jueves, 9 de mayo de 2024

Inesperado Amor: Capítulo 2

 —Vas a pasar por la casa —insistió Sandra, obligándola a concentrarse en el problema inmediato. Era una mujer muy pertinaz, pero por algo había conseguido atraer a una clientela exclusiva.


— ¿La carretera cruza Littie Hinton?


—Bueno, no la cruza exactamente —admitió Sandra—. Pero es sólo un pequeño desvío. El pueblo está a menos de nueve kilómetros de la salida más cercana.


— ¿Nueve kilómetros? ¿En línea recta?


—Diez como mucho. Puedo mostrártelo en el mapa si quieres.


—Gracias, pero no.


—Está bien, está bien. Seré sincera contigo. Brenda Alfonso llegará en cualquier momento, y pueden pasar horas hasta que pueda encontrar a alguien que haga este trabajo.


—Si te metes en el juego de las mentiras, Sandra, deberías tener siempre un plan de emergencia.


—Por favor. Sólo es un trabajo de nada, y seguro que no querrás dejar a una niña pequeña llorando en mi oficina, ¿Verdad?


Paula se apretó la cadena hasta clavársela dolorosamente en la muñeca.


—Podría vivir con ello —dijo—. Que tú puedas o no es otro asunto.


—Por favor, Paula. Tengo mucho que hacer. Reuniones, entrevistas...


—Y una oficina llena de tu propio personal.


—Todos están ocupados en labores esenciales. Sólo tienes que dejar a Valentina en casa de su abuela y luego podrás pasar tus dos semanas al sol, sin pensar en cómo los demás nos quedamos trabajando como esclavos con frío y lluvia.


— ¿Crees que puedes hacerme sentir culpable? —le preguntó Paula.


Las vacaciones no habían sido idea suya. Había sido su familia la que había insistido en que necesitaba un descanso. Y ella no tenía más que mirarse al espejo cada mañana para reconocerlo.


—Te pagaré el doble...


—Eso sí que es estar desesperada.


—Y cuando vuelvas podemos hablar de tu futuro.


—No tengo futuro —declaró Paula enérgicamente, antes de que la situación se le fuera de las manos.


Sólo había accedido a ir a ver a Sandra de camino al aeropuerto porque así podría decirle cara a cara que la borrara de sus archivos. Irrevocablemente. Se acabaron para siempre las ofertas de trabajo temporales que Sandra seguía dejándole en el contestador automático. En España estaría a salvo de esas tentaciones.


—No como niñera —añadió mientras se dirigía hacia la puerta—. Te mandaré una postal...


Sandra se levantó de un salto, pero antes de que pudiera interponerse entre Paula y la puerta, entró Brenda Alfonso. Alta, rubia y claramente merecedora de los millones de dólares que había ganado como supermodelo y siendo el rostro de una famosa marca de cosméticos. Valentina, su hija adoptada de seis años, conocida en la sociedad por las revistas del corazón, estaba a su lado. La pequeña no llevaba la ropa sencilla con la que cualquier niñera sensata la hubiese vestido para viajar. Su atuendo era el propio de una princesita: Un vestido blanco de gasa con una faja de satén malva, medias blancas opacas y zapatos de raso. El perfecto contraste con su hermosa piel negra. Una tiara reluciente sobre sus rizos completaba la imagen. Sólo faltaban las alas. Una de sus manos estaba en leve contacto con la de su madre, y de la otra colgaba una bolsa blanca de lino en la que habían sido bordadas las palabras «Cosas de Valentina» en el mismo color malva que la faja. El logotipo del diseñador sugería que el vestido era una creación exclusiva para la hija de su modelo favorita. Casi todas las niñas que Paula conocía, y había conocido a demasiadas, habrían arrugado y manchado una ropa así a los cinco minutos de tenerla puesta. Pero Valentina Alfonso no. Parecía una muñeca exquisita. Una de esas piezas de coleccionista que se guardaban en vitrinas de cristal para no ser ensuciadas por dedos pegajosos. Casi todas las niñas se habrían echado a llorar ante la perspectiva de que su madre las dejara a cargo de una desconocida. Pero Valentina permaneció callada y tranquila mientras Brenda Alfonso la besaba ligeramente en la cabeza y, tras dejar una bolsa blanca de viaje, salía del despacho sin ofrecer la menor muestra de angustia maternal. Una punzada de compasión por la pequeña traspasó las defensas de Paula, seguida por un peligroso impulso de darle un abrazo. Pero entonces los oscuros ojos de Valentina se encontraron con los suyos y, con toda la arrogancia que su madre desplegaba en las pasarelas de París, le advirtieron que no se le ocurriera hacer tal cosa.

