jueves, 5 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 29

 —Es increíble que ya sea de día —dijo, pasándose la mano por el pelo, súbitamente nerviosa—. Anoche parecía que nunca llegaría mañana y ahora está aquí...


Pedro estrechó su mano entre las de él, interrumpiendo su parloteo.


—Anoche fue genial. Quiero que sepas...


Se oyeron unas risas del otro lado de la puerta y un ruido en la cerradura. Pedro soltó la mano de Pauli como si hubiese sido una patata caliente y se alejó de ella justo cuando se abría la puerta. Javier y Marcos irrumpieron en el cuartucho. Vestían camisetas y vaqueros y sonreían.


—¿Se lo han pasado bien?


—Sí, genial —dijo Pedro, en un tono sarcasmo—. Intenten dormir sobre el suelo.


Siguieron hablando usos minutos y durante ese tiempo Pedro ni siquiera la miró. Era como si ella hubiese dejado de existir. Pauli sintió una opresión en el pecho. Era como si la noche anterior no hubiese significado nada para él.


—Voy al cuarto de baño —dijo, y pasó al lado de ellos, sintiendo deseos de llorar.


Después de asearse un poco, sus pies descalzos volvieron silenciosos por el brillante linóleo. Al final del pasillo Pedro hablaba con sus amigos, dándole la espalda.


—¿Qué pretendes con ese chiste? —su voz resonó en el silencio—. Tengo novia, ya lo sabes.


Javier murmuró algo y luego él y Marcos lanzaron sendas risotadas,


—Estás loco —dijo Pedro envarándose—. Como si yo fuese a hacer algo con ella.


Durante un segundo Pauli pensó, como una tonta, que se refería a Candela. Hasta que oyó su nombre y Javier y Marcos volvieron a reír. El estómago le dió un vuelco y las rodillas comenzaron a temblarle. Pensó por un instante que se desmayaría, pero después de tomar atiento varias veces para calmarse, logró recuperar la compostura. Tendría que haberse imaginado que Pedro no la quería, que lo único que deseaba era sexo. Ella había estado a mano, y, además, dispuesta. Dios, había estado siempre dispuestísima. Se había entregado sin reticencia alguna. Se puso como un tomate al pensar en lo que había hecho. Prácticamente le había rogado que le hiciese el amor... Y de todas las formas posibles. Se tragó las lágrimas y enderezó los hombros. Cuando llegó basta los chicos, tenía los ojos secos.


—Tengo que buscar mis zapatos—dijo, a nadie en particular.


—Te llevo a casa el en coche —dijo Pedro. 


—No te molestes —replicó Pauli, orgullosa de poder parecer tan intranscendente cuando en realidad se le estaba rompiendo el corazón—. Bastante me has soportado toda la noche.


—No me importa... —dijo Pedro.


—Pedro, tío, déjala que camine —dijo Javier, dirigiendo una mirada de desdén al redondo cuerpo de Pauli—. Dios sabe que le vendría bien hacer un poco de ejercicio.


—¡Basta!—dijo Pedro.


Aunque la insensibilidad de Javier no era ninguna novedad, Pauli se volvió a sentar herida por sus comentarios. Pero al menos sabía lo que pensaban Marcos y Javier. Pero la gente como Pedro era muchísimo más peligrosa, gente que simulaba amiga. Que les decía una cosa y luego sereía a espaldas.


—Javier tiene razón —dijo Pauli, levantando la barbilla—. Me vendrá bien el ejercicio.


—Deja qué te lleve —insistió Pedro—. Es lo menos que puedo hacer.


Pauli se clavó las uñas en las palmas para no responderle con alguna inconveniencia.


—No, gracias. Ya has hecho bastante.


Logró controlar las lágrimas hasta llegar a su habitación y meterse en la cama. Una vez allí, golpeó la almohada con el puño una y otra vez hasta que su cuerpo se vio sacudido por sollozos. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Si su propio padre no la quería. ¿Por qué había pensado que un tipo como Pedro lo haría?



—¿Mami?


Paula salió de golpe de su ensueño y parpadeó para enfocar la mirada en la puerta.


—¿Te encuentras bien? —preguntó Baltazar con expresión preocupada.


Paula exhaló un suspiro tembloroso y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.


—Sí, estoy bien, cielo.


