martes, 10 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 21

Cuando ella le había hablado de su hermana y de lo feliz que era con su familia, había sentido algo parecido a la envidia. Se había acordado de una ocasión en que, cuando había sido un chiquillo en las calles, viviendo de lo que podía robar, le había llamado la atención una familia en un parque. Los niños habían parecido tan felices… Había sido la primera vez en su vida que había sentido celos. Y el deseo de probar qué se sentiría al tener una familia que lo amara. Igual que había hecho entonces, Pedro bloqueó esos sentimientos dentro de él. Había algo más poderoso que lo invadía. El innegable deseo carnal que Paula le provocaba. De pronto, perdió importancia todo a su alrededor. Una única pregunta latía en su pecho y necesitaba conocer la respuesta. Ansiaba saber cómo sería sumergirse en su interior y poseerla. Sin dudarlo, se acercó y la rodeó con sus brazos. Ella abrió mucho los ojos, sonrojándose.


–¿Qué estás haciendo?


Pedro tenía la mirada clavada en su boca.


–¿De verdad quieres que crea que eres una joven inocente que haría cualquier cosa por su familia? ¿Y que lo de la otra noche fue pura casualidad?


Durante un tenso instante, Pedro contuvo el aliento, porque se dió cuenta de que, dentro de él, el niño abandonado que había sido soñaba con algo lejos de su alcance. Esperó que Paula levantara hacia él sus ojos color avellana y le respondiera que sí, que no era más que una joven inocente. Pero ella se limitó a callar y se zafó de su abrazo.


–No espero que me creas, Pedro Alfonso. Si prefieres ver el mundo con cinismo y desconfianza, es tu elección. En cuanto a la otra noche, fue una locura y un error. No tendrás que preocuparte, porque no volverá a suceder.


Paula estaba a punto de pasar de largo delante de él, cuando Pedro la tomó de la mano, en esa ocasión, con suavidad. No podía dejar que se fuera otra vez. Necesitaba demostrar que ella no llevaba siempre las riendas de sus encuentros.


–Me deseas –le espetó él.


Ella se mordió el labio, bajando la vista. Negó con la cabeza.


–Dilo, Paula.


Entonces, ella lo miró con los ojos muy abiertos.


–Puede que desee, pero no quiero desearte –dijo ella al fin con un gesto de desafío en la cara. 


Al momento, bajó la vista de nuevo, como si así pudiera evadir la situación.


–Mírame, Paula.


Durante un largo segundo, ella se hizo esperar. Hasta que clavó en él sus ojos brillantes, incendiándolo. Él la tomó entre sus brazos de nuevo.


–No, Pedro. No quiero…


Pero él la hizo callar con su boca, echando mano de toda su experiencia para hacer que se rindiera a sus encantos. Al menos, estaba seguro de que lo que compartían en ese momento era verdadero. 

jueves, 5 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 20

Podía ver que él llevaba la pajarita desabrochada y el botón superior de la camisa abierto, con las manos en los bolsillos. Con expresión oscura, entró hasta colocarse frente a ella.


–Sé que no debería estar aquí… –balbuceó Paula, tragando saliva.


–Eso no importa. Necesitamos hablar.


–¿De qué? –preguntó ella, sorprendida.


Pedro se cruzó de brazos.


–De por qué has olvidado mencionar que tu hermana está casada con el jeque Nadim Al-Saqr de Merkazad, propietario de tu granja familiar. Imagino que un millón de euros no es nada para tu cuñado. ¿Por qué diablos pone tu hermano en peligro su carrera, por un dinero que podía haberle pedido a él? ¿Y por qué tú no has llamado al jeque para que solucionara la situación sin más?


Paula se quedó paralizada, comprendiendo que alguien debía de haberla reconocido en la fiesta.


–No creí que eso fuera relevante.


–Inténtalo de nuevo –dijo él con tono helador.


Paula tragó saliva. Sabía que no podía escapar de aquella conversación sin darle una explicación.


–Nadim compró nuestra granja, pero luego la puso a nuestro nombre como regalo de boda para Delfina, mi hermana. Es nuestra de nuevo. Él solo es uno de los socios. Y no quiero involucrarlo en esto porque nada de lo que ha pasado tiene que ver con él ni con mi hermana. Iseult va a tener un bebé dentro de un par de semanas y no quiero que se preocupe por nada.


