jueves, 29 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 21

Lo cierto era que habían sido amigos íntimos hasta la noche de la fiesta de graduación. Sintió un ramalazo de culpa. Lo sucedido en el armario fue culpa suya. Pero no lo había hecho deliberadamente. Dios sabía que jamás se había aprovechado de nadie. Nunca planeó robarle la inocencia. Pedro dejó la espátula y su mirada se perdió en la distancia mientras recordaba...


—Eh, mira quien ha venido —dijo Javier Royer, lanzando un aullido—. Y nada menos que con pareja.


Marcos Linderman miró, pero Pedro ni siquiera levantó la vista.


—No es ninguna novedad —dijo, tirándose de los puños de la camisa—. Yo ví a Candela hace diez minutos.


Pedro se preguntó por qué habría dejado que Marcos y Javier lo convenciesen de ir sin pareja a la fiesta. Era verdad que se había peleado con Candela, pero siempre se estaban peleando. Lo único que tendría que haber hecho era mandarle flores para que ella volviese a sus brazos en menos de lo que canta un gallo. Pero quería demostrarle que estaba cansado de sus jueguecitos. Y, finalmente, el perjudicado era él. Candela tenía acompañante. Él tenía a Marcos y a Javier.


—No me refiero a Candela —dijo Javier al tiempo que fe daba un codazo y señalaba con la cabeza—. Echa un vistazo.


Pedro dirigió la mirada a la entrada del gimnasio, no porque estuviese interesado en quién aparecería, sino porque sabía que Javier no cejaría hasta que lo hiciese.


—Oh, Dios, si es Pauli —dijo, sorprendido.


—Sabía que te sorprenderías —dijo Javier con una sucia sonrisa.


—No me lo puedo creer —dijo Marcos, abriendo mucho los ojos—. Hasta Pauli, la gorda, tiene pareja.


—No la llames así —dijo Pedro, observando con detenimiento. ¿Con quién estaba? ¿Y por qué no fe había dicho que iría a la fiesta?—. ¿Quién es? No lo conozco.


—Obviamente, algún imbécil —dijo Javier en tono despectivo—. Mira la ropa que lleva. 


Pedro miró la camisa azul con pechera de puntillas que llevaba el chico con el esmoquin.


—Ella está pasable —dijo Marcos a regañadientes.


Pedro la volvió a mirar. Marcos estaba equivocado. Pauli no estaba pasable. Estaba... hermosa. Desde que la conocía, Pauli siempre había llevado pantalones de chándal y camisetas enormes. Pero aquella noche, en vez de tener el cabello sujeto en una coleta, lo llevaba suelto sobre los hombros en suaves ondas. Y aunque su vestido no se le ajustaba al cuerpo como muchos de los vestidos que llevaban otras chicas, la delicada tela verde favorecía sus curvas y resaltaba el color esmeralda de sus ojos. Lo único que le faltaba era sonreír. Se dió cuenta de que la pareja de Pauli parecía tener muchas sonrisas... Para todas menos ella. Cuando el tipo la dejó sola para acercarse a hablar con Karen Parker, una chica que no era ni la mitad de agradable que Pauli, frunció el entrecejo.


—Ese tipo es un imbécil —masculló—. Pauli no se merece que la traten así.


—No sabía que te interesaba —dijo Javier, con expresión maliciosa.


Al ver el interés que había despertado en Javier, Pedro se dió cuenta de que tendría que tener cuidado con lo que decía. Se encogió de hombros, fingiendo desinterés.


—Es mi vecina, eso es todo—dijo.


—A mí me parece que eso no es todo —dijo Javier, dándole un codazo a Marcos—. Creo que a Pedro le gusta la gorda.


Pedro apretó los dientes y se mantuvo callado porque sabía que el otro estaba borracho. Javier era un buen chico, pero se había entonado un poco demasiado para la fiesta y se le notaba.


—Me parece que hace tanto que Pedro se llevó a alguien al huerto, que hasta una foca le parece guapa—siguió Javier.


Marcos lanzó una risilla desagradable y Pedro lo miró con enfado.


—Están diciendo tonterías, colegas. Voy a mirar a las chicas.


