martes, 10 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 36

 —A veces. Pero generalmente tenía tanta prisa por verte, que Candela tenía que contentarse con un beso o dos ante su puerta.


—¿Contentarse? —preguntó Paula, burlona.


Pedro sonrió con modestia y se concentró en conducir. Después de una curva, salió del asfalto y se metió en un camino de grava.


—¿En serio que me llevas allí? —preguntó Paula.


—A menos que no quieras... —dijo Pedro, mirándola de soslayo.


—No. Vayamos —dijo Paula. Se enderezó y miró hacia delante con las mejillas como dos tomates—. Nunca he subido de noche.


Pedro metió el cambio, ¿qué era lo que su madre siempre decía? Ah, sí. Todavía falta lo mejor. Sonrió y apretó el acelerador.  Con los dedos entrelazados detrás de la cabeza, Paula miraba el cielo. Se había preguntado qué intenciones tendría Pedro al sacar una manta del maletero, pero cuando él le explicó que conocía un sitio con hierba que les permitiría mirar mejor las estrellas, suspiró aliviada. Conversaron un rato sentados, pero cuando él sugirió que se echaran hacia atrás y se relajasen, el pulso se le aceleró. Hasta aquel momento, lo único que habían hecho era relajarse. Y, por supuesto, mirar las estrellas.


—¿En qué piensas?—preguntó Pedro suavemente, rompiendo el silencio.


Paula sintió cómo se ponía colorada y agradeció la oscuridad


—Me preguntaba qué tendría de especial venir aquí arriba.


—¿No te gusta?—preguntó Pedro, incorporándose sobre un codo.


—Está bien —dijo Paula, haciendo un encogimiento de hombros—. Pero es un poco aburrido.


—Oh, ya comprendo —dijo Pedro. A pesar de la poca luz, Paula vió cómo le relucían los ojos—. La señorita quiere un poco de acción.


Sin decir nada más, el brazo de Pedro se deslizó sobre Paula y la apretó contra sí. Ella lanzó una risilla, sintiéndose nuevamente como una estudiante. Se arrebujó contra él e inspiró su aroma.


—¿Ahora está mejor? —preguntó Pedro con voz ahogada en su oído.


—Abrazarse es bonito —concedió ella.


—¿Bonito? —dijo Pedro con fingida indignación—. Es nuestra primera cita. Intentaba ser caballeroso.


—Es nuestra segunda cita. Y no es necesario que seas caballeroso hasta ese extremo —dijo Paula, envalentonada por el deseo de sentir sus labios contra los suyos—. Puedes besarme si quieres. No me importaría.


—No es necesario que lo pidas dos veces —dijo Pedro.


—No te lo he pedido...


Los labios de Pedro ahogaron sus palabras y Paula decidió que no importaba quién lo había pedido, porque había conseguido lo que quería. Los labios de él eran suaves y dulces y ella se relajó en sus brazos, disfrutando con su contacto. La besaba como si hubiesen tenido todo el tiempo del mundo. Se le hizo un nudo en la garganta al darse cuenta de lo mucho que lo había extrañado todos aquellos años. 

Traición: Capítulo 35

 —No —dijo él—. Por supuesto que no.


—Entonces, ¿Por qué nunca me presentaste a ninguno de tus amigos? ¿Por qué nunca tuvimos una cita de verdad?


Después de todos aquellos años, Pedro no estaba seguro de por qué le importaba tanto a ella, pero se notaba que así era. Se movió en la silla, incómodo.


—La verdad —dijo, haciendo un gesto con las manos y decidiendo que lo mejor sería ser honesto—. No se me pasó por la cabeza.


—¿Nunca se te ocurrió? —preguntó Paula, incrédula.


—Nunca —dijo Pedro, dudando de poder hacerla comprender algo que ni él mismo comprendía—. Yo tenía mis amigos y supuse que tú tendrías los tuyos.


—Sí, claro... —dijo Paula, encogiéndose de hombros.


Pedro se sintió avergonzado al pensar en como le había fallado.


—Daría cualquier cosa por dar marcha atrás en el tiempo.


