martes, 7 de enero de 2025

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 46

Hizo una mueca, recordando la historia de Sansón y Dalila. Era normal sentirse agotado después de haber experimentado tan exquisito placer. Pero una vocecilla en su interior le dijo que no había sido capaz de llegar al orgasmo hasta que habían estado mirándose a los ojos. Había necesitado sentir esa conexión. Algo que no le había pasado nunca antes. Se quedó helado. Los sucesos de la noche inundaron su mente. Le había contado a Paula más cosas sobre su vida privada de lo que le había contado a nadie jamás. Había compartido con ella la triste historia de su pasado sin titubear. Helado, comprendió lo que eso significaba. Había perdido la noción de quién era ella. Había olvidado que podía ser cómplice de un robo. Con un nudo en la garganta, se dijo que se había dejado cegar por el deseo y que había hecho oídos sordos a todo lo que había aprendido en la vida, había ignorado las lecciones que le habían enseñado a no confiar en nadie. Con el corazón galopándole en el pecho, comprendió lo cerca que había estado de… Confiar en ella. Pero había sido solo sexo. Eso era todo, se repitió a sí mismo. Paula había dado un nuevo impulso a su negocio, desde que había empezado a montar sus caballos, eso era lo importante. Después de todo, estaba en deuda con él. Su hermano le había robado un millón de euros y ella debía pagar esa deuda. A pesar de la dulzura y la aparente inocencia de Paula, no podía asegurar que no quisiera aprovecharse de él. No podía volver a ser débil. Ni volver a confiar. 


Paula podía oír a Pedro en el baño. La ducha estaba encendida. Abrió los ojos en la penumbra de la habitación, sin poder dejar de imaginarse cómo el agua caería sobre su imponente cuerpo desnudo. Entre las piernas, notaba una sensación placentera, recordando cómo él la había penetrado una y otra vez. Al instante, pensó en cómo la había tomado por detrás y le subió la temperatura. Había sido algo salvaje y erótico, aunque la había hecho sentir insegura, fuera de su elemento. No le había gustado no poder verle los ojos y la cara. Hasta que él la había girado y le había dicho que lo mirara. Había sido lo único que ella había necesitado para explotar en un delicioso orgasmo. La puerta del baño se abrió. Sintiéndose de pronto vergonzosa, se cubrió con la sábana. Pedro se quedó parado en la puerta, con una toalla alrededor de la cintura. Gotas de agua le caían por sus músculos esculturales.


–Deberías volver a tu cama ahora.


Ella se sentó, apretándose la sábana contra el pecho. Una oleada de humillación la recorrió. ¿Qué había esperado? ¿Que Pedro volviera a la cama y la tomara entre sus brazos de nuevo, susurrándole dulces palabras?


–No duermo con mis amantes –señaló él, por si no había sido lo bastante claro.


Ella lo miró, incapaz de ocultar lo ofendida que se sentía.


–Está bien. No tienes que darme explicaciones.


Se levantó y buscó el vestido, que estaba en el suelo a un par de metros de la cama. Estaba preguntándose cómo llegaría hasta su ropa sin exponer su cuerpo desnudo, cuando Pedro se acercó con un albornoz en la mano. 


–Toma –dijo él con tono brusco.


Paula lo tomó y se lo puso a toda prisa. Se odiaba a sí misma por sentirse tan dolida solo porque él le hubiera confirmado lo que era obvio: Para él no era distinta del resto de sus amantes. Pero ella quería ser diferente, reconoció para sus adentros, reprendiéndose por su peligrosa ingenuidad. Antes de que Pedro pudiera adivinar sus sentimientos, ella tomó el vestido del suelo y se dirigió a la puerta, evitando la mirada de él. Sin embargo, se forzó a sí misma a volverse un momento.


–Gracias por esta noche. Lo he pasado muy bien.


