martes, 11 de marzo de 2025

Recuperarte: Capítulo 1

 Islas Hilton Head, Carolina del Sur


Hace dos meses…


Pedro Alfonso había estado en los Juzgados más veces que el peor de los delincuentes. Después de todo, era uno de los abogados criminalistas más prestigiosos de Carolina del Sur. Pero aquel día estaba sentado en el primer banco y otro abogado parecía tener control total sobre su vida. Y no le gustaba nada. Claro que divorciarse no estaba precisamente en la lista de cosas que le apetecía hacer. Pero quería terminar con todo el papeleo y que el juez lo diese por finalizado de una vez. Estaba guardando los documentos en el maletín y apenas prestó atención mientras se despedía de su abogado y estrechaba la mano del de Paula. Pero intentó apartar los ojos de su esposa, la única mujer que había podido hacerle perder los nervios... su famosa «Calma bajo el fuego» en los ambientes judiciales. Al menos habían completado la mayor parte del trabajo con sus abogados en aquel nublado día de verano y sólo quedaba pendiente la fecha de la vista con el juez. El acuerdo era justo para los dos, algo nada fácil dada la fortuna de su familia y el dinero que ganaba su mujer como decoradora. Ni siquiera habían tenido que discutir la disolución de sus bienes... Probablemente la primera vez que no habían discutido por algo. Lo peor de todo: Decidir qué hacían con los perros. Ninguno de ellos quería perder a Rocky y a Frida y, por fin, decidieron que cada uno se llevaría uno de los terrier de padre desconocido que habían rescatado de un refugio. ¿Qué habrían hecho Paula y él de haber tenido hijos? Pero no quería pensar en ello. No iba a pensar en esa herida abierta en un día tan espantoso. Pero no podía dejar de mirar a Paula, a pesar de lo que le decía el sentido común. Ella se levantó de la silla, tan guapa como era su costumbre. Siempre lo había sido. Con los ojos oscuros y el pelo largo más oscuro aún, era la fantasía exótica de cualquier hombre cuando se conocieron en un crucero de graduación por el Caribe. Pero pensar en ese verano sólo serviría para distraerlo, se dijo.  Tomando su maletín, empezó a planear todo lo que podría hacer de vuelta en el bufete el resto de la tarde. Claro que también podría trabajar por la noche. Ahora que había vuelto a la finca familiar no tenía a nadie que lo esperase en casa. Llegó a la puerta al mismo tiempo que Paula y enseguida se sintió envuelto en su perfume, Chanel. Sí, él sabía mucho de la que pronto sería su ex mujer; por ejemplo qué perfumes le gustaban, lo que le gustaba comer por las mañanas, las etiquetas de su ropa interior. Lo sabía todo. Salvo cómo hacerla feliz.


—Gracias, Pedro —Paula ni siquiera lo miró, la falda de su traje azul apenas rozándolo mientras pasaba a su lado.


¿Ya estaba? ¿Sólo un «Gracias»?


Aparentemente, él seguía sintiendo algo por ella además de la atracción física porque eso lo molestó. No esperaba que lo celebrasen con champán, pero al menos deberían ser capaces de despedirse educadamente. Aunque la cortesía nunca había sido uno de los puntos fuertes de su extravagante esposa. Ella no era de las que escapaban de un momento potencialmente contencioso. Entonces, ¿Por qué se dirigía hacia el ascensor a toda velocidad, los tacones de sus zapatos repiqueteando sobre el suelo de mármol? 

Recuperarte: Sinopsis

¿Embarazada?


Unos segundos después de firmar los papeles del divorcio, Paula Alfonso se desmayó. Atónito, su ahora ex marido, Pedro Alfonso, descubrió que Paula estaba embarazada. De dos meses, porque exactamente dos meses antes tuvo lugar su último y apasionado encuentro.


Sorprendido de que su mujer siguiera queriendo separarse, Pedro juró hacer lo que hiciera falta para recuperarla. La seducción había funcionado una vez… Y haría lo que fuese necesario para que funcionase de nuevo, porque Paula estaba esperando un hijo suyo y un Alfonso siempre conservaba lo que era suyo. 