Se quedaron en silencio durante un largo rato. Pedro se preguntó si todo habría sido diferente con Paula formando parte de su vida entonces. ¿Sería su esposa ahora? ¿Y Baltazar, sería su hijo?


—No podemos volver atrás, pero sí que podemos empezar de nuevo —dijo Paula finalmente.


Paula pensó un momento en la idea, llena de ilimitadas posibilidades.


—Me gusta la idea de volver a empezar —dijo finalmente—. Hoy podría ser un comienzo nuevo, como una primera cita.


—¿Y la semana pasada cuando fuimos al cine y a cenar a Kansas City?


—De acuerdo, esta es nuestra segunda cita —dijo Pedro, entusiasmándose con la idea.


Paula estuvo de acuerdo con él y después de terminarse la pizza, se dirigieron a Lynnwood Lanes para jugar a los bolos «A la luz de la luna». Pedro pronto se dió cuenta de que Paula no era una profesional e insistió en abrazarla para «Enseñarle», pero no logró grandes progresos, aunque eso a ella no pareció importante demasiado. Y a Pedro, tampoco. Le gustaba tomarle el pelo y especialmente tenerla entre sus brazos. Parecía que apenas habían empezado cuando acabó el partido. 


—Quizá ha sido mejor que no estuviésemos juntos entonces —dijo Paula con una sonrisa mientras se desataba los zapatos de la bolera—. Eres un pulpo.


—Y esto es solo el principio —dijo Pedro, guiñándole un ojo.


Ella rió. Dejaron los zapatos sobre el mostrador y se dirigieron al coche.


—Me lo he pasado genial, Pedro —dijo Paula con una sonrisa satisfecha—. Si tener una cita en el instituto era así, lamento habérmelo perdido.


—La noche es joven aun —dijo Pedro sonriente, abriéndole la puerta del coche—. Todavía nos quedan cosas que hacer.


—¿De veras? —preguntó Paula sorprendida—. Es casi la medianoche. ¿Qué más hay abierto en el pueblo?


—No es en el pueblo —dijo Pedro, cerrando su puerta. Silbaba cuando rodeó el todoterreno y se sentó—. Vamos a Grogan’s Point.


Puso el coche en marcha y metió la marcha atrás, retrocediendo.


—¿Estás de broma? —dijo Paula—. Todos saben que la única razón para ir a Grogan’s Point es para besarse y tontear.


—Exacto —dijo Pedro—. Hace diez años era el sitio de moda para hacerlo.


—¿Allí llevabas a Candela?


Pedro le dirigió una mirada de curiosidad. 

Traición: Capítulo 34

Candela no respondió inmediatamente. Tomó un sorbo de su bebida con la mirada perdida en la distancia. Finalmente, cuando Paula había comenzado a preguntarse si Candela le respondería, habló.


—Estoy saliendo de un mal matrimonio, un matrimonio realmente malo —dijo, con la voz tensa—. Es demasiado pronto para pensar en una relación seria con nadie. Pero si alguna vez decido dar el gran paso nuevamente, creo que lo haría con alguien como Pedro. Es el mejor. Pero estoy segura de que tú ya lo sabes.


Paula sonrió. Sabía que la mayoría de la gente de Lynnwood estaría de acuerdo con Candela. Pedro tenía fama de ser un empresario trabajador, un miembro activo de la comunidad y, tal como Candela había dicho, un hombre estupendo. Quizá, si te daban la oportunidad, incluso sería un buen padre.


—¿Crees que la gente puede, cambiar? —preguntó abruptamente.


—¿En qué aspecto? —preguntó Candela, extrañada.


—Por ejemplo, si una persona es egoísta y egocéntrica de joven, ¿Crees que una persona así puede cambiar? ¿O crees que esas características son parte de la personalidad básica de una persona?


—Creo que las personas pueden cambiar y lo hacen —dijo Candela y se quedó en silencio un rato—. Algunos mejoran, algunos empeoran. Con el transcurso del tiempo, la gente muestra realmente cómo es. Basta con que les des la cuerda para que se ahorquen solitos o se salven. Mira a mi ex marido, por ejemplo. Cuando estábamos de novios, tenía el carácter fuerte, pero con el paso de los años se convirtió en un ser realmente malo.