Pedro dió un paso hacia ella. Nessa no pudo retroceder, pues tenía la pared a sus espaldas.


–Hay algo más, seguro –afirmó él–. El que tu hermano y tú no hayan pedido ayuda al jeque demuestra que las cosas se les han ido de las manos. Adivino que Nadim no aprobaría el robo y ustedes no quieren hacer enojar a la mano que los alimenta.


–No –negó ella con fiereza–. Eso no es verdad. ¿Cómo puedes ser tan cínico y tan desconfiado?


–Porque nací así y nada de lo que he vivido me ha enseñado a ser de otra manera.


Paula no pudo evitar sentir una mezcla de lástima y curiosidad. Pero la bloqueó en su interior. Pedro Alfonso era el último hombre del mundo que necesitaba su compasión.


–Podrías haberte ido de aquí libremente si le hubieras pedido ayuda a Nadim –dijo él. Aunque, de inmediato, se encogió por dentro ante la idea de dejarla marchar.


Paula meneó la cabeza.


–No. No voy a hacer eso porque no quiero causarle problemas a mi familia. Le prometí a Gonzalo que no acudiría a Nadim ni a Delfina.


Pedro se sintió intrigado por su aparente lealtad.


–Dame una buena razón por la que no debería contárselo a Nadim yo mismo.


Ella se puso lívida de pánico.


–¡Creí que tú tampoco querías que nada de esto se supiera!


–Y no quiero. Pero creo que el jeque valorará la necesidad de discreción para proteger, también, a su propia familia. Dar el asunto a conocer perjudicaría su reputación, no solo la mía.


Paula se cruzó de brazos.


–No tienes derecho a implicarlos a ellos.


Pedro ansiaba saber el porqué de tanta insistencia.


–Dame una razón, Paula.


Ella lo miró como si la estuviera torturando, antes de responder.


–Cuando nuestra madre murió, Delfina solo tenía doce años. Yo tenía ocho. Nuestro padre no pudo soportar el dolor y desarrolló un problema con la bebida. Delfina se ocupó de la granja, de los caballos y de todos nosotros.


Paula apartó la mirada un momento, pálida. Pedro se quedó sin palabras, algo desacostumbrado en él.


–Si no hubiera sido por Delfina, que nos protegía de los peores excesos de mi padre, nunca habríamos podido terminar nuestros estudios. Ella cargó con demasiado peso para su edad… Luego, apareció Nadim y compró la granja. Y ella se sintió como si nos hubiera fallado a todos. Pero los dos se enamoraron y se casaron. Por primera vez en su vida, mi hermana se siente a salvo y es feliz.


–Casada con un millonario. Muy conveniente –comentó él con cinismo, sin pararse a pensarlo. 


Paula apretó los puños.


–Delfina es la persona menos materialista que conozco. Se aman el uno al otro.


–Continúa –la urgió él, impresionado por su vehemencia.


–Mi hermana es feliz por primera vez. La única responsabilidad que tiene ahora es hacia su propia familia. Tuvo muchos problemas para quedarse embarazada, así que ha sido una gestación difícil. Si supiera lo que ha pasado, se preocuparía mucho y Nadim haría cualquier cosa para ayudarla. Sería capaz, incluso, de volar hasta aquí. Y ella lo necesita a su lado –explicó ella y, tras un momento, añadió–: Si hablas con Nadim, le diré a la prensa lo del dinero. Quizá ellos le concedan a Gonzalo el beneficio de la duda, no como tú.


Pedro la observó un momento en silencio. Tenía que admitir que su celo por proteger a su familia era muy convincente.


Prisionera De Tu Amor: Capítulo 19

De pronto, dos mujeres se pararon junto a Paula y pudo oír fragmentos de su conversación.


