jueves, 13 de febrero de 2025

Compromiso Fingido: Capítulo 29

Pedro se acercó a su madre y le dió un beso en la mejilla.


—Siempre tan diplomática —le dijo con cariño—. Bueno, voy a ayudar al chófer con las maletas.


Ana entró en la casa y ella la siguió. Vió entonces que el reportaje que había visto en la revista de decoración no le había hecho justicia a ese sitio. Una de las paredes era una inmensa cristalera que iluminaba la sala hasta su alto techo abovedado. Los suelos de madera estaban cubiertos de alfombras persas. Vió dos impresionantes sofás en azul claro y varios sillones a un lado.


—Deja que te enseñe tu dormitorio. La vista del océano es impresionante.


—Tiene una casa maravillosa. Quiero agradecerle de nuevo que deje que me quede aquí. Estoy deseando deshacer mi maleta e instalarme.


—No te preocupes por eso, querida. No vas a necesitar la ropa de tu hermana.


Entraron en un dormitorio lleno de luz y de los aromas procedentes de varios jarrones con flores recién cortadas. 


—No entiendo nada… ¿No me acaba de decir que no tendré que pasar por un cambio de imagen?


—Así es, pero no he dicho que no podamos ir las dos de compras.


Se dió cuenta de que se le daba tan bien jugar con las palabras como a su hijo. Vió que le convenía tener mucho cuidado si iba a vivir unos días con políticos como ellos.


—Todas tus cosas se destruyeron en el incendio —le dijo la senadora—. Es obvio que necesitas ropa nueva, sobre todo después de lo que ha pasado con mi hijo. Además, tendrán que aparecer juntos en muchos actos políticos y benéficos.


—Pero no puedo permitir que Pedro me compre la ropa.


—Tienes que asistir a esos eventos por él. Lo más justo es que se haga cargo de los gastos.


—¿Qué le parece si dejo que Pedro pague la ropa que llevaré a los actos oficiales y yo me encargo de todo lo demás? —le preguntó ella entonces.


—Me parece justo y muy honrado por tu parte.


—El director de campaña de Pedro me ha dicho que los medios van a atacarme continuamente.


—Nadie espera que cambies tu manera de ser. Estamos aquí para encargarnos de que estés cómoda y sigas siendo tú misma. Y lo haremos comprando ropa que tú elegirás y dándote algunos consejos muy útiles para poder enfrentarte a la prensa. Esa mujer cada vez le gustaba más y sabía que eso era un problema. Cualquier lazo que formara con su familia durante esas semanas no iba sino a hacer más complicada su marcha.


Estaba a punto de terminar el que era sólo el primer discurso del día y ya estaba sudando. Pero no podía echarle la culpa a la multitud allí presente, a los focos ni al calor de verano. Si le ardía la sangre en las venas era por culpa de la mujer que tenía sentada a su lado en el escenario. Una joven que no había dejado de observarlo con atención durante todo el discurso. El vestido recto de Paula parecía estar resbalándose permanentemente sobre sus muslos, revelando unas rodillas que ella se empeñaba en cubrir. Era un gesto inocente, pero le dió la impresión de que iba a sufrir un infarto por su culpa. Cuando su madre le dijo que salían a comprar, pensó que se limitarían a trajes conservadores como los de la senadora, pero habían elegido un vestido recto en color verde esmeralda que dibujaba la figura de Paula. Con su pelo rojizo recogido hacia atrás con un simple prendedor, resultaba muy bella y elegante con ese atuendo. Tanto que no podía dejar de mirarla. 

martes, 11 de febrero de 2025

Compromiso Fingido: Capítulo 28

 —Mi casa está allí —le dijo Pedro mientras señalaba un cobertizo para carruajes que se veía entre los árboles.


La casa de Pedro era blanca y con contraventanas azules. Era más grande que la mayor parte de las casas que conocía. Estaba claro que procedía de una familia pudiente. Ella había crecido en la casa de su tía Silvia, rodeada de familias ricas que llevaban décadas viviendo en esa histórica zona de Charleston, pero el estilo de vida de Pedro era completamente distinto. Ver dónde vivía no hizo sino recordarle lo distintos que eran sus orígenes. Subió las escaleras hasta la puerta de entrada en la segunda planta. Se agarró a la baranda y contempló desde allí el agua.


—Estas vistas son increíbles —murmuró.