—¡No te lo dije! —le dijo Javier a Marcos, y sus risotadas lo siguieron mientras se alejaba. 

martes, 27 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 20

 —Mi madre ha hecho una tarta —añadió Mateo—. Con baño de chocolate.


—Es mi preferida —dijo Baltazar—. Porfi, mami.


Paula miró primero una carita de ruego y luego la otra esperanzada. Quería que su hijo tuviese amigos y Mateo era un niño encantador, pero también era el sobrino de Pedro.


—Nos encantaría que vinieses —dijo Sonia Alfonso Cullen, que había estado hablando con su esposo y se dio la vuelta para esbozar una cálida sonrisa— . Es una pena que lleves tanto tiempo en el pueblo y todavía no hayamos podido vernos.


—No querría ser un incordio.


—Sonia siempre hace comida suficiente para un regimiento —terció su esposo—. Nos harías un favor si vinieses. De lo contrario, nos tendrá a sobras el resto de la semana.


Paula miró a Sonia y Fernando. Nunca lo comprenderían si les dijese que no.


—Es ese caso —dijo, haciendo un esfuerzo por sonreír—, muchas gracias por la invitación.


—Estupendo —dijo Pedro detrás de ella y Paula se dió cuenta con un sobresalto de que todavía se hallaba allí—. Así que vayamos a preparar la parrilla.


—¿La parrilla? —dijo Paula, y el corazón le dió un vuelco.


—¿No lo sabías? —preguntó Pedro con expresión inocente—. La comida del domingo toca en mi casa esta semana.


—¿Tú cocinas? —preguntó Baltazar, con expresión de asombro, como si Pedro hubiese dicho que podía volar.


—Desde luego —dijo Pedro con una carcajada, revolviéndote el pelo—. ¿Quieres ayudarme, y así te enseño?


—De acuerdo —respondió el niño rápidamente.


—¿Puedo yo también, tío Pedro?


—Por supuesto que puedes —dijo Pedro, dirigiendo una mirada insinuante a Paula—. Me vendrá bien toda la ayuda posible.


Paula levantó la barbilla y le lanzó una fría mirada. No tenía ninguna intención de confraternizar junto a la parrilla. Ni ese día, ni nunca. Pedro sonrió apenas, como si encontrase divertida la situación. 


—Estoy estacionado en el frente. ¿Por qué no se vienen en el coche conmigo?


—No, gracias —sonrió Paula corsamente—. Tengo mi coche en el estacionamiento.


—Ya lo sé —dijo él—, pero los puedo llevar igualmente. Así nos podremos poner al día.


—Iré en mi coche.


—Los traeré cuando quieran.


Ni siquiera se sintió tentada. Imaginaba que Baltazar querría quedarse un rato más jugando cuando llegase el momento de irse. Y entonces, estaría sola con Pedro durante el camino de vuelta.


—Yo voy contigo —dijo Baltazar, con una sonrisa entusiasta.


—Estupendo —dijo Pedro—, si a tu madre le parece bien.


—¿Me dejas, ma? —preguntó Baltazar, mirándola.


«No», quiso decirle. No quería que Baltazar se acercase ni a medio metro de Pedro. Pero se contuvo. Hacía tiempo que había aprendido a buscar el momento. Después de todo, solo se trataba de que lo llevase en el coche. Baltazar no le estaba pidiendo ir de paseo como padre e hijo.


—¿Paula? —preguntó Pedro.


—Asegúrate de que sé ponga el cinturón —dijo Paula, y Baltazar lanzóun grito de alegría.


Paula tuvo que contenerse nuevamente. Primero, sentarse junto a él en la iglesia. Luego, comer en su casa. ¿Qué sería lo siguiente? Levantó la barbilla. Nada, desde luego. Porque cuanto más lejos se mantuviese de Pedro Alfonso, mejor para todos.



Pedro dió la vuelta a las hamburguesas que quedaban y bajó el fuego. Entre las salchichas que los niños habían querido repetir y el pollo, que su abuela le pidió que hiciese de una forma especial, no se había movido de la parrilla. Y todo el tiempo deseando hablar con Paula. Tenía la sensación de que ella lo estaba evitando, lo cual no tenía sentido si pensaban lo amigos qué habían llegado a ser. 

Traición: Capítulo 19

Paula tomó asiento y sonrió con cortesía a los padres de Mateo. El organista acababa de tocar los primeros acordes cuando alguien le dio un golpecito en el hombro.


