejor aspecto, pero todavía pareces cansada. ¿Han sido muy duros los últimos meses?
—Los he tenido mejores — Pedro se había metido ya la mano en el bolsillo y ella continuaba sintiendo la impresión de su caricia. Tragó saliva, recordándose a sí misma que no tenía ningún interés en aquel hombre.
Cuando era una adolescente, había coqueteado de todas las formas posibles con él, intentando despertar su interés. Al principio era demasiado joven, su diferencia de edad hacía imposible una relación entre ellos y Pedro la trataba como si fuera su hermana pequeña. Y al crecer, Pedro había cambiado. Se había convertido en un hombre cínico y amargado.
—¿Por fin te has cansado de Nueva York?
—No sé si de Nueva York, pero, desde luego, puedo decir que estoy cansada. He venido a pasar unas vacaciones. Bueno, supongo que nos veremos por aquí —sonrió educadamente y se volvió hacia la casa. No había dado media docena de pasos cuando Pedro le dijo:
—Si necesitas algo, llámame.
Paula se volvió hacia él.
—Gracias, Pedro, pero tengo a Leticia. Y conozco este lugar.
—Hace mucho que no vienes por aquí. Las cosas han cambiado.
—No hace tanto. El año antepasado estuve aquí por Navidad —replicó Paula.
—Y habían pasado ya dos años desde la última vez que habías estado —dio un paso hacia ella, como si quisiera acortar la distancia que los separaba.
Paula sonrió involuntariamente. Aquello parecía un interrogatorio.
—Si, es cierto. Bueno, tengo que irme Pedro. Todavía no he deshecho el equipaje. Adiós —se volvió y corrió hacia la casa.
Pedro observó a Paula mientras ella subía los escalones del porche. Se quedó mirándola fijamente durante unos segundos. Algo andaba mal. No conseguía averiguar lo que era, pero lo sentía.
Y de pronto se dió cuenta de lo que era, comprendió lo que había cambiado: Paula ya no intentaba coquetear con él. Desde que la conocía, Paula siempre había estado revoloteando a su alrededor, intentando llamar su atención. Cuando era adolescente, hacía todo lo que podía para intentar mostrarle su recién descubierta feminidad. E incluso cuando estaba en la universidad parecía andar detrás de él. Hacía años que no la veía. ¿Dónde habría estado él durante las antepasadas navidades?
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 3
—No tenías que haber hecho el viaje en un sólo día. Te habría resultado más fácil si lo hubieras dividido en dos etapas.
—Tenía ganas de estar en casa —contestó Paula suavemente.
—Me lo imagino. ¿Cómo te encuentras, Paula? Supongo que no ha sido fácil renunciar a tu trabajo.
—En realidad no he renunciado. Desde que vendieron la empresa, era sólo cuestión de tiempo que la mayor parte de nosotros perdiéramos nuestro trabajo.
—Pero tú trabajabas muchísimo.
—Exacto. Una tontería por mi parte. Debería haberme dado cuenta de que hiciera lo que hiciera, los nuevos propietarios tenían sus propios planes. De modo que todo el estrés de los últimos meses no me ha servido de nada. Y ahora estoy tan cansada que ni siquiera puedo pensar. Me encontré de pronto con tanto tiempo disponible que apenas sabía que hacer con él y decidí aceptar la oferta de tu madre y venir a descansar un tiempo. La empresa fue generosa con los despedidos, así que no tengo problemas económicos. Y en cuanto haya recuperado las fuerzas, empezaré a planear el futuro. Quizá consiga trabajo en Charlotte. O regrese a Nueva York, allí tengo muchos amigos.
—También los tienes aquí. Y familia —le recordó Leticia.
—Sí, claro —reconoció Paula.
—Oh, hablando de familia, ¡averigua lo que me he encontrado! Espera un minuto —Leticia se levantó y salió corriendo de la habitación.
Paula terminó el café pensando en que no sólo envidiaba a su prima por su belleza, sino también por su energía. Odiaba el letargo que parecía haber invadido cada célula de su cuerpo.
