Cayó sobre ella y sumergió el rostro enmascarado entre su pelo. Sus cuerpos entrelazados quedaron rendidos sobre la cama. Después de unos segundos, él le pasó la mano por el costado, pero seguía sumergido en ella.
Desapareció el vacío de la separación. Eran uno solo. Amantes. Aunque fuera tan solo por un fugaz momento. Paula le acarició la boca y después el rostro por encima de la máscara, sintiendo los pómulos por debajo del cuero.
Los segundos pasaron y el silencio volvió a llenarse de deseo, de la impaciencia de sus cuerpos.
Paula estaba maravillada, sintió que volvía a nacer a pesar del aturdimiento que le provocó sentir que él la daba media vuelta y la tomaba por detrás.
Se estremeció y gritó de placer y, en todo momento, él estuvo con ella; de igual a igual, acompañándola hasta lo más alto. Después se tumbaron en el suelo y él lamió su carne sensible y dolorida.
Sobre el piso de baldosas, Paula podía oír los latidos de su corazón, un sonido que la hizo sentirse satisfecha y en paz. Estaba tan cómoda y feliz que de pronto sintió miedo.
¿Qué estaba sucediendo? No quería sentir ese tipo de emociones por él. Sólo quería sexo.
Y entonces se le pasó por la cabeza algo alarmante.
–Dios mío –exclamó apartándose de él–. No hemos utilizado preservativo.
–No te preocupes –murmuró él–. Hace más de un año que no me acostaba con nadie y me he hecho las pruebas. No soy seropositivo.
Ya no fingía tener acento francés y había algo en su voz que había encendido una señal de alarma dentro de su cabeza.
–Podría estar embarazada –mintió sin saber muy bien por qué.
–Tranquila –dijo él–. No te preocupes, Paula . Conozco tus secretos más profundos y tus miedos más atroces.
El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.
¡Esa voz!
Monsieur Enmascarado levantó la mano para retirarse la máscara, pero Paula ya sabía de quién era el rostro que se ocultaba debajo. Seguramente lo había sabido desde el primer momento, aunque de manera inconsciente.
Los ojos de Pedro, impregnados de amor y preocupación, no se apartaban de ella. Fue entonces cuando se dió cuenta de que estaba conteniendo la respiración y aguardaba respetuosamente a ver cuál era su reacción.
jueves, 26 de marzo de 2015
Un Extraño Amor: Capítulo 26
Aferrándose a él con ambas manos, Paula lanzó un grito.
Siguió besándola, se sumergía en ella con la lengua y con el dedo. Sus gemidos se unieron a los de ella.
Era tan dulce. Le encantaba sentir que ni siquiera podía decir nada porque estaba llena de él.
Sus músculos le apretaban el dedo haciéndole saber que deseaba más. Lo deseaba a él.
Era suave y al mismo tiempo tan fuerte que la energía con que se entregaba a él era toda una lección. Aquella mujer sabía cómo vivir. El deseo que sentía por ella borraba cualquier pensamiento razonable de su cabeza. Con ella dejaba de ser el hombre práctico y sensato de siempre.
–Más –le dijo con ansia–. Más.
Él sonrió ante su exigencia, la amaba por ello. Movió el dedo más y más fuerte hasta que empezó a temblar entre sus brazos.
–Tómame –imploró descaradamente–. Tómame ahora mismo, sobre la mesa de la cocina.
La llevó a la mesa de la cocina, le separó las piernas y se zambulló en ella con la fuerza que ella misma le había pedido.
Pero lo cierto era que Paula deseaba mucho más. Se había apoderado de ella la necesidad de sentir su cálido sexo dentro del cuerpo, de absorber la esencia de su virilidad.
–Más –susurró de nuevo–. Más.
La llevó a un lugar completamente desconocido para ella y cuando todo su ser, cuerpo, mente y alma, estaba al borde del precipicio, esperando la explosión del orgasmo… se dió cuenta de algo increíble.
Aquel hombre era un completo desconocido.
Fue entonces cuando explotó.
Él gritó al mismo tiempo y su cuerpo se puso rígido. Arqueó la espalda sobre ella y, a la luz de la lámpara de la cocina, Paula vió que ardía como el fuego.