—Pero llorabas. 


—Cuando mami se cansa, a veces lo único que quiere es llorar un poco —dijo Paula, restándole importancia—. Luego me siento mucho mejor.


Baltazar la miró con desconfianza.


—¿Y ahora te sientes mejor?


—La verdad es que sí —dijo Paula, sintiendo al decirlo que era cierto.


Revivir aquellos horribles momentos le habían hecho darse cuenta de que había hecho lo correcto en no comunicarle a Pedro que Baltazar era su hijo. Era un conquistador. Un hombre que podía hacer con una sonrisa que una mujer dejase de lado toda sensatez. Pero ella ya era una adulta, no una jovencita ingenua, y el bienestar de Baltazar era su prioridad número uno. Quería que su hijo creciese y llegase a ser un buen hombre que nunca abandonaría a su familia en los malos momentos o le haría el amor a una chica para luego dejarla plantada. Aquella vez, Pedro le había demostrado que no podía confiar en él, así que ahora no iba a ser tan tonta de confiarle a su hijo. O su corazón. 

martes, 3 de septiembre de 2024

Traición: Capítulo 28

 —Apuesto a que también te sientes aliviado —dijo Paula.


—En cierto modo, sí—reconoció Pedro—, pero Baltazar es un chico estupendo. Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él.


La contempló un momento. Ella apretaba las manos en el regazo y una película de sudor le humedecía la frente.


—Gracias por ser sincera conmigo—le dijo, inclinándose para apretarle una mano.


Sabía que había sido duro para ella reconocer que se había casado con el primero que se lo pidió, pero le agradecía que le hubiese dicho la verdad. Porque la honestidad siempre había sido importante para él. Y si su relación iba a mayores, desde luego que no quería que hubiese mentiras entre los dos.



Paula arropó a Baltazar con las sábanas y le dió un abrazo.


—¿Sabes cuánto te quiero?—le preguntó.


—Hasta el cielo—dijo él con una sonrisa.


—Es verdad —replicó ella, dándole un beso en la frente—. Y no lo olvides nunca.


Encendió la luz de noche antes de cerrar la puerta. Baltazar era un niño buenísimo. Una bendición de Dios. «Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él». Siguió pensando en las palabras de Pedro hasta que llegó a la cocina. Se sirvió un gran vaso de feche y se sentó a la mesa. ¿Se había equivocado al no decírselo? Después de tantos años, la negativa había sido automática. Hacía tiempo había jurado que nunca volvería a tener relaciones con el hombre que le había roto el corazón con sus mentiras, haciéndole aprender a golpes que tas apariencias podían engañar. Volvió a recordar aquella noche...


Pauli se apretó contra Pedro, sintiendo su piel desnuda, cauda y suave contra la suya. Aunque el sitio no fuese romántico, no recordaba cuándo había sido tan feliz en su vida.


—Será mejor que nos vistamos —dijo Pedro, levantándose de la improvisada cama de colchonetas para ponerse los pantalones.


Pauli lo agarró de la muñeca y lo hizo acostarse junto a ella nuevamente.


—¿Qué prisa tienes?


Pedro se llevó la mano femenina a los labios y le mordisqueó los dedos hasta que ella lanzó una risilla.


—Son casi las seis y no quiero arriesgarme a que nos sorprendan.


Tenía razón, pero la noche había sido tan maravillosa, tan mágica, que Pauli no quería que acabase nunca. Se dio la vuelta y sus pechos rozaron el tórax masculino mientras que sus manos descendían por el vello del abdomen.


—Oh, Pauli —dijo Pedro y se la subió encima con un rápido movimiento—, ¿Qué voy a hacer contigo?


Ella sonrió y lo miró a los ojos, reflejando su deseo en ellos.


—Tengo un par de ideas.


Volvieron a hacer el amor y mientras Pedro la acariciaba tuvo que recurrir a toda su voluntad para no gritar cuánto lo amaba. Necesitaba desesperadamente oírselo decir primero. Pero como él no lo dijo, ella se contentó pensando que a veces las acciones hablaban más que las palabras. Y durante la hora siguiente él le demostró de mil y una formas cuánto la quería. Después, se vistieron en silencio, alisando la ropa arrugada e intercambiando sonrisas tímidas. Aunque tuviese el pelo alborotado y una sombra de barba en las mejillas, Pedro estaba guapísimo. Pauli conocía a una docena de chicas que matarían por ser su novia. Todavía no podía creerse que la hubiese elegido a ella.


