martes, 20 de febrero de 2024

Acuerdo: Capítulo 20

 –Así estaré seguro de que no malversas fondos ni lanzas bombas a la prensa.


Ella enrolló el documento y ladeó la cabeza con recelo.


–¿Se supone que tengo que desactivarlo todo ahora?


–No es una trampa –le aseguró Pedro–. Apaga el temporizador. Yo entraré en el sistema cuando pueda y veré qué has hecho. Me aseguraré de que no vuelva a ocurrir.


Mientras salía de la habitación se dijo que tal vez aquel fuese el verdadero motivo por el que quería casarse con ella, para conocerla mejor y comprender cómo trabajaba. Era una oportunidad demasiado buena para rechazarla. Y Paula no tenía más opciones. El fallecimiento de Sara la había dejado desprovista en muchos aspectos. El contrato nupcial era muy generoso, pero imaginó que, en realidad, Pedro no querría darle una asignación, ¿O sí? Tachó aquel punto y puso un signo de interrogación al lado. ¿Y las asignaciones por hijos? ¿Esperaba él que tuviesen sexo? ¿O sería un matrimonio solo en papel?



A la mañana siguiente Paula se levantó temprano, con ganas de hablar sobre el tema, pero Pedro estaba muy ocupado. Había abogados y otras personas haciendo literalmente fila, esperando su turno para que les firmase papeles, tomase decisiones acerca de la incineración de Mae y diese una breve rueda de prensa. Logró por fin llamar su atención desde la puerta cuando él se estaba despidiendo de alguien.


–¿Preparada? –le preguntó él, haciéndola avanzar y frunciendo el ceño al ver cómo iba vestida.


Le había pedido que se vistiese para viajar, pero lo único que tenía Paula eran sus uniformes, así que había buscado en el vestidor de Sara y se había puesto lo único que le había servido, teniendo en cuenta que tenía las caderas anchas y el pecho generoso. La falda de tablas era color mostaza y la chaqueta muy antigua, con unas hombreras enormes. Paula sonrió al abogado de Sara, que estaba sentado en un sillón, con un montón de papeles delante, sobre la mesita del café. Otro hombre se puso en pie cuando ella entró. Pedro tomó los documentos y mientras los leía, dijo:


–Cierra la puerta. Éste es el señor Johnson, de la embajada estadounidense. Él hablará con las autoridades venezolanas para conseguirte un pasaporte de emergencia y que puedas viajar.


–Ah. Gracias. Encantada –dijo ella, dándole la mano.


–Tengo entendido que están ambos muy enamorados –comentó el señor Johnson.


–¿Qué…?


–Va a oficiar nuestro matrimonio –le aclaró Pedro, inclinándose sobre el escritorio para firmar al final del contrato.


Después le ofreció un bolígrafo a Paula.


–Es decir, que nos casamos porque nos queremos, no para que tú consigasla residencia.


Ella abrió la boca para decirle que había ido a verlo para hablar del contrato, no para firmarlo, pero el señor Johnson estaba allí, dispuesto a darle un pasaporte y un visado para que entrase en Estados Unidos, así que volvió a cerrarla. 

Acuerdo: Capítulo 19

 -¿Qué? –inquirió Paula, con los ojos como platos–. ¿Por qué? No.


–Es lo que ella quería.


Pedro volvió a la caja fuerte y le llevó las hojas que había sacado de la carpeta.


–Esto también estaba ahí.


–No –dijo ella, negando con la cabeza–. Me pedía que te incluyera a tí para compararte con los demás. Te tenía en alta estima.


–Durante el último año me pidió nueve veces que viniera a verla. ¿Cuántas veces vinieron todos esos hombres?


–Viven en la ciudad. A Sara no le gustaba viajar. Seguro que quería que vinieras para poder decirte que iba a dejártelo todo a tí.


–Quería que te conociera. Mira.


Pedro pasó las hojas y le enseñó un documento en el que ya estaban puestos sus nombres. Paula tomó aire, sorprendida. Para él también había sido una sorpresa, y había querido ver su reacción para estar seguro de que no lo había planeado todo ella.