—¿Queda sitio para uno más?


Se dió la vuelta. Pedro se encontraba de pie a su lado, con aspecto de empresario elegante, de traje azul marino y corbata. Baltazar respondió antes de que tuviese oportunidad de decir que no.


—Por supuesto, hay mucho sitio.


El clan Cullen al completo se deslizó obedientemente por el banco y Paula no tuvo más remedio que hacer lo propio. Por desgracia, «Mucho sitio» era una exageración. El espacio era apenas suficiente para un niño, y mucho menos para un hombre adulto. Cuando Pedro se sentó, Paula quedó comprimida entre él y su hijo. No había estado tan cerca de él desde la noche en el armario. La tripa se le puso como un flan con solo recordarlo. Gracias a Dios, cuando tomó el libro de himnos para cantar, no te temblaban los dedos. Al menos, hasta que él se inclinó hacia ella.


—Tienes un perfume delicioso.


Paula le lanzó una mirada de censura. La sonrisa de Pedro se hizo más amplia. Ella miró hacia adelante. Él le dio un ligero codazo.


—¿No vas a cantar? —te preguntó.


Su tono era bromista, y ella sabía que tendría que haber respondido con una broma, pero no pudo. Miró el libro. Era una situación muy íntima. El hecho de estar sentada junto a él en la iglesia, compartiendo el libro de cánticos; con su hijo al lado y la familia de él cerca. Sintió que algo le oprimía el corazón. Aquella era la vida que había deseado, por la que había rezado todos aquellos años. Pero no era real, porque el hombre junto a ella no era quien aparentaba ser. Si ella nunca hubiese oído la conversación entre él y sus amigos, podría haber seguido besando el suelo que él pisaba, pero el velo se te había caído de los ojos la noche del baile de graduación. Había aprendido lo que sucedía cuando el amor era ciego.  Paula miró por el rabillo del ojo al hombre que se sentaba a su lado. Por más encantador y atractivo que fuese, por más que se sintiese tentada a ello, había decidido que nunca más permitiría que le volviesen a hacer daño.  En cuanto el pastor Williams acabó la última plegaria e impartió la bendición, tomó su bolso y se puso de pie, mirando la puerta más cercana. No tenía ninguna intención de quedarse charlando con Pedro Alfonso. Pero, en su prisa por escapar, se olvidó de que él se encontraba en el extremo del banco. Cuando ella hizo ademán de salir, él se puso de pie y se dió la vuelta hacia ella.


—Buenos días —le dijo, y la expresión de sus ojos le indicó a Paula que él se había dado cuenta de que estaba lista para salir corriendo y le bloqueaba la salida a propósito—. Qué sorpresa encontrarte aquí.


—Entonces, somos dos los sorprendidos —dijo Paula—. Hubiese jurado que tú y tu familia iban a la iglesia metodista de la calle Elm.


—Cerró —dijo Pedro—. Hace unos cinco años.


Paula estuvo a punto de preguntarte por qué habían elegido la iglesia en la que se hallaban, pero se contuvo a tiempo. No quería hablar con Pedro un minuto más de lo necesario.


—Sí, eso sería genial —dijo Baltazar con entusiasmo—. Total, íbamos a comer fuera.


Paula dirigió la mirada a su hijo.


—¿Qué pasa?


—Que Mateo nos invita a comer con su familia —dijo Baltazar—. ¿No te parece genial?


—Lo siento —dijo Paula, pensando rápidamente—, pero no podemos. Tengo que hacer unos recados...


—Pero también íbamos a comer antes —dijo Baltazar, lanzándole una mirada de ruego a su amigo.


—Poorfaaa, señora Chaves —dijo Mateo—. Comeremos salchichas y ensalada de patatas y todo eso.


—Estoy segura de que estará todo delicioso —murmuró Paula—, pero... 

Traición: Capítulo 18

 —De acuerdo, te lo prometo —dijo Paula, lanzando un suspiro dramático—. Pero al menos dime que tú también me quieres.


—¡Pero ma! —se volvió a Baltazar, haciendo un gesto de exasperación con los ojos.


—O quizá tendría que abrir la puerta —dijo Paula, haciendo el gesto—. Así todos podrán oírlo.


