jueves, 25 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 51

 –Solo encontraron el cuerpo de la mujer; no había ni rastro del cuadro – la había cortado Karina–. Aunque se encontraron otros cuerpos en la casa, los de sus sirvientes, y el de un hombre joven que nadie reclamó.


–Y entonces… ¿Podrías investigarlo? –le había insistido Paula.


–Una viuda con dinero… Umm… ¿Era guapa?


–Supongo –había contestado ella. ¿Qué importaba si Ana Alfonso había sido o no hermosa?


–¿Hay algo más que puedas contarme? –le había preguntado Karina.


Paula había tragado saliva, vacilante. Le parecía que sería como traicionar las confidencias que Pedro le había hecho, pero… ¿Cómo sino podría Karina cerciorarse de que el cuadro, si lo encontrase, era el auténtico?


–El lienzo tiene un corte –le había dicho finalmente–. Alguien lo rajó con unas tijeras.


–¿Alguien?


Paula había evadido la pregunta.


–Te estaría tan agradecida si pudieras encontrarlo… Naturalmente te pagaré…


–Me conformo con que pagues los gastos de mis pesquisas –la había cortado Karina–. Lo único que me interesa es la historia.


Así habían cerrado el trato. Paula se había sentido como si estuviera haciendo un pacto con el diablo, pero estaba desesperada. Bajó la vista a Oli, que respiraba tranquila en sus brazos, y a Luz, que ya estaba enorme y sesteaba junto a la mecedora, y se preguntó si Karina habría conseguido hacer algún avance en su investigación. Y entonces, de repente, la puerta del cuarto del bebé se abrió de par en par y golpeó la pared. Su perra se despertó y se levantó. El bebé se despertó también y se puso a llorar a pleno pulmón. Alzó la vista, sobresaltada, y vió en el umbral a Pedro, mirándola furioso.


–¿Tanto me odias? –le preguntó con voz gélida–. ¿Cómo has podido hacerme algo así?


–¿De qué hablas? –le preguntó ella, desconcertada.


–Como si no lo supieras… –Pedro soltó una risa amarga–. Debería haber imaginado que me traicionarías. 


Paula miró a Leónidas angustiada mientras el bebé lloraba y Luz daba vueltas en torno a él, moviendo la cola para llamar su atención. Ignoró al animal y se quedó mirando a su esposa, que se había puesto a acunar a su hija, arrullándola para que se calmase. Le había hecho daño, mucho daño. No debería haberle contado las cosas que le había contado de su pasado. Cuando Oli se quedó dormida, Pala alzó la vista hacia él.


–¿Qué es eso de que te he traicionado? –le preguntó, mirándolo con el ceño fruncido.


Pedro trató de no alzar la voz para no despertar a la niña.


–Sé que has estado hablando con Karina Johnson.


–Ah, eso –Paula pareció relajarse y esbozó una sonrisa–. Estaba intentando ayudarte. Sé lo que ese Picasso significa para tí, y le pedí que tratara de encontrarlo. No pensé que…


–No, no lo pensaste –la cortó él, furioso–, porque si lo hubieras pensado no le habrías contado a esa mujer, que se dedica a buscar basura sobre los demás, que había rajado el lienzo con unas tijeras.


–¿Qué? –gimió Paula–. ¡Yo no le dije que hubieras sido tú!


–Pues sabe que fui yo. Me ha llamado cuando estaba en la oficina. Ha estado hurgando en el pasado de mi madre.


Paula palideció y le preguntó en un susurro:


–¿Y qué es lo que ha descubierto?


–Según parece mi madre tenía varios amantes, tanto en Grecia como en Turquía. Ha averiguado el paradero de todos excepto del último, que aparentemente también murió en el terremoto. Uno de esos hombres sabía quién era mi verdadero padre porque mi madre se lo había confesado. Así que ahora esa mujer sabe que no soy hijo de Horacio Alfonso, sino de su hermano drogadicto. ¡Me pidió que lo confirmara o lo desmintiera!


–¿Y qué le dijiste? –musitó Paula.


–¡Le colgué el teléfono! –casi rugió Leónidas. Se pasó una mano por el cabello y se puso a pasearse arriba y abajo–. ¿Cómo pudiste pedirle que revolviera en mi pasado?


–¡No lo hice! ¡Solo le pedí que buscara el cuadro!