Ésta es la historia de Federico en la piel de Pedro.

martes, 4 de marzo de 2025

Compromiso Fingido: Epílogo

Noviembre, día de las elecciones.


—Tenemos nuevos resultados de las votaciones —dijo el locutor desde la pantalla.


Estaban reunidos en el salón de la casa de los Alfonso. Paula contuvo el aliento, todo parecía ocurrir a cámara lenta. Sentada en el sofá al lado de Pedro, agarró con fuerza su mano. Sus familias y amigos los rodeaban. Nunca podría haberse imaginado cinco meses antes que su vida iba a cambiar tanto como consecuencia de una impulsiva decisión que lo había llevado a acabar en brazos de su amor platónico. Pero, después de meses de dura campaña, estaba a su lado, enamorada de él y disfrutando del nuevo mundo que Pedro había abierto para ella. Siempre había pensado que era el tipo de persona que prefería una vida en la sombra, lejos de los focos y del ámbito de lo público. Al lado de él estaba descubriendo lo inspirador que era poder estar en el centro de las cosas y poder mejorar las vidas de otras personas. Su relación le daba la oportunidad de tener además una familia más grande que la había acogido con los brazos abiertos desde el primer momento. A sus hermanas y cuñados tampoco les costó establecer una amistad con los hermanos de Pedro. Ana y el general habían llenado su vida de felicidad y la trataban como si fuera su hija. Nadie podría nunca reemplazar a la tía Libby en su corazón, pero le encantaba poder sentir de nuevo el amor incondicional que sólo podían dar unos padres. Apretó con fuerza la mano de él al escuchar las palabras del locutor.


—Se ha escrutado ya el noventa y uno por ciento de los votos. Y parece que hay un claro vencedor. Se trata de… —decía el periodista en esos instantes.


Recordó que tenía que respirar y concentrarse en Pedro y en el televisor. Pero los medios de comunicación a los que habían permitido el paso a la residencia de los Alfonso no dejaban de hablar.


—Pedro Alfonso. Él será el nuevo senador que representará al estado de Carolina del Sur —anunció el locutor.


El salón, lleno de gente, estalló en gritos y aplausos. Pedro la abrazó con fuerza. Le hubiera encantado quedarse entre sus brazos, pero sabía que había muchas personas en esa habitación que querrían celebrarlo con él. Le dió un rápido e intenso beso en los labios. Después se separó de él.


—Felicidades, senador Alfonso —le dijo.


Pedro la besó de nuevo y no pudo evitar estremecerse.


—Gracias, señora Alfonso. 


No se acostumbraba a su nuevo nombre, pero le encantaba oírlo. Llevaban sólo dos semanas casados, después de celebrar por su cuenta una íntima boda. No habían querido esperar más. Los dos habían estado deseando que su matrimonio fuera por fin oficial. Las familias sabían ya que se habían casado. El resto del mundo, en cambio, lo sabrían durante el discurso de aceptación del cargo de senador. No habían querido mezclar la noticia de su matrimonio con la campaña. Las promesas que los habían unido eran algo personal y no querían hacerlas parte de la agenda política de Pedro. Todo el mundo se les acercó para abrazarlos y felicitarlos con cariño. Estaba radiante. Le encantaba verse tan rodeada de familiares y gente que los quería. Pedro recibió las felicitaciones sin soltarla y ella se dejó querer. Alguien tiró serpentinas y confeti al aire y los periodistas gráficos aprovecharon la feliz ocasión para retratar el momento de la victoria. Las paredes del salón se llenaron de carteles de Pedro y todos parecían llevar pegatinas y gorros con la cara del nuevo senador. Oyó en la distancia a alguien descorchando una botella de champán. Era una suerte que los medios se hubieran concentrado en entrevistar a Ana antes que a nadie. Eso le dió a él algo de tiempo para recibir las felicitaciones de su familia. Juna Pablo se acercó y le dió una fuerte palmada en la espalda.


—Espero que no se te suba a la cabeza, hermano. Recuerda que aún te puedo dar una paliza en el campo de golf —le dijo.


—Claro que sí —repuso Pedro con una gran sonrisa—. Supongo que jugar al golf es todo lo que saben los del Ejército del Aire.


