Cuando le puso la mano sobre la espalda desnuda, el corazón de Paula redobló su paso. Le recorrió un escalofrío delicioso y por un instante Paula pensó que iba a perder el paso. Le temblaban las piernas y sentía un calor tremendo en la espalda. ¿Cómo se sentiría si le tocara otras partes de su cuerpo?
Paula esperó junto a la barra mientras Pedro iba a buscar las bebidas y observó a las parejas que bailaban.
—¿Qué tal? —le preguntó mientras le pasaba una copa de vino.
—¡Es emocionante! Nunca pensé que asistiría a un lugar así. ¿No es ese el primer ministro?
—Sí. ¿Quieres que te lo presente?
Se volvió a mirar a Pedro con los ojos como platos.
—¿Lo conoces?
Pedro sonrió y asintió con la cabeza, los ojos bien atentos.
—Por asuntos de negocios.
Por supuesto que el dueño de una empresa tan importante como Zolezzi conocería a muchas personas influyentes, incluido el primer ministro.
—No creo que me haga falta conocerlo —murmuró mientras daba un sorbo de vino y contemplaba a los bailarines.
Todos aquellos trajes y peinados diferentes la tenían fascinada y miró detenidamente a todas las mujeres que estaban cerca. Pedro tenía razón, había muchos vestidos bastante más atrevidos que el suyo. Si no la miraban por detrás, podrían considerar que su vestido era quizá un tanto recatado para la ocasión.
Se le levantó el animó. Había hecho muy bien; o incluso más que bien.
«Tremendamente sexy», le había dicho Pedro. Le volvió a invadir aquella sensación de bienestar.
—¿Te apetece bailar? —le preguntó Pedro.
—Sí, gracias.
Él se echó a reír.
—Siempre tan educada.
Le quitó el vaso de la mano y lo colocó en una mesa, junto al suyo. Le agarró de la mano y la llevó hasta la pista. La orquesta acababa de empezar a tocar otra melodía y Pedro se unió al resto de los bailarines con soltura.
Paula sabía que estaba viviendo un cuento de hadas, donde ella era la princesa y Pedro el príncipe. Bailarían sin cesar toda la noche, siguiendo el paso con gracia y descubriendo otros aspectos de sí mismos en los que se compenetraran a la perfección. Ella estaría brillante y él divertido y entretenido por su animada conversación. Lo provocaría, lo cautivaría... Paula se tropezó y despertó de su sueño, esbozando una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, no estaba prestando atención.
—No hace falta prestar atención para bailar —le dijo, arrimándose más a ella.
Sus fuertes piernas le rozaron los muslos y se apoyó contra su pecho, duro como una roca. Podría cerrar los ojos y dejarse llevar.
—¿Paula? —le murmuró al oído.
—¿Sí?
Tenía los ojos cerrados y apoyó la cabeza en el hombro de Pedro.
—¿Te gustaría tener una aventura conmigo? —le preguntó.
Ella se tropezó y dejó de bailar. Abrió los ojos enseguida y lo miró sorprendida.
—¿Cómo?
¿Lo habría oído bien? ¿Acababa de pedirle que tuvieran un affaire? Le dio un vuelco el corazón. ¿Se habría dado cuenta de lo que sentía por él? ¿De lo que la atraía? ¿Qué pensaría Pedro? La abrazó y continuó bailando.
—Veo que te he sorprendido.
—¿Sorprendido? Más bien me has dado un susto de muerte. No me lo puedo creer.
—¿Por qué no? Sabes que me atraes y yo creo que tú también sientes algo. ¿Qué puede haber más natural que actuar sobre la base de esa atracción mutua?
Ella tragó saliva.
—Nunca he tenido una aventura con nadie —dijo mirándolo de frente.
Él sonrió y le acarició la espalda con suavidad.
—Me lo imaginaba. Estoy seguro de que tu marido ha sido el único hombre con el que te has acostado.
Ella asintió con la cabeza, preguntándose si notaría los acelerados latidos de su corazón. Por una parte deseaba echarle los brazos al cuello y jurarle amor eterno. Pero una voz en su interior le decía que tenía que deliberar todo aquel asunto.
—¿Tienes idea de lo que me cuesta meterme en la cama e ignorarte?
Daban vueltas y vueltas sobre la pista, moviéndose al compás de la música, pero Paula ni lo notaba; estaba demasiado perpleja con la conversación que mantenían. ¿Cómo podía Pedro discutir eso con tanta calma y bailar al mismo tiempo? No sabía cómo había logrado no pisarle aún.
—Pues no —dijo, bajando los ojos hasta la altura de su boca.
Al recordar los besos que le había dado pensó que no era el lugar más adecuado adonde mirar. Deseaba besar aquellos labios y volver a sentir la delicia que le habían proporcionado sus besos.
—Entonces, piénsatelo. Eres una mujer preciosa, sensual, cariñosa. ¿Quién no querría acostarse contigo?
—¿Es eso todo?
Por alguna extraña razón, se sintió algo decepcionada. ¿Es que no era más que un cuerpo para él?
—¿Quiero decir, a eso te refieres con tener una aventura? ¿Sólo a acostarnos juntos?
—No. Me refiero a pasar tiempo juntos, a compartir muchas cosas.
Se aclaró la garganta, rezando para que su respiración volviera a ser regular. Una aventura. ¡Qué emoción y qué miedo! No era de las que volvía locos a los hombres, sin embargo, allí estaba aquel hombre tan guapo y viril pidiéndole relaciones.
Paula quería aceptar, pero vaciló. Sabía que estaba ya enamorada de Pedro. ¿Que pasaría cuando el matrimonio y su aventura terminaran? Le dolería muchísimo. A no ser que se mantuviera alerta y no se dejara llevar por su sueño de tener una relación feliz para toda la vida.
¿Qué sería mejor, amar y llevarse esos recuerdos consigo cuando se marchara o bien rechazar aquella oportunidad?
—¿Paula?
Fijó su mirada en aquellos ojos que la hipnotizaban. Respiró profundamente y asintió con la cabeza, porque no pensaba que fuera a salirle la voz. Si su tía levantara la cabeza y viera lo que su sobrina estaba haciendo...
Él la estrechó entre sus brazos muy sonriente y la promesa de una ardiente pasión se reflejó en su rostro.
—Podríamos marcharnos ahora —dijo Pedro—. Podemos mandarle el coche a mi madre más tarde.
—Oh, no —dijo valientemente—. ¡Me he comprado este vestido para esta fiesta y quiero sacarle provecho! ¡No he visto a nadie, no me has presentado a nadie y pienso bailar contigo toda la noche!
—Cambio las reglas un poco y ya tenemos a un tirano—dijo con sequedad—. Muy bien, bailaremos hasta que termine la fiesta, pero luego, Cenicienta, volverás a casa conmigo y te vendrás a la cama conmigo.
Sus palabras la emocionaron y asustaron al tiempo. Paula esperó no estar a punto de cometer el mayor error de su vida, pero por una vez decidió arriesgarse. Aprovecharía la oportunidad y después se preocuparía de las consecuencias.
A lo largo de la velada, Pedro le presentó a gente conocida con la que se iban encontrando. La noticia de la boda de Pedro había aparecido en los periódicos al día siguiente del enlace, pero ese era el primer acontecimiento social al que acudía acompañado de su esposa.
—¿Es esto lo que se suele hacer en estos sitios? —le preguntó Paula mientras descansaban un rato y se tomaban unos canapés.
—¿Qué quieres decir? Charlo con gente conocida, me presentan a gente nueva —se encogió de hombros.
—¿Asististe alguna vez a uno de estos eventos con tu prometida?
—Al poco de estar prometido me enteré de que no era más que una mentira.
—¿Cómo nuestro matrimonio?
—Paula, a veces me parece que crees que nuestro matrimonio no es legal.
—Claro que lo es, Pedro, de eso te encargaste muy bien para desbaratarle los planes a tu abuelo. Es legal, pero no es real.
Con mucho cuidado le dio un mordisquito a un canapé de cangrejo; no quería mancharse su bonito vestido nuevo. No sabía si iba a tener oportunidad de volvérselo a poner, pero si surgía la ocasión no podría permitirse otro vestido de fiesta.
—A partir de esta noche lo será —dijo con pasión.
Ella lo miró con picardía.
—Bueno, espero que esto no vaya a cambiar demasiado las cosas. Hasta ahora has sido un marido perfecto.
El arqueó las cejas, reconociendo en su comentario burlón una repetición de lo que él le había dicho en una ocasión.
—¿Cómo puede ser eso? —dijo con mirada divertida.
—En los últimos cuatro meses no me has exigido que te ponga la cena a una hora fija. No tengo que lavarte la ropa y nadie me pregunta adonde voy ni lo que hago.
—Eso podría cambiar —murmuró, sin dejar de mirarle a los ojos.
—¿Y por qué iba a hacerlo? Las personas que tienen una aventura no se comportan como las parejas casadas.
—Amantes es la palabra que estás intentando evitar.
Paula se puso como un tomate, pero antes de que pudiera pensar en algo que decir, fueron interrumpidos.
—¿Pedro? ¡Eres tú! ¿Cómo estás?
jueves, 25 de junio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
Amor Del Corazón: Capítulo 20
Paula dudó unos instantes cuando a la noche siguiente se puso el vestido que se había comprado para la fiesta. Se había pasado la mañana del viernes arreglándose el pelo y maquillándose. Los zapatos de tacón alto le hacían juego con el azul oscuro del vestido y las medias de nailon le hicieron sentirse bastante elegante. El vestido era ideal, a no ser que planeara estar a cierta distancia de Pedro. Por delante daba la impresión de ser un vestido bastante recatado, pero sólo hasta que se volvía de espaldas. El escote era sumamente provocativo. Se sentía muy sexy con él puesto; jamás había llevado un vestido tan insinuante.
Pero estaba introduciéndose en un terreno totalmente nuevo para ella y necesitaba todo el apoyo posible.
Paula tenía que bajar. Pedro le había dicho que el coche estaría preparado a las ocho menos diez. Lo que menos deseaba era hacerle esperar o darle a Ana una excusa para que soltara uno de sus mordaces comentarios. Pero llegado el momento, no estuvo segura de si podría o no hacerlo. Una cosa era que la dependienta le dijera lo bien que le quedaba el vestido y otra bajar y ver a Pedro.
Tragó saliva y respiró profundamente. No era más que un vestido.
Cuando Paula llegó al inicio de las escaleras, Pedro estaba hablando con Ana en el vestíbulo. Respiró hondo y empezó a descender con suavidad, con los ojos fijos en Pedro. Él levantó la vista y la miró de forma enigmática mientras seguía bajando. Llevaba puesto el mismo esmoquin que la primera noche que lo vio en el café. Lo había visto con vaqueros y camisetas, con traje y también sin camisa. Pero con el esmoquin estaba guapísimo.
Esperó que le gustara el vestido que había elegido para aquella velada. No tenía intención alguna de avergonzarlo. Cuando llegó abajo, el corazón empezó a latirle a toda prisa. Los sentimientos que la invadieron le daban miedo y no quería que se intensificaran.
Ana se volvió y frunció la boca y Paula pensó que debía avisarla que le saldrían arrugas si no dejaba de hacer ese gesto; pero sabía que a Ana le molestaría el comentario.
Al llegar abajo Paula sonrió temblorosa.
—Espero no haberlos hecho esperar.
—José lleva cinco minutos esperando fuera —le espetó Ana.
Elegantemente vestida con un traje plateado hasta los pies y el pelo recogido en un elaborado moño, Ana era el ejemplo perfecto de una de esas personas que figuran mucho en sociedad. Llevaba diamantes al cuello y pendientes a juego, que brillaban cuando movía las manos.
—Pero normalmente siempre está listo unos minutos antes de lo previsto, ¿no? —dijo Pedro con soltura.
Paula sonrió, agradeciendo sus palabras.
—¿Sofía está dormida? —le preguntó mientras cruzaban el vestíbulo.
—Sí, ha...
—¡Santo Dios, no puedes ponerte ese vestido! —gritó Ana horrorizada cuando Paula pasó delante de ella—. ¡Es de lo más escandaloso!
Paula se volvió y miró a Pedro con mirada interrogante. De nuevo le invadieron las dudas. ¿Sería eso cierto?
—Sube a cambiarte inmediatamente —le ordenó Ana.
—Madre —Pedro habló con tranquilidad, pero había un claro trasfondo de severidad en su voz—. Tu comentario está fuera de lugar. Paula no es una chiquilla para que le des órdenes y aunque lo fuera no es hija tuya. El vestido es más que apropiado. Sabes que en este acto veremos algunos modelos de lo más extravagantes. El vestido de Paula no tiene nada de malo.
