martes, 16 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 44

Y cuando ya habían decidido que celebrarían la boda en casa, Paula no había podido dejar de preguntarse si sus amigos podrían pasar con todo ese enjambre de reporteros y fotógrafos. Pero entonces había ocurrido un milagro: El día antes de la boda había saltado un escándalo sobre una actriz y se habían marchado para ir a acosarla como habían hecho con ellos. Ella había pasado el día antes de la boda ultimando todos los detalles de la ceremonia y el banquete con la organizadora de eventos y luego fueron al despacho de un abogado a firmar el acuerdo prematrimonial, que en su opinión era demasiado generoso.


–Pero yo no quiero más dinero… –había protestado–. ¡Ya me has dado un millón de dólares!


–Ese dinero no significa nada para mí –había replicado él–. Lo que quiero es que a nuestra hija y a tí no les falte de nada. Además, no entra en mis planes que nos divorciemos –había añadido sonriente, rodeándola con sus brazos–. Me has hecho tan feliz… –le había susurrado, inclinando la cabeza.


El día de la boda, mientras se preparaba, Paula se alegró de ver que se habían ido las nubes y lucía el sol. Había invitado solo a unos veinte amigos, y no se había atrevido a llamar a Enrique, que seguía en California, para decirle que se iba a casar, y había pensado que lo llamaría cuando hubieran pasado unos días y ya estuvieran casados. Bastante desleal se sentía ya, pensando que iba a casarse con el hombre que había mandado a su padre a prisión… ¿Podría ser que su padre hubiera intentado venderle, a sabiendas, una falsificación, como aseguraba le había dicho Pedro? No, era imposible… Su padre le había jurado que era inocente. ¿Cómo podía dudar de su palabra, incluso ahora que estaba muerto? Cuando bajó las escaleras se detuvo en el silencioso vestíbulo, delante del salón de baile, y dirigió una sonrisa nerviosa a los dos sirvientes apostados a ambos lados de las puertas de doble hoja que estaban esperándola. Apretó el ramo de lirios contra el sencillo vestido de seda blanca e inspiró profundamente antes de indicar con un asentimiento a los sirvientes que podían abrir las puertas. Empezó a oírse la marcha nupcial, y todos los invitados se volvieron para mirarla. Mientras avanzaba por el pasillo central entre las sillas de los invitados, notó que le temblaban las piernas, y deseó haber seguido el consejo de la señora Berry de que Luz la acompañara al entrar. Claro que su perrita aún era un cachorro y no había conseguido disciplinarla del todo, con lo cual podría haberse puesto a corretear por el salón o a olisquearlo todo, en vez de estar sentada tranquilamente, como estaba, en primera fila, a los pies del ama de llaves. En el lado izquierdo estaban sus amigos –la mayoría artistas–, vestidos con ropas coloridas y extravagantes, y en el lado derecho los amigos de Pedro –magnates de Wall Street, gente importante de Park Avenue y miembros de la jet set internacional con trajes a medida y vestidos de alta costura. Lo único en lo que probablemente estarían de acuerdo los invitados de ambas partes era en que era una cazafortunas sin escrúpulos que iba a casarse con el hombre que había hecho que su padre acabara en la cárcel. No, se replicó, eso no era más que una paranoia suya; seguro que ninguno estaría pensando eso de ella. Cuando sus ojos se encontraron con los de Pedro, que estaba al frente, junto al juez que los iba a casar, recordó todos los buenos momentos de la semana anterior: Los besos, las caricias y las risas que habían compartido, el voto de confianza que había decidido darle a Pedro… Al fin y al cabo, iban a ser una familia… Apretó el ramo con fuerza entre sus manos y se detuvo a su lado. El juez inspiró y comenzó a hablar.


–Queridos amigos, nos hemos reunido hoy aquí…


De pronto un tremendo revuelo a sus espaldas. Paula se volvió y vió a un hombre de pelo cano forcejeando con dos guardias de seguridad, intentando entrar en el salón. ¡Enrique! ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Cómo se había enterado de que…?


–¡No puedes casarte con él! –gritó Enrique–. ¡No lo hagas, Paula! ¡Yo puedo cuidar de tí!