Bautista se echó a reír al escuchar sus palabras y le pasó unos billetes a Federico.


—¡Pero…! No me digas que apostaste contra mí, Bauti.


—No, hombre, apostamos sobre el margen de votos por el que ganarías — repuso su hermano.


Le dió una cariñosa palmadita en la cara a su nuevo cuñado.


—Entonces te perdonamos —le dijo ella.


—¿Y quién confiaba más en mí y apostó por una victoria aplastante?


—Creo que será mejor que nos llevemos ese secreto a la tumba —respondió Federico mientras se metía el dinero en el bolsillo de la chaqueta.


Era el más reservado de los cuatro y no solía sonreír a menudo, pero esa noche no dejaba de hacerlo. Miró entonces a Ana y al general. Parecían estar encantados y muy orgullosos.  Y a ella ya ni siquiera le importaba que hubiera periodistas presentes grabando y fotografiando cada abrazo y cada gesto de los presentes. No tenía nada que ocultar y confiaba plenamente en el amor que Pedro y ella compartían. Los reporteros se concentraron en ese instante en el general y ella aprovechó para hablar con su marido.


—¿Cuándo vamos a ir a la sede de la campaña para que des la rueda de prensa y aceptes oficialmente el cargo de senador?


—Muy pronto —repuso él mientras le acariciaba la sien con los labios—. Pero antes quiero pasar un minuto a solas contigo. Después podemos irnos.


Colocó la mano sobre su torso.


—Supongo que todos entenderían que nos retiráramos unos minutos para cambiarnos de ropa y arreglarnos.


Pedro la tomó de la mano y atravesaron deprisa la multitud de personas reunidas en el salón. De camino al vestíbulo, sus hermanas le dieron un breve abrazo y se dirigieron unas miradas que le llamaron la atención. Parecía claro que estaban tramando algo. Les preguntó qué les pasaba, pero él la distrajo con otro beso y, antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba, estaban en el dormitorio que Paula había ocupado desde que llegara a la casa de los Alfonso. Pedro cerró la puerta de una patada y la abrazó con fuerza, besándola con la misma pasión de siempre, una pasión de la que no querían hacer partícipe ni a su familia ni a los fotógrafos de la prensa. Su marido se separó minutos después y apoyó su frente contra la de ella.


—Quiero darte las gracias por hacer que este sueño se haga realidad.


—Habrías ganado conmigo o sin mí —le dijo ella mientras tomaba su apuesto rostro entre las manos.


—Ya he tenido bastantes debates estos meses, así que no te llevaré la contraria —repuso él besando las palmas de su mano—. Pero quiero que entiendas que este momento significa mucho más ahora que te tengo en mi vida y que tú aportas más de lo que te imaginas a mi carrera política, otra manera de ver las cosas.


Sus palabras la emocionaron.


—Gracias por decir eso, de verdad.


—Para que veas lo agradecido que estoy yo, quiero darte algo a cambio —le dijo Pedro.


—Pero… Pero ya lo has hecho.


Esa experiencia le había ayudado a conocerse mejor.


—Te tengo a tí y todo un futuro por delante para formar una familia —añadió ella.


—Pero quiero que tengas un hogar.


—Nuestro hogar será cualquier sitio donde estemos los dos. 


—Estoy de acuerdo contigo, pero sé que para tí será duro dividir nuestras vidas entre la capital y esta casa.


Pedro se separó de ella y fue a recoger una carpeta que alguien había dejado en la mesita de noche. Era la primera vez que la veía. Ese detalle le recordó hasta qué punto su marido conseguía trastornarla con sus besos y caricias. Le entregó un documento que parecía oficial. Lo miró con el ceño fruncido. Empezó a leerlo, pero apenas reconocía las palabras. Comprendía lo que decía el texto, pero no terminaba de entenderlo.


—Son las escrituras de Beachcombers, la mansión de tía Silvia —murmuró.


—Así es.


—Pero… Si ya la hemos vendido…


La venta había sido complicada, pero había terminado por aceptar el hecho. Miró de nuevo las escrituras y vió el nombre que aparecía en ellas. Comprendió entonces las miradas conspiradoras que se habían dirigido sus hermanas entre sí.