–¡Tú no quieres casarte conmigo! ¿Verdad? –lo acusó ella.


–El matrimonio nunca ha sido una prioridad para mí –admitió él, pero frunció el ceño.


Sara era la única beneficiaria que tenía porque era su único familiar. Uno de los motivos por el que nunca había pensado en casarse era porque tendría que haber vadeado a muchas cazafortunas antes de encontrar a la mujer adecuada. Por mucho que lo incomodase que Sara hubiese planeado aquello, le parecía práctico y profesional negociar su matrimonio y su descendencia. Era una manera sencilla de mantener los sentimientos fuera de la ecuación.


–Podrías limitarte a darme la dote –le sugirió Paula ligeramente esperanzada.


Si todo lo que esta le había dicho era cierto, y Pedro estaba empezando a pensar que sí, era demasiado inexperta como para vivir sola, en especial, en ciudades como Nueva York y París, con o sin dinero. No le gustó la idea de verla desaparecer.


–Es muy probable que Sara tuviese la intención de poner nuestro matrimonio como condición para heredar su fortuna.


Lo más probable era que él se hubiese negado, aunque, después de haber conocido a Paula, ya no estaba tan seguro.


–Al igual que voy a cumplir sus deseos con respecto al personal, también debería cumplirlos en lo referente a tí.


–¡Qué suerte la mía!


Pedro se sintió divertido e insultado al mismo tiempo.


–Sería una manera muy rápida de obtener la residencia en Nueva York, donde has dicho que te gustaría vivir. Yo preferiría volver allí lo antes posible.


Le tendió el contrato.


–Léelo. Si estás de acuerdo, firmaremos mañana por la mañana, nos casaremos y haremos el viaje.


–¿A Nueva York? ¿De verdad?


A Paula le brillaron los ojos por primera vez. 

Acuerdo: Capítulo 18

 –No, que yo sepa –respondió ella, andando de un lado a otro para intentar tranquilizarse y pensar–. Solo hablamos de ese tema un par de veces. Una de las doncellas se marchó para casarse el año pasado. Sara me dijo que yo no tendría que casarme con un hombre que oliese a pescado, que me buscaría un buen marido, pero también me dijo que me llevaría de compras, que haría que el conductor me enseñase a conducir y que me llevaría a Venezuela para que pudiese decirle a mi madre lo que pensaba de ella, pero nunca era buen momento para nada de eso.


Hizo una breve pausa.


–Tampoco pienso que pretendiera mentirme –continuó–. Hablaba mucho de cosas que nunca ocurrían. Quería redecorar la casa, jubilarse. Decía que, cuando tú vinieras a verla, te llevaría a conocer la zona.


Pedro conocía la zona. Había estado por allí varias veces y nunca había querido que su abuela se enterase. Se le hizo un nudo en el estómago. ¿Habría querido su abuela presentarle a Paula? Aquello era lo de menos, no le interesaba buscar mujeres para que se casasen con nadie, ni que su abuela le buscase una esposa a él.


–No quiero casarme con uno de esos hombres y verme atrapada aquí durante el resto de mi vida –dijo Paula en un hilo de voz–. ¿Por qué querría Sara hacerme algo así?


¿Por qué había pensado Mae que podía hacérselo a él? La respuesta era la misma en ambos casos.


–Nunca superó que mi madre no aceptase el matrimonio que ella le había propuesto. Los buenos hijos permiten que sus padres los emparejen bien.


–¡Pero yo no soy su hija y no voy a hacerlo!


Pedro levantó una mano.


–Pero esto demuestra que te veía como a una hija adoptiva. Se interesaba por tu futuro como habría hecho una madre. No buscó marido a ninguna de las doncellas. Solo a tí.