–A esa mujer lo único que le importa es destapar escándalos sórdidos para entretener a sus seguidores –le espetó él–. Dentro de unas horas esto se habrá difundido por todo Internet.


Paula lo miró con los ojos llenos de lágrimas.


–Lo siento tanto… Yo solo quería ayudarte…


–¿Ayudarme? Pues gracias tí ahora el mundo entero conocerá mi más oscuro secreto, un secreto que me he pasado toda mi vida intentando ocultar –masculló él, apretando los puños–. Jamás debí confiar en tí.


–Lo siento… –repitió ella angustiada–. No pretendía hacerte daño. ¡Solo intentaba recuperarte!


–¿De qué hablas?


–¡Desde el día en que nació Olivia ya nunca estás en casa, y cuando estás, es como si no estuvieras!


El bebé dió un respingo al oírla subir la voz. Paula se levantó, la acostó en la cuna y ordenó a su perrita que se echara en el suelo. Luego le pidió a Pedro que la siguiera. Salieron al pasillo y entornó la puerta.


–Te necesito –le susurró–. Nuestra hija te necesita. ¿Por qué no quieres siquiera tomarla en brazos? Solo la tomaste en brazos aquel día, en el hospital, y desde entonces has estado evitándola. Y a mí también.


La expresión dolida de su esposa lo corría por dentro, como el ácido. Apartó la vista.


–He estado muy ocupado con el trabajo –mintió.


–Por favor –le suplicó ella–, te necesito.


–No, no me necesitas. Y Olivia estará mejor contigo que conmigo.


–¿Qué quieres decir? 

Culpable: Capítulo 50

Habían pasado ya dos meses, y Paula estaba en el cuarto del bebé, sentada en la mecedora con su pequeña acurrucada contra su pecho. Acababa de darle de mamar y se había quedado dormida. Tenía el cabello oscuro, igual que su padre. Su padre… Que seguía negándose a tomarla en brazos, incluso cuando ella le pedía que lo hiciera para poder prepararle el baño, por ejemplo. Pedro se negaba y llamaba a voces a la señora Berry para que la ayudara y él se apresuraba a desaparecer. Además, últimamente apenas estaba en casa, aduciendo que tenía mucho trabajo. Muchos días volvía tarde de la oficina, después de estar todo el día fuera, y dormía en la habitación de invitados. En el mes de marzo, durante su luna de miel, cuando le había hablado de su trágica infancia, se le había partido el corazón, pero aquello también le había dado esperanza. Pedro debía sentir algún afecto por ella para haberse abierto así con ella, se había dicho. De hecho, durante los meses siguientes la había hecho sentirse querida, cuidando de ella todo el tiempo, haciéndole tiernamente el amor… Hasta había dejado que le hiciera varios retratos más… Y ahora tenía la sensación de que esos retratos eran lo único que le quedaba de él. En esos dos meses desde el nacimiento de Oli, había hecho docenas de bocetos de la pequeña y el día anterior, cuando había estado repasándolos, se había maravillado al ver lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo. La señora Berry, al verlos, le había preguntado tímidamente si podría hacer también un retrato de ella para regalárselo a su esposo por su cumpleaños, y ella lo había hecho encantada una tarde, mientras Oli dormía. Algunos amigos que habían ido a visitarla habían visto también los dibujos, y le habían pedido retratos de sus nietos, su pareja y hasta de sus mascotas. Paula no acababa de creérselo.


–Y pudiendo hacer unos retratos tan increíbles, ¿Cómo perdiste tanto tiempo pintando esos horribles cuadros de arte moderno? –le había preguntado un día su antigua jefa, la dueña de la cafetería. 


