martes, 10 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 34

Candela no respondió inmediatamente. Tomó un sorbo de su bebida con la mirada perdida en la distancia. Finalmente, cuando Paula había comenzado a preguntarse si Candela le respondería, habló.


—Estoy saliendo de un mal matrimonio, un matrimonio realmente malo —dijo, con la voz tensa—. Es demasiado pronto para pensar en una relación seria con nadie. Pero si alguna vez decido dar el gran paso nuevamente, creo que lo haría con alguien como Pedro. Es el mejor. Pero estoy segura de que tú ya lo sabes.


Paula sonrió. Sabía que la mayoría de la gente de Lynnwood estaría de acuerdo con Candela. Pedro tenía fama de ser un empresario trabajador, un miembro activo de la comunidad y, tal como Candela había dicho, un hombre estupendo. Quizá, si te daban la oportunidad, incluso sería un buen padre.


—¿Crees que la gente puede, cambiar? —preguntó abruptamente.


—¿En qué aspecto? —preguntó Candela, extrañada.


—Por ejemplo, si una persona es egoísta y egocéntrica de joven, ¿Crees que una persona así puede cambiar? ¿O crees que esas características son parte de la personalidad básica de una persona?


—Creo que las personas pueden cambiar y lo hacen —dijo Candela y se quedó en silencio un rato—. Algunos mejoran, algunos empeoran. Con el transcurso del tiempo, la gente muestra realmente cómo es. Basta con que les des la cuerda para que se ahorquen solitos o se salven. Mira a mi ex marido, por ejemplo. Cuando estábamos de novios, tenía el carácter fuerte, pero con el paso de los años se convirtió en un ser realmente malo.


Mientras Candela seguía parloteando, Paula pensaba en otra cosa. Le había dado mucho que pensar. Quizá Pedro no era el mismo egocéntrico que le había roto el corazón. Baltazar lo adoraba. Pero antes de permitir que Pedro participase más de la vida de su hijo, haría lo que Candela sugería y pasaría más tiempo con él. Lo conocería mejor, vería si realmente había cambiado. Después de todo, ¿Qué podía perder?


—Me alegro de que fueses a buscarme —dijo Paula, limpiándose los labios delicadamente con la servilleta de papel—. Esta pizza es la mejor del pueblo.


—Al estar Baltazar de campamento con los chicos de la iglesia, me pareció que tendrías deseos de un poco de compañía —sonrió Pedro—. Después de todo, ¿Qué ibas a hacer con tanto tiempo libre?


—Ya encontraría algo que hacer —dijo Paula con una sonrisa resignada.


Pedro no pudo evitar pensar lo guapa que se encontraba aquella noche. Aunque su vestido veraniego no fuese demasiado corto, dejaba al descubierto un amplio escote y mucha piel dorada. Se moría por tocarla desde que había ido a buscarla a casa. Al abrir la puerta del coche, ella había pasado a su lado, y había deseado tomarla en sus brazos en aquel mismo instante. Pero aquella noche era la noche de renovar su amistad, no de darse besos. Y Paula era una gran conversadora. Hacía rato que Pedro no se reía tanto. Pero entre su sugerente perfume y la forma en que ella se pasaba la lengua por los labios para limpiarse la salsa de la pizza, le estaba costando trabajo concentrarse.


—Es agradable tener la oportunidad de reanudar nuestra amistad — dijo Paula, jugueteando con la pajita de su bebida—. Aunque nos conocíamos en la secundaria, la gente cambia.


—No creo que hayamos cambiado tanto. Seguimos disfrutando juntos, igual que cuando teníamos dieciocho anos —dijo Pedro.


—Si disfrutabas tanto conmigo, ¿Por qué nunca me invitaste a salir? —pregunto Paula, inclinándose sobre la mesa con los ojos brillantes de curiosidad.


La pregunta lo tomó por sorpresa. Decirle que nunca se le había ocurrido invitarla a salir hubiese parecido ridículo, pero, desgraciadamente, así lo era. Masticó, haciendo tiempo.


—¿Te avergonzaba mostrarte conmigo en público? —insistió ella—. ¿Por eso? 

Traición: Capítulo 33

 —Ma siempre se queda conmigo cuando estoy enfermo —dijo Baltazar—, ¿A que sí, mami?


—Bueno, yo...—titubeó Paula.


—Una vez hasta tuvo que faltar a un examen importante —dijo Baltazar—. Yo tenía mucha fiebre. Cuarenta y nueve.


