martes, 17 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 43

 —Candela —dijo Pedro, levantándole el rostro con dos dedos en la barbilla—, somos amigos. Si me necesitas, llámame. Así de simple.


—De acuerdo —dijo Candela finalmente—. Pero, ¿Podrías hacerme un favor? No se lo digas á nadie, ni a tu hermana.


—¿Por qué? No tienes por qué avergonzarte de ello.


—Ya lo sé —dijo Candela, con la vista baja—, pero me da vergüenza. 


—Si eso es lo que quieres... —dijo Pedro, dándole unas torpes palmaditas en el hombro. No comprendía, pero respetaba sus deseos.


—Muchas gracias por todo —dijo Candela, inclinándose hacia delante con los labios ligeramente fruncidos.


Pedro esperaba un beso en la mejilla, pero en lugar de ello, Candela plantó sus labios firmemente en los de él y le rodeó el cuello con los brazos. Sobresaltado, esperó a que ella acabase el beso para separarse y liberarse de su abrazo.


—¿Y eso, por qué?


—Por ser tan buen amigo —dijo Candela con una sonrisilla—. Antes no te importaba que te besase.


—De eso hace mucho tiempo. 


—SL «a.P.» —dijo ella después de contemplarlo un largo rato.


—¿«a.P,»? —ahora sí que no comprendía nada.


—Antes de Paula. Es gracioso cuando piensas en ello —dijo Candela con una sonrisa resignada—. En el instituto, yo lo tenía todo y Paula no tenía nada. Ahora ella es la que lo tiene todo.


Pedro se la quedó mirando, incrédulo. Estaba claro que él no era el único que se comportaba de forma extraña.


—Tienes a Abril. Tienes a tus amigos y a tu familia. ¿Te parece eso poco?


—Ya lo sé, tienes razón —dijo Candela, tras una larga pausa.


—Uno de estos días encontrarás a alguien que te merezca. Alguien que te quiera tanto como yo quiero a Paula.


—Hace rato que dejé de esperar al príncipe azul —dijo Candela con un suspiro—. Pero tu eres lo más cerca que he llegado y tengo que confesar que esperaba que estuvieses disponible cuando yo pudiese volver a pensar en tener una pareja estable.


Pedro solo sonrió y se encogió de hombros. Candela y él se conocían tanto que, de suceder algo entre ellos, ya habría sucedido. Ella tenía que saberlo tanto como él. No, Paula y él eran quienes tenían que estar juntos. Lo único que tenía que hacer era tener paciencia hasta que ella lo descubriese por sí misma.  La hamaca del porche crujió cuando ella se inclinó a darse la última mano de esmalte a las uñas de los pies. En vez de salir con sus compañeros de trabajo, había pasado la velada con su hijo, haciendo pizza y jugando al Monopoly. Aunque experimentó un momento de incertidumbre al cancelar el plan, la alegría de Baltazar cuando se enteró de que ella se quedaba es casa con él hizo que sus dudas se esfumasen enseguida. El niño se divirtió tanto ganándole que, cuando llegó la hora de irse a la cama, le rogó que lo dejase un rato más, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos. Y se durmió casi antes de que su cabeza tocase la almohada.



Paula comenzaba a creer que sus sueños se podrían convertir en realidad después de tantos años pensando que su vida había acabado casi antes de empezar. Quizá algún día los tres serían una familia, pero antes de que ello sucediese, Pedro y Baltazar tendrían que enterarse de la verdad. Pero ¿Cuándo se lo podría decir? ¿Y si ambos se sentían engañados y no la perdonabas? Ya no podía hacer nada al respecto. Cuando llegase el momento, lo único que podía hacer era ser honesta y esperar que comprendiesen. De momento, se concentraría en disfrutar todo lo que tenía. Se columpió lentamente, escuchando las cigarras y los grillos de la noche estival.


—¿Tienes patatas para acompañar la gaseosa?


—¡Pedro! —dijo Paula, sobresaltada. Su aspecto, trajeado y con corbata, indicaba que él venía directo de la cena de la Cámara de Comercio—. ¿Qué haces aquí?


