martes, 19 de diciembre de 2023

Culpable: Capítulo 14

 –Lo que pasa es que no te lo esperabas –le había dicho éste–. Ya cambiarás de opinión. Pero bueno, te cases conmigo o no, puedes quedarte todo el tiempo que quieras –había añadido con suavidad–. Incluso, si quieres, puedes quedarte aquí para siempre.


Había sido bastante incómodo, y se había sentido aliviada cuando Enrique se había vuelto a Los Ángeles. Sin embargo, el oírlo hablar, una vez más, de lo agradable que era el clima en California, había hecho aflorar a su mente un recuerdo de dos años atrás. Su primera exposición había sido un fracaso, y cuando se había echado a llorar su padre la había consolado diciéndole:


–Podríamos volver a empezar, mudarnos a Santa Bárbara. Podríamos comprar una casita junto a la costa con un jardín lleno de flores.


–¿Dejar Nueva York? –había murmurado ella, mirándolo sorprendida–. ¿Y qué pasaría con tu galería?


–Quizá a mí tampoco me vendría mal un cambio. Solo tengo un trato importante que cerrar y luego… Bueno, ya veremos. 


Poco después lo habían arrestado y ya no habían hablado más de nuevos comienzos, pero aquel recuerdo había dejado pensativa a Paula. Con lo que ganaba como camarera no podría sacar adelante a su hija. Tenía que aumentar sus ingresos, quizá con un trabajo mejor remunerado y con un seguro médico. Había pensado entonces en su madre, que había sido enfermera. A ella le gustaba ayudar a la gente; quizá podría seguir sus pasos, se había dicho. Había enviado una solicitud de ingreso a una pequeña escuela de enfermería de Santa Bárbara, y milagrosamente la habían aceptado. Incluso le habían dado una beca. Comenzaría las clases en otoño, cuando su bebé tendría ya tres meses. Poco después las náuseas matinales habían desaparecido, había conseguido ahorrar algún dinero y tenía un plan para el futuro. Pero ya estaban en marzo y la semana próxima Franck regresaría a Nueva York para quedarse, y no se imaginaba compartiendo el apartamento con él. Tenía que mudarse a otro sitio, pero… ¿A dónde? Ninguno de sus amigos tenía sitio, y tampoco podía permitirse pagar un alquiler. No cuando estaba ahorrando cada céntimo para los gastos que tendría cuando naciera el bebé y se fuera a California. De hecho, si hubiera tenido suficiente dinero se habría ido ya a California. Allí en la ciudad de Nueva York temía chocarse algún día accidentalmente con Pedro. Si llegara a descubrir que estaba embarazada, tal vez intentaría quitarle la custodia de su hija. Pero es que allí tenía un trabajo, amigos y, por incómoda que se sintiese, al menos tenía un lugar donde vivir gracias a Enrique. Solo tenía que aguantar hasta el verano. Salía de cuentas a principios de junio, y a finales de agosto tendría el dinero suficiente como para conseguir un departamento de alquiler en California, donde las dos empezarían una nueva vida. Hasta entonces lo único que podía hacer era cruzar los dedos y rezar por que no se cruzara con Pedro y que no intentara contactar con ella. Al llegar al bloque de apartamentos, saludó con una sonrisa al portero, que le sostuvo la puerta.


–Hola, Walter.


–Buenas tardes, señorita Chaves. ¿Cómo va ese bebé? –le preguntó él amablemente, como hacía siempre.


–Estupendamente –contestó ella con otra sonrisa, antes de dirigirse al ascensor. 

Culpable: Capítulo 13

Pero estaba apañándoselas muy bien sola. Se sentía más fuerte y más sabia. Había renunciado a sus infantiles sueños de encontrar a su príncipe azul, y también a su sueño de convertirse en una artista algún día. Su pequeña –ya sabía que iba a ser niña– era lo único que importaba, se dijo poniéndose una mano en el vientre. Además, sus amigos se estaban volcando con ella. Leticia Vogler, su jefa, le había dado horas extras para que pudiera ahorrar un poco. También la había dispensado por todos los turnos a los que había faltado por las náuseas matinales y, cuando había empezado a resultarle difícil estar todo el día de pie, incluso había creado un puesto expresamente para ella: Se sentaba junto a la caja y cobraba a los clientes. Y seguía viviendo en el departamento de Enrique, así que no tenía que gastar dinero en un alquiler. El artista de mediana edad había regresado a Nueva York en octubre, una semana después de su altercado con Pedro. Y había enarcado una ceja al entrar, maleta en mano, y encontrarse a un cachorro viviendo en su departamento, que estaba lleno de frágiles esculturas y adornos. Paula le había puesto de nombre Luz, para recordarse que, a pesar de sus preocupaciones, no todo eran nubarrones, sino que también se filtraban entre ellos rayos de sol, y que debía centrarse en eso, en todo lo bueno que había en su vida. Sin embargo, Luz era una perrita muy juguetona, y ya había hecho alguna que otra travesura, como orinar en la alfombra y mordisquear las pantuflas de Enrique.