—Así es. Lo que no sabes es que tú has sido la compradora —le dijo Pedro— . Federico se encargó de todo el proceso de compraventa para que mi nombre no apareciera en ninguna de las transacciones. Después, todo lo que tuvimos que hacer es poner a tu nombre la propiedad de esa casa —le contó él mientras le secaba unas lágrimas con la mano—. Pasaremos mucho tiempo en Washington, pero tenemos que mantener nuestra residencia oficial aquí, en Carolina del Sur. Pensé que la casa de tía Silvia sería la mejor opción.


Abrazó las escrituras contra su corazón.


—¿Estás seguro? Pero ¿Y tu familia?


—Estoy completamente seguro —le prometió Pedro con su mirada verde llena de convicción—. Charleston no está tan lejos de Hilton Head, podremos venir a verlos cuando queramos. De esta forma, tú podrás estar cerca de tus hermanas. Además, mi casa aquí se quedará demasiado pequeña en cuanto empecemos a tener hijos.


Soñaba con ese futuro tanto como él.


—Todo eso suena fenomenal. Muchas gracias. No sé cómo agradecértelo, no sé cómo expresar cuánto significa esto para mí —le dijo.


Ya empezaba a imaginarse cómo adaptaría la casa para que se convirtiera en el mejor hogar para ellos dos. Ya se habían llevado a cabo las reparaciones básicas después del incendio y ella quería devolverle a la casa el esplendor de las mansiones sureñas. Todo sin renunciar al aire acondicionado, una moderna cocina y varios dormitorios para que sus hermanas pudieran visitarlos con sus familias. Les llegaban los sonidos de una fiesta que iba ascendiendo de intensidad en el salón. Eso le recordó que esa noche no tendrían demasiado tiempo para estar juntos.  Oyó el timbre de la puerta. Se imaginó que serían más colegas de Pedro, gente del partido que había participado en la campaña y quería felicitar al nuevo senador. Algunos fuegos artificiales comenzaron a estallar en la distancia y a la casa de los Alfonso no dejaban de llegar reporteros. A pesar de las interrupciones y el ruido, Pedro mantenía la mirada fija en ella, como si no pudiera escuchar ni ver nada más.


—No sabes lo que me alegra verte tan feliz. Es muy importante para mí que tengamos nuestro propio hogar. Estuvo bien vivir en el antiguo cobertizo para carruajes mientras estuve soltero, pero ahora nos merecemos tener más intimidad para poder explorar todas las ventajas que conlleva la vida de casado —le dijo


Pedro con una picara sonrisa.


—Que no se te olvide nunca que ya no estás soltero.


Se relajó entre los brazos del hombre que le había robado el corazón y que le había entregado a cambio el suyo. Pedro le levantó la mano y le besó el dedo adornado por el anillo de compromiso y la alianza.


—Ha sido una suerte que apostara por tí como lo hice y fuera siempre a por todas. Has resultado ser la ganadora. 







FIN





Compromiso Fingido: Capítulo 53

Sin darle tiempo a reaccionar, Pedro la tomó en brazos. Le recordó al fatídico día del incendio, cuando él la sacó de la casa en llamas. Los encargados de su campaña electoral aplaudieron y silbaron al verlos así. No podía creer que sólo hubiera pasado una semana desde el fuego en Beachcombers. Atravesó deprisa las oficinas hasta llegar a su despacho. Una vez dentro, cerró la puerta con una patada y ella, sin soltar su cuello ni un momento, dejó de nuevo los pies en el suelo. No entendía cómo podía haber pensado que sería capaz de renunciar a aquello. Él besó su cuello y se acercó a su oreja.


—Has estado…


—¿Increíble? —sugirió ella con una gran sonrisa.


—Desde luego —confirmó Pedro—. No puedo creer que quisiera protegerte de la prensa. Debería haber dejado que te enfrentaras a ellos desde el principio.


Ella no estaba tan segura. No creía que hubiera sido capaz de hacerlo el primer día, cuando vió en la prensa las escandalosas fotografías de ellos dos. Pero durante esa semana había aprendido mucho sobre ella misma y sobre el amor. Había descubierto que había muchas cosas más importantes en la vida que lo que los demás pensaran de ella.