—Alguien me dijo que aquí daban refrescos y patatas —dijo él con su sonrisa cautivadora.


—Pensé que con el pollo de plástico no tendrías más hambre — bromeó Paula, que hubiese dada cualquier cosa por haberlo comido.

Traición: Capítulo 42

 —¿En serio? —preguntó Candela, lanzándole una mirada especulativa—. No me digas que ya han roto.


—¿He dicho yo eso? —preguntó Pedro, irritado.


—No exactamente —dijo Candela, levantando una perfilada ceja—. Pero si están juntos, ¿Por qué no va a la cena contigo?


—Porque —dijo Pedro, imitándola—, tenía planes con amigos en Kansas City.


—Kansas City —repitió Candela, simulando un escalofrío—. Cada vez que voy allí, tengo la horrible sensación de que me voy a topar con Martín en cualquier esquina.


—No estabas nerviosa cuando fuimos a Worlds of Fun.


—Porque estaba contigo —dijo ella—. Y porque me acordé de lo mucho que Martín odiaba ese sitio.


Aunque Candela intentaba no darle mayor trascendencia, la tensión se le notó en el rostro.


—¿Te sigue amenazando?


—¿Te refieres a las llamadas que me hacen desde cabinas telefónicas? ¿Las que la policía dice que no puede resolver? —preguntó Candela, echándose atrás un mechón de pelo con una risa amarga—: Todas las semanas.


—¿Lo has visto?


—Hace meses que no —dijo ella, negando con la cabeza—. Desde aquella vez que me siguió por toda Kansas City. Me da miedo que se aparezca por aquí. Odio que no estén mis padres. No le tengo confianza. Ni un ápice.


—Al menos tienes la orden del juez —dijo Pedro. La última vez que Candela había visto a su marido cara a cara, acabó en el hospital.


—Como si sirviese de mucho—dijo ella—. Créeme, si Martín quiere acercarse a mí, lo hará, aunque el juez se lo haya prohibido.


—Si aparece, llama al sheriff.


—¿Juan? —dijo Candela con ironía—. Es genial para rescatar gatitos de los árboles, pero no se puede contar con él en una verdadera crisis. Y Hugo tampoco es mucha cosa —carraspeó y apartó la vista.


Parecía despreocupada, pero Pedro percibió el miedo que ella reprimía. Se notaba en el temblor de sus manos, en la expresión de sus ojos y en su voz ahogada. Aunque ella hacía lo posible por ser valiente, sabía el daño que le había hecho el último encuentro con su esposo. ¿Qué tipo de hombre era el que pegaba a una mujer? Nunca había podido tolerar semejante comportamiento y por ello había roto su amistad con Javier Royer. Lo que no comprendía era cómo su mujer no lo abandonaba. Pero hasta que Javier reconociese que tenía un problema y pidiese ayuda, no quería tener ninguna relación con él.


—Si alguna vez necesitas ayuda —le dijo a Candela—, quiero que me llames.


—Tu tienes tu propia vida —dijo Candela—. No puedo pretender que vengas corriendo porque…


—A cualquier hora —dijo Pedro con firmeza, interrumpiendo sus protestas—. Tienes el número de mi móvil. Si necesitas ayuda, me llamas. ¿De acuerdo?


—¿Estás seguro de que no te importaría? —dijo Candela, escrutándole la mirada como buscando algún signo de duda—. Sería solo mientras mi padre no esté en el pueblo...

Traición: Capítulo 41

Porque no era una cita, sino salir con un grupo de amigos del trabajo, se dijo. Y él se había dado cuenta de lo importante que era para ella salir con sus amigos, aunque ella intentase simular que no le importaba. La vez anterior había sido un egocéntrico. No permitiría que ello volviese a suceder. Cuando se asegurase de que ella estaba lista para oír lo que tenía que decirle, le diría lo que sentía por ella. Y por Baltazar. Porque sabía que los dos venían en el mismo paquete. Y le parecía perfecto. Baltazar era un buen niño. Un niño del que cualquier padre se sentiría orgulloso.


