jueves, 15 de febrero de 2024

Acuerdo: Capítulo 13

 –Le he dado la noche libre al mayordomo –le explicó–. Después de aclararle que no iba a cenar con él.


–Estoy segura de que agradecerá tener una noche libre –respondió ella, pensando que el mayordomo la mataría cuando la viese la siguiente vez.


–No me ha hablado muy bien de tí.


A Paula no le sorprendió que Pedro hubiese intentado averiguar más de ella, pero supo que nadie tendría nada bueno que decir.


–Yo estaba presente en sus reuniones con Sara, cuando repasaban los gastos de la casa y las subidas de sueldo. Era mi tarea redactar informes y sugerir mejoras en los salarios.


Él rió con incredulidad.


–¿Y tienes muchos amigos aquí?


–Tal vez usted pueda ser el primero –le respondió ella, sonriendo con falsa esperanza.


Él sonrió también, pero solo un instante. Paula pensó en que Pedro la había rechazado y perdió el apetito. Dejó los palillos a un lado.


–He leído tu nota –anunció Pedro.


–¿Qué…? ¡Ah!


Pedro debía de haber intentado entrar en el sistema mientras ella dormía. Por supuesto que sí. Y había encontrado una advertencia de que no continuase.


–Pensé que era todo un farol, pero ya veo que no. No obstante, tengo una idea de cómo solucionarlo. Lo he clonado todo y he creado un archivo de prueba. Lo descifraré antes de irme a dormir –le aseguró mientras mordía la cola de una gamba.


–Supongo que imaginarás que hay más –le advirtió ella.


–Lo contrario me decepcionaría –le respondió él sonriendo de manera falsa–. ¿Dónde has aprendido a codificar?


–En el colegio teníamos que crear nuestra propia página web. Podíamos escoger entre varias plantillas. Se supone que teníamos que meter datos básicos y un par de fotografías. A mí no me gustaban los colores que me ofrecían y quise cambiar el diseño, así que busqué la manera de hackearlo y personalizarlo.


–¿Para que te pusieran más nota?


–Para sobresalir del resto. También nos exigían tener una afición y hacer voluntariado. Yo escogí programación y participé en proyectos de código abierto. Desde que llegué aquí, tuve la oportunidad de aprender varios idiomas. A Sara le gustaba que hiciese las cosas a su manera.


–La codificación no es una habilidad fácil de vender –comentó Pedro.


–Por eso quiero hacerle una demostración –le respondió Paula, apartando su cuenco–, pero ¿Quién me va a tomar en serio, si no tengo una trayectoria ni buenas referencias? ¿A qué puerta voy a llamar cuando me deporten con los bolsillos vacíos? Como ya le he dicho antes, si hubiese querido infringir la ley, ya lo habría hecho.


–No eres la típica hacker, la verdad –comentó él, estudiándola con la mirada.


La doncella se llevó los cuencos y les sirvió un plato de pescado a la brasa. Paula tomó un trozo minúsculo y lo untó en la salsa. 

martes, 13 de febrero de 2024

Acuerdo: Capítulo 12

 –¡Por supuesto, señor! Pero a la señora Chen nunca le gustaron los teléfonos ni los ordenadores –le explicó la enfermera–. Por eso tomó a Paula de ayudante. Además, ella hablaba español y su abuela había adquirido recientemente propiedades en Sudamérica.


–Paula era muy joven cuando llegó aquí, ¿Verdad? ¿Cómo se sentía? ¿Asustada? ¿Enfadada?


–Era muy callada.


–¿Porque solo hablaba español? –le preguntó él.


–Hablaba un poco de inglés, pero el problema era el parche. Tuve que quitárselo de la lengua. Se me había olvidado –comentó la enfermera, frunciendo el ceño.


–¿Qué parche? –se interesó Pedro.