Antes de que él tuviera tiempo de responder, Paula salió. En vez de experimentar satisfacción por haber dejado claros los límites, Pedro se quedó pensando en la expresión de ella, en cómo se había tapado con el albornoz, evitando su mirada. No era como las demás mujeres con las que se había acostado. Y se sentía como un imbécil por haberle hecho daño. Si era honesto consigo mismo, se arrepentía de lo que había dicho. Quiso salir tras ella, llevarla de vuelta a su cama y continuar donde lo habían dejado. Maldiciendo, volvió al baño para darse una ducha fría. Maldita Paula Chaves. No debía haber dejado que ella le calara tan hondo. Cuanto antes encontraran a su hermano, mejor que mejor. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 45

Cuando estuvieron de regreso en la casa, Pedro no le dió tiempo para pensar. La llevó directamente al dormitorio. Su rostro estaba contraído por el deseo.


–Date la vuelta –ordenó él, después de haberle quitado la chaqueta de los hombros.


Paula se volvió, dándole la espalda. Él le apartó el pelo a un lado, sobre un hombro, y le bajó la cremallera del vestido. Le desabrochó el sujetador.  Cuando le recorrió la columna con los nudillos, ella tiritó de anticipación. Entonces, Pedro le dejó caer el vestido de cintura para arriba y la hizo girarse hacia él. A ella se le endurecieron los pezones bajo su mirada y, cuando se los acarició con las puntas de los dedos, tuvo que morderse el labio para no gritar de excitación.


–Desnúdame –pidió él.


Contemplando el rostro embelesado de Paula, Pedro comenzó a sudar, por el esfuerzo que tenía que hacer para no arrancarle el vestido en ese mismo instante, tumbarla en la cama y sumergirse en su dulce interior. Pero quería controlar sus impulsos y tomarse su tiempo para disfrutar de ella. Ella alargó las manos y le desabrochó los botones de la camisa uno por uno con cara de concentración. Luego, le quitó la camisa y continuó con el cinturón y la cremallera de los pantalones.


–Tu vestido y tu ropa interior. Quítatelos –pidió él con voz ronca y desesperada.


Ella se quitó el resto del vestido hasta el suelo. Luego, se quitó las braguitas, dejando al descubierto sus rizos de oro rojizo entre las piernas. Estaba sonrojada y evitaba mirar a Pedro.


–Eres preciosa, Paula.


–Si tú lo dices…


–Sí lo digo. Túmbate en la cama.


Ella se subió a la cama y se tumbó boca arriba.


–Abre las piernas.


Tímidamente, Paula hizo lo que le pedía. Cuando vió lo húmeda que estaba, Pedro se quitó los calzoncillos y le apartó un poco más los muslos. Se arrodilló entre sus piernas, volviéndose loco con su aroma. La besó en la cara interna de los muslos, que temblaban bajo su contacto. Luego, le separó los labios de su parte más íntima y posó allí su boca, emborrachándose con su esencia. Nunca había probado nada tan dulce.


–Pedro, ¿Qué estás haciendo…? Oh, cielos…


Él sonrió contra su sexo, mientras sentía cómo ella respondía, cómo se derretía, se estremecía bajo su lengua. Cuando deslizó un dedo dentro, ella llegó al orgasmo de inmediato. Sin hacerse esperar, entonces, Pedor se puso un preservativo y se colocó sobre ella. Paula lo miró con ojos soñadores, saciados.


–Eso ha sido… Increíble. 


Durante un segundo, a pesar de la urgencia que lo consumía, Pedro se detuvo. Había algo tan abierto y honesto en los ojos de Paula que no podía aguantarlo. Se sentía como si ella estuviera mirando en las profundidades de su alma… De una forma en que nadie lo había mirado nunca. Era una sensación demasiado honda, demasiado nueva e inquietante. Y le hacía sentir demasiado expuesto.


–Date la vuelta –ordenó él.


Paula titubeó un momento con gesto de confusión. Él le puso la mano de nuevo entre las piernas, donde estaba tan mojada, tan caliente y tan sabrosa.