Paula se había reído. Desde luego Leticia no destacaba, precisamente, por su diplomacia, pero sus palabras la habían hecho pensar. Durante sus años en la Escuela de Bellas Artes había estado ansiosa por triunfar. Pintar la había estresado porque siempre había intentado pintar algo que los demás admirasen, y pintar esos cuadros nunca le había provocado gozo alguno. Pero aquellos retratos eran distintos. No eran un amasijo de trazos abstractos; eran retratos de gente con alma, y transmitían lo que veía en esas personas. ¿Podía ser que sí tuviera talento, pero no para la pintura abstracta, sino para el retrato, porque tenía facilidad para llegar a los demás? ¿Para llegar a los demás?, se había repetido, resoplando y sacudiendo la cabeza. ¡Si ni siquiera conseguía que su marido la hablase! ¡O que tomase en brazos a su hija! Hacía un par de semanas había estado pensando en lo que Leónidas le había contado sobre el Picasso que había rajado con unas tijeras, presa de la angustia, a los catorce años, y de pronto se le había ocurrido una idea descabellada. ¿Y si consiguiera encontrar aquel cuadro para él? Parecía un imposible porque él llevaba veinte años buscándolo, pero… ¿Y si no lo hubiera hecho por los cauces adecuados? Ella tenía unos cuantos contactos en el mundo del arte, y tal vez, si pudiera darle lo que tanto ansiaba, lograría recuperar a su marido. Así que había llamado a Karina Johnson, una joven bloguera de arte que conocía. Tenía un montón de seguidores y la reputación de ser implacable en lo que hacía. Era como un sabueso buscando historias sobre obras de arte de un valor incalculable relacionadas con escándalos de la gente rica y famosa. Le contó la historia del Picasso perdido, aunque no le dió todos los detalles, por supuesto. No le dijo cómo había sido concebido Leónidas; ese era un secreto que se llevaría a la tumba. Solo le dijo que el cuadro había desaparecido al morir su madre en el gran terremoto de Turquía veinte años atrás.


–Sí, conozco esa historia –le había dicho Karina–. La gente lleva años buscando ese cuadro; misión imposible. ¿Por qué sino se le habría ocurrido a tu padre que podría falsificarlo?


–Mi padre no… 

Culpable: Capítulo 49

 –Pepe, mírame… –le dijo Paula. Él inspiró profundamente y levantó la cabeza. Los ojos verdes de ella se habían vuelto a llenar de lágrimas–.Todo eso ya pasó; ahora tienes una familia, una hija que está por nacer y te necesita, y una esposa que… Que… –tomó su rostro entre ambas manos y susurró–: Una esposa que te quiere.


Pedro parpadeó y escrutó su rostro, aturdido. ¿Paula lo quería? ¿Después de todo lo que acababa de contarle?


–Pero… ¿Cómo…? –balbució con el corazón encogido–. ¿Cómo puedes quererme… Siendo como soy… después de lo que te hice…?


Los labios de Daisy se curvaron en una cálida sonrisa.


–Siempre te he querido, desde el momento mismo en que nos conocimos. Seguí queriéndote incluso contra mi voluntad, cuando estaba furiosa contigo. Tus padres te hicieron daño, pero eres un hombre maravilloso, maravilloso y perfecto.


El corazón de Pedro rebosaba felicidad. Atrajo a Paula hacia sí y la besó apasionadamente. Luego la llevó dentro y la condujo a su dormitorio, donde le hizo el amor con ternura mientras la suave brisa del mar agitaba las cortinas. Poco después, con ella entre sus brazos, pensó que por primera vez se sentía como si aquella casa de verdad fuera un hogar. Por primera vez se sentía querido. Pero… ¿Y si un día Paula dejaba de quererlo? Un vértigo repentino lo asaltó; se le revolvió el estómago como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies. Si dejara de quererlo no podría soportarlo. Porque dijera lo que dijera, sabía que no la merecía. Y en cuanto a su hija… «¡Basta!», se reprendió desesperado, cerrando los ojos con fuerza. Tenía que apartar esos pensamientos, se dijo, vivir el momento presente. Ella lo amaba, e iba a asegurarse de que aquel fuese el viaje de luna de miel perfecto.


Cuando volvieron a Nueva York unos días después, Pedro se prometió a sí mismo que Paula jamás lamentaría haberse casado con él. Aunque su frío corazón no fuera capaz de amar, al menos podría demostrarle que le importaba cada día mediante sus actos.  Y durante los tres primeros meses de su matrimonio Paula parecía muy feliz mientras planeaban cómo iba a ser el cuarto del bebé, iban al teatro o iban juntos a unas clases de preparación para el parto. Para poder pasar más tiempo con ella empezó a poner en un segundo plano el trabajo, y no se arrepentía de ello. De hecho, descubrió, para su sorpresa, que era más feliz dedicándole menos horas al trabajo. Sin embargo, todo cambió el día que nació el bebé. Ese día, a principios de junio, Pedro tomó finalmente en brazos a su hijita en la habitación del hospital. La pequeña parpadeó y abrió los ojos, frunció el ceño y empezó a berrear de repente, como si le doliera algo.


–No es nada, solo que tiene hambre –le dijo la enfermera.