–Para perder peso. Hace que sea doloroso comer sólidos. Ya estaba muy delgada, pero algunas jóvenes hacen verdaderas estupideces para no engordar. Si quiere que le dé mi opinión, la señora Chen la salvó de ella misma. 





Unos golpes en la puerta la despertaron. Paula miró el reloj despertador, todavía faltaba una hora para que sonase. Había puesto la alarma para no quedarse dormida y poder cambiar el temporizador del ordenador.


–Paula –le dijo él–. Abre la puerta o entro.


Ella se levantó rápidamente, se pasó las manos por el vestido arrugado y abrió la puerta a Pedro, que parecía enfadado. Él miró hacia la pequeña cama, las paredes vacías y la mesita de noche en la que solo había un reloj y un peine.


–¿Qué estás haciendo? –le preguntó.


–Dormir.


–Tenías que cenar conmigo. ¿Por qué le dijiste al mayordomo que quería cenar con él?


–Me dijo que le pidiese al mayordomo que les preparase la cena. Dí por hecho que se refería a él y a usted.


–No.


La orden de Pedro podía haberse interpretado de varias maneras y ella se había sentido agotada. Además, el mayordomo jamás se habría creído que el nuevo señor de la casa quería cenar con ella, salvo que este se lo hubiese dicho en persona. Tanto él como el resto del personal le habían preguntado a Paula qué le había contado. Y ella había respondido como cuando le habían preguntado por las conversaciones que mantenía con la señora Chen, sin darles ninguna información, ganándose así su enemistad. Pero Pedro estaba enfadado. Se había quedado dormida pensando que había estado a punto de besarla, e imaginándose cosas que casi no podía entender. ¿Cómo habría sido sentir sus labios, que le acariciase el trasero, los pechos, entre las piernas…? Sintió calor allí y eso la desconcertó. Se sintió avergonzada.


–No tengo hambre –añadió.


–No te he preguntado si tenías hambre. Vamos al jardín.


Le hizo un gesto para que pasase delante. Y ella lo hizo, consciente de que tenía a Pedro detrás. Llegaron al jardín donde había una mesa para dos, con la mejor vajilla de Sara y un mantel de seda. Una de las doncellas llevó el primer plato, un pequeño cuenco con curry de gambas. Pedro tomó los fideos con los palillos dorados con tanta habilidad como ella. Y se dió cuenta de la mirada de curiosidad de Paula cuando la doncella se marchó.

Acuerdo: Capítulo 11

 –No vas a solucionar el caos que has creado, ¿Verdad? –inquirió Pedro enfadado.


–Si Pau no hace falta, todo lo que hay en su perfil, tampoco –le respondió ella.


–Ven aquí.


Ella se quedó donde estaba, pero apartó las manos del ordenador y cerró la pantalla.


–¿Tienes idea de lo peligroso que soy?


–¿Tiene usted idea… De lo poco que tengo yo que perder? –contraatacó ella en un susurro.


Ocho años, ni más ni menos.


Había cerrado los puños, pero manteniéndolos a ambos lados del cuerpo.


–Por cierto, me puede dar las gracias por todas las veces que he sugerido a su abuela que se pusiese en contacto con usted. Podría haber venido en cualquier momento a echarle una mano en la gestión de sus negocios, pero no lo hizo. Yo sí que he estado aquí. Y a cambio solo he tenido un techo y tres comidas al día.


–¿Y me quieres castigar por ello? ¿Borrando unos archivos? Cualquier base de datos o archivo que borres, se puede recuperar. No se tardará mucho y el coste no será tal alto.


–Yo estimo ese coste en diez millones de dólares, si tenemos en cuenta las penalizaciones por incumplimiento de contratos. También podría mantenerme en mi puesto y no perder ese dinero.


–¿Ese piensas que es tu valor? –inquirió él–. ¿Diez millones de dólares?


Aquello la enfadó y a Pedro le pareció que se ponía todavía más sexy cuando se enojaba.