—Te quiero —le dijo Baltazar, poniéndose rojo como un tomate—.— Ya está, ¿De acuerdo?


—Perfecto —dijo Paula, esbozando una amplia sonrisa—. Entremos.


Por el bien de Baltazar, Paula intentó demostrar confianza, pero la preocupaba cómo reaccionaría la pequeña comunidad ante su retorno después de tanto tiempo. Sin embargo, en cuanto ví al pastor Williams todos sus temores se esfumaron, ya que él sonrió cálidamente y en vez de estrecharle la mano que ella le tendió la envolvió en un cariñoso abrazo.


—Pauli Chaves—te dijo, sujetándola por los hombros mientras se alejaba pata mirarla mejor—, qué alegría verte. Bienvenida.


A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas ante la sincera recepción.


—Y éste ha de ser tu hijo—dijo el ministro, mirando a Baltazar—. Tu abuela me hablaba mucho de tí.


—¿Sí? —dijo Baltazar y una expresión de inquietud le cruzó el rostro—. ¿Qué decía?


—Me dijo que te gustaban los deportes —dijo el pastor Williams con los ojos chispeantes—. Tenemos una liga de baloncesto que entrena en el centro recreativo los jueves por la noche. Nos encantaría que vinieses.


—No lo sé —dijo Baltazar con timidez.


—Al equipo de Mateo Cullen le vendría bien otro jugador.


Baltazar levantó la cabeza de golpe.


—¿Mateo viene a esto iglesia?


—Sí —dijo el pastor, haciendo un gesto hacia el altar—. Está sentado con su familia por la mitad de la iglesia, a la derecha.


—Iré a saludarlo —decidió Baltazar, entusiasmado, y se marchó sin despedirse siquiera.


—Es un muchacho estupendo, Pauli. 


—¡Soy muy afortunada! —dijo Paula, sin molestarse en corregirlo. Tenía la sensación de que siempre sería Pauli para él. Y, lo cierto era que no le importaba.


—Hubo una época en que no te sentías así.


—Ya lo sé. Pero he crecido desde entonces —replicó Paula, para añadir un poco incómoda—: Espero que comprenda por qué no vine al funeral de mi abuela. Quería hacerlo, pero Baltazar y yo teníamos los dos la gripe…


—No es necesario que te justifiques —dijo él. Estoy seguro de que habrías venido si hubieses podido.


—Fue una muerte tan repentina —dijo Paula. A veces le costaba creer que su abuela hubiese muerto—. Cuando fue a visitamos el verano pasado estaba estupenda.


—Nadie supo la gravedad de su mal hasta que ya era demasiado tarde.


—La quería tanto —dijo Paula.


—Eras la luz de su vida.


—Le agradezco que me lo diga, pero... —titubeó Paula.


—Pero ¿Qué?


—Sé que mi abuela me quería —dijo Paula—, pero también sé que fui su gran decepción. Nunca logré ser lo guapa, delgada o popular que ella hubiese deseado.


—Tu abuela quería que fueses feliz. Lo que sucede es que a veces te presionaba demasiado —dijo el ministro, con expresión compasiva.


—Hizo lo que pudo —replicó Paula con sencillez.


—Me alegra que estés de vuelta. Cualquier cosa que necesites...


—Ya sé a quién recurrir —sonrió Paula—. Ahora, será mejor que me siente y le deje hacer su trabajo.


Aunque Paula hubiese preferido más atrás, Baltazar ya se había sentado junto a Mateo. A regañadientes se dirigió hacia él, sintiendo las miradas de curiosidad de la gente.


—Te he guardado sitio, ma —dijo Baltazar, poniendo la mano sobre el asiento—. Aquí. 

Traición: Capítulo 17

 —El Jefe de Recursos Humanos del First Commerce me ha llamado esta mañana.


—Enhorabuena —dijo Pedro—. Es estupendo. Sabía que todo saldría bien.


—Sí, felicitaciones —lo coreó Candela, poniéndose de pie. Se acercó a él y se colgó de su brazo—. ¿Estás listo para el picnic? Abril y yo estamos que nos morimos de hambre.