Pedro se acercó y le pasó de nuevo el brazo por los hombros. Esa vez Paula no fue lo bastante fuerte como para apartarse y echar a perder el bello momento. Intentó convencerse de que lo hacía por si alguien los estaba observando en ese instante. Se preguntó si a su familia le habría contado la verdad. Se imaginaba que sí, pero no se había acordado de preguntárselo. No le extrañó que hubiera engañado al director de campaña. Él confiaba en ese hombre, pero ella había aprendido que era buena idea tener siempre cuidado. Oyó una puerta abriéndose y volvió a la realidad. Se apartó de Pedro y se giró para ver de quién se trataba. Se encontró con una señora que se les acercaba desde la entrada principal. Aunque no la hubiera reconocido después de ver su imagen en los medios de comunicación durante años, no le habría costado saber que era la madre de Pedro. Sus ojos, verdes e intensos, la delataban. Ana Alfonso Zolezzi se acercó a ellos con paso seguro. Llevaba su pelo rubio perfectamente peinado, como si acabara de salir de la peluquería. Debía de tener unos cincuenta años, pero no lo parecía, tenía un aspecto excelente. Llevaba pantalones vaqueros y un jersey de punto rosa con chaqueta a juego. Las perlas no faltaban adornando su cuello. No era como se la había imaginado y le alivió ver que su presencia no la intimidaba tanto como había temido. Llevaba mucho tiempo viéndola en las noticias. Siempre tenía una respuesta inteligente y era firme cuando la cuestión lo requería. La observó en ese instante, mirando a su hijo y después a ella y se dió cuenta de que parecía mucho más dulce y cercana.


—Madre, te presento a Paula —anunció Pedro—. Paula, mi madre.


Ana alargó las manos y tomó las suyas con fuerza. 


—Bienvenida a nuestra casa. Siento mucho que se haya quemado tu restaurante, pero me alegra ver que estás bien y también que Pedro te haya traído para que te quedes con nosotros.


—Gracias por acogerme, senadora.


—Ana, por favor, llámame Ana.


—De acuerdo —contestó ella con poco convencimiento.


No se imaginaba tuteando a una mujer que cenaba casi todos los días con presidentes y senadores. Notó que la madre de Pedro la estaba estudiando sin demasiado disimulo y de arriba abajo. Se imaginó que, si estaba allí, era porque alguien le había pedido que cambiara su imagen.


—Es un placer y un honor conocerla —le dijo con algo de inseguridad.


—¿Te pasa algo, querida? —le preguntó la mujer ladeando la cabeza.


—No, no me pasa nada. Me siento muy agradecida.


—Pero… —insistió Ana.


—¿Está aquí porque el director de campaña le ha pedido que cambie mi imagen?


—¿Por qué iba a hacer algo así? Está claro que mi hijo te ve perfecta tal y como eres.


—Gracias por decir eso.


Lo que le había dicho la senadora parecía implicar que no sabía que el compromiso era una farsa. Le sorprendió que Pedro fuera tan reservado como para no contarle la verdad a su familia. Pero se dió cuenta entonces de que ella había hecho lo mismo con sus hermanas. 

Compromiso Fingido: Capítulo 27

Lo miró con el ceño fruncido. Le entraron ganas de darle un codazo, pero no quería que viera hasta qué punto le afectaba lo que le decía.


—Eso es parte del pasado y ya no es relevante.


—De acuerdo —repuso él—. Bautista y Federico tienen cada uno varias habitaciones en la casa, supongo que podrías llamarlas «Suites». Bautista vive allí desde que se licenció y Federico desde que se separó de su mujer. Juan Pablo está en un piso cerca de la base militar de Charleston. Yo vivo en la antigua casa de carruajes, que se remodeló para hacer allí una vivienda. ¿Te parece bien?


Se dió cuenta de que parecía buena idea. Su cuñado acababa de volver de una misión y, aunque Florencia y David le habían dicho que les encantaría tenerla en casa, no se le olvidaba que estaban recién casados y que tenían que celebrar la noticia del embarazo. Quería darles la oportunidad de estar solos unos días y sabía que sería absurdo tener que conducir entre Charleston y Hilton Head varias veces al día. El plan de Pedro parecía lo más lógico y ella era una mujer práctica.


—De acuerdo, así lo haremos. Gracias. Sólo espero que tus hermanos no se paseen por la casa en calzoncillos.