Jamás había sentido nada parecido a la intensidad de aquel clímax. No podía respirar. No podía pensar. Lo único que podía hacer era sentir cómo se estremecía hasta el último rincón de su cuerpo.
Siguió besándola, se sumergía en ella con la lengua y con el dedo. Sus gemidos se unieron a los de ella.
Era tan dulce. Le encantaba sentir que ni siquiera podía decir nada porque estaba llena de él.
Sus músculos le apretaban el dedo haciéndole saber que deseaba más. Lo deseaba a él.
Era suave y al mismo tiempo tan fuerte que la energía con que se entregaba a él era toda una lección. Aquella mujer sabía cómo vivir. El deseo que sentía por ella borraba cualquier pensamiento razonable de su cabeza. Con ella dejaba de ser el hombre práctico y sensato de siempre.
–Más –le dijo con ansia–. Más.
Él sonrió ante su exigencia, la amaba por ello. Movió el dedo más y más fuerte hasta que empezó a temblar entre sus brazos.
–Tómame –imploró descaradamente–. Tómame ahora mismo, sobre la mesa de la cocina.
La llevó a la mesa de la cocina, le separó las piernas y se zambulló en ella con la fuerza que ella misma le había pedido.
Pero lo cierto era que Paula deseaba mucho más. Se había apoderado de ella la necesidad de sentir su cálido sexo dentro del cuerpo, de absorber la esencia de su virilidad.
–Más –susurró de nuevo–. Más.
La llevó a un lugar completamente desconocido para ella y cuando todo su ser, cuerpo, mente y alma, estaba al borde del precipicio, esperando la explosión del orgasmo… se dió cuenta de algo increíble.
Aquel hombre era un completo desconocido.
Fue entonces cuando explotó.
Él gritó al mismo tiempo y su cuerpo se puso rígido. Arqueó la espalda sobre ella y, a la luz de la lámpara de la cocina, Paula vió que ardía como el fuego.
Jamás había sentido nada parecido a la intensidad de aquel clímax. No podía respirar. No podía pensar. Lo único que podía hacer era sentir cómo se estremecía hasta el último rincón de su cuerpo.
miércoles, 25 de marzo de 2015
Un Extraño Amor: Capítulo 25
Pero ahora el hombre perfecto para ella era Monsieur Enmascarado, o al menos eso había creído hasta que había empezado a hablar de amor.
–¿Por qué me haces esas preguntas sobre el amor? Tú y yo no nos conocemos.
–Precisamente –dijo él–. Quería asegurarme de que nos entendemos. Ninguno quiere hacerle daño al otro. Lo de hoy es sólo sexo. Nada de amor. Quizá un pequeño romance –añadió con una sonrisa–. Pero nada de amor.
–Nada de amor –repitió Paula, convencida de que estaban de acuerdo.
¿Entonces por qué aquellas palabras la hicieron sentirse tan vacía por dentro?
Pedro le pasó la mano por la espalda, entreteniéndose especialmente en la curva que formaba su columna. Paula se acurrucó en sus brazos y él no pudo evitar sonreír, pues le encantaba el modo en que respondía a sus caricias.
Y entonces se dio cuenta de algo. Paula Chaves le hacía desear ser mejor persona.
Un hombre bueno no le mentiría ni la engañaría antes de hacerle el amor. Tenía que salir de aquel embrollo. Tenía que poner fin a aquella estúpida seducción.
–Paula –dijo olvidándose del falso acento francés–. Tenemos que hablar.
Pero ella no lo escuchaba, ni siquiera lo oía. Se había puesto de puntillas y le acariciaba la oreja con la lengua al tiempo que apretaba los pechos contra su brazo. En pocos segundos, Pedro ni siquiera recordaba lo que iba a decirle. Los más puros instintos masculinos se apoderaron de él y le hicieron echar a un lado sus honorables intenciones.
–Llevo tres días pensando en esto –murmuró ella–. Estoy preparada para ese beso francés.
