jueves, 3 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 15

Paula logró pasar la noche sin bajar al cuarto de estar… Aunque le costó contenerse cuando despertó alrededor de las cuatro. Finalmente, cuando amaneció, sintió que ya podía bajar sin sentir que había cedido. Ya que eran sólo las seis y media, lo más probable era que sólo fuera a ver a Pedro durmiendo, algo que se perdió la noche que pasaron juntos. Se puso una bata blanca y se ciñó el cinturón antes de salir del dormitorio. A medio camino de las escaleras comprobó que el sofá estaba vacío. Terminó de bajar las escaleras y apoyó sus pies descalzos en la gruesa alfombra que había a los pies. ¿Dónde estaba? El baño de abajo estaba en silencio, con la puerta abierta, el espejo aún cubierto con un poco de vaho y una toalla azul colgada de la rejilla. ¿Se habría ido tan bruscamente como había aparecido, incluso después de haber bromeado con lo de pasar una última noche juntos? La mera idea de volver a estar con él hizo que un agradable cosquilleo recorriera su cuerpo… Aunque se le pasó en seguida ante la perspectiva de que ya se hubiera ido. Fue a la cocina y comprobó que también estaba vacía.


—Sí, claro… —la voz de Pedro llegó desde el patio.


Paula giró sobre sí misma. Las puertas correderas de la cocina estaban entreabiertas. Se apoyó contra el borde de la encimera y miró hacia el jardín. Pedro estaba sentado en su tumbona, hablando por teléfono. La curiosidad hizo que permaneciera donde estaba, a pesar de que probablemente debería haber hecho algo para anunciar su presencia, como abrir y cerrar un par de armarios en la cocina. Vestido con unos vaqueros, él tenía sus largas y fuertes piernas extendidas ante sí, iluminadas por el sol de la mañana. Había algo cálido e íntimo en la contemplación de sus pies desnudos y, aunque ella no podía ver su pecho, sus brazos también estaban desnudos. Los recuerdos de la noche que hicieron el amor afloraron a la superficie. Era posible que hubiera tomado un par de copas y que hubiera perdido algunas inhibiciones, pero recordaba muy bien el sexo. El buen sexo. El asombroso sexo del que disfrutó. Deseaba intensamente a Pedro y prácticamente le arrancó la camisa. Su pecho desnudo captó por completo su atención. Sabía que sería musculoso. Había sido imposible pasar por alto las ondas que había bajo su camisa, pero no estaba preparada para la intensa definición e inconfundible fuerza que revelaba al desnudo. Siempre se había considerado del tipo cerebral y hasta entonces sólo le habían atraído hombres de tipo académico. De manera que fue una sorpresa comprobar que se le debilitaban las rodillas sólo con mirar los pectorales de Pedro.


—De acuerdo —dijo él a la persona que estaba al otro lado de la línea. Pasó una mano por su brillante pelo negro—. Eso hará que nos retrasemos una semana. Ponte en marcha y envíame las especificaciones. Volveré a ponerme en contacto contigo para darte una respuesta por la tarde —escuchó y asintió—. Puedes localizarme en este número. Entretanto, me mantendré a la espera de tu fax.


Desconectó y no dió indicios de tener intención de marcar de nuevo. Paula pensó que en cualquier momento se levantaría y la vería, de manera que buscó alguna excusa para parecer ocupada y tomó rápidamente la cafetera de la encimera. Pedro se levantó y estiró los brazos por encima de la cabeza. Paula sintió que se le secaba la boca. El pecho de él era todo lo que recordaba y más. Había olvidado su intenso moreno, el brillo de su piel… Deslizó la mirada hacia abajo, aun más abajo y… Oh, oh… se había dejado el bolón del pantalón desabrochado. No llevaba calzoncillos. Paula se agarró a la encimera para mantener el equilibrio. Apartó la mirada del torso desnudo de Pedro y la llevó hasta su rostro. Él también la estaba mirando.


—Lo… Lo siento, Pedro —balbuceó Paula a la vez que se volvía para llenar la cafetera de agua—. No pretendía interrumpir tu llamada.


—No pasa nada. Ya he acabado —Pedro guardó el móvil en el bolsillo de su pantalón y observó a Paula tan atentamente como ella lo había observado a él—. ¿Vas a preparar té o café?


—Café —Paula se volvió y trató de centrarse en loa preparativos del café—. ¿Estabas hablando con tu abogado sobre el procedimiento de nuestro divorcio?