Pedro estudió el vestido desde todos los ángulos y esbozó una sonrisa.
—Creo que está preciosa —se acercó a Paula para que sólo ella pudiera oírlo—. ¡Y tremendamente sexy!
Paula le sonrió emocionada.
—Apenas si tiene espalda —dijo Ana, con los ojos como platos.
—Es un vestido muy escotado, pero yo no diría tanto como que no tiene espalda —respondió Pedro—. Debería haberte comprado un collar o algo para acompañarlo; o quizá unos pendientes de diamantes.
Paula sacudió la cabeza.
—El vestido está bien sin ponerme nada y no me gustan mucho las joyas. Ya tengo mi anillo de bodas.
Levantó la mano al decirlo y Pedro la agarró, apretándosela un instante y mirándola fijamente a los ojos. ¿Estaría recordando las promesas que había repetido en la cama esa mañana?
Ana estaba furiosa y a Paula se le cayó el alma a los pies. Lo que menos falta le hacía en ese momento eran las discrepancias de aquella mujer. Pero a Pedro le había gustado el vestido, y eso era suficiente. Deseó que pudieran ir los dos solos y no tener que escuchar las críticas de Ana al menos una noche.
—Sólo con llevarla a la fiesta y presentarla como tu esposa ya vas a causar un gran revuelo. Me pongo enferma sólo de pensar en los comentarios que levantará vestida así —dijo Ana con altivez.
—Creo que podré soportarlo, madre. Como bien has dicho antes, creo que José está esperándonos. Las damas primero.
Pedro se sentó en medio de las dos mujeres. Paula hizo lo posible por no pensar en las palabras de Ana y se distrajo mirando por la ventanilla mientras José cruzaba el Harbor Bridge. Las luces de Sidney brillaban en la suave luz del crepúsculo. El cielo estaba despejado y pronto lleno de estrellas, que proporcionarían un marco incomparable a la ciudad.
Las aceras del Hotel Intercontinental estaban abarrotadas de mirones, que observaban la entrada en el hotel de las elegantes y modernas personalidades. El salón era inmenso. Brillantes lámparas de araña iluminaban la escena y los coloridos atuendos, las joyas y los trajes de etiqueta llenaban el salón. Había una orquesta tocando y algunas parejas bailaban ya sobre el enorme espacio central. A la izquierda había mesas y sillas para sentarse. A la derecha largas mesas repletas de canapés alineadas junto a las paredes. Los camareros circulaban entre los invitados, que se apiñaban en pequeños grupos, charlando o contemplando a los que bailaban.
—Allí están los Taylor, creo que iré a saludarlos —dijo Ana.
—José volverá a las once a recogerte —dijo Pedro.
Ana lo miró.
—¿No van a volver conmigo?
—Ya veremos cómo nos lo pasamos antes de comprometernos. Si no volvemos contigo, José puede venir a recogernos más tarde.
Ana ignoró a Paula, diciendo que buscaría a Pedro antes de marcharse y seguidamente dándose media vuelta en dirección a donde estaban sus amigos.
Paula deseó poder gritar dando gracias, pero optó por ser prudente.
—A veces es una cruz —dijo Pedro.
—Es tu madre —replicó Paula con diplomacia.
—¿Te apetece beber algo?
—No me importaría tomarme un vino.
Pero estaba introduciéndose en un terreno totalmente nuevo para ella y necesitaba todo el apoyo posible.
Paula tenía que bajar. Pedro le había dicho que el coche estaría preparado a las ocho menos diez. Lo que menos deseaba era hacerle esperar o darle a Ana una excusa para que soltara uno de sus mordaces comentarios. Pero llegado el momento, no estuvo segura de si podría o no hacerlo. Una cosa era que la dependienta le dijera lo bien que le quedaba el vestido y otra bajar y ver a Pedro.
Tragó saliva y respiró profundamente. No era más que un vestido.
Cuando Paula llegó al inicio de las escaleras, Pedro estaba hablando con Ana en el vestíbulo. Respiró hondo y empezó a descender con suavidad, con los ojos fijos en Pedro. Él levantó la vista y la miró de forma enigmática mientras seguía bajando. Llevaba puesto el mismo esmoquin que la primera noche que lo vio en el café. Lo había visto con vaqueros y camisetas, con traje y también sin camisa. Pero con el esmoquin estaba guapísimo.
Esperó que le gustara el vestido que había elegido para aquella velada. No tenía intención alguna de avergonzarlo. Cuando llegó abajo, el corazón empezó a latirle a toda prisa. Los sentimientos que la invadieron le daban miedo y no quería que se intensificaran.
Ana se volvió y frunció la boca y Paula pensó que debía avisarla que le saldrían arrugas si no dejaba de hacer ese gesto; pero sabía que a Ana le molestaría el comentario.
Al llegar abajo Paula sonrió temblorosa.
—Espero no haberlos hecho esperar.
—José lleva cinco minutos esperando fuera —le espetó Ana.
Elegantemente vestida con un traje plateado hasta los pies y el pelo recogido en un elaborado moño, Ana era el ejemplo perfecto de una de esas personas que figuran mucho en sociedad. Llevaba diamantes al cuello y pendientes a juego, que brillaban cuando movía las manos.
—Pero normalmente siempre está listo unos minutos antes de lo previsto, ¿no? —dijo Pedro con soltura.
Paula sonrió, agradeciendo sus palabras.
—¿Sofía está dormida? —le preguntó mientras cruzaban el vestíbulo.
—Sí, ha...
—¡Santo Dios, no puedes ponerte ese vestido! —gritó Ana horrorizada cuando Paula pasó delante de ella—. ¡Es de lo más escandaloso!
Paula se volvió y miró a Pedro con mirada interrogante. De nuevo le invadieron las dudas. ¿Sería eso cierto?
—Sube a cambiarte inmediatamente —le ordenó Ana.
—Madre —Pedro habló con tranquilidad, pero había un claro trasfondo de severidad en su voz—. Tu comentario está fuera de lugar. Paula no es una chiquilla para que le des órdenes y aunque lo fuera no es hija tuya. El vestido es más que apropiado. Sabes que en este acto veremos algunos modelos de lo más extravagantes. El vestido de Paula no tiene nada de malo.
Pedro estudió el vestido desde todos los ángulos y esbozó una sonrisa.
—Creo que está preciosa —se acercó a Paula para que sólo ella pudiera oírlo—. ¡Y tremendamente sexy!
Paula le sonrió emocionada.
—Apenas si tiene espalda —dijo Ana, con los ojos como platos.
—Es un vestido muy escotado, pero yo no diría tanto como que no tiene espalda —respondió Pedro—. Debería haberte comprado un collar o algo para acompañarlo; o quizá unos pendientes de diamantes.
Paula sacudió la cabeza.
—El vestido está bien sin ponerme nada y no me gustan mucho las joyas. Ya tengo mi anillo de bodas.
Levantó la mano al decirlo y Pedro la agarró, apretándosela un instante y mirándola fijamente a los ojos. ¿Estaría recordando las promesas que había repetido en la cama esa mañana?
Ana estaba furiosa y a Paula se le cayó el alma a los pies. Lo que menos falta le hacía en ese momento eran las discrepancias de aquella mujer. Pero a Pedro le había gustado el vestido, y eso era suficiente. Deseó que pudieran ir los dos solos y no tener que escuchar las críticas de Ana al menos una noche.
—Sólo con llevarla a la fiesta y presentarla como tu esposa ya vas a causar un gran revuelo. Me pongo enferma sólo de pensar en los comentarios que levantará vestida así —dijo Ana con altivez.
—Creo que podré soportarlo, madre. Como bien has dicho antes, creo que José está esperándonos. Las damas primero.
Pedro se sentó en medio de las dos mujeres. Paula hizo lo posible por no pensar en las palabras de Ana y se distrajo mirando por la ventanilla mientras José cruzaba el Harbor Bridge. Las luces de Sidney brillaban en la suave luz del crepúsculo. El cielo estaba despejado y pronto lleno de estrellas, que proporcionarían un marco incomparable a la ciudad.
Las aceras del Hotel Intercontinental estaban abarrotadas de mirones, que observaban la entrada en el hotel de las elegantes y modernas personalidades. El salón era inmenso. Brillantes lámparas de araña iluminaban la escena y los coloridos atuendos, las joyas y los trajes de etiqueta llenaban el salón. Había una orquesta tocando y algunas parejas bailaban ya sobre el enorme espacio central. A la izquierda había mesas y sillas para sentarse. A la derecha largas mesas repletas de canapés alineadas junto a las paredes. Los camareros circulaban entre los invitados, que se apiñaban en pequeños grupos, charlando o contemplando a los que bailaban.
—Allí están los Taylor, creo que iré a saludarlos —dijo Ana.
—José volverá a las once a recogerte —dijo Pedro.
Ana lo miró.
—¿No van a volver conmigo?
—Ya veremos cómo nos lo pasamos antes de comprometernos. Si no volvemos contigo, José puede venir a recogernos más tarde.
Ana ignoró a Paula, diciendo que buscaría a Pedro antes de marcharse y seguidamente dándose media vuelta en dirección a donde estaban sus amigos.
Paula deseó poder gritar dando gracias, pero optó por ser prudente.
—A veces es una cruz —dijo Pedro.
—Es tu madre —replicó Paula con diplomacia.
—¿Te apetece beber algo?
—No me importaría tomarme un vino.
Amor Del Corazón: Capítulo 19
—Sí —cerró la puerta y fue hacia el ropero de donde sacó un bonito vestido rosa—. Hoy me he comprado unos cuantos vestidos para cenar, y otro que creo que me irá muy bien para la fiesta de mañana.
Pedro se puso los calzoncillos y los pantalones antes de volverse. Ella se había vuelto de espaldas prudentemente y examinaba el vestido como si fuera la primera vez que lo viera.
—Estoy visible, si eso es lo que te preocupa.
—No —dijo aclarándose la voz—. Quiero decir, he compartido una misma habitación con un hombre antes.
—Yo no; quiero decir, no he compartido habitación antes —dijo Pedro, mientras se ponía una camisa limpia.
—¿Nunca? —se dio media vuelta—. Yo creía que tú...
Se hizo silencio y a Pedro le picó la curiosidad.
—¿Pensaste que yo qué?
—Nada. Supuse que lo habrías hecho en el colegio o algo así.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada.
—¿Te refieres a acostarme con mujeres?
—Bueno, tienes más de treinta años. No creo que hayas sido un santo toda tu vida. Y hace cuatro meses estabas prometido.
—¿Te acostabas con tu marido antes de casarse?
—No. Pero eso no es asunto tuyo.
—A lo mejor quiero que lo sea —dijo en tono ronco y sensual.
—Eso no puedes decidirlo tú. Soy yo la que decido qué cosas quiero que la gente sepa de mí.
—Soy tu marido —esbozó una medio sonrisa.
Se la veía tan indefensa, aunque a la vez resuelta, junto a la puerta abierta del ropero y el vestido rosa colocado delante como si fuera un escudo.
—Santo cielo, qué excusa más pobre; este matrimonio es sólo en el papel.
—Eso podría cambiar.
Pedro la miraba fascinado mientras el color encendía sus mejillas. Deseaba acercarse a ella, estrecharla entre sus brazos y besarla hasta que ambos perdieran la noción de la realidad. Pero ya la había asustado una vez ese día. Paciencia, se dijo.
—Voy a meterme en el baño si has terminado.
Con el vestido en la mano, Paula fue hacia el cuarto de baño con rapidez. Pedro oyó cómo cerraba la puerta con firmeza y el ruido del pestillo. ¡Era tímida! Algo sorprendente para una mujer que ya había estado casada.
Aunque lo más sorprendente era que cada vez tenía más ganas de estar con ella. Había vuelto del trabajo temprano y le decepcionó que ella no estuviera esperándolo. El rato que pasó con ella y la niña en el jardín había sido algo diferente, especial. Llevaba unos cuantos años en esa casa, poseía muebles de calidad, un servicio amable, sin embargo, no era más que un lugar donde comer, dormir y recibir a invitados de vez en cuando. Ese día, por primera vez, había sentido que su casa era un hogar. Se había sentido relajado y satisfecho, y todo gracias a Paula y al bebé.
Al ir a ver a Roberto se había sentido mejor que nunca. El viejo estaba encantado con el bebé e insistió que la pusiera un rato en la cama junto a él. Después de estar un rato con Sofía, Roberto tenía ya mejor aspecto. ¿Podría producir tanta felicidad la mera presencia de un niño?
—Es maravilloso tener un hijo, Pedro. Espero que tengas más de uno —le había dicho Roberto antes de quedarse dormido.