—Pedro.


El inesperado sonido de su nombre lo sacó de sus ensoñaciones. Candela, que llevaba un fresco vestido blanco con florecillas, lo llamaba desde la acera. Pedro paró la máquina y se dirigió hacia ella. 


—¿Qué pasa? —te preguntó.


—Una noticia estupenda —dijo Candela, recorriéndole el cuerpo con una mirada apreciativa antes de mirarlo a los ojos—. Esta noche iré a la cena en vez de mi padre.


—¿De veras? —preguntó Pedro, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Y tu padre?


—Mi madre y él se han ido a Denver esta tarde —dijo Candela—. Mi hermana acaba de tener el niño.


—Dale mi enhorabuena —dijo Pedro, que ni sabía que la hermana de Candela estuviese embarazada—. ¿Su marido no es militar?


—Está en Croacia —dijo Candela, asintiendo con la cabeza—, así que mis padres han ido a ayudarla un poco. Se quedarán unas semanas. Martín no sirvió de mucho cuando Abril nació, pero peor es nada. No puedo imaginarme lo que será tenerlo sola.


Sus palabras hicieron que Pedro recordara a Paula. Tuvo que haber sido difícil para una adolescente sola en una ciudad con un bebé prematuro.


—Entonces, ¿Puedes recogerme? —dijo Candela, mirando a Pedro con expectación.


—Quizá —dijo Pedro, intentando mantener la cara inexpresiva.


—¿Quizá? —se extrañó Candela—. ¿Qué tipo de respuesta es esa? O me llevas a la cena o no me llevas.


—Por supuesto que pasaré a buscarte —le dijo Pedro sin alterarse—. ¿Por qué necesitabas que te llevase?


—Porque mi coche está en el taller. Le están haciendo los frenos — dijo ella, un tanto exasperada—, y no quiero caminar una milla y media con tacones.


—No te enfades —dijo Pedro con una carcajada—. Te dije que te llevaría.


—¿Y Paula?


—¿Qué pasa con ella? —pregunté Pedro sorprendido.


—Se dice que están saliendo juntos —dijo Candela con los ojos brillantes de curiosidad—. ¿Estás segura de que no la molestará que vaya con ustedes?


—Paula no viene. 

jueves, 12 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 40

 —¿De veras? —dijo Pedro—. ¿Cómo está?


Paula notó con cierto recelo la aparente indiferencia de Pedro.


—Supongo que bien —dijo—. Al menos, a mí me lo pareció. Hablamos poco. Vive con su mujer en Overland Park y tienen dos varones.


—Entonces él y Daniela siguen juntos —murmuró Pedro.


—Si quieres, quizá podamos reunimos con ellos...


—No me parece una buena idea —dijo Pedro, interrumpiéndola—. Javier y yo éramos amigos en el instituto, pero de eso hace ya mucho tiempo.


Aunque Paula no comprendió qué pasaba, no insistió. Después de todo, Javier nunca le había gustado demasiado, así que ¿Por qué iba a molestarla que Pedro no quisiese relacionarse con él? Lo importante era que iba a ir con ella al partido de golf de la empresa. Titubeó, incómoda por su inseguridad después de todo ese tiempo.


—Entonces, a la fiesta de la Cámara, ¿Tienes que ir acompañado? — preguntó, simulando que no le interesaba demasiado—. Porque si lo es, a mí no me importaría cambiar de planes, suponiendo que quisieras que te acompañase.


Pedro se removió en la silla.


—Me encantaría que vinieses, pero como seré el maestro de ceremonias, no podré estar mucho tiempo contigo, así que mejor sigue adelante con tus planes.


—A mí no me importaría —dijo Paula, en tono frívolo—. Podría ser divertido. Ya sabes, comer pollo de plástico y reírme del maestro de ceremonias —acabó con una maliciosa sonrisa.


—Está claro que eres una experta en el tema —dijo Pedro.