–Date la vuelta, minou.


Ella obedeció y él la sujetó de las caderas para hacer que se colocara a cuatro patas. Ella lo miró por encima del hombro en una postura sumamente erótica.


–¿Pedor?


Sujetándola de la caderas, Pedro la penetró. Vió cómo los ojos de ella se abrían y se inflamaban. Entonces, comenzó a entrar y salir con toda la lentitud de que fue capaz, hundiéndose más y más en su interior. Ella gimió y se apoyó sobre los codos, dejando que su pelo cayera como una cascada sobre las sábanas blancas. Se aferró a ellas, apretando los puños, acercándose al clímax con cada arremetida. Pero, a pesar de que notaba cómo el cuerpo de Paula se tensaba a su alrededor, próximo al orgasmo, él no podía hacerlo de esa manera, por muy vulnerable que se sintiera cuando ella lo miraba a los ojos. Salió de ella y la giró para que estuviera boca arriba. Ella estaba jadeante, con la piel mojada por el sudor.


–Pedro…


–Mírame.


Ella lo hizo, con ojos grandes y confiados. Desesperado, Pedro la penetró solo una vez más. Fue todo lo que necesitó para explotar en un océano de éxtasis. Cuando fue capaz de moverse de nuevo, se soltó de los brazos de Paula y se dirigió al baño para quitarse el preservativo. Se apoyó sobre el lavabo con la cabeza gacha, como si el sexo le hubiera drenado todas sus fuerzas. 

jueves, 2 de enero de 2025

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 44

Pedro miró hacia la ciudad que había sido testigo de su ascenso desde las cloacas. Asintió.


–Donde yo crecí está lejos de estas vistas tan bonitas. La mía fue una existencia muy básica, en un escenario que no tenía nada de romántico. No iba a la escuela, nuestra única educación eran las bandas callejeras.


Él la observó un instante, esperando encontrar en sus ojos el brillo de la codicia que mostraban la mayoría de las mujeres cuando les habría una puerta a su intimidad. Sin embargo, Paula se limitó a devolverle la mirada con firmeza.


–¿Fue entonces cuando te hiciste esa cicatriz?


Encogiéndose al recordarlo, él asintió.


–Una banda rival me rodeó y sacaron las navajas. Tuve suerte de escapar solo con una cicatriz –explicó él. Había sido entonces cuando había comprendido que, si no dejaba ese mundo, podía morir.


–Dijiste antes que no tenías familia. ¿Es eso verdad?


–Mi madre murió de sobredosis cuando yo tenía dieciséis años y mi padre apareció por primera vez para pedirme dinero cuando se enteró de que me había hecho rico –señaló él con el corazón encogido–. No tengo hermanos. Ni tíos, ni primos. No tengo familia.


–Excepto a Francis Fortin –murmuró ella.


–Sí. Francis me salvó –admitió él con un cúmulo de emociones en el pecho–. Murió poco después de aquel enfrentamiento en que me hicieron la cicatriz. Y yo seguí su consejo de salir de allí y contactar con Simón Fouret. Si no lo hubiera hecho, creo que ahora estaría muerto.


Paula se estremeció al pensarlo. Sabía que él no estaba exagerando.


–Siento que haya muerto. 


Pedro se giró hacia ella un momento. Su rostro expresaba una honda emoción. Entonces, él le acarició la mandíbula con suavidad.


–Eres muy dulce, Paula Chaves. Eso o eres la mejor actriz que he conocido.


Paula se encogió, dolida, al comprender que todavía no confiaba en ella. Apartó la cara, temiendo que las lágrimas comenzaran a brotar.


–Siento tu pérdida. Te merecías tener a alguien de tu lado y me alegro de que él te ayudara –afirmó ella, mirándolo a los ojos de nuevo. Estaba decidida a mostrarle que era sincera, costara lo que costara.