Inesperado Amor: Capítulo 1

Paula Chaves escudriñaba el tortuoso camino a través de la niebla, intentando conducir su preciado vehículo entre los amenazantes muros de piedras y lamentándose por centésima vez por haber aceptado aquel trabajo.


—Sólo es un trabajo ocasional de niñera, Paula —le había dicho Sandra Campbell—. Es pan comido para alguien tan experimentada como tú.


—Yo ya no soy niñera. Ni siquiera ocasional.


—Sólo serán un par de horas, como mucho —continuó Sandra, como si Paula no hubiera hablado—. No te lo pediría si no fuera una emergencia. Y Brenda Alfonso es una dienta muy especial.


— ¿Brenda Alfonso?


—Vaya, veo que he captado tu atención. ¿Sabes que ha adoptado a una niña refugiada?


—Sí, he visto su foto en Celebrity...


—Nosotros le suministramos su personal.


— ¿En serio? Entonces, ¿Por qué no tiene a una de tus fantásticas niñeras para cuidar de su hija?


—La tiene. O al menos la tendrá. Ya tengo a alguien preparada, pero está de vacaciones.


— ¡De vacaciones! Qué casualidad. Recuerda que me pediste que me pasara de camino al aeropuerto... —re calcó la última palabra con un énfasis especial—. Dijiste que tenías algo para mí.


—Oh, por supuesto —dijo Sandra. Abrió el cajón de su escritorio y sacó un sobre con el matasellos de Hong Kong—. Lo han mandado los Gilchrist.


Con el pulso acelerado. Paula tomó el sobre y lo abrió. Un brazalete de plata le cayó sobre la palma, y una tarjeta cayó al suelo. Aterrada, recogió la tarjeta y leyó el mensaje.


— ¿Paula?


Paula sacudió la cabeza y parpadeó frenéticamente mientras se apresuraba a guardar la tarjeta en el bolso.


— ¿Qué es? ¿Los Gilchrist te han mandado un recuerdo?


—Algo así —respondió, incapaz de definir lo que habían hecho los Gilchrist.


Sandra agarró la pulsera de su mano.


—Oh, es preciosa. Han empezado tu colección con un pequeño corazón... Parece que tiene algo grabado —dijo, acercándola a la luz—. Tengo que graduarme la vista, pero creo que dice... «Olvida y sonríe» — frunció el ceño—. ¿Qué significa?


—Es una cita de Christina Rossetti —explicó Paula, anonadada—. «Es mejor olvidarse y sonreír que recordar y estremecerse».


—Oh. Entiendo... Bueno, tal vez sea un buen consejo.


—Sí —se limitó a decir Paula.


—Sé lo doloroso que es perderla, Paula. Ella nunca te olvidará. Ni todo lo que hiciste por ella.


Paula sabía exactamente lo que había hecho. Por eso mismo nunca volvería a correr el riesgo.


— ¿Quieres que te la ponga? —le sugirió Sandra.


Paula permitió que le abrochara la cadena alrededor de la muñeca, porque habría parecido muy extraño que rechazara la pulsera junto a la tarjeta.


—Bueno —dijo, carraspeando—. Si eso es todo, será mejor que me vaya.