–Dicen que es un animal en la cama…


–Lo encontraron en las calles…


–Un robo menor…


–Solo ha llegado adonde está porque se acostó con la mujer de Leo Fouret y el marido le pagó para comprar su silencio…


Paula se quedó paralizada, fría. Era la primera vez que escuchaba ese rumor sobre él. Aunque se sabía que Pedro Alfonso había abandonado los establos de Simón Fouret en circunstancias poco amistosas, antes de abrirse su propio camino. Las mujeres se alejaron y más invitados se acercaron a tomar copas de la bandeja. Justo cuando ella se iba a la cocina a reponer su cargamento, lanzó otra mirada a su jefe, donde él estaba hablando con alguien. Reprendiéndose a sí misma por haber prestado oídos a las habladurías, se dijo que lo que las mujeres habían dicho no era asunto suyo. Y que era patético sentir lástima por él, porque estuviera rodeado de tanta gente cotilla y malintencionada. Por otra parte, cuando el río sonaba, agua llevaba, como su padre siempre había solido repetir. Y, por lo que ella conocía a Pedro, casi podía comprender a una mujer casada por haber caído bajo su hechizo.


–¿Qué diablos está haciendo Paula Chaves sirviendo bebidas en tu fiesta, Alfonso?


Pedro tardó unos segundos en digerir lo que el hombre a su lado le había dicho.


–¿La conoces?


–Claro. No olvides que Irlanda es un lugar pequeño. Su padre es Miguel Chaves, uno de los mejores entrenadores del país, en su tiempo. Antes de que se sumergiera en el alcohol y estuviera a punto de perderlo todo. Ahora, por supuesto, se ha recuperado, aunque no creo que nunca pueda reparar el daño que sufrió su reputación. El marido de su hija ha sido su salvación.


Pedro solía odiar los cotilleos pero, en esa ocasión, quiso saber más.


–¿De qué estás hablando?


Juan Mortimer, un conocido aficionado a las carreras de caballos, se giró hacia él.


–Paula Chaves es cuñada de un príncipe. Resulta que su hermana, que también es una talentosa entrenadora, está casada con el jeque Nadim Al-Saqr de Markazad. Y Paula no monta mal. Yo la ví hace unos años en un par de carreras, pero parece que todavía no ha conseguido abrirse paso en este mundillo.


¿Cómo era posible?, se dijo Pedro. El millonario jeque Nadim era un serio competidor en su negocio. Y él no tenía ni idea de que poseía un criadero en su misma región. El de la familia de Paula Chaves. Juan seguía hablando, pero Pedro ya no lo escuchaba. Tenía los ojos clavados en la multitud, buscando a una pelirroja. La había visto antes, vestida con una falda negra y blusa blanca. Maldición, ¿Dónde estaba? Intentó ir a buscarla, pero se detuvo al ver que André se acercaba hacia él con cara de pocos amigos. Paula iba a tener que esperar, por el momento. Pero, cuando la encontrara, no habría más jueguecitos. Solo respuestas a sus preguntas. ¿Por qué estaba trabajando gratis para él para probar la inocencia de su hermano, cuando podía haberle pedido ayuda a su cuñado multimillonario? 


A ella le dolían los pies y los brazos. La fiesta había terminado y su jornada de trabajo también. Pero, en vez de irse a la cama, algo la había impulsado a ir a los establos. Como si así pudiera recuperar su energía y recordar quién era. Se había pasado toda la noche buscando a Pedro con la mirada. En un momento dado, sus ojos se habían entrelazado y había sentido como si él hubiera querido decirle algo. Por su gesto sombrío, ella había adivinado que no había sido algo especialmente bonito. Durante el resto de la velada, aunque había hecho todo lo posible para evitar toparse con él, no había dejado de sentir su oscura mirada. Al llegar a los establos, vió que estaban vacíos. Entonces, recordó que habían trasladado a los caballos a otro sitio durante unos días, mientras los establos se reparaban y se pintaban. Había una escalera abierta y varios botes de pintura esparcidos por el suelo. Bueno, se iría a dormir, entonces, se dijo ella. Era mejor así. No quería que nadie la sorprendiera en el lugar inadecuado… Cuando vió una imponente figura en la entrada, enmarcaba bajo la luz de la luna, su corazón se paró en seco. Era demasiado tarde. Pedro. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 18

Pedro la miró como si no pudiera creer que se estuviera apartando de él. Paula se dió cuenta de que estaba medio desnuda. Se subió la blusa, abrochándose torpemente un par de botones.