Traición: Capítulo 27

Paula levantó la barbilla. No tenía ninguna intención de hablar de su disparatado comportamiento. Se hallaba cansada y tenía hambre, pero por encima de todo, tenía vergüenza.


—Te he dicho que no puedo —dijo—. Baltazar tiene que comer...


—Está comiendo en este mismo instante —dijo Pedro. Ella comenzó a interrumpirlo pero él levantó la mano—. Le dije a Sonia que no habría problema, que tú y yo teníamos que discutir algo.


—No tenemos nada que discutir —dijo Paula, retrocediendo un paso antes de que su perfume le hiciese perder el sentido otra vez—. Y no tienes ningún derecho a tomar decisiones con respecto a mi hijo.


—¿No? —dijo él, echándole una mirada enigmática—. ¿Estás segura?


—Totalmente —dijo ella, alargando la mano para abrir la puerta.


—¿Estás segura de que quieres entrar y que todos, incluido Baltazar, oigan lo que tengo que decirte?


Algo en su rostro la hizo detenerse.


—De acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros—. Ya que parece tan serio, supongo que podré esperar cinco minutos. Dí lo que tengas que decir.


—Esta conversación tiene que ser privada —dijo Pedro, segando con la cabeza—. Podemos ir al parque o a mi casa. Elige tú.


¿Elegir? Estaría sola con él de cualquier modo, a menos que hubiese alguien más en el parque.


—Vayamos al parque —dijo—, pero tendremos que ser breves. Baltazar se ha pasado el día entero en casa de tu hermana.


—Vamos —dijo él bajando las escalinatas—. Quiero acabar con esto cuanto antes.


Paula se tranquilizó al pensar que lo que él quería hacer era disculparse. Quizá sería lo mejor, así no sentirían esa tensión horrible cada vez que se encontrasen es el futuro. Aceleró el paso y cuando llegaron al parque se sentía casi liberada. Se sentaron el un banco de piedra en un lugar recluido.


—Me siento tan idiota —dijo Pedro, lanzando un entrecortado suspiro.


Paula sintió un enorme alivio. Era un buen comienzo. Al menos ambos estaban de acuerdo en que se habían comportado de manera absurda.  Aunque sabía que él había disfrutado con sus besos tanto como ella, habían jugado con fuego. Y no podían permitir que ello sucediese nuevamente. Carraspeó.


—Creo que ambos permitimos que las hormonas nos anularan el sentido común.


—¿De qué hablas? —preguntó él extrañado.


—Anoche en la cocina —dijo ella—. ¿De qué hablabas tú?


—Hablaba de Baltazar —dijo él—. Sé que es mi hijo.


Paula sintió que la sangre se le helaba en las venas. Hizo un esfuerzo por respirar.


—¿Baltazar? ¿Tu hijo? ¿Y de dónde has sacado semejante idea?


—Las fechas coinciden —dijo Pedro, tenso.


—¿A qué te refieres? —dijo Paula, haciendo tiempo.


—A que hicimos el amor en abril y Baltazar nació en enero.


Aquello era exactamente lo que preocupaba a Paula sobre su vuelta a Lynnwood. Afortunadamente, ya había supuesto que sucedería y había inventado una historia plausible.


—Tommy fue prematuro—dijo—. Se adelantó casi tres meses. Los médicos dijeron que era un milagro que hubiese sobrevivido.


—Entonces, habrás conocido al padre de Baltazar...


—Justo después de mudarme a Washington—dijo Paula—. Yo era nueva en la ciudad y él también. Ambos nos sentíamos solos. Creo que por eso todo fue tan rápido.


Pedro soltó el aliento que contenía. Después de todo, había una explicación lógica. Pero ¿Y el nombre?


—¿Por qué lo llamaste Pedro Baltazar? —preguntó—. Ese es el nombre que hemos pasado de padres a hijos durante generaciones en mi familia.


—El padre de Baltazar se marchó antes de que el niño naciese —dijo Paula, ruborizándose—. Siempre me había gustado el nombre Pedro Baltazar y no se me ocurrió ninguno mejor... Espero que no te importe.