Aunque Pedro no se separó de ella, la mirada confundida que le dirigió a Candela indicó que él no sabía cómo interpretar su comportamiento posesivo. Pero Paula sí que advirtió que Candela estaba marcando su territorio e indicándole a ella que se retirase. Casi le dió un ataque de risa al pensar en Candela Andrews sintiéndose celosa de ella. Si alguien tenía que sentirse celosa, era Paula. Pero no lo estaba, porque los celos implicarían que ella quería a Pedro Alfonso. Y ella no lo quería. En su vida, no. Y mucho menos en su corazón.


Pedro esperó hasta que Candela y Abril estuviesen seguras dentro de la casa para irse. Aunque Lynnwood era una comunidad sin problemas de seguridad, Candela estaba segura de que su ex marido la había seguido mientras hacía compras en Kansas City durante el fin de semana. Desde entonces tenía miedo. Cuando le pidió que entrase, él casi accedió, hasta ver el brillo de sus ojos y darse cuenta de que su invitación tenía mucho más que ver con la soledad que con el miedo a su ex marido. Al igual que él, sabía que no estaba preparada para una nueva relación. Y, aunque ella lo estuviese, Pedro no tenía interés en ello. Era una buena amiga y él adoraba a su hijita, pero hacía rato que se había extinguido el fuego que una vez hubo entre ellos. Su hermana le decía que era muy exigente y que si quería una familia grande, como siempre decía, sería mejor que se pusiese a ello. Pero para Sonia era fácil opinar. Desde el instituto sabía que Fernando Cullen era el hombre para ella. Se había casado con él cuando todavía ambos iban a la universidad y seguían juntos desde entonces. Pedro quería aquel mismo tipo de amor, y si para ello tenía que ser exigente, pues prefería serio. Desde luego que no se iba a preocupar por ello. Había cosas mucho más importantes por las que preocuparse. Recordó la alegría de Paula con su nuevo trabajo.  No tenía que olvidarse de agradecerle su ayuda al amigo de su abuelo. Paula necesitaba que le diesen un respiro. Aunque ella no había hecho ningún comentario al respecto, sabía que la pérdida de su trabajo en la capital le había hecho perder la confianza en sí misma. Tener nuevamente trabajo era un paso para lograr recuperarla. Lo siguiente era conseguirle la canguro. Cuando le había mencionado el nuevo trabajo de Paula a su hermana, Sonia le había dicho que la mayoría de las niñas de instituto que cuidaban niños estaban comprometidas con meses de antelación. Pedro se detuvo en una luz roja y decidió que le daría tiempo hasta el día siguiente para encontrar una. Si no lo lograba, tendría que ver qué podría hacer para ayudarla, tanto si le gustaba a ella como sino.


—¿Por qué tenemos que ir a la iglesia? —dijo Baltazar, ajustándose la corbata—. ¿No podemos ir solo a comer fuera?


—Iremos a comer fuera después de ir a la iglesia —dijo Paula, mirándose el espejo retrovisor y quitándose una mancha de carmín de la mejilla—. Además, ya estamos aquí.


—Apuesto a que tu madre no te obligaba a ir a la iglesia cuando tenías mi edad.


—Pues lo cierto es que a mí me gustaba ir a la iglesia—dijo Paula.


Era un poquito mayor que Baltazar cuando ella y su madre se mudaron a la casa de su abuela. Y lo que había dicho era verdad. Todas las semanas iba a la iglesia a rezar por la recuperación de su madre del cáncer que la aquejaba y por el retorno de su padre. Incluso después de la muerte de su madre, paula siguió rezando. Hasta que su abuela le dijo que su padre se había vuelto a casar y marchado a California. Con su nueva esposa. Sin su hija. No volvió a pisar una iglesia hasta que se encontró sola y embarazada, sin dónde ir. Con el correr del tiempo había llegado a la conclusión de que todo sucede por un motivo. Porque se había mudado a Lynnwood, había conocido a Pedro. Debido a él había tenido a Baltazar.


—Te quiero mucho —dijo abruptamente, sonriendo a su hijo.


—Pero ma —dijo Baltazar abriendo la puerta del coche, pero luego la cerró nuevamente para añadir—: Vale que me digas esas cosas en casa, pero no lo hagas cuando estemos con otros que te puedan oír, ¿De acuerdo? 

martes, 20 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 16

Paula le sonrió y volvió la mirada hacia la madre de la niña. Mirándola con más detenimiento, se dio cuenta de que la conocía. Rápidamente retiró la mirada, pero no coa suficiente rapidez.