Pero se recuperaría, se prometió. Sólo era cuestión de tiempo. Y saber que no tenía nada que hacer en todo el día, salvo trabajar en el jardín o tumbarse bajo el sol, le resultaba lo más cercano a la gloria que había sentido desde hacía años. Además, se sentía bien en casa.
Sus padres iban a pasar aquel verano en el Egeo y durante los dos últimos años habían estado dando clases en la universidad de California. A lo largo de su vida, habían estado dando clases en diferentes universidades del país. Paula se preguntaba si sólo las personas que habían tenido una infancia nómada anhelaban con tanta fuerza como ella un hogar en el que echar raíces. A menudo, se sentía más cerca de su tía que de sus propios padres.
—Mira, me lo encontré cuando estaba limpiando el desván hace un par de meses con mi madre —Leticia le tendió un diario forrado en cuero—. Sólo lo he hojeado, pero lo que he leído es muy divertido.
Paula tomó el diario y acarició la cubierta.
—¿Qué es?
—Es el diario de la bisabuela Norma. Lo comenzó a escribir el día que cumplió dieciocho años. El diario se lo regaló su padre. Mi madre dice que cuenta el nacimiento del tío-abuelo Carlos. Tienes que leerlo. Viene hasta una receta para casarte con el hombre adecuado para un matrimonio perfecto.
—¿Una receta para atrapar a un hombre?
—Sí, es divertidísimo, estoy segura de que te va a gustar. ¿Te acuerdas de la bisabuela?
—Vagamente. Murió cuando yo tenía diez años. El primer año que vine aquí a pasar las vacaciones. ¿No era muy vieja?
—A nosotras nos lo parecía, pero porque éramos niñas. En realidad creo que murió a los setenta y siete años. Este diario es prácticamente una antigüedad.
—¿Cuánto llevas leído?
—Sólo las primeras páginas. Mi madre se lo pidió primero, y creo que lo terminó antes de irse. ¿Qué quieres hacer hoy? He pensado que podríamos ir a comer al club de campo. Hacen unas ensaladas maravillosas durante la semana y por la tarde podemos darnos un baño en la piscina —le quitó el diario a su prima, lo dejó en la mesilla y se levantó.
—Me parece estupendo —contestó Paula, alegrándose de que hubiera alguien que se hiciera cargo de ella.
—¿Sabes? Creo que estoy enamorada —dijo bruscamente Leticia.
—¿Otra vez? —su prima estaba enamorada de alguien cada vez que la veía. Y normalmente el enamoramiento le duraba uno o dos meses. Al igual que su vecino, parecía tener pánico a los compromisos. Y si su prima, que tenía veintinueve años, igual que ella, todavía no había encontrado al hombre adecuado, por supuesto, ella tampoco lo encontraría. Aunque tenía sus propias razones: utilizaba a Pedro como medida de todos los hombres con los que salía y, por supuesto, ninguno llegaba a su altura.
—¿Y quién es el afortunado en esta ocasión? —preguntó Paula mientras se levantaba y buscaba algo que ponerse hasta que sacara el resto del equipaje del coche.
—Un amigo de Pedro. Se llama Matías Bennet, es veterinario y acaba de llegar a la ciudad.
—¿Veterinario? Pero Leticia, si a tí no te gustan nada los animales.
—Los animales son cosa suya, yo no tengo nada que ver con ellos. Pero realmente me interesa como hombre.
—Tenía ganas de estar en casa —contestó Paula suavemente.
—Me lo imagino. ¿Cómo te encuentras, Paula? Supongo que no ha sido fácil renunciar a tu trabajo.
—En realidad no he renunciado. Desde que vendieron la empresa, era sólo cuestión de tiempo que la mayor parte de nosotros perdiéramos nuestro trabajo.
—Pero tú trabajabas muchísimo.
—Exacto. Una tontería por mi parte. Debería haberme dado cuenta de que hiciera lo que hiciera, los nuevos propietarios tenían sus propios planes. De modo que todo el estrés de los últimos meses no me ha servido de nada. Y ahora estoy tan cansada que ni siquiera puedo pensar. Me encontré de pronto con tanto tiempo disponible que apenas sabía que hacer con él y decidí aceptar la oferta de tu madre y venir a descansar un tiempo. La empresa fue generosa con los despedidos, así que no tengo problemas económicos. Y en cuanto haya recuperado las fuerzas, empezaré a planear el futuro. Quizá consiga trabajo en Charlotte. O regrese a Nueva York, allí tengo muchos amigos.