Pero a Pedro las manos se le habían puesto frías y sudosas.


–Tómala. Contigo está mejor… –le dijo balbuceante a Paula, acercando el bebé a sus brazos.


Paula tomó a la pequeña, arrullándola con suaves palabras. Le ofreció el pecho, y al poco la niña estaba mamando. Pedro se sintió aliviado cuando cesaron los llantos. Ella sonrió a su bebé, acariciando sus deditos maravillada. Alzó la vista hacia él y le dijo:


–No te lo tomes como algo personal.


–No te preocupes –masculló él.


Pero sabía que sí era personal. Su propia hija no podía soportar que la tocara. De algún modo la pequeña recién nacida sabía, igual que lo habían sabido sus padres, que no era digno de su amor. Aunque Paula, con su buen corazón, estuviera ciega a sus defectos, estaba seguro de que su amor por él no duraría. Y tampoco lo salvaría. Era cuestión de tiempo que Paula se diera cuenta de lo que su hija ya sabía. Y hacia el final del verano la profecía de Pedro se cumplió. A medida que pasaban las semanas y se negaba una y otra vez a tomar en brazos al bebé porque no quería que se alterase como el primer día, vió con desesperación como la expresión de su esposa pasó de la incomprensión al dolor.


El día en que había nacido su hija había sido el día más feliz en la vida de Paula. O al menos debería haberlo sido. El parto había sido difícil, pero ya se le había olvidado cuando por fin tuvo al bebé en sus brazos. Su hijita Oli, a la que habían llamado Olivia por su madre, Olivia Bianchi Chaves, era un milagro, con sus perfectas manitas, sus piececitos y su preciosa carita. Pero entonces, cuando había alzado la vista hacia su marido, queriendo compartir su dicha con él, lo había encontrado pálido, como si acabara de ver un fantasma. 

martes, 23 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 48

 –Y entonces naciste tú…


–Exacto –asintió él con una sonrisa amarga–. Nueve meses después nací yo… Y eso salvó su matrimonio. Pero en realidad no.


Paula dejó el cuaderno y el lápiz en la mesa, se levantó y fue junto a él.


–¿Qué ocurrió?


Pedro bajó la vista a la playa.


–Desde que tengo memoria, cada cosa que hacía o decía alteraba a mi padre, que no hacía más que gritarme que era un estúpido y un inútil. Mi madre se limitaba a evitarme. No descubrí el porqué hasta que cumplí los catorce años, después del funeral de mi padre. Me compraban la ropa más cara, estudiaba en los mejores colegios… Era lo único que les importaba: Las apariencias –hizo una pausa y añadió–: Si no hubiera sido por María, no sé si habría sobrevivido.


–Pepe… –murmuró Paula, poniendo su mano sobre la de él.


–Por más que me esforzara, jamás lograba complacer a mis padres. Y aunque todo el mundo creía que seguían enamorados, en casa se ignoraban o se gritaban y se tiraban los trastos a la cabeza. Todo por mi culpa.


–¿Por qué ibas a tener tú la culpa de sus problemas matrimoniales?


Pedro se quedó callado un momento y se volvió hacia ella.


–A veces los oía discutiendo por la noche, cuando estaba en casa durante las vacaciones –murmuró–. Siempre andaban amenazándose el uno al otro con el divorcio, pero ninguno estaba dispuesto a renunciar al Picasso. Esa era la manzana de la discordia: quién se quedaría con el cuadro, no conmigo –le explicó. Ella lo miró espantada y Pedro se quedó callado un momento antes de añadir en un tono quedo–: Cuando les pregunté si podía quedarme también en el internado durante las vacaciones, no pusieron objeción alguna. Así ellos podían seguir con sus vidas, sin estorbos, fingiendo que eran felices.


–¿Pero cómo podían vivir así?


-Mi padre cavó su tumba poco a poco con la bebida –le explicó él–. Cuando volví a casa para asistir a su funeral, me quedé aturdido cuando mi madre me abrazó llorosa. Yo tenía catorce años y aún ansiaba desesperadamente el amor de una madre. Creí que tal vez por fin me necesitaba, que me… que me quería –esbozó una sonrisa amarga–. Pero cuando el servicio terminó y sus amigos se hubieron marchado, dejó de fingir que estaba rota de dolor y me dijo con una frialdad estremecedora que se marchaba, y que me dejaba a cargo de un tutor legal que se ocuparía de mí hasta que cumpliera la mayoría de edad y heredara la fortuna y la compañía de mi padre. Se iba a Turquía con su amante, y me dijo que no había razón alguna para que volviéramos a vernos.