—¿No fuimos a la escuela juntas? —dijo la madre—. Soy Candela Campbell. Mi apellido de soltera era Andrews, Candela Andrews. ¿Recuerdas?


¿Cómo no iba a recordarlo? Un cuchillo se le retorció en el pecho a Paula. Popular y rodeada siempre de amigos, Candela Andrews representaba todo lo que ella hubiese deseado ser.


—¿Y tú eras...?


—Pauli Chaves —dijo Paula, sintiendo que tenía diecisiete años y era gorda y patosa otra vez.


Le dió rabia que la inseguridad la hubiese hecho dudar con las palabras y decir sin pensar su antiguo nombre.


—La vecina de Pedro Alfonso—sonrió Candela, asintiendo con la cabeza—. Me parecía que eras tú, pero no estaba segura. Estás tan diferente…


—Bueno, han pasado diez años —dijo Paula, restándote importancia.


—Estás fabulosa —dijo Candela—. Totalmente distinta de la Pauli que recuerdo.


—Ahora prefiero que me llamen Pau —forzó una sonrisa.


—Estupendo —dijo Candela con una cabezadita de aprobación—. Te queda bien. Yo también estoy pensando dejar el apodo. Aunque todavía me faltan un par de años para llegar a los treinta, no me veo con treinta años y llamándome Candela.


—Yo me lo cambié al acabar el instituto —dijo Paula—. Cuando vivía en la capital, todos me conocían por Pau, pero aquí todo el mundo insiste en llamarme Pauli.


—Dales tiempo —dijo Candela—. Ya se acostumbrarán. Por cierto, ¿Cuánto tiempo llevas en Lynnwood? Me sorprende no haberme cruzado contigo hasta ahora.


—Llevamos aquí poco menos de un mes —dijo Paula.


—¿A tu esposo lo trasladaron aquí? —preguntó. Candela con lo que parecía genuino interés. 


—No, en realidad se trata de mi hijo y de mí. Hace tiempo que es así—dijo Trish.


Aunque llevaba años diciéndole a la gente que se había casado al acabar el instituto, se había que dado embarazada y luego divorciado, por algún motivo no pudo volver a decir la vieja mentira una vez más.


—También nosotras somos dos. Abril y yo —dijo Candela, despeinando los rizos de su niña con la mano—. Martín y yo nos separamos definitivamente el año pasado. Habíamos estado viviendo en Kansas City, aunque después de la ruptura decidí volverme al pueblo. No estaba segura de si saldría bien, pero Pedro y mis viejos amigos me han ayudado mucho.


—¿Pedro? —dijo Paula, con la garganta agarrotada.


—Pedro Alfonso—dijo Candela—. Sé que ustedes no eran demasiado amigos; pero no dirás que no lo recuerdas.


—¿Recordar a quién? —dijo una voz grave junto a Paula, haciéndole darse la vuelta—. Hola, Paula —dijo Pedro en voz baja, y sus ojos se cruzaron con los de ella antes de que los hombros desnudos atrajeran su mirada. La piel de Paula se encendió.


—Tío Pedro —exclamó Abril corriendo a abrazar las rodillas de Pedro.


—Hola, princesa —dijo Pedro, levantándola en sus brazos—. Pareces una calabaza con esa ropa.


La niñita lanzó una alegre carcajada y Paula no pudo evitar sonreír.


—Se ha portado muy bien —dijo Candela, mirando a Pedro con una cálida sonrisa—. Las dos gritamos cuando hiciste el home run. Si estuviese todavía en el instituto, me levantaría y dirigiría a las animadoras para que te vitoreasen.


Paula sintió arcadas. Y pensar que durante un momento había pensado que Candela estaba cambiada. Se puso de pie.


—Será mejor que me vaya. Como comienzo a trabajar el lunes, no me queda demasiado tiempo para organizarme, incluyendo la búsqueda de una canguro.


Pedro le lanzó una mirada interrogante y luego comprendió.


—Has conseguido el empleo.


Usa sonrisa iluminó las facciones de Paula, a pesar de que hizo todo lo posible por reprimirla.