A Pedro le temblaron los labios.


—Querrás decir, cuarenta, cielo —dijo Paula con cariño—. Estabas muy malito.


—Abril no tenía fiebre —dijo Candela—. Bueno, quizá unas décimas. Pero eso es muy común cuando tienen otitis.


—Estoy segura de que está en buenas manos —dijo Paula con sinceridad.


—Mi hermana la cuidará bien, es verdad —dijo Candela, y su rostro se relajó—. Sabía que lo comprenderías; como tú también tienes que apañártelas sola... Hace rato que Pedro y yo habíamos planeado esta salida. No quería cancelarla.


—Pero era más para Abril que para nosotros —dijo Pedro—. Te dije que comprendería si te querías quedar en casa con ella.


—Pero no quería cancelar la cita —dijo Candela, colgándosele del brazo—. Estoy tan cansada de quedarme los fines de semana en casa sin hacer nada... Aunque no estoy segura de querer pasarlo montada en este monstruo —añadió, mirando hacia arriba y simulando un escalofrío.


—A mí me encanta la montaña rusa —dijo Baltazar—. Es espantosa. Mamá me prometió que esta vez iría conmigo. 


Pedro le sonrió al mito antes de mirar a Paula.


—Creía que no te gustaba.


—La odia —dijo Baltazar sin darle oportunidad de abrir la boca—. La última vez le vomitó encima a un señor calvo que se puso tan furioso...


—Basta, Baltazar —dijo Paula, apoyándole la mano en el hombro.


Pedro sonrió.


—Si quiere, se puede montar conmigo —dijo, lanzándole una mirada de soslayo a Candela—. A menos que tú quieras ir.


—Cedo mi asiento con todo gusto —dijo Candela con una carcajada y un gesto de la mano—. Vayan ustedes dos. Paula y yo nos sentaremos en la sombra de aquel árbol a descansar un rato.


—Que se diviertan—les dijo Paula. 


Baltazar se iba parloteando con Pedro y no le prestó atención. Paula y Candela intercambiaron sonrisas y se dirigieron al banco.


—¿Quieres? —preguntó Candela, alargándole el zumo.


—No, gracias —dijo Paula, negando con la cabeza.


Durante la siguiente media hora, Paula y Candela hablaron de todo y de todos, menos de Pedro. Finalmente, Paula no lo soportó más. Necesitaba saber qué había entre Pedro y Candela, así que cuando Candela mencionó a Pedro, aprovechó la oportunidad.


—¿Van en serio? —dijo Paula, esperando que su tono pareciese natural. 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 32

 —No sé por qué Pedro no ha venido con nosotros —dijo Baltazar por enésima vez—. A él también le gusta la montaña rusa.


Aunque Worlds of Fun había abierto solo por el día, el aparcamiento estaba lleno de coches. El sol brillaba y prometía ser un día hermoso. Paula se detuvo en el hueco más próximo.


—Ya te lo he dicho —dijo Paula, intentando hablar con calma y no prestar atención al tono quejumbroso de Baltazar—. Este es nuestro día especial. Pedro tiene su propia vida y nosotros tenemos la nuestra.


—Pero podría...


—Basta, Balta. No quiero oír más del asunto.


Baltazar la miró sorprendido y Paula intentó calmarse. No era necesario que se pusiese tan nerviosa. Que hiciese una semana que Pedro no la llamaba no era motivo para perder la paciencia con su hijo. Sonia le había dicho que estaba de viaje, pero ella sabía con certeza que había vuelto el día anterior. Había visto su todoterreno aparcado frente al banco el viernes. Pero no pensaría en ello. Iba a concentrarse en pasárselo bien con su hijo. Durante toda la semana había hecho el esfuerzo de que no se le acumulara la limpieza o la ropa y así poder dedicarle el sábado a Baltazar. Se habían levantado temprano para poder disponer de ocho horas completas de diversión en el popular parque de Kansas City. 


—Pasaremos un día genial —dijo, esbozando una radiante sonrisa con esfuerzo—. Hasta sería capaz de subirme a la montaña rusa, ¿Qué te parece?


—Pero siempre vomitas —dijo Baltazar—. Cuando fuimos a Six Flags, vomitaste encima de aquel hombre...


—Acababa de comer —dijo Paula, cuyo estómago comenzaba a revolverse al recordar el episodio—. Y el algodón de azúcar y la montaña rusa nunca han sido una buena combinación.