Pedro estiró la mano y se la puso en las nalgas para apretarla bien contra su pelvis. Después bajó la cabeza y la besó en la boca. Ninguno de los dos cerró los ojos. Pedro pudo ver el rubor que se asomaba a las mejillas de Paula y que daba fe de su excitación.
Estaba excitada. Increíblemente excitada.
Le desabrochó el vestido sin dejar de besarla. Ella se despojó de la prenda frenéticamente y la dejó caer al suelo.
Fue una maravillosa sorpresa descubrir que no llevaba ropa interior. Se había preparado para él.
–Eres perversa –susurró él mientras deslizaba la mano por su cadera hasta llegar al muslo, donde volvió a subir hasta dar con la esencia de su feminidad.
Paula gimió y apoyó la cabeza en su hombro. Con una mano la agarraba mientras adentraba un dedo de la otra en su sexo y lo sumergía para saborear el húmedo calor de su cuerpo.
–¿Por qué me haces esas preguntas sobre el amor? Tú y yo no nos conocemos.
–Precisamente –dijo él–. Quería asegurarme de que nos entendemos. Ninguno quiere hacerle daño al otro. Lo de hoy es sólo sexo. Nada de amor. Quizá un pequeño romance –añadió con una sonrisa–. Pero nada de amor.
–Nada de amor –repitió Paula, convencida de que estaban de acuerdo.
¿Entonces por qué aquellas palabras la hicieron sentirse tan vacía por dentro?
Pedro le pasó la mano por la espalda, entreteniéndose especialmente en la curva que formaba su columna. Paula se acurrucó en sus brazos y él no pudo evitar sonreír, pues le encantaba el modo en que respondía a sus caricias.
Y entonces se dio cuenta de algo. Paula Chaves le hacía desear ser mejor persona.
Un hombre bueno no le mentiría ni la engañaría antes de hacerle el amor. Tenía que salir de aquel embrollo. Tenía que poner fin a aquella estúpida seducción.
–Paula –dijo olvidándose del falso acento francés–. Tenemos que hablar.
Pero ella no lo escuchaba, ni siquiera lo oía. Se había puesto de puntillas y le acariciaba la oreja con la lengua al tiempo que apretaba los pechos contra su brazo. En pocos segundos, Pedro ni siquiera recordaba lo que iba a decirle. Los más puros instintos masculinos se apoderaron de él y le hicieron echar a un lado sus honorables intenciones.
–Llevo tres días pensando en esto –murmuró ella–. Estoy preparada para ese beso francés.
Pedro estiró la mano y se la puso en las nalgas para apretarla bien contra su pelvis. Después bajó la cabeza y la besó en la boca. Ninguno de los dos cerró los ojos. Pedro pudo ver el rubor que se asomaba a las mejillas de Paula y que daba fe de su excitación.
Estaba excitada. Increíblemente excitada.
Le desabrochó el vestido sin dejar de besarla. Ella se despojó de la prenda frenéticamente y la dejó caer al suelo.
Fue una maravillosa sorpresa descubrir que no llevaba ropa interior. Se había preparado para él.
–Eres perversa –susurró él mientras deslizaba la mano por su cadera hasta llegar al muslo, donde volvió a subir hasta dar con la esencia de su feminidad.
Paula gimió y apoyó la cabeza en su hombro. Con una mano la agarraba mientras adentraba un dedo de la otra en su sexo y lo sumergía para saborear el húmedo calor de su cuerpo.
Un Extraño Amor: Capítulo 24
La fiesta de despedida había terminado. Las invitadas se habían marchado y, en algún momento de la noche, Monsieur Enmascarado había vuelto a ponerse los pantalones.
Pero no por mucho tiempo.
Nada más se hubo cerrado la puerta tras Zaira y la amiga que iba a llevarla a casa, volvió a poner la música y la música de Wild Thing llenó la habitación.
El Enmascarado empezó a bailar y a desnudarse sólo para ella.
Paula estaba de pie frente a él, comiéndoselo con la mirada. Dios, era increíble. Demasiado guapo como para ser cierto. Sin embargo allí estaba, actuando para una sola persona.
¡Era una fantasía hecha realidad!
Una vez se quedó sólo con el tanga, le tendió la mano y la invitó a bailar con él en el momento en que acababa la canción para dejar paso a Je ne regrette rien.
