martes, 13 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 7

 —¿Estás bien? —fue lo único que se le ocurrió decir, dadas las circunstancias.


—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella con los ojos relampagueantes.


—Yo podría hacerte la misma pregunta.


—Yo vivo aquí —dijo ella elevando la barbilla en un gesto desafiante—. Me mudé hace dos semanas.


—No dijiste nada de cambiarte aquí cuando nos encontramos en la fiesta —dijo él con sorpresa.


—No lo decidí hasta el mes pasado.


La frialdad de su tono lo sorprendió. Aunque ella había estado bastante fría durante la fiesta, él lo había atribuido a que se encontraba acompañada. Pero ahora no estaba acompañada. Pedro se puso de pie. Tenía la camisa manchada por el resbalón en la hierba y unas ramitas pegadas a las mangas. Se las sacudió y esbozó su mejor sonrisa.


—Bienvenida, pues.


—Gracias —dijo ella—. Todavía no me has dicho qué haces aquí.


—Acabo de llegar —hizo un gesto hacia su casa—. Estoy haciendo tiempo hasta que mi madre vuelva.


—Entonces, ¿Estás de visita? —pregustó, relajándose un poco.


La sonrisa de Pedro se hizo más amplia.


—Lo cierto es que yo también me he mudado. Qué coincidencia. Tú y yo juntos nuevamente.


¿Una coincidencia? Paula se lo quedó mirando horrorizada. Su presencia en el pueblo era una complicación con la que no había contado. Se le hizo un nudo en el estómago.


—¿Vivirás con tu madre? —preguntó, resistiendo el impulso de cruzarse de brazos.


—Ya estoy un poco mayorcito para eso —rió Pedro—. Tengo mi propia casa. 


—¿En Kansas City? —preguntó Paula, con la esperanza de que su casa estuviera en cualquier sitio menos en Lynnwood.


—¿Y por qué iba a comprar una casa en KC si trabajo en Lynnwood?


A Paula le dió un vuelco el corazón. No tenía dinero para volverse a cambiar de casa. Y aunque lo hiciese, ¿Adonde iría?


—Compré la vieja casa de los Armbruster.


Paula levantó la cabeza, sorprendida.


—¿Te has comprado la mansión? —dijo, y las palabras le salieron de la boca antes de que pudiese detenerlas.


Pedro sonrió y se le marcaron arruguitas alrededor de los ojos.


—Te acuerdas.


—Vagamente —dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano.


¿Cómo iba a olvidarse? Cuando los Armbruster vivían allí, la casa siempre estaba iluminada y llena de risas. Muchas noches, cuando las estrellas se hallaban especialmente brillantes y el aire cálido, ella y Pedro habían ido andando por la acera oscura hasta la esquina, deteniéndose a contemplar la mansión. ¿Por qué le había resultado tan atractiva? ¿Sería porque siempre estaba a rebosar de gente, mientras que ella se sentía sola y aislada? ¿O porque le daba sensación de estabilidad? La casa tenía cien años. Era un castillo, una fortaleza, parte del pueblo. Mucho más que ella. Una vez, cuando él le dijo que pidiese un deseo, deseó que algún día la mansión fuese su hogar. Por supuesto que él también estaba incluido en el sueño. Qué tonta era.


—¿Quieres verla por dentro? —dijo Pedro, sacando un llavero del bolsillo—. Me encantaría mostrártela.


Paula se sintió tentada durante un segundo. Aunque se había jurado guardar las distancias con él, siempre se había preguntado si el sitio sería tan hermoso por dentro como lo era por fuera. Pedro sonrió, incitante, haciendo tintinear las llaves.


—Venga, Pauli.


El nombre actuó como un cubo de agua fría, haciéndola volver a la realidad. Tenía que recordar que Pedro Alfonso era un camaleón, podía cambiar de color en un instante. Un hombre capaz de susurrarle palabras de amor en un momento y dos segundos más tarde reírse de ella. Alguien que le había demostrado que no se podía confiar en él


—Lo siento, pero no —le dijo. La cortesía tendría que haberle hecho añadir que quizá en otra ocasión, pero en vez de decir eso, levantó una ceja y, mirándolo, añadió—: Y, Pedro...


Pedro la miró y ella sintió un instante de pena al ver su expresión de desilusión. Era incomprensible cómo podía parecer tan sincero con lo taimado que era. Afortunadamente, no era una cuestión de comprender, sino de recordar.