—Por eso no te preocupes —le dijo él con una picara sonrisa que consiguió estremecerla—. Si los veo de esa guisa, les daré una buena patada en el trasero.


Se quedaron en silencio y Paula se entretuvo mirando por la ventana. Había crecido en Charleston, pero no conocía bien esa zona de la costa. Era una de las más exclusivas de todo el estado. Parecían haber sido capaces de domar la naturaleza sin que fuera evidente. El paisaje era bellísimo. Fueron pasando impresionantes mansiones. Cada una parecía más grande y lujosa que la anterior. Se dió cuenta de que los dueños de esas propiedades se podían permitir hacer lo que quisieran con el paisaje, incluso transformarlo a capricho. Salieron de la carretera principal y siguieron por una sinuosa calle. Desde el coche sólo veía palmeras y cuidados céspedes. Y llegaron poco después frente a una enorme casa blanca, de tres pisos y con tejados Victorianos. Desde allí se podía ver el océano. Distinguió las escaleras que subían hasta el segundo piso, donde un porche ofrecía las mejores vistas desde la casa. Y allí parecía estar también la entrada principal. Ventanas con celosías cerraban la mayor parte de la planta baja, que parecía ser una espaciosa zona de entretenimiento y ocio. Muchas casas de Charleston seguían el mismo tipo de construcción. La verdadera vivienda estaba en las plantas altas para protegerla de las posibles inundaciones que podían traer los huracanes en esa zona del país. Al lado de la mansión había un garaje con tantas puertas que perdió la cuenta. El chófer detuvo el coche a un lado de la casa. No sabía si mirar a las bellas azaleas que tenía tras ella o al océano que tenía delante. Se fijó en una piscina que había entre la playa y la casa. La habían construido para simular una laguna natural entre las rocas y vió que también había un jacuzzi. 

Compromiso Fingido: Capítulo 26

 —Se te da bien escuchar, Paula.


—Y a tí hablar —contestó ella con sinceridad—. Estoy deseando oír todo lo que tengas que decir en esas reuniones de trabajo a las que asistiremos juntos. Estoy convencida de que eres el mejor candidato para ese puesto y haré todo lo que esté en mi mano para que lo consigas.


—Gracias. Lo has dicho como si lo pensaras de verdad.


Se sonrieron sin dejar de mirarse a los ojos. Era muy consciente de que estaban los dos solos en la parte de atrás de un coche y que los separaba del chófer un cristal oscuro. La sensación de intimidad era desconcertante. Llegó incluso a inclinarse hacia él antes de que su mente fuera consciente de lo que estaba haciendo y la detuviera a medio camino.


—¿Qué problema tienes entonces? —le preguntó Pedro mientras acariciaba su ceño fruncido con suavidad.


—No tengo ningún problema en ir a todas esas conferencias y cenas contigo — repuso ella intentando ignorar su caricia—. Lo que me preocupa son temas meramente logísticos. No sé cómo voy a poder ir a Charleston y volver cada día a tiempo para poder asistir a todos los eventos.


—¿Y quién ha dicho que tendrías que ir a Charleston y volver?


Sus palabras la dejaron sin aliento. Se quedó con la boca abierta y el pulso se le aceleró. Podía soportar fingir un compromiso entre los dos, pero irse a vivir con él eran palabras mayores. Lo miró incrédula. Pensó que Pedro debía de haberse bebido todos los licores del mueble bar del coche sin que ella se diera cuenta. Paula llegó a considerar que no sería mala idea después de todo abrir alguna de las botellas que había en el mueble bar. No eran horas de tomarse una copa, pero lo necesitaba. Si la policía no conseguía despejar pronto la carretera, podían estar allí atascados durante horas y no se veía capaz de soportarlo. Tiró del vestido hacia abajo. Había sentido la ardiente mirada de Pedro en sus piernas un par de veces y se sentía incómoda.


—¿Estás sugiriendo que me vaya a vivir contigo? ¡No quiero ni pensar en lo que diría la prensa entonces!


—Pero estamos prometidos —repuso Pedro agarrándola por el codo.


Ella lo apartó deprisa. No quería que la tocara. Ya se había dejado llevar una vez por la atracción que sentía por él y no le había traído más que problemas. Había tenido que verse medio desnuda en la primera página de muchos periódicos.


—¡No seas tozudo, Pedro, y deja de tocarme!


Vió cómo la miraba con los ojos entrecerrados. Se arrepintió de lo que le había dicho. Sabía que sólo había conseguido encender más aún su interés y su espíritu competitivo.