–¿Te dijo eso?, ¿Después del funeral de tu padre? –gimió Paula horrorizada–. ¿Cómo pudo hacer algo así?


Pedro se rió con amargura.


–Eso me preguntaba yo también. Le pregunté: «¿Por qué, mamá?, ¿Por qué siempre me has odiado?». Y por fin me lo explicó –le dijo–. Mi padre se había enfurecido al saber que, a sus espaldas, mi madre iba diciéndole a sus amigas que él tenía la culpa de que no pudieran tener hijos, que era impotente. Él quería cerrarle la boca y que volvieran a ser una pareja modélica de cara a la galería. Tenía un hermano gemelo, Francisco. Eran idénticos. Mi abuelo le había cerrado el grifo a Francisco por los escándalos que protagonizaba constantemente, y no le había quedado un céntimo para comprarse drogas… Hasta que mi padre le hizo una oferta a cambio de dinero. Le pidió que se acostara con mi madre, haciéndose pasar por él, para que se quedara embarazada y tuviera ese hijo sin saber que el padre no era él. Mi tío accedió… Y lo consiguió.


–¿Qué estás diciendo?


–Que mi padre biológico era mi tío –Pedro inspiró profundamente antes de continuar–. No llegué a conocerlo. Antes de que naciera murió por una sobredosis. Mi padre había creído que, criándome como si fuera hijo suyo, llegaría a verme como tal, pero era incapaz de olvidar que su hermano se había acostado con su esposa, y no podía perdonar que ella no se hubiese dado cuenta del engaño. Poco después de que yo naciera mi madre lo increpó por ignorar a su hijo, y mi padre explotó y la acusó de ser una «Furcia».


Paula contrajo el rostro.


–Dios mío…


–Mi madre lo obligó a explicarse. Y cuando lo supo no pudo perdonarle lo que le había hecho, que se hubiera acostado con su hermano drogadicto sin ser consciente de ello, que su propio marido le hubiese tendido una trampa así. Cada vez que miraba a su bebé recién nacido, a mí, se sentía sucia y traicionada.


Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.


–Pero no era culpa tuya… ¡Nada de eso era culpa tuya!


Pedro alzó la vista y miró desolado a las gaviotas que sobrevolaban el cielo azul.


–Cuando mi madre me dijo que no tendríamos que volver a vernos nunca más, justo después de que me hubiera abrazado, llorosa, durante el funeral, algo se rompió dentro de mí y… y… 


Las lágrimas rodaban ya por las mejillas de Paula.


–Cuéntamelo, dime qué ocurrió.


–Mis ojos se posaron en el Picasso, que estaba cerca de mí, en el suelo, esperando a ser embalado. La ira se apoderó de mí y agarré unas tijeras de una mesa. Oía a mi madre chillar y, cuando la furia que me cegaba se disipó, ví que había rajado de arriba abajo el lienzo. Mi madre me arrancó las tijeras de la mano y me dijo que era un monstruo y que jamás debería haber nacido –Pedro miró a Paula–. Esas fueron las últimas palabras que me dijo. Unas semanas después murió en el terremoto de Turquía. Encontraron su cuerpo, pero el cuadro había desaparecido.


–Por eso sabías que el cuadro que intentó venderte mi padre era una falsificación –murmuró Paula.


Pedro bajó la vista y dijo con voz ronca:


–Creía que si encontraba el cuadro quizá podría llegar a comprenderlo.


–¿El qué?


–Cómo podía ser que les importara tanto y que yo… –a Pedro se le quebró la voz.


–Y que tú no les importaras –terminó ella en un murmullo.


A Pedro le temblaban las rodillas; no podía mirar siquiera a Paula. ¿Y si veía desdén en sus ojos? ¿O peor aún… Lástima? Había crecido teniendo que tragar tanto de lo uno y de lo otro… Desdén por parte de sus padres y lástima por parte de los sirvientes. 

Culpable: Capítulo 47

 –¿No tendrás papel, para dibujar? –le preguntó de improviso.


Pedro se volvió hacia ella riéndose.


–¿Para qué?


–Quiero hacer un retrato tuyo.


–¿Ahora?


–Sí, ahora.