–He pasado muchos años pensado que mi valor era cero, pensando que tenía que quedarme aquí porque Sara era la única persona que me quería, y que yo solo era útil para ella. Desde que le envié a usted el mensaje informándole de que había sufrido un infarto, solo he podido pensar en que tenía que demostrarle mi valía, pero ¿Cómo hacerlo si no soy más que una deuda pendiente?


Se llevó la mano al vientre como si le hubiesen clavado un puñal en el ombligo.


–La deuda es de mi madre. Y yo valgo lo que quiera valer. Si me van a explotar, seré yo quien ponga las condiciones. Y si me va a mandar a la callecomo a un perro, le aseguro que antes le voy a morder.


Llamaron suavemente a la puerta y Pedro respondió:


–¡Estamos ocupados!


Una señora de rostro moreno ya se estaba asomando.


–Lo siento, señor Alfonso. Me han dicho que quería verme.


–Es la enfermera de la señora Chen –le informó Paula.


Él juró entre dientes.


–Pase.


Después miró a Paula y señaló el ordenador.


–Pon eso en pausa unas horas. Y después pídele al mayordomo que nos prepare la cena.


Necesitaba tiempo para pensar.


La enfermera los miró a los dos mientras Paula se acercaba al ordenador y tocaba varias teclas. Unos segundos después, Paula salía de la habitación. La enfermera no le dió a Pedro más información de la que ya tenía. Le transmitió su pésame y él le prometió que le daría referencias para su próximo trabajo. Ella le dió las gracias y se giró.


–Espere –le pidió él antes de que saliese–. ¿Cuánto tiempo ha estado trabajando con mi abuela?


Ella volvió a mirarlo y sonrió.


–Casi veinte años, señor.


–¿Y conoce a Paula desde que llegó aquí? ¿Cuánto tiempo ha estado trabajando para mi abuela?


–Desde el principio, señor.


–¿Y fue idea de mi abuela? ¿Estaba mentalmente capacitada? Mi abuela, quiero decir. 

Acuerdo: Capítulo 10

 –Me estaba preguntando cuándo íbamos a llegar a una propuesta así.


Pedro alargó la mano y, con un dedo, le metió un mechón de pelo detrás de la oreja. Ella se quedó sin habla, aturdida.


–Por prometedora que sea la idea… –le dijo él en tono sensual–. No me vas a convencer de que te permita gestionar el dinero de mi abuela. Ni el mío.


Bajó la mano y Paula se estremeció. Pedro apartó la vista de sus carnosos labios haciendo un enorme esfuerzo a pesar de que estaba a acostumbrado a controlarse. Ceder a los impulsos, en especial, a los sexuales, era infantil. Pero estuvo a punto de dejarse llevar al ver deseo y decepción en la mirada de Paula.


–No pretendía… No quería… Ofrecerle sexo a cambio de…


–El balbuceo resulta casi convincente. La mayoría de los hombres se volverían locos frente a una damisela en apuros. Has hecho bien intentándolo –le dijo, dándose cuenta de que era el primer gesto de vulnerabilidad de su perfecta actuación. No obstante, no se la creía–. Yo soy inmune.


O casi. Estaba deseando apretarla contra su pecho y no solo por deseo sexual, sino porque el temblor de sus pestañas había despertado algo en él. A pesar de saber que no debía hacerlo, sentía el impulso de protegerla. De tranquilizarla. Ella no volvió a balbucear ni a protestar. Su expresión tal vez fue de dolor un instante, pero enseguida pasó. Enseguida volvió a ser como era en realidad, fría y dura.


–Entonces, el sexo no está en la mesa de negociación, ¿No?


Él tuvo la sensación de que se había perdido algo.


–Nunca obligo a nadie a acostarse conmigo ni pago por ello –le respondió Pedro–. No obstante, me gusta disfrutar del sexo, también encima de una mesa si es necesario.


–Estoy dispuesta a ofrecerle otras cosas que podrían interesarle. Casarme con usted, por ejemplo.