—Ahora me llamo Pau. Hace mucho que Pauli ha dejado de existir.


—Puede que hayas cambiado de nombre, pero sigues siendo la misma persona.


—En eso sí que te equivocas.


La dulce e ingenua Pauli había muerto cuando él traicionó su confianza hacía diez años. ¿La misma persona? ¿La misma tonta enamorada? Desde luego que ya no lo era. Y nunca jamás lo sería. 

Traición: Capítulo 6

 —¿Le importaría si fuese de vez en cuando a echar unas canastas? Lo haría con cuidado. Le prometo no golpearle el coche—pidió.


Paula lo miró con horror.


—Cielo, la señora Alfonso solo lo decía por ama...


—Por supuesto que puedes venir —dijo Ana—. Es decir, si tu madre está de acuerdo.


Paula contuvo el atiento, mirando primero a uno y luego al otro. Lo más fácil sería decir que sí. Pero había aprendido hacía tiempo que lo más fácil no tiente por qué ser lo correcto. Permitir que Baltazar jugase en el patio de Ana Alfonso habría sido una locura. Nada bueno podía surgir de ello, solamente problemas. Y bastantes problemas había tenido en su vida como para buscarse más.


Pedro detuvo el coche de alquiler en la entrada de la casa de su madre y lanzó un suspiro de alivio. El vuelo desde Washington a Kansas City había tenido muchas turbulencias, y luego había llovido todo el camino hasta Lynnwood. Salió del coche y estiró las piernas. Qué bien estar en casa. Además, era un día precioso. Le extrañó que su madre no saliese a recibirlo, pero después se dio cuenta de que faltaba su coche y recordó que ella jugaba al golf los miércoles por la tarde. Tardaría horas en llegar a casa. La elección de un vuelo temprano le había parecido a Jack una buena idea, pero ahora se encontraba sin saber qué hacer. Podía ir a ver a su hermana. Con sus tres niños, todos menores de diez años, la casa estarte llena de actividad. Pensándolo bien, le apetecía mucho más descansar solo un rato, tomándose una cerveza, que tener que vérselas con sus sobrinos. Le llevó unos minutos descargar el coche. Después dé dejar su equipaje en el recibidor, sacó una cerveza del refrigerador y salió al jardín. La tormenta había dejado todo limpio y el aire olía a primavera. Secó con la mano a la hamaca de madera del porche y se sentó. Contempló las cuidadas casas de dos pisos, con su césped recortado y abundantes flores tempranas. Había crecido en aquella manzana. Algunos de sus mejores recuerdos procedían de aquel vecindario, del porche de su casa. O de la casa vecina, de la escalinata de la casa de Pauli. Miró hacia la casa de al lado, apenas visible entre los árboles. Un movimiento súbito de algo rojo le llamó la atención. Dejó la cerveza en el suelo y se acercó a la verja para observar mejor. Alguien se había mudado finalmente a la casa de abuelita. La abuela de Pauli siempre había sido «Abuelita» para todos los chicos del barrio. Cuando murió, poco tiempo después de que él se marchase aWashington, todo el barrio sintió que había perdido a su abuela, no solo Pauli. Intentó ver quién había llegado, pero la vegetación se la impedía. Llevado por un impulso, decidió presentarse al nuevo vecino y pasó por el mismo hueco del cerco que siempre había usado de atejo. Inmediatamente se dió cuenta de que era una mujer: Una mujer atractiva que llevaba unos minúsculos pantalones cortos rojos que apenas si le cubrían el bonito trasero. La mirada apreciativa de Pedro descendió para detenerse en las largas y torneadas piernas antes de volver a subir por la piel dorada hasta el torso cubierto por un sujetador de biquini. Estaba de pie en una destartalada escalera, rascando la pintura de usa de las ventanas con una espátula.


—¿Necesitas ayuda?