La conmovedora melodía hizo que a Paula se le encogiera el corazón.
Dió un paso hacia él y dejó que la estrechara en sus brazos. Se dejó llevar por la música, atrapada en el momento en el que la fantasía se unía a la realidad.
Él le dio un suave beso en la frente y Paula supo que no podría seguir controlándose. Se abandonó a él por completo.
Sus cuerpos, apretados el uno contra el otro, se movían al unísono. ¿Haría el amor tan bien como bailaba? Paula tragó saliva mientras rezaba por que así fuera.
Le puso la mano en la cadera con una familiaridad que la hizo estremecer. De pronto dejó de bailar.
–¿Qué ocurre? –preguntó ella.
–¿Crees en el amor? –dijo él con su fingido acento francés.
–¿Qué? –la pregunta la pilló desprevenida. En otro tiempo quizá hubiera creído en cuentos de hadas, pero ya no. ¿Cómo podría hacerlo después del cáncer? ¿Después de descubrir que no podía tener hijos?–. Puede que exista para alguna gente.
–¿Pero para tí no?
Paula negó con la cabeza.
–La vida es demasiado corta como para atarse a una persona.
–¿Y si es la persona adecuada?
–Creo en la pasión –dijo ella–. ¿No te parece suficiente?
–La pasión alimenta el cuerpo, pero el amor alimenta el alma –explicó el Enmascarado.
–Hay muchos tipos de amor.
–¿Como el que sientes por un buen amigo?
–Sí.
Paula pensó en Pedro. Estaría abajo, solo, seguramente habría oído el ruido de la fiesta a través de los finos muros. Le dolía admitir que Pedro habría sido perfecto para la antigua Paula, la mujer que había sido en otro tiempo.
Pero no por mucho tiempo.
Nada más se hubo cerrado la puerta tras Zaira y la amiga que iba a llevarla a casa, volvió a poner la música y la música de Wild Thing llenó la habitación.
El Enmascarado empezó a bailar y a desnudarse sólo para ella.
Paula estaba de pie frente a él, comiéndoselo con la mirada. Dios, era increíble. Demasiado guapo como para ser cierto. Sin embargo allí estaba, actuando para una sola persona.
¡Era una fantasía hecha realidad!
Una vez se quedó sólo con el tanga, le tendió la mano y la invitó a bailar con él en el momento en que acababa la canción para dejar paso a Je ne regrette rien.
La conmovedora melodía hizo que a Paula se le encogiera el corazón.
Dió un paso hacia él y dejó que la estrechara en sus brazos. Se dejó llevar por la música, atrapada en el momento en el que la fantasía se unía a la realidad.
Él le dio un suave beso en la frente y Paula supo que no podría seguir controlándose. Se abandonó a él por completo.
Sus cuerpos, apretados el uno contra el otro, se movían al unísono. ¿Haría el amor tan bien como bailaba? Paula tragó saliva mientras rezaba por que así fuera.
Le puso la mano en la cadera con una familiaridad que la hizo estremecer. De pronto dejó de bailar.
–¿Qué ocurre? –preguntó ella.
–¿Crees en el amor? –dijo él con su fingido acento francés.
–¿Qué? –la pregunta la pilló desprevenida. En otro tiempo quizá hubiera creído en cuentos de hadas, pero ya no. ¿Cómo podría hacerlo después del cáncer? ¿Después de descubrir que no podía tener hijos?–. Puede que exista para alguna gente.
–¿Pero para tí no?
Paula negó con la cabeza.
–La vida es demasiado corta como para atarse a una persona.
–¿Y si es la persona adecuada?
–Creo en la pasión –dijo ella–. ¿No te parece suficiente?
–La pasión alimenta el cuerpo, pero el amor alimenta el alma –explicó el Enmascarado.
–Hay muchos tipos de amor.
–¿Como el que sientes por un buen amigo?
–Sí.
Paula pensó en Pedro. Estaría abajo, solo, seguramente habría oído el ruido de la fiesta a través de los finos muros. Le dolía admitir que Pedro habría sido perfecto para la antigua Paula, la mujer que había sido en otro tiempo.