Por primera vez en su vida Pedro se preguntó si tendría alguna vez niños. Se le había pasado la tontería con Fernanda Alvarez. Tenía treinta y dos años y no había conocido a otra mujer con la que quisiera pasar el resto de sus días. Si no encontraba una pronto, sería demasiado mayor para tener un hijo, demasiado inflexible.
Esa noche en la mesa Paula pensó que o bien las cenas resultaban cada día menos pesadas o bien que se estaba acostumbrando a Ana. Llevaba puesto el vestido rosa que tanto le había gustado al verlo en la tienda. El rato que había estado en el jardín se le había pegado un poco el sol. Estaba contenta con su aspecto y ni siquiera el comentario poco entusiasta de Ana acerca de su vestido logró perturbarla.
La forma en que Pedro la miró cuando entró en el salón le hizo sentirse de maravilla. Recordando las palabras que él le había dicho en el jardín y que tuvieron el embriagador efecto del vino, Paula estaba más que satisfecha con el resultado de sus compras. Se sentía emocionada al pensar qué le parecería a Pedro el vestido que había comprado para el baile.
Claro, todavía tenía que pasar aquella noche. Sólo de pensar en que iba a volver a compartir la cama con un hombre que le había dicho que la deseaba le ponía los nervios de punta. ¿Podría aguantar metida en la cama a su lado sabiendo lo que quería él sin hacer nada?
¿Qué pasaría si, estando dormida, se acurrucaba junto a él? ¿La apartaría o lo tomaría como una invitación? A lo mejor debería volver a dormir en el suelo, o encontrar otro dormitorio.
Cobarde, le dijo una voz dentro de ella. Él le había prometido que no se lanzaría encima de ella.
Echaba de menos la amistad y el compañerismo de un hombre, el cuerpo de un hombre a su lado por las noches, las caricias y la ternura. Pero Pedro no la amaba y no sería lo mismo que había tenido con Pablo.
Quizá fuera aún mejor, pensó.
¡Qué deslealtad hacia Pablo! Le había gustado hacer el amor con él y él había sido el único con el que lo había hecho en su vida. Miró a Pedro, pensando que seguramente tendría más experiencia.
—¿Quieres que te traiga algo? —le preguntó Pedro.
—No, lo siento... Es que estaba distraída.
Paula se sintió como una tonta y apartó los ojos de Pedro. Al hacerlo, se encontró con la mordaz mirada de Ana.
—¿Va a ir a ese baile de beneficiencia de mañana por la noche? —le preguntó Paula, ocurriéndosele de repente la idea.
Quizá no iban a ir Pedro y ella solos; quizá fuera un compromiso de toda la familia.
—Sí. No quería ir, pero mi padre quiere que le cuente lo que pase allí, así que me estaré un rato.
—José puede llevarnos; así si quieres volver a casa antes que nosotros él te puede traer —dijo Pedro con naturalidad.
—¿Se ha comprado Paula un vestido nuevo? —preguntó Ana, arqueando una ceja como si no creyera que Paula pudiera arreglárselas sola ante tal empresa.
Molesta por la falta de educación de Ana, Paula se defendió.
—Me lo he comprado.
—¿Es apropiado para la ocasión?
—Creo que sé perfectamente cómo vestirme para un acto así.
—Quizá sea mejor que le eche un vistazo después —dijo Ana con despreciativa elegancia.
—Quizá un día las ranas críen pelo —murmuró Paula, mirándola con rabia; alzó la cabeza y habló en tono más alto—. Cuando me lo ponga mañana por la noche, si Pedro no lo cree apropiado, me quedaré en casa.
—Estoy seguro de que mi madre sólo quería ayudar —dijo Pedro.
—Estoy segura —respondió Paula, sin dejar de mirar a Ana a los ojos.
Ni por un momento creyó que Ana hubiera querido ayudarla.
Furiosa aún por la actitud de su suegra, Paula se retiró temprano esa noche. La rabia que sentía hacia Ana le hizo olvidar temporalmente su preocupación en cuanto a compartir cama con Pedro.
—Lo que menos falta me hace ahora es sentir una atracción sexual que pueda volverme loca —murmuró Paula junto a la cama, mientras se descalzaba.
Se bajó la cremallera del vestido, parte de su alegría por llevar un vestido nuevo había sido enturbiada por los comentarios de Ana. ¡Cómo si no fuera capaz de elegir su propia ropa! ¿Es que aquella mujer nunca se había relajado ni se lo había pasado bien?
Con el camisón puesto ya, Paula se puso una bata y salió al pasillo para comprobar si Sofía estaba bien. El bebé dormía como un angelito. Paula le acarició las suaves mejillas y sintió como le iba invadiendo aquel sentimiento de amor hacia su hija que amenazaba con hacerla llorar. ¡Sofía significaba tanto para ella!
—Ojalá tu padre pudiera verte, niña mía —susurró.
Cuando Paula se despertó a la mañana siguiente, se sintió diferente. Abrió los ojos lentamente y se encontró con los oscuros ojos de Pedro.
—Buenos días —dijo, con el codo apoyado en la cama.
Se veía que acababa de despertarse. Tenía una fina marca de dormir en la mejilla y el pelo alborotado; estaba desnudo de cintura para arriba y la sábana le cubría el resto. Paula sintió el calor de su cuerpo.
Observó maravillada aquel torso musculoso y ligeramente cubierto de oscuro vello. Tenía los pezones morenos y planos, sobre el pecho bronceado. Paula lo miró, sintiéndose turbada y excitada.
—Buenos días —contestó.
Se humedeció los labios y deseó poder taparse la cabeza con la sábana hasta que él se hubiera marchado a trabajar.
—¿Me he despertado yo temprano o eres tú el que te has despertado tarde?
—Soy yo el que me he despertado tarde. Pero quería darte algo; lo tenía ayer, pero se me olvidó.
Se recostó y alargó la mano hasta la mesilla; al darse la vuelta se acercó aún más a Paula.
El colchón se hundió bajo su peso y eso hizo que Paula se precipitara hacia él. ¿Llevaría algo puesto por la parte de abajo? ¿O dormiría desnudo? De repente la necesidad de averiguarlo se le antojó insoportable; apenas si podía controlar el impulso de tocarlo.
Tenía que levantarse antes de hacer algo inexcusable, como por ejemplo acariciarle el pecho, tocar esos músculos o palpar la textura de su piel.
—¿El qué? —preguntó, sintiendo turbación al darse cuenta de que la camisola era ligeramente transparente.
—Esto.
Tenía su anillo de bodas en la mano. Le levantó la mano y se lo puso lentamente. Le quedaba perfecto.
—Con este anillo te desposo —Pedro murmuró suavemente y luego la miró.
—Con este anillo te desposo —repitió Paula.
Era la tercera vez que pronunciaba esas palabras. Primero con Pablo en la pequeña iglesia donde eligieron casarse. En segundo lugar con Pedro en la oficina del juzgado. Y en ese momento por tercera vez. ¿Volvería a pronunciar aquellas palabras?
Sin saber por qué, en ese momento significaron más para ella que cuatro meses atrás cuando Pedro y ella se habían casado. Claro que entonces no lo conocía de nada; sólo tenía de él unos vagos recuerdos de adolescencia.
Tampoco lo conocía tan bien en ese momento, pero al menos lo conocía un poco más y se sentía más unida a él.
Cuando Pedro se acercó a besarla, ella le rodeó el cuello con los brazos. Aquello le parecía maravilloso y lo más natural del mundo.
Se echó sobre ella y le acarició el pelo. Tenía los labios firmes y cálidos y se movía con sensualidad, hasta que Paula se perdió en aquella magia.
Sofía pegó un grito que les llegó por el transmisor, rompiendo el hechizo que la había embelesado.
Pedro se apartó y le pasó el pulgar por los húmedos labios, mirándola con aquellos ojos tan enigmáticos. Sin apartar la vista de ella, la besó en los labios suavemente y se sentó en la cama.
—Parece que Sofía se ha despertado ya.
—Sí.
Paula saltó de la cama y se puso la bata.
Deseó poder cepillarse el pelo y lavarse la cara antes de que él la volviera a mirar, pero tenía que ir a atender a Sofía antes de que rompiera a llorar de verdad.
—Llévala al comedor después de amamantarla. Me quedaré a desayunar contigo —le gritó Pedro mientras ella salía corriendo al pasillo.
El beso de Pedro había sido delicado, perfecto, con un toque de pasión prometedor. Pero era sorprendente la tormenta que había levantado en su interior. ¿Por qué había repetido los votos del matrimonio al ponerle el anillo? Empujó la puerta de la habitación con la mano izquierda, fijándose en la banda de oro que la unía legalmente con ese hombre.
¿Había algo más que la uniera a él? Cruzó la habitación y sacó a Sofía de la cuna, temerosa de estudiar detenidamente sus sentimientos. No le convenía sentirse atraída hacia Pedro Alfonso. Su acuerdo era sólo temporal y pronto terminaría. Si continuamente tenía que recordarse a sí misma algo tan simple, significaba que ya estaba metida en un buen lío.
Pedro se puso los calzoncillos y los pantalones antes de volverse. Ella se había vuelto de espaldas prudentemente y examinaba el vestido como si fuera la primera vez que lo viera.
—Estoy visible, si eso es lo que te preocupa.
—No —dijo aclarándose la voz—. Quiero decir, he compartido una misma habitación con un hombre antes.
—Yo no; quiero decir, no he compartido habitación antes —dijo Pedro, mientras se ponía una camisa limpia.
—¿Nunca? —se dio media vuelta—. Yo creía que tú...
Se hizo silencio y a Pedro le picó la curiosidad.
—¿Pensaste que yo qué?
—Nada. Supuse que lo habrías hecho en el colegio o algo así.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada.
—¿Te refieres a acostarme con mujeres?
—Bueno, tienes más de treinta años. No creo que hayas sido un santo toda tu vida. Y hace cuatro meses estabas prometido.
—¿Te acostabas con tu marido antes de casarse?
—No. Pero eso no es asunto tuyo.
—A lo mejor quiero que lo sea —dijo en tono ronco y sensual.
—Eso no puedes decidirlo tú. Soy yo la que decido qué cosas quiero que la gente sepa de mí.
—Soy tu marido —esbozó una medio sonrisa.
Se la veía tan indefensa, aunque a la vez resuelta, junto a la puerta abierta del ropero y el vestido rosa colocado delante como si fuera un escudo.
—Santo cielo, qué excusa más pobre; este matrimonio es sólo en el papel.
—Eso podría cambiar.
Pedro la miraba fascinado mientras el color encendía sus mejillas. Deseaba acercarse a ella, estrecharla entre sus brazos y besarla hasta que ambos perdieran la noción de la realidad. Pero ya la había asustado una vez ese día. Paciencia, se dijo.
—Voy a meterme en el baño si has terminado.
Con el vestido en la mano, Paula fue hacia el cuarto de baño con rapidez. Pedro oyó cómo cerraba la puerta con firmeza y el ruido del pestillo. ¡Era tímida! Algo sorprendente para una mujer que ya había estado casada.
Aunque lo más sorprendente era que cada vez tenía más ganas de estar con ella. Había vuelto del trabajo temprano y le decepcionó que ella no estuviera esperándolo. El rato que pasó con ella y la niña en el jardín había sido algo diferente, especial. Llevaba unos cuantos años en esa casa, poseía muebles de calidad, un servicio amable, sin embargo, no era más que un lugar donde comer, dormir y recibir a invitados de vez en cuando. Ese día, por primera vez, había sentido que su casa era un hogar. Se había sentido relajado y satisfecho, y todo gracias a Paula y al bebé.
Al ir a ver a Roberto se había sentido mejor que nunca. El viejo estaba encantado con el bebé e insistió que la pusiera un rato en la cama junto a él. Después de estar un rato con Sofía, Roberto tenía ya mejor aspecto. ¿Podría producir tanta felicidad la mera presencia de un niño?
—Es maravilloso tener un hijo, Pedro. Espero que tengas más de uno —le había dicho Roberto antes de quedarse dormido.
Por primera vez en su vida Pedro se preguntó si tendría alguna vez niños. Se le había pasado la tontería con Fernanda Alvarez. Tenía treinta y dos años y no había conocido a otra mujer con la que quisiera pasar el resto de sus días. Si no encontraba una pronto, sería demasiado mayor para tener un hijo, demasiado inflexible.
Esa noche en la mesa Paula pensó que o bien las cenas resultaban cada día menos pesadas o bien que se estaba acostumbrando a Ana. Llevaba puesto el vestido rosa que tanto le había gustado al verlo en la tienda. El rato que había estado en el jardín se le había pegado un poco el sol. Estaba contenta con su aspecto y ni siquiera el comentario poco entusiasta de Ana acerca de su vestido logró perturbarla.