—No tan deprisa. Tu vuelo no sale hasta dentro de unas horas —replicó Sandra con una sonrisa alentadora—. Y viendo con qué clase de compañía barata vas a volar y de qué aeropuerto perdido vas a salir, no hay duda de que necesitas el dinero. Hace meses que no trabajas.


—Hace meses que no trabajo para ti —corrigió Paula—. He estado trabajando como secretaria en una oficina muy agradable. Con un horario normal y un sueldo decente.


Sandra puso los ojos en blanco. Su expresión era de absoluta incredulidad. De acuerdo, tal vez «Agradable» fuera decir demasiado.


—Me han pedido que me quede —siguió Paula—. Como empleada fija.


—No tendrás ni que molestarte —dijo Sandra, ignorando el comentario por completo.


Paula se desenvolvía muy bien en los empleos temporales haciendo los trabajos aburridos y rutinarios que nadie quería. A ella tampoco le gustaban, pero era su penitencia particular. Sin embargo, sus seis meses de autoflagelación no habían ayudado. Iba a tener que intentar otra cosa y tal vez su familia tuviera razón: un par de semanas en soledad, sin ninguna presión, le dieran tiempo para decidir lo que quería hacer con el resto de su vida.

Inesperado Amor: Sinopsis

Paula Chaves estaba huyendo… ¡De su trabajo de niñera! 



No podía volver a encariñarse con un niño y tener que enfrentarse a perderlo después…Hasta que conoció a la pequeña huérfana Valentina y se comprometió a cuidarla durante las noches. Pero las noches se convirtieron en semanas y las emociones de Paula amenazaron con desbordarse, porque además de Valentina, le había robado el corazón el dueño de la casa, el atractivo y asustado Pedro Alfonso. No había lugar donde pudiera esconderse de sus sentimientos… 

jueves, 2 de mayo de 2024

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 52

Paula asintió, pero Pedro sacudió la cabeza y la agarró de la mano, añadiendo:


-No, no confío en ti. Tienes que venir conmigo. 


Paula sonrió en medio de aquella confusión mientras Pedro la arrastraba al coche y sacaba una enorme caja del asiento de atrás.


-¿Qué es? 


-Ábrelo.


Pedro la arrastró de nuevo a casa, pero volvió a salir inmediatamente al tropezar con Romina, que los miraba intrigada.


-¡Maldita sea, aquí no hay intimidad! -musitó Pedro mirando a su alrededor y llevándola por fin al garaje.


-Pedro, ¿Qué hacemos en el garaje?


-Abrir el regalo -contestó Pedro abriendo la puerta, encendiendo la luz y volviendo a cerrar-. Bueno, ya puedes abrirlo.


Paula lo miró suspicaz, pero tiró del lazo y abrió el paquete sobre el suelo. Alzó el objeto que había dentro cuidadosamente y le quitó el plástico.


-¿Qué es esto? 


-¿Qué parece?


-Bueno, parece lo que tú llamarías una horrible obra de arte -repuso Paula.


-Sí, la he comprado con el cheque que me diste. 


-¿Has comprado esta horrible escultura con el cheque? -repitió Paula.


-Sí -sonrió Pedro-, es de las que a tí te gustan, ¿No?


Paula dió vueltas a la escultura y añadió:


-Pero tú detestas el arte abstracto, ¿Por qué la has comprado?


-La he comprado para tí. ¿La has mirado bien? 


Paula volvió a mirarla. Varias veces. 


-Sí, ¿Y?


-¿Qué ves? -preguntó Pedro.


-Una pompa -respondió Paula alzando la vista hacia él y comprobando que Pedro esperaba una respuesta más elaborada-. Bueno, son unas cuantas pompas todas juntas.


-¡Exacto! ¿No ves el simbolismo? -preguntó Pedro.


-Pues... No -negó Paula volviendo a observar la escultura. 


-Se llama «Familia» -explicó Pedro suspirando. 


-Ah.


-Aún quieres tener marido e hijos, ¿No?


Paula sacudió la cabeza en una negativa que la sorprendió incluso a sí misma, y luego contestó:


-Te quiero a tí.