Paula se había temido que fuera a ponerlas a las dos de patitas en la calle, pero para su sorpresa Enrique se había mostrado muy comprensivo. Le había permitido que se quedara con la perrita y le había dicho que podía seguir viviendo en su apartamento el tiempo que quisiera, ya que él iba a volver a marcharse de todos modos, huyendo del frío de Nueva York: Se iba a pasar el invierno en su casa de Los Ángeles. A principios de enero había pasado por una racha de horas bajas en la que se había sentido sola y asustada. Enrique, que había regresado por asuntos de negocios, aunque solo se quedaría un par de días, la había encontrado toda llorosa, sentada en la alfombra junto a la chimenea encendida y con Luz en el regazo. Cuando había alzado la vista, al oírlo entrar en el salón, de pronto Enrique se había agachado junto a ella, preocupado, y le había preguntado qué le ocurría. Tal vez porque lo veía como a un segundo padre, ella se había abierto a él y le había contado entre lágrimas que estaba embarazada y que no podía contar con el padre del bebé para ayudarla. Enrique se había quedado aturdido y, tras consolarla lo mejor que había podido, había salido, pues tenía un compromiso. Había vuelto de madrugada, y a la mañana siguiente, mientras desayunaba con ella antes de irse al aeropuerto para tomar su vuelo de regreso a Los Ángeles, la había sorprendido, ofreciéndose abruptamente a casarse con ella. Abrumada, había balbuceado:


–Es… Es muy amable por tu parte, Enrique, pero… La verdad es que no tengo intención de casarme.


Y era la verdad. Aparte de que era mucho mayor que ella, y que obviamente solo le había hecho ese ofrecimiento por lástima, no tenía el menor deseo de casarse. Con que le hubieran roto el corazón una vez ya tenía bastante. Sin embargo, le había dado la extraña impresión de que Enrique parecía desilusionado por su negativa. 

jueves, 14 de diciembre de 2023

Culpable: Capítulo 12

 –Te odio –dijo Paula con voz entrecortada–. No te mereces…


–¿Qué? –la instó él a continuar cuando no terminó la frase–. ¿Qué es lo que no merezco?


Paula apartó la vista.


–No te mereces ni un minuto más de mi tiempo.


Su tono, frío y tajante, llenó a Pedro de desesperanza. ¿Cómo podía haber pensado siquiera que podría ganarse a Paula? Solo ahora empezaba a darse cuenta de que jamás vería las cosas desde su perspectiva. Lo odiaba, como había temido que ocurriría en cuanto supiera quién era en realidad. No había nada que hacer.


–Y si piensas que soy un monstruo –le dijo con voz ronca–, ¿Cómo es que sigues aquí? ¿Por qué no te marchas?


Ella se quedó mirándolo, y por un momento pareció indecisa, pero luego se irguió y le dijo: 


–Tienes razón; ni siquiera debería haber venido –fue hasta la puerta y cuando ya tenía la mano en el pomo se volvió para añadir–: En lo que a mí respecta, el hombre al que amaba ha muerto.


Salió de la habitación si mirar atrás y se alejó por el pasillo, dejando solo a Pedro, que de pronto se sintió verdaderamente como un monstruo al que, a pesar de su dinero y su poder, el mundo se le antojaba aún más oscuro y frío que antes de conocerla. 