Un Extraño Amor: Capítulo 23
–El cáncer.
–¿Sí?
–La dejó estéril. No puede tener hijos, Pedro.
El triste secreto de Paula le nubló la vista. De pronto, comprendía muchas cosas sobre ella.
–Es horrible –murmuró con voz ronca.
–Lo ha aceptado con la ayuda de un terapeuta, pero sigue creyendo que no puede comprometerse con ningún hombre si no es capaz de darle un hijo.
–Eso es ridículo –protestó Pedro–. Debería dejar que el hombre en cuestión decidiera por sí mismo si eso es impedimento para la relación o no.
–Estoy de acuerdo contigo, pero es Paula la que lo sufre, no yo. La verdad es que no sé qué sentiría si estuviera en su lugar. Así que, Pedro, antes de que sigas adelante con tu plan o intentes tener una relación con ella, piensa si quieres vivir la vida sin tener tus propios hijos.
–Lo único que me importa es Paula. Además, siempre podríamos adoptar. Por el amor de Dios, yo mismo soy hijo adoptado –añadió.
–¿De verdad? –preguntó Zaira con una sonrisa.
–Sí.
Vió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y se esforzaba por secárselas de inmediato.
–¿Por qué lloras? –Pedro sentía un nudo en el pecho–. ¿Hay algo más que no me hayas dicho?
–Estoy muy contenta por mi hermana. Ha sufrido mucho y ahora por fin parece que va a encontrar el amor después de tantos años de dolor.
–Gracias por contármelo –dijo él–. No cambia en absoluto lo que siento por ella, pero sí me ayuda a entenderla.
–Trátala bien, Pedro.
–Sí ella me deja.
–Haz que te deje. Si no lo haces, no tardará en darse cuenta del gran error que cometió dejándote marchar y lo lamentará, por mucho que se esfuerce en cantar esa maldita canción. Será mejor que te pongas la máscara por si Paula decide salir.
Mientras volvía a colocarse la máscara, Pedro pensaba que ahora comprendía por qué Paula solía cantar Je ne regrette rien. No era porque se arrepintiera de nada, sino para espantar el miedo y ahuyentar los demonios que habían llenado su corta y agridulce vida.
Y se dio cuenta de que la amaba aún más por su valentía.
–¿Sí?
–La dejó estéril. No puede tener hijos, Pedro.
El triste secreto de Paula le nubló la vista. De pronto, comprendía muchas cosas sobre ella.
–Es horrible –murmuró con voz ronca.
–Lo ha aceptado con la ayuda de un terapeuta, pero sigue creyendo que no puede comprometerse con ningún hombre si no es capaz de darle un hijo.
–Eso es ridículo –protestó Pedro–. Debería dejar que el hombre en cuestión decidiera por sí mismo si eso es impedimento para la relación o no.
–Estoy de acuerdo contigo, pero es Paula la que lo sufre, no yo. La verdad es que no sé qué sentiría si estuviera en su lugar. Así que, Pedro, antes de que sigas adelante con tu plan o intentes tener una relación con ella, piensa si quieres vivir la vida sin tener tus propios hijos.
–Lo único que me importa es Paula. Además, siempre podríamos adoptar. Por el amor de Dios, yo mismo soy hijo adoptado –añadió.
–¿De verdad? –preguntó Zaira con una sonrisa.
–Sí.
Vió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y se esforzaba por secárselas de inmediato.
–¿Por qué lloras? –Pedro sentía un nudo en el pecho–. ¿Hay algo más que no me hayas dicho?
–Estoy muy contenta por mi hermana. Ha sufrido mucho y ahora por fin parece que va a encontrar el amor después de tantos años de dolor.
–Gracias por contármelo –dijo él–. No cambia en absoluto lo que siento por ella, pero sí me ayuda a entenderla.
–Trátala bien, Pedro.
–Sí ella me deja.
–Haz que te deje. Si no lo haces, no tardará en darse cuenta del gran error que cometió dejándote marchar y lo lamentará, por mucho que se esfuerce en cantar esa maldita canción. Será mejor que te pongas la máscara por si Paula decide salir.