Traición: Capítulo 15

Paula colgó el teléfono. Era como un sueño. El día anterior, el First Commerce le había dicho que tendría que esperar varias semanas. Y ahora la llamaba el Jefe de Recursos Humanos ofreciéndole el trabajo, y encima, en sábado. Se preguntó durante un instante si Pedro había intervenido, pero lo descartó inmediatamente. Habían hablado la noche anterior y no habría tenido tiempo de hacerlo. El puesto cumplía todas sus expectativas y más. Y lo mejor de todo era que querían que comenzase enseguida. El lunes se tenía que presentar. Ello le dejaba el fin de semana para acabar de organizar la casa, cocinar dos o tres cenas para dejarlas congeladas y... Encontrar una canguro para Baltazar. Se lo hizo nudo en el estómago. ¿Y si no encontraba a nadie? ¿Qué haría? Intentó calmarse. Seguro que habría montones de adolescentes que querrían ganarse un dinerillo cuidando niños. Lo importante era encontrar la adecuada. Y tendría que comenzar enseguida. Fue hacia el teléfono y marcó el número de Laura, cruzando los dedos. Media hora más tarde; lanzó un suspiro exasperado. ¿Es que todo el mundo se había ido al partido? Baltazar le había comentado que el partido de béisbol entre los ex alumnos y los alumnos del último cuso del instituto era un gran acontecimiento, pero hasta aquel momento no se había dado cuenta de la importancia que tenía. Miró la hora. El partido ya estaría terminando. Si iba a la cancha, seguro que se lo podría pedir en persona a Laura, y si no, al menos se encontraría con Baltazar, que se había ido a ver el partido con Mateo y su familia. Sin perder las esperanzas de conseguir una canguro antes de que acabase el día, se dirigió a la puerta. Las gradas estaban llenas y ambos equipos seguían jugando cuando llegó a la cancha de béisbol. Vió a Laura y sus amigas flirteando con un par de jugadores y decidió que quizá aquel no sería el mejor momento para aproximarse a ellas. Aunque no era una fanática de los deportes, decidió esperar mirando el partido. Se hizo sombra con la mano en los ojos y miró las gradas, localizando finalmente un asiento vacío hacia la mitad.  Comenzó a subir los escalones, sin prestar atención a las miradas de curiosidad. Aunque llevaba un mes en Lynnwood, no había salido demasiado. No se consideraba una cobarde, pero le resultaba embarazoso encontrarse con gente que conocía de antes y que no la reconocía. Y cuando lo hacían, a veces deseaba que no lo hiciesen. La señora Russel, la cajera de A&P, usa mujer delgada, le había anunciado a medio supermercado que «Aquella muchacha era realmente gorda, y que mirasen el cambio». El cajero del banco dijo que era imposible que fuese la nieta de la señora Watson, porque aquella niña era «Decididamente obesa y nada bonita». Quizá eso tendría que hacerla disfrutar de la nueva situación, pero no era así. La avergonzaba pensar lo que todos habrían estado pensando y diciendo a sus espaldas. Oyó las palabras de Pedro como si hubiese sido el día anterior y las risotadas de sus amigos.


—Como si a mí me interesase tener algo que ver con ella.


El corazón se te encogió al recordarlo. El ruido de un bate contra la pelota la sacó de su ensueño. La multitud se puso de pie y vitoreó el tanto. Paula se dió la vuelta a tiempo para ver a Pedro acabar de dar la vuelta al diamante. Sus compañeros lo rodearon. Ella movió la cabeza mientras seguía subiendo. ¿Cómo lograba hacerlo? Su home run había hecho que su equipo se adelantase en el marcador. Era el hombre del momento. Nuevamente. Siempre había sido popular, leyó el discurso en nombre de los alumnos cuando acabaron el instituto, fue el presidente del último curso, también jugaba al fútbol... Lanzó un profundo suspiro, se sentó al final de la grada y sonrió a la niñita que tenía al lado.


—¿Cómo estás?—le preguntó.


—Tengo tres —dijo la niña, levantando tres dedos con orgullo.


—Abril, la señora no te ha preguntado cuántos años tienes —la corrigió con cariño su madre—, sino cómo estás. Dile: «Bien».


La niña inclinó la cabeza y retorció tímidamente un botón de su camisa de un brillante color anaranjado.


—Bien —dijo.