Cinco meses después


Estaban ya a principios de marzo, pero en Nueva York seguía haciendo frío y las aceras aún estaban bordeadas por los restos de la nevada que había caído hacía unos días. Los árboles ni siquiera habían empezado a retoñar. Parecía como si se estuviera alargando el invierno, pensó Paula arrebujándose en su abrigo cuando salió de la clínica, tras su cita con el ginecólogo. Estaba ya de seis meses y apenas podía abrochárselo. Debería comprarse uno nuevo. Estaba cansada y tenía un hambre atroz. Se había saltado el almuerzo tras un turno de seis horas en la cafetería para irse directamente a la clínica, y las consultas iban con retraso, así que había estado sentada en la sala de espera casi una hora. A pesar de todo, a pesar incluso del cielo plomizo que amenazaba lluvia, no podía dejar de sonreír mientras apretaba el paso. La revisión no podía haber ido mejor. El bebé estaba bien, el embarazo progresaba con normalidad y tras las horribles náuseas del primer trimestre y la incertidumbre del segundo, por fin estaba en el último. De pronto se sentía llena de… Esperanza. Tenía su gracia, hasta no hacía tanto había estado convencida de que no podría superar los golpes que le había ido asestando la vida: La enfermedad de su madre, su muerte, cuando ella tenía solo siete años, sus fracasos como artista, la condena a su padre y su fallecimiento repentino, enamorarse y quedarse embarazada de un hombre que luego había resultado ser Pedro Alfonso… Había decidido criar sola a aquel bebé, en vez de con un hombre que no merecía ser su padre, y ahora se le hacía raro pensar que cinco meses atrás hubiera dudado siquiera de que fuera a ser capaz de hacerlo. Claro que tampoco le había quedado otra opción tras la discusión con Pedro la noche de la fiesta. 

Culpable: Capítulo 11

 –Y yo lo quería a él –dijo con voz quebrada. Se enjugó los ojos con el dorso de la mano–. Pero te equivocas: Mi padre jamás me habría mentido. No tenía ninguna razón para… 


–¿Lo habrías perdonado?


–Sí.


–Porque lo querías –murmuró Pedro, asintiendo con la cabeza. Inspiró profundamente y la miró a los ojos–. Pues entonces perdóname a mí también –la instó en un susurro.


Paula frunció el ceño.


–¿Qué?


–Vamos, estás enamorada de mí. Los dos lo sabemos.


Paula entreabrió los labios.


–¿Qué…? ¿Cómo…?


–Se te ve en la cara. Se te nota en la voz. Estás enamorada –murmuró Pedro, dando un paso hacia ella.


Paula levantó una mano para detenerlo.


–Estaba enamorada de un hombre que no existe –le dijo, mirándolo furiosa–. No de tí. Jamás podría amar a alguien como tú.


Sus palabras se clavaron en él como una daga afilada, y trajeron a su mente ecos del pasado, de la áspera voz de su madre: «Deja de molestarme. Estoy harta de tus gimoteos. Déjame tranquila». Había pasado los últimos treinta años distanciándose de ese niño de cinco años, trabajando con ahínco para convertirse en un hombre rico y poderoso, asegurándose de que jamás volvería a depender de nadie. Pero ahora… ¿Por qué lo invadía de repente esa ira arrolladora?


–¿Jamás podrías amar a alguien como yo? –repitió levantando la barbilla–. Y, sin embargo, sentías adoración por un mentiroso como tu padre.


–No lo llames así. ¡El mentiroso eres tú! No te atrevas siquiera a mentar a mi padre.


–Era un delincuente. Y tú una tonta por no querer abrir los ojos –le espetó él con brusquedad.


–En eso tienes razón; soy una tonta –musitó Paula. Estaba pálida y le temblaban las manos, que tenía apretadas junto a los costados–. Pero tú eres un monstruo. Me lo quitaste todo: a mi padre, mi hogar, el respeto por mí misma, mi virginidad…


–Todos somos responsables de nuestros actos. Tu padre fue el único responsable de lo que le ocurrió –le dijo él, mirándola con frialdad–. Y en cuanto a lo nuestro, no tomé nada de tí que tú no quisieras darme. Un gemido ahogado escapó de la garganta de Paula, que se quedó mirándolo espantada.


–Me odio por haber dejado que me tocaras siquiera –murmuró. Alzó sus ojos llorosos hacia él y le dijo–: Ojalá pudiera hacerte tanto daño como me has hecho tú a mí.


Pedro soltó una risa seca.


–No puedes.


La ira volvió a tensar las facciones de Paula.


–¿Por qué? ¿Tan pusilánime crees que soy?


–No.


No se trataba de eso. Sospechaba que, si Paula supiera lo que había sufrido en su infancia, satisfaría sus deseos de venganza, pero jamás se lo contaría. Mantendría esos recuerdos enterrados hasta el día de su muerte. Sí, enterrados en el cementerio que había bajo sus costillas, en lugar de un corazón. 

