jueves, 11 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 38

Paula se sentía culpable porque no le había dicho a Enrique que dejaba el departamento y que se había ido a vivir con el padre de su bebé. Sabía que le horrorizaría si se enterase quién era el padre. Y si algún día llegase a casarse con Pedro… Inspiró profundamente. No, no quería ni imaginárselo. Bastante nerviosa estaba ya por la fiesta de esa noche. Probablemente los amigos de Pedro se preguntarían qué había visto en ella. Tragó saliva y se miró una última vez en el espejo. Se irguió sobre las sandalias de tacón, levantó la barbilla y salió de la habitación. Al pie de la escalera de mármol estaba esperándola él, de lo más elegante con un esmoquin a medida.


–Estás preciosa –le dijo. Tragó saliva y añadió–: ¡Y menudo vestido…!


Paula sonrió con timidez.


–¿Te gusta?


Él se inclinó hacia delante y le susurró con voz ronca: 


–Hace que me entren ganas de que nos quedemos en vez de ir a la fiesta.


Paula se echó sobre los hombros su estola de piel sintética, se agarró al brazo de Pedro y salieron a la calle, donde estaba esperándolos José, junto al Rolls-Royce. Cuando llegaron al hotel de Midtown Manhattan, donde se celebraba la fiesta, a ella la alarmó ver la alfombra roja que había a la entrada, con fotógrafos a ambos lados, tomando instantáneas de los invitados que iban llegando.


–No me dijiste que esta fiesta benéfica fuera algo tan mediático –le dijo a Pedro, en tono acusador.


–¿Ah, no? –respondió él, con una sonrisa traviesa–. Bueno, piensa que es por los niños sin hogar.


Paula miró nerviosa por la ventanilla a los elegantes invitados que iban desfilando por la alfombra roja mientras los fotógrafos disparaban sus cámaras.


–¡Llamaré la atención entre toda esa gente! –exclamó con ansiedad.


–Ya lo creo –murmuró Pedro, mirándola de un modo ardiente–. Eres la más hermosa de todas las mujeres que pisarán esta noche esa alfombra.


El chófer detuvo el vehículo, se bajó para abrirles la puerta, y cuando Pedro se hubo apeado le tendió la mano a Paula y le dijo:


–¿Vamos?


Nerviosa, ella tomó su mano y dejó que la ayudara a salir del coche. Mientras avanzaban por la alfombra roja, se agarró de su brazo, intentando ignorar los gritos y los flashes de los fotógrafos.


–¡Señor Alfonso!, ¿Es su novia?


–¿El bebé que espera es suyo?


Pedro no contestó, sino que miró a Paula con una sonrisa tranquilizadora. Pero, entonces, ella oyó que alguien exclamaba:


–¡Madre mía! ¡Es esa chica… Chaves, la hija del marchante de arte que trató de estafarle!


Aquello desató una ráfaga de preguntas, y Paula apretó el paso y no respiró con calma hasta que estuvieron dentro del hotel.


–¿Cómo… Cómo han sabido quién era? –le preguntó a Pedro. 

Culpable: Capítulo 37

Cuando Paula se miró en el espejo de pie de su habitación de invitados, su reflejo le pareció el de una extraña, una mujer sofisticada con un vestido rojo de fiesta que parecía salida de Pretty Woman. El vestido se deslizaba suavemente por su vientre hinchado, tenía un escote algo atrevido y también una abertura a ambos lados en la falda que insinuaba sus piernas. Se había dejado el cabello suelto sobre los hombros desnudos y se había maquillado un poco con rímel y un pintalabios de un rojo escarlata a juego con el vestido. También estrenaba zapatos. Esa mañana, justo cuando se le había ocurrido que no podía ponerse unas manoletinas negras con el vestido, habían aparecido delante de la puerta de su habitación unas sandalias de tiras de su número como por arte de magia, sin duda por cortesía de Pedro. Lanzó una mirada a su móvil, sobre el tocador, y volvió a invadirla una sensación de vértigo. Al salir de la ducha, una hora antes, había echado un vistazo a su cuenta bancaria para ver si le habían cobrado ya el depósito para la escuela de enfermería. Una vez desapareciera esa cantidad de su cuenta le quedaría muy poco, así que estaba nerviosa por si había olvidado algún gasto que había hecho y le rechazaban el cheque, o algo así. Sin embargo, al entrar en su cuenta se había quedado sin aliento. No solo estaban allí los pocos cientos de dólares que le quedaban… ¡Sino también un millón de dólares más! Pedro la había convertido en una mujer rica. Su primera reacción había sido ¿Por qué?, si ella no le había pedido ni un centavo… Pero luego había comprendido que no era para ella, no exactamente. Era para su bebé, para asegurarse de que, pasase lo que pasase, ella no tuviese que preocuparse por nada. ¿Debería quedarse con ese dinero, aunque fuera por el bebé? Al fin y al cabo, ya había dejado su trabajo… Cuando había ido a la cafetería a decirle a su jefa que lo dejaba, esta se había mostrado aliviada. 