La forma en que Pedro la miró cuando entró en el salón le hizo sentirse de maravilla. Recordando las palabras que él le había dicho en el jardín y que tuvieron el embriagador efecto del vino, Paula estaba más que satisfecha con el resultado de sus compras. Se sentía emocionada al pensar qué le parecería a Pedro el vestido que había comprado para el baile.
Claro, todavía tenía que pasar aquella noche. Sólo de pensar en que iba a volver a compartir la cama con un hombre que le había dicho que la deseaba le ponía los nervios de punta. ¿Podría aguantar metida en la cama a su lado sabiendo lo que quería él sin hacer nada?
¿Qué pasaría si, estando dormida, se acurrucaba junto a él? ¿La apartaría o lo tomaría como una invitación? A lo mejor debería volver a dormir en el suelo, o encontrar otro dormitorio.
Cobarde, le dijo una voz dentro de ella. Él le había prometido que no se lanzaría encima de ella.
Echaba de menos la amistad y el compañerismo de un hombre, el cuerpo de un hombre a su lado por las noches, las caricias y la ternura. Pero Pedro no la amaba y no sería lo mismo que había tenido con Pablo.
Quizá fuera aún mejor, pensó.
¡Qué deslealtad hacia Pablo! Le había gustado hacer el amor con él y él había sido el único con el que lo había hecho en su vida. Miró a Pedro, pensando que seguramente tendría más experiencia.
—¿Quieres que te traiga algo? —le preguntó Pedro.
—No, lo siento... Es que estaba distraída.
Paula se sintió como una tonta y apartó los ojos de Pedro. Al hacerlo, se encontró con la mordaz mirada de Ana.
—¿Va a ir a ese baile de beneficiencia de mañana por la noche? —le preguntó Paula, ocurriéndosele de repente la idea.
Quizá no iban a ir Pedro y ella solos; quizá fuera un compromiso de toda la familia.
—Sí. No quería ir, pero mi padre quiere que le cuente lo que pase allí, así que me estaré un rato.
—José puede llevarnos; así si quieres volver a casa antes que nosotros él te puede traer —dijo Pedro con naturalidad.
—¿Se ha comprado Paula un vestido nuevo? —preguntó Ana, arqueando una ceja como si no creyera que Paula pudiera arreglárselas sola ante tal empresa.
Molesta por la falta de educación de Ana, Paula se defendió.
—Me lo he comprado.
—¿Es apropiado para la ocasión?
—Creo que sé perfectamente cómo vestirme para un acto así.
—Quizá sea mejor que le eche un vistazo después —dijo Ana con despreciativa elegancia.
—Quizá un día las ranas críen pelo —murmuró Paula, mirándola con rabia; alzó la cabeza y habló en tono más alto—. Cuando me lo ponga mañana por la noche, si Pedro no lo cree apropiado, me quedaré en casa.
—Estoy seguro de que mi madre sólo quería ayudar —dijo Pedro.
—Estoy segura —respondió Paula, sin dejar de mirar a Ana a los ojos.
Ni por un momento creyó que Ana hubiera querido ayudarla.
Furiosa aún por la actitud de su suegra, Paula se retiró temprano esa noche. La rabia que sentía hacia Ana le hizo olvidar temporalmente su preocupación en cuanto a compartir cama con Pedro.
—Lo que menos falta me hace ahora es sentir una atracción sexual que pueda volverme loca —murmuró Paula junto a la cama, mientras se descalzaba.
Se bajó la cremallera del vestido, parte de su alegría por llevar un vestido nuevo había sido enturbiada por los comentarios de Ana. ¡Cómo si no fuera capaz de elegir su propia ropa! ¿Es que aquella mujer nunca se había relajado ni se lo había pasado bien?
Con el camisón puesto ya, Paula se puso una bata y salió al pasillo para comprobar si Sofía estaba bien. El bebé dormía como un angelito. Paula le acarició las suaves mejillas y sintió como le iba invadiendo aquel sentimiento de amor hacia su hija que amenazaba con hacerla llorar. ¡Sofía significaba tanto para ella!
—Ojalá tu padre pudiera verte, niña mía —susurró.
Cuando Paula se despertó a la mañana siguiente, se sintió diferente. Abrió los ojos lentamente y se encontró con los oscuros ojos de Pedro.
—Buenos días —dijo, con el codo apoyado en la cama.
Se veía que acababa de despertarse. Tenía una fina marca de dormir en la mejilla y el pelo alborotado; estaba desnudo de cintura para arriba y la sábana le cubría el resto. Paula sintió el calor de su cuerpo.
Observó maravillada aquel torso musculoso y ligeramente cubierto de oscuro vello. Tenía los pezones morenos y planos, sobre el pecho bronceado. Paula lo miró, sintiéndose turbada y excitada.
—Buenos días —contestó.
Se humedeció los labios y deseó poder taparse la cabeza con la sábana hasta que él se hubiera marchado a trabajar.
—¿Me he despertado yo temprano o eres tú el que te has despertado tarde?
—Soy yo el que me he despertado tarde. Pero quería darte algo; lo tenía ayer, pero se me olvidó.
Se recostó y alargó la mano hasta la mesilla; al darse la vuelta se acercó aún más a Paula.
El colchón se hundió bajo su peso y eso hizo que Paula se precipitara hacia él. ¿Llevaría algo puesto por la parte de abajo? ¿O dormiría desnudo? De repente la necesidad de averiguarlo se le antojó insoportable; apenas si podía controlar el impulso de tocarlo.
Tenía que levantarse antes de hacer algo inexcusable, como por ejemplo acariciarle el pecho, tocar esos músculos o palpar la textura de su piel.
—¿El qué? —preguntó, sintiendo turbación al darse cuenta de que la camisola era ligeramente transparente.
—Esto.
Tenía su anillo de bodas en la mano. Le levantó la mano y se lo puso lentamente. Le quedaba perfecto.
—Con este anillo te desposo —Pedro murmuró suavemente y luego la miró.
—Con este anillo te desposo —repitió Paula.
Era la tercera vez que pronunciaba esas palabras. Primero con Pablo en la pequeña iglesia donde eligieron casarse. En segundo lugar con Pedro en la oficina del juzgado. Y en ese momento por tercera vez. ¿Volvería a pronunciar aquellas palabras?
Sin saber por qué, en ese momento significaron más para ella que cuatro meses atrás cuando Pedro y ella se habían casado. Claro que entonces no lo conocía de nada; sólo tenía de él unos vagos recuerdos de adolescencia.
Tampoco lo conocía tan bien en ese momento, pero al menos lo conocía un poco más y se sentía más unida a él.
Cuando Pedro se acercó a besarla, ella le rodeó el cuello con los brazos. Aquello le parecía maravilloso y lo más natural del mundo.
Se echó sobre ella y le acarició el pelo. Tenía los labios firmes y cálidos y se movía con sensualidad, hasta que Paula se perdió en aquella magia.
Sofía pegó un grito que les llegó por el transmisor, rompiendo el hechizo que la había embelesado.
Pedro se apartó y le pasó el pulgar por los húmedos labios, mirándola con aquellos ojos tan enigmáticos. Sin apartar la vista de ella, la besó en los labios suavemente y se sentó en la cama.
—Parece que Sofía se ha despertado ya.
—Sí.
Paula saltó de la cama y se puso la bata.
Deseó poder cepillarse el pelo y lavarse la cara antes de que él la volviera a mirar, pero tenía que ir a atender a Sofía antes de que rompiera a llorar de verdad.
—Llévala al comedor después de amamantarla. Me quedaré a desayunar contigo —le gritó Pedro mientras ella salía corriendo al pasillo.
El beso de Pedro había sido delicado, perfecto, con un toque de pasión prometedor. Pero era sorprendente la tormenta que había levantado en su interior. ¿Por qué había repetido los votos del matrimonio al ponerle el anillo? Empujó la puerta de la habitación con la mano izquierda, fijándose en la banda de oro que la unía legalmente con ese hombre.
¿Había algo más que la uniera a él? Cruzó la habitación y sacó a Sofía de la cuna, temerosa de estudiar detenidamente sus sentimientos. No le convenía sentirse atraída hacia Pedro Alfonso. Su acuerdo era sólo temporal y pronto terminaría. Si continuamente tenía que recordarse a sí misma algo tan simple, significaba que ya estaba metida en un buen lío.
Amor Del Corazón: Capítulo 18
—Si tuviera un jardín como este, sacaría a Sofía todos los días —dijo Paula en voz baja, mirando a su hija, pero pendiente de Pedro.
—Anoche me dejaste sorprendido, Paula—murmuró Pedro.
—¿Cómo? —preguntó, recostándose sobre la hierba y contemplando los colores de las flores y el azul del cielo.
—Pensé que aprovecharías la oferta de Roberto de abrirle una cartilla de ahorro a Sofía.
—¿Estás loco?
Se volvió a mirarlo con perplejidad. El entreabrió los ojos; de no mirarlo bien de cerca pensaría que estaba dormido.
—Sofía no es nada de Roberto Zolezzi y yo no quiero nada de él.
—Paula, no fue Roberto el que no cuidó de que ese camión estuviera a punto; fue uno de sus empleados —dijo Pedro en voz baja.
—Todo para llenar las arcas. No creo que valga la pena sacrificar la vida de una persona por obtener mayores beneficios —dijo acalorada.
—Ni yo tampoco lo creo, ni mi abuelo. Y dudo que el encargado pensara que iba a ocurrir algo así. Fue culpable de negligencia, no de asesinato.
Paula miró hacia otro lado. El resultado era el mismo para ella y su hija: estaban solas. A veces le costaba imaginárselo, recordar el sonido de su voz, su risa contagiosa y lo buenos amigos que habían sido.
—¿Paula?
—No aceptaría nunca dinero de tu abuelo. Tampoco de ti si no lo necesitara tanto. Y pensé que casándome contigo iba a ayudarte.
—Y lo has hecho. Cualquier otra mujer hubiera aprovechado para sacar todo lo posible.
—Bueno, pues no soy cualquier otra. Y no aceptaría el dinero de tu abuelo. Además, primero le diría la verdad. Sólo he fingido porque he visto que le ha hecho una ilusión tremenda pensar que tiene una bisnieta. ¿No es ésa la razón de todo este tinglado? ¿Hacerle feliz el tiempo que le quede?
—Está muy emocionado. No dejó de hablar de ella cuando te marchaste.
—Me sorprende que tu madre no le dijera la verdad.
—Mi madre es una mujer muy egoísta, pero ama a su padre. Al ver lo contento que estaba supongo que decidió no decirle la verdad. Está dispuesta a colaborar con tal de alegrarle la poca vida que le quede.
Paula asintió con la cabeza.
—¿Por qué tienes este jardín si no lo usas? —dijo Paula, intentando cambiar de tema.
—Es bonito. A veces doy cenas de trabajo aquí; es un bonito lugar para entretener a los invitados.
—¿No tienes aficiones?
Arrancó una brizna de hierba, la hizo pedacitos y los soltó en el aire. Se estaba muy bien allí. Ellie parecía a punto de dormirse, con las flores como un halo alrededor de la cabeza.
Había una suave brisa, no se oía un ruido y a Paula le gustaba charlar con Pedro.
—No tengo aficiones —contestó.
—¿De verdad? ¿No tenías ninguna ni siquiera cuando eras un adolescente, aparte del surf?
Recordaba lo bien que se le daba eso.
—No.
—¿Si pudieras hacer cualquier cosa que quisieras, qué sería?—insistió.
Él abrió un ojo y la miró.
—Llevarte a la cama.
—Oh.
No supo lo que decir ni a dónde mirar. Con la vista fija en Sofía, luchó por deshacerse del calor que encendía sus mejillas y del deseo que sentía en su interior. Jamás había pensado que un hombre tan viril y dinámico la deseara. Tragó saliva con dificultad y buscó las palabras adecuadas, algo que pudiera disipar la tensión que había entre ellos.
Pedro sonrió.
—¿Es todo lo que tienes que decir?
—Bueno, en realidad no sé qué decir.
—Olvídalo, no debería haberlo dicho. Ahora te vas a sentir aún peor por tener que compartir la cama conmigo —murmuró.
Sabiendo que estaba interesado en ella, Paula veía la situación de otra manera; sobre todo porque ella también estaba interesada en él.
Paula se puso de pie, inclinándose para levantar al bebé. Pedro se incorporó y la miró.
—No voy a hacer nada que tú no quieras, Paula. Soy muy franco con los demás; sólo quería que lo supieras.
—Es hora de que me lleve a la niña. Se está durmiendo, será mejor que la acueste.