Pedro le hizo un gesto a otros dos guardias de seguridad cerca de ellos y se apresuraron a ayudar a sus compañeros. Entre los cuatro lo agarraron y se lo llevaron, forcejeando aún y gritando:


–¡No te cases con él! ¡Es un mentiroso! ¡Tu padre era inocente! ¡Fue a la cárcel por su culpa!


Las puertas del salón se cerraron con un golpe seco que retumbó y se hizo un incómodo silencio.


–Eh… ¿Quieren que siga? –les preguntó el juez, vacilante. 


Los invitados se miraban unos a otros y miraban a Paula y a Pedro. Ella habría querido arrojar el ramo a un lado y salir corriendo, huir de la sensación de culpa y de las miradas que parecían estar juzgándola, pero al bajar la vista sus ojos se posaron en su anillo de compromiso. ¿Salir corriendo? Eso sería un acto de cobardía. Por mucho que la criticaran, ya había tomado una decisión.



Culpable: Capítulo 43

Frotó los pezones con los pulgares y bajó la cabeza hacia uno de ellos. Paula sintió el calor húmedo de su boca engullendo su areola, y gimió cuando la lengua de Pedro empezó a trazar círculos en torno al tirante pezón. Pedro le separó las piernas y se arrodilló entre sus muslos para bajarle lentamente las braguitas. Al ver como las arrojaba al suelo, ella se estremeció de deseo. Cerró los ojos y empujó la cabeza contra los almohadones cuando él se inclinó, agachando la cabeza entre sus piernas, y notó el calor de su aliento. Y entonces, por fin, hizo lo que ansiaba que hiciera. La lengua de Pedro acarició sus pliegues, lamiéndola sensualmente, primero con delicadeza, luego con más insistencia, deslizándose entre ellos y haciéndola gemir de placer. Una tensión exquisita la atenazaba por dentro, excitándola más y más, hasta que alcanzó el éxtasis con un grito ahogado. Aún estaba jadeante, tratando de recobrar el aliento, cuando Pedro se incorporó y, colocándose entre sus piernas, la penetró de una embestida certera con un gruñido de placer. Se quedó quieto un momento, permitiendo que su sexo se adaptara a aquella invasión, y luego se retiró un poco para hundirse de nuevo en ella más despacio. Sin embargo, los músculos de sus brazos, apoyados a ambos lados de ella, parecía que fuesen a estallar por el esfuerzo que le estaba costando contenerse, y una gota de sudor le rodó por la frente. Y entonces, de repente, sacó su miembro de ella, y los hizo rodar a ambos sobre el colchón para que Paula quedara encima de él.


–Tómame –le dijo con voz ronca y los ojos brillantes de deseo.


Nunca antes le había pedido que tomara el control en la cama. Paula vaciló. Su miembro erecto era tan grande… Se colocó con cuidado, bajando sobre él poco a poco y lo notó hundiéndose dentro de ella, centímetro a centímetro. El placer que sentía era casi insoportable. Bajó la vista al rostro de Pedro. Estaba mirándola con adoración, como conteniendo el aliento, como si apenas pudiese contenerse, y ella sintió que su confianza en sí misma aumentaba. Empezó a cabalgar sobre él, despacio al principio, y cuando comenzó a moverse más deprisa. Pedro emitió un gemido ahogado y la agarró por los muslos con sus grandes manos.


–Paula… Más despacio… No puedo… No puedo…


Pero ella siguió moviéndose, inmisericorde, cada vez más deprisa. Sus pechos se balanceaban mientras sacudía las caderas adelante y atrás hasta que, clavándole las uñas en los hombros a Pedro con un grito de placer, alcanzó un nuevo orgasmo, aún más increíble. Él explotó también, derramando su semilla en ella con un intenso gruñido y Paula se derrumbó sobre él, sudorosa y maravillosamente agotada.


–Paula… Mi Paula… –murmuró él, rodeándola con sus fuertes brazos y besándola en la sien.