—Así que aún te sientes tan atraída por mí como yo por tí —le dijo él mientras apartaba despacio el brazo.


Estaba claro que le gustaba jugar, pero ella no iba a rendirse.


—Si sigues hablando de esa manera no vas a conseguir convencerme para que vaya a vivir a tu casa.


Pedro le dedicó media sonrisa.


—Tienes razón —repuso él—. Dentro del recinto familiar hay varias propiedades. Allí viven también dos de mis hermanos. Todos tenemos nuestra propia zona. Mi madre y el general viven entre Washington y Carolina del Sur. Él está ahora mismo en el Pentágono, pero mi madre se ha quedado en casa, así que tendremos carabina.


—¿Qué quieres decir con que todos tienen su propia zona? —le preguntó con suspicacia.


Pedro acababa de dejarle claro que ella aún le atraía. Pero no le gustaba la idea de tener una aventura con él cuando llevaba un falso anillo de compromiso. Sabía que era irónico que se hubiera acostado con él antes y no estuviera dispuesta a repetir cuando a ojos de los demás estaban prometidos, pero así era como se sentía.


—¿Es que tienen todos su propia suite en la misma casa? Aun así, me imagino que tendréis que veros por las mañanas —le dijo ella.


—Pensé que el otro día te enfadaste conmigo por todo lo contrario, por no quedarme a desayunar. 

Compromiso Fingido: Capítulo 25

Carraspeó para aclararse la garganta y concentrarse en el tema del que estaban hablando.


—¿Dónde estaban esos terrenos?


—En la playa de Myrtle —repuso él.


Era un lugar de veraneo exclusivo, donde las familias más pudientes del estado se construían sus mansiones.


—Eso explica muchas cosas… —comentó ella.


Le llamó la atención que quitara importancia a la manera en la que su familia se había hecho rica. Pero una riqueza así no crecía sola.


—Explica muchas cosas, pero no todo —insistió ella—. Muchas familias se gastan las herencias antes de que llegue la siguiente generación.


—Hemos invertido ese dinero de manera bastante inteligente durante décadas —reconoció Pedro mientras jugaba con los gemelos de su camisa.


Parecían antiguos. Se acercó más y vió que tenían las iniciales de su padre.


—Siempre hemos vivido bien, pero sin perder el norte y pendientes de que los bienes fueran creciendo.


—Muy inteligente. 


Pensó en muchas maneras de incrementar una cartera tan importante como la de los Alfonso. Después de todo, ése era su campo de trabajo. Envidió a la persona que se encargara de jugar con todo ese dinero.


—Las familias crecen. Así que siempre hay que alimentar los ahorros familiares para que no vayan haciéndose cada vez más pequeños.


—Así es —le dijo él—. Hemos tenido la suerte de poder elegir las profesiones que nos gustaban sin tener que preocuparnos por el dinero.


Le emocionó que apreciara lo que tenía y la fortuna de poder tener esa vida. Le gustaba todo lo que iba descubriendo en él y se dió cuenta de que debía tener mucho cuidado con ese hombre si no quería salir herida.


—Es admirable que todos penséis así cuando podíais haber elegido tener una vida fácil, de lujo y diversión.


El conductor frenó de repente. Estaban metidos en un atasco por culpa de un accidente. Iban a tardar más de lo que se había imaginado y decidió que lo mejor que podía hacer era mantener viva la conversación.


—Te podías haber dedicado simplemente a viajar y ver mundo. A nadie le habría extrañado que lo hicieras —le dijo.


—Supongo que podría hacer ese tipo de locuras, pero no es mi estilo. Me gusta jugar al golf tanto como a cualquiera —le comentó mientras señalaba un campo lleno de golfistas—. Pero no soy lo suficientemente bueno como para dedicarme a ese deporte de manera profesional. La política me mantiene en contacto con el resto del mundo, hace que siga siempre con los pies en la tierra. Mi hermano Juan Pablo dice lo mismo de su trabajo en las fuerzas aéreas.


La conversación no iba según lo previsto. No le estaba ayudando. Todo lo contrario, cada vez le gustaba más. Rezaba para que salieran pronto de ese atasco. Antes de que hiciera alguna tontería.


—¿Y tu hermano Federico?


—Él es abogado, experto en temas económicos. A él tenemos que agradecerle tener un futuro más que seguro.


—¿Y Bautista?