–La verdad es que no necesitaba a una empleada sentada junto a la caja –le había confesado–, pero sabía que te dolían los pies cuando tenías que servir mesas, y no podía despedirte en tu estado –luego había mirado el Range Rover a través del escaparate y había añadido–. ¡Y fíjate lo bien que te va ahora! ¡Es como un cuento de hadas! Porque has dicho que ese tipo, que es un millonario, quiere casarse contigo, ¿No?


Paula había contraído el rostro al oírle decir eso.


–Bueno, no he dicho que sí.


–¿Estás loca? –le había espetado Leticia, escudriñando a Pedro a través del cristal–. Y encima es guapísimo… –entonces había fruncido el ceño y le había preguntado de repente–. ¿Se lo has dicho a Enrique?


–Pues… No creo que le importe mucho –había contestado ella con una sonrisa vergonzosa–. Seguro que se alegrará de que por fin vaya a irme de su departamento.


–Pero si está enamorado de tí… Paula había puesto los ojos en blanco.


–Venga ya… Era el mejor amigo de mi padre… No está enamorado de mí.


Leticia había enarcado una ceja y le había espetado.


–¿Ah, no? 

martes, 9 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 36

 –Bueno, lo mismo se podría decir de la moda, o de la alta cocina, ¿No?


Paula iba a contradecirle, pero se quedó pensativa, acariciándose la barbilla y finalmente admitió.


–Tienes razón.


–Otro día te llevaré a otras boutiques de Liontari –le dijo Leónidas–. Quiero que valores mi compañía como se merece; un día pertenecerá a nuestra hija.


Paula puso unos ojos como platos.


–¿Heredará tu compañía?


¿De verdad no se le había pasado siquiera por la cabeza?, se dijo pedro. Increíble… Eso sería lo primero en lo que habría pensado cualquier otra mujer. 


–Pues claro. Será toda suya.


Paula frunció el ceño.


–Pero… ¿Y si no la quiere?


Pedro la miró anonadado.


–¿Por qué no iba a quererla?


–Es que… No todos los hijos siguen los pasos de sus padres. En lo profesional, quiero decir.


–No se trata de una profesión –replicó él, irritado–. Liontari es un conglomerado empresarial de miles de millones de dólares que… –se obligó a cerrar la boca y respiró profundamente. Estaba seguro de que Paula no pretendía ofenderlo–. No importa –le dijo en un tono jovial–, le enseñaré todo lo que le hará falta saber. Y así, cuando llegue el momento de que se ponga al timón, tendrá a los miembros de la junta directiva comiendo de la palma de su mano.


–Bueno, si es lo que ella quiere.


–¿Si es lo que ella quiere? –repitió Pedro con incredulidad–. ¿Cómo podría alguien no querer heredar un imperio? Y más teniendo en cuenta que lo levanté con el sudor de mi frente…


 Paula se encogió de hombros.


–Puede que le aburra la idea de dirigir una corporación empresarial. Quizá quiera ser… No sé, contable, o actriz… ¡O policía!


Pedro no podía creer lo que estaba oyendo. Estaba ofreciéndole todo lo que tenía, aquello por lo que había luchado, con lo que había demostrado al mundo y se había demostrado a sí mismo que sus padres habían estado equivocados, que su vida tenía valor, que tenía derecho a esa vida.


–¿Lo dices en serio? –le preguntó mirándola aturdido.


–Solo quiero que descubra su auténtica pasión; igual que tú encontraste la tuya.


–¿Mi pasión?


–¿Acaso no es obvio? –le contestó ella con una sonrisa–: Tu pasión son los negocios. No existe un manual sobre cómo crear un emporio mundial. Es algo que has conseguido con tu esfuerzo, como tú has dicho.


–¿Y cuál es tu pasión? –le preguntó él. 


El rostro de Paula se ensombreció.


–El arte, supongo –murmuró bajando la vista al plato–. Aunque no se me da muy bien.