De hecho, como el resto del personal que trabajaba en la casa, las doncellas tenían derecho a una compensación basada en sus años de servicio. Pedro había comentado aquello con el mayordomo y le había pedido que planease dejar la casa con el personal mínimo necesario. No obstante, Paula no pertenecía al personal de la casa. Eso daba igual, él podía ofrecerle una cantidad que le pareciese justa de su propio bolsillo y hacer caso omiso de los deseos de su abuela. No le debía nada a Sara. Salvo que era la madre de la mujer que le había dado a él la vida. Paula podría contarle cosas acerca de su abuela, tal vez incluso de su madre, que probablemente nadie más supiese. Juró en silencio y se pasó una mano por el pelo. Ella se acercó a la ventana y Pedro pensó que, a pesar de su altura, parecía muy frágil.


–No sé cómo pedir que me deporten. Me preocupa que me metan a la cárcel si se enteran de los años que llevo aquí, pero tampoco puedo quedarme. No quiero y no tengo ningún motivo para quedarme. Nadie me ayudará a encontrar trabajo ni un lugar en el que vivir. Todo el mundo me odia porque nunca he tenido que hacer la colada ni limpiar el polvo. Piensan que soy una aprovechada.


Tenía los dedos clavados en sus propios brazos.


–Paula.


Se acercó a ella.


–Mi abuela quería que cuidasen de tí. Y ésta es la prueba –le dijo, señalando la carpeta.


–Quería darme a un extraño como si fuese… Un objeto –replicó ella enfadada.


–Yo no pienso que eso sea verdad.


Pedro ya le había dado a entender antes que era ella un bien más de la herencia. Una herencia que no necesitaba, pero que iba a aceptar. Y, si la aceptaba, tendría que hacerlo con aquel tesoro que su abuela había tenido en casa como una piedra preciosa metida en una caja fuerte. Se fijó en el feo vestido de Paula, en sus sandalias planas, en que llevaba el pelo recogido en un moño y tenía las manos metidas en los bolsillos. Fuese como fuese, Sara había mantenido a aquella mujer a su lado. E incluso había querido casarla con él. Aunque fuese solo por ese motivo, no podía dejarla tirada. 


-¿Pagarías la dote si me casase con uno de ellos? -le preguntó ella atemorizada, mirando los papeles con angustia.


La idea le causó repulsión. Pensó que si alguien tocaba a Paula sería él.


-No. Quiero que te cases conmigo.

Acuerdo: Capítulo 17

 –¡Dios mío! –exclamó, pasando las páginas, fijándose en las notas escritas por Sara.


–¿Por qué te sorprende tanto? Tú misma has dicho que iba a organizar tu matrimonio.


–¡Pero no sabía que lo estuviese haciendo de verdad!


Se abrazó y miró los papeles con verdadero horror. ¿Qué habría querido obtener Sara a cambio?


–La dote que ofrece es bastante generosa. Y una compensación decente si te divorcias, en especial, si aguantas casada al menos cinco años. Las condiciones son excelentes si tienes hijos, sobre todo, varones.


–¿Cuándo? Pensé…


Paula pensó que Sara había querido que siguiese con ella, que había valorado su trabajo.  Se sintió como un activo con el que negociar en otra transacción comercial más. Una propiedad.


–El que está en el sector de los textiles es el de mayor edad. Y tiene una enfermedad coronaria.


Paula giró la cabeza con gesto compungido. Pedro se sintió mal, pero todavía estaba procesando lo que acababa de descubrir. Había sacado el documento que llevaba su propio nombre de la carpeta, a ver si ella lo echaba de menos. Parecía realmente sorprendida por la existencia de aquellos documentos. Y el hecho de que hubiesen estado guardados en la caja fuerte indicaba que Sara había querido mantenerlo en secreto. Las notas de su abuela acerca de los candidatos revelaban de manera explícita que todos le parecían poco, sobre todo, en comparación con él. Aquel descubrimiento era el que más lo había inquietado. Sara había querido que Paula se casase con él. Al parecer, era cierto que la había visto como a una hija. Pedro no había conseguido encontrar su nombre en ninguna nómina ni en los gastos de la vivienda. Y había interrogado personalmente al mayordomo, que le había mostrado el sistema con el que gestionaba las horas de trabajo de los empleados y los periodos de vacaciones, pero Paula tampoco aparecía en él.