Sobresaltada, la mujer se dió la vuelta de golpe; el movimiento hizo que la escalera se tambalease, y ella lanzó un grito de alarma. Pedro cruzó el jardín corriendo y la recibió en sus brazos antes de que tocase el suelo. El impulso provocó que cayera, pero protegió el cuerpo de la mujer con el suyo, recibiendo él todo el impacto de la caída. Se quedó quieto un segundo e intentó recuperar el aliento mientras esperaba que el corazón se te calmase. Pero las suaves curvas que se apretaban costra su cuerpo hacían que le resultase imposible. La mujer se dio la vuelta en sus brazos para mirarlo. A Pedro se le paró el corazón. Un par de conocidos ojos verdes se abrieron, sorprendidos. Por un segundo sintió que tenía dieciocho años otra vez y se encentraba encerrado en un armario con el aire más cargado que durante una tormenta eléctrica en Kansas. Automáticamente apartó con la mano el mechón de cabello rubio que se le había escapado de la coleta a Pauli. Ésta emitió un grito ahogado y se echó hacia atrás, cayendo de sus brazos al suelo. Se puso rápidamente de pie, agitada. Confuso,  se incorporó apoyándose en un codo. 

Traición: Capítulo 5

Baltazar comenzó a incomodarse en sus brazos y lo soltó, dándole un beso en el pelo.


—¿Por qué no sacas tus maletas del coche y las llevas a tu habitación?—le dijo.


El niño titubeó y ella lo miró con la maternal firmeza que había adquirido después de nueve años.


—Cuanto antes vaciemos la furgoneta, antes iremos al parque.


Baltazar fue hacia la puerta de entrada y Paula se inclinó a recoger la caja con cosas de la cocina que Baltazar había dejado en el suelo.


—¡Toc, toc! —dijo Ana Alfonso, asomando la cabeza por la puerta trasera—. ¿Hay alguien?


Paula se enderezó de golpe y se secó las palmas de las manos en los vaqueros.


—Adelante.


Reconoció a la madre de Pedro inmediatamente. Aunque la mujer tendría unos cincuenta y tantos años, seguía teniendo el aspecto elegante y juvenil que Paula recordaba. Su cabello oscuro no tema trazas de gris y las pocas arrugas que rodeaban sus ojos color avellana acentuaban su talante optimista. Llevaba unos pantalones cortos color caqui y un polo rojo, y podría haber pasado por la hermana de Pedro.


—¿Pauli? —titubeó la mujer, recorriendo con la mirada las largas y delgadas piernas de Trish enfundadas en vaqueros y la camiseta que te quedaba como una segunda piel—. No sé si me recordarás, soy Ana Alfonso. Vivo al lado.


—Por supuesto que la recuerdo, señora Alfonso —dijo Paula cortésmente, estrechándole la mano con firmeza.


—Por favor, llámame Ana.


—Solo si tú me llamas Pau—dijo. Le costó trabajo no devolverte la sonrisa a la mujer, pero no deseaba en absoluto intimar con la madre de Pedro.


La puerta de entrada se cerró con un golpe. Paula y Ana se dieron la vuelta y vieron pasar a Baltazar a la carrera y subir las escaleras. Ana la miró interrogante.


—Mi hijo, Baltazar —explicó Paula—. Tiene nueve años. 


La edad le salió automáticamente y hubiese dado cualquier cosa por poder volver atrás, pero ya era demasiado tarde. Si hacía algún comentario en ese momento, solo lograda resaltar la metedura de pata.


—Mi nieto, Mateo, cumplirá nueve el mes que viene. Hace tanto que mi hijo tenía esa edad que me había olvidado de lo activos que son —dijo Ana, con una risa ahogada, meneando la cabeza—. Noventa kilómetros por hora, veinticuatro horas al día, siete días por semana.


—Exactamente —dijo Paula, lanzando una carcajada. A pesar de su intención inicial, sintió simpatía por su vecina—. Baltazar me ha dicho que quiere jugar al fútbol, al baloncesto y al béisbol. Intenté explicarle que la mayoría de los niños eligen solo un deporte, pero me dijo que no sabía cuál elegir, que le gustaban todos.


—Mi hijo Pedro era así también. Por suerte, en un pueblo pequeño, los niños pueden hacer casi de todo.


Nuevamente se oyeron pasos en el recibidor y un segundo más tarde Baltazar irrumpió en el salón.


—Ma, ya he sacado todo de la furgoneta, y abierto... —se interrumpió—. Perdón.


—Balta —dijo Paula con una sonrisa tranquilizadora—, esta es la señora Alfonso, nuestra vecina —miró a Ana—. Este es mi hijo, Baltazar.


Baltazar se acercó y alargó la mano.


—Mucho gusto, señora Alfonso.


Paula sintió que reventaba de orgullo. Desde pequeño le había enseñado buenos modales. Parecía que había servido para algo.


—Encantada de conocerte, Baltazar —sonrió Ana cálidamente, estrechándole la mano al hiño—. Vivo en la casa de al lado, así que si necesitas algo, ya sabes.