Pedro recordó aquel cuadro que guardaba a pesar de que no estaba contenta con él. Querría animarla, pero no sabía cómo. En el trabajo ejercía su liderazgo con críticas a sus empleados, no con palabras de ánimo. Mientras abandonaban el restaurante pensó en las palabras de Paula: «Tu pasión son los negocios»… Si así fuera, ¿Por qué en los últimos seis meses se había comportado como un autómata en el trabajo? Ya apenas le importaba. Cuando se dirigían al Range Rover, ella se colgó de su brazo de repente y le susurró al oído:


–Gracias por invitarme a almorzar, y por el abrigo y el vestido – luego se echó hacia atrás y con los ojos brillantes añadió–: Y gracias por pasar el día conmigo.


Pedro la miró, con el corazón latiéndole con fuerza por lo extrañamente íntimo que era tener el brazo de Paula entrelazado con el suyo, y de pronto no pudo imaginar una pasión mayor que la que sentía por ella. 

Culpable: Capítulo 35

 –Aún no –contestó él. Y volviéndose hacia las dependientas, les dijo–: También necesita un vestido de fiesta.


Paula lo miró con incredulidad cuando las dependientas fueron a buscar lo que les había pedido.


–¿Un vestido de fiesta? No lo dirás en serio… 


–Voy a llevarte a una fiesta el sábado.


Paula gruñó con fastidio.


–¿A una fiesta?


–¿No quieres venir? –inquirió él, enarcando una ceja–. Es por una buena causa: Una fiesta benéfica para recaudar fondos para los niños sin hogar.


–Está bien, iré –claudicó ella con un suspiro.


Poco después, cuando las dependientas regresaron empujando un perchero con ruedas cargado de vestidos de fiesta premamá, Paula agarró el que tenía más cerca, uno de color rojo escarlata y entró con él al probador. Pedro esperó, casi conteniendo el aliento, pero cuando se abrió la cortina y salió ella, llevaba su blusa blanca y sus leggings negros.


–Ya está, he terminado –anunció.


–Pero… ¿Y qué pasa con el vestido? –inquirió él.


–No está mal. Me gusta; nos lo llevaremos.


Pedro comprendió que no iba a dejar que la viera con él puesto.


–¿Nos vamos ya? –insistió ella de nuevo.


–¿No hay ninguna otra cosa que te quieras probar? ¿Nada de nada?


–No –respondió ella con retintín.


Pedro pagó la ropa mientras otra dependienta guardaba el abrigo en una bolsa y empaquetaba cuidadosamente el vestido de noche en una caja y la otra charlaba animadamente con Paula. Se despidió de las dependientas con una sonrisa, dándoles las gracias por su ayuda, y abandonaron la boutique. Cuando estuvieron de nuevo sentados en el Range Rover, Paula miró a Pedro con una sonrisa traviesa y le dijo:


–Siento que no me entusiasmara toda la ropa que me han enseñado. 


–No pasa nada –contestó él. Pero no podía negar que estaba irritado, así que, seguro de que otra de las boutiques podría hacer que Paula apreciara el valor de su multinacional, le dijo a José–: Llévenos a Astrara.


Sin embargo, hasta la famosa boutique de tres plantas pareció dejar indiferente a Paula. Se escandalizó de nuevo por los precios, y también le pareció que la ropa era «estrafalaria» y los tejidos poco prácticos. Dándose por vencido, le propuso ir a almorzar, y la llevó a una crepería cerca de allí. Mientras comían, no pudo evitar comentar:


–Parece que el lujo no te atrae en absoluto; no te gustan los restaurantes de postín, ni los coches caros, ni la ropa de firma… 


Paula contrajo el rostro, como si se sintiera culpable.


–Perdona, no pretendía ser grosera.


–No has sido grosera en ningún momento –replicó él–. Pero siento curiosidad… ¿Por qué?


Paula suspiró.


–Es que… Todo me parece tan caro… Y tan… Innecesario.


–¿Innecesario? –repitió él, algo dolido–. Entonces, ¿También dirías que el arte es algo innecesario?


–¡Por supuesto que no! –replicó ella al momento–. Pero es que el arte es una expresión del alma, una manera de explorar y de explicar lo que nos hace humanos. 

Culpable: Capítulo 34

Sin embargo, las dependientas se volvieron complacientes hacia ella.


–¡Bienvenida a Bandia! –la saludó una de ellas.


–¿Quiere un vaso de agua mineral o un refresco? –le ofreció otra.


–¿Qué clase de ropa querría ver? –le preguntó la tercera–. ¿Tal vez nuestros últimos modelos de la colección de otoño?


Paula las miró aturdida, como un cervatillo deslumbrado por los faros de un coche.


–Yo… Solo necesito un abrigo –musitó.


–Traigan varias prendas en su talla, para que pueda escoger – intervino Pedro.