El corazón de Paula palpitaba con fuerza. ¿Cómo podía haber pensado que no sería capaz de volver a amarlo? Abrió los ojos en la penumbra, agitada por la revelación que la sacudió en ese momento: Seguía enamorada de él, siempre lo había estado, incluso en el abismo del resentimiento y el dolor al saber que la había engañado. Jamás había dejado de amarlo. Se volvió hacia él y contempló un instante su apuesto rostro, iluminado por la luz plateada de la luna que entraba por la ventana, antes de decirle en un susurro:


–Sí.


Pedro se quedó muy quieto.


–¿Sí?


Los ojos de DaisPaulay se llenaron de lágrimas, lágrimas que no comprendía. ¿Eran lágrimas de dolor… O de alegría? Enredó sus dedos en el pelo negro de Pedro y trató de creer que eran de alegría.


 –Sí, me casaré contigo –respondió.





Se casaron cuatro días después. La boda fue una ceremonia sencilla e íntima, que se celebró en el salón de baile de la mansión de Pedro. A Paula le pareció que era lo mejor. Lo último que quería era que el evento atrajese la atención de los medios. La prensa había publicado fotos de ellos del día de la fiesta benéfica junto con el «Bombazo» de que Pedro Alfonso había dejado embarazada a la hija del hombre al que había demandado por una falsificación y que había acabado en prisión. Y a raíz de eso, durante unos cuantos días, los paparazis habían estado apostados en su calle. Paula casi se había sentido prisionera, temiendo salir fuera. 

Culpable: Capítulo 42

Cuando sus labios se separaron, los ojos de Paula estaban llenos de lágrimas y había una sonrisa trémula en sus labios.


–Pepe… –susurró.


El corazón de Pedro palpitó con fuerza. Pepe… Lo había llamado Pepe… Era cómo lo había llamado tiempo atrás, antes de saber quién era en realidad, cuando aún lo amaba… Él se estremeció por la emoción que lo embargaba y la besó de nuevo, estrechándola con fuerza entre sus brazos mientras lo asaltaban recuerdos del otoño pasado, de los momentos felices que había pasado junto a ella. Pero ahora… Ahora Paula sabía quién era y aun así había sido ella quien había dado el primer paso, había sido ella quien lo había besado. A pesar de saber la verdad, aún lo deseaba… No, no conocía toda la verdad, se dijo tragando saliva. Y jamás debía llegar a conocerla. No quería ni siquiera pensar en ello. Hizo el beso más profundo, más apasionado, en un intento por bloquear esos pensamientos. Casi esperaba que Paula lo detuviera, que se apartase de él, pero no lo hizo, sino que respondió a su beso con idéntico ardor. Despegó sus labios de los de ella y descendió, beso a beso por su cuello mientras Paula alargaba las manos para desabrocharle la camisa. Como se le resistían, deslizó las manos por dentro de la prenda y acarició su pecho desnudo. Pedro se incorporó y se arrancó literalmente la camisa, haciendo que los botones saltaran y se desperdigaran ruidosamente por el suelo de madera. Luego le bajó a Paula la cremallera del vestido y tiró de él hacia abajo con delicadeza, dejando al descubierto un sujetador blanco sin tirantes, su vientre hinchado y unas braguitas de encaje blancas. Le sacó el vestido por los pies y lo arrojó al suelo. Casi no podía respirar cuando la miró de arriba abajo. Era tan hermosa…


–Bésame –le pidió ella en un susurro. 


Pedro no se hizo de rogar. Sus labios dejaron un reguero de besos desde su garganta hasta el borde del sujetador blanco de satén. Se lo desabrochó, se lo quitó, y se quedó mirando sus voluptuosos senos extasiado. Conteniendo el aliento, los asió por debajo con las palmas de las manos. Paula entreabrió los labios y cerró los ojos con una expresión de placer. Él le acarició los pezones, haciendo que se endurecieran. Luego bajó la cabeza, tomó uno en su boca y empezó a lamerlo y succionarlo, mientras ella se aferraba a la colcha con ambas manos. Levantó la cabeza y besó con ternura su vientre hinchado antes de besarla también en los labios. Y entonces, le puso una mano en la mejilla y, mirándola a los ojos, le susurró:


–Cásate conmigo, Paula. 