Pedro entró en la casa y volvió al cabo de un rato con un cuaderno de hojas blancas y un lápiz.


–Es lo mejor que he podido encontrar.


–Servirá –le contestó ella, tomándolos–. Venga, pon la silla frente a la mía y siéntate.


–¿Por qué quieres dibujarme? –le preguntó él, como incómodo.


¿Cómo podría explicarle la necesidad que sentía de comprenderlo, de aferrarse a aquel momento?


–Pues porque… No sé, porque sí.


Pedro colocó la silla de mimbre a unos pasos delante de la de Paula, mirando hacia la casa, y volvió a sentarse con un suspiro. Ella comenzó a dibujar, concentrándose en las luces y las sombras. La expresión de él, que parecía absorto en sus pensamientos, se tornó sombría mientras miraba la casa. En un intento por que se relajara de nuevo, Paula trató de sacarle conversación:


–Entonces… ¿Pasaste tus primeros años aquí?


–Sí –respondió él con desgana.


–Sé que me has dicho que no fuiste muy feliz aquí, pero… Algún buen recuerdo tendrás de este lugar, ¿No?


–Tengo buenos recuerdos de María –murmuró él, y la luz volvió a sus ojos–. También de la comida, del pueblo y de su gente… Me dejaban corretear por la isla todo lo que quisiera. A veces me pasaba fuera horas. 


–¿Y tus padres no se preocupaban? –inquirió Paula, enarcando las cejas sin levantar la vista del papel.


–No. Se alegraban de perderme de vista.


Paula resopló.


–Anda ya… Seguro que eso no es verdad –replicó, dándole los últimos toques a su dibujo. Levantó el cuaderno y se lo tendió–. Toma, ya puedes verlo.


Pedro lo tomó y Paula sonrió, orgullosa de sí misma. Era el mejor dibujo que había hecho en mucho tiempo. Él lo escrutó en silencio.


–¿Es así como me ves?


–Sí –respondió ella. Lo había pintado tal y como lo veía, con los ojos del corazón.


Se hizo un largo y pesado silencio antes de que Pedro le devolviera bruscamente el cuaderno.


–Pues estás completamente equivocada con respecto a mí –le dijo con voz ronca–. Creo que ya va siendo hora de que sepas quién soy en realidad. 



Pedro llevaba varios días intentando mentalizarse para contárselo todo a Paula. Ahora era su esposa, e iban a ser padres. Si no podía bajar la guardia con ella, ¿Entonces con quién? Estaba cansado de fingir. Quería contarle la verdad, aunque la idea de hacerlo lo aterrase.


–¿Qué quieres decir? –inquirió ella, vacilante.


Pedro inspiró profundamente antes de empezar a hablar.


–Se suponía que yo ni siquiera debía haber nacido. Mi propia existencia es una mentira. Crees que soy Pedro Horacio Alfonso, el hijo de Horacio Alfonso.


Ella lo miró aturdida.


–¿Y no lo eres?


Aquello era más difícil de lo que había pensado. Pedro se levantó de la silla y se paseó por la amplia terraza. Sentía los ojos de Paula sobre él. Probablemente parecía un loco. Y podría decirse que lo estaba. Haber mantenido todo aquello enterrado en su interior durante tantos años lo había vuelto loco. Se apoyó en la barandilla y fijó la vista en el mar bañado por el sol.


–Mis padres se casaron por amor –continuó–. Era algo inusual entre la gente rica de la época, aquí en Grecia. Y los dos eran muy jóvenes. Mi padre era el heredero de la compañía Alfonso, que fabricaba productos de lujo en cuero, mientras que mi madre, a su vez, era la heredera de una fortuna que su familia había acumulado gracias a una compañía naviera que habían vendido. La dote que aportó al matrimonio no fue solo su fortuna, sino también un valioso Picasso.


–Afrodita con pájaros… –susurró Paula.


–Sí –asintió él, girando la cabeza hacia ella–. Según parece mis padres estaban locos el uno por el otro –prosiguió, fijando la vista en el mar de nuevo–, pero los años fueron pasando y no conseguían concebir un hijo. La que todos habían tenido por la pareja perfecta… No lo era. Sus amigos, que habían envidiado la ardiente pasión entre ellos, ahora se burlaban de ellos con muestras de fingida lástima. Y cuando resultó que la culpa de que no pudieran concebir era de mi padre, mi madre se lo contó a sus amigas y el amor entre ellos se evaporó en una nube venenosa de ira y acusaciones. Claro que de todo eso yo me enteré solo años después – añadió, girando un momento la cabeza hacia Paula.