Una hora más tarde se encontraban frente al formidable Orient Express. La tortuosa estructura daba más miedo todavía vista de cerca y los alaridos de la gente le dieron escalofríos a Paula. Se le aceleró el pulso y gotas de sudor le brillaron en el labio superior.


—¡Hala! —exclamó Baltazar—. Lo pasaremos de miedo. Vamos a ponernos en la fila.


—¿Estás seguro de que quieres esperar? —preguntó Paula, haciendo todo lo posible por retrasar el momento fatídico—. La fila parece larguísima.


—Pero se mueve rápido —dijo una conocida voz masculina detrás de Paula.


—¡Pedro! —exclamó Baltazar, sonriendo.


Paula se dió vuelta lentamente, con el corazón golpeándola en el pecho.


—Qué sorpresa.


—Ya lo sé —dijo Pedro riendo—. Quién iba a pensar que nos encontraríamos aquí.


Desde luego que Paula no, o no se hubiese puesto una camiseta y un par de pantalones cortos de tela vaquera. Pedro, que llevaba pantalones cortos de color caqui y un polo azul marino, parecía haber salido de las páginas de una revista de moda.


—Estás preciosa, como siempre —le dijo.


Con las prisas, Paula apenas se había puesto maquillaje y se había atado el cabello en una coleta. ¿Preciosa? ¡Qué va!


—Pedro, ¿Estás seguro de querer montarte en eso? —preguntó Candela, acercándose con un zumo helado en una mano. Se detuvo en seco—. Hola, Paula, qué sorpresa. 


Paula deseó que la tierra la tragase. A pesar del calor, Candela estaba hecha una rosa, con un traje de pantalones cortos color limón y sandalias de finas tiras. Llevaba el cabello oscuro, con su perfecto corte, suelto sobre los hombros.


—Candela. Qué gusto verte —dijo Paula, superando su vergüenza. Recorrió con la vista la multitud—. ¿Y Abril?


—Iba a venir con nosotros —dijo Candela—, pero anoche se descompuso. Mi hermana la está cuidando hoy.


¿Había dejado a su hija enferma? Paula se mordió la lengua. Aunque nunca había dejado a Baltazar solo cuando se encontraba enfermo, había mucha gente que no pensaba igual.


Traición: Capítulo 31

 —Ni te lo imaginas —dijo Paula, echándose hacia atrás y dejando la cucharilla.


—Recuerdo que me decías que la extrañabas mucho.


—Como yo era única hija, no era solo mi madre, lo era todo, también mi amiga. Cuando mi padre nos dejó, fue duro. Pero cuando mi madre murió... —se interrumpió Paula para tragar el nudo de la garganta—, nunca me había sentido más sola.


—Tenías a tu abuela.


—Sí —dijo Paula—. Y ella hizo lo que pudo, dadas las circunstancias.


—¿Circunstancias?


—Era una anciana que tendría que haber estado jugando al bridge en vez de criar a una adolescente. Ella quería que mi padre se involucrase más, pero él no estaba interesado en ello —dijo Paula, desviando la vista y parpadeando—. Cuando mi madre murió, él ya tenía una segunda mujer y un bebé en camino. Así que mi abuela no tuvo más remedio que hacerse cargo de mí. Yo intentaba no molestar, estudiaba mucho, la ayudaba con la casa y... Comía. La comida sé convirtió en mi mejor amiga.


—Yo sabía que te resultaba duro, pero no que lo era tanto —dijo Pedro, alargando la mano por encima de la mesa para tomar la de ella—. Siento que hayas tenido que vivir todo aquello.


Las lágrimas hicieron que los ojos le escocieran, pero ella inspiró.


—¿Qué es lo que dicen? ¿Que lo que no mata nos hace más fuertes?


Pedro le apretó la mano antes de soltársela.


—Me hubiese gustado acompañarte.


—Y lo hiciste —dijo Paula, dándose cuenta de que era verdad—. Todas aquellas veladas en la hamaca del porche de mi abuela significaron mucho para mí.


—Lo dices por pura bondad. Me he dado cuenta de que como amigo no fui una maravilla.


—¿Por qué dices eso?


Pedro bajó la vista, con una expresión seria en su atractivo rostro.


—Por ejemplo, sabía que extrañabas a tu madre, pero nunca se me ocurrió siquiera invitarte para que conocieses a la mía.


—Tu madre ya tenía una hija —dijo Paula—. No necesitaba otra. 


—Sin embargo...