Pedro se levantó sin esfuerzo y cargó con el bebé. Parecía muy pequeña acurrucada contra su pecho. Paula sintió una punzada de dolor al ver lo bien que estaba su hija en brazos de Pedro.
Se volvió y miró la casa, preguntándose cómo se había metido en aquel lío. Pensó en Pedro con su hija en brazos, en sus sorprendentes palabras, en su propio deseo hacia él que no la abandonaba. Y creyó volverse loca.
Pero no podía dejar de pensar, aunque fuera en su subconsciente, que Pedro la encontraba deseable y eso le hacía sentirse bien. Por primera vez en mucho tiempo, Paula no se sentía sólo madre sino especial por sí misma.
—Pedro, Roberto ya está despierto, si quieres ir a verlo —dijo Ana asomada a la puerta cristalera.
—Pasaré un rato por su habitación —contestó Pedro—. Primero vamos a acostar a Sofía.
Paula miró a Ana. La mujer parecía estirada e inflexible. Y también muy sola. Se volvió a mirar a Chris, que ni siquiera había mirado a su madre, pero su expresión se había vuelto sombría. De pronto Paula sintió compasión por él. ¿Cómo se habría criado Pedro con una madre como Ana?
—No hace falta que mimes tanto a la niña; no pasará mucho tiempo aquí —dijo Ana al ver cómo Pedro acurrucaba a la pequeña.
—Creo que nuestro estilo de vida es algo diferente al suyo —comentó Paula, con la cabeza bien alta—. Cuando la gente se hace mayor ya no puede volver a disfrutar de la niñez. Quiero que mi hija disfrute de cada momento de la suya. Ya tendrá tiempo de aprender a comportarse correctamente antes de hacerse adulta, pero ahora es el momento de mimarla y darle cariño. No es más que un bebé. No quiero que crea que es un problema o una carga para los demás, sino que sea feliz y que sepa que tiene a gente que la quiere. Y eso hay que hacerlo desde que son bebés.
Pedro la miró fijamente, con esos ojos de mirada enigmática, y Paula se preguntó qué estaría pensando.
—¿Le digo a Roberto que vas a ir? —preguntó Ana.
—Dentro de un rato voy —contestó Pedro.
Paula luchó por dejar de mirarlo, aunque la tentaba su estupendo físico. Deseaba apartarle aquel mechón de la frente y trenzar los dedos entre sus espesos cabellos. Temía que se lo notara, pero al mismo tiempo deseaba que la mirara y quizá hiciera algún comentario más sobre llevársela a la cama.
Miró a Sofía, contenta de que los bebés no supieran leer el pensamiento.
—Ay, se está espabilando. Creo que le voy a dar un baño antes de amamantarla. Le encanta el baño —dijo medio balbuceando.
Él sonrió.
—¿Quieres que te ayude?
—Pensé que ibas a ver a tu abuelo.
—Iré a decirle que volveré a verlo cuando hayamos acostado a Sofía. Quiero que me enseñes a bañarla.
—Si quieres.
A Paula le gustó que Pedro se ofreciera a estar con ellas.
El baño resultó muy divertido. A Paula le hizo mucha gracia la expresión de Pedro al ver a Sofía patalear y chapotear en el agua. Jugó con el patito de goma de la niña, acercándoselo para que Sofía lo tocara y luego haciendo como que se iba nadando. Era la situación ideal, pensaba Paula al verlos. Por primera vez no pensó en Pablo, sino en cómo sería si Pedro y ella compartieran su vida juntos. Podrían pasar muchas tardes como aquella, disfrutar en el jardín, bañando a los niños. ¿Los niños? ¿Si quisieran seguir casados, desearía él tener otro hijo? ¿O más de uno? ¿Qué sentiría por Sofía? Jugar un día con una niña era divertido, pero criar a la hija de otro era algo totalmente distinto.
Y no era que Pedro le hubiera dado a entender que quería seguir casado para siempre. Sólo era hasta que Roberto muriera; eso no debía olvidarlo.
—Señor Alfonso —la enfermera llamó a la puerta entreabierta y asomó la cabeza—. El señor Zolezzi dice que quiere verlo a usted y al bebé. ¿Le digo que va a ir pronto?
—Sí, en cuanto terminemos de vestirla la llevaré para que la vea.
Paula lo miró preocupada.
—¿Tú crees?
—¿Por qué no? Le hace feliz pensar que es su bisnieta y si eres capaz de seguir fingiendo, lo haremos durante un tiempo más. Es una monada; le encantará estar con ella un rato.
—Por lo menos estará limpia. ¿Puedes?
—Ven conmigo si quieres.
Paula sonrió y sacudió la cabeza.
—Oh, no, papi, creo que en esta ocasión te dejaré solo. Si quieres que se crean que es tuya, no tengo que estar permanentemente ahí. Pero ten cuidado de que no se caiga.
Pedro entrecerró los ojos y la miró.
—Dirijo una compañía donde se mueven millones de dólares; creo que puedo con un bebé durante quince minutos.
Paula se mordió el labio, intentando sofocar una sonrisa.
—Vale. Tengo total confianza en tí.
—He de reconocer que no tengo experiencia con los niños, pero creo que me las arreglaré.
—Cuando vuelvan, le daré el pecho y estará lista para irse a la cama.
Paula lo vio salir con la niña de la habitación y se sintió confusa. En los años que hacía que no lo veía se había olvidado poco a poco de él, pero lo que sentía cada vez que estaba cerca le demostraba que aquel enamoramiento de adolescente no había desaparecido del todo. ¿Podrían con el tiempo llegar a tener algo fuerte y duradero?
Pedro empujó la puerta del baño y pasó al dormitorio, con una toalla húmeda enrollada a la cintura. Después de la ducha se sentía mucho mejor; sólo le quedaba vestirse para bajar a cenar.
—Oh.
Paula entró, vacilando a la puerta, mirándolo con los ojos muy abiertos. Pedro esperó que no se le cayera la toalla y seguidamente le echó mano al nudo para sujetarla. Lo último que deseaba era asustarla. La noche anterior habían compartido la cama con él sin protestar; quizá con paciencia y cuidado podrían acabar compartiendo la cama para algo más que para dormir.
—Pasa, también es tu habitación —dijo, yendo hacia la cómoda.
A lo mejor no le era tan indiferente a Paula como parecía; podría jurar que había notado un cierto interés en su mirada.
—Puedo volver dentro de un rato.
—¿No te tienes que cambiar para la cena?
—Anoche me dejaste sorprendido, Paula—murmuró Pedro.
—¿Cómo? —preguntó, recostándose sobre la hierba y contemplando los colores de las flores y el azul del cielo.
—Pensé que aprovecharías la oferta de Roberto de abrirle una cartilla de ahorro a Sofía.
—¿Estás loco?
Se volvió a mirarlo con perplejidad. El entreabrió los ojos; de no mirarlo bien de cerca pensaría que estaba dormido.
—Sofía no es nada de Roberto Zolezzi y yo no quiero nada de él.
—Paula, no fue Roberto el que no cuidó de que ese camión estuviera a punto; fue uno de sus empleados —dijo Pedro en voz baja.
—Todo para llenar las arcas. No creo que valga la pena sacrificar la vida de una persona por obtener mayores beneficios —dijo acalorada.
—Ni yo tampoco lo creo, ni mi abuelo. Y dudo que el encargado pensara que iba a ocurrir algo así. Fue culpable de negligencia, no de asesinato.
Paula miró hacia otro lado. El resultado era el mismo para ella y su hija: estaban solas. A veces le costaba imaginárselo, recordar el sonido de su voz, su risa contagiosa y lo buenos amigos que habían sido.
—¿Paula?
—No aceptaría nunca dinero de tu abuelo. Tampoco de ti si no lo necesitara tanto. Y pensé que casándome contigo iba a ayudarte.
—Y lo has hecho. Cualquier otra mujer hubiera aprovechado para sacar todo lo posible.
—Bueno, pues no soy cualquier otra. Y no aceptaría el dinero de tu abuelo. Además, primero le diría la verdad. Sólo he fingido porque he visto que le ha hecho una ilusión tremenda pensar que tiene una bisnieta. ¿No es ésa la razón de todo este tinglado? ¿Hacerle feliz el tiempo que le quede?
—Está muy emocionado. No dejó de hablar de ella cuando te marchaste.
—Me sorprende que tu madre no le dijera la verdad.
—Mi madre es una mujer muy egoísta, pero ama a su padre. Al ver lo contento que estaba supongo que decidió no decirle la verdad. Está dispuesta a colaborar con tal de alegrarle la poca vida que le quede.
Paula asintió con la cabeza.
—¿Por qué tienes este jardín si no lo usas? —dijo Paula, intentando cambiar de tema.
—Es bonito. A veces doy cenas de trabajo aquí; es un bonito lugar para entretener a los invitados.
—¿No tienes aficiones?
Arrancó una brizna de hierba, la hizo pedacitos y los soltó en el aire. Se estaba muy bien allí. Ellie parecía a punto de dormirse, con las flores como un halo alrededor de la cabeza.
Había una suave brisa, no se oía un ruido y a Paula le gustaba charlar con Pedro.
—No tengo aficiones —contestó.
—¿De verdad? ¿No tenías ninguna ni siquiera cuando eras un adolescente, aparte del surf?
Recordaba lo bien que se le daba eso.
—No.
—¿Si pudieras hacer cualquier cosa que quisieras, qué sería?—insistió.
Él abrió un ojo y la miró.
—Llevarte a la cama.
—Oh.
No supo lo que decir ni a dónde mirar. Con la vista fija en Sofía, luchó por deshacerse del calor que encendía sus mejillas y del deseo que sentía en su interior. Jamás había pensado que un hombre tan viril y dinámico la deseara. Tragó saliva con dificultad y buscó las palabras adecuadas, algo que pudiera disipar la tensión que había entre ellos.
Pedro sonrió.
—¿Es todo lo que tienes que decir?
—Bueno, en realidad no sé qué decir.
—Olvídalo, no debería haberlo dicho. Ahora te vas a sentir aún peor por tener que compartir la cama conmigo —murmuró.
Sabiendo que estaba interesado en ella, Paula veía la situación de otra manera; sobre todo porque ella también estaba interesada en él.
Paula se puso de pie, inclinándose para levantar al bebé. Pedro se incorporó y la miró.
—No voy a hacer nada que tú no quieras, Paula. Soy muy franco con los demás; sólo quería que lo supieras.
—Es hora de que me lleve a la niña. Se está durmiendo, será mejor que la acueste.
Pedro se levantó sin esfuerzo y cargó con el bebé. Parecía muy pequeña acurrucada contra su pecho. Paula sintió una punzada de dolor al ver lo bien que estaba su hija en brazos de Pedro.
Se volvió y miró la casa, preguntándose cómo se había metido en aquel lío. Pensó en Pedro con su hija en brazos, en sus sorprendentes palabras, en su propio deseo hacia él que no la abandonaba. Y creyó volverse loca.
Pero no podía dejar de pensar, aunque fuera en su subconsciente, que Pedro la encontraba deseable y eso le hacía sentirse bien. Por primera vez en mucho tiempo, Paula no se sentía sólo madre sino especial por sí misma.
—Pedro, Roberto ya está despierto, si quieres ir a verlo —dijo Ana asomada a la puerta cristalera.
—Pasaré un rato por su habitación —contestó Pedro—. Primero vamos a acostar a Sofía.
Paula miró a Ana. La mujer parecía estirada e inflexible. Y también muy sola. Se volvió a mirar a Chris, que ni siquiera había mirado a su madre, pero su expresión se había vuelto sombría. De pronto Paula sintió compasión por él. ¿Cómo se habría criado Pedro con una madre como Ana?
—No hace falta que mimes tanto a la niña; no pasará mucho tiempo aquí —dijo Ana al ver cómo Pedro acurrucaba a la pequeña.
—Creo que nuestro estilo de vida es algo diferente al suyo —comentó Paula, con la cabeza bien alta—. Cuando la gente se hace mayor ya no puede volver a disfrutar de la niñez. Quiero que mi hija disfrute de cada momento de la suya. Ya tendrá tiempo de aprender a comportarse correctamente antes de hacerse adulta, pero ahora es el momento de mimarla y darle cariño. No es más que un bebé. No quiero que crea que es un problema o una carga para los demás, sino que sea feliz y que sepa que tiene a gente que la quiere. Y eso hay que hacerlo desde que son bebés.
Pedro la miró fijamente, con esos ojos de mirada enigmática, y Paula se preguntó qué estaría pensando.
—¿Le digo a Roberto que vas a ir? —preguntó Ana.
—Dentro de un rato voy —contestó Pedro.