—También los tienes aquí. Y familia —le recordó Leticia.
—Sí, claro —reconoció Paula.
—Oh, hablando de familia, ¡averigua lo que me he encontrado! Espera un minuto —Leticia se levantó y salió corriendo de la habitación.
Paula terminó el café pensando en que no sólo envidiaba a su prima por su belleza, sino también por su energía. Odiaba el letargo que parecía haber invadido cada célula de su cuerpo.
Pero se recuperaría, se prometió. Sólo era cuestión de tiempo. Y saber que no tenía nada que hacer en todo el día, salvo trabajar en el jardín o tumbarse bajo el sol, le resultaba lo más cercano a la gloria que había sentido desde hacía años. Además, se sentía bien en casa.
Sus padres iban a pasar aquel verano en el Egeo y durante los dos últimos años habían estado dando clases en la universidad de California. A lo largo de su vida, habían estado dando clases en diferentes universidades del país. Paula se preguntaba si sólo las personas que habían tenido una infancia nómada anhelaban con tanta fuerza como ella un hogar en el que echar raíces. A menudo, se sentía más cerca de su tía que de sus propios padres.
—Mira, me lo encontré cuando estaba limpiando el desván hace un par de meses con mi madre —Leticia le tendió un diario forrado en cuero—. Sólo lo he hojeado, pero lo que he leído es muy divertido.
Paula tomó el diario y acarició la cubierta.
—¿Qué es?
—Es el diario de la bisabuela Norma. Lo comenzó a escribir el día que cumplió dieciocho años. El diario se lo regaló su padre. Mi madre dice que cuenta el nacimiento del tío-abuelo Carlos. Tienes que leerlo. Viene hasta una receta para casarte con el hombre adecuado para un matrimonio perfecto.
—¿Una receta para atrapar a un hombre?
—Sí, es divertidísimo, estoy segura de que te va a gustar. ¿Te acuerdas de la bisabuela?
—Vagamente. Murió cuando yo tenía diez años. El primer año que vine aquí a pasar las vacaciones. ¿No era muy vieja?
—A nosotras nos lo parecía, pero porque éramos niñas. En realidad creo que murió a los setenta y siete años. Este diario es prácticamente una antigüedad.
—¿Cuánto llevas leído?
—Sólo las primeras páginas. Mi madre se lo pidió primero, y creo que lo terminó antes de irse. ¿Qué quieres hacer hoy? He pensado que podríamos ir a comer al club de campo. Hacen unas ensaladas maravillosas durante la semana y por la tarde podemos darnos un baño en la piscina —le quitó el diario a su prima, lo dejó en la mesilla y se levantó.
—Me parece estupendo —contestó Paula, alegrándose de que hubiera alguien que se hiciera cargo de ella.
—¿Sabes? Creo que estoy enamorada —dijo bruscamente Leticia.
—¿Otra vez? —su prima estaba enamorada de alguien cada vez que la veía. Y normalmente el enamoramiento le duraba uno o dos meses. Al igual que su vecino, parecía tener pánico a los compromisos. Y si su prima, que tenía veintinueve años, igual que ella, todavía no había encontrado al hombre adecuado, por supuesto, ella tampoco lo encontraría. Aunque tenía sus propias razones: utilizaba a Pedro como medida de todos los hombres con los que salía y, por supuesto, ninguno llegaba a su altura.
—¿Y quién es el afortunado en esta ocasión? —preguntó Paula mientras se levantaba y buscaba algo que ponerse hasta que sacara el resto del equipaje del coche.
—Un amigo de Pedro. Se llama Matías Bennet, es veterinario y acaba de llegar a la ciudad.
—¿Veterinario? Pero Leticia, si a tí no te gustan nada los animales.