¿Casarse con él? Paula abrió los ojos sobresaltada. Estaba desnuda debajo de él, derritiéndose con sus caricias y sus besos. Lo deseaba… ¡Cómo lo deseaba!, pero… ¿Casarse con él?


–Yo… No creo que…


Se estremeció de placer cuando la mano de Pedro bajó lentamente por su cuello hasta llegar al valle entre sus senos. Y entonces, de pronto, al mirarlo, vió al hombre del que se había enamorado el otoño pasado. Pepe… su Pepe… El maravilloso Pepe con el que tanto se había reído, charlado, con el que había paseado de la mano por las calles de Nueva York alfombradas de hojas. No era verdad que le hubiera arrancado su virginidad. Era ella quien se había entregado a él. Y, sin embargo, casarse con él… Eso sería como traicionarse a sí misma después de cómo la había engañado. ¿Podría perdonarse alguna vez si lo hiciese?


–No puedo casarme contigo –le respondió en un murmullo.


–¿Por qué no? –le insistió él, apoyando la cabeza en su pecho–. Quiero estar contigo… siempre… –murmuró con voz trémula.


Cuando volvió a levantar la cabeza para mirarla, Paula vió que sus ojos se habían humedecido. No, era imposible… ¿Pedro Alfonso, el implacable hombre de negocios, al borde de las lágrimas? Si él mismo le había dicho que no tenía corazón… Y, sin embargo, era como si, de algún modo, de pronto volviera a ser su Pepe. Bajó la vista a su torso bronceado y no pudo resistirse a tocarlo. Su piel era como una capa de satén sobre duro acero, se dijo mientras sus dedos acariciaban el vello oscuro y los duros pezones antes de bajar hacia los músculos de su abdomen. ¿Era una ilusión la sombra de vulnerabilidad que veía en sus ojos? Tenía que serlo, se dijo. Pedro inclinó la cabeza y empezó a besarla de nuevo al tiempo que sus manos se cerraban ardorosamente sobre sus senos. 

Culpable: Capítulo 41

Cuando todo el mundo volvió a sus asientos, Pedro se volvió hacia ella y le dijo:


–¿Nos vamos? Solo tengo que firmarles un cheque por el cuadro y podremos irnos.


Paula asintió y unos minutos después abandonaban el hotel. Fuera llovía, y corrieron para no mojarse hasta la calle adyacente, donde les esperaba el Rolls-Royce, aunque se mojaron de todos modos, y se subieron a él entre risas.


–Llévenos a casa, José –le dijo Pedro al chófer, que asintió y puso el vehículo en marcha.


–A casa… –murmuró Paula, y pensó que, de repente, la mansión del West Village sí le parecía casi su hogar.


Por un momento se quedaron mirándose el uno al otro, sonrientes, y fue como si el aire se cargara de electricidad. Paula apartó la vista abruptamente y giró la cabeza hacia la ventanilla. Sentía los ojos de Pedro fijos en ella, pero no se atrevía a mirarlo. Emociones contradictorias se agitaban en su interior.  Cuando llegaron, la casa estaba en silencio y a oscuras. Todos los miembros del servicio se habían ido ya.


–Tu perrita debe estar dormida –le dijo Pedro a Paula, riéndose suavemente mientras cerraba tras ellos–; si estuviera despierta habría salido corriendo a recibirnos.


Pulsó el interruptor y se encendió la lámpara de araña sobre sus cabezas. Pedro le quitó de los hombros la estola, la colgó en el armario y bajó la vista a Paula, que seguía callada. Contrajo el rostro, como preocupado, y le preguntó:


–Paula, ¿He hecho algo que te haya molestado? Si es así, te pido perdón. Pensé que si…


–No tienes que pedirme perdón –replicó ella en un murmullo–. Me has demostrado que crees en mí, cuando ni siquiera yo creía en mí misma.


Pedro la miró a los ojos.


–Pues claro que creo en tí –le dijo con sencillez–. Siempre lo he hecho.