Paula luchó por dejar de mirarlo, aunque la tentaba su estupendo físico. Deseaba apartarle aquel mechón de la frente y trenzar los dedos entre sus espesos cabellos. Temía que se lo notara, pero al mismo tiempo deseaba que la mirara y quizá hiciera algún comentario más sobre llevársela a la cama.
Miró a Sofía, contenta de que los bebés no supieran leer el pensamiento.
—Ay, se está espabilando. Creo que le voy a dar un baño antes de amamantarla. Le encanta el baño —dijo medio balbuceando.
Él sonrió.
—¿Quieres que te ayude?
—Pensé que ibas a ver a tu abuelo.
—Iré a decirle que volveré a verlo cuando hayamos acostado a Sofía. Quiero que me enseñes a bañarla.
—Si quieres.
A Paula le gustó que Pedro se ofreciera a estar con ellas.
El baño resultó muy divertido. A Paula le hizo mucha gracia la expresión de Pedro al ver a Sofía patalear y chapotear en el agua. Jugó con el patito de goma de la niña, acercándoselo para que Sofía lo tocara y luego haciendo como que se iba nadando. Era la situación ideal, pensaba Paula al verlos. Por primera vez no pensó en Pablo, sino en cómo sería si Pedro y ella compartieran su vida juntos. Podrían pasar muchas tardes como aquella, disfrutar en el jardín, bañando a los niños. ¿Los niños? ¿Si quisieran seguir casados, desearía él tener otro hijo? ¿O más de uno? ¿Qué sentiría por Sofía? Jugar un día con una niña era divertido, pero criar a la hija de otro era algo totalmente distinto.
Y no era que Pedro le hubiera dado a entender que quería seguir casado para siempre. Sólo era hasta que Roberto muriera; eso no debía olvidarlo.
—Señor Alfonso —la enfermera llamó a la puerta entreabierta y asomó la cabeza—. El señor Zolezzi dice que quiere verlo a usted y al bebé. ¿Le digo que va a ir pronto?
—Sí, en cuanto terminemos de vestirla la llevaré para que la vea.
Paula lo miró preocupada.
—¿Tú crees?
—¿Por qué no? Le hace feliz pensar que es su bisnieta y si eres capaz de seguir fingiendo, lo haremos durante un tiempo más. Es una monada; le encantará estar con ella un rato.
—Por lo menos estará limpia. ¿Puedes?
—Ven conmigo si quieres.
Paula sonrió y sacudió la cabeza.
—Oh, no, papi, creo que en esta ocasión te dejaré solo. Si quieres que se crean que es tuya, no tengo que estar permanentemente ahí. Pero ten cuidado de que no se caiga.
Pedro entrecerró los ojos y la miró.
—Dirijo una compañía donde se mueven millones de dólares; creo que puedo con un bebé durante quince minutos.
Paula se mordió el labio, intentando sofocar una sonrisa.
—Vale. Tengo total confianza en tí.
—He de reconocer que no tengo experiencia con los niños, pero creo que me las arreglaré.
—Cuando vuelvan, le daré el pecho y estará lista para irse a la cama.
Paula lo vio salir con la niña de la habitación y se sintió confusa. En los años que hacía que no lo veía se había olvidado poco a poco de él, pero lo que sentía cada vez que estaba cerca le demostraba que aquel enamoramiento de adolescente no había desaparecido del todo. ¿Podrían con el tiempo llegar a tener algo fuerte y duradero?
Pedro empujó la puerta del baño y pasó al dormitorio, con una toalla húmeda enrollada a la cintura. Después de la ducha se sentía mucho mejor; sólo le quedaba vestirse para bajar a cenar.
—Oh.
Paula entró, vacilando a la puerta, mirándolo con los ojos muy abiertos. Pedro esperó que no se le cayera la toalla y seguidamente le echó mano al nudo para sujetarla. Lo último que deseaba era asustarla. La noche anterior habían compartido la cama con él sin protestar; quizá con paciencia y cuidado podrían acabar compartiendo la cama para algo más que para dormir.
—Pasa, también es tu habitación —dijo, yendo hacia la cómoda.
A lo mejor no le era tan indiferente a Paula como parecía; podría jurar que había notado un cierto interés en su mirada.
—Puedo volver dentro de un rato.
—¿No te tienes que cambiar para la cena?
Amor Del Corazón: Capítulo 17
Paula estuvo a punto de decirle que ya estaba en casa, pero sabía a lo que se refería él. ¿Creyó haber oído un trasfondo de incertidumbre en su voz o se lo habría imaginado? Tonterías, aquel hombre no se había sentido inseguro en su vida.
—Tenía pensado pedirle a José que me llevara a tu casa cuando se despierte Sofía—dijo remilgadamente—. ¿Quieres algo?
—No.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó.
—Llamé a José al teléfono del coche cuando Mirta me dijo que habías salido con él esta mañana.
—Si hubieras venido a desayunar cuando yo bajé, te lo habría dicho yo misma —le dijo ella.
—¿Ah, me has echado de menos esta mañana? —le preguntó suavemente.
Paula suspiró. Lo había echado de menos y le había disgustado que se marchara a trabajar antes de que ella y Sofía bajaran al comedor. Pero no tenía por qué hablarle de esos sentimientos. Ya era bastante engreído y desde luego no necesitaba que Paula le regalara los oídos.
—Sólo por no estar a solas con tu madre; menos mal que no ha bajado a desayunar a la vez que yo.
—¿Tan imposible te parece? —le preguntó—. Si es así, la mandaré a su casa.
—No hagas eso. Quiere estar cerca de su padre y estoy segura de que también de ti en estos momentos.
—Eso lo dudo; de ser así sería una primicia. Ana piensa primero en sí misma y los demás están siempre en segundo lugar —dijo en tono seco.
—Es tu madre.
—A pesar suyo. Llegaré a casa sobre las cuatro. Vente en cuanto Sofía se despierte.
Paula se quedó mirando al teléfono después de colgar. ¿Qué habría querido decir Pedro con aquel comentario tan enigmático? Ojalá comprendiera mejor a esa familia.
Enchufó la aspiradora en el salón y se puso manos a la obra, dándole vueltas a la cabeza mientras limpiaba. Pedro la había llamado para asegurarse de que iba a volver; eso significaba que le importaba al menos un poco.
Lo cierto era que no le vendría mal un poco de romanticismo. Hacía más de una año que Pablo había muerto y ya era hora de seguir adelante, pero lo cierto era que no se veía a sí misma haciéndolo junto a Pedro. El estaba fuera de su alcance, aunque no por eso dejaba de soñar con ello.
De momento, tenía que acabar de limpiar el apartamento.
—Yo le llevaré los paquetes, señora —dijo José mientras le abría la puerta del coche.
Paula salió y sacó a Sofía.
—Estupendo, José, te lo agradezco mucho. Venga, bebita, tenemos tiempo de dar un paseo por el jardín antes de cenar. ¿Quieres que vayamos a ver las flores otra vez?
Paula subió los dos escalones de piedra y llamó a la puerta. Por un momento le dio la sensación de que volvía a casa.
Esperaba que fuera Mirta la que le abriera, pero fue Pedro.
—Necesitas tener una llave —dijo mientras le quitaba a Sofía de los brazos.
Antes de que Paula pudiera responder Pedro se colocó a la niña en un brazo y con el otro le agarró la cabeza para darle un beso.
—Creí haber oído el timbre de la puerta —Mirta dijo, de pie detrás de Pedro.
Paula dio un paso atrás, inquieta por su beso.
—Acabamos de llegar.
—¿No tenemos una llave para darle a Paula? —preguntó Pedro, echándose un poco hacia atrás y sin dejar de mirarle la boca a Paula.
Ella se puso aún más nerviosa y no podía apartar los ojos de él.
—Estoy segura de que hay más de un juego de llaves disponible. Me encargaré de darle uno antes de que salga la próxima vez —dijo Mirta.
—Bien.
José entró en el vestíbulo, cargado de paquetes y bolsas.
—He ido de compras esta mañana —le explicó Paula, intentando ignorar los latidos de su corazón.
Un beso delante del servicio no era más que parte del teatro que estaban haciendo; eso era todo. Era tonta por creer que significaba algo más.
—Ya veo. Parece que has dejado vacías varias tiendas, ¿verdad?
—Casi parece, ¿no? Sólo me he comprado un par de cosas.
—Se las subiré. Sé que quiere sacar a la niña al jardín y como el señor Zolezzi está durmiendo ahora, Pedro puede acompañarla —dijo Mirta mientras remontaba las escaleras con José.
—¿No tienes trabajo que hacer? —le preguntó Paula cuando estuvieron solos.
No pudo evitar fijarse en cómo la camisa negra que llevaba puesta le ceñía los músculos del tórax. Los ajustados vaqueros negros le hacían parecer más alto de lo que ya era.
—Estoy libre hasta que se despierte Roberto.
El nerviosismo de Paula aumentó a medida que iban paseando por el jardín. Pedro llevó en brazos al bebé hasta un rincón cubierto de césped, donde la tumbó sobre una pequeña manta. Cortó unas cuantas flores que crecían allí cerca y las puso junto al bebé.
—Pero no te las metas en la boca, ¿entiendes?
—Estoy segura de que entiende —dijo Paula en tono seco.
La pequeña lo miró muy seria y luego a las flores. Entonces sonrió.
—Mira, Pedro, está sonriendo. Ha hecho lo mismo esta mañana en una tienda. Oh, Dios mío, está sonriendo de verdad.
—¿No es demasiado pequeña para sonreír?
—No lo creo. ¡Mírala! ¿No es una preciosidad?
—Preciosa.
Algo en su tono de voz le hizo levantar la vista, y al hacerlo se lo encontró mirándola.
—Tú eres preciosa, Paula, con lo cual tu hija también lo es.
Se ruborizó inmediatamente.
—Gracias.
Parecía tan tonto agradecerle el cumplido. El corazón le latía a toda prisa y su respiración se volvió irregular. Tragó saliva y lo miró.
Pedro apartó la mirada, echó un vistazo a Sofía y se tumbó, apoyando la cabeza sobre las manos.
—Qué bien se está aquí. No me acuerdo ya de la última vez que salí a tumbarme. Quizá no lo haya hecho nunca.
—Tenía pensado pedirle a José que me llevara a tu casa cuando se despierte Sofía—dijo remilgadamente—. ¿Quieres algo?
—No.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó.
—Llamé a José al teléfono del coche cuando Mirta me dijo que habías salido con él esta mañana.
—Si hubieras venido a desayunar cuando yo bajé, te lo habría dicho yo misma —le dijo ella.
—¿Ah, me has echado de menos esta mañana? —le preguntó suavemente.
Paula suspiró. Lo había echado de menos y le había disgustado que se marchara a trabajar antes de que ella y Sofía bajaran al comedor. Pero no tenía por qué hablarle de esos sentimientos. Ya era bastante engreído y desde luego no necesitaba que Paula le regalara los oídos.
—Sólo por no estar a solas con tu madre; menos mal que no ha bajado a desayunar a la vez que yo.
—¿Tan imposible te parece? —le preguntó—. Si es así, la mandaré a su casa.
—No hagas eso. Quiere estar cerca de su padre y estoy segura de que también de ti en estos momentos.
—Eso lo dudo; de ser así sería una primicia. Ana piensa primero en sí misma y los demás están siempre en segundo lugar —dijo en tono seco.
—Es tu madre.
—A pesar suyo. Llegaré a casa sobre las cuatro. Vente en cuanto Sofía se despierte.
Paula se quedó mirando al teléfono después de colgar. ¿Qué habría querido decir Pedro con aquel comentario tan enigmático? Ojalá comprendiera mejor a esa familia.
Enchufó la aspiradora en el salón y se puso manos a la obra, dándole vueltas a la cabeza mientras limpiaba. Pedro la había llamado para asegurarse de que iba a volver; eso significaba que le importaba al menos un poco.
Lo cierto era que no le vendría mal un poco de romanticismo. Hacía más de una año que Pablo había muerto y ya era hora de seguir adelante, pero lo cierto era que no se veía a sí misma haciéndolo junto a Pedro. El estaba fuera de su alcance, aunque no por eso dejaba de soñar con ello.
De momento, tenía que acabar de limpiar el apartamento.
—Yo le llevaré los paquetes, señora —dijo José mientras le abría la puerta del coche.
Paula salió y sacó a Sofía.
—Estupendo, José, te lo agradezco mucho. Venga, bebita, tenemos tiempo de dar un paseo por el jardín antes de cenar. ¿Quieres que vayamos a ver las flores otra vez?
Paula subió los dos escalones de piedra y llamó a la puerta. Por un momento le dio la sensación de que volvía a casa.