Pedro la tomó de la muñeca, y Paula dejó la escultura en la caja antes de que él la abrazara y dijera: 


-La he comprado porque creo que me gustaría formar una familia contigo.


-Pero aún no has cumplido los treinta y cinco, tú no querías tener hijos hasta los treinta y cinco -objetó Paula.


-Me falta poco -sonrió Pedro-. Entre la luna de miel, lo que tardemos intentando tener un hijo, y luego el embarazo... ¡Demonios, puede que para entonces tenga treinta y cinco!


-¿Sabes qué?


-¿Qué? -preguntó Pedro.


-Creo que es perfectamente posible que me haya enamorado de tí, maldito mujeriego.


-¿Maldito mujeriego? -rió Pedro-. ¿Quién te ha enseñado esas palabras?


-¡No tiene ninguna gracia! -exclamó Paula enfadada.


Ella le abría su corazón, y él se reía. Trató de soltarse, pero él no se lo permitió.


-Creo que yo también me he enamorado, Paula. 


Los ojos de Paula, inundados de lágrimas hacía rato, rebosaron por fin.


-Bien, comprendo -repuso Pedro-. Ya veo que no querías oírme decir eso.


-Sí quería -lo contradijo ella-. Quiero oírlo. Es maravilloso, Pedro.


-Te quiero, Paula.


Paula lo miraba a los ojos y sonreía a pesar de que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Por lo general Pedro detestaba ver llorar a las mujeres, pero aquellas lágrimas eran lo más precioso que había visto jamás.


-¿Entonces sabes ya si estás enamorado?


-Sí, fue anoche. Esa cosa roja... Fuera lo que fuera, lo conseguiste -contestó Pedro. 


-¿Cómo puedes bromear en un momento así? -preguntó Paula fingiendo ofenderse.


-Creí que te gustaría saber que tu compra logró el efecto deseado.


-Sí -afirmó Paula apoyando la cabeza en su hombro-. ¿Quieres tener un niño dentro de nueve meses?


¿Nueve meses? Pedro estaba preparado, pero no tanto. Se quedó helado. Pero entonces vió la sonrisa maliciosa en los labios de Paula, y la acorraló contra la puerta poniendo ambas manos a los lados de su cabeza.


-Me estás tomando el pelo, ¿Verdad?


-Yo jamás haría algo así, Pepe.


-Mentirosa. Tendremos niños. Pero ahora mismo no, ¿De acuerdo? Quiero tenerte para mí solo un tiempo primero. No quiero que nuestro hijo venga a la luna de miel.


-¿Luna de miel?, ¿Es que vamos a casarnos? -preguntó Paula.


-Bueno, vas a pedírmelo, ¿No?


-¿Que si voy a...? -repitió Paula tratando de soltarse-. ¡Suéltame, tengo que darte un puñetazo!


-Pelea cuanto quieras, yo soy más fuerte. Además, eso me da una idea.


-Sólo iba a arrodillarme -añadió Paula sin dejar de luchar-. Ya sabes, para regalarte un anillo de diamantes. Suéltame y te lo enseñaré.


-Me encantan las mujeres emancipadas.


Paula se quedó quieta al fin, se apartó el pelo de los ojos y lo miró. Los ojos de Pedro la contemplaban fija e intensamente.


-Pedro, ¿Hablas en serio sobre eso de la familia?


-Sí, pero es un proceso complicado. Puede que tardemos un poco.


-Tienes razón -musitó Paula-. Hay muchos factores a tener en cuenta.


-Seguiremos practicando a ver qué tal se nos da, ¿De acuerdo? -sugirió Pedro.


Paula sonrió maliciosamente, dándole a entender que la fiesta ni siquiera había comenzado, y contestó:


-Perfecto. 






FIN

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 51

 -No lo sé. Quizá. Eso espero. Espero que se dé cuenta de que están hechos el uno para el otro.


-¿Quieres decir que están enamorados?


-Yo no diría tanto, no sé si ella se atreve a enamorarse. Paula guarda su corazón bajo llave hasta estar segura de estar a salvo, pero la cosa va bien - comentó Pedro.