—En serio, Pedro —lo interrumpió Paula—, ni pienses en ello.


—Lo siento —dijo él—. Lo siento mucho.


—Ya te he dicho que no importa.


—Sí que importa —dijo él—. Quiero compensarte por ello.


—¿Compensarme? —se extrañó ella—. ¿A qué te refieres?


—Quiero que me des otra oportunidad para demostrarte la buen amigo que puedo ser —le dijo—. Empezaremos otra vez. Esta vez no te fallaré.


Paula lo miró a los ojos y se preguntó si seria tan tonta de considerar su oferta. ¿Pero no merecía todo el mundo una segunda oportunidad? Además, ella estaría en guardia. No le volvería a hacer daño, porque esta vez ella no se lo permitiría. 

Traición: Capítulo 30

 —Qué bien está jugando Baltazar —dijo Pedro.


Paula levantó la vista, sorprendida. Hacía dos semanas que venía a los partidos de Baltazar y era la primera vez que se encontraba con Pedro. Era la primera vez que lo veía desde que él le había preguntado si el niño era su hijo.


—¿Qué haces aquí? —le preguntó.


—He venido a ver el partido —le dijo él—. Toma, sujeta esto.


Pedro le pasó un vaso grande de gaseosa y puso su tumbona junto a la de ella al borde de la cancha.


—No, en serio —le dijo Paula—. ¿Por qué estás aquí?


—Porque —dijo él con una sonrisa cautivadora—. Hay alguien a quien quería ver.


Durante un brevísimo instante, Paula imaginó que iba a verla a ella, hasta que su mirada tropezó con Mateo, calentándose para entrar en el campo. Por supuesto. Había ido a ver jugar a su sobrino.


—Toma —dijo, devolviéndole el vaso de gaseosa.


—¿Quieres un trago? —le ofreció Pedro.


—No gracias. No bebo gaseosa.


Pedro se encogió de hombros y tomó un trago del vaso de plástico.


—A mi hermana tampoco le gusta el sabor.


—No es el sabor lo que no me gasta —dijo Paula, echándose hacia atrás y estirando las largas piernas—, sino las calorías.


—No parece que tengas que preocuparte demasiado por ellas—dijo él.


—Sí, claro —se mofó ella—. Como si fuese una reina de la belleza.


Se había vestido con prisa y llevaba el cabello recogido dentro de una gorra de béisbol, un top que te dejaba el vientre al aire y unos pantalones cortos color caqui. La mirada masculina recorrió lentamente su cuerpo escasamente vestido, haciendo que la piel te ardiera.


—Pues a mí me parece que estás preciosa. 


Paula hizo un esfuerzo para no cruzar los brazos sobré sus pechos.


—Te he echado de menos —dijo él suavemente—. Te hubiese llamado, pero...


—No tienes por qué darme explicaciones —dijo Paula, moviéndose en la silla y lanzando una risilla.


—Bueno, aunque no me echases en falta —dijo Pedro, que se había quedado mirándola un instante, perplejo—, yo sí que te he extrañado. De hecho, estaba pensando si Baltazar y tú querrían venir conmigo a Kansas City esta noche. Quizá podríamos ir a cenar o ver una película.


—Lo siento, pero Baltazar tiene una fiesta de cumpleaños y luego se quedará a dormir en casa de un amigo —dijo Paula.


—¿Y tú?


Fue la expresión insegura de sus ojos y el hecho de que sí lo había echado en falta lo que evitó que Paula mintiese y le dijese que tenía plan. Además, ¿Qué tenía de malo que pasasen la velada juntos?


—Una película sería divertido —dijo—. ¿Puedo elegirla?


Bromearon sobre la elección de la película durante el resto del partido y de camino a llevar a Baltazar a su fiesta de cumpleaños. No fue hasta que llegaron a Kansas City que cedió y la dejó elegir a ella, haciendo cómicos gestos de exasperación cuando ella eligió una «Peli de chicas». Pero después, cuando él quiso comer algo dulce, le dejó elegir el sitio. Él eligió una elegante heladería en un encantador edificio de Country Club Plaza.


—Creía que te encantaba el helado —dijo Pedro, mirando su enorme copa de helado de chocolate con nata y nubes y comparándola con la bolita de vainilla que comía ella.


—Claro que me encanta —dijo Paula, tomando una cucharadita—. Lo que pasa es que ahora tengo un poco más de cuidado que antes. Cuando estaba en el instituto me atiborraba de helado todas las noches. Ya no lo hago más.