Los condujeron a un pequeño salón privado con probador en la trastienda, y mientras Pedro se tomaba una copa de champán, sentado en un sofá de cuero blanco, las dependientas empezaron a ir y venir, llevando distintos modelos al probador donde estaba Paula, tras una gruesa cortina de terciopelo blanco. De mala gana, ella empezó a probarse las prendas que le llevaban, y cada vez que salía del probador las dependientas exclamaban entusiasmadas cosas como: «¡Guapísima!» o «¡Qué bien le sienta todo!».


–¿Te gusta? –le preguntó Pedro, esperanzado, cuando salió con un vestido de tipo túnica.


Como cada vez que se lo había preguntado con las prendas que se había probado antes, Paula se encogió de hombros.


–No está mal.


–¿«No está mal»? –repitió él con incredulidad. ¿Un vestido premamá de mil dólares? 


–No es tan cómodo como las camisetas grandes que suelo ponerme para estar en casa. Por no mencionar que puedes comprarte tres por diez dólares –respondió ella.


Pedro no podía estar más contrariado. La había llevado allí con la esperanza de impresionarla, pero saltaba a la vista que no estaba funcionando. El único momento en que a Paula le brillaron los ojos fue cuando las dependientas le enseñaron un vestidito de bebé a juego con un vestido posparto. Sin embargo, en cuanto miró la etiqueta puso cara de espanto.


–¿Tres mil dólares? ¿Por un vestido de bebé que acabará cubierto de potitos y de babas y que enseguida se le quedará pequeño? –sacudió la cabeza y le dijo a Pedro–: Además, este tejido rasca un poco y yo quiero que nuestra hija esté cómoda –miró a las dependientas y les preguntó–: ¿Y qué hay del abrigo?


Las dependientas se miraron incómodas unas a otras.


–Me temo que no tenemos –contestó una–. Ya se ha retirado toda la ropa de invierno para vender la nueva línea de primavera.


–La línea de primavera… Estamos en marzo y ya están vendiendo biquinis… –replicó Paula con un divertido mohín.


–Bueno, puede que aún tengamos algún abrigo en lo que nos queda de rebajas –dijo otra de las dependientas.


Paula se puso como loca cuando vió que uno de los que encontraron, un abrigo blanco precioso, le quedaba bien. Incluso algo grande.


–Y además es cómodo y calentito –murmuró sonriente. Pero al ver el precio su sonrisa se desvaneció–. ¡Uf, es demasiado!


–Pero si está a mitad de precio… –apuntó Pedro, irritado.


–Sigue pareciéndome caro –contestó ella, pero se arrebujó en el abrigo mientras lo decía, como si no quisiera quitárselo.


–Nos lo llevamos –le dijo Pedro a las dependientas.


–¿Cómo? No pienso dejarte pagar…


–¿No vas a dejar que te compre un abrigo que está rebajado y que necesitas? Venga, Paula, no seas cabezota…


–Está bien, gracias –murmuró ella a regañadientes–. Entonces, ¿Lo pagas y nos vamos ya? 

Culpable: Capítulo 33

 –¿Ha ido todo bien? –le preguntó a Paula, tras ayudarla a subir. 


–He dejado mi puesto –le explicó ella con una sonrisa triste–. Leticia, mi jefa, me ha dicho que no hacía falta que le diera los quince días de preaviso. Parece que mi puesto, sentada junto a la caja, no era de mucha utilidad, pero no podía despedirme siendo madre soltera –hizo una pausa y añadió–: Pero ahora que cuento con el apoyo del adinerado padre de mi bebé…


Pedro sonrió.


–¿Le has hablado de mí?


Ella apartó la mirada, girando la cabeza hacia la ventanilla.


–Sí, aunque no le he contado todo –murmuró.


Pedro sabía que se refería a todo el asunto de su padre y el juicio y se hizo un silencio incómodo entre ellos mientras se ponían en marcha.


–Me dijiste que no habías oído hablar de Vertigris ni de Helios –le dijo a Paula, cambiando de tema–. ¿Qué me dices de Bandia?


Paula, que seguía mirando por la ventanilla, se limitó a sacudir la cabeza.


–Es una pequeña firma que solo se dedica a ropa premamá y ropa de bebés –le explicó él–. Podríamos ir a la boutique a buscarte ese abrigo.


–De acuerdo –respondió ella sin emoción alguna.


–O a Astrara. ¿Te suena Astrara?


Paula lo miró por fin, como irritada.


–¡Pues claro que conozco Astrara! No vivo en otro planeta.


Bueno, por lo menos había oído hablar de una de sus marcas…, pensó él. Quizá debería haber empezado por esa. Al fin y al cabo era tan famosa como Gucci o Channel.