–No he venido aquí para esto. De verdad.


Pedro tenía una erección desmesurada y la deseaba como nunca había deseado a ninguna mujer. Paula lo estaba mirando con las mejillas sonrojadas, los ojos muy abiertos y el pelo suelto y desarreglado. Entonces, por primera vez, él barajó la posibilidad de que, realmente, se hubiera quedado dormida mientras había estado limpiando. Pero no podía ser. Sin duda, estaba tratando de manipularlo. Y no podía permitirlo. Forzándose a calmar su excitación, se puso en pie. Ella dió un paso atrás. Al pensar que ella se apartaba para que no volviera a tocarla, una desacostumbrada sensación de vulnerabilidad lo tomó por sorpresa.


–Acostarte conmigo no va a mejorar ni tu situación ni la de tu hermano. Ya te he dicho que no me gustan los juegos, así que, a menos que quieras admitir que ambos nos deseamos, sin compromiso ninguno, sal de aquí.


Su voz fría y remota le cayó a Paula como un cubo de agua helada. No tenía sentido tratar de defenderse ni dar más explicaciones. Así que tomó la cesta de productos de limpieza y salió corriendo de allí. Cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta tras ella con el corazón acelerado. Había estado a punto de entregarse a Pedro Alfonso y de darle algo que no le había entregado a nadie. Su inocencia. Había estado a punto de dejar que un hombre que la despreciaba conociera su punto más vulnerable. Por suerte, había reaccionado a tiempo. Se estremeció al pensar la cara que pondría Pedro si hubiera descubierto su virginidad. Casi podía imaginarse su expresión burlona y el desprecio con que la despacharía. Entonces, recordó sus palabras… «A menos que quieras admitir que ambos nos deseamos, sin compromiso ninguno». Se estremeció de nuevo. Pero, en esa ocasión, no fue debido a la rabia o a la humillación. Muy a su pesar, no podía evitar sentirse excitada solo de pensarlo.


Pedro se duchó con agua fría, aunque ni así consiguió calmar el fuego que ardía en su interior. No podía creer lo cerca que había estado de desnudar a Paula Chaves y tomarla, embriagado por el deseo. Había sido ella quien se había apartado. Y eso lo hacía sentir vulnerable. No podía confiar en ella. Sin embargo, había estado a punto de hacerle el amor, complicando una situación que ya era bastante difícil. Se estremeció, pensando cómo podía haber aprovechado ella su ventaja si hubieran dormido juntos. No había conocido a ninguna mujer que no hubiera tratado de sacar beneficio de su relación íntima con él. Y no tenía duda de que Paula tenía intenciones ocultas, por mucho que ella lo negara. Mirando su reflejo en el espejo, hizo una mueca. Si ella creía que podía despertar su apetito de esa manera y, luego, salir corriendo como un gato en un tejado de zinc caliente, estaba muy equivocada. No dejaría que lo sorprendiera otra vez con la guardia baja. Anudándose una toalla alrededor de la cintura, salió del baño y tomó el móvil. Llamó al jefe de seguridad que había contratado para encontrar a Gonzalo Chaves y le dió instrucciones de incrementar sus esfuerzos. Cuanto antes encontraran a Gonzalo y su dinero, antes podría librarse de la inquietante Paula Chaves.



Dos noches después, Paula llevaba una bandeja repleta de copas de champán, en la fiesta de Pedro. Llevaba una blusa blanca con una falda negra, el uniforme de las camareras. Y el pelo recogido en un moño apretado. Era una fiesta magnífica, pensó ella, a pesar de que le dolían los brazos de tanto llevar bandejas. Las velas bañaban el ambiente en un tono dorado y acogedor. Sonrió aliviada cuando unos invitados se pararon a tomar copas de la bandeja, haciendo que pesara menos. Luego, torció la vista hacia donde un hombre destacaba entre la multitud, alto y moreno. Su objetivo era evitar encontrarse cara a cara con Luc Barbier a toda costa. La enormidad de lo que había estado a punto de suceder hacía que su cuerpo se estremeciera cada vez que lo recordaba. Pero, por mucho que tratara de evitarlo, no podía dejar de buscarlo con la mirada. Igual que la mayoría de las mujeres en el salón, se dijo con una extraña sensación de celos. Vestido con un esmoquin, Pedro era el epítome de la belleza masculina, envuelto en un aura de autoridad y misterio. 