—Los animales son cosa suya, yo no tengo nada que ver con ellos. Pero realmente me interesa como hombre.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 2
No era justo, pensó Paula mientras dejaba que su mirada vagara sobre él. Los años deberían haber dejado alguna huella en Pedro. Al fin y al cabo, estaba ya cerca de los cuarenta…
Suspiró, demasiado cansada hasta para devolverle una sonrisa coqueta. ¿Cuál era el problema? Paula no tenía problema alguno en reconocer causas perdidas… por lo menos últimamente. Pedro la había ignorado durante la mayor parte de su vida. Hacía mucho que había renunciado a albergar ninguna esperanza sobre una posible relación con él. Pedro era una meta inalcanzable. Y ella estaba muy cansada.
—¿Vienes de vacaciones? —preguntó Pedro.
—Sí.
—Pareces necesitarlo, tienes un aspecto terrible.
—Caramba, gracias, Pedro. A nadie le viene mal un halago. Espero que no se me suba a la cabeza.
—Yo siempre me atengo a los hechos.
—¡Ja! Siempre y cuando le convengan al cliente al que estás defendiendo. En caso contrario, eres capaz de cambiarlos según convenga a tus necesidades —replicó Paula.
—Sea lo que sea, funciona. Y yo jamás altero los hechos, simplemente sugiero formas diferentes de contemplarlos.
—Lo que a mí de verdad me funciona, es una cama. Adiós, Pedro, supongo que nos veremos —giró sobre sus talones y se dirigió hacia la casa.
—¿Cuánto piensas quedarte? —le preguntó Pedro.
Paula se encogió de hombros y continuó caminando. Estaba demasiado cansada para bromear con él. Quizá si durmiera durante una semana entera, se sintiera mejor.
El aire acondicionado mantenía la casa fresca. Sonriendo, Paula entró en el vestíbulo y subió hasta el segundo piso. Eran las siete de una maravillosa tarde de primavera. Demasiado cansada para pensar, fue directamente a la habitación que siempre había sido suya, se desnudó y se metió en la cama, agradeciendo que alguien la hubiera dejado preparada. Seguramente habrían sido su tía Silvia o Leticia, su prima.
El trabajo la había dejado exhausta. Ella siempre se había burlado de aquella posibilidad, pero había tenido que rendirse a la evidencia. Si hubiera tenido un poco más de cerebro, habría prestado atención a los síntomas, pero estaba demasiado ocupada intentando demostrarle al mundo que era invencible. Y al final había caído rendida.
Al día siguiente, comenzaría a hacer planes para el futuro. Pero no aquella noche. El viaje había sido largo y tan cansado que ni siquiera la perspectiva de volver a ver a Pedro podía mantenerla despierta.
En cuestión de segundos, se quedó profundamente dormida.
—Buenos días, dormilona —la despertó una voz familiar a la mañana siguiente. Abrió un ojo y frunció el ceño al ver a su prima en el marco de la puerta. Leticia siempre se levantaba de buen humor, cualidad que desgraciadamente Paula no compartía.
—Vete —metió la cabeza debajo de la almohada y cerró nuevamente los ojos mientras Leticia entraba en la habitación. Oyó el suave tintineo de la porcelana e, incluso bajo la almohada, distinguió el maravilloso aroma a café recién hecho.
Lentamente, apartó la almohada y asomó la cabeza por entre las sábanas.
—Podría perdonarte si trajeras café —gruñó.
Leticia se sentó en el borde de la cama y sonrió.
—¿Cuándo has llegado? Esperaba que me llamaras. Si no me hubiera pasado ayer por aquí, ni siquiera me habría enterado de que ya habías llegado.
—Ayer estaba demasiado cansada para hacer otra cosa que dormir. ¿No te parece demasiado pronto para una visita? — Paula renunció a la idea de volver a dormirse, se sentó en la cama y tomó la taza de café que su prima le había llevado.
—He estado esperando hasta las diez para despertarte.
—¿Son más de las diez? — Paula sacudió la cabeza y se llevó la taza a los labios—. Humm. Todo perdonado, está delicioso.
Leticia sonrió con petulancia.