—En serio, si quieres que te acompañe, iré.


—Te lo agradezco mucho —dijo Pedro, alargando una mano por encima de la mesa para estrecharle la suya—. Pero no te pediré que canceles una salida con tus amigos por algo como esto. Bastante es haberte dejado plantada.


La desilusión pesaba como una losa en la boca del estómago de Paula. ¿No quería que fuese con él? Le escrutó el rostro, pero no estuvo segura de ello.


—La única pega de salir con mis amigos es que el plan era para parejas —dijo, sin perder la esperanza de que él la invitase a la cena de la Cámara. Pero él no dijo nada—. Supongo que podré pedirle a uno de los chicos de la empresa que me acompañe —añadió, intentando llenar el extraño silencio—. Alguien dijo que Pablo, el de Contabilidad, vendría.


Pedro tensó la mandíbula, y Paula sintió una absurda satisfacción. Esperó que protestara diciéndole que no le gustaba que ella saliese con otros hombres, pero él tomó otro sorbo de té.


—Es bueno conocer gente de otras áreas de la empresa —dijo, mirándola a los ojos—. ¿Por qué no se lo dices?


Paula se lo quedó mirando un rato.


—Es verdad, ¿Por qué no se lo digo? 




En vez de volver al banco después de salir de la casa de Paula, Pedro se fue a su casa y sacó la máquina de cortar el césped del garaje. Le llevó solo dos vueltas alrededor del jardín convencerse de que decididamente se había vuelto loco. ¿Qué otra explicación podía haber para su comportamiento? Cortar el césped con el calor y la humedad que hacía tente tanto sentido como alentara la mujer que amaba a que saliese con otro hombre. Se detuvo en seco al darse cuenta de que se había enamorado de Paula Chaves y se preguntó luego por qué le resultaba tan sorprendente. Ella tenía todo lo que siempre había deseado en una mujer. ¿Por qué, entonces, le había dado su bendición? 

Traición: Capítulo 39

 —De Nicolás —dijo Baltazar.


Nicolás era el mejor amigo de Baltazar desde preescolar. Cuando se acababan de mudar a Lynnwood, lo mencionaba constantemente, pero desde que se hizo amigo de Mateo, hablaba poco de él.


—Tú también has recibido algo de Washington —dijo Baltazar, arrojándole un sobre.


Paula lo agarró y le dió la vuelta, esperando encontrarse con una cuenta. Carlyle Consulting. El corazón le dió un vuelco. La respetada consultaría había sido la empresa en la que más le hubiese gustado trabajar cuando buscaba empleo. Aunque habían expresado interés e incluso le habían hecho una entrevista, no tenían ninguna vacante en aquel momento. Abrió el sobre y sacó la carta, leyéndola rápidamente. Los ojos se le abrieron como platos. La releyó y lanzó una risa ahogada.


—¿Qué pasa, mamá?—preguntó Baltazar preocupado—. ¿Algún problema?


—No, en absoluto —dijo Paula, moviendo la cabeza, incapaz de creérselo. Era irónico. Hacía tres meses, habría dado brincos de alegría ante su oferta: El doble de su antiguo salario y además, coche de la empresa—. Es una oferta de trabajo de una de las consultorías más importantes de Washington.


—No nos volveremos, ¿No? —preguntó Baltazar, inquieto—. A mí me gusta aquí.


—A mí también —dijo Paula, sonriendo para tranquilizarlo. Dobló nuevamente la carta y la metió en el sobre. 


Más tarde, cuando hiciese las cuentas de la casa, les escribiría una nota de agradecimiento declinando la oferta. El puesto no estaría libre hasta después del Día del Trabajo. Eso les daría tiempo suficiente para buscar a alguien más.


—No nos iremos a ningún sitio.


¿Por qué hacerlo? Lynnwood era su hogar y todo lo que siempre había deseado se encontraba allí.


—Pero yo entendí que este sábado podías —dijo Paula, manteniendo la calma con un esfuerzo.