—No. Lo comprendo totalmente —dijo Pedro, acercándose a su lado y dándole una torpe palmadita en el hombro—. Ni te puede imaginar lo estúpido que me siento.

Traición: Capítulo 26

 —Sí, pero soy mayor.


—Chicos —dijo Sonia, dando una palmada y cortando en seco la discusión—. Ahora que han comido una galleta, ¿Por qué no aprovechan para ir a jugar un rato? Falta poco para que llegue la madre de Baltazar.


Los niños agarraron unas galletas más y corrieron fuera.


—¿Y? ¿Quién tenía razón, entonces? —dijo Sonia.


—No es posible que tenga nueve, ese es el tema.


—Pedro —dijo Sonia, lanzándote una mirada triunfal—. El niño tiene nueve. Estabas equivocado, reconócelo.


—Pero no es posible —dijo Pedro—. Si nació en enero, eso quiere decir que Pauli, quiero decir Paula, se quedó embarazada en el instituto.


—¿Y qué? —preguntó Sonia—. No habría sido la primera chica de Lynnwood en encontrarse en esa situación. Aunque ahora que lo pienso, no recuerdo haberla visto con nadie.


—Yo sí, una vez —dijo Pedro pensando en aquella noche—. Fue a la fiesta de graduación con pareja.


—Ahí tienes —dijo Sonia—. Eso es lo que sucedió. Las fechas encajan.


—Es verdad —dijo Pedro y sintió una súbita opresión en el pecho que apenas le permitía respirar. 


Dios santo, ¿Se habría quedado Pauli embarazada aquella noche? Pero ella había dicho que se había casado. Hasta Ignacio dijo que ella estaba divorciada. Tenía que haber una explicación lógica. Pauli nunca le habría ocultado la verdad a él. Intentó encontrar una explicación. Ella no había tenido relaciones antes de aquella noche, de eso estaba seguro. Pero lo que había sucedido después de que ella se marchase de Lynnwood era un misterio. Era joven y vulnerable, pero no podía creer que se hubiese acostado con el primero que se fe cruzó por delante.


—Tengo que irme —dijo, echando la silla hacia atrás.


—¿Por qué no te quedas a cenar? —preguntó Sonia, recogiendo la mesa—. Tenemos estofado.


Aunque Pedro no había comido demasiado a mediodía, pensar en comida le revolvía el estómago.


—No tengo hambre. 


—¿Desde cuándo ha sido eso un impedimento? —rió Sonia—. Cuando eras pequeño, mamá decía que tu estómago no tenía fondo. Comías hasta que decías que estabas lleno y luego engullías una tarta entera de postre.


—Te lo estás inventando.


—Pedro Baltazar Alfonso—dijo Sonia bromeando—. Mira que Dios te está oyendo mentir a tu hermana.


Ella siguió regañándolo en broma, pero Pedro apenas la oía. Pedro Baltazar. Se te hizo un nudo en d estomago. Se dirigió a la ventana y miró al niño de cabello oscuro que hacía lanzamientos en el patio. Era imposible que Baltazar fuese su hijo. Imposible. ¿O no?


Paula detuvo el coche junto al bordillo frente a la casa de Sonia y apagó el motor. Dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el apoyacabezas y se relajó un instante por primera vez desde las cinco de la mañana. Además, había pasado la noche en blanco. El recuerdo de los besos de Pedro le habían ocupado los pensamientos e impedido dormir. Se preguntó si Baltazar tendría deseos de pedir algo por teléfono. Aunque se había propuesto comenzar la semana con una cena nutritiva, la idea de pedir una pizza resultaba infinitamente más atractiva. Si la comían en platos de papel, lo único que tendría que hacer después sería tirar los platos a la basura. Cuando acabó de planear la cena, se bajó del coche buscando en el bolso algún bono de descuento para llamar por teléfono. Ya había subido la mitad de los escalones del porche cuando descubrió con un sobresalto que Pedro la esperaba sentado en la hamaca.


—Pedro, qué sorpresa —dijo Paula forzándose a hablar con naturalidad, aunque el rubor la delatase—. No esperaba verte tan pronto.


—Tenemos que hablar.