Culpable: Capítulo 10

 –Solo te he traído aquí para que hablemos –le dijo en un tono apaciguador–, para que podamos tener un poco de privacidad.


Ella le lanzó una mirada recelosa, pero finalmente entró en la habitación y él cerró la puerta con suavidad. Paula se quedó donde estaba, con los brazos en torno a la cintura, como para protegerse de él, y le preguntó en un murmullo:


–¿Sabías quién era… El día que nos conocimos?


No podía mentirle.


–Sí.


Paula alzó hacia él sus ojos verdes, llenos de lágrimas.


–¿Por qué me sedujiste? ¿Para echarte unas risas a mi costa? ¿Por venganza?


–No, por supuesto que no… –replicó él, dando un paso con los brazos extendidos para tomarla entre ellos. Sin embargo, al ver a Paula apartarse bruscamente, se detuvo y los dejó caer–. Mi abogado me había hablado de tí, de que acudías al juzgado cada día para estar al lado de tu padre, y cuando se dictó el veredicto sentí lástima de tí.


Las facciones de Paula se contrajeron de ira.


–¿Lástima?


No había elegido bien las palabras.


–Cuando me enteré de que tu padre había muerto en prisión, fui a la cafetería en la que trabajabas porque… Bueno, porque quería asegurarme de que estabas bien. Y quizá darte algo de dinero.


–¿Dinero? –las facciones de Paula se endurecieron aún más–. ¿De verdad pensaste que con eso compensarías el daño que le habías hecho a mi padre? ¿Con una especie de… De soborno?


–Esa jamás fue mi intención –replicó Pedro ofendido. Apretó los dientes y se obligó a hablar con calma–: No merecías todo ese sufrimiento; tú no habías hecho nada.


–¡Y tampoco mi padre!


A pesar de sus buenos propósitos, Pedro sintió que él también empezaba a enfurecerse.


–No me dirás que estás tan ciega como para creer que tu padre era inocente. Porque no lo era. Intentó venderme una falsificación.


–Me niego a creer que sabía que el cuadro era falso. Estoy segura de que fue tan ingenuo como para confiar en alguien de quien no se podía fiar, alguien que lo engañó a él, convenciéndolo de que era auténtico. ¡Si hubiera sabido que era falso, jamás habría intentado vendérselo a nadie! ¡Era un buen hombre!


–¿Bromeas? Tu padre llevaba años vendiendo falsificaciones.


–Nadie lo acusó de eso.


–Porque, o bien los avergonzaba admitir que les habían timado, o no se dieron cuenta de que les habían colado falsificaciones. Tu padre sabía que aquel no era un Picasso auténtico.


–¿Pero cómo iba a saberlo? Hace décadas que nadie ha visto ese cuadro. ¿Cómo supo siquiera tu abogado que no era auténtico? Según parece fue él quien te puso en contacto con mi padre.


Un recuerdo de veinte años atrás asaltó a Pedro, un recuerdo de su triste infancia, alienado por unos padres que no lo querían y no se preocupaban por él. Recordó el golpe que había supuesto para él que su madre lo abandonara a los catorce años, y lo dolido y furioso que se había sentido. Casi podía sentir aún el frío metal de las tijeras en su mano, rajando el lienzo, y el cruel gozo que había experimentado al dar salida a su rabia…


–Fui yo quien supe que era falso –masculló, apartando la mirada–. Nada más verlo en el despacho de Ross.


–Tú… –musitó Paula, mirándolo furibunda–. ¿Y no podrías haberlo dejado correr? ¿Qué era para tí un Picasso más o un Picasso menos?


Los hombros de Pedro se tensaron. No quería pensar en lo que ese Picasso significaba para él, ni en por qué llevaba veinte años buscándolo desesperadamente.


–O sea, que según tú… ¿Tendría que haber dejado que tu padre saliera impune? –le dijo con frialdad–. ¿Debería haber dejado que siguiese vendiendo falsificaciones?


–¡Mi padre era inocente! –insistió ella con una expresión fiera–. ¡Me juró, mirándome a los ojos, que lo era!


–Porque no podía soportar que supieras la verdad. Te quería demasiado.


El bello rostro de Paula se contrajo de angustia. 