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 17

 –No estoy jugando a nada. Y no he venido aquí con la intención de seducirte –negó ella, temblorosa. 


Aunque quisiera hacerlo, de todos modos, no tenía ni idea de cómo seducir a nadie y menos a un hombre como Pedro Alfonso.


–¿De verdad quieres que me crea que te quedaste dormida como la Bella Durmiente del cuento, esperando al príncipe azul?


–Yo no creo en cuentos de hadas –repuso ella, sonrojándose–. Y no te preocupes, sé que no eres ningún príncipe azul.


Pedro la sujetó de ambos brazos, haciendo que ella se volviera para mirarlo a los ojos.


–¿Qué significa eso?


–Lo primero de todo, no vuelvas a sujetarme como si fuera una marioneta –le gritó ella. No estaba dispuesta a dejarse apabullar por ninguna clase de violencia–. Para que te quede claro, no tienes ningún derecho a agarrarme ni a usar tu fuerza bruta conmigo.


Pálido y sorprendido ante su firmeza, él abrió los dedos y apartó las manos.


–Puede que yo nunca sea un príncipe –continuó Pedro, furioso, bajando un poco el tono–. Pero tú no estás en posición de creerte superior. Solo eres la hermana de un ladrón, dispuesta a seducirme para librarlo de su deuda. Como te he dicho, tu farsa de niña inocente no va a tener efecto conmigo.


Sin decir más, Pedro la tomó entre sus brazos. Y, antes de que ella pudiera protestar, la besó. Al instante, las palabras perdieron todo sentido para Paula. Mientras él exploraba su boca con la lengua, su cuerpo se prendió fuego, igual que su alma. Nunca se había imaginado que un beso pudiera ser así. Él era un experto en el arte de besar. Olvidándose de todo a su alrededor, ella se aferró a su cuello, apretándose contra su pecho. Entrelazó sus lenguas, ansiando sentirlo más y más. En ese momento, supo que estaba dispuesta a rendirse a su pasión, sin un ápice de duda. Era como si toda la vida hubiera estado esperando que ese hombre la besara. Un calor líquido la inundaba las piernas cuando Pedro apartó sus labios. Ella soltó un gemido involuntario de decepción. Pero él no la soltó. Le trazó un camino de besos por el cuello, mientras el único sonido que había a su alrededor era el de sus respiraciones aceleradas. Al instante, él deslizó una mano bajo su blusa y le desabrochó los botones. Como en una nube, Paula se dejó llevar hasta la cama. Y se dejó sentar sobre el regazo de él. Estaba embriagada por tanto deseo. Pedro posó la mano en uno de sus pechos cubiertos por un sujetador de encaje, con expresión hambrienta. Llenaban su mano a la perfección, como si hubieran sido hechos con el tamaño justo para él. Cuando le bajó el sujetador, dejando su piel al descubierto, ella se mordió el labio inferior para no gemir. Y, cuando le acarició los pezones con el pulgar, una corriente eléctrica la recorrió. Mirándola, sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír desde que lo había conocido. Su sonrisa, seductora, traviesa, desarmadora, era mucho más de lo que ella había soñado. Un capullo de deseo los protegía de la realidad. Tanto que, por unos segundos, Paula se preguntó si no estaría dormida y si aquello no sería más que un vívido sueño. Pero no era un sueño y ella sabía que era muy importante recuperar la cordura y detenerlo. Justo cuando él estaba inclinando la cabeza hacia uno de sus pechos y ella no deseaba más que rendirse al placer de su boca, algo la hizo reaccionar. Posó las manos en los hombros de él y se incorporó, sintiéndose como un potro tratando de ponerse en pie por primera vez. 