Mientras Candela seguía parloteando, Paula pensaba en otra cosa. Le había dado mucho que pensar. Quizá Pedro no era el mismo egocéntrico que le había roto el corazón. Baltazar lo adoraba. Pero antes de permitir que Pedro participase más de la vida de su hijo, haría lo que Candela sugería y pasaría más tiempo con él. Lo conocería mejor, vería si realmente había cambiado. Después de todo, ¿Qué podía perder?


—Me alegro de que fueses a buscarme —dijo Paula, limpiándose los labios delicadamente con la servilleta de papel—. Esta pizza es la mejor del pueblo.


—Al estar Baltazar de campamento con los chicos de la iglesia, me pareció que tendrías deseos de un poco de compañía —sonrió Pedro—. Después de todo, ¿Qué ibas a hacer con tanto tiempo libre?


—Ya encontraría algo que hacer —dijo Paula con una sonrisa resignada.


Pedro no pudo evitar pensar lo guapa que se encontraba aquella noche. Aunque su vestido veraniego no fuese demasiado corto, dejaba al descubierto un amplio escote y mucha piel dorada. Se moría por tocarla desde que había ido a buscarla a casa. Al abrir la puerta del coche, ella había pasado a su lado, y había deseado tomarla en sus brazos en aquel mismo instante. Pero aquella noche era la noche de renovar su amistad, no de darse besos. Y Paula era una gran conversadora. Hacía rato que Pedro no se reía tanto. Pero entre su sugerente perfume y la forma en que ella se pasaba la lengua por los labios para limpiarse la salsa de la pizza, le estaba costando trabajo concentrarse.


—Es agradable tener la oportunidad de reanudar nuestra amistad — dijo Paula, jugueteando con la pajita de su bebida—. Aunque nos conocíamos en la secundaria, la gente cambia.


—No creo que hayamos cambiado tanto. Seguimos disfrutando juntos, igual que cuando teníamos dieciocho anos —dijo Pedro.


—Si disfrutabas tanto conmigo, ¿Por qué nunca me invitaste a salir? —pregunto Paula, inclinándose sobre la mesa con los ojos brillantes de curiosidad.


La pregunta lo tomó por sorpresa. Decirle que nunca se le había ocurrido invitarla a salir hubiese parecido ridículo, pero, desgraciadamente, así lo era. Masticó, haciendo tiempo.


—¿Te avergonzaba mostrarte conmigo en público? —insistió ella—. ¿Por eso? 

Traición: Capítulo 33

 —Ma siempre se queda conmigo cuando estoy enfermo —dijo Baltazar—, ¿A que sí, mami?


—Bueno, yo...—titubeó Paula.


—Una vez hasta tuvo que faltar a un examen importante —dijo Baltazar—. Yo tenía mucha fiebre. Cuarenta y nueve.


A Pedro le temblaron los labios.


—Querrás decir, cuarenta, cielo —dijo Paula con cariño—. Estabas muy malito.


—Abril no tenía fiebre —dijo Candela—. Bueno, quizá unas décimas. Pero eso es muy común cuando tienen otitis.


—Estoy segura de que está en buenas manos —dijo Paula con sinceridad.


—Mi hermana la cuidará bien, es verdad —dijo Candela, y su rostro se relajó—. Sabía que lo comprenderías; como tú también tienes que apañártelas sola... Hace rato que Pedro y yo habíamos planeado esta salida. No quería cancelarla.


—Pero era más para Abril que para nosotros —dijo Pedro—. Te dije que comprendería si te querías quedar en casa con ella.


—Pero no quería cancelar la cita —dijo Candela, colgándosele del brazo—. Estoy tan cansada de quedarme los fines de semana en casa sin hacer nada... Aunque no estoy segura de querer pasarlo montada en este monstruo —añadió, mirando hacia arriba y simulando un escalofrío.


—A mí me encanta la montaña rusa —dijo Baltazar—. Es espantosa. Mamá me prometió que esta vez iría conmigo. 


Pedro le sonrió al mito antes de mirar a Paula.