–¿Quieres que me case contigo? Sinceramente, no podrías haberme sorprendido más. Muchas gracias, pero no.


La rechazó a pesar de saber que pronto tendría que empezar a pensar en buscar una esposa. No iba a dejar su fortuna a los tontos primos de su padre. Apartó aquello de su mente. Necesitaba concentrarse en la conversación que estaba manteniendo en esos momentos con aquella sorprendente y talentosa mujer.


–Yo tampoco quiero casarme con usted. Es demasiado joven –respondió ella, como si la idea le pareciese ridícula.


–Me corrijo –le dijo él–. Sí que podías sorprenderme todavía más.


–Pero podría casarme con un hombre de más edad que a usted le pareciese bien, siempre y cuando consiguiese la residencia en un lugar como Londres o Nueva York.


–¿Quieres casarte con alguien que te doble la edad?


–Que me la triplique, más bien –lo corrigió ella, frunciendo el ceño–. Solo tengo veintidós años.


–Esto es demasiado –admitió él, echándose a reír abiertamente.


–A su abuela le fue bien casándose con un hombre mucho mayor. Con treinta años ya era viuda.


–Dicen que la imitación es la forma más sincera de adulación –comentó Pedro, cruzándose de brazos–, pero yo no soy un proxeneta. Y los hombres mayores se buscan las esposas jóvenes ellos solos, no necesitan mi ayuda.


Le causó repugnancia pensar en un hombre mayor acariciando con lujuria aquellas curvas. Ella miró hacia la ventana. Tal vez le brillasen los ojos y hubiese hecho una mueca, pero Pedro no se sentía triunfante. Se sentía cautivado por la perfección de su exquisito perfil. En aquel momento, Paula le parecía distante e intocable y deseó algo que no era capaz de expresar con palabras.


–Muy bien –dijo ella por fin, acercándose al ordenador–. Desharé todo lo que he hecho si tengo su palabra de que mi deuda con su abuela queda saldada y yo, libre. Y de que no llamará a la policía.


Había derrota en su tono de voz y Pedro se sintió mal a pesar de haber ganado. No quería que aquel juego terminase, pero asintió. Ella acercó el dedo al sensor del ordenador.


–Solo quiero que quede claro… –empezó, mirándolo de nuevo.


Él tuvo un mal presentimiento, aquel cambio en el guion lo alertó.


–¿Sí? –preguntó con total naturalidad, casi con aburrimiento.


–Cuando digo todo…

Acuerdo: Capítulo 9

 –Todavía –añadió, intentando ocultar lo nerviosa y asustada que estaba.


–¿Me vas a conceder el privilegio de gestionar mi fortuna? –preguntó él en tono sarcástico.


Ella no respondió, se puso recta y, si bien en esos momentos no era capaz de sonreír, sí que consiguió mantener la expresión relajada y proyectar seguridad y paciencia.


–¿Qué clase de persona eres, Paula, mujer de inteligencia engañosa?


Su tono era mordaz, pero la recorrió con la mirada y ella sintió que se le endurecían los pechos. Cuando Pedro volvió a mirarla a los ojos, había cambiado su expresión. Había curiosidad y algo más, avidez. Ella se sintió aterrada, pero tenía que disimular.


–Le propongo trabajar para usted como lo hacía para su abuela.


–¿Gratis?


–Más o menos –respondió Paula, aclarándose la garganta–. Lo ayudaré en la transición sin coste alguno a cambio de otras consideraciones.


–No tengo ningún motivo para confiar en tí. Arregla lo que hayas hecho – le dijo, señalando con la cabeza hacia el ordenador–, y no tendrás ninguna deuda con mi abuela. Serás libre de marcharte.


Ella sintió que le faltaba el suelo debajo de los pies.


–¿Adónde? –le preguntó–. No tengo dinero, no tengo adónde ir.