Esperaba que fuera Mirta la que le abriera, pero fue Pedro.
—Necesitas tener una llave —dijo mientras le quitaba a Sofía de los brazos.
Antes de que Paula pudiera responder Pedro se colocó a la niña en un brazo y con el otro le agarró la cabeza para darle un beso.
—Creí haber oído el timbre de la puerta —Mirta dijo, de pie detrás de Pedro.
Paula dio un paso atrás, inquieta por su beso.
—Acabamos de llegar.
—¿No tenemos una llave para darle a Paula? —preguntó Pedro, echándose un poco hacia atrás y sin dejar de mirarle la boca a Paula.
Ella se puso aún más nerviosa y no podía apartar los ojos de él.
—Estoy segura de que hay más de un juego de llaves disponible. Me encargaré de darle uno antes de que salga la próxima vez —dijo Mirta.
—Bien.
José entró en el vestíbulo, cargado de paquetes y bolsas.
—He ido de compras esta mañana —le explicó Paula, intentando ignorar los latidos de su corazón.
Un beso delante del servicio no era más que parte del teatro que estaban haciendo; eso era todo. Era tonta por creer que significaba algo más.
—Ya veo. Parece que has dejado vacías varias tiendas, ¿verdad?
—Casi parece, ¿no? Sólo me he comprado un par de cosas.
—Se las subiré. Sé que quiere sacar a la niña al jardín y como el señor Zolezzi está durmiendo ahora, Pedro puede acompañarla —dijo Mirta mientras remontaba las escaleras con José.
—¿No tienes trabajo que hacer? —le preguntó Paula cuando estuvieron solos.
No pudo evitar fijarse en cómo la camisa negra que llevaba puesta le ceñía los músculos del tórax. Los ajustados vaqueros negros le hacían parecer más alto de lo que ya era.
—Estoy libre hasta que se despierte Roberto.
El nerviosismo de Paula aumentó a medida que iban paseando por el jardín. Pedro llevó en brazos al bebé hasta un rincón cubierto de césped, donde la tumbó sobre una pequeña manta. Cortó unas cuantas flores que crecían allí cerca y las puso junto al bebé.
—Pero no te las metas en la boca, ¿entiendes?
—Estoy segura de que entiende —dijo Paula en tono seco.
La pequeña lo miró muy seria y luego a las flores. Entonces sonrió.
—Mira, Pedro, está sonriendo. Ha hecho lo mismo esta mañana en una tienda. Oh, Dios mío, está sonriendo de verdad.
—¿No es demasiado pequeña para sonreír?
—No lo creo. ¡Mírala! ¿No es una preciosidad?
—Preciosa.
Algo en su tono de voz le hizo levantar la vista, y al hacerlo se lo encontró mirándola.
—Tú eres preciosa, Paula, con lo cual tu hija también lo es.
Se ruborizó inmediatamente.
—Gracias.
Parecía tan tonto agradecerle el cumplido. El corazón le latía a toda prisa y su respiración se volvió irregular. Tragó saliva y lo miró.
Pedro apartó la mirada, echó un vistazo a Sofía y se tumbó, apoyando la cabeza sobre las manos.
—Qué bien se está aquí. No me acuerdo ya de la última vez que salí a tumbarme. Quizá no lo haya hecho nunca.
martes, 23 de junio de 2015
Amor Del Corazón: Capítulo 16
El vestido era de ensueño y mucho más sensual que ninguno de los que había tenido en su vida. Era azul noche y se ceñía a su figura como un guante.
La espalda era abierta hasta la cintura, con finas tiras que se cruzaban. Era lo suficientemente corto como para enseñar bien las piernas y se le ajustaba como una segunda piel. Paula sonrió y se miro al espejo de tres hojas. No parecía que tuviera una hija de tres meses, estaba delgada y en forma, tal y como cuando era una adolescente. Cargar con un bebé de siete kilos la mayor parte del día le había tonificado los músculos y hecho perder peso.
Se miro en el largo espejo y decidió arreglarse un poco el pelo y maquillarse. Pedro no tendría que preocuparse por presentarse con una camarera en público.
Sofía hizo una mueca parecida a una sonrisa, Paula se paro y se la quedo mirando
—¿Me has sonreído? ¡Oh, cariño!
Se inclino y besó al bebé, tremendamente emocionada. Podrían decirle que estaba soñando, pero ella sabía que esa había sido la primera sonrisa de Sofía. Quería correr y contárselo a Pedro.
José la esperaba apoyado en la limusina. Cuando terminó, el chófer guardó los paquetes y la ayudó a colocar al bebé. Después se dirigieron al Strand, donde Paula quería comprar otros vestidos.
No le había contado ni a Pedro ni a Ana sus planes para esa mañana. Lo que menos quería era que la coaccionaran para salir de compras con Ana. Ya tenía bastante con aguantarla durante la cena. Paula se preguntó si era más cariñosa cuando ella no estaba delante. Ana daba la imagen de ser una persona fría e inaccesible. De nuevo sintió curiosidad al pensar en el matrimonio de Ana; había, además, muchas cosas que Paula no sabía de la familia y cuanto más tiempo pasaba con ellos más curiosidad le entraba.
¿Le gustaba a Pedro dirigir una empresa tan grande? ¿No le importaba tener a tantos empleados bajo su responsabilidad?
—¿Lista?
La dependienta se asomó al probador.
—¿Qué le parece? —preguntó Paula un poco nerviosa de que otra persona, aparte de Sofía, la viera con el vestido puesto.
—¡Excelente! Parece hecho para usted. Un par de medias negras y unos diamantes terminaran de hacer el efecto. Su marido quizá cambie de opinión y decida quedarse en casa en vez de salir —bromeó.
Paula se mordió el labio, intentando no sonreír. Dudaba que pudiera competir con las bellezas a las que Pedro estaba habituado, pero el halago la agradó.
—Me lo llevo —dijo alegremente.
No resultaba fácil intentar entretener a un bebé mientras hacía todas aquellas compras, pensaba Paula aquella tarde. Estaba cansada, pero al menos Sofía se había dormido. Habían vuelto a su piso, que de pronto le pareció pequeño y sombrío al lado de la preciosa casa de Kilibirri.
Pero era su hogar, el lugar donde volvería cuando muriera Roberto Zolezzi.
Puso a la niña en la cuna y un par de minutos después comprobó que se había dormido profundamente. Agradeció poder tener un par de horas de respiro para ocuparse de hacer algunas cosillas. Leyó el correo, pagó unas cuantas facturas, dejó una carta sobre la mesa del comedor para contestarla después y tiró el resto de los papeles a la basura. Limpió el polvo y barrió el piso a toda prisa y limpió la encimera. Esa actividad le ayudó a recordar que aquella era su vida real, a la cual volvería en unas semanas.
Había terminado de pasar la aspiradora en su dormitorio cuando sonó el teléfono.
—¿Dígame?
—¿Paula?
—Sí. Hola Pedro. ¿Ocurre algo?
—Tú dirás. ¿Qué haces ahí?
—¿Aquí? En este momento estoy pasando la aspiradora.
—¿Qué?
—La aspiradora, ya sabes, limpiando la casa. No me dio tiempo a terminar de arreglarla cuando José...
—Paula, si hay que limpiar el piso contrata a una asistenta. Vas a volver a casa luego, ¿no?
La espalda era abierta hasta la cintura, con finas tiras que se cruzaban. Era lo suficientemente corto como para enseñar bien las piernas y se le ajustaba como una segunda piel. Paula sonrió y se miro al espejo de tres hojas. No parecía que tuviera una hija de tres meses, estaba delgada y en forma, tal y como cuando era una adolescente. Cargar con un bebé de siete kilos la mayor parte del día le había tonificado los músculos y hecho perder peso.
Se miro en el largo espejo y decidió arreglarse un poco el pelo y maquillarse. Pedro no tendría que preocuparse por presentarse con una camarera en público.
Sofía hizo una mueca parecida a una sonrisa, Paula se paro y se la quedo mirando
—¿Me has sonreído? ¡Oh, cariño!
Se inclino y besó al bebé, tremendamente emocionada. Podrían decirle que estaba soñando, pero ella sabía que esa había sido la primera sonrisa de Sofía. Quería correr y contárselo a Pedro.
José la esperaba apoyado en la limusina. Cuando terminó, el chófer guardó los paquetes y la ayudó a colocar al bebé. Después se dirigieron al Strand, donde Paula quería comprar otros vestidos.
No le había contado ni a Pedro ni a Ana sus planes para esa mañana. Lo que menos quería era que la coaccionaran para salir de compras con Ana. Ya tenía bastante con aguantarla durante la cena. Paula se preguntó si era más cariñosa cuando ella no estaba delante. Ana daba la imagen de ser una persona fría e inaccesible. De nuevo sintió curiosidad al pensar en el matrimonio de Ana; había, además, muchas cosas que Paula no sabía de la familia y cuanto más tiempo pasaba con ellos más curiosidad le entraba.
¿Le gustaba a Pedro dirigir una empresa tan grande? ¿No le importaba tener a tantos empleados bajo su responsabilidad?
—¿Lista?
La dependienta se asomó al probador.
—¿Qué le parece? —preguntó Paula un poco nerviosa de que otra persona, aparte de Sofía, la viera con el vestido puesto.
—¡Excelente! Parece hecho para usted. Un par de medias negras y unos diamantes terminaran de hacer el efecto. Su marido quizá cambie de opinión y decida quedarse en casa en vez de salir —bromeó.
Paula se mordió el labio, intentando no sonreír. Dudaba que pudiera competir con las bellezas a las que Pedro estaba habituado, pero el halago la agradó.
—Me lo llevo —dijo alegremente.
No resultaba fácil intentar entretener a un bebé mientras hacía todas aquellas compras, pensaba Paula aquella tarde. Estaba cansada, pero al menos Sofía se había dormido. Habían vuelto a su piso, que de pronto le pareció pequeño y sombrío al lado de la preciosa casa de Kilibirri.
Pero era su hogar, el lugar donde volvería cuando muriera Roberto Zolezzi.
Puso a la niña en la cuna y un par de minutos después comprobó que se había dormido profundamente. Agradeció poder tener un par de horas de respiro para ocuparse de hacer algunas cosillas. Leyó el correo, pagó unas cuantas facturas, dejó una carta sobre la mesa del comedor para contestarla después y tiró el resto de los papeles a la basura. Limpió el polvo y barrió el piso a toda prisa y limpió la encimera. Esa actividad le ayudó a recordar que aquella era su vida real, a la cual volvería en unas semanas.
Había terminado de pasar la aspiradora en su dormitorio cuando sonó el teléfono.
—¿Dígame?
—¿Paula?
—Sí. Hola Pedro. ¿Ocurre algo?
—Tú dirás. ¿Qué haces ahí?
—¿Aquí? En este momento estoy pasando la aspiradora.
—¿Qué?
—La aspiradora, ya sabes, limpiando la casa. No me dio tiempo a terminar de arreglarla cuando José...
—Paula, si hay que limpiar el piso contrata a una asistenta. Vas a volver a casa luego, ¿no?
Amor Del Corazón: Capítulo 15
—Ahora mismo subo. ¿Querrás venir con nosotros, Paula?
A Paula le dieron ganas de decir que no. Lo que menos le apetecía era pasar la velada con Ana y Roberto, pero se sintió en la obligación.
—Muy bien.
Ana arrugó el entrecejo pero no dijo nada y subió las escaleras delante de ellos.
Paula deseó haberse negado a acompañarlo en cuanto se sentó en una silla junto a la cama.
—Vaya, chico, qué callado te lo tenías, ¿eh? —dijo Roberto en un tono más fuerte de lo normal.
—¿A qué te refieres, Roberto? —preguntó Pedro, tomándole la mano a Paula con soltura.
Puso sus manos unidas sobre el muslo y miró a su abuelo.
Paula apenas si atendía a lo que se estaba diciendo, hipnotizada por el roce de su mano, por su ternura. Por supuesto, sabía que era parte del teatro, pero no había esperado sentirse tan apreciada cuando fingiera interés por ella delante de su familia.
—¿Cuándo pensabas contarme lo del bebé? ¡A eso me refiero, hombre! Me he tenido que enterar por casualidad; me lo dijo la enfermera. Entonces casi tuve que obligar a tu mujer a que me trajera a la niña.
—¿El bebé? —Ana se volvió hacia Pedro sorprendida—. ¿Quieres decir que Sofía es tuya?
Estaba escandalizada.
—¿Tampoco te lo había dicho, eh? Vaya, hombre, sé que me pasé de la raya con Fernanda Alvarez, pero no tienes por qué guardarme rencor toda la vida. Nos hemos perdido el nacimiento de la niña; ya era hora de que la trajeras a casa a conocer a su familia.