—Creía que no te gustaba.


—La odia —dijo Baltazar sin darle oportunidad de abrir la boca—. La última vez le vomitó encima a un señor calvo que se puso tan furioso...


—Basta, Baltazar —dijo Paula, apoyándole la mano en el hombro.


Pedro sonrió.


—Si quiere, se puede montar conmigo —dijo, lanzándole una mirada de soslayo a Candela—. A menos que tú quieras ir.


—Cedo mi asiento con todo gusto —dijo Candela con una carcajada y un gesto de la mano—. Vayan ustedes dos. Paula y yo nos sentaremos en la sombra de aquel árbol a descansar un rato.


—Que se diviertan—les dijo Paula. 


Baltazar se iba parloteando con Pedro y no le prestó atención. Paula y Candela intercambiaron sonrisas y se dirigieron al banco.


—¿Quieres? —preguntó Candela, alargándole el zumo.


—No, gracias —dijo Paula, negando con la cabeza.


Durante la siguiente media hora, Paula y Candela hablaron de todo y de todos, menos de Pedro. Finalmente, Paula no lo soportó más. Necesitaba saber qué había entre Pedro y Candela, así que cuando Candela mencionó a Pedro, aprovechó la oportunidad.


—¿Van en serio? —dijo Paula, esperando que su tono pareciese natural. 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 32

 —No sé por qué Pedro no ha venido con nosotros —dijo Baltazar por enésima vez—. A él también le gusta la montaña rusa.


Aunque Worlds of Fun había abierto solo por el día, el aparcamiento estaba lleno de coches. El sol brillaba y prometía ser un día hermoso. Paula se detuvo en el hueco más próximo.


—Ya te lo he dicho —dijo Paula, intentando hablar con calma y no prestar atención al tono quejumbroso de Baltazar—. Este es nuestro día especial. Pedro tiene su propia vida y nosotros tenemos la nuestra.


—Pero podría...


—Basta, Balta. No quiero oír más del asunto.


Baltazar la miró sorprendido y Paula intentó calmarse. No era necesario que se pusiese tan nerviosa. Que hiciese una semana que Pedro no la llamaba no era motivo para perder la paciencia con su hijo. Sonia le había dicho que estaba de viaje, pero ella sabía con certeza que había vuelto el día anterior. Había visto su todoterreno aparcado frente al banco el viernes. Pero no pensaría en ello. Iba a concentrarse en pasárselo bien con su hijo. Durante toda la semana había hecho el esfuerzo de que no se le acumulara la limpieza o la ropa y así poder dedicarle el sábado a Baltazar. Se habían levantado temprano para poder disponer de ocho horas completas de diversión en el popular parque de Kansas City. 


—Pasaremos un día genial —dijo, esbozando una radiante sonrisa con esfuerzo—. Hasta sería capaz de subirme a la montaña rusa, ¿Qué te parece?


—Pero siempre vomitas —dijo Baltazar—. Cuando fuimos a Six Flags, vomitaste encima de aquel hombre...


—Acababa de comer —dijo Paula, cuyo estómago comenzaba a revolverse al recordar el episodio—. Y el algodón de azúcar y la montaña rusa nunca han sido una buena combinación.


Una hora más tarde se encontraban frente al formidable Orient Express. La tortuosa estructura daba más miedo todavía vista de cerca y los alaridos de la gente le dieron escalofríos a Paula. Se le aceleró el pulso y gotas de sudor le brillaron en el labio superior.


—¡Hala! —exclamó Baltazar—. Lo pasaremos de miedo. Vamos a ponernos en la fila.


—¿Estás seguro de que quieres esperar? —preguntó Paula, haciendo todo lo posible por retrasar el momento fatídico—. La fila parece larguísima.


—Pero se mueve rápido —dijo una conocida voz masculina detrás de Paula.


—¡Pedro! —exclamó Baltazar, sonriendo.


Paula se dió vuelta lentamente, con el corazón golpeándola en el pecho.


—Qué sorpresa.


—Ya lo sé —dijo Pedro riendo—. Quién iba a pensar que nos encontraríamos aquí.