Él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho, hasta que ella pudo percibir su erección. Al instante, las palabras sobraban. Paula adivinó lo mucho que él había estado conteniendo el deseo durante toda la noche y eso la complació. Porque Pedro había dado la sensación de ser por completo inmune a todo, pero no había sido cierto. Solo había sido una máscara.


–Creo que ya hemos hablado suficiente. Llevo toda la noche queriendo hacer esto.


Antes de que Paula pudiera preguntarle qué quería hacer, él le quitó las horquillas del moño hasta dejar que el pelo le cayera sobre los hombros. Deslizó las manos por su cabello y le tomó el rostro entre las manos. En la fracción de segundo antes de que sus bocas se encontraran, ella se estremeció de emoción al comprender que estaban siendo una más de esas parejas que tanto había envidiado antes. Entonces, cuando Pedro la besó, le temblaron las piernas y solo pudo aferrarse a su camisa para seguir de pie. Tras un instante interminable, él apartó la boca y soltó una maldición.


–Te tomaría aquí mismo, ahora, pero la próxima vez que hagamos el amor será en una cama.


Acto seguido, la tomó de la mano y la guio de nuevo hacia el coche. Con las mejillas ardiendo, Paula se dijo que si él hubiera querido hacerle el amor allí mismo, contra cualquier pared, no habría tenido fuerzas para negarse.


Prisionera De Tu Amor: Capítulo 43

 –Eres como una fiera tigresa –comentó él, observándola con intensidad.


Paula se sonrojó. No sabía cómo responder a eso. Al mismo tiempo, era un alivio saber que Pedro no había sido amante de Celeste. Un millar de preguntas le asomaban a la punta de la lengua, pero antes de que pudiera decir nada, él habló de nuevo.


–Esta noche has estado muy bien.


–Me siento como un fraude, si te soy sincera –repuso ella, encogiéndose de hombros–. Un par de buenas carreras no merece tanta atención.


Pedro meneó la cabeza.


–Tienes un talento natural que todo el mundo reconoce. Y eres una joven hermosa. Es una combinación explosiva.


–Llevo unos cuantos años montando caballos de carreras y nunca nadie se había fijado en mí. Creo que la clave es que monto tus caballos. A la gente le fascina todo lo que haces.


–Les fascino igual que a los conductores les fascina un accidente en la carretera y vuelven la cara para curiosear antes de pasar de largo –comentó él con voz sombría.


Paula quiso negarlo, pero sabía que él no buscaba su compasión ni su simpatía. Además, había notado cómo la gente lo había mirado durante toda la velada. Tenía que ser agotador sentir que necesitaba probar su valía todo el tiempo. Temiendo que él pudiera leer la expresión de su rostro, se volvió hacia la ventanilla. Estaban cruzando el Sena y en sus orillas había varias parejas de enamorados. Sin embargo, lo que había entre ellos no tenía nada que ver con el amor. Mientras se lo repetía a sí misma una y otra vez, el corazón se le aceleraba en el pecho. Sentía las manos frías y sudorosas. Cielos, se estaba enamorando de él.


–¿Has estado alguna vez antes en París?


Su pregunta la sacó de sus pensamientos, sobresaltándola. Se volvió hacia él, tratando de calmar el pánico que la invadía.


–Solo una vez, hace mucho, en un viaje con el colegio. Siempre había querido volver. Es el sitio más hermoso que conozco.


Pedro llevaba toda la noche contiendo su deseo de poseerla. Varios hombres se habían acercado a ella durante la fiesta, mirándola como si fuera la única mujer en el mundo. Él había tenido que controlarse para no apartar a todos y llevarse a Paula a un rincón tranquilo, quitarle el moño y ese lujoso vestido… Y, aunque lo único que quería en ese momento era llegar a su casa para hacer realidad su deseo, algo le impulsó a pedirle a su chofer que diera un pequeño rodeo para llevarlos a un lugar especial.