Paula puso las manos en los hombros de su chaqueta, húmeda por la lluvia, y apretó sus labios contra los de él. Cuando los suaves labios de ella tocaron los suyos, Pedro sintió como si lo recorriera una corriente eléctrica, desde la punta del cabello, hasta los dedos de los pies. Había estado obligándose a cumplir la promesa que le había hecho de que no la tocaría, pero cada día, cada hora, había sido una agonía. Lo único que quería hacer era precisamente eso: Acariciarla, besarla… Hacerla suya otra vez. Y ahora, de repente, era ella la que estaba besándolo a él. Enredó las manos en su cabello y la atrajo hacia sí, besándola con ardor y enroscando su lengua con la de ella. Se sentía fuera de control, como si el ansia desatada en su interior pudiera consumirlos a ambos. Se apartó y la miró con el corazón desbocado.


–Ven a la cama conmigo –le susurró, deslizando el dorso de los dedos por su garganta. Notó como se estremecía. Agachó la cabeza para besarla en el cuello y le susurró al oído de nuevo–: Vente conmigo…


Cuando volvió a mirarla, había un fuego salvaje en los ojos de Paula, que asintió en silencio. Sin embargo, cuando la tomó de la mano para conducirla a las escaleras, se tambaleó ligeramente, como si le flaquearan las rodillas. Pedro la alzó en volandas y la llevó al piso de arriba, a su dormitorio. La depositó de un modo casi reverencial en la enorme cama de matrimonio, iluminada tenuemente por las farolas de la calle. El cabello castaño de ella se desparramó sobre los almohadones. Él se quitó la chaqueta del esmoquin y la corbata y las arrojó al suelo. Luego se descalzó y se sentó en la cama, junto a ella. Le quitó una sandalia y luego la otra, arrojándolas también al suelo, y se inclinó para besarla con ternura. 

jueves, 11 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 40

 –Piensa que es para recaudar dinero para los niños sin hogar –le recordó.


–No recaudarán nada con eso –siseó ella–. Nadie pujará por él.


Se sentía como si Pedro le hubiera tendido una emboscada, justo cuando había empezado a confiar en él. ¿Que creía en ella? ¿Cómo, cuando ni ella creía en sí misma? Poco después, cuando se sentaron en su mesa para la cena, Paula apenas probó bocado y apenas habló con los otros invitados por lo nerviosa que estaba. En los días que llevaba en casa de Pedro, éste se había desvivido para que se sintiera cómoda. En vez de pasarse el día en el trabajo, como se esperaría de un magnate empresarial, había pasado con ella todo el tiempo que había podido, ya fuera viendo alguna película en la tele con ella, sacando juntos a Luz de paseo o jugando con ella a algún juego de mesa. Había empezado a pensar que le importaba, que… Sentía algo por ella. ¿Por qué entonces ahora le estaba haciendo aquello?


–No te preocupes más –le susurró Pedro entre plato y plato. Y luego, con una sonrisa y un brillo juguetón en los ojos, añadió–: Todo irá bien, ya lo verás.


–¿Están preparados para pujar? –canturreó el subastador desde el estrado.


Los invitados, sentados alrededor de las mesas, de las que se habían retirado los platos, respondieron con un murmullo excitado. Pedro rodeó a Paula con el brazo y le susurró:


–No te agobies; intenta disfrutar de la subasta.


Paula bebió un sorbo de agua para intentar calmarse y se dijo que pronto aquello habría acabado.


–Bien, ¡Pues vamos allá! –dijo el subastador por el micrófono–. Para empezar tenemos este…


Todo lo que se fue subastando se vendía rápidamente. El público era todo sonrisas mientras unos pujaban contra otros, como si estuviesen haciéndolo con dinero ajeno y ninguna suma fuese demasiado elevada. Y entonces…


–El último objeto de la noche es este cuadro de un artista anónimo – anunció el subastador–. ¿Alguien quiere pujar por él? –preguntó en un tono vacilante–. Eh… Empecemos la puja por… doscientos dólares.


Era la puja más baja de la noche, con mucho. Y Paula sabía que nadie estaría dispuesto siquiera a pagar eso. Se preparó para un largo e incómodo silencio, después del cual Pedro seguramente pujaría por lástima, para ahorrarle la vergüenza. Hasta él se vería obligado a admitir que no tenía ningún talento. Estaba ya al borde de las lágrimas cuando de repente…


 –¡Doscientos dólares! –gritó alguien detrás de ellos.