—Ya sé que te lo dije —dijo Pedro. Mordió el sándwich que Paula le había preparado de comer y masticó un momento—. Pero eso fue antes de que Sergio Ketterer dijera que no podía ser el maestro de ceremonias de la cena anual de la Cámara de Comercio.


—Pero, ¿Por qué tienes que hacerlo tú? —dijo Paula. Aunque no le gustaba presionarlo, semanas atrás hablan decidido salir con la gente del trabajo y le causaba ilusión hacerlo.


—Son funciones que van con el puesto —dijo Pedro. Se encogió de hombros y tomó un sorbo de té helado—. Soy el anterior presidente de la Cámara.


La miró con ternura y ella se dió cuento de que él percibía su desazón.


—No sabes cuánto lo siento —prosiguió él—. Tenía muchos deseos de conocer a tus compañeros de trabajo.


Paula sintió una opresión en el pecho.


—Estoy seguro de que comprenderán —añadió Pedro al ver que ella no decía nada.


—Seguro que sí —dijo Paula—. Pero quería que los conocieses un poco antes del día del golf.


—¿Cuándo era eso?


—El sábado que viene no, el siguiente —dijo ella, mientras la invadía una sensación de inquietud. Se enderezó en la silla y lo miró a los ojos—. Sigues con idea de venir, ¿No?


—No me lo perdería por nada del mundo —dijo Pedro sonriendo para tranquilizarla—. Tengo muchos deseos de conocer a tus amigos.


Paula se sintió mejor. Durante un segundo había resurgido su antigua inseguridad, haciéndole preguntarse si él no querría que lo vieran con ella.


—No te imaginas a quién he visto en el banco —dijo. Las campanadas del reloj del salón le recordaron que ya era hora de que Baltazar comenzara a prepararse para ir al entrenamiento—. A Javier Royer. 

Traición: Capítulo 38

 —Increíble —dijo Paula. Se preguntó hasta dónde habrían llegado ella y Pedro si no hubiesen llegado los alguaciles.


—Bien, perdón por haberlos molestado —dijo Rodrigo, tocándose el ala del sombrero—. Que disfruten del resto de la velada.


Paula esperó hasta que hubiesen desaparecido antes de hablar.


—En cuanto se vayan, será mejor que nosotros nos vayamos también.


—¿Estás segura de que no deseas mirar las estrellas un poco más? — preguntó Pedro, mirándola a los ojos.


—No es exactamente por falta de deseo —dijo Paula, recordando el juramento que había hecho sentada sola en el minúsculo apartamento con su recién nacido: Nunca haría el sexo antes del matrimonio. Todos aquellos años no había sido difícil guardarlo... Hasta ese momento.


—No, desde luego que no —dijo él, rozando con sus labios los de ella antes de ponerse de pie y darle la mano para ayudarla a levantarse.


—¿Y adonde nos dirigimos ahora, Pedro? —preguntó Paula, alisándose el vestido con la mano.


—Ahora te llevaré a casa. Como te dije, no tenemos que apresurarnos —dijo Pedro, pasándole un brazo por los hombros—. Me gustas, Paula Chaves, y esta vez lo vamos a hacer bien.


«Esta vez lo vamos a hacer bien».



Paula recogía la mesa del desayuno, incapaz de creer cuánto había cambiado desde la noche en que él había dicho aquellas palabras. Habían ido despacio, conociéndose nuevamente. Cuando Baltazar tenía que entrenar, Pedro se encontraba con ella en el campo y miraban el partido juntos. Los fines de semana, ella y Pedro iban a un concierto o al cine. Aunque su relación no era un secreto, ella dudaba que la gente de Lynnwood supiese que estaban saliendo juntos. Aunque él era afectuoso en privado, después de la noche de los bolos no la había ni tomado de la mano en público. Sus dudas se vieron confirmadas cuando se encontró con Candela en la tienda, que le había dicho que tenía que llamar a Pedro para «Verse». Se había mordido la lengua. ¿Cómo iba a decir que Pedro ya estaba ocupado cuando no había ningún compromiso serio? Después de todo, no habían hablado de matrimonio y su dedo anular estaba desnudo. Pero el comportamiento de él durante las últimas semanas la había tranquilizado casi completamente. Aunque nunca comprendería cómo había podido ser tan canalla, estaba convencida de que él había cambiado. Se oyó un portazo y segundos más tarde Baltazar irrumpió en la cocina. Sonrió al ver su expresión excitada.