—¿En la casa con el aro de baloncesto? —preguntó Baltazar, abriendo mucho los ojos.


—Sí —sonrió Ana, mirando a Paula—. Según tu madre, te gusta mucho jugar.


Baltazar asintió con la cabeza. Bajó la mirada un momento y tomó aliento. 

jueves, 8 de agosto de 2024

Traición: Capítulo 4

 —Pues bien, aquí estamos —dijo Paula, abarcando con un gesto la habitación—. ¿Qué te parece?


Lleno de cajas y maletas, el recibidor poco se parecía a la sala perfectamente ordenada que su abuela reservaba para las visitas. Pero la luz que se filtraba a través del ventanal le daba un aire alegre; y el papel floreado de las paredes, aunque anticuado, no tenía manchas. Se dió la vuelta a mirar a su hijo y cruzó los dedos. Había decidido mudarse a Kansas movida por la necesidad. El contrato de alquiler vencía, tenía te cuenta de ahorros a cero y no había posibilidad de trabajo en Washington hasta septiembre. Lo más sensato había sido volver a Lynnwood, donde Baltazar y ella tenían un sitio en el que vivir sin pagar ni un céntimo. Al heredar la casa después de la muerte de su abuela, había planeado venderla, pero algo pareció impedírselo. Aunque sus años en Lynnwood no fueron felices, aquel había sido su único hogar. Ahora, con el mundo cayéndose a trozos a su alrededor, la atraía como un faro que promete refugio de la tormenta. Y además, en Lynnwood estaría segura de no encontrarse con Pedro. Le había resultado más fácil tomar la decisión de mudarse después de su encuentro con él en Washington. Era gracioso pensar que ahora ella estaría en Lynnwood y él en la capital.


—Este sitio huele mal —dijo Baltazar, dejando una caja con cacerolas en el suelo.


Paula sintió una opresión en el pecho. Todos le habían dicho que a Baltazar no le gustaría mudarse, pero hasta aquel momento no se había quejado demasiado. Tomó aliento y se forzó a hablar en tono tranquilizador.


—Ya sé que es difícil mudarse a un sitio nuevo pero te prometo que todo saldrá bien.


—No es difícil —dijo Baltazar, sorprendido—. Me gusta.


—Pero has dicho que huele mal —se sorprendió Paula. 


—Sí, porque huele mal en serió —dije Baltazar, olisqueando el aire—. ¡Puaj! Huele y verás.


Paula obedeció inhalando profundamente, lo que le causó un estornudo.


—¿No te lo dije?


—No es tan terrible. Tiene olor a cerrado. Cuando ventilemos un poco ya verás cómo cambia.


Baltazar le lanzó una mirada escéptica.


—Venga, ayuda a tu madre a abrir algunas ventanas—le dijo Paula.


El niño miró el jardín, anhelaste, mientras hacía girar una pelota de baloncesto entre las manos.


—Tenía ganas de echar unas canastas antes de cenar.


—Me temo que el aro que miras pertenece a los vecinos —dijo Paula, recordando el día en que el señor Alfonso lo había puesto.


—Entonces no los molestará que yo lo use.


—Cielo, acabamos de cambiamos de casa. Ni siquiera conozco a los vecinos —dijo. No era verdad, pero no estaba dispuesta de ninguna manera a pedirle nada a los Alfonso.


—¿Puedo pedirles permiso? —preguntó Baltazar, tomándole la mano con una mirada suplicante—. Por favor.


El corazón se le encogió al ver la desilusión reflejada en los ojos de su hijo, pero negó con la cabeza.


—¿Qué te parece si nos vamos al parque en cuanto saquemos todo de la furgoneta? Será más divertido. Seguro que habrá niños allí con quienes podrás jugar. Si no, quizá me convenzas para que juegue contigo —le sugirió.


—Gracias, ma —dijo Baltazar, abrazándola fuerte—. Eres superguay.


Ella le retribuyó el abrazo, alisándole el pelo y disfrutando el momento. Baltazar ya no era su bebé, era un niño que cada día se parecía más a su apuesto padre. La idea de que la señora Alfonso se diese cuenta de ello en cuanto viese al niño le había quitado a Paula varias noches de sueño. Pero finalmente había decidido que sus preocupaciones eran ridículas. Para los Alfonso y todos los demás, Pedro y ella apenas se conocían. 