–¿Donde estamos? –preguntó ella, cuando el coche se detuvo minutos después.


–En Montmatre –contestó él, casi lamentando su impulsiva decisión–. Ven. Te voy a enseñar una cosa.


Pedro salió del coche y dio la vuelta para abrirle la puerta. Cuando ella le dió la mano, él tuvo que apretar los dientes para sofocar la excitación que hasta ese casto contacto le producía. Caminaron la corta distancia a pie que había hasta la catedral del Sagrado Corazón. Era tarde, pero había todavía grupos de gente a su alrededor. Pedro se desabrochó la pajarita del esmoquin y el primer botón de la camisa. Se dió cuenta de que Paula tiritaba por el aire frío de la noche, así que se quitó la chaqueta y se la puso por encima de los hombros.


–Oh, gracias –dijo ella, mirándolo con timidez.


Cuando dieron la vuelta a una esquina, la catedral apareció ante su vista en todo su esplendor. Paula se quedó embobada.


–Vaya. Me había olvidado de la catedral. Es preciosa.


–¿Viniste aquí con la excursión de tu colegio?


Paula asintió con ojos brillantes.


–Sí, pero no así. Esto es mágico.


Él la llevó a la puerta principal y, desde allí, al mirador. París se extendía a sus pies como una alfombra de joyas relucientes. Pedro respiró hondo. Hacía mucho que no iba a ese lugar.


–Es impresionante. Gracias.


Él se sintió ridículamente complacido, entonces. Era irónico porque, a lo largo de los años, había hecho muchos regalos caros a sus amantes y no había sentido nada cuando ellas le habían expresado su gratitud. Señaló hacia las vistas.


–Solía venir aquí cuando era niño, con diez u once años. Veníamos en verano, en la temporada alta del turismo. Solíamos aprovechar que los visitantes se quedaban absortos con las vistas para robarles la cartera, el reloj, esa clase de cosas.


Ella se volvió hacía él. Con su chaqueta sobre los hombros, parecía todavíamás menuda. Su cabello, una mancha de fuego rojo con el cielo nocturno de fondo.


–¿Alguna vez te sorprendieron?


Él negó con la cabeza.


–Por eso nos enviaban a esa edad. Éramos pequeños y rápidos, capaces de desaparecer en pocos segundos.


–¿Y quién los enviaba?


–Las bandas, chicos mayores. Nosotros les llevábamos el botín y, si nos quedábamos algo, enseguida nos pillaban.


–¿Así que creciste en los suburbios? 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 42

Hicieron en silencio el trayecto al hotel donde se celebraba la fiesta. Paula decidió mantener la boca cerrada para no volver a meter la pata. En vez de eso, se concentró en admirar la vistas de París por la ventanilla. Tenía que recordarse que por muy abrumadores que fueran sus sentimientos por Pedro, no eran correspondidos, ni de la forma más remota. Él estaba interesado solo en una relación pasajera. Y, si ella no hubiera irrumpido en su vida motivada por su urgencia por proteger a su hermano, nunca iría sentada a su lado en un coche, vestida con un atuendo que valía más de lo que podía ganar en un año entero. No debía olvidar nada de eso. Porque, una vez que Gonzalo solucionara el problema del dinero que faltaba, ella sabía que su historia con Pedro sería agua pasada.


Pocas horas después, Paula estaba esperando a Pedro en el vestíbulo del hotel. Él estaba a un par de metros, hablando con dos hombres que acababan de abordarlo. Ella se alegraba de aquel breve respiro. Él llevaba toda la noche a su lado, haciendo que el pulso se le disparaba cada vez que la rozaba o cada vez que la tomaba del brazo. Justo entonces, alguien se acercó para hablarle al oído.


–¿No es el hombre más guapo que has visto en tu vida?