–Tenían un acuerdo privado –le había dicho el mayordomo, torciendo el gesto.


Y también le había contado que Paula no salía de la casa, lo que para él era un fastidio. De hecho, si había que prescindir de alguien en aquella casa, en opinión del mayordomo, la primera en marcharse tenía que ser ella.


–No voy a hacerlo –dijo ella, temblando–. No me puedes obligar.


–Tranquilízate. Solo estoy diciendo que, si tú quieres hacerlo, yo seguiré con el plan –le respondió Pedro, poniéndola a prueba.


–¡Por supuesto que no!


–Antes me has dicho que podías casarte con un hombre mayor.


Él nunca había pensado en el matrimonio y el hecho de que Sara hubiese pensado que podía interferir en su vida hasta semejante punto lo había dejado de piedra.


–Quiero casarme con quién yo quiera –le dijo Paula, reflejando los pensamientos de Pedro, con gesto de desolación–. Pensé que le gustaba. ¿Por qué querría hacerme algo así?


Pedro tenía sus propias teorías, pero preguntó:


–¿Estaba enferma? ¿No estaría poniéndolo todo en orden porque pensaba que le quedaba poco tiempo de vida? 

jueves, 15 de febrero de 2024

Acuerdo: Capítulo 16

No quería que nadie la oyese llamándolo por su nombre. Seguía siendo la más joven de la casa y siempre trataba a todo el mundo de usted.


–Come –le ordenó él–. Ahora me toca a mí hablar.


Paula pensó que era él quién le había hecho las preguntas, quién la había obligado a hablar. Tomó un rábano daikon y lo mordisqueó. Él se echó hacia atrás en la silla y la observó mientras daba un sorbo a su copa de vino.


–Me has acusado de descuidar a mi abuela, de no haberla ayudado con sus negocios hasta hoy. Mi abuela desheredó a mi madre antes de que yo naciera. Yo conocí a Sara en el funeral de mi madre, cuando tenía siete años. Y no la volví a ver hasta cinco años después. Mi padre me advirtió que no cayese bajo su influencia y yo lo escuché porque la conocía mejor que yo. Volví a verla en el funeral de mi padre y seguimos en contacto, a través de tí, me doy cuenta ahora, pero nunca dí por hecho que heredaría su fortuna. Con respecto a ayudarla a gestionar sus bienes… ¿Cómo iba a saber yo que necesitaba ayuda? Has hecho tu trabajo muy bien, no tenía motivos para estar preocupado.


Ella se preguntó si era un cumplido o un reproche.


Pedro dejó su copa vacía.


–No obstante, yo no necesito tus servicios. Chen Enterprises es mía y la gestionaré como hago con cualquier compañía que cae en mis manos, realizaré las reestructuraciones que sean necesarias y permitiré que mi legión de administradores haga el trabajo por el que les pago.


Ella mantuvo la expresión en blanco, para que no se le notase que se estaba viniendo abajo.


–Con respecto a las amenazas que me has hecho, no me afectan lo más mínimo. No necesito el dinero de mi abuela y las irregularidades que ella cometiera no son mías. No tenía con ella la relación suficiente como para que su pérdida afecte a mi orgullo. Tú eres la única que va a sufrir con todo esto.


Paula era consciente. Sabía que, en realidad, no tenían ningún poder sobre él. No tenía nada, no era nadie. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar.


–Entonces, ¿Va a hacer que me deporten? –le preguntó, con el estómago hecho un manojo de nervios y el corazón desbocado.


Él no dijo nada. Ella bajó la vista para ocultar su angustia, lo vió hacer un gesto con los labios, pero no era una sonrisa. Paula dejó los palillos, no se le ocurrió qué más hacer.


–Si no vas a comer, ven conmigo –le dijo él, levantándose de manera brusca y entrando en la casa.