—No. Era una llamada de trabajo.


Paula sintió el aliento de Pedro en el cuello, pero no le había oído acercarse.


—¿Tienes un trabajo? —preguntó distraídamente.


Él apartó su cola de caballo y la colocó sobre uno de sus hombros.


—Creo que me siento insultado por el hecho de que lo preguntes.


Paula se apartó de él y abrió el armario en el que tenía el café.


—¿No estabas trabajando en tus estudios de graduación como los demás cuando nos conocimos? —se volvió a mirarlo—. Había asumido que…


Pedro alzó una ceja.


—¿Asumiste que era un estudiante perpetuo satisfecho con vivir del dinero de mamá y papá? Veo que te hiciste toda una imagen de mí con muy poca información.


Paula terminó de preparar la cafetera.


—Tú también hiciste suposiciones sobre mí.


—¿Por ejemplo? —dijo Pedro mientras se apoyaba de espaldas contra la encimera. 

Chantaje: Capítulo 14

 —Has mencionado lo de tener querubines —replicó Pedro. Sabía que estaban bromeando, pero encontraba excitante la conversación y además era una buena manera de suavizar su irritación—. Siento que tu madre nunca llegara a contártelo, pero sólo a partir del sexo surgen los querubines.


La expresión de Paula se volvió nuevamente hermética.


—No eres ni la mitad de gracioso de lo que crees.


—¿Entonces soy medio gracioso? No esta mal.


Sin miramientos, Paula dejó la ropa de cama sobre el regazo de Pedro.


—Prepárate la cama en el sofá. Yo me voy adormir.


Pedro la observó mientras subía las escaleras hacia su cuarto y no pudo evitar una pequeña sensación de triunfo por el hecho de que le hubiera dejado quedarse. Un instante después oyó el sonido de una puerta al cerrarse… Seguido del inconfundible «Clic» del pestillo. Estaba claro que en algún momento había vuelto a meter la pata… Pero seguía sin saber cómo.


Arriba, en su dormitorio, Paula se sentó en el borde de la cama y se deslizó hasta el suelo. Se rodeó las piernas con los brazos mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Ver a Pedro tocando ese pisapapeles casi hace que se desmorone. Tras perder al bebé cuatro meses después de quedarse embarazada hizo una pequeña ceremonia privada a modo de funeral de su bebé. Llevó un ramillete de rosas blancas a la playa y dejó que las olas se las llevaran mientras rezaba. Conservó una rosa que se secó más rápido que sus lágrimas. Luego hizo que la envolvieran en cristal junto con un par de caracolas y un poco de arena. Los médicos le dijeron que había sufrido un aborto espontáneo, y que no había motivo para que no pudiera tener más hijos, pero no tenía nada claro que pudiera llegar a tener una relación profunda y duradera con algún hombre, y menos aún iniciar una familia. Entre el temor a las amenazas de los enemigos de su padre y el temor aún más profundo a revelar el secreto de su madre… Se frotó los ojos con el antebrazo. Estaba hecha un lío. ¿Qué diría Pedro si llegara a averiguar que le había ocultado su embarazo? Aún no entendía por qué retrasó tanto ponerse en contacto con él para decirle que estaba embarazada. Se dijo que se lo comunicaría antes de que el bebé naciera. Pero cuando perdió al bebé se quedó tan desolada que ponerse en contacto con él le pareció una tarea abrumadora.  Cada día que pasaba parecía más fácil permanecer callada. Decírselo ahora no serviría para nada.