—Aún no sabemos que hará con su vida —repuso Pedro con una sonrisa algo tensa.


—Es el más joven, ¿Verdad? —preguntó ella—. Creo que leí no hace mucho que acababa de terminar sus estudios en la universidad.


—Así es, pero eso no es excusa para que se dedique únicamente a divertirse y viajar —repuso Pedro con el ceño fruncido—. No sé cómo mis padres han podido criar a un hijo que les ha salido vividor.


Se quedó callada al escucharlo. Se estaba dando cuenta de que Pedro Alfonso no era sólo un hombre atractivo, rico y con carisma para la política. Había mucho más. Cada vez se sentía más atraída por él. Era como si tuviera un magnetismo especial que la afectara aunque no lo estuviera tocando. 

jueves, 6 de febrero de 2025

Compromiso Fingido: Capítulo 24

Quería que Pedro entendiera de una vez por todas que su orgullo y sus valores no permitirían que aceptara ni un céntimo de él. Pero se dió cuenta de que había sido demasiado dura y le sonrió.


—De todas maneras, gracias por la oferta. Eres muy generoso.


—No lo creas. La verdad es que la cantidad que necesitas es insignificante para mí.


Le hizo una mueca al escuchar sus palabras.


—¿Por qué has sentido la necesidad de convertir tu generosa oferta en un comentario tan fuera de lugar?


—No estaba presumiendo, es que es la verdad.


Se imaginó que quizás fuera así, pero eso no cambiaba nada, seguía sin querer aceptar su dinero. No le parecía apropiado aceptar ese tipo de ayuda de un hombre con el que se había acostado. Ya había ignorado muchos de sus valores para aceptar ese falso compromiso y no estaba dispuesta a ir más lejos.


—Veo a mucha gente rica por Beachcombers que escatiman céntimos en las propinas a las camareras. He visto lo suficiente como para saber que riqueza y generosidad no siempre van unidas.


—Como ya tengo suficientes debates en mi agenda, no rebatiré esa amable definición de mi carácter que acabas de brindarme.


Se mordió el labio para no decir nada más y se entretuvo contemplando el tráfico por la ventanilla. Lo último que quería era seguir hablando sobre las muchas cualidades que poseía ese hombre. Eso no iba a ayudarla en absoluto. Pedro alargó un dedo hacia ella y le tocó la frente.


—Un céntimo por tus pensamientos —le dijo.


Forzó una sonrisa.


—¿Un céntimo? ¿No puedes mejorar esa oferta? Pensé que eras millonario…


Pedro se echó a reír. Un sonido que la afectó tanto como sentir sus brazos de repente sobre los hombros. Se estremeció y un fuerte deseo se despertó dentro de ella. Siempre le había atraído ese hombre, pero le era más difícil controlarse después de saber cómo era compartir una noche de pasión con él y hasta dónde podía llevarla cuando estaba dentro de ella. Se inclinó hacia delante para apartarse de él.


—No hay necesidad de seguir con las muestras de cariño. No hay nadie aquí que nos pueda hacer una foto.


Pedro apartó el brazo muy despacio, pero seguía mirándola con sus ojos de niño travieso. Era un seductor nato y lo sabía mejor que nadie.


—No pretendía excederme —le dijo. 


—Acepto tu disculpa.


No le gustaba ser tan fría y seca, pero no podía hacer otra cosa. Le costaba ser fuerte cuando no la tocaba, pero si le ponía la mano encima, ya no sabía cómo salir de la situación. Le había encantado que la acariciara toda la noche, pero no había podido superar aún cómo había hecho que se sintiera a la mañana siguiente.


—Entonces, ¿Cuánto valen tus pensamientos?


—La verdad que ahora mismo los estoy repartiendo gratis —le dijo ella para intentar cambiar de conversación y llevarla a un terreno más seguro—. Me estaba preguntando algo… Pero me temo que no es de buena educación decírtelo.


—Soy político, he aprendido a soportar todo tipo de comentarios y preguntas.


A ella le hubiera encantado tener ese talento.


—Muy bien —comenzó ella con más confianza—. Supongo que es deformación profesional. La contable que llevo dentro se estaba preguntando cómo habría conseguido tu familia hacerse con una fortuna tan importante.


—La verdad es que ha sido cuestión de suerte —le dijo él mientras se rascaba la barbilla—. Mi bisabuelo compró unos terrenos que se vendieron muy bien años después. Pero fue pura suerte, la inversión podría haberle salido mal.