—Siempre te gustó comer—dijo Pedro.


—Entonces, la comida era mi forma de enfrentarme a la vida.


—Habrá sido duro —dijo Pedro—, perder a tu madre cuando eras tan pequeña. 

Traición: Capítulo 29

 —Es increíble que ya sea de día —dijo, pasándose la mano por el pelo, súbitamente nerviosa—. Anoche parecía que nunca llegaría mañana y ahora está aquí...


Pedro estrechó su mano entre las de él, interrumpiendo su parloteo.


—Anoche fue genial. Quiero que sepas...


Se oyeron unas risas del otro lado de la puerta y un ruido en la cerradura. Pedro soltó la mano de Pauli como si hubiese sido una patata caliente y se alejó de ella justo cuando se abría la puerta. Javier y Marcos irrumpieron en el cuartucho. Vestían camisetas y vaqueros y sonreían.


—¿Se lo han pasado bien?


—Sí, genial —dijo Pedro, en un tono sarcasmo—. Intenten dormir sobre el suelo.


Siguieron hablando usos minutos y durante ese tiempo Pedro ni siquiera la miró. Era como si ella hubiese dejado de existir. Pauli sintió una opresión en el pecho. Era como si la noche anterior no hubiese significado nada para él.


—Voy al cuarto de baño —dijo, y pasó al lado de ellos, sintiendo deseos de llorar.


Después de asearse un poco, sus pies descalzos volvieron silenciosos por el brillante linóleo. Al final del pasillo Pedro hablaba con sus amigos, dándole la espalda.


—¿Qué pretendes con ese chiste? —su voz resonó en el silencio—. Tengo novia, ya lo sabes.


Javier murmuró algo y luego él y Marcos lanzaron sendas risotadas,


—Estás loco —dijo Pedro envarándose—. Como si yo fuese a hacer algo con ella.


Durante un segundo Pauli pensó, como una tonta, que se refería a Candela. Hasta que oyó su nombre y Javier y Marcos volvieron a reír. El estómago le dió un vuelco y las rodillas comenzaron a temblarle. Pensó por un instante que se desmayaría, pero después de tomar atiento varias veces para calmarse, logró recuperar la compostura. Tendría que haberse imaginado que Pedro no la quería, que lo único que deseaba era sexo. Ella había estado a mano, y, además, dispuesta. Dios, había estado siempre dispuestísima. Se había entregado sin reticencia alguna. Se puso como un tomate al pensar en lo que había hecho. Prácticamente le había rogado que le hiciese el amor... Y de todas las formas posibles. Se tragó las lágrimas y enderezó los hombros. Cuando llegó basta los chicos, tenía los ojos secos.


—Tengo que buscar mis zapatos—dijo, a nadie en particular.


—Te llevo a casa el en coche —dijo Pedro. 


—No te molestes —replicó Pauli, orgullosa de poder parecer tan intranscendente cuando en realidad se le estaba rompiendo el corazón—. Bastante me has soportado toda la noche.


—No me importa... —dijo Pedro.


—Pedro, tío, déjala que camine —dijo Javier, dirigiendo una mirada de desdén al redondo cuerpo de Pauli—. Dios sabe que le vendría bien hacer un poco de ejercicio.


—¡Basta!—dijo Pedro.


Aunque la insensibilidad de Javier no era ninguna novedad, Pauli se volvió a sentar herida por sus comentarios. Pero al menos sabía lo que pensaban Marcos y Javier. Pero la gente como Pedro era muchísimo más peligrosa, gente que simulaba amiga. Que les decía una cosa y luego sereía a espaldas.


—Javier tiene razón —dijo Pauli, levantando la barbilla—. Me vendrá bien el ejercicio.


—Deja qué te lleve —insistió Pedro—. Es lo menos que puedo hacer.


Pauli se clavó las uñas en las palmas para no responderle con alguna inconveniencia.


—No, gracias. Ya has hecho bastante.


Logró controlar las lágrimas hasta llegar a su habitación y meterse en la cama. Una vez allí, golpeó la almohada con el puño una y otra vez hasta que su cuerpo se vio sacudido por sollozos. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Si su propio padre no la quería. ¿Por qué había pensado que un tipo como Pedro lo haría?



—¿Mami?


Paula salió de golpe de su ensueño y parpadeó para enfocar la mirada en la puerta.


—¿Te encuentras bien? —preguntó Baltazar con expresión preocupada.


Paula exhaló un suspiro tembloroso y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.