Paula miró a su prima e intentó odiarla. Siempre había sido hermosa y siempre lo sería. Tenía un pelo oscuro y brillante que Paula, que aborrecía su pelo tristemente castaño, siempre había envidiado. Y mientras Leticia estaba magnífica sin una sola gota de maquillaje, Paula estaba perdida si no se ponía al menos un poco de rímel.
—¿Estás bien? —le preguntó Leticia.
—Sólo estaba haciendo un inventario. ¿Por qué tienes que ser tan condenadamente guapa y yo tengo que conformarme con este aspecto tan vulgar?
Leticia soltó una carcajada.
— Paula, eres muy guapa, pero no dedicas ningún tiempo a sacarte partido. Mira tus ojos por ejemplo, son preciosos. Y bastaría un poco de maquillaje para que se convirtieran en lo más llamativo de tu cara.
—Sí, lo sé, la historia de siempre. Quizá me dedique a aprender algo de maquillaje durante este viaje. También podemos ir de compras. Por cierto, ¿qué haces aquí a esta hora? ¿No tienes trabajo?
—Claro que tengo trabajo. Pero he pedido el día libre. Cuando pasé ayer por la noche por aquí, Pedro me dijo que habías venido y subí a verte, pero estabas completamente dormida. ¿Fue muy duro el viaje?
—Digamos que la distancia entre Nueva York y West Bend es considerable.
Suspiró, demasiado cansada hasta para devolverle una sonrisa coqueta. ¿Cuál era el problema? Paula no tenía problema alguno en reconocer causas perdidas… por lo menos últimamente. Pedro la había ignorado durante la mayor parte de su vida. Hacía mucho que había renunciado a albergar ninguna esperanza sobre una posible relación con él. Pedro era una meta inalcanzable. Y ella estaba muy cansada.
—¿Vienes de vacaciones? —preguntó Pedro.
—Sí.
—Pareces necesitarlo, tienes un aspecto terrible.
—Caramba, gracias, Pedro. A nadie le viene mal un halago. Espero que no se me suba a la cabeza.
—Yo siempre me atengo a los hechos.
—¡Ja! Siempre y cuando le convengan al cliente al que estás defendiendo. En caso contrario, eres capaz de cambiarlos según convenga a tus necesidades —replicó Paula.
—Sea lo que sea, funciona. Y yo jamás altero los hechos, simplemente sugiero formas diferentes de contemplarlos.
—Lo que a mí de verdad me funciona, es una cama. Adiós, Pedro, supongo que nos veremos —giró sobre sus talones y se dirigió hacia la casa.
—¿Cuánto piensas quedarte? —le preguntó Pedro.
Paula se encogió de hombros y continuó caminando. Estaba demasiado cansada para bromear con él. Quizá si durmiera durante una semana entera, se sintiera mejor.
El aire acondicionado mantenía la casa fresca. Sonriendo, Paula entró en el vestíbulo y subió hasta el segundo piso. Eran las siete de una maravillosa tarde de primavera. Demasiado cansada para pensar, fue directamente a la habitación que siempre había sido suya, se desnudó y se metió en la cama, agradeciendo que alguien la hubiera dejado preparada. Seguramente habrían sido su tía Silvia o Leticia, su prima.
El trabajo la había dejado exhausta. Ella siempre se había burlado de aquella posibilidad, pero había tenido que rendirse a la evidencia. Si hubiera tenido un poco más de cerebro, habría prestado atención a los síntomas, pero estaba demasiado ocupada intentando demostrarle al mundo que era invencible. Y al final había caído rendida.
Al día siguiente, comenzaría a hacer planes para el futuro. Pero no aquella noche. El viaje había sido largo y tan cansado que ni siquiera la perspectiva de volver a ver a Pedro podía mantenerla despierta.
En cuestión de segundos, se quedó profundamente dormida.
—Buenos días, dormilona —la despertó una voz familiar a la mañana siguiente. Abrió un ojo y frunció el ceño al ver a su prima en el marco de la puerta. Leticia siempre se levantaba de buen humor, cualidad que desgraciadamente Paula no compartía.