Mientras volvía a colocarse la máscara, Pedro pensaba que ahora comprendía por qué Paula solía cantar Je ne regrette rien. No era porque se arrepintiera de nada, sino para espantar el miedo y ahuyentar los demonios que habían llenado su corta y agridulce vida.
Y se dio cuenta de que la amaba aún más por su valentía.
martes, 24 de marzo de 2015
Un Extraño Amor: Capítulo 22
Negó con la cabeza, sin poder ocultar su tristeza.
Zaira debió de ver la desolación de su rostro porque se acercó y le puso la mano en el hombro.
–Se lo encontraron a tiempo y hay un noventa por ciento de posibilidades de que esté completamente curada.
–Ah –Pedro se alegraba de no haber soltado la barandilla porque le temblaban las rodillas y dudaba tener la fuerza necesaria para mantenerse en pie.
–Pero la enfermedad le cambió el carácter por completo. Era una mujer tranquila y tímida y, a raíz del cáncer, decidió que la vida era demasiado corta y que debía vivirla al máximo. Aprendió a escalar, se aficionó a los vuelos en globo y empezó a salir con tipos salvajes y nada fiables como Monsieur Enmascarado. Tiene la descabellada idea de que un hombre estable la ataría y le impediría vivir el presente. Está convencida de que no puede confiar en el futuro.
Pedro no sabía qué decir.
–Pero tú le estás enseñando que se puede ser atrevido y estable al mismo tiempo –continuó diciendo Zaira con una sonrisa–. Es genial.
–Ahora viene lo más difícil –dijo él–. Tengo que decirle a Paula que la he engañado.
Zaira respiró hondo.
–Antes de que lo hagas, hay otra cosa que debes saber.
–¿Otra cosa? –repitió Pedro las proféticas palabras de Zaira.
–Sí –parecía preocupada–. Hay otro motivo por el que Paula tiene por norma no acercarse a hombres interesados en el matrimonio.
¿Qué motivo? Tenía miedo de preguntarlo, pero debía saber la respuesta.
–¿De qué se trata?
Zaira bajó los ojos, huyendo de su mirada.
–Debería ser ella la que te lo dijera.
–¿Cómo voy a conseguir que me cuente algo así si ni siquiera quiere salir conmigo porque soy un tipo corriente? Y alguien misterioso como Monsieur Enmascarado no puede preguntar algo tan personal. No es más que una fantasía.
–Por eso voy a decírtelo, pero ella no debe enterarse de que lo sabes. Odia que sientan lástima por ella.
–Dímelo ya, por favor.
Zaira tomó aire.
Zaira debió de ver la desolación de su rostro porque se acercó y le puso la mano en el hombro.
–Se lo encontraron a tiempo y hay un noventa por ciento de posibilidades de que esté completamente curada.
–Ah –Pedro se alegraba de no haber soltado la barandilla porque le temblaban las rodillas y dudaba tener la fuerza necesaria para mantenerse en pie.
–Pero la enfermedad le cambió el carácter por completo. Era una mujer tranquila y tímida y, a raíz del cáncer, decidió que la vida era demasiado corta y que debía vivirla al máximo. Aprendió a escalar, se aficionó a los vuelos en globo y empezó a salir con tipos salvajes y nada fiables como Monsieur Enmascarado. Tiene la descabellada idea de que un hombre estable la ataría y le impediría vivir el presente. Está convencida de que no puede confiar en el futuro.
Pedro no sabía qué decir.
–Pero tú le estás enseñando que se puede ser atrevido y estable al mismo tiempo –continuó diciendo Zaira con una sonrisa–. Es genial.
–Ahora viene lo más difícil –dijo él–. Tengo que decirle a Paula que la he engañado.
Zaira respiró hondo.
–Antes de que lo hagas, hay otra cosa que debes saber.
–¿Otra cosa? –repitió Pedro las proféticas palabras de Zaira.
–Sí –parecía preocupada–. Hay otro motivo por el que Paula tiene por norma no acercarse a hombres interesados en el matrimonio.
¿Qué motivo? Tenía miedo de preguntarlo, pero debía saber la respuesta.
–¿De qué se trata?