—Esa niña no... —empezó a decir Ana.
—Sé hablar yo solito, madre —le interrumpió Pedro.
—No necesito que nadie me diga nada —gritó Roberto.
Respiró profundamente y reanudó la conversación.
—Le he pedido a la enfermera que llame a mis abogados. Le he abierto una cuenta a la niña.
—No —dijo Paula, al tiempo que sentía la reacción de sorpresa en la mano de Pedro.
—¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Por qué no? Es mi dinero y hago con él lo que me da la gana.
—No le deje nada a Sofía —dijo Paula con firmeza—. Pedro nos dará lo que necesitemos. Si quiere dejarle el dinero a alguien, déjeselo a él.
—Él se quedará con lo que no le deje a mi hija. ¿Por qué no dejarle también una parte' a mi bisnieta?
—Porque no es... —empezó a decir Paula.
—¡He dicho antes que sé hablar yo solo! —Pedro la interrumpió, apretándole la mano—. Roberto, agradezco tu generosidad y sé que Paula lo hará también cuando se tranquilice. Pero Sofía no necesita ninguna otra cartilla de ahorro; puedo mantener a mis propios hijos.
Roberto se quedó mirando a su nieto unos momentos y luego se recostó en la cama.
—Esto es ridículo, Sofía... —saltó Ana.
—¡Madre!
La amenaza de Pedro fue firme; la mujer puso cara de compungida y luego se calló, mirando a Paula con rabia.
—Un hombre tiene derecho a dejarle sus posesiones a quien quiera —dijo Roberto.
—Tienes razón. Si quieres llenarles los bolsillos a tus abogados con más dinero para hacer otro cambio más cuando yo puedo darle a Sofía todo eso, entonces adelante.
Pedro habló con soltura. Se recostó en la silla; parecía estar cómodo y relajado. Pero Paula sabía que las apariencias engañan; Pedro tenía la mano agarrotada. Aguantó la respiración, preguntándose si Roberto se echaría atrás.
—Malditos abogados, jamás hacen nada sin cobrarle a uno un ojo de la cara. Sobre todo cuando creen que tienen a un hombre entre la espada y la pared —gruñó Roberto.
Paula ocultó una sonrisa. Pedro sabía cómo llevar a su abuelo. Ella no debería haber implicado que Sofía era la bisnieta que Roberto creía que era. ¿Pero si le hacía feliz, qué tenía ello de malo? No estaría entre ellos lo suficiente como para enterarse de la verdad.
—Es una niña preciosa, ¿no crees? —preguntó Pedro.
—Es una fotocopia tuya en femenino —dijo Roberto, sonriendo y con un brillo de alegría en los ojos
Paula sonrió al oír eso. Pablo y Pedro no se parecían en nada. Sofía tenía el pelo oscuro, pero se parecía mucho mas a su padre que a Pedro. Parecía que Roberto veía lo que quería ver.
—Tráemela mañana, quiero verla otra vez. Te has convertido en una abuela bastante joven —dijo Roberto, volviéndose hacia Ana. —Me imagino que saldrás de compras para comprarle ropa a la niña y presumir de nieta
Ana le echo una mirada a Pedro, luego sonrió y se volvió a mirar a su padre
—Siempre he creído que las niñas son más fáciles de criar que los niños
—¡Ja! Espera a que vengan los chicos a rondarla y entonces tendrás problemas. Mira tú. Te marchaste con el primer chico que vino y un año después lo dejaste. A las chicas hay que vigilarlas de cerca.
Ana se puso tensa al oír la referencia a su matrimonio y a Paula empezó a picarle la curiosidad. ¿Ana había abandonado al padre de Pedro después de solo un año de casados? Paula creía que había sido al revés. Miró a Ana muy pensativa. ¿Se llevaba Pedro bien con su padre? No, había dicho que Roberto era el único padre que había tenido. ¿,Que había ocurrido?
Mirta entró llevando una bandeja con trozos de tarta de manzana y una cafetera que olía a gloria. Sirvió a todos con rapidez, también un poco a Roberto, y se marcho del mismo modo.
Cuando Pedro dijo que Paula había hecho la tarta el anciano la miro.
—¿Entonces la cocinera de Pedro te ha dejado entrar en la cocina?
—Paula es la señora de esta casa —dijo Pedro con calma—. Puede entrar en donde quiera y hacer lo que le plazca.
—Yo soy la invitada ahora, padre —dijo Ana.
Miro a Paula con frialdad, aunque sus labios se estiraron en una falsa sonrisa.
—La tarta está deliciosa, tienes mucho talento.
Paula se lo agradeció y se puso a comer lo más deprisa que la educación le permitió. Después se marcharía. Le dolía el estomago de los nervios.
En cuanto pudo y sin levantar sospechas, Paula les dio las buenas noches. Fue directamente a la habitación de Sofía a ver como estaba. El pequeño piloto de la pared iluminaba suavemente parte del rostro del bebé, que dormía con un puñito cerrado junto a la boca. ¡Que preciosa era!
Paula se puso el camisón y fue directamente a meterse en la cama. Echó las mantas hacia atrás, se metió, apago la luz de la lámpara de la mesilla y se quedo a oscuras.
Pero tenía demasiadas cosas en la cabeza como para relajarse. Al día siguiente iría al banco y sacaría algo de dinero para comprarse un vestido para el baile benéfico, de paso se compraría también un par de vestidos mas para cenar. Luego iría a su antigua casa a por el correo, quizás visitaría a su vecina. Podría pasar todo el día fuera, y dejar que Sofía durmiera en su propia cuna, que seguía en el apartamento. Eso sería mejor que tener que salir con Ana.
A Paula le dieron ganas de decir que no. Lo que menos le apetecía era pasar la velada con Ana y Roberto, pero se sintió en la obligación.
—Muy bien.
Ana arrugó el entrecejo pero no dijo nada y subió las escaleras delante de ellos.
Paula deseó haberse negado a acompañarlo en cuanto se sentó en una silla junto a la cama.
—Vaya, chico, qué callado te lo tenías, ¿eh? —dijo Roberto en un tono más fuerte de lo normal.
—¿A qué te refieres, Roberto? —preguntó Pedro, tomándole la mano a Paula con soltura.
Puso sus manos unidas sobre el muslo y miró a su abuelo.
Paula apenas si atendía a lo que se estaba diciendo, hipnotizada por el roce de su mano, por su ternura. Por supuesto, sabía que era parte del teatro, pero no había esperado sentirse tan apreciada cuando fingiera interés por ella delante de su familia.
—¿Cuándo pensabas contarme lo del bebé? ¡A eso me refiero, hombre! Me he tenido que enterar por casualidad; me lo dijo la enfermera. Entonces casi tuve que obligar a tu mujer a que me trajera a la niña.
—¿El bebé? —Ana se volvió hacia Pedro sorprendida—. ¿Quieres decir que Sofía es tuya?
Estaba escandalizada.
—¿Tampoco te lo había dicho, eh? Vaya, hombre, sé que me pasé de la raya con Fernanda Alvarez, pero no tienes por qué guardarme rencor toda la vida. Nos hemos perdido el nacimiento de la niña; ya era hora de que la trajeras a casa a conocer a su familia.
—Esa niña no... —empezó a decir Ana.
—Sé hablar yo solito, madre —le interrumpió Pedro.
—No necesito que nadie me diga nada —gritó Roberto.
Respiró profundamente y reanudó la conversación.
—Le he pedido a la enfermera que llame a mis abogados. Le he abierto una cuenta a la niña.
—No —dijo Paula, al tiempo que sentía la reacción de sorpresa en la mano de Pedro.
—¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Por qué no? Es mi dinero y hago con él lo que me da la gana.
—No le deje nada a Sofía —dijo Paula con firmeza—. Pedro nos dará lo que necesitemos. Si quiere dejarle el dinero a alguien, déjeselo a él.
—Él se quedará con lo que no le deje a mi hija. ¿Por qué no dejarle también una parte' a mi bisnieta?
—Porque no es... —empezó a decir Paula.
—¡He dicho antes que sé hablar yo solo! —Pedro la interrumpió, apretándole la mano—. Roberto, agradezco tu generosidad y sé que Paula lo hará también cuando se tranquilice. Pero Sofía no necesita ninguna otra cartilla de ahorro; puedo mantener a mis propios hijos.
Roberto se quedó mirando a su nieto unos momentos y luego se recostó en la cama.
—Esto es ridículo, Sofía... —saltó Ana.
—¡Madre!
La amenaza de Pedro fue firme; la mujer puso cara de compungida y luego se calló, mirando a Paula con rabia.
—Un hombre tiene derecho a dejarle sus posesiones a quien quiera —dijo Roberto.
—Tienes razón. Si quieres llenarles los bolsillos a tus abogados con más dinero para hacer otro cambio más cuando yo puedo darle a Sofía todo eso, entonces adelante.
Pedro habló con soltura. Se recostó en la silla; parecía estar cómodo y relajado. Pero Paula sabía que las apariencias engañan; Pedro tenía la mano agarrotada. Aguantó la respiración, preguntándose si Roberto se echaría atrás.
—Malditos abogados, jamás hacen nada sin cobrarle a uno un ojo de la cara. Sobre todo cuando creen que tienen a un hombre entre la espada y la pared —gruñó Roberto.
Paula ocultó una sonrisa. Pedro sabía cómo llevar a su abuelo. Ella no debería haber implicado que Sofía era la bisnieta que Roberto creía que era. ¿Pero si le hacía feliz, qué tenía ello de malo? No estaría entre ellos lo suficiente como para enterarse de la verdad.
—Es una niña preciosa, ¿no crees? —preguntó Pedro.
—Es una fotocopia tuya en femenino —dijo Roberto, sonriendo y con un brillo de alegría en los ojos
Paula sonrió al oír eso. Pablo y Pedro no se parecían en nada. Sofía tenía el pelo oscuro, pero se parecía mucho mas a su padre que a Pedro. Parecía que Roberto veía lo que quería ver.
—Tráemela mañana, quiero verla otra vez. Te has convertido en una abuela bastante joven —dijo Roberto, volviéndose hacia Ana. —Me imagino que saldrás de compras para comprarle ropa a la niña y presumir de nieta
Ana le echo una mirada a Pedro, luego sonrió y se volvió a mirar a su padre
—Siempre he creído que las niñas son más fáciles de criar que los niños
—¡Ja! Espera a que vengan los chicos a rondarla y entonces tendrás problemas. Mira tú. Te marchaste con el primer chico que vino y un año después lo dejaste. A las chicas hay que vigilarlas de cerca.
Ana se puso tensa al oír la referencia a su matrimonio y a Paula empezó a picarle la curiosidad. ¿Ana había abandonado al padre de Pedro después de solo un año de casados? Paula creía que había sido al revés. Miró a Ana muy pensativa. ¿Se llevaba Pedro bien con su padre? No, había dicho que Roberto era el único padre que había tenido. ¿,Que había ocurrido?
Mirta entró llevando una bandeja con trozos de tarta de manzana y una cafetera que olía a gloria. Sirvió a todos con rapidez, también un poco a Roberto, y se marcho del mismo modo.
Cuando Pedro dijo que Paula había hecho la tarta el anciano la miro.
—¿Entonces la cocinera de Pedro te ha dejado entrar en la cocina?
—Paula es la señora de esta casa —dijo Pedro con calma—. Puede entrar en donde quiera y hacer lo que le plazca.
—Yo soy la invitada ahora, padre —dijo Ana.
Miro a Paula con frialdad, aunque sus labios se estiraron en una falsa sonrisa.
—La tarta está deliciosa, tienes mucho talento.
Paula se lo agradeció y se puso a comer lo más deprisa que la educación le permitió. Después se marcharía. Le dolía el estomago de los nervios.
En cuanto pudo y sin levantar sospechas, Paula les dio las buenas noches. Fue directamente a la habitación de Sofía a ver como estaba. El pequeño piloto de la pared iluminaba suavemente parte del rostro del bebé, que dormía con un puñito cerrado junto a la boca. ¡Que preciosa era!
Paula se puso el camisón y fue directamente a meterse en la cama. Echó las mantas hacia atrás, se metió, apago la luz de la lámpara de la mesilla y se quedo a oscuras.
Pero tenía demasiadas cosas en la cabeza como para relajarse. Al día siguiente iría al banco y sacaría algo de dinero para comprarse un vestido para el baile benéfico, de paso se compraría también un par de vestidos mas para cenar. Luego iría a su antigua casa a por el correo, quizás visitaría a su vecina. Podría pasar todo el día fuera, y dejar que Sofía durmiera en su propia cuna, que seguía en el apartamento. Eso sería mejor que tener que salir con Ana.
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