No podía dejar de mirar cómo movía la boca mientras hablaba. Recordaba con demasiada exactitud cómo esos mismos labios habían explorado su piel la otra noche, deteniéndose en las partes más sensibles. 

Compromiso Fingido: Capítulo 23

Y no se refería al falso compromiso, sino a la elección de su anillo. Era exactamente como había soñado siempre que fuera. Pero ya nunca podría tenerlo porque ese tipo de sortija siempre le recordaría a Pedro Alfonso y el daño que ese hombre le había hecho. Pensó en cómo había salido de puntillas de su dormitorio. Temía que saliera con la misma facilidad de su vida cuando esa relación ya no beneficiara su carrera política. Le disgustaba pensar así de él, pero ése era el aspecto que le había mostrado hasta el momento, el de un político interesado. No creía que Pedro fuera un político al uso, pero sabía que se le daba bien hacer cambiar lo que hiciera falta para que todo saliera según le convenía. Sabía que tenía que mantener eso siempre presente para poder superar esa situación. Se metió en la parte de atrás del coche. El chófer cerró la puerta tras ella. Era un automóvil muy lujoso, con suaves asientos de piel. Había un pequeño televisor encendido frente a sus asientos en el que podían ver un canal que sólo mostraba informativos durante las veinticuatro horas del día. Pedro tiró su maletín al suelo y se abrochó el cinturón.


—Menos mal que ya ha pasado todo. Creo que tendremos tiempo para hablar un poco antes de que lleguemos a mi casa.


—¿Tu casa?


—Sí, deberías ir y familiarizarte con ella —repuso él—. Sería extraño que no conocieras la casa donde vivo.


—Claro, es verdad. 


Intentó fingir indiferencia, pero le molestó que la única razón que tuviera Pedro para llevarla a su casa fuera algo tan práctico como lo que le había explicado.


—Entonces, ¿Por qué no ha venido también con nosotros tu director de campaña? ¿Dónde está ahora?


—No lo sé —repuso Pedro encogiéndose de hombros.


—Pensé que quería comentarme algunos detalles de la agenda para los próximos días —le dijo mientras se cruzaba la chaqueta sobre el vestido.


Florencia le había prestado un vestido con estampado floral para la rueda de prensa. Pero su hermana no tenía tanto pecho como ella y le quedaba demasiado ceñido. Y tener la pierna de Pedro rozando las suyas no estaba ayudándole a sentirse más cómoda. Se moría por estar de nuevo entre sus brazos y sentir sus caricias. Se dió cuenta de que necesitaba comprarse ropa cuanto antes. Creía que eso era lo que debería haber estado haciendo en vez de ir a la joyería a por un anillo de compromiso.


—Hablé con Leandro y decidimos que ya te informaría yo. Él tiene mucho trabajo —le explicó Pedro mientras abría su maletín y sacaba una agenda—. Tengo un discurso mañana por la mañana en una asociación, es una especie de desayuno de trabajo. Por la tarde tengo una reunión con el equipo de mi campaña. El sábado por la noche, hay una cena para recaudar fondos. Tendrá lugar en un barco.


Dejó de leer para mirarla. Pedro no tenía ni idea de hasta qué punto le afectaba tenerlo tan cerca. Creía que si los paparazzis no hubieran conseguido esas fotografías tan comprometedoras, podría haber seguido con su vida. Sabía que se habría quedado muy decepcionada con él, pero al menos no tendría que intentar controlar continuamente la atracción que sentía por él.


—¿Paula? —dijo él mirándola a los ojos—. ¿Me estás escuchando? ¿Tienes algún problema con estos eventos? No tienes que asistir a todos los actos. No es como si fueras la esposa del candidato.


—Claro que quiero ir. La verdad es que es fascinante poder estar involucrada en todo esto. Además, ahora mismo estoy sin trabajo. Todo está parado en Beachcombers hasta que la compañía de seguros tase los daños y nos pague.


Hizo todo lo posible por no llorar, pero lo único que quería era gritar desesperada. Toda su vida estaba fuera de control y a ella le gustaban las cosas simples, sin complicaciones. Y Pedro Alfonso era todo lo contrario. Vió que la miraba con preocupación.


—Podría prestarte dinero y…


—¡Ya basta! ¡Deja de ofrecerme dinero! —le dijo con algo más de intensidad de la que habría querido comunicar.