martes, 3 de diciembre de 2024

Prisionera De Tu Amor: Capítulo 16

Vió la cesta de productos de limpieza primero, en una mesa junto a la puerta. Entonces, cuando la vió a ella, se quedó sin respiración. No estaba seguro de que no fuera una alucinación. Estaba acurrucada ante el ventanal, en el sillón. Parecía dormida. Tenía las piernas dobladas a un lado y la cabeza apoyada en el cristal, como si hubiera estado contemplando las vistas. Pedro se acercó y recorrió su cuerpo con la mirada. Paula llevaba unos pantalones negros y una blusa del mismo color, con unas playeras planas. Era el uniforme habitual de sus empleados del hogar. La blusa se le había salido de la cintura de los pantalones y dejaba ver un pequeñísimo fragmento de piel blanca, pálida como la nieve. Al instante, le subió la temperatura al verla. Como si hubiera percibido su presencia, ella se removió en el sofá. Parpadeó un momento con sus largas pestañas antes de abrir los ojos de golpe. Despacio, pareció registrar dónde estaba y a quién tenía delante. Entonces, ella se sonrojó, abriendo los ojos como platos. Eran de un verde oscuro con brillos dorados. Pedro deseó poder sumergirse en ellos… Paula parpadeó con aire inocente. Por un segundo, él estuvo a punto de creer que no lo había planeado todo.


–Bueno, bueno, bueno. Mira a quién tenemos aquí –dijo él, recorriéndola de arriba abajo con la mirada con deliberada lentitud–. Habrías hecho las cosas más fáciles para ambos si me hubieras esperado desnuda en la cama. 


Paula levantó la vista hacia Pedro, que parecía una torre delante de ella, imponente con su barba incipiente y el ceño fruncido. Tardó unos instantes en poder digerir sus palabras. Él tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza repetidas veces. Y llevaba una camisa blanca desabotonada en el cuello, que dejaba ver un poco de su piel oscura. Una poderosa sensación de deseo la invadió. Entonces, cuando su mente al fin comprendió lo que él había dicho, se despertó de golpe y se puso de pie de un salto, llena de adrenalina.


–¿Cómo te atreves a insinuar algo así? –replicó ella con voz todavía somnolienta, mientras se maldecía a sí misma por haber dejado que el sueño la venciera.


Pedro seguía mirándola con aire de superioridad. Se cruzó de brazos.


–Entro en mi dormitorio y me encuentro con una mujer que finge estar dormida, esperándome… Como he dicho, suelen esperarme en la cama, con mucha menos ropa, pero el mensaje es el mismo. Vienen a mí solo por una razón.


Paula se quedó sin palabras ante su arrogancia. Al final, logró reaccionar, sumida en un mar de indignación y otras sensaciones mucho más molestas.


–Bueno, siento decepcionarte, pero eso era lo último que tenía en mente. Estaba limpiando tu cuarto, me senté un momento y me quedé dormida. Te pido disculpas por eso. Pero no he venido aquí para… Para…


–¿Para seducirme?


Antes de que ella pudiera contestar, Pedro prosiguió. 


–Para que lo sepas, estos jueguecitos no me excitan. Soy mucho más tradicional. Cuando hago el amor, lo hago con intensidad y no me hacen falta teatros.


Sin poder evitarlo, Paula se incendió por dentro, imaginando cómo de intenso sería el sexo con él. Sintió que gotas de sudor le caían entre los pechos. Y su furia creció.


–No he venido para hacer el amor con nadie. Mi único crimen ha sido quedarme dormida en el trabajo y, si me perdonas, ahora mismo me voy de aquí y te dejo en paz.


Cuando Paula intentó pasar de largo frente a él, la sujetó del brazo, murmurando una maldición en francés. A ella se le aceleró el pulso.


–¿En paz? –le espetó él–. No he tenido paz desde que tu hermano desapareció con un millón de euros y te dejó a tí para fingir su inocencia. ¿Qué tienes planeado, Paula? ¿A qué estás jugando? Te aviso de que te vas a quemar, si pretendes jugar con fuego.


Su intensa mirada era capaz de derretir a cualquiera. Paula logró zafarse de su mano.