Traición: Capítulo 3

 —Conque tienes un niñito —dijo él.


—Baltazar es un encanto de niño —dijo Ignacio cuando Paula no respondió—. Pero ya no es tan pequeño.


—¿Qué edad tiene tu hijo? —dijo Pedro, mirándola.


Paula pensó rápidamente. ¿Le había mencionado hacía poco a Ignacio que Baltazar acababa de cumplir nueve? ¿Se acordaría si lo hubiese hecho?


—Tiene ocho —dijo, tomando un sorbo de su copa de vino blanco.


—¿Tan mayor? —se sorprendió Pedro, casi se podía ver girar las ruedecillas de su cerebro haciendo cálculos—. Entonces tienes que haberte quedado embarazada...


—Un año después de marcharme de Lynnwood. La primavera siguiente —dijo Paula, quitándole un año entero a Baltazar. Por suerte, Pedro nunca vería al niño. Alto para su edad, era más probable que Baltazar aparentase diez años en lugar de ocho.


—¿Ya vivías en la capital? —preguntó Pedro.


Probablemente hacía la pregunta con interés, pero cuanto más hablase de aquello, más posibilidades tendría de meter la pata.


—Hace tanto de aquello... —dijo Paula, con un gesto de despreocupación.


—¿Extrañas Lynnwood? —pregunté Pedro, sin quitarle los ojos del rostro.


—La verdad es que no —dijo, acabándose el vino—. No tengo nada que hacer allí.


—Están los amigos y la fam... —se interrumpió Pedro abruptamente al recordar que su abuela había sido su único pariente y que había muerto hacía poco tiempo—. ¿Y tus amigos? ¿No los echas de menos?


—Oh, por favor —dijo Paula, haciendo un gesto de exasperación—. Ambos sabemos que no era exactamente la Miss Popularidad. Lo cierto es que creo que no tenía ningún amigo entonces.


—Sí que lo tenías—dijo Pedro.


Ella lo miró, interrogante.


—Me tenías a mí —dijo Pedro suavemente—. Yo era tu amigo. 


Paula levantó la barbilla y lo miró a los ojos, deseando que él viese reflejado en los suyos lo que no le quería decir frente a Ignacio. Que un amigo nunca habría hecho lo que él le hizo a ella.


—¿Dónde diablos queda ese Lindwood? —preguntó Ignacio, masticando pensativamente un canapé de salmón, ajeno a la electricidad que había en el aire.


—En realidad, es Lynnwood —dijo Pedro, mirando de reojo a Paula—. Es un pueblecito en Kansas, a unos veinticinco kilómetros de Kansas City. Pauli, quiero decir Pau, y yo, crecimos allí.


Ignacio se acabó la copa de vino.


—A veces pienso en volver a Texas, a mi pueblo. Pero luego recuerdo que tengo más coches en la tienda que toda la población de aquel sitio dejado de la mano de Dios y se me pasa el deseo —reflexionó. Lanzó una carcajada y se sirvió una copa de una bandeja que pasaba—. Dime, Pedro, ¿Todavía vives en Lindwood?


Pedro no se molestó en volver a corregirlo.


—Mi casa sigue estando en Lynnwood —dijo Pedro, echando una mirada a Paula—. Pero en este momento vivo en Arlington.


Paula sintió un escalofrío. Baltazar y ella vivían en Vienna, a un par de paradas de metro.


—Estupendo. ¿Tienes una tarjeta? —sonrió Ignacio—. Te haré una llamada y quizá podamos volver a vernos los tres.


—Me encantaría —dijo Pedro metiendo la mano en el bolsillo. Sacó una cajita de plata, extrajo una tarjeta y le escribió unos números antes de dársela a Ignacio—. Generalmente estoy libre a la hora de la comida.


—Genial —dijo Ignacio, tomando la tarjeta y metiéndosela en el bolsillo—. Dime, ¿Has estado alguna vez en el restaurante griego cerca de Dupont Circle?


Pedro hizo una pausa, y luego negó con la cabeza.


—Tienen una comida buenísima. Te encantará.


—Seguro que sí —dijo Pedro, mirando a Paula.


Ella forzó una sonrisa. Si por ella fuera, Ignacio podía meter la tarjeta en su fichero en cuanto llegase a su casa. Porque había algo que sabía: El infierno se habría helado antes de que ella volviese a tener algo que ver con Pedro Alfonso. 