Un sonido de aviso de su móvil la sorprendió en medio de un sollozo. No se sentía con ganas de hablar con nadie a aquellas horas. Afortunadamente, comprobó que era un mensaje de su hermana. Pulsó el bolón para verlo. "¿Ya estás ni casa? Estoy preocupada por tí." Paula se llevó el teléfono al pecho. Nunca había compartido sus cargas con nadie. Sus secretos eran demasiado grandes, demasiado profundos. Desahogarse habría sido egoísta por su parte. "Estoy en casa y bien. No te preocupes", contestó. Envió el mensaje de vuelta y se puso en pie. Tenía que acostarse y dormir. ¿Pero sería posible hacerlo con Pedro abajo, en el sofá? El teléfono volvió a sonar. Era un nuevo mensaje de Delfina. "¿Qué tal tu macizo? ¿Está ahí?" Paula dejó el móvil en la encimera del baño, indecisa. ¿Qué debía responder a su hermana? No había duda de que Pedro la estaba afectando con su mera presencia mucho más de lo que habría esperado. Pero si quería tiempo para decidir qué hacer sobre él, sobre su padre, sobre su biología, necesitaba seguirle la corriente un poco más. Pero, más allá de eso, ¿Qué era lo que quería? Se miró en el espejo. Tomó un mechón de pelo que había escapado de su austera coleta. No llevaba ningún maquillaje, pero tenía las mejillas ruborizadas como nunca antes… Excepto durante aquel mes en España. La verdad floreció de pronto en su interior. No era la clase de persona capaz de bajar al salón, retirar las mantas de Pedro y mandar al diablo las posibles consecuencias para aprovecharse al máximo de su condición de casada. Ya había caminado en una ocasión por aquella senda y sólo había servido para llevarla a su actual situación. De pronto se le ocurrió una tentadora alternativa. ¿Y si volvía a acostarse con él, pero en esta ocasión por mera diversión, sin anillos de bodas de por medio? La vez anterior dejó que las cosas se volvieran demasiado serias. Obviamente, hacerlo fue un error en muchos aspectos. ¿Podría olvidar el pasado y tener una aventura con su ex marido? 

Chantaje: Capítulo 13

 —¿Quieres saber más sobre mí? De acuerdo. Mi hermano Juan Pablo se ha casado recientemente.


—Ya lo has mencionado cuando has hablado de la renovación de sus votos.


—Fueron a Portugal, y ése fue el motivo por el que volví a España —la nostalgia lo había llevado de vuelta a Madrid. 


Esperaba que el hecho de volver a ver los lugares en que había estado con Paula le permitiera cerrar definitivamente aquel capítulo de su vida.


—La prensa desconoce el motivo por el que renovaron sus votos tan pronto después de la boda. Se casaron para asegurarse la custodia de mi sobrina, la hija de mi hermano Juan Pablo. Su madre biológica se desentendió de ella dejándola en manos de Constanza y luego desapareció. Todo ese asunto alteró mucho a nuestra familia. Afortunadamente, la pequeña Valentina está a salvo.


—¿Quieres a tu sobrina? —preguntó Paula con expresión inescrutable.


—Tengo que confesar que me encantan los niños… Y que me enorgullece ser el tío favorito de mis sobrinos. ¿Quieres ver algunas fotos?


—¿Llevas fotos de ellos contigo? —dijo Paula, incrédula.


—Tengo todo un álbum en mi teléfono —Pedro sacó su móvil y tocó la pantalla hasta que salieron las fotos. Luego se inclinó hacia Paula—. Mi hermano Federico y su esposa volvieron a casarse tras divorciarse. Tienen un hijo —mostró una foto de su sobrino dando sus primeros pasos—. Éste es mi hermano Marcos…


—El senador de Carolina del Sur.


—Sí. Éste es él con su esposa y su hija en la playa —Paula pasó a la siguiente foto—. Y éste es un retrato de la familia tomado en Portugal. Esa es mamá con su marido, el General, y los tres hijos de éste con sus esposas e hijos.


—Tienes una familia muy numerosa.


—Las Navidades pueden llegar a resultar bastante ruidosas cuando nos reunimos todos en la casa familiar de Hilton Head.


—Dada la variedad de vuestras ocupaciones, es asombroso que podáis reuniros todos.


—Nos gusta dedicar tiempo a lo que de verdad importa.


Paula se apoyó contra el respaldo de su asiento a la vez que cruzaba los brazos a la defensiva. 


—Tus hermanos están felizmente casados, lo que supongo que significa que tu madre llevará tiempo dándote la lata para que sigas sus pasos, busques una esposa y tengas unos cuantos querubines… Y por eso me buscaste.


No era aquello lo que buscaba Pero. Dejó su teléfono en la mesa, junto al pisapapeles de cristal.


—Me parece que extraes conclusiones muy precipitadas de un simple comentario sobre mis hermanos y sus familias.


—No lo estás negando.


Pedro sintió que estaba perdiendo terreno, y ni siquiera estaba seguro de porqué.


—Puede que mi madre sea una política de voluntad férrea, pero yo soy su hijo y he heredado sus cualidades. No permito que nadie me influya o coaccione para hacer nada.