—Me alegra haber sido de ayuda, eso es todo. Creo en tí y en lo que representas.


—Gracias. Eso significa para mí más de lo que piensas. Siento mucho lo que pasó esta tarde —le dijo Pedro tomando sus manos—. Quiero hablarte de Brenda.


—No tienes que hacerlo —repuso ella—. Lo entiendo.


—Pero necesito decirlo —insistió Pedro—. Debería habértelo dicho de otra forma, pero es que no tengo demasiada práctica hablando del pasado. De hecho, no tengo ninguna.


—¿No le contaste a nadie lo de Brenda? —preguntó con incredulidad.


Le emocionó que hubiera confiado en ella lo suficiente como para contarle algo tan importante de su pasado, algo que no le había dicho nunca a nadie. Le parecía increíble que la pusiera por delante de su propia familia.


—Nadie llegó a conocerla en mi familia y yo tampoco conocí a la suya. Nadie supo nunca hasta qué punto íbamos en serio. Tú eres la primera.


No se le pasó por alto la importancia de que se lo dijera a ella ni hasta qué punto se sentía cerca de Pedro en esos instantes.


—Gracias por elegirme a mí para hablar por primera vez de ello.


Se arrepintió de su reacción de esa tarde y de lo defensiva que había estado con él después de que le hablara de Brenda. Pedro tomó entonces su cara entre las manos y sus ojos verdes la miraron con intensidad. 


—Quiero que entiendas que ese pasado no empaña de ninguna forma lo que siento por tí —le dijo él mientras le acariciaba los labios con los pulgares—. Y, para aclarar las cosas y evitar que tengas dudas sobre lo que siento por tí, te lo diré bien claro. Te quiero, Paula Chaves. Te quiero.


Eran las palabras mágicas. Tan especiales que ni siquiera se había atrevido a soñar con ellas. Pero pensó que quizás fuera mejor así. La realidad estaba ganando a su imaginación por goleada.


—Sé que me quieres, pero me encanta oírlo —le dijo ella con emoción—. Y resulta muy conveniente, la verdad, porque yo también te quiero.


Pedro exhaló con fuerza y se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento, esperando su reacción. Metió entonces la mano en el bolsillo de su chaqueta y le enseñó lo que contenía, era su anillo de compromiso.


—Entendería que quisieras uno distinto para representar este nuevo comienzo. Pero, de un modo u otro, quiero que esta vez nuestro compromiso sea real.


Colocó su mano sobre la de Pedro, sobre el diamante y sobre la promesa real que simbolizaba.


—Éste es el que quiero. No cambiaría nada de nuestro pasado porque todo lo que ha ocurrido es lo que nos ha llevado hasta este momento tan perfecto. Sí, me casaré contigo.


Pedro la besó con fuerza en los labios. Después se apartó y la miró sonriente.


—No te voy a dar tiempo a que cambies de opinión —le dijo mientras le colocaba de nuevo el anillo.


Ella cerró el puño, sujetando la sortija en su sitio.


—Nadie podría sacármelo del dedo —le aseguró ella.


—De eso estoy seguro. Eres más fuerte de lo que pensaba.


Creía que Pedro tenía razón. Ella era la primera sorprendida con su renovada seguridad. Se colgó del cuello de su prometido y se puso de puntillas para besarlo de nuevo. Era el final perfecto para un día perfecto.


—Estoy más que preparada para hacer que esta relación sea real. 

Compromiso Fingido: Capítulo 52

Todos se quedaron callados al ver lo directa que era.


—Pero, esperen… ¿No habíamos hablado ya de ellas? —añadió con sarcasmo.


Alguien comenzó a reírse y los otros siguieron su ejemplo. Consiguió relajar un poco el ambiente. Le llamó la atención que todos parecían estar sudando por culpa del bochornoso calor. Todos menos Paula, que seguía imperturbable y fuerte.