-¡Vaya, no tenía ni idea! Hace tiempo que no le pregunto nada.


-Pues no la presiones. Romi -advirtió Pedro-. Ella quería encontrar marido, y de momento va bien, pero dale tiempo. Deja que se aclare con sus sentimientos. Lo último que necesita son más interferencias.


El corazón de Paula latía aceleradamente, tratando de salírsele del pecho. ¿Hablaban de Ignacio?, ¿Creía Pedro que estaba enamorada de Ignacio, que lo quería como marido?, ¿Esperaba que se diera cuenta de que estaban hechos el uno para el otro? Por supuesto. Al fin y al cabo ella misma se lo había dicho. Quería un marido, alguien como Ignacio. No alguien como él. Él no era más que su aventura. Y eso era todo lo que Pedro querría ser para ella, todo lo que ella le había confesado desear de él. Hubiera deseado poder gritar y marcharse de allí dando un portazo, pero era una reacción demasiado infantil. En lugar de ello se dirigió a la cocina y dió un golpe a la puerta. Sacó el móvil y marcó el número de Ignacio. Si Pedro insistía en que saliera con Ignacio, saldría con él.


-Paula, ¿Qué ocurre?


Paula se volvió y le dió la espalda. El contestador de Ignacio estaba a punto de pitar.


-Hola, Ignacio, soy Paula...


Pedro le quitó el teléfono y lo dejó lejos, sobre la encimera. La acorraló y la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Paula cerró los ojos. Sabía que era infantil, pero le daba igual. Estaba dolida, y no quería que él lo adivinara.


-Paula, ¿A qué viene esto? -preguntó él enfadado y frustrado.


-¿A qué viene qué? -preguntó ella a su vez abriendo los ojos.


-¿Por qué llamas a Ignacio? 


-¿Tú qué crees? Se me ocurrió invitar a mi novio a mi fiesta de cumpleaños -respondió Paula.


-¿Tu novio?


-Bueno, prácticamente acabas de anunciar mi compromiso con él, ¿No?


-¿De qué estás hablando?


Paula apretó los dientes y trató de soltarse, pero fue imposible. Finalmente contestó:


-Le estabas contando a Romina que mi relación con Ignacio va bien, que somos perfectos el uno para el otro, así que, ¿Por qué no voy a invitarlo?


Pedro le soltó la barbilla y puso las manos sobre sus hombros. Juró, respiró hondo y la besó.


-No estaba hablando de Ignacio, Paula. ¡Estaba hablando de mí!


-¿Qué? ¡Pero si has dicho que yo no me atrevía a amarlo!


-¿A amar a quién?


-¡A tí! ¡A Ignacio! -gritó Paula.


Una mujer de treinta años no debía gritar, pero le resultaba difícil mantener la calma. Paula no estaba segura de que sus palabras tuvieran sentido, pero tenía la desagradable impresión de que le estaba diciendo que lo amaba aunque fuera con un rodeo. Por eso lo apartó y dió un paso atrás, añadiendo:


-No lo sé, a la persona de la que estuvieras hablando.


-Paula, estaba hablando de mí. No sabía si tú estabas preparada para contarle a los demás... Lo nuestro. No quería decirle nada a Romina hasta no hablar contigo primero. Pero tú ni siquiera querías que viniera a esta fiesta. Primero tenía que saber qué te parecía que me presentara aquí.


-Pensé que no querías venir, que te molestaría que todos dijeran que eres mi novio -contestó Paula. 


-Quiero ser tu novio. ¿Por qué crees que estoy aquí? 


-Dijiste... Que serías una aventura. 


-Paula... ¿Qué te parece una aventura muy larga? 


-¿Larga y a distancia? -preguntó Paula tragando. 


-¿Qué?


-¿Es que no te marchas a Japón? 


-No -negó Pedro.


Hubo un silencio. Pedro la miraba tan fijamente que le costaba respirar. Alargó un brazo y la rozó. 