—A menos que esa influencia venga del fondo de una botella.


—Yo no estaba bebido la noche que nos casamos —Pedrp tan solo había tomado un par de cervezas—. Tú, si.


—¿Estás diciendo que realmente querías casarte conmigo?


—Eso pensaba en aquel momento.


Paula miró a Pedro con expresión horrorizada.


—¿Estabas enamorado de mí?


—La magnitud de tu horror ante esa perspectiva no resulta especialmente alentadora para mi ego.


Paula se puso en pie.


—Estás jugando conmigo —fue hasta un extremo de la habitación y abrió un armario lleno de ropa de cama—. No me hace gracia que te burles de mí.


La facilidad y la forma con que Paula desestimaba lo sucedido entre ellos un año antes irritó a Pedro. Estaba de acuerdo en que su boda fue un error impulsivo. Todos sus hermanos se estaban casando y él había llegado a creer que lo que sentía por Paula se parecía a lo que sus hermanos describían como «Encontrar a su media naranja». Tal vez, se equivocó en eso. Era posible que Eloisa hubiera bebido más de la cuenta, pero fue muy clara respecto a cuánto lo deseaba, a cuánto lo necesitaba. La necesidad y el deseo no eran amor… Pero era evidente que sintieron algo él uno por el otro, algo fuerte e innegable.


—Yo nunca me burlaría de tí —dijo, frustrado—. Preferiría hacer cosas mucho más interesantes contigo esta noche. Volvamos a la parte del sexo.


Paula rió.


—En ningún momento hemos hablado de sexo. 

martes, 1 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 12

 —No iras a decirme ahora que en realidad habrías querido que siguiéramos juntos, ¿No? —dijo Paula, conmocionada—. Todas las mujeres de la obra estaban al tanto de que eras un playboy.


—Pero ahora soy un hombre casado —Pedro aún conservaba sus anillos en una cajita que tenía en el hotel, aunque no estaba seguro de por qué los había llevado consigo.


Paula movió la cabeza lentamente y suspiró.


—Estoy demasiado cansada, Pedro. Vuelve a tu hotel. Hablaremos mañana, después de una buena noche de sueño.


—¿En serio? No me fío de tí.


—¿Disculpa? —dijo Paula, indignada.


Pero algo oscureció de inmediato su mirada. ¿Culpabilidad, tal vez?


—No me hablaste de tu padre, una parte importante de tu pasado. Puede que hicieras un buen trabajo ocultando la verdad a lo largo de los años, pero mi abogado y un detective privado también hicieron un buen trabajo desentrañándola.


—No tenías derecho a hacer que un detective investigara mis asuntos privados.


—Soy tu marido. Creo que eso me da algún derecho. ¿Y si hubiera querido casarme otra vez creyendo que estábamos divorciados?


—¿Estás viendo a alguna otra? —preguntó Paula en su tono más remilgado de bibliotecaria.


—No, no estoy viendo a ninguna otra. Pero la cuestión es que, efectivamente, no me fío de tí. Huiste una vez y no pienso volver a perderte de vista hasta que esto quede resuelto.


—Tengo que ocuparme de la boda de mi hermana. No pienso ir a ningún sitio.


—Hay muchas formas de mantener a una persona alejada de tu vida —Pedro había visto el creciente abismo que se había creado entre su hermano Federico y la esposa de éste mientras vivían en la misma ciudad.


—No puedes pretender quedarte aquí, en mi casa.


Pedro habría preferido que se quedaran en su suite, donde podría haber seducido a Paula con todas las ofertas del centro, pero le bastaba con dormir bajo el mismo techo. Tomó las llaves que había dejado ella y las sostuvo para mirar de nuevo el recuerdo de Madrid.


—Ambos tenemos muchos asuntos que resolver en dos semanas. Deberíamos aprovechar cada minuto.


Paula se quedó mirando las llaves tanto rato que Pedro llegó a pensar que estaba hipnotizada. Finalmente, se llevó la mano a la frente.


—De acuerdo. Estoy demasiado cansada como para discutir. Puedes quedarte, pero… —alzó un dedo admonitorio—… dormirás en el sofá. 


Pedro no pudo resistir burlarse de ella para comprobar si su sonrisa seguía siendo tan radiante como la recordaba.


—¿No habrá besitos de bienvenida?


Paula frunció el ceño.


—No tientes tu suerte.