–¿Quieres quedarte aquí? –le preguntó él, cruzándose de brazos–. No. Yo asumiré el control de la fortuna de mi abuela, aunque sea solo para apartarte a tí. Aquí ya no se te necesita, Paula.


–Eso ya lo sé. ¿Por qué piensa que estoy haciendo esto? –replicó ella en tono enfadado, sintiendo que le ardían los ojos.


–Entonces, ¿Qué es lo que quieres?


Lo que quería, por el momento, no estaba a su alcance, había dejado de pensar en ello hacía mucho tiempo. Quería amor, seguridad, un lugar al que pertenecer… Pero todo aquello eran lujos. Tenía que centrarse en lo que necesitaba: Un medio de vida.


–Quiero mudarme a una de las capitales de la moda. De preferencia, a Nueva York.


–¿Quieres ser modelo? –preguntó él con desprecio.


–¿No le parezco lo suficientemente guapa? –replicó ella, sintiendo pánico de repente.


¡Aquello era todo lo que tenía!


–¿Por qué no lo has hecho ya? Singapur es un buen lugar.


–Para las modelos asiáticas. Yo no encajo en este mercado. Además, no es una profesión en la que uno llame a la puerta y consiga trabajo. Hace falta un book y un agente.


Él señaló el ordenador.


–Tienes opciones. ¿Por qué no lo has intentado? –insistió él, su tono era de incredulidad.


–Su abuela no podía llevar el negocio sin mí. No como a ella le gustaba –le explicó–. Además, no me lo habría perdonado. Estaba furiosa con su madre, por haberse marchado sin su permiso.


Se contuvo para no agarrarse las manos con fuerza.


–Llevo varios años haciendo un esfuerzo, siendo consciente de que me necesitaba, pero también de mis dos puntos fuertes: La belleza y la juventud, que no tendré siempre. Si quiero explotarlos, tiene que ser ahora.


–No infravalores tu cerebro ingenioso.


–Aunque preferiría que se me valorase por mi inteligencia, ¿Quién contrataría a alguien sin formación, sin domicilio y sin ni siquiera un ordenador propio? El trabajo que hacía para su abuela solo lo podría hacer para usted. Y sé que mi utilidad con usted no duraría mucho.


Suspiró e intentó mantener la compostura mientras continuaba.


–Su fallecimiento me ha obligado a asegurar mi futuro lo más rápida y ventajosamente posible. Una modelo que tenga la apariencia correcta puede trabajar en cualquier parte. Están bien pagadas y las agencias ayudan a tramitar los visados y los permisos de residencia.


–Pero también acabas de decir que no es fácil empezar.


–Eso depende de quién te acompañe, No?


Él arqueó las cejas, su expresión era de sorpresa. Esbozó una débil sonrisa. 

jueves, 8 de febrero de 2024

Acuerdo: Capítulo 8

 –¿Tenías catorce años?


–Sí.


–¿Por qué no te has marchado? Yo diría que ya has saldado tu deuda.


–¿Adónde iba a ir? –preguntó ella, levantando las manos–. Si su abuela tenía mi pasaporte, habrá caducado hace tiempo. No estoy aquí de manera legal y tampoco tengo nada en Venezuela. Supongo que podría vivir en la calle y trabajar en negro, como hacen tantos otros ilegales, pero no sé si eso sería mejor que esto. Al menos, aquí estoy a salvo, tengo comida y ropa.


Pero acababa de perder aquella red de protección. Pedro empezó a comprender su motivación.


–Estoy agradecida con su abuela –admitió ella–. Al principio no lo entendía, pero había un hombre que también venía a ver a mi madre. Estoy segura de que, si Sara no me hubiese traído aquí, mi madre me habría vendido a aquel hombre.


La idea lo repugnó.


–¿De verdad no te ha pagado nunca?


–Por favor, no se sienta ofendido –respondió ella a modo de disculpa–, pero pienso que me veía como a una especie de hija. Y uno no paga a la familia por trabajar en el negocio familiar.