Sobresaltada, ella se volvió y se topó con una mujer mayor, pero perfectamente conservada, con cabello rubio y ojos azules clavados en Pedro. Había algo en el hambriento brillo de esos ojos que le daba escalofríos a Paula.


–Disculpa, ¿Nos conocemos?


La mujer apartó los ojos de Pedro para dedicarle a Paula una mirada de desprecio.


–Tú eres esa jockey de la que todos hablan, supongo. ¿Te acuestas con él?


Paula se sonrojó.


–No creo que eso sea de tu…


–No vas a poder domarlo –le espetó la mujer, agarrándola del brazo con rabia–. Un animal tan magnífico como él no puede domesticarse.


Paula se zafó de sus garras, furiosa e invadida por un inesperado instinto protector.


–No es un animal, es un hombre.


–Celeste. Qué placer.


Pedro se había acercado a ellas por la espalda. Su mirada contradecía sus palabras. Sus ojos tenían un brillo asesino.


–Cariño… Hace mucho tiempo que no nos vemos –dijo la mujer, pegándose a él y lo agarró del brazo. 


Pedro le apartó la mano y tomó a Paula del brazo.


–Buenas noches, Celeste.


Entonces, se giró y se marchó con Paula a su lado. Ella se resistió para no mirar hacia atrás. Celeste debía de ser una de sus antiguas amantes, pensó. Aunque ese mero pensamiento hacía que se le revolviera el estómago.


A Pedro no le gustaba cómo le habían hecho sentir las palabras de Paula a esa mujer. «No es un animal». Había salido feroz, en su defensa. Había tenido una expresión similar cuando había defendido tan apasionadamente a su hermano la primera vez que se habían visto. Le impactaba que Paula hubiera dado la cara por él. No necesitaba que nadie lo defendiera. En ese momento, posó la mirada en ella. Estaba pálida como la leche.


–No hacía falta que me defendieras. Yo lucho mis propias batallas.


-Estaba hablando de tí como si no fueras humano. ¿Cómo has podido salir con ella? Es horrible.


Una oleada de asco recorrió a Pedro.


–Nunca hemos sido amantes, a pesar de que ella hizo todo lo que pudopara seducirme. Es la mujer de Simón Fouret. La encontré desnuda en mi cama una noche y me amenazó con acusarme de que la había violado, si no me acostaba con ella. Por eso tuve que dejar de trabajar para Fouret. Él sabía cómo era su esposa y me ofreció dinero porque me fuera y mantuviera la boca cerrada. Yo rechacé su dinero, pero acepté que me diera un caballo.


¿Por qué diablos le contaba todo eso a Paula? No le debía ninguna explicación, se dijo a sí misma.


–Por eso reaccionaste así cuando me encontraste en tu dormitorio –dijo ella tras un instante de silencio–. Siento haber abierto la boca. Pero no pude evitarlo. No eres un objeto.


Nunca antes nadie había salido en defensa de Pedro. Una incómoda sensación de calidez anidó en su pecho.


–Al final, Celeste me hizo un favor. Si no hubiera abandonado los establos de Fouret, igual seguiría trabajando allí. Ese caballo me dió buena suerte.


Ella negó con la cabeza.


–No lo creo. Seguro que te habrías hecho rico de todas maneras.

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 41

 –Pedro, esa chica es una mina de oro. La adoran. El hecho de que tenga tanto talento natural la hace más interesante. No se hablaba de una mujer jockey desde hace años. La prensa también ha descubierto la conexión de su familia con el jeque Nadim y su mujer, así que ahora están como locos con la novedad. No dejan de llegar invitaciones. Has sido oficialmente aceptado en el santuario de los poderosos en el mundo de la hípica. ¿Cómo te sientes?