—Lo último que se pierde es la esperanza —Pedro encendió una lámpara y se fijó en un pisapapeles de cristal que contenía en su interior una caracola y una rosa seca. Lo tomó, lo lanzó al aire, volvió a tomarlo…


—¿Te importaría dejar eso?—espetó Paula, irritada.


Pedro miró el pisapapeles que sostenía en la mano. ¿Sería un recuerdo sentimental? ¿El regalo de algún hombre? No le gustó la punzada de celos que sintió al pensar en aquella posibilidad, pero, a fin de cuentas, Paula seguía siendo su esposa… Al menos de momento.


—¿Debería preocuparme que pudiera aparecer de pronto un novio tuyo dispuesto a darme una patada en el trasero?


—Prefiero que hablemos de tí. ¿A qué te has dedicado durante el año pasado pensando que eras soltero?


—¿Celosa? —Pedro lo estaba porque Paula no había respondido a su pregunta.


Pero sí hubiera habido otro hombre, sin duda habría estado con ella en la fiesta.


Paula le quitó el pisapapeles de las manos.


—Estoy cansada, no celosa.


Pedro se preguntó si quería que estuviera celosa. No. Lo que quería era sinceridad, de manera que se dispuso a ser sincero.


—He pasado los doce últimos meses tratando de descubrir quién era realmente mi esposa.


Paula lo miró con evidente confusión.


—Tal y como has dicho eso, casi podría creerte. Pero sé que no es así, por supuesto.


—Pensé que habías dicho que apenas nos conocemos. Sólo pasamos un mes juntos. Y pasamos casi todo el tiempo en la cama —Pedro se sentó en el sofá y extendió un brazo por el respaldo—. Hablemos ahora.


—Tú primero —Paula se sentó en el borde de una silla junto al sofá.


—Ya sabes mucho de mí. Mi familia aparece en las noticias y lo que no se ve ahí está en Wikipedia.


—Toda esa información no revela nada fiable sobre quién eres —mientras hablaba. Paula fue llevando la cuenta con los dedos—. Recuerdo que siempre eras puntual llegando al trabajo. Nunca utilizabas el móvil mientras hablabas con el capataz de la obra. Me gustaba que prestaras a la gente toda tu atención. Recuerdo que ocultabas tan bien tu conexión con los Alfonso que tardé tres semanas en enterarme que eras parte de la familia —Paula suspiró y dejó de contar—. Pero todo eso no es motivo suficiente para casarse. Deberíamos saber algo más el uno del otro que nuestros hábitos de trabajo. 


—Sé que te gusta el café con dos cucharadas de azúcar —bromeó Pedro con una semi sonrisa.


Aquél no parecía el momento adecuado para mencionar que sabía que el corazón de Paula latía más rápido cuando soplaba con delicadeza en la curva de su cuello. La parte sobre el sexo tendría que esperar.


Chantaje: Capítulo 11

 —Según mi abogado, eso es lo que tardará el asunto en ponerse a rodar —Pedro había pedido consejo a Federico en esta ocasión, como debería haber hecho un año atrás—. No puedes culparme por temer que vuelvas a desaparecer.


Pero lo cierto era que la mañana después de su improvisada boda ambos estuvieron de acuerdo en que había sido un error. En realidad Pedro lo asumió después de que Paula le diera una bofetada. Luego, ella tomó sus ropas y se alejó hacía la puerta. Él esperaba poder hablar con ella tranquilamente del asunto después de que se calmara. Pero, tras irse de su casa en España, Paula ignoró cualquier intento de comunicación de Pedro y se limitó a enviarle los papeles necesarios. Él tomó las llaves que ella aún sostenía en la mano. El recuerdo turístico que usaba de llavero llamó su atención de inmediato. Tras mirarlo atentamente comprobó que se trataba de una reproducción en metal de la casa que había estado restaurando el verano en Madrid cuando se conocieron. Interesante. Y alentador.


—Bonito llavero.


—Lo conservo para recordar los riesgos de la impulsividad —dijo Paula a la vez que recuperaba las llaves.


—¿Riesgos? —Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para contener su enfado. A fin de cuentas fue ella la que se marchó, no él—. A mí me pareció que te fuiste con gran facilidad. De no ser por los problemas de papeleo que han surgido, habrías salido totalmente ilesa de la experiencia.


Paula se puso pálida al escuchar aquello.