¿Quién había sido?, se preguntó Paula, girando la cabeza y parpadeando.


–¡Trescientos! –ofreció una mujer de una mesa próxima.


Era una completa extraña para ella. No conocía a nadie allí, a excepción de Pedro. 


–¡Quinientos! –dijo otra persona.


–¡Mil dólares! –gritó un hombre mayor.


La puja se volvió cada vez más rápida y más reñida, y Paula vió anonadada cómo iba subiendo la cifra: Cinco mil… Diez mil… Veinte mil… Cincuenta mil… ¡Cien mil dólares! Paula ya estaba hiperventilando. Y Pedro seguía callado, hasta que… 


–¡Un millón de dólares! 


Su profunda voz resonó junto a ella. Paula giró la cabeza hacia él, aturdida, y él le dedicó una cálida sonrisa.


–¡Vendido al caballero de la mesa número trece! –anunció el subastador.


El resto de ocupantes de su mesa se arremolinaron en torno a Pedro para estrecharle la mano y felicitarle por haber ganado aquella puja. Paula estaba temblando de emoción. No podía creerse lo que acababa de ocurrir. Pedro había comprado su cuadro, pero no lo había hecho por lástima. No había intervenido en la puja hasta el final, y habían sido otros los que habían pujado antes que él, un puñado de extraños que no tenían ni idea de que ella era la autora del cuadro. ¿Podría ser que estuviera equivocada y sí que tenía algo de talento después de todo…? 

Culpable: Capítulo 39

 –Antes o después lo iban a averiguar –contestó él, mirándola con mucha calma–. Es mejor así.


–¿Cómo puedes decir eso?


–Siempre habrá rumores en torno a nosotros; mejor que circulen ahora y no cuando nazca nuestra hija –le dijo él, poniendo la mano sobre su vientre–. De ese modo solo nos afectará a nosotros, no a ella.


Era la primera vez que Pedro tocaba su vientre hinchado, y la conmovió su delicadeza y la sensación que le transmitía de que quería protegerlas al bebé y a ella.


–¿Estás lista? –le preguntó.


Ella contuvo el aliento y asintió. El salón de baile del hotel era enorme. Una orquesta tocaba baladas de los años cuarenta y varias parejas giraban por la pista. Alrededor de esta había colocadas grandes mesas redondas, cada una con un elaborado centro de rosas rojas y blancas. Pedro tomó un par de copas de la bandeja de un camarero que pasaba: Una de champán para él y otra de mosto para ella. Le tendió a Paula la suya y le señaló una mesa alargada en el otro extremo del salón.


–Mira, ahí están los objetos para la subasta benéfica de esta noche. ¿Quieres que vayamos a echarles un vistazo?


–Claro.


Lo que fuera con tal de sentirse menos fuera de lugar, pensó Paula mientras lo seguía. Mientras avanzaban junto a la larga mesa, observó con incredulidad cada objeto: Una guitarra que supuestamente había pertenecido a Johnny Cash, una primera edición firmada de James Bond, unos pendientes vintage de diamantes, una pequeña escultura de un famoso artista… Tan embobada estaba que casi se chocó con Pedro, que se había parado al final de la mesa, delante del último objeto.


–Oye –se quejó Paula frunciendo el ceño–. Casi haces que derrame mi…


Pedro lanzó una mirada hacia la mesa y luego la miró a ella con las cejas enarcadas. Paula miró también hacia la mesa y de pronto sintió que se iba a desmayar.


–Es mi… Es mi…


–Sí, es tu cuadro –asintió él. 


Su cuadro, su patético desastre de proyecto final para la Escuela de Bellas Artes estaba ahí, junto a todos esos objetos tan increíbles por los que aquella gente rica sí estaría dispuesta a pujar. Se sentía como en una de esas horribles pesadillas en las que estás en medio de un montón de gente que se ríe y te señala hasta que te das cuenta de que estás desnuda. Miró a Pedro horrorizada.


–¿Pero qué has hecho?


–Darte otra oportunidad.