Traición: Capítulo 2

 —Ignacio Minchow —dijo Ignacio, estrechándole la mano con sencillez. El texano, de aspecto bonachón, era en realidad un sagaz hombre de negocios—. Encantado de conocerte. Los amigos de Pau son mis amigos.


—¿Pau? —preguntó Pedro intrigado— ¿Qué ha sido de Pauli?


—¿Pauli, eh? —Ignacio la contempló un momento—. Me gusta.


—Pues a mí no —dijo Paula, quitándole una pelusa de la solapa—. Y si alguna vez me llamas así, te mato.


Sonrió y tomó un sorbo de vina Ignacio la miró un segundo, sorprendido.


—Tendré que recordarlo —dijo luego, con una risa comprensiva.


—¿Trabajas para el Gobierno, Ignacio? —preguntó Pedro, inclinando la cabeza, como si estuviese interesado en su respuesta. Igual que cuando se sentaban en la hamaca del porche y ella le hablaba de su día. El corazón se le encogió al recordarlo.


—Ignacio es dueño de una empresa —dijo Paula, elevando la mirada hacia el texano delgado y alto, agradecida de tener a su lado a un hombre tan apueste—. No se dedica a la política.


Pedro la contempló un momento antes de volver a mirar a Ignacio.


—Pensaba que todo el mundo es esta ciudad tenia algo que ver con la política.


—¡Por Dios, no! —dijo Ignacio con una carcajada—. Yo me dedico a los coches. Nuevos, usados, compra-venta, alquiler, todo lo que se te ocurra. Somos uno de los concesionarios más grandes de General Motors de la Costa Este.


—¿De veras? —dijo Pedro—. Qué impresionante.


Aunque sus palabras parecían sinceras, a Paula le pareció que ser dueño de un concesionario no impresionaba a nadie en una ciudad donde la política era el tema recurrente de cada día.


—¿Hace mucho que salís, Pauli y tú? —preguntó Pedro.


—¿Te refieres a Pau? —dija Ignacio, guiñándole un ojo a Paula y tomando un sorbo de vino—. ¿Cuánto hace, querida? ¿Cinco o seis meses?


—Algo por el estilo —dijo ella, agradecida de que Ignacio no hiciese ningún comentario sobre la naturaleza de su relación. 


Eran solo amigos que tenían un acuerdo: Ella lo acompañaba a alguna fiesta de vez en cuando y él hacía lo mismo si ella necesitaba un acompañante. Había sido la necesidad de Ignacio de hacer contactos lo que había hecho que Paula abandonase las palomitas y la película con Baltazar para aceptar la invitación de Ignacio a una de las fiestas más de moda de la capital. El acontecimiento era una oportunidad perfecta para que ella también se relacionase con la gente y se enterase de algún empleo nuevo. Hacía dos meses que, debido a una reestructuración de la empresa de Relaciones Públicas para la que trabajaba, se había quedado sin su empleo. Y pronto se le acabarían los ahorros. Sintió un poco de ansiedad al pensarlo, pero había estado otras veces en situaciones peores y había sobrevivido. Con que se cumpliera una sola de sus plegarias bastaría.


—Volvió a utilizar su apellido de soltera después de romper con él. De eso hace cuánto, ¿Seis o siete años? —dijo Ignacio, lanzándole una mirada interrogante.


—Mucho tiempo—dijo Paula.


Ignacio estaba repitiendo las mismas mentiras que ella llevaba años diciéndole a todo el mundo: Que se había casado al acabar el instituto y se había divorciado poco tiempo después. Era un invento que explicaba fácilmente la presencia en su vida de un niño que ahora tenía nueve años y la ausencia de esposo.


—¿Estás divorciada? —preguntó Pedro con sorpresa—. Tu abuela ni siquiera me dijo que te hubieses casado.


—Entonces apuesto que tampoco te dijo que Paula tiene un hijo —dijo Ignacio.


Paula estuvo a punto de darle un codazo en las costillas. ¿Por qué no se callaba?


—De mi primer matrimonio —dijo Paula, levantando la barbilla para lanzarle a Pedro una fría mirada.


—¿Primer matrimonio? ¿Has estado casada más de una vez?


Nunca había estado casada, y tampoco tenía ninguna intención de hacerlo. Pero eso era algo suyo y él no tema por qué esterarse de ello.


—A veces, la vida no resulta como nosotros queremos —dijo Paula con voz profunda, para darle más misterio al tema.