—¿Ilesa? ¿De verdad crees que lo sucedido no me afectó? No tienes idea de cuánto he pensado en lo que hicimos, en el error que cometimos.


Pedro no pudo evitar sentirse confundido. Fue ella la que se fue, la que nunca llamó. ¿Por qué se había estado escondiendo si su brevísimo matrimonio le había afectado tanto?


—¿Qué te parece si nos esforzamos por dejar atrás de una vez este asunto? Durante las dos próximas semanas puedes considerarme simplemente tu compañero de piso.


Paula se quedó boquiabierta.


—¿De verdad esperas alojarte en mi casa?


—Claro que no —Pedro se fijó de nuevo en el colgante del llavero, un indicio de que Paula se había visto afectada por lo sucedido más de lo que quería admitir. Dejó que se relajara un momento antes de contestar—: Podría llamar al conductor para que nos lleve a mi suite junto a la playa.


—No sé cómo puedes tener tanto descaro —dijo Paula mientras metía la llave en la cerradura.


—Eso ha dolido. Prefiero pensar que estoy siendo considerado con las necesidades de mi esposa. 


—Me muero por saber cómo has llegado a esa conclusión —Paula abrió la puerta y pasó al interior.


Pedro asumió que el hecho de que no dijera nada era una invitación a pasar. Victorioso, miró a su alrededor al entrar. Cuanto más conociera a Paula, más oportunidades tendría con ella. No pensaba quedarse por segunda vez en plena oscuridad. La casa era espaciosa, de techos altos, suelo de madera, paredes blancas y un mobiliario esencialmente cómodo y practico. Y, por supuesto, había libros por todas partes. Recordó que, en España, ella siempre llevaba un libro en su bolso, y que solía dedicarse a leer durante los descansos. Se quitó la chaqueta y la colgó en un perchero que había en la entrada.


—Bonita casa.


—Estoy segura de que no tiene el nivel de lujo al que estás acostumbrado, pero a mi me gusta.


—Es encantadora y lo sabes. No trates de retratarme como el «Tipo malo» sólo para que te resulte más fácil librarle de mí.


Paula lo miró un momento mientras dejaba las llaves en el aparador.


—Me parece justo.


Pedro solía pasar bastantes temporadas durmiendo en tiendas de campaña y caravanas durante los comienzos de sus proyectos de restauración, pero no pensaba dedicarse a dar excusas.


—¿Te gustaría contar con más lujos en tu vida?—preguntó mientras se fijaba en una foto en la que aparecían Delfina y su prometido—. Antes has dicho que estás muy ocupada con los planes de la boda. Si nos alojamos en mi suite no tendrás que cocinar ni limpiar y podrás disfrutar del balneario. No hay nada mejor que un buen masaje para librarse del estrés. Tu hermana, tú y las damas de honor podrían disponer del salón el día de la boda. Sería mi regalo a la novia, por supuesto.


Paula se quitó los zapatos de tacón y los dejó junto a la puerta que daba al jardín de la casa.


—No puedes comprarme más de lo que podría hacerlo mi padre.


Pedro también se quitó los zapatos y los dejó junto al perchero.


—Me educaron para creer que lo importante no es lo que cueste el regalo, sino lo que significa y lo necesario que sea.


—Eso está muy bien —Paula apoyó la cadera contra un taburete.


—En ese caso, haz el equipaje y ven a mi suite.


—No pienso irme.


—En ese caso, supongo que tendré que dormir en tu sofá. 

Chantaje: Capítulo 10

 —¿Por qué no? —Pedro se inclinó hacia Paula hasta que sus mejillas casi se tocaron—. A fin de cuentas, ya hemos dormido juntos.


Aunque lo que menos hicieron fue dormir.


—Aquella noche fue un error que no pienso repetir, así que vuelve a tu lado del coche.


—De acuerdo —dijo Pedro a la vez que se apartaba lentamente—. Serás tú quien decida si tenemos o no relaciones sexuales.


—Gracias —Paula enlazó los dedos sobre su regazo para evitar agarrar a Pedro por la solapa para volver a atraerlo hacia sí. 


¿Por qué no había comido más pastas?


—Sólo concédeme dos semanas.


—¿Para qué diablos quieres dos semanas? —espetó Paula, sorprendiéndose a sí misma tanto como al parecer había sorprendido a Pedro—. No puedo ocuparme de tí ahora mismo. Mi hermana necesita mi ayuda para planificar su boda.