Culpable: Capítulo 9

Un año atrás, cuando a su padre lo habían condenado por falsificación, se le había partido el corazón porque sabía que era inocente. Era un buen hombre, el mejor de los hombres. Él jamás habría infringido la ley. Aún no comprendía cómo podían haberlo declarado culpable, y el mazazo había sido todavía mayor cuando a los seis meses había muerto en prisión, solo, asustado y rodeado de extraños. Ese día se había jurado que, si se le llegaba a presentar la ocasión, se vengaría por lo que le habían hecho. Ella, que nunca había sentido el impulso de hacer daño a nadie, que siempre intentaba ver el bien en los demás, había querido venganza. Sin embargo, había sido tan ingenua que se había dejado engañar por Pepe y se lo había dado todo: Sus sonrisas, sus besos, su cuerpo, su amor… Incluso llevaba su semilla dentro de ella.


–Cielo santo… –murmuró Ricardo Ross, que se había quedado mirándola con los ojos muy abiertos–. Es usted la hija de Chaves… No la había reconocido con ese vestido. ¿Qué está haciendo aquí?


Eso mismo se preguntaba ella. Se le estaba nublando la vista y se sentía como si fuera a desmayarse. Tenía que salir de allí, se dijo. Pero cuando estaba dándose la vuelta Pedro la agarró por la muñeca para impedírselo. 


–¡No! ¡Suéltame! –le chilló apartando el brazo.


Todas las cabezas se giraron hacia ellos y la orquesta dejó de tocar. Las facciones de Pedro se endurecieron.


–Tenemos que hablar –le dijo entre dientes.


–¿Hablar de qué? –le espetó Paula, sintiendo que un profundo odio se apoderaba de ella. Se rio con amargura–. ¿Te has divertido seduciéndome y burlándote de mí?


–Paula…


–¡Me lo has quitado todo! –lo cortó ella con voz ronca. Se sentía utilizada, y tan frágil como una hoja marchita que un golpe de brisa podría arrancar–. ¿Cómo has podido mentirme, fingir que me querías…?


–Yo no te he mentido.


–Sí que lo has hecho –insistió Paula.


–Yo jamás he dicho que te quería.


La gente los miraba y cuchicheaba. Paula no podía creer que aquello estuviese ocurriendo. ¡Como si no hubiese sufrido ya suficiente humillación el año anterior, cuando la prensa de Nueva York lo había llamado «Estafador» y se había burlado de su padre diciendo que ni siquiera había sido capaz de hacer pasar aquella falsificación por auténtica. Se le saltaron las lágrimas al recordarlo, pero parpadeó con fuerza y se secó los ojos irritada con el dorso de la mano. 


–Paula… –la interpeló Pedro entre dientes–. Si me das un momento, a solas, para explicártelo…


Paula se notaba temblorosa. Nada de lo que pudiera decirle disiparía la sensación que tenía de haber sido traicionada. Debería darle un bofetón, marcharse y no volver a mirarlo a la cara, pero… A pesar de lo que había hecho, seguía siendo el padre del bebé que llevaba en su vientre. Tenía que decirle que estaba embarazada.


–Te daré un minuto –masculló.


Pedro le señaló con un ademán las puertas de entrada al salón de baile, y Paula lo siguió, deseosa de alejarse de las miradas de los curiosos.


Mientras subía las escaleras con Paula detrás de él, el corazón de Pedro palpitaba inquieto. No era así como había proyectado que se desarrollase la velada. Se había imaginado a Paula deslumbrada por su mansión, por su riqueza y su poder, por sus invitados, personas famosas y de prestigio… Se había convencido de que se mostraría receptiva cuando le contase la verdad. Había imaginado que al descubrir quién era en realidad se quedaría momentáneamente aturdida, incluso horrorizada, pero luego lo perdonaría porque… Bueno, porque estaba claro que él tenía razón. Por mucho que Paula hubiese querido a su padre, no podía negar que su padre había sido un delincuente que había protegido hasta el final a su cómplice, negándose a decir quién había pintado aquel falso Picasso. No podía culparlo por haber dado orden a su abogado de que lo demandara. ¿Qué esperaba que hiciera al descubrir que había intentado estafarlo?, ¿que le hubiera pagado millones por un cuadro falso?, ¿O que hubiera dejado que pudiera estafar a otra persona? No, él había hecho lo correcto. Estaba claro que Paula no lo veía de ese modo, así que tendría que ayudarla a verlo desde su perspectiva. Apretó la mandíbula y la condujo por un largo pasillo. Al llegar a la segunda puerta, la de su dormitorio, la abrió, encendió la luz y entró.