—Sí, estoy bien, cielo.


—Pero llorabas. 


—Cuando mami se cansa, a veces lo único que quiere es llorar un poco —dijo Paula, restándole importancia—. Luego me siento mucho mejor.


Baltazar la miró con desconfianza.


—¿Y ahora te sientes mejor?


—La verdad es que sí —dijo Paula, sintiendo al decirlo que era cierto.


Revivir aquellos horribles momentos le habían hecho darse cuenta de que había hecho lo correcto en no comunicarle a Pedro que Baltazar era su hijo. Era un conquistador. Un hombre que podía hacer con una sonrisa que una mujer dejase de lado toda sensatez. Pero ella ya era una adulta, no una jovencita ingenua, y el bienestar de Baltazar era su prioridad número uno. Quería que su hijo creciese y llegase a ser un buen hombre que nunca abandonaría a su familia en los malos momentos o le haría el amor a una chica para luego dejarla plantada. Aquella vez, Pedro le había demostrado que no podía confiar en él, así que ahora no iba a ser tan tonta de confiarle a su hijo. O su corazón. 

martes, 3 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 28

 —Apuesto a que también te sientes aliviado —dijo Paula.


—En cierto modo, sí—reconoció Pedro—, pero Baltazar es un chico estupendo. Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él.


La contempló un momento. Ella apretaba las manos en el regazo y una película de sudor le humedecía la frente.


—Gracias por ser sincera conmigo—le dijo, inclinándose para apretarle una mano.


Sabía que había sido duro para ella reconocer que se había casado con el primero que se lo pidió, pero le agradecía que le hubiese dicho la verdad. Porque la honestidad siempre había sido importante para él. Y si su relación iba a mayores, desde luego que no quería que hubiese mentiras entre los dos.



Paula arropó a Baltazar con las sábanas y le dió un abrazo.


—¿Sabes cuánto te quiero?—le preguntó.


—Hasta el cielo—dijo él con una sonrisa.


—Es verdad —replicó ella, dándole un beso en la frente—. Y no lo olvides nunca.


Encendió la luz de noche antes de cerrar la puerta. Baltazar era un niño buenísimo. Una bendición de Dios. «Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él». Siguió pensando en las palabras de Pedro hasta que llegó a la cocina. Se sirvió un gran vaso de feche y se sentó a la mesa. ¿Se había equivocado al no decírselo? Después de tantos años, la negativa había sido automática. Hacía tiempo había jurado que nunca volvería a tener relaciones con el hombre que le había roto el corazón con sus mentiras, haciéndole aprender a golpes que tas apariencias podían engañar. Volvió a recordar aquella noche...


Pauli se apretó contra Pedro, sintiendo su piel desnuda, cauda y suave contra la suya. Aunque el sitio no fuese romántico, no recordaba cuándo había sido tan feliz en su vida.


—Será mejor que nos vistamos —dijo Pedro, levantándose de la improvisada cama de colchonetas para ponerse los pantalones.


Pauli lo agarró de la muñeca y lo hizo acostarse junto a ella nuevamente.


—¿Qué prisa tienes?


Pedro se llevó la mano femenina a los labios y le mordisqueó los dedos hasta que ella lanzó una risilla.


—Son casi las seis y no quiero arriesgarme a que nos sorprendan.


Tenía razón, pero la noche había sido tan maravillosa, tan mágica, que Pauli no quería que acabase nunca. Se dio la vuelta y sus pechos rozaron el tórax masculino mientras que sus manos descendían por el vello del abdomen.


—Oh, Pauli —dijo Pedro y se la subió encima con un rápido movimiento—, ¿Qué voy a hacer contigo?


Ella sonrió y lo miró a los ojos, reflejando su deseo en ellos.


—Tengo un par de ideas.


Volvieron a hacer el amor y mientras Pedro la acariciaba tuvo que recurrir a toda su voluntad para no gritar cuánto lo amaba. Necesitaba desesperadamente oírselo decir primero. Pero como él no lo dijo, ella se contentó pensando que a veces las acciones hablaban más que las palabras. Y durante la hora siguiente él le demostró de mil y una formas cuánto la quería. Después, se vistieron en silencio, alisando la ropa arrugada e intercambiando sonrisas tímidas. Aunque tuviese el pelo alborotado y una sombra de barba en las mejillas, Pedro estaba guapísimo. Pauli conocía a una docena de chicas que matarían por ser su novia. Todavía no podía creerse que la hubiese elegido a ella.