—Por mí, encantada —mintió—. Pero me temo que se me ha hecho muy tarde. ¿Otro día, quizá?


Pedro se levantó de la hamaca y de dos zancadas se puso delante de ella.


—Ahora. 

Traición: Capítulo 25

Lo que quería era darle un beso impersonal, de agradecimiento. Un beso que daría a un hermano, o a un amigo de su abuela. Pero Pedro se giró ligeramente y ella rozó sus labios. Y en vez de separarse, le rodeó el cuello con sus brazos. Fue un beso exquisito. Él le rozó los labios con delicadeza, y cuando lo hizo luego con la lengua, persuasivamente, ella abrió la boca para recibirla. En el calor del momento no se detuvo ni un instante a considerar las ramificaciones de besar a Pedro de aquel modo. Lo cierto era que él, con su pausada forma de beber de sus labios, hizo que dejara de pensar totalmente. Respondió a cada beso masculino con igual pasión hasta que estremecimientos le recorrieron los brazos, encendiéndole los pechos. Se apretó contra él en una entrega sin reservas. Pedro se movió y ella sintió la dureza de su erección. Paula oyó un gemido y, en el calor de su pasión, se preguntó si habría salido de sus labios o de los de él. Levantó la vista y se quedó sin aliento al ver el deseo en los ojos masculinos. Durante una fracción de segundo quiso creer que él la deseaba de veras, que incluso la amaba.


—Oh, Pauli —susurró, su aliento cálido en la oreja femenina—. Mira lo que me haces.


¿Pauli? Pedro inclinó la cabeza, dispuesto a volver a besarla, pero ella se separó de golpe,


—Pedro, necesito más... —dijo Sonia, deteniéndose en el umbral con los ojos brillantes de curiosidad—, espero no haber interrumpido...


—No es nada —dijo Paula, resistiendo la necesidad de enderezarse la ropa—. Ya me iba. Baltazar y yo tenemos que irnos. Mañana es un gran día.


—Paula... 


—Gracias por las hamburguesas —dijo Paula, interrumpiendo a Pedro. Luego se volvió hacia Sonia—, y por todo. Estuvo estupendo.


Antes de que pudiesen detenerla, Paula se fue. No quería hablar con Pedro de lo que había sucedido. ¿En qué estaría pensando? ¿Cómo podía haberse olvidado de la valiosa lección que él le enseñó hacía tantos años? Aunque quisiese creer lo contrario, tenía que recordar que nunca encontraría la felicidad en brazos de Pedro Alfonso. 


Pedro se echó hacia atrás en la silla de la cocina y tomó un trago de té helado. El lunes había sido ajetreado, pero por algún motivo, se sintió inquieto y salió del despacho pronto. En vez de irse derecho a su casa, pasó por la de su hermana.


—¿Qué tal los niños? ¿Te arrepientes de haber aceptado el trabajo de canguro?


—En absoluto —sonrió Sonia—, Baltazar es muy bueno. Y cuidar a un niño de nueve años no es tanto trabajo.


—Ocho.


—¿Qué?


—Que Baltazar tiene ocho años, no nueve—dijo Pedro.


—Estás equivocado —dijo Sonia con el tono de hermana mayor dictando cátedra que siempre lo había irritado—. El niño tiene nueve años.


—Ocho —sonrió Pedro—. Pero si te hace feliz creer que tiene nueve...


—Lo aclararemos ahora mismo —dijo Sonia. Se puso de pie y cruzó la cocina para abrir la puerta mosquitera—. Baltazar, ¿Quieres venir un minuto?


Momentos más tarde, Baltazar y Mateo irrumpieron en la cocina, y sonrieron al ver a Pedro.


—¿Qué pasa? —preguntó Mateo. Agarró dos galletas del plato que Sonia había puesto para Pedro sobre la mesa y le dió una a Baltazar.


—Baltazar, ¿Tu cumpleaños era en febrero o en enero? —preguntó Sonia.


—En enero —dijo Baltazar, tragando el trozo de galleta que acababa de morder—. Te he dicho que en enero.


Pedro esbozó una sonrisa confiada mirando a su hermana. No podía esperar a demostrarle que él tenía razón.


—¿Y cuántos años tienes?


—Nueve. Soy mayor que Mateo.