—Vete —metió la cabeza debajo de la almohada y cerró nuevamente los ojos mientras Leticia entraba en la habitación. Oyó el suave tintineo de la porcelana e, incluso bajo la almohada, distinguió el maravilloso aroma a café recién hecho.
Lentamente, apartó la almohada y asomó la cabeza por entre las sábanas.
—Podría perdonarte si trajeras café —gruñó.
Leticia se sentó en el borde de la cama y sonrió.
—¿Cuándo has llegado? Esperaba que me llamaras. Si no me hubiera pasado ayer por aquí, ni siquiera me habría enterado de que ya habías llegado.
—Ayer estaba demasiado cansada para hacer otra cosa que dormir. ¿No te parece demasiado pronto para una visita? — Paula renunció a la idea de volver a dormirse, se sentó en la cama y tomó la taza de café que su prima le había llevado.
—He estado esperando hasta las diez para despertarte.
—¿Son más de las diez? — Paula sacudió la cabeza y se llevó la taza a los labios—. Humm. Todo perdonado, está delicioso.
Leticia sonrió con petulancia.
Paula miró a su prima e intentó odiarla. Siempre había sido hermosa y siempre lo sería. Tenía un pelo oscuro y brillante que Paula, que aborrecía su pelo tristemente castaño, siempre había envidiado. Y mientras Leticia estaba magnífica sin una sola gota de maquillaje, Paula estaba perdida si no se ponía al menos un poco de rímel.
—¿Estás bien? —le preguntó Leticia.
—Sólo estaba haciendo un inventario. ¿Por qué tienes que ser tan condenadamente guapa y yo tengo que conformarme con este aspecto tan vulgar?
Leticia soltó una carcajada.
— Paula, eres muy guapa, pero no dedicas ningún tiempo a sacarte partido. Mira tus ojos por ejemplo, son preciosos. Y bastaría un poco de maquillaje para que se convirtieran en lo más llamativo de tu cara.
—Sí, lo sé, la historia de siempre. Quizá me dedique a aprender algo de maquillaje durante este viaje. También podemos ir de compras. Por cierto, ¿qué haces aquí a esta hora? ¿No tienes trabajo?
—Claro que tengo trabajo. Pero he pedido el día libre. Cuando pasé ayer por la noche por aquí, Pedro me dijo que habías venido y subí a verte, pero estabas completamente dormida. ¿Fue muy duro el viaje?
—Digamos que la distancia entre Nueva York y West Bend es considerable.
La Clave Para Conquistarte: Capítulo 1
Paula Chaves disminuyó la velocidad del coche mientras transitaba por la avenida. Era una calle ancha, bordeada por ancianos robles cuyas copas parecían tocarse en el cielo, formando una exuberante cúpula vegetal. El sol se filtraba entre las hojas, convirtiendo el asfalto en una alfombra de motas luminosas. Al llegar a una calle más estrecha, giró para dirigirse a la parte trasera de la casa de sus tíos.
Aunque había ido a ver a su tío Arturo y a su tía Silvia cada verano, desde que había cumplido diez años hasta que había salido de la universidad, la sorprendía tener la sensación de estar llegando a su verdadero hogar. Sus estancias en aquella casa se habían reducido a los meses de verano, época que sus padres, ambos antropólogos, dedicaban a participar en expediciones arqueológicas y a algunas navidades pasadas en familia.
La vieja casa seguía como siempre: la fachada inmaculadamente blanca y las contraventanas de color verde oscuro. En el porche continuaban las mecedoras. El jardín estaba un poco descuidado, hacía falta cortar el césped y quitar las malas hierbas. Probablemente no había sido atendido desde que sus tíos se habían ido a disfrutar de un largo crucero, hacía ya un par de semanas. Evidentemente, su prima no prestaba demasiada atención al jardín. Parecía que nada había cambiado.
Paula detuvo el coche cerca del porche y se reclinó contra el asiento agotada. Esperaba tener energía suficiente para entrar en la casa, pensó mientras contemplaba las losetas que marcaban el camino. Hacía falta cortar la hierba que asomaba entre ellas, se dijo. Quizá al cabo de un par de días tuviera energía suficiente para dedicarse al jardín. Iba a resultarle un poco extraño quedarse en aquella casa sin que estuvieran sus tíos… En cualquier caso, se sentía capaz de cerrar los ojos y quedarse dormida en el coche durante una semana.