-Paula, tengo un regalo para tí. En el coche. Espera un momento, voy por él. 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 50

 -Esta mañana estás muy serio, Pedro -comentó ella apartándole el pelo de la frente.


-Supongo que sería imposible convencerte de que te quedaras en mi cama una semana, ¿No?


-Me encantaría -contestó ella besándolo-, pero tengo que marcharme. Tengo mucho que hacer antes de que lleguen los invitados.


-¿Puedo ayudar?


-No hace falta, ayudarán mis amigos. Bueno, en realidad Romina va a hacerlo todo, ya la conoces.


-¿Cuándo volveré a verte? -preguntó Pedro.


Sabía cuándo volvería a verla. Pedro estaba decidido a irrumpir en la fiesta. Pero sentía curiosidad por saber qué planeaba Paula.


-No sé... Quizá pueda pasar por aquí cuando termine la fiesta -sugirió ella vacilando.


-Estupendo, te daré una llave.


Pedro se dió cuenta demasiado tarde de lo que había dicho. Bien, eso lo decidía todo. Definitivamente. Era un caso perdido. Paula lo miraba inquisitivamente, tratando de leerle la mente.


-¿Vas a darme una llave? -repitió ella.


-Si quieres... A veces es lo más sencillo -contestó Pedro encogiéndose de hombros-. Da igual. 


-Llamaré a la puerta, ¿De acuerdo? 


-De acuerdo - contestó Pedro molesto. 


-¿Qué vas a hacer hoy?


-¿No lo sabes? -preguntó a su vez Pedro jugando con su oreja-. Voy a ir a comprarte un regalo. 


-¿En serio? -dijo ella con los ojos iluminados-. No hace falta que me compres nada.


-Lo sé, pero quiero hacerlo.


-¿Cuándo es tu cumpleaños? -preguntó Paula. 


-Dentro de cinco meses exactamente. 


-¿Exactamente? -repitió Paula. 


-Sí.


-Así que hoy cumples treinta y dos años y siete meses. Yo también te compraré algo.


Paula no esperaba seguir con él el día de su cumpleaños, era evidente. Pedro la dejó salir de la cama y vestirse, aunque de mala gana. Ella no quería que él asistiera a su cumpleaños, pero aun así iría. Y la convencería de que algún día podía llegar a ser un buen padre. Paula se inclinó para besarlo y despedirse y él sonrió. Acababa de ocurrírsele qué le regalaría.



Paula suspiró mientras se peinaba en el baño. Romina se dirigía a abrir la puerta al primer invitado. No le gustaba pasar su cumpleaños sin Pedro después de lo ocurrido la noche anterior, pero no podía invitarlo a casa de su hermanastra. A él no le habría gustado tener que hacer el papel del novio ante una persona de su familia, y ella prefería ahorrarse el rechazo. No obstante aquella mañana parecía decepcionado. Quizá hubiera debido explicarle por qué no lo invitaba. Quizá debiera llamarlo por teléfono y hacerlo. Pero al fin y al cabo iba a verlo esa noche. Se dirigió al salón decidida a pasárselo bien, pero se detuvo en seco en el pasillo al ver quién había llegado.


-¿Qué tal van las cosas con eso de las citas? -le preguntaba Romina a Pedro.


-Bien.


-Paula no quiere contarme nada. ¿Ha salido con muchos chicos? -siguió preguntando Romina.


Paula no podía ver a Romina, pero sí a Pedro, que estaba de espaldas. Y por supuesto ninguno de los dos la veía a ella. Él se encogió de hombros y respondió:


-Unos pocos.


-Ve a alguien en especial,  ¿Verdad? Estoy convencida. ¿Es ese Ignacio? ¿Crees que funcionará?


-Yo ya no soy su carabina, Romi -respondió Pedro-. Y no preguntes más, no voy a contestarte si ella no te lo cuenta primero.


-¡Vamos, Pepe! -insistió Romina-. ¡Cuenta, por favor! ¡Me muero de curiosidad! Dame una pista. Sale con alguien, ¿No? Paula no quiere decirme ni eso.