—Gracias por venir, de verdad —continuó ella—. Su trabajo es muy importante. La gente tiene que estar informada. Pero si estoy aquí hoy es para asegurarme de que la información que transmiten desde sus medios es la correcta y, por encima de todo, la verdad. Así nos evitaremos más tarde cualquier problema legal.


Sus palabras lo dejaron boquiabierto. Paula era más fuerte de lo que se había imaginado. Leandro, a su lado, sacudió la cabeza.


—Dios mío, tiene a la prensa comiendo de la palma de su mano. Nunca había conocido a nadie como ella.


La miró de nuevo. Su belleza y la seguridad que transmitía brillaban más que el sol de Carolina del Sur.


—Yo tampoco —susurró él.


Paula continuó hablando desde el estrado.


—No creo que la foto de un conocido candidato vestido para jugar al golf, en un campo de golf y con una empleada del club de golf sea merecedora de un escándalo. Supongo que es fácil para mí decir eso porque yo conozco a Pedro y confío en él, pero supongo que esa confianza no surge de la nada.


No dudó ni un momento de su palabra. No entendía cómo podía haber pensado que Paula no podría enfrentarse a lo que la vida le pusiera delante. Era mucho más fuerte de lo que había pensado. Creía que era una mujer increíble.


—Para eso son las campañas electorales —prosiguió ella con un tono más firme—. Es el momento ideal para conocer bien a los candidatos y ver quién representará mejor nuestros intereses en el Senado. Yo prefiero concentrarme en conocer mejor el programa electoral que Pedro Alfonso ofrece para mejorar este país y olvidarme de fotografías que no hacen sino distraernos para que no podamos llegar a ver lo inteligente, carismático y dinámico que es este joven político.


Sintió algo al escucharla que no había esperado volver a sentir. Era un sentimiento que crecía en su interior con más fuerza aún que en el pasado. Se dió cuenta de que amaba a esa mujer. Paula lo miró entonces con una sonrisa que consiguió emocionarlo.


—Si estás listo para hablar, Pedro, me encantaría que nos explicaras los planes que tienes para mejorar la legislación en lo referente a los programas de acogida de menores. 


Lo que quería era hablar con ella y decirle que la quería. También la deseaba, eso era obvio, pero había mucho más entre ellos que la pasión que habían compartido. Pero todas esas cosas formaban parte de su vida privada y en ese momento lo que tenía que hacer era lidiar con la prensa cuanto antes para poder hablar con Paula. Se concentró en lo que tenía entre manos y fue hacia el micrófono. Estaba preparado para responder a lo que ella le había sugerido. Podría haberlo hecho con los ojos cerrados y las manos atadas a la espalda. Aquél era su ambiente y estaba acostumbrado a nadar en esas aguas. Después de la rueda de prensa tendría una conversación completamente distinta con Paula, una que no sabía si saldría como esperaba. Pero no estaba dispuesto a dejar que pasara de largo la mejor oportunidad de su vida.


Paula aplaudió tras escuchar el discurso de Pedro. Estaba orgullosa de él, pero también muy nerviosa. Habían conseguido salvar una pésima situación que podía haber arruinado la campaña de él, pero no sabía si iba a ser capaz de recuperar lo que había entre ellos después de que le devolviera el anillo de mala gana esa misma tarde. Las miradas y sonrisas que Pedro le había dedicado durante el discurso le decían que no estaba todo perdido. Había sido una suerte que hubiera aprendido a confiar en ese hombre y, más importante aún, que aprendiera a confiar en sí misma. Leandro se inclinó hacia ella.


—Te arriesgaste mucho al salir antes a hablar —le dijo el director de la campaña.


—Pedro lo merece.


El hombre le ofreció la mano.


—Siento haberte subestimado. No sé cómo no he aprendido aún a interpretar el verdadero carácter de los demás.


—Acepto tu disculpa —repuso ella dándole la mano—. Supongo que sólo estabas intentando salvaguardar la carrera de Pedro y eso es algo que me gusta.


Pedro se despidió con la mano de la prensa y se acercó a ellos dos. Entraron de nuevo en la sede del partido. Había varios televisores encendidos y ya podían escuchar las valoraciones de los periodistas sobre la rueda de prensa a la que acababan de asistir.