La palabra clave era «energía». Y «predisposición». Y no esperaba encontrar ninguna de las dos cosas allí dentro.
Un movimiento a su derecha le llamó la atención. Giró lentamente la cabeza. El vecino de su tía, Pedro Alfonso, cruzaba el jardín a grandes zancadas, dirigiéndose hacia ella. Era un hombre alto, bien formado, que en aquel momento iba con los pies descalzos y unos vaqueros cortos como único atuendo. Teniendo en cuenta que estaba al lado de un coche todavía mojado y una manguera, era obvio lo que había estado haciendo. Tenía el pelo revuelto y su flequillo ocultaba sus burlones ojos grises. A Paula le dio un vuelco el corazón mientras lo veía aproximarse. Cuando era adolescente, estaba completamente enamorada de Pedro.
Y él jamás le había prestado ninguna atención.
Suspiró, sacó la llave del coche y agarró su maletín de noche. Ya tendría tiempo de sacar más tarde la maleta. Tras una reparadora noche de sueño, tendría fuerzas suficientes para deshacer su equipaje. O al menos eso esperaba.
Salió del coche, se estiró y se preguntó una vez más por qué la gente rara vez utilizaba la puerta delantera de la casa.
—¿ Paula? —preguntó Pedro cuando estuvo a su lado. La recorrió de pies a cabeza con la mirada y al momento esbozó una sonrisa burlona—. Paula Chaves.
El corazón de Paula latía violentamente en su pecho, tenía las manos empapadas en sudor y cada uno de sus nervios en tensión. ¿No habría cambiado nada durante los años que había pasado sin verlo? Sentimientos que creía ya olvidados la invadieron. Por un instante, deseó que Pedro la abrazara y la besara como si no hubiera mañana. Por supuesto, aquel deseo la había acompañado durante todos los veranos de su adolescencia. Y jamás se había hecho realidad.
—Bien, bien, la pequeña Paula Chaves ha crecido. Y lo ha hecho muy bien —se cruzó de brazos y se apoyó sobre el coche mientras deslizaba lentamente la mirada por el cuerpo de Paula.
A Paula le enfadó su tono arrogante y burlón. No estaba de humor para enfrentarse a algo así. Lo miró con expresión furibunda. Había crecido y no estaba dispuesta a permitir que aquel hombre volviera a burlarse de ella nunca más.
—Vaya, vaya. Pedro Alfonso, sigues siendo tan insoportable como siempre —contestó sin dejarse intimidar.
Pedro asintió lentamente, con brillo de apreciación en la mirada.
—Te aseguro que intento agradar.
Y estaba convencida de que conseguía agradar a cualquier mujer de la que pretendiera ganarse su atención. Estaba tan maravilloso como siempre. Tenía ya treinta y cuatro años y continuaba en plena forma. Ella lo conocía desde hacía media vida. En una ocasión, siendo todavía una adolescente, había hecho de todo para que la viera como una mujer interesante y disponible. Y había fracasado miserablemente. La diferencia de edad se había vuelto en contra de ella. Y la mala experiencia que Pedro había tenido en la universidad, combinada con el ejemplo de su propia madre, lo habían convertido en un hombre extremadamente receloso hacia las mujeres. Pedro era un hombre de citas informales, pero el compromiso para él era anatema. Y en eso no parecía haber cambiado.
Aunque había ido a ver a su tío Arturo y a su tía Silvia cada verano, desde que había cumplido diez años hasta que había salido de la universidad, la sorprendía tener la sensación de estar llegando a su verdadero hogar. Sus estancias en aquella casa se habían reducido a los meses de verano, época que sus padres, ambos antropólogos, dedicaban a participar en expediciones arqueológicas y a algunas navidades pasadas en familia.