Ésta se había puesto pálida. 

Culpable: Capítulo 46

Estacionaron en un garaje separado de la casa principal. Pedro sacó su equipaje del maletero y fueron hasta la entrada. Los recibió una mujer bajita de pelo blanco que saludó efusivamente a Pedro en griego, con lágrimas de alegría y un gran abrazo.


–Te presento a María, mi vieja niñera –le dijo Pedro a Paula–. Ahora su marido y ella son los guardeses de la villa.


–Encantada –la saludó Paula afectuosamente, tendiéndole la mano.


La mujer bajó la vista a su vientre hinchado y la miró confundida. Pedro le dijo en su idioma algo que hizo que a la mujer se le escapara un gemido de sorpresa. Ignoró la mano tendida de Paula y le dió un abrazo, soltándole una retahíla en griego.


–Dice que ella también está encantada de conocerte –le tradujo Pedro, sonriente–, y que ya iba siendo hora de que me casara.


Apareció un criado joven para llevarse sus maletas, y tras cruzar unas palabras más con Pedro, María se marchó a sus quehaceres.


–Ven, almorzaremos en la terraza –le dijo Pedro a Paula–. Te encantará.


Mientras la conducía por la enorme casa, Paula iba mirándolo todo con curiosidad. Era una vivienda elegante y bien cuidada, pero algo anticuada y fría, casi como un museo.


–¿Cuánto hace que no venías? –le preguntó cuando entraron en lo que él le dijo que era la sala de música.


Era impresionante, con altos techos, un piano de cola, grandes ventanales, y unas puertas cristaleras.


–Unos cuantos años. Cinco, tal vez –contestó Pedro, rascándose la cabeza.


–¿Cinco años? –repitió ella, anonadada.


Pedro apartó la vista.


–No tengo demasiados buenos recuerdos de este lugar. A los nueve años me mandaron a un internado, y no he venido demasiado por aquí desde que murieron mis padres.


–¿Qué edad tenías?


–Catorce años.


Paula se quedó callada un momento antes de preguntarle con suavidad: 


–¿Y por qué escogiste este sitio para nuestro viaje de luna de miel?


–Porque… –Pedro inspiró profundamente–, porque ya iba siendo hora de que volviera. Además –añadió con una sonrisa que no resultó demasiado alegre–, ¿No es el sueño de cualquier novia?, ¿Pasar la luna de miel en una isla griega?


–Esto es mucho más de lo que jamás habría soñado –respondió ella, entrelazando su mano con la de él–. Siento lo de tus padres. Mi madre murió cuando yo tenía solo siete años, de cáncer. Fue muy duro. Y luego, cuando mi padre…


Paula se calló, pero ya era demasiado tarde, y se sintió mal cuando sus ojos se encontraron. ¿Se interpondría siempre entre ellos el trágico recuerdo de su padre?


–Ven, es aquí –murmuró Pedro, soltándole la mano.


Cuando cruzaron las puertas cristaleras Paula se detuvo boquiabierta. La amplia terraza, bordeada por una barandilla blanca de piedra, se asomaba al brillante mar azul, y a sus espaldas la buganvilla trepaba por las paredes de la casa.


–Es precioso… –murmuró Paula con emoción–. Nunca imaginé que pudiera haber algo tan hermoso.


–Sí que lo hay –dijo Pedro con voz ronca, rodeándola con sus brazos.


Mientras la besaba, con el aroma de las flores y el olor a mar flotando en el aire, Paula sintió el calor del sol en los hombros y la brisa que agitaba su vestido y su cabello. Pedro la deseaba, la idolatraba… ¿Pero podría llegar a amarla? Una vez le había dicho que era incapaz de amar. Y, sin embargo, ¿No le había dicho ella también a él que no podría volver a amarlo cuando descubrió quién era en realidad? Sí, se lo había dicho y se había equivocado, porque en ese momento, mientras él la besaba con pasión, sintió que lo amaba más que nunca. Una voz de mujer dijo algo a sus espaldas, y cuando se separaron vieron a María, que sostenía una bandeja con una sonrisa de oreja a oreja. Pedro le dió las gracias con una sonrisa y tomó la bandeja de sus manos. Devoraron con apetito el almuerzo que les habían preparado – pescado frito, ensalada, aceitunas y una tabla de quesos–, y estaba todo tan delicioso que cuando ya no podía comer más Paula se echó hacia atrás en la silla de mimbre y suspiró, sintiéndose maravillosamente dichosa. Miró a su marido, que tenía la mirada perdida en el mar azul. Sus facciones estaban tan relajadas que hasta parecía más joven… Como distinto. 