—Unos meses tan solo —protestó Mateo. 

jueves, 29 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 24

 —¡Baltazar Chaves! Será mejor que té detengas ahora mismo.


Paula raramente usaba el nombre completo de su hijo, reservándolo solo para las circunstancias más serias. Afortunadamente, tuvo el efecto deseado.


Baltazar hizo una pausa y miró hacia abajo.


—No puedo bajar ahora, mami. Tom me necesita.


Por primera vez Paula se dió cuenta de que había un pequeño gato negro y blanco en una rama por encima de él.


—¡Gato del demonio! —masculló Pedro por lo bajo.


—Estoy segura de que el gatito puede bajar solo del árbol —dijo Paula, utilizando su tono más persuasivo. El niño no cedió.


—Baltazar, Tom no necesita tu ayuda. Se sube a ese árbol todo el tiempo —dijo Pedro—. No le pasará nada. Tienes que hacer lo que te dice tu madre y bajarte.


Paula contuvo la respiración. Baltazar miró primero al gato, tranquilamente sentado en la rama lamiéndose una zarpa y luego a Pedro.


—¿En serio?


—Seguro —dijo Pedro.


Para entonces se había reunido toda la familia bajo el árbol, incluyendo a Mateo, que había salido corriendo de la casa con un polo en cada mano.


—¿Qué pasa? —preguntó.


—Tu amigo decidió trepar a un árbol —dijo Pedro, que asaque se dirigía a su sobrino, no retiraba la mirada dé Baltazar—. ¿Sabes algo de ello?


—¿Se ha subido al árbol! —dijo Mateo, mirando hacia arriba—. ¡Hala, qué alto!


Paula se estremeció, y Pedro le dió una palmadita en el hombro.


—No pasa nada —le dijo—. Yo me subía hasta la cima de ese árbol cuando era pequeño. 


Apenas acababa de decirlo, cuando Baltazar resbaló y perdió pie. El grupo contuvo el aliento. Paula le agarró el brazo a Pedro, clavándole las uñas. Durante un momento, el niño quedó suspendido en el aire, aferrándose con las manos precariamente a la gran rama. En lo que parecieron minutos, pero podrían haber sido segundos, volvió a encontrar dónde apoyar los pies. Paula se quitó los tacones.


—Subiré a buscarlo.


—No, iré yo—dijo Pedro.


Ella se dió la vuelta.


—Yo soy su madre. Sé cuidarlo.


—Claro que sabes —dijo Pedro, mirándola a los ojos—, pero yo soy más fuerte que tú.


Aunque Baltazar solo tenía nueve años, era un niño grande. Si perdía pie nuevamente, Paula no estaba segura de poder con su peso.


—De acuerdo —dijo Paula con calma pero con desesperada firmeza—. Ve tú. Pero no lo dejes caer.


—Te lo prometo —dijo Pedro, quitándose el delantal de chef y tirándoselo al pasar—. Confía en mí.


Sus palabras le dieron a Paula un escalofrío, pero ¿qué otra opción tenía? Con los ojos clavados en Baltazar, contuvo el aliento mientras Pedro subía hasta el niño. Aunque pareció una eternidad, en pocos minutos su hijo estaba sano y salvo en el suelo. Ella lo abrazó largo rato y luego lo dejó ir a jugar con Mateo, con estrictas instrucciones de que no se acercase a los árboles. Después fue en busca de Pedro y lo encontró en la cocina, rellenando la nevera con gaseosas. Él elevó la vista cuando ella entró y luego se enderezó, secándose las manos en los pantalones mientras ella se acercaba.


—¿Necesitabas algo?


—Necesito darte las gracias —dijo ella suavemente—. No te puedo expresar lo mucho que... 


—No es necesario que me lo agradezcas —dijo Pedro, sonriendo levemente y poniéndole un dedo sobre los labios—. Me alegro de haberlo hecho.


Su contacto hizo que una corriente eléctrica la recorriese, y se acercó un poco. El agradecimiento y el alivio vencieron su reserva natural y elevó las manos para apoyarlas en los hombros de él y rozarle impulsivamente la mejilla con sus labios. 

Traición: Capítulo 23

 —Tienes razón —dijo Pauli, elevando la mirada hasta encontrarse con la de él. Sus verdes ojos eran enormes y luminosos—. ¿Qué tipo tiene una cita a ciegas para ir a una fiesta de graduación? Tendría que haber sabido que una chica con «Una gran personalidad» sería gorda y fea.