—¡Leandro, búscate tu propia chica! Ésta ya está comprometida —le dijo Pedro a su colega.


Avergonzada, le dió un codazo en las costillas.


—No hables de mí así —repuso riendo. 

Compromiso Fingido: Capítulo 51

Pedro dió vueltas por el vestíbulo de la sede de su partido. Intentaba aclarar sus ideas. Le quedaban menos de dos minutos para salir por esa puerta y enfrentarse a la prensa. Tenía que explicarles por qué estaba bajando tanto su candidatura según las últimas encuestas. Sus colaboradores seguían en la sala de juntas de sus oficinas. Podía oír sus conversaciones en un tono más bajo de lo habitual, intentaban darle el silencio y el espacio que necesitaba antes de salir a hablar con los medios. Tenía en el bolsillo de la chaqueta las notas en las que iba a basar su discurso. Aquello podía ser el fin de su carrera política, pero era inevitable. Tenía que terminar con esa campaña de presión por parte de la prensa que estaba destrozando a Paula y estaba dispuesto a renunciar a esas elecciones para conseguirlo. Se daba cuenta de que un hombre de verdad tenía que defender por encima de todo lo que más le importaba. No había podido hacer nada por Brenda, pero estaba dispuesto a salvaguardar con uñas y dientes el bienestar de Paula. No podría soportar que su vida quedara arruinada sólo porque él estaba demasiado preocupado por ganar un puesto en el Senado. Creía que con ella había perdido la mejor oportunidad de su vida, mucho más de lo que podría nunca alcanzar con su carrera política. Decidió que encontraría otra manera de cambiar el mundo. Tenía los recursos necesarios y más empuje que mucha gente. Paula le había enseñado que había otras maneras de vivir y de mejorar la existencia de los demás. Miró de nuevo el reloj. Treinta segundos. Agarró el picaporte de la puerta para salir al estrado. Leandro lo esperaba ya allí con la prensa.  Sintió una mano en el hombro que lo sobresaltó. Se dió cuenta de que había estado tan ensimismado que no había oído a nadie entrar. Se dió la vuelta y se encontró con…


—¿Paula? ¿Qué estás haciendo aquí?


Sus ojos castaños brillaban más que nunca y los miraban con tal intensidad que no pudo sino pensar en abrazarla. Pero era el momento menos apropiado para dejarse llevar por su deseo.


—He entrado por la parte de atrás. Tu madre me esperaba allí y me dejó pasar —le dijo Paula mientras agarraba con fuerza las solapas de su traje—. Pedro, ¿Qué vas a decirle a la prensa?


—La verdad. Les diré que he dejado que dicten mis decisiones hasta tal punto que he llegado a hacer daño a otros. Y que, si voy a ser un buen senador, tengo que estar dispuesto a sufrir los ataques de la prensa.


Le estaba costando mucho no tomarla en sus brazos. No podía dejar de mirar las suaves curvas que se escondían bajo su elegante vestido amarillo.


—Diré lo que tenga que decir para protegerte y librarte de ellos para siempre — añadió él.


Paula tomó su brazo por el codo.


—Voy contigo.


—¡De eso nada! —replicó él con el ceño fruncido.


—Trata de detenerme —repuso Paula con el mismo gesto.


Antes de que pudiera reaccionar, ella se colocó frente a él y salió por la puerta. Fue tras ella tan deprisa que estuvo a punto de darse de bruces con Leandro. No había visto nunca a una mujer tan decidida como ella. Ni tan atractiva… Pero iba a meterse en un buen lío. Su director de campaña parecía estar a punto de desmayarse. Le pasaba cada vez que las cosas no salían como estaban previstas. El tiempo que perdió sorteando a Leandro fue todo lo que necesitó Paula para colocarse frente al micrófono. Tenía un público de lo más atento a sus pies.


—Buenas tardes, damas y caballeros de la prensa. Sé que esperaban oír al diputado Alfonso, pero tengo que confesar que soy un poco insolente y no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de hablarles yo primero.


Les dedicó la mejor de sus sonrisas mientras los miraba con estudiada timidez por debajo de sus pestañas. Le llamó la atención que no se hubiera dado cuenta antes de lo recta y firme que era su espalda bajo su maravillosa melena roja. Tantos años con un corsé habían hecho que se volviera una mujer fuerte y decidida a la que ni siquiera la prensa podía amedrentar.