Ella pensó que le iba a echar de allí, pero lo vió subir las escaleras y entrar en la habitación de Sara. Lo siguió con pasos de plomo, con el corazón en un puño. Paula solo había estado en aquel dormitorio en un puñado de ocasiones. Aquel era el ámbito de su doncella personal y de la enfermera, estaba decorado con estilo clásico y sencillo, un poco anticuado. A Sara no le había gustado gastar dinero si no era necesario. El espejo que había encima del tocador estaba abierto. Detrás había una caja fuerte.


–¿Cómo lo…?


–Estas cajas fuertes viejas se pueden abrir restaurando los ajustes de fábrica. No cuesta nada hacerlo.


Sacó de ella una carpeta de cuero.


–Estaba buscando su testamento y encontré también esto –le dijo, tendiéndole la carpeta.


–¿Qué es? –le preguntó ella.


Lo abrió y vió alguno de sus informes acerca de hombres de negocios chinos.


–No entiendo que los guardase en la caja fuerte. Son documentos…


Pasó al tercer documento y vió un contrato de matrimonio. 

Acuerdo: Capítulo 15

 –No me entristeció estar lejos de mi madre –admitió en voz baja–. Y no tenía sentido contarle a la gente lo que había ocurrido. Como mucho, la habrían detenido y yo me habría quedado huérfana.


–¿Y tú querías participar en esos concursos? ¿O también te obligaba ella?


–Yo ví que tenía una oportunidad y me esforcé. Solo competí en categorías infantiles, me marché antes de entrar en las juveniles. Y estoy segura de que lo haría bien si empezase a concursar ahora. Es uno de mis planes de emergencia, si me deportan. No obstante, hay que realizar antes una buena inversión. Hay que ganar certámenes pequeños, hay que darle tiempo.


Estaba hablando demasiado deprisa.


–Ese es el único motivo por el que me abrí una cuenta en Venezuela. Si tengo que retirar dinero de ella, le prometo que se lo devolveré con intereses.


Él no respondió inmediatamente y estrechó la mirada.


–Los concursos podrían ser un buen medio para empezar después a modelar. ¿Tan mal te parecería empezar así?


–¿En Venezuela? En cuanto recibiese algo de publicidad, mi madre volvería a mi vida, y preferiría evitar eso.


–¿Es ese el principal motivo por el que no quieres que te deporten? ¿Tu madre?


–Sí –admitió ella, tocando el pescado con el tenedor, incapaz de tomar otro bocado.


–Deja eso. Ya está muerto.


Pedro tomó su plato lleno y lo dejó encima del de él, que estaba vacío.


–Yo me lo terminaré, si tú solo vas a jugar con él.


–Estoy dispuesta a limpiar váteres si es mi única opción –continuó ella, agarrándose las manos sobre el regazo–. Seguiré programando, porque sé que es un trabajo bien pagado, pero tampoco será fácil. Mis atributos físicos hacen que lo más fácil sea intentar modelar.


Paula contuvo la respiración mientras esperaba su opinión. De momento, Pedro no se había ido por las ramas, pero, si le decía que no era lo suficientemente atractiva, ella tendría que cambiar de estrategia. Él recorrió su rostro con la mirada en una caricia casi tangible.


–No puedo negar que eres muy bella –respondió con toda seriedad.


Pedro apartó la mirada y su expresión se endureció. A ella se le encogió el corazón porque quería que siguiese mirándola.


–Solo le pido que me lleve con usted y me dé el tiempo necesario de establecerme –le rogó en voz baja–. Yo continuaré trabajando en las inversiones de Sara a cambio de alojamiento y comida…


–Un buen trato, teniendo en cuenta que no gastas mucho…


–Necesitaré un pequeño préstamo para comprarme ropa y maquillaje, pero continuaré vistiendo este uniforme cuando esté trabajando para usted.


–¿Y qué más?