—No digas eso —dijo Pedro, conmovido por su dolor—. Lo que quería decir era que era un idiota por dejarte plantada. Eres preciosa.


—Sí, justamente —dijo Pauli, ruborizándose.


—En serio —dijo Pedro—. Y antes de que acabe la noche, bailarás.


—Te agradezco el pensamiento, pero no va a suceder —dijo Pauli, abarcando el cuarto con un gesto—. Tenemos pelotas y bates y bastantes colchonetas, pero no veo una orquesta por ningún lado.


Pedro sonrió. Estaba claro que ella no sabía que una pequeñez como esa no detendría a un Alfonso.


—Tendremos que tocar nuestra propia música.


Extendió la mano. Pauli la miró, dudosa, un momento. Luego, la agarró y dejó que él le diese un suave tirón para que se pusiese de pie. Pero una vez que ella se irguió, no la soltó, sino que la acercó a su cuerpo, sorprendido de lo natural que la sentía en sus brazos. Aunque habían pasado casi todos los viernes y sábados por la noche juntos durante un año, nunca se habían tocado. Por lo tanto, no estaba preparado para la oleada de emoción que lo invadió cuando Pauli le apoyó la cabeza en el hombro. Un limpio aroma a vainilla lo rodeó y con un impulso hundió la nariz en el cabello femenino, inhalando profundamente.


—Hueles fenomenal.


Ella se estremeció.


—¿Tienes frío? —preguntó él, separándose un poco.


Pensaba ofrecerle la chaqueta, pero cuando la miró a los ojos, el ardiente jade que encontró allí no era frío en absoluto. Pauli se pasó la punta de la lengua por los labios y Pedro tuvo la incontrolable necesidad de probarlos, de descubrir por sí mismo si eran tan suaves como parecían. De repente, sintió que el esmoquin le apretaba y le daba calor.


—Ah —dijo, con una risa nerviosa—. Como temblabas, pensé que...


—No tengo frío —repitió ella, tocándole el brazo con timidez—. No tengo frío en absoluto.


Pedro, a quien nunca le habían faltado palabras, se quedó mudo. ¿Decía ella lo que él creía que estaba diciendo? Como respondiendo a la pregunta que él se hacía, Pauli elevó una mano hasta su rostro. Cuando habló, su voz sonó grave y ronca.


—¿Puedo besarte?—le preguntó.


—Me gustaría—dijo él, mirándola.


Sin pensar dos veces en las consecuencias de sus actos, Pedro bajó la cabeza para unir sus labios a los de ella a mitad de camino. La besó suave y lentamente, y descubrió que sus labios eran de verdad tan suaves y dulces como lo parecían. Cuando el beso acabó, la besó otra vez. Y otra. Esta vez los labios de ella se abrieron y el beso se hizo más profundo. La respiración se le hizo entrecortada y se le aceleró el corazón. Había besado a muchas chicas, pero aquello era diferente. Un fuego le corrió por las venas y, de repente, no le bastó con besar. Le abarcó el pecho con la mano y con el pulgar le frotó...



—¿Pedro? —dijo la voz de Paula a su lado.


Sobresaltado, Pedro soltó la espátula, que salió volando por los aires. El pulso se le aceleró.


—¿Te encuentras bien? —dijo Paula, inclinándose automáticamente a recoger la espátula.


—¡Niño! ¡Bájate de ese árbol, que te vas a caer! —se oyó la voz de la abuela Irene.


Paula miró donde la abuela de Pedro se hallaba, en el medio del patio, señalando con un huesudo dedo un alto roble. Al dirigir los ojos adonde ella señalaba, vio a su hijo a seis metros del suelo y subiendo. El viento, que había ido en aumento desde que salieron de la iglesia, hacía moverse las hojas de los árboles y sacudir sus ramas peligrosamente. Como una leona, ella lanzó un rugido. Corrió por el patio con el corazón en la boca, sin darse cuenta apenas de que Pedro iba a su lado.


—¡Baltazar! —gritó Paula—. ¡Detente!


Baltazar no le prestó atención y se agarró a una rama más alta. El miedo fue reemplazado por enfado.