Paula se quedó parada en el umbral de la puerta, mirándolo de un modo acusador que lo irritó. Estaba claro lo que estaba pensando de él. ¿Tan mal concepto tenía de él? ¿De verdad creía que la había llevado a su habitación para seducirla?, ¿Que tenía planeado hacerle apasionadamente el amor para que olvidara y perdonara lo ocurrido en el pasado? 

martes, 12 de diciembre de 2023

Culpable: Capítulo 8

 –No, Paula. La casa es mía. Y la fiesta es un evento para recaudar fondos para…


–¿Esta casa es tuya? –lo interrumpió ella con incredulidad–. ¿Pero cómo…?


Pepe suspiró y le dijo:


–Nunca te he dicho mi nombre completo. Es Pedro Horacio… Alfonso.


Se quedó mirándola, expectante.


–¿Alfonso? –repitió ella.


–Sí –asintió él.


Y volvió a quedarse mirándola, como si se supusiera que tenía que reaccionar de algún modo.


–Ah –musitó ella incómoda–. ¿Y para qué dices que quieres recaudar fondos con esta fiesta?


Él mencionó el nombre de un político que a Paula le sonaba, pero solo vagamente. Paseó de nuevo la mirada a su alrededor. Era una fiesta de postín, desde luego. Había un montón de gente famosa: Actores, deportistas, empresarios… Fue entonces cuando, a unos metros de ellos, vió a un hombre de pelo cano con traje de chaqueta y corbata que hizo que se le revolviera el estómago. Era Ricardo Ross, el hombre que había hecho de abogado de la acusación en el juicio de su padre, un hombre despiadado que había trabajado para otro hombre aún más despiadado, un multimillonario extranjero.


–¿Paula? –la llamó Leo con voz preocupada–. ¿Qué ocurre?


–Ese… Ese… ¿Qué hace aquí…?


No puedo terminar la frase porque Ross se dirigía hacia ellos con una rubia del brazo.


–Buenas noches, señor Alfonso.


Paula se quedó boquiabierta mirando a Pepe, que lo saludó con un apretón de manos.


–Buenas noches –respondió él antes de saludar a la rubia con un asentimiento de cabeza–. ¿Cómo está, señora Ross?


–Bien, gracias. Y gracias por invitarnos. 


Ross sonrió a Paula de un modo extraño, como si estuviera intentando recordar dónde la había visto antes. Ella lo miró con frialdad, conteniendo a duras penas las ganas que tenía de darle un bofetón. Deseó haber aceptado esa copa de champán; así podría habérselo tirado a la cara.


–¿Admirando tu más reciente adquisición? –le preguntó Ross a Pepe.


Por un momento Paula pensó que se refería a ella, pero luego comprendió que hablaba del cuadro que colgaba de la pared. Pepe se encogió de hombros.


–Es una inversión.


–Claro, claro –dijo Ross sonriendo–. Al menos hasta que encontremos ese Picasso. ¿Eh?


«Ese Picasso»… Para espanto de Paula, de pronto todas las piezas encajaron. No podía respirar. Ricardo Ross… El Picasso… El multimillonario que se decía que había estado detrás de la acusación a su padre… El empresario griego Pedro Alfonso… Se volvió lentamente con los ojos muy abiertos. Pepe la miró y la expresión de su rostro cambió de inmediato.


–No… –murmuró–. Paula, espera…


Pero ella ya estaba retrocediendo. Las rodillas le temblaban y dio un traspié cuando pisó mal y se le torció el tacón del zapato derecho. Se había enamorado de él. Era el primer y único hombre con el que había tenido relaciones, el hombre con el que había perdido la virginidad, el padre del bebé que llevaba en su vientre. No, Pepe no existía. Aquel hombre frente a ella era Pedro Alfonso, el multimillonario que había hecho que castigaran a su padre con la pena máxima cuando, si se hubiera encargado del caso un juzgado de lo civil probablemente solo le habrían impuesto una multa. Pero no, Pedro Alfonso se había propuesto vengarse de él a toda costa, valiéndose de su dinero y su poder. Aquel hombre podrido de dinero que tenía multitud de propiedades y obras de arte se había enrabietado porque no había conseguido el «juguete» del que estaba encaprichado y solo por eso había decidido destrozarle la vida a su padre.