-Sí -respondió Pedro suspirando-, digamos que... Sale con alguien. No sé si ella quiere que funcione, pero yo creo que es el hombre adecuado para ella.


-¿En serio? Es ese Ignacio, ¿Verdad?


-¡Romina, ya basta!


-Suena prometedor -continuó Romina-. ¿Crees que se ha enamorado de él? 

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 49

 -Buenos días -dijo él medio dormido a su oído.


-Buenos días -contestó ella sonriendo automáticamente.


-Feliz cumpleaños, ángel mío -añadió Pedro estrechándola en sus brazos y besando su cabello.


-Gracias.


Paula se apoyó en los codos y sonrió. Se sentía maravillosamente.


-Tenías razón en eso de la aventura, era justo lo que necesitaba por mi treinta cumpleaños -añadió Paula besándolo-. Gracias por ser mi aventura.


-¿Estamos bien? -preguntó él frunciendo el ceño.


-Eso creo, ¿No estamos bien? -asintió Paula.


-Yo estoy bien, así que si tú estás bien... Supongo que los dos estamos bien.


-Bien -contestó Paula, que de pronto se encontró tumbada boca abajo.


-Estás jugando conmigo, ¿No? 


-Sí.


-¿De verdad estás bien?, ¿No vas a pedirme que me disculpe con Ignacio? - siguió preguntando Pedro.


-Bueno, lo cierto es que quizá le debas una disculpa, Pedro...


Pedro le tapó la boca con la mano y se movió seductoramente encima de ella.


-Mmm... ¿Qué estás haciendo? -consiguió preguntar al fin Paula, tras agarrarlo de la muñeca. 


-No tengo regalo de cumpleaños para tí, así que te estoy recompensando ahora.


 -Ah... Dicho así...


-Deberíamos levantarnos -comentó Paula con pereza-. Son casi las doce, ¿No? Tengo que marcharme.


Pedro asintió ausente. Lo cierto era que no estaba dispuesto a dejarla marchar. Durante la semana en que habían estado separados había estado reflexionando mucho, y había tomado una decisión. Y la había tomado antes incluso de que se produjera el milagro de que Paula fuera a su casa. Estaba dispuesto a ir a buscarla y a utilizar todos los trucos que conociera para seducirla y convencerla de que le diera otra oportunidad. No tenía planeado comprometerse, pero si lo que ella buscaba era un marido, estaba dispuesto a serlo. Estaba enamorado, lo suficientemente enamorado como para abandonar unos principios que había mantenido durante años. Además, ¿Qué razones tenía para mantener esos principios? Ni siquiera lo recordaba. Incluso se imaginaba a sí mismo con un par de niños en un futuro no muy lejano. No estaba seguro de estar preparado para convertirse en padre de inmediato, pero siempre se podía negociar ese asunto. Quizá Paula accediera a esperar un par de años mientras él se hacía a la idea. Al fin y al cabo negociar y llegar a un compromiso formaba parte de toda relación. Y, en cualquier caso, le quedaban nueve meses para disfrutar él solo de Paula.


-Un penique por tus pensamientos.


-No estoy seguro de que quieras saberlo -sonrió él.


-¿Es algo malo?


-No, simplemente tengo que estar convencido antes de hablar de ello - repuso Pedro-. ¿Qué vas a hacer por tu cumpleaños?


-Tengo planes -contestó ella con cierta pena.


Pedro esperó a que Paula lo invitara a la fiesta, pero ella no dijo nada. Romina le había comentado que pensaban celebrarlo en su casa. Estaba dispuesto a irrumpir en aquella fiesta si hacía falta. Quizá eso le demostrara a Paula que él era exactamente lo que ella buscaba. ¿Pero qué quería ella?, ¿Qué sentía?, ¿Se había enamorado ella también, o simplemente se tomaba demasiado en serio su sugerencia de tener una aventura? Trató de descifrar todo aquello escrutando su rostro, pero no lo consiguió.