Prisionera De Tu Amor: Capítulo 15

Además, había unos cuantos armarios empotrados, una cómoda y mesitas de noche. Lo sorprendente era que no había nada que pareciera demasiado personal. No había fotos, ni recuerdos, ni adornos. Solo algunas ropas tiradas en una de las sillas y las sábanas revueltas. Antes de concentrarse en la cama, Paula decidió asomar la nariz a una de las puertas, que daba a un vestidor, y a otra, que daba al baño. La bañera parecía lo bastante grande como para una equipo de fútbol entero. Entonces, se puso a limpiar el baño, intentando no dejarse distraer por su aroma, que estaba en todas partes. Tomó un frasco de colonia, lo destapó y lo olió, antes de dejarlo a todo correr. Enfadada consigo misma por comportarse como una tonta, terminó de limpiar y regresó al dormitorio. Quitó las sábanas usadas, intentando no imaginarse su cuerpo desnudo y caliente cubierto con ellas. ¿Dormiría desnudo?, se preguntó. Parecía la clase de hombre que sí lo haría… Se quedó paralizada, conmocionada por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. Pero no podía evitar preguntarse cómo sería Pedro Alfonso desnudo. La temperatura le subió al instante. Tenía que reconocer que él había logrado lo que ningún otro hombre. Había conseguido despertar sus hormonas aletargadas. Y era humillante que el primer hombre al que deseaba era el que menos se fijaría en ella. A menudo, se había preguntado por qué nunca le habían excitado otros chicos en la universidad. Su falta de interés en el sexo cuando había salido con alguno le había ganado la reputación de frígida. Por eso, se había encerrado en sí misma, para no exponerse a más burlas. Paula hizo la cama tratando de ignorar la suave impronta del cuerpo de él en el centro del colchón. Cuando terminó, dio un repaso más a todas las salas de la suite y recogió sus materiales de limpieza. Entró en el dormitorio una vez más, recorrió con la mirada la cama perfectamente hecha y, cuando estaba a punto de salir, algo llamó su atención en el exterior. Se acercó a la ventana y lo que vio le hizo contener la respiración. El sol se estaba poniendo en el horizonte, bañando los prados con una hermosa luz dorada. No había caballos entrenando ya, pero ella los imaginaba como si estuvieran allí. Sumida en la belleza del paisaje, se sentó en un enorme sofá que había frente a la ventana para disfrutar de las vistas un momento. Sabía por qué siempre había evitado el contacto físico. Se había quedado sin madre a edad muy temprana y su padre había estado demasiado destrozado como para ocuparse de ella y sus hermanos. Siendo niña, había comprendido que lo mejor que había podido hacer había sido tragarse su dolor, sabiendo que el resto de su familia tenía bastante carga ya. Había sido más fácil para ella bloquear sus emociones y concentrarse en su sueño de convertirse en jockey. Pero, a veces, el hondo dolor de su duelo contenido la atenazaba el pecho. Y, a veces, cuando veía a su hermana Delfina con su marido y comprendía el bello vínculo que había entre ellos, sentía envidia de su relación. Sin embargo, no podía imaginarse a sí misma amando tanto a alguien. Su miedo a la pérdida era demasiado grande. Hasta ese momento, había rehuido el sexo porque el precio de intimar con alguien le parecía demasiado alto. Aun así, cuando pensaba en Pedro Alfonso, lo que menos le importaba era el precio a pagar.


Pedro estaba cansado y frustrado. Se había pasado los últimos tres días trabajando intensamente en una de sus más brillantes promesas, un caballo llamado Sur La Mer. Iba a correr dentro de unas semanas en Francia, pero ninguno de sus jockeys parecía capaz de hacer que el animal rindiera todo lo que podía. Además, se sentía frustrado en otra área mucho más difícil… El sexo. No estaba acostumbrado a experimentar frustración sexual. Cuando deseaba a una mujer, la poseía y la olvidaba. Pero solo un mujer había dominado sus pensamientos mientras había estado en Francia. Paula Chaves. Había asistido a una gala benéfica de la alta sociedad que había estado llena de mujeres hermosas. Ninguna había suscitado su interés. Al contrario, había terminado preguntándose qué aspecto tendría Paula con uno de esos exquisitos vestidos, en vez de con los vaqueros gastados que solía llevar, ajustados a unos muslos largos y firmes. Maldiciendo para sus adentros, se dirigió a su dormitorio, pensando en darse una ducha fría e irse a la cama. Pero, cuando abrió la puerta, notó que algo pasaba. Todos sus instintos se pusieron alerta.