Ella cerró los ojos, enfadada consigo misma porque su desesperación era evidente. Sintió que le ardían los ojos y consideró otros métodos de persuasión. A Pedro no parecía interesarle el sexo, tal vez porque se había dado cuenta de que era inexperta en aquellas artes. ¿Podía ofrecerle prepararse en aquella materia? Estaba dispuesta a esforzarse para mejorar. Se oyeron unas suaves pisadas. La doncella llegó con un plato de pato sobre una cama de coloridos vegetales.


–Deja solo uno –le dijo Pedro–. Y el otro cómetelo tú. Nosotros compartiremos este. Ya casi no tengo apetito.


Y miró a Paula mientras dejaba el plato entre ambos.


La doncella se inclinó y se retiró con el plato y muchas cosas que contar en la cocina. Paula imaginó que pronto la acusarían de estar acostándose con el nieto de la señora Chen, no se les ocurriría pensar que él ya la había rechazado.


–Señor Alfonso…


Él levantó la barbilla, desafiante.


–Pedro –repitió ella en voz baja.

Acuerdo: Capítulo 14

 –¿Te preocupa ganar peso? –le preguntó Pedro.


–No me gusta mucho el pescado. Y es evidente que una ración así era para el mayordomo.


–Pide otra cosa –le sugirió él.


–No creo que eso mejorase mi imagen frente al resto de empleados de la casa. Está bien así. Me gusta la salsa con el arroz.


Él empezó a comer de su plato.


–La enfermera me ha contado que cuando llegaste llevabas un parche en la lengua. ¿Por qué?


–Para perder peso –le respondió ella, sabiendo por dónde iba a transcurrir la conversación.


–¿Por qué querías perder peso?


Ella contuvo un suspiro.


–Era una ventaja. Mi madre pidió a la escuela que me lo pusieran y yo accedí. Muchas chicas se hacían la liposucción o se arreglaban la nariz. El parche de la lengua no era nada –le explicó Paula, encogiéndose de hombros.


–¿Qué clase de colegio hacía cosas así?


–Uno que preparaba para concursos de belleza.


–¿Te enseñaban a participar en concursos de belleza?


–¿Por qué le sorprende? Yo tenía muchas posibilidades.


–No sabía que existiesen semejantes colegios. ¿Es el mismo en el que diseñabas páginas web?


–Para tener presencia en la red desde una temprana edad, sí.


–¿Por eso querías que tu página destacase del resto?


–Todo era un concurso –respondió ella, por decir algo.


Tomó otro bocado del pescado. Sabía a ahumado y estaba fibroso, pero tierno. Se lo podía comer.


–Lo que significa que tampoco tenías amigos allí, ¿No? –adivinó Pedro.


–Algunas niñas eran simpáticas, pero, según mi madre, el premio de Miss Simpatía era un premio de consolación, algo que no necesitábamos las ganadoras, al que no había que aspirar.


–¿Tu madre también competía?


–Ganó todos los títulos, sí.


–¿Y aun así no tenía dinero para un piso?


–Tenía gustos caros. Y estaba muy enfadada con mi padre. Creo que conmigo también.


–¿Por qué?


Paula suspiró, no le gustaba que Pedro le estuviese haciendo tantas preguntas.


–Está bien mantener la corona en la familia y con el dinero que gané pudieron pagar mi educación, pero ¿Cómo te vas a sentir la mujer más bella del mundo si tu propia hija amenaza con arrebatarte el título?


–Tu madre parece una mujer encantadora. ¿Nadie se dió cuenta de que desapareciste de repente? 


–Le contó a todo el mundo que me había ido a vivir con unos familiares. Un par de compañeras me buscaron por Internet y yo les relaté lo mismo. La realidad era demasiado…


Siempre se le encogía el corazón al pensar en cómo su madre se había deshecho de ella. Había sido una persona interesada, que había tenido una relación con un hombre casado y se había quedado embarazada, probablemente, para sacarle más. Otra cosa más que había hecho sin pensar y que había terminado por lamentar. A ella la había considerado una mercancía y nunca la había querido como una madre debía querer a una hija. Eso había hecho que Paula sintiese siempre un vacío que Sara tampoco había podido llenar.