—¿No hay empresas que se ocupan de esas cosas? Podría contratar una.


—No todo el mundo tiene fondos ilimitados.


—¿Tu padre no te envía dinero?


—Eso no es asunto tuyo. Además, no habría sido de Delfina.


—Puede que no, pero estoy seguro de que sí tuvieras guardado el rescate de un rey lo habrías compartido con tu querida hermana. ¿Me equivoco?


Paula permaneció en silencio, aunque Pedro tenía razón. Si ella hubiera tenido dinero habría extendido un generoso cheque para cubrir los gastos de la boda de su hermana. Pero no quería el dinero de Enrique Medina. Su madre insistió en que tampoco lo quería, y sin embargo acabó casándose con otro hombre buscando aparentemente la seguridad financiera.


—No soy una menor. Soy una mujer independiente —dijo Paula con firmeza—. He buscado mi propio camino en el mundo. Mi padre ya no forma parte de mi vida, y además no estoy en venta.


Paula no tenía intención de depender nunca de un hombre. Incluso meses después de lo sucedido, aún le asustaba pensar lo cerca que había estado de repetir el pasado de su madre… Sola, sin nadie que la amara. Y embarazada.


Pedro dijo al conductor que esperara y luego siguió a Paula, que avanzaba hacia su casa. Aquella noche no esperaba llegar más allá de las palabras. Necesitaba tomarse las cosas con calma con ella, no como sucedió en España. El problema era que sólo podía tomarse aquellas dos semanas libres. Luego tenía que volver a trabajar en su siguiente proyecto de restauración. Trabajar en diseños arquitectónicos alrededor del mundo alimentaba su espíritu aventurero. Su siguiente destino era Perú. ¿Y si no había concluido sus asuntos con Paula para entonces? ¿Podría irse así como así? Se negaba a considerar la posibilidad de un fracaso. Volverían a acostarse. Y exorcizarían el lío del año anterior. La siguió por la acera con las manos en los bolsillos. El mar sonaba en la distancia. Vivía en una casa unifamiliar, la cuarta de una hilera de casas similares pero de distintos colores. La suya era amarilla. Se detuvo ante la puerta y miró por encima del hombro:


—Gracias por acompañarme hasta la puerta, pero ya puedes irte.


—No tan rápido, mi querida esposa.


Paula sacó las llaves de su bolso, pero Pedro no hizo intención de tomarlas. Quería que ella lo invitara a pasar voluntariamente… Lo que no excluía la persuasión. Ella se volvió hacia él con un suspiro.


—Has logrado pasar un año entero sin hablarme. Estoy segura de que te las arreglarás perfectamente sin mí una noche más.


—El hecho de que no me pusiera en contacto contigo antes no significa que hubiera dejado de pensar en tí —aquello era totalmente cierto—. Dejamos muchas cosas sin decir. ¿Tan mal te parece que quiera emplear estas dos semanas para airear las cosas entre nosotros antes de que nos despidamos?


Paula contempló el llavero que sostenía en la mano, un conglomerado de silbatos y un recuerdo turístico.


—¿Por qué un par de semanas?


Pedro pensó que no habría sido muy persuasivo argumentar que ése era todo el tiempo del que disponía para encajarla en su agenda de trabajo. El matrimonio de su hermano Federico se desmoronó debido al exceso de horas que dedicaba a su bufete. 

Chantaje: Capítulo 9

 —Olvídale de Pedro Alfonso y de que ha venido. He hablado en serio cuando he dicho que las próximas dos semanas son para tí. Llevas planeando esta boda desde pequeña. ¿Recuerdas cómo solíamos practicar en el jardín?


—Siempre fuiste la mejor dama de honor —Delfina apoyó una mano en el brazo de Paula—. Pero yo no siempre fui una novia agradable.


—Eras tres años más pequeña. Te frustrabas. ¿Recuerdas la ocasión en que cortamos todas las rosas del rosal? Tú te llevaste la regañina.


Delfina puso los ojos en blanco. 


—Lo cierto es que siempre se me dio mejor llorar que a tí. Tú siempre fuiste la estoica de la familia.


—No soy del tipo llorón —dijo Paula. 


Al menos en público.


—Las lágrimas valen su peso en oro. Puede que yo sea la más joven, pero deberías aceptar mi consejo en este terreno —Delfina fijó la mirada sucesivamente en su padre, su prometido y Pedro—. En lo referente a los hombres, debes utilizar todas las armas que tengas.