–¿Y, si te veía así, por qué no te lo dejó todo a tí?


–Me dijo… –contestó ella, levantando la vista al techo–. Me dijo que, cuando llegase el momento, me arreglaría un matrimonio. No sé si hablaba en serio, pero si yo sacaba el tema del dinero, se ponía a la defensiva y me preguntaba si prefería dedicarme a fregar en la cocina.


–¿Y nadie más está al tanto de este tema?


–Yo no se lo he contado a nadie. Y supongo que ella, tampoco.


Porque, fuesen cuales fuesen los motivos de la presencia de Paula allí, retenerla en la casa era un delito. O toda una invención. Y su abuela ya no estaba allí. Pedro no podía preguntarle si había mantenido encerrada a aquella joven durante ocho años.


–Señor Alfonso…


–Pedro.


–Señor Alfonso, le agradezco mucho que me haya dado la oportunidad de explicarme –le dijo ella, clavando la vista en el reloj que había en la repisa de la chimenea, una ornamentada pieza de bronce adornada con un elefante con la trompa alzada–. Si quiere que continuemos con esta conversación, me gustaría reiniciar el temporizador del ordenador.


Era un hombre imposible de descifrar. Intimidante, con aquel poder físico que iba más allá de su riqueza y de su influencia. Paula tuvo que recordarse una y otra vez que tenía que respirar y no hacer movimientos bruscos. A los depredadores les atraía el pánico y el olor a miedo. Sospechó que estaba dejando pasar el tiempo a propósito, para torturarla. Tal vez era una prueba, para ver si la ponía nerviosa. Pero ella había aprendido a cultivar el don de la serenidad hacía mucho tiempo. Así que le mantuvo la mirada y se negó a ceder. Él asintió brevemente. Y ella se acercó al escritorio sin traicionarse y abrió el ordenador. No tenía ni un minuto que perder. Aprovechó la oportunidad de estar de espaldas a él para recuperar la compostura. Desbloqueó la pantalla con el dedo, introdujo un código al mismo tiempo y cambió el temporizador para tener treinta minutos más. Cuando se giró vió que Pedro se había puesto en pie. Se había quitado la chaqueta del traje y la había dejado encima del brazo del sofá. La camisa se le pegaba a los fuertes hombros y al pecho y desaparecía debajo del cinturón, acentuando su delgada cintura.


–¿Más café? –le preguntó acercándose a la bandeja, más por evitar acercarse a él que por comportarse como una sirvienta.


Él dejó la taza en la bandeja.


–No, gracias.


Paula se preguntó si había sido un esfuerzo deliberado para acercarse a ella. Su mandíbula parecía tallada en mármol, claramente definida, una estructura angular fascinante para el ojo de un artista. O para el ojo de una mujer que había pasado la adolescencia como en un harén, rodeada de mujeres y con algún hombre de mediana edad. Pedro levantó la barbilla y le preguntó:


–¿Cuánto quieres?


Ella bajó las manos a ambos lados del vestido, relajadas.


–No pretendo chantajearle.


–Pues a mí me parece que sí…


–No, no es mi intención –le aclaró Paula–. He tenido muchas oportunidades de robar. Me gustaba que su abuela confiase en mí y jamás la he traicionado. He trabajado con ella de buena fe, no para pagar la deuda de mi madre, sino para agradecerle que me apartase de mi madre.


–¿Y ya no le debes esa lealtad?


–No se la debo a usted.


La expresión de Pedro no cambió, pero ella sintió que estaba en peligro y su instinto la instó a huir para sobrevivir.


Acuerdo: Capítulo 7

Ella se mantuvo seria.


–Es una acusación muy fea –le dijo él–. ¿Con quién? ¿Contigo?


Paula tragó saliva.


–Pregunte cuántas veces he salido de esta casa. Le dirán que hoy ha sido la primera vez en ocho años.