—Supongo que estamos aquí reunidos para hablar de unas comprometedoras fotos. 

Compromiso Fingido: Capítulo 50

 —Sí, cariño. Siempre he querido volver a la Escuela de Arte y estudiar algún tiempo en el extranjero. Mi marido podría pagarlo con su sueldo, pero me gustaría tener la posibilidad de financiarlo yo misma. Tú tienes tu título y ese dinero te vendría muy bien. Pero no queremos que sientas que te estás quedando sin hogar.


Su plan tenía sentido. Las dos tenían maridos, casas, niños y sus propios sueños profesionales. Y ella tenía… Tenía una familia maravillosa, aunque fuera poco convencional, y había tenido una mujer en su vida que le había enseñado a valorarse a sí misma. Se dijo que nada de eso cambiaría aunque acabaran vendiendo esa casa. Apretó las manos de sus hermanas.


—Tenemos un vínculo especial las tres que va más allá de cualquier casa. Los recuerdos que tenemos de tía Silvia son mucho más fuertes y creo que a ella le gustaría que una familia creciera entre esas paredes.


Al otro lado del restaurante, uno de los clientes subió el volumen del televisor. Florencia abrió mucho los ojos al ver la pantalla y decidió girarse para ver de qué se trataba. El canal de televisión había interrumpido el evento deportivo que habían estado retransmitiendo para dar una noticia.


—El candidato al Senado Pedro Alfonso ha anunciado que hará una declaración a la prensa frente a la sede de su partido —dijo entonces el periodista.


No sabía qué querría decir. Había salido de la casa de los Alfonso antes de que se pusieran de acuerdo. Sabía que tendrían que actuar rápido para que Martín Stewart no aprovechara la ocasión en su contra. Creía que era una lástima que nadie sacara fotos comprometidas del otro candidato. Se imaginó que todos los ataques iban dirigidos contra Pedro porque él iba en cabeza en todas las encuestas y a casi todos los medios les interesaba que la carrera al Senado fuera más igualada. Miró a sus hermanas. Incluso la organizada y lógica Romina había acabado por seguir sus impulsos y dejarse llevar por el corazón. Después se concentró de nuevo en la pantalla. Estaban mostrando fotos de Pedro. En la primera estaba con él, la segunda era la del campo de golf y en la tercera estaba solo. Ella nunca había dudado de él al ver las fotos con la joven rubia. Sabía que él no había estado con nadie más. Por un lado, habían pasado demasiado tiempo juntos las últimas semanas como para que fuera posible y, por otro lado, era un hombre honesto que había llegado a poner su carrera y su vida en peligro para salir en defensa de ella y de su honor. No entendía cómo había podido confiar en él sin llegar a confiar en ella misma. Quería ser parte de su vida. Se dió cuenta de que él le había dicho que quería seguir conociéndola y le había confesado algo muy doloroso de su pasado. Pedro parecía dispuesto a llevar las cosas con ella a otro nivel, pero ella no había sido lo bastante valiente como para embarcarse en esa aventura.  Sabía que la vida no iba a ser menos complicada si se alejaba de él. Lo cierto era que su propio corazón le estaba dejando muy claro que iba a sufrir durante el resto de su vida si no se dejaba llevar por los sentimientos que estaban naciendo entre ellos. La había apoyado por completo cuando las primeras fotos salieron a la luz. Un escándalo del que ella había sido tan responsable como él. Se dió cuenta de que se merecía que fuera ella la que lo apoyara en esos momentos. Estaba lista a luchar para ocupar un puesto importante en la vida de Pedro Alfonso. Se puso en pie de golpe y tomó su bolso.


—Queridas hermanas, estoy de acuerdo con ustedes. Ha llegado el momento de renovar y vender Beachcombers. Ha llegado el momento también de muchas otras cosas —les dijo con decisión—. Me voy a esa conferencia de prensa, tengo que estar al lado de Pedro.


Sabía que era en ese sitio donde tenía que estar, al lado del hombre que amaba.