Desde luego que Paula no, o no se hubiese puesto una camiseta y un par de pantalones cortos de tela vaquera. Pedro, que llevaba pantalones cortos de color caqui y un polo azul marino, parecía haber salido de las páginas de una revista de moda.


—Estás preciosa, como siempre —le dijo.


Con las prisas, Paula apenas se había puesto maquillaje y se había atado el cabello en una coleta. ¿Preciosa? ¡Qué va!


—Pedro, ¿Estás seguro de querer montarte en eso? —preguntó Candela, acercándose con un zumo helado en una mano. Se detuvo en seco—. Hola, Paula, qué sorpresa. 


Paula deseó que la tierra la tragase. A pesar del calor, Candela estaba hecha una rosa, con un traje de pantalones cortos color limón y sandalias de finas tiras. Llevaba el cabello oscuro, con su perfecto corte, suelto sobre los hombros.


—Candela. Qué gusto verte —dijo Paula, superando su vergüenza. Recorrió con la vista la multitud—. ¿Y Abril?


—Iba a venir con nosotros —dijo Candela—, pero anoche se descompuso. Mi hermana la está cuidando hoy.


¿Había dejado a su hija enferma? Paula se mordió la lengua. Aunque nunca había dejado a Baltazar solo cuando se encontraba enfermo, había mucha gente que no pensaba igual.


Traición: Capítulo 31

 —Ni te lo imaginas —dijo Paula, echándose hacia atrás y dejando la cucharilla.


—Recuerdo que me decías que la extrañabas mucho.


—Como yo era única hija, no era solo mi madre, lo era todo, también mi amiga. Cuando mi padre nos dejó, fue duro. Pero cuando mi madre murió... —se interrumpió Paula para tragar el nudo de la garganta—, nunca me había sentido más sola.


—Tenías a tu abuela.


—Sí —dijo Paula—. Y ella hizo lo que pudo, dadas las circunstancias.


—¿Circunstancias?


—Era una anciana que tendría que haber estado jugando al bridge en vez de criar a una adolescente. Ella quería que mi padre se involucrase más, pero él no estaba interesado en ello —dijo Paula, desviando la vista y parpadeando—. Cuando mi madre murió, él ya tenía una segunda mujer y un bebé en camino. Así que mi abuela no tuvo más remedio que hacerse cargo de mí. Yo intentaba no molestar, estudiaba mucho, la ayudaba con la casa y... Comía. La comida sé convirtió en mi mejor amiga.


—Yo sabía que te resultaba duro, pero no que lo era tanto —dijo Pedro, alargando la mano por encima de la mesa para tomar la de ella—. Siento que hayas tenido que vivir todo aquello.


Las lágrimas hicieron que los ojos le escocieran, pero ella inspiró.


—¿Qué es lo que dicen? ¿Que lo que no mata nos hace más fuertes?


Pedro le apretó la mano antes de soltársela.


—Me hubiese gustado acompañarte.


—Y lo hiciste —dijo Paula, dándose cuenta de que era verdad—. Todas aquellas veladas en la hamaca del porche de mi abuela significaron mucho para mí.


—Lo dices por pura bondad. Me he dado cuenta de que como amigo no fui una maravilla.


—¿Por qué dices eso?


Pedro bajó la vista, con una expresión seria en su atractivo rostro.


—Por ejemplo, sabía que extrañabas a tu madre, pero nunca se me ocurrió siquiera invitarte para que conocieses a la mía.


—Tu madre ya tenía una hija —dijo Paula—. No necesitaba otra. 


—Sin embargo...


—En serio, Pedro —lo interrumpió Paula—, ni pienses en ello.


—Lo siento —dijo él—. Lo siento mucho.


—Ya te he dicho que no importa.


—Sí que importa —dijo él—. Quiero compensarte por ello.


—¿Compensarme? —se extrañó ella—. ¿A qué te refieres?


—Quiero que me des otra oportunidad para demostrarte la buen amigo que puedo ser —le dijo—. Empezaremos otra vez. Esta vez no te fallaré.