—¿Qué pasa?


—He recibido una carta —dijo Baltazar, mostrando el sobre—. De Washington.


—¿De quién? —preguntó Paula. 

Traición: Capítulo 37

Echó la cabeza hacia atrás mientras Pedro la besaba en el cuello.


—¿Sigues aburrida? —le susurró, haciéndola sonreír.


—Quizá un poquito —mintió con cara seria, observándolo tras las pestañas bajas—. Esto es bastante inocente.


Pedro la contempló durante un largo rato antes de que su mano le tomase el rostro para mirarla a los ojos.


—Esta vez quiero hacerlo bien —le dijo suavemente—. No quiero ser apresurado.


Lo que Pedro decía era lógico. Pero llevaba diez años alejada de aquel hombre. Y ahora había vuelto, despertando con un beso y una suave caricia emociones que creía olvidadas.


—¿Quién ha hablado de apresurarse? —susurró Paula—. Tenemos toda la noche.


Pedro le recorrió el rostro con la mirada y buscó en sus ojos hasta que esbozó una leve sonrisa.


—Tienes razón —dijo él—. Tenemos todo el tiempo del mundo.


Reclamando sus labios, la estrechó contra su cuerpo. Paula abrió su boca a la presión persuasiva mientras le hundía los dedos en el espeso cabello. Se besaron hasta que el aliento de Pedro ardió contra su mejilla, hasta que sus pechos se apretaron contra la fina tela de su vestido, hasta que lo único que ella deseó fue a él. Como si le hubiese leído el pensamiento, él deslizó su mano dentro del vestido para abarcarle con ella un pecho. Ella se movió ante su contacto, abriéndose a las sensaciones que había olvidado hacía tiempo. Cuando pensaba que se moriría de anhelo, él le rozó con el pulgar la hinchada cúspide. Paula se arqueó hacia atrás y el deseo se convirtió en una ardiente necesidad. Pedro sonrió, apartando la tela del vestido. Inclinó la cabeza para seguir el camino que había trazado su mano. Ella se estremeció mientras la mano masculina se movía más abajo...


—Tienen que estar por aquí —dijo una voz masculina.


Pedro se quedó petrificado y Trish se envaró. 


—Ay, estos chavales —dijo una voz que procedía de donde habían estacionado el coche.


—¿Tienes una linterna?


Presa del pánico, Paula miró a Pedro. Dios santo, no era solo un hombre. Eran dos. Pedro se llevó un dedo a tos labios y se sentó lentamente. Ella se acomodó el vestido y se pasó los dedos por el pelo, con el pulso latiéndole desbocado. Él alisó la manta y le dió un tranquilizador apretón de manos cuando los dos alguaciles aparecieron en el claro. El haz de la linterna se posó brevemente en Paula antes de dirigirse a Pedro.


—¡Anda, si es Pedro Alfonso! Ví el todoterreno, pero no me dí cuenta de que era suyo. No esperaba encontrarlo aquí.


—Yo tampoco, Rodrigo —rió Pedro—. Paula y yo subimos aquí a mirar las estrellas. Espero que no haya una ley que lo impida.


—Por supuesto que no. Pero la mayoría de los que suben aquí son chavales. Y la mayoría vienen a hacer cosas que no son exactamente mirar las estrellas.


—Es difícil de creer —dijo Pedro—, en un sitio tan público como este.


A Paula se le subieron los colores al pensar lo expuesta que se había encontrado unos minutos antes.


—Se les suben las hormonas —dijo Fred con una risa abogada—, y lo hacen en cualquier lado.