La vieja casa seguía como siempre: la fachada inmaculadamente blanca y las contraventanas de color verde oscuro. En el porche continuaban las mecedoras. El jardín estaba un poco descuidado, hacía falta cortar el césped y quitar las malas hierbas. Probablemente no había sido atendido desde que sus tíos se habían ido a disfrutar de un largo crucero, hacía ya un par de semanas. Evidentemente, su prima no prestaba demasiada atención al jardín. Parecía que nada había cambiado.
Paula detuvo el coche cerca del porche y se reclinó contra el asiento agotada. Esperaba tener energía suficiente para entrar en la casa, pensó mientras contemplaba las losetas que marcaban el camino. Hacía falta cortar la hierba que asomaba entre ellas, se dijo. Quizá al cabo de un par de días tuviera energía suficiente para dedicarse al jardín. Iba a resultarle un poco extraño quedarse en aquella casa sin que estuvieran sus tíos… En cualquier caso, se sentía capaz de cerrar los ojos y quedarse dormida en el coche durante una semana.
La palabra clave era «energía». Y «predisposición». Y no esperaba encontrar ninguna de las dos cosas allí dentro.
Un movimiento a su derecha le llamó la atención. Giró lentamente la cabeza. El vecino de su tía, Pedro Alfonso, cruzaba el jardín a grandes zancadas, dirigiéndose hacia ella. Era un hombre alto, bien formado, que en aquel momento iba con los pies descalzos y unos vaqueros cortos como único atuendo. Teniendo en cuenta que estaba al lado de un coche todavía mojado y una manguera, era obvio lo que había estado haciendo. Tenía el pelo revuelto y su flequillo ocultaba sus burlones ojos grises. A Paula le dio un vuelco el corazón mientras lo veía aproximarse. Cuando era adolescente, estaba completamente enamorada de Pedro.
Y él jamás le había prestado ninguna atención.
Suspiró, sacó la llave del coche y agarró su maletín de noche. Ya tendría tiempo de sacar más tarde la maleta. Tras una reparadora noche de sueño, tendría fuerzas suficientes para deshacer su equipaje. O al menos eso esperaba.
Salió del coche, se estiró y se preguntó una vez más por qué la gente rara vez utilizaba la puerta delantera de la casa.
—¿ Paula? —preguntó Pedro cuando estuvo a su lado. La recorrió de pies a cabeza con la mirada y al momento esbozó una sonrisa burlona—. Paula Chaves.
El corazón de Paula latía violentamente en su pecho, tenía las manos empapadas en sudor y cada uno de sus nervios en tensión. ¿No habría cambiado nada durante los años que había pasado sin verlo? Sentimientos que creía ya olvidados la invadieron. Por un instante, deseó que Pedro la abrazara y la besara como si no hubiera mañana. Por supuesto, aquel deseo la había acompañado durante todos los veranos de su adolescencia. Y jamás se había hecho realidad.
—Bien, bien, la pequeña Paula Chaves ha crecido. Y lo ha hecho muy bien —se cruzó de brazos y se apoyó sobre el coche mientras deslizaba lentamente la mirada por el cuerpo de Paula.
A Paula le enfadó su tono arrogante y burlón. No estaba de humor para enfrentarse a algo así. Lo miró con expresión furibunda. Había crecido y no estaba dispuesta a permitir que aquel hombre volviera a burlarse de ella nunca más.
—Vaya, vaya. Pedro Alfonso, sigues siendo tan insoportable como siempre —contestó sin dejarse intimidar.
Pedro asintió lentamente, con brillo de apreciación en la mirada.
—Te aseguro que intento agradar.
Y estaba convencida de que conseguía agradar a cualquier mujer de la que pretendiera ganarse su atención. Estaba tan maravilloso como siempre. Tenía ya treinta y cuatro años y continuaba en plena forma. Ella lo conocía desde hacía media vida. En una ocasión, siendo todavía una adolescente, había hecho de todo para que la viera como una mujer interesante y disponible. Y había fracasado miserablemente. La diferencia de edad se había vuelto en contra de ella. Y la mala experiencia que Pedro había tenido en la universidad, combinada con el ejemplo de su propia madre, lo habían convertido en un hombre extremadamente receloso hacia las mujeres. Pedro era un hombre de citas informales, pero el compromiso para él era anatema. Y en eso no parecía haber cambiado.
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