Paula lo miró a los ojos y se preguntó si seria tan tonta de considerar su oferta. ¿Pero no merecía todo el mundo una segunda oportunidad? Además, ella estaría en guardia. No le volvería a hacer daño, porque esta vez ella no se lo permitiría. 

Traición: Capítulo 30

 —Qué bien está jugando Baltazar —dijo Pedro.


Paula levantó la vista, sorprendida. Hacía dos semanas que venía a los partidos de Baltazar y era la primera vez que se encontraba con Pedro. Era la primera vez que lo veía desde que él le había preguntado si el niño era su hijo.


—¿Qué haces aquí? —le preguntó.


—He venido a ver el partido —le dijo él—. Toma, sujeta esto.


Pedro le pasó un vaso grande de gaseosa y puso su tumbona junto a la de ella al borde de la cancha.


—No, en serio —le dijo Paula—. ¿Por qué estás aquí?


—Porque —dijo él con una sonrisa cautivadora—. Hay alguien a quien quería ver.


Durante un brevísimo instante, Paula imaginó que iba a verla a ella, hasta que su mirada tropezó con Mateo, calentándose para entrar en el campo. Por supuesto. Había ido a ver jugar a su sobrino.


—Toma —dijo, devolviéndole el vaso de gaseosa.


—¿Quieres un trago? —le ofreció Pedro.


—No gracias. No bebo gaseosa.


Pedro se encogió de hombros y tomó un trago del vaso de plástico.


—A mi hermana tampoco le gusta el sabor.


—No es el sabor lo que no me gasta —dijo Paula, echándose hacia atrás y estirando las largas piernas—, sino las calorías.


—No parece que tengas que preocuparte demasiado por ellas—dijo él.


—Sí, claro —se mofó ella—. Como si fuese una reina de la belleza.


Se había vestido con prisa y llevaba el cabello recogido dentro de una gorra de béisbol, un top que te dejaba el vientre al aire y unos pantalones cortos color caqui. La mirada masculina recorrió lentamente su cuerpo escasamente vestido, haciendo que la piel te ardiera.


—Pues a mí me parece que estás preciosa. 


Paula hizo un esfuerzo para no cruzar los brazos sobré sus pechos.


—Te he echado de menos —dijo él suavemente—. Te hubiese llamado, pero...


—No tienes por qué darme explicaciones —dijo Paula, moviéndose en la silla y lanzando una risilla.


—Bueno, aunque no me echases en falta —dijo Pedro, que se había quedado mirándola un instante, perplejo—, yo sí que te he extrañado. De hecho, estaba pensando si Baltazar y tú querrían venir conmigo a Kansas City esta noche. Quizá podríamos ir a cenar o ver una película.


—Lo siento, pero Baltazar tiene una fiesta de cumpleaños y luego se quedará a dormir en casa de un amigo —dijo Paula.


—¿Y tú?


Fue la expresión insegura de sus ojos y el hecho de que sí lo había echado en falta lo que evitó que Paula mintiese y le dijese que tenía plan. Además, ¿Qué tenía de malo que pasasen la velada juntos?


—Una película sería divertido —dijo—. ¿Puedo elegirla?


Bromearon sobre la elección de la película durante el resto del partido y de camino a llevar a Baltazar a su fiesta de cumpleaños. No fue hasta que llegaron a Kansas City que cedió y la dejó elegir a ella, haciendo cómicos gestos de exasperación cuando ella eligió una «Peli de chicas». Pero después, cuando él quiso comer algo dulce, le dejó elegir el sitio. Él eligió una elegante heladería en un encantador edificio de Country Club Plaza.


—Creía que te encantaba el helado —dijo Pedro, mirando su enorme copa de helado de chocolate con nata y nubes y comparándola con la bolita de vainilla que comía ella.


—Claro que me encanta —dijo Paula, tomando una cucharadita—. Lo que pasa es que ahora tengo un poco más de cuidado que antes. Cuando estaba en el instituto me atiborraba de helado todas las noches. Ya no lo hago más.


—Siempre te gustó comer—dijo Pedro.


—Entonces, la comida era mi forma de enfrentarme a la vida.


—Habrá sido duro —dijo Pedro—, perder a tu madre cuando eras tan pequeña.