Zaira bajó los ojos, huyendo de su mirada.
–Debería ser ella la que te lo dijera.
–¿Cómo voy a conseguir que me cuente algo así si ni siquiera quiere salir conmigo porque soy un tipo corriente? Y alguien misterioso como Monsieur Enmascarado no puede preguntar algo tan personal. No es más que una fantasía.
–Por eso voy a decírtelo, pero ella no debe enterarse de que lo sabes. Odia que sientan lástima por ella.
–Dímelo ya, por favor.
Zaira tomó aire.
Un Extraño Amor: Capítulo 21
Teniendo en cuenta el modo en que había reaccionado cuando le había dicho lo que sentía la noche que lo había invitado a su apartamento, era obvio que no había la menor posibilidad de que consiguiera acostarse con ella siendo él mismo. A Paula no le gustaban los tipos estudiosos e intelectuales. Ya se lo había dejado más que claro.
Hacía calor. Las gotas de sudor le caían por el cuello. Se subió la máscara y tomó aire.
¿Qué debía hacer?
La puerta se abrió.
Se quedó helado, con las manos agarradas a la barandilla.
–¿Pedro?
“Maldita sea”. No era así como él quería que lo descubriese. Agachó la cabeza y consideró la idea de salir corriendo, pero Pedro no era ningún cobarde, así que se dió media vuelta muy despacio. Estaba atrapado y no había otra salida que no fuera decir la verdad. Al diablo su plan de seducir a la mujer de sus sueños.
Pero la mujer que había salido a la escalera no era Paula, sino su hermana Zaira. Seguía llevando el estúpido preservativo en la cabeza como si fuera un gorro de ducha. Pedro sintió un profundo alivio.
–Pedro Alfonso–dijo poniendo los brazos en jarras y mirándolo con gesto especulativo.
Él asintió.
–¿Tú eres Monsieur Enmascarado? ¿El tipo con el que mi hermana lleva noches soñando?
Pedro se encogió de hombros y levantó las manos a modo de confesión.
–Pero es…
–Reprochable, lo sé.
Zaira sonrió.
–Iba a decir maravilloso.
–¿Te parece maravilloso que esté engañando a tu hermana?
–No, creo que es maravilloso que hayas encontrado el modo de traspasar el muro que ha construido alrededor de su corazón desde que tuvo cáncer.
–¿Cáncer? –aquella simple palabra despertó pavor dentro de él. ¿Paula tenía cáncer? Apretó los puños, incapaz de asimilar la idea.
–¿No lo sabías?
Hacía calor. Las gotas de sudor le caían por el cuello. Se subió la máscara y tomó aire.
¿Qué debía hacer?
La puerta se abrió.
Se quedó helado, con las manos agarradas a la barandilla.
–¿Pedro?
“Maldita sea”. No era así como él quería que lo descubriese. Agachó la cabeza y consideró la idea de salir corriendo, pero Pedro no era ningún cobarde, así que se dió media vuelta muy despacio. Estaba atrapado y no había otra salida que no fuera decir la verdad. Al diablo su plan de seducir a la mujer de sus sueños.
Pero la mujer que había salido a la escalera no era Paula, sino su hermana Zaira. Seguía llevando el estúpido preservativo en la cabeza como si fuera un gorro de ducha. Pedro sintió un profundo alivio.
–Pedro Alfonso–dijo poniendo los brazos en jarras y mirándolo con gesto especulativo.
Él asintió.
–¿Tú eres Monsieur Enmascarado? ¿El tipo con el que mi hermana lleva noches soñando?
Pedro se encogió de hombros y levantó las manos a modo de confesión.
–Pero es…
–Reprochable, lo sé.
Zaira sonrió.
–Iba a decir maravilloso.
–¿Te parece maravilloso que esté engañando a tu hermana?
–No, creo que es maravilloso que hayas encontrado el modo de traspasar el muro que ha construido alrededor de su corazón desde que tuvo cáncer.
–¿Cáncer? –aquella simple palabra despertó pavor dentro de él. ¿Paula tenía cáncer? Apretó los puños, incapaz de asimilar la idea.
–¿No lo sabías?
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