¿Cómo se sentía? Pedro seguía dándole vueltas a la conversación que acababa de tener con André por teléfono. ¿Cómo se sentía después de haber logrado la aceptación y el respeto que llevaba años buscando? Curiosamente, frío, admitió para sus adentros. Incluso esas vistas, que mostraban un paisaje exclusivo del glamuroso París, lo dejaban indiferente. Justo entonces, oyó un ruido y, cuando se volvió, encontró a Paula en la puerta de la habitación. Antes había estado guapa, pero en ese momento estaba… Impresionante. Llevaba un vestido largo y verde brillante. La tapaba desde el cuello hasta los pies. Tenía manga larga, pero se ajustaba a cada una de sus delicadas curvas, ensalzando su sensualidad. Llevaba el pelo recogido en un elegante moño italiano y unos sencillos pendientes de diamantes. Cuando entró en la habitación, parecía nerviosa.


–Estoy preparada.


Había algo en ella que le daba un aspecto muy vulnerable. Pedro podía adivinar lo fuera de lugar que se sentía. Conmovido, trató de pensar en algo para animarla.


–Estás muy hermosa, Nessa.


Ella se sonrojó, alisándose la falda del vestido con una mano ligeramente temblorosa. Esa mujer podía domar y montar al más fiero pura sangre, ¿Y una fiesta la hacía temblar?


–No soy hermosa. No tienes por qué decir eso.


Pedro cruzó la distancia que los separaba con dos grandes zancadas y la sujetó de la barbilla, mirándola a los ojos.


–Si hubieras sido otra persona, habría pensado que solo pretendes hacerte la modesta. Pero creo que tú lo dices en serio. ¿Quién te ha hecho creer que no eres hermosa?


Ella se apartó.


–Crecer con dos hermanos no ayuda a explorar tu lado femenino. Y nuestra madre murió cuando tenía ocho años, así que no recuerdo su influencia.


–¿Y tu hermana mayor?


Paula se encogió de hombros.


–También era muy masculina. Y siempre estaba demasiado ocupada.


Él intentó contener su sorpresa. Nunca había conocido a una mujer bella que ignorara sus atributos. Hasta ese momento. Tuvo la tentación de tomarla de la mano y llevarla al dormitorio para quitarle aquel sofisticado moño y limpiarle el maquillaje con sus besos. Pero dió un paso atrás.


–Vámonos. El chófer nos está esperando.


Mientras bajaban en el ascensor, Paula trató de ignorar el hondo sentimiento que le habían producido las palabras de su acompañante. Pedro la consideraba hermosa. Sabía que no era un hombre dado a los cumplidos vacíos y, por primera vez en su vida, se sintió guapa. Respiró hondo, para calmar los nervios, aunque era difícil, teniendo a Pedro tan cerca en el pequeño cubículo. Sus ojos se encontraron en el espejo del ascensor. Los de él era oscuros como dos pozos sin fondo y tenían un brillo de deseo tan explícito que la dejaban sin respiración. Ella ansió saber cómo reaccionar en ese tipo de situaciones. Seguramente, sus otras amantes, esas para las que había comprado esa colección de vestidos, sabrían decir unas palabras seductoras en el momento adecuado, mientras lo rodeaban con sus brazos llenas de confianza. Incluso, tal vez, se atreverían a apretar el botón de parada del ascensor e iniciar un encuentro ardiente allí mismo. Igual él estaba esperando que hiciera eso mismo. Sobrepasada por la inseguridad y la excitación, Paula buscó desesperadamente algo que decir.


–Es una suerte que estés tan bien preparado para tus… Amigas. Había muchos vestidos entre los que elegir.


Él arqueó las cejas, al mismo tiempo que se abrió el ascensor. Cuando ella salió, la sujetó del brazo, deteniéndola.


–¿A qué te refieres con eso?


Paula notó cómo se sonrojaba y maldijo para sus adentros por su falta de sofisticación.


–A las ropas que había en el vestidor. Debes de tenerlas guardadas por si les hacen falta a tus amantes.


–Esas ropas fueron compradas para tí. Hice que una estilista las trajera antes de que llegáramos. No hospedo a mujeres en mi casa y, menos aún, tengo una colección de vestidos para ellas.