–¿Dónde prefieres que vayamos primero? ¿A Bandia, a Astrara… a una de las otras?


–¿Acaso importa?


–Por supuesto que importa –contestó él, y la miró expectante.


Paula suspiró y respondió:


–Bandia. Supongo que será la que tenga los precios más razonables.


Pedro prefirió no sacarla de su error, y poco después llegaban a la boutique de Bandia, que estaba en la Quinta Avenida. Cuando entraron, las dependientas se quedaron boquiabiertas antes de apresurarse solícitas a ellos.


–¡Señor Alfonso, qué honor tenerlo aquí! –exclamó una de ellas. –Sí que lo es –dijo otra–. Será un placer atenderlo en lo que… 


Pedro las cortó señalando a Paula con un ademán.


–Esta es mi… Mi querida amiga, la señorita Chaves. Necesita ropa nueva, y confío en que puedan ayudarla a encontrar cosas que sean de su gusto.


–¿Cómo que «Ropa»? –exclamó Paula–. ¡Si solo necesito un abrigo! –lo corrigió. 

jueves, 4 de enero de 2024

Culpable: Capítulo 32

Aunque se había propuesto complacerla en todo lo que pudiera, Pedro prefería no tener que pisar el metro si podía evitarlo, así que llegaron a un acuerdo: su chófer, José, vestido con ropa de calle en vez de con su uniforme, los llevaría en otro de sus vehículos, un Range Rover. Una media hora después, apenas llevaban diez minutos en el departamento de Enrique Bain, cuando Paula dejó anonadado a Pedro al decirle que ya lo tenía todo y podían irse.


–¿Ya has acabado? –le preguntó, mirando de hito en hito las dos maletas y la caja de cartón grande con libros y un lienzo pintado en el suelo del salón–. ¿Eso es todo lo que tienes?


Paula se encogió de hombros.


–El año pasado vendí la mayor parte de nuestras pertenencias familiares para pagar los honorarios del abogado de mi padre –le explicó. Luego añadió quedamente–: Y el resto lo vendí para pagar su funeral.


Lo miró a los ojos y, aunque no dijo nada más, a Pedro le pareció que lo culpaba en silencio.


–Lo siento –murmuró él–. Debió ser muy duro para tí.


Paula bajó la vista y susurró.


–Lo fue.


Pedro miró el lienzo que había en la caja de cartón. Era una amalgama de colores y formas que no parecían tener un tema que los unificara. Paula contrajo el rostro y murmuró:


–Sé que no es muy bueno.


Él se agachó y tomó el lienzo. 


–Bueno, yo tampoco diría eso…


–Déjalo. Sé que es horrible. Lo pinté en mi último semestre en la Escuela de Bellas Artes. Quería que fuera increíble, espectacular, así que no paraba de pedir consejo a todos mis profesores y de retocarlo siguiendo esos consejos.


–Quizá ahí esté el problema. Parece un refrito de todos los artistas contemporáneos importantes. ¿Qué hay de tu propia voz? ¿Qué intentabas transmitir?


–No lo sé –musitó ella–. Creo que no tengo voz propia.


–Venga ya… Eso no es verdad –replicó él con suavidad–. Yo creo que tienes mucho que decir.


Paula alzó la vista y se rio vergonzosa.


–Es igual, en serio. Me deshice de todos mis cuadros, excepto de este, no sé por qué –dijo con melancolía, alargando la mano y rozando el lienzo con las yemas de los dedos–. Sigo pensando que tal vez, algún día, tendré el valor suficiente como para volver a intentarlo. ¡Qué tontería!, ¿No? – concluyó con una sonrisa tímida.


Antes de que Pedro pudiera contestar, llamaron a la puerta. Era José, que había subido para ayudarlos a bajar las cosas. Agarró una maleta en cada mano y Pedro tomó en brazos la caja de cartón. 


–¿Te importa que paremos en la cafetería? –le preguntó Paula.


Pedro se volvió hacia ella.


–Claro que no.


La expresión de Paula se había tornado algo triste.


–Creo que será mejor que hable con mi jefa.


Cuando llegaron a la alegre y concurrida cafetería, con sus grandes ventanales y sus sillones vintage de escay, José estacionó justo delante, en la zona de carga y descarga, para que Paula se bajara. Pedro la siguió con la mirada hasta que entró y sacó su móvil del bolsillo para intentar distraerse mientras la esperaba. Tenía decenas de mensajes de los miembros de la junta directiva, de diseñadores y de directores de los departamentos de marketing, pero los ojeó con poco interés, y se sintió aliviado cuando por fin volvió a abrirse la puerta del Range Rover.