–¿Otra oportunidad? –gimió ella–. ¿Para qué?, ¿Para humillarme delante de toda esta gente?


–No, otra oportunidad para que vuelvas a soñar –le dijo él con suavidad–, a creer en tí misma.


A Paula, que estaba temblando por dentro, le entraron ganas de agarrar el cuadro y salir corriendo de allí, antes de que ninguna de aquellas personas tan sofisticadas pudiera burlarse de él. Demasiado tarde, pensó, tensándose cuando una pareja se acercó por detrás.


–¿De quién es este cuadro? –murmuró la mujer–. No está firmado.


El hombre escudriñó la tarjeta que acompañaba al cuadro.


–Aquí dice que el artista desea permanecer en el anonimato.


–¡Qué extraño! –murmuró la mujer, volviéndose para llamar a una amiga–. ¡Nancy!, ven, a ver de quién crees que puede ser este cuadro…


A Paula le ardían las mejillas y el corazón le latía tan deprisa como si hubiese corrido varios kilómetros sin parar. Pedro la asió del brazo con suavidad y se la llevó lejos de allí. 

Culpable: Capítulo 38

Paula se sentía culpable porque no le había dicho a Enrique que dejaba el departamento y que se había ido a vivir con el padre de su bebé. Sabía que le horrorizaría si se enterase quién era el padre. Y si algún día llegase a casarse con Pedro… Inspiró profundamente. No, no quería ni imaginárselo. Bastante nerviosa estaba ya por la fiesta de esa noche. Probablemente los amigos de Pedro se preguntarían qué había visto en ella. Tragó saliva y se miró una última vez en el espejo. Se irguió sobre las sandalias de tacón, levantó la barbilla y salió de la habitación. Al pie de la escalera de mármol estaba esperándola él, de lo más elegante con un esmoquin a medida.


–Estás preciosa –le dijo. Tragó saliva y añadió–: ¡Y menudo vestido…!


Paula sonrió con timidez.


–¿Te gusta?


Él se inclinó hacia delante y le susurró con voz ronca: 


–Hace que me entren ganas de que nos quedemos en vez de ir a la fiesta.


Paula se echó sobre los hombros su estola de piel sintética, se agarró al brazo de Pedro y salieron a la calle, donde estaba esperándolos José, junto al Rolls-Royce. Cuando llegaron al hotel de Midtown Manhattan, donde se celebraba la fiesta, a ella la alarmó ver la alfombra roja que había a la entrada, con fotógrafos a ambos lados, tomando instantáneas de los invitados que iban llegando.


–No me dijiste que esta fiesta benéfica fuera algo tan mediático –le dijo a Pedro, en tono acusador.


–¿Ah, no? –respondió él, con una sonrisa traviesa–. Bueno, piensa que es por los niños sin hogar.


Paula miró nerviosa por la ventanilla a los elegantes invitados que iban desfilando por la alfombra roja mientras los fotógrafos disparaban sus cámaras.


–¡Llamaré la atención entre toda esa gente! –exclamó con ansiedad.


–Ya lo creo –murmuró Pedro, mirándola de un modo ardiente–. Eres la más hermosa de todas las mujeres que pisarán esta noche esa alfombra.


El chófer detuvo el vehículo, se bajó para abrirles la puerta, y cuando Pedro se hubo apeado le tendió la mano a Paula y le dijo:


–¿Vamos?


Nerviosa, ella tomó su mano y dejó que la ayudara a salir del coche. Mientras avanzaban por la alfombra roja, se agarró de su brazo, intentando ignorar los gritos y los flashes de los fotógrafos.


–¡Señor Alfonso!, ¿Es su novia?


–¿El bebé que espera es suyo?


Pedro no contestó, sino que miró a Paula con una sonrisa tranquilizadora. Pero, entonces, ella oyó que alguien exclamaba:


–¡Madre mía! ¡Es esa chica… Chaves, la hija del marchante de arte que trató de estafarle!


Aquello desató una ráfaga de preguntas, y Paula apretó el paso y no respiró con calma hasta que estuvieron dentro del hotel.


–¿Cómo… Cómo han sabido quién era? –le preguntó a Pedro.