—Venga, cielo. Ya sé que lo haces por divertirte, pero él se cree que lo dices en serio —dijo Ignacio, rodeándola con su brazo y dándole un apretón—. Pedro, conozco a Pau desde hace bastantes años y, que yo sepa, se ha casado una sola vez. 

Traición: Capítulo 1

 —¿Pauli Chaves? ¿Eres tú?


Paula apretó con fuerza la copa de cristal. Hacía diez años que no oía aquella voz, pero la reconoció enseguida. Contuvo los deseos de salir corriendo y, tras tomar un sorbo de vino, se dió la vuelta lentamente.


—¡Pero si es Pedro Alfonso! ¡Qué sorpresa!


De algo le valieron a Paula sus cinco años trabajando como Relaciones Públicas. Con la firmeza de su voz consiguió ocultar la súbita tensión que le agarrotó el pecho al verlo.


—Casi no te reconozco —dijo Pedro, dando un paso atrás para contemplarla, admirado—. Estás guapísima.


—Tú tampoco estás tan mal —replicó Paula en tono ligero.


Todos aquellos años diciéndose que él no era tan atractivo como lo recordaba, y debía admitir que estaba equivocada. El cabello rubio de su juventud se le había oscurecido y era un castaño profundo que contrastaba con los ojos, antes celestes, que brillaban como zafiros. La edad solo había añadido profundidad y madurez a las facciones juveniles que ella recordaba tan bien. Pedro, que ya era guapo a los dieciocho, a los veintiocho estaba imponente. Estaba claro que la vida le había resultado favorable. Sonrisa genuina, relajado y seguro... Pedro y parecía saber el sitio que ocupaba en el mundo. Tendría que odiarlo. Sus mentiras y engaños le habían robado la inocencia. Pero no era fácil para ella odiar a alguien, y mucho menos a Pedro Alfonso. Aunque no era ninguna tonta. Nunca olvidaría la forma en que él la había utilizado. La expresión de sus ojos se endureció. Pedro tomó un trago de su copa y sonrió, aparentemente sin notarlo.


—Es increíble lo que has cambiado —le dijo mostrando unos dientes perfectos—. Estás fantástica. 


—Gracias —contestó, aceptando el cumplido con cortesía. 


Hasta ella, que nunca estaba satisfecha con su apariencia, tenía que reconocer que Pedro tenía razón. Estaba estupenda. Se había tomado su tiempo con el maquillaje y vestido con un cuidado especial, intentando recuperar la confianza que acababa de perder junto con su trabajo. Pero sabía que la mirada de admiración masculina poco tenía que ver con el maquillaje y el vestido y mucho con la esbelta figura enfundada en seda. Lo que él recordaba era la chica de la escuela secundaria, la niña que había valorado lo bastante para acostarse con ella, pero no lo suficiente como para que fuese su novia oficial. Su sosa vecina, de la que los demás chicos se burlaban. Pauli, la gorda. Paula tomó aliento con esfuerzo. El apodo todavía le hacía daño. Ni los años ni el éxito habían logrado borrar completamente el recuerdo de la cruel burla de sus compañeros. Pero aquello había sido diez años atrás y desde entonces había llovido mucho. Paula Chaves había demostrado que era una superviviente.


—Nunca pensé que te volvería a ver —dijo Pedro finalmente—. Después de la graduación fue como si te hubieras borrado de la faz de la tierra.


—No me parece que Washington esté tan lejos.


—Como si lo estuviese —dijo, lanzándole una mirada penetrante—. Nadie sabía dónde estabas. Ni te dignaste a escribir una carta.


Paula sonrió y se encogió de hombros, aparentando que había roto los lazos con Lynnwood sin esfuerzo cuando en realidad aquella había sido una de las muchas decisiones difíciles que se había visto forzada a tomar.


—Cielo, ¿No me presentas? —dijo Ignacio Minebow, su acompañante aquella noche, aprovechando el momentáneo silencio para intervenir.


—Ignacio, no creo...


—Me parece que no nos conocemos —dijo Pedro extendiendo la mano sin timidez alguna—. Soy Pedro Alfonso, un antiguo amigo de Pauli del instituto.


Paula tuvo que contenerse para no protestar. ¿Por qué utilizaba Pedro aquel ridículo nombre que le recordaba tanto al pasado? Aunque debía admitir que no le parecía tan ridículo cuando él lo decía. Nunca se lo había parecido.