Culpable: Capítulo 45

Estaba ligada a Pedro, no solo por su hija, sino también por su palabra, dada libremente cuatro días antes. Lo miró a los ojos, esbozó una sonrisa y respondió con un asentimiento de cabeza al juez, que retomó la ceremonia. Él la besó cuando el juez los declaró marido y mujer, pero fue un beso extrañamente formal. Cuando estaban recibiendo las felicitaciones de los invitados, los amigos de Paula parecían tan incómodos como se sentía ella. Algunos incluso desviaban la mirada mientras le dirigían una sonrisa fingida. Durante el banquete se sirvieron el mejor champán, los mejores vinos y un menú elaborado por un prestigioso chef, pero a pesar de la deliciosa comida, de la música y de que todos los invitados se reían, charlaban y bailaban como si estuvieran pasándolo en grande, ella se sentía vacía por dentro. Pedro se mostraba extrañamente distante, y después de varias horas con una sonrisa forzada en la cara le dolían las mejillas. Cuando por fin todos los invitados se hubieron marchado y ya solo quedaban ellos dos en el salón de baile, él se volvió hacia Paula.


–Al fin solos… Señora Alfonso –le dijo en un tono quedo.


Paula tragó saliva. El corazón le palpitó con fuerza cuando su marido la atrajo hacia sí. Se sentía tan bien entre sus fuertes brazos… Aquel matrimonio no podía ser un error.


–¿Sabías que iba a venir Bain? –le preguntó Pedro, enarcando una ceja.


Paula sacudió la cabeza.


–Lo siento –murmuró azorada–. No sé cómo pudo enterarse de que nos casábamos. Yo no le dije…


–No pasa nada –la cortó él–. No lo culpo por sentirse atraído por tí. Cualquiera se sentiría atraído por tí –le susurró. Inclinó la cabeza para besarla con ternura y cuando se irguió añadió con una sonrisa–: El piloto nos está esperando. 


–¿El piloto?


–Voy a llevarte a Grecia de luna de miel, a la isla en la que nací –le explicó él. Luego, añadió con una media sonrisa–: Quería que fuera una sorpresa. La señora Berry ya ha preparado tu equipaje. Volaremos de noche y llegaremos allí por la mañana.


–Pero… ¿Y Luz?


–La señora Berry se ocupará de ella. Me ha prometido que la cuidará muy bien.


Pocos minutos después despegaban a bordo del jet privado de Pedro. Paula, que estaba agotada por el estrés de los últimos días, se quedó dormida en los brazos de su marido, y no volvió a despertarse hasta una hora antes de que aterrizaran en la pequeña isla del Egeo. Mientras bajaban del avión, ella miró a su alrededor, parpadeando por el brillante sol. Se alegraba de haberse cambiado la ropa antes de que aterrizaran por un vestido de tirantes blanco y sandalias. Él también se había cambiado, e iba vestido con un aire más informal, con una camisablanca con las mangas dobladas y unos chinos en color beige. Para su sorpresa, no los recogió un chófer, sino que los esperaba un descapotable, aparcado cerca del hangar. Tomaron una carretera que discurría junto al acantilado, y Paula, con el cabello azotado por la cálida brisa, miró maravillada el pueblo que asomó a su izquierda. Nunca había visto nada tan bonito, pensó, fijándose en las casas encaladas de tejados azules, con el mar turquesa de fondo. Al poco rato tomaron un desvío, y Pedro paró frente a las puertas de una verja y se bajó para teclear un código en el panel de seguridad. Mientras las puertas se abrían volvió a subirse al coche, y cuando cruzaron la verja Paula se quedó boquiabierta. Ante ellos se alzaba una villa preciosa cuyos terrenos se extendían hasta una playa privada.


–¿Aquí es donde te criaste? –preguntó, volviéndose hacia Pedro–. Pues eras el niño más afortunado de la tierra.


Él esbozó una sonrisa algo forzada.


–Es un sitio muy bonito, sí, pero no puedo decir que fuera muy feliz aquí.