Paula se quedó sin palabras. El corazón se le aceleró en el pecho. Decía que no hospedaba a mujeres en su casa, pero a ella, sí.


–Ah.


Pedro estaba muy serio, como si él también se hubiera dado cuenta de lo que su afirmación implicaba. No dijo nada. Se limitó a guiarla hacia delante, donde el coche los esperaba. 


jueves, 26 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 40

Todo desapareció a su alrededor cuando Pedro la besó. El cepillo se le cayó de las manos, el caballo relinchó, pero solo una cosa ocupaba su mente: el deseo animal que la invadía. Cuando él separó sus labios, ella tardó un segundo más en abrir los ojos. Con una sonrisa triunfal, él salió del establo, dejándola como si un relámpago la hubiera recorrido de arriba abajo. Paula sabía que no era buena idea dejar que él la atacara de esa manera, por muchas razones, entre las que destacaba su instinto de autoconservación. Sin embargo, la idea de ir a París con él era demasiado seductora como para resistirse a ella.


Pocas horas después, Paula se sentía cada vez más presa de un cuento de hadas. Había ido a París en una ocasión antes, en un viaje con el colegio, pero no había tenido nada que ver con aquello. Habían volado en un avión privado y un coche había estado esperándolos en el aeropuerto. Mientras habían atravesado las afueras de la ciudad, con sus paredes llenas de grafitis, había notado cómo Pedro se había puesto tenso, mirando por la ventanilla con el ceño fruncido. Pero París era una ciudad hermosa, con sus magníficos bulevares y sus edificios antiguos. Sobre todo, en esa época del año, con todos los árboles en flor. Por no mencionar los monumentos icónicos del lugar, como la torre Eiffel o el Arco del Triunfo. En ese momento, ella podía verlos desde los ventanales del baño. Cuando habían llegado a la casa de Pedro, en la planta alta de uno de esos adornados edificios en un ancho bulevar, él había desaparecido en su estudio para hacer unas llamadas y una amable ama de llaves había mostrado a Nessa la suite de invitados. Le había enseñado un vestidor que había estado lleno de maravillosos vestidos. Paula no había sabido como reaccionar al comprobar lo bien preparado que estaba Luc para sus invitadas femeninas. De todas maneras, le había servido como recordatorio de cuál era su lugar en la vida de un hombre tan exitoso y atractivo. Y, si lo miraba por el lado práctico, le sería útil, pues no se le había ocurrido meter un vestido en la maleta cuando habían salido de Irlanda. En ese instante, en el balcón, embutida en un lujoso albornoz, prefirió no pensar en nada, solo disfrutar de las vistas. La puesta de sol se iba desvaneciendo en el horizonte, mientras la torre Eiffel comenzaba a iluminarse. Con una sonrisa, se dijo que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Sin embargo, al instante, su sonrisa se desvaneció. ¿Cómo podía sentirse feliz cuando su hermano debía de estar muerto de miedo en su escondite? Había intentado llamarlo antes, pero Gonzalo había tenido el teléfono apagado, como siempre. Y tampoco había podido encontrar a su otro hermano, Marcos. En ese momento, alguien llamó a su puerta. Con el corazón acelerado, pensó que podía ser Pedro. Pero, cuando abrió, se encontró con el ama de llaves, acompañada de dos mujeres.


–El señor Alfonso ha llamado a estas dos señoritas para que la ayuden a prepararse para esta noche.


Paula esbozó una sonrisa forzada. Pensar en la fiesta le hacía sentir mareada. Una cosa era salir a una gala de clase alta en Dublín. Pero París era otra cosa. Sin duda, iba a necesitar ayuda.


–Gracias, Celina.


Mientras las ayudantes se ponían manos a la obra, Paula no podía sacarse de la cabeza el odioso pensamiento de que, antes que ella, otras mujeres habían ocupado su lugar en casa de Pedro.