—Gracias por el consejo —dijo Paula, aunque no se veía siguiéndolo ni en un millón de años—. Y ahora, podemos volver a centrarnos en tu boda. Tenemos mucho que hacer las próximas dos semanas.


Paula trató de no manifestar sus reservas por el hecho de que Delfina fuera a casarse con un tipo de contactos dudosos. Su hermana pequeña había ignorado todas sus advertencias e incluso había amenazado con fugarse con su amante si ella no se guardaba sus opiniones al respecto. Delfina tomó una flor del centro de la mesa, y aspiró su aroma.


—¿Y qué me cuentas de Pedro Alfonso?


Eloisa se encogió de hombros.


—Al parecer, es mi cita para esta noche. Tan sencillo como eso.


—Supongo que no necesitarás que te lleven a casa —bromeó Delfina.


—Tengo el coche aquí.


—Puede llevártelo a casa uno de los hermanos de Luca —Delfina se volvió hacia los hombres—. Hey, Alfonso. Mi hermana está lista para irse. ¿Por qué no haces que tu chófer acerque hasta aquí ese elegante Rolls Royce? Paula lleva nodo el día de pie.


Pedro miró a Paula y entrecerró los ojos. Ella ya había visto aquella mirada depredadora otra vez… Justo antes de quitarse el vestido y meterse en la cama con él. Por hacer algo, tomó una pasta de la mesa y se la comió, tratando de decirse que bastaría para aplacar la sensación de otra clase de hambre que sin duda la acuciaría durante la noche.



Paula se movió incómoda en el asiento de la limusina. Volver a subir al coche de Pedro le había parecido más fácil que ponerse a discutir ante los reporteros. Pero, una vez a solas con él, empezó a dudar de su decisión. Buscando algo de que hablar que no fuera sobre ellos, tocó distraídamente la pequeña impresora y el portátil que había en una mesita a su lado en la limusina. Al hacerlo sus dedos toparon con una hoja impresa. La miró más de cerca antes de poder contenerse. Parecía un pequeño plano…  Pedro sacó la hoja de la impresora y la guardó en una carpeta.


—¿Por qué huías de los periodistas durante la fiesta?


—Prefiero la discreción. No todo el mundo quiere salir en primera plana — replicó Paula en un tono no exento de ironía.


—¿Evitas a la prensa por tu padre? No puedes esperar estar bajo el radar para siempre.


¿Sería consciente Pedro de lo íntimamente que se estaban rozando sus muslos en la penumbra del coche? Paula apartó la mano de la impresora y se separó un poco de él.


—Mi madre y yo lo hemos logrado a lo largo de los años. ¿Tienes intención de cambiar eso?


Paula contuvo inconscientemente el aliento tras hacer la pregunta que no había dejado de rondar su cabeza desde la inesperada reaparición de Pedro. Era posible que su madre lo hubiera logrado, pero ella metió la pata poco después del funeral.


—Respira —dijo Pedro, y esperó a comprobar que efectivamente lo hacía—. Claro que pienso mantener su secreto. Si alguien lo averigua, no será a través de mí.


Paula suspiró, aliviada, y se abanicó el rostro con la mano, relajándose por primera vez desde su reencuentro. Había solucionado el problema de uno de sus secretos, y no había motivos para creer que Pedro fuera a descubrir el otro.


—Podrías haberme ahorrado mucha ansiedad esta noche si me hubieras dicho eso desde el principio.


—¿Qué clase de hombre crees que soy?


Paula permaneció un momento en silencio.


—En realidad no sé bien hasta qué punto te conozco.


—Cuentas con las dos siguientes semanas para conocerme.


Paula se tensó en el asiento.


—¿Dos semanas? Creía que querías el divorcio.


—Y lo quiero —Pedro alzó una mano y acarició con los nudillos la mejilla de Paula—. Pero antes quiero disfrutar de la luna de miel que no llegamos a tener.


Paula se quedó boquiabierta.


—Sólo tratas de escandalizarme.


—¿Cómo sabes que no hablo en serio? —la mirada azul de Pedro ardió con un inconfundible… E irresistible deseo.


Paula apenas había sobrevivido a su primer encuentro con el corazón intacto y no pensaba meterse de nuevo en aquellas peligrosas aguas.


—No esperarás que me meta así como así en tu cama, ¿No?