–Seguro que tú les has obligado a decir eso. ¿Eres tú la que lidera el grupo?


–Actúo sola. Me sorprendería que nadie conociese mi situación. Solo piensan que no me gusta salir. Pero el recuerdo de su abuela se enturbiaría si sus empleados empezasen a hablar. Por lo que le aconsejo que no intente hacer averiguaciones.


–Sabes muy bien que, sin una exhaustiva investigación, solo tengo tu palabra. Llevo lidiando con empleados descontentos mucho tiempo. No estoy preocupado.


En realidad, estaba un poco preocupado. Aquella mujer no era como los demás. No solo por su aspecto sino porque, con veintidós años, había engatusado a su abuela para gestionar toda su fortuna. Era mucho más peligrosa de lo que parecía.


–Me crea o no la policía, supongo que me deportaría, dado que no tengo derecho legal a permanecer aquí. Y mi futuro en Venezuela es bastante incierto. No obstante, he tenido que barajar esa posibilidad.


–Por supuesto que sí –comentó él, fascinado por su atrevimiento–. Robar es delito.


–Solo si lo cobro.


–Sí –admitió Pedro, tomando su taza para darle otro sorbo.


No estaba seguro de si Paula había palidecido. El sol se estaba poniendo y la luz estaba cambiando.


–Podría matarme –le dijo ella–. O hacerme desaparecer, pero también he contemplado esa posibilidad. La investigación sería minuciosa y llevaría mucho tiempo.


–No hay infierno peor que una mujer con un ordenador. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?


Paula, que tenía las manos unidas en el regazo, las levantó.


–Soy consciente de que mi único valor en estos momentos es mi capacidad de revertir las inconveniencias que he causado.


–Estoy seguro de que podré revertirlas yo antes de que hayan ocasionado demasiados daños. Tu valor es inexistente.


–Es probable que tenga razón –admitió ella, sin siquiera sudar.


Pedro se sintió intrigado por aquella situación. Dentro de él había un niño de doce años que se moría por cerrar la puerta, ponerse los auriculares y hackear su propio sistema. No porque estuviese preocupado, sino solo por diversión. También había en él un hombre de treinta y un años que quería poner las manos sobre aquella complicada mujer y conseguir que se derritiese entre sus brazos.


–Si lo que dices acerca de tus circunstancias es cierto…


Volvió a dejar la taza de café.


–Podría decirse que, si voy a asumir el control de los bienes de mi abuela, también tú eres mía.


Se hizo otro silencio y las larguísimas pestañas de Paula volvieron a ocultar su mirada. Le temblaron los labios.


–Podría decirse así –admitió con voz temblorosa–. He hecho lo que he podido para proteger todos sus bienes, incluida yo. Y, hablando de bienes, yo diría que ahora mismo estoy en mi máximo valor. Si quisiera venderme, por ejemplo.


Él se dijo que, si Paula pensaba que podía jugar con él, se estabaequivocando.


–Por supuesto, si fuese a hacer algo así, yo haría todo lo posible por utilizar lo que sé de sus intereses comerciales en mi provecho –continuó Paula.


–¿Fue así como te adquirió Sara? –le preguntó él–. ¿En una especie de subasta?


Pensó que entregaría toda la fortuna de su abuela a las autoridades si era cierto que la había construido sobre algo tan feo.


–No –respondió ella, entrelazando los dedos con fuerza–. Mi madre vivía en un edificio que pertenecía a mi padre en Caracas. Era su amante. Él era político y estaba casado con otra mujer. Vendió el edificio a tu abuela sin disponer qué iba a ocurrir con mi madre. Mae intentó echarla, pero mi madre acordó con ella que me tomase como empleada a cambio de que ella pudiese quedarse a vivir allí. Así que yo he estado trabajando para pagar la deuda de mi madre.


Dió una cifra en bolívares que ascendía a unos cien mil dólares. ¿Aquello era